Autor: César Paredes

  • HEREJÍA ARMINIANA

    Jacobo Arminio fue un peón de Roma en las incipientes filas del protestantismo. Él llevaba a escondidas la tesis de los jesuitas, la expiación de Jesucristo por todo el mundo, sin excepción, como estímulo para la teología de las obras. El tema de la predestinación soberana de Dios lo concebía de acuerdo a la tesis del jesuita Luis de Molina, quien afirmaba que Dios suprimía su propia soberanía ante el libre albedrío humano, para no influir en ningún sentido la decisión del prospecto cristiano. Ese concepto estructural teológico ha sido empleado por incontables evangelistas, como se puede uno dar cuenta al estudiar un poco a John Wesley o a Billy Graham. Por supuesto, numerosos miembros del sonado calvinismo también fueron azotados con esta rama espinosa del viejo pelagianismo. Pelagio fue un monje que vivió entre los siglos IV y V de la era cristiana. Sostenía el libre albedrío como su teología, sumado a la ausencia de la herencia del pecado de Adán. Cristo no sería sino un ejemplo ético para nosotros. Pelagio se oponía a la idea de la condenación al infierno, por hacer algo que no se podía evitar: el pecado. Habló contra la predestinación considerándola mero fatalismo, ajena a la doctrina del libero arbitrio.

    Según el Pelagianismo, se considera que la persona alcanza la salvación por sus propios méritos. Después de la condena eclesiástica a las herejías de Pelagio, subsistió una combinación entre las ideas de la gracia y la doctrina de Pelagio, lo que resultó en el adagio de siglos posteriores de ayúdate que yo te ayudaré. En efecto, el pelagianismo creía que el hombre comienza la fe con su libre albedrío, y Dios lo ayuda como consecuencia de pura gracia. El Catolicismo bebe de esa fuente, pero intercambia los puntos básicos: dice que el comienzo de la fe obedece a un acto de libre albedrío, pero que la iniciativa proviene de Dios por igual para todo el mundo y se efectúa por colaboración humana.

    La Biblia enseña que la humanidad murió en sus delitos y pecados, que no hay quien busque a Dios, que no hay quien entienda. Sin haber justo ni aún uno, creer en el Hijo de Dios no puede ser una condición de salvación sino el fruto primordial e inevitable del nuevo nacimiento que da el Espíritu Santo. Se habla de creer en el Hijo para tener la potestad de ser hecho hijo de Dios, pero se habla por igual que nacer de nuevo no depende de voluntad humana sino de Dios. La predicación del evangelio es un mandato y necesidad para que las ovejas oigan la voz del buen pastor. Por esa razón Pablo escribió: siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3:24).

    Son incontables las iglesias protestantes arminianas, pero en esos lugares impera el espíritu de estupor. Cantan himnos hermosos (en algunas de ellas), hacen oraciones al cielo, leen la Biblia y la memorizan, dan diezmos y ofrendas, hacen labor social. En fin, obra más obra acumulan como prebendas, incluso llegan a decir a veces que también creen en las doctrinas de la gracia. Pero el arminianismo es un error teológico, una desviación intencionada de las Escrituras, por lo que se puede afirmar inequívocamente que es una herejía bíblica.

    Obvio resulta que el que cree una herejía demuestra que sigue al extraño y no al buen pastor. Si se cree una herejía se testifica de andar perdido en términos de fe, de caminar por el sendero que parece recto pero que lleva a un fin de perdición. Los que asumen herejías teológicas demuestran que no han sido regenerados por el Espíritu Santo, que continúan tras los maestros de mentiras. El problema para muchos consiste en la confusión que se genera al ver a muchas personas arminianas dedicadas a las labores de sus iglesias o sinagogas de Satanás. No les parece compatible la labor religiosa hecha con la herejía que asumen, por esa razón prefieren catalogarlos como una variante más de tipología del cristianismo, no como una asunción contraria a la teología cristiana bíblica. Se habla de una creencia en la gracia pero por igual de una creencia de gracia más libre albedrío. De esa forma intentan reconciliar al más viejo estilo jesuita (con Luis de Molina y su molinismo) el mitológico libre albedrío con la soberanía de Dios.

    Alguien le preguntó a Jesús si eran pocos los que se salvaban. La respuesta fue que era imposible para el hombre salvarse (para su supuesto libre albedrío) pero que para Dios no hay nada imposible. Pocos son los que entran por la puerta estrecha y caminan por el sendero angosto, muchos, en cambio, andan por las autopistas que llevan a la destrucción final. Decir esta verdad constituye una forma de amar al prójimo, negarle la verdad implica empujarlo a una eterna desolación. Las preciosas verdades de la Biblia son esenciales para la cristiandad.

    El hereje arminiano no es un creyente al que le falta un poquito de doctrina, como si viviese en una inconsistencia teológica feliz. No, simplemente no ha sido regenerado por el Espíritu de Dios. De lo contrario, hubiese sido llevado a toda verdad, porque el Espíritu Santo no conduce hacia la mentira ni es Espíritu de confusión. En cambio, el espíritu de estupor que Dios envía sí que habla mentiras, para que se condenen todos aquellos que no amaron la verdad. El arminiano que persiste en su engaño, ama la mentira y resiste la verdad. A él le llega también el espíritu de engaño enviado por Dios para que se pierda en forma definitiva.

    Todo cuanto sucede ha sido decretado por Dios, aún lo malo que acontece en la ciudad (Amós 3:6). Los arminianos no creen eso, sino que Dios permite el pecado, permite lo que otros intentan hacer en su contra; añaden que Dios ama a todo el mundo sin excepción, de lo contrario sería un tirano o un diablo. Bien, Romanos 9 señala que Dios odió a Esaú aún antes de ser concebido, antes de mirar en sus obras buenas o malas. Para soportar ese texto, el arminiano apunta que Dios amó menos a Esaú, pero que lo amó. En fin, el arminiano tuerce la Escritura para su propia perdición.

    Las decisiones tomadas por Dios no se basan en lo que el hombre hace, como se demuestra del texto de Romanos 9:11-13. El hombre cayó y murió espiritualmente con Adán, no fue solamente afectado con algún mal como para que extienda su mano en busca de la medicina para el alma. La Biblia ha dicho: Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento. Nadie hay que invoque tu nombre, que se despierte para apoyarse en ti; por lo cual escondiste de nosotros tu rostro, y nos dejaste marchitar en poder de nuestras maldades (Isaías 64:6-7). Jesucristo añade a esto: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:44).

    Esa imposibilidad humana resulta incompatible con su idílico libre albedrío. Somos criaturas dependientes del Creador, al igual que Satanás hecho para el día malo (Proverbios 16:4). ¿A dónde huiré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y asirá tu diestra…Lo mismo te son las tinieblas que la luz (Salmo 139:7-12).

    El que cree no puede sino habitar en la doctrina de Cristo, el que dice creer y no vive en la doctrina de Jesucristo no tiene al Padre ni al Hijo. El que le dice bienvenido al que no trae la doctrina del Señor, participa de las malas obras o plagas de los herejes. Por tanto, el Señor le dice a su pueblo que huya de Babilonia. Las cabras pueden vivir tranquilas en esa ciudad, pues su hora llegará cuando sean apartados los cabritos al lago de fuego eterno.

    César Paredes

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  • RESPONSABILIDAD HUMANA

    Jehová, el Dios de los hebreos, ha dicho: Yo te he puesto para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra (Éxodo 9:16). El Faraón tuvo que escuchar a Moisés con esa advertencia, pero por igual el Faraón siguió siendo responsable por no dejar ir al pueblo de Israel. La soberanía de Dios no elimina la responsabilidad humana, al contrario, la hace necesaria. El Todopoderoso del cual todo depende obliga a que el hombre le rinda un juicio de cuentas. La criatura tan ínfima suele infatuarse ante el Creador, como si en realidad se hubiese convertido en un dios.

    Jehová también despertó el espíritu de Ciro, rey de Persia, para que cumpliera Su palabra dicha por boca de Jeremías (2 Crónicas 36:22). A pesar de que el corazón del rey está en las manos de Jehová, no puede dejar de responder por sus actos. Dios muestra misericordia a quien quiere mostrarla, pero el ser humano solo puede recibirla si se la da. En ocasiones, los malignos operan iniquidad contra los justos, pero Dios tiene la intención de que ese supuesto mal se convierta en bien. En realidad, a los que a Dios aman todas las cosas les ayudan a bien, esto es: a los que conforme a su propósito son llamados.

    Y de nuevo, aunque Jehová le dijo a Moisés desde un principio que endurecería el corazón del Faraón para que no dejara ir a su pueblo, el mandatario egipcio pagó con creces su maldad (Éxodo 4:21). Y Jehová endureció el corazón del Faraón, y el Faraón no escuchó a Moisés como Jehová se lo había dicho (Éxodo 9:12). La Biblia nos cuenta cosas que se callan en los púlpitos, como que Jehová ordenara que no se escuchara el consejo de Ahitofel para enviarle el mal que Jehová deseaba sobre Absalón (2 Samuel 17:14).

    En ocasiones padecemos por la maldad de los que nos rodean. A veces rompen nuestros corazones con las artimañas del diablo, hasta que llegamos a suponer que nos sucede la maldad por causa de nuestros pecados. Asaf tuvo un problema con el asunto del mal, al ver la prosperidad de los impíos que no tenían congojas por su muerte como los demás mortales. Al entrar en la presencia de Dios (el santuario de Dios) comprendió el fin de ellos: Dios los había colocado en resbaladeros para que cayeran a la ruina (Salmo 73:17-18). Pero esos malvados que serían despreciados por Jehová fueron responsables por la maldad causada.

