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  • DIOS NOS DARÁ CON CRISTO TODAS LAS COSAS

    Dios no escatimó a su Hijo, lo más preciado que existe, no tuvo ninguna objeción en darlo en sacrificio por amor a sus escogidos. Bajo esta premisa descansamos porque se puede deducir que quien da lo más dará lo menos. Es decir, cualquier cosa que pidamos al Padre en el nombre del Hijo, si resulta para bien de sus escogidos, así como para gloria del Dios Trino, la tendremos sin falta. Nos asalta una interrogante respecto a las demás personas, a los que niegan la honra al Hijo. Suponemos que si ellos padecen entonces nosotros padeceremos.

    Como dijo Santiago: no tenéis porque no pedís (Santiago 4:2). A veces pedimos y no recibimos porque nuestras peticiones giran en torno a nuestros deleites: envidia, codicia, malas acciones. Cuando se nos niega lo pedido debemos mirar en las Escrituras las razones de la negativa. Se nos advierte a no amar el mundo pues ese amor implica enemistad contra Dios. El Espíritu que nos fue dado nos anhela celosamente, así que preparémonos en humildad para recibir una mayor gracia.

    Sabemos que nadie puede ir a Cristo a menos que el Padre lo lleve a la fuerza (Juan 6:44); por igual conocemos que el hombre natural no puede aceptar ni percibir las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura (1 Corintios 2:14). Además, la Escritura advierte que incluso todo creyente estuvo muerto en delitos y pecados, al igual que lo está el resto de la humanidad irredenta (Efesios 2:1). En resumen, la muerte espiritual derivada de la caída de Adán (pues en Adán todos mueren) presupone la incapacidad de acudir al verdadero Dios por nuestra cuenta. Si Dios no nos da vida, la muerte continúa.

    El acto de nacer de nuevo se atribuye a la exclusividad del Espíritu Santo. Así que todo aquel que cree que Jesús es el Cristo ha sido nacido de Dios. Dios abre los corazones de sus elegidos para que crean en el día de su poder, así como le abrió el corazón a Lidia para que respondiera ante el evangelio que se le anunciaba (Hechos 16:14). La fe que nos permite asir las promesas que vienen por gracia también nos ha sido dada (Efesios 2:8). La Biblia enfatiza que la redención no depende del que quiera ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia de quienes Él quiere tenerla. Asimismo, nos enseña que ese mismo Dios de misericordia endurece a quien Él quiere endurecer, como lo hizo con Esaú, aún antes de ser concebido y antes de que hiciese bien o mal (Romanos 9:11-13). Así que tendremos todas las cosas que pidamos si Dios nos escogió en Cristo desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4). Como está escrito en el libro de los Hechos, que habían creído tantos como fueron ordenados para vida eterna (Hechos 13:48).

    Este evangelio de la absoluta soberanía de Dios no gusta a la mayoría de los autodenominados cristianos, mucho menos al resto del mundo. No agrada porque deja por fuera el esfuerzo humano, al apagar la ilusión del libre albedrío. Al hombre natural le cuesta aceptar que Dios gobierna todos nuestros actos, solamente admite que es la Naturaleza o el Universo como un todo quien hace que ocurra lo que acontece. Pero atribuirle al Dios de las Escrituras su rol protagónico resulta duro para el corazón de piedra acostumbrado a girar sobre su propio ego. Los ilusionistas religiosos de turno se ocupan de ofertar las palabras que placen a los que aman las fábulas. Como dice la Escritura: buscarán quien les predique conforme a sus propias concupiscencias. Apartarán de la verdad el oído, ya que no tienen sus oídos dispuestos para escuchar la sana doctrina (2 Timoteo 4:3-4).

    No hay corazón neutro que pueda por voluntad del individuo correr tras la fe salvadora. Muchos transitan los caminos religiosos, pero declaran con sus bocas lo que creen en sus corazones. De la abundancia del corazón habla la boca, no puede un árbol malo dar un fruto bueno. ¿Cuál es ese buen fruto del que habla Jesucristo? La declaración del verdadero evangelio. Alguien podría confesar la doctrina del Hijo de Dios pero lo haría de puro labio si su corazón no ha sido transformado como aquel del cual habló el profeta Ezequiel. Solamente la acción transformadora del Espíritu Santo hace que el individuo vaya hacia Jesucristo en fe.

    El que ha sido transformado internamente por el Espíritu (bajo la acción del nuevo nacimiento) puede confesar la verdad doctrinal de Cristo que tiene en abundancia en su corazón. Pero el que simula se cansa y mostrará que no sostiene plenamente lo que dice como mal árbol que es. Los que aseveran que Cristo hizo su parte pero que cada quien tiene que disponer motu proprio de su buena voluntad para asumir el evangelio, descansan en la mentira del libre albedrío, de la salvación por obras, del supuesto de que el ser humano no murió en Adán sino que solamente enfermó.

    En el entendido de que Dios nos dio con Jesucristo la salvación, habiéndonos predestinado desde antes de la fundación del mundo, amistándose con nosotros cuando estuvimos muertos en delitos y pecados, ¿cómo no nos dará también junto con el Hijo todas las cosas? Hemos de descansar en esta verdad bíblica, llena de absoluta lógica. Pues si la salvación dependiera de nuestra habilidad para creer, ya no sería de pura gracia y vendría a ser como un salario ganado por nuestro trabajo. En ese caso tendríamos que seguir en un esfuerzo infinito para intentar lograr aquello que deseamos.

