Categoría: DOCTRINA

  • NACER DE NUEVO

    Todos los que recibieron a Jesús, los mismos que creen en su nombre, los que tuvieron la potestad de ser hechos sus hijos, no fueron engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1:12-13). Eso lo leemos del apóstol Juan, quien siguió de cerca al Señor y se enteró de sus enseñanzas que nos transmitió. En su mismo Evangelio, en el Capítulo 3, nos trae el escenario en el que Jesús habla con Nicodemo. Ese dirigente del Sanedrín, de los judíos religiosos, lo reconocía como a un maestro de Dios, porque sus señales daban evidencia de quién era el autor. Sin embargo, Jesús lo frenó de golpe, como quien le dice que andaba equivocado, ya que no bastaba con reconocerlo como un maestro enviado de Dios.

    Por esa razón Jesús le dijo a Nicodemo: que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios (Juan 3:3). Acá, el principal de los judíos trastabilló y se fue a la literalidad de la metáfora que le decía Cristo: ¿Cómo puedo yo siendo viejo entrar en el vientre de mi madre y nacer? Ya el Antiguo Testamento hablaba del cambio de corazón que hacía el Señor, quitando el de piedra y colocando uno de carne, junto con un espíritu nuevo que hiciera amar los estatutos de Altísimo (Ezequiel 36:26-28). Pero Nicodemo era maestro de la ley y no sabía lo más esencial de ella. Suele suceder con los religiosos, con los que fungen de académicos y cometen los errores de los principiantes.

    Lo que nace de la carne, carne es; pero lo que nace del Espíritu, espíritu es. He allí la diferencia, la oposición entre el corazón de piedra y el corazón con el espíritu nuevo que Dios coloca. Ya sabemos que no depende de voluntad de varón, sino de Dios; ahora Jesús enfatiza bajo ese criterio y compara al Espíritu con el viento, de quien oímos su sonido aunque no sepamos de dónde viene ni a dónde va: así es todo aquel nacido del Espíritu (Juan 3:8). ¿Quiénes nacen de nuevo? Los elegidos del Padre, aquellos que siendo enseñados por Dios, y habiendo aprendido, son enviados hacia el Hijo. En realidad, nadie puede ir a Jesucristo si no le fuere dado del Padre; todo lo que el Padre le da al Hijo irá al Hijo, y no será echado fuera jamás. También todo esto forma parte de las enseñanzas de Jesús recogidas por Juan (Capítulo 6).

    Nicodemo vino de noche a Jesús, por temor a sus colegas del Sanedrín. En otra oportunidad les previno a los del Sanedrín en relación a no juzgar a un hombre si primero no lo oía, para descubrir lo que había hecho (Juan 7:51). Obtuvo por respuesta una acusación irónica de parte de sus colegas: ¿Acaso eres tú también galileo? Por lo visto, ese maestro de la ley se mantuvo asombrado por Jesús, pero siempre anduvo en la periferia, amando más su reputación que el discipulado abierto con el Señor. Sabía que era un profeta enviado de Dios, en virtud de las señales que había comprobado, pero no tenía a Jesús como aquel profeta señalado por Moisés: Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis (Deuteronomio 18:15, 18).

    Nicodemo vino a la tumba de Jesús y trajo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras, en colaboración con los que acomodarían su cuerpo en lienzos, de acuerdo a las costumbres de la época (Juan 19:39). Pero todo su interés en el maestro que vino de Dios, su deseo de que se le oyera antes de juzgarlo, su aporte y colaboración generosa para el sepulcro del Señor, no testifican nada de un hombre que haya nacido de nuevo. ¿Nació de nuevo Nicodemo?

    La Biblia nada nos dice al respecto sino esos hechos puntuales de un hombre asombrado por las enseñanzas de un profeta especial. Si llegó a creer después, no lo sabemos; muy raro que hubiese creído y no se hubiera escrito algo en relación a su fe, pero hay cosas que nunca sabremos en esta tierra. Con la información dada podemos deducir que ese maestro de la ley, en esos momentos puntuales descritos en el Nuevo Testamento, permaneció en la ignorancia respecto a la justicia de Dios. Por lo demás, si creyó más adelante, sería una especulación no permitida.

    La gran estima que el ser humano pueda tenerle a Cristo no le rinde como fruto de justicia. Saber que fue un gran maestro acompañado de señales y prodigios no basta para decir que la persona haya nacido de nuevo. Así que el nuevo nacimiento lo conoce todo aquel que haya nacido del Espíritu, todo aquel que es habitado por el Espíritu de Dios, todo aquel que vive en la doctrina de Cristo. Nosotros los conocemos por sus frutos, lo que confiesan sus bocas y que abunda en sus corazones. No puede el árbol bueno dar un fruto malo, mientras que el árbol malo jamás dará un fruto bueno. ¿A qué fruto se refiere Jesucristo? No al pecado, pues todos pecamos aún habiendo creído en su nombre (Romanos 7). Se refiere a lo que la boca confiesa, al evangelio que se ha creído.

    El evangelio de los falsos maestros no puede ser tenido como un fruto del árbol bueno; el que no vive en la doctrina de Cristo camina extraviado sin perseverar en esas enseñanzas del Señor (2 Juan 1:9). Si Nicodemo era maestro de la ley, un fariseo y principal entre los judíos, conocía muchos textos del Antiguo Testamento y sabía manejarlos como un docto. Eso no le alcanzó para la fe en Cristo; de igual forma, hoy día muchos hablan de Cristo como el Hijo de Dios, como el que murió y resucitó, el que está a la diestra del Padre e intercede por su pueblo. Pero tienen una doctrina de la carne, una que no refleja el nuevo nacimiento.

    Estos son los que sagazmente creen que ellos han sido salvados por su fe, por su cometido, por sus obras, sumadas a la gracia de Dios. Ellos suponen que pueden añadir a la justicia de Cristo la suya propia: su comportamiento, su celo por Dios, el saberse algunas de las Escrituras de memoria. Pero su teología no se corresponde con la doctrina de Cristo sino que se muestra extraviada, siguiendo el camino idolátrico de su mente. Ya Cristo no vino a morir por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21), sino que muere por todo el mundo, sin excepción. Esto nos lleva a una interpretación privada de las Escrituras. De veras, si Cristo murió por todos, sin excepción, lo hizo por Judas Iscariote, por todos los réprobos en cuanto a fe, por los que no tienen sus nombres en el libro de la vida desde la fundación del mundo.

    Lo hizo igualmente por Esaú y por Caín, por los muertos en el diluvio, murió por los paganos de toda la historia humana. Entonces, habiendo pagado el rescate por sus vidas y lavado sus pecados, el Padre comete la terrible injusticia de juzgarlos dos veces por el mismo delito.

    Aquellos que yacen en el infierno de fuego demostrarían el fracaso de la cruz, solamente porque su voluntad fue débil y no aceptaron la oferta abierta que supuestamente Dios les envió. Sin embargo, acá todavía somos generosos al hablar de aceptar una oferta supuesta, porque muchos de los que murieron sin la fe de Cristo jamás oyeron una palabra del evangelio.

    Entonces: ¿de qué les aprovechó esa muerte de Jesucristo en su favor, si jamás escucharon hablar de esa providencia divina? Vemos la gran mentira que se monta con tan solo una sutileza del desliz doctrinal, de la interpretación privada de las Escrituras, al ampliar el rango de acción del propósito de la muerte del Señor por su pueblo (Juan 17:9). El nuevo nacimiento se opone al legalismo, a los que prefieren la letra de la ley antes que a su espíritu. El nuevo nacimiento desnuda al hombre desprovisto de capacidad para realizar tal acto, ya que no se puede auto-engendrar sino que necesita ser engendrado por el Espíritu de Dios.

    Dios justifica al impío, pero es un Dios justo; Él lo justifica basado en la justicia que es Cristo, el que pudo lavar los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), el que no rogó por el mundo (Juan 17:9) sino por los que el Padre le dio y le daría de acuerdo a los que Él escogió (Juan 17:20). Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Urge conocer las Escrituras, porque allí suponemos que se encuentra la vida eterna, y ellas son las que dan testimonio del Señor.

    Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar (Isaías 55:6-7). Los que han sido despertados y convencidos de pecado, de la maldad y desvío de sus caminos, serán bienaventurados si acuden a Jehová para el perdón de sus pecados. Los pensamientos errados de la religión, la justicia supuesta del impío, todo ello podrá ser removido por el poder del evangelio, de la doctrina de Cristo, del nuevo nacimiento que da el Espíritu de Dios.

    Pese a que ese es un acto propio del Espíritu Santo, no de voluntad humana, nos corresponde anunciar el evangelio a toda criatura. Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, el que fue antes anunciado (Hechos 3:19-20).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LAS COSAS DE DIOS

    Las cosas de Dios se han de discernir con el Espíritu de Dios, de lo contrario parecieran asuntos sin sentido. No las puede discernir el hombre caído, dice la Escritura, porque al hombre natural las cosas del evangelio le parecen una locura. Ahora bien, si una persona que dice creer ese Evangelio de Cristo no cree lo que la Biblia dice respecto a la fe de Cristo, el tal no tiene a Dios. Lo asegura Juan en su Segunda Carta, Capítulo 1 versos 9-11. De manera que si la persona dice creer las doctrinas de la gracia pero al mismo tiempo le da la bienvenida al que no trae tales doctrinas, el tal participa de muchos males.

    Tal vez alguien pregunte si habrá que creer todo eso de la salvación por gracia para poder ser salvo. Pero el punto lleva su trampa en sí mismo, ya que si afirmamos tal proposición estaríamos declarando una salvación por obras intelectuales. En realidad no puede ser de esa manera, ya que las cosas de Dios parecen una locura indiscernible para el hombre natural. Por ende, el hombre caído en delitos y pecados no puede asimilar las cosas de la soberanía de Dios. En cambio, el que tiene el Espíritu de Cristo tiene también su mente, así que es guiado a toda verdad. De esta forma se puede entender que las doctrinas de Cristo se aceptan y comprenden una vez que la persona ha pasado de muerte a vida.

    Es en ese estadio en el que el hombre natural ha pasado a ser un creyente nacido de nuevo por el Espíritu de Dios, por lo cual comprende la Escritura. La comprende en aquellos puntos que ahora le parece locura al hombre natural; al comprenderlas se entiende que es por mediación del Espíritu de Dios que habita en su corazón. Pero si al mismo tiempo dice que puede permanecer siguiendo al extraño a ratos, al momento que sigue al buen pastor, está contradiciendo a Jesucristo (Juan 10:1-5).

    Si estás en Cristo es porque has oído su voz, has confesado sus pecados y cree que él lavó sus pecados en la cruz, habiéndolo representado como uno de los elegidos del Padre. Todo lo demás que vaya por la periferia de la verdad de la Escritura es camino de vanidad. Ese es un evangelio roto, del extraño, del maestro de mentiras, del falso profeta, del engañador, del Maligno que opera desde el pozo del abismo.

