Autor: César Paredes

  • JUSTIFICACIÓN Y SANTIFICACIÓN

    La justificación viene por la fe de Cristo, como un acto judicial del Todopoderoso, quien nos perdona de la culpa y maldición del pecado, una vez que su ira quedó aplacada sobre aquellos por los que su Hijo murió. Esa justificación la recibimos en el momento en que nacimos de nuevo, pero se realizó mucho antes en la cruz del Calvario. Entretanto, estuvimos bajo la ira divina lo mismo que los demás. La santificación se ve como un proceso de separación del mundo, la santidad a la cual hemos sido llamados: Sed perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

    La santificación la hace el Espíritu Santo en nosotros, como guía a toda verdad y como quien nos ayuda a pedir lo que conviene. Por otro lado, la Biblia nos exhorta a separarnos del mundo, de sus atractivos, de los deseos de los ojos y de la carne y la voluptuosidad. Se nos ordena hacer morir lo terrenal en nosotros, de manera que supone también una actividad donde nos involucramos en el día a día. No podemos ser justificados cada día, ya que se considera un hecho consumado; ninguna condenación hay para los que estamos en Cristo Jesús, los que andamos en el Espíritu y no conforme a la carne.

    Al estar justificados por Dios se supone que ya no caminamos en la carne; pero seguimos siendo carnales, vendidos al pecado, como lo declara Pablo en Romanos 7. Por esa razón percibimos a diario la vergüenza del pecado, su poder que todavía tiene su ley en nuestros miembros. Pero gracias a la justificación la ira de Dios no se enciende contra sus hijos, pues hemos sido salvados por gracia y para siempre. No obstante, hemos de temer el castigo de Dios en esta tierra, cuando como hijos desobedientes somos castigados y azotados por el Padre que nos adoptó como hijos.

    La Biblia asegura que Dios está airado contra el impío todos los días, que matará al malo la maldad, pero que el Señor conoce a los que son suyos. Mucho pueblo de Dios deambula por las calles de Babilonia como oveja perdida. A ese pueblo Jesucristo le ha dicho que salga de allí, que él buscará a sus ovejas hasta tenerlas todas en su redil. Nos toca a nosotros como aquellos que seguimos al buen pastor, anunciarles el camino de fuga, el sendero de paz al cual sus otras ovejas han sido destinadas. Por eso predicamos el evangelio de Cristo, sin palabras adulteradas sino con la semilla incorruptible de la verdad.

    El Espíritu Santo nos imparte la gracia y nos capacita para el ejercicio de las buenas obras en las cuales hemos de andar día a día. Por la justificación nos sabemos perdonados en forma total, solamente tenemos que confesar nuestros pecados diarios para recibir el perdón de Dios y evitar el castigo disciplinario al que pudiéramos ser sometidos si continuamos con los actos pecaminosos como si fuese un hábito. La santificación subyuga el pecado pero éste, como un animal herido, intenta levantarse para agredirnos. Ello nos demuestra que la santificación exige una capacitación y un alerta de nuestra parte, para huir de las tentaciones y de los pecados que el mundo nos ofrece como si fuesen sus mejores mercancías.

    En una de las listas dadas por el apóstol Pablo, acerca de los pecados que generan manchas sucias en los creyentes, se nos aclara que ya fuimos limpiados de ellas. Los practicantes de esas obras carnales no heredarán el reino de Dios, pero muchos creyentes fuimos en otro tiempo participantes de todas esas faltas o tal vez de algunas de ellas. El mismo apóstol participó en el asesinato de Esteban, cuando siendo Saulo de Tarso perseguía a los creyentes y los maltrataba. Al menos él sostuvo sus vestiduras mientras era apedreado; pero él fue perdonado absolutamente, por lo que nos da la advertencia contra esas malas acciones.

    Por Jesucristo hemos sido hechos por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; esto para gloriarnos en el Señor (1 Corintios 1:30). Santificar refiere en su étimo a separar, dándonos a entender con ello que estamos separados del mundo. Pero Juan da la advertencia de lo que hay en el mundo: los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida (1 Juan 2:16). Los deseos de la carne nos impulsa hacia las impurezas, los pensamientos libidinosos, el apetito por las palabras corrompidas, las acciones concretas de la carnalidad, la fornicación, el adulterio, las violaciones sexuales, el incesto y la sodomía apenas son una muestra de lo que el apóstol quiso indicar. Esta breve cantidad conforma parte del menú preparado por Satanás en su principado del mundo, porque todo eso deshonra al ser humano y provoca la ira del cielo.

    El deseo de los ojos sale como menú alternativo o combinado, pero siempre una opción para el hombre que camina según la carne y para el creyente carnal: desear lo que no nos pertenece, pasión por lo ilegal, miradas lascivas, ojos llenos de adulterio -como caballos que relinchan así cada quien lo hace por la mujer de su prójimo. Esos deseos lastiman a otros que son objetos de nuestra envidia carnal y objetos de nuestros actos malévolos (no en vano la palabra envidia tiene que ver con el mirar dentro del otro para desear algo que le pertenece). El ojo humano no se satisface de ver, dice Eclesiastés 1:8. Ya el salmista lo sabía por cuenta propia, por lo que escribió en su súplica: Aparta mis ojos, que no vean la vanidad (Salmo 119:37).

    El orgullo de la vida o su vanidad refiere a la ambición de recibir honras por ser el sobresaliente en todos los escenarios posibles. Incluso en el ámbito religioso ese mal ataca ferozmente, como les sucedió a los antiguos escribas y fariseos, que amaban el primer lugar en las sinagogas. Vivir en la lujuria (un deseo sexual exacerbado) y vivir en la pomposidad de la sociedad, en forma suntuosa (en el lujo extremo que no sacia) para ser admirados por los otros, o para ser reconocidos como poseedores de muchos bienes económicos, intelectuales o espirituales forma parte de esa vanidad que sería el otro menú servido por el principado de este mundo. El comercio en general participa y estimula este mal para el alma, al tratar de decirnos que conviene poseer algo que sea llamativo, de mucho orgullo y valor de admiración.

    Bien, si hemos sido perdonados debemos sentirnos felices por tal justificación, de acuerdo a lo que Pablo refiere sobre David: Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado (Salmo 4:8). Pero el apóstol nos acaba de decir en Romanos 3:24-25 que a pesar de haber sido destituidos de la gloria de Dios por causa del pecado anterior, los creyentes hemos sido justificados GRATUITAMENTE por la gracia de Dios, mediante la redención que es en Cristo Jesús. Y es que Dios es un Dios justo que justifica al impío, pero lo hace en aquel que es de la fe de Jesús. De esa manera no existe jactancia alguna en ningún creyente, porque sabe que sus obras no ayudaron en nada en esta justificación divina, ya que todo su cambio de corazón fue hecho por el Señor que le dio, incluso, la ley de la fe: Por gracia sois salvos, por medio de la fe; y esto es un don (regalo) de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:8-9).

    Si hemos sido justificados, conviene seguir el sendero de la santificación, bajo la advertencia del apóstol Pablo: El que está firme, mire que no caiga. No pudimos hacer nada en favor de nuestra justificación, pero sí que podemos batallar en nuestros miembros para someter la carne al Espíritu. Es nuestra lucha diaria, para lo cual tenemos tres armas super poderosas: la oración, la palabra de Dios y el Espíritu Santo que mora en nosotros como garantía de nuestra redención final. No entristezcamos al Espíritu, más bien procuremos separarnos cada vez más del mundo y sus deleites. Ese mundo está condenado a pasar y perecer, pero el que hace la voluntad de Dios está destinado a permanecer para siempre.

    César Paredes

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  • EL QUE NO RECIBE MIS PALABRAS

    Recibir las palabras del evangelio como verdad, como la palabra de Dios y no la de los hombres, resulta motivo de agradecimiento. Hay quien no recibe la palabra de Jesucristo, pero ese tendrá quien le juzgue: la palabra que el Señor ha hablado, la que le juzgará en el día final (Juan 12:48). El acto de recibir la palabra como proveniente de Dios hace que ella actúe para creer (1 Tesalonicenses 2:13).

    Algunos señalan que la Biblia posee contradicciones, que ella no es del todo inspirada por Dios sino en apenas algunas partes. ¿Qué se puede hacer con esa persona que niega la verdad de que toda la Escritura es inspirada por Dios? El tal hay que tenerlo como un no creyente, una persona que no ha sido regenerada. El Espíritu que regenera nos habita, nos enseña y nos lleva a toda verdad, por lo que no nos deja nunca en la ignorancia de Dios. Mucho menos nos dejará con un corazón de contradicción con lo que el Señor declaró.

    Nadie puede creer si recibe gloria de los hombres, si no busca la gloria que viene del Dios único (Juan 5:44). Mucha gente consulta a los muertos por los vivos, cuando invocan a un dios que no puede salvar. Esos son de los que tuercen la doctrina de Cristo y procuran confeccionarse un Jesús a su medida. La palabra de Dios les parece dura de oír, así que se retiran con murmuraciones y se van en pos de los pastores y maestros encantadores y adivinos. Esperan profecías de ellos, viven en la susurra, su comezón de oír palabras blandas los inclinan ante los fabuladores de la religión.

    No reciben la palabra de Dios los que tampoco responden a sus abundantes misericordias. Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación (Santiago 1:17). ¿Cómo puede llegarles un don perfecto a quien no ha sido justificado para amistarse con Dios? Por ejemplo, algunos israelitas se fueron tras el becerro de oro, tras haber recibido semejante favor divino de ser liberados de la esclavitud en Egipto. Su falta de gratitud los condujo a desconocer la provisión de Dios en su caminar diario.

