Autor: César Paredes

  • CORPORACIÓN VS. INDIVIDUALIDAD

    Los que se incomodan con la predestinación individual bíblica, se inclinan por la corporación de Israel. Dicen que Pablo habla de Israel como institución, como un conjunto, pero jamás de los individuos en particular. De ser esto cierto, queda un gazapo enorme cuando el apóstol dice que no todo Israel ha sido salvado sino que in Isaac sería llamada la descendencia. No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes (Romanos 9:6-8).

    Pablo había dicho que desearía ser anatema por amor a sus hermanos, sus parientes según la carne. Ellos son israelitas, de los cuales vino Cristo. Es decir, Pablo sufre porque muchos de sus parientes israelitas fueron dejados de lado o rechazados, tal como Dios le hizo a Esaú o a Faraón. Dios tuvo un plan de predestinación desde antes de la fundación del mundo, tal como lo demuestra Pedro cuando escribe que el Cordero de Dios estuvo destinado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20); por esa razón, Adán tenía que pecar. Un Cordero como Cristo destinado desde antes de que Adán fuera creado anunciaba que Adán tenía que caer en pecado para poderse manifestar.

    Así que la caída humana no fue acto de azar que sorprendiera al Creador, como tampoco Jesucristo fue un as bajo la manga divina por si acaso Adán pecara. Esto demuestra el plan eterno e inmutable del Creador, quien no se inhibe en hablar de predestinación. No como algunos que con argucias adelantan que Dios predestinó el medio para creer pero no a los individuos; a esto se llama el mecanismo de corporación, diciéndonos que cada individuo conserva su libre voluntad para tomar decisiones.

    Sin embargo, se pasa muy rápido por alto el que Esaú fuera odiado, no en base a las obras sino al Elector. No habían hecho ni bien ni mal, ninguno de los gemelos, cuando ya Dios había amado a Jacob y odiado a Esaú. El verbo griego usado para denotar odiar es MISEO, de donde viene la palabra misoginia (rechazo odioso contra las mujeres). Es más, ni Jacob ni Esaú habían aún nacido, cuando Dios ya amaba a uno y odiaba al otro, pues nunca ha dependido del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia o no la tiene.

    Esa ha sido la razón por la cual fue levantado el Faraón, para mostrar en él el poder divino y para que el nombre de Dios sea anunciado en toda la tierra (Romanos 9:17). Ciertamente, la Biblia dice que Dios endurece a quien quiere endurecer. También dice la Escritura que los enemigos del Creador se preguntan cómo sabe Dios y cómo tendrá Dios conocimiento de las cosas.

    Esos enemigos divinos odian por igual la predestinación, ya que temen quedar por fuera si Dios no mira en sus obras de buena voluntad, como la decisión que tomaron por Cristo, su aceptación del sacrificio universal, y su petición de apuntamiento en el libro de la vida. Pablo, sin embargo, condena tal práctica. El argumento esgrimido sobre la razón por la cual se inculpa al pobre de Esaú que no puede resistirse a la voluntad del odio de Dios, nos da a entender que ese es el centro del capítulo 9 de Romanos. De inmediato, el apóstol esgrime la potestad del alfarero para hace vasos diferentes: unos para honra y otros para deshonra.

    La palabra de Dios anuncia la entrada de la plenitud de los gentiles, habla del número de consiervos que será completado (Romanos 11:21; Apocalipsis 6:11). Es decir, hay un número determinado de personas que oirán con la fe que Dios les da y serán convertidos al Señor. Al mismo tiempo, la Escritura revela que Dios declara desde el principio lo que habrá de venir, antes de que sucedan las cosas. Yo anuncio el fin desde el principio; desde los tiempos antiguos, lo que está por venir. Yo digo: Mi propósito se cumplirá, y haré todo lo que deseo. Del oriente llamo al ave de rapiña; de tierra distante, al hombre que cumplirá mi propósito. Lo que he dicho, haré que se cumpla; lo que he planeado, lo realizaré (Isaías 46:10-11).

    Esa capacidad de predecir equivale a la de predestinar. No obstante, eso no quiere decir que Dios averigüe el futuro en una bola de cristal, en los corredores del tiempo ni en los corazones humanos. Si Él anuncia el futuro es porque lo crea. Tampoco sería justo aseverar que Dios desconoce el futuro y va creando nuevos pasos a medida de que sucedan ciertos eventos. En Él no hay azar ni sombra de variación, todo en Él es un Sí y un Amén. Por otro lado, si Dios hubiera tenido que averiguar el futuro para declararlo a sus profetas, significaría que no lo sabía en algún momento. Un Dios que desconoce no puede llamarse Omnisciente. Un Dios que dependa de lo que descubra en el corazón humano para poder predecir, sería un Dios con demasiada suerte como para que se cumpla todo aquello que averiguó en los volubles corazones de las gentes.

    Dios soporta con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción; Jesucristo también soportó a Judas -que era diablo- para que lo entregara y todo el plan ocurriera conforme a como estuvo escrito. Pero ese mismo Dios ha hecho notorias las riquezas de su gloria, habiéndonos llamado (a todas sus ovejas) y habiéndonos preparado como vasos de honra -sea de en medio de los judíos o de los gentiles.

    La idea de que se nos quita la responsabilidad de creer por el hecho de que estamos predestinados es falaz. Nosotros los seres humanos seguimos siendo responsables de nuestros actos ante el Creador; hay mandatos generales, para todos los individuos, los cuales debemos obedecer. Poco importa que la ley sea conocida por todos o ignorada por algunos, cada quien responde ante ella. La ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento. Y para eso fue lanzada la ley divina, para que aumente el pecado y cada ser humano reconozca que es insuficiente para cumplirla. Aunque la gente quiera referirse solamente a la ley escrita (la de Moisés), no puede negar que en nuestros corazones está la conciencia que testifica, junto a la creación misma, de ese Dios a quien hemos de rendir cuenta. Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos (Romanos 2:14-15).

    Ah, pero nadie puede decir que fue salvado por esa ley (escrita en papel o piedra o en los corazones). Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20); Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado (Gálatas 2:16). Así que los seres humanos tenemos por delante un juicio de rendición de cuentas, mientras Dios no responde ante ningún ser humano ni angélico, porque Él es soberano y hace como quiere y no existe quien detenga su mano y le diga: Epa, ¿qué haces?

    Sí, Dios escogió a Israel como una corporación, para demostrar en la historia humana su mano, su amor y su castigo en los que ha escogido. Pero no por ello escogió para salvación a cada individuo de ese pueblo. Lo mismo hizo con los gentiles, a quienes en otro tiempo los mantuvo lejos de la ciudadanía de Israel, si bien pasó por alto los tiempos de su ignorancia y ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan.

    Fijémonos en que ese llamado al arrepentimiento se hace por medio de las Escrituras, pero no siempre ellas llegaron a cada individuo de la tierra. La predicación del evangelio se ha hecho lentamente al principio, aunque con esmero; mucha gente moría sin conocer nada de esta salvación tan grande. El problema se agrava con aquellos que habiendo oído de estas buenas nuevas oscurecen su vista para que la conciencia no los acuse en demasía. Pero ellos ya tienen desde siempre el testimonio de sus conciencias, solo que se alejan voluntariamente de ese Dios a quien no pueden soportar.

    Y si Dios no nos hubiera dejado remanente (por medio de la elección en Jesucristo) seríamos semejantes a Sodoma o a Gomorra. Ni Jacob tuvo méritos ni Esaú tampoco; simplemente el mérito lo tuvo Cristo para convertirse en la justicia de Dios. No se nos manda a averiguar si estamos escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo, sino a creer en esa justicia de Dios. El que creyere será salvo, el que no creyere ya ha sido condenado.

    César Paredes

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  • LA ORACIÓN SECRETA

    Antes de que el tiempo tuviera comienzo, Dios había ordenado el pacto de gracia. Esto se hizo en Jesucristo, para la salvación de todos sus elegidos. Fuimos salvados no por causa de nuestras obras, sino por el propósito de la gracia divina, la cual nos fue otorgada en Cristo Jesús desde antes de que empezaran los tiempos (2 Timoteo 1:9). En virtud de esa gracia tenemos la providencia de Dios, librándonos aún antes de haber creído, para que su propósito pueda cumplirse en el tiempo de su poder.

    Hemos sido librados de incontables peligros, incluidas las más terribles inmoralidades del mundo; somos testigos de una cadena de providencias, pero de ello solamente nos damos cuenta una vez que hemos creído. Dios colocó en el regazo del Hijo las almas que quiso salvar, para que fuésemos rescatados de la muerte eterna. Por esa razón Cristo pidió por los que el Padre le había dado y los que le seguiría dando, dejando a un lado al mundo por el cual no rogó (Juan 17:9).

    Pero aunque estuviésemos muy manchados, como consecuencia de la caída de Adán, pese a las corrupciones del mundo y de nuestras transgresiones, fuimos preservados para el llamamiento eficaz que nos otorgó vida. El Hijo de Dios vino en rescate por muchos, pero siendo todopoderoso no tuvo a menos su ejercicio en la oración. Su ejemplo nos grita a voces para que no abortemos esta capacidad de oxígeno, de manera que respiremos el aire suficiente para una vida digna.

