Autor: César Paredes

  • CARGA PESADA (MATEO 23:4 Y 11:28)

    Jesucristo ofreció a sus seguidores que fueran a él todos los que estuvieran trabajados y cansados, porque él los haría descansar. Los fariseos colocaban cargas pesadas que ni ellos se atrevían a mover con un dedo, ni siquiera se molestaban en dar un movimiento en apoyo a favor de aquellos a quienes turbaban con sus recomendaciones jurídico-teológicas. La religión convierte en oneroso cualquier pensamiento para que de esa manera el individuo ofuscado por su culpa acuda con diezmos y ofrendas como si hiciera una penitencia. No solo el orden económico resulta oneroso, también se turba la mente con la idea de la culpa.

    Un fariseo estaba acostumbrado a recomendar actividades para expiar el pecado, mientras ellos se creían a sí mismos libres de condenación. En realidad, Jesucristo los calificó como sepulcros blanqueados, podridos por dentro. Cualquier trabajo humano deviene obra de hombre inútil, ante el tamaño de la infracción cometida contra el Hacedor de todo. La dimensión del pecado no puede ser medida, el daño que ocasiona resulta enorme, lo que la sentencia bíblica demuestra: la paga del pecado es la muerte (Romanos 6:23).

    Esa muerte se define eterna, frente a la vida otorgada por Dios como su dádiva ofrecida a todos los que son suyos. La vida eterna en Cristo Jesús vino como contraparte de la muerte que encubría la serpiente antigua, cuando dijo que nada malo pasaría si desobedecían al Señor. La promesa satánica anunciaba que seríamos como dioses, cosa que no anhelaban en lo más mínimo ni Adán ni Eva. Pero como el diablo siempre quiso ser como Dios, procuró subir al trono del Altísimo y ser como Él. Su maldad surgió como producto de su soberbia, de la altivez propia de la divinidad que se propuso ser. Su deseo fue transferido a las primeras criaturas humanas.

    Ciertamente, conocimos el bien y el mal, pero este último se apoderó de nosotros. Cada cual se apartó por su camino, no quiso conocer a Dios (al verdadero), habiendo caído en injusticias apareció la enemistad contra el Creador. El enojo divino no se hizo esperar pero como todo estuvo sujeto al plan que el mismo Dios había ideado desde los siglos, el hombre no fue borrado de la faz de la tierra. Ya el Cordero de Dios había sido ordenado desde antes de la fundación del mundo, es decir, deste antes de la caída de Adán. Ese Cristo aparecería en el tiempo apostólico para beneficio de su pueblo escogido (1 Pedro 1:20).

    Jesús ofreció el descanso, el reposo continuo, el alivio de la culpa. Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados, ofreciéndose como Cordero sin mancha, sin pecado alguno, a través de un sacrificio perfecto. Al expresar en la cruz que su trabajo había sido consumado, el inconveniente para la enemistad contra el Creador fue eliminado de en medio. Entonces apareció la esperanza por medio de la luz que existe en el rostro de Jesucristo, para alumbrar dos cosas antagónicas: 1) el pecado humano; 2) el camino para la restauración del corazón del hombre. 

    El arrepentimiento al que hemos sido llamados implica un cambio de mentalidad respecto a quién es Dios y a quiénes somos nosotros. Por un lado comprendemos la absoluta soberanía de Dios, pero al mismo tiempo miramos nuestra pequeñez, limitación y miseria. No hay justo ni aún uno, dice el Señor; no hay quien haga lo bueno. Aún la ofrenda del impío resulta en una abominación a Jehová. Las acciones buenas propuestas por los fariseos fueron cargas pesadas que no se pueden mover para borrar ni un solo pecado. La enemistad del hombre con Dios no se quita con limosnas, con sacrificios humanos, con penitencias y azotes. La memoria de la culpa no se borra y continúa como tormento eterno. 

    En cambio, toda la infracción del hombre arrepentido para perdón de pecados viene a ser borrada en forma absoluta, al mismo tiempo que todo pecado del hombre redimido es arrojado al fondo del mar. Esta metáfora nos ayuda a comprender que el Señor no mirará más nunca nuestro pecado porque la limpieza que hiciera Jesucristo resultó suficiente como justicia interpuesta entre Dios y el pecador. En un sentido el pecado fue eliminado en la cruz, por lo que Juan el Bautista tenía razón al decir que Jesús era el que quitaba el pecado del mundo. Pero al mismo tiempo son miles los que mueren sin esa limpieza de sus manchas porque no fueron bendecidos con el levantamiento de las cargas pesadas de la culpa eterna.

    Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cansados, y yo os haré descansar. Esa es la oferta de Jesús para todos aquellos que están atados a una conducta hostil contra ellos mismos. El pecado es una atadura de una carga en nuestros lomos, implica un dolor por el esfuerzo continuo por eliminarla. El saber que otros dirigen sus miradas hacia nuestros errores puede afligir al alma sensible. Hay almas con callosidades, con conciencias cauterizadas por el pecado, acostumbradas a la suciedad y que no perciben las cosas del Espíritu de Dios. Jesús sigue llamando como lo hace cualquier persona que ha nacido de nuevo, con el anuncio de la esperanza para una mejor vida. 

    La obstinación humana puede conducir no solo a la tumba, sino a la condenación eterna. En la crucifixión de Jesús vemos a dos malhechores a su lado; uno fue más sensible que el otro. En un ladrón cargado y cansado se produjo el arrepentimiento para perdón de pecados, el que da el Espíritu a los que son suyos. En el otro, la hostilidad ante el dador de la vida prevaleció por su dureza de corazón. Este último hacía burlas al Señor, pretendiendo ser oído como si el Cristo podría salvarlo si se salvara a sí mismo. Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y también a sálvanos a nosotros (Lucas 23:39). Ese malhechor anduvo por el camino de una fe equivocada.

    La fe desafiante es la misma utilizada por Satanás cuando probó al Señor en el desierto. Si tú eres Hijo de Dios, fue el sintagma preferido por el tentador. Ese desafío continúa en esta vida en las almas cuya conciencia permanece cauterizada. Dios no va a demostrarle a nadie que Él es el Señor como si de un número de magia se tratara; Dios llama a sus ovejas al redil, en tanto el Buen Pastor dio su vida por esas ovejas. El Espíritu es el que da vida, se mueve como quiere y nadie puede ver de dónde viene. 

    Herodes ponía mucha atención al discurso de Juan el Bautista, como queriendo comprobar sus palabras y en un esfuerzo por conocer su sentido. Sin embargo, ese interés se opacó por el grito de su lujuria, al ceder a la petición que se le hiciera de servir en bandeja la cabeza del profeta. Esto sirve de reflexión para aquellas personas que se interesan en la palabra de Dios pero cuya conciencia continúa esclava del pecado. Arrepentíos y creed en el evangelio, para que podáis disfrutar del descanso ofrecido por Jesucristo. Para esto nadie es suficiente, pero para Dios todas las cosas son posibles.