    Los creyentes no nos gloriamos en nuestras obras sino en Cristo, quien vino a ser para nosotros la sabiduría de Dios, la justicia, santificación y redención; por lo tanto, nos gloriamos solamente en Cristo (1 Corintios 1:30-31). Sabemos que la salvación es la obra de Dios desde el principio hasta el final: nos revivió cuando estábamos muertos, nos dio fe cuando carecíamos de ella, nos garantiza vida eterna por lo cual nos envió el Espíritu como arras de nuestra redención final.

    Pidamos confiadamente porque recibiremos copiosamente para dar la gloria a nuestro Dios. Al entrar en la cámara secreta, cerrada la puerta, clamamos a nuestro Padre que oye y ve en lo secreto; ese Padre nos recompensará en público. La acción de orar pudiera considerarse subjetiva, pero la respuesta pasa por la objetividad al ser pública y notoria. Dios responde en forma específica, pero también de manera abundante; seamos específicos al pedir, para que nuestra fe crezca y nuestra confianza nos haga sonreír.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • REGENERADOS

    De acuerdo a la Biblia sabemos que la regeneración proviene de Dios, que la voluntad de varón resulta inútil para alcanzar tal fin. A esta realidad se le ha llamado desde el Antiguo Testamento la circuncisión del corazón, aquella que no es hecha por manos humanas sino por Jesucristo (Colosenses 2:11). El pueblo de Dios está circuncidado en Jesucristo, pero no como parte de un ritual quirúrgico ni como hábito repetido de una nación. Se le ordenó a Abraham la circuncisión de la carne, como símbolo exclusivo del pacto que Dios tuvo con él y con su descendencia (Génesis 17:10).

    En sentido contrario, los no circuncidados quedaban excluidos del pacto y eran vistos como impuros y carentes de santidad (Levítico 19:23, Isaías 52:1, Jeremías 6:10). De acuerdo a Exodo 12:48, los no circuncidados tenían impedido el participar de la celebración de la pascua (lo que hoy llamamos la Cena del Señor). En el Levítico, Capítulo 26, verso 41, se lee que Dios demanda que los corazones de su pueblo estuviesen circuncidados, algo que va más allá del ritual de quitar la carne de los prepucios. Jeremías 4:4 comprueba lo que decimos, que Dios pedía que su pueblo se circuncidara ante Jehová, quitando la piel de su corazón, en un sentido metafórico que exigía a la nación a dejar la iniquidad de sus prácticas.

    Como parte del discurso de Esteban, leemos una admonición que toca el tema de la circuncisión del corazón: ¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros (Hechos 7:51). Esta gente se jactaba de la circuncisión de sus prepucios, pero sus corazones estaban lejos de la voz del Señor. Su resistencia al Espíritu Santo no significaba que tenían a ese Espíritu en ellos. Su oposición consistía en la desobediencia al mandato general del Espíritu Santo, a la ley general divina que ha sido dada a toda la humanidad. Esa es una forma de resistir al Espíritu, aunque el Espíritu es en sí mismo irresistible en cuanto a sus propósitos y acciones de regeneración.

    El mundo se resiste al llamado externo que Dios hace, para que reconozcan que Jesús es el Mesías enviado por el Padre. El que se resiste a escuchar y obedecer la palabra divina está resistiendo al Espíritu Santo en ese ministerio de predicación del Evangelio. Por supuesto, no que Dios sea impotente ante la criatura humana, o que el Espíritu Santo haya quedado vencido en su relación con los hombres, sino que el ser humano caído en delitos y pecados no logra discernir la obra divina ni siquiera por medio de la misma creación.

    Por esa razón se hace necesaria la regeneración, el nacer de lo alto; pero la Biblia asegura que esto no se produce por reacción humana o por voluntad alguna de la humanidad. Es allí donde interviene la fuerza y voluntad irresistible del Espíritu que da vida a quien quiere darla, pues no a todos la da sino a aquellos que el Padre ha señalado para que crean en su Hijo (Juan 6:37,44; Hechos 13:48). Nosotros no poseemos ninguna lista de los que van a creer, simplemente anunciamos a todos por igual para que sea el Espíritu quien despierte la sed y el oído de los que deben oír y escuchar el mensaje de salvación.

    Ese mensaje de redención no es otro sino el de que Jesucristo vino a ser la justicia de Dios, la satisfacción plena por cada pecado de cada uno de los que representó en la cruz. Por el conocimiento del Señor salvará el Siervo Justo a muchos (Isaías 53:11). Los que ignoran la justicia de Dios están irredentos (Romanos 10:1-4); Jesús vino a enseñar la doctrina del Padre, a dar su vida por las ovejas. Esto puede ser tenido por burla de parte de los que no creen, pero, aunque para el mundo es locura, para los redimidos representa el poder de Dios.

    Jesús nos recomienda que oremos al Padre que está en secreto, y mientras Él nos oye en el secreto nos recompensará en público. Una función subjetiva que depende de cada creyente, el acto de orar; la respuesta será objetiva, pues la publicidad de ella hecha por el Padre no tiene equívoco. Por supuesto, la oración del justo nos viene como privilegio del hecho de haber sido regenerados. No hemos de confundir la regeneración como un cambio de moralidad, ya que muchos no regenerados también mejoran en sus conductas.