    El Salmo 37 viene en nuestro auxilio para aclarar lo que acá decimos. La boca del justo habla sabiduría, y su lengua habla justicia. La ley de su Dios está en su corazón; por tanto, sus pies no resbalarán (Salmo 37:30-31). Este Salmo se refiere al justo, el cual a su vez habla justicia. ¿Quién es el justo acá? Es todo aquel que ha sido justificado por el siervo justo de Isaías (53:11): el que está justificado por la fe de Cristo, el que ha sido representado por él en el madero del Calvario, uno por los que el Hijo de Dios intercedió la noche previa a su martirio (Juan 17:9, 20).

    Ese Salmo habla de la boca del justo, así que podemos vincularlo con el árbol bueno que del buen tesoro de su corazón hace hablar a su boca. ¿Qué es lo que habla? Jesucristo afirmó que para conocer al árbol bueno (al redimido) basta con observar sus frutos. Pero no dijo que sus frutos consistían en una ética cristiana -lo cual no es malo-, sino que se evidenciaban de lo que hablaba con su boca. Si la boca del justo habla justicia, la boca del hombre redimido habla igualmente del Evangelio de Cristo, de él como justicia de Dios, de lo que alcanzó en la cruz para todo su pueblo (Mateo 1:21).

    Otro detalle del Salmo mencionado refiere a la sabiduría. Como afirma la Biblia, no saben aquellos que del madero confeccionan un ídolo y claman a un dios que no puede salvar. Los que sacrifican a un Cristo distinto al de la doctrina del Padre, están adorando a un dios que no salva. Ese es un dios impotente porque depende de la voluntad humana, muerta también en delitos y pecados. Ellos piensan que pueden guardar cierta ética cristiana, para cuidar la apariencia del testimonio, pero deambulan como errantes, ya que siguen al extraño (el otro evangelio, el anatema).

    Si la ley de Dios está en nuestro corazón, nuestros pies no resbalarán. No andaremos en vacilaciones de opinión ni con los conceptos cruzados, como quien un día dice que Dios es soberano y el otro día sostiene que lo es pero no tan soberano. La salvación es por gracia y no por obras, dice la Escritura: si por obras, entonces no por gracia. ¿Cómo se puede combinar gracia y obras? Son excluyentes, pero las buenas obras siguen a la gracia en tanto ellas son un fruto propio del redimido. Nunca las buenas obras ayudan a alcanzar la gracia.

    Constituye un gran pecado el no creer en Jesucristo, el autor y consumador de la fe de sus escogidos. No hay manera de evadir la responsabilidad que cada quien tiene de rendir un juicio ante Dios; conviene buscar a Dios mientras puede ser hallado. Tal vez dirá alguno que no puede hasta tanto no esté seguro de si es o no un elegido; esa manera de pensar no es bíblica. La Biblia no nos invita a examinar si somos o no elegidos, sino que nos habla de nuestra caída y de la ira de Dios sobre toda criatura no justificada. De esa manera nos incita a acudir a la misericordia de Dios, por medio de Jesucristo como Mediador. Es entonces que usted sabrá si ha sido o no escogido para salvación.

    La ley no ha redimido ni siquiera una sola alma, lo dice Pablo en el Nuevo Testamento. La justicia y la vida eterna subyacen en Jesucristo por medio de la fe, pero sabemos que no es de todos la fe. Ciertamente, la fe es también un regalo de Dios; Jesucristo es su autor y su consumador. Si el Señor te dice: Busca mi rostro, deberíamos decir Tu rostro buscaré. Hemos de presentarnos ante el Padre Celestial como desposeídos que no tenemos derechos, como quienes ruegan por clemencia.

    El Faraón de Egipto demostró su arrogancia ante Moisés, preguntándole en forma irónica quién era Jehová para dejar ir al pueblo de Israel. Su arrogancia heredada del padre de la mentira se pagó muy cara. Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes, si bien es cierto que aún la humildad la da Él a los que ha decidido dársela. Nos toca averiguar quiénes somos para Dios, si somos vasos de honra o vasos de deshonra, si somos vasos de misericordia o vasos de ira.

    No podemos aventurarnos a suponer cosas sin antes escudriñar las Escrituras. Nuestro deber es ser diligentes para hacer nuestro llamado y elección seguros (2 Pedro 1:10). El que cree en Cristo y acude a él para escapar de las cadenas del pecado y del pavor de su ira, demuestra su cercanía a Dios. Tal persona se computa como uno de los hermanos en la fe apostólica. Dios no nos va a decir al oído que nosotros somos escogidos, pero podemos verificar nuestra elección y llamado eficaz por medio de la diligencia, como menciona Pedro.

    A pesar de la apostasía de muchos que dicen creer en la fe de Cristo, nuestro llamado es a permanecer en la fe. Los otros serán ramas desgajadas del árbol, habrán desertado del camino de la justicia, pero nosotros debemos ser diligentes en la fe. Si procuramos hacer firme nuestra vocación y elección, no caeremos jamás. Así que el que dice estar firme mire que no caiga (de la fe). Recordemos que el pecado siempre nos visitará, como lo testificó Pablo en el Capítulo 7 de su Carta a los Romanos; empero él dio gracias a Dios por Jesucristo quien podría librarlo de esa ley del pecado y de su cuerpo de muerte.

    Pongamos toda diligencia para añadir a nuestra fe virtud, a la virtud conocimiento (por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos), al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. De esa manera dejaremos el ocio y daremos fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo (2 Pedro:1: 5-8). No habrá ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús, los que no caminan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús nos liberó de la ley del pecado y de la muerte.

    Lo que la ley no pudo hacer, por cuanto era débil por la carne, Dios, al enviar a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó el pecado en la carne, para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu (Romanos 8). De manera que el verdadero creyente ha huido de la ira de Dios contra el pecado y el pecador, hacia los brazos de Jesucristo, como el único Mediador entre Dios y los hombres, como el único Redentor. Así lo quiso Dios, quien justifica al impío y al que es de la fe de Cristo.

    El creyente batalla contra el pecado y procura hacer morir las obras de la carne, para vivir según el Espíritu. Esa es nuestra lucha en esta tierra, una vez que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. El mundo nos desprecia y nos humilla, nos odia, nos acusa y ama lo suyo, pero nosotros no nos hemos de impacientar por causa de los malignos ni por los que hacen iniquidad, porque ellos son como la hierba verde que se seca, que pasa y se acaba, y cuando uno mira atrás ve que ya no está. La ley del Espíritu es vida, la que nos ha hecho libres de la ley del pecado y de la muerte.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • DOS GRANDES ERRORES

    El error moral conduce hacia abajo en cuanto al nivel ético enseñado en la Biblia; el error intelectual lleva a otro más grande, así que estos dos errores tienen vectores opuestos pero un final de muerte. Una opinión falsa en materia teológica conduce a otra igualmente falsa, para poder sustentar la primera; como el pecado que lleva a más pecado hasta encontrar la muerte eterna. Una herejía lleva a otra más grande, de tal forma que como la levadura leuda toda la masa. Resulta más útil para Satanás corromper intelectualmente a los de arriba, es decir, a una persona que esté en eminencia. Por ejemplo, un teólogo tiene influencia sobre sus lectores, sobre su auditorio general. Un pastor o un predicador, en virtud de su dominio sobre una masa de oyentes, puede ejercer mayor control sobre quienes lo siguen.

    Entonces, la herejía que lanza el de arriba genera mayor impacto como una piedra pesada que con fuerza se arroja en un lago. La onda expansiva es mayor dependiendo del impacto con que cae la roca; de igual forma será mayor el golpe a la conciencia adormecida si la verdad a medias, si la mentira descarada se escucha o se lee de la boca o de la pluma de una persona de gran influencia sobre su público. Los medios de comunicación de masas convierten en verdad las emisiones de voz de la serpiente antigua, el trato sin cuidado por el afán de predicar el evangelio abarata en ocasiones el mensaje central de la doctrina de Cristo.

    Grandes llamas surgen de pequeñas chispas lanzadas por lenguas descontroladas. La blasfemia contra el Dios de la creación, revelado doblemente en lo que hizo y en su ley dada a Moisés, aparece en gran parte por la conjetura herética salida de supuestos pensadores que pensaron mal. Un pequeño error interpretativo sirve de trampa para agigantarse y consumir como fuego las conciencias entenebrecidas de los que tímidamente se han acercado a las Escrituras.

    El arrianismo parece una simple opinión sobre la naturaleza de Cristo, pero su tejido produjo una tienda de campaña para múltiples herejías. Al negar la consustancialidad del Hijo con el Padre, se invoca la posibilidad de negar la divinidad en Jesús. Al mismo tiempo, da pie para seguir separando al Dios Trino y negar posteriormente la persona del Espíritu Santo. Por supuesto, esto último viene bajo otro nombre, pero siempre cimentado en una opinión privada anterior.

    Por ese camino de osadías del pensamiento, una herejía da a luz a otra más nueva. El gnosticismo pretende asegurar que un Dios puro no puede contaminarse con la carne, así que Jesús no vino en carne como la Biblia lo dice. Pelagio aseguraba que Cristo no producía salvación, pero que el libre albedrío humano hacía que uno pudiera imitar la conducta de Cristo o seguir la ley de Moisés. Después de ser condenado como hereje, vuelve arrepentido admitiendo que Cristo sí que producía salvación, pero él se sujetaba todavía al mito religioso del libre albedrío. La iglesia oficial de entonces toma como dogma la premisa herética de Pelagio sobre la libertad suprema del hombre.

    Hoy día esa idea del pelagianismo viaja cómoda gracias al peón de Roma, a Jacobo Arminio, un espía introducido por los jesuitas en las filas de los reformados que apenas habían aparecido en Europa. Muchos grupos protestantes se abrieron camino bajo esa inspiración pelagiana o semipelagiana, barnizados como arminianos, proclamando que la gracia del Dios soberano resulta repugnante si no se toma en cuenta el libre albedrío del ser humano.

    Por otro lado, a los que predicamos la gracia absoluta de Dios se nos tilda de calvinistas, como si siguiéramos a Calvino. Han llegado a decir (incluidos muchos calvinistas) que el calvinismo es el evangelio mismo. Pero resulta que Calvino también cometió errores graves, como decir que Jesucristo murió por todos, sin excepción, pero que su sangre resulta eficaz solamente en los elegidos. Además, dijo que Jesús le dio oportunidad a Judas Iscariote, cuando le lavaba los pies, para que se arrepintiera y no hiciera el trabajo ordenado desde los siglos por el Padre Eterno.

    Separados de todas las opiniones heréticas, seguimos como el profeta Elías en la soledad, como Juan el Bautista en el desierto, con la voz que proclama el evangelio de salvación como una promesa para los escogidos del Padre. Para el resto del mundo se anuncia el deber de cada quien de arrepentirse y creer en el evangelio, pero el que no lo crean no los excusa de su responsabilidad. Así lo anuncia una y otra vez las Escrituras, así lo repetiremos por siempre.

