Puede haber diversidad de operaciones, de ministerios y de dones, pero el Señor, el Espíritu y el Padre son el mismo. Son tres personas en un mismo Dios, con sus especificaciones separadas pero bajo un mismo propósito y una misma unidad. Si alguien rechaza esa concepción teológica de la Biblia, en preferencia de dos o de una sola persona, entonces anda en otro evangelio. El Padre perdona pecados pero el Hijo también lo hace, como lo asegura 1 Juan 1: 1-9, o como lo atestigua Esteban, el mártir que rogó al Señor (no al Padre sino al Hijo, Kurios en griego) para que no le tomara en cuenta el pecado de los que lo apedreaban (Hechos 7:59-60).
La conjunción del Padre con el Hijo resulta inseparable, por cuanto dice el evangelio: Si alguien me ama, guardará mis palabras: y mi Padre lo amará y vendremos a él, para hacer morada junto a él (Juan 14:23). Si pecamos, entonces el Espíritu que está en nosotros se contrista (Efesios 4:30). También señala la Escritura el deseo apostólico: La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros (2 Corintios 13:14). Ese Dios en tres personas se manifiesta a lo largo de la Escritura, aún desde el Antiguo Testamento, el cual es llamado tres veces Santo, en la visión de Isaías. Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, dice el Génesis; vemos esa doctrina del Trino Dios en muchas partes de la Biblia. En Isaías 48:16 leemos: Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu.
Los que se quejan de que en la Biblia no aparece la palabra Trinidad, no deberían leer la Biblia, ya que en ella no aparece la palabra Biblia. Nuestra fe, amor y obediencia al Dios en tres personas demuestran una forma particular de adoración a Dios. No hemos de honrarlo solo de labios, con el corazón alejado; más bien hemos de instrumentar la alabanza con actos de obediencia y misericordia, como el viejo ayuno enseñado por Isaías: dar de comer a los pobres. Desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, dejar en libertad a los quebrantados, que rompamos todo yugo viene a ser el ayuno escogido por Dios. Partir nuestro pan con el hambriento, albergar a los pobres errantes en la casa, cubrir al desnudo y no escondernos de nuestros hermanos (Isaías 58: 6-7).
Pasaremos la vida eterna conociendo al Padre, el único Dios verdadero y a Jesucristo el enviado; pero tenemos la garantía de llegar al reino de los cielos porque el Espíritu mora en nosotros hasta el fin. Ese Padre ha testificado del Hijo, en quien tiene complacencia, en tanto el Espíritu descendía sobre el Hijo como paloma. Pero existen los que no le creen a Dios, al Padre que testifica del Hijo, los cuales no tienen vida eterna. No es posible creer solo en el Padre y negar la unidad de las tres personas, por lo cual la Biblia advierte para que el pueblo elegido no se vaya tras las herejías de los falsos maestros. El que sigue al extraño no ha nacido de nuevo (Juan 10:1-5), por lo tanto no puede seguir al buen pastor.
Cristo lo dice, que hemos de creer en Dios y también en él (Juan 14:1); Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre (Juan 14:16). Pero el amor que tengamos por la Trinidad se anula si amamos al mundo: No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (1 Juan 2: 15-16). Si Jesús dijo que si creíamos en Dios creyésemos también en él, quiso dar a entender que él es igualmente Dios. Por eso también añadió que quien ha visto al Hijo ha visto al Padre, pero eso no indicaba que se trataba de una manifestación modal sino de una diversidad de personas como ya bien se ha señalado por textos anteriores.
El mundo captura nuestros afectos, dado que nuestras almas andan sujetas y atraídas por cuanta alharaca lanzan los medios audiovisuales. El ojo se va tras la imagen hasta cegarse el espíritu, dominando al alma que se hace prisionera de la vanidad de la vida. Cuesta seguir a Cristo, cuesta mucho darse a la oración; no en vano se nos ha dicho que quien se acerca a Dios necesita saber que Él existe. Eso parecería obvio e innecesario decirlo, pero si la Escritura lo menciona debe haber alguna razón de peso. Pienso que como Dios es Espíritu a nosotros nos cuesta entender que al orar Dios también sigue allí, sin importar que nuestros ojos no lo vean. Estamos tan acostumbrados al contacto sensorial (vista y oído, por lo menos) que nos parece que hablamos al vacío cuando oramos. Tal vez por ese motivo no aguantamos sino unos pocos momentos en esa actividad, porque nos da fuerte trabajo el estar seguros de que somos oídos, de que en ese sitio también está Dios. Una recompensa especial se agrega a ese anuncio: que Dios galardona (premia) a los que se le acercan y le buscan.
Jesús es el gran Yo soy (Juan 8:24), por lo cual resulta básico y necesario darle la debida honra al Hijo, así como se honra al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió (Juan 5:23). Pablo rogaba por el amor del Espíritu (Romanos 15:30), deseaba la comunión del Espíritu (2 Corintios 13:14) para todos los santos, lo cual nos conduce a entender que tenemos un deber de obediencia que incluye al Padre, al Hijo y al Espíritu. ¿Cómo podemos tener comunión con el Espíritu Santo si andamos en desobediencia y contristándolo? La misma desobediencia impide que honremos al Padre, al Hijo y al Espíritu; la misma alabanza incluye a las tres personas.
Si el Espíritu mora en nosotros, también vivificará nuestros cuerpos mortales. Ese Espíritu es el que el Padre envió, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús (Romanos 8:11). El Espíritu ejerce una función pedagógica en los elegidos del Padre, una vez que los ha hecho nacer de nuevo: los conduce a toda verdad, lo cual significa que los aparta de toda herejía. Ni por un momento los mantiene en la mentira, ni en el engaño teológico de las falsas doctrinas. Si alguien es engañado por los falsos maestros, tiene el indicativo de no poseer el Espíritu de Dios. Y si alguno no tiene tal Espíritu, no es de Dios.
En Apocalipsis 1:4-5 Juan nos menciona a las tres personas del Dios Trino; el Dios eterno es el mismo Padre, que siempre era, que habrá de venir como siempre ha sido, sin sombra de variación. Es el mismo Jehová que incluye una temporalidad pasada, presente y futura, el gran Yo Soy de siempre. Al Espíritu lo significa con la figura de los siete espíritus, en virtud de su perfección y plenitud, así como en relación a las siete iglesias (un signo de la totalidad de la iglesia) a quienes el Espíritu ha sido dado. Luego añade al Hijo, el testigo fiel de su Padre, el Primogénito entre muchos hermanos, el Príncipe de los reyes de la tierra, el que nos amó y nos lavó de nuestros delitos y pecados por su sangre derramada hasta la muerte.
Somos llamados a tener una comunión con las tres personas de la Trinidad. No olvidemos jamás que el diablo busca generar confusión y duda respecto a las tres personas divinas, como si eso obedeciera a un asunto histórico de caprichos eclesiásticos. Fallar en una de ellas implica fallar en todas, porque constituyen una unidad. Justo viene a ser reivindicar la concepción del Dios Trino para andar en la salud de la teología y vivir en la plenitud de la verdad. El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente (Santiago 4:5).
César Paredes
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