    La regeneración también opera un cambio de mentalidad respecto a lo que teníamos por Dios y lo que sosteníamos de nosotros mismos. Ahora, con la regeneración, comprendemos la doctrina de Cristo. El Señor afirmó que ninguno puede venir a él a no ser que el Padre lo traiga, que todo lo que el Padre le da vendrá a él y nunca será echado fuera. Eso que dijo forma parte de su cuerpo de enseñanzas (la doctrina), eso mismo debemos creer. Si así creemos, se manifestará cuando hablemos pues de la abundancia del corazón habla la boca, en tanto que demostraremos qué tipo de árboles somos. No puede el árbol malo dar fruto bueno (confesar un buen evangelio) ni el árbol bueno puede dar un fruto malo (confesar un falso evangelio). Pudiera ser que aquellos -los árboles malos- confiesen falsamente el buen evangelio, pero su inconsistencia se evidenciará como quien deja ver el trasfondo de su alma (de lo que cree).

    Nuestra circuncisión del corazón implica un cambio permanente de nuestra alma, ejecutado por el poder del Espíritu Santo que nos habita como arras de nuestra redención final. Hemos salido del reino de las tinieblas para habitar el reino de la luz o el reino de Dios. Ese traslado desde un reino al otro es irreversible, es sobrenatural; en nuestras luchas y pruebas podemos caer en desórdenes, pero como David seremos restaurados y, en muchas ocasiones, amonestados como a hijos. No hemos sido renacidos por hacer obras de justicia, sino por la misericordia de la gracia divina, en la renovación del Espíritu Santo (Tito 3:5).

    Por la regeneración sabemos que ya no servimos al pecado, que nuestro corazón dejó de ser perverso, más que todas cosas, y ha sido removido para llegar a tener uno de carne, renovado, que ame el andar en los estatutos de Dios. Así que la regeneración no se basa en alguna condición que tengamos en nosotros mismos, pero nosotros llegamos a saber si estamos o no regenerados. Los que hemos recibido a Cristo, creyendo en su nombre, hemos sido hechos hijos de Dios. Este grupo de personas no es engendrado por sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1:12-13).

    Si alguien desea hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios o si Jesús hablaba por su propia cuenta. Jesús anunciaba la doctrina del Padre (Juan 7:16-17). Pablo se agradaba de que la iglesia de Roma había obedecido de corazón el tipo de doctrina que él les había enseñado (Romanos 6:17). Sabemos que Pablo habló una y otra vez de la predestinación y la gracia soberana, del destino humano fijado desde los siglos por la soberana disposición del Padre y Creador de todo cuanto existe. Esa es la doctrina que el Hijo de Dios enseñó entre nosotros, esa es la enseñanza que debemos seguir y enseñar.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • PROCLAMACIÓN UNIVERSAL DEL EVANGELIO

    Somos llamados a predicar el evangelio hasta lo último de la tierra, para testimonio a todas las naciones. Esa predicación no garantiza la salvación de todo el mundo, ya que Jesucristo crucificado vino a ser una piedra de tropiezo para los judíos, en tanto para los gentiles (los no judíos) una locura. Ciertamente, los griegos buscaban sabiduría y los judíos señales, pero el anuncio era simplemente Cristo crucificado, el poder y la sabiduría de Dios (1 Corintios 1:18-31).

    La palabra de Dios es locura para los que se pierden, la destrucción de la sabiduría de los sabios. Pero agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación, aunque para los llamados -judíos y griegos-, Cristo es el poder de Dios para los pocos sabios y nobles escogidos, así como para lo necio que del mundo escogió Dios. Sí, lo vil y lo menospreciado del mundo escogió Dios, para deshacer a lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. El que se gloría, que se gloríe en el Señor.

    Entonces, aunque prediquemos a Cristo sabemos que muchos lo rechazarán, por causa de permanecer en su estado natural. En cambio, a los llamados ese evangelio predicado se convierte en un llamado interno y eficaz. Sabemos que este llamado interno transforma el alma que ha sido equipada con fe salvadora. Esto es lo que se ha mencionado como nuevo nacimiento, lo cual no viene por obra humana sino solamente por voluntad del Espíritu de Dios. Es decir, para los que son llamados con llamamiento eficaz Cristo deja de ser una locura y pasa a ser el poder y sabiduría de Dios.

    Esta gran verdad ha sido enseñada por el mismo apóstol en otra de sus cartas. En Romanos 8:30 leemos: A los que predestinó, a éstos también llamó; a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó. Recordemos aquel pervertido a quien Pablo ordena entregar su carne a Satanás, a fin de que su espíritu viva en el día final. Pese a su vistoso pecado el creyente padeció el castigo del Señor y se volvió de su mal camino. Pablo, tiempo después, también ordena reincorporarlo a la comunión de la iglesia. Los que somos ovejas rescatadas y nos convertimos en desobedientes, recibimos la disciplina del Señor.

    En 1 Corintios 3:15 leemos: Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien el mismo será salvo, aunque así como por fuego. Esto sucede cuando el creyente no construye su vida con materiales nobles, pero resulta salvado porque su fundamento sigue siendo Jesucristo (Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo: 1 Corintios 3:11). Así que hemos sido escogidos desde la eternidad para continuar con la glorificación final, porque este es el propósito del poder divino con su gracia soberana.