    Nos quedamos perplejos o desconcertados al sumar los errores doctrinales en los cuales militan los que hacen fila en la cristiandad. No en vano Jesús afirmó que a muchos les dirá al final que nunca los conoció. El Señor conoce a los que son suyos, no puede el árbol malo dar un fruto bueno, pero tampoco dará un fruto malo el árbol bueno. La oveja que ha sido rescatada de la boca del lobo, de las tinieblas como cárcel, camina siguiendo al buen pastor; jamás se irá tras el extraño porque desconoce su voz. De manera que el Espíritu Santo no deja en el error doctrinal a ninguna persona que haya nacido de nuevo. Los que se ufanan de confesar el evangelio pero de anunciar igualmente herejías viejas o nuevas, en realidad no cumplen con el principio enunciado por Jesús en Juan 10:1-5.

    La iglesia de Roma sirve de modelo para ver la transmutación de las herejías. Un error doctrinal da paso a mayores errores; si María es la madre de Dios, entonces tiene influencia sobre el Hijo. Si influye en su hijo porque le dio a amamantar, consigue favores especiales. Por esa vía simplista se transita a más errores de interpretación, hasta llamarla corredentora, cuasi mediadora, de forma que resulta más eficaz para el feligrés pedirle a la madre de Dios que a Dios mismo. Es como si Dios estuviera airado con la gente y su madre lo aplacara bajo su mirada que lo controla, hasta conseguir el favor que por cuenta propia no daría.

    Claro está, María para ser madre de Dios tuvo que haber sido sin pecado concebida. También resulta lógico que haya ascendido al cielo, que se aparezca como los ángeles que se enviaban en la época del Antiguo Testamento, dando declaraciones sobre el futuro de la humanidad y proclamando nuevas revelaciones. Lógico también se ve el que haya distintos nombres para ella, dada la diversidad cultural de la humanidad. Cuando se habla de no tener ídolos, de acuerdo a lo que la Biblia anuncia, se responde que no se idolatra sino que se venera. Bueno, ya vemos cómo trabaja la herejía, de la mano de Satanás como padre de la mentira.

    Podemos mirar otros errores en Roma, como la mezcla de las Escrituras con el Magisterium, con las Tradiciones, la invocación a los santos, la justificación por la fe y por las obras, el libre albedrío, los sacramentos, los pecados veniales frente a los mortales. El Apocalipsis menciona a la Gran Ramera, pero le añade que es madre de otras rameras. Así que el protestantismo también heredó de la corrupción herética el hábito de dar opiniones privadas, las que suman errores intelectuales en la interpretación bíblica. La ética de Jesús nos frena para no caer en los pecados más bajos que la moral humana anuncia, a los que el alma alejada de Dios se inclina (Romanos 1); la doctrina de Jesús sirve para la rectitud interpretativa de las Escrituras, de manera de evitar el gran incendio propagado por las interpretaciones privadas que llevan a la destrucción del alma.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • MÁS HEREJÍA

    El gran problema de muchas sinagogas que se denominan cristianas consiste en señalar la herejía y perdonar a los herejes. Al parecer, el error doctrinal que socava el fundamento de la fe puede ser visto como un simple desvío conceptual, un punto de vista diferente de la creencia. Rupturas van y vienen, separaciones y nombramientos de iglesias libres, como para despojarse de la vieja doctrina una vez dada a los santos. Llegan a creer que el hombre tiene que dar mucho de sí mismo en asuntos de salvación, que aporta su voluntad e inteligencia, humildad y astucia, lo que lo diferencia del incrédulo.

    En realidad ambos caen en el mismo hueco: el incrédulo y el creyente a medias. Como si el ciego pudiera guiar al que tampoco ve, como cuando se huye de un oso y lo muerde una serpiente. Los estudiosos de la teología de la gracia, los que se aferran a ella, suelen ver como hermanos en la fe a los que no traen esa doctrina de Cristo. Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Para qué predicar la gracia si la gente puede ser salva por medio de las obras? Ah, se cree que el de las obras está en un error, pero sería como los católicos hablan: un error venial. Para esos predicadores de la gracia que le dicen bienvenidos a los de las obras, pareciera que en vano dijo el apóstol Juan que el que no habita en la doctrina de Cristo no tiene a Dios (2 Juan 1:9-11).

    Las nuevas herejías copian siempre algo de las viejas; desde el antiguo Pelagio, pasamos por Arminio, el peón de Roma en las filas del protestantismo incipiente. Hoy día, la doctrina arminiana iza su bandera en casi todas las congregaciones evangélicas o reformadas. Los que quedan en referencia a la gracia han bajado la guardia porque los asusta el argumento de la cantidad, lo cual no es más que una falacia que grita a voces que la mayoría tiene la razón. Pero Jesucristo nos dijo que no temiéramos, porque aunque seamos la manada pequeña al Padre le ha placido darnos el reino. No se lo dará a la manada grande de cabras reunidas en torno a un falso Cristo: mitad gracia y mitad obras; o tal vez 90% gracia y 10% obras; o cualquier otra mezcla que se tenga a gusto.

    Sí, ahora se cree que el hombre no murió en delitos y pecados sino que simplemente se enfermó; que existe una elección condicionada en el hecho de que perseveremos, en que hagamos ciertas obras buenas; que Dios previó (mirando en el túnel del tiempo) y vio gente con corazón dispuesto a amarlo, que por esa razón escogió a tales personas. También se dice que Jesús murió en algún sentido por toda la humanidad, pero que su eficacia se aplica solamente en los escogidos. Como si todo el mundo en algún sentido hubiese sido salvado con la muerte de Cristo, pero no todo el mundo lo aprovecha. Se añade que la gracia salvadora es resistible, que el Espíritu Santo puede ser vencido por la testarudez humana, que Cristo está rogando por salvar alguna alma, que Dios hizo su parte y el diablo votó en contra, pero que usted decide su destino final.

    Todo tipo de persuasión es admisible, porque se trata de salvar un alma. Ah, poco importa que se traiga el rock a la congregación, o cualquier tipo de espectáculo, total, eso vale el mérito de rescatar un alma para Cristo. La honra del hombre primero, porque se trata de suavizar la doctrina en favor de su corazón, la honra de Dios que espere. Al revestir el evangelio con dramas, con símbolos religiosos (que en su mayoría comparte el paganismo), con cánticos para agradar a la congregación, se echa mano de la persuasión retórica con el ánimo de alcanzar un prosélito.

    Recordemos que la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, a nosotros, es poder de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos…Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación (1 Corintios 1:18-21).

    Continuamos anunciando el evangelio a toda criatura, con el mandato de arrepentimiento de parte de Dios, así como de creer esa buena noticia de salvación. Algunos dirán que eso es locura, como se lee en el texto enunciado de Corintios; otros serán llamados eficazmente y son de los que se salvan. No sabemos quiénes son los elegidos, pero cada oveja arrepentida y perdonada seguirá por siempre al buen pastor. Jamás esa oveja se irá tras el extraño, porque desconoce su voz (Juan 10:1-5).

    La herejía ha sido anunciada en la Biblia como una obra de la carne (Gálatas 5:20-21); también Pedro refiere a ella como algo destructivo y condenable (2 Pedro 2:1-3). Si el creyente no practica el pecado, se entiende que no practica la herejía. Practicar la herejía implica guiarse por principios contrarios a la palabra de Dios, por más que se esmere la persona en vivir una vida con apariencia de piedad. Se niega la eficacia de la piedad cuando se cree en un Cristo diferente al descrito en las Escrituras. Esa invención de la expiación universal, del libero arbitrio, del hombre enfermo en vez de muerto, de resistir la gracia (la cual es irrevocable e irresistible, según la Biblia), de oponerse eficazmente al Espíritu Santo como una de las Persona del Dios Trino, constituye un continuo herético.

    Los herejes van de la mano con los falsos maestros, pronuncian palabras que carcomen como la gangrena o el cáncer (2 Timoteo: 2:17). Sus cuentos y verbos son como la levadura que leuda toda la masa, hacen que las almas sean llevadas por todo viento doctrinal. La Biblia nos dice que nos guardemos de los perros, de los malos obreros, de los que mutilan el cuerpo, de los lobos que devoran la manada, de los engañadores que desestabilizan el alma (Hechos 20:29; Filipenses 3:2).

    La advertencia hecha por Jesús y por sus apóstoles contra las enseñanzas heréticas de los falsos maestros supone que esas doctrinas conllevan suficiente peligro para corromper el alma. La levadura de los fariseos (Marcos 8:15), los falsos profetas (Mateo 24:4-5), los perros y malhechores que arrastran al error de la iniquidad (2 Pedro 3:17), constituyen males de antes y de nuestro tiempo. Dentro del cristianismo y su historia se puede ver una inundación de herejías, como si fuera el plato preferido del Maligno, como si esa fuese su maquinación favorita. La oración junto al celo por la rectitud de la palabra de Dios, han ayudado a los creyentes a hacer frente a esas acechanzas del diablo.

    Babilonia se describe como la cárcel del alma humana, el lugar donde moran todavía muchos que pertenecen al pueblo de Dios. A ellos Jesús les dice que huyan de ese lugar, porque el alma vale mucho más que los tesoros de la tierra. ¿De qué aprovecha al hombre si ganare el mundo y perdiere su alma? Los mercaderes de la tierra hacen negocio con las almas humanas, como lo relata Apocalipsis 18:11-13. Estos maestros encubiertos que introducen herejías destructoras, para blasfemar el camino de la verdad, hacen mercadería de los feligreses. Sobre ellos la condenación no se tarda ni se duerme su perdición (2 Pedro 2:1-3).

    ¿Cómo se compra un alma? Con palabras falsas, con la palabra blanda del evangelio y no con la palabra dura de oír. El anuncio del herético permea hacia el fundamento, para procurar que el alma se separe de su raíz; por supuesto, esto tiene éxito en aquellos cuya raíz no es profunda, porque el fundamento que es Cristo no se trasvasa. La herejía corrompe el juicio y ya no se podrá juzgar con justo juicio, ni probar los espíritus para ver si son de Dios. El que vive en la herejía posee cataratas en los ojos de la fe, así que trastabilla y su desequilibrio anuncia a lo lejos que va en picada hacia la muerte eterna.

    Si el error del hereje corrompe la conciencia, ésta se encallece y se adormece. La sofistería lleva a la falacia, así que existe en esta última la intención de engañar. Eso hace el falso maestro, el que adultera la palabra de Dios. Si el Espíritu anunció que se levantarían esos perros rabiosos, esos lobos contra la manada, también dijo que en los postreros tiempos sería peor. La maldad sería aumentada, habría proliferación de falsos Cristos, de perniciosos maestros que intentarán engañar, si fuere posible (no lo es), aún a los escogidos.

