Autor: César Paredes

  • CONSIDERA MI GEMIR (SALMO 5)

    El salmista le dice a Jehová que considere su gemir, cuando de mañana se presente para esperar a Dios. Nuestro Dios no se complace en la maldad, si bien azota a todo el que tiene por hijo; a veces nuestras penas vienen como parte de alguna corrección, para alejarnos de la impiedad y de la compañía íntima de los impíos. David insiste en que el malo no habitará junto a nuestro Dios, por causa de su insensatez. Esto deriva en una primera síntesis: la sensatez debe ser el factor común en cada creyente. El conocimiento del siervo justo impera para poder ser justificado (Isaías 53:11). Por supuesto, acá estamos claros en que tal conocimiento de ese siervo viene como consecuencia del nuevo nacimiento.

    Podemos oír acerca de Jesús, de su obra en la cruz, pero, si hemos sido movidos por el Espíritu Santo para creer en ese Redentor, de seguro su guía a toda verdad nos coloca en la comprensión de las enseñanzas del Señor. Ese siervo justo vino a traer la justicia perpetua a todos los que representó en la cruz, de acuerdo a las Escrituras. En Mateo 1:21 leemos que hubo un sentido específico para colocar el nombre al niño por nacer, ya que con ese nombre identificaríamos su oportuno y cierto trabajo: salvar a su pueblo de sus pecados. Judas quedó por fuera de esa expiación, como también quedaron de la misma forma Caín y el Faraón de Egipto. Cada réprobo en cuanto a fe tiene su condenación cierta, pero cada oveja irá al buen pastor en el día de su llamamiento eficaz.

    Dios aborrece (odia) a todos los que hacen iniquidad, por igual destruye al que habla mentira. Esa mentira viene como concepto amplio, de forma que podemos incluir en ella la mentira doctrinal. Quizás esta sería la mayor estafa, el discurso de los falsos maestros. Claro está, estos son los guías de ciegos que llevan a perdición como pastores del rebaño de cabras. Nosotros, los redimidos, miramos al santuario donde mora el Señor, en cada corazón del creyente.

    El salmista ora para que Dios lo continúe guiando en su justicia, ya que posee muchos enemigos. Nuestros enemigos son numerosos, como numeroso es el pueblo de Satanás. Él es rebelde y contradictor, se opone a todo lo que tenga que ver con el Dios de las Escrituras; pero para eso él fue levantado, con el propósito de llevar a cabo una obra maligna que en alguna medida glorifica el nombre del Señor. En realidad el Señor venció a Satanás en la cruz, de manera que exhibió su éxito ante las potestades espirituales y llevó cautiva la cautividad (Efesios 4:8; Colosenses 2:15). El castigo eterno es parte de la recompensa que tendrán los impíos que se gozan en la mentira, desdeñando la verdad.

    En la boca de nuestros enemigos no hay sinceridad, sino que su garganta es un sepulcro abierto (Salmos 5:9; Romanos 3:13). David pide castigo para ellos, nosotros debemos unirnos con la misma intención. La venganza no nos pertenece, pero sí que nos ocupa la tarea de la oración. Existe una justicia poética a lo largo de la Biblia, en los Salmos se puede contemplar con insistencia (caigan en sus propios lazos). Acá dice el salmista que caigan en sus propios consejos (Salmos 5:10). Lo que traman les acontece, sus trampas se revierten, sus espadas entrarán en sus mismos cuerpos.

    El impío cava un hoyo pero en él caerá, la horca preparada para Mardoqueo sirvió para colgar al perverso Amán, el instigador. Sucede con frecuencia que nos incomodamos porque nos parece retardado el momento en que nuestros enemigos serán consumidos, queremos celeridad pero Dios nos muestra que Él también ha soportado con paciencia los vasos de ira preparados para el día de la ira (Romanos 9: 22). Que sus consejos se conviertan en sus ruinas, en locuras que les vendrán como justicia poética. El que no posee la justicia de Dios que es Jesucristo, caerá en sus pecados de manera perpetua, siendo depositado en el fuego que no se consume. Allí será el lloro y el crujir de dientes, allí no habrá esperanza sino que la ira divina será derramada sin alivio.

    Los que se burlan de la idea del infierno deberían pensar con reflexión; ¿acaso no sufrimos a veces cuando tenemos una pesadilla? Es un simple sueño pero nos despertamos sofocados, angustiados solamente por haber soñado algo terrible. Ese gran susto aconteció en nuestra mente, sin que tuviésemos conciencia de nuestro cuerpo, por lo cual sabemos que Dios puede hacer permanecer en la angustia del fuego a cualquier mente o alma creada. Pero hay más, Jesucristo nos dijo que temiéramos a aquel que tiene el poder de echar nuestros cuerpos y nuestras almas en el infierno de fuego (Mateo 10:28).

    Sucede, sin embargo, que dentro de la variada gama de apostasía que existe hoy día está la negación del infierno de fuego. Diversos son los argumentos que se dan en contra, pero la realidad está pavimentada con palabras de Jesucristo. Ese mensajero del amor de Dios vino a traer juicio a esta tierra, a advertirnos del castigo por venir y a salvar a su pueblo de sus pecados. Todos aquellos que se extravían al no permanecer en la doctrina de Cristo, caminan sin Dios y su rumbo será de perdición (2 Juan 1:9-11).

    Como contrapartida del malestar generado por los impíos, el salmista nos llama a la alegría por la confianza en el Señor. Nos dice que demos voces de júbilo para siempre, por la sencilla razón de que Dios nos defiende. ¿Cuántas veces no hemos sido librados del lazo del cazador? Hemos sido favorecidos a pesar de la lengua de los impíos, hemos recibido el favor de la protección del Dios Eterno, como si fuese nuestro escudo, por haber recibido el beneficio de la justificación.

    ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:34). El creyente se tiene como vencedor por medio de aquel que lo amó. No existe mayor amor que el que un amigo nos haya dado su vida por nuestros pecados, así que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8:38-39).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • SENTADOS EN LUGARES CELESTIALES

    Pablo afirmó que ya estamos sentados en los lugares celestiales (Efesios 2:6-7), en la figura de la entrada de Cristo a los cielos. Jesucristo tomó posesión de todo su pueblo, el que fue amado desde antes de la fundación del mundo; de esta manera la Biblia habla del amor eterno del Padre, el cual nos prolonga su misericordia. En esos cielos nos prepara un lugar, un refugio o habitáculo para cada uno de los elegidos, por lo cual ya estamos sentados en esos espacios. Honor, placer y reposo, un sitio escogido para cada uno de sus hijos, junto con Jesucristo.

    Esa afirmación apostólica habla de la certitud de ese hecho, en virtud de que el Señor nos representó en el madero. Al habernos amistado con el Padre, aquel amor eterno fluyó sin detención, continuará fluyendo hasta obtener la redención final. Nuestro estatus hace referencia a un linaje escogido, a un real sacerdocio, a la amistad con Jesucristo, por la benevolencia de su trabajo consumado. ¿Quién nos separará del amor de Dios? ¿Quién nos condenará por algún pecado? El Espíritu habla a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, coherederos con Cristo, para que no nos olvidemos de nuestra ciudadanía.

    Ciudadanos de los cielos y extranjeros para el mundo, seguimos en vida bajo el atropello de los que nos odian. Esa realidad forma parte de nuestra persecución diaria, continua, como fiel reflejo de que el mundo odia a Cristo y ama lo suyo. Por esa razón amamos al Señor y aborrecemos el mundo, si bien anunciamos el evangelio en obediencia a nuestro mandato recibido, para que el resto de los elegidos llegue al conocimiento pleno de la verdad. Los réprobos en cuanto a fe no se salvarán, sino que recibirán más castigo por haber oído la verdad y haberle mostrado repudio.

    La Biblia asegura que Dios envía un espíritu de estupor (engaño) para aquellos que se deleitan en la mentira y no sienten amor por la verdad; pero a nosotros nos ha dado el Espíritu de verdad, para que nos recuerde todo aquello que Jesucristo enseñó. La doctrina de Jesús es el cuerpo de enseñanzas en la cual se esmeró en prodigarnos por medio de sus apóstoles. Los escritores bíblicos recogieron lo que en la providencia divina les fue mostrando, respecto a las riquezas espirituales con las que fuimos favorecidos.

    Muchos falsos maestros han salido por el mundo para enseñar falsas enseñanzas, de manera que el camino de la verdad sea blasfemado. Los falsos Cristos intentarán engañar a muchos, si fuere posible, aún a los escogidos. No les será posible jamás, ya que las ovejas del buen pastor le seguimos sin nunca irnos tras el extraño, puesto que desconocemos su voz (Juan 10:1-5). El futuro condicional de esa frase de Jesús en Mateo 24 (si fuere posible) revela que se refiere a un hipotético por naturaleza gramatical imposible, ya que nuestra elección firme se sujeta al amor eterno del Padre. Sin embargo, debemos estar alertas y vigilantes para denunciar el engaño de los apóstatas, de los maestros de mentiras, de forma que por nuestras palabras brille más la enseñanza de Jesús.

    Jesús salvará a los que le obedecen, dice el autor de Hebreos. Sin duda, él mismo dijo que si le amábamos guardaríamos sus mandamientos. Pecar forma parte de nuestra condición natural, como bien lo ilustró Pablo en Romanos 7; estamos vendidos al pecado (verso 14), una ley en nuestros miembros nos da a entender que el mal todavía mora en nosotros (verso 18, 20, 23). Por esta razón, el apóstol Juan en una de sus cartas nos asegura que si hemos pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Si confesamos nuestros pecados, él (Jesús) es fiel y justo para perdonarnos. Si decimos que no tenemos pecado, le hacemos a él (Jesús) mentiroso. Pero ya el creyente no practica el pecado, una verdad que nos alienta (1 Juan 3:9).

    El Espíritu se contrista dentro de nosotros si pecamos y no nos apartamos de esa mala actitud y conducta, para hacernos sentir mal en nuestro interior. Por esa razón Pablo escribió que no podíamos vivir más en el pecado (Romanos 6): ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera… Hemos muerto al pecado, pero todavía estamos en el mundo y tenemos raíces heredadas de Adán. El pecado no genera la gracia, sino la ira de Dios; solamente que Dios quiso magnificar su gracia ordenando a su Hijo como Redentor de todo un pueblo escogido. Así que no provoquemos a ira a nuestro Dios, como si mientras más pequemos más gracia obtendremos, ya que su ira se enciende y azota a todo aquel a quien tiene por hijo.