    El creyente que ha recibido las palabras de Cristo ha de alabar a Dios porque Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos. Somos su pueblo, ovejas de su prado, no somos producto del azar o de una evolución programada en la creación. La queja y las murmuraciones, el lamento por las circunstancias nos apartan del foco de la bondad de Dios. El que cree a las palabras de Cristo cree por igual en su soberanía absoluta.

    Pablo nos lo dijo: Haced todo sin murmuraciones ni contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa (Filipenses 2: 14-15). Dios ejerce un trabajo de santificación en nuestras vidas, por lo tanto demostremos reverencia aún en medio de la prueba. El impío desconoce que Dios hace llover sobre justos e injustos, que la vida se la dio el Creador y que su alma vale más que el mundo entero. Por esa razón se comporta como los animales en el bosque, en el campo, al dar rienda suelta a sus instintos antes que seguir el mandato de su conciencia, donde la ley de Dios mora de alguna manera.

    Los creyentes hemos de cultivar un espíritu de gratitud que reconozca la providencia de Dios en todas las cosas. El Dios soberano del que dan cuenta las Escrituras ha hecho todas las cosas para sí mismo, aún al malo para el día malo. Si el creyente lee la Biblia debe comprender que aún lo malo que acontece en la ciudad Jehová lo ha hecho (Amós 3:6). Cuando comprenda la dimensión de la soberanía de Dios dejará su impertinencia y abandonará la zozobra para meditar en la grandeza de las cualidades del Dios Omnipotente. La gratitud la puede expresar el creyente por medio de la oración, de las alabanzas, de la obediencia a los mandatos de su palabra, en el acto de dar testimonio a otros, al exhibir nuestra vida transformada por el poder del evangelio.

    La parábola del sembrador ilustra bastante bien a los que reciben y a los que no reciben la palabra. Si bien se habla de oír, el oír sin cuidado equivale a no recibir. Por eso el Señor habló del que oye la palabra del reino y no la entiende (es como el que no la puede recibir); a esa persona el maligno le arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Otros oyen la palabra y la reciben con gozo, pero como una planta sembrada que no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, tropieza cuando viene la aflicción o la persecución por causa de la palabra. Existe otro tipo de personas que oye la palabra, a quien el afán de este mundo y el engaño de las riquezas la ahogan. Por esa razón, aquella palabra aparentemente recibida resulta infructuosa.

    Solamente el de la buena tierra oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno. Ese será agradecido con Dios, porque ese terreno de su corazón fue modificado: recibió un corazón de carne y un espíritu nuevo para amar el andar en los estatutos del Señor. El hombre natural no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios porque le parece que son una locura. Por esa razón no hablamos de salvación por medio de la doctrina, ya que nadie sería salvo en su estado natural, al rechazar lo que no comprende.

    Urge el nuevo nacimiento, como le dijo Jesús a Nicodemo. ¿Quién puede nacer de nuevo? Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios, por cuya razón Él se ha reservado un pueblo que lo alabará por su misericordia. Ese pueblo fue el objeto de la muerte de Jesucristo (Mateo 1:21), se denomina los hijos que Dios me dio (Hebreos 2:13; Isaías 8:18), es igualmente el mundo amado por el Padre por el cual Jesucristo agradeció e intercedió la noche previa a su crucifixión.

    Nosotros sabemos que las ovejas creerán, como ya hay muchas que han creído; pero al no distinguirlas mientras deambulan perdidas, predicamos este evangelio a toda criatura para alcanzarlas. El que creyere sabrá que ha sido amado por el Padre con amor eterno, el Espíritu Santo morará con él hasta la redención final, será guiado a toda verdad y nunca más se irá tras el extraño (Juan 10:1-5).

    Aquellos que no reciben las palabras de Cristo tienen un peso como una espada sobre sus cabezas: la ira de Dios revelada desde el cielo, contra todas sus impiedades e injusticias, al detener con maldad la verdad. Así que no dándole gracias a Dios se han envanecido en sus razonamientos, por lo cual Dios los entrega a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, hasta deshonrar sus propios cuerpos (Romanos 1). Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo.

    César Paredes

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  • REGOCIJAOS EN EL SEÑOR (FILIPENSES 4:4)

    Siempre existen razones para regocijarse en el Señor, aunque sea en algún tiempo de aflicción, estrés o penuria, en todo momento hemos de gozarnos de su presencia. El hecho de que nuestra muerte constituye en principio el pasaje de esta vida a la presencia de Cristo, ha de alentarnos porque eso resulta en algo muchísimo mejor. Partir y estar con Cristo, el que él reciba nuestro espíritu resulta una esperanza para cada creyente, nos gozaremos de su presencia y poco importa que nuestro cuerpo vaya a la tierra y se convierta en polvo. Llegará el momento en que tendremos un cuerpo transformado -con la resurrección- pero al morir no quedaremos inconscientes, sino presentes con el gozo de estar frente al Señor.

    Saber que hemos recibido su perdón y justificación, a pesar de nuestra maldad insoportable, debe inspirar cierta alegría. Esa felicidad importa mucho en cada creyente, nos conforta a todos los que participamos de esa gracia al mismo tiempo que honramos a Cristo. El gozo de un niño al recibir un regalo deseado pero inesperado honra a quien se lo da, lo colma de satisfacción. Nosotros somos aquellos hijos que Dios le dio a Cristo, por lo tanto honramos su presencia con nuestra alegría.

    Por nada estemos afanosos para que manifestemos nuestra confianza en el Dios que provee. El apóstol quiso colocar una contraposición al afán: la oración y la suplicación. Si hacemos esto último no caeremos en el afán; tal vez ese mandato de no estar afanosos no podría cumplirse si no nos dedicamos a orar y a suplicar. Pero esa súplica quedaría a medias, si solo fuese una descarga emocional como quien habla con un terapeuta. Urge la fe para que demos gracias por aquello que hemos pedido, así como por las cosas que ya hemos recibido.

    De igual forma, cuando se nos exige requerirle a Dios suplir nuestras carencias se siente implícito que no lo hagamos ante los hombres. Dios conoce de antemano todas las cosas, aún antes de que digamos una palabra la sabe ya. Pero ha querido que oremos en todo tiempo, con acciones de gracias y con súplicas, porque eso lo honra a Él como el dador de todo. Además, la actividad de la oración nos fragua el alma, nos humilla ante su presencia, nos brinda la certeza de la respuesta.

    Siempre resulta grandioso recordar en su presencia todo aquello que Él nos ha provisto hasta ahora. Como dice un texto de la Escritura: Hasta aquí nos ayudó Jehová (1 Samuel 7:12). El profeta llamó Ebenezer a un lugar determinado, que significa roca de esperanza, para memoria de la ayuda de Jehová en la lucha contra los enemigos. El creyente puede afianzarse en esas palabras como estímulo de lo que seguirá de parte del Señor. Si el Señor nos ayudó hasta aquí, nos seguirá ayudando aún más adelante.

    La alegría del creyente lo mueve en el solaz del corazón, bajo la complacencia del Espíritu que Dios nos ha dado, anunciando un bien mejor para nuestra vida. Si miramos a la tierra junto a sus moradores, la maldad nos desanima; en realidad veremos gigantes que nos acechan y nos veremos como diminutas langostas. Entonces se contaminará nuestra alma y sembraremos pánico en quienes nos rodean. Pero si la mira va hacia las cosas de arriba, hacia los cielos, veremos la certitud que de allá emana. Todo resulta estable en los atrios del Todopoderoso, Él mismo se define como un Sí y un Amén. Él es el Dios de nuestra salvación, pero no solo la eterna sino la del día a día. El Dios que es, Jehová, el que existe por sí solo, el que hace todas las cosas posibles; solo meditar en su nombre nos debe rendir la suficiencia de tranquilidad por cuanto da vida al pacto de paz hecho con la sangre de Jesucristo. Ese es también un convenio de gracia, ejercido y mantenido en razón de su soberanía absoluta por la que ordena cada cosa que acontece.

    La soberanía del Señor sirve como fundamento de su relación con sus criaturas. Ella nos define su carácter, la regla que rige todas las cosas, desde lo macro hasta el más mínimo detalle. Nuestras vidas cobran sentido cuando razonamos y valoramos que cada instante ha sido previsto, así como cada persona que se cruza en nuestras líneas de camino o de tiempo. Esto forma parte de la profundidad de las riquezas y de la sabiduría de Dios, de lo inescrutable de sus caminos. Jehová reinará eternamente y para siempre (Éxodo 15:18).

    Hemos tenido herencia en Cristo, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad (Efesios 1:11). Y si nada ocurre fuera de su decreto divino, diremos con Jeremías: ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3:37-38). Nos regocijamos siempre porque aún las acciones de los malvados cumplen el mandato de la soberanía de Dios: La ira del hombre alabará al Señor, el Señor reprimirá el resto de las iras…todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo, aun al impío para el día malo…Ciro cumplirá todo lo que yo quiero…¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Salmo 76:10; Proverbios 16:4; Isaías 44:28; Amós 3:6).