    La errónea conciencia acerca de la palabra de Dios batalla de frente contra la verdad. Cuando el herético consume su herejía y la cree como verdad, pareciera que ha recibido el espíritu de estupor para terminarse de perder. Y es que el hereje no ama la verdad y tiene predilección por la mentira; con la conciencia carcomida no le queda otro camino que seguir al padre de la mentira guiado por el espíritu de estupor o engaño enviado por Dios mismo.

    La herejía va también de la mano con la impiedad. Por sus frutos se conoce al árbol malo, así como a los falsos maestros, a los pastores asalariados o a los mercaderes de ovejas. La verdad trabaja con la bondad, produce buenos frutos, en especial el fruto del árbol bueno, el que confiesa con la boca la abundante verdad doctrinal contenida en el corazón. Huid de Babilonia, pueblo mío (Apocalipsis 18:4).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA SOLEDAD DE ELÍAS

    LA SOLEDAD DE ELÍAS

    El profeta solitario, llamo yo a Elías, destinado a vivir cerca de un arroyo, a huir del rey Acab y de su esposa la reina pagana Jezabel. Además, fue alimentado por unos cuervos (animales inmundos), también vivió fuera de su nación en casa de una viuda pobre, alimentándose de aceite y harina. Una vez clamó a Jehová y le preguntó si solamente él había quedado. Dios le respondió que se había reservado de toda la nación tan solo a 7.000 hombres, pero no se los mostró al profeta. Si uno se viera rodeado de 7.000 hermanos estaría dichoso, pero Dios se los reservó para Sí mismo, lo que al parecer demuestra que Elías no los conoció.

    Sin embargo, un amigo ejemplar estuvo con él, el llamado profeta Eliseo. De él también se escribió en las Escrituras, dándonos a entender que esa pareja de hombres de Dios hicieron grandes señales y prodigios que autenticaron su envío especial de parte de Jehová para el Israel pagano. Si uno recuerda el censo hecho por David, había más o menos 1. 570.000 hombres, sin contar las mujeres ni los niños. Sabemos que había transcurrido cerca de 100 años entre David y Acab, así que podemos incrementar la población de Israel -ya dividido en dos reinos- quizás en unas cuatro o cinco veces, para sacar la cuenta de la proporción entre la totalidad de las personas en Israel y los que Jehová se reservó, para de esa manera asombrarnos de los pocos escogidos del Señor (1 Crónicas 21:5). Al Señor le preguntaron si eran pocos los que se salvaban, y respondió que lo que era imposible para los hombres era posible para Dios. También habló de la manada pequeña, de los pocos escogidos, de entrar por la puerta estrecha, del reino de los cielos que lo arrebataban los valientes, de andar por el camino angosto.

    Predicamos el evangelio para testificar ante los que están perdidos, por lo cual juzgamos con justo juicio quiénes necesitan la palabra de Dios. De entrada diremos que todos la necesitamos, pero hay un grupo de personas numeroso que no ha llegado a creer. A lo mejor no creerán nunca, pero puede ser -desde nuestra perspectiva- que por oír el evangelio lleguen a ser llamados eficazmente. Dios conoce a los que son suyos, a los cuales ha ordenado que huyan de Babilonia. Jesús dijo que seríamos enseñados por Dios y que habiendo aprendido iríamos a él. También afirmó que nadie viene a él si no le fuere dado del Padre, que todo lo que el Padre le da vendrá a él.

    Hay gente cuya condenación no se tarda. Por eso probamos los espíritus para ver si son de Dios. Están las personas cuyo orgullo los satisface por todos lados y no quieren enterarse de las buenas noticias de salvación. Por supuesto que si no se enteran es porque fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Están los falsos cristianos, aquellos que confiesan creer pero que introducen interpretaciones privadas de la Escritura para su propia perdición. Todas estas cosas juntas las sufrimos los escogidos de Dios una vez que hemos creído, por la sencilla razón de que tenemos que lidiar contra la mucha falsedad de cada día.

    ¿Cómo juzgamos nosotros a los que creen o no creen? Por medio del evangelio: Nos vamos a la ley y al testimonio. Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido (Isaías 8:20). ¿Acaso no fue eso lo que Cristo quiso decir cuando habló de que de la abundancia del corazón habla la boca? Dime qué evangelio crees y te diré si eres mi hermano. No tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no salva (Isaías 45:20).

    Tal vez su dios no está esculpido en madera o bronce, poco importa; podría ser un dios esculpido en su imaginario, de acuerdo a sus propias concupiscencias. En otros términos, un dios ajeno al de las Escrituras, mezclado con lo que ella anuncia pero que llena todas las expectativas de lo que usted considera que debe ser un Dios. Aún así se trata de un ídolo, de una mentira, por cuya razón la Biblia advierte que los mentirosos no heredarán el reino de los cielos. Satanás es el padre de la mentira, saque usted su propia conclusión.

    El que no creyere será condenado (Marcos 16:16; así que es por medio de Jesucristo y su Evangelio que podemos llegar a creer, por aquella palabra sembrada por los primeros discípulos -Juan 17:20-: los que han de creer en mí por la palabra de ellos). Esa palabra no está corrompida, así que solamente se puede nacer de nuevo de una simiente incorruptible, mediante la palabra de Dios que vive y permanece (1 Pedro 1:23). El falso evangelio no ha salvado una sola alma, ya que proviene del padre de la mentira.

    Ni los apóstoles en su tiempo, ni los ángeles del cielo, que anuncien un evangelio diferente al que ha anunciado la Escritura podrá ser válido. Solo será para maldición (Gálatas 1:9). La Biblia nos dice que no creamos a todo espíritu (a toda persona), sino que hemos de probar los espíritus para saber si don de Dios, porque muchos falsos profetas y maestros han salido por el mundo (1 Juan 4:1). El que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error (1 Juan 4:6).

    Existen personas que mantienen una conducta aceptable para la sociedad, cuyo comportamiento religioso parece vestirse de piedad. Sin embargo, al no creer el Evangelio tal como lo anuncia la Escritura dan testimonio de que andan perdidos. A ellos se les dirá que nunca fueron conocidos por el Señor. El Señor conoce a los que son suyos. Nuestro juicio a los espíritus (personas) tiene que estar cimentado en el Evangelio que se profesa y que se cree. No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón (1 Samuel 16:7). Que éste sea nuestro criterio, para no dejarnos llevar por la apariencia de piedad, pues Satanás mismo se disfraza de ángel de luz (2 Corintios 11:14).

    Nadie puede tener paz si anda en la dureza de su corazón. No querrá Jehová perdonarlo, sino que entonces humeará la ira de Jehová y su celo sobre tal persona (Deuteronomio 29: 19-20). Cuando decimos bienvenido al que no trae la doctrina de Cristo estamos justificando al impío, siendo nosotros abominación a Jehová (Proverbios 17:15). ¿Vamos nosotros a decirle a lo malo bueno y a lo bueno malo? ¿Vamos a hacer de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz? ¿Vamos a poner lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo? ¡Ay de los sabios en sus propios ojos, y de los que son prudentes delante de sí mismos! (Isaías 5:20-21).

    Destrucción repentina les vendrá a aquellos que digan paz y seguridad, cuando no la tienen. El espíritu de estupor sale de parte del Señor para que los que no aman la verdad, sino que se complacen con la mentira, terminen de perderse. La mentira no es solo decir una mentira suave o dura, es también vivir en el engaño del falso evangelio, creer en una expiación universal que blasfema la sangre del Cordero que murió por los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21).

    La mentira doctrinal hace que la gente se pierda, en cambio el ocuparse de la doctrina nos puede salvar, como le dijo Pablo a Timoteo. Por supuesto, si la persona no es enseñada por Dios y no ha aprendido, no podrá ir a Cristo (Juan 6:45). Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Basta ya de decir que se puede amar a Jesús con el corazón, pero ignorar al mismo tiempo su doctrina porque eso es un asunto difícil o teológico. Toda persona que ha nacido de nuevo (del Espíritu) posee la mente de Cristo (1 Corintios 2:16), así que no hay excusa para vivir en la ignorancia, si es que el Espíritu Santo guía a toda verdad. Como en realidad Él guía a toda verdad, de seguro los que andan en la mentira doctrinal no han sido guiados por el Espíritu Santo, por lo tanto no han sido renovados para arrepentimiento y perdón de pecados. El tal sigue tan impío como Judas Iscariote o Esaú, el hermano gemelo de Jacob.

    La soledad de Elías habla a lo lejos, junto a la soledad de Isaías (Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?), junto a la soledad de Juan el Bautista, la voz que clamaba en el desierto. Somos miembros de la manada pequeña, seguimos al buen pastor, andamos por el camino angosto y hemos entrado por la puerta estrecha. Viva la soledad en Cristo, viva la compañía entre los hermanos; somos rechazados por el mundo porque el mundo ama lo suyo. Mucho consuelo hay en las Escrituras, las que dicen que el Señor despreciará el rostro de los impíos, que ellos serán consumidos de repente y que su herencia será para los justos.

    La soledad de Elías nos recuerda que él vivía en la presencia de Jehová, no se puede de otra manera. De ese lugar brota la esperanza, el renacimiento de cada día, la renovación de nuestro entendimiento. En ese entorno se nos asegura que no seremos avergonzados en la esperanza gloriosa en Cristo, y desde allí asumiremos con gozo cuando el mundo nos acuse mintiendo. El mundo buscará el mínimo pretexto para maldecirnos, pero nosotros clamamos con David: Maldigan ellos, pero bendice tú (Salmos 109:28).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

    Sin embargo, un amigo ejemplar estuvo con él, el llamado profeta Eliseo. De él también se escribió en las Escrituras, dándonos a entender que esa pareja de hombres de Dios hicieron grandes señales y prodigios que autenticaron su envío especial de parte de Jehová para el Israel pagano. Si uno recuerda el censo hecho por David, había más o menos 1. 570.000 hombres, sin contar las mujeres ni los niños. Sabemos que había transcurrido cerca de 100 años entre David y Acab, así que podemos incrementar la población de Israel -ya dividido en dos reinos- quizás en unas cuatro o cinco veces, para sacar la cuenta de la proporción entre la totalidad de las personas en Israel y los que Jehová se reservó, para de esa manera asombrarnos de los pocos escogidos del Señor (1 Crónicas 21:5). Al Señor le preguntaron si eran pocos los que se salvaban, y respondió que lo que era imposible para los hombres era posible para Dios. También habló de la manada pequeña, de los pocos escogidos, de entrar por la puerta estrecha, del reino de los cielos que lo arrebataban los valientes, de andar por el camino angosto.

