Autor: César Paredes

  • GRACIA E IRA DE DIOS

    El Dios de la Biblia muestra su ira contra la maldad y contra los malvados; por igual demuestra su misericordia por aquellos a quienes quiso salvar a expensas del trabajo de su Hijo. Esta realidad se describe en las páginas de las Escrituras, más allá de que a la gente le parezca justo o injusto lo que Dios hace. De hecho, Pablo nos relata en el Capítulo 9 de su Carta a los Romanos que él tiene mucho pesar, profundo dolor en su corazón, atestiguando su conciencia junto al Espíritu Santo, por que quisiera él mismo ser anatema a causa de sus parientes según la carne. Estos parientes muy bien pudieran ser su familia sanguínea, si bien muchos señalan que se refiere a sus hermanos de raza.

    No obstante, el apóstol continúa diciendo que esos parientes son israelitas, lo cual da a entender que cuando hablaba de ellos pareciera más identificarlos como la familia consanguínea. Resultaría muy redundante el que hubiese dicho que tenía gran dolor por sus hermanos de raza, los cuales son israelitas. Era obvio que esos hermanos raciales eran israelitas, como lo era el apóstol, de la tribu de Benjamín. Pero más allá de la referencia apostólica, importa mucho el contenido de ese capítulo que Pablo escribe. El apóstol agrega que la palabra de Dios no ha fallado (verso 6), sino que no son israelitas los que descienden de Israel. Hace un llamado a la promesa hecha a Abraham: En Isaac te será llamada descendencia (verso 7).

    Si hacemos una referencia cruzada nos encontraremos con un texto muy propicio para lo que Pablo está escribiendo a la iglesia de Roma. En Gálatas 3:16 leemos: Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su descendencia. No dice: Y a los descendientes, como si hablara de muchos, sino como de uno: Y a tu descendencia, la cual es Cristo. Entonces, nosotros los creyentes escogidos por Dios somos esa descendencia referida por Pablo, somos los hijos que Dios le dio a Jesucristo (Isaías 8:18 y Hebreos 2:13). Esta potestad de ser hechos hijos de Dios viene por la gracia divina, no por voluntad humana alguna. De otra manera, la gracia no sería gracia sino un salario debido. Somos salvos por gracia, por medio de la fe en Jesucristo (Efesios 2:8).

    La gracia está en Cristo Jesús, pero fuera de él no hay gracia alguna que sea posible. El Dios que es santo, recto y justo, no puede sino mostrar ira contra todo lo que sea la transgresión a su ley. Ningún pecador puede exigir gracia de parte del Todopoderoso, ya que precisamente ella es un favor inmerecido. Descartada la posibilidad de merecer la gracia, la misma es otorgada por el Creador a quien Él quiere darla. Por esa razón también se escribió que la salvación es por gracia y no por obras, no vaya a ser que alguien se gloríe de su obra. El verso 11 de Romanos 9 lo coloca de esta manera: para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama.

    Al saber que la gracia es un regalo de Dios entendemos que Dios no anda por el mundo en forma agraciada, despilfarrando su favor a diestra ni a siniestra. Hay muchas personas que Él también endurece: De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece (Romanos 9: 18). Ahora bien, esa gracia divina no es barata, sino que ha costado la sangre del Hijo de Dios. El precio que tuvo que pagar Jesucristo fue alto como alto era el favor inmerecido que recibimos. El pago lo hizo Jesucristo, el favor inmerecido lo recibimos los salvados, la justicia por ese favor fue exigida por el Padre Eterno. Habiendo Jesús pagado por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:9) se convirtió en nuestra justicia. Por eso fue escrito: Cristo, nuestra pascua (1 Corintios 5:7).

    En la primera Pascua Moisés hizo que el pueblo de Israel sacrificara un cordero, como se atestigua en Éxodo 12:21; su sangre se esparciría en las entradas de sus casas en Egipto (Éxodo 12: 7). Ya acá se establece el gran símbolo, el de la protección que nos da la sangre del Cordero de Dios respecto a la ira divina contra el pecado y toda transgresión de su ley.

    Si Jesucristo es nuestra pascua, entonces somos verdaderamente agraciados. Egipto representa en la Biblia al mundo, las más de las veces; la sangre de los corderos venía como sombra de la sangre del Hijo de Dios que murió en un madero, para aplacar la ira divina en los que son del verdadero Israel de Dios. Al pueblo histórico de Dios, salvos y no salvos, le fue dicho: Pues yo pasaré aquella noche por la tierra de Egipto, y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, así de los hombres como de las bestias; y ejecutaré mis juicios en todos los dioses de Egipto. Yo Jehová. Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto (Éxodo 12:12–13). En plena escena de escape del yugo enemigo, no vemos por ningún lado la gracia de Dios sobre Egipto, de acuerdo al relato bíblico.

    De esta manera tenemos por cierto que el trabajo del Hijo de Dios se hizo en favor de los escogidos del Padre, desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1: 11). No tenemos encima la ira de Dios, sino su reprensión cuando fuere necesario, de otra manera no seríamos contados como hijos (Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? -Hebreos 12:7). Comprendamos que el trabajo de Jesucristo, al representarnos substitutivamente en la cruz, pagó la pena que merecía cada una de las transgresiones de todo su pueblo. La justicia del Hijo es perfecta, y no menos que perfección judicial nos fue concedida; por esta razón Dios nos ve con la justicia perfecta que nos fue dada a cambio de nuestras transgresiones. He allí el amor del Padre, para que podamos ser llamados hijos de Dios. Recordemos que el Padre Eterno quedó satisfecho con la justicia del Hijo, por lo tanto no podemos ni debemos intentar jamás añadir a esa justicia la nuestra.

    Quien no comprenda el sentido de esa justicia aplicará la suya propia, como bien lo asentó Pablo en su Carta a los Romanos, Capítulo 10, versos 1-4. María no tenía nada que temer porque había hallado gracia delante de Dios (Lucas 1:30). De la misma manera el niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría, porque la gracia de Dios era sobre él (Lucas 2:40). Pedro nos escribe diciéndonos que fuimos elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas (1 Pedro 1:2). Esa presciencia debe ser estudiada para evitar imaginaciones impertinentes en cuanto a que Dios pudo ver alguna buena cualidad en nosotros para escogernos.

    Primero debemos entender que Dios no necesita llegar a saber algo, así que no tiene que averiguar nada para conocer lo que conoce. En segundo lugar, en muchas ocasiones la Biblia coloca como similitud el acto de conocer y el de tener comunión. Adán conoció a Eva su mujer, y tuvieron otro hijo; y José no conoció a María hasta que dio a luz al niño; a vosotros solamente he conocido yo en la tierra; y les dirá: nunca os conocí… En tercer lugar, sepamos que Dios conoce al impío que es réprobo en cuanto a fe pero no por eso lo ha elegido, aunque lo haya conocido. Más bien, el amor eterno y perdurable del Padre hizo que se fijara en un grupo de personas a quienes escogió desde antes de la fundación del mundo para ser su pueblo.

    Ya Dios ha declarado que mirando a la tierra no vio a ni un solo justo, ni a ninguna persona que le buscara; afirmó que toda la humanidad había muerto en sus delitos y pecados. Entonces, bajo esa afirmación veraz tenemos que comprender que nada bueno hubo en los elegidos para ser objetos de su amor eterno. No busquemos cualidad en la masa de barro, que es la misma masa para vasos de honra y de deshonra (Romanos 9). El Salmo 1:6 hace una síntesis sobre ese conocimiento divino: Porque el Señor conoce el camino de los justos: pero la senda de los impíos perecerá. Es decir, no serán conocidos los impíos, en el sentido de que no serán ni han sido amados por Dios (como es el caso de Esaú desvelado en Romanos 9:11-13).

    Precisamente, en esos gemelos de Rebeca e Isaac se ve el amor y el odio de Dios, con la declaración de Pablo, quien entiende que es un asunto duro que tenía que decir. Gracias a esa dureza sabemos que el elegido de Dios puede contrastar la abundante gracia que ha tenido, frente a la desgracia de los vasos de deshonra que Dios como Alfarero ha hecho. Todavía alguien puede preguntarse si en esta teología hay injusticia en Dios. La respuesta sigue siendo la misma, de acuerdo a la Biblia: En ninguna manera (Romanos 9:14). ¿Por qué, pues, inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9: 19). La respuesta sigue desarrollándose en los versos 22 y 23.

    No callamos esta teología, ni nos la reservamos en secreto; simplemente la declaramos como parte de todo el consejo de Dios. Así lo ha anunciado Él en las Escrituras, ¿cómo nos atreveríamos a guardar silencio frente a semejante verdad? Que nuestra conciencia nos dé el testimonio en el Espíritu Santo por la comprensión de esta doctrina del Señor Jesucristo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • POLVO DE ESTRELLAS O CREACIÓN DE DIOS

    A eso que llaman ciencia le encanta elucubrar que nosotros hayamos venido del polvo de las estrellas. Esperan que de la nada se haya formado todo cuanto tenemos en el universo, de forma que la idea del Dios bíblico sea apenas una historia religiosa de manipulación de masas. Si Dios existiera, ¿sería una persona? ¿Cómo sabe Dios y de dónde salió Él? En síntesis, la duda que tienen en cuanto a la formación del universo se traspasa al Dios Creador, si lo hubiere: ¿de dónde se formó? La lógica de ellos apunta a que ese Dios tuvo que haber sido originado en un punto de la eternidad, formado de algo, ya que no conciben la idea de un Dios que siempre haya existido.

    El Dios cristiano no da cuenta de su origen sino que afirma que Él siempre ha sido y será, por los siglos de los siglos. Cuando la Biblia habla del principio de todas las cosas, lo hace desde nuestra perspectiva como criaturas limitadas. En el principio Dios creó los cielos y la tierra; ese comienzo es el del universo creado, nunca el comienzo del Creador. La fe que nos ha sido dada alcanza para creer ese axioma como verdad absoluta, inamovible del cristianismo, sin que nos moleste el ansia por desnudar todo lo que encubre a ese Dios Creador.

