Los discípulos reseñados en Juan 6, los que se alimentaron de los panes y los peces, se volvieron literales cuando la metáfora exigía mantenerse en ella. Jesús no los sacó del error, los dejó tranquilos en su desvarío, pudiendo hacerles el milagro de la redención. Pero el soberano Señor hace como quiere, comprendía que ese grupo de personas no formaba parte de su pueblo que venía a redimir. Les dio de comer panes y pescados, pero no les entregó la salvación eterna. Tenían que comer su carne y beber su sangre, si de redención se tratase; endurecidos como estaban siguieron escuchando palabras duras de oír.
Aquella gente se ofendió y comenzaron a murmurar; tal vez sus almas se tornaron leprosas, como la mano de la hermana de Moisés. El Señor los dejó en el error, como hizo con Tiro y con Sidón, ciudades en las que no se hicieron milagros como para que se arrepintieran en cilicio y ceniza. Tampoco se hicieron en Sodoma las señales o milagros hechos en Capernaum, que si se hubiesen hecho no hubiese habido necesidad de destruirla (Mateo 11:21-23). Los discípulos reseñados en Juan 6 no creían en él, pero estaban maravillados con la comida servida en forma excepcional. Seguían a ese Maestro milagroso, capaz de hablar y sanar, de realizar prodigios que solo un profeta de Dios podría hacer.
No fue suficiente con presenciar el milagro, hacía falta algo más. Eso que era necesario no podía venir de un espíritu muerto en delitos y pecados, tenía que operar primero el nuevo nacimiento. El Padre habría podido enseñarlos primero para que aprendieran y fuesen a Jesús (Juan 6:45), pero no lo hizo. Ellos fueron tratados como los habitantes de Sodoma, sin ayuda para la redención, como los judíos con celo de Dios pero no conforme a entendimiento.
Jesús se atuvo a la maravillosa voluntad del Padre: que de todo lo que le diere no perdiera nada (Juan 6:39). Habiendo reprendido a esos discípulos, por causa de su murmuración, les dijo de inmediato: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo le trajere (Juan 6:44); el que cree en mí tiene vida eterna (Juan 6:47). Siguió el Señor hablando con ellos hasta escandalizarlos: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:53-54).
Esto lo dijo Jesús como respuesta a la pregunta de ellos acerca de cómo sería posible comer su carne. Jesús les hablaba de su naturaleza humana, de que él había venido en carne siendo Dios, pero los judíos no comprendieron el sentido figurativo. Si el Señor hubiese querido salvarlos les habría explicado la figura de habla utilizada, pero detuvo su esfuerzo pedagógico para dejarlos en su perplejidad, en la suposición de que Jesús hablaba de un acto de canibalismo.
Pablo nos lo dijo más adelante, cuando escribió sobre el incrédulo que no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios porque le parecen una locura. Si el Espíritu no opera el nuevo nacimiento, no habrá discernimiento apropiado de la palabra de Dios. No se trata de que el Espíritu de Dios venza a unos mientras otros lo vencen a él, sino de que de donde quiere sopla (como dice la metáfora de Jesús ante Nicodemo). Hay un orden establecido en el Dios Trino de la Biblia: el Padre elige, el Hijo muere por los elegidos y el Espíritu vivifica a esos escogidos del Padre.
Si Moisés hubiera recibido de parte de Jehová el mandato de explicarle al Faraón quién era Él, para quitarle el entendimiento entenebrecido, de seguro el Faraón habría creído. Pero la intención del Señor soberano era endurecer al Faraón para gloriarse en toda la tierra con lo que hizo en Egipto. Vemos su soberanía por doquier, para cumplimiento de lo que ha deseado y ha dicho. Jesucristo hablaba muchas veces usando metáforas, una transferencia de sentido sin previo aviso, con una cosa daba el significado de otra. Por supuesto, la analogía se presenta y la realidad se anuncia con el traspaso de un sentido al otro.
La metáfora apela a la imaginación, a diferencia del símil que se ajusta más al hecho. Por ejemplo, en Isaías 40:6 leemos la metáfora: que toda carne es hierba, pero en 1 Pedro 1:24 podemos ver la misma idea transformada en símil: Toda carne es como hierba. La analogía en la metáfora se da entre el sujeto y el predicado, pero nunca hay que entenderlo como una identidad literal. Comer la carne de Jesús o beber su sangre son expresiones que establecen una analogía con el sacrificio que haría en la cruz, pero nunca un llamado al canibalismo. En ocasiones esas analogías son extremadamente profundas, especialmente para los que se han engrosado en su razonamiento y no les resplandece la luz divina. Habrá que ser cuidadoso con las metáforas bíblicas, las que pueden llegar a representar a Cristo como el león de Judá y al diablo como el león rugiente; de igual forma, Satanás es visto como la serpiente antigua, pero la serpiente de bronce en el desierto representaba a Cristo.
