El Rey David fue un gran salmista, reconocido por sus alabanzas al Dios de Israel. Como cualquier ser humano, fue formado en pecado, y desde el vientre de su madre ya conocía el mal. Pero halló gracia en los ojos de Jehová, fue ungido para que el Espíritu de Dios viviese en él y pudiera convertirse en un profeta del Altísimo. Pese a su cercanía con Dios -llamado hombre conforme al corazón de Dios- pecaba a menudo. Conocido por los lectores de la Biblia son sus pecados, los que no le impidieron continuar con sus alabanzas al Dios que le dio la vida y la promesa de la eternidad.
Continuó David alabando a Jehová, no se quedó en el pasado mirando hacia atrás, como quien rumia sus malos recuerdos y cae en depresión. La vida de David estaba adelante, no en el recuerdo de sus malos momentos. Lloró por su hijo Absalón, prefirió ser él el cuerpo muerto antes que verlo en su mortaja, pero existen cosas que no suceden por más que las deseemos, aunque seamos hijos del verdadero Dios. El Dios de David es quien tiene un perfecto conocimiento de Sí mismo, así como de todas las demás cosas.
Ese Dios es un Espíritu infinito, por lo cual posee un entendimiento suficientemente extensivo de todas las cosas. En realidad gobierna todo lo que ha creado, hasta la más mínima molécula, sin dejar sin control ninguna situación o evento en este mundo donde nos movemos. ¿Quién puede suponerlo ignorante de alguna cosa? ¿Quién puede hablar de alguna dificultad que lo incomoda? Lo que para nosotros se ve como contingente -que puede o no puede pasar-, para Él es simple necesidad (lo seguro, porque es un Sí y un Amén). Su exacto conocimiento de todas las cosas hace que no cambie en lo más mínimo, sino que continúe con sus planes eternos.
David escribió su libro de alabanzas, llamado también himnos para el Señor. Ese libro fue escrito bajo inspiración de Dios, de acuerdo al testimonio de David (2 Samuel 23:2), de Cristo y de sus apóstoles (Mateo 22:43). Su primer canto comienza con una bienaventuranza, lo que nos lleva a las de Cristo en su Sermón del Monte (Mateo 5:3). Allí se canta la felicidad del hombre cuya delicia subyace en la ley del Señor, bondad para el que la medita de día y de noche. He allí el secreto de David, gritado a voces; una felicidad absoluta posee aquella persona que se entrega de lleno a encontrar su dicha en la palabra del Altísimo.
Acá no se trata de asuntos de religión, porque los viejos fariseos eran capaces de recitar fragmentos del Antiguo Testamento, que incluían los Salmos, pero su interior hedía a osamenta podrida como los sepulcros. El que medita en la palabra inspirada del Señor conoce sus regulaciones providenciales, está en capacidad de valorar el entretejido performativo de lo que Jehová ha querido que acontezca. Nunca podrá ver a un Dios que desea una cosa pero que parece frustrado por no conseguirla, pues su alma deseó e hizo. Conocidas son a Dios todas las cosas desde el principio, pero no por averiguarlas como si antes no las supiese.
David canta a la sabiduría de Dios, ejecuta un estilo poético de gran fuerza para comparar nuestra pasión por Cristo como lo hacen los ciervos por las corrientes de las aguas. Como profeta, David sabía del Señor que vendría a reinar: Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies (Salmo 110:1). Sabía el salmista que toda la verdad, honestidad y equidad de las criaturas provienen del Altísimo, así que en Él no existe la trampa, el mal ni la liviandad.
Pero el hombre conforme al corazón de Jehová cayó en un pecado social muy grave, además de ser un pecado íntimo realmente destructivo. Lo que nos interesa resaltar de la caída de David es que siguió siendo conforme al corazón de Jehová, como el apóstol Pablo que nos decía que lo imitáramos a él, así como él imitaba a Cristo, muy a pesar de que Pablo cayó en pecado una y otra vez. Sí, el apóstol se sentía miserable por su cuerpo de muerte (el cuerpo del pecado, no el cuerpo físico), pero daba gracias a Dios por Jesucristo porque él lo libraría de esa situación.
En Romanos 7 leemos sobre la condición del apóstol para los gentiles, que no por eso dejó de ser digno de imitación. Lo que hizo fue describir la condición de cualquier creyente, la posibilidad de caer en el error como cualquier otro mortal, simplemente por causa de la ley del pecado que nos tiene cautivos. David se dejó arrastrar por la lujuria, a pesar de tener mujeres del gusto que quisiera. El pecado de su lascivia lo llevó al pecado de la mentira e incluso al asesinato planificado de Urías, el cónyuge de la mujer que había tomado y seducido. El profeta Natán lo confrontó con una parábola y de inmediato reconoció su maldad, hasta caer a tierra postrado por su maldad descubierta. Testimonio de esta situación es el Salmo 51, una declaratoria de su naturaleza pecaminosa.