    Pero dentro de las filas del cristianismo han aparecido teólogos que se ocupan de dilucidar sobre el centro de la teología de Cristo: la expiación. Establecen un debate en torno a si ésta fue universal o limitada; también debaten acerca de si el trabajo de Cristo fue satisfacción o expiación. El argumento va ligado al carácter de la persona de Jesucristo, ya que siendo Dios todo cuanto haga tiene alcances eternos. Pero Cristo fue una sola vez a la cruz, sin que porque sea Dios tenga que ir eternamente a morir por los pecados humanos. Vemos entonces un primer límite: no porque tenga carácter divino lo que haga Jesús tiene que tener una extensión eterna. Me explico: Jesús respiró, nació de una mujer, creció, jugó como niño, fue educado por sus padres, por su entorno, pero ello no implica que siga naciendo de mujer, creciendo, jugando como niño, educado por sus padres y entorno, mucho menos crucificado una y otra vez.

    Esta extensión propuesta en base a la naturaleza de Jesús como Hijo de Dios refleja el intento de muchos por establecer una expiación de extensión universal. Al mismo tiempo, pese a la hipotética universalidad se propone una limitación que gira en torno a la libre aceptación que el mundo haga de esa expiación. Algunos teólogos sostienen que la eficacia del trabajo de Cristo, pese a su universalidad por causa de la cualidad divina, tiene la limitación referida al grupo de los elegidos de Dios. Este principio podríamos llamarlo derroche económico de la salvación, ya que, aunque hay abundancia de perdón para toda la humanidad, la eficacia del perdón divino se limita a unos cuantos escogidos. En resumen, para esos teólogos la redención de Cristo fue suficiente para todo el mundo, pero eficaz solamente para los elegidos.

    Creo que siendo más precisos, la expiación de Cristo si no fue propuesta para todo el mundo sin excepción, no posee la suficiencia alegada para todos. Dios es perfecto y sabe lo que hace, dado que es Omnisciente y Todopoderoso. Si Cristo murió por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21; Juan 17:9), entonces su expiación es suficiente para su pueblo y no para toda la humanidad. Esto se deriva del hecho de que el Padre no se propuso salvar a toda la humanidad, sino a un pueblo escogido desde antes de la fundación del mundo (Apocalipsis 17:8; Efesios 1:5,11).

    La naturaleza de quien hace la cosa se transmite a la cosa hecha; ese presupuesto puede rondar en una falacia muy dolosa. El hecho de que Cristo sea Dios haría que su muerte en la cruz tenga un alcance universal motivado al carácter universal de la divinidad del Hijo de Dios. Por lo tanto (en un non sequitur), si pretendió salvar a uno pretendió salvar a todos. El autor de Hebreos asegura que Cristo vive por siempre para interceder por los que se acercan a Dios (Hebreos 7:25). Según ese principio tomado aisladamente, fuera del contexto de lo que se quiso significar, el Hijo de Dios ya no perdonaría pecados porque su trabajo consiste en interceder. Poco importa el hecho de que le haya perdonado los pecados al paralítico que sanó, ni que al resucitar dijera que le había sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra. Tampoco importaría lo que dice el libro de los Hechos, referente a Esteban como mártir quien alzando los ojos vio al Hijo del Hombre sentado a la diestra del trono divino, a quien le dijo: Señor, no le tomes en cuenta estos pecados (de los que lo apedreaban). ¿Cómo pudo pedir que no le tomara en cuenta los pecados de sus enemigos religiosos, si Esteban debió comprender que Cristo vive perpetuamente para interceder y no para perdonar? Además, Juan en su Primera Carta, Capítulo 1, declara que si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad (Verso 9). ¿Quién es el referente del pronombre personal él? Si estamos pendientes del contexto, se refiere a Jesucristo su Hijo (expresión última en el verso 7). Es decir, Juan no dice aquél, como un referente distante que pudiera referirse a Dios como Padre, sino él -referente inmediato que apunta al Hijo de Dios.

    Los que aseguran que Jesucristo no perdona pecados sino que intercede solamente por su pueblo en forma perpetua, deberán en su non sequitur continuar infiriendo anti-teología. Por ejemplo, Jesucristo no podrá volver en su preparada Segunda Venida porque debe estar perpetuamente intercediendo por su pueblo; tampoco irá a sus Bodas del Cordero, ya que estará intercediendo por su pueblo, etc. Esta ligereza interpretativa relativa a las acciones y cualidades de quien las realiza, puede conducir a caminos sin vuelta atrás. De nuevo, el que Cristo sea Dios no implica que su muerte no tenga un aspecto puntual, o que deba ser infinita, como cualidad de su persona.

    La Biblia es muy clara acerca de quiénes son los que Cristo redimió en la cruz del Calvario. El Faraón de Egipto no está en la lista, levantado para mostrar la ira de Dios en su justicia contra el pecado; tampoco Judas, que era diablo. Ningún réprobo en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda, ni Esaú, el odiado por Dios (Romanos 9:11-18). Cristo no murió por los que fueron destinados a tropezar en la roca que es él mismo (1 Pedro 2:8). Si Dios limpió el pecado de los judíos, no lo hizo con todos los judíos (como bien afirmara Pablo respecto a la Simiente, en Romanos 11); si Dios quitó el pecado del mundo (el mundo era el conjunto de gentiles) no lo hizo con cada individuo, de lo contrario todo el mundo gentil, sin excepción, sería salvo.

    Cristo vio linaje, tiene a los hijos que Dios le dio; el Señor vino a morir por los pecados de su pueblo -no por los pecados del mundo por el cual no rogó la noche previa a su crucifixión. En Mateo 1:21 y Juan 17:9 se demuestra la especificidad de su objetivo al morir. Dios es soberano, sabe todas las cosas y declaró que la humanidad había muerto en delitos y pecados, que no había ni siquiera uno que lo buscara (como al verdadero Dios). Por lo tanto, si ahora hay vida espiritual, la hay en Cristo, por cuanto Dios en su soberanía escogió un pueblo, una nación santa, los amigos del Señor, para que como ovejas fuesen entregadas al Señor que expiaría todos sus pecados. Los cabritos serán lanzados a un lugar de tormento, pero las ovejas del Padre dadas al Hijo entraremos a vida eterna.

    La gente se infatúa y supone que sus obras lo ayudarán a ingresar al reino de los cielos, por lo cual enarbolan teologías que satisfacen las almas incautas que siguen en la oscuridad propia del príncipe de este mundo. Predicamos este evangelio para que las ovejas perdidas oigan la voz del buen pastor y sean rescatadas y llevadas al redil.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • CRISTIANISMO Y APOSTASÍA

    La teología puede ser herética u ortodoxa, pero la historia del cristianismo engloba a los célebres personajes que impactaron con su influencia argumentativa, más allá de su enfoque doctrinal. Así que cuando se habla de la cristiandad y lo que cree tiene que mirarse al conjunto de personas que militan en una ideología religiosa, en este caso bajo la denominación cristiana. Eso no hace que cada personaje histórico sea un verdadero creyente como lo ordena la Biblia, por lo cual nos sorprende muchas veces lo que leemos en los libros de los llamados padres de la iglesia.

    Estos famosos representan la cristiandad, pero en muchas ocasiones ni siquiera pretendieron creer. En otro contexto, una cantidad de avezados navegantes pudieron haber sido ignorados por los escritores de la historia, mientras Cristóbal Colón se lleva la gran fama como si fuese el único de ellos. Sucede lo mismo en cualquier área del saber humano, del arte, de los que arman grandes estructuras, en tanto los que los representan cobran la celebridad única que la narración ordenada confirma.

    Cuando uno mira de cerca a esos grandes personajes de esta religión, puede darse cuenta de que no han llegado a creer con la simpleza que la sensatez cristiana supone. Jesús una vez exclamó: ¡Oh insensatos, y tardes de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! (Lucas 24:25). No fue sino hasta que Jesús mismo les abriera los ojos que ellos llegaron a creer de verdad (Lucas 24:32). ¡Cuántas personas temen sobre su destino, por cuanto oran a un dios que no puede salvar! Buscan la redención colocando su propia justicia como aval, para que, uniéndola a la justicia de Jesús, el Padre quiera salvarlos (Romanos 10:1-4; Isaías 45:20-21).

    La Biblia exhorta a que la gente se arrepienta de su propia justicia, que cambie su mentalidad respecto a lo que verdaderamente es frente al gran Yo Soy de las Escrituras. La ley de Moisés no justificó a nadie, sino que por medio de ella se anunciaba a Cristo. Los que creyeron en esa promesa de la Simiente fueron redimidos, pero los que se ufanaban del cumplimiento de las normas no pudieron ser justificados: …que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él (Cristo) es justificado todo aquel que cree (Hechos 13:39).

    A lo largo de la historia del cristianismo se contemplan falsos apóstoles, trabajadores del engaño, quienes como Satanás mismo hace se disfrazan de ángeles de luz. Sin embargo, su fin será de acuerdo a sus malévolas obras (2 Corintios 11:13-15). Estamos ciertos de que la sangre de Cristo demanda la salvación de todos aquellos por quienes el Señor murió, por lo cual se escribió que en Cristo todos vivimos (1 Corintios 15:22). Ese todos hace referencia al grupo de beneficiarios de su trabajo en la cruz (Mateo 1:21). Sabemos que muchos mueren en sus delitos y pecados, los que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8). El texto de Corintios habla de que en Adán todos mueren, lo cual es absolutamente cierto: Antes ustedes estaban muertos a causa de su desobediencia y sus muchos pecados (Efesios 2:1); la expresión: en Cristo todos viven, ha de entenderse que vivimos porque Jesucristo es el Segundo Adán, el que da vida a los que el Padre le dio (Juan 6:37, 44, 65).

    Los que rechazan a Dios, los que se ofenden con las palabras de Jesús, los que murmuran acusando a esa palabra de ser dura de oír, se convierten en personas que odian a Dios. Estos creen que Jesucristo murió por los que van al cielo y por los que van al infierno, por Jacob y por Esaú, por los elegidos para vida eterna como por los destinados a tropezar en la roca que es Cristo. Estas personas que así creen no viven a través de Cristo sino que existen de acuerdo a su autojustificación. Por lo tanto, niegan Romanos 3:24-27 que resume lo siguiente: siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados…a fin de que él sea justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. Por eso no hay jactancia, ni ley, sino la ley de la fe.