    No caminemos como los muertos en el pecado, sino andemos como los que hemos muerto al pecado. Hemos sido santificados (separados del mundo), por lo tanto el pecado no es más nuestro negocio, aunque a veces solemos caer por su atractivo y por las raíces naturales que todavía nos vincula a esa oscura realidad (Romanos 7). Precisamente, por estar muertos al pecado podemos darnos cuenta de lo horrendo que es pecar. El mundo peca en forma habitual y apenas siente dolor por el castigo social o privado que sus malas acciones generan cuando son descubiertas; tal vez alguno puede tener remordimientos de conciencia, como le sucedió a Judas Iscariote. La información sobre la vida cristiana puede generar remordimiento en aquel que comprende y gusta un poco las cosas celestiales, pero jamás podrá aborrecer el pecado como aquel que ha muerto al pecado mismo.

    Ciertamente, las cosas concernientes al Espíritu de Dios han de ser discernidas con ese Espíritu, pero el mundo no lo tiene y por lo tanto no comprende los asuntos y negocios de Dios. Para el mundo resulta una locura que un creyente rechace ciertas oportunidades lujuriosas, económicas, de provecho temporal, en nombre de la fidelidad a Jesucristo. La burla puede surgir de momento contra el creyente que se aparta del mal, pero el hijo de Dios suele comprender que el amor de Dios lo ha embargado de tal manera que ahora desea agradar al Señor. Eso ha de verse como un claro indicio de haber muerto al pecado.

    Vivir en el pecado significa seguir los dictados de la naturaleza corrompida y pecaminosa. Podemos caer pero seremos sostenidos de nuevo por el Señor, de muchas maneras, hasta lograr mortificarnos por las caídas sucesivas. El mundo, por el contrario, siente las delicias del pecado y las computa como ganancia. Su fin será la muerte del espíritu, la condenación del alma, la pérdida en la vanidad de la vida. Muchos caminos le parecen buenos al hombre del mundo, pero su fin es de muerte; el diablo ofrece mucho, da poco y quita todo. Sí, Satanás es todavía el príncipe de este mundo, si bien Dios redime a sus elegidos por medio de la predicación del evangelio de verdad.

    Como Dios es eterno y no se afecta por el tiempo, para Él ya todo está consumado de acuerdo a sus planes inmutables. Por esa razón Pablo escribió que estamos sentados en los lugares celestiales, con Cristo Jesús. La próxima vez que seamos enredados en la tentación o en la caída, contemplemos esa frase apostólica para sacarle el máximo provecho. Dios ya nos ve junto a Cristo en los cielos, para que corramos a sus brazos y nos lavemos los pies porque ya fuimos limpiados en la sangre del Hijo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • DOS LADRONES

    El lugar de la crucifixión ha sido llamado el del Calvario, el de la Calavera, que en griego es el Gólgota, el sitio de la calavera.  Estos elementos del nombre donde fue crucificado el Señor son por demás ignominiosos y pasan a sumarse a sus sufrimientos.  Sin embargo, cuando el Señor triunfa en la pasión y la resurrección su victoria alude a la simbología del sitio donde fue sacrificado, al sitio de la muerte.  Triunfó sobre la ignominia misma, sobre la calavera como símbolo de la muerte. 

    Jesús fue crucificado con un ladrón a su derecha y otro a su izquierda, para significar con ello que él parecía como uno de los dos compañeros de muerte.  Se cumplía la profecía de Isaías, que sería nombrado con los transgresores.  La barbarie romana en el sacrificio del madero, dejado especialmente para las ejecuciones a criminales, es un crimen en sí mismo.  Esa salvajada constituyó una simple manifestación de la naturaleza humana.  Lo hicieron no porque eran romanos, pues podrían haber sido de cualquier nacionalidad,  sino porque estuvieron inspirados en su propia naturaleza, la naturaleza del hombre, aquello que queda dentro de nosotros como símbolo de la muerte en el pecado.  La naturaleza humana está fenecida en delitos y pecados y desde esa muerte actúa, como se ha demostrado por el salvajismo de las guerras y la crueldad de los imperios.  No hay un imperio honesto, sano, amigable, sino el inspirado en la rapiña, en la esclavitud para el vencido, como una patente del vencedor.  

    Cuando recordamos una de las pruebas hechas por Satanás a Jesús, especialmente cuando le pidió adoración a cambio de los reinos de la tierra, entendemos por medio de las respuestas de Jesús que esos reinos le pertenecen al príncipe de este mundo.  El rey de Babilonia, el príncipe de Persia, y muchos otros nombres que aluden al control de Lucifer sobre el gobierno del mundo, nos recuerda que el ofrecimiento a Jesús no le fue objetado.  Le fue objetado solamente la petición de adoración.  Con esto quiero estimar que tanto Roma, como todos los reinos anteriores, los que le siguen hasta nuestros días y los que falten hasta la consumación de la venida de Cristo, son controlados por la mano de Lucifer.  De manera que no puede haber un imperio bueno, honesto, pacificador, pues la naturaleza humana, envuelta en delitos y pecados, no deja ver la piedad en el actuar del hombre en la tierra.  Los príncipes del mundo son marionetas de Satanás.  Eso no quiere decir que el Dios soberano no tenga el control total de todos ellos, simplemente que ordena esa naturaleza humana para completar sus propósitos eternos.

    Las personas en torno al sacrificio de Jesús en el Gólgota estaban en su mayoría disfrutando de un espectáculo.  Parte de ese escándalo consistió en recordarle a Jesús que como Hijo de Dios había salvado a muchos, pero que no se podía salvar a sí mismo.  Eran proposiciones irónicas, pues si realmente le hubieran reconocido como Hijo de Dios no habrían hecho esa burla con esas frases. 

    Según el derecho judío, no podían ser ejecutadas dos o más personas el mismo día, pero la crucifixión y la justicia allí eran romanas, y quizás por la comodidad de no repetir más ejecuciones, o por hacer más ejemplar la pena, los romanos permitieron que esto sucediera. Sin embargo, no era otra cosa sino el cumplimiento de la profecía: fue contado con los malhechores.

    Agustín de Hipona dijo una vez referente a este hecho de la crucifixión que la misma cruz fue el tribunal. Puesto en medio el juez, uno, que creyó, fue absuelto; otro, que insultó, fue condenado. Con esto significaba lo que ha de hacer de los vivos y de los muertos, colocando unos a la derecha y otros a la izquierda.

    El ladrón que en principio le injurió, pero que después tomó conciencia y cual hijo pródigo emprendió su camino de regreso a casa, recriminó a su colega, el malhechor que continuaba con sus sarcasmos y no respetaba el sufrimiento de un hombre inocente.  Ese ladrón reconoce a Cristo como el Señor, el que vendrá como Rey de reyes, por lo cual le pide humildemente que se acuerde de él cuando venga en su reino. 

    Hay un texto en el Nuevo Testamento que hace alusión a una mujer con dos hijos, los cuales servían a Jesús.  Esta mujer se adelantó a otras madres y le dijo al Maestro que cuando él instalara su reino colocara a cada uno de sus hijos a su lado, uno a la derecha y otro a la izquierda. Esta mujer mostró parte de nuestra naturaleza contaminada. No era consciente todavía de la naturaleza del reino de Dios, de la naturaleza de la gracia divina que ha alcanzado a los elegidos para salvación.  Ella pedía algo muy especial, pero que delataba la bajeza de nuestras pretensiones: hacía una solicitación para conseguir algo que deseaba su alma ambiciosa, se imaginaba que tenía algún derecho bien o mal fundado sobre el servicio que sus dos hijos habían prestado al Maestro. Tenía una ambición desmedida al suponer que si llegaba primero que otros, y proponía al Maestro su petición, tendría el derecho por ser la primera en hacerlo. A veces escuchamos a personas que argumentan que han servido al Señor muchos años y que ellos merecen tener ciertos privilegios particulares, fundamentados en el argumento de la cantidad del tiempo de servicio prestado.

    Pero el ladrón en la cruz, ante la inminencia de la muerte, ante la realidad de su castigo eterno merecido por sus muchos males cometidos, se aferró apenas a una esperanza en el Dios que da la vida y el perdón.  Con mucha humildad logró decirle al Señor que se acordara de él cuando viniera en su reino.  Solamente pedía eso: que se acordara que él había sido crucificado por sus culpas merecidas, que él le había reconocido como al Señor, que había entendido que la inocencia de Jesús no merecía semejante castigo.  No entendió mucho más, no tuvo mucho tiempo para teologizar el evento que estaba viviendo, ni tiempo para bautizarse o tomar la cena del Señor, pero en su más recóndita humildad pidió solamente un acto de misericordia, no un derecho.  Pidió que el Señor se acordara de él cuando viniera en su reino.

    Esa petición de misericordia bajo el estatus de humildad fue suficiente para conseguir una respuesta de gloria. El Señor le dijo inmediatamente que hoy estaría en el Paraíso. Esa petición en la más profunda humildad consiguió arrebatarle al Señor demasiadas cosas.  Fue el último ´robo` del ladrón, solo que esta vez arrebataba tesoros escondidos en los cielos.  Logró la promesa de parte del Fiel y Verdadero, de que estaría desde ese mismo día en el Paraíso, no en el Hades donde están los condenados, donde está el rico de la parábola relatada por Jesús;  logró arrebatarle a Jesús en el último momento de la existencia del Maestro en la tierra como cordero pascual una visión teológica del destino de las almas.  Ya el Señor lo había enseñado en la parábola del rico y Lázaro, pero en este momento frente a la muerte lo confirmaba, y le prometió que su alma estaría separada de aquellas almas condenadas, en el Paraíso, el lugar de los bendecidos. Esta manifestación teológica, patentizada en medio del dolor del sacrificio del martirio del madero, confirma a todos los creyentes que cuando mueran tendrán igualmente, cual el ladrón de la cruz, un espacio, una morada el el Paraíso con Jesús. 

