UNIVERSALIDAD DE LA EXPIACIÓN (ISAÍAS 53:5)

El anuncio de Isaías habla de Jesús herido por nuestras transgresiones, herido por nuestras iniquidades. Asegura que el castigo para obtener nuestra paz recayó en él, y que por sus heridas nosotros somos sanados. Estamos hablando de Cristo, nuestra pascua, del cuerpo de Cristo partido y molido por nuestros pecados, de su sangre derramada por muchos. Nos referimos al Padre que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (Romanos 8:32). Es Jesús, el justo que murió por los injustos (1 Pedro 3:18).

Cualquiera puede engañarse fácilmente con esas aseveraciones de la Biblia, si no toma en cuenta el contexto. Sabemos que los autores bíblicos hablaban de la salvación alcanzada para el pueblo de Dios, como bien se expresa en forma sintética en Mateo 1:21. El Cristo había de padecer por causa de su pueblo, como él mismo lo enseñó de acuerdo a la doctrina del Padre. En Juan 6 se narra lo de los panes y los peces; una gran multitud seguía a Jesús y ellos se habían convertido en sus discípulos. Esos seguidores se incomodaron con la doctrina de la soberanía absoluta de Dios, con aquellas dos premisas universales emanadas de los labios del Señor.

Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí…Ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre. La conclusión evidente de esas dos premisas tiene que ser por igual una conclusión universal: Los que no vienen a Cristo no fueron jamás enviados por el Padre. En otros términos, se enseña una universalidad relativa en materia de expiación. Es decir, el universo que compone los expiados de culpa e iniquidad es el mismo universo de los elegidos del Padre. Si el Padre no nos hubiese enseñado de forma que hubiésemos aprendido, no podríamos haber venido a Cristo (Juan 6:45).

¿Qué significa lo que Pedro dice en su Primera Carta a sus destinatarios? ¿Quiénes son ellos? Dice así el texto: A los expatriados de la dispersión…elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas (1 Pedro 1:1-2). Esos mismos destinatarios fueron redimidos con la preciosa sangre de Cristo (versos 18-19). La presciencia de Dios no significa que haya mirado en el corredor del tiempo para ver quién lo amaba y quién lo odiaba, porque lo único que Dios vio de nosotros fue un cementerio de personas fallecidas en delitos y pecados. Sin haber uno solo que lo buscara o deseara, cada cual se apartó por su camino. Es decir, no hubo justo ni aún uno, como para que Dios se fijara en nosotros. Entonces, la presciencia significa su conocimiento anticipado en tanto es Él quien hace el futuro.

De lo contrario no hubiese habido necesidad de elección o de predestinación, ya que nosotros mismos en virtud de nuestras cualidades nos hubiésemos elegido a nosotros mismos. Y lo que es elegido por cuenta propia, ¿para qué elegirlo por cuenta de otro? Ese conocimiento previo de Dios está circundado de amor y afecto, tanto de Él como del Mediador. Dios escogió y ordenó al Hijo para que fuese nuestro Redentor, la cabeza de los escogidos, para que él fuera el Cordero de la expiación de nuestros pecados. Adán también conoció de nuevo a su mujer y por esa razón tuvieron otro hijo; Dios ha declarado que ha conocido solamente a Israel de entre todas las naciones, lo cual no indica que desconoce lo demás; simplemente que el conocimiento divino está vinculado al afecto de lo que el Altísimo quiere y ama.

¿Por qué fuimos comprados con la sangre de Cristo? (Hechos 20:28). Si se nos compró es porque pertenecíamos a otro acreedor, por lo cual se ha escrito que fuimos llamados de las tinieblas a la luz, rescatados de nuestra vana manera de vivir. Fuimos comprados por su sangre para Dios de entre todo linaje, lengua, pueblo y nación (Apocalipsis 5:9). La Biblia introduce un freno oportuno para que el universalismo expiatorio no se propague: en Mateo 1:21 se habla del Cordero que redimiría a su pueblo de sus pecados. Jesús introduce otro freno en su oración intercesora, aparecida en Juan 17. Él dijo que no rogaba por el mundo, sino por los que el Padre le había dado y le daría (Juan 17:9 y 20).