    El libre favor de Dios en su amor nos salvó de pura gracia. Como fue escrito respecto a Jacob, que fue amado antes de que hiciera bien o mal, antes de ser concebido. Lo mismo se dijo de su hermano Esaú, pero en sentido contrario: fue odiado antes de ser concebido y antes de que hiciera bien o mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11).

    No dependemos de Adán, sino de la obediencia y sacrificio mostrados por Cristo.

    En ese nuevo pacto (el de gracia plena), el autor de Hebreos recuerda lo que Dios había dicho: que no se acordaría nunca más de nuestros pecados, sino que sería propicio ante nuestras injusticias (Hebreos 8:12). Esto no obvia la corrección a la que somos sometidos todos los hijos, para no ser tenidos como bastardos. Ahora hemos obtenido salvación por medio de la fe en la justicia de Jesucristo, ya que por medio de las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3: 20).

    Al poseer semejante garantía, la oración cobra mucho sentido. El principal punto de motivación para orar ante el Padre sería el hecho de que ciertamente Dios nos escuchará. El sacrificio de los impíos es abominación a Jehová; mas la oración de los rectos es su gozo (Proverbios 15:8). Otro elemento relevante en la oración del creyente gira en torno a la promesa de Jesucristo. Nos dijo que oráramos al Padre en secreto, y el que ve en secreto nos recompensará en público (Mateo 6:6). La acción de apartarse (cerrar la puerta del cuarto) nos permite silenciar la distracción del mundo para buscar a Dios en un sitio privado y silencioso. Es el Dios que está en lo secreto, en la intimidad del espíritu humano, fuera de las multitudes y apariencias religiosas. Dado que Dios conoce la sinceridad del que ora en privado, recompensará en público al que así ore.

    Puede que nos parezca un asunto subjetivo el acto de orar a Dios, pero la recompensa no será solamente subjetiva sino pública, es decir, con la objetividad suficiente para que los demás puedan ver esa respuesta. Este punto rompe el ciclo de lo interno o subjetivo en nosotros, para demostrar que Dios es tan real como su respuesta.

    Dios es el mismo y no cambia; estemos ciertos de que los salvados bajo el Pacto Antiguo lo fueron en base a la misma gracia que tenemos hoy en día. Aunque vivieron bajo el mandato de una ley que les demostró su incapacidad para cumplir todos sus puntos, los que apuntaron al Redentor que vivía (como lo dijo Job, en Job 19:25-27), los que conocían al Hijo (como lo aseguró David, (Salmos 2:12: reverenciad al Hijo no sea que Dios se enfade), los que le creyeron a Moisés cuando aseguró de parte de Dios que les sería enviado un libertador (Hechos 6:37; Deuteronomio 18: 15) fueron redimidos de pura gracia. Toda esta gente murió conforme a la fe, sin haber recibido todavía lo prometido, mirándolo de lejos y creyéndolo (Hebreos 11:13).

    Nuestra justificación está fundamentada en la justicia imputada de Jesucristo. Así que no somos justificados por obras, como si pudiéramos tenerlas, sino por la fe de Cristo; fijémonos en la declaración de Pablo: mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia (Romanos 4:5). Se nos sugiere que no obremos para salvación, sino que creamos en aquel que justifica al impío. De esta forma, la oración no trabaja para salvación sino confirma nuestra redención. Eso lo vemos por las respuestas que Dios nos da en forma muy objetiva.

    Dado que estamos en el pacto de gracia, que este pacto fue formado desde la eternidad, que el Padre nos tiene en sus manos y el Hijo también, que poseemos el Espíritu como garantía de nuestra redención final, lo que tenemos es un arsenal de pruebas de que seremos oídos y tendremos la respuesta debidamente.

    Ese mandato del Señor, de orar en secreto, ya había sido anunciado desde la antigüedad a través del profeta Isaías: Anda, pueblo mío, entra en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete un poquito, por un momento, en tanto que pasa la indignación (Isaías 26:20). Aunque tenga referencia profética determinada, el paralelismo es enorme; sabemos que al clamar al Dios del cielo y de la tierra nos escondemos del mundo. El lugar de oración secreto es el sitio que denota seguridad. Esa seguridad se obtiene porque allí está el Padre Eterno, de manera invisible, sin que podamos verlo con nuestros ojos físicos (por eso debemos creer que le hay, y que es galardonador de los que le buscan). Ese Padre nos recompensará visiblemente, en público, como garantía de su bondad para con los que somos sus afectos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • NUESTRA CONFIANZA EN ÉL

    La providencia de Dios se manifiesta siempre, pero al confiar disfrutamos más. La queja se acompaña con el temor, moviéndonos del lugar en donde habitamos. Como creyentes vivimos en Cristo, pero el mundo se encarga de responder con la duda ante cualquier interrogante que tengamos. Nuestra visión de quién es Dios y acerca del significado de su providencia pasa por reconocer lo que significa la verdad. Estar bajo el cuidado de su providencia implica reconocer que Dios gobierna todas las cosas (las buenas y las malas). No existe algo demasiado difícil que Él no pueda realizar; hemos de reconocer que las diversas pruebas por la cuales pasamos obedecen al entrenamiento que ha preparado para cada uno de sus siervos.

    No seremos probados más allá de lo que podamos resistir, de manera que todas las cosas nos ayudan a bien, a los que hemos sido llamados conforme al propósito del Señor (Romanos 8:28). Ese Dios que está en los cielos ha hecho todo cuanto ha querido (Salmos 115:3), así que nada acontece por azar. En realidad, Dios hace como quiere en medio de las huestes celestiales, así como entre los habitantes de la tierra (Daniel 4:35). La depresión del profeta Elías también fue parte del propósito divino, así que le consoló un ángel y fue ayudado con comida y sueño reparador.

    Normal resulta sentir ansiedad en muchas ocasiones, dado que vivimos y nos movemos en medio de gente incrédula. La maldad ha aumentado en estos días del fin de los tiempos, en tanto el amor de muchos se ha enfriado. Estamos en un mundo que tiende a ignorar la fe cristiana, para que se cumpla lo predicho por Jesucristo: que cuando él volviera, tal vez no habría fe en la tierra (Lucas 18:8). Nos hace falta conexión con la naturaleza, pero por igual con el Espíritu de Dios. No todo es biología, también vivimos de la palabra del Señor.

    Nuestra tendencia a juzgar a Dios por causa de las circunstancias no se detiene. El Salmo 136 nos alienta a tener en cuenta bajo cualquier circunstancia que la misericordia de Jehová es para siempre. El salmista hace memoria de los hechos portentosos que señalaron al Creador como Omnipotente, pero agrega que para siempre es su misericordia. Esta es la clave de nuestra relación con el que nos libró de la muerte eterna, con aquel que tuvo piedad y amor hacia nosotros, cuando estábamos todavía muertos en delitos y pecados.

    La Biblia nos declara que Dios no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (su pueblo), por lo tanto Él nos dará también junto con Jesucristo todas las cosas (Romanos 8:32). Hemos aprendido que la murmuración socava nuestra confianza y no aporta solución eficaz. El creyente debería usar el momento de la preocupación para clamar al Altísimo, para dedicarse un poco más a la oración. De esa manera comprobará que la angustia se aleja y podrá valorar mejor sus circunstancias en las manos del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad.

    Si las quejas las convertimos en plegarias, seremos dichosos y recibiremos con abundancia. Nuestras penas deben ser traídas ante el Señor, para evitar quejas y reclamos inútiles. Al traer nuestro corazón en forma muy honesta ante el Todopoderoso, reconocemos su benignidad y su providencia. David oró una vez así: Delante de él expondré mi queja; delante de él manifestaré mi angustia (Salmos 142:2). Nuestra queja ante Dios no es acerca de Él, sino acerca de nuestras faltas y limitaciones. Hemos de quejarnos por nuestra falta de credulidad, pero al mismo tiempo tenemos el deber de llevar todo lo que nos agobia ante el Señor.

    David fue perseguido por Saúl, pero eso Dios lo sabía antes de que David se lo dijera; Dios envió la prueba sobre su siervo para que afectara su alma y para que en medio de la angustia clamara ante el Dios que lo había librado de Goliath. De esta forma se ejercitaba la gracia y su efecto en el siervo que clamaba, al tiempo que la fe con la que acudía en su plegaria se fortalecía. Cuando se turbe nuestro corazón digamos junto a los hijos de Coré: ¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío (Salmos 42:11).

    Jesús afirmó lo siguiente: Si viven (permanecen) en mí, y mi palabra vive en ustedes, pedid todo lo que queréis, y os será hecho (Juan 15:7). Esta es una promesa de quien lleva por nombre Fiel y Verdadero; no se trata de palabras de autoayuda, ni de ordenar al universo para que se manifieste. Tales tipos de brujería moderna resultan en una abominación ante el Señor; lo que Jesús nos dijo fue que confiáramos en su palabra y le creyéramos al Padre que lo envió. La prueba, por lo tanto, viene como un mecanismo disparador del clamor ante la presencia del Altísimo.

    Vivir en la palabra de Dios (que es Cristo) y hacer que esa palabra viva en nosotros implica saturar nuestra mente con la verdad. Esa saturación viene cuando llenamos nuestros pensamientos con la palabra divina, cuando meditamos en lo que Dios ha dicho y hecho. En nuestra lucha diaria con las circunstancias tenemos dos posibilidades: controlar cada elemento que nos disturba o confiar en el que ha creado las cosas que nos acontecen. Recordemos que apenas somos las ramas del viñedo, en tanto Cristo es la viña misma. Fuera de él no podemos hacer nada.