    Apocalipsis 2:7 nos ofrece una esperanza similar:  El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.  Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios. Si nuestro precursor Adán allí tuvo su primera morada, en el segundo Adán (Cristo) hemos sido restaurados a la residencia celestial, con Cristo en medio nuestro.  Por eso el Señor oró en el Getsemaní, la oración previa al sacrificio y a su arresto, para pedir al Padre que aquellos que le había dado, estén con él, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. Además, en esa oración Jesús mismo definió la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado (Juan 17). También Pablo confirma nuestra presencia en ese Paraíso cuando expresa que para él el vivir es Cristo pero el morir es ganancia.  Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor (Filipenses 1:23). 

    Lo curioso de este acto de humildad del ladrón ante Cristo es que el Señor no miró la hoja de vida del enjuiciado, no le recordó sus miserias, sino que lo redimió y a través de lo que le dijo nos informó a nosotros, mucho antes de que el apóstol Pablo lo dijera, que la muerte en Cristo nos llevaría inmediatamente al Paraíso. El apóstol Pablo no dijo estar en un sueño o sumergido en la inconsciencia, a la espera del día de la resurrección. Dijo que tenía el deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor que estar en esta carne.

    ¿Ni aún temes tú a Dios estando en la misma condenación? Esas palabras recriminaban al ladrón que continuaba con sus injurias y sarcasmos.  Barnes (Comentarios de la Biblia) afirma que esta ´misma condenación` se refiere a la muerte similar que los tres estaban padeciendo.  No se refiere en ningún momento a la muerte por la misma causa o razón, sino al mismo ´tipo´ de muerte física.  Sabemos que la muerte de Jesús fue muerte de sacrificio por nuestras culpas, pero la muerte de los dos ladrones era una muerte por sus culpas, y bajo la ley romana era una muerte merecida. 

    Si bajo la ley romana la crucifixión era el pago a los que habían quitado la vida a otros, a los que habían sido asaltantes, violadores y rebeldes, bajo la ley divina el castigo eterno sería una suposición lógica y teológica.  No obstante, Jesucristo nos muestra con su ejemplo del perdón al ladrón arrepentido, además de su oración magistral Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen, que el criterio de justicia ha sido invertido.  Los romanos con su lógica jurídica buscaban reivindicación con el martirio; Jesucristo, el mártir inocente, buscaba el perdón para sus asesinos.  Era su opuesto y ejemplificó una conducta.  El perdón a los enemigos vino a constituir una nueva norma del hacer, ya antes anunciada en el Sermón del Monte.  Hubiese sido más fácil y lógico suplicar al Padre por justicia reivindicativa, pero quizo Jesús rogar por el perdón de esa gente engañada que le martirizaba.  Quizás la conducta que mostraba Jesús en medio de los actos de burla, de dolor, de pena máxima, sedujo al ladrón al arrepentimiento. Lo sedujo como al profeta Jeremías: Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste… (Jeremías 20:7).

    De manera que Jesús en medio de dos ladrones nos enseña la tarea del perdón para con nuestros enemigos.  En vez de dar maldiciones cuando somos sorprendidos por el maltrato que se nos hace, por las injusticias que se nos comete, la palabra de bendición debe alinearse en nuestra boca para ser proferida hacia todos aquellos que nos  causan males.  Esa fue para Jesucristo su terapia en medio del dolor, dejar rebosar de amor su alma y no dejar acercar al odio que predispone más hacia el dolor. Es revelador que de las llamadas siete palabras, o siete expresiones, manifestadas por Jesús en el madero del monte de la Calavera, la primera de ellas fue la del perdón. Ella constituye por sí misma el propósito fundamental de su muerte: la compra bajo el precio de sangre del perdón del Padre para con la humanidad. Nuestro perdón fue comprado y Jesús al hablar con el Padre nos recuerda, con esa plegaria al iniciar su plática en la cruz, que su muerte es vicaria, sustitutiva, que él es el Cordero de la pascua; nos anuncia que su obra empieza a consumarse con ese sacrificio, pero nos predica la misma esperanza que le fue mostrada al ladrón que estaba a su lado.  No importan los tipos de delitos cometidos; no importa si fuimos incluso los asesinos de Jesús (ese sería el delito máximo); no importa si la justicia humana nos ha condenado y nos ha convencido de que debemos padecer por nuestras culpas (como había convencido la justicia romana al malhechor que estaba a su lado); lo único que importa es el anuncio del perdón por la autoridad para el perdón.  Jesucristo, el Cordero de la pascua anunciada, ha hablado su primera palabra, la cual sería el encabezamiento de su discurso en el programa establecido desde los siglos para su sacrificio. 

    Es como si con ese breve enunciado se pudiera ayudar a nuestra memoria olvidadiza, para advertirnos que el objetivo de su muerte era comprar nuestro perdón al Padre.  Por eso Jesucristo encabeza sus palabras con esa petición y con ese argumento: Padre perdónalos –es su petición; luego el argumento: porque no saben lo que hacen.  Porque tienen un velo en la mente, en el espíritu y no entienden lo que hacen, pues si hubieran entendido no lo habrían sometido a ese dolor.  Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria (1 Corintios 2:7-8).

    Pero el razonamiento del ladrón que no alcanzó el perdón lo llevó a su propia perdición.  Si tú eres el Cristo fue su plegaria, una proposición condicional cargada de razonamiento lógico, pero que implicaba duda acerca de la autoridad de Jesús.  Si tú eres el Cristo como tú mismo has dicho, como muchos han dicho de ti, entonces paso a proponerte el mejor negocio para ambos.  Primero que nada (y aquí viene la persuasión lógica de esa proposición) sálvate a ti mismo. Ese fue el mejor razonamiento que pudo tener en el momento de la muerte; con ese razonamiento de seguro se había conducido en toda su vida.  Si otros tienen tanto, yo les puedo quitar un poco.  Si a otros se les hace fácil la vida, yo se las voy a complicar un poco. Yo soy el razonador, yo soy el vindicador.  Por eso se le hizo fácil pensar de esa manera en ese momento de angustia y tránsito hacia el más allá.  Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo.

    Es lógico suponer que una vez que Jesús estuviera a salvo podría agradecerle por sus palabras cargadas de lógica y le recompensaría salvándole a él.  Como si Jesucristo no lo supiera, y no se acordara de que él era el Cristo; como si una sola palabra suya no hubiese bastado para que el Padre hubiere enviado a doce legiones de ángeles para favorecerle. Pareciera que ese ladrón razonador pretendió darle explicaciones a Jesús de cómo tenía que gobernar el mundo. Nos recuerda nuestros ocultos pensamientos y los pensamientos nada ocultos de los que piensan igual que el malhechor no perdonado:  Si Dios es amor ¿por qué permite tanto dolor en el mundo?  Si Dios es justo ¿por qué tanta maldad por doquier?  Siempre el si condicional, nunca el afirmativo.  Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y luego sálvanos a nosotros.  Esta terrible proposición lógica encierra la peor crítica al evento sacrificial de Jesús.  Presupone que un Dios todopoderoso, el Mesías esperado, debe ser capaz de evitarse a sí mismo semejante dolor; presupone que en consecuencia la liberación debe ser no solamente para el ladrón razonador sino para todos por igual, pues habla en nombre de nosotrosSálvanos a nosotros.  Sin embargo, el ladrón que se humilló habló por él mismo, no colectivizó, por lo cual dijo acuérdate de mí.  Por eso Jesús le respondió a este ladrón que hoy estaría con él en el Paraíso, pero  al que siguió injuriándole no le respondió nada. 

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • LA MUERTE EN EL MADERO

    Hay personas que cuando se acercan a las Escrituras, y descubren esa sabiduría de la que hablara Pablo, empiezan a enojarse porque esa salvación no se ha hecho extensiva para toda la raza humana. Se instauran en el valor social del nosotros, como hizo uno de los malhechores de la cruz.  Eso no es más que una semilla que cayó en un suelo donde sólo se le permitió un pequeño brote, para perecer por causa de la tierra que no estaba suficientemente abonada. La salvación no es colectiva sino personal, y aunque uno más uno vayan haciendo el grupo, hasta convertirnos en una gran multitud de millones y millones, esa cantidad se cuenta a lo largo de la historia. 

    El relato bíblico de la muerte del Hijo de Dios en un madero, en medio de dos malhechores, nos puede conducir a una gran variedad de reflexiones. Podríamos resumir el relato de la crucifixión bajo una especie de resumen general. Sería bajo un epígrafe o título que sugiera las inferencias o implicaciones puestas de manifiesto en esa historia bíblica. Esa síntesis la podríamos nombrar como Teología derivada de la muerte en la cruz.

    Teología derivada.

    A- La caída de algunos dogmas asumidos en la historia de la iglesia cristiana, por ejemplo, el sacramento del bautismo no es un imperativo para la salvación, ya que el ladrón arrepentido no tuvo tiempo de bautizarse. B- La comunión o cena del Señor como sacramento eclesiástico, dado que el ladrón arrepentido no tuvo tiempo de tomarla. C- El mito del purgatorio, en virtud de la sentencia: hoy estarás conmigo en el Paraíso, la cual deja por fuera cualquier suspicacia o duda en torno a lo que sucede a los creyentes inmediatamente después de la muerte. D- La doctrina de la universalidad, que sugiere que todos se salvan, queda deshecha al mirar al ladrón no arrepentido, a quien Jesús no le prometió nada. E- La tesis de algunas sectas que sugieren que el alma entra en un estado de reposo o sueño después de la muerte. Lo que Jesús pregonó fue un estado de conciencia plena, al prometer que hoy estaría con él en el Paraíso. Estar con Jesús supone entrar en la vida eterna, en el conocimiento del Padre –el único Dios verdadero- y de Jesucristo –a quien el Padre ha enviado (Juan 17).  Esto implica que para conocer al Padre y al Hijo dentro de la vida eterna, y para estar con Jesús en el Paraíso, se necesita un estado de conciencia manifiesta y no un sueño profundo.

    El plan de salvación mostrado por Jesús demuestra su simplicidad, sin reglas ni etapas, ni exámenes catecúmenos. El ladrón fue movido a tomar conciencia acerca de quién era Jesucristo, de sí mismo en cuanto a su pecado y a suplicar con humildad el que el Señor se acordara de él. La motivación para acudir a Jesús no siempre viene de la iglesia o de la predicación hecha por los santos de la iglesia.  En este caso vino de la burla del colega del ladrón, burla que sirvió como ocasión para que el malhechor arrepentido recriminara esa conducta hostil. Cuando no haya quien predique, las piedras hablarán, para que los que hayan de escuchar oigan la palabra.