    César Paredes

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  • OIDORES OLVIDADIZOS

    Muchos oyen la palabra y luego la olvidan, como un reflejo de lo acontecido en la parábola del sembrador. En el Nuevo Testamento aparecen dos textos referidos al oír y al hacer, como vocablos entrelazados, uno dependiente del otro. Santiago nos dice que no seamos oidores olvidadizos, mientras Pablo nos habla de los oidores de la ley frente a los hacedores de ésta. Los que no solamente oímos la ley de Dios sino que la hacemos, somos los justificados (Romanos 2:13 y Santiago 1:22). ἀκροατής (AKROATÉS) es quien oye y escucha, el que pone atención sobre lo dicho, sobre aquello que oye del Espíritu que testifica de Jesús el enviado. La persona que pone atención a los mensajes de la Escritura puede hablar sobre ella, pero si no hace conforme a lo escrito de nada le sirve. Un compromiso se yergue sobre los hijos de Dios, el de la acción como consecuencia de lo que oye. El vocablo griego usado es ποιητής, (POIETÉS), un hacedor, un poeta. La palabra viene como estímulo para la actuación, no como un ejercicio solamente retórico sino como praxis de vida. Lo que les aconteció a los judíos que oyeron el mensaje de Moisés (y no solamente a ellos sino a todos aquellos que escucharon al respecto cuando se leía en las sinagogas los escritos del Antiguo Testamento) parecieron no entender. Eso se demuestra por su arraigo religioso que ilustraba su apego a la letra pero con distanciamiento de la justicia. A Jesús no lo comprendieron sino que lo crucificaron, precisamente en nombre de esa ley que oyeron pero que no hicieron.

    Una ironía divina aparece de nuevo en las páginas bíblicas, ya que por no oír la ley hicieron exactamente lo que la ley decía: condenaron al Hijo de Dios para que la Escritura se cumpliese: Maldito todo aquel que es colgado de un madero. Gracias a esa maldición sufrida por el siervo justo, muchos fuimos justificados. Pero igual ironía cayó sobre Judas el Iscariote, porque él iba conforme a las Escrituras para que se cumpliese. Así que los desobedientes a la palabra divina parece que fueron ordenados a tropezar con ella, contra la roca que es Cristo.

    La ley ha de cumplirse no en sentido literal sino espiritual, ya que su espíritu demuestra el propósito del dador de la ley. Al Señor lo criticaban porque sanaba enfermos en día sábado, por su forma de romper con la literalidad de la ley. Los que lo criticaron habían olvidado la justicia y la misericordia encerrada en esa ley del Dios de amor y de justicia. Claro, la ley requiere una obediencia perfecta para evitar su maldición, pero para ello nadie es suficiente ante ella.

    Descarriado el hombre frente a la imposibilidad de guardar la ley en un todo, quedó fuera de la gloria de Dios. Para dar solución a ese problema general de la raza humana, quiso Dios preservar a un pueblo para la alabanza de la gloria de su misericordia. De esa manera se propuso desde los siglos adoptar una familia de hijos, para que heredase las bendiciones celestiales. De igual forma, para cumplir con su propia justicia, porque Dios no iba a saltársela ni siquiera por su pueblo escogido, envió a su Hijo para que recibiera el castigo de todo el pecado de su pueblo (Mateo 1:21). De esta forma hubo un intercambio en la cruz del Calvario, por un lado, el Hijo de Dios recibió la maldición y castigo por el pecado, mas por el otro lado, nosotros, el pueblo escogido, vinimos a ser declarados justos por medio de la justicia del Hijo.

    En otros términos, Cristo llegó a ser la justicia de Dios y por eso se convirtió en nuestra pascua. Somos justificados por la fe de Cristo, para lo cual hemos de oír el evangelio y convertirnos en hacedores de la palabra de Dios. No que podamos hacer toda la ley porque nadie lo puede lograr, sino que habiendo Cristo cumplido toda la ley se nos imputa a nuestro favor ese trabajo imposible para nosotros. Pero nos queda un deber para con Dios frente a esa dádiva inconmensurable: convertirnos en hacedores de la palabra escrita. ¿Cómo lograrlo, si ya hemos afirmado que resulta imposible?

    Bien, el deber ser fue instaurado y nosotros debemos reconocerlo. Esto para no descuidarnos en los trabajos de la carne, como si por no cumplir toda la ley no procuremos dar servicio a ella. La ley del pecado nos gobierna los miembros (Romanos 7), pero damos gracias a Dios por Jesucristo quien nos librará de este cuerpo de muerte. En tal sentido, somos oidores y hacedores de la ley en tanto poseemos la justicia de Jesucristo. Fue un acto judicial divino el que ocurrió para nuestro beneficio: Jesucristo tomó nuestro pecado y pagó por él, mientras nos concedió al mismo tiempo su justicia perpetua.

    Pero tanto Santiago como Pablo nos instan a no ser oidores olvidadizos sino hacedores de justicia o de la ley divina. Esto significa que tenemos ese deber ser pendiente, una tarea diaria para marchar hacia la perfección. Es como si mirásemos al espejo para contemplar nuestro rostro y valorar si hemos mejorado la apariencia o si todavía debemos tratar de mejorar la imagen. La Biblia nos habla de la predestinación para ser semejantes a la imagen de Jesucristo y precisamente esa se convierte en nuestra tarea. Es un trabajo cotidiano, no de un instante, sino dado en un proceso de vida donde nos erguimos pese a nuestras caídas.

    El creyente sabe que si ha pecado abogado tiene para con el Padre, a Jesucristo el justo. Entiende que si confesamos nuestros pecados, Jesucristo es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad (1 Juan 1:9). En alguna medida somos como los artistas que se esmeran en sus obras, pero que nunca quedan satisfechos porque quisieran haber podido expresarla en una mejor forma. Sin embargo, para evitar cualquier crisis de frustración y abandono, miramos hacia el Cristo que como enviado de Dios fue constituido como la justicia del Padre. En ese sentido seguimos a la meta del supremo llamamiento.

    Los judíos del momento apostólico fueron condenados por haber sido oidores de la ley y no hacedores de ella. También les acontece lo mismo a los gentiles, es decir: toda la humanidad caída en Adán corre el mismo peligro y la misma maldición. Convertirse en hacedor de la ley resulta un imposible para el hombre caído (muerto en delitos y pecados), por lo cual muchos hombres de religión colocan su propia justicia al lado de la de Jesucristo, como si ese acto pudiera ayudarlos a ser hacedores de la ley. Pablo resulta enfático cuando escribe en Romanos 10 sobre los que tienen celo de Dios pero no conforme a ciencia. Así que la recomendación queda para nosotros, para que miremos la justicia de Dios que es Jesucristo, sabiendo que por su perfección resulta imposible sumarle la nuestra (por inexistente y por imperfecta). Además, lo que ya es perfecto no necesita completar nada más. En realidad, Jesucristo vino a ser la justicia de Dios porque fue un Cordero sin mancha, ordenado para ese fin a favor del pueblo escogido desde los siglos. Jesús murió por todos los pecados de su pueblo, no por el mundo por el cual no rogó (Juan 17:9).