    Nadie debería objetar los soberanos actos del Señor, el que gobierna toda la tierra. Sin embargo, los que lo objetan son comparados con ollas de barro, tal vez vasos de ira preparados para juicio y destrucción. Los que lo señalan de injusticia, deberían mirarse en un espejo y ver su calamidad y sus pecados que lo arropan. Nadie podrá permanecer de pie en su presencia, solamente los redimidos le honrarán con sus alabanzas. Dios sigue airado contra el impío todos los días, aún la ofrenda del perverso resulta en una abominación, pero la oración del justo le complace. Somos justos porque Dios nos justificó en el Hijo, nos impartió su justicia cuando él tomó nuestros pecados al representarnos en la cruz. El mundo no fue representado en la cruz, ya que el Señor no rogó por el mundo (Juan 17:9), solo el otro mundo, el amado por el Padre (Juan 3:16) el cual constituye el conjunto de sus elegidos.

    Esto acá dicho será motivo suficiente para nuestro regocijo en el Señor. Los malignos serán pronto cortados como la hierba verde que se seca, sus rostros serán menospreciados por el Señor. La prosperidad del impío que ni siquiera tiene congojas por su muerte nos asombra, pero en el Santuario del Señor comprendemos su fin. Están puestos en deslizaderos, se les ha enviado el espíritu de estupor, caerán en sus propios lazos y veremos su recompensa. Eso también constituye motivo de gozo ante el Señor. Dejemos los lamentos piadosos inútiles, alegrémonos por la justicia de Jehová, por lo que le hace al impío y por lo que le ha reservado; no nos gocemos en sus sufrimientos pero sí en la justicia que el Señor hace y seguirá haciendo.

    No contendamos contra Jehová, porque Él no da cuenta de ninguna de sus acciones (Job 33:13). Nadie puede resistirse a la voluntad de Dios, así que cuando vea que el impío se levanta para dañarnos, también él fue enviado por Jehová; pero su éxito dependerá de la voluntad del Señor quien protege a sus hijos. Así que no temeremos porque en ese actuar del hombre de impiedad habrá un propósito que Dios nos confirmará. A lo mejor una mala acción contra los hijos del Señor servirá para que busquemos una salida también programada por el Todopoderoso. No somos sino vasos de barro en manos del alfarero, pero regocijémonos en que somos vasos de honra para alabanza de su misericordia.

    César Paredes

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  • ESFUERZOS PERSONALES

    Reconozcamos la inhabilidad del hombre para obtener salvación, sin que importe la cantidad de esfuerzo personal que procure. El propósito de Dios para su pueblo consiste en rescatar al ser humano de su culpa y de su esclavitud al pecado. Jesús es la vid y nosotros los pámpanos, por lo tanto llevaremos mucho fruto; separados de él nada podemos hacer (Juan 15:5). Por esa razón, nuestras acciones y esfuerzos (renunciación al mundo y dedicación a Dios) no garantizan la aceptación divina. Urge algo más que la tarea personal, lo que ha sido dado en la Escritura.

    Jesucristo vino como el Mediador entre Dios y los hombres (la verdadera vid). Nadie cumplió la ley en su totalidad, por lo tanto nadie fue justificado por medio de la ley. Aquellas personas que comprendieron que sus sacrificios se hacían como sombra de lo que había de venir, cubrieron sus pecados con justicia. Los que se dedicaron al ritual ordenado por la ley, sin mirar en lo que apuntaba, quedaron fuera de toda justicia. Nosotros nos apoyamos en el sacrificio de Cristo por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), por lo cual gozamos de la gracia. Esa gracia es la misma de la cual gozó Moisés, de la que gozaron Elías y Eliseo, Josué, Ezequiel, Daniel, Jeremías, Isaías y muchas otras personas.

    Jesucristo vino a morir por su pueblo, a entregar su vida por las ovejas y no por las cabras. De hecho no murió por el mundo por el cual no rogó (Juan 17:9) sino por el mundo amado por su Padre (Juan 3:16; Juan 17:20). En ese sentido podemos decir con Pablo que hemos sido salvos por gracia, por medio de la fe; que esta salvación, gracia y fe no depende de nosotros sino que nos vino como regalo de Dios. En síntesis, esas tres maravillas (la salvación, la gracia y la fe) no pueden jamás ser o parecer un resultado de obras nuestras, no vaya a ser que alguien se gloríe (Efesios 2:8-9).

    Pero esa salvación no nos puede conducir a lo que se ha conocido como el antinomianismo (contra la ley), como si los preceptos bíblicos nos parecieran irrelevantes para nosotros. De hecho Cristo no vino a abolir la ley sino a cumplirla. Los que practican las obras de la carne no heredarán el reino de los cielos; los mentirosos, los adúlteros y hechiceros, y un gran etcétera de malhechores, irán al fuego del infierno. Entonces no podemos decir que el antinomianismo nos viene de regalo divino por causa de la gracia conferida. No podemos descuidarnos con el pecado, más bien hemos de procurar matar las obras de la carne.

    Las consecuencias del pecado son pavorosas, pero la ira de Dios contra la injusticia se ve más terrible. Incluso se ha escrito que los hijos de desobediencia reciben esa ira, que el Señor a quien ama castiga y azota a todo el que tiene por hijo. ¿Vamos entonces a entregarnos al relajo moral por causa de asumir el antinomianismo? En ninguna manera, sin apegarnos a la letra de la ley (lo cual sería legalismo indebido) tenemos que procurar su espíritu y aferrarnos al mandato de Jesucristo. Él dijo que si le amábamos guardaríamos sus mandamientos.

    El Espíritu Santo opera en nosotros la regeneración, la justificación y la santificación. La justificación implica la aceptación de Dios hacia nosotros, la ruptura de la enemistad, pero la santificación trabaja en la separación del mundo y sus deseos. Pablo escribió acerca de los injustos que no heredarán el reino de Dios, para lo cual hace una breve enumeración de ellos: Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios (1 Corintios 6:9-10). Esos no son todos, porque en otra carta refiere a los que practican las obras de la carne y surgen otras categorías de pecadores, a los cuales se les agrega un gran etcétera bajo la expresión: y cosas semejantes a éstas.

    El trabajo del Espíritu Santo en la regeneración conduce al abandono de la práctica del pecado, a la conciencia de lo horrible de la infracción ante el Creador. Dios no hace acepción de personas, así que se cumple lo que dijo Jesucristo: No vine a buscar sanos sino enfermos. Es decir, Pablo continúa en la carta antes mencionada diciéndonos que bajo esa lista del oprobio estuvieron algunos de los nuevos creyentes. Y eso erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios (1 Corintios 6:11).

    Una maravilla resulta la conversión, la transformación operada en el nuevo nacimiento que hace el Espíritu Santo en los elegidos del Padre, una vez que oyen el llamamiento eficaz. Esa actividad exclusivamente divina nos demuestra la muerte espiritual de Adán y de sus herederos; como ya se ha dicho en la Escritura, en Adán todos mueren, pero en Cristo todos viven. ¿Y quiénes viven si el infierno recibe a diario a mucha gente? Viven aquellos que él representó en la cruz (su pueblo), los elegidos del Padre por el puro beneplácito de su voluntad (Efesios 1:11), las ovejas del buen pastor (Juan 10:26; 1-5).

    Los legalistas intentan operar el nuevo nacimiento por su propia cuenta, con el énfasis religioso y con la imitación a los verdaderos creyentes. Asumen códigos morales que provocarían la mirada de Dios, pero nada de eso acontece. No por obras, para que nadie se gloríe, grita la Biblia a voces. Los frutos vienen como consecuencia de estar arraigados en la vid verdadera. El fruto del corazón se demuestra por la confesión hecha en la boca del árbol bueno (o del árbol malo que dará un fruto malo). El verdadero evangelio que proviene de la doctrina de Jesucristo, se muestra como el fruto inequívoco del creyente nacido de nuevo. Jamás confesará un falso evangelio que pertenece al extraño (Juan 10:1-5).

    Cristo devino en sabiduría de Dios para nosotros, en la justicia, santificación y redención, como para que nos jactemos solamente en el Señor (1 Corintios 1:30-31). Busquemos la sabiduría de Dios, no la humana de la que el mundo se jacta. El principio de la sabiduría es el temor al Señor, reconozcamos que la salvación pertenece a Jehová. Inclinémonos con humildad ante su trono excelso y supliquemos su misericordia que no se agota. Cercano está el Señor a los quebrantados de espíritu, no dejará para siempre caído al justo. Justificados por la fe tenemos paz para con Dios; si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón.

    En la medida en que el individuo examina el Evangelio de la Biblia reconocerá su diferencia con las innumerables imitaciones propuestas por los maestros de mentiras. Hemos de reconocernos incapaces como seres humanos caídos, para poder acercarnos a Dios, a no ser que el Espíritu Santo opere en nosotros el nacimiento de lo alto. Nadie puede venir a Cristo si el Padre no lo envía; todo lo que el Padre le da al Hijo vendrá a él y no será echado fuera. Los que predican algo contrario a este evangelio, caminan por un sendero que parece de bien pero cuyo final es de muerte.

    César Paredes

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  • LAS SERPIENTES EGIPCIAS

    Moisés y Aarón frente al Faraón dieron la señal que Dios les indicó, por medio de una vara que se convirtió en serpiente. El enemigo de su pueblo tenía a unos hechiceros o magos que lograron convertir palos en serpientes, pero el reptil del libertador que Dios había enviado para sacar a su pueblo de Egipto venció a todas. Esa clara muestra de prevalencia de poder se convirtió en un relato para nuestro beneficio. Existe un ligamen entre ese acto sucedido miles de años atrás y nuestra fe dada por Jesucristo.