    Nuestra fe nos conduce a la actividad y no a la pasividad: significa que dejamos de batallar en nuestras fuerzas y decidimos obedecer y confiar en el Dios que nos cuida. Para poder vivir en esa palabra que es Cristo debemos mostrar gratitud antes que la queja. Resulta de provecho hacer memoria de las ocasiones en que hemos sido favorecidos por la intervención divina siempre oportuna. Cada quien reconocerá los momentos en que Dios se ha manifestado en forma muy particular, como le aconteció al Israel cuando huía del Faraón. Esa memoria de los eventos que se relacionan con nuestras batallas de fe, alentará al espíritu abatido por las circunstancias.

    Al recordar los acontecimientos triunfales en nuestro recorrido de fe, daremos gracias a Dios. De esa forma obedecemos lo que se nos dijo oportunamente: Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús (1 Tesalonicenses 5:18). ¿Cómo no habremos de confiar en aquel que calma los vientos y las tempestades? Nunca estamos solos, Cristo camina a nuestro lado; si miramos hacia la cruz reconoceremos el grande amor que Dios tuvo para con su pueblo escogido. Con esa mirada hacia el Calvario recibiremos la inundación de la bondad y misericordia que fluyen perpetuamente.

    César Paredes

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  • LOS DEMONIOS CREEN Y TIEMBLAN

    No basta con decir que Jesucristo es el Hijo de Dios, no resulta suficiente con profesar la fe cristiana. Jesús lo dijo, que no todo el que le dijera Señor, Señor, entraría en el reino de los cielos. Hay que hacer la voluntad del Padre, y esa voluntad consiste en creer que Jesús es el enviado de Dios para salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). La gente no se ocupa de la doctrina porque eso distancia a los miembros del grupo, pero Jesús insistió en que él se ocupaba de la doctrina de su Padre. El centro del evangelio de Cristo es la expiación que hizo en favor del pueblo de Dios.

    ¿Murió Jesús por aquellos que jamás han oído hablar de él? Pablo nos dijo que nadie podía invocar a alguien de quien jamás hubiese oído. Isaías nos aseguró que por el conocimiento del siervo justo éste justificaría a muchos (no a todos). El Señor mismo no rogó por el mundo la noche previa a su crucifixión, así que no murió al día siguiente en favor de ese mundo por el cual no pidió ante el Padre. Ciertamente, Jesús le dijo a Nicodemo que Dios había amado de tal manera al mundo que le hubo enviado a su Hijo, pero recordemos que ese maestro de la ley suponía que los judíos eran los únicos beneficiarios del amor divino, en tanto el mundo quedaría por fuera. El mundo para los judíos era el resto de naciones distintas a ellos.

    Juan pastoreaba una iglesia compuesta por judíos conversos, por eso escribió una carta en la cual decía que Jesús era la propiciación no solo por los pecados de los judíos que creían en él sino por los pecados de todo el mundo (es decir, de los gentiles). Esa inclusión universal no presupone una distribución universal por igual, no se trata de ser la propiciación por todo el mundo sin excepción. Si así fuera, entonces Judas hubiese sido salvo, el Faraón de Egipto por igual, incluso Caín que era del maligno. La doctrina de Cristo resulta básica para la vida del creyente, en ella está expresada el propósito de la muerte del Señor.

    Jesús un día enseñaba a la multitud, luego de hacer el milagro de los panes y los peces; muchos lo seguían como discípulos porque se deleitaban en lo que oían y se habían beneficiado por la comida obsequiada. El Señor los confrontó con la doctrina del Padre, diciéndoles: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; el que a mí viene no lo echo fuera sino que lo resucitaré en el día postrero. Un poco más tarde aseguró por igual: Ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trae… (Juan 6:37, 44). Dice Juan que al oír aquellas palabras muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60).

    Dado que el Señor sabía quiénes creían y quiénes no, al escuchar las murmuraciones de la gente les reiteró: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). De esta forma muchos de sus discípulos se volvieron atrás, y ya no andaban con él. Pasa lo mismo hoy en día, son muchas las congregaciones denominadas cristianas que silencian esta palabra de la soberanía absoluta de Dios. En esos templos no se puede ni mencionar los textos al respecto, mucho menos desarrollar su teología implícita. Hay quienes dicen que resulta mejor callar para evitar disensiones en la gente que es un poco inmadura para ese tipo de alimento. Pero eso no es más que un camuflaje, ya que no han creído en el verdadero evangelio de Cristo.

    Los demonios creen y tiemblan. Esta expresión de Santiago nos evoca a unos personajes que conocen lo suficiente sobre la soberanía divina, por cuya razón tiemblan. Su temblor les viene porque saben de su segura condenación, ya que por ellos no murió Jesucristo. La muerte del Señor se hizo en beneficio de todo su pueblo (Mateo 1:21), ya que Cristo murió conforme a las Escrituras. El tiene unos hijos que Dios le dio, la manada pequeña que vino a heredar el reino del Padre. A Jacob amó Jehová, pero a Esaú odió, antes de que hiciesen bien o mal, antes de ser concebidos (Romanos 9: 11-13). Bienaventurados los que creemos y no temblamos, sino que nos gozamos por la salvación eterna. Tememos al Señor en forma reverente, pero no sufriremos el castigo eterno ya que Jesucristo nos representó en la cruz (Juan 17:20).

    Cristo es el autor y consumador de la fe, así que nuestra fe dura hasta el final. Nuestra perseverancia es una bendición, un beneficio, como también la fe que nos ha sido dada junto con el paquete de la gracia y la salvación (Efesios 2:8). Fuimos escogidos por el Padre en el Hijo, antes de la fundación del mundo (Efesios 1:3-4); estamos persuadidos de que el que comenzó en nosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo (Filipenses 1:6). Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Romanos 8:29-31). Jesucristo puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos (Hebreos 7:25). La obra de la redención es completa de Dios, por lo cual no podemos empezar por el Espíritu y acabar por la ley (Gálatas 3:3). Esto no quiere decir que no tengamos que matar la carne en nosotros, que no tengamos que batallar a diario para prevalecer contra las asechanzas de Satanás y su mundo. Nuestra fuerza viene del mismo Espíritu que mora en nosotros hasta la redención final.

    Sigamos creyendo en la palabra del Señor que nos ha dicho lo siguiente: Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre (Juan 10: 28-29). La cualidad de ser oveja nos la dio Dios con su elección eterna e inmutable, por lo cual Cristo vino a salvar a las ovejas y no a los cabritos. En Juan 10:24-26 podemos encontrar esta gran verdad, que un grupo de personas tenían su alma turbada (como la de los demonios que creían y temblaban) y querían tener fe cierta de si Jesús era o no era el Cristo. Jesús les respondió que ya se los había dicho y no podían creer, ni siquiera por las obras grandes que hacía en nombre del Padre. Les añadió el Señor: pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho.

    Somos salvos por gracia y no por obras, pero ese pacto de gracia se hizo desde antes de la fundación del mundo. Ya antes de esa fundación el Cordero de Dios estuvo destinado para su manifestación en la era apostólica (1 Pedro 1:20); no nos avergonzamos de nuestro Señor, ya que por su evangelio y según el poder de Dios nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos (2 Timoteo 1:9).

    No temblamos como los demonios, sino que creemos felizmente por la gracia concedida, ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios…Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas, la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él…(Romanos 3:20-22).

    El hombre natural o caído en Adán no posee habilidad alguna para su rehabilitación. Es considerado muerto en sus delitos y pecados; sin embargo, aunque todos estuvimos una vez destituidos de la gloria de Dios, la regeneración que hace el Espíritu Santo nos ha sacado de la vida según la carne. Ninguna condenación hay para los que estamos en Cristo Jesús, los que no andamos según la carne sino conforme al Espíritu. Esa es otra razón por la cual los demonios creen pero tiemblan, para ellos no hubo redención. Andar según la carne implica suprimir la verdad, caminar en pasiones vergonzosas, tener hostilidad contra Dios, no poder agradar a Dios ni someterse a su ley. No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda ni quien busque a Dios (Romanos 3:10-11). Andar en la carne supone estar en la esclavitud del pecado. El ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz (Romanos 8:6).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • NADIE VIENE AL PADRE SINO POR MI

    Las palabras de Jesucristo acerca de la imposibilidad de ir al cielo a no ser a través de él y por él, caen como una sentencia de fatalidad para todos aquellos que jamás han oído del Evangelio. También son una espada en contra de los que habiendo oído no han querido escuchar; pero bien sabemos que quien no quiere tampoco ha podido. Sí, Jesús afirmó que seríamos enseñados por Dios para poder venir a él una vez que hubiésemos aprendido (Juan 6: 45). Pero ¿quiénes son esos todos que seríamos enseñados por Dios? De seguro no fueron los que perecieron en el diluvio universal, ni los millones que mueren en la ignorancia en cuanto a la noticia de la redención.