    Si escuchamos esta verdad legal y solamente la oímos, no estamos haciendo nada bueno. Seremos hacedores de esa ley en tanto comprendamos que por el conocimiento del siervo justo seremos justificados (Isaías 53:11). Estamos en presencia de un hacer por comprensión, pero ese entendimiento lo da el Espíritu con el nuevo nacimiento. Si no fuere de esa manera, seríamos semejantes a los judíos descritos en Romanos 10, los cuales teniendo celo de Dios ignoraron la justicia divina que es Jesucristo. Y Jesucristo es justicia de Dios para los que el Padre ha llamado como hijos herederos de la bendición celestial (Juan 6).

    César Paredes

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  • ESTAMOS EN GUARDIA

    Nosotros, los creyentes en el evangelio de Jesucristo, permanecemos en guardia o en vela frente al mundo. Sabemos que este lugar en el cual vivimos sigue gobernado por el príncipe de las potestades del aire. Las maquinaciones del enemigo de las almas resultan evidentes por repetidas, siempre en torno al deseo de los ojos, a las apetencias de la carne y a la vanagloria de la vida. La oferta en el monte que Satanás le hizo al Señor coloca su intención general en primer plano: Todo esto te daré, una promesa referida a los reinos de este mundo.

    Vemos en ese texto que Jesucristo no le objetó la propiedad al diablo, pero por igual nos damos cuenta de la estupidez de Satanás al proponerle al Creador de todo cuanto existe que lo adorara a él, una simple criatura suya. Tal vez un artista ensimismado con su obra pudiera adorar su propio arte, pero el Logos eterno no ha pretendido nunca adorar a la criatura. Más bien la Biblia habla contra aquellos que no dan gloria a Dios sino que honran primero a la criatura y no al Creador.

    Si somos ovejas llamadas al redil del buen pastor, asumiremos el compromiso eterno desde el momento de nuestra conversión. Puede haber caídas o resbaladizos pasos, pero recordamos que somos sostenidos por la mano de Jehová todos los días. La comunión con Dios pasa por el estudio de su palabra, porque hemos sido llamados desde siglos el pueblo del libro. El evangelio no puede divorciarse de las letras de la Biblia, pero la vanagloria de la vida casi logra el engaño por medio de los subterfugios de los anunciadores de paz cuando no la hay.

    Ha habido una separación paulatina entre el estudio bíblico y el compromiso del llamado creyente, así como una substitución de nuestra alabanza al Dios eterno por la adoración de un equipo contratado para esa labor. Se prefiere la palabra hablada del predicador de turno a lo que el Espíritu de Dios tenga que decirnos por medio de la palabra hablada del Todopoderoso recogida en las Escrituras. El corazón parece sustituir la razón, como si hubiese un reemplazo de la inteligencia por la emoción.

    Jesús dijo que del corazón del hombre salían los malos pensamientos, los homicidios y otros males; también afirmó que del corazón manaba la vida y por esa razón debía ser guardado. Es decir, el corazón presupone intelecto en la metáfora bíblica. Si vamos al Antiguo Testamento, el centro relevante del cuerpo humano lo constituían los riñones, las entrañas. Así que al hablar del corazón la metáfora cambió de referencia pero no de intención. Hoy día sabemos que el cerebro pudiera ser más relevante que el corazón o los riñones, pero la metáfora continúa con el corazón como órgano vital. Lo que resalta en esto que decimos refiere al centro de las emociones y del intelecto humano.

    La Escritura plantea el conocimiento del siervo justo como el modelo para la justificación eterna (Isaías 53:11). El Señor llevó las iniquidades de muchos, no de todo el mundo, por cuya razón oró por muchos pero no por todo el mundo (Juan 17:9). El Señor vino a morir por los pecados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21). De nuevo se repite este anuncio hasta el cansancio, pero como propósito de la guardia que cumplimos. Los que hablan paz sin que exista se catalogan como maestros de mentiras, falsos profetas, anunciadores de lo bueno negando lo malo. Ellos suplantan el evangelio del buen pastor (Juan 10:1-5) por la frescura de la fábula artificiosa.

    Estos falsos maestros estuvieron presentes en el momento en que Jesús predicaba a las multitudes; poco después del milagro de los panes y los peces, el Señor hizo referencia a la predestinación del Padre. Sus palabras ofendieron a los que vivieron el espectáculo del milagro, molestaron a sus seguidores por mar y tierra. Aquellos discípulos estuvieron regidos por sus emociones, por la maravilla del prodigio del cual fueron testigos. Sus vientres quedaron saciados, no por alguna ilusión sino por la realidad tangible de la multiplicación de los panes y los peces.

    Ellos pretendían adorar a Jesús porque les había dado algo de comer en forma muy especial. Eso fue toda una respuesta emocional, sin referencia a la razón de las palabras del Viejo Testamento, sin el ligamen al Verbo de Vida. El Señor los confrontó con su teología, la doctrina del Padre, pero ellos se retiraron ofuscados dando murmuraciones. Esa palabra divina que acababan de oír o aquel maná que había descendido del cielo no pudieron digerir, así que prefirieron anunciar una falacia a gran voz: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? Tal vez la palabra sea dura pero hay muchos que la podemos oír y aceptar, porque así lo ha querido y facilitado Dios para su pueblo escogido. La palabra de esos extraños discípulos resultó una falacia por cuanto extendía su impotencia al resto de la gente.

    Una generalización apresurada, una falsa analogía brindada con prontitud. Ese parece ser el sistema usado por el príncipe de este mundo, el oferente de regalos y promesas con la intención de que se cumpla con la premisa de la adoración a su entidad. Al diablo se le adora de muchas formas, por ejemplo, por medio del ejercicio de los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida (1 Juan 2:16). Estos son objetos del pecado del mundo, asuntos propios de las conversaciones malvadas de las multitudes del mundo. Acá aparecen en escenario todos los promotores de adivinaciones, los que anuncian prosperidad cuando no la hay, los que se ufanan de sus embriagueces para contarlas: los que se levantan de mañana para seguir la embriaguez; que se están hasta la noche, hasta que el vino los enciende. Aquellos que tienen arpas en sus banquetes, tamboriles y flautas y mucho vino, los mismos que no miran a Jehová, ni consideran la obra de sus manos (Isaías 5:11).

    Podríamos seguir enumerando las acciones del pecado del mundo, como los que fabrican ídolos para tenerlos por dioses, los formadores de imágenes de talla y que son vanidad. Ellos mismos son testigos de su confusión, de que sus dioses no ven ni entienden. Esa gente será avergonzada (Isaías 44:9-11). Sin embargo, para la comprensión del pecado del mundo está la Escritura, con sus páginas abiertas para todos aquellos que desean comprender la revelación de Dios a su pueblo. No pueden los que buscan emociones religiosas, o éxtasis místicos, conciliarse con la razón. La palabra de Dios ha sido señalada por ella misma como el Logos, así que a ese logos conviene acercarse por nuestra razón. A la ley y al Testimonio, decía el profeta; si no dicen conforme a ello es porque no les ha amanecido.

    Pablo le escribía a Timoteo para salvaguardarlo de la tentación y distracción del mundo, por lo cual le refirió expresamente a que se ocupara de la doctrina que lo salvaría a él y a muchos. Sí, el conocimiento de Dios o del siervo justo de Isaías nos puede justificar. Más allá de que haya habido una predestinación desde antes de la fundación del mundo, el conocer al Cristo en cuanto a persona y obra resulta el camino para la eficacia de ese llamado a la vida eterna. No hay salvación sin evangelio, no hay evangelio sin doctrina.