    En Éxodo 7:12 leemos que cada uno echó su vara, las cuales se volvieron culebras; mas la vara de Aarón devoró las varas de ellos. Por supuesto, el fracaso de los magos egipcios enfureció al Faraón hasta que su corazón quedó más duro que una roca, como Jehová lo había dicho. El Dios de la providencia en acción puede ser otra forma de narrar el acontecimiento mencionado; todas las cosas ayudan a bien a los que son llamados conforme al propósito de Dios. El poder del Señor nos hace erguir con temor reverente, hasta que nuestra alma entera se ocupe de esos asuntos de la grandeza divina. Por ese camino nuestra fe crece, como cuando se demostró frente a Goliat en aquel pequeño David.

    Ya David había luchado con leones y osos, había sido liberado de sus colmillos y garras; esos actos personales contra aquellas fieras estuvieron también dirigidos por Jehová. Poco importaba si el pastor de ovejas en aquel entonces había sido ungido o no, lo cierto es que nuestro Dios está en todo lo que nos acontece. Aún antes de haber sido llamados de las tinieblas a la luz, su amor eterno por los elegidos nos sostuvo de alguna manera, a pesar de que estábamos bajo su ira lo mismo que los demás. En la cruz de Cristo se demuestra, cuando el Padre se apartó y lo abandonó por unos momentos mientras le reflejaba su ira por el pecado que cargaba a cuestas. Nadie podrá decir sin locura que Dios dejó de amar a su Hijo.

    Jeremías recibió del Señor una frase que nosotros heredamos: Con amor eterno te he amado, por lo tanto te prolongué mi misericordia (Jeremías 31:3). Cuando el creyente se ocupa con su alma entera en el temor de Jehová, no queda espacio para el temor ante el hombre. Por eso se ha dicho que resulta preferible estar de rodillas ante Dios y no ante los hombres; de la misma forma se escribió que será maldito todo el que confía en el hombre, el que pone su confianza en la fuerza humana, mientras su corazón se aparta de Jehová. Ese no verá cuando viene el bien, sino que morará en sequedales en el desierto (Jeremías 17: 5-6).

    David y Moisés confiaron en Jehová, fueron benditos como árboles plantados junto a las aguas, echando sus raíces junto a hojas verdes. Siempre dieron fruto, aún en los años de sequía. Si tememos a Dios no tenemos por qué temer a los hombres ni a las circunstancias, pero si no tememos al Señor nadie nos podrá ayudar. Parece ser que el hombre de maldad se apropia de las palabras de la serpiente en el Edén, que seríamos como dioses. El inicuo anhela y trabaja para convertirse en un dios de sus semejantes; de esta manera los que temen a los hombres siguen como ciegos al guía que los lleva al abismo.

    Por muchos lados de las Escrituras sabemos que hasta que los ojos de los hombres no sean abiertos, ellos verán solamente enemigos a su alrededor. Cuando Jehová abre los ojos de sus elegidos, llegan a ver la providencia divina que sobreabunda: Dios con sus atributos. Incluso algunos llegaron a ver ángeles y fueron visitados por ellos. Es entonces que vemos que hay más de nuestro lado que en contra nuestra. Porque el Señor hace estar en paz con nosotros a nuestros enemigos, pero solamente cuando nuestros caminos sean agradables a Jehová (Proverbios 16:7). Antes de entregarnos al pecado deberíamos pensar en cuántas cosas amables podemos perder en un solo momento por carencia de cordura.

    Algunos escritores han hablado del ojo de la fe, como una metáfora que nos conforta. Si un niño se encuentra solo puede temer ante un peligro inminente, pero si está con sus padres o amigos su actitud será de mayor coraje. Nos sucede algo parecido, cuando miramos con los ojos de la fe y nos percatamos de que el Señor está con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. Él nos ha dicho que no temamos, porque al Padre le ha placido darnos el reino. Nos ha revelado en las Escritura que él es el autor y consumador de la fe, que aunque fuere como un grano de mostaza su tamaño será suficiente para mover montañas.

    Por medio de la fe el espíritu de Cristo Jesús se hace sentir en nuestras almas. En realidad él es el león de la tribu de Judá (Apocalipsis 5:5), el de mayor coraje y que no teme a nada. Cada creyente tiene su participación en ese espíritu de león feroz invencible, por lo tanto podemos recordar las Escrituras que señalan que Dios no nos ha dado espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. El Espíritu de Jehová está en Cristo ungiéndole, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová (Isaías 11:2). Pero además, la Escritura señala lo que el Señor declaró: que toda potestad le había sido entregada, tanto en el cielo como en la tierra. Entonces, podemos decir con certeza junto al salmista: Jehová está conmigo; no temeré lo que me pueda hacer el hombre. Jehová está conmigo entre los que me ayudan; por tanto, yo veré mi deseo en los que me aborrecen (Salmos 118: 6-7).

    Las serpientes de los magos egipcios sirvieron para honrar el poder del Faraón por unos instantes, para halagar la habilidad de los serviles hombres de Satanás, pero también fueron objetos importantes para exhibir la grandeza del poder divino. Ese suceso nos enseña que aunque el enemigo se muestre numeroso (porque los magos hicieron de sus varas muchas serpientes), basta una sola vara para que la obra de Satanás sucumba. Esa es la vara del varón que regirá con vara de hierro a las naciones, del Hijo de Dios que se mostró por medio de Moisés ante aquel vasto imperio humano.

    Moisés no mostró ningún temor ante el milagro de su enemigos, ante el número de los ofidios lanzados en frente de él. Su ojo no estuvo enfocado en la grandeza de los que no temen a Jehová, como harían aquellos 10 espías que te llenaron de temor. Su enfoque se centró en la promesa de Jehová cuando le encomendó esa misión. Fijémonos en que no hay nadie más miserable y timorato que aquel que confía en sus carros y caballos, el que anda con armas de fuego escondidas en sus ropas para salir al paso gritándole a cualquiera. Una persona de esta característica vive una existencia de temor, de lamento y temblor. Pero el creyente que echa mano de su fe, como lo hizo David frente al gigante, sabe que está en la presencia de Jehová. Su ansiedad se disipa, su incertidumbre desaparece porque conoce que todo momento y circunstancia de su vida ha sido predestinado desde antes de la fundación del mundo.

    César Paredes

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  • LAS SERPIENTES EGIPCIAS

    Moisés y Aarón frente al Faraón dieron la señal que Dios les indicó, por medio de una vara que se convirtió en serpiente. El enemigo de su pueblo tenía a unos hechiceros o magos que lograron convertir palos en serpientes, pero el reptil del libertador que Dios había enviado para sacar a su pueblo de Egipto venció a todas. Esa clara muestra de prevalencia de poder se convirtió en un relato para nuestro beneficio. Existe un ligamen entre ese acto sucedido miles de años atrás y nuestra fe dada por Jesucristo.

    En Éxodo 7:12 leemos que cada uno echó su vara, las cuales se volvieron culebras; mas la vara de Aarón devoró las varas de ellos. Por supuesto, el fracaso de los magos egipcios enfureció al Faraón hasta que su corazón quedó más duro que una roca, como Jehová lo había dicho. El Dios de la providencia en acción puede ser otra forma de narrar el acontecimiento mencionado; todas las cosas ayudan a bien a los que son llamados conforme al propósito de Dios. El poder del Señor nos hace erguir con temor reverente, hasta que nuestra alma entera se ocupe de esos asuntos de la grandeza divina. Por ese camino nuestra fe crece, como cuando se demostró frente a Goliat en aquel pequeño David.

    Ya David había luchado con leones y osos, había sido liberado de sus colmillos y garras; esos actos personales contra aquellas fieras estuvieron también dirigidos por Jehová. Poco importaba si el pastor de ovejas en aquel entonces había sido ungido o no, lo cierto es que nuestro Dios está en todo lo que nos acontece. Aún antes de haber sido llamados de las tinieblas a la luz, su amor eterno por los elegidos nos sostuvo de alguna manera, a pesar de que estábamos bajo su ira lo mismo que los demás. En la cruz de Cristo se demuestra, cuando el Padre se apartó y lo abandonó por unos momentos mientras le reflejaba su ira por el pecado que cargaba a cuestas. Nadie podrá decir sin locura que Dios dejó de amar a su Hijo.

    Jeremías recibió del Señor una frase que nosotros heredamos: Con amor eterno te he amado, por lo tanto te prolongué mi misericordia (Jeremías 31:3). Cuando el creyente se ocupa con su alma entera en el temor de Jehová, no queda espacio para el temor ante el hombre. Por eso se ha dicho que resulta preferible estar de rodillas ante Dios y no ante los hombres; de la misma forma se escribió que será maldito todo el que confía en el hombre, el que pone su confianza en la fuerza humana, mientras su corazón se aparta de Jehová. Ese no verá cuando viene el bien, sino que morará en sequedales en el desierto (Jeremías 17: 5-6).

    David y Moisés confiaron en Jehová, fueron benditos como árboles plantados junto a las aguas, echando sus raíces junto a hojas verdes. Siempre dieron fruto, aún en los años de sequía. Si tememos a Dios no tenemos por qué temer a los hombres ni a las circunstancias, pero si no tememos al Señor nadie nos podrá ayudar. Parece ser que el hombre de maldad se apropia de las palabras de la serpiente en el Edén, que seríamos como dioses. El inicuo anhela y trabaja para convertirse en un dios de sus semejantes; de esta manera los que temen a los hombres siguen como ciegos al guía que los lleva al abismo.