Si Cristo nos redimió de la maldición de la ley (Gálatas 3:13), se entiende que a muchos no los redimió de ella porque siguen aferrados a sus obras de hacer y dejar de hacer. Ellos colocan su propia justicia junto a la de Cristo para ayudarse en el camino de la salvación. Eso implica insensatez o lo que es lo mismo un conocimiento no conforme a ciencia (Romanos 10:1-4). Nuestra redención ha venido porque Jesucristo fue el sustituto de todos aquellos que fueron escogidos por Dios desde antes de la fundación del mundo. Estos son los destinatarios del amor eterno del Padre, a quienes les prolongará su misericordia.

Pero fue dicho que se levantarían falsos Cristos y falsos maestros, así que tenemos hoy día falsos evangelios. Esos evangelios son denominados por Pablo como evangelios malditos (anatemas), los cuales traen maldición a sus predicadores y a sus seguidores. En ellos se observa el énfasis del pregón de una expiación universal. Es decir, que Cristo murió por todos, sin excepción; de manera que los que se pierden lo hacen porque fueron renuentes a entrar en el redil de las ovejas. Se ve a un Jesús que sufre por todos aquellos que no entran por la puerta estrecha, que perdió su esfuerzo en la cruz por causa de todos esos réprobos en cuanto a fe.

Eso no es más que una blasfemia grande pero disfrazada de dolor y bondad. En realidad se está negando todo lo dicho por Jesús como vocero de la doctrina de su Padre. Se amplía el rango doctrinal del Señor para que muchos entren, para que suenen sus palabras como suaves al oído y las multitudinarias asambleas no abandonen las bancas. Este evangelio de la expiación universal estalla contra el corazón del Evangelio: la redención del pueblo escogido de Dios. La expiación significa la cancelación, la purga, el pago total de la deuda del pecado que el hombre tenga ante Dios. Y si a todo el mundo se le canceló la deuda, nadie es deudor.

No se trata de una expiación potencial, como si el Hijo sufriera en vano por los muchos que se condenan. Eso haría inútil su trabajo, su dolor y su sangre derramada por todo el mundo que va al infierno. Dios cobraría dos veces por la misma culpa: una vez en el Hijo y otra vez en el réprobo condenado. Eso no sería algo que haría el Juez Justo de toda la tierra.

Por supuesto, tampoco parece justo que Dios haya amado a Jacob y odiado a Esaú antes de hacer bien o mal. Por esa razón se levanta la objeción en aquellos que pretenden decidir lo que es justo en el Todopoderoso. La respuesta a tal objeción la da la misma Escritura, al aminorar al ser humano y compararlo con un vaso de barro en manos del Alfarero. He allí el canto mayor a la soberanía absoluta de Dios, he allí el grado de dependencia de la criatura ante su Hacedor. Si el hombre fuese libre podría decidir qué vaso de barro quisiera ser, pero el Alfarero aparece libre y soberano para decidir con su arcilla lo que desea hacer.

Los que proclaman la expiación universal por considerarla más justa, en realidad odian a Dios que no hizo tal expiación. Ellos se atribuyen una concepción de justicia superior a la del Todopoderoso, por lo cual lo señalan con el puño de sus manos. Por ese razonar habitan en la falacia de los redimidos que se condenan en el infierno de fuego, ya que una vez que sus pecados fueron cancelados ellos no sacaron provecho de tal cancelación. Olvidan, en su habitáculo falaz, que hay miles de personas que jamás han oído del beneficio de la cruz, de manera que no aprovecharon esa oferta de salvación tan aclamada por sus predicadores. Todo esto conlleva, sin duda alguna, a la blasfemia contra la sangre de Cristo, sangre que queda sin efecto en los que se condenan.

Con ello se puede valorar el peso infernal de esa enseñanza de la expiación universal. Son millares de auto denominados cristianos que siguen esa doctrina de demonios, los cuales siempre han intentado callar el anuncio del Dios soberano. Incluso hay pastores que advierten a los predicadores para que no enuncien tal doctrina en sus templos, llegando a convenir que si se quiere creer que se haga en secreto. Esos son los que se pavonean con sus obras de buen hacer y con su imagen de que abandonaron por completo el pecado, pero su doctrina los denuncia como grandes pecadores no perdonados.

César Paredes

retor7@yahoo.com

destino.blogcindario.com

absolutasoberaniadedios.org

Comentarios

Deja un comentario