    Predicamos el evangelio para testificar ante los que están perdidos, por lo cual juzgamos con justo juicio quiénes necesitan la palabra de Dios. De entrada diremos que todos la necesitamos, pero hay un grupo de personas numeroso que no ha llegado a creer. A lo mejor no creerán nunca, pero puede ser -desde nuestra perspectiva- que por oír el evangelio lleguen a ser llamados eficazmente. Dios conoce a los que son suyos, a los cuales ha ordenado que huyan de Babilonia. Jesús dijo que seríamos enseñados por Dios y que habiendo aprendido iríamos a él. También afirmó que nadie viene a él si no le fuere dado del Padre, que todo lo que el Padre le da vendrá a él.

    Hay gente cuya condenación no se tarda. Por eso probamos los espíritus para ver si son de Dios. Están las personas cuyo orgullo los satisface por todos lados y no quieren enterarse de las buenas noticias de salvación. Por supuesto que si no se enteran es porque fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Están los falsos cristianos, aquellos que confiesan creer pero que introducen interpretaciones privadas de la Escritura para su propia perdición. Todas estas cosas juntas las sufrimos los escogidos de Dios una vez que hemos creído, por la sencilla razón de que tenemos que lidiar contra la mucha falsedad de cada día.

    ¿Cómo juzgamos nosotros a los que creen o no creen? Por medio del evangelio: Nos vamos a la ley y al testimonio. Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido (Isaías 8:20). ¿Acaso no fue eso lo que Cristo quiso decir cuando habló de que de la abundancia del corazón habla la boca? Dime qué evangelio crees y te diré si eres mi hermano. No tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no salva (Isaías 45:20).

    Tal vez su dios no está esculpido en madera o bronce, poco importa; podría ser un dios esculpido en su imaginario, de acuerdo a sus propias concupiscencias. En otros términos, un dios ajeno al de las Escrituras, mezclado con lo que ella anuncia pero que llena todas las expectativas de lo que usted considera que debe ser un Dios. Aún así se trata de un ídolo, de una mentira, por cuya razón la Biblia advierte que los mentirosos no heredarán el reino de los cielos. Satanás es el padre de la mentira, saque usted su propia conclusión.

    El que no creyere será condenado (Marcos 16:16; así que es por medio de Jesucristo y su Evangelio que podemos llegar a creer, por aquella palabra sembrada por los primeros discípulos -Juan 17:20-: los que han de creer en mí por la palabra de ellos). Esa palabra no está corrompida, así que solamente se puede nacer de nuevo de una simiente incorruptible, mediante la palabra de Dios que vive y permanece (1 Pedro 1:23). El falso evangelio no ha salvado una sola alma, ya que proviene del padre de la mentira.

    Ni los apóstoles en su tiempo, ni los ángeles del cielo, que anuncien un evangelio diferente al que ha anunciado la Escritura podrá ser válido. Solo será para maldición (Gálatas 1:9). La Biblia nos dice que no creamos a todo espíritu (a toda persona), sino que hemos de probar los espíritus para saber si don de Dios, porque muchos falsos profetas y maestros han salido por el mundo (1 Juan 4:1). El que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error (1 Juan 4:6).

    Existen personas que mantienen una conducta aceptable para la sociedad, cuyo comportamiento religioso parece vestirse de piedad. Sin embargo, al no creer el Evangelio tal como lo anuncia la Escritura dan testimonio de que andan perdidos. A ellos se les dirá que nunca fueron conocidos por el Señor. El Señor conoce a los que son suyos. Nuestro juicio a los espíritus (personas) tiene que estar cimentado en el Evangelio que se profesa y que se cree. No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón (1 Samuel 16:7). Que éste sea nuestro criterio, para no dejarnos llevar por la apariencia de piedad, pues Satanás mismo se disfraza de ángel de luz (2 Corintios 11:14).

    Nadie puede tener paz si anda en la dureza de su corazón. No querrá Jehová perdonarlo, sino que entonces humeará la ira de Jehová y su celo sobre tal persona (Deuteronomio 29: 19-20). Cuando decimos bienvenido al que no trae la doctrina de Cristo estamos justificando al impío, siendo nosotros abominación a Jehová (Proverbios 17:15). ¿Vamos nosotros a decirle a lo malo bueno y a lo bueno malo? ¿Vamos a hacer de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz? ¿Vamos a poner lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo? ¡Ay de los sabios en sus propios ojos, y de los que son prudentes delante de sí mismos! (Isaías 5:20-21).

    Destrucción repentina les vendrá a aquellos que digan paz y seguridad, cuando no la tienen. El espíritu de estupor sale de parte del Señor para que los que no aman la verdad, sino que se complacen con la mentira, terminen de perderse. La mentira no es solo decir una mentira suave o dura, es también vivir en el engaño del falso evangelio, creer en una expiación universal que blasfema la sangre del Cordero que murió por los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21).

    La mentira doctrinal hace que la gente se pierda, en cambio el ocuparse de la doctrina nos puede salvar, como le dijo Pablo a Timoteo. Por supuesto, si la persona no es enseñada por Dios y no ha aprendido, no podrá ir a Cristo (Juan 6:45). Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Basta ya de decir que se puede amar a Jesús con el corazón, pero ignorar al mismo tiempo su doctrina porque eso es un asunto difícil o teológico. Toda persona que ha nacido de nuevo (del Espíritu) posee la mente de Cristo (1 Corintios 2:16), así que no hay excusa para vivir en la ignorancia, si es que el Espíritu Santo guía a toda verdad. Como en realidad Él guía a toda verdad, de seguro los que andan en la mentira doctrinal no han sido guiados por el Espíritu Santo, por lo tanto no han sido renovados para arrepentimiento y perdón de pecados. El tal sigue tan impío como Judas Iscariote o Esaú, el hermano gemelo de Jacob.

    La soledad de Elías habla a lo lejos, junto a la soledad de Isaías (Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?), junto a la soledad de Juan el Bautista, la voz que clamaba en el desierto. Somos miembros de la manada pequeña, seguimos al buen pastor, andamos por el camino angosto y hemos entrado por la puerta estrecha. Viva la soledad en Cristo, viva la compañía entre los hermanos; somos rechazados por el mundo porque el mundo ama lo suyo. Mucho consuelo hay en las Escrituras, las que dicen que el Señor despreciará el rostro de los impíos, que ellos serán consumidos de repente y que su herencia será para los justos.

    La soledad de Elías nos recuerda que él vivía en la presencia de Jehová, no se puede de otra manera. De ese lugar brota la esperanza, el renacimiento de cada día, la renovación de nuestro entendimiento. En ese entorno se nos asegura que no seremos avergonzados en la esperanza gloriosa en Cristo, y desde allí asumiremos con gozo cuando el mundo nos acuse mintiendo. El mundo buscará el mínimo pretexto para maldecirnos, pero nosotros clamamos con David: Maldigan ellos, pero bendice tú (Salmos 109:28).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • OSCURECER LA GLORIA DE LA FE EN CRISTO

    Por épocas en la historia de la era cristiana, la humanidad ha embestido contra la doctrina de Cristo. En un momento estuvo de moda ser arriano, si bien todavía algunos persisten en su desvarío. El libre albedrío ha sido otro caballo de Troya, regalado a la iglesia protestante como presente romano. Una vieja herencia de Pelagio, el expulsado por sus herejías pero vuelto a recibir porque se arrepintió de una de ellas. Las demás pasaron bajo la mesa papal, la iglesia oficial que ya comerciaba como Estado en los asuntos del pueblo.

    El movimiento herético posee diferentes vientos, pero todos inspirados en el pozo del abismo, como bien dijera el apóstol Pedro: para propia perdición (del hereje o del que tuerce la Escritura). El arminianismo se practica hasta desconociendo su origen o sin saber a quién se debe su nombre (a Jacobo Arminio, peón de Roma en las filas de la Reforma). Su semilla brotó como la hierba mala que no muere fácilmente, se propagó para causar intoxicación en el mundo cristianizado. Por supuesto, las cabras comen de esa hierba y su natural digestión la toleran, pero las ovejas que revueltas viven con esos animales reciben males sin número.

    El gozo de la soberanía de Dios se ve nublado por efecto de la droga perniciosa del arminianismo. El Cristo que murió por su pueblo ahora ha pasado a morir por todas las personas, sin excepción, asunto que la muchedumbre aplaude motivada por sus pastores. La salvación ha dado un viraje de la monergia hacia el trabajo conjunto entre Dios y el hombre (sinergia). Dios ama ahora a todos sin excepción, sufre por Judas y Faraón, lo mismo que por Caín, porque se han perdido a pesar de su esfuerzo. Quiso salvar a Esaú pero él no se dejó, así que frustrado el Hijo de Dios ve que su sangre constituyó un fracaso en la cruz.

    Eso forma parte de la doctrina implícita de Jacobo Arminio, la herejía predominante de hoy día. Claro está, dentro del catolicismo romano esa también es su teología, la de las obras para la redención. No en vano se han inventado un adagio que atribuyen como palabra de Dios: ayúdate que yo te ayudaré. Las nubes del arminianismo contienen la lluvia de la teología romana, la que en innumerables templos se canta y se celebra en forma triunfal, para maltrato del pueblo de Dios que pudiera haber en esos sitios. A ese pueblo Dios le dice: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas (Apocalipsis 18: 4).

    Se oscurece la gloria de la fe cristiana, cada vez que uno se encuentra con un arminiano que declara la expiación universal, la suficiencia de Cristo por todos (dado que es Todopoderoso), el sufrimiento en la cruz al mirar a a toda la humanidad, bajo la aspiración de subsumir a toda ella en su alma. Nada más lejos de la realidad bíblica, esos intentos de los arminianos que se disfrazan de creyentes porque memorizan textos de la Biblia.

    Jesús dijo que él era el buen pastor que ponía su vida por las ovejas (no por los cabritos, a los cuales dirá en el día final: apartaos al lago de fuego). Jesús declaró abiertamente que los que no son ovejas no pueden acudir a él (Juan 10:26). Jesús enseñó en forma pública que ninguna persona puede venir a él si no le fuere dado del Padre. Que todo lo que el Padre le envía a él vendrá a él, y nunca será echado fuera. Así que se deduce que los que no vienen a él (las miríadas de réprobos en cuanto a fe) jamás han sido enviados por el Padre al Hijo. Esos son los que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo, los que no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo.

    ¿Por qué se anuncia este evangelio, si no todo el mundo lo puede aceptar? Porque fue ordenado por Dios el hacerlo, porque es la única manera de que los escogidos desde la eternidad para redención puedan llegar a creer. Porque de esta manera se incrementa la condenación en los que rechazan abiertamente a Jesucristo. Todo esto lleva gloria a Dios, de manera que celebramos la justicia divina: a los creyentes, Cristo los ha justificado; a los réprobos, Dios les cobrará de acuerdo a sus malas acciones.

    De igual forma, somos grato olor a Dios en Cristo, tanto en los que creen como en los que se pierden. En los que creen, olor de vida para vida; en los que se pierden, olor de muerte para muerte, pero de todas formas somos grato olor para Dios. ¿Quién es suficiente para estas cosas? (2 Corintios 2: 15-16).