    El testimonio de Jesús en medio de su dolor y pasión sirvió como causa de admiración y de reconocimiento para el ladrón arrepentido. Esto forma parte de la sabiduría oculta, predestinada desde los siglos, descrita por el apóstol Pablo. Tampoco pudo hacer el ladrón que se arrepintió obra buena alguna, como mérito para heredar la vida eterna: su única obra fue haber aprendido del Padre para ir al Hijo, como lo testimonia el evangelio (Juan 6:45). Él creyó en su corazón y confesó con su boca, movido por el Espíritu Santo quien es el que da el nuevo nacimiento. No tuvo que someterse a hipnosis privada o colectiva, bajo un estado de inconsciencia, sino que lo hizo con toda su mente. Por las Escrituras sabemos que a los elegidos el Padre siempre le da la oportunidad de manifestar su creencia y su fe en Jesucristo, por cuya razón sabemos de aquel malhechor de acuerdo a lo que se escribió. Su confesión fue directa ante el Señor, sin intermediarios, bajo la providencia de Dios, dando a entender con su confesión que Jesucristo era el único Mediador entre Dios y los hombres (acuérdate de mí cuando vengas en tu reino).

    Dentro de la teología derivada de este suceso de la cruz, se manifiesta que las ovejas oyen la voz del buen pastor y le siguen. Aunque los cabritos se parezcan a las ovejas, el otro malhechor condenado no pudo seguir la voz del buen pastor dado que nunca fue llamado por él. La fe pasa como una actividad sencilla, fácil para quien es llamado y escogido. De acuerdo a Marcos 15:32, ambos ladrones injuriaban a Jesús, pero en el momento en que el Espíritu hizo renacer a uno de los pecadores perdidos, ocurrió el arrepentimiento para perdón de pecados (Lucas 23:39).

    Isaías profetizó de este evento en la cruz: Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebrantos; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados… Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; … enmudeció y no abrió su boca… su generación, ¿quién la contará? … y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores (Isaías 53).

    Al leer el relato de lo sucedido en aquella cruz, tendremos que dar una respuesta que demarcará los caminos que se bifurcan. En uno de ellos va el ladrón injurioso, con razonamientos sugestivos para persuadir al supuesto Hijo de Dios.  En el otro camino encontraremos al ladrón humilde, que reconoció la inocencia del Hijo de Dios y abandonó la injuria, se arrepintió y suplicó que se acordara de él en su segunda venida. Estos caminos se bifurcan y jamás se encuentran.  Como en la parábola del Rico y Lázaro, ninguno de los dos podían ir de un camino al otro ya que una gran cima estaba puesta entre ellos.  Llegados al punto de decidir por cuál camino transitar, sólo la semilla caída en tierra bien abonada dará su fruto a su tiempo. 

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • LA ARROGANCIA DE SATANÁS

    El sentimiento de superioridad de Lucifer lo llevó a la ruina, si bien conserva todavía el poder suficiente para dañar a la gente, en especial a los que le han sido entregados desde siempre. Sus relaciones con el mundo portan el sello distintivo del carácter imperial de su reino, con un trato distante y despreciativo hacia las personas. El adagio popular parece cierto: el diablo ofrece mucho, da poco y quita todo. Los discípulos del maligno no se quedan por fuera de la esfera del evangelio, más bien se acercan con el ánimo de enturbiar la fuente. De esa manera vociferan que Dios quiere convertirse en su amigo.

    El atractivo de su ofrecimiento trabaja como anzuelo para el pez que no distingue el peligro de la carnada. Las cosas que el oído humano desea oír son dichas por los maestros de mentiras; desde la asunción que pregona que el infierno no existe, ni es eterno, dado que Dios es amor y no se ocupará de castigos exagerados por la eternidad, hasta la proclamación de la oferta pública de que Cristo murió por todos, sin excepción. El diablo predica el anuncio acerca de que Jesucristo murió inútilmente en la cruz, dado que muchos de los supuestos redimidos terminan perdidos. Se vería como si el infierno se convirtiese en un monumento al fracaso del Señor, ya que él hizo su parte y la humanidad distante no hace la suya.

    Muchas personas imaginan a un Dios que corre tras ellos, lo cual no puede ser sino en virtud de la arrogancia satánica sembrada en sus corazones. El mago de la botella ha salido y ofrece regalos al que le abrió la tapa, un Cristo que expió todos los pecados de toda la humanidad espera ansioso porque alguna alma caritativa se le acerque a darle las gracias. El evangelio se ha abaratado para que la gente no lo encuentre como palabra dura de oír, sino como la que calza en la estructura de su propia alma. En definitiva, la gente se ha vuelto como Dios, según la promesa del Génesis 3:5, de acuerdo a la proposición de Satanás ante los primeros seres humanos. La vieja proposición profética pareciera haber quedado anulada, la que afirma que Dios está airado todos los días contra el impío.

    Tal parece que este estilo de reconciliación lo ha hecho Lucifer por su cuenta, con la reinterpretación del evangelio y con la persuasión a las masas a través de sus ministros. El disfraz de luz lo cargan todos los extraños que predican otro evangelio, el anatema señalado por Pablo. Ya Dios no odia a Esaú ni endureció el corazón del Faraón (Exodo 9:12-16), sino que éste se endureció solo y Esaú se perdió por su propia cuenta.  La Biblia lanza un alerta contra el falso evangelio, como se observa por la condena a los fariseos, los cuales mantenían una apariencia de piedad impecable, con una práctica religiosa reluciente y con un gran celo por el Dios del cual habían oído. Estuvieron ocupados yendo a sus sinagogas cada sábado, daban el diezmo de cada cosa que ganaban, se inhibían de idolatría y fornicación, jamás se les vio borrachos en las calles ni en sus casas. Pese a su práctica religiosa impecable, se les dijo que eran sepulcros blanqueados, llenos de podredumbre por dentro, que no podrían huir de la condenación que les venía.

    Lo que Satanás niega la Biblia lo dice a voces: que la humanidad no quiere ser amiga de Dios. Toda ella se ha desviado y se hizo inútil, tiene su garganta como sepulcro abierto, con veneno debajo de sus labios; una boca llena de amargura, sin temor delante de sus ojos. El relato reseñado en Romanos 3 ilustra acerca de cómo ve Dios la humanidad perdida. El Dios justo que ha sido descrito en las Escrituras no puede pasar por alto la transgresión humana, como para decidir en forma amistosa que no ha pasado nada en la relación con la humanidad. Al contrario, el Dios que es Juez justo siempre hará justicia, de manera que la paga por el pecado será siempre la muerte. La justicia que Dios aprobó fue Jesucristo mismo, el Cordero que no pecó jamás, sin mancha alguna, que cumplió la ley en forma total, el cual cargó en sí mismo todos los pecados de todo su pueblo.

    Aquellos que buscaban a Dios por causa de la tradición de sus padres no lo hallaron. Lo hallaron los que no lo buscaron antes, lo encontró la nación que nunca pronunció su nombre, porque Él así quiso mostrarse ante ellos (Isaías 65:1). De esa nación somos nosotros, los que una vez estuvimos muertos en delitos y pecados pero que recibimos la vida cuando no teníamos esperanza. El príncipe de la potestad del aire sigue diciendo que Dios se amistó con toda la humanidad, lo dice para pervertir el evangelio y seguir gobernando el caos a través de la mentira teológica. Sin embargo, la verdad bíblica se demuestra en las páginas del libro que expone lo que significa el evangelio de Jesucristo.

    Dios nos salvó por gracia (Efesios 2:5), nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo, pero nunca nos rogó ni nos suplicó que fuésemos sus amigos. Jamás envió mensajero alguno a pregonar el evangelio de mentira, el que dice que Cristo hizo su parte y Dios espera que tú hagas la tuya; el que proclama que nadie puede hacer nada por nosotros si no se lo permitimos, con el alegato de que el precio fue pagado pero que nosotros debemos levantar una mano, repetir una oración de fe, dar un paso al frente, etc. Al contrario, Jesucristo afirmó que ninguna persona podía ir hacia él si el Padre no lo envía; recalcó que aquel que el Padre le envía ya ha sido enseñado por Dios y ya ha aprendido de él. Que el Espíritu es quien da vida y produce el nacimiento de lo alto, sin mediación de voluntad humana alguna. Agregó el Señor que los que no vienen a él no pueden hacerlo por cuanto no son de sus ovejas (Juan 6:44 y 10:26).

    De suma importancia resulta conocer el objetivo de la salvación. Si bien la redención tiene sus beneficiarios -las personas redimidas-, la gloria de Dios toma el presupuesto mayor. La gloria de Cristo supera el objetivo de la redención, ya que somos salvados para darle gloria al Hijo. El plan de Dios fue hecho antes de la creación, de acuerdo a lo que dicen las Escrituras (1 Pedro 1:20), así que el Cordero preparado para tal fin tenía su gloria y retomó una mayor, la de ser el Redentor de muchos hermanos. La Biblia ha sido enfática: no depende del que quiera, ni del que corra, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla; pero endurece a quien quiere endurecer (Romanos 9: 16 y 18).

    Feliz el hombre perdonado y cuyos pecados son cubiertos, ya que ése ha pasado a ser amigo de Dios. Recordemos a Judas Iscariote, quien estuvo varios años como discípulo del Señor, aprendiendo de sus enseñanzas y probando sus milagros. De nada le sirvió para su alma, ya que él había sido escogido como hijo de perdición, como un diablo, sobre el cual se dictó un ay por lo que le vendría. ¿Desea usted la relación que Dios tuvo con Judas Iscariote? Supongo que en absoluto. En cambio, los que el Padre ha elegido desde el principio, para alabanza de su gloria, no seremos juzgados porque fuimos declarados justos y justificados en la justicia de Dios que es Jesucristo. Formamos parte del pueblo que vino a redimir, de acuerdo a lo expresado en Mateo 1:21. Hemos sido enviados por el Padre al Hijo, el cual no nos echará jamás afuera.

    Esa amistad con Dios pasa por la enseñanza del Padre, por asumir el evangelio de Cristo, por conocer la vida y la obra del Señor que invocamos. No podríamos haber invocado el nombre de quien no conociéramos, así que fue necesaria la predicación del verdadero evangelio. No hay salvación automática sino certera, ya que Jesucristo murió específicamente por su pueblo representado en la cruz. Su salvación alcanzada no fue potencial, por toda la humanidad, sino actual y en beneficio de todo su pueblo. Por la sangre de Cristo tenemos relación con Dios, hemos recibido el perdón de pecados, por igual tendremos eterna gloria en los cielos.