    Conocemos la historia del rey de Asiria, báculo en las manos de Jehová para hacer tareas destructivas. Después de alcanzar lo planeado, Jehová castigó la soberbia de ese rey que pretendía hacer aquello por sí mismo. La ira de Jehová contra Judá y Jerusalén hizo que Sedequías se rebelara contra el rey de Babilonia, para sufrir después un sitio y un ataque que destruyó a muchos. Entre ellos a Sedequías, cautivo hacia Babilonia una vez que le sacaron los ojos y lo ataron con grillos, hasta que muriera en la cárcel (Jeremías 52:3-11).

    Ese rey Sedequías había hecho lo malo delante de Jehová, pero el pueblo también pagó porque al parecer nadie se rebeló contra los actos de profanación del rey. Jehová habla a través del profeta Habacuc, diciéndole que Él levantaría a los caldeos, nación cruel y presurosa…cuyos caballos serán más ligeros que leopardos, más feroces que lobos nocturnos…Luego (esa nación) pasará como el huracán, y ofenderá atribuyendo su fuerza a su dios (Habacuc 1:6-11).

    El texto anterior exhibe lo que Dios hace desde antes de que acontezca, planifica lo que habrá de venir sin importar si es obra buena o mala. En este caso, la nación caldea, absolutamente pagana, sería invocada por Jehová para castigar a parte de su pueblo. Esto fue planificado, incluso el hecho de que ofendiera a Jehová atribuyendo la fuerza caldea al dios de los caldeos. Visto el panorama bíblico, ¿quién todavía se atreve a invocar el libre albedrío como eje guía de la voluntad humana? Eso no es más que un mito religioso, una elaboración emanada del pozo del abismo, obra de Satanás para ensalzar al hombre caído, la promesa hecha por la serpiente antigua en el Edén cuando le dijo a la mujer que los hombres serían como dioses.

    La crucifixión y muerte de Jesucristo se hizo bajo la autoridad divina. Cristo le dijo a Pilato que él no tendría ninguna autoridad para crucificarlo, si no le fuese dada de arriba. Ah, pero Jesús agregó algo sobre la responsabilidad: Por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene (Juan 19:10-11). Muchos pecados fueron cometidos contra el Cristo, en especial el día de su entrega y crucifixión, pero todos ellos fueron planificados por Jehová, de acuerdo a lo que leemos a través de las profecías del Antiguo Testamento. ¿Fue responsable Judas Iscariote de haber sido escogido como diablo? ¿Fue su traición perdonada porque ella había sido predestinada? En ninguna manera, cada quien pagará por su pecado.

    Para los creyentes Cristo es precioso, pero para los que no creen ha venido a ser una piedra de tropiezo, una roca que hace caer. Estos tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron destinados también (1 Pedro 2:7-8). Tropezar en la palabra puede ser tenido como poner en duda algunas partes esenciales del Evangelio, tener por general lo que es particular en materia de expiación; de igual forma, suprimir alguna de las personas de la Trinidad, basado en razones carnales que impiden comprender lo que ha sido revelado, es también tropezar. Algunos objetan la deidad de Cristo, otros rechazan el infierno de fuego, inclinándose a la aniquilación final como prueba del amor de Dios. Hay quienes sostienen que cuando Dios odia en realidad ama menos, porque Él es amor; otros dicen que la predestinación existe porque Dios miró en el túnel del tiempo y supo quiénes eran los que iban a creer.

    Vemos que existen incontables formas de tropezar en aquella roca que es Cristo. Están los que siendo religiosos no comprenden o conocen al siervo justo que justifica a muchos, los que siendo celosos de Dios ignoran el significado de la justicia de Dios, con la consecuencia de colocar la suya propia (Romanos 10:1-4). En síntesis, a todos los que se rebelan a la palabra siendo desobedientes a ella, la palabra misma (Cristo el Logos) caerá como una roca sobre ellos. ¿Son responsables al torcer la palabra para su propia perdición? Por supuesto que lo son, así lo declara la Biblia. Incluso, por el hecho de ser Dios soberano en forma absoluta se presupone por necesidad la responsabilidad absoluta de la criatura humana ante su Creador. ¿Adónde huiré de tu presencia? (Salmo 139:7). Esa soberanía mencionada se contempla en el texto citado de Pedro, cuando leemos: siendo desobedientes, a lo cual fueron también destinados.

    Dios ha escogido y preordenado a algunos para creer en Cristo, a quienes el Señor les da la fe debida como regalo, a los cuales representó en la cruz cuando expiaba sus pecados; pero también ha ordenado a otros para que sean testigos de su ira por los siglos de los siglos, en un fuego que no se extingue, por causa de su infidelidad y desobediencia a la palabra de Cristo. Ambos grupos deben obediencia al Señor, ninguno de ellos goza del mítico libre albedrío, concepción tomada del paganismo religioso. En lugar de libre albedrío lo que tenemos es la tarea de ser responsables, más allá de que podamos o no cumplir con ese cometido.

    Nosotros, como generación escogida, pueblo de Dios en el sentido espiritual, hemos sido llamados por la misericordia divina, por medio de la semilla incorruptible de la palabra, somos llamados pueblo adquirido por Dios. Se nos llama real sacerdocio, nación santa, con el fin de anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. A nosotros se nos pide que nos abstengamos de los deseos carnales que batallan contra el alma (1 Pedro 2:11). ¿Es mucho pedir? ¿No tenemos la mente de Cristo, el Espíritu Santo en nosotros, el conocimiento de la palabra de Dios? Aunque hayamos sido vendidos al pecado, aunque la ley del pecado inunde nuestros miembros, hemos de dar gracias a Dios por Jesucristo porque seremos liberados de este cuerpo de muerte (Romanos 7).

    Tenemos la responsabilidad de huir de las pasiones juveniles, de resistir al diablo hasta que huya de nosotros, pero debemos huir de la tentación. Todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre sino del mundo (1 Juan 2:16). El mundo pasa y sus deleites, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. La vanagloria de la vida puede ser vista como el orgullo de la vida, la ambición de poseer honor, de hacerse un nombre como Nimrod, como los constructores de la vieja Torre de Babel. Lo mismo hicieron los escribas y fariseos, los denominados doctores de la ley, de igual manera procuran los que anhelan vivir en palacios, en casas de lujo, en la gula de una rica dieta, en edificios suntuosos. Conviene hacer un ejercicio escrito para colocar la extensa gama de variables que encierra esa sola frase: la vanagloria (el orgullo) de la vida.

    El vocablo griego usado por Juan para vanagloria es ἀλαζονεία (alazonéia), que significa falsa pretensión o impostura. Es la jactancia, el orgullo, la autoconfianza que desdeña a Dios como soporte. Esa impostura no viene del Padre Celestial sino del mundo, de sus hombres, de la carnalidad con que se vive a diario. Nada de lo que el mundo ofrece vale la pena adquirirlo, es la antítesis de lo que proviene de arriba. Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. Antes de la caída viene la altivez.

    César Paredes

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  • EL REGALO DE LA FE DE DIOS

    La fe es un don de Dios, asegura Pablo en la Carta a los Efesios (2:8). Por esa sola razón podemos estar ciertos de que no puede ser la fe un prerrequisito para la salvación. La fe, la gracia y la salvación vienen juntas, de acuerdo al texto citado; pero somos salvos por medio de la fe. Es decir, Dios nos da la fe para salvarnos, pero no nos pide fe como si pudiésemos producirla. Es más bien un instrumento en la salvación pero jamás un requisito previo. Aclarado este punto conviene lo que significa según la Biblia la fe: es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1).

    De acuerdo a la lengua griega, el término utilizado upóstasis ὑπόστασις (lo que soporta, lo que está debajo), la fe es la esperanza de lo que soporta aquello que uno espera. ¿Qué soporta todas las cosas? Cristo es el dador de esa fe, pero también por él fueron creadas todas las cosas, así que pudiera interpretarse la fe como la esperanza en Cristo. Esperanza en el que hizo la expiación por su pueblo, esperanza en que fuimos inscritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo. Esperamos por igual en la justificación hecha por Dios a través del sacrificio de su Hijo, para que apaciguara su ira con nosotros los creyentes.

    La Biblia nos asegura que no es de todos la fe, por cuya razón no todo el mundo será salvo. La fe se contrapone a las obras, así que la gracia triunfa junto a la fe. Eso sí, por medio de la fe hacemos obras que agradan a Dios, como frutos propios del que espera en el Señor. Ninguna persona puede capacitarse para cumplir a cabalidad la ley de Dios, de manera que el que quebranta un punto de la ley se hace culpable de todos. Ahora tenemos la ley de la fe (Romanos 3:27), la que nos permite tener paz para con Dios por haber sido justificados por ella, por medio de nuestro Señor Jesucristo (Romanos 5:1).

    El justo por la fe vivirá, pero todos los que se enardecen contra Jehová serán avergonzados (Romanos 1:17; Habacuc 2:4; Gálatas 3:11; Hebreos 10:38; Isaías 45:24). El que retrocediere en la fe no agradará al alma del Señor, pero éstos son los que profesan y se contagian de fe porque leen la palabra. Sin embargo, la fe auténtica la da el Señor a los suyos, en tanto es su autor y su consumador. El que posee ese regalo será guardado en las manos de Jesucristo y en las del Padre, para que nadie pueda arrebatarlo, sino que será resucitado en el día postrero.