    Esta palabra suele ser dura para aquellos que demandan otro tipo de seguridad, la de la ficha personal: tal día levanté la mano, tal día di un paso al frente, hice la oración de fe, me impusieron las manos. No existe tal cosa como el esfuerzo en creer, como para que se diga que si Él hizo su parte yo hice la mía. Estas personas tienen de qué jactarse, de su propia justicia (Romanos 10:1-4). Dios no salva a nadie a expensas de su justicia, y su justicia es Jesucristo. Si el Señor no representó en la cruz al mundo por el cual no rogó la noche previa a su muerte (Juan 9:17), entonces ese mundo quedó excluido.

    Los religiosos tienen a mal esa palabra bíblica, diciendo que hay injusticia en Dios. Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová el Señor (Jeremías 2:22). ¿A quiénes les permanecerá esa mancha de pecado? A todos aquellos por quienes Jesús no oró la noche previa a su muerte, que son los mismos destinados para tropezar en la roca que es Cristo, los mismos que Dios odió desde antes de ser concebidos para manifestar la ira de su justicia, representados en Esaú (Romanos 9:11-13).

    La bestia diabólica apocalíptica es y será adorada por todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo(Apocalipsis 13:8). La bestia que has visto, era, y no es, y está para subir del abismo e ir a perdición; y los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida, se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será (Apocalipsis 17:8). Con tanta reiteración de este tema en las Escrituras, ¿cómo pueden los teólogos y demás hombres de religión aseverar que Jesucristo murió por todo el mundo, sin excepción? ¿Acaso no ven los contextos en que fueron escritos los textos que ellos esgrimen como universalistas? Por ejemplo, Juan el apóstol le dice a su iglesia que Cristo es la propiciación por los pecados de ellos, pero no solamente por los de ellos sino por los de todo el mundo (1 Juan 2:2). Esa expresión que aparenta ser universalista hace referencia a la inclusión de los gentiles (no a cada gentil), que no se reunían por fuerza en esa iglesia compuesta por judíos (no que cada judío se reuniera allí). Recordemos que Juan era un apóstol que ministraba ante los judíos, pero Pablo administraba a los gentiles. Así que con ese contexto no podemos mirar a Juan como contradiciendo las palabras del Señor que él mismo relató en su Evangelio, en especial en Juan 6 que antes hemos señalado.

    También los fariseos exclamaron un día que todo el mundo se iba tras Jesús (Juan 12:19). Esa expresión es hiperbólica, apunta a una exageración del lenguaje, para ilustrar que, pese a todo, el Nazareno tenía seguidores. Sabemos que esos mismos fariseos formaban parte de todo el mundo, como lo hacían los del imperio romano, y un gran etcétera de naciones que ni siquiera conocían a Jesús. Ninguno de los señalados seguía al Señor, así que la expresión de los fariseos, que aparenta ser universal, no lo es sino hiperbólica.

    Resumiendo las dos grandes teologías que dominan el mundo evangélico de hoy día, podemos adelantar que una de ellas es el semipelagianismo, mientras la otra es el arminianismo. La primera se refiere a Pelagio, monje y teólogo británico de los siglos IV y V, fundador de la herejía del pelagianismo. Afirmaba que la naturaleza humana no estaba corrompida por la caída de Adán, y que los seres humanos podían alcanzar la salvación por sus propios esfuerzos, sin la necesidad de la gracia divina. El semipelagianismo viene después, diciéndonos que sí necesitamos de la gracia pero que si usted da un primer paso hacia ella, Dios dará el segundo. De esa doctrina proviene el conocido cliché que dice: Dios te ama y votó por ti; Satanás te odia y votó contra ti; tú decides la votación votando por ti mismo.

    Jacobo Arminio, holandés del siglo XVII, fue un peón de Roma en las filas del protestantismo de la Reforma, en especial dentro de una universidad calvinista. Su posición enfatiza la importancia del libre albedrío del ser humano en el proceso de salvación, aunque también desarrolló la idea de que los creyentes puedan caer de la gracia para siempre. De esta forma, la predestinación que los arminianos sostienen es aquella que está condicionada a la fe del individuo (Dios vio en el túnel del tiempo quién quería salvarse y quién no); por lo tanto, sigue otro axioma: la expiación de Cristo es universal, para todo el mundo, sin excepción, negando que Cristo no rogó por el mundo (Juan 17:9 y Mateo 1:21, entre otros textos). Continúan con la aseveración de que el ser humano es libre de responder al llamado del Espíritu Santo, que ya no llamará en forma irrevocable y eficaz sino que dependerá de la voluntad de cada individuo. Los arminianos creen que los creyentes tienen la capacidad de resistir al pecado y perseverar en la fe (negando Romanos 7, por ejemplo), por lo cual sigue la consecuencia de que el creyente pueda caer de la gracia si no vence el pecado. Con ellos, la lectura de la Biblia será más literal, en el sentido de que niegan sus contextos, para forzar los textos a que encajen con la tesis romana de la teología de las obras.

    De acuerdo al arminianismo, Dios inicia el primer movimiento, con una gracia genérica o preventiva, ante todos los hombres, sin excepción (aunque jamás hayan oído el Evangelio). Esto se diferencia del semipelagianismo, donde el ser humano inicia la primera movida; pero en ambos sistemas teológicos, el esfuerzo humano es el que logra finalmente la redención. La gloria de Dios es dada al hombre que arrebata por su libre albedrío la antorcha de la salvación, contraviniendo la sentencia bíblica de que Dios no dará a otro su gloria (Isaías 42:8).

    En ninguno de esos sistemas nombrados el hombre aparece muerto en delitos y pecados, sino simplemente enfermo (ya que Pelagio reconoció años más tarde que sí se necesitaba de la gracia divina como recurso fundamental). La gracia preventiva derivada de estos dos grandes herejes viene para todos los hombres sin excepción, sin que importe el hecho de que jamás hayan oído el evangelio o de que hayan muerto en la completa oscuridad del alma. Así que Jesucristo, de acuerdo a este otro evangelio, tuvo que morir por todos los seres humanos, sin excepción. Habiendo alcanzado el perdón de pecados, esa gente que murió en la ignorancia de lo que Jesús había hecho por ellos, debería ser redimida (de lo contrario, habrá sangre inocente en el infierno).

    Este sistema conduce, aunque sus representantes lo nieguen, a la universalidad en la salvación. Si Cristo murió por todos, luego todos son salvos. La Biblia no aporta ayuda a ese error doctrinal, más bien sostiene que Jesús no rogó por el mundo la noche previa a su martirio en la cruz (Juan 17:9); puso su vida por las ovejas, no por los cabritos; vino a dar su vida por su pueblo, al cual salvaría de sus pecados (Mateo 1:21). Jesús solo salva a los que el Padre le dio (Juan 6:37, 44, 65). Proclamar la simple fe del evangelio no trae gran audiencia, pero resulta la única forma de anunciar la palabra revelada. Es Dios quien hace nacer de nuevo, no el predicador; recordemos que en la oración de Jesús encontrada en Juan 17 leemos que ruega al Padre por los que le daría, por medio de la palabra de aquellos primeros creyentes, sus apóstoles verdaderos. Esa es la palabra incorruptible de la cual habló también el apóstol Pedro.

    César Paredes

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  • LA DESTRUCCIÓN DEL MENTIROSO (SALMO 5:6)

    Sabemos que la senda de los malos perecerá, pero también conocemos que en este mundo Dios destruirá a los que hablan mentira, a los que engañan y se muestran sanguinarios. Poco importa cuál sea la mentira, ya que Satanás es el padre de todos los engaños (Juan 8:44). Puede ser en materia religiosa, como si se hablasen falsas doctrinas, aunque también ha de entenderse como las herejías (opiniones propias en materia teológico-bíblica). Igualmente, los errores o mentiras que se promueven – por interpretaciones privadas de las Escrituras -, cualquier mentira respecto a la persona de Cristo o en relación con su trabajo de redención. Todo este cúmulo de posibilidades cabe dentro del campo de destrucción de la mentira.

    Los que siguen al mentiroso serán doblemente culpables, como bien lo afirmó Jesucristo en relación con los fariseos y sus prosélitos. La destrucción puede llegar por enfermedad del cuerpo, por muerte corporal o, lo que es peor, con daño perpetuo. En el mundo de la política se contempla con frecuencia gente sanguinaria, los que desean arrasar con sus enemigos ideológicos. Estos muestran sus resentimientos como lo hizo Caín con su hermano Abel. Recordemos que el Apocalipsis relata lo que le sucederá a la Gran Ramera, la Iglesia o congregación de las hechicerías, de las abominaciones de la tierra, del engaño y la falsa teología. Esta gente irá al pozo de la destrucción (Salmo 55:23). Tengamos por seguro que Dios oirá nuestras plegarias en contra de estas personas abominables, los que procuran nuestro daño usando su lengua y sus falsas promesas.

    Mentir trae como consecuencia la división, el dolor y el castigo. La Biblia condena la mentira y considera al mentiroso como alguien que se desvía de la verdad. En 2 Juan 1:9-11 encontramos una clarividente verdad respecto de los que mienten en relación con la doctrina de Cristo. Los tales no tienen ni al Padre ni al Hijo, sino que extraviados de la verdad y de la doctrina del Señor no merecen ni que les digamos bienvenidos. Dios es verdad, así que la mentira se define como pecado, como errar el blanco. Por lo tanto, la mentira nos separa de Dios y de su presencia. Asimismo, daña la confianza en las personas, creando un ambiente de sospecha y miedo dentro de la sociedad.

    Santiago afirma que la lengua es un fuego, un mundo de maldad. Está puesta entre nuestros miembros y contamina toda la rueda de la creación (Santiago 3:6). Si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad, porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa (Santiago 3:14-15).

    La Biblia también aconseja no hacer promesas a Dios, si no se intenta cumplir; Dios no se complace en los insensatos (Eclesiastés 5:4-6). El que promete y no cumple, está mintiendo. El que tiene celos, está pensando en algo que es imaginario solamente; el que crea rumores se afianza en lo que parece ser sin que necesariamente sea. Jesucristo dijo que él era la Verdad, así que la mentira siempre nos distanciará de su presencia. Pablo aconseja: No se mientan unos a otros, porque ya se despojaron del antiguo ser humano que eran (Colosenses 3:9). Seis cosas hay que el Señor odia, siete son abominación para Él: Ojos soberbios, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente, un corazón que trama planes perversos, pies que corren rápidamente hacia el mal, un testigo falso que dice mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos (Proverbios 6:16-19).