    La Biblia ha sido clara al decirnos que el Padre hizo una predestinación, una elección de un pueblo para dárselo como herencia al Hijo. Jesús vino a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), por lo que no quiso rogar por el mundo la noche previa a su crucifixión (Juan 17:9). Jesús, en consecuencia, representó en la cruz a su pueblo solamente, no al mundo por el cual no rogó. La eternidad sin Cristo es un infierno del cual no se escapa; a ese lugar van los soberbios que presumieron de sus ídolos y de sus obras. Un ídolo es aquello que reemplaza a Dios, incluso puede ser un constructo mental que emula al dios que la gente desea concebir. Así que un ídolo no siempre es un muñeco de cerámica, si bien todo lo que la gente sacrifica a sus ídolos a los demonios sacrifica (1 Corintios 10:19-21).

    Ciertamente, un ídolo es nada porque no tiene nada que ver con la Deidad, ni está a nivel de Dios. Los antiguos sacrificaban a los diablos y no a Dios, en tanto los nuevos dioses que descubrieron en nuevas tierras fueron adoptados como sus divinidades (Deuteronomio 32:17). Aunque se hiciera el sacrificio con la intención de que fuese al Dios de la Biblia, incluso bajo esa pretensión, ya los demonios han hecho morada en esos ídolos. El idólatra realiza una alabanza idolátrica, pero debe entender que la eternidad infernal está preparada para el diablo y sus ángeles; en consecuencia, todos los que practican las obras del diablo van a igual destino que los demonios. Los creyentes deben saber que no conviene beber la copa del Señor y la copa de los diablos.

    Las deidades paganas fueron filtradas en la cultura de muchos que profesan el cristianismo. Gran cantidad de personas han llegado a creer que el acto de rendirle tributo a una figura con un nombre bíblico santifica el sacrificio. Se debería traer a la memoria la imagen de la serpiente de bronce levantada en la época del viejo pacto; esa escultura que representaba a Cristo (Juan 3:14-15) llegó a ser objeto de culto y hubo de ser derribada. Allí hay una gran enseñanza de prevención para los que se dan a la tributación de honores a esas figuras que consideran santificadas por solo tener un nombre arrancado de la Biblia. La iglesia católica a partir del Concilio de Trento eliminó el mandamiento de no hacerse imagen de lo que está arriba en el cielo, o debajo de él en la tierra o debajo de ella; eliminó por igual el mandato de no adorarlas. De esa manera la feligresía que ahora puede leer la Biblia en lengua vernácula no encuentra inconveniente alguno para realizar tal acto pagano.

    Sin embargo, quedó como testimonio para el catolicismo -que desea inquirir en la verdad- la Biblia Vulgata que sí contiene en latín tal mandamiento. Una simple comparación verificará que durante siglos la misma iglesia católica poseía el mandato en las Escrituras que leían los párrocos y demás frailes. A pesar de esa prohibición, se dieron al servicio de los ídolos y a la participación de la copa con los demonios. De no ser así, ¿cómo es que a partir del Concilio de Trento quitaron tal mandamiento bíblico, tras la aparición de sus vernáculas Biblias?

    Bajo la claridad de que ir al Padre implica ser llevado por Él mismo hacia Cristo, entendemos que el corazón del hombre caído no solo resiste a Dios, sino que está muerto y yace insensible como una piedra endurecida. Nuestra elocuencia argumentativa no podrá mover esa piedra pesada, como tampoco fue suficiente el milagro de los panes y los peces ante aquellos discípulos de Jesús que se retiraron dando murmuraciones contra su doctrina (Juan 6: 60-61). El hombre natural no recibe la cosas del Espíritu de Dios porque para él son una locura. La gracia divina es la que cambia el corazón de piedra en uno de carne, pero para eso solo Dios es suficiente. Él dará su gracia a quien Él quiere darla, mas endurecerá a quien quiere endurecer (Romanos 9: 18).

    Sabemos, no obstante, que la fe viene por el oír la palabra de Cristo. Conocemos que sin anuncio del Evangelio no habrá redención posible, ya que ese es el medio para alcanzar el fin supremo de la redención. Pero ese medio se muestra eficaz para dos cosas: 1) para salvar a los pecadores cuando el Espíritu dé vida; 2) para llevar endurecimiento a los que se resisten a la palabra, para lo cual fueron destinados (1 Pedro 2:8). El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios (Juan 3:18).

    A partir de las lecturas de la Biblia el acto de creer parece ser muy sencillo, pero desde el plano del examen de la Escritura sabemos que el corazón de piedra debe ser removido por el Espíritu para instalar el de carne. Es necesario nacer de nuevo, si bien eso no depende de voluntad humana alguna sino de Dios. El predicador no habrá de jactarse en su prédica, pues no es su esfuerzo el que atrae el alma a Cristo; el pecador tampoco debe hacer alarde de su decisión, ya que es el Señor quien resucita. El nuevo nacimiento puede dar mucho gozo al espíritu humano, pero por igual hace temblar al más fuerte de los convertidos. El reconocimiento del Dios Todopoderoso hace entender al converso que todo ha sido obra de Dios, y si Él no hubiese intervenido continuaríamos como los demás mortales en los delitos y pecados.

    Antes mencionamos a los soberbios que caminan hacia el infierno, por causa de sus ídolos y de sus obras. Ya definimos el ídolo como nada pero guarida de los demonios; ahora nos referimos a las obras que tampoco salvan. No se trata de gracia más la obra mía, ya que entonces la gracia no sería tal sino pago por un trabajo. Aquellos que afirman que Dios hizo su obra y espera por la suya están desvariando tanto como los idólatras. El propósito de Dios conforme a la elección continúa prevaleciendo, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11). Los que aseguran que Dios vio desde la eternidad pasada el futuro de cada quien y eligió a los que debían ser salvos, están en completo equívoco. La Biblia asegura que todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, que solo existen muertos en delitos y pecados, que no hay quien haga lo bueno, que no hay justo ni aún uno. Entonces, no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. La elección no se basó en méritos personales de la gente, sino en el propósito de la voluntad del Elector. Ni la elección es arbitrariedad ni la gracia es un capricho.

    Dado que nuestra suficiencia procede de Dios, la persuasión argumentativa no basta para llevar un alma a Cristo. La lógica pura tampoco logra transformar un corazón empedernido, ni siquiera la vida pietista que muchos demuestran con su asceta manera de afrontar la existencia. Dios aborrece los sacrificios y las ofrendas de los impíos, pero se complace en las oraciones de los justos. Y es que la oración y acción del impío proviene de un corazón que no está reconciliado con Dios, en tanto la oración del recto viene como expresión sincera de fe y de la dependencia en el Señor. Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios (Romanos 5:1). El hecho de ser justificados nos indica que poseemos una relación pacífica con Dios, cosa que no existía bajo el régimen de esclavitud al pecado.

    No sabemos cuántas veces el ladrón había escuchado en la cárcel sobre el hombre hacedor de milagros, el llamado Cristo prometido para Israel y para los gentiles. Lo cierto es que junto al Señor su alma fue despertada y pudo reconocerlo, por lo tanto pudo suplicarle que se acordara de él cuando volviera en su reino. Ese corazón fue transformado en la cruz, pero el espíritu endurecido de su colega al otro lado lo mantuvo cautivo al pecado. El ladrón arrepentido alcanzó misericordia, el corazón que mostraba cinismo condujo al otro malhechor al destino también preparado desde la eternidad para todos los impíos.

    ¿Qué diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? ¿Por qué eligió a uno solo de los dos ladrones que morirían al lado de Jesucristo? Solamente la gloria de Dios está en juego en todo esto que vemos descrito en la Biblia, pues la justicia y castigo contra el pecado da honor a su nombre. Los pecados de los creyentes fueron castigados en Jesucristo, pero los pecados de los condenados jamás se pagarán en la eternidad. Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo (Hebreos 10:31). El creyente es llamado a tener paciencia y a mantener la fe, bajo la promesa de la herencia eterna en los cielos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • ORDENADOS PARA VIDA ETERNA

    El libro de los Hechos nos narra sobre los que creen, diciéndonos que son aquellos que fueron ordenados para vida eterna. Esta aseveración nos conduce a la inferencia de que los no ordenados para tal fin no creerán jamás. Por otra parte, Jesús mismo indicaba de acuerdo al Evangelio de Juan, en Capítulo 6, que solamente vendrán a él los que fueron enviados por el Padre. Agregó el Cristo que ni una sola persona puede venir a él si el Padre no lo envía en forma particular. De nuevo, la inferencia continúa siendo la misma: solamente los predestinados para vida eterna llegarán al conocimiento de la verdad.

    Pablo argumenta sobre esta verdad divina, diciéndonos que Dios amó a Jacob desde antes de que hiciera bien o mal, para que no creyésemos en que las obras nos salvan. Asimismo, aseguró que Dios odió a Esaú antes de que hiciese bien o mal, antes de ser concebido, para que el propósito de la condenación descansase en su voluntad suprema. En síntesis, salvación y condenación dependen de su soberanía absoluta, todo orquestado para alabanza de su gloria: la de su misericordia y la de su justicia y poder contra el pecado.