    La palabra se anuncia para que el Espíritu vivifique a los que son de Cristo; de esta manera podemos decir que hemos recibido al Señor, creyendo en su nombre porque nos fue dada la potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1:12). Tenemos la justicia que es de Dios por la fe, esa justicia que es Jesucristo. Recordemos que él se hizo pecado y padeció en la cruz por causa de su pueblo (Mateo 1:21), por lo tanto agradó al Padre quien aceptó su holocausto en favor de todo su pueblo. El Padre nos ha dado un gran amor, para que nos llame sus hijos; pero tenemos una parte contraria a este regalo: el rechazo, odio y desconocimiento del mundo.

    Natural resulta que el mundo no posea la capacidad de amar. El amor viene de Dios pero Dios no ama a todo el mundo; la Escritura lo dice, que está airado contra el impío todos los días, que ha hecho vasos de ira para el día de la ira, que odió a Esaú, que los réprobos en cuanto a fe van hacia la condenación. Jesús mismo no rogó por el mundo (Juan 17:9) la noche antes de su expiación, por lo tanto no los representó en la cruz al día siguiente. Y si se ha escrito que nosotros amamos al Señor porque él nos amó primero, cabe destacar como conclusión que quien no ha sido amado por Dios no puede amarlo a Él y ¿cómo amará a su prójimo?

    Claro está, la mente trae la historia humana en este momento para decirnos que la humanidad ama. Bueno, el Faraón quiso a su primogénito, Goliat de seguro tuvo cariño por sus padres, Acab amaba a Jezabel, pero ese amor del mundo no tiene parangón con el amor de Dios y el de los creyentes. Lo que el mundo ofrece es amar lo suyo, proteger lo que le pertenece, ansiar más, pero a las primeras de cambio puede disolver ese amor por otro mejor. No así los creyentes, ya que la prueba de que le agradamos a Él consiste en el amor que le tengamos y que poseamos los unos por los otros. No amemos al mundo, se nos ha dicho, sino al Padre, a la iglesia (a la verdadera), incluso a nuestros enemigos. Esto último viene como un ejercicio de comprensión de que hemos de abandonar cualquier tipo de orgullo, como si fuésemos superiores a ellos. Nuestra distinción con ellos proviene de arriba, de lo que hizo Dios con su Hijo en nosotros.

    Por la fe otorgada guardamos los mandamientos de Dios, aunque a veces hacemos aquello que no queremos hacer. Cuando pecamos sabemos que nuestro corazón nos reprende pero por igual conocemos que mayor que nuestro corazón es Dios. Ese Dios sabe todas las cosas, además de que nos dejó su Espíritu en nosotros el cual se contrista cuando hacemos algo indebido. De allí procede la corrección, la disciplina del Señor porque a quien ama disciplina y azota a todo el que tiene por hijo. Esa corrección es horrible, pero eficaz.

    Una vez que hayamos sido disciplinados y corregidos, nuestro corazón no nos reprende y comenzamos a tener confianza en Dios. Lo sabemos porque cualquiera cosa que pidamos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él (1 Juan 3:19-22). Nuestra conciencia nos acusa por nuestros pecados, sabemos cuándo el Espíritu Santo se contrista en nosotros, pero Dios es mucho más grande que nuestra conciencia. Él tiene el poder para manejar esos asuntos que nos confunden, como supremo Juez conoce las pruebas que nos señalan pero como Dios de amor para sus elegidos trae dulzura ante nuestra conciencia.

    Por la fe dada soportamos la disciplina, el hecho de saber que Dios no oye nuestras oraciones. Esto pareciera duro e imposible, pero ha sido parte del castigo de Dios a su pueblo en el Antiguo Testamento, así como lo sugiere Juan en la epístola citada. Habla de la reprensión del corazón y de Dios que sabe todas las cosas. Esto nos lleva al arrepentimiento, a la confesión del pecado delante de Él; luego nos dice que si nuestro corazón no nos reprende (si estamos a cuentas con Él), tenemos confianza y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos las cosas que le agradan.

    Al arreglar las cuentas con el Señor, vuelve la confianza; al volver la confianza nos vuelve a oír en las oraciones y nos responde positivamente. Pero en ningún momento pensemos que aún en el pecado (como aquel hijo pródigo) el Señor no nos está aguardando. Seguimos en sus manos y en las manos de su Padre, aún con el Espíritu Santo dentro de nosotros (aunque contristado, por lo cual nos sentimos igualmente tristes por el mal que hacemos). Lo que sucede es que pasamos por un proceso de corrección y no nos agrada estar bajo su mano castigadora, pero será breve porque acudiremos a Él lo más rápido que podamos para suplicar perdón y alivio del castigo.

    Jehová, no me reprendas en tu furor, ni me castigues en tu ira (Salmo 38:1). Señor, delante de ti están todos mis deseos, y mi suspiro no te es oculto. Mi corazón está acongojado, me ha dejado mi vigor, y aun la luz de mis ojos me falta ya. Mis amigos y mis compañeros se mantienen lejos de mi plaga, y mis cercanos se han alejado…Por tanto, confesaré mi maldad, y me contristaré por mi pecado. Porque mis enemigos están vivos y fuertes, y se han aumentado los que me aborrecen sin causa…No me desampares, oh Jehová; Dios mío, no te alejes de mí. Apresúrate a ayudarme, oh Señor, mi salvación (Salmo 38).

    César Paredes

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  • HABILIDAD DE DIOS

    Jehová ama y guarda lo prometido a su pueblo, con poder sacó a Israel de la esclavitud en Egipto, del azote del Faraón. Dios es fiel para guardar el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, pero dará el pago a los que le aborrecen, destruyéndolos. No se demora Jehová con el que le odia, en persona le dará el pago (Deuteronomio 7:8-10). Agrega la Escritura que no faltó de todas las buenas promesas que Jehová había hecho a la casa de Israel, sino que todo se cumplió (Josué 21:45).

    Dios tiene habilidad suficiente para cumplir todas sus promesas, tanto las hechas a sus escogidos como las prometidas a los réprobos en cuanto a fe. A éstos llama sus enemigos, a quienes odia desde antes de la fundación del mundo. Éstos serán como espinos arrancados, los cuales nadie toma con la mano.

    Para el creyente existe un trato diferente de parte del Señor. Será bienaventurado y protegido por siempre, aunque sea castigado por sus desobediencias, azotado en virtud del amor del Padre que corrige. El creyente recibirá azotes por sus iniquidades (Salmo 89:32).

    El Dios soberano hace todo posible, Jehová es su nombre, el mismo que separó las aguas del mar para que su pueblo caminase en medio, el que lo cerró cuando sus enemigos entraron en persecución. Es el mismo Dios que guió por 40 años una travesía pedagógica para que se escribiera su gloria en cuanto hacía. El que hizo caer maná del cielo, el que destruía al enemigo de su nación escogida, de donde vendría la Simiente que es Cristo.

    Hablamos del Dios de la Biblia, no de los dioses que la gente se inventa. Si Dios se determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar? Su alma deseó e hizo (Job 23:13). Pensemos que es el Dios de la providencia, lo cual quiere decir que provee para cada ocasión. Por ejemplo, proveyó para que el Faraón fuese un rey, un mandatario de acuerdo a las costumbres de su pueblo. Lo dotó de poder, de tradiciones, con un entendimiento entenebrecido para que no comprendiera quién era el verdadero Dios. Todo esto cuenta como providencia.

    Lo mismo aconteció con Judas Iscariote, creado como diablo, como hijo de destrucción para que la Escritura se cumpliese. Judas no pudo morir cuando era un niño, porque tenía una misión que aún no conocía. Judas estudió a los pies de Jesucristo, tuvo que formar parte de los doce apóstoles para poder ejercer su rol de traidor. Así que no murió ahogado en un río o en medio de una tormenta marina, no se lo tragó un tiburón, ni fue asesinado por el movimiento zelote. Jehová proveyó para sus necesidades con la finalidad de que cumpliera el fin para el que había sido creado. Los medios seguidos por el Iscariote fueron igualmente medios escogidos por Dios, en tanto es el Dios de la providencia. El que hace el fin hace también los medios para ese fin.

    De esa forma, el Faraón glorificó a Jehová al recibir la ira por el pecado, por el endurecimiento de corazón al que había sido sometido por el mismo Jehová. Y Judas también padeció por sus pecados, todos los cuales fueron anunciados por los profetas de Dios, como para indicarnos quién es el soberano absoluto. En ese diablo también Jehová llevó la gloria de su soberanía, de su justicia, como el Dios que profetiza lo que habrá de acontecer.

    El Dios de la Biblia está en control de todas las cosas. Él creó todas las cosas y las ha ordenado, incluso cualquier átomo del universo continúa bajo la supervisión del que hace todas las cosas para su propia gloria. La Biblia dice algo que debe conducirnos a reflexión: Nuestro Dios está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho (Salmo 115:3). El Dios satisfecho no se siente frustrado un instante, nada se le opone, porque aún los malos que hablan en su contra y hacen maldades, todos ellos fueron creados para el día malo (Proverbios 16:4).

    La habilidad de Dios se muestra porque crea la luz y hace las tinieblas, hace la paz y crea la adversidad; tiene al corazón del gobernante en sus manos, a todo lo que quiere lo inclina; la suerte misma puede ser lanzada en los dados o por cualquier otro medio, pero Jehová decide su destino. Sin la idea del Dios soberano no puede haber un Evangelio seguro, no podría existir la certeza del cumplimiento de lo que Dios ha prometido hacer.