    Sabemos que cada creyente cree firmemente que toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra (2 Timoteo 3:16-17). Esta creencia viene como fruto de la regeneración, de lo contrario el ser humano quedaría con la duda y con el traspiés de suponer la Escritura como algo netamente religioso y no inspirado. Entendemos que los que no creen en la inspiración plena de las Escrituras, sino en una inspiración parcial, no han nacido de nuevo. El nuevo nacimiento no se da por partes sino como un acto integral que opera el Espíritu Santo.

    Sencillamente, el que no cree el evangelio intenta colocar su propia justicia como testigo. No puede someterse a la justicia de Dios, pero busca justificarse de alguna manera. Acepta la palabra revelada en partes, ya que toda puede ser dura cosa de oír. La predicación del evangelio no siempre es para dar a conocer la salvación de Jehová, sino también para edificación de la iglesia. Así lo demuestra Pablo en Roma, como también lo demostramos los creyentes al estudiar la Escritura. Las advertencias en ella nos ayudan a rectificar nuestros caminos, reconociendo que estamos rodeados de mundo, que todavía existe la ley del pecado que domina nuestros miembros (Romanos 7).

    Hay religiosos del cristianismo que no toleran la sola idea de la absoluta soberanía de Dios. A ellos les resulta más cómodo asumir que en materia de redención poseen la última palabra. No soportan el argumento que señala al Creador como quien ha decidido desde la eternidad el destino de cada individuo. Por esa razón asumen que resulta mejor llevar una ficha personal, con día y hora en que ellos aceptaron a Cristo; agregan que fue bajo tal o cual predicación, como si con ese pedazo de papel que acumula sus datos pudieran convencer en el día final que merecen la entrada al reino de los cielos.

    Este tipo de gente ignora abiertamente la doctrina de Cristo, la desprecia, tal como hicieron los discípulos reseñados en Juan 6. Causan problemas en medio de los verdaderos creyentes, al pasar sus días en la objeción de la declaratoria divina. Esa también es otra forma de mentir, forzar el texto para que diga algo más agradable a sus oídos. Se parecen a los israelitas que acababan de salir de Egipto, los que desesperados porque no podían ver al Dios invisible se forjaron un becerro de oro, para así poder tocar a la divinidad. Nada bueno trajo esa idolatría, semejante a lo que hicieron sus seguidores tiempos más tarde con la serpiente de bronce.

    Se deduce que al no soportar al Señor de la Biblia el ser humano forja un nuevo dios. Esta divinidad será más asequible y adaptable a los pensamientos de cada persona, con una personalidad más humana. Por ejemplo, sería aún dios que respetara el libre albedrío humano, que valorara las obras por sobre otro tipo de justicia; además, no hablaría del infierno eterno, donde el gusano no muere ni el fuego se apaga. Más bien sería un dios que predestina en base a lo que averiguó en el corazón humano, un dios con muchos futuros abiertos, una divinidad benevolente que suplica por las almas y que aguarda a ver quién lo quiere seguir.

    Los discípulos descritos en Juan 6 querían seguir a Jesús, pero se enojaron porque el Señor les declaró que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere. Además, aseguró que todo lo que el Padre le da al Hijo viene al Hijo; así que esa doctrina de la absoluta soberanía de Dios no gustó para nada a aquella gente que comenzó a murmurar, a suponer que nadie podía oír esas palabras tan duras de Jesús. Es lo mismo que sostienen hoy día los que se desvían de la doctrina de Cristo.

    De la conversión de Pablo aprendemos que él fue colocado como ministro y testigo de las cosas que hubo visto, para abrir los ojos de la gente, para que se convirtieran de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para recibir por la fe en Cristo el perdón de pecados y la herencia entre los santificados (Hechos 26:16-18). Quisiera Dios que por poco o por mucho la gente creyera este evangelio, porque no hay más evangelio excepto los que son falsos. Tampoco hay otro Cristo, aunque hay muchos cristos que se fabrican las personas que no soportan la verdad de las Escrituras.

    Recordemos siempre que un corazón celoso de Dios no implica redención alguna; en Romanos 10:1-4 vemos que no existe posibilidad alguna de regeneración para los que creyendo en Dios ignoran la justicia de Cristo. Lo que Cristo significa como justicia de Dios tiene que ver con su trabajo en la cruz, relacionado con su pueblo por el cual murió de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21; Isaías 53:11). Ese conocimiento del Siervo Justo está declarado en el Evangelio; el trabajo de su alma se refiere a la redención alcanzada en favor de todo su pueblo, la remisión de pecados, el apaciguamiento de la ira divina. Cristo es el Mediador, el autor y consumador de nuestra fe, quien con suma alegría soportó el martirio de la cruz hasta sentarse a la diestra del trono de Dios. El evangelio de Dios ha sido escondido para la generalidad de los seres humanos, a través de los siglos; pero es alcanzado por los depositarios de la gracia de Dios. ¿A quién se ha revelado este anuncio? ¿Quién lo ha oído? Muy poca gente (pocos son los escogidos), la manada pequeña, en los cuales se ha manifestado la gracia eficaz del Espíritu Santo.

    Declaramos este evangelio porque no queremos mentir, anunciamos la gracia divina que viene en tanto Dios tiene misericordia del que quiere tenerla (Romanos 9). No sabemos quiénes son los que están ordenados para vida eterna, pero estamos seguros de que todos ellos serán alcanzados por el anuncio del evangelio de Cristo. ¿Cómo invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? (Romanos 10:14-15). No todos obedecen el evangelio, pero la fe es por el oír, y el oír por la palabra de Dios. En realidad, Dios ha sido hallado de los que no lo buscaban, Él se ha manifestado a los que no preguntaban por Él (Romanos 10:20).

    César Paredes

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  • GLORIA DEL HOMBRE, GLORIA DE DIOS

    Los hombres de religión se dan a la tarea de buscar su propia gloria redentora antes que ver la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. Una tendencia surge en el corazón humano para satisfacer su ego: se trata de la suposición de que Dios vio algo bueno en nosotros para elegirnos. De esta forma se tiende a comparar las vidas de Jacob y Esaú, ignorando el presupuesto bíblico que indica con claridad abundante que ambos fueron elegidos antes de ser formados, antes de que hicieran bien o mal. Mucho le cuesta al religioso que se califica como cristiano dar por sentado que Dios en su soberanía absoluta hace como quiere.

    El planteamiento de Pablo en Romanos 9 ha sido desvirtuado en muchas ocasiones. Sin embargo, nadie puede remover sus términos y sentido que están colocados en su discurso. El hecho de que el apóstol levantara un objetor por su declaración acerca de que Dios odió a Esaú sin miramientos a obra alguna, hace entender que esto molesta la conciencia del hombre natural. La pregunta se levanta de inmediato: ¿Hay injusticia en Dios? Sigue otra cuestión importante: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Ya que ¿quién puede resistirse a su voluntad?

    Es decir, dado que Esaú no pudo dejar de vender la primogenitura porque no había sido amado por Dios, el abogado defensor exclama: Dios no debería juzgar como culpable de pecado a Esaú, habiendo sido víctima del mismísimo Creador. Pero el Juez supremo responde de inmediato: ¿Quién eres tú para discutir conmigo (con Dios)? No eres más que una olla de barro en manos del alfarero y como barro no puedes reclamar por qué razón has sido hecho como has sido hecho. He allí la comparación de dos entidades opuestas: El Dios soberano absoluto frente a la criatura débil, impotente, que debe un juicio de rendición de cuentas.

    La expiación de Cristo fue absolutamente necesaria. No hubo otro medio de salvación, por más que los teólogos se esmeren en el relato de la libertad divina. Como Dios tiene libre albedrío pudo haber escogido otro método o medio de salvación. Sin embargo, el que Dios haya escogido ese medio (el sacrificio de su Hijo) hace que asumamos que era absolutamente necesario y no contingente. No fue una opción hipotética como si hubiese otra forma o manera de redimir al hombre.

    El religioso puede obviar la palabra de Dios e interpretar con mejores ganas y ver con propicios ojos la opinión de sus teólogos. La razón hay que buscarla en que anhela más su propia gloria que la del Dios mostrado en el rostro de Jesucristo. ¿Por qué condena Dios a los humanos creados para tal fin? Sencillamente porque quiere mostrar su ira y hacer notorio su poder (Romanos 9:22). Por esa razón soporta con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción. Asimismo se dice en el Antiguo Testamento, respecto a la maldad del amorreo. Dios le dijo a Abraham que después de cuatro generaciones sus descendientes regresarían a ese lugar, porque todavía no había llegado al colmo la maldad de los amorreos (Génesis 15:16-21).

    Dios tiene un plan y lo cumple junto con su providencia de circunstancias, para que todo se culmine como ha previsto. El mismo Faraón fue levantado para tal fin, como se lo dijo a Moisés; el Faraón sería endurecido en su corazón para que no dejara salir a Israel de Egipto, de forma que Jehová desplegara su poder ante esa nación y ante el pueblo de Israel, salvando a este último del azote egipcio. Los amorreos eran altamente idólatras, como los otros cananeos, practicando rituales religiosos abominables (sacrificio de niños, entre otros pecados). Así que Dios tiene un propósito con la maldad humana, para luego exaltar su poder ante la humanidad y para que sus escogidos le den gloria.

    Estos escogidos de Él son llamados de entre los judíos y los gentiles, para mostrar notoriamente las riquezas de su gloria, en tanto hemos sido creados como vasos de misericordia. Esta propiedad de gracia la gozan todas las ovejas, pero el ser oveja o ser cabra es una cualidad necesaria que no cambia nunca. En Juan 10:26 leemos: pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. El Señor no le dijo a ese grupo de personas que ellos se convertirían en ovejas si creyeran, sino que no podían creer porque no eran ovejas.

    El que es réprobo en cuanto a fe siempre objetará la soberanía absoluta de Dios. Unos dirán que Dios es soberano pero no tan soberano; otros argumentarán que si uno cree esa doctrina será mejor callarla, no vaya a ser que confunda a los demás feligreses. Incluso hay quienes a pesar de lo que Cristo aseguró respecto a sus ovejas (que nadie podría arrebatarlas de sus manos ni de las manos del Padre), continúan sosteniendo que ellas pueden salirse por cuenta propia. La soberbia humana lucha contra las palabras de las Escrituras, buscando interpretaciones privadas para poder soportar lo que ellos consideran palabras duras de oír (Juan 6:60).