    Esa guardia en la que permanece todo creyente también se sustenta por la palabra revelada. El que persevera en la doctrina de Cristo, éste sí tiene al Padre y al Hijo. No recibáis en casa al que no trae esta doctrina, para que no participéis de sus malas obras (2 Juan 1: 9-11). Velad y orad, para que no entréis en tentación, fueron palabras apropiadas de Jesús. Mantengámonos en guardia contra la tentación de los deseos de la carne, de los ojos y del atractivo de la vanagloria de la vida.

    César Paredes

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  • DOCTRINA ODIADA

    La gente odia la doctrina de la reprobación, tanto como Dios odia a los réprobos en cuanto a fe. Solo que a Dios no le hace daño el odio humano, sino que a los destinados para tropezar en la roca que es Cristo los destruirá perpetuamente. Esta doctrina muchas veces se asume con vergüenza, con giros para dar a entender que lo que leemos en la Biblia en realidad quiere decir otra cosa. Los que se avergüenzan de ella hacen fila con los que odian a Dios. No son pocos los teólogos cristianos que rechazan esta enseñanza por considerarla poco humana, tal vez violadora de los Derechos Humanos (derecho a la felicidad, a la libertad de elección, etc.).

    Alguna persona sostendrá que Dios no conoce el futuro en forma cierta, que lo intuye o que lo va construyendo (descubriendo) a medida que las circunstancias se presentan (esa forma de ver la teología se ha denominado teísmo abierto). En realidad, quienes así creen, no tienen la fe de Cristo porque niegan la palabra misma. Poco después alguien le habla de la soberanía de Dios y se va convenciendo por el cúmulo de textos bíblicos que la refieren; dirá creer tal doctrina pero seguirá asumiendo que cuando era participante del teísmo abierto también creía en la verdad. Vemos que esa persona no ha tenido por pérdida esa forma doctrinal errada en la que antes militaba, sino que considera ganancia aquella vida anterior con lo cual demuestra que el cambio ocurrido no era necesario porque de igual manera era un creyente verdadero, en su propia opinión.

    Pablo se describió a sí mismo como un israelita, descendiente de la tribu de Benjamín, circuncidado al octavo día, etc., un perfecto fariseo, pero tuvo todo aquello por basura por causa del conocimiento de Jesucristo. En otros términos, consideró que andaba perdido, extraviado de la verdad, mientras militaba en esa fe extraña. Lo mismo dijo de las personas que desconocen la verdadera justicia de Dios (Jesucristo como justicia de Dios) y anteponen la suya propia (Romanos 10:1-3).

    La carne odia la doctrina de la reprobación total, una tesis que choca continuamente contra la mente atada a la rebeldía. Por naturaleza el ser humano intenta validar sus propias obras, cuánto más en materia religiosa. En el hombre toda su tarea se basa en un hacer y dejar de hacer, para elaborar la estructura de su integridad que lo valide ante la ética del Creador. Y eso parece bien a los ojos de la sociedad ya que mientras más elevada se muestre la ética del grupo pudiera resultar en una mayor paz social.

    Sin embargo, no olvidemos que en alguna medida el hombre también tiende a la idolatría. Se ha forjado la idea de un dios equivalente, proporcional a los designios de su mente, que sea capaz de amar a todos por igual, que procure que todos sean salvos. Desde luego, en esa otra teología de ese dios forjado no cabe la doctrina de la reprobación. Para aliviar la carga de la lectura bíblica que le dice una y otra vez que Dios hace como quiere, que tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero que endurece a quien quiere endurecer, se ha inventado la tesis de la predestinación de una sola cara. Esto es, Dios amó a Jacob pero no odió a Esaú, sino que lo amó menos.

    Ese tipo de creencia dice que a los que se pierden Dios los deja en sus propios pecados, a la deriva de sus propios pensamientos sin necesidad de excitarlos para el mal porque ya su naturaleza hace el trabajo dañoso que vemos a diario. Con ello satisface su paz carnal y hace más bueno al Dios de la Biblia, que en realidad sería el dios que ha extraído del libro. La doctrina de la reprobación presenta al Dios Todopoderoso como el Alfarero que tiene el derecho de hacer con su barro lo que quiere. Con esto enfatizamos que en las Escrituras no se habla de una reprobación pasiva, de un pasar por alto la elección en algunos, sino de una reprobación activa, de una doble elección: la elección para vida eterna y la elección para muerte eterna.

    ¿Qué diferencia existe entre una visión y la otra? En la doble predestinación se entrona el poder divino, se reconoce la intervención del Dios soberano, mientras en la predestinación sencilla se disculpa a Dios por no salvar a todos, se honra su esfuerzo (fallido esfuerzo) al pretender salvar por medio de la muerte de Cristo (por todo el mundo, sin excepción) pero cuya sangre resulta eficaz en algunos pocos, llamados elegidos. En Éxodo 9:12 leemos que Jehová endureció el corazón del Faraón, para que no oyera la petición, como Jehová le había dicho a Moisés. Jehová vuelve los corazones de ciertas personas contra su pueblo escogido, para después sacar a su pueblo con gozo, con júbilo a sus escogidos (Salmo 105: 25 y 43).

    La Biblia no enseña que la gente se endurece a sí misma; siempre que ella lo hace viene como consecuencia del endurecimiento previo que Dios hizo en la gente. Desde luego, surge de inmediato la objeción, también bíblica: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a la voluntad de Dios? Esta objeción que encontramos en Romanos 9 viene como resultado de lo que Pablo enseñara respecto al Dios que odia a Esaú. La pregunta lógica del objetor revela la comprensión del sentido del texto; su queja se dio en el caso de Esaú y no por el amor de Dios hacia Jacob.

    Esa objeción demuestra que el texto fue claro, que la Biblia dice lo que plenamente se escribió. Por supuesto, eso molesta al hombre caído y culpable ante el Creador, como molestó la palabra de Cristo a muchas personas que lo seguían por mar y tierra. A aquellas personas del relato de Juan 6 les pareció dura de oír tales palabras, referidas a la soberanía de Dios en cuanto a quién envía hacia Cristo y a quién no. Esa doctrina golpea durísimo contra el señuelo diabólico del libre albedrío.

    De acuerdo a los textos mencionados, podemos deducir que la Biblia no avala la idea de la muerte de Cristo en favor de toda la humanidad, sin excepción. Jesucristo no murió por Esaú ni por los que él representa. Esta doctrina nos conduce a un camino de temor y temblor, como conviene frente a un Dios tan inconmensurable. Nos resulta útil amistarnos con Él, hacer las paces, si fuere posible. Delante de nuestro Hacedor hemos de mantenernos como lo que somos: barro en sus manos. Como elegidos agradecemos siempre por ese gran favor, para no tener que morir como réprobo en cuanto a fe.