    La interrogante en el hombre natural sigue siendo la misma: ¿hay injusticia en Dios? ¿Por qué, pues, inculpa? ¿Quién puede resistirse a su voluntad? Ese hombre natural ha sido denominado como el objetor que levanta el apóstol en el Capítulo 9 de Romanos, ya que acusa a Dios de injusto y reclama por el hecho de que seamos impotentes ante la autoridad y el mandato divino. Resulta más que curioso que el mundo en general no se preocupa por lo que la Biblia diga, pero los que más se sorprenden y disgustan son los llamados cristianos. Ellos no quieren dar a conocer a un Dios como el de las Escritura y se confeccionan teólogos que les preparan argumentos contra lo que se lee a simple vista.

    De estos guisos hay muy variados; algunos suponen que Pablo habla de naciones y no de individuos, otros aseguran que el verbo odiar debe significar amar menos. También existen quienes prohiben hablar de esas cosas en las iglesias, para no ofender a los que se desagradan por tales palabras. La teología de las obras impera en los corazones de millones que profesan el evangelio, pero sabemos que esa manera de pensar contradice las Escrituras que afirman que la salvación no es por obra, para que nadie se gloríe.

    La expiación que hizo Jesús en la cruz la ven de distintas maneras, aunque solamente se haya dado de una sola forma. Hay quienes aseguran que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción. Si eso fuese cierto, todo el mundo sería salvo. El acto expiatorio es absoluto, la sangre de Cristo no puede ser pisoteada al tenerla por menos valor en unos que en otros. El sacrificio del Señor logró su objetivo, liberar los cautivos de manos de Satanás, reconciliar a su pueblo con el Padre, redimirlos de todos sus pecados. Asumir una expiación universal exige la redención de toda la humanidad.

    El buen pastor vino a dar su vida por las ovejas, no por los cabritos. Aseguró que los que no creían no podían hacerlo porque no formaban parte de sus ovejas (Juan 10:26). La justicia de Dios revelada en el evangelio es Jesucristo; quien ignora tal justicia intenta establecer la suya propia (Romanos 10:3). Esta actitud de ignorancia conlleva a orar ante un dios que no puede salvar, a pedir ante un ídolo forjado, ya que se estaría rogando ante un Dios que pretendió salvar a todos, sin excepción, por lo que muchos terminan en el infierno. Este sería un Dios impotente, que apuntaba muy alto pero no logró su propósito. Al mismo tiempo, la criatura humana se elevaría en grado sumo, ya que habiendo sido declarada muerta en delitos y pecados aparenta que está enferma solamente, que puede decidir sobre su destino eterno.

    La Biblia afirma que Dios hace cuanto le place (Salmos 115:3); Él es el que anuncia lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que dice: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46:10). Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley (Romanos 3: 28). Todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo,Y aun al impío para el día malo (Proverbios 16:4). Y los gentiles oyendo esto, se fueron gozosos, y glorificaban la palabra del Señor; y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48).

    La doctrina de la reprobación ha sido muy despreciada, casi desarraigada de las prédicas oficiales de la iglesia que profesa ser cristiana. Los ajenos al cristianismo la desprecian, pero también los que vienen en nombre del evangelio se espantan y desautorizan tal enseñanza. El propósito de Dios de acuerdo a la elección permanece, no por obras sino por el que llama (Romanos 9:11-13). Esta doctrina nos enseña que Jesucristo no murió por los que están en el infierno, como aseguran los que suponen que Cristo expió los pecados de toda la humanidad sin excepción. La justicia de Cristo es lo único que hace posible la redención, pero aquellos que buscan su propia justicia como un añadido a la del Mesías andan equivocados. Si la justicia humana hiciera la diferencia, habría de qué gloriarse y haríamos ineficaz el sacrificio del Señor en aquellos que se pierden.

    Yo os he amado, dice Jehová; y dijisteis: ¿En qué nos amaste? ¿No era Esaú hermano de Jacob? dice Jehová. Y amé a Jacob, y a Esaú aborrecí, y convertí sus montes en desolación, y abandoné su heredad para los chacales del desierto (Malaquías 1:2-3). Esto que dijo el profeta Malaquías es lo que retoma Pablo en Romanos 9:13, para demostrar que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer. Ante el reclamo humano, Pablo levanta una figura retórica en su carta y ha sido conocida como la del objetor, alguien que objeta, que se opone a la declaratoria bíblica. La respuesta que el apóstol le da (o el Espíritu que lo inspiró) es muy simple: ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria…? (Romanos 9:22-23).

    Ese odio y ese amor comenzaron en la eternidad pasada, como también lo confirma el libro de Apocalipsis. Y la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo (Apocalipsis 13:8). La bestia que has visto, era, y no es; y está para subir del abismo e ir a perdición; y los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida, se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será (Apocalipsis 17:8).

    Dios ha demostrado con sus declaraciones que tanto la elección como la reprobación son incondicionales. Nunca se puede sugerir que Dios haya mirado en el túnel del tiempo para ver quién calificaba para una cosa o la otra; si así fuese, entonces la salvación estaría condicionada a que la gente decidiera motu proprio por ella. Lo mismo se diría respecto a la condenación, que al no elegir la gente por Cristo se condena a sí misma. Dios elige para vida o para muerte, sin ninguna condición previa en el ser humano. La decisión de Dios estuvo basada solamente en su voluntad soberana.

    La gente quiere un Dios que sea como ella es, a su imagen y semejanza; es decir, una divinidad que odie y quiera basada solamente en lo que la gente hace. Eso sería mucho más justo, por cuya razón la gran masa de habitantes del planeta gira en torno a una redención por obras. Las multitudes opinan que si hubo elección fue basada en lo que Dios vio en su infinita sabiduría, pero eso no es más que seguir en la jactancia de que algunos merecíamos ser rescatados porque había algo rescatable en nosotros. Dios no comparte su gloria con nadie, no abdica ante la prepotencia del hombre natural.

    Comprender al Dios de la Biblia puede ser un trabajo muy fuerte, pero sería siempre deshonesto el parafrasear lo que la Escritura dice para hacerla decir lo que nosotros deseamos que ella dijese. Tal cosa resulta en una interpretación privada, el camino para la herejía y el cimiento para el evangelio anatema. Si alguno se gloría, gloríese en conocer al S eñor. Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová (Jeremías 9:23-24).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL CASO DE CORINTO

    Pablo reprende a un hermano en la iglesia de los Corintios, pero al entregarlo a Satanás lo hace bajo la esperanza de que su espíritu se salve en el día postrero. Un caso de fornicación muy sonado en esa iglesia que el apóstol trata en forma peculiar: El tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús (1 Corintios 5:5). Una advertencia sigue a la terapia aplicada, que tengan cuidado pues un poco de levadura se leuda toda la masa. El problema sociológico del pecado en esa iglesia podía cundir a los otros miembros, habituándose de esa manera a hacer el mal.

    En la Segunda Carta a esa iglesia, Pablo dice que le basta a esa persona la reprensión hecha por muchos; que ellos debían perdonarle y consolarle, para que no fuese consumido en demasiada tristeza. Además, Satanás no debía ganar ventaja alguna sobre los creyentes, como buen maquinador que es (2 Corintios 2: 5-11). La entrega a Satanás pudo ser posible como parte de los dones especiales del Espíritu Santo recibidos por los apóstoles. En otra carta, Pablo le comenta a Timoteo que había entregado a Himeneo y a Alejandro a Satanás, para que aprendieran a no blasfemar (1 Timoteo 1:20).

    Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, como le aconteció al rey Saúl, a quien Jehová le envió un espíritu maligno para que lo atormentara (1 Samuel 16:14-23). En el caso de Corinto, el cuerpo o la carne de ese hermano debía sufrir la aflicción y tortura por parte de Satanás, para que por ese medio entendiera el sentido del pecado. De esa forma sería conducido al arrepentimiento de su mala obra en la iglesia. El objetivo final no era la condenación eterna sino el que su espíritu fuese renovado y restaurado para la salvación de su alma. Recordemos que Pablo no entregó esa alma a Satanás sino el cuerpo (carne en este caso) para ser molestada e incomodada en muchos sentidos, de forma que recapacitara y ordenara sus pasos.

    Dios al que ama castiga y azota a todo el que tiene por hijo. Esto es cierto, así que los que predicamos el Evangelio de la Gracia no apoyamos el libertinaje del pecado, no enseñamos a pecar (como también Pablo fue acusado); advertimos a la iglesia del peligro del pecado, más allá de que seamos permanentemente salvos. Estamos bajo un Pacto de Gracia que no puede quebrantarse para el elegido de Dios, como afirmó el mismo Jehová a Jeremías: Haré con ellos un pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí (Jeremías 32:40).

    Pablo también nos dijo que lo imitáramos a él, así como él imitaba a Cristo; sin embargo, en otra oportunidad escribió que se sentía miserable por causa de sus pecados: lo que debía hacer no hacía, empero lo malo que no quería esto hacía (Romanos 7). Dio finalmente gracias a Dios por Jesucristo, quien lo libraría de su cuerpo de muerte (el cuerpo del pecado). De todas formas deducimos por las Escrituras que, aunque la salvación es completamente de pura gracia, ese pacto incluye ciertas obligaciones por consecuencia. Nosotros debemos confiar (tener fe, ejercitarla) a pesar de que la fe nos haya sido dada igualmente (Efesios 2:8); debemos arrepentirnos, como consecuencia de la operación ejercida en nosotros por el Espíritu Santo en el momento de la regeneración o nuevo nacimiento; debemos obedecer al Señor (si me amáis, guardáis también mis mandamientos). Estas cosas hacemos como nuestro deber, pero igualmente las consideramos como frutos de la gracia y jamás como una condición para alcanzarla.

    Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor (Juan 15:10). Las promesas que fueron hechas a Abraham y a su simiente permanecen, sabiendo que esa simiente no es otra que Jesucristo (Gálatas 3:16). El sufrimiento de Cristo permitió que pudiera llevar muchos hijos a la gloria, al haber cumplido lo exigido por el Padre (Hebreos 2:10). El Señor no se avergüenza de llamarnos sus hermanos (Hebreos 2:11-13).

    Nosotros los creyentes somos los hijos que Dios le dio a Cristo, como el fruto de la Redención. Fuimos elegidos para tal acto de misericordia desde antes de la fundación del mundo, por el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:3-5). Jesús sufrió por traer esos hijos que Dios el Padre le dio, para llevarnos a la gloria, así que Jesús murió por cada uno de los que conformamos su pueblo (Mateo 1:21). Todo lo que el Padre le da al Hijo, vendrá al Hijo; sabiendo que él no lo echa fuera (Juan 6:37).

    Dios no socorrió a los ángeles sino a la descendencia de Abraham (Hebreos 2:16). Esta descendencia no es la misma que la de Adán, pues en Adán todos mueren pero en Cristo todos vivimos. Esta simiente de Abraham, lo que fue una promesa, llegó a ser señalada como Cristo mismo y por ende sus herederos y hermanos. Dios no puede ser tenido como arbitrario, ya que tuvo un propósito en toda su creación y con toda su elección. Dios obra todas las cosas de acuerdo al consejo de Su voluntad (Efesios 1:11). Los decretos divinos provienen de la voluntad de alguien que es infinito en sabiduría y poder, así como en justicia, rectitud y bondad.

    La gracia no puede ser tenida como arbitraria, de otra manera no sería gracia sino capricho. Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, sin que dependa de voluntad humana alguna. Dios no está rogando para que vengan a Cristo, no hizo una expiación universal a la espera de que se adhieran a ese favor voluntariamente. Él ha dicho que en el día de su poder nuestra voluntad estará ligada a sus mandatos (Salmos 110:3).

    Como el ser humano no puede adquirir la gracia por sus propios esfuerzos, tiende a confundirla con arbitrariedad. La voluntad de Dios es suficiente rasero para evidenciar la justicia divina; por esta razón vemos a Cristo agradeciendo al Padre porque hacía como le había agradado (Mateo 11:26). Y si Dios obra todas las cosas según el consejo de su voluntad, sabemos que el hermano de la iglesia de Corinto fue amonestado correctamente. Pero no solo la amonestación es para tener en cuenta, sino la inclusión a la iglesia después de haber recapacitado.

    El caso de Corinto nos ilustra sobre la gracia y viene como una advertencia contra el pecado; pero también nos enseña que esa gracia debe ser tenida en cuenta por la iglesia como organización. El perdón va inherente a la gracia que se nos exige para con nuestros hermanos. El problema se presenta cuando los que definen el castigo jamás han sido perdonados, sino que parecen cabras metidas en el rebaño de las ovejas. Solo saben dar cabezazos a los que están sufriendo la dura pena de pecar contra el autor de la gracia incondicional.

    La gracia soberana es nuestra esperanza.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • PERSEVERANCIA Y FE (PRESERVACIÓN)

    La fe perdura hasta el final, no por causa de nuestras fuerzas sino en razón de nuestra perseverancia. En Efesios 1:3-4 nos encontramos con la razón de la perseverancia como bendición, lo mismo ocurre en Filipenses 1:6 y en Romanos 8:29-30, al igual que en muchos otros textos. Es Jesús mismo quien nos mantiene (Hebreos 7:25). En tal sentido, muchos usan el término preservación, para ilustrar mejor la protección del Padre y del Hijo, así como del Espíritu. El Padre nos tiene en sus manos, el Hijo también nos tiene en sus manos y el Espíritu nos habita como garantía de nuestra redención final. Eso es preservación, por lo tanto perseveramos hasta el final.

    La expiación de Cristo muestra su eficacia en el momento de la conversión, pero continúa por el resto de la vida cristiana ejerciendo su poder. Pablo advierte contra el error de suponer que empezamos por la gracia y podemos terminar por la ley, bajo su maldición. Gálatas 3:3 dice: ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne? El mismo Señor nos dijo que nadie podría arrebatarnos de sus manos: y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. (Juan 10:28-29).

    Jesús también dijo: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37). No dice Cristo que uno puede irse de su lado, ya que él nos mantiene en sus manos; nosotros fuimos creados, así que ninguna cosa creada nos podrá arrebatar de allí. . Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8:38-39). Fijémonos en que Pablo habla de ángeles (que tienen más poder que los seres humanos), de los principados, del presente y del futuro, y los menciona como cosas creadas; pensemos que nosotros los seres humanos estamos en ese paquete de asuntos o cosas creadas, si bien el griego menciona criaturas (κτίσις-Ktisis). El ser humano es una criatura (algo creado), de manera que nosotros mismos, si fuéremos tan torpes y nos quisiéramos salir de las manos del Padre y del Hijo, si quisiéramos expulsar al Espíritu Santo que nos fue dado como garantía (arras) de la redención final, jamás podríamos alcanzar éxito contra el Todopoderoso. Esto es seguridad absoluta.

    Si la voluntad del que envió a Jesucristo a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:22) es que no pierda a ninguno de los que le dio, sino que los resucite en el día postrero (Juan 6:39), deben ser de otro evangelio los que se ufanan en los templos para amedrentar a la gente diciéndoles que si usted se quiere salir de las manos de Cristo lo puede hacer y eso sería culpa de usted y no del Señor. Pero los textos de la Escritura muestran que no podría nadie escapar de la voluntad del Señor, menos cuando estamos de buena voluntad desde el día del poder de Dios (Salmos 110:3). Nos ha sido dado un corazón de carne y se nos ha quitado el corazón de piedra, se nos ha dado un espíritu nuevo que ama el andar en los estatutos del Señor. Esa es la razón por la cual cuando el creyente peca se siente mal y debe confesar su pecado, además de que el Espíritu Santo se contrista en nosotros (Efesios 4:30-32); por lo tanto, si persistimos en el pecado seremos castigados con azotes por el buen Padre que nos tiene por hijos.

    La doctrina de la perseverancia es una de las bendiciones celestiales en Cristo. Si fuimos justificados y adoptados como hijos, sabemos que la gracia es perpetua. El hijo pródigo ilustra con creces la tesis de la perseverancia, pese a sus caídas continuas, a su fatuidad como producto de su carne, él supo siempre que el Padre era el Padre y que podía volver a casa aunque fuera como un jornalero más. A su llegada, el Padre lo abrazó y lo cubrió con buenas y nobles vestiduras, le dio el anillo y mató el becerro más gordo porque Él también era un Padre expectante, alguien que en las mañanas se levantaba a mirar desde lejos por si su hijo vendría.

    Cristo no solo empezó su obra en nosotros sino que la terminará hasta el final, como autor y consumidor de la fe. El que niega la perseverancia de los santos niega la esencia del evangelio, que es la gracia de Dios para con su pueblo escogido. Fiel es el que os llama, el cual también nos guardará irreprensibles para la venida de nuestro Señor Jesucristo (1 Tesalonicenses 5:23-24). Dios no miente y prometió desde antes del principio de los siglos acerca de la fe de los escogidos de Dios y el conocimiento de la verdad según la piedad (Tito 1:1-2). El que cree el evangelio cree igualmente en la capacidad todopoderosa que tiene el Creador para hacer lo que le plazca. Pero si él se determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar? Su alma deseó, e hizo (Job 23:13). Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3). Todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo, y aun al impío para el día malo (Proverbios 16:4). Jehová forma la luz y crea las tinieblas, hace la paz y crea la adversidad, no hay más Dios que Jehová (Isaías 45:6-7).

    ¿Cuál ha sido el evento más importante en la historia de la humanidad, en especial en lo que compete a los escogidos de Dios? Fue el Calvario de Jesucristo, pero recordemos que los actos que acompañaron ese evento estuvieron atascados de pecado. Sí, el Sanedrín condenatorio, Pilatos con su hipocresía de lavarse las manos, la multitud que gritaba -auspiciada por los principales judíos- diciendo: crucifícalo. Los soldados romanos azotaban las espaldas de Jesús, por orden de Pilatos, colocándole después una corona de espinas en su frente y alrededor de su cabeza; al colgarlo en el madero le clavaron sus manos y sus pies. Esas actividades fueron malignas en grado sumo, en especial si tomamos en cuenta que Jesús era inocente de lo que se le acusaba; le escupieron, le vituperaron, dijeron sarcasmos en su contra.

    Lo que aconteció en el Gólgota fue profetizado por muchos hombres de Dios, pero estuvo planificado por el Padre. Sí, el Padre Eterno planificó el crimen más horrible de la humanidad, la crucifixión de su Hijo. Así que Dios planifica todo, hace como quiere y en el caso de su Hijo lo dio como Cordero sin mancha para hacer justicia en favor de todo su pueblo. Cristo llevó el pecado de aquellos que representó en la cruz (Mateo 1:21; Juan 17:9 y 20); puso su vida por las ovejas (Juan 10: 11), murió por aquellos cuyos nombres estaban escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8).