    Recordemos que cuando el sembrador salió a esparcir sus semillas muchas de ellas cayeron junto al camino, siendo comidas por las aves; otras cayeron sobre terreno rocoso sin tierra suficiente, secándose por causa de no tener raíz suficiente. Otras semillas cayeron entre espinos y fueron sus plantas ahogadas, pero la que cayó en buena tierra dio fruto a su tiempo y en abundancia. Así dijo Cristo, con el colofón de que quien tenga oídos para oír que oiga.

    Esta doctrina no es nueva, ya había sido enseñada en el Antiguo Testamento. Ezequiel relata sobre la mano de Jehová que estaría contra los profetas que ven vanidad y adivinan mentira. Es decir, contra los que en nombre de Dios pregonan un falso evangelio, una ilusión para el pecador pero sin verdad expuesta. Esos predicadores engañan al pueblo y dicen paz sin que la haya (todo está bien, cree como puedas). De esta forma Dios advierte que tanto esos profetas que levantan esa pared como los que los ayudan (el pueblo felizmente engañado) serán víctimas del juicio divino (Ezequiel 13: 9-14). Esta palabra está en concordancia con lo que Jesús enseñó muy claramente: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos (hombres religiosos), hipócritas! porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito (en su evangelización), y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros (Mateo 23:15).

    Hay evangelizadores que anuncian prosperidad, que auguran éxito para sus devotos. Falsamente profetizan en el nombre de Dios, sin que hayan sido enviados por Él; es visión mentirosa, solo adivinación, vanidad y engaño, por lo cual también serán consumidos (Véase Jeremías 14:13-16). Cuando el Señor llama lo hace para rescatar sin demora; no existe una gradación salvadora, no hay tal cosa como demorar en el error mientras se está siendo salvado. El llamado del Señor implica que tengamos que salir de la Gran Ramera, la gran Babilonia que gobierna el mundo espiritual y material, a base de religión mentirosa.

    ¿Cómo puede alguien creer en Jesucristo si no lo conoce? ¿Acaso no es la eficacia de su sacrificio una teología central en el evangelio? Jesús vino a morir por todos los pecados de todo su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21); no rogó por el mundo la noche previa a su muerte (Juan 17:9), dijo que había escogido a Judas como diablo (Juan 6:70), señaló que los que no creían no lo podían hacer porque no formaban parte de sus ovejas (Juan 10:26). La Biblia afirma que creerán todos los que estén ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). La gloria de Dios se ve en su énfasis soberano y salvador, ya que ha escogido y ordenado individuos para salvación eterna. No es por nuestros propios esfuerzos o méritos, sino que aún la fe que nos lleva a creer también nos ha sido dada (Efesios 2:8). En resumen, ¿de quién es la gloria? ¿Del hombre o de Dios?

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • ELECCIÓN (1 TESALONICENSES 1:4)

    Pablo les escribe a los miembros de la iglesia de Tesalónica, pero por igual abarca el mensaje para toda la cristiandad. En su carta expone el tema de la elección divina respecto a los que serán creyentes. No es la única vez que el apóstol para los gentiles toca el tema con vehemencia, ya que basta con acercarse a sus cartas para saturarse de esa bondad que pertenece a la soberanía de Dios. No se trata de ser elegidos para un oficio en particular, lo cual pudiera entenderse como válido ya que lo que somos se debe a Él.

    Jehová es su nombre y no dará a otro su gloria; por lo tanto, si en él vivimos, nos movemos y somos, entendemos que todas las circunstancias que nos mueven en esta vida son provistas o facilitadas por medio de su soberanía absoluta. El Faraón de Egipto tuvo que gobernar su nación, pero para ello debió cumplir una serie de requisitos particulares propios de su oficio. En tal sentido, si Dios se glorificó en la necedad de ese Faraón lo hizo para alabanza de la gloria de su poder y de su ira contra el pecado. Esa gloria se proclama en toda la tierra. Asimismo, comprendemos que fue Él quien preparó toda la providencia necesaria para que ese personaje cumpliera con los requisitos para ejercer el cargo, así como para cumplir el rol asignado como réprobo en cuanto a fe.

    Pero Pablo habla de los elegidos para vida eterna, algo mucho más glorificante para la vida de cada creyente. Nunca se pretende decir que Dios nos escogió porque hubiera cualidad diferente en nosotros. Al contrario, en Romanos 9 el apóstol menciona el hecho de que todos somos formados de la misma masa. Dios como Alfarero forma vasos para honra y gloria y otros para deshonra e ira y destrucción.

    Esta doctrina proviene del Padre, pero también fue enseñada por el Hijo. Jesucristo afirmó que él enseñaba la doctrina del Padre; en Juan 6 leemos sobre el evento del milagro de los panes y los peces. Muchas personas se maravillaron de ese acto y comenzaron a seguir a Jesús. Estaban por igual fascinados con sus palabras. Lo buscaban por tierra y por mar, iban de un poblado a otro. En esa labor lo encontraron en Capernaum, pero el Señor les advirtió que ellos le buscaban por causa de la comida que los había saciado. De inmediato comenzó la arenga de Jesús diciéndoles que debían trabajar no por el pan que perece sino por el que a vida eterna permanece.

    Esa gente se motivó y quiso saber lo que debían hacer para poner en práctica las obras de Dios. La obra de Dios era muy simple: creer en el que Él había enviado (en Jesús, con todo lo que ello implica). Jesús se identifica como el pan que descendió del cielo, el verdadero maná, el que no deja con hambre a los que lo comen. Ellos no creían, como bien lo dijo el Hijo de Dios (Juan 6:36).

    De inmediato el Señor lanzó la sentencia de su doctrina de la elección: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37). Unos momentos más tarde o casi de inmediato comenzaron a murmurar porque Jesús había dicho que él era el pan del cielo. Ante esa murmuración Jesús les dijo: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:44). Después se espantaron porque no entendían el símbolo de comer su carne, pensando que era en forma literal.

    Habiendo dicho esas cosas en la sinagoga de Capernaum, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60). Como muchos de entre la multitud no creían de verdad (no asumieron su doctrina), el Señor les resaltó el tema central de ella: la elección o predestinación. Dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6: 65).

    Sin duda que el tema central en este capítulo del evangelio de Juan gira en torno a la potestad absoluta del Padre de enviar prosélitos hacia Jesús. Ellos lo habían seguido por su cuenta, por interés de algún tipo, pero no porque hubiesen sido enseñados por el Padre para que una vez aprendido lo que hubiere de aprenderse fuesen enviados hacia el Hijo (Juan 6:45). Volviendo al tema de Tesalonicenses, agregamos que los que fueron electos también fueron llamados eficazmente. Como lo apunta el libro de los Hechos, en Capítulo 13, verso 48: Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna. Esto significa que aquellos que estaban predestinados por Dios para recibir la vida eterna, creyeron y asumieron la doctrina del Señor. En síntesis, la fe, la salvación y la gracia son un don de Dios (Efesios 2:8).

    La escogencia que hace Dios no viene por causa de méritos humanos, como si hubiese algo bueno que mirar dentro de los elegidos. Esto proviene de la libre gracia y el buen propósito de Dios, lo cual se subraya como el inmutable e irreversible propósito divino. Los tesalónicos de la carta tenían ese conocimiento de la gracia, lo que demostraba la eficacia del llamamiento. Porque todo el paquete de la fe viene junto con la salvación y la gracia, como un regalo del cielo. Conviene, pues, tener ese conocimiento para que no suceda como les aconteció a otros destinatarios de otra carta; en Romanos 10:1-4 se lee que mucha gente que teniendo celo de Dios no lo han tenido conforme a ciencia. Ellos ignoraban la justicia de Dios (Jesucristo), en tanto procuraban colocar la suya.

    Ese malestar sucede cuando la persona dice creer (como aquellos discípulos reseñados en Juan 6) pero rechazan la doctrina de la elección. Comienzan a murmurar diciendo que esa enseñanza es difícil y muy dura, que trae confusión. Así que se distancian de la doctrina de Cristo y les acontece como a los expuestos en la 2 Carta de Juan, Capítulo 2, versos 9-11: Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo…el que no trae tal doctrina no debe ser recibido ni se le debe decir bienvenido.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • Y ESTO ERAIS ALGUNOS (1 CORINTIOS 6:11)

    En la iglesia de Cristo podemos encontrarnos con personas que en un momento de su vida practicaban pecados que los convertían en indignos. Ahora han sido lavados y santificados, justificados en el nombre de Jesús. Ocurre un cambio radical en cada creyente, de la fornicación, idolatría, adulterio, homosexualidad, robo, avaricia, borracheras y el uso de lenguaje obsceno, se opera una vida nueva en corazón del que ha sido convertido a Cristo. La intervención de Dios en esas vidas los limpia del pecado (de todos ellos), para que sean parte de ese pueblo que le adora. Esto acontece por medio de la gracia y el poder de Jesucristo y del Espíritu Santo.

    Uno de los trabajos de los creyentes consiste en la predicación del evangelio a toda criatura humana; asimismo, Santiago 5:20 nos recuerda la maravilla que ocurre cuando hacemos volver al pecador del error: salvaremos de muerte un alma y cubriremos multitud de pecados. Nosotros solo somos ayudantes del Dios de gracia, servidores (inútiles) de su mandato.

    Sabemos que la gracia que Él tiene y otorga no la da a todos sin excepción. Jehová ha hecho aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). La gracia proviene de Cristo Jesús, de su trabajo en la cruz hecho exclusivamente en favor de todo su pueblo (Mateo 1:21). La ira de Dios se exhibe contra todos los que no son puros, que están contaminados con el pecado en cualquiera de sus formas. Pero la gracia que Él otorga la da en Cristo, el cual se ha convertido en nuestra justicia, en razón del sacrificio que ofició en el Calvario para aplacar la ira del Padre en todas sus ovejas elegidas.

    Decimos que tenemos perfecta justicia, ya que es la de Cristo. En tal sentido, Dios no muestra su gracia en contra de su justicia; su Hijo ya fue castigado por los pecados que tomó en el madero, en representación de todo su pueblo. Isaías nos dijo que cuando el Siervo Justo hubiere puesto su vida en expiación por el pecado, vería linaje (Isaías 53:10). Jesucristo se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y purificar para sí un pueblo elegido, dedicado a hacer el bien (Tito 2:14). Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9).