    Sabemos, pues, que cuando se anuncia el evangelio esa palabra no volverá vacía, sino que hará aquello para lo que fue enviada (Isaías 55:11). No podemos predecir cómo usará Dios su palabra. Después de que Jesús resucitó, Dios ordenó que se apareciera no a todo el pueblo, sino solamente a aquellos que había escogido como testigos (Hechos 10:39-41). Ante el mensaje de Pablo y Bernabé, dice la Biblia, creyeron los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Los que no creyeron se entiende que escucharon sin que hubiera la eficacia del nuevo nacimiento.

    Esto también está apoyado por lo dicho en Apocalipsis 13:8 y 17:8, que adorarán a la bestia aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo. Y es que todos los que el Padre le da al Hijo vendrán al Hijo, y no serán echados fuera (Juan 6:37).

    Jehová le ordenó a Moisés hablar con el Faraón para que dejara ir al pueblo de Israel de su esclavitud. Pero antes que nada le dijo que Él endurecería al mandatario para poder glorificarse al final de todo. Ese patrón se repitió a lo largo de las plagas, pues cuando el Faraón se mostraba terco por su propia voluntad Jehová lo endurecía en su corazón. Después de la plaga de las langostas, el Faraón accedió a dejar ir al pueblo, pero cuando la plaga terminó, volvió a endurecer su corazón (Éxodo 7:14-21). En el verso 3 del capítulo 7 se lee la advertencia a Moisés de que Jehová endurecería el corazón de Faraón, y de que multiplicaría en la tierra de Egipto sus señales y sus maravillas.

    Se trata de un evento comunicado con anticipación, para demostrar la gloria de Jehová. Lo mismo relata el apóstol Pablo en su Carta a los Romanos: Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra (Romanos 9:17). Así que el anuncio del evangelio tiene el propósito de dar vida a los caídos, a las ovejas perdidas, pero por igual el de seguir endureciendo a las cabras.

    La soberanía de Dios nos apalanca el ánimo a los creyentes, los que somos llamados eficazmente. Nos garantiza que habrá fruto, hasta que el último de los consiervos se convierta (parafraseando Apocalipsis 6:11). Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere… (Juan 6:44). Por esa razón Jesús había dicho momentos antes: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37).

    Participamos del gozo de la predicación del Evangelio, ya que los que oyen teniendo oídos para oír serán rescatados. Cumplir con el deber trae alegría, de manera que no resulta oneroso la proclamación de las buenas nuevas de salvación. Como se asentó en la Escritura: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación (Hebreos 3:15; Salmos 97:7-8).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • A LOS QUE ANTES CONOCIÓ

    No son pocos los que se apartan del camino por causa de la elucubración de su entendimiento. ¿Qué significa que Dios conozca de antemano? Incluso, ¿qué quiere decir que Dios conozca a alguien? El verbo conocer en la Biblia tiene una connotación más amplia que el hecho de tener conocimiento de algo, también nos indica que se tiene comunión íntima. José anduvo con María, estando ya desposado con ella, pero dice la Escritura que no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito (Mateo 1:25).

    Esa frase refiere al hecho de que José no tuvo relaciones íntimas o sexuales con María hasta después de que nació Jesús. En otros términos, el acto marital se pospuso hasta después del nacimiento de Jesús. Si Jesús fue el hijo primogénito, entonces indica que hubo otros hijos (hermanos de Jesús). El vocablo griego usado es PROTOTOKOS y no MONOGENES (PROTOTOKOS significa el primer hijo, en tanto que MONOGENES indica el único hijo, el unigénito). Hay un relato en Mateo que registra el hecho de los hermanos de Jesús: Tu madre y tus hermanos están afuera, y te buscan (Mateo 12:47). Esta información también la dan Lucas 8:19-21 y Marcos 3:31-35. En Juan 2:12 leemos: Después de esto descendieron a Capernaum, él, su madre, sus hermanos y sus discípulos; y estuvieron allí no muchos días; en Juan 7:2-10 podemos encontrar otra referencia sobre los hermanos de Jesús. Por igual leemos ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas? (Mateo 13:55-56), y en Marcos 6:3 tenemos otra evidencia: ¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas? Y se escandalizaban de él.

    Lo mismo puede decirse de Adán, quien conoció de nuevo a Eva su mujer y tuvieron otro hijo. Jehová habla a través de un profeta y dice que a Israel solamente ha conocido de entre todos los habitantes de la tierra; Jesús el Cristo afirma que al final de los tiempos dirá a un grupo de personas que nunca los conoció, que se aparten de él. La pregunta inicial se retoma: ¿cómo sabe Dios? A muchos les aterra afirmar que Dios ha hecho todas las cosas, como asegura la Biblia, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Prefieren usar el término PERMITIR, para simular que cuanto acontece no es la plena voluntad divina sino solamente un permiso. Pero permitir algo implica estar presionado por alguna influencia externa, no querer que suceda pero dejar que pase. Eso no puede decirse del Todopoderoso.