La metáfora y cualquier otra figura de lenguaje tiene su límite, de manera que no conviene extrapolar su sentido a contextos arbitrarios. El árbol bueno dará un fruto bueno, pero el árbol malo dará siempre uno malo; lo que sigue a esa metáfora contribuye a la clarificación del contexto: de la abundancia del corazón habla la boca. Es decir, lo que se confiesa habla a voces de lo que se cree. Entonces, si uno extrapola el sentido hacia otros contextos, la metáfora puede destruirse dentro de su pragmática. No se puede inferir que el árbol malo pueda ser abonado y mejorado para que dé un fruto bueno, ya que eso no representa el sentido contextual al cual refirió Jesucristo.
Uno puede comparar metáfora con metáfora, como en el caso de los árboles buenos y malos, comparados con las ovejas y las cabras. Sabrá entonces que resulta imposible para una cabra convertirse en oveja, como a una oveja se le impide convertirse en cabra. Esa es la idea que Jesús quiso representar cuando refirió a esas dos metáforas en tiempos diferentes. Cuando Jesús dijo: Esto es mi cuerpo (Mateo 26:26), mencionaba el sentido figurativo del verbo ser, como en esta es mi sangre. También tenemos otra forma de decirlo, como cuando Pablo escribió a los Corintios: Esta copa es el nuevo pacto (1 Corintios 11:25). Sabemos que una copa no puede ser un pacto, pero metafóricamente resulta posible; lo mismo puede decirse de la expresión: Vosotros sois el cuerpo de Cristo, como una analogía con el cuerpo humano, donde Cristo es la cabeza -como otra metáfora, ya que Jesucristo no es solo una cabeza (1 Corintios 12:27).
Jesús ha podido detener su discurso y darles una clase de figuras de lenguaje a los judíos que lo seguían, a fin de cuentas eran sus discípulos. Pero los dejó en la ignorancia, en el error interpretativo, dada su soberanía y potestad sobre toda alma. Muchos, hoy día, continúan en las iglesias distorsionando la palabra de Dios porque ignoran asuntos de metáfora o símiles, o de cualquier otra figura de lenguaje. Por ejemplo, hay quienes aseguran que Jesucristo no perdona pecados, porque vive siempre para interceder por nosotros. Ese absurdo se da porque existe pereza intelectual y se vuelca a la literalidad, bajo el riesgo de quitarle atributos al Señor. Si a él le fue dada toda potestad en el cielo y en la tierra, ¿cómo no puede perdonar pecados? Además, en una carta de Juan se nos dice que él es fiel y justo para perdonarnos. Pero si no se entiende que el autor de Hebreos usó una metáfora sobre la actividad de Jesús, no se podrá comprender que él hace muchas cosas, además de interceder por nosotros ante el Padre.
El cuerpo del Señor no puede ser un pedazo de pan, a menos que sea una metáfora lo que se dice. El pan es un emblema y representación de su cuerpo, molido por nuestros pecados (supongo que no hay que explicar que el vocablo molido no significa ser pasado por una trituradora). Ese pan recordaba la pascua judía, elaborado sin levadura. Lo mismo sucede con el vino rojo en su copa, un emblema de su sangre derramada en la cruz por los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Esto inaugura el pacto de gracia, o el nuevo pacto en su sangre, siempre en alusión al viejo pacto donde la sangre de los toros servía como símbolo de la que vendría de parte del Cordero de Dios. Esa sangre fue derramada por muchos, para remisión de pecados (Mateo 26:28), no por todo el mundo, sin excepción. ¿Quiénes son esos muchos?
Son los mismos que le fueron dados a Cristo por el Padre, por los cuales él agradeció la noche previa a su crucifixión, los muchos que fueron justificados en él, los muchos hijos que Dios le dio para llevarlos a la gloria.
El Espíritu de Dios nos conduce a toda verdad, porque él es el Espíritu de verdad. Los que se enredan en las metáforas bíblicas no parecen conducidos a la veracidad de las Escrituras, sino que deambulan erráticos entre las doctrinas de los extraños. Estos son los que beben en las aguas turbias de los maestros de mentiras, los que reciben nuevas profecías, los que se gozan con los modernos apóstoles, los que decretan para que Dios cumpla sus deseos, los que se deleitan con los supuestos nuevos dones de lenguas. Asimismo, ellos vuelven su mirada a las viejas fiestas judías, pronuncian vocablos en hebreo para dar solemnidad al discurso bíblico. No saben que Dios prometió hablar en lengua extranjera al pueblo rebelde, que usó lengua gentil para expandir su Evangelio, como prueba de que había desechado por un tiempo al endurecido Israel.
No nos levantamos en contra del Israel que Dios ha querido hacer prevalecer en la historia, simplemente oramos por los que pese al celo de Dios no tienen conocimiento conforme a entendimiento (Romanos 10:1-4) ¿Qué es pedir por la paz de Jerusalén? Es desearle a Israel que Jesucristo los alcance, que acepte con humildad el Evangelio de Jesús tal como se anuncia en las Escrituras. Los adornos del nacionalismo, de la lengua celestial que se presume, de la parafernalia ritual contradicen el espíritu de humildad de quien se acerca a Dios.
César Paredes
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