    Jehová el grande, el Señor de todo cuanto existe, anuncia cosas antes de que salgan a la luz, y las hace notorias (Isaías 42:9). Jesucristo iba conforme a lo que había sido determinado, pero dio un ay contra el que lo entregaría (contra Judas, el hijo de perdición, el que iba conforme a las Escrituras). Vemos absoluta predestinación en esta declaratoria de Jesús. Pedro, en su primer discurso, habló del Señor diciéndonos que había sido entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendido y matado por manos de inicuos, crucificándole (Hechos 2:23). Más adelante, en el libro de los Hechos, capítulo 4, versos 27 y 28, nos resume la soberanía de Dios en la crucifixión del Hijo. Los gentiles, el pueblo de Israel, junto a Herodes y Poncio Pilato, se unieron para hacer cuanto la mano y el consejo de Dios habían antes determinado que sucediera.

    El peor evento en la historia, la crucifixión del siervo justo, del Hijo de Dios, el que no había cometido pecado, fue planificado, anunciado a los profetas y ejecutado en el tiempo previsto, de acuerdo a los designios específicos de Dios mismo. ¿Habrá algo que sea difícil para Él? ¿No es Jehová Dios de toda carne? De Él es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan. Lo más hermoso es que nada falta a los que le temen.

    César Paredes

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  • EL PAN QUE DESCENDIÓ DEL CIELO

    En el Evangelio de Juan, Capítulo 6, leemos acerca del milagro de los panes y los peces. Una multitud cerca de 5.000 personas seguía a Jesús, pero estas personas tenían hambre y no había mucho que comer. Después de leído ese relato, el lector puede ver una cadena de eventos que se relacionan estrechamente con la misma gente. Muy posible que los 5.000 en su totalidad no siguieron a Jesús por mar y tierra, como sí lo hicieron muchos entre ellos. Pero una vez que lo encontraron en Capernaum comenzaron a dialogar. Jesús les advirtió que lo seguían no por el milagro visto sino por la comida que los había saciado.

    Muchos siguen a Jesús por el interés económico, pensando que les irá bien si Jesús les provee cosas especiales. Otros lo hacen porque saben de las maravillas que puede hacer, pero no existe garantía alguna de formar parte de su pueblo si se cumplen tales prodigios. Muchos de los que hacen milagros y echan fuera demonios oirán en el día final que no fueron conocidos por Jesús. Claro que Jesús conoce a los que son suyos, y por ende a los que no lo son; pero en el sentido bíblico del término conocer se refiere a tener comunión íntima. Esa comunión va en exclusiva para con los hijos que Dios le dio, llamados también sus amigos, sus hermanos, su pueblo, su iglesia.

    Aquella multitud quería conocer más sobre la doctrina de Jesús. ¿Cuál era ese pan que permanece a vida eterna? Era el pan que el Hijo del Hombre les daría, porque a éste el Padre lo había señalado como su mensajero. Ellos le dijeron que deseaban hacer lo que fuera para poner en práctica las obras de Dios. Eso sucede a menudo cuando un interesado en la palabra de Dios intenta estar cerca de esa fuente de poder que es el Dios Creador de todo cuanto existe. Pero la respuesta simple no satisface, sólo tenían que creer en el enviado del Padre.

    El problema de creer es que va más allá de alguna actividad intelectual netamente humana. Se requiere una fe que es otorgada por Dios (Efesios 2:8), no es de todos la fe sino que ella la da Jesucristo, su autor y consumador. Sin esa fe resulta imposible agradar a Dios. Pedían alguna señal especial para poder creerle, no les bastaba con el milagro de los panes y los peces. Se refirieron al maná caído del cielo, a lo que el Señor les respondió sobre que él era el verdadero pan del cielo, no el pan que les había dado Moisés.

    Jesús les añadió que el que a él viene nunca tendrá hambre, y el que en él cree no tendrá sed jamás. Pero ellos no creían a pesar de haberlo visto, pese a que habían comido de los panes y los peces en una manera milagrosa. Fue en ese instante en que Jesús enfatiza su doctrina de la soberanía absoluta de Dios. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37). La voluntad del que me envió es que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero (Juan 6:39). El que ve al Hijo, y cree en él, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:40). Pedro se refirió en una de sus cartas a nosotros, los que creemos sin haberlo visto, por lo tanto también tenemos esa vida eterna.

    Pero frente a esa doctrina enseñada, donde se enfatizaba en que solamente los enviados del Padre creerían para vida eterna, aquellos seguidores de Jesús (llamados alumnos o discípulos) comenzaron a murmurar. Ahora se enfadaron porque había dicho que él era el pan que descendió del cielo, siendo el hijo de José y de María. Jesús les recriminó su murmuración y les agregó algo que enfatizaba lo anterior: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:44). Se refirió a los profetas que había escrito acerca de Dios enseñando a los que irían a Jesús, una vez que hubiesen aprendido.

    Los judíos que lo seguían quedaron confundidos sin entender la metáfora del pan de vida, de la carne que debían comer. Pensaron literalmente y tal vez se imaginaron algún acto de canibalismo. Ahora se trataba de beber su sangre y comer su carne, ya no solamente de comer el pan que cayó del cielo. Por esa razón, por el conjunto de enseñanzas dictadas a la multitud, muchos de sus discípulos exclamaron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír? (Juan 6: 60). Como Jesús sabía de lo que murmuraban les preguntó: ¿Esto os ofende? (Juan 6:61).

    Dado que Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían (y quién le había de entregar), les repitió la línea especial de su doctrina: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). La consecuencia inmediata frente a esta declaración repetida fue que desde ese instante muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él (Juan 6: 66). Lo que sigue del relato nos dice mucho; aquellos que han creído que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, son los que el Padre envió al Hijo. Los que no se van del lado de Jesús son los que el Padre educó y envió, los que no se espantan por su doctrina, los que no murmuran acerca de si es justo o injusto el que el Padre no envíe a todo el mundo hacia su Hijo, sino que solamente lo hace con los escogidos (los predestinados desde antes de la fundación del mundo, los que son llamados su pueblo por el cual el Señor vino a morir, de acuerdo a Mateo 1:21).

    Juan escribió sobre esa doctrina, como lo vemos en una de sus cartas. Él dijo que aquella persona que no habita en esa enseñanza se convierte en un transgresor, por consiguiente no tiene ni al Padre ni al Hijo. Prohibió rotundamente darle la bienvenida a los que son ajenos a tal enseñanza de Jesús, ya que se considera el centro del Evangelio. La expiación del Señor se hizo en favor de su pueblo, no del mundo por el cual no rogó. Solamente el mundo amado por el Padre fue el objeto del sacrificio expiatorio del Hijo. Esto molesta a muchos discípulos de hoy, es decir, a muchos llamados creyentes o cristianos. Al igual que hace siglos, la gente se ofende por estas palabras del Señor, pos sus enseñanzas. Se dan a la murmuración e igualmente exclaman: Dura es esta palabra de oír.

    A la gente no le interesa este pan de vida, prefieren el otro, el que viene acompañado de peces. De esa manera claman por abundancia, por el Jesús de la prosperidad, el de las señales y prodigios (lenguas, profecías y milagros de sanidad) aunque tengan que forjarlos y sean una imitación de la verdad. Se parecen a los hechiceros de Egipto que sacaban serpientes de sus varas delante de Moisés, para impactar al Faraón y mantenerlo en la mentira. Pero ese era el propósito de Jehová, como lo es hoy en día con el envío del espíritu de estupor (error, confusión) para aquellos que no aman la verdad.

    ¿Qué es no amar la verdad? Una vez que la conocen o se les dice la rechazan, les parece dura de oír. Por esa razón el espíritu de estupor llega enviado por Dios, para que sigan en la mentira y terminen de perderse. No obstante, Isaías clama: El que oiga su voz que escuche, el que pueda llamar a Dios que lo haga mientras está cercano. Dios sigue anunciando este Evangelio de Jesucristo, la buena noticia de salvación por la palabra de aquellos primeros discípulos. No hay salvación posible a través del evangelio del extraño. La oveja que sigue al buen pastor no se irá jamás tras el extraño, porque desconoce su voz. Y solamente llegan a creer las ovejas (Juan 10:26).

    Todo lo dicho acá forma parte de la doctrina de la absoluta soberanía de Dios. Hay mucho más en las Escrituras que refiere al mismo tema. Pero el que se motiva con lo acá dicho puede ir leyendo más y más en la Biblia y se dará cuenta de que ese es el tema central de todas sus páginas. Venid y estemos a cuenta, dice el Señor. No hay Dios fuera de mí, y fuera de mí no hay quien salve. No saben nada los que claman a un madero, al ídolo que forjaron sus manos, al dios que no puede salvar. Un ídolo es también un dios formado a imagen y semejanza del criterio humano, de la opinión propia de lo que debe ser un dios (herejía).

    Que Dios añada la bendición adecuada para todos aquellos que han de creer por medio de esta palabra de verdad.

    César Paredes

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  • FE ESPURIA

    Los que niegan el trabajo eficaz de Jesucristo, caminan bajo la protección de la fe espuria. Al afirmar que la sangre de Jesús el Cristo se derramó por los réprobos en cuanto a fe, por aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo, pisotean el centro del Evangelio. Jesús vino a expiar todos los pecados de todo su pueblo, conforme a las Escrituras. El mundo que dejó de lado, la noche previa a su martirio final, no fue objetivo de su trabajo en la cruz. Él dijo en forma explícita que no rogaba por el mundo (Juan 17:9).

    Juan nos exige no darles la bienvenida a aquellos que no habitan en la doctrina de Cristo. Lo que Jesús enseñó como doctrina del Padre fue la absoluta soberanía de Dios, incluso en materia de salvación y condenación. Dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere; que todo el que a él viene (enviado por su Padre) no lo echa fuera, sino que lo resucita en el día postrero. Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí (Juan 6:45).