    ¿Cómo sabe Dios? ¿Cómo puede vaticinar el futuro nuestro con total acierto? ¿Será que mira el futuro como si tuviera una bola de cristal? ¿Se meterá en lo que han denominado el túnel del tiempo? En absoluto, Dios sabe el futuro porque lo hace, lo decreta, lo ordena. Adán pecó no por posibilidades de pecar sino porque tenía que hacerlo. Ya el Cordero de Dios estuvo destinado desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20). Si Adán no hubiese pecado Dios habría destinado a su Hijo en vano, fracasando en su plan sempiterno e inmutable.

    El crimen más horrendo en la historia humana fue el asesinato cruel del único ser inocente de la tierra. La muerte del Hijo de Dios fue planificada y anunciada desde antes por el Padre ante sus profetas. Así que no nos escandalicemos por lo que Satanás haga con el pecado humano, ya que todo forma parte del plan de Dios. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? ¿Será Dios injusto que inculpa de pecado a quien Él mismo ha condenado desde siempre, como lo demuestra el caso de Esaú relatado en Romanos 9? Pablo responde con un rotundo no: En ninguna manera. El apóstol coloca al ser humano en una posición ínfima frente a su Hacedor, diciéndonos que somos responsables de lo que hacemos, pero que Dios tiene la potestad autoritaria que le da el hecho de ser dueño de la masa de barro con que nos ha formado.

    La voluntad de Dios es hacer vasos de honra y vasos de deshonra, para que su plan se desarrolle, para darle la gloria de Redentor a su Hijo Jesucristo, para consumar su ira por el pecado y la injusticia. Con lo dicho, el conocimiento previo de Dios no es otra cosa que el amor anticipado que nos ha demostrado a quienes Él ha elegido desde la eternidad, para ser objetos de su gracia, amor y misericordia. En Romanos 8:29 leemos que Dios predestinó a quienes conoció desde antes. Es decir, no que haya mirado para ver quiénes eran dignos de predestinación, ya que ha afirmado que no hay justo ni aún uno, no hay quien entienda ni quien busque al verdadero Dios. Todos estuvimos muertos en delitos y pecados, de manera que tuvo misericordia de quien quiso tenerla, pero endureció para siempre a quien ha querido endurecer (como lo demuestra el caso del Faraón de Egipto frente a Moisés). Ese conocimiento de Dios incluye el amor, su relación y su divino propósito, como ya lo mencionamos respecto a Israel (Amós 3:2). Esto no podría sugerir que Dios careciera de información o de conocimiento intelectual respecto al resto de las naciones de la tierra, sino que precisamente nos refiere al contexto especial del verbo conocer en la Biblia.

    La gracia de Dios le pertenece a Él, por lo tanto es su iniciativa el demostrarla a quienes él quiera demostrarla. Nunca la gracia es una respuesta a una iniciativa nuestra. Los que ven méritos en el ser humano para la acción divina, tienen una teología desviada basada en el mérito de las obras. Esto es otro evangelio, como asegura Pablo, una evangelio anatema. Como dice la Escritura: (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama) -Romanos 9:11. No es por las obras, no es por el mérito que tengamos, no es por guardar la ley, ya que la ley no salvó a nadie (Gálatas 2:16; Romanos 3: 20).

    Debemos recordar siempre el texto de Juan que nos asegura que amamos a Cristo porque él nos amó primero (1 Juan 4:19). Dios conoció personas, no eventos, según el texto de Romanos 8:29; es decir, no porque haya visto actitudes o actividades en las personas las escogió, sino porque quiso amar a los que escogería. Nos escogió en amor, bajo su pacto de gracia eterno e inmutable; no fue que nos conoció porque nos observara sino que se quiso relacionar con nosotros a pesar de nuestras debilidades y flaquezas. De la misma masa de barro hizo vasos para honra y vasos para deshonra, por lo que no existe atributo positivo en la calidad del barro sino en la disposición del Alfarero.

    Finalmente, si Dios tuviera que conocer algo implicaría que no lo conocía antes. Eso echaría por tierra su cualidad de Omnisciente. De manera que Dios no llega a conocer nada pues todo lo sabe; ¿y cómo sabe Dios? Simplemente sabe todo porque todo lo ha ordenado para que suceda. Él es Todopoderoso, Omnisciente, Increado, Inmutable y Santo. Puede haber más atributos, pero estos mencionados lo relacionan con lo que acabamos de exponer en relación al conocimiento (afecto) que tiene para con sus elegidos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • JESUCRISTO MEDIADOR

    El único mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. Necesitaba el Hijo de Dios participar de las dos naturalezas, divina y humana, para mediar por nosotros ante la Divinidad. Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (Colosenses 2:9). Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia (Juan 1:16). Jesucristo tiene la gloria del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (Juan 1:14).

    Jesucristo es completamente divino y completamente humano, para que pueda mediar por nosotros. Así que puede considerarse como el único descendiente de Adán con dos naturalezas, lo cual lo configura como el Segundo Adán, por el cual sus hijos vivimos. Sin división ni confusión, dos naturalezas en una persona: fue y es tan humano como divino. Él era el profeta que levantaría Jehová en medio del pueblo (Deuteronomio 18:15). Yo publicaré el decreto;Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú;Yo te engendré hoy (Salmos 2:7). Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra,Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies (Salmos 110:1).