    El Señor enseñó una doctrina que molesta a muchos que dicen ser creyentes. Juan nos afirma en su Segunda Carta, versos 9 al 11, que el que no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios (ni al Padre ni al Hijo): el que no traiga tal doctrina no debe ser recibido con bienvenidas. En Juan 6 leemos que Jesús predicaba su doctrina de la soberanía absoluta de Dios, pero muchos de los que ya eran sus seguidores (discípulos), de los que habían presenciado el milagro de los panes y los peces, se retiraron con murmuraciones y diciendo que esa doctrina era dura de oír (Juan 6: 37,44,60,65,66).

    La gracia de Dios no es universal. Observamos a Judas Iscariote que fue elegido como diablo para que traicionara al Señor; Jesús mismo dio un ay por aquel que ho había de entregar, pero igual le indicó que hiciera pronto su mandado. Esaú fue odiado desde antes de ser concebido, con independencia de sus obras buenas o malas, apartado para la exhibición del poder de la ira de Dios contra el pecado, pero Jacob su gemelo fue amado también desde antes de ser concebido y con independencia de sus obras (Romanos 9:11-13), para que se mostrara en él el poder de la misericordia de Dios.

    El verdadero y único evangelio es el de la gracia. Esa es la buena noticia, el hecho de que en vez de seguir siendo desgraciados ahora somos objeto de la misericordia y gracia divina. Los que oyen la ley de Dios y son solamente oidores, no serán justificados. Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán; y todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados (Romanos 2:12). Recordemos que la ley de Dios puede contemplarse en las tablas escritas (la Escritura toda como consecuencia) y también en la conciencia (la llevan escrita en el corazón, como lo demuestra el testimonio de su conciencia y sus propios pensamientos, que unas veces los acusan y otras los defienden -Romanos 2:15).

    Pero esa ley, la escrita en papel o en la conciencia, no salvó a nadie, ya que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo (Gálatas 2:16). Ahora bien, los israelitas cuando salieron de la esclavitud de Egipto transitaron por el desierto. En ese sitio se fastidiaron rápidamente de ese Dios que los había liberado; ellos querían ver al líder Moisés de inmediato, pero él estaba conversando con Jehová. La impaciencia del pueblo así como el deseo de servir a un dios más concreto, algo palpable que pudieran ver y tocar, hizo que clamaran a Aarón el hermano de Moisés. Por tan gran apremio consintió Aarón en hacerles una divinidad palpable, creando el becerro de oro.

    De esa forma se pervirtió mucha gente porque no logró discernir al Dios invisible que hace cosas concretas y épicas, como liberarlos de Egipto con señales y prodigios. Prefirieron servir a un muñeco de oro, algo que pudieran mirar y palpar, antes que hacer un esfuerzo por creer que ese Dios creador de todo cuanto existe los había liberado. En ocasiones muchos le temen a la doctrina de Cristo, como ya ha señalado el texto de Juan 6. Dado que la doctrina del Señor pudiera tener palabras duras de oír, los oídos se apartan y la vista intenta mirar hacia un dios más digerible. Ese dios hecho a semejanza humana da más confianza porque se ve y se toca, pero se trata de un dios que no puede salvar, un simple ídolo.

    Jehová ha dicho que no dará a otro su honra ni su gloria; dijo que eran vanas las mentes que servían a un dios hecho por artífices. La Escritura nos dice en varias partes (tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento) que servir a los ídolos es servir a los demonios. Por ejemplo: Y sirvieron a sus ídolos, los cuales fueron causa de su ruina. Sacrificaron sus hijos y sus hijas a los demonios (Salmos 106:36-37). ¿Qué digo, pues? ¿Que el ídolo es algo, o que sea algo lo que se sacrifica a los ídolos? Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios (1 Corintios 10:19-21). Dios no dará su alabanza a esculturas (Isaías 42:8).

    Dar gloria a otro ser que no sea Dios se considera una blasfemia, una ofensa a la divinidad. De allí el concepto de Soli Deo Gloria que enfatiza que toda la gloria será para el Señor; la gloria es algo inherente al Dios creador de todo cuanto existe. Pudiera suceder que alguien idólatra se defienda diciendo que nunca confunde la imagen con la persona que representa. De esa forma intentará decirnos que no adora la imagen, sino que ella es una ayuda para concentrarse en la divinidad. Esto pareciera semejante a lo que le aconteció a aquel pueblo de Israel en el desierto.

    Pero la idolatría no existe porque el adorador confunda la imagen con su divinidad, como lo sabemos por la cultura pagana. Quienes adoraban a Diana de los efesios nunca pensaron que las imágenes de plata fuera la misma Diana (Gordon H. Clark, What Do Presbyterians Believe?, pp. 195-196). Como continúa diciéndonos este autor, los católicos romanos que se defienden a sí mismos del cargo de idolatría, defienden por igual a los de Éfeso que adoraban a Diana. En tal sentido, la Escritura es ampliamente clara al prohibir la adoración de alguien que no sea el Dios de la Biblia; ha prohibido por igual el hacerse imagen de lo que esté en el cielo, en la tierra, en los mares, etc., para inclinarse ante ellas y honrarlas. Eso está en los Diez Mandamientos: No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen… (Éxodo 20: 2-5).

    Resulta que en las traducciones de la Biblia Católica, después de la Reforma Protestante, Roma ha omitido esos textos, alargando unos párrafos de los demás mandamientos para que sumaran diez en su totalidad. Si usted busca en la Vulgata Latina, de Jerónimo, Biblia oficial del catolicismo durante muchos siglos, encontrará esos mandamientos en forma completa. Veamos esos dos textos en el latín de la Vulgata: Non habebis deos alienos coram me. Non facies tibi sculptile, neque omnem similitudinem quae est in caelo desuper, et quae in terra deorsum, nec eorum quae sunt in aquis sub terra. Non adorabis ea, neque coles: ego sum Dominus Deus tuus fortis, zelotes, visitans iniquitatem patrum in filios, in tertiam et quartam generationem eorum qui oderunt me…

    No hace falta ser latinista para comparar texto con texto, en especial lo que aparece subrayado. La idolatría puede ser perdonada, como asegura Pablo al decirnos que esto erais algunos; no solamente debemos cuidarnos de las esculturas o dibujos idolátricos, sino de la confección mental de lo que pensamos que debería ser Dios. Al cortar ciertos aspectos de la doctrina de Cristo, con el argumento de que eso resulta duro de oír para muchos, estamos confeccionando un Cristo a la medida, cosa que raya por igual en la idolatría.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • JOB EL JUSTO

    El libro de la Biblia que lleva su nombre relata sobre las calamidades sufridas por este justo varón. Muchos estudiosos asoman la idea de un relato fantasioso, pero sin duda en la misma Escritura se autentica el personaje. Ezequiel 14:14 declara: si estuviesen en medio de ella estos tres varones, Noé, Daniel y Job, ellos por su justicia librarían únicamente sus propias vidas, dice Jehová el Señor. Santiago 5:11 también lo certifica: He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren. Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor, que el Señor es muy misericordioso y compasivo.

    En este libro leemos con asombro que un día desfilaron delante de Jehová los hijos de Dios, entre los cuales también venía Satanás (Job 1:6). Por la expresión hijos de Dios ha de entenderse ángeles, como también se corrobora en Job 38:7. Dios es el Padre de los espíritus, por causa de su creación; Satanás ha de entenderse como el adversario, el mal espíritu, la serpiente antigua que se llama diablo (Apocalipsis 12:9). En tal sentido, el apelativo de hijo de Dios hace referencia en ese contexto a parte de la creación de Dios.

    Jehová fue quien le sugirió a Satanás que considerara a su siervo Job, un hombre que era perfecto y recto, temeroso de Él y apartado del mal (Job 1:1 y 7). Existe un paralelismo en cuanto al deseo de Satanás con Pedro el apóstol, a quien quería zarandearlo como a trigo (Lucas 22:31). Acá vemos perfectamente el grado de la soberanía absoluta de Dios, quien hace como quiere y nadie se le opone. Fue Él quien inició el enfrentamiento, para beneficio de nosotros como lectores de este libro, para gloria de su nombre y para honra del personaje justo y perfecto llamado Job. ¿Acaso no se puede ver por igual que Jesucristo fue expuesto ante la fuerza enemiga de Satanás, para que fuera perseguido, probado y conducido hasta la muerte de cruz?

    Cualquiera pudiera ver en forma aislada el texto y no entendería el hecho sino como un relato poético; pero al comparar Escritura con Escritura nos damos cuenta de la contención que tiene el creyente con el mundo. Por igual, en medio de esa contención estamos seguros del control absoluto del Dios soberano, quien ha prometido que no seremos tentados más allá de lo que podamos resistir. Satanás supuso que Job era apartado del mal porque Dios lo tenía fortalecido con una familia coherente, con salud y muchos bienes materiales. Por esa razón dijo: ¿Acaso teme Job a Dios de balde? (Job 1:9).

    En esa apuesta entre Dios y Satanás hubo un resultado ejemplarizante para nuestras vidas. Bajo el control del Señor daremos siempre fruto de vida para vida, tal como le aconteció a Job. Pese al sufrimiento sin igual que tuvo aquel justo hombre, sus reflexiones junto con las de sus amigos nos conducen por un laberinto de conocimiento que nos incita a la continua reflexión. La esencia humana se centra en mirar nuestra propia alma, en conocer que no somos nada si el Omnipotente Dios no lo desea; ante su majestad solo se ilumina nuestra culpa, nuestra fragilidad espiritual, el fracaso del trabajo diario. Por igual, el lamento de Job hasta maldecir su propio día de nacimiento, junto al conocimiento de que Dios era quien lo había encerrado en esa lucha, conforma un conjunto de elementos que nos advierte sobre nuestro diario andar. Todo cuanto nos sucede viene ordenado divinamente.