    El Espíritu de Dios enseña a cada quien acerca de su necesidad de redención, de su límite como criatura pecadora, así como de quién es Jesucristo. Lo llevará a conocer su trabajo como siervo justo que justificará a muchos, a todo aquel que haya sido ordenado para vida eterna. Estas personas predestinadas por el Padre le son dadas a Cristo (los hijos que Dios me dio) porque fueron escogidas en él. Acá hablamos de dos tipos de enseñanza: 1) la que se da por la palabra del Evangelio, a través de la Biblia, por efectos del ministerio de la predicación, como hecho externo; 2) la que se hace como enseñanza especial, como hecho interno, apoyada con la gracia divina y el poder vivificante del Espíritu Santo que guía a toda verdad.

    Muchos oyen la palabra de la predicación, pero no todos los que la oyen son vivificados, por lo cual continúan tras las enseñanzas del extraño; pocos son los que oyen y escuchan el llamado eficaz. Estos son los elegidos del Padre, los enseñados por Dios (aparte de que hayan sido instruidos por la palabra). El que oye la voz de gracia y la ha aprendido, conoce la confianza que deposita en esa persona llamada Jesucristo. Ha llegado a conocer al siervo justo que lo justificará, seguirá por siempre al buen pastor, se alejará del extraño porque ya no conoce su voz.

    Imposible resulta que el Espíritu Santo que guía a toda verdad, quien opera el nuevo nacimiento, haga nacer de nuevo a un elegido del Padre y lo instruya en la mentira. No lo dejará en el engaño, pues ya ese que ha nacido de nuevo posee la mente de Cristo y ha sido enseñado por Dios mismo. La persona de Cristo implica su sangre, su justicia, su sacrificio y justificación, junto con el perdón, la expiación por todos los pecados de su pueblo, la aceptación de Dios como justificado y el otorgamiento de la vida eterna.

    La fe espuria niega la verdad del Evangelio y propone a cambio un Jesús que expió los pecados de todo el mundo, sin excepción. Con esa redención general se deja en manos de la criatura, muerta en delitos y pecados, con un corazón que odia a Dios, la elección de su destino. El que vence los obstáculos de su propia muerte aceptará la oferta general de redención eterna, lo cual le atribuye una buena obra y anula en esencia la gracia de Dios. Si por obras, entonces ya no es por gracia.

    La fe espuria no cree que el trabajo de Cristo hace la diferencia entre salvación y condenación. Los seguidores de esa gran mentira religiosa muestran una falsa piedad por toda la humanidad, sin excepción; declaran que Dios sería injusto si culpara a una persona habiéndola hecho como vaso de ira. Reclaman por la injusticia cometida contra Esaú, contra el Faraón de Egipto, con tal ahínco y aprehensión que han llegado a afirmar que el Faraón se endureció primero y por eso Dios lo endureció después; que Esaú fue amado por Dios pero menos que Jacob, así como que la venta de la primogenitura generó la condena de Esaú.

    Para seguir en la coherencia de su disparate teológico, los de la fe espuria continúan por el camino que les parece recto en su propia opinión. Hablan de predestinación en base a lo que Dios vio en los corazones de los seres humanos creados. Como si no les bastara la declaración de las Escrituras al respecto: que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios, que no hay quien haga lo bueno. Todos se extraviaron, cada cual agarró por su camino, no hay quien entienda, las cosas del Espíritu de Dios les parecen una locura porque no pueden discernirlas. Ni qué decir de que el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del Evangelio de Jesucristo. Dios mismo les envía un espíritu de estupor, a aquellos que no aman la verdad sino que se entretienen con la mentira, para que terminen de perderse.

    El camino de la blasfemia parece pavimentado con la fe espuria. Los que por él transitan niegan la plena satisfacción de Jesucristo por el pecado de su pueblo; niegan que Jesús rogó solamente por su pueblo y dejó el mundo por fuera de la expiación, ese mundo que el Padre no amó jamás. A Jacob amé, pero odié a Esaú, antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos (Romanos 9). Por esa razón pretenden caminar junto a cualquiera que nombre a Jesús con sus labios, como si pudiésemos hacer iglesia con ovejas y cabras. Juan prohíbe expresamente decirles bienvenidos a los que no traen la doctrina de Cristo, a los cuales llama transgresores que tendrán sus propias plagas como castigo.

    La comunión íntima de Jehová es con los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto (Salmo 25:14). Por esta razón expuesta en este texto sabemos que Dios no les ha dado a conocer su pacto a aquellos con quienes no tiene comunión íntima. A ellos les dirá en el día final: Nunca os conocí. Como enemigos de Dios han enfrentado a Jehová, y como pueblo insensato han blasfemado su nombre (Salmo 74:18). Porque blasfemias dicen ellos contra ti; tus enemigos toman en vano tu nombre (Salmo 139:20).

    Los de la fe espuria no entienden que no es de todos la fe (la verdadera), que la fe es un regalo de Dios (no un esfuerzo humano), que sin fe resulta imposible agradar a Dios. Así que Dios da solamente la fe de Cristo, quien es el autor y consumador de la fe. Los de la fe ilegítima promueven un evangelio ilegítimo, cargado de falsedades producto de los maestros de mentiras. Ellos son expertos en quebrantar al pueblo de Jehová, para afligir su heredad. Se jactan en decir que Dios es soberano, pero no tan soberano; que Dios predestinó, pero a aquellos a quienes les vio que iban a recibir a Cristo; que la gente no va al infierno sino que se pierde. En fin, las duras palabras de la Biblia las transforman en suaves murmullos para que las multitudes no se vayan murmurando como los viejos discípulos de Juan 6.

    ¿Qué oveja desea asistir a un templo de Satanás, concurrido por cabras? La doctrina de Cristo la recibió del Padre, la dio a los apóstoles para que conocieran quién es él, en qué consistía su expiación, cuál sería el límite de ella (Mateo 1:21), su mediación entre Dios y los hombres (los elegidos del Padre, porque así le agradó). El que no anda en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo; pero el que le dice bienvenido a quien trae ese conjunto de herejías (todo lo que es contrario a la doctrina de Cristo) participa de sus malas obras. Se une a su propagación, ayuda a los que anuncian mentiras, se confunde con ellos, como si estuviera en una sinagoga de Satanás.

    César Paredes

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  • LOS CAMINOS DE LA HORMIGA (PROVERBIOS 6:6-9)

    Un llamado para el hombre perezoso y dormilón, para que mire al ínfimo insecto conocido como la hormiga. Sin tener capitán prepara en el verano su comida, volviéndose cauta para continuar su camino. El descuidado se abandona al sueño, al reposo, a la imaginación de sus castillos etéreos, pero será sorprendido en el momento de necesidad. La pobreza le será una garantía.

    Estos proverbios de Salomón instruyen al sencillo, en cosas tan importantes y tan olvidadas en estos tiempos de abandono moral. En pocos versos resume lo que nos acontece por doquier como si fuese un hábito sin reproche: El que anda en perversidad de boca (malas palabras, palabras corrompidas, quejas y murmuraciones), el que guiña los ojos y habla con los pies, como señalando a escondidas o expresando rabietas, el que hace señas con los dedos (muy habitual aún entre las mujeres), posee una gran perversidad en su corazón, piensa el mal y crea discordias (Proverbios 6:12-14).

    Quien así va camina contra la luz de la razón, contra el Evangelio, bajo el engaño y en blasfemia contra Dios y el hombre. Resulta asombroso que a la Bestia de Apocalipsis 13:5 también le fue dada una boca para que hablara blasfemias. Los que actúan en forma similar preparan su camino, incluso sin saberlo. Presenciamos un estado de anomia, de abandono moral que desecha la ética como norte y se acoge a la perversión. Incontables personas son amigos de las mímicas realizadas con sus manos, para hablar groserías y enfatizar su escarnio y furia.

    Pensemos que la maldad produce herejías, interpretaciones privadas de las Escrituras. De error en error se avanza por el camino de la perdición, en el juego de las falsas doctrinas sazonadas con momentos de verdad. La serpiente antigua hablaba verdades a medias en el Edén, para entrampar a las criaturas humanas recién aparecidas. En realidad Adán y Eva no murieron de una vez, sino que vivieron muchos años; su muerte espiritual fue instantánea pero la medio verdad consistió en que físicamente todavía tenían por vivir. Se les abrieron los ojos, conociendo el bien y el mal, lo cual también fue una verdad a medias dicha por Satanás. A medias porque esa apertura los condujo al padecimiento por lo que acababan de aprender.

    De igual forma actúan los maestros de mentiras, los que trabajan con textos de la Biblia sacados de contexto. Si Dios es amor, dicen, no castigará por la eternidad al alma humana. Si Dios es amor no puede odiar al hombre, sino solamente al pecado. Dado que Jesucristo es Dios hecho hombre, todo su trabajo en la cruz debería ser suficiente para toda la humanidad, sin excepción; lo que pasa es que no todos aceptan esa oferta lanzada desde la cruz. De esta manera se trabaja con sofismas, se exagera o minimiza la palabra de Dios hasta incurrir en falacias teológicas.

    El tema de la propiciación resulta oportuno para ilustrar lo ya dicho, ya que Jesús apaciguó la ira del Padre. En ese sentido Cristo hizo el sacrificio de su vida con su sangre, cuando llegó a ser pecado por causa de su pueblo. Fue juzgado por el pecado que cargó a cuestas, el de todos sus amigos o toda su iglesia, los elegidos del Padre desde la eternidad. Resulta obvio por las Escrituras que Jesús no apaciguó la ira de Dios contra Judas Iscariote, el hijo de perdición que iba conforme a las profecías. De la misma manera podemos decir del Faraón de Egipto, o de Caín que era del maligno. Ningún réprobo en cuanto a fe tuvo el beneficio del apaciguamiento de la ira de Dios, de manera que no se puede hablar de una muerte general, por todo el mundo sin excepción.