    A Jesús un día le preguntaron si eran pocos los que se salvaban. Respondió que lo que era imposible para los hombres era posible para Dios. Con esto queda sellado el hecho ya anunciado por Jonás: La salvación pertenece a Jehová (Jonás 2:9). Una carta de 1628, encontrada en posesión del arzobispo de Canterbury, relacionada con el superior de los Jesuitas, que residía en Bruselas, decía de la siguiente manera: ´…Tenemos ahora algunas cuerdas de nuestro arco. Hemos plantado la soberana droga del Arminianismo, la cual esperamos purgará a los Protestantes de sus herejías; y ha de florecer y dar fruto en su tiempo…Estoy siendo llevado con felicidad, para ver cuán felizmente todos los instrumentos y medios, sean grandes o pequeños, cooperarán para nuestros propósitos…Nuestra fundación es el Arminianismo.’ (Augusto Toplady. Arminianism: The Road to Rome -Monergism, internet).

    Los que asumen la doctrina arminiana como válida no son creyentes a los cuales les falta un poco de teología. No, ellos no han nacido de nuevo porque el Espíritu Santo, que nos conduce a toda verdad, jamás permitirá que confesemos dos evangelios. No se trata de que aman a Cristo con el corazón pero se desentienden del intelecto doctrinal, sino de que ese Cristo que profesan es un dios débil que intentó salvar a todos por igual, pero algunas personas no lo permitieron. Además, el arminiano odia la verdad y profesa la mentira, por lo cual tarde o temprano recibirá el espíritu de estupor enviado por Dios mismo para que termine de perderse.

    Como Pablo dijo de algunos judíos, en su Carta a los Romanos, su oración para con ese Israel era para salvación. Ellos andaban perdidos a pesar de su enorme celo por Dios, pero al ignorar la justicia de Dios que es Jesucristo colocaban sus propias obras por justicia. Eso hacen los seguidores de Arminio, y poco importa si usted sabía quién ha sido Arminio. Basta con seguir la falsa doctrina que anuncian para saber que no tienen la justicia de Dios. Jesús no rogó por todo el mundo, sino que dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9); murió solamente por el mundo amado por el Padre (Juan 3:16).

    Nuestro Dios es soberano y hace como quiere, al que desea endurecer endurece y tiene misericordia de quien quiere tenerla. ¿Será injusto Dios que actúa de esa forma? En ninguna manera, ya que su soberanía se lo autoriza; además es un Dios justo que justifica al impío, ese es el Dios que puede salvar. Por el conocimiento sobre el siervo justo éste justificará a muchos (Isaías 53:11).

    Hagamos brillar la gloria de nuestra fe en Cristo a través de la ocupación en la doctrina de Cristo. Esto lleva honra, así que quien no vive en esa doctrina es un transgresor que no tiene a Dios (2 Juan 1:9-11).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • PERECER EN LA IGNORANCIA

    La gran tragedia humana le viene como destino al hombre, un peso de pecado con el que fue concebido, una carga que no puede botar por cuenta propia. Muchos ignoran el significado de la justicia de Dios, así que pretenden colocar la suya propia para justificar sus acciones. El Ser Supremo, absolutamente Santo, condena la iniquidad con paga eterna por la razón de que no se puede saldar la deuda cometida contra un Ser eterno. La paga del pecado es la muerte, todos los que pecan quedan destituidos de la gloria de Dios. Dos axiomas que generan la consecuencia nefasta de la tragedia de la humanidad.

    Mientras la vida sigue, el hombre se entrega al pecado: cualquier licencia para alejarse de su Creador; los más religiosos, los que se leyeron por fuera la tapa de un libro, suponen que sus rituales les brindan cierta protección, que el Dios del cielo por ser definido como Amor no los enviará a un juicio de condenación perpetua. Pero lo que de Dios se conoce queda manifiesto por medio de la obra de la creación que testifica ante nosotros, aunque existe una revelación escrita que también manifiesta el plan de Dios para los seres humanos.

    En la Biblia, conocida como la palabra del Dios viviente, se anuncia el arrepentimiento para perdón de pecados, el creer el evangelio para vida eterna, pero se condiciona ese creer y ese arrepentirse al trabajo que hizo Jesucristo en la cruz del Calvario. Si se ignora esa justicia de Dios, se tiende a establecer la justicia propia de cada quien, lo cual presupone una ignorancia mortal, la cual hace perecer el alma humana. ¿Cuál es ese conocimiento crucial que la gente ha ignorado?

    El sentido de la justicia de Dios es ese conocimiento descuidado; la Escritura nos dice que esa justicia de Dios es el mismo Jesucristo (Jeremías 23:6; 1 Corintios 1:30). Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21). Fijémonos en el destinatario de esa justicia de Dios: Pablo habla a los hermanos en Corinto, así que usa el nosotros como un colectivo que engloba a los creyentes en Cristo. No dice que Dios hizo pecado a su Hijo para beneficio de todo el mundo, sin excepción, pues si así dijera todo el mundo hubiese sido salvo, sin excepción.

    Acá vemos el núcleo del asunto. La justicia de Dios justifica y redime al impío, de tal forma que ninguno de los redimidos tiene algo de qué gloriarse, sino en la cruz de Cristo. Si Dios hubiese declarado su justicia en alguna persona porque vio que esa persona tenía unas cualidades especiales de humildad y mansedumbre, de inteligencia y prontitud, entonces la obra de esa persona haría gloriar al ser humano.

    El evangelio no nos avergüenza ya que es el poder de Dios para salvación del creyente, en ese evangelio se muestra o revela la justicia de Dios (Romanos 1:16-17). Esto pertenece al ámbito de las declaraciones forenses o judiciales, sin que se fundamente en ningún acto del pecador. Dios es justo y justifica al impío que pertenece a la fe de Jesús, así que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley (Romanos 3:21-28). Alguno dirá que es la fe la que lo justifica, pero la fe es un regalo de Dios, no es de todos la fe. Entonces la fe no es la que justifica sino un medio por el cual el individuo recibe la gracia divina. Así que tanto la gracia, como la salvación y la fe son todas obra de Dios, un regalo del Señor (Efesios 2:8).

    ¿Qué hizo que Dios se fijara en mí, siendo yo tan pecador? Somos todos formados de la misma masa, dijo Pablo en su Carta a los Romanos, Capítulo 9. No tenemos de qué gloriarnos. Tenemos un ejemplo de la ejemplar soberanía de Dios en materia de salvación que debe dejar claro el asunto. A Jacob amé y a Esaú odié, antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos (Romanos 9:13). Desde la eternidad Dios escogió a quién salvar y a quién condenar, para que sea por la elección y no por las obras.

    ¿Parece eso injusto? En ninguna manera, sino que Dios en su soberanía hace como quiere. Este peso trágico tuvo Judas Iscariote en su existir, lo mismo que sufrió Caín o el Faraón de Egipto. De igual forma lo poseen todos aquellos destinados para tropezar en la roca que es Cristo, que forman parte del conglomerado de réprobos en cuanto a fe, en los cuales Dios demostrará su poder y su ira, y hará notorio su poder. A éstos, Dios los soporta con mucha paciencia en tanto vasos de ira preparados para destrucción (Romanos 9:22).

    Por contraste, Dios quiso en su soberanía mostrar notoriamente las riquezas de su gloria, para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, llamando pueblo suyo al que no era su pueblo. Pues solamente el remanente será salvo por gracia, por medio de la fe, como un don de Dios: no por obras, para que nadie se gloríe.

    Así que es la cruz del Señor la que establece la diferencia entre el réprobo y el elegido para salvación. Pero para eso hubo un ordenamiento eterno (1 Pedro 1:20), una elección antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4), una predestinación para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:5). No hubo nada bueno en nosotros sino solamente la elección descansó en el puro afecto de la voluntad de Dios, para alabanza de la gloria de su gracia. El que no logra entender, esto le indica que no ha creído todavía el evangelio de Jesucristo. Esa persona anda perdida, en la suposición de su vanagloria, descansando en sus buenas obras, teniendo su propia justicia como baluarte de vanidad.

    No se trata de entender primero para ser salvo después, porque también sería una obra intelectual como mecanismo de salvación, lo cual no es bíblico. Se trata de que una vez que hemos sido nacidos de nuevo, por medio del Espíritu Santo, la verdad nace en nosotros. Tenemos la mente de Cristo, por lo tanto su conocimiento no nos resulta ajeno. En cambio, la doctrina que viene del pozo del abismo pulula en aquellas personas que dicen creer en la gracia de Dios, pero suponen que pueden vivir en la ignorancia de ese conocimiento una vez que supuestamente han nacido de nuevo.

    La persona que se gloría en su entendimiento, en sus obras de cualquier tipo, en su pequeñísima justicia, queda excluida de la gloria de Dios. La diferencia entre cielo e infierno yace en la cruz de Cristo, en su trabajo en exclusiva por su pueblo (Mateo 1:21), un trabajo que no hizo por el mundo no amado por el Padre (Compárese Juan 3:16 con Juan 17:9). La perversa doctrina de la expiación universal, la cual pregonan el catolicismo, el arminianismo evangélico y otros grupos, conlleva a una autoexaltación. Se supone que Cristo hizo lo mismo por todo el mundo, sin excepción, pero el que va al cielo hizo su pequeña parte de voluntad propia, con su mítico libre albedrío. En cambio, el que va al infierno no supo aprovechar la oportunidad otorgada. Allí hay mérito propio, algo de qué gloriarse y por lo tanto se comparte su gloria con la de Dios, mezcla su propia justicia con la de Cristo.

    Si el trabajo de Cristo se hizo en forma idéntica por los salvados como por los condenados, resulta evidente que el esfuerzo del pecador constituyó el factor decisorio entre cielo e infierno. Esto no es más que un falso evangelio pregonado por los profetas de mentiras, por los que dicen paz cuando no la hay, por los que se escandalizan de la absoluta soberanía de Dios. Estos son los mismo que denuncian a Dios como alguien peor que un diablo o como un tirano (John Wesley, por ejemplo). Estos son de los que dicen que Dios condenó a Esaú por vender la primogenitura, nunca a priori a sus malas obras (Spurgeon, por ejemplo, en su célebre sermón Jacob y Esaú).

    El falso evangelio que se fundamenta en el pecador, en sus obras muertas, en sus delitos y pecados, no ha salvado ni una sola alma. Muchos dirán en el día final: Señor, en tu nombre hicimos milagros, echamos fuera demonios; en tu nombre evangelizamos (como los viejos fariseos), recorrimos la tierra en busca de un prosélito. En tu nombre fuimos domingo a domingo a la iglesia, cantamos y dimos ofrendas, oramos, suplicamos y ayunamos. Pero ya el Señor lo ha declarado: el que no vive en la doctrina de Cristo, no tiene al Padre ni al Hijo; nosotros preguntamos: ¿cómo puede tener al Espíritu Santo? En realidad a quien tienen es al espíritu del anticristo. Por esa razón el Señor les dirá en aquel día: Nunca os conocí.