    ¿Será el hombre más justo que Dios? (Job 4:17). Con frecuencia nuestros análisis sobre la maldad humana, el asolamiento del mundo, el imperio de Satanás, nos conducen a suponer que podríamos transformar este mundo simplemente aplicando nuestra perspectiva. Si leemos la Biblia encontraremos abundantes textos que nos motivarán a suponer que Dios actúa injustamente. Ahora mismo habrá quienes piensen que Job fue víctima tanto de Satanás como de Jehová, y que eso no parece hacer justicia. Conviene recordar el planteamiento de Pablo el apóstol, cuando escribía su Carta a los Romanos. En el Capítulo 9 confronta un hecho duro para el alma y la mente humana, el asunto de la predestinación. Hay un texto que dice: A Jacob amé pero a Esaú odié (aborrecí), referente a los gemelos que aún antes de nacer ni de hacer bien ni mal les fue dada esa sentencia (Romanos 9:11-13).

    El apóstol continúa su discurso con lo que se considera la lógica del texto, lo que resulta inevitable al leer lo del odio de Dios contra Esaú, antes de que hiciera bien o mal. ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera (Romanos 9: 14). Esto demuestra que Dios siempre estará en el banquillo de los acusados por todo cuanto acontece en esta su creación. El hombre en su iniquidad sale adelante con el argumento de la injusticia divina, con los viejos principios filosóficos que ha recogido desde antes: Si Dios es Omnipotente y no evita el mal sobre la tierra, entonces no quiere evitarlo. Si no quiere evitarlo deducimos que su corazón no es benevolente. En un Dios como ese no debo yo creer.

    Job estima que los años pasarán, mientras él irá por el camino de donde no volverá. Estaba seguro de que le estaba preparado el sepulcro en tanto su aliento se agotaba. En medio de su agobio, Job deseó que lo que él decía fuera escrito con cincel de hierro y con plomo, de manera que fuesen esculpidas sus palabras para siempre (Job 19: 23-24). Semejante deseo se le cumplió, porque hoy día podemos leer sus dichos en la Escritura que nunca jamás pasará. Pero ese Job no perdió su fe ni su conocimiento del Altísimo. Dijo en forma clara y evidente que sabía que su Redentor vivía, que al final se levantaría del polvo. Es decir, habló de la muerte y resurrección de Jesucristo el Redentor. ¿Cómo pudo ser eso posible si casi nadie hablaba de su muerte y victoria sobre ella? He allí la revelación de Dios al corazón de Job. Además, Job era un firme creyente en la resurrección de los muertos, algo tan atroz para las culturas paganas y para muchos judíos que llegarían a dudar de ello, como los saduceos. Job dijo que después de deshecha su piel, en su carne habría de ver a Dios (Job 19: 25-27).

    Quizás la frase más arrojada pronunciada por mortal alguno en cuanto a la fe la dijo Job. He aquí, aunque Él me matare, en Él esperaré (Job 13:15). Por otro lado, el diálogo de Dios con Job exhibe su poder absoluto. Cíñete ahora como varón tus lomos; Yo te preguntaré y tú me responderás (Job 40: 7). Mira a todo soberbio y humíllalo, y quebranta a los impíos en su sitio (Job 40:12). ¿Sacarás tú al leviatán con anzuelo, o con cuerda que le eches en su lengua? (Job 41:1). ¿Quién me ha dado a mí primero, para que yo restituya? Todo lo que hay debajo del cielo es mío. (Job 41:11).

    Estos son apenas unos ejemplos de la riqueza encontrada en ese libro considerado uno de los más antiguos de la Escritura. Su estructura narrativa nos conduce con un lenguaje poético para comprender lo inalcanzable del poder y sabiduría de Dios. Al mismo tiempo pone de manifiesto la realidad anunciada sobre Jesucristo, el Redentor que vive y que resucitaría de entre los muertos. Nos declara la esperanza para cada creyente, ya que seremos levantados del polvo el día de la resurrección.

    La respuesta final de Job ante Jehová fue muy objetiva: Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti… Yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía… De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza (Job 42: 2,3, 5,6). Pablo en 1 Corintios 3:19 declara lo mismo que se había dicho en Job 5:13: Dios prende a los sabios en la astucia de ellos, y frustra los designios de los perversos. En Corintios leemos: Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios; pues escrito está: El prende a los sabios en la astucia de ellos.

    Otro paralelismo lo vemos en Job 5:17 y Hebreos 12:5, cuando se menciona que debe considerarse feliz el que Dios corrige, por lo cual no hay que despreciar la corrección del Omnipotente (Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por Él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo: Hebreos 12:5).

    Las Escrituras dan testimonio de Cristo, con aquello que fue escrito por los hombres de Dios escogidos para tal fin. Esto se hizo para nuestro beneficio, de forma que aprendamos la sobriedad y entendamos la adoración que el Padre desea: en espíritu y en verdad. Vayamos a las palabras antiguas, lo que se dijo como profecía y declaración que nos concierne. Procuremos entender su contenido para que no nos desviemos del camino; de esa manera la palabra de Dios será una lámpara ante nuestros pies.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • ENEMIGOS EN SU CASA

    Los enemigos del hombre estarán en su propia casa, dijo Jesucristo; esta conducta impropia venía observándose en el viejo pueblo de Judá, con los parientes de Israel. Recordemos que ya dividido el reino, después de Salomón, quedaron enemistados como dos naciones antagónicas: Judá con la capital Jerusalén en el sur, Israel con su capital Samaria en el norte. No obstante, en ambas naciones habitaba el conocimiento sobre el Dios que los había sacado de la esclavitud de Egipto. En ocasiones los del reino de Israel envidiaban el hecho de que Jerusalén era la sede del templo dedicado por Salomón a Jehová.

    Con los años, cuando Nabucodonosor II conquistó Jerusalén por primera vez, deporta a parte de la población incluyendo al rey Joaquín a Babilonia. Diez años más tarde, tras una rebelión en Judá, Nabucodonosor asedió a Jerusalén y deporta a la mayor parte de la restante población, y se llevó cautiva a gran parte de la nación de la que también destruyó su templo.

    Sedequías fue nombrado rey por los babilonios, pero también se rebela más tarde y de nuevo se obligan a una nueva conquista. Ese cautiverio termina poco después de la llegada del rey persa Ciro el grande, quien obedece el mandato divino y cumple la profecía sobre lo que haría en favor de esa gente.

    Cuando ya se les permitió a los judíos reconstruir la ciudad y el templo, los samaritanos se molestaron y los acusaron de querer rebelarse contra Persia. En Esdras 4:1-2 se lee de los enemigos de Judá y de Benjamín contra los que regresaban de la cautividad y edificaban el templo; pero dijeron que deseaban unirse a ellos. Su alegato consistía en insistir que ellos adoraban por igual al mismo Dios (no decían que también adoraban otras deidades del paganismo). Como la respuesta de Zorobabel y de Jesúa fue negativa, entonces mucho pueblo intimidó al pueblo de Judá, y lo atemorizó para que no edificara. Sobornaron además contra ellos a los consejeros para frustrar sus propósitos, todo el tiempo de Ciro rey de Persia y hasta el reinado de Darío rey de Persia (Esdras 4:5).

    También aconteció con Nehemías que el proyecto de construcción se viera amenazado por ciertos nobles judíos; éstos eran adinerados y se aprovechaban con la usura para llenarse los bolsillos (Nehemías 5). Está gente dedicada a la usura violentaba el mandato de Éxodo 22:25. Por otro lado, el reino del norte (Israel) también había sufrido antes varias conquistas asirias. Como gran parte de su población había sido llevada a la cautividad en Asiria, esa región desolada fue colonizada por extranjeros con diversidad religiosa. De allí surgió el sincretismo religioso de los samaritanos, al mezclar la ley de Moisés con supersticiones religiosas. Esa es una de las razones por las cuales Jesucristo le dijo a la mujer samaritana que ellos adoraban lo que no sabían, ya que la salvación venía de los judíos.

    En realidad el desprecio de los judíos por los samaritanos se basaba en el rechazo a la mezcla no solo étnica sino también religiosa. El rey de Asiria había traído gente de Babilonia y de muchos pueblos circunvecinos, para poblar las ciudades de Samaria. Ellos no temían a Jehová, por lo que fueron atacados por leones que los mataban. El rey de Asiria ordenó llevar también a algunos de los sacerdotes israelitas cautivos, para que habitando en Samaria enseñase las leyes del Dios de ese país (2 Reyes 17: 26-27). Sin embargo, dice la Biblia que cada nación se hizo de sus dioses, y los pusieron en los templos de los lugares altos que habían hecho los de Samaria. Temían a Jehová, y honraban a sus dioses, según la costumbre de las naciones de donde habían sido trasladados (2 Reyes 17:33).

    De manera que el proyecto de reconstruir el templo y la ciudad fue acosado por dentro y por fuera. En especial, llama la atención que los mismos reyes enemigos de Judá (Ciro, Darío y Artajerjes) les financiaron la reconstrucción del templo y la ciudad, los animaron para que fueran de la cautividad a hacer aquello que Dios había colocado en sus corazones. Pero la misma gente que decía conocer a Jehová, sean samaritanos o algunos judíos usureros, obstaculizaba y demoraba la reconstrucción. Jehová era para estos samaritanos impíos un Dios más en la larga lista de divinidades conocidas, en tanto para los judíos usureros pasaba a ser un simple ligamen ideológico religioso de la nación.

    Los enemigos del hombre serán los de su propia casa (Mateo 10:36; Miqueas 7:6). Quiso Dios que la serpiente engañara a Eva, para que el Cordero sin mancha, ya preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), se manifestara en el tiempo apostólico. Asimismo ha destinado de este mundo a un grupo de personas que ha escogido sin mirar en sus buenas o malas obras, para ser santos y sin mancha delante de Él por medio de la sangre de Jesús (Romanos 9:11-13; Efesios 1:5-11). Tenemos a nuestros enemigos en el mismo mundo donde habitamos, ellos se han dejado seducir por los atractivos de la Babilonia religiosa, como aquella gran ciudad de antes, colmada de riqueza y gloria.

    La inmoralidad de Babilonia era de tal magnitud que la Biblia la menciona como un modelo de la Gran Ramera (Apocalipsis 17:1). Nabucodonosor convirtió su Babilonia en una de las maravillas del mundo, con su galantería a su mujer como motivación fundamental. La reina Amytis era de los montes y no del llano, así que deseaba ver las plantaciones de los lugares altos. El rey la complació y ordenó edificar los jardines colgantes, una gran maravilla para entonces. Dice la historia que para saciar tal deseo, el rey babilónico levantó una montaña artificial de unos 144 metros por lado, con terrazas unidas que sobrepasaban la altura de las murallas de la ciudad. Hacia esas terrazas se subía por escalinatas.