    ¿Castigará dos veces Dios por el mismo pecado de una persona? No, ya que el juez justo de toda la tierra habrá de hacer lo que es justo. El acta de los decretos, que nos era contraria, fue clavada en la cruz de Cristo. Allí en el madero pagó Jesús el castigo por cada pecado de cada hijo que Dios le dio. Dios no enviará a ninguna persona al infierno, siempre y cuando el Hijo haya expiado su culpa en la cruz. En ese lugar el Señor exclamó: Consumado es (su trabajo había terminado en ese momento, el trabajo de la expiación).

    Los que hemos sido beneficiados con ese trabajo de Jesucristo, hemos de darnos a la tarea de ayudar a los hermanos. Seguimos anunciando este evangelio para que las ovejas sean alcanzadas y oigan la voz del buen pastor. Pongo mi vida por las ovejas (Juan 10:11), pero a los cabritos les dirá: apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles (Mateo 25:33,41). Jesús dijo en una oportunidad: Mi Padre todavía trabaja y yo trabajo (Juan 5:17). Dios no se echa al abandono ni a la negligencia, sino que nos legó el trabajo como una alegría de vida. La hormiga trabaja aunque no tenga líder que la obligue, lo cual motivó a Salomón a destacarla como ejemplo a imitar.

    Nos preparamos para cuando nos demanden por la fe que tenemos, para la defensa del Evangelio. El estudio de la Biblia debe constituir una pasión en cada creyente, ya que sabemos que Jesucristo es el Logos que nos ha creado. La inmoralidad del mundo aumentada en estos últimos tiempos nos induce a la desgana por cuanto muchos seres perversos y abominables disfrutan de sus estafas, robos públicos y cuanto fruto del engaño alcanzan.

    La mentira teológica ha crecido y se predica desde los púlpitos domingo a domingo. Por todo el mundo ha crecido la hierba mala de la teología de las obras según la cual Dios hizo su parte, el diablo hace la suya y a cada quien le toca responder con su libre albedrío. Ese supuesto religioso, mito del averno, envenena la fuente: ahora el hombre decide su destino final, a pesar de la terrible abominación que conlleva el que una persona a quien se le han expiado sus pecados sea enviada al infierno de condenación. Eso implicaría desvalorar la sangre de Cristo, pisotear su nombre, poder y amor eterno; como si la muerte del Señor hubiese sido en forma potencial y no actual.

    A esa teología el ser humano caído todavía en delitos y pecados tiene en alta estima, ya que cumple con ciertos valores y presupuestos culturales. Contiene palabras más suaves, releva a Dios de su actividad de endurecer a quien quiere endurecer, abre camino libre para el mitológico libre albedrío que le permite al hombre finalmente decidir su destino, con independencia de su Creador.

    Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras (Génesis 3:15; Daniel 9:24; Mateo 1:21; 1 Corintios 15:3). Todo lo escrito sobre el Mesías, el Cordero de Dios, se cumplió a cabalidad. Isaías habló tocante a conocer al siervo justo que justificaría a muchos. El cuento de la libertad del hombre se pone en evidencia en las enseñanzas de Jesucristo: Nadie puede venir a mí si el Padre no lo trajere; y yo lo resucitaré en el día postrero (Juan 6:44). Estas palabras enfurecieron a muchos de sus discípulos, los cuales se retiraron de él con murmuraciones. Les pareció una dura palabra de oír (Juan 6:60); se sintieron ofendidos porque el Señor había dicho que todo lo que el Padre le daba vendría inequívocamente a él y no sería echado fuera jamás (Juan 6:37). Sí, esos discípulos que lo habían seguido por mar y tierra resultaron ofendidos con sus palabras. Jesús les dijo a ellos: ¿Esto os ofende? (Juan 6:61).

    Este es nuestro trabajo, anunciar por doquier a tiempo y a destiempo el Evangelio de Cristo. Nuestro trabajo sigue siendo como el de siervos inútiles, pero lo hacemos igualmente para que Satanás no gane ventaja sobre nosotros, los que somos la iglesia de Cristo (2 Corintios 2:11), porque no ignoramos sus maquinaciones. Esos planes ocultos del príncipe de este mundo llevan confusión a través de los maestros de mentiras, los profetas del falso evangelio, el espíritu de estupor que opera la mentira en los que no aman la verdad (2 Tesalonicenses 2:11).

    César Paredes

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  • DOS EVANGELIOS (GÁLATAS 1:6-9)

    No que haya dos evangelios, sino que algunas personas en su perversión anuncian otro diferente. Esa premisa de Pablo nos conduce a la síntesis de la existencia de un solo Evangelio, el anunciado por Jesucristo y sus apóstoles, el revelado a través de Isaías y de los demás escritores bíblicos. Ya en el Génesis encontramos su aparición cuando Jehová cubre de pieles de animales la desnudez humana, o cuando se le anuncia a Eva la Simiente prometida que vencería a la simiente del dragón, la denominada serpiente antigua. Así que no hay nada nuevo pero sí algo original y propio del Dios de las Escrituras, lo cual hace deducir que desde antes de la fundación del mundo existía el Evangelio en el pacto interpersonal de la Divinidad.

    En la ejecución de la redención las tres personas divinas realizan su operativo particular: el Padre ordenó todo cuanto existe y ha hecho la predestinación y elección eterna, el Hijo vino a morir por todos los pecados de su pueblo, el Espíritu Santo regenera a la criatura que ha sido enseñada por Dios y que ha aprendido para ser enviada a Cristo. Esto tiene apoyo de las Escrituras, en múltiples textos, como ya se ha escrito en otros artículos.

    El anuncio de la buena nueva de salvación nos toca a los creyentes como tarea, sin distinción de personas, para llamar a toda posible criatura humana al arrepentimiento y a creer en el Evangelio. Poco importa si el que escucha el mensaje no posee la capacidad natural para creer, ya que no es de todos la fe y ella viene como un regalo de Dios. Ciertamente, sin fe resulta imposible agradar a Dios. Pero la metanoia (arrepentimiento en griego) implica un cambio de mentalidad respecto a dos cosas, por lo menos: 1) En relación a quién es Dios. Ya no será la misma concepción que como seres naturales acostumbramos a tener, como si fuese un ser minúsculo o un genio de una lámpara, que nos escucha para venir en nuestro auxilio a concedernos deseos o favores. Ahora se trata de verlo en su dimensión bíblica: el Hacedor de todo, el Todopoderoso Jehová que hace como quiere y no tiene consejero, un Dios soberano en forma absoluta que ha elegido el destino de todo cuanto ha creado; 2) En relación a quiénes somos nosotros, ínfimas criaturas que estamos acá en esta tierra por obra divina, que nos infatuamos sin tener con qué, que presuponemos que venimos de la nada o de una ameba a través de un proceso evolutivo. Una vez arrepentidos de esas falsas creencias, pasamos a comprender que nunca podemos vivir en forma independiente de nuestro Creador.

    Ese arrepentimiento de lo que hemos sido nos conduce a ser otros, a creer de otra manera en el Dios que nunca habíamos imaginado porque como criaturas naturales no lo podíamos discernir, por lo tanto nos parecía locura todo lo que oíamos al respecto. El nuevo nacimiento que nos da el Espíritu de Dios nos otorga vida eterna que comenzamos a disfrutar desde ahora mismo, por lo cual nos volvemos voluntarios de Dios en este día de su poder en nosotros. Dios es el que ha elegido, no basado en nuestras obras muertas (delitos y pecados) sino en su buena voluntad y gracia soberana. Tuvo misericordia de los que eligió desde la eternidad, amándonos con amor eterno y prolongándonos su misericordia. Pero en su lado opuesto Él endureció a quien quiso endurecer, para que la redención se muestre por gracia y no por obras, a fin de que nadie se gloríe.

    Para que la gente se evite malas interpretaciones, la Biblia enseña que todos hemos pecado y hemos llegado al estatus de apartamiento de la gloria de Dios. Destituidos de esa gloria, hemos seguido cada cual por nuestros caminos, sin desear al verdadero Dios, sin exhibir siquiera un poco de justicia que satisfaga al Padre Creador de todo lo que existe. Pero para que se levanten objetores y maledicentes, la Biblia por igual enseña que Dios amó a Jacob y odió a Esaú desde antes de ser concebidos, sin mirar en sus obras buenas o malas. En su acto soberano eligió a quién redimiría y a quién condenaría.

    Esa revelación bíblica molesta a muchos; no pocos son los ofendidos y murmuradores, a quienes la Biblia acusa de poseer el entendimiento entenebrecido. Al parecer, dentro de ese lote de personas enojadas por la actitud divina, algunos que caminan perdidos son llamados para salir de las tinieblas a la luz, mientras otros son endurecidos bajo un espíritu de estupor de manera que se pierdan para siempre. Estos últimos no aman la verdad sino que se ofenden por ella, se retuercen de odio contra el Dios de la Biblia, demandan justicia contra el Creador al acusarlo de injusto por condenar a Esaú aún antes de que hiciera malas obras.