    Por muchos lados de las Escrituras sabemos que hasta que los ojos de los hombres no sean abiertos, ellos verán solamente enemigos a su alrededor. Cuando Jehová abre los ojos de sus elegidos, llegan a ver la providencia divina que sobreabunda: Dios con sus atributos. Incluso algunos llegaron a ver ángeles y fueron visitados por ellos. Es entonces que vemos que hay más de nuestro lado que en contra nuestra. Porque el Señor hace estar en paz con nosotros a nuestros enemigos, pero solamente cuando nuestros caminos sean agradables a Jehová (Proverbios 16:7). Antes de entregarnos al pecado deberíamos pensar en cuántas cosas amables podemos perder en un solo momento por carencia de cordura.

    Algunos escritores han hablado del ojo de la fe, como una metáfora que nos conforta. Si un niño se encuentra solo puede temer ante un peligro inminente, pero si está con sus padres o amigos su actitud será de mayor coraje. Nos sucede algo parecido, cuando miramos con los ojos de la fe y nos percatamos de que el Señor está con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. Él nos ha dicho que no temamos, porque al Padre le ha placido darnos el reino. Nos ha revelado en las Escritura que él es el autor y consumador de la fe, que aunque fuere como un grano de mostaza su tamaño será suficiente para mover montañas.

    Por medio de la fe el espíritu de Cristo Jesús se hace sentir en nuestras almas. En realidad él es el león de la tribu de Judá (Apocalipsis 5:5), el de mayor coraje y que no teme a nada. Cada creyente tiene su participación en ese espíritu de león feroz invencible, por lo tanto podemos recordar las Escrituras que señalan que Dios no nos ha dado espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. El Espíritu de Jehová está en Cristo ungiéndole, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová (Isaías 11:2). Pero además, la Escritura señala lo que el Señor declaró: que toda potestad le había sido entregada, tanto en el cielo como en la tierra. Entonces, podemos decir con certeza junto al salmista: Jehová está conmigo; no temeré lo que me pueda hacer el hombre. Jehová está conmigo entre los que me ayudan; por tanto, yo veré mi deseo en los que me aborrecen (Salmos 118: 6-7).

    Las serpientes de los magos egipcios sirvieron para honrar el poder del Faraón por unos instantes, para halagar la habilidad de los serviles hombres de Satanás, pero también fueron objetos importantes para exhibir la grandeza del poder divino. Ese suceso nos enseña que aunque el enemigo se muestre numeroso (porque los magos hicieron de sus varas muchas serpientes), basta una sola vara para que la obra de Satanás sucumba. Esa es la vara del varón que regirá con vara de hierro a las naciones, del Hijo de Dios que se mostró por medio de Moisés ante aquel vasto imperio humano.

    Moisés no mostró ningún temor ante el milagro de su enemigos, ante el número de los ofidios lanzados en frente de él. Su ojo no estuvo enfocado en la grandeza de los que no temen a Jehová, como harían aquellos 10 espías que te llenaron de temor. Su enfoque se centró en la promesa de Jehová cuando le encomendó esa misión. Fijémonos en que no hay nadie más miserable y timorato que aquel que confía en sus carros y caballos, el que anda con armas de fuego escondidas en sus ropas para salir al paso gritándole a cualquiera. Una persona de esta característica vive una existencia de temor, de lamento y temblor. Pero el creyente que echa mano de su fe, como lo hizo David frente al gigante, sabe que está en la presencia de Jehová. Su ansiedad se disipa, su incertidumbre desaparece porque conoce que todo momento y circunstancia de su vida ha sido predestinado desde antes de la fundación del mundo.

    César Paredes

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  • NACIDO DE GRACIA

    Una persona puede poseer un gran conocimiento respecto a la letra de la Escritura, sin que entienda una jota en relación a las doctrinas de la gracia salvadora. La enseñanza respecto a la regeneración fue dada a lo largo del Antiguo Testamento, bajo el parámetro de la circuncisión del corazón, de la actividad de Dios al quitar el corazón de piedra para colocar uno de carne. El espíritu nuevo se daría para que se amara el andar en los estatutos del Señor. Nicodemo representa el ejemplo de lo que decimos, conocía las Escrituras pero no comprendía la gracia que salva.

    Amantes de la letra, los judíos olvidaban el espíritu de la ley de Moisés. De igual forma actúan hoy los religiosos cristianizados cuando memorizan textos fuera de contexto, para su pretexto doctrinal. Abundan los falsos maestros que egresan de seminarios donde la doctrina pasa por una cuestión problemática que separa, por lo cual prefieren darse a las emociones y lo que consideran un cristianismo positivo. De moda se ha puesto la tendencia de la Nueva Era, una importación del Oriente para las iglesias de la modernidad y posmodernidad.

    El orgullo intelectual de algunos que exhiben títulos académicos en materia religiosa, no les deja ver el árbol en medio del bosque. Unos se gradúan en Divinidad y se llaman Divinos, mientras a otros se les dice Reverendo (un título de Jehová). El Salmo 111:9 nos lo aclara: …Santo y Reverendo es su nombre (Versión KJ). En contraposición, la Biblia nos dice que Jehová encaminará al humilde por el juicio, y enseñará a los mansos su carrera (Salmo 25:9). En Mateo 23:9 el Señor nos deja una importante lección, diciéndonos que no llamemos padre nuestro a nadie en la tierra, porque uno es nuestro Padre, el que está en los cielos. Nos agrega que no seamos llamados maestros, porque uno es nuestro Maestro, el Cristo (Mateo 23:9-10).

    La ignorancia y el error no pueden sustentarse en el conocimiento del Señor. Nicodemo demostró su errático pensar al suponer que Cristo hablaba de volverse a meter al vientre de la madre para nacer de nuevo. Jesús le respondió que a no ser que se nazca del agua y del Espíritu, no podrá el individuo entrar al reino de Dios. El agua limpia y el Espíritu vivifica; esa agua es tenida por la palabra de Dios, según se demuestra de la misma Escritura. Nadie puede ser superior a la causa que lo origina, de manera que lo que es nacido de la carne (como causa) tendrá la consecuencia de ser carne. En cambio, lo que es nacido del Espíritu (como causa) tendrá la consecuencia de ser espíritu (vivo o vivificado, con el espíritu nuevo del cual hablara Ezequiel).

    El que creyere y fuere bautizado, será salvo; pero el que no creyere será condenado (Marcos 16:16). Fijémonos en que el Señor no dijo que el que no fuere bautizado será condenado, sino solamente el que no creyere. Muchos han sido salvos sin la necesidad u oportunidad de bautizarse con agua; el ladrón en la cruz demuestra un caso. La condenación se fundamenta en el hecho de no creer, no en la falta del bautismo con agua. El Espíritu no está atado al bautismo.

    Cuando Jesús le dice a Nicodemo que debe nacer de agua y del Espíritu, está hablando de dos cosas similares. La limpieza la da el Espíritu por medio de la palabra de Dios, por operación sobrenatural basado en el trabajo de Jesucristo y en la elección del Padre. Aunque Jesucristo no había muerto y resucitado todavía, él era el Cordero Pascual por el cual se sacrificaba en el Antiguo Testamento. Juan el Bautista hablaba sobre el bautismo con agua que él hacía, pero se refería a Jesucristo como el que bautizaría en Espíritu Santo y fuego (Mateo 3:11). Ese Espíritu trabaja refinando todo como lo hace el fuego con lo que encuentra, como el aventador que limpia la era (el campo limpio para trillar los cereales). De esa manera se quita la paja inútil para aprovechar mejor la cosecha.

    Al leer atentamente Isaías 44:3, probaremos a qué se refiere la Biblia con el agua y el Espíritu: Porque yo derramaré aguas sobre el sequedal, y ríos sobre la tierra árida; mi Espíritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos. Ezequiel 36:25 nos lo corrobora: Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. El verso siguiente habla del corazón de piedra y de carne, pero el 27 nos especifica que se nos dará el Espíritu de Jehová, para andar en sus estatutos y para que los pongamos por obra.

    De nuevo Isaías nos dice: En las alturas abriré ríos, y fuentes en medio de los valles; abriré en el desierto estanques de aguas, y manantiales de aguas en tierra seca…para que vean y conozcan, y adviertan y entiendan todos, que la mano de Jehová hace esto, y que el Santo de Israel lo creó (Isaías 41: 18 y 20). El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna (Juan 4:13-14). Resulta evidente que Jesús se refería a un metáfora del agua, no era agua del pozo de la mujer samaritana de lo que hablaba sino de su palabra que nos daría a cada creyente. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva (Juan 7:38). Cual ciervo jadeante en busca del agua, así te busca, oh Dios, todo mi ser (Salmo 42:1). Esposos, amen a sus esposas, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella para hacerla santa. Él la purificó, lavándola con agua mediante la palabra (Efesios 5:25-26).

    Que caiga mi enseñanza como lluvia y desciendan mis palabras como rocío, como aguacero sobre el pasto nuevo, como lluvia abundante sobre plantas tiernas (Deuteronomio 32:2). Este texto del Antiguo Testamento lo ignoraba Nicodemo, de lo contrario hubiese comprendido a qué se refería Jesús sobre el nacer de nuevo. Y es que el Señor nos guía junto a aguas tranquilas (Salmo 23:1-2). Que podamos decir que nuestras almas tienen sed del Señor, para buscarlo intensamente.

    Todos los hombres hemos nacido en carne, pero no todos nacen en gracia. Eso pertenece al Espíritu de Dios y no a la voluntad de varón. En realidad la gracia no se compra ni se adquiere por esfuerzo alguno, de lo contrario sería una obra para que el hombre tuviera de qué gloriarse. Hemos nacido por causa del primer Adán ya caído en el pecado, por lo tanto hemos muerto espiritualmente; necesitamos nacer del segundo Adán (Jesucristo) para poder vivir eternamente. Adán es la figura del que había de venir (Romanos 5:14); el primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo (1 Corintios 15:47).