    Pablo aseguraba que de los pecadores él era el primero, pero Dios mostró su gracia y misericordia sobre ese hombre. El ladrón en la cruz nos testificó del amor que el Padre le tuvo, pese a su maldad continua en esta tierra hasta el momento de su muerte, cuando halló gracia en los ojos del Señor. ¿Y qué decir de Pedro, que habiendo conocido y andado con el Señor lo negó varias veces? Estamos ante un Dios de misericordia, lento para la ira, por lo cual no nos conviene abaratar su soberanía ni su gracia.

    Cristo es el Logos que estuvo desde el principio de todo, así que su palabra resulta lógica. No existe contradicción en ella, si hubo elección para vida eterna (y ésta no fue extendida para todos los seres humanos), se desprende del argumento que hubo una reprobación igualmente incondicional para los no elegidos para salvación. Así que no cabe la reprobación pasiva como argumento, sino la activa por voluntad divina. De nuevo puede surgir la pregunta acerca de por qué razón Dios inculpa, si nadie tiene la potestad (o libertad) de discutir con Dios.

    ¿Dónde quedó el libre albedrío de Judas, si fue escogido como diablo desde el principio? ¿Qué libertad tuvo Esaú para vender o no vender su primogenitura, si había sido odiado por Dios desde antes de ser concebido, sin mirar incluso en sus obras buenas o malas? (Romanos 9: 11-14). El Dios soberano que controla aún los pensamientos del rey será capaz de cumplir todo cuanto ha prometido. Si tuviese alguna debilidad podría parecer incierto todo lo que se ha escrito en su palabra; pero por su poder absoluto sobre todo lo que ha hecho, su dominio y su vigor al controlar cuanto acontece sabemos que su consejo permanecerá para siempre.

    Toda persona le debe a Dios un juicio de rendición de cuentas, precisamente porque se trata de un Dios soberano frente a sus criaturas. La soberanía de Dios no exonera al hombre de su responsabilidad, más bien la acrecienta. Si el hombre fuese libre, podría resistirse a la voluntad de Dios (Romanos 9), pero como no tiene potestad alguna para oponerse a lo que Dios le designó hacer seguirá respondiendo por sus actos. Al conocer el bien y el mal descubre que su tendencia natural se inclina hacia lo perverso, así que no puede prevalecer frente a la santidad del que es Santo.

    Un solo camino le queda al hombre en esta vida, inclinarse ante la majestad del que ha creado todo cuanto existe. Aún al malo hizo Dios para el día malo (Proverbios 16:4), así que si el Cordero de Dios estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo, para ser manifestado en el tiempo apostólico, Adán tenía que pecar por obligación (1 Pedro 1:20). Ese fue el plan de Dios para que se manifestara Jesucristo, de manera que recibiera la gloria de Redentor y heredara los hijos que le había preparado. El ladrón en la cruz se aferró a la única esperanza que tenía al lado, se arrepintió y buscó al Señor. No fue rechazado en su petición, pero el otro ladrón se burlaba y desafiaba con soberbia la naturaleza del hombre que moría como el Salvador del mundo.

    Por supuesto, en ese retrato vemos el camino de la elección y de la reprobación; ¿cuál te ha alcanzado a ti?

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • PERFECTA SATISFACCIÓN

    La teología cristiana asombra cada vez que uno se introduce en sus mares. Uno se encuentra con muestras de variada riqueza y puede pasarse la vida entera en uno solo de sus tópicos. El tema de la soberanía de Dios asombra, frente a la vastedad de la supuesta libertad humana hacia el pecado. ¿Cómo reconciliar a un Dios Santo con el hombre malo creado para el día malo? La Biblia no esconde los textos similares que dan pinceladas a los rasgos más desconocidos de Dios en los púlpitos tradicionales. A Jacob amé pero a Esaú odié, señala otro pasaje de las Escrituras, sin pretender ocultar lo que sigue: antes de hicieran bien o mal, antes de que fuesen concebidos. 

    El Dios de la Biblia dice las cosas en forma cruda y directa, pero sus anunciadores las tuercen y ablandan para conseguir más fieles. Centrados en el argumento de cantidad, ofrecen un evangelio a por mayor, a bajo precio doctrinal; de esta forma se aseguran ingresos por ofrendas junto a un numeroso público en las sinagogas. El que Dios haya quedado perfectamente satisfecho con el sacrificio de su Cordero nos abre el abanico de la certidumbre. Gracias a esa satisfacción fuimos reconciliados con Dios, perdonados por medio de la sangre del Hijo, apartados para gloria eterna. El Padre tuvo un plan desde siempre, bajo su soberanía y poder hizo posible su realización al calco. Por ese motivo lo anunció a los que constituyó profetas, para que por medio de la historia, como cúmulo de acontecimientos lógicos, políticos y naturales, se realzara todo aquello que había sido anunciado desde antes.

    Por esa razón Jehová ha dicho que solamente Él es Dios, que fuera de Él no hay quien salve. Frente a la contaminación general de la humanidad, el pecado ha crecido en cantidad e intensidad. Jesús mismo advirtió que a su regreso la maldad sería aumentada, que el amor de muchos sería enfriado y la apostasía sería una señal inequívoca de su pronto regreso. La iglesia de hoy habita como Lot a las puertas de Sodoma, escandalizada y sin querer entrar a la ciudad. Está a la espera de los seres angelicales que vengan a incendiar con azufre la Ciudadela en la que vive. 

    Por medio de las Escrituras hemos aprendido que todos los hombres perecieron en Adán (porque en Adán todos mueren), pero surge una interrogante respecto al segundo o último Adán, en relación a su efecto para con la humanidad entera: ¿Son salvos todos los hombres por medio de Cristo? Si la respuesta a este asunto es positiva entonces hemos sido injertados en el Señor sin objeción alguna. Pero la objeción a la respuesta afirmativa descansaría en el hecho de que Jesucristo habló con abundancia de palabras sobre el infierno eterno, el lugar donde el gusano no muerte ni el fuego se apaga. Judas fue un prototipo de hombre maldito, al igual que su hermano Esaú y su modelo del mundo el Faraón de Egipto. ¿Será que la muerte de Cristo no ofreció perfecta satisfacción por las almas acá mencionadas?

    Muchos teólogos se ocupan de escribir y pregonar que aquellas personas cuyas ofensas han sido perdonadas recibieron suficiente satisfacción. Sin embargo, agregan que los que no han sido perdonados son irredentos por cuanto no han cumplido con alguna parte del trato. Entonces la suficiente satisfacción no lo sería por cuanto dependería de la voluntad humana. En otros términos, esos teólogos aseguran que Cristo fue suficiente por los pecados de toda la humanidad, pero que no todo individuo acepta esa oferta benevolente. 

    Estamos acá frente a un discurso falaz, por cuanto se desconoce a priori el carácter y la economía de Dios en los asuntos de la redención. La Biblia nos dice que creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna, con lo cual ni uno menos de ellos creyó pero tampoco ni uno más. A Pablo el Espíritu le insistió en que no fuera a una región de Asia, sino que siguiera hacia otra geografía, con lo cual dejó desprotegida y sin anuncio a esas naciones. La Biblia nos habla de Israel como un pueblo escogido desde antaño para llevar la semilla del Salvador en su seno, pero Dios dejó por fuera al mundo pagano de entonces. Parece ser que lo que se proponía Dios no era la redención de todos los miembros de la raza humana, más bien se propuso un método particular (la elección) para presentarles su buena noticia. Dios ha soportado con paciencia los vasos de ira creados para destrucción (Romanos 9), pero ha formado vasos de honra (nosotros, los que creemos) para su propia gloria como Redentor.