    Nos queda por decir que el dios de la expiación universal envía al infierno a aquellos que supuestamente les fueron perdonados sus pecados en la cruz; porque muchos no creen y por lo tanto perecen en sus pecados. ¿Cómo pueden haber sido borrados sus pecados en la cruz y después de haber sido castigados esos pecados en Jesucristo tienen que ir al infierno de fuego? Eso no sería propio de un Dios justo que justifica al impío, sino de un ídolo que llaman Jesús o Jehová, pero que no es sino una elaboración imaginada al calco de la carne humana. La ignorancia hace perecer el alma, conocer al siervo justo viene como signo de la justificación (Isaías 53:11).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • FALSIFICAR LA PALABRA DE DIOS

    Los herejes tuercen para su propia perdición la palabra de Dios, pero los que se dicen cristianos -sin realmente serlos- los llaman sus hermanos. Algunos que tienen por cierta la doctrina de Cristo consideran que los otros que no la tienen pertenecen a una categoría inferior. Como si ellos hubiesen alcanzado por mérito propio el barniz cultural teológico que los encumbra sobre aquellos. Todos siguen tan perdidos como el más acérrimo ateo.

    Pablo agradece a Dios porque lo lleva de triunfo en triunfo en Cristo Jesús, ya que el conocimiento divino se manifiesta por medio de él, como también por medio de cada creyente verdadero. Afirma el apóstol que para Dios somos grato olor de Cristo, como cartas abiertas escritas con sangre que la gente puede leer. En realidad, nos llega a la memoria el relato del Señor respecto al árbol bueno y al árbol malo. Dice Jesús que no puede el árbol bueno dar un fruto malo, ni el árbol malo jamás podrá dar un fruto bueno. Así que nosotros, como árboles buenos, expelemos ese olor grato ante Dios.

    Pero están los que prosperan al falsificar la palabra de Dios, los que con mentiras engañan a las masas que siguen al maestro de mentiras. Los falsos apóstoles y engañosos maestros son muchos (1 Juan 2:18), ellos corrompen la palabra de Dios. Al corromper nos dejan la tarea de restaurar, de componer aquello que han deteriorado. Los enredos intelectuales se muestran variados, así que nos dejan la tarea de la investigación para oponernos a sus argumentos.

    La palabra de Dios, viva y eficaz, lleva gloria a su Autor, pero también trae beneficio a los creyentes. La mezcla de enseñanzas humanas con doctrinas bíblicas ocasiona malestar en los elegidos de Dios, pero sirven para terminar de condenar a los que se gozan en la mentira. En realidad, la herejía misma forma parte del arsenal de armas que posee el falso maestro, de acuerdo al espíritu de estupor enviado por Dios para que los que no aman la verdad se pierdan perennemente.

    Una de las formas preferidas de trabajar los falsos maestros consiste en hablar de gracia común o gracia general. Les encanta alegar que la muerte de Cristo se hizo en favor de todo el mundo sin excepción, por lo que la gracia sale de la cruz como un río hacia las diferentes tierras del planeta. Otros, más austeros con la doctrina, se ciñen a parte de la verdad: que Cristo murió por su pueblo, pero que del Calvario brota la gracia en favor de todos, sin excepción. ¿Y cómo es ese galimatías? Sencillamente afirman que la muerte del Señor fue suficiente para limpiar los pecados de todo el mundo, pero que fue eficaz solamente en los escogidos.

    La suficiencia y eficacia se convierten ahora en términos sutiles para decirle a los condenados que de alguna manera Cristo murió por ellos. Se esconde una blasfemia contra el Señor, al pisotear su sangre y abaratar el evangelio. La Biblia enseña que Jesús moriría por su pueblo (Mateo 1:21), que solamente los que el Padre envía al Hijo serán salvos (Juan 6:44). De esta manera deja claro que no existe ninguna gracia común o general que beneficie a toda la humanidad, sin excepción. Saquemos algunas cuentas: ¿En qué benefició a Judas Iscariote el andar con el Señor poco más de tres años? ¿Cuál fue la gracia mostrada al Faraón de Egipto a través del enviado Moisés? ¿O de qué gracia puede hablarse con respecto a los que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo? ¿Será que aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo, se les otorgó la gracia de Dios? (Apocalipsis 13:8; 17:8).

    Vemos que esa pedagogía resulta monstruosa, pero que se utiliza por los que se avergüenzan del evangelio. Sí, tienen vergüenza de presentar al Dios de las Escrituras tal como ellas lo anuncian. El Dios que hace el mal y el bien, el que mata y da vida, el que ha hecho todas las cosas para Sí mismo, aún al malo para el día malo. Es el mismo Dios que tuvo preparado y ordenado al Cordero desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20).

    Anunciado el diluvio universal Jehová derramó su ira sobre la humanidad creada, pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová (Génesis 6:8). ¿Es que el resto de la humanidad percibió alguna gracia genérica, universal? No, lo que hubo fue un diluvio universal pero no una gracia semejante, simplemente Noé junto a los suyos fueron los rescatados en el arca. Ana también halló gracia ante los ojos del Señor, cuando se le concedió la petición de tener un hijo (Samuel) cuando oraba largamente delante de Jehová. A María se le dijo que había hallado gracia a los ojos de Dios (Lucas 1:30). Cristo Jesús gustó la muerte por todos (todo su pueblo) por la gracia de Dios (Hebreos 2:9). Pablo les desea gracia y paz a los santos y fieles hermanos en Cristo, por haber oído la verdadera palabra del evangelio, desde el día en que oímos y conocimos la gracia de Dios en verdad (Colosenses 1: 2 y 6). Dios nos predestinó para alabanza de la gloria de su gracia (Efesios 1: 5-6). No nos puso Dios para ira sino para gracia, así que existe una gran diferencia entre un concepto y el otro. La posición del ser humano en esos dos conceptos es absolutamente excluyente: el árbol malo dará siempre un fruto malo, de la abundancia de su corazón hablará su boca (confesará un evangelio falso); el árbol bueno siempre dará un fruto bueno (de la abundancia de su corazón hablará su boca confesando el evangelio de verdad). Uno ha sido creado para ira, como vaso de deshonra y destrucción perpetua, sumido en la tragedia como Esaú, mientras el otro ha sido creado para alabanza de la gloria de la gracia de Dios, como vaso de honra y gozo perpetuo.

    Muchos medran (prosperan) falsificando la palabra de Dios (2 Corintios 2:17), pero su fin será de muerte eterna. El creyente que no falsifica la palabra de Cristo es un grato olor de Cristo, tanto en los que se salvan como en los que se pierden. A unos, olor de vida para vida, pero a otros olor de muerte para muerte. Esa es la voluntad del Señor (2 Corintios 2: 15-17).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • HEREJÍA ARMINIANA

    Jacobo Arminio fue un peón de Roma en las incipientes filas del protestantismo. Él llevaba a escondidas la tesis de los jesuitas, la expiación de Jesucristo por todo el mundo, sin excepción, como estímulo para la teología de las obras. El tema de la predestinación soberana de Dios lo concebía de acuerdo a la tesis del jesuita Luis de Molina, quien afirmaba que Dios suprimía su propia soberanía ante el libre albedrío humano, para no influir en ningún sentido la decisión del prospecto cristiano. Ese concepto estructural teológico ha sido empleado por incontables evangelistas, como se puede uno dar cuenta al estudiar un poco a John Wesley o a Billy Graham. Por supuesto, numerosos miembros del sonado calvinismo también fueron azotados con esta rama espinosa del viejo pelagianismo. Pelagio fue un monje que vivió entre los siglos IV y V de la era cristiana. Sostenía el libre albedrío como su teología, sumado a la ausencia de la herencia del pecado de Adán. Cristo no sería sino un ejemplo ético para nosotros. Pelagio se oponía a la idea de la condenación al infierno, por hacer algo que no se podía evitar: el pecado. Habló contra la predestinación considerándola mero fatalismo, ajena a la doctrina del libero arbitrio.

    Según el Pelagianismo, se considera que la persona alcanza la salvación por sus propios méritos. Después de la condena eclesiástica a las herejías de Pelagio, subsistió una combinación entre las ideas de la gracia y la doctrina de Pelagio, lo que resultó en el adagio de siglos posteriores de ayúdate que yo te ayudaré. En efecto, el pelagianismo creía que el hombre comienza la fe con su libre albedrío, y Dios lo ayuda como consecuencia de pura gracia. El Catolicismo bebe de esa fuente, pero intercambia los puntos básicos: dice que el comienzo de la fe obedece a un acto de libre albedrío, pero que la iniciativa proviene de Dios por igual para todo el mundo y se efectúa por colaboración humana.

    La Biblia enseña que la humanidad murió en sus delitos y pecados, que no hay quien busque a Dios, que no hay quien entienda. Sin haber justo ni aún uno, creer en el Hijo de Dios no puede ser una condición de salvación sino el fruto primordial e inevitable del nuevo nacimiento que da el Espíritu Santo. Se habla de creer en el Hijo para tener la potestad de ser hecho hijo de Dios, pero se habla por igual que nacer de nuevo no depende de voluntad humana sino de Dios. La predicación del evangelio es un mandato y necesidad para que las ovejas oigan la voz del buen pastor. Por esa razón Pablo escribió: siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3:24).

    Son incontables las iglesias protestantes arminianas, pero en esos lugares impera el espíritu de estupor. Cantan himnos hermosos (en algunas de ellas), hacen oraciones al cielo, leen la Biblia y la memorizan, dan diezmos y ofrendas, hacen labor social. En fin, obra más obra acumulan como prebendas, incluso llegan a decir a veces que también creen en las doctrinas de la gracia. Pero el arminianismo es un error teológico, una desviación intencionada de las Escrituras, por lo que se puede afirmar inequívocamente que es una herejía bíblica.

    Obvio resulta que el que cree una herejía demuestra que sigue al extraño y no al buen pastor. Si se cree una herejía se testifica de andar perdido en términos de fe, de caminar por el sendero que parece recto pero que lleva a un fin de perdición. Los que asumen herejías teológicas demuestran que no han sido regenerados por el Espíritu Santo, que continúan tras los maestros de mentiras. El problema para muchos consiste en la confusión que se genera al ver a muchas personas arminianas dedicadas a las labores de sus iglesias o sinagogas de Satanás. No les parece compatible la labor religiosa hecha con la herejía que asumen, por esa razón prefieren catalogarlos como una variante más de tipología del cristianismo, no como una asunción contraria a la teología cristiana bíblica. Se habla de una creencia en la gracia pero por igual de una creencia de gracia más libre albedrío. De esa forma intentan reconciliar al más viejo estilo jesuita (con Luis de Molina y su molinismo) el mitológico libre albedrío con la soberanía de Dios.