    Hermoso texto sacado de la Escritura: Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21). Eso de ser hecho pecado supone una imputación, mas no por adquisición del carácter de pecador. Los pecados de todo su pueblo fueron transferidos hacia él, quien los llevó a su propia cuenta. Se cumplió lo dicho por Isaías, que llevaría nuestros pecados y transgresiones; fue molido por ellos pero por causa de nosotros. Haberse convertido en pecado parece más fuerte que cargar con el pecado de otro, pero Jesucristo fue hecho pecado por causa de todo su pueblo. Gran envergadura encierra esa frase bíblica, la cual no podemos descuidar o dejar a la negligencia. La justicia de Dios lo trató en forma severa, al punto en que el Padre mismo lo abandonó en el Calvario. Pero ese pecado en el Hijo lo fue solo en virtud de la imputación de pecado, mientras a cambio, la justicia que habita en su pueblo reposa solamente en virtud de habérsenos imputado. Así que el Hijo, que no tenía pecado alguno, asumió por imputación nuestros pecados; nosotros, que no teníamos justicia en lo más mínimo, la poseemos por imputación de Dios hacia nosotros.

    La arrogancia de Satanás le dice al mundo que todos tienen la justicia de Cristo, ya que el Cordero murió por todos, sin excepción. De otra manera Dios no sería justo, así que todo depende de tener un poco de voluntad para seguir a ese Cordero. Pero eso no es más sino una oculta blasfemia, que no por escondida no se pueda ver; más bien, el alma avezada la descubre y la condena por el maltrato que sugiere ante la faz de Cristo. La sangre del Señor no puede ser pisoteada ni subestimada, habiendo alcanzado todo aquello por lo cual fue derramada. El sacrificio de Jesucristo como Cordero se hizo en forma perfecta y completa, así que reclama todo su fruto por el cual fue hecho. Todo el mundo cuyos pecados fueron expiados conforma el beneficiario total de ese sacrificio. Ni uno más ni uno menos, pero todos sus miembros alcanzarán ese beneficio a través del llamamiento eficaz del evangelio, por lo cual no callamos el anuncio de la promesa.

    Hemos llegado a ser la justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21), lo que se desprende del hecho de que Jesús murió en favor de su pueblo, conglomerado de personas por el cual agradeció la noche antes en el Getsemaní. Aunque Satanás predique la mentira de la expiación general o universal, Jesús no rogó por el mundo que nunca vino a salvar (Juan 17:9). Esa es la arrogancia y la falacia con la cual Satanás engaña, en su rol de espíritu de estupor enviado a los que no aman la verdad, sino que se complacen en la mentira.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • ¿EXPIACIÓN LIMITADA?

    Esta interrogante cobra importancia en medio de una religión social y colectiva. El énfasis colocado en las relaciones sociales de igualdad, con oportunidades para todos, ha hecho pensar que Dios debe tener un comportamiento similar al de sus criaturas. La humanidad marcha hacia una sociología igualitaria, en una lucha continua contra los que se oponen a sus sueños y objetivos. Sin embargo, el planteamiento de las Escrituras no cambia, sino que se mantiene como un monumento a la soberanía absoluta del Dios invisible.

    Hay gente que se molesta con la forma y contenido de la Biblia. Estos dicen que si Dios tuviese un jefe de relaciones públicas lo primero que haría sería retirar las Biblias del mercado. Se molestan con algunas expresiones contra la conducta de las mujeres en la iglesia, contra los que están a favor de su sujeción a sus maridos, porque serían un ejemplo de la discriminación social en base al sexo (que ellos llaman género) exhibido en la palabra revelada. Asimismo, alegan que Dios tuvo que pedir conceptos prestados a ciertos pueblos para exponer la visión sobre Sí mismo.

    En materia de predestinación la opinión no es diferente, más bien se acentúa la crítica por declarar que es injusto que la gente nazca con un destino a cuestas, sin oportunidades para cambiar. Da igual que uno argumente que el hombre nunca tuvo potestad para ser otro -en materia de espíritu-, aunque Dios lo hubiese hecho libre. Molesta mucho la existencia del infierno o castigo eterno. Por eso han surgido corrientes teológicas que proponen a un Dios que no castigará eternamente a sus criaturas, ya que eso contradiría la definición de Dios como amor (los adventistas).

    Entre los que sostienen que Dios predestinó a unos para vida eterna y a otros para condenación perpetua, se propone el argumento de la expiación ilimitada de Cristo en la cruz. En otros términos, el Hijo de Dios murió por todos sin excepción, haciendo posible la salvación para cada miembro de la raza humana que desee aceptar esta oportunidad. Una ley de mercado se hace presente con la libre oferta de un producto para todo aquel que quiera demandarlo. Con esta proposición se equilibra la paz social de una sociedad global y colectiva, cada día más dada a la equidad en materia de oportunidades.

    En apoyo a esta tesis sus defensores citan textos que convienen como elementos probatorios. Con ellos pretenden borrar las dudas, aunque se deje una estela de contradicciones con el resto de las Escrituras. Sabemos que la palabra de Dios no puede contradecirse, ni presentar paradojas; lo que es revelado ha dejado de ser un misterio, de manera que las proposiciones bíblicas han de mostrar siempre una transparencia lógica como reflejo de un Dios al que también llaman Logos.  Entonces, ¿es ilimitada la expiación?

    Si la expiación fuese ilimitada caeríamos en la universalidad de la redención. En el entendido de que Cristo expió con su sangre y su muerte la culpa de su pueblo (Mateo 1:21), con la extensión universal expiaría a cada miembro de la raza humana. Uno de los absurdos de esta tesis deja ver a un Dios que perdona a la humanidad pero que después inculpa si la humanidad no acepta el perdón. En cualquier sistema judicial, la libertad otorgada al reo no depende de si éste la acepta, ya que es materia jurídica y procesal del Estado. Le guste o no el reo no puede permanecer más en prisión una vez que se le ha concedido la libertad plena. Es posible que no quiera irse de la cárcel, porque no sabe qué hacer en otro ambiente, pero el Estado no concederá que se quede detrás de las rejas. De la misma forma, si Dios perdonó a la raza humana representada en Su Hijo en la cruz, no hará depender este perdón absoluto de la voluntad del liberado.

    La suposición del libre albedrío humano es de tal envergadura que se permite que prevalezca la opinión y la voluntad del preso liberado por el Estado, no la del Estado que libera. De igual manera, el Dios de la Biblia se ve ridículamente derrotado en sus planes eternos, porque habiendo querido la liberación de su criatura ésta le detiene su mano y le dice: ‘Epa, ¿qué haces?’. Sin el consentimiento del pecador no puede haber remisión de pecados, dice esta teología. Esta tesis no da cuenta de los muchos que han muerto sin siquiera escuchar acerca del perdón universal obtenido por Jesús en la cruz. En algún sentido habrá sido mejor para ellos, ya que se alegaría a su favor el hecho de que nunca rechazaron tal proposición de perdón. Pero de esta manera llegaríamos a otro absurdo: deberíamos dejar de anunciar el evangelio, ya que mientras más ignorancia haya del mismo menos chance habrá de negar el perdón otorgado.

    LO QUE LA BIBLIA ENSEÑA.

    1) El ángel le dijo a José qué nombre habría de ponerle al niño: se le pondría Jesús, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados. Interesante que no dijo que salvaría a cada miembro de la raza humana, sino a su pueblo. Esto quiere decir que existe otro renglón de gente que no forma parte de su pueblo (Mateo 1:21). De la misma manera, Isaías expuso en su libro que este siervo vería el fruto de la aflicción de su alma, y quedaría satisfecho. Es muy importante esta otra parte: quedaría satisfecho con su fruto. Jesucristo no quiere más, simplemente quiere su fruto. ¿Y cuál es su fruto? Por su conocimiento justificará mi siervo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. De nuevo, en el siguiente verso, se menciona el adjetivo que implica abundancia,  que excede a lo ordinario: habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores (Isaías 53:11-12).

    2) Jesucristo dijo que había algunos que no creían en él porque no eran de sus ovejas (Juan 10:26). Ser oveja precede al creer, de manera que eso depende de una voluntad anterior a la oveja misma. La oveja no decide ser oveja, simplemente es lo que es. En este sentido, el pastor llama a las ovejas por su nombre y saca a las propias, para ir delante de ellas. Las ovejas le siguen porque conocen su voz, no la de los extraños (Juan 10: 1-5). Jesús le dirá en el día final a un grupo de creyentes cabras que se aparten al fuego eterno (Juan 10: 41), pero a sus ovejas las pondrá aparte para decirles: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo (Juan 10: 34 y 41).

    3) La expiación limitada se demuestra también en el hecho de que Jesús pondría su vida solamente por las ovejas: Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas …  así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas (Juan 10:11 y 15).

    4) En la oración sacerdotal de Jesús, poco antes de su muerte en la cruz, dijo enfáticamente:  Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son (Juan 17:9). Si Jesucristo está a la diestra del Padre intercediendo por nosotros (su pueblo), ¿cómo es que poco antes de morir dejó afuera al mundo y rogó solamente por los que el Padre le había dado? Recordemos que aquellos que el Padre le había dado no eran solamente sus discípulos, sino todos aquellos que habrían de creer por la predicación de ellos (Juan 17: 20):  Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos. Es decir, Jesús rogó por un grupo, pero dejó claramente a otro grupo por fuera. ¿Por qué no aprovechó la oportunidad de incluir a todos sin excepción en su oración intercesora?  El sabía que el Padre siempre lo escuchaba, pero no rogó por todos porque esa no era la voluntad del Padre, la cual Él siempre se gozaba en hacer.

    5) Todo lo que el Padre me da vendrá a mí, y el que a mí viene no le echo fuera. Pero nadie viene a mí, si el Padre que me envió no lo trajere (Juan 6: 44 y 37). Con esta claridad se expresó frente a un grupo de seguidores, que eran incluso sus discípulos, quienes tenían varios días escuchándole. Muchos de ellos habían comido de los panes y los peces y se habían quedado maravillados con sus milagros y enseñanzas. Sin embargo, parece ser que no era suficiente con ser discípulo voluntario ya que al oír sus palabras, acerca de que nadie podía ir a Él si el Padre no lo trajere, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?(Juan 6:60). De allí que Jesús entendió que ellos estaban ofendidos por la predestinación y la soberanía absoluta de Dios (verso 61), ya que a pesar de su discipulado no podían creer (verso 64). De esta manera les reiteró: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (verso 65).