    Dado que la salvación nos ha liberado de la ley y su maldición, sabemos que necesitábamos tal rescate. Estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1-3), entretanto éramos esclavos del pecado (Romanos 6: 17-20). Éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás. La razón de la caída humana viene de Adán y su desobediencia, la razón de la liberación de la pena proviene del Segundo Adán que es Cristo. En el primer Adán todos mueren, pero en el Segundo Adán todos los que estamos en él vivimos. Bajo el primer Adán nadie puede agradar a Dios, sino que todo el mundo está bajo maldición, incluso las supuestas buenas obras son contadas como malas (Proverbios). Si nuestra justicia no es semejante a la del Altísimo no queda sino condenación eterna. En Cristo fuimos justificados porque Cristo es la justicia de Dios, por cuya razón Jesucristo llegó a ser el único Mediador entre Dios y los hombres. Al haber creído hemos conocido la justicia de Dios revelada en el Evangelio (la verdad de la Persona y la Obra de Jesucristo).

    La salvación no depende de obra humana alguna, no está condicionada por actos que hagamos. Simplemente depende de la expiación hecha por Jesucristo al derramar su sangre por su pueblo y al pagar por nuestros pecados. Creer otro evangelio resulta anatema, como sería si se colocase al lado de la gracia las obras humanas para participar de la redención. Creer en un falso evangelio implica que se anda perdido.

    En resumen, Dios hace que permanezcamos en un estado de justificación permanente; en consecuencia, hace igualmente que permanezcamos sometidos a Su justicia. Esto no ocurre si se cree en un falso evangelio; asimismo, cuando la oveja ha sido llamada por el Buen Pastor lo sigue siempre y jamás se va tras el extraño (la falsa doctrina, cualquiera que sea), como lo afirma Jesús en Juan 10:1-5.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • FRUTO DEL ÁRBOL BUENO

    Dios no deja nada al azar, ya que correría el riesgo de tener que enmendar a cada rato lo que habría planificado. Si Dios predestinó algo, eso debe ocurrir en el tiempo indicado; dejarlo al azar implicaría que pudiera o no pudiera cumplirse. En tal sentido, lo que acontece en el universo en el cual vivimos ha sido ordenado con anticipación por la Divinidad. Al mismo tiempo, dadas ciertas declaraciones bíblicas, podemos inferir que eso que acontece fue ordenado desde siempre. Recordemos el texto de Pedro cuando nos refirió que el Cordero de Dios estuvo destinado desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).

    Si Cristo murió por toda la humanidad, toda la humanidad ha de ser salvada. Pero si no toda la humanidad es salvada quiere decir que Cristo no la incluyó completamente. De hecho él oraba al Padre la noche previa a su crucifixión y le dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9) sino solamente por los que le había dado, y le daría después por la palabra de los primeros creyentes (Juan 17:20). Ese grupo de personas que quedó fuera de la oración de Jesús nunca estuvo incluido en el grupo de los que vendría a salvar (Mateo 1:21).

    La Biblia dice que creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Ni uno más ni uno menos, simplemente los que fueron ordenados o predestinados. Ahora bien, ¿cómo sabe Dios? Esa interrogante pertenece a uno de los Salmos, dándonos a entender que el impío se pregunta si Dios sabe todas las cosas (Salmos 73:11). Dios no necesita llegar a saber algo porque es Omnisciente, de manera que no tiene que mirar en el corredor del tiempo, no busca pistas en los corazones humanos. De igual forma, el Creador de todo cuanto existe expresó en su revelación que al mirar hacia la tierra vio que el hombre estaba muerto en sus delitos y pecados, que todos se habían desviado, que no había uno solo que lo buscara ni que fuera justo. En suma, la humanidad entera murió conforme a la advertencia dada a Adán en el Edén.

    Esa muerte espiritual imposibilita el desear las cosas del Espíritu de Dios. Urge un nuevo nacimiento, una nueva naturaleza, pero eso no ocurre por voluntad de varón sino de Dios. Es una gran mentira decir que Dios despierta a todas las almas para que decidan, porque en realidad lo que se necesita no es despertar sino resucitar. El pecado ha cauterizado la conciencia del pecador y no puede valorar las circunstancias que le rodean, así que jamás seguirá por cuenta propia a Jesucristo.

    En el libro de Ezequiel se ha dicho que Dios pondría un corazón nuevo y de carne para sustituir el corazón duro y de piedra (reseñado por Jeremías), y añadiría un espíritu nuevo para amar sus estatutos. Eso no es azar, sino intervención divina en directo. Mientras estábamos en la carne, dice Pablo, las pasiones del pecado obraban fruto para muerte (Romanos 7:5). Ahora hemos sido liberados de esa ley que nos acusaba, gracias a la ley de la fe de Cristo.

    Creer el Evangelio presupone asumir la doctrina de Cristo. El conocimiento del Hijo de Dios se puede dar en dos grandes renglones: 1) respecto a su Persona; 2) respecto a su obra. En cuanto al primero mucho se ha debatido en la historia y en concilios, para revisar si Jesucristo era Dios o era solo hombre. El ataque a su persona fue feroz y todavía continúa cuando miramos la existencia de muchas sectas que sostienen ideas heréticas respecto a la deidad del Señor, incluso se preguntan si existe o no un Dios Trino. ¿Vino en carne o solo en apariencia de hombre? -como se interrogan los gnósticos.

    El ataque a su obra es más sofisticado, ya que pretende pasar como si existieren puntos de vista que no inciden para nada en la salvación del alma. El hecho de que se crea en Cristo (como Persona), con todas sus cualidades divinas, hace pasar desapercibido el ataque a su obra. Para esto muchos se afianzan en ciertos textos fuera de contexto, como por ejemplo el que dice que el que cree en él tiene vida eterna. ¿Qué es creer en él? ¿Acaso es creer en lo que la Biblia dice de su Persona, nada más? ¿No habla la Escritura de la obra de esa Persona? ¿No es la obra tan importante como la Persona misma?

    La doctrina de Jesucristo enseñada por él mismo, así como por los apóstoles, junto con lo dicho en el Antiguo Testamento, ilustraba la importancia de lo que venía a hacer. Él vino a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Acá empezamos con la torcedura doctrinal, ya que muchos alegan que su trabajo se extiende a toda la humanidad, sin excepción. Es decir, que vino a morir por Judas Iscariote, por el Faraón de Egipto, por Caín, por todos los réprobos en cuanto a fe cuya condenación no se tarda, por los sellados con el 666, por los apóstatas y un gran etcétera.

    De ser esto cierto, su sangre ha mostrado nulidad e impotencia, ya que los condenados al infierno demuestran que su trabajo fue inútil. Ah, para este argumento presentan su contraparte: es que los que se condenan lo hacen porque rechazaron la libre oferta del evangelio. Sin embargo, la Biblia no lo presenta de esa manera, sino que sugiere que creen los que están ordenados para vida eterna. Pablo ha dicho varias veces que la salvación es de gracia y por medio de la fe, para que ninguno se gloríe ni se jacte en la presencia de Dios. Ha declarado igualmente que Dios decidió amar a Jacob pero odiar a Esaú aún antes de que fueran concebidos, sin miramiento a sus obras (ni buenas ni malas).

    Esto lo hizo Dios para mostrar su ira y hacer notorio su poder, cuando preparó los vasos de ira para destrucción. Asimismo, quiso Dios hacer notorias las riquezas de su gloria, mostrándolas para con los vasos de misericordia que Él preparó de antemano para gloria, a los cuales llama por medio del Evangelio, sean judíos o gentiles. Solamente el remanente de escogidos será salvo (Romanos 9:27). La obra de Cristo fue la expiación de todos los pecados de todo su pueblo, en tanto como Buen Pastor puso su vida por las ovejas (no por los cabritos).

    Pablo fue un ejemplo de lo que decimos, además nos instruyó respecto a su vida misma. El dijo que sabía que la ley de Dios es espiritual pero que él era carnal, vendido al pecado. Por esa razón hacía lo que no quería hacer y lo que aborrecía, así como dejaba de hacer lo bueno que deseaba hacer (Romanos 7: 14-15). Pero entendió que pese a que en su naturaleza todavía obraba esa raíz del pecado, su fruto no era para muerte sino para vida eterna. Por esa razón agradeció a Dios por Jesucristo, el que lo libraría finalmente del cuerpo de muerte del pecado.

    ¿Cuál es la razón por la cual Pablo daba fruto de vida y no de muerte? No era por su conciencia del bien sino por el fundamento que tenía. Esa simiente era Cristo, era la palabra enseñada por el Señor, el cúmulo de su doctrina. Ninguno ponga otro fundamento que Jesucristo (1 Corintios 3:11), la única base sólida y verdadera sobre la cual construir la fe y la vida espiritual. Pero Jesucristo no es solamente una Persona sino también una obra. Los demonios creen en la Persona de Cristo y tiemblan por ello, pero también temen porque la obra de Jesús no se hizo a favor de ellos. Acá vemos la importancia de comprender bien el tamaño y alcance de la obra de Cristo (la redención de su pueblo).