    El segundo Adán representa a todos los hijos que Dios le dio; él tiene toda la potestad en los cielos y en la tierra, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados por los cuales murió en la cruz. Él derramó su sangre en favor de todo su pueblo (Mateo 1:21), él rogó por todos los que habían de creer por medio de la palabra de los apóstoles (Juan 17:9 y 20). De ese Jesús ya se hablaba en las Escrituras como muchos textos lo confirman. Por ejemplo, dice Proverbios 30:4: ¿Quién subió al cielo, y descendió? ¿Quién encerró los vientos en sus puños? ¿Quién ató las aguas en un paño? ¿Quién afirmó todos los términos de la tierra? ¿Cuál es su nombre, y el nombre de su hijo, si sabes?

    Es el autor de la gracia, es el autor y consumador de la fe; a él debemos honor y gloria, de él depende nuestro existir. Él es el que es, nosotros somos hechura suya. Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2).

    César Paredes

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  • EL EVANGELIO PURO Y SIMPLE

    Entender el evangelio de Jesucristo no lleva mucho tiempo, pasa por comprender una proposición del Creador en relación a Él mismo y a su Hijo, por medio del Espíritu Santo. En el principio Dios creó los cielos y la tierra, anuncia el Génesis; en el principio era el Verbo, escribió Juan. Ese principio presupone un comienzo desde la perspectiva humana, pero no indica que Dios haya tenido un comienzo. La eternidad de la Divinidad pasa como algo incomprensible en el plano de la limitación humana, pero tenemos el tiempo como medida y podemos valorar por éste la inmensidad del término eterno.

    La Biblia pone de manifiesto la pequeñez del hombre frente al universo, cuánto más frente al Hacedor de todo. La más mínima partícula que imaginemos, hemos de concebirla como controlada y ordenada por Dios, para que se cumpla de esa manera todo cuanto ha querido. La voluntad divina se nos muestra suprema, dominante, persuasiva, frente a la voluntad humana quebrantada, dirigida, dominada, pero que se exhibe como queriendo existir por cuenta propia.

    Dios ha querido que la humanidad sienta la libertad que no tiene por causa de ser una criatura, aunque exige responsabilidad a cada uno de nosotros. El hombre, corona de la creación, debe un juicio de rendición de cuentas ante su Hacedor. La Escritura afirma que se ha establecido para los hombres que mueran una sola vez, después de eso viene el juicio. La justicia divina tiene un parangón de elevación muy alta. Por medio de la ley vino el conocimiento del pecado, pero la ley se dio en dos formas: 1) en el corazón, la conciencia o la mente humana; 2) a través de las tablas de Moisés, en forma escrita y precisa.

    La ley no pudo salvar a nadie, se entiende que en ninguna de sus formas (ni en la conciencia ni en la forma de mandatos escritos). Donde abundó la ley abundó el pecado, pero la gracia de Dios creció y se manifestó a la humanidad por medio de Jesucristo. Claro está, dentro del plano de la soberanía divina, esa gracia se manifiesta a los que Dios ha querido manifestarla. Esto lo rechaza la mente humana, siempre irascible contra Dios. El hombre odia a Dios, declara en forma explícita la Escritura; existen los que odian a Dios, dado que la naturaleza humana corrompida continúa en enemistad contra el Creador.

    ¿Cómo puede un Dios justo justificar al impío? Ciertamente no por medio de un indulto sino a través de la aplicación de la justicia. En otros términos, el Hijo de Dios vino para cumplir toda la ley sin quebrantarla en ningún punto. De esa forma se convirtió en la justicia de Dios y en nuestra justificación. Gracias al trabajo de Cristo en la cruz, así como por su vida sin pecado, el Padre nos mira justificados por mediación de la fe en su Hijo. La Biblia asegura que ninguna persona puede venir a Jesucristo si el Padre no lo trae, pero añade que todo lo que el Padre le da al Hijo éste lo resucitará en el día postrero y no será echado fuera jamás.

    También podemos leer en las Escrituras que los creyentes estamos guardados en las manos del HIjo y en las del Padre, el cual es mayor que todos. Ni la muerte, ni la vida, ni lo ancho, ni lo profundo, ni ninguna cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús. En tal sentido se nos declara más que vencedores, poseedores de la mente de Cristo, templo del Espíritu Santo, herederos de la vida eterna. Se nos ha otorgado la promesa de concedernos todo lo que pidamos al Padre en el nombre del Hijo, para nuestra alegría y para la gloria del Señor.

    Hay gente que adora a Dios pero no tiene idea de quién es Él, sino que desconoce su justicia. Ese gran celo mostrado de nada le sirve (Romanos 10:1-4). Una vendedora de púrpura adoraba a Dios, cuando oía a Pablo no fue sino hasta que Dios abrió su corazón que pudo bautizarse (Hechos 16:14). Lázaro salió de la tumba cuando escuchó la orden del Señor, como cualquier ser humano muerto en delitos y pecados que oye la misma voz llamándolo a creer en Jesucristo como el Hijo de Dios, el que se convirtió en nuestra justicia.

    Existe un trabajo interno de conversión del corazón, pero esa actividad compete a Dios mientras sus objetos de cambio permanecemos pasivos. No depende de nosotros, ni de nuestro querer y hacer, sino de la buena voluntad de Dios en quienes Él quiere. Éramos como ovejas descarriadas, pero ahora hemos vuelto al Pastor y Obispo de nuestras almas (1 Pedro 2:25). Me azotaste, y fui castigado como novillo indómito, conviérteme, y seré convertido, porque tú eres Jehová mi Dios (Jeremías 31:18). Pero le sigue a este acto de conversión una actividad externa en la cual nos involucramos activamente: Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíamos en ellas (Colosenses 3:5-7).

    Dios puso enemistad entre la serpiente y la mujer (Eva), y entre la semilla del diablo y la de la mujer (Jesucristo); Él la heriría en la cabeza, pero la serpiente lo heriría en el talón (Génesis 3:15). Desde entonces vivimos en medio de un escenario de batalla espiritual con efectos en la historia humana, con la desolación del pecado heredado por la vía de Adán (porque en Adán todos mueren). En Cristo, en cambio, todos vivimos. Ese todos vivimos va referido a todos aquellos que el Padre amó desde la eternidad para dárselos a su Hijo como herencia.

    El Evangelio procede de una semilla incorruptible, fue dado como promesa a Abraham, por lo cual la Escritura afirma: En Isaac te será llamada la Semilla (la cual es Cristo: Gálatas 3:16). He allí el evangelio puro y simple que se nos ordenó anunciar al mundo. A partir de ese anuncio, todas las ovejas que sean llamadas eficazmente creerán y seguirán al buen pastor; habrá ovejas que todavía no serán llamadas sino más tarde, en cualquier momento de sus vidas, de acuerdo al plan de Dios. Las cabras no escucharán con gozo este mensaje, sino que se incorporarán al rebaño para molestar a las ovejas.

    Esas cabras traen los falsos anuncios de salvación, enturbian la fuente de agua limpia, tuercen la Escritura para su propia perdición. De ese sitio provienen los falsos maestros, los que enseñan mentiras como doctrinas de demonios, los que convierten la gracia en salvación por obras. Esas cabras suponen que fueron regeneradas por sus propios esfuerzos en combinación con la gracia de Dios, pero esa mezcla evidencia una palabra corrompida. En cambio, nosotros hemos sido regenerados, no de la corruptible semilla sino de la incorruptible, de la Palabra de Vida de Dios, la que permanece para siempre (1 Pedro 2:23).

    La semilla corruptible viene bajo maldición (Gálatas 1:8-9), por lo cual conviene tener en cuenta que no puede haber transición alguna entre lo corruptible y lo incorruptible. Los que hemos creído el evangelio puro y simple lo hemos hecho gracias a la incorruptible semilla que nos fue dada (Juan 17:20). Esa palabra de aquellos primeros apóstoles vino sin contaminación alguna, de forma que tenemos la seguridad de que jamás nos iremos tras el extraño (Juan 10:1-5).

    Los de la palabra corruptible o anatema irán siempre tras el extraño, con una doctrina diferente, llamarán Jesús a su falso Cristo, que no es el mismo de las Escrituras. Por esa razón confunden un poco a primera vista, pero cuanto probamos sus espíritus sabemos que no son de Dios. Satanás mismo junto a sus ministros se disfrazan de ángeles de luz. Los de la semilla incorruptible crecemos en gracia y conocimiento (2 Pedro 3:18); de cierto que este crecimiento viene como consecuencia de haber sido llamados de las tinieblas a la luz admirable (1 Pedro 2:9). El Espíritu de Cristo no llama a nadie de las tinieblas a las tinieblas, empero el espíritu del Anticristo sí que lo hace: su interés consiste en que sus esclavos continúen en la oscuridad doctrinal.

    En vista de lo acá dicho, llamamos a todos aquellos que han oído y seguido el evangelio de la gracia para que continúen con la verdad siempre. No puede ser de otra manera, la palabra dura de oír de Jesucristo espantó a muchos de sus discípulos (Juan 6), ya que cuando no se ha recibido el llamamiento eficaz la gente imita el seguir a Cristo, vive en una ilusión que los adormece más, hasta terminar definitivamente con el espíritu de estupor para perderse tras la mentira. La razón de ello, entre otras cosas, se debe a que no aman la verdad. En realidad ellos continúan siendo enemigos de Dios, dando el mal fruto de un mal árbol, el cabezazo de las cabras, aunque se cuelen a la fuerza en el rebaño de las ovejas.