    Ciertamente, la Biblia dice mucho más acerca de la expiación limitada de Jesucristo. Baste con estos versos para comprender esta gran verdad; pero sirva también de ejemplo la realidad que vemos desde hace siglos: que muchos mueren en sus pecados y no aceptan la verdad del evangelio. Esto es prueba suficiente de que Jesucristo no murió por sus pecados, de lo contrario habrían creído y serían redimidos y no condenados.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • CAMINO DE MUERTE (PROVERBIOS 14:12)

    El camino del pecado y la maldad promete bastante, pero da poco y quita todo. El placer carnal suele mostrarse atractivo para el que milita en la carne y transita por camino ancho con grandes compañías, con apariencia de rectitud. ¿Qué de malo tiene un poco de placer para el cuerpo y la mente? Salomón probó ese camino, hasta que llegó a saber que era camino de muerte. Su vida quedó destruida, apartada por completo de la presencia de Jehová, si bien al final de sus días tuvo que reconocer en su libro Eclesiastés que el fin de todo el discurso era temer a Jehová.

    En el medio religioso muchos transitan esas vías, tan solo cuidándose de los placeres sexuales que son muy vistosos. Sin embargo, se atragantan con las herejías y los errores doctrinales, en un total desprecio y desconocimiento de la justicia de Dios que es Cristo. Las buenas obras las buscan para ayudar en el camino hacia el cielo, hablándose de almas alcanzadas, de tantas decisiones de fe tomadas, de sus prédicas y ministerios, aunque su final sea camino de muerte.

    Para llegar a ser Papa de la Iglesia Católica Romana hay que prepararse durante años, estudiar teología y poseer habilidades humanísticas cuantiosas. Sin embargo, sabemos que ese final teológico conduce a la gloria humana y a la blasfemia de Dios, al creerse el vicario de Cristo en esta tierra. La paga del pecado es la muerte, y la muerte eterna. Eso nos advierte Salomón en su libro de los Proverbios, así que si usted milita en una doctrina de errores doctrinales, debe saber que Pablo llama a eso maldición o anatema. En la Biblia no existe la separación entre la herejía y sus herejes, como si Dios amara al hereje y repudiara la herejía. No, la Biblia ha anunciado que Dios está airado contra el impío todos los días (Salmos 7:11). Se nos llama divisionistas y faltos de amor, cuando señalamos la maldad de los que practican los errores doctrinales. Se arguye que ellos aman a Cristo con el corazón, si bien no se meten en los asuntos de la teología porque eso compete a la materia intelectual.

    La separación entre corazón y mente es una ilusión; Jesucristo dijo que del corazón salen los malos pensamientos y los homicidios. Esos actos son por igual de la mente, por lo que también leemos: Que nunca te abandonen el amor y la verdad: llévalos siempre alrededor de tu cuello y escríbelos en el libro de tu corazón (Proverbios 3:3-4). Cierto es que debemos amar al Señor con todo el corazón y con toda la mente (Mateo 22:37), lo cual hace que mente y corazón tengan una misma función. ¿Cómo tener un corazón alegre y dejar el ánimo decaído? Para eso existen terapias intelectuales, donde la mente debe actuar para refrenar la depresión, esperando que el cuerpo contribuya por medio del ejercicio físico. Entonces, el corazón viene como metáfora de un sitio donde reposa la emoción pero también el intelecto. A veces se separa y a veces se colocan juntos.

    Por ejemplo: Hijo mío, no te olvides de mis enseñanzas (doctrinas); más bien, guarda en tu corazón mis mandamientos. Porque prolongarán tu vida muchos años y te traerán prosperidad (Proverbios 3:1-2). Acá vemos que las doctrinas del Evangelio deben guardarse en el corazón, incluso los mandamientos de Dios. ¿Qué es una doctrina? Es un conjunto de enseñanzas respecto a un tema particular, en este caso respecto a la teología. Guardarlas en el corazón implica ocuparse de ellas todo el tiempo, ya que ese es el sitio central de nuestra atención. El corazón toma decisiones (actividad netamente intelectual), pues cada quien debe dar según lo que haya decidido en su corazón (2 Corintios 9:7). Hay corazones sabios y necios (Proverbios 10:8); sabemos que la sabiduría constituye una actividad intelectual, lo mismo que la necedad. El de sabio corazón acata las órdenes, así Dios restaura a los de corazón quebrantado (el que se arrepiente: el arrepentimiento es un cambio de actitud mental respecto a un error). Al corazón llevamos sabiduría (Salmos 90:12), así que si se nos dijo que seríamos dichosos los de corazón limpio, porque veríamos a Dios, no será posible tenerlo limpio con una mente sucia. Todo va unido dentro de la metáfora bíblica.

    El corazón también es el centro de la voluntad: Aleja de tu corazón el enojo, y echa fuera de tu ser la maldad…(Eclesiastés 11:10). En mi corazón atesoro tus dichos para no pecar contra ti (Salmos 119:1). El corazón puede ser pecaminoso e incrédulo (Hebreos 3:12), guarda las palabras divinas (Proverbios 4:20-21), puede ser sabio (Proverbios 23:15), en el corazón se puede cometer adulterio (Mateo 5:27-28). Hemos de amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento, y con todas las fuerzas…(Marcos 12:23), es decir, no dejando el entendimiento a un lado para abocarnos a la emoción aisladamente. Volverse al Señor de todo corazón implica dejar a un lado los ídolos (una actividad intelectual, un deber que se razona), así lo dijo Josué 24:23. Para invocar al Señor con corazón limpio hay que huir de las malas pasiones de la juventud, y esmerarse en seguir la justicia, la fe, el amor y la paz. Vemos que existen actividades intelectuales para poder seguir a Jesús (2 Timoteo 2:22). El corazón se limpia con la palabra de Dios, y la palabra de Dios se comprende con el estudio (escudriñándola), con esfuerzo intelectual.

    Nuestro corazón se compone de la mente, la emoción y la voluntad, y aún de nuestra conciencia. Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? (Mateo 9:4). El propósito del corazón implica tomar una decisión (Hechos 11:23), …y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo (Juan 16:22), lo que también toca una parte emotiva. Si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios (1 Juan 3:20); …purificados los corazones de mala conciencia (Hebreos 10:22). En estos dos últimos textos también tenemos el ligamen del corazón con la conciencia, en una actividad de reprensión (examen intelectual).

    Por lo tanto, no importa que seamos pocos los escogidos, que seamos llamados la manada pequeña, que a veces tengamos que decir con Elías: Señor, ¿solamente yo he quedado? El error doctrinal de los que enseñan vanidad nos separa, recibimos el odio de los que se llaman hermanos pero transitan en el camino ancho del otro evangelio. Ellos se sienten acompañados domingo a domingo, y dicen paz cuando no la hay; en cambio, cuando denunciamos las herejías o los errores doctrinales, somos señalados como separatistas. Se nos acusa de no amar con el corazón y de estar pendientes solamente de la doctrina.

    Pablo le recomendó a Timoteo que se ocupara de la doctrina, alabó a los romanos por haberse entregado y por haber permanecido en esa forma de doctrina una vez recibida. Isaías nos advierte que por el conocimiento del siervo justo seremos justificados, el apóstol para los gentiles criticó duramente a los que teniendo celo religioso por Dios ignoran lo que significa la justicia de Dios. Esa justicia es Jesucristo, nuestra pascua; es nuestra justicia por cuanto nos representó en el madero llevando nuestros pecados. Jesús no rogó por el mundo que no iba a representar en la cruz (Juan 17:9), sino que vino a morir en exclusiva por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Así que conviene escudriñar las Escrituras para saber qué es la justicia de Dios.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA PRUEBA DE ADÁN

    Adán fue probado, pero cuando Dios prueba a alguien no necesita averiguar algo para llegar a conocer. Él conoce todas las cosas desde el principio, pero las conoce porque todo lo ha planeado para que acontezca como ha deseado. En realidad, si alguien tuviera el poder similar al que tiene el Todopoderoso, no tendría necesidad de tirar al azar nada, porque lo que desea hace. Él es perfecto, sin que haya que completarse en algo de lo cual carezca, en su plenitud habita y contiene sus características que nos dio a conocer por medio de la revelación escrita.

    Adán recibió una orden para que no probara del árbol prohibido, pero para Dios ese mandato apareció como la ocasión para abrir el plan de redención que había ordenado desde antes de haber hecho al mundo (1 Pedro 1:20). Quizás este texto de Pedro sea el acicate suficiente para que veamos al Dios Eterno en sus planes que la teología ha dado en llamar decretos. Un decreto divino es un evento seguro por suceder, mientras que un mandato refiere a la norma susceptible de cumplir o desobedecer. Los mandatos aparecen para que el hombre transgreda la ley y objetive su culpabilidad, mientras que el decreto subyace detrás de la norma para que ésta cumpla su objetivo.

    Dios había decretado el plan de redención con el Hijo. A esa actividad la teología ha llamado el pacto divino, de forma que comprendamos al Dios que habla en las Escrituras. Esa Divinidad se ha propuesto la salvación por gracia, en un acuerdo entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, bajo una actividad cooperativa que da la gloria al Hijo como Redentor de un pueblo escogido. El Dios de la creación ordenó todo bajo su palabra, demostró poder suficiente para hacer cuanto quería. Progresivamente se fue revelando y nos dio a entender que aún al malo había hecho para el día malo (Proverbios 16:4). Nada escapa a su mano, de todo cuanto acaece en este universo creado.

    Por un lado vemos la gloria de Dios, por el otro vemos el problema del pecado en el hombre. Un hombre caído yace muerto en delitos y pecados, con la muerte espiritual a cuestas; a ese ser humano le urge un renacimiento, la nueva vida, el trasplante del corazón. Se hace necesaria la instalación de un espíritu nuevo, lo que la Biblia ha dado en llamar el nuevo nacimiento o la circuncisión del corazón. El entendimiento humano se ha mostrado entenebrecido, sin poder discernir las cosas propias del Espíritu de Dios. La religión como sistema ha educado a zombies para que parezcan revividos, pero emana un hedor a sepulcro cuando uno se acerca a contemplar lo que sucede.