    De acuerdo a estos modelos bíblicos Dios no ha hecho satisfacción plena por el pecado de mucha gente. Dado que Cristo siempre hacía la voluntad de su Padre, no podemos inferir jamás que vino a morir por todos, sin excepción. La voluntad del Padre era y es que de todo lo que le envíe al Hijo éste no pierda nada. Pero Cristo aseguró que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere, razón por la que les dirá a muchos en el día final: Apartaos de mí, NUNCA OS CONOCÍ. Jesús no tuvo ni tiene comunión con ninguna persona que va a él si el Padre no la ha enviado; no tuvo comunión con Judas, el cual era diablo (por supuesto que se relacionó con ese discípulo, que pudo ser amable y cortés, pero jamás lo conoció como se implica del conocer bíblico. Recuérdese que Adán conoció de nuevo a su mujer y tuvieron otro hijo; otros textos dicen: A vosotros solamente os he conocido; conoce Jehová a los que son suyos, etc.). 

    Los que aducen Juan 3:16 como prueba del amor universal de Dios por los hombres deberían leer por igual Juan 17:9, donde Jesús no ruega por el mundo. No que haya entrado en rebeldía contra el Padre, como si su muerte fuese a ser en beneficio de un amor extendido a toda la humanidad, sin excepción. Su negativa a rogar por el mundo, una vez que hubo rogado por los que el Padre le dio y le seguiría dando, viene como respuesta natural a su misión en esta tierra. Él vino a morir por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), conforme a las Escrituras (Salvará mi siervo justo a muchos -no a todos- por su conocimiento: Isaías 53:11).

    No hubo perfecta satisfacción por toda la humanidad, sin excepción, sino solamente por los que Jesucristo representó en la cruz. Por cierto, no tenemos una lista para verificar quién está y quién no está, aunque Dios sí que la tiene (Creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna, el que no se halló inscrito en el libro de la vida del Cordero… La bestia será adorada por aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo, etc.). Pero la forma en que podemos conocer a los hermanos se prueba por medio de lo que se confiesa con la boca y viene del corazón: De la abundancia del corazón habla la boca, de esa manera sabremos quién es un árbol bueno y quién es un árbol malo. El árbol malo no confesará continuamente el verdadero evangelio, el árbol bueno siempre dará fruto de conocer el verdadero evangelio.

    Los cristianos de Berea no tenían ninguna lista de futuros creyentes, pero verificaban a quienes anunciaban el evangelio de acuerdo a las Escrituras; ellos las estudiaban y confrontaban sus palabras con la Escritura misma. El que es redimido cree el evangelio por consecuencia y por fruto natural de la redención. Acá volvemos al mismo impedimento que tiene el impío en cualquier estadio de su vida. El impío (incrédulo) tiene como locura la palabra de Dios, no la puede discernir y posee el entendimiento entenebrecido. Pero cuando Dios hace resplandecer su rostro con el evangelio de Jesucristo pasa a creer con sencillez. El Espíritu que le ha sido dado lo lleva a toda verdad y jamás podrá decir que su esfuerzo, su decisión, su humildad, su disposición, su inteligencia lo llevó a creer. No lo hace por cuanto esa actitud revelaría que estaría dando un mal fruto y por lo tanto seguiría siendo un árbol malo. 

    Jamás hemos de confundir ovejas con cabras, ya que el buen pastor puso su vida por las ovejas. En Juan 10:26 Jesús le dijo a un grupo de personas que ellos no podían ir a él porque no formaban parte de sus ovejas. Hay ovejas extraviadas que habitan en Babilonia, a quienes el Señor les dice que salgan de allí. Ellas oirán la voz del buen pastor y lo seguirán. Pero las ovejas que ya seguimos a ese buen pastor no nos iremos jamás tras el extraño, de quien desconocemos su voz. La oveja redimida conoce la voz de su buen pastor, sabe que fue él quien hizo una perfecta satisfacción en la cruz, como ofrenda válida para nuestro rescate y como garantía de nuestra justicia permanente. Hemos sido justificados por medio de la fe de Jesucristo, quien es su autor y su perfeccionador hasta el fin. 

    El creyente verdadero conoce la única garantía que tenemos para que Dios nos acepte: la satisfacción eficaz de Jesucristo a través del derramamiento de su sangre expiatoria, así como su justicia imputada a nuestro favor (Romanos 10:1-4). Hemos sido justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3:24-26). La fe es un don de Dios, no es de todos la fe y sin fe resulta imposible agradar a Dios. ¿Dónde pues puede quedar la jactancia? No hay lugar para ella porque la obra humana no se computa sino solamente el beneplácito de la voluntad de Dios: A Jacob amé, pero a Esaú odié.

    César Paredes

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

  • FALSA ANALOGIA

    En ocasiones la teología de algunos religiosos trabaja con falacias, una de ellas es la de falsa analogía. Se comparan dos proposiciones y se asume una semejanza donde no la hay. Por supuesto, esta manera de razonar casi siempre sigue el método de sacar un texto del contexto o de inferir una premisa mayor como válida cuando no lo es. Sucede a menudo con la presunción de libertad que tanto anhela la mente humana. Una resistencia natural gobierna la mente de los seres humanos cuando de libertad se trata. No se tolera que Dios nos coloque las coyundas al ser humano, se protesta su soberanía absoluta so pretexto de considerar una injusticia el que Él fije los destinos del hombre.

    Si Dios controla su propia voluntad, si Dios fijó la voluntad en Adán y éste era inocente, ¿cómo pudo un ser creado puro llegar a tener una voluntad errónea? En apariencia este argumento parte de forma lógica, pero existe una presunción oculta que buscará enlazar nuestro pensamiento con su falacia. Fijémonos en Lucifer, un ángel de luz creado bueno en un primer momento. Era el encargado de los tamboriles, de la alabanza, un querubín protector. Si fue creado con esa virtud del bien, ¿cómo pudo derivar en un ser malvado? Lo mismo se podría decir del Creador, que aunque no fue creado se considera bueno y tal vez podría ceder en su voluntad hacia el mal. Por igual podría extenderse esta analogía a todo ser santificado, ya que cuando habitemos las regiones celestiales nuestra voluntad podría ceder como aquella de Adán hacia el mal.

    Acá estaríamos hablando del primer pecado de Adán y del primer pecado de Lucifer. Hipotéticamente también se podría inferir la posibilidad de que Dios ceda ante un primer pecado, ya que estos dos seres creados fueron puros en principio pero cedieron al mal. ¿Dónde estaba el mal y cómo apareció? ¿Qué garantía poseemos los redimidos por Cristo de no pecar de nuevo en el cielo y de no ceder ante el mal, como lo hiciera nuestro padre Adán? 