    La necesidad del Mediador ya aparecía en el libro de Job. Ese hombre dijo: Porque no es hombre como yo, para que yo le responda, y vengamos juntamente a juicio. No hay entre nosotros árbitro que ponga su mano sobre nosotros dos (Job 9:32-33). Ahora nuestro árbitro es Jesucristo, la justicia de Dios. No conviene confundir las dos naturalezas del Señor, pero tampoco conviene confundirlo con el Padre. Aunque él y el Padre son uno, en el sentido de unidad, asimismo el Espíritu Santo es parte de ese Dios Trino. Bien lo dijo Isaías: Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu (Isaías 48:16). En este texto se muestran claramente las tres Personas de ese Dios que se anunció progresivamente en las Escrituras.

    Referente a Jesucristo Zacarías escribió: Él edificará el templo de Jehová, y él llevará gloria, y se sentará y dominará en su trono… (Zacarías 6:13). Es decir, Jesucristo no es Jehová sino el Hijo. Ya lo anunció David: Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira. Bienaventurados todos los que en él confían (Salmos 2:12). Y aunque Jesús afirmó que él y el Padre eran uno (Juan 10:30), no son la misma Persona.

    La persona de Cristo ha sido atacada a través de los siglos; unos han afirmado que no es Dios sino solo hombre, algún ser fantasmagórico porque la Deidad no puede poseer cuerpo alguno. Otros aseguraron que aunque era Dios no era eterno sino creado. Los Concilios a través de la historia han intentado dar respuestas a esas interpretaciones privadas de algunos teólogos, declarándolas herejías. Sin embargo, no solo se ha atacado su persona sino también su trabajo.

    Escuchamos que la obra de Jesucristo redimió a toda la humanidad, sin excepción, ya que su esfuerzo siempre es eterno e ilimitado. Sin embargo, sabemos que muchos van a condenación, lo cual sugiere que Jesucristo no salvó a todos, sin excepción. Tal vez, dicen algunos, hizo su parte pero la gente es demasiado hostil y no hace la suya. No obstante, lo que él hace siempre es perfecto y eficaz, así que redimió a todo su pueblo de sus pecados, como afirma la Escritura (Mateo 1:21).

    Podemos imaginar un poco en cuanto a la expansión del Evangelio. Comenzaron doce personas a predicar, pero primero se dirigieron al territorio israelí, para continuar con el resto del mundo. Miles y millones de personas murieron en aquella época sin haber escuchado algo de ese Cristo que supuestamente murió por ellos. Así que con ellos resultaría vana la afirmación de que Jesús hizo su parte por esas personas. Todavía hay gente que perece sin conocer nada de él, así que no vale la afirmación de la expiación universal, sin excepción.

    Podemos asegurar que mucha gente le escuchó y tuvo la oportunidad de dialogar con él, pero no pudieron creer. Un episodio de Juan 10 nos relata que algunos judíos le reclamaban por qué no les decía abiertamente quién él era; el Señor les aseguró que se los había dicho pero ellos no creían. Agregó que las obras que él hacía en nombre del Padre daban testimonio de él, pero les aseguró que ellos no creían porque no formaban parte de sus ovejas (Juan 10:26). Es decir, para creer en Cristo hay que ser parte de esas ovejas escogidas desde la eternidad por el Padre mismo.

    Esta situación no libera al ser humano de la responsabilidad de creer. Parece injusto, pero el problema lo planteó Pablo en Romanos 9 cuando aseguraba que Dios nunca cometió injusticia por haber odiado a Esaú antes de hacer bien o mal, o antes de ser concebido. Esaú no quedó liberado de la responsabilidad de sus actos por el hecho de que Dios lo hubiera rechazado, simplemente actuaba en su guión como había sido escrito desde los siglos. ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera, pero Dios endurece a quien quiere endurecer, al tiempo que tiene misericordia de quien Él quiere tenerla.

    Estos actos de soberanía divina también hacen posible la bienaventuranza de Jacob. Si Dios no hubiera decidido amarlo, sería tan condenable como Esaú. Cristo como Mediador entre Dios y los hombres es el mismo que media entre los elegidos del Padre para que no nos sean tomados en cuenta nuestros pecados. Obviamente, no dejamos de lado el castigo y azote del Padre sobre los hijos, para que no seamos considerados bastardos. Así lo asegura la Biblia (Hebreos 12:6-8).

    Porque Jesús fue y es absolutamente Dios, increado, eterno e inmutable, su sacrificio en la cruz cobra un infinito valor en favor de todos sus elegidos. La razón por la cual Jesucristo llega a ser nuestro Mediador entre Dios y los hombres es porque él comparte las dos naturalezas: es completamente divino y completamente humano. Sabemos que la Escritura rechaza la idolatría y la considera obra demoníaca, nos dice que quien sacrifica a los ídolos a los demonios sacrifica. Por lo tanto, atribuirle a María el trabajo o la función de mediadora resulta en una gran mentira. Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios (Romanos 5:1-2).

    Tengamos presente que la mediación de Jesucristo nos era necesaria, ya que en la familia del Segundo Adán todos vivimos (y ese todos se refiere a todos los que conformamos su pueblo redimido, de acuerdo a las Escrituras: Mateo 1:21). Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca; porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre (Efesios 2:14-18).