    Y es que un ser religioso mientras esté muerto tendrá como locura lo que viene de Dios. Los fariseos antiguos fueron un clásico ejemplo de estos muertos en vida que blanquean sus sepulcros con actividades de la religión. Se demuestra que, si Dios no cambia el corazón de piedra por uno de carne, el hombre seguirá en tinieblas, incluso en tinieblas teológicas. El hombre falla al no escudriñar las Escrituras para encontrar la vida eterna, pero el examinarlas no sirve si no nos ayuda la fe de Cristo. Es un círculo cerrado, como Jesús lo expuso: Nadie va al Padre sino a través de él; pero ninguno puede venir a Cristo si no le es dado del Padre. El hombre natural fue sentenciado a muerte, por lo tanto no puede agradar a Dios.

    La humanidad se ha alejado lo más que puede del Creador, con el transcurrir de los siglos. Si Dios no nos da su fe, su salvación y gracia, el hombre quedará relegado a deambular en círculos siguiendo su propio rastro. Entonces surge la pregunta: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad? Bueno, nuestra pequeñez en relación a la Divinidad refleja nuestra impotencia, la cual se define en la Biblia con la metáfora del barro en manos del alfarero. Somos barro, material moldeado al antojo del Creador; a unos ha hecho como vasos de misericordia, mientras a otros construyó como vasos de ira. Sin embargo, la masa con la que se nos hizo es de un mismo tipo, contaminada de pecado.

    Así que en un principio todos nacimos iguales, en tanto estuvimos muertos en delitos y pecados, lo mismo que los demás. Pero fue Dios quien por su gracia nos llamó en forma eficaz, de acuerdo al pacto eterno en el cual Jesucristo sería el Redentor, Dios-hombre y Mediador, el que recibiría toda la gloria. Nosotros, entre tanto, recibimos toda la gracia, todo el perdón, todo el favor inmerecido, pero muchos no salieron favorecidos con semejante bendición. Hay algunos que son llamados en el último momento de sus vidas, como el ladrón en la cruz. Otros lo son desde muy temprano, como Juan el Bautista en el vientre de su madre. Entretanto, el evangelio corre de nación en nación, para testimonio ante la humanidad, diciéndole a cada quien lo que Dios ha querido decir.

    El pacto de Dios con Abraham nos ilustra su compromiso con cada uno de sus elegidos. Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti (Génesis 17:7). Este pacto está ligado a la promesa de la semilla (Génesis 3:15), pues en Isaac sería llamada la simiente, la cual es Cristo. La semilla espiritual acarrea bendición espiritual y eterna, por lo cual también se nos ha dicho que somos hijos de Abraham (nuestro padre de la fe). El hecho de creerle a Dios le fue contado por justicia a Abraham, así como Cristo dijo que la obra del Padre es que creamos en el que Él ha enviado (Juan 6:29).

    Bien, pero los demonios creen y tiemblan, además de que no todo el que le diga Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos. ¿Acaso la voluntad del Padre no es que creamos en el Hijo? ¿Cómo es que creyendo en el Hijo alguien pueda ser echado fuera? En realidad ese creer resulta falso si no hemos sido enseñados por Dios y enviados a Cristo una vez que hemos aprendido (Juan 6:45). Creer en el Hijo implica saber sobre su persona y su obra, como bien lo escribió Isaías: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11).

    Conocer que Jesucristo es la justicia de Dios nos ayuda a comprender el asunto de la fe. Jesús rogó por su pueblo, por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de aquellos primeros creyentes (sus apóstoles); pero Jesús en esa misma plegaria al Padre no rogó por el mundo (Juan 17:9). Al dejar al mundo por fuera de su ruego lo dejó por fuera de la cruz. Su muerte fue para expiar todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), pero no para perdonar a ninguno de los que fueron ordenados para tropezar con él como la roca que es (1 Pedro 2:8).

    Así que vemos por las dos citas de Pedro mencionadas antes que existió un plan eterno, lo cual puede denominarse un decreto divino. Adán tenía que pecar para que el Hijo se manifestara como Redentor; si Adán no hubiese pecado el plan de Dios hubiese sido frustrado (1 Pedro 1:20). Eso resulta inimaginable como posibilidad, así que todo va conforme a lo que la Escritura anuncia. Por otro lado, la muerte del Hijo para la redención se hizo en favor de su pueblo escogido, no en favor del mundo por el cual no rogó. Ese mundo dejado a un lado no fue amado por el Padre jamás (1 Pedro 2:8). Otra prueba de ello la da Pablo en Romanos 9, cuando refiere a la relación eterna del Padre con los gemelos Jacob y Esaú. Muchos responden a esta afirmación de las Escrituras en conjunción con el objetor de ellas: ¿Por qué, pues , inculpa? Nadie puede resistirse a su voluntad. Ese reclamo lo hace la gente que se amotina y desea romper las coyundas que Dios les ha puesto, pero ¿quién puede salir airoso de esa lucha inútil contra el Hacedor de todo? Teman a aquel que puede echar el cuerpo y el alma en el infierno (Mateo 10:28).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • FALSA AUTORIDAD

    Existe una falacia denominada de falsa autoridad, cuando se trata de acudir al argumento ad verecundiam (el de verdadera autoridad). Esta falacia vincula la veracidad de la autoridad de quien defiende una premisa, como si tuviésemos por cierto todo lo que opine, por ejemplo, un héroe de la historia, o una persona muy relevante. Se acostumbra mucho en teología acudir a estos argumentos que dan cobijo a lo que los expositores desean impartir, por lo cual se cita a autores antiguos que corren con gran fama a través de los siglos. Citar a Agustín de Hipona suele dar carácter de seriedad a ciertos argumentos, de manera que con ese salvoconducto muchos trasvasan sus herejías como si fuesen ellos mismos la autoridad.

    El argumento de la Sola Scriptura viene a nuestro auxilio, ya que nos atenemos a la ley y al testimonio, como principio rector enseñado por el profeta Isaías. Para ello necesitamos comprender la gramática del texto escrito, no vaya a ser que caigamos por ignorancia en el error. El contexto en que se dijeron las cosas suele ser vital, el destinatario parcial o general, el carácter que impera en las palabras resulta un signo de importancia. Enumerar personas con relevancia moral, literaria o teológica, no puede ser la norma de guía del creyente. Los antiguos de Berea cotejaban con las Escrituras lo que escuchaban en las prédicas, para verificar su contenido.

    Ahora todo suele sacarse de contexto, cuando de falsos maestros se trata. Si Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, se dice que Dios creó dioses; si Dios le dio al hombre la comisión de someter y sojuzgar la tierra, entonces se dice que Dios está sujeto a la autoridad humana. Esos disparates se entresacan de una literalidad rebuscada, por lo que el sentido del contexto general se pierde en esos casos tan privatizados. Alguien podría seguir ese camino retorcido de interpretación, para decir igualmente que la Biblia afirma que Dios no existe. Para ello tomaría aisladamente una línea del Salmo 14:1: No hay Dios, obviando su precedente: Dice el necio en su corazón:.

    En realidad, la persona que se basa en los argumentos de autoridad para socavar la Biblia está mostrando su desvío. Existe corrupción en esa manera de pensar, como si fallara el discernimiento, pero de esa forma se intenta devorar al pueblo del Señor. Sabemos que la Biblia no contiene contradicciones con ella misma, sino que hay maneras impropias de acercarse a ella para hacerla decir lo que no dice. Existe un principio de preservación divina de las Escrituras, por lo cual nos basta con que ella sea la palabra de Dios. Toda ella es útil para el hombre de Dios, suficiente para no esperar nuevas revelaciones misteriosas.

    Jehová ama la rectitud, la ciencia y el entendimiento (Jeremías 3:15), por lo cual sus pastores enviados conformes a su corazón nos alimentan con conocimiento y entendimiento. Las substanciales verdades del Evangelio sirven como pan de vida del Señor. Pero cuando el falso maestro da comida, un hambre perpetua le queda al alma porque no puede ser saciada. Se amontonan para oír las fábulas, a los maestros de mentiras cegados por sus vientres que guían a los otros ciegos hacia un hueco común.

    Conocimiento e inteligencia, esos son los sellos de la palabra de Jehová, enviada por medio de sus pastores. El conocimiento del siervo justo nos conviene, para que seamos justificados; Cristo como nuestra justicia ha quitado la enemistad entre Dios y su pueblo. Pero hay muchos advenedizos que siguen a los pastores inútiles. Estos casos de maestros del engaño son abundantes, por lo cual dañan a las ovejas que se les atraviesan en sus caminos. Salid de allí, ha dicho el Señor; huid de Babilonia.

    Hay quienes sostienen que Jesucristo está literalmente en el pan y el vino, lo que nos recuerda a aquellos discípulos reseñados en Juan 6 que se escandalizaron con las palabras de Jesús (el pan que descendió del cielo, el comer su carne y beber su sangre). Pero están los que defienden esa creencia por virtud del respeto a la autoridad de la persona; asimismo, si alguien cree en la regeneración bautismal, eso debe considerarse una forma importante de creencia, ya que muchos grandes teólogos asumen tal posición. Más bien, estos puntos de vista exhiben su contradicción con las Escrituras, pero la tradición en la que se sostienen lleva mucho peso histórico. Son numerosos los nombres que pudieran citarse (Lutero, Calvino, Agustín, por ejemplo) como para tragarse cualquier herejía en nombre de la falsa autoridad.

    Si lo dijo Spurgeon, entonces será digno de consideración, sin que importe que su alma se haya rebelado contra el Espíritu Santo, cuando abjuró del que colocara la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios (Véase el Sermón Jacob y Esaú, de Spurgeon). Si Lutero mantuvo durante años su frase A Cristo por María, entonces hay que respetarle esa herejía; si creyó por siempre en la transubstanciación, hay que venerarlo porque fue un gran luchador teológico en la historia de la Reforma. He allí el problema con la autoridad humana, la cual pretende erigirse por sobre la autoridad de la Sola Scriptura.

