CAMINAR EN EL ESPÍRITU (ROMANOS 8:8-9)

¿Qué no se puede decir que sea el caminar en el Espíritu? Representa una categoría muy amplia, especial y apartada para los que hemos nacido de nuevo. Estar en Cristo implica haber huido de la condenación venidera, pero no podemos caminar en el Espíritu si antes no hemos nacido de él. Solamente existen dos estados posibles, el de salvación y el de condenación, un estado del pecado y otro de la justicia y rectitud. Los seres humanos caminamos en esos dos estados pero de manera excluyente, ya que si alguno está en Cristo nueva criatura es (las cosas viejas pasaron, incluyendo el estado de pecado).

El que hayamos salido del estado de condenación no significa que el cristiano no peca a diario; hay pecados de comisión y de omisión, ya que no solo se hace lo malo sino que se deja de hacer lo bueno. Si nos miramos hacia el alma terminamos diciendo con Pablo que somos unos miserables por hacer lo que no queremos hacer (Romanos 7), pero de seguro que si lo decimos será porque andamos en el Espíritu. Saulo de Tarso caminaba en la carne y no tuvo remordimiento alguno por el asesinato de Esteban, ni por encerrar a los creyentes en la cárcel. Solamente convertido en Pablo pudo conocer el pavor del pecado, percibir por igual el disgusto de la suciedad del hecho inicuo.

Caminar conforme al Espíritu nos da una señal grandiosa: estamos en Cristo Jesús y ninguna condenación nos amenaza (Romanos 8:1). Los esclavos de la carne continúan bajo el mandato de su príncipe, entenebrecidos en su entendimiento al grado en que no pueden discernir las cosas del Espíritu de Dios. Cosa terrible, porque su mucha inteligencia para las ciencias o para las humanidades no les ayuda en el área espiritual. Más bien les entorpece y les cuentan como locura los asuntos de Dios; algunos han llegado a decir que no hay Dios, que ellos surgieron del azar, de una ameba que evolucionó hasta lo que hoy somos todos. No solo andan en tinieblas sino que son tinieblas, de acuerdo a Efesios 5:8, en tanto continúan como hijos de ira en virtud de su ceguera, ignorancia y oscuridad espiritual. 

No existe un camino medio, donde el individuo no sea luz o tinieblas, sino más bien un claroscuro. No, en asuntos del espíritu la Escritura en forma clara nos advierte que o somos hijos de la luz o lo somos de las tinieblas, y el que anda en la luz no puede andar al mismo tiempo en la oscuridad. Eso equivale a la confesión del evangelio, ya que no se pueden confesar los dos evangelios que existen: el de Jesucristo y el del anticristo. O se es un árbol bueno que da su fruto bueno, o se es un árbol malo que da su fruto malo; sabemos que de la abundancia del corazón habla la boca. Ese sistema binario lo ha creado el mismo Dios, ya que su santidad deja por fuera la iniquidad. 

Cada creyente camina en un estado de vida, como oveja que sigue al buen pastor (Juan 10:1-5). Cada incrédulo camina en un estado de muerte, alejado de la gloria de Dios. Poco importa que se haya acercado al evangelio, como también lo hizo Judas, ya que el participar de los frutos de la vida venidera no hace crédula a la persona. Existe una simulación, bien sea con la intención de engañar a otro o bien sea con el autoengaño, como producto de una imaginación de fe. Lo cierto es que el que no ha nacido de nuevo no ve el reino de Dios. 

La naturaleza humana no puede elevar al hombre a un lugar celestial, sino que lo enclava en el mundo junto a su príncipe, para ser abatido por cada circunstancia de angustia y ansiedad que conforma el sustrato espiritual de vivir bajo las maquinaciones del maligno. El diablo le prometió mucho a Eva, que seríamos como Dios (o como dioses, porque involucraba a Adán), pero le dio muy poco: solamente el pecado para que por la desobediencia conociéramos el bien junto al mal. Pero finalmente quita todo del hombre, ya que su alma la lleva cautiva hasta una eternidad de oscuridad y dolor. El rescate del Creador se manifiesta a través del Redentor, el Cordero destinado desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20). 

