David era un hombre de Dios, pero en su caída estrepitosa y pública tuvo que clamar para que Dios creara en él un corazón nuevo; reconoció su impotencia en su reposición, a pesar de que había sido declarado como un hombre conforme al corazón de Dios. ¿Cuánta mayor impotencia no habrá en el incrédulo? Existe una inhabilidad natural para los asuntos de la fe de Cristo, dado que el ser humano fue declarado muerto en delitos y pecados. No puede la criatura caída disfrutar de la debida percepción de los asuntos de Dios, porque le parecen una locura.
La gracia de Dios se hace necesaria para poder relacionarse con el Creador; si por las obras de la ley se pudiera restablecer el contacto, la gracia sobraría. Pero la ley se introdujo para que abundara el pecado, para que el ser humano probara su incompetencia espiritual y pudiera ser guiado por la norma hacia Cristo. Es decir, la falta de poder nos estimula a buscar auxilio, pero el círculo parece muy cerrado: el hombre natural sigue sin discernir las cosas del Espíritu de Dios, de manera que aunque intente el auxilio no sabe adónde ir.
La creación del corazón nuevo no puede considerarse como una mejora del anterior, sino como una hechura diferente. La piedra impenetrable se cambia por carne sensible, el espíritu muerto pasa a la resurrección del nuevo nacimiento. Pero David ya había nacido de nuevo, así que su clamor se hizo en función del pecado que lo agobiaba. Mi pecado está siempre delante de mí, dijo el salmista. De nuevo diremos, ¿cuánto más presente no ha de estar el pecado en el corazón incrédulo? Si el hombre natural resulta pasivo para nacer de nuevo, la nueva criatura en Cristo tiene actividad por realizar. Ante la caída debe clamar al Padre, pide perdón, se arrepiente y recuerda su debilidad; como Pablo, también puede reflexionar para asumir que existe la ley del pecado que domina sus miembros (Romanos 7).
Ese clamor del apóstol no fue una excusa para seguir pecando, sino un anuncio de la comprensión de aquello que nos suele suceder a los creyentes. Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre; a Jesucristo el justo, dice Juan en una de sus cartas. En otro lugar afirma que Jesús es fiel y justo para perdonarnos (1 Juan 1:9). En este punto conviene advertir contra una herejía que se impone desde algunos púlpitos, la de negar la capacidad de Cristo para perdonar pecados. Esto se basa en una metáfora usada por el autor de Hebreos, que dice que el Señor vive siempre para interceder por nosotros, pero ese adverbio no presupone que no hará más nada.
Una persona puede interceder por alguien y hacer otras cosas, como ocuparse de otros asuntos de interés. ¿Será que en las bodas del Cordero el Señor interrumpe la intercesión? ¿O cuando le dijo a Juan lo del Apocalipsis dejaría de interceder por los suyos? Cuando el Señor está a la puerta de la iglesia llamando para cenar, ¿habrá dejado de interceder? Resulta que si se asume el adverbio siempre quitándole el lado metafórico que implica seguridad, constancia, de cualidad inquebrantable, parece ser que Jesús no cumplió con lo dicho por el autor de Hebreos.
Recordemos que el Señor perdonaba pecados en esta tierra, no solo sanaba enfermos. Después de la resurrección se apareció a los discípulos y les anunció que le había sido dada toda potestad, tanto en el cielo como en la tierra; entonces, si cuando no poseía toda la potestad perdonaba pecados, ¿no va a perdonar ahora que tiene toda la potestad? Si así no fuera, Juan escribió algo que resulta incoherente. Fijémonos en el verso 7 de su Primera Carta, en el Capítulo 1; allí se lee: pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Ese él del verso 7 hace referencia al Padre, a Dios, que viene anunciado desde el verso 5 como quien es luz; de inmediato se añade que la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. En el verso 9 se concluye que si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados. Desde el punto de vista gramatical, él es un pronombre personal, singular de tercera persona, que hace referencia al personaje inmediato que se mencionó en el contexto (en este caso su Hijo Jesucristo, como refiere el verso 7).
Bien, el creyente tiene una capacidad implantada para pedir perdón, para buscar la restauración, para suplicar a Jesucristo, a quien agradece como Pablo por la victoria final. El incrédulo carece de tal habilidad, sigue siendo un sujeto pasivo en quien el Padre podrá brindar gracia siempre y cuanto Él lo considere de acuerdo a sus planes eternos. El mandato de creer y arrepentirse funciona como una orden legal, algo general cuyo desconocimiento no excusa de su cumplimiento. En la nueva criatura cobra efecto la credulidad y el arrepentimiento para perdón de pecados, por la gracia provista por medio de la fe que también viene a ser señalada como un regalo de Dios (Efesios 2:8-9).
Las metáforas funcionan en sus contextos, por lo cual conviene tener cuidado de no extenderlas fuera de lo previsto. Por ejemplo, estar muertos en delitos y pecados debe entenderse como estar incapacitado para buscar la medicina (los muertos no se mueven). Aducir que un incrédulo puede estar bajo fuertes convicciones de pecado, con un profundo sentido de miseria espiritual, por lo que no se debe considerar muerto del todo, es violentar el contexto de la metáfora. La figura de lenguaje en ese caso específico busca señalar el grado de absoluta depravación de la naturaleza humana. Logrado ello, no puede el intérprete seguir otro derrotero que el usado por el enunciador de tal metáfora.
El que el Espíritu de Dios mueva al pecador a sentir esas convicciones implica que una fuerza externa al incrédulo está actuando; pero si es su pura conciencia, esos lamentos se procuran sin cambio eficaz. La metáfora de la muerte en delitos va de la mano con la metáfora del nuevo nacimiento procurado por el Espíritu de Dios, nunca por voluntad de varón. Cuando Nicodemo se salió del espíritu de la metáfora dicha por Jesús, erró completamente al buscar un contexto impropio de aquel propuesto por Jesucristo. No había necesidad de entrar de nuevo en el vientre de la madre.
La muerte espiritual niega el movimiento del espíritu humano por cuenta propia, como si por autonomía pudiera resucitarse a sí mismo. El trabajo de la conversión es una operación de Dios, pero el hombre incrédulo está bajo el mandato legal general de arrepentirse y de creer el evangelio. Alguien dirá todavía: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Nadie puede resistirse a su voluntad, ¿será injusto Dios que condena a quien no puede sino seguir el derrotero eterno marcado por la mano divina? Bien, esas preguntas se las hizo el apóstol Pablo, bajo un argumento retórico cuando escribía el capítulo 9 de Romanos. La respuesta dada por el Espíritu de Dios es que Dios en ninguna manera es injusto, sino soberano; Él forma vasos de honra y vasos de deshonra, con la misma masa de barro. Jehová tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer. El Faraón viene a escena junto con Esaú, como modelos de vasos de ira que honran a Dios en sus juicios contra el pecado.
Los que se molestan por esas palabras del apóstol, en realidad consideran dura la palabra de Dios; se dan a la murmuración contra el Altísimo y demuestran que Dios no les ha creado un corazón nuevo.
César Paredes
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