    La objeción contra el Creador no puede considerarse como algo nuevo en teología. Tampoco puede remontarse a la época en que se escribió la epístola a los romanos, más bien viene desde que el pecado entró a este mundo y con él la muerte. Dios resulta confinado al banquillo de los acusados, sin derecho a réplica, aunque algunos teólogos procuran su defensa con buena voluntad, pero el acusado rechaza tal defensa no pedida. Él sigue diciendo en muchos textos de las Escrituras que no tiene consejero, que hace como quiere, que todo lo que quiso ha hecho. Reclama que aún al malo hizo para el día malo, que su palabra permanece para siempre y no hay quien pueda detenerla. Es más, le dice a quienes lo odian que ellos han sido colocados en ese rol, como Judas Iscariote fue puesto para que la Escritura se cumpliese.

    El otro evangelio (al que se le suman todas las variantes que siguen apareciendo) se afianza en la redención por obras, mientras el verdadero Evangelio se define como el de la gracia. Muchos teólogos que fungen como maestros de mentiras, asumen la gracia como premisa pero dejan un espacio para la realización del libre albedrío. No pueden despojarse de ese mito religioso, al que han convertido en un ídolo. Hablan de un dios que por gracia habilita al hombre para que libremente decida su futuro, pero arguyéndose que la predestinación se basó en el conocimiento previo de Dios respecto a lo que su criatura haría. De esa manera pretenden exculpar a Dios al menos ante sus conciencias, criterio seguido por miles de personas que propagan una teología equivocada, alejada de la Biblia pero recortada de sus páginas sacadas de contexto.

    La iglesia de Roma, por cierto, maestra de la teología de las obras, tuvo su peón en la época de la Reforma Protestante. Se llamó Jacobo Arminio, el cual enseñó su teología jesuita del justo medio, según la cual Dios soberano se despoja por un momento de su soberanía absoluta para que su criatura pueda decidir con libertad si acepta o no acepta a Jesucristo. Como consecuencia derivada de esa concepción teológica, Jesucristo vino a morir por los pecados de todo el mundo, sin excepción. En realidad, poco importaría el que su sangre resulte derramada vanamente por aquellos que nunca han oído el evangelio y no se enteran de esa gracia a su favor. Tampoco importa que aquellos que deben decidir su futuro desprecien esa sangre derramada por ellos, así que serían castigados doblemente: en el Hijo, cuando padeció en la cruz para perdonar sus pecados, y en ellos como condenados cuando sean castigados eternamente por sus culpas.

    Ese sistema teológico arminiano tiene gran aceptación porque se ve como más justo, porque intenta resolver la antipatía que causa el Dios que odia de antemano a sus criaturas humanas, pero enturbia por igual la doctrina de Cristo. Jesucristo enseñó que nadie puede venir a él si el Padre no lo trae; agregó que todo lo que el Padre le da viene a él, lo cual impone una conclusión forzosa: Solamente los que el Padre envía y le da al Hijo serán redimidos. Por lo tanto, Jesucristo no murió para perdonar todos los pecados de todas las personas, sin excepción, sino por todos los pecados de todo su pueblo en forma absoluta. Esa fue su misión como lo confirma la Escritura, desde antes de haber nacido se dijo: se pondría al niño por nacer el nombre Jesús, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados. Jesús significa Jehová salva (Mateo 1:21).

    La droga arminiana, como se le ha denominado, crece como hierba mala. Su propagación ha minado los púlpitos reformados o protestantes desde el mismo inicio, para convertirse su doctrina en un monstruo del pecado. Sutil como el silencio, se enreda en las páginas de la Biblia sacada de contexto, para placer y como tarea emprendida por los defensores de esta enseñanza heredada de Pelagio y seguida por su pupilo distante Arminio. Se presenta como elixir, pero en un envase que dice cristianismo, para ocultar el misterio de la iniquidad que pregona. Esta falsa doctrina arminiana convierte la gracia de Dios en vasalla de la libertad humana, como si fuese un logro intelectual para las almas atormentadas por la sola idea de su impotencia ante el Dios soberano de las Escrituras, que ha ordenado desde la eternidad quiénes serían los objetos de su amor y misericordia y quiénes serían los objetos de su odio y endurecimiento.

    ¿Qué antídoto puede haber para el veneno satánico? La regeneración del Espíritu Santo, para que la palabra de Dios se convierta en el placer del alma voluntaria en el día del poder del Altísimo. La regeneración que no proviene por voluntad humana sino de Dios. El no regenerado tiene en poco la palabra de la verdad de las Escrituras, porque le parece una locura y no puede discernirla. El arminiano siempre intentará enderezar lo que está recto, por lo tanto lo tuerce para su propia perdición.

    César Paredes

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  • LA DESGRACIA DEL FARAÓN

    La vida eterna se define como el conocer al Padre en tanto único Dios verdadero, y a Jesucristo el enviado del Padre. De esa manera lo describió Jesús en su oración la noche previa a su crucifixión (Juan 17:3). Nuestra comisión se centra en la actividad de conocer a Dios, por la mejor vía que se nos ha presentado: la revelación de las Escrituras. Por supuesto, no podemos negar que la creación misma nos habla de Él, de su poder y sabiduría con la que ha hecho todas las cosas. Por las Escrituras sabemos que al conocer la verdad de Dios llegaremos a la libertad plena (Juan 8:32).

    Ese conocimiento en el creyente testifica de su estado de gracia; para Faraón su ignorancia dio prueba de su profunda desgracia. Él dijo: ¿Quién es Jehová para que los deje ir? Esa pregunta lo desnudó como un ser carente del conocimiento del siervo justo que justifica a muchos, por lo tanto hasta el día de su muerte permaneció a oscuras y su tragedia en esta vida fue similar a la de cualquiera que ignore al Salvador del mundo.

    Pero Jesús no vino a salvar a cada uno en particular, sino a su pueblo, a sus amigos, a sus hermanos, a los hijos que Dios le dio. En resumen, Jesús redime a su iglesia de sus pecados, conforme a las Escrituras. Aquellas personas que tuercen sus palabras (las de la Escritura) escucharán la sentencia fatal en el día final: Nunca os conocí. Muchos pasan su existencia en este mundo embebidos en sus afanes, en sus lujurias, en el acto de agradar a sus ojos. De esa manera jamás intentan examinar las Escrituras porque ni siquiera les parece que allí encontrarán la vida eterna.

    Otros, rigen su vida por la búsqueda de esa vida que jamás encuentran. Su preconcepción religiosa les impide ver la realidad descrita en las páginas de la Biblia. Al parecer odian la verdad porque no la aman, de manera que los rodea el espíritu de estupor que los impulsa hacia el aprecio de la mentira. Dios ordena que de las tinieblas brille la luz en nuestros corazones, la luz del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo (2 Corintios 4:6). Contrariamente, el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios (2 Corintios 4:4).

    Vemos dos rostros en la presentación del Evangelio: el del Faraón y el de Moisés. Un rostro cuyos ojos cegados por el príncipe de este mundo, a quienes muchos veneran, desconocen la justicia de Dios. Otro rostro cuya serenidad refleja la presencia del Dios que iba con él para darle descanso. Se han encontrado en un mismo sitio la desgracia y la misericordia, dos efectos naturales del plan o decreto divino respecto al destino de los hombres. El corazón humano parece un globo a oscuras, que gira en densas tinieblas sin poder distinguir el sendero. La luz divina alumbra las tinieblas y muestra el pecado humano, con la finalidad de destacar su extraviada condición.

    La soberbia humana continúa preguntando quién es Dios, pero desea la respuesta de filósofos y teólogos entrenados en los argumentos de mentiras. Ellos buscan quien les hable de acuerdo a sus fábulas mentales, bajo los dictámenes del extravío de sus corazones. No toleran la palabra bíblica de los labios de Jesús, ya que su dureza los ofende. Prefieren hacer fila con el objetor para señalar la insuficiencia de justicia que perciben del Dios bíblico, compensada con el equilibrio que les ofrecen sus ídolos.

    Hay gente que a pesar de leer la Biblia con celo de Dios continúa con el viejo velo que tuvieron los de Israel en el Antiguo Testamento. Aquellos tuvieron el entendimiento embotado, pero los de hoy día continúan con escamas en sus ojos y con oídos que no oyen. Parece haberles arropado el espíritu de estupor, un poder engañoso para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron con la injusticia (2 Tesalonicenses 2:11-12).

    Ese espíritu de engaño lo vivió el Faraón frente a Moisés, cuando sus magos hicieron algunos prodigios para mantenerlo en la ilusión de su propia verdad. Lo vivieron los judíos frente al Hijo de Dios, cuando se jactaron de ser hijos de Abraham y de tener la ley de Moisés, por lo cual no necesitaban del hijo del carpintero. Lo siguen poseyendo todos aquellos que no se deleitan en la verdad, porque les parece dura de oír y prefieren la suavidad de voz de un dios hecho a su medida. Han confeccionado a un ídolo que ama a todos por igual, que no juzga sino en base a las buenas o malas obras, que envió a su hijo a morir por todos sin excepción, equitativo, que odió a Esaú en base a sus malas decisiones, que dice palabras blandas para que la gente no huya de las asambleas. Por igual aman al dios que permite que sucedan cosas aunque esa divinidad no quiere que esas cosas sucedan; estiman en grande al ídolo que respeta el libre albedrío que su imaginación ha creado a través de los siglos.

    En su ruta del pecado deambulan como si fuese de noche, en toda suerte de tropiezos. Todavía permanecen esclavos del pecado y continúan como siervos de la injusticia. Muchos de ellos llegarán al mismo destino del Faraón, como personas ordenadas para tropezar en Cristo como la roca. Otros huirán de Babilonia cuando oigan la voz del buen pastor, para seguirlo por siempre. El evangelio se anuncia a todos con la finalidad de servir de testimonio, pero endurece a muchos para aumentarles la condena, mientras a otros salva por gracia. La desgracia del Faraón fue su predestinación para servir como objeto de la gloria de Dios en su justicia y castigo por el pecado. Asimismo, muchos han sido colocados en el mismo sendero, si bien Dios tiene que soportarlos con paciencia hasta el día del juicio final.