La humanidad entera heredó la deuda de Adán, pero la incrementó con sus intereses y por comisiones de pecados tras pecados. La dádiva de Dios se denomina vida eterna en Cristo Jesús, porque en Cristo todos los que son de Cristo viven. La gracia sobreabundó allí donde abundó el pecado, pero en el plan inmutable del Dios de la creación existe un pueblo elegido para conocer las virtudes del que nos llamó de las tinieblas a la luz. De acuerdo al beneplácito de Dios, Jesús murió por todos los pecados de ese pueblo (Mateo 1:21), no rogó por el mundo no amado (Juan 17:9) sino que murió por el mundo amado por el Padre (Juan 3:16). 

La justicia de Cristo se nos impartió a todos los que hemos creído, se impartirá por igual a los que lleguen a creer, pero nadie puede llegar a creer si el Padre no lo envía hacia el Hijo. Solamente aquellos que el Padre envía irán definitivamente hacia el Hijo, para nunca ser rechazados ni echados fuera. Esta palabra del Evangelio suena muy dura de oír para muchas personas que tienen simpatía por el evangelio, que se han acercado en forma voluntaria o curiosa a la palabra de vida eterna. La dureza de esas palabras de Jesús produce murmuración y contienda en algunos, de forma que pasan a creer un evangelio diferente que contiene palabras más blandas. Pero como dice el viejo adagio latino: la palabra blanda trae su veneno (Blanda oratio habet venenum suum).

La Biblia nos habla de la corrupción que produce el pecado, aún desde el vientre de la madre: Se apartaron los impíos desde la matriz; se descarriaron hablando mentira desde que nacieron (Salmo 58:3). Por la caída de Adán toda la humanidad quedó sumergida en nociones equivocadas acerca de quién es Dios y quién es el ser humano. El estado natural humano se encuentra tejido en corrupción, por lo cual el individuo va tras la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia (Efesios 2:2). La materia prima de ese tejido del alma humana no es otra que concupiscencia y pecado, lo que hace imposible que el hombre cumpla la ley de Dios, pero que hace inevitable que provoque una voluntad contraria a la naturaleza de Dios.

Estar en Cristo y caminar con Cristo presuponen el cambio de corazón realizado en nosotros por el Señor. Somos nuevas criaturas, con un espíritu nuevo, con la mente de Cristo, con el Espíritu Santo que nos habita; por igual caminamos y vivimos en la doctrina de Jesucristo, para que se muestre que tenemos al Padre y al Hijo. Jesucristo cargó la condenación de nuestros pecados, nos justificó de todos ellos, sean los pecados pasados, presentes o futuros, por lo cual podemos decir que tenemos una unión con el Señor que se muestra indisoluble. ¿Quién nos condenará, o quién nos acusará? Cristo nos libró de la condenación venidera aboliendo toda nuestra culpa por las iniquidades, cuando murió en la cruz y derramó su sangre en ofrenda por nuestros pecados (por todo el pecado de su pueblo). 

Estamos en Cristo no como cristianos que profesan externamente un credo, sino en la unión indisoluble que impone el Espíritu de Dios en nosotros, por medio del nuevo nacimiento, como poseedores del mismo linaje de Dios. Hemos sido llamados hijos adoptivos del Creador, estamos unidos a Cristo como un cuerpo a su cabeza, en un pacto de gracia, preservados en sus manos y en las de su Padre. Ese pacto de gracia rompió el ligamen de la carne caída en Adán, por la cual moriríamos eternamente como paga por el pecado; ya que Dios, que es rico en misericordia, nos amó con amor eterno y procuró este nuevo pacto eterno que nos convenía. Este es el caminar en el Espíritu.

César Paredes

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