    Frente a estas premisas se supone una subyacente común a todas ellas: el hombre fue creado libre, de manera que la voluntad libre se pervirtió voluntariamente. Por esta vía, los teólogos sacan a Dios de la ecuación en cuanto al pecado humano. Dios hizo libre al hombre, lo hizo bueno y libre, pero la voluntad humana cedió ante la de Lucifer. Y Lucifer, inferimos por analogía, era bueno y libre por lo que cedió al pecado voluntariamente. ¿Y cómo podía existir el pecado sin pecadores? 

    Por otro lado, la analogía continúa en otros espacios similares. Si un pecador está habituado al mal, no podrá buscar el bien porque su alma yace muerta en sus delitos y pecados. Pero, por el contrario, ¿por qué Adán, acostumbrado al bien, no pudo reprimir su caída? Acá vemos la analogía entre estos dos estados del ser: Adán creado bueno y el Adán caído y habituado al mal. Se dice, de acuerdo a la Biblia, que el hombre caído no puede hacer el bien, no puede tener una conducta recta ante el Todopoderoso. En realidad no pudo jamás cumplir su ley, así que está destituido de la gloria de Dios. Por analogía, se objeta esta descripción bíblica por el hecho de una posición paralela: Adán, creado bueno, no debió haber caído, puesto que no tuvo antes de la caída ninguna inclinación al mal. 

    La presunción general en ambos contextos del Adán creado -antes y después de la caída- es que Adán fue creado libre. Libre para pecar y para no pecar. He allí la falacia o la premisa falaz con la que trabaja la errónea teología denominada cristiana. Pero lo mismo se puede decir de Lucifer, ya que fue una criatura como Adán, así que si antes Lucifer no había pecado, ¿cómo pudo haber concupiscencia en él para que fuese atraído y seducido para pecar? Sin embargo, para solventar estos sofismas debemos corregir la premisa de la libertad. Ni Lucifer, ni Adán, fueron creados con libertad ni hacia el bien ni hacia el mal. Fueron creados puros y sin pecado pero fueron destinados a pecar, en virtud de los propósitos eternos e inmutables del Dios soberano. La Biblia nos asegura que Dios hizo todas las cosas para sí mismo, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Entonces, Dios creó a Lucifer para hacerlo malo después y de esa manera el Cordero ordenado desde antes de la fundación del mundo, al menos desde antes de que fuese creado Adán, pudo tener la condición de su aparición entre nosotros (1 Pedro 1:20). Ese Jesús no rogó por el mundo, como muchos suponen y alegan, sino solamente en favor de los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de aquellos primeros discípulos.

    Dios creó todas las cosas pero Él no es todas las cosas, hizo al caballo pero no es un caballo; de la misma manera hizo al malo para el día malo pero Él no es malo. Jesús dijo que solamente Dios era bueno, por lo que no podemos confundir la esencia de Dios con lo que Él ha hecho. El fin de toda su creación conlleva a la gloria de Jesucristo, el Redentor del pueblo elegido. Ese Cordero fue inmolado desde antes de la  fundación del mundo, lo que significa que una vez que Dios lo ideó o lo pensó también lo consumó. Pero en nuestra sintaxis de vida -espacio y tiempo-, en nuestra historia tuvimos que esperar ese evento tan anhelado e igualmente anunciado por los profetas. 

    Dios no tuvo que esperar desde la eternidad esta consumación del hecho de la crucifixión, aunque para nosotros la espera haya sido una necesidad. Asimismo Pablo ha declarado que la Iglesia ya está en los lugares celestiales con Cristo. 

    Poco importa que ninguno de nosotros vea a un ángel, o la presencia física del Señor, porque nuestras leyes del tiempo y del espacio nos sujetan a este mundo por un poco de tiempo. Nuestra historia nos hace envejecer y morir, aunque algunos parten desde niños a la patria celestial. Aquella persona que Dios eligió desde los siglos para ser semejante a Su Hijo, ya goza de eterna salvación; no obstante, sometido al pecado en esta historia, como todo el mundo, esa persona aguarda a que se le predique el evangelio, a que el Espíritu Santo lo haga nacer de nuevo para que recibiendo la fe razone y entienda el mensaje, de manera que por igual reciba la gracia y la salvación. Rechazar esta teología implica refutar la esencia del evangelio, cuyo centro es la expiación de nuestro pecado por parte de Jesucristo. He allí la buena noticia, la de que una persona justa haya satisfecho la justicia del Padre y nos impute la justificación por su nombre. Cristo murió por su pueblo (Mateo 1:21; Isaías 53:11; Efesios 1:11), pero no murió por el pueblo por el cual no rogó la noche antes de morir (Juan 17:9). Jesús alabó y agradeció al Padre la noche antes de su crucifixión, en favor de los que el Padre le había dado y le daría, así que al día siguiente representó a ese conjunto de personas en la cruz (son las mismas personas descritas en Juan 3:16). Se trata del mundo amado por el Padre, pero no lo hizo en forma expresa por el mundo odiado (Juan 17:9). A Jacob amé, pero a Esaú odié, antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos (Romanos 9: 11-14). 

    Afirmar que Jesucristo murió por ese mundo por el cual no rogó (Judas, el Faraón, Esaú, los destinados a tropezar en la roca que es Cristo, aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo, cualquier otro réprobo en cuanto a fe), implica despreciar el peso de su sangre. Ya Jesús pagó por todos los pecados de su pueblo, y si hubiese pagado por los pecados de todos los irredentos significaría que Dios el Padre cobraría dos veces por la misma falta: una vez en el Hijo y otra vez en el reprobado.. Significaría que su sangre no salvó eficazmente a algunos, implicaría que la diferencia entre cielo e infierno subyace en la voluntad y libertad de decisión de la criatura muerta en delitos y pecados. 

    La falsa analogía parte de una premisa equivocada; en nuestro caso presentado se evoca en la premisa errónea del libre albedrío humano. Esa falacia niega de hecho la absoluta soberanía de Dios, manipula la Escritura para forzarla a decir cosas fuera del contexto de sus líneas. Conlleva a la extravagancia de algunos teólogos que han afirmado que Dios se despoja por momentos de su soberanía para hacer libre a la criatura, para que de esta manera pueda decidir en plena libertad. Conduce por igual a la superstición de que Dios apreciaría un amor que fuera libre antes que uno llevado a la fuerza por Su propia voluntad. Esta falacia seduce a muchos porque considera que el Espíritu Santo es un Caballero que no coacciona a nadie, sino que más bien suplica y se inclina para que el ser humano le entregue su voluntad. Con razón Pablo expresó una maldición para ese evangelio extraño y para todos los que lo predican y lo siguen.

    César Paredes

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

  • FUROR DE JEHOVÁ

    Muchas personas de religión niegan el infierno, bajo el alegato de que Dios se define como amor. El dejar a un lado su atributo de justicia no los hace muy sabios, además de que suponen que hay muchas formas de ver a la Divinidad y el terror quedaría para los débiles de espíritu. De esa manera los pueblos consultan entre ellos para romper las coyundas y desechar la ley divina que conocen en sus corazones. Su extravío exagerado los ha llevado a negar la existencia misma de un Creador y a imaginar que ellos se hicieron a ellos mismos, por medio de un proceso evolutivo. Hoy día han surgido falsos maestros a granel, similares a los profetas que ven vanidad y adivinan mentira. Estos hablan paz cuando no la hay, engañan al pueblo mientras aseguran que ese Dios de amor no enviará ningún viento impetuoso para destruir los muros de sus fábulas religiosas.