    Así que Dios nos enseña un gran contraste entre la gracia y la desgracia, entre los réprobos en cuanto a fe, cuya condenación no se tarda, y los rescatados de las tinieblas a la luz. Los réprobos no creen ni creerán jamás el Evangelio, pero los que hemos nacido de nuevo sí que lo creemos. Asumimos la doctrina del Evangelio, que es la misma doctrina de Cristo -dada por el Padre. Creemos con Juan que quien no vive en esa doctrina del Señor no tiene ni al Padre ni al Hijo; sabemos que mientras estuvimos muertos en delitos y pecados fuimos miserables como los demás, por lo cual no podíamos tolerar ni mucho menos creer las cosas propias del Espíritu de Dios. Nos parecía una locura todo aquello, ya que no podíamos discernirlas.

    Ahora que fuimos regenerados hemos creído en la verdad del Evangelio: la buena nueva de salvación para el pueblo de Dios (Mateo 1:21), sabemos que pertenecemos al grupo por el cual Cristo rogó la noche previa a su crucifixión. Entendemos que los réprobos en cuanto a fe conforman el grupo de personas del mundo por el cual Jesucristo no rogó esa misma noche (Juan 17:9). De esa manera se confirma lo dicho por Isaías respecto al siervo justo que justificaría a muchos, no a todos. El conocimiento del siervo justo nos justifica, pero ese conocimiento no pudo llegar antes de nosotros haber sido regenerados. Sin embargo, este evangelio viene a ser el inicio para que todos los llamados de las tinieblas a la luz acudan hacia el buen pastor, una vez que su llamamiento eficaz los alcance.

    La salvación pertenece al Señor: ninguna decisión personal hace la diferencia entre cielo e infierno, como tampoco ningún conocimiento especial que poseamos. Nuestra voluntad (decisión) y nuestro conocimiento teológico vienen como consecuencia de nuestra regeneración. La palabra de Dios no volverá a Él vacía, sino que hará lo que le fue ordenada. En Faraón esa palabra no regresó sin nada, sino que le dio la gloria a Jehová sobre la altivez del arrogante mandatario egipcio, mientras rescataba por igual al pueblo esclavo objeto de la promesa hecha a Abraham.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA NECEDAD DE MUCHOS

    Ve a la hormiga, oh perezoso, mira sus caminos, y sé sabio; la cual no teniendo capitán, ni gobernador, ni señor, prepara en el verano su comida. Y recoge en el tiempo de la siega su mantenimiento. Perezoso, ¿hasta cuándo has de dormir? ¿Cuándo te levantarás de tu sueño? (Proverbios 6:6-9). Esta admonición del libro de Proverbios nos viene al caso sobre la tarea teológica. Muchos piensan que la teología la deben ejercer los profesionales egresados de institutos específicos, graduados de seminarios de teología. El trabajo, como tema de estos proverbios citados, se extiende a todos sus renglones, inclusive al estudio de las Escrituras.

    Tal vez el proverbio carezca de propiedad por cuanto la hormiga no lee, pero su ejemplo descrito cubre nuestras necesidades. La Biblia ha dicho que el pueblo de Dios perece por falta de entendimiento; Isaías habla tocante al debido conocimiento que hemos de tener en relación al siervo justo; Jesús nos dijo que hemos de examinar con buen escrutinio las Escrituras, porque suponemos que allí está la vida eterna. El gran Jehová (el gran Yo Soy el que Soy) ordenó que el pueblo recién salido de la esclavitud leyera la ley, la escribiera en los dinteles y en sus ropas. Todas las Escrituras vinieron gracias a la labor de escribanos, su compilación y publicación obedece al hecho de que hay gente esmerada en la actividad de escribir. Su consumo va dirigido primordialmente a lectores, de manera que se exige un esfuerzo para dejar la pereza cuando se trata de aprender y comprender la palabra de Dios.

    La pereza destruye a cualquiera en el área en que se es perezoso. Tal vez una persona sea diligente para manejar negocios y hacer dinero, pero se descuida en cómo administrarlo. A lo mejor estudia mucho su carrera universitaria, pero deja su Biblia prensada en la biblioteca de su casa junto a otros libros que considera más importantes. Ellos andan como si tuviesen humo en los ojos, por la pereza que demuestran frente al texto sagrado. Si su alma desea conocer las Escrituras pero la cunde la pereza, nada alcanzará respecto a ese propósito.

    Algunos suponen que pueden amar a Cristo con el corazón, pero que los asuntos de la mente o intelecto no comprenden su tarea. Equivocados andan por el mundo, enredados en el espíritu de estupor, porque amar al Señor implica conocer su palabra. Él es el Verbo hecho carne, el Logos que creó el mundo; en esa su creación hizo la inteligencia para los seres humanos, la cual le honra, aunque en especial la que está en sus hijos. Esa Escritura que habla de él agrega que los creyentes (nacidos de nuevo) tenemos la mente de Cristo (1 Corintios 2:16). Al poseer la mente de Cristo hemos de buscar la instrucción que viene de arriba, no necesariamente la del mundo, como si su filosofía pudiera explicarnos los misterios del Evangelio.

    Algunas personas pueden tener celo de Dios, pero si no les asiste el entendimiento respecto a la justicia divina, andarán perdidos como el más oprobioso réprobo en cuanto a fe. Eso lo expone Pablo en su Carta a los Romanos, Capítulo 10, versos 1-4. Dejar la doctrina de Cristo bajo ignorancia, escondiéndose en el supuesto amor al Señor, nos lanza hacia el sabor del misticismo, del ostracismo religioso que se goza en la subjetividad del sentimiento de la religión.

    Pablo nos dice que debemos andar con diligencia, no como necios sino como sabios (Efesios 5:15). Los necios no tienen enfocados sus ojos adonde caminan, sino que andan por senderos de oscuridad. Sus vías apuntan a la destrucción final, aunque les parezcan en principio caminos de bien. El loco o el necio pueden andar desnudos, sin el acato del orden público. De igual forma, el necio bíblico camina sin los atuendos del Evangelio, con un evangelio acortado, cuyos adornos son el barniz religioso de su cultura. El necio bíblico suele vivir fuera de la doctrina de Cristo, aunque profesa creer en él como Hijo de Dios, como Salvador del mundo, como el que puso su vida por todo el mundo, sin excepción. Él no sabe distinguir entre la justicia de Dios y la justicia humana, supone que la diferencia final entre cielo e infierno la hace él mismo con su voluntad, con su religiosidad, con su constancia y hábitos de religión que lo consagran como conocedor de la Biblia.

    El estudio pudiera ser considerado como el más noble empleo del alma, pero solo si se apunta a la Escritura como contenedor de la vida eterna. De lo contrario, solo acarreará fatiga para la carne, porque el hacer muchos libros no tiene límite, máxime cuando estudiamos unos que contradicen a otros, todo lo cual sirve tan solo como ejercicio intelectual. Pero, ¿en qué aprovecha el alma si ganare todo el conocimiento humano y ella se perdiere? No hay fin en hacer muchos libros, decía Salomón (Eclesiastés 12:12).

    La Biblia nos incita a juzgar con justo juicio, nos ordena a probar los espíritus para saber si son de Dios. Nos prohíbe darles la bienvenida a quienes no vivan en la doctrina de Cristo. El mucho celo por Dios sin conocimiento no sirve de nada, lo dijo Pablo cuando escribía a los romanos. La justicia de Dios funge como centro del Evangelio, por lo que conocer al siervo justo que justificará a muchos conviene. La justicia de Dios es Jesucristo, porque cumplió la ley sin quebrantarla en ningún punto, sufrió la maldición del pecado de todo su pueblo (Mateo 1:21) para que las actas con los decretos que nos eran contrarias fuesen clavadas en la cruz. No rogó Jesús por el mundo (Juan 17:9), por lo tanto murió solamente por el mundo amado por el Padre (Juan 3:16).

    Mejor es el día de la muerte que el día del nacimiento, decía Salomón. Bien, Pablo lo ratificó cuando afirmó que para él el vivir era Cristo pero el morir era ganancia, porque prefería partir para estar con Cristo lo cual era mucho mejor. A veces nos toca el lamento por la soledad en la que andamos, pero ese lamento delatado en nuestro rostro conduce a que el corazón se perfeccione (Eclesiastés 7:3). Somos odiados por el mundo, pero ese mundo está por igual en las sinagogas donde no se perdonan los pecados que Jesús ya perdonó. Allí impera el gobierno de las reglas del Derecho religioso, por sobre el amor del Padre que nos amó con amor eterno. En esas sinagogas se exhiben con luces los pecados de todos aquellos que exponen la doctrina de Cristo, para que nadie los escuche y sigan al espíritu de estupor.

    La palabra de Jesucristo todavía les parece dura de oír, y así será hasta el fin de sus días, cuando sean consumidos por la mentira y tragados por la garganta del abismo. La Biblia en la boca del impío genera interpretación privada, desviación contextual para tropiezo en la roca que es Cristo. Por eso Dios le dice al malo: ¿Qué tienes tú que hablar de mis leyes, y que tomar mi pacto en tu boca? Pues tú aborreces la corrección y echas a tu espalda mis palabras (Salmo 50:16-17).

    César Paredes

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