    Los falsos pastores se llaman asalariados, buscan su propio vientre, huyen frente al lobo y no aman a las ovejas. No pueden amarlas porque no han sido amados por el buen pastor. Pero el Señor tiene todavía pueblo en Babilonia, así que le continúa diciendo que salga de allí, para que no continúe bajo sus plagas. Juan advierte a los creyentes para que no le den la bienvenida a los que no viven en la doctrina de Cristo, porque los que se extravían no tienen ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9-11).

    César Paredes

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  • NACER DE NUEVO

    Todos los que recibieron a Jesús, los mismos que creen en su nombre, los que tuvieron la potestad de ser hechos sus hijos, no fueron engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1:12-13). Eso lo leemos del apóstol Juan, quien siguió de cerca al Señor y se enteró de sus enseñanzas que nos transmitió. En su mismo Evangelio, en el Capítulo 3, nos trae el escenario en el que Jesús habla con Nicodemo. Ese dirigente del Sanedrín, de los judíos religiosos, lo reconocía como a un maestro de Dios, porque sus señales daban evidencia de quién era el autor. Sin embargo, Jesús lo frenó de golpe, como quien le dice que andaba equivocado, ya que no bastaba con reconocerlo como un maestro enviado de Dios.

    Por esa razón Jesús le dijo a Nicodemo: que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios (Juan 3:3). Acá, el principal de los judíos trastabilló y se fue a la literalidad de la metáfora que le decía Cristo: ¿Cómo puedo yo siendo viejo entrar en el vientre de mi madre y nacer? Ya el Antiguo Testamento hablaba del cambio de corazón que hacía el Señor, quitando el de piedra y colocando uno de carne, junto con un espíritu nuevo que hiciera amar los estatutos de Altísimo (Ezequiel 36:26-28). Pero Nicodemo era maestro de la ley y no sabía lo más esencial de ella. Suele suceder con los religiosos, con los que fungen de académicos y cometen los errores de los principiantes.

    Lo que nace de la carne, carne es; pero lo que nace del Espíritu, espíritu es. He allí la diferencia, la oposición entre el corazón de piedra y el corazón con el espíritu nuevo que Dios coloca. Ya sabemos que no depende de voluntad de varón, sino de Dios; ahora Jesús enfatiza bajo ese criterio y compara al Espíritu con el viento, de quien oímos su sonido aunque no sepamos de dónde viene ni a dónde va: así es todo aquel nacido del Espíritu (Juan 3:8). ¿Quiénes nacen de nuevo? Los elegidos del Padre, aquellos que siendo enseñados por Dios, y habiendo aprendido, son enviados hacia el Hijo. En realidad, nadie puede ir a Jesucristo si no le fuere dado del Padre; todo lo que el Padre le da al Hijo irá al Hijo, y no será echado fuera jamás. También todo esto forma parte de las enseñanzas de Jesús recogidas por Juan (Capítulo 6).

    Nicodemo vino de noche a Jesús, por temor a sus colegas del Sanedrín. En otra oportunidad les previno a los del Sanedrín en relación a no juzgar a un hombre si primero no lo oía, para descubrir lo que había hecho (Juan 7:51). Obtuvo por respuesta una acusación irónica de parte de sus colegas: ¿Acaso eres tú también galileo? Por lo visto, ese maestro de la ley se mantuvo asombrado por Jesús, pero siempre anduvo en la periferia, amando más su reputación que el discipulado abierto con el Señor. Sabía que era un profeta enviado de Dios, en virtud de las señales que había comprobado, pero no tenía a Jesús como aquel profeta señalado por Moisés: Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis (Deuteronomio 18:15, 18).

    Nicodemo vino a la tumba de Jesús y trajo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras, en colaboración con los que acomodarían su cuerpo en lienzos, de acuerdo a las costumbres de la época (Juan 19:39). Pero todo su interés en el maestro que vino de Dios, su deseo de que se le oyera antes de juzgarlo, su aporte y colaboración generosa para el sepulcro del Señor, no testifican nada de un hombre que haya nacido de nuevo. ¿Nació de nuevo Nicodemo?

    La Biblia nada nos dice al respecto sino esos hechos puntuales de un hombre asombrado por las enseñanzas de un profeta especial. Si llegó a creer después, no lo sabemos; muy raro que hubiese creído y no se hubiera escrito algo en relación a su fe, pero hay cosas que nunca sabremos en esta tierra. Con la información dada podemos deducir que ese maestro de la ley, en esos momentos puntuales descritos en el Nuevo Testamento, permaneció en la ignorancia respecto a la justicia de Dios. Por lo demás, si creyó más adelante, sería una especulación no permitida.

    La gran estima que el ser humano pueda tenerle a Cristo no le rinde como fruto de justicia. Saber que fue un gran maestro acompañado de señales y prodigios no basta para decir que la persona haya nacido de nuevo. Así que el nuevo nacimiento lo conoce todo aquel que haya nacido del Espíritu, todo aquel que es habitado por el Espíritu de Dios, todo aquel que vive en la doctrina de Cristo. Nosotros los conocemos por sus frutos, lo que confiesan sus bocas y que abunda en sus corazones. No puede el árbol bueno dar un fruto malo, mientras que el árbol malo jamás dará un fruto bueno. ¿A qué fruto se refiere Jesucristo? No al pecado, pues todos pecamos aún habiendo creído en su nombre (Romanos 7). Se refiere a lo que la boca confiesa, al evangelio que se ha creído.

    El evangelio de los falsos maestros no puede ser tenido como un fruto del árbol bueno; el que no vive en la doctrina de Cristo camina extraviado sin perseverar en esas enseñanzas del Señor (2 Juan 1:9). Si Nicodemo era maestro de la ley, un fariseo y principal entre los judíos, conocía muchos textos del Antiguo Testamento y sabía manejarlos como un docto. Eso no le alcanzó para la fe en Cristo; de igual forma, hoy día muchos hablan de Cristo como el Hijo de Dios, como el que murió y resucitó, el que está a la diestra del Padre e intercede por su pueblo. Pero tienen una doctrina de la carne, una que no refleja el nuevo nacimiento.

    Estos son los que sagazmente creen que ellos han sido salvados por su fe, por su cometido, por sus obras, sumadas a la gracia de Dios. Ellos suponen que pueden añadir a la justicia de Cristo la suya propia: su comportamiento, su celo por Dios, el saberse algunas de las Escrituras de memoria. Pero su teología no se corresponde con la doctrina de Cristo sino que se muestra extraviada, siguiendo el camino idolátrico de su mente. Ya Cristo no vino a morir por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21), sino que muere por todo el mundo, sin excepción. Esto nos lleva a una interpretación privada de las Escrituras. De veras, si Cristo murió por todos, sin excepción, lo hizo por Judas Iscariote, por todos los réprobos en cuanto a fe, por los que no tienen sus nombres en el libro de la vida desde la fundación del mundo.

    Lo hizo igualmente por Esaú y por Caín, por los muertos en el diluvio, murió por los paganos de toda la historia humana. Entonces, habiendo pagado el rescate por sus vidas y lavado sus pecados, el Padre comete la terrible injusticia de juzgarlos dos veces por el mismo delito.

    Aquellos que yacen en el infierno de fuego demostrarían el fracaso de la cruz, solamente porque su voluntad fue débil y no aceptaron la oferta abierta que supuestamente Dios les envió. Sin embargo, acá todavía somos generosos al hablar de aceptar una oferta supuesta, porque muchos de los que murieron sin la fe de Cristo jamás oyeron una palabra del evangelio.

    Entonces: ¿de qué les aprovechó esa muerte de Jesucristo en su favor, si jamás escucharon hablar de esa providencia divina? Vemos la gran mentira que se monta con tan solo una sutileza del desliz doctrinal, de la interpretación privada de las Escrituras, al ampliar el rango de acción del propósito de la muerte del Señor por su pueblo (Juan 17:9). El nuevo nacimiento se opone al legalismo, a los que prefieren la letra de la ley antes que a su espíritu. El nuevo nacimiento desnuda al hombre desprovisto de capacidad para realizar tal acto, ya que no se puede auto-engendrar sino que necesita ser engendrado por el Espíritu de Dios.

    Dios justifica al impío, pero es un Dios justo; Él lo justifica basado en la justicia que es Cristo, el que pudo lavar los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), el que no rogó por el mundo (Juan 17:9) sino por los que el Padre le dio y le daría de acuerdo a los que Él escogió (Juan 17:20). Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Urge conocer las Escrituras, porque allí suponemos que se encuentra la vida eterna, y ellas son las que dan testimonio del Señor.

    Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar (Isaías 55:6-7). Los que han sido despertados y convencidos de pecado, de la maldad y desvío de sus caminos, serán bienaventurados si acuden a Jehová para el perdón de sus pecados. Los pensamientos errados de la religión, la justicia supuesta del impío, todo ello podrá ser removido por el poder del evangelio, de la doctrina de Cristo, del nuevo nacimiento que da el Espíritu de Dios.

    Pese a que ese es un acto propio del Espíritu Santo, no de voluntad humana, nos corresponde anunciar el evangelio a toda criatura. Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, el que fue antes anunciado (Hechos 3:19-20).