    César Paredes

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  • CORPORACIÓN VS. INDIVIDUALIDAD

    Los que se incomodan con la predestinación individual bíblica, se inclinan por la corporación de Israel. Dicen que Pablo habla de Israel como institución, como un conjunto, pero jamás de los individuos en particular. De ser esto cierto, queda un gazapo enorme cuando el apóstol dice que no todo Israel ha sido salvado sino que in Isaac sería llamada la descendencia. No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes (Romanos 9:6-8).

    Pablo había dicho que desearía ser anatema por amor a sus hermanos, sus parientes según la carne. Ellos son israelitas, de los cuales vino Cristo. Es decir, Pablo sufre porque muchos de sus parientes israelitas fueron dejados de lado o rechazados, tal como Dios le hizo a Esaú o a Faraón. Dios tuvo un plan de predestinación desde antes de la fundación del mundo, tal como lo demuestra Pedro cuando escribe que el Cordero de Dios estuvo destinado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20); por esa razón, Adán tenía que pecar. Un Cordero como Cristo destinado desde antes de que Adán fuera creado anunciaba que Adán tenía que caer en pecado para poderse manifestar.

    Así que la caída humana no fue acto de azar que sorprendiera al Creador, como tampoco Jesucristo fue un as bajo la manga divina por si acaso Adán pecara. Esto demuestra el plan eterno e inmutable del Creador, quien no se inhibe en hablar de predestinación. No como algunos que con argucias adelantan que Dios predestinó el medio para creer pero no a los individuos; a esto se llama el mecanismo de corporación, diciéndonos que cada individuo conserva su libre voluntad para tomar decisiones.

    Sin embargo, se pasa muy rápido por alto el que Esaú fuera odiado, no en base a las obras sino al Elector. No habían hecho ni bien ni mal, ninguno de los gemelos, cuando ya Dios había amado a Jacob y odiado a Esaú. El verbo griego usado para denotar odiar es MISEO, de donde viene la palabra misoginia (rechazo odioso contra las mujeres). Es más, ni Jacob ni Esaú habían aún nacido, cuando Dios ya amaba a uno y odiaba al otro, pues nunca ha dependido del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia o no la tiene.

    Esa ha sido la razón por la cual fue levantado el Faraón, para mostrar en él el poder divino y para que el nombre de Dios sea anunciado en toda la tierra (Romanos 9:17). Ciertamente, la Biblia dice que Dios endurece a quien quiere endurecer. También dice la Escritura que los enemigos del Creador se preguntan cómo sabe Dios y cómo tendrá Dios conocimiento de las cosas.

    Esos enemigos divinos odian por igual la predestinación, ya que temen quedar por fuera si Dios no mira en sus obras de buena voluntad, como la decisión que tomaron por Cristo, su aceptación del sacrificio universal, y su petición de apuntamiento en el libro de la vida. Pablo, sin embargo, condena tal práctica. El argumento esgrimido sobre la razón por la cual se inculpa al pobre de Esaú que no puede resistirse a la voluntad del odio de Dios, nos da a entender que ese es el centro del capítulo 9 de Romanos. De inmediato, el apóstol esgrime la potestad del alfarero para hace vasos diferentes: unos para honra y otros para deshonra.

    La palabra de Dios anuncia la entrada de la plenitud de los gentiles, habla del número de consiervos que será completado (Romanos 11:21; Apocalipsis 6:11). Es decir, hay un número determinado de personas que oirán con la fe que Dios les da y serán convertidos al Señor. Al mismo tiempo, la Escritura revela que Dios declara desde el principio lo que habrá de venir, antes de que sucedan las cosas. Yo anuncio el fin desde el principio; desde los tiempos antiguos, lo que está por venir. Yo digo: Mi propósito se cumplirá, y haré todo lo que deseo. Del oriente llamo al ave de rapiña; de tierra distante, al hombre que cumplirá mi propósito. Lo que he dicho, haré que se cumpla; lo que he planeado, lo realizaré (Isaías 46:10-11).

    Esa capacidad de predecir equivale a la de predestinar. No obstante, eso no quiere decir que Dios averigüe el futuro en una bola de cristal, en los corredores del tiempo ni en los corazones humanos. Si Él anuncia el futuro es porque lo crea. Tampoco sería justo aseverar que Dios desconoce el futuro y va creando nuevos pasos a medida de que sucedan ciertos eventos. En Él no hay azar ni sombra de variación, todo en Él es un Sí y un Amén. Por otro lado, si Dios hubiera tenido que averiguar el futuro para declararlo a sus profetas, significaría que no lo sabía en algún momento. Un Dios que desconoce no puede llamarse Omnisciente. Un Dios que dependa de lo que descubra en el corazón humano para poder predecir, sería un Dios con demasiada suerte como para que se cumpla todo aquello que averiguó en los volubles corazones de las gentes.

    Dios soporta con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción; Jesucristo también soportó a Judas -que era diablo- para que lo entregara y todo el plan ocurriera conforme a como estuvo escrito. Pero ese mismo Dios ha hecho notorias las riquezas de su gloria, habiéndonos llamado (a todas sus ovejas) y habiéndonos preparado como vasos de honra -sea de en medio de los judíos o de los gentiles.