    Alguien le preguntó a Jesús si eran pocos los que se salvaban. La respuesta fue que era imposible para el hombre salvarse (para su supuesto libre albedrío) pero que para Dios no hay nada imposible. Pocos son los que entran por la puerta estrecha y caminan por el sendero angosto, muchos, en cambio, andan por las autopistas que llevan a la destrucción final. Decir esta verdad constituye una forma de amar al prójimo, negarle la verdad implica empujarlo a una eterna desolación. Las preciosas verdades de la Biblia son esenciales para la cristiandad.

    El hereje arminiano no es un creyente al que le falta un poquito de doctrina, como si viviese en una inconsistencia teológica feliz. No, simplemente no ha sido regenerado por el Espíritu de Dios. De lo contrario, hubiese sido llevado a toda verdad, porque el Espíritu Santo no conduce hacia la mentira ni es Espíritu de confusión. En cambio, el espíritu de estupor que Dios envía sí que habla mentiras, para que se condenen todos aquellos que no amaron la verdad. El arminiano que persiste en su engaño, ama la mentira y resiste la verdad. A él le llega también el espíritu de engaño enviado por Dios para que se pierda en forma definitiva.

    Todo cuanto sucede ha sido decretado por Dios, aún lo malo que acontece en la ciudad (Amós 3:6). Los arminianos no creen eso, sino que Dios permite el pecado, permite lo que otros intentan hacer en su contra; añaden que Dios ama a todo el mundo sin excepción, de lo contrario sería un tirano o un diablo. Bien, Romanos 9 señala que Dios odió a Esaú aún antes de ser concebido, antes de mirar en sus obras buenas o malas. Para soportar ese texto, el arminiano apunta que Dios amó menos a Esaú, pero que lo amó. En fin, el arminiano tuerce la Escritura para su propia perdición.

    Las decisiones tomadas por Dios no se basan en lo que el hombre hace, como se demuestra del texto de Romanos 9:11-13. El hombre cayó y murió espiritualmente con Adán, no fue solamente afectado con algún mal como para que extienda su mano en busca de la medicina para el alma. La Biblia ha dicho: Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento. Nadie hay que invoque tu nombre, que se despierte para apoyarse en ti; por lo cual escondiste de nosotros tu rostro, y nos dejaste marchitar en poder de nuestras maldades (Isaías 64:6-7). Jesucristo añade a esto: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:44).

    Esa imposibilidad humana resulta incompatible con su idílico libre albedrío. Somos criaturas dependientes del Creador, al igual que Satanás hecho para el día malo (Proverbios 16:4). ¿A dónde huiré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y asirá tu diestra…Lo mismo te son las tinieblas que la luz (Salmo 139:7-12).

    El que cree no puede sino habitar en la doctrina de Cristo, el que dice creer y no vive en la doctrina de Jesucristo no tiene al Padre ni al Hijo. El que le dice bienvenido al que no trae la doctrina del Señor, participa de las malas obras o plagas de los herejes. Por tanto, el Señor le dice a su pueblo que huya de Babilonia. Las cabras pueden vivir tranquilas en esa ciudad, pues su hora llegará cuando sean apartados los cabritos al lago de fuego eterno.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL PAN QUE DESCENDIÓ DEL CIELO

    En el Evangelio de Juan, Capítulo 6, leemos acerca del milagro de los panes y los peces. Una multitud cerca de 5.000 personas seguía a Jesús, pero estas personas tenían hambre y no había mucho que comer. Después de leído ese relato, el lector puede ver una cadena de eventos que se relacionan estrechamente con la misma gente. Muy posible que los 5.000 en su totalidad no siguieron a Jesús por mar y tierra, como sí lo hicieron muchos entre ellos. Pero una vez que lo encontraron en Capernaum comenzaron a dialogar. Jesús les advirtió que lo seguían no por el milagro visto sino por la comida que los había saciado.

    Muchos siguen a Jesús por el interés económico, pensando que les irá bien si Jesús les provee cosas especiales. Otros lo hacen porque saben de las maravillas que puede hacer, pero no existe garantía alguna de formar parte de su pueblo si se cumplen tales prodigios. Muchos de los que hacen milagros y echan fuera demonios oirán en el día final que no fueron conocidos por Jesús. Claro que Jesús conoce a los que son suyos, y por ende a los que no lo son; pero en el sentido bíblico del término conocer se refiere a tener comunión íntima. Esa comunión va en exclusiva para con los hijos que Dios le dio, llamados también sus amigos, sus hermanos, su pueblo, su iglesia.

    Aquella multitud quería conocer más sobre la doctrina de Jesús. ¿Cuál era ese pan que permanece a vida eterna? Era el pan que el Hijo del Hombre les daría, porque a éste el Padre lo había señalado como su mensajero. Ellos le dijeron que deseaban hacer lo que fuera para poner en práctica las obras de Dios. Eso sucede a menudo cuando un interesado en la palabra de Dios intenta estar cerca de esa fuente de poder que es el Dios Creador de todo cuanto existe. Pero la respuesta simple no satisface, sólo tenían que creer en el enviado del Padre.

    El problema de creer es que va más allá de alguna actividad intelectual netamente humana. Se requiere una fe que es otorgada por Dios (Efesios 2:8), no es de todos la fe sino que ella la da Jesucristo, su autor y consumador. Sin esa fe resulta imposible agradar a Dios. Pedían alguna señal especial para poder creerle, no les bastaba con el milagro de los panes y los peces. Se refirieron al maná caído del cielo, a lo que el Señor les respondió sobre que él era el verdadero pan del cielo, no el pan que les había dado Moisés.

    Jesús les añadió que el que a él viene nunca tendrá hambre, y el que en él cree no tendrá sed jamás. Pero ellos no creían a pesar de haberlo visto, pese a que habían comido de los panes y los peces en una manera milagrosa. Fue en ese instante en que Jesús enfatiza su doctrina de la soberanía absoluta de Dios. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37). La voluntad del que me envió es que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero (Juan 6:39). El que ve al Hijo, y cree en él, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:40). Pedro se refirió en una de sus cartas a nosotros, los que creemos sin haberlo visto, por lo tanto también tenemos esa vida eterna.

    Pero frente a esa doctrina enseñada, donde se enfatizaba en que solamente los enviados del Padre creerían para vida eterna, aquellos seguidores de Jesús (llamados alumnos o discípulos) comenzaron a murmurar. Ahora se enfadaron porque había dicho que él era el pan que descendió del cielo, siendo el hijo de José y de María. Jesús les recriminó su murmuración y les agregó algo que enfatizaba lo anterior: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:44). Se refirió a los profetas que había escrito acerca de Dios enseñando a los que irían a Jesús, una vez que hubiesen aprendido.

    Los judíos que lo seguían quedaron confundidos sin entender la metáfora del pan de vida, de la carne que debían comer. Pensaron literalmente y tal vez se imaginaron algún acto de canibalismo. Ahora se trataba de beber su sangre y comer su carne, ya no solamente de comer el pan que cayó del cielo. Por esa razón, por el conjunto de enseñanzas dictadas a la multitud, muchos de sus discípulos exclamaron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír? (Juan 6: 60). Como Jesús sabía de lo que murmuraban les preguntó: ¿Esto os ofende? (Juan 6:61).

    Dado que Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían (y quién le había de entregar), les repitió la línea especial de su doctrina: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). La consecuencia inmediata frente a esta declaración repetida fue que desde ese instante muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él (Juan 6: 66). Lo que sigue del relato nos dice mucho; aquellos que han creído que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, son los que el Padre envió al Hijo. Los que no se van del lado de Jesús son los que el Padre educó y envió, los que no se espantan por su doctrina, los que no murmuran acerca de si es justo o injusto el que el Padre no envíe a todo el mundo hacia su Hijo, sino que solamente lo hace con los escogidos (los predestinados desde antes de la fundación del mundo, los que son llamados su pueblo por el cual el Señor vino a morir, de acuerdo a Mateo 1:21).

    Juan escribió sobre esa doctrina, como lo vemos en una de sus cartas. Él dijo que aquella persona que no habita en esa enseñanza se convierte en un transgresor, por consiguiente no tiene ni al Padre ni al Hijo. Prohibió rotundamente darle la bienvenida a los que son ajenos a tal enseñanza de Jesús, ya que se considera el centro del Evangelio. La expiación del Señor se hizo en favor de su pueblo, no del mundo por el cual no rogó. Solamente el mundo amado por el Padre fue el objeto del sacrificio expiatorio del Hijo. Esto molesta a muchos discípulos de hoy, es decir, a muchos llamados creyentes o cristianos. Al igual que hace siglos, la gente se ofende por estas palabras del Señor, pos sus enseñanzas. Se dan a la murmuración e igualmente exclaman: Dura es esta palabra de oír.

    A la gente no le interesa este pan de vida, prefieren el otro, el que viene acompañado de peces. De esa manera claman por abundancia, por el Jesús de la prosperidad, el de las señales y prodigios (lenguas, profecías y milagros de sanidad) aunque tengan que forjarlos y sean una imitación de la verdad. Se parecen a los hechiceros de Egipto que sacaban serpientes de sus varas delante de Moisés, para impactar al Faraón y mantenerlo en la mentira. Pero ese era el propósito de Jehová, como lo es hoy en día con el envío del espíritu de estupor (error, confusión) para aquellos que no aman la verdad.

    ¿Qué es no amar la verdad? Una vez que la conocen o se les dice la rechazan, les parece dura de oír. Por esa razón el espíritu de estupor llega enviado por Dios, para que sigan en la mentira y terminen de perderse. No obstante, Isaías clama: El que oiga su voz que escuche, el que pueda llamar a Dios que lo haga mientras está cercano. Dios sigue anunciando este Evangelio de Jesucristo, la buena noticia de salvación por la palabra de aquellos primeros discípulos. No hay salvación posible a través del evangelio del extraño. La oveja que sigue al buen pastor no se irá jamás tras el extraño, porque desconoce su voz. Y solamente llegan a creer las ovejas (Juan 10:26).

    Todo lo dicho acá forma parte de la doctrina de la absoluta soberanía de Dios. Hay mucho más en las Escrituras que refiere al mismo tema. Pero el que se motiva con lo acá dicho puede ir leyendo más y más en la Biblia y se dará cuenta de que ese es el tema central de todas sus páginas. Venid y estemos a cuenta, dice el Señor. No hay Dios fuera de mí, y fuera de mí no hay quien salve. No saben nada los que claman a un madero, al ídolo que forjaron sus manos, al dios que no puede salvar. Un ídolo es también un dios formado a imagen y semejanza del criterio humano, de la opinión propia de lo que debe ser un dios (herejía).

    Que Dios añada la bendición adecuada para todos aquellos que han de creer por medio de esta palabra de verdad.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org