    César Paredes

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  • EL ESPÍRITU DE COBARDÍA (2 TIMOTEO 1:7-9)

    La Biblia trae a colación una forma de tratar con el temor neurótico, con la actitud cobarde y con el espíritu de cobardía. La contraposición al temor se presenta como el dominio propio, la capacidad para dominar nuestros pensamientos y emociones, incluso nuestras acciones. Este dominio propio viene como parte del fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5:22-23). Cuando existe ausencia de este fruto, somos conducidos a pecar por cobardía.

    Un espíritu pusilánime atestigua una propiedad que Dios no nos ha dado, sino más bien el diablo. Caminar con miedo hacia los seres humanos, o aún ante las potencias espirituales de maldad, no es propio de un creyente. Ese temor innecesario nos lleva al desánimo permanente, a un sinnúmero de razones circunstanciales para no hacer lo que debemos. El trabajo que nos ha encomendado el Señor es la predicación del Evangelio, pero si tememos a la vergüenza pública, al qué dirán los demás, a si voy a ser rechazado o humillado, de seguro el triunfo desaparece por causa del temor infundado.

    La promesa del Padre era que Jesucristo nos enviara el poder de lo alto: el Espíritu Santo (Lucas 24:49), lo que nos fortifica en medio de tribulaciones y persecuciones. Incluso, ese poder nos da la fuerza para resistir las tentaciones del maligno. El amor a Dios, el cual también nos ha sido dado por Él (le amamos a él porque él nos amó primero), el amor a su Hijo, a su cuerpo que es la iglesia, el interés por las almas con las que compartimos a diario, ahuyenta el temor que podamos sentir. El perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor lleva en sí castigo (1 Juan 4:18).

    También nos ha sido dado el dominio propio, una mente racional y adecuada a la realidad que nos circunda. Como Jesucristo cuando fue probado por Satanás en un monte, nosotros también hemos de imitar su conducta: no se lanzó de lo alto de la montaña porque Jehová enviaría a sus ángeles para que su pies no tropezasen en piedra. Él pudo distinguir la metáfora del texto y la locura de Satanás, como si tentar a Dios hiciese que Él actuara para honrar nuestra fe. No, Jesús tuvo la cordura que brinda la palabra que él mismo es y que él mismo inspiró, por medio del Espíritu Santo, para responderle a Satanás con la palabra divina.

    Así que el dominio propio nos lleva a controlar el coraje. No podemos temblar porque hemos de realizar una tarea que nos resulta peligrosa, pero tampoco podemos aventurarnos a realizar algo para lo cual no nos hemos preparado.

    Ese justo medio entre el poder y el dominio propio refleja la racionalidad del Verbo de Dios. Pablo escribió que todo lo podemos en Cristo que nos fortalece, como para que no nos dejemos dominar por la procrastinación ni por el terror hacia lo desconocido, para que no embargue el miedo que proviene de personas que no conocen a Dios. Si hemos de vivir en oración siempre, como si tuviésemos la actitud de orar a cada momento, sabremos que nuestro Dios nos acompaña en todo instante y nos puede indicar cómo actuar en cualquier circunstancia.

    Los que amamos a Cristo, a su evangelio, a su pueblo, no tenemos miedo de la gente; nos acompaña un espíritu de poder y de amor, junto al dominio propio -como ya señalamos antes. Ese espíritu resulta lo opuesto al espíritu de temor o terror, de miedo neurótico, por lo que se computa como excluyente la cobardía frente al espíritu de poder, amor y templanza que Dios nos ha dado. El temor trae sus propios tormentos y causa muchos impedimentos de éxito, de buenos hábitos, de acciones positivas. El temor nos deja exhaustos y sin descanso, en un servicio de esclavitud a los malos pensamientos que nos llegan a dominar.

    Cuando internalicemos por completo lo que significa que Jesucristo nos ha escogido a nosotros, y no nosotros a Jesucristo, sabremos que él nos ha ordenado para que llevemos buenos frutos y para que éstos permanezcan. Uno de esos frutos fue dicho por Jesús: cualquier cosa que pidamos al Padre en en nombre del Hijo, Él nos la dará (Juan 15:16). Así que tal vez convenga para el hombre timorato acercarse a Dios en oración y pedirle que le haga retomar el espíritu de poder, amor y dominio propio, pero que aleje por igual el espíritu de cobardía de nuestro seno. Hablo de creyentes que han sido invadidos por el terror, como producto de oír a gente que no confía en Dios y que vive bajo el control del padre de la mentira. Nosotros tenemos que ocuparnos de nuestra salvación, con temor y temblor (Filipenses 2:12-13).

    Esto lo dijo Pablo no porque supusiera que nosotros producimos por nuestra cuenta la espiritual y eterna salvación, lo cual sería contrario a las Escrituras, como si la muerte de Cristo hubiese sido en vano. Esto lo dijo el apóstol porque tenemos que ocuparnos de las cosas propias de esa salvación, con el respeto debido (temor reverente) a quien es el Redentor y nuestro Mediador. Hemos de someternos a las ordenanzas del Evangelio, sabiendo que Dios castiga y azota a todo el que tiene por hijo, así que más nos conviene vivir en santidad (la separación del mundo). Esa ocupación con temor y temblor es el negocio de nuestras vidas, no como si fuésemos esclavos del pecado, como quienes esperan la condenación final. Hay que trabajar nuestra salvación con temor a la condenación que sufren otros que jamás fueron llamados con llamamiento eficaz, lo cual nos hace ser más responsables de lo que en realidad somos. Sirvamos al Señor con temor, y alegrémonos con temblor (Salmos 2:11).

    Ese Dios a quien servimos es el que produce en nosotros el querer como el hacer, por su buena voluntad. Es el mismo que hace a sus ángeles sus ministros de fuego (Salmos 104:4), los cuales cumplen sus mandamientos. Es el Dios de poder que hizo hablar un asna ante un profeta desmedido, el que alimentó a Elías por medio de cuervos que le llevaban carne. El soberano Creador que le dio entendimiento a los animales para hacer lo que les conviene y lo que ha sido su tarea encomendada (Salmos 29:9; Jeremías 8:7; Ezequiel 32:4). Es el Dios que cerró la boca de los leones para que no hicieran daño a Daniel, su siervo (Daniel 6:22).

    Entonces, ¿por qué hemos de temer? Aunque brame el mar, aunque el rey de Asiria se exalte, aunque los soberbios griten a voz alta su altanería, nuestro Dios nos ama con amor eterno. Somos individuos ordenados para salvación, como dice la Escritura: Bienaventurado el que tú escogieres y atrajeres a ti, para que habite en tus atrios; seremos saciados del bien de tu casa, de tu santo templo (Salmos 65:4). Ni los falsos Cristos, ni sus falos profetas, a pesar de sus signos y prodigios, podrán engañar a uno solo de los escogidos de Dios (Mateo 24:24). Así que todo lo que el Padre le da al Hijo irá al Hijo, los tales jamás serán echados fuera sino que serán resucitados en el día postrero (Juan 6:37 y 44). ¿No has leído en la Biblia que tantos como Dios había escogido creyeron porque estaban ordenados para vida eterna? (Hechos 13:48). Así que todas las cosas operan para bien de los que amamos a Dios, esto es, a los que conforme a su propósito hemos sido llamados (Romanos 8:28-30).

    Tal vez alguien se considere muy por debajo del estrato social de otros, o con cierta incompetencia laboral porque no pudo recibir mejor educación, pero en todo caso Dios nos ha traído hasta acá. Lo necio del mundo, lo que no es, escogió Dios para deshacer a lo que es. De manera que pronto veremos recompensa aún en nuestro campo de trabajo, en cualquier ocupación que tengamos. Hemos sido creados para exaltar la gloria del Señor y su poder se perfecciona en nuestra debilidad. Si el poder de Dios se perfecciona en nuestra debilidad, confiemos en que seremos amparados en todo momento.

    ¿Para qué temerle a la vida? ¿Por qué angustiarse por los seres humanos? Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, expresemos y echemos nuestra ansiedad sobre el Dios Omnipotente para que la paz de Cristo nos embargue. Cada momento de temor innecesario presupone instantes de oración desperdiciados; en cada acto de plegaria con acción de gracias se suma poder. ¿Cómo estaremos en la presencia de Jehová, de acuerdo a la vida de Elías? Ese profeta era un hombre con pasiones semejantes a las nuestras, pero oraba y Dios le respondía. Una breve plegaria nos lleva a otra de nuevo; una meditación en la palabra de Dios nos alumbra como una antorcha.

    Cuando la cobardía asome a través de los irredentos, recordemos para nosotros que Dios no nos ha dado ese espíritu sino el de poder, de amor y de dominio propio. La templanza nos alienta para tener la buena actitud de gozo en la que debemos vivir. El cuidado de la lengua evitará que se incendien fuegos grandes. Si controlamos nuestros discursos, evitando la palabra corrompida, pronunciaremos aquella que se hace necesaria para la buena edificación. No solo el otro que nos oye se edifica o se derrumba por lo que hablamos, también nosotros mismos recibimos como un boomerang devuelto el latigazo o el estímulo de lo que hemos dicho.

    De los espías enviados por Moisés, unos cuantos regresaron asustados con lo que habían visto y por esa razón desanimaron al pueblo. El temor infundado de unos daña a los que los oyen desprevenidamente. Si recordamos las Escrituras, el escudo del Señor apagará los dardos de fuego que el maligno lanza bajo el concepto de la cobardía. David escribió: En el día que temo, yo en ti confío…En Dios he confiado; no temeré (Salmos 56:3-4). No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia. He aquí que todos los que se enojan contra ti serán avergonzados y confundidos; serán como nada y perecerán los que contienden contigo … Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo (Isaías 41:10-13).

    César Paredes

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