    Veamos esta doctrina de Jesús: El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:45). En el verso 43 Jesús refiere la naturaleza de dos árboles, el bueno y el malo, los cuales dan o frutos buenos o frutos malos. Pero no puede el árbol malo dar buen fruto, ni el árbol bueno dará jamás un fruto malo. ¿Qué es todo esto? La clave de esa enseñanza se encuentra en lo que habla la boca respecto a lo que el corazón tiene. El corazón descrito por Jeremías es perverso, de piedra, engañoso más que todas las cosas. Ese corazón, como el mal árbol, dará fruto malo. Pero el corazón descrito por Ezequiel es de carne, sensible, con un nuevo espíritu de parte de Dios, el cual dará buen fruto.

    El corazón que contiene la doctrina de Jesucristo confesará con la boca el verdadero Evangelio, pero el corazón que no contiene la enseñanza del Señor dará un mal fruto al confesar un evangelio anatema. Acá entran los que desvían las enseñanzas de la Escritura para dar luz a una teología errada, incongruente y jamás predicada ni por Jesucristo ni por sus apóstoles. La oveja redimida jamás se irá tras el extraño (el falso predicador o profeta, el herético), porque desconoce esa voz del extraño (Juan 10:1-5). Pablo pecaba (como se evidenció de lo que dijo en Romanos 7 ya señalado antes), se sentía miserable por sus pecados, pero siempre confesaba con su boca lo que tenía en su corazón: el evangelio de Cristo. Hablaba de la predestinación, de la elección, de la gracia sin mediación de las obras humanas, del fundamento del creyente. Pablo tenía el corazón de carne anunciado por Ezequiel, de manera que pudo confesar el verdadero Evangelio y denunciar al evangelio anatema. David creía en el Señor, tenía un corazón de carne y un espíritu recto que lo llevó a confesar con su boca su amor por las enseñanzas del Todopoderoso. David pecó feamente, se arrepintió, fue castigado por Dios, pero no fue condenado porque había nacido de nuevo (de acuerdo a lo descrito por Ezequiel respecto al corazón de carne).

    ¿Qué será de aquellos que no pecan como lo hizo David, pero tuercen la doctrina de Cristo? Esos son malos árboles que dan malos frutos. Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LOS QUE ANDAN CONFORME A LA CARNE (ROMANOS 8:1)

    Este andar se refiere a los que andan conforme a su naturaleza de personas caídas, no regeneradas, teniendo por modelo a su padre Adán. En la descripción hecha en el capítulo 1 de Romanos, Pablo señala que la ira de Dios se manifiesta desde el cielo mismo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, los que detienen con injusticia la verdad (Romanos 1:18). Esa ira divina se valora en la ley divina, así como en la luz natural del espíritu humano mediante la conciencia. Ya la destrucción del mundo antiguo (el diluvio) habló del castigo celestial contra los pecadores y las leyendas de muchos pueblos antiguos así lo relatan.

    Al no tener en cuenta a Dios, la humanidad comenzó a venerar a los ídolos, detrás de los cuales están los demonios. El ser humano se envileció y comenzó a divagar en su necio proceder, rindiéndole tributo a la criatura antes que al Creador. Como consecuencia, Dios también deshonró a esa humanidad dándola a pasiones vergonzosas (Romanos 1:24-28). Y es que la mente natural o carnal, la que vive en la carne o naturaleza humana, viene a ser hostil contra Dios; la sabiduría humana está en abierta enemistad contra Dios. Por esa razón la Escritura señala que pretendiendo ser sabios se hicieron necios.

    La mente natural se forma nociones desviadas de lo que es Dios, no acepta la revelación divina, y si llega a regodearse con ella la transforma con sus privadas interpretaciones (herejías). Hay predicadores y pastores que llaman a sus feligreses para que se callen en cuanto a la predicación de la soberanía absoluta de Dios; ellos dicen que se puede creer en esa doctrina pero hay que mantenerla en silencio, para no molestar a los que no la creen. De esta manera se abusa de la gracia y la misericordia, envileciendo la doctrina del Señor.

    En Juan 6 vemos claramente cómo Jesús enseñaba la soberanía absoluta del Padre, pero la multitud que lo seguía por mar y tierra, la misma que también había sido favorecida con el milagro de los panes y los peces, se dio a murmuraciones por las palabras escuchadas. Jesús sabía desde el principio quiénes creían y quiénes no, por lo que se volteó hacia ellos increpándoles sobre su ofensa. Les reiteró una vez más con estas palabras: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). Ese conector consecutivo (por eso) presupone que se hace un resumen de lo dicho anteriormente, dando a entender que la actitud de ellos era una consecuencia (por eso) por causa de la doctrina que Jesús predicaba.

    La mente natural que poseían aquellos discípulos reseñados en Juan 6 era igual a la mente natural que no se sujeta a la ley de Dios. La Biblia ha sido enfática en decir que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios. Agrega que por causa del pecado no existe quien pueda entender las cosas del Espíritu de Dios, más bien todos se fueron tras sus propios caminos. Así que por la desobediencia de un hombre los demás fueron hechos pecadores (Romanos 5:19). La condición humana es la de la esclavitud al pecado (Romanos 6:17-20), dando solamente un fruto para muerte (Romanos 6:21).

    Esta realidad toca al ser, no solo a la conducta. En síntesis, como resumen de la naturaleza humana podemos afirmar que existen características negativas muy fuertes: esclavitud y muerte en el pecado, ceguera espiritual, hostilidad contra Dios, incapacidad moral para buscar y compartir con Dios. El camino final después de esta vida es el infierno de eterna condenación. Urge la presencia del Espíritu Santo para resucitar almas zombies que caminan hacia el lago de fuego, pero para eso solo Dios es necesario. Si Dios no ordena la vida, ¿de dónde podrá venir? El nuevo nacimiento lo da el Espíritu, para que nadie se jacte en la presencia de Dios como si hubiera podido nacer por cuenta propia. De esta forma: la salvación pertenece a Jehová, somos salvos por Cristo exclusivamente, por la regeneración del Espíritu. Todo el paquete de la salvación proviene como un regalo de Dios (Efesios 2:8).

    Pablo afirma que somos deudores ante Dios, pero nunca ante la carne. De esa manera los creyentes no pueden vivir conforme a la carne; advierte el apóstol que si vivimos conforme a la carne moriremos, pero si por el Espíritu hacemos morir las obras de la carne, viviremos. Parece ser que tenemos una responsabilidad muy grande por haber creído: no podemos vivir según la carne. El creyente no puede practicar el pecado pues cuando peca el Espíritu se contrista dentro de él. Es decir, ese Espíritu que nos fue dado como arras de nuestra redención final sufre contristamiento en nosotros por causa de la desobediencia a la ley de Dios.

    Al mismo tiempo, Pablo nos alienta a realizar una tarea conjunta con el Espíritu de Dios, para no dejarnos de brazos cruzados como si la pereza espiritual nos gobernara. Hemos de matar las obras de la carne en nosotros. Esta tarea tiene que lograrse por medio de muchos trabajos individuales, cada quien sabe por lo que debe orar, conoce lo que debe realizar. De esta forma el sendero al reino de los cielos se transita con mucha conciencia de lo que nos ha sucedido, del milagro de la redención donde nada podíamos hacer en nuestra vida de muerte. Ahora que estamos vivos, no se nos dice que no hagamos nada sino que, al contrario, nos pongamos a hacer morir eso terrenal que todavía hay en nosotros.

    El Capítulo 7 de Romanos nos presenta la crisis advertida por Pablo, cuando reconoce que existe una ley en sus miembros que lo llevaba a la cautividad del pecado (Romanos 7:23). Pablo agradece a Dios por Jesucristo quien lo librará finalmente de ese cuerpo de muerte. Sepamos que somos deudores ante Dios, para que procuremos hacer morir esas obras de la carne para que podamos tener vida. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. (Romanos 7:17-18).

    La contaminación por el pecado es asunto serio en la naturaleza humana, aún creyendo y viviendo con el Espíritu de Dios sigue ese mal olor de la transgresión. Eso nos lo narra Pablo, para que sintamos que debemos luchar hasta el final sin rendirnos, con la garantía de la redención final pero con la marca de esa ley que está en nuestros miembros, hasta el día en que Jesucristo nos libre por completo del cuerpo mortal del pecado. Pablo se sintió miserable por no hacer lo bueno que deseaba hacer y por hacer lo malo que no quería hacer. Él tenía al Espíritu Santo que lo guiaba y todavía sentía eso que nos describió. Algunos piensan que el apóstol hablaba como Saulo pero se equivocan, ya que Saulo jamás tuvo remordimiento por el mal que hacía persiguiendo a la iglesia. Ese Saulo que fue el apóstol era un hombre ciego, con incapacidad moral para agradar a Dios, para seguirlo y vivía según la carne. Tuvo que ser derribado de su caballo (el orgullo humano) por Jesucristo para que naciera de nuevo y se transformara en Pablo el apóstol. Resultaba más que evidente que Saulo no tenía capacidad para dar el primer paso para la salvación, así que Dios se le manifestó con su gracia y lo hizo nacer de nuevo. Escribimos estas cosas del Evangelio para que nos demos cuenta del tamaño de la ofensa nacida en el Edén, sus consecuencias eternas y nefastas para el alma humana. La fe viene por el oír la palabra de Dios.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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