    ¿Cómo pudo morir Cristo por todo el mundo, sin excepción, pero hacer eficaz su muerte solamente en los elegidos? ¿Así opera la economía de Dios? ¿No dijo Jesús que Judas era un diablo por él escogido, que él mismo iba conforme a las Escrituras y que ay de aquel por quien fuera entregado el Hijo del Hombre? Entonces, Jesús sabía que Judas lo iba a entregar y que ese acto debía ser una realidad, por lo que no se concibe cómo Calvino escribió que Jesús le estaba dando oportunidad de arrepentirse a Judas, cuando le lavaba los pies. Pero hay que respetar ese comentario por cuestiones de autoridad, lo que en realidad resulta en un razonar falaz.

    Partimos del hecho de reconocer la inerrancia de las Escrituras. La revelación de Dios es el punto de partida de nuestra fe en Cristo, en tanto el fundamento de la iglesia es Cristo también. Jesucristo, de acuerdo al pacto eterno con el Padre, sirve de único fundamento de nuestra fe (1 Corintios 3:11). Pero Cristo no es solamente un nombre al cual clamar, sino que es una persona con una obra. Es santo y sin pecado, por lo tanto es el Cordero sin mancha destinado desde antes de la fundación del mundo, manifestado en los tiempos apostólicos (1 Pedro 1:20); respecto a su trabajo decimos que vino a morir por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Se convirtió en la justicia de Dios porque cumplió con todos los requisitos del Padre y de su ley, de forma que reconcilió con Dios a cada uno de los que los que conformamos su pueblo.

    Su expiación es el centro del Evangelio, su núcleo, la cual no puede ser pisoteada sin consecuencias. Poco importa la religiosidad de los que menosprecian el conocimiento de la justicia de Dios, eso no los libra de su castigo que llevan a cuestas. El trabajo de Jesucristo fue consumado en la cruz, por lo cual no cabe añadirle nada más. El fundamento de cada creyente es el Dios hombre Mediador, y en él estamos fundados. Hemos de tener cuidado con los materiales con los cuales edificamos, pero de seguro que no habrá ni una sola herejía que sirva de bloque en nuestra construcción. Así lo afirma el Señor cuando dijo que ni una sola de sus ovejas se iría tras el extraño, de quien no conoce su voz (Juan 10:1-5). Por lo tanto, quien no comprenda la justicia de Dios no tiene el fundamento de su fe establecido. No fueron vanas las palabras de Isaías cuando escribió que por su conocimiento justificaría el siervo justo a muchos (Isaías 53:11).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • FALSO MAESTRO

    Un falso maestro entra por la puerta de atrás, no por el portal de las ovejas. Así lo afirmó Jesucristo, por lo que cuando alguien sigue al guía de ciegos caerá junto con él en el mismo hueco. El buen maestro es enviado por el Buen Pastor, con la finalidad de dar buen alimento a sus seguidores (Jeremías 3:15). El falso maestro enseña mentiras, aunque combinadas con verdades que usa para hacer creer que viene de arriba. Estos son asalariados, los que buscan satisfacer el vientre (sea su ego, su dinero, sus aspiraciones de líder, etc.). Los indoctos e inconstantes que los siguen tuercen las Escrituras, las perciben como algo duro de oír, pero lo hacen para su propia perdición.

    Tito 1:9 nos dice que el buen maestro -quien también es un administrador de Dios- ha de retener la palabra como fue enseñada por los apóstoles y por Jesucristo, para poder exhortar con sana enseñanza (doctrina) y convencer a los que contradicen. El verso 10 nos da la razón del deber hacer del buen maestro: Porque hay aún muchos contumaces, habladores de vanidades y engañadores, mayormente los de la circuncisión (ahora se llaman mesiánicos, o los que mezclan obras con gracia diciendo que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, pero que depende de cada quien hacer eficaz su muerte). Pablo le dice a Tito que a éstos es preciso tapar la boca, porque trastornan casas enteras.

    Los pastores y maestros conformes al corazón de Dios nos apacentarán (enseñarán) con ciencia y con inteligencia (Jeremías 3:15). Dios no está reñido con la inteligencia ni con el conocimiento (ciencia), así que conviene conocer al siervo justo que justifica a muchos (Isaías 53:11). En cambio, los falsos maestros le huyen a la ciencia y se afianzan en el conocimiento subjetivo, místico, de experiencias individuales, para buscar un texto como pretexto. Desarticulan la Escritura para hacerla decir aquello que su ideología predica, de forma que mantienen a su rebaño contento, abismado con promesas y sugestionado para dar ofrendas y diezmos que Jehová no exige.

    El apóstol Pedro también lo dijo, que habría falsos maestros para introducir secretamente herejías destructoras, negando al Señor que los compró o adquirió (como dice en griego). No al Señor que nos compró con su sangre, porque cuando así se dice en el Nuevo Testamento se habla del Señor (Kuríos) y de su compra con precio de sangre; acá se dice que es el Despotes quien adquirió a toda la humanidad. Sabemos que de Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan; de manera que en el momento de la creación adquirió por derecho de Hacedor todo cuanto hizo. Despotes se usa en lengua griega para describir al que es dueño absoluto.

    Nos sigue diciendo Pedro (2 Pedro 2:1) que estos maestros falsos traerán destrucción a los que los siguen, mientras el camino de la verdad se blasfema. Lo hacen por avaricia, con palabras fingidas (se colocan al lado del que esté de turno, de acuerdo a la teología que se le exija, pero fingiendo). Pedro dice que éstos hablan mal de cosas que no entienden, por ejemplo, reniegan de la absoluta soberanía de Dios, diciendo que Esaú se condenó a sí mismo, que si Dios lo hubiese condenado antes de hacer bien o mal sería un Dios injusto, un diablo o un tirano. Hay quienes aseguran que sus almas se rebelan contra el que coloca la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios, por lo tanto se rebelan contra el Espíritu Santo. Por eso Pedro les dice que hablan de lo que no entienden, como animales irracionales, nacidos para presa y destrucción (verso 12).

    El falso maestro anuncia mentiras respecto al carácter de Dios, colocándolo como atado de manos en virtud de su amor. El concepto de justicia lo pretenden extender a todo el que quiera, como si Jesucristo, la justicia de Dios, hubiese representado a todo el mundo, sin excepción, en el madero. Olvidan que Jesús dijo la noche antes de morir que no rogaba por el mundo, sino solamente por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra de aquellos discípulos (Juan 17).

    Por la doctrina se conoce al maestro; el buen árbol del buen tesoro de su corazón hablará, pero el falso maestro sacará la doctrina del mal tesoro de su corazón. La falsa doctrina enseñada denuncia al maestro en el acto, a pesar de su disfraz moral y su aparente amor. Es una manera moderna de pedir a sus seguidores que sigan a dioses falsos, a ese Cristo que en realidad es un anticristo, el que ha sido moldeado como lo que debería ser un Dios a imagen humana.

    Cuando el creyente examina con la Escritura lo que dice el supuesto maestro de verdad, puede darse cuenta de la calamidad que está estado oyendo. Siempre encontrará algo en contra de la palabra de Dios, algo que delata el corazón de aquel maestro de mentiras. El falso maestro se agrada en atacar la soberanía absoluta de Dios, diciendo que su cualidad de Todopoderoso hace que la sangre del Hijo sea todopoderosa. En esa nueva relación semántica, el propósito de la muerte del Señor se extiende aún más allá de lo que procuró en la cruz. Hasta Judas hubiese salido favorecido, si no se hubiese suicidado; Esaú habría sido salvo si no hubiese vendido la primogenitura, porque del Calvario corre poder como un río que no se detiene.

    Esa aparente nobleza del trabajo de Jesús está negando la verdadera labor realizada en la crucifixión. Jesús murió por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), por el mundo amado por el Padre, pero no murió por los que no rogó (los réprobos en cuanto a fe, los que fueron destinados a tropezar con él, aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo). Entonces, vemos que el falso maestro ha hablado en contra de lo que específicamente enseña la palabra de Dios.

    Al falso maestro le agrada hablar palabras suaves, para alcanzar la paz de sus oyentes. Satanás hizo lo mismo con Eva, cuando le dijo que no pasaría nada de lo que Jehová había dicho, que no morirían sino que serían iguales a Dios. Esto anuncia el falso maestro: usted no morirá por decir que Jesús murió por todos, sin excepción; más bien usted será aplaudido y querido por ello, porque llevará esperanza a toda criatura que lo escuche. El falso maestro anuncia que Dios tiene un plan maravilloso para la vida de cada ser humano, si tan solo se aceptaran sus condiciones. La Escritura dice que Dios no tuvo plan maravilloso para Judas Iscariote, ni para Esaú que fue odiado por el Todopoderoso aún antes de hacer bien o mal, antes de ser concebido. La Biblia proclama que Jehová hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4), que el malo no se formó como malo por cuenta propia; que el Cordero sin mancha estuvo ordenado para venir en la era apostólica, desde antes de la fundación del mundo. Es decir, antes de Dios crear a Adán y a Eva ya Cristo estaba preparado como Cordero. Entonces quiere decir que Dios tenía un plan que ahora se desarrolla. En ese plan no todos son salvados, sino solamente su pueblo escogido por gracia, sin mediación de buenas obras.

    Afirmamos que Dios hizo al hombre recto, pero que cada quien ha buscado muchas perversiones (Eclesiastés 7:29); a imagen y semejanza creó Dios al hombre y a la mujer. Por lo tanto, hubo rectitud en ellos, aunque el plan de Dios incluía el proceso de redención por medio de su Hijo, el cual llevaría la gloria exclusiva de Redentor. La Biblia insiste en que nos vistamos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad (Efesios 4:24). Adán y Eva, aunque contentos con su felicidad, se aventuraron a conocer el bien y el mal, de manera que nos llegaron muchos males. En esa trampa estuvo Satanás inmiscuido, pero, como nos enseña el libro de Job, nada ocurre sin que Dios lo haya ordenado. Si Adán no hubiese caído en la tentación, el Hijo de Dios no se habría manifestado para salvar a su pueblo, porque su pueblo no habría tampoco habría heredado la caída. Pero como en Adán todos mueren (en el espíritu), en Cristo todo su pueblo es vivificado.

    La Escritura enseña que aunque haya mucho número de personas en la tierra, solo el remanente será salvo. La salvación de Jehová es eficaz, cierta, completa, no potencial, tampoco depende de la aceptación de la gente muerta en delitos y pecados. Dios resucita o hace nacer primero al elegido, para que cada redimido pueda tener vida en abundancia. La lógica resulta simple, pero la mentira siempre se manifiesta más compleja que la verdad. Por el mal fruto se conoce al falso maestro.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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