Comienza su canto de arrepentimiento con una petición de misericordia a Jehová, en virtud de la gracia mostrada antes hacia él. Lávame más y más de mi iniquidad, decía su alma; límpiame de mi pecado. Ese pecado estaba en su cara, como un recordatorio de su maldad, algo que también Pablo pudo reconocer en él mismo, algo que cada creyente debe mirar de cerca para entender nuestra naturaleza vieja que lucha bajo la ley del pecado. Nosotros sabemos que el Señor perdonó a David, que lo continuó bendiciendo y que él siguió gobernando a su pueblo. Conocemos por los relatos bíblicos de la disciplina del Señor, pero nos agrada la actitud de Israel que comprendió el error de su rey y también lo perdonó.
Esto es algo que las iglesias deberían imitar, el perdón absoluto de su gente. No es posible vivir como un animal marcado por una falta, bajo el parloteo del chismoso que siempre deambula libre por las congregaciones. El correo del odio parece sustentar a esa gente que siempre recuerda la caída del justo, como si no fuese suficiente la afrenta del individuo ante su Creador. Mi pecado está siempre delante de mí, decía David, como un grito de angustia que reflejaba el castigo de su conciencia. La terapia del perdón viene a nuestro auxilio, pero hay iglesias que no perdonan, aunque quieren que Dios les perdone sus ofensas. ¿Somos deudores a la iglesia por causa de nuestros pecados? Bien, que la iglesia perdone como Cristo la perdonó a ella.
Por las cosas escritas en la Biblia uno puede concluir que conviene tener cuidado de cómo se usa nuestra mente. Para prevenir el mal moral o incluso su consecuencia penal, hemos de examinar nuestras circunstancias y conductas. El suicidio no puede ser concebido como una salida a la angustia impuesta por el mundo y su principado, ya que constituye un acto criminal. Sea en forma instantánea, o por medio de una muerte prevista por medio del deterioro intencional de nuestro cuerpo, se implica un acto de irreverencia a Dios como el autor de la vida. Saúl como antagonista de David terminó pidiendo ayuda para el suicidio, sobre su propia espada. El se convirtió en un símbolo de quien Jehová le haya quitado su Espíritu, para enviarle a cambio unos demonios que lo atormentaban; siguió su derrotero final con una adivina o bruja, en la consumación de su desobediencia al Altísimo.
Saúl reprendido por Samuel siempre brindó excusas, hasta llegó a decir que el pueblo se había apropiado del ganado para hacer holocausto a Jehová. David, por el contrario, cayó a tierra arrepentido reconociendo su maldad, cuando el profeta Natán lo confrontó con la verdad. Son dos muestras de los dos primeros reyes de Israel, dos voluntades opuestas. Ambos fueron víctimas de sus pecados, pero uno solo tenía el brillo del amor de Dios que sostenía su mano. Siete veces caerá el justo, y siete veces Jehová sostendrá su mano y lo levantará (Proverbios 24:16; Salmos 73:23).
En algunas relaciones se consigue alguna mancha de infamia, pero el perdón de Cristo borra toda falta. El ladrón en la cruz fue movido por el Espíritu de Dios para pedir clemencia cuando el Señor volviera, reconoció que él era digno de muerte y que su Señor no había hecho nada malo para estar en una cruz. Sin embargo, pese a su trayectoria inicua, el Señor le prometió que desde ese mismo día lo encontraría en el Paraíso. Por suerte para ese ladrón no pasó por el tormento de una iglesia que perdona pero que no olvida, que siempre le hubiera recordado que debería ocupar la última banca en forma silenciosa. Mientras tanto, los hermanos le darían la mano cada domingo pero ninguno lo invitaría a almorzar, no fuera a ser que se le despertara su instinto criminal.
David representa, al igual que ese ladrón en la cruz, el prototipo de lo que somos. Solamente la misericordia de Jehová no nos consume, pero refleja por igual la gratitud de haber sido perdonado. Lo mismo sucede con el ladrón en la cruz, al igual que Elías, hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, al igual que el apóstol Pablo, considerado por él mismo como un miserable que no hacía el bien que deseaba hacer pero hacía el mal que odiaba hacer. Lo cierto es que Cristo está a la puerta de la iglesia, según un relato de Apocalipsis. Parece ser que no entra, porque también es sometido a juicio por sus palabras duras de oír que mantiene ofendidas a las supuestas ovejas de la congregación. El Señor le dice a su pueblo que huya de Babilonia, que salga de esos sitios donde el perdón no se da en forma completa.
David siguió escribiendo salmos, a pesar de su temporal derrota espiritual. Lo importante en él es que no se convirtió en un apóstata, como parece ser que le aconteció a Saúl. David siguió tomado de la mano por el Señor, de manera que sus salmos, antes y después de su oprobiosa conducta, siguen proclamando la grandeza del Dios que perdona y restituye.
César Paredes
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