    Pero el mundo antiguo no solo se maravillaba de esa obra arquitectónica esplendorosa sino también hacía comentarios de la depravación moral de entonces. Si bien Herodoto (conocido como el padre de la historia) proporciona descripciones vívidas de Babilonia, con sus murallas, templos y jardines colgantes, otros historiadores hablan de su decadencia moral (Follows Samuel).

    Su lujo ilimitado condujo a sus habitantes a una conducta de indulgencia y afeminamiento, pero constituía la gloria del rey: ¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad? (Daniel 4:30). La arrogancia del rey no se quedó sin castigo, como refiere el relato de Daniel en la Biblia. Esto nos deja una advertencia clara y sencilla: en el mundo solo hallaremos vanidad y gloria del ego, como pudo testificarse de las palabras de Nabucodonosor. En ocasiones nos gobierna la pasión de la grandeza (poco importa si esa grandeza es religiosa o teológica o simple pasión por el arte), junto al reconocimiento de nosotros mismos (yo edifiqué, la fuerza de mi poder, para gloria de mi majestad). El deseo de perpetuar nuestros nombres en esta tierra no tiene soporte teológico coherente, ya que sabemos que esta tierra será destruida y Dios hará una nueva.

    La exaltación del ego conduce al engreimiento, así que antes de la caída debe venir la altivez de espíritu. Cuando la gente no reconoce a Dios, sino que se olvida de Él pensando que nosotros nos hicimos a nosotros mismos, que somos producto de un azar y que si existe un Creador debe ser pura energía y no una persona, entonces sobreviene las más de las veces el reproche divino. En Romanos 1 leemos la sentencia paulina: Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos… (Romanos 1:24). De nuevo agrega el verso 26: Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas… Sigue el verso 28 con el mismo énfasis temático: Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen.

    Jesucristo y los profetas advirtieron de estos días difíciles. Por una parte leemos que estos tiempos serían como en los días de Noé o como en los días del justo Lot. Ya sabemos lo que le aconteció a la tierra llena de violencia, por el relato sobre el diluvio universal. Conocemos de la destrucción de Sodoma y de Gomorra, lugares donde el culto a la inmundicia se erigía como orgullo sin sentido. Los vecinos no podían ver visitantes nuevos en la ciudad porque querían de inmediato conocerlos (en el sentido de estar con ellos en orgías sexuales). La lascivia se encendía a lo alto, hasta que el mismo Lot tenía que estar a las puertas de Sodoma lamentando lo que pasaba.

    ¿Qué vemos en nuestras ciudades de hoy? ¿Qué anuncian los medios audiovisuales sino noticias de celebridades que también se apartan hacia la iniquidad en su más variado menú? Nosotros los creyentes tenemos la advertencia oportuna: el que se hace amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios. Por igual, se nos ha dicho que si ese mundo nos aborrece lo hace porque en el fondo aborrece también a Jesucristo. Confiemos en el Señor que ha vencido al mundo; el mundo ama lo suyo por lo tanto nos desprecia. El mundo ofrece su paz, a su estilo, pero Jesús nos da su paz en forma diferente. Nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. El príncipe de las potestades del aire es quien gobierna el mundo, por lo cual lleva el título de Príncipe de este mundo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • NUESTRO PUNTO DE PARTIDA

    Cada creyente en Jesucristo parte de un axioma, un presupuesto no demostrado que se asume como verdad. El matemático cree en sus axiomas sin tener que demostrar que ha visto al número uno o al tres o a cualquiera de los que conforman sus conceptos matemáticos. Nosotros sabemos que nuestro sistema de verdad se arraiga en la revelación conocida como las Sagradas Escrituras. De vez en cuando, una vez que los arqueólogos descubren bajo tierra una vieja ciudad, un antiguo grabado, nos gozamos al cotejar que coordina exactamente con lo que la Biblia había enunciado como parte de su relato.

    A partir de las Escrituras la cristiandad ha desarrollado un sistema ordenado de la verdad que asume como soporte. Si Aristóteles tuvo a bien valerse de los hechos encontrados para desarrollar su sistema de pensamiento, aunque se alejara de Platón, quien era más deductivista, el estagirita se afianzó en el método inductivo conocido hoy día como el preferido por la ciencia moderna. Decimos que el matemático hace ciencia pero no puede demostrar la existencia de los números, excepto en su asunción axiomática. De todas formas, aunque no sepamos el peso de los números, a qué saben o huelen, ellos funcionan para sumar y restar, para comprar y vender, para la vida cotidiana.

    Nuestra fe descansa en Jesucristo, su autor y quien la consuma. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, por lo cual Él es quien la da a quien quiere darla, pues no es de todos la fe. Pero nuestra fe se desarrolla en un mundo lógico, sin incoherencias, de manera que cada quien que suponga depositar su confianza en ella debe estar seguro de dónde ella proviene.

    La fe no es una esperanza vaga sino una confianza sólida. La fe, sin que la llamemos una virtud moral, implica una firme persuasión del poder, de la fidelidad y del amor de Dios a través de Jesucristo. Es la substancia de las cosas que se esperan, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1). Lo que se ve, ¿a qué esperarlo? En cambio, lo que no vemos y creemos eso esperamos. Pero no se vale creer cualquier cosa, como si con esa base pudiéramos hacer que aparezca. Eso podría interpretarse como un acto de magia, un decreto mental, una actividad esotérica.

    La palabra prometida de Dios se tiene como la garantía y el fundamento de lo que esperamos. Si Dios no lo ha prometido, ¿a qué esperarlo? He allí nuestro círculo axiomático, nuestros presupuestos reunidos en torno a la palabra de Dios. Sin la confianza puesta en el Altísimo diríamos como David que nos hundimos en cieno profundo, donde no podemos asentar nuestros pies (Salmos 69:2). Sin embargo, por la fe de David el salmista salió de ese valle de sombra y de muerte, le pidió a Dios que lo escuchara en base a la verdad de su salvación (Salmos 69:13). Pedía respuesta bajo el fundamento de la benignidad de la misericordia de Jehová (Salmos 69:16). Este salmo es considerado mesiánico, pero por igual refleja la aflicción del salmista quien, en medio del dolor, anuncia que alabará el nombre de Dios con cánticos.

    Los cristianos partimos de la premisa que sostiene a Dios como la verdad, por lo cual hablamos la verdad de Dios. Partimos de la declaración bíblica que afirma que en el principio creó Dios los cielos y la tierra. Ese es nuestro punto de partida, un comienzo en el cual Dios (que no tiene ni comienzo ni fin) hizo todo cuanto existe, incluyéndonos a nosotros. El Salmo 100:3 declara: Reconoced que Jehová es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos…

    Nuestra fe se ampara en la Sola Scriptura, lo que nos conduce al principio de la inerrancia de la Biblia. Esto puede considerarse como un axioma, porque también la Escritura nos enseña que es la revelación de Dios hecha al hombre a través de muchos siglos. En tal sentido, como ya dijimos, nos alegramos cuando la llamada ciencia descubre ciertos principios que ya estaban embebidos en la declaratoria bíblica, sin que la Escritura pretenda ser un libro de ciencias. Dios está sentado sobre el círculo de la tierra (Isaías 40: 22); la Biblia habla de la creación del universo, la ciencia moderna nos da indicios de que hubo un comienzo (la tesis del Big Bang, por ejemplo, se da como indicio de lo que los científicos suponen que pudo ocurrir). El agua en sus estados sólido, líquido y gaseoso, se menciona en la Biblia, lo cual hoy día se considera como un hecho científico. De la tierra se obtiene el alimento, y abajo de ella todo se convierte en fuego (Job 28:5), lo que de acuerdo a nuestra ciencia se confirma al decir que la tierra está compuesta por un núcleo incandescente. Hoy se nos dice que la tierra orbita en el espacio, pero Job 26:7 nos aseguraba que Dios suspende la tierra sobre la nada. El ciclo continuo del agua fue mencionado por Salomón, en Eclesiastés 1:7, con una frase altamente poética: Todos los ríos van hacia el mar, y el mar nunca se llena; al lugar de donde los ríos fluyen, allí vuelven a fluir.

    Pero estas verdades de la ciencia declaradas por la Biblia no nos han hecho creer en Dios, sino la fe que nos fue dada junto con el nuevo nacimiento (Efesios 2:8). Sabemos por las Escrituras que Caín era del maligno, como afirma el apóstol Juan en una de sus cartas. Si miramos el contexto de las ofrendas hechas por aquellos dos hermanos emblemáticos, nos daremos cuenta de la relación de ellos con el evangelio revelado. La fe de Abel lo condujo al excelente sacrificio que Dios haría con el Cordero sin mancha, alcanzando testimonio de su justicia. En cambio, Caín ofreció a Dios de sus propios esfuerzos, contraponiendo el evangelio de las obras al de la gracia.

    Dios no mira con agrado que pongamos nuestras buenas obras como garantía para ir al cielo. Vean lo que le sucedió a Caín, que fue rechazado en su ofrecimiento. En cambio, la justicia de Abel se observa en la conciencia que tuvo de mirar el sacrificio de Cristo como suficiente, ofreciendo algo que era sombra de lo que había de venir. La ofrenda de Abel fue un cordero, una figura de lo que vendría. Ese es nuestro axioma, aferrarnos al Cordero sin mancha que ya vino y se inmoló en la cruz por causa de la limpieza de todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Nuestra fe es un regalo de Dios, pero sabemos que no es de todos la fe; sin esa fe nadie puede agradar a Dios, pero así como Él se la dio a Abel lo ha hecho con todo su rebaño; en cambio, Dios no le dio fe a Caín, sino que lo dejó en sus propios esfuerzos para demostrar la excelencia de la confianza en Cristo.

    Desde que el hombre cayó en el Edén, el evangelio de Cristo comenzó a materializarse. Vemos a Dios sacrificando animales para cubrir con sus pieles la desnudez de los primeros hombres. Sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados (Hebreos 9:22), así que los pecados se perdonan de acuerdo al sacrificio de Jesús. Para esto, ¿quién es suficiente? Lo que resulta imposible para nosotros los humanos, resulta posible para Dios. Ese es nuestro axioma, nuestro punto de partida y será nuestro punto de llegada.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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