    Pero Jehová le dijo a Ezequiel que su mano estaría contra esos profetas engañadores. Añadió que ese muro caería por lluvia torrencial, con el viento de su ira y enojo para que se sepa quién es Jehová. Como la humanidad no ha querido reconocer el baluarte de la revelación, del Dios que hizo todas las cosas, la calamidad cuando llega llevará la firma del Señor para que aprenda por experiencia propia al saborear el vino de su furor.

    Sabemos que resulta imposible engañar al pueblo elegido de Dios, pero cuando los maestros del engaño seducen utilizan los mecanismos necesarios de sus trampas. De esta manera, los maestros que profesan su religión dicen ser enviados del Señor y preparan el camino para que venga el castigo.

    Dios castiga severamente la iniquidad de su pueblo, pero al impío aborrece todos los días. Al impío ha colocado en deslizaderos para destrucción repentina, cuando despierten en la eternidad de tinieblas y no puedan dar marcha atrás. Hoy es el día aceptable, el tiempo de salvación, decía un profeta; el impío no desea esa advertencia pero se consume y huye sin que nadie lo persiga. No sabe que fue ordenado para tropiezo en la roca que es Cristo.

    Dentro del que se proclama pueblo de Dios existen muchos obstinados de corazón que suponen que no les vendrá mal alguno. Ellos pueden extraviarse de la verdad, de la doctrina de Cristo; muchos de ellos rumian sus herejías en silencio, mientras los más osados las proclaman a voces. Son semejantes a los que edificaron el muro de mentiras, al igual que otros de ellos lo recubren con lodo. Todos colaboran de una u otra manera con en entretejido teológico de Satanás. Muchas y variadas formas heréticas se construyeron siglos atrás, pero hoy día aparecen formas nuevas que recubren la misma estructura.

    Estas nuevas formas heréticas comprenden ataques contra la persona de Cristo, señalado como no consubstancial con el Padre; arremetidas contra el Espíritu Santo, diciendo que no es una persona del Dios Trino; eliminación del Hijo como enviado del Padre, al sugerir que como Dios es uno el Hijo es simplemente una forma o modo de manifestación del Padre. Otros teólogos de siglos atrás también construyeron más muros heréticos, los hubo quienes negaron la herencia pecaminosa de Adán, los que sostuvieron el libre albedrío humano como premisa para la responsabilidad humana. Algunos se aventuraron con la afirmación del bautismo como una obra para obtener la salvación, otros agregaron más sacramentos y extendieron la capacidad redentora del Hijo de Dios a otros seres humanos.

    Hubo refutaciones a todas esas manifestaciones de mentiras, pero las maquinaciones satánicas no se detuvieron. El príncipe de este mundo hilvanó nuevas formas y figuras para su engaño, conforme a la diversidad de sus maquinaciones. Ahora sobreviven esas viejas herejías con ropaje nuevo, añadiéndose otras como nuevas estructuras del error. Se dice que la obra de Cristo se hizo en favor de toda la humanidad, sin excepción, pero se sacan los textos de sus contextos con el fin de sostener semejante afirmación. Se apela al amor divino y a la inmensidad del poder y valor de la sangre de Cristo, para afirmar que ella fue suficiente tanto por Pedro como por Judas.

    Cuando los fariseos dijeron hiperbólicamente que todo el mundo se iba tras Jesús, nadie se atrevió a creer que esa forma expresiva debería interpretarse literalmente. Les resulta obvio que no todo el mundo se fue tras Jesús, ya que los mismos fariseos que pronunciaron esa frase odiaban al Señor. No lo hicieron tampoco los del imperio romano, ni los saduceos, ni la multitud que gritaría más tarde: Crucifícale. Pero cuando Juan en una de sus cartas escribió la frase sobre Jesús como la propiciación de los pecados de todo el mundo, ahí sí que se atreven a la literalidad de la misma, al tiempo que eliminan el contexto del escritor de la carta, un judío que escribía para que la iglesia judía comprendiera el alcance del trabajo del Señor. Juan decía que su expiación no solo se limitaría para el universo de elegidos judíos sino también para el universo de los fieles gentiles.

    Unos edifican los muros y otros revisten las paredes, ese es el mensaje que Jehová le dio a Ezequiel, con el agregado de que ambos grupos serían consumidos en medio de ellas para que supieran quién es Jehová (Ezequiel 13:14). La doctrina de Cristo resulta esencial para conocer al Señor, nos viene como un signo de justificación (Isaías 53:11), nos ayuda en la salvación (1 Timoteo 4:13), es la misma del Padre (Juan 7:16-18). Hacer la voluntad de Dios implica conocer la doctrina de Dios así como llegar a conocer la gloria de Dios. La doctrina de Jesucristo por ser la misma que la del Padre se propone como la meta principal del creyente; Jesús mismo lo predicó en su oración en Getsemaní: La vida eterna consiste en conocer al Padre y a Jesucristo el enviado.

    El creyente tiene un fruto fundamental que lo descubre ante el mundo, al ser guiado por el Espíritu a toda verdad. Su fruto innegable proviene de su corazón y lo manifiesta su boca, para que la gente conozca que él es un árbol bueno. Para tener ese fruto en el corazón hay que nacer de nuevo, por lo que al ser regenerada la persona llega a vivir en la doctrina de Cristo. Así de simple es ese fruto doctrinal, como en la iglesia de Roma a la cual Pablo les escribió su carta: Gracias a Dios, que aunque fuisteis esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a la forma de doctrina a la cual sois entregados (Romanos 6:17).

    ¿Qué nos dice Juan al respecto? Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras (2 Juan 9:11).

    Todo creyente transgrede la ley de Dios, como Pablo lo asegura en Romanos 7 cuando habla de la ley del pecado que domina sus miembros. Acá Juan no se refiere a esa transgresión del pecado por asuntos de la carne que lucha contra el Espíritu. Juan habla del fundamento, como también Pablo lo refirió en su carta a los Corintios. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo (1 Corintios 3:11). El cristiano puede edificar con materiales innobles o nobles una obra que será sometida al fuego, por lo cual podrá recibir recompensa. Incluso aquellos que edificaron con materiales de escaso valor no tendrán recompensa por su obra pero ellos mismos serán salvos como quien escapa de un incendio (verso 15). Juan se refiere en su carta a los que se extravían del fundamento, que no es otro que Jesucristo y su cuerpo de enseñanzas. Cristo no es un nombre vacío, o una palabra mágica para escapar del diablo y sus artimañas. El conocimiento de Cristo (el siervo justo de Isaías) es su cuerpo doctrinal, el sitio donde hemos de habitar todos los días. El que no vive perseverando en esas doctrinas del Señor se considerará extraviado. Eso demuestra que los extraviados son cabras disfrazadas de ovejas nunca conocidas por el Señor, o que son ovejas a las que todavía no ha llamado el buen pastor (Juan 10:1-5).

    César Paredes

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org