    La idea de que se nos quita la responsabilidad de creer por el hecho de que estamos predestinados es falaz. Nosotros los seres humanos seguimos siendo responsables de nuestros actos ante el Creador; hay mandatos generales, para todos los individuos, los cuales debemos obedecer. Poco importa que la ley sea conocida por todos o ignorada por algunos, cada quien responde ante ella. La ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento. Y para eso fue lanzada la ley divina, para que aumente el pecado y cada ser humano reconozca que es insuficiente para cumplirla. Aunque la gente quiera referirse solamente a la ley escrita (la de Moisés), no puede negar que en nuestros corazones está la conciencia que testifica, junto a la creación misma, de ese Dios a quien hemos de rendir cuenta. Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos (Romanos 2:14-15).

    Ah, pero nadie puede decir que fue salvado por esa ley (escrita en papel o piedra o en los corazones). Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20); Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado (Gálatas 2:16). Así que los seres humanos tenemos por delante un juicio de rendición de cuentas, mientras Dios no responde ante ningún ser humano ni angélico, porque Él es soberano y hace como quiere y no existe quien detenga su mano y le diga: Epa, ¿qué haces?

    Sí, Dios escogió a Israel como una corporación, para demostrar en la historia humana su mano, su amor y su castigo en los que ha escogido. Pero no por ello escogió para salvación a cada individuo de ese pueblo. Lo mismo hizo con los gentiles, a quienes en otro tiempo los mantuvo lejos de la ciudadanía de Israel, si bien pasó por alto los tiempos de su ignorancia y ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan.

    Fijémonos en que ese llamado al arrepentimiento se hace por medio de las Escrituras, pero no siempre ellas llegaron a cada individuo de la tierra. La predicación del evangelio se ha hecho lentamente al principio, aunque con esmero; mucha gente moría sin conocer nada de esta salvación tan grande. El problema se agrava con aquellos que habiendo oído de estas buenas nuevas oscurecen su vista para que la conciencia no los acuse en demasía. Pero ellos ya tienen desde siempre el testimonio de sus conciencias, solo que se alejan voluntariamente de ese Dios a quien no pueden soportar.

    Y si Dios no nos hubiera dejado remanente (por medio de la elección en Jesucristo) seríamos semejantes a Sodoma o a Gomorra. Ni Jacob tuvo méritos ni Esaú tampoco; simplemente el mérito lo tuvo Cristo para convertirse en la justicia de Dios. No se nos manda a averiguar si estamos escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo, sino a creer en esa justicia de Dios. El que creyere será salvo, el que no creyere ya ha sido condenado.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA ORACIÓN SECRETA

    Antes de que el tiempo tuviera comienzo, Dios había ordenado el pacto de gracia. Esto se hizo en Jesucristo, para la salvación de todos sus elegidos. Fuimos salvados no por causa de nuestras obras, sino por el propósito de la gracia divina, la cual nos fue otorgada en Cristo Jesús desde antes de que empezaran los tiempos (2 Timoteo 1:9). En virtud de esa gracia tenemos la providencia de Dios, librándonos aún antes de haber creído, para que su propósito pueda cumplirse en el tiempo de su poder.

    Hemos sido librados de incontables peligros, incluidas las más terribles inmoralidades del mundo; somos testigos de una cadena de providencias, pero de ello solamente nos damos cuenta una vez que hemos creído. Dios colocó en el regazo del Hijo las almas que quiso salvar, para que fuésemos rescatados de la muerte eterna. Por esa razón Cristo pidió por los que el Padre le había dado y los que le seguiría dando, dejando a un lado al mundo por el cual no rogó (Juan 17:9).

    Pero aunque estuviésemos muy manchados, como consecuencia de la caída de Adán, pese a las corrupciones del mundo y de nuestras transgresiones, fuimos preservados para el llamamiento eficaz que nos otorgó vida. El Hijo de Dios vino en rescate por muchos, pero siendo todopoderoso no tuvo a menos su ejercicio en la oración. Su ejemplo nos grita a voces para que no abortemos esta capacidad de oxígeno, de manera que respiremos el aire suficiente para una vida digna.

    El libre favor de Dios en su amor nos salvó de pura gracia. Como fue escrito respecto a Jacob, que fue amado antes de que hiciera bien o mal, antes de ser concebido. Lo mismo se dijo de su hermano Esaú, pero en sentido contrario: fue odiado antes de ser concebido y antes de que hiciera bien o mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11).

    No dependemos de Adán, sino de la obediencia y sacrificio mostrados por Cristo.

    En ese nuevo pacto (el de gracia plena), el autor de Hebreos recuerda lo que Dios había dicho: que no se acordaría nunca más de nuestros pecados, sino que sería propicio ante nuestras injusticias (Hebreos 8:12). Esto no obvia la corrección a la que somos sometidos todos los hijos, para no ser tenidos como bastardos. Ahora hemos obtenido salvación por medio de la fe en la justicia de Jesucristo, ya que por medio de las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3: 20).

    Al poseer semejante garantía, la oración cobra mucho sentido. El principal punto de motivación para orar ante el Padre sería el hecho de que ciertamente Dios nos escuchará. El sacrificio de los impíos es abominación a Jehová; mas la oración de los rectos es su gozo (Proverbios 15:8). Otro elemento relevante en la oración del creyente gira en torno a la promesa de Jesucristo. Nos dijo que oráramos al Padre en secreto, y el que ve en secreto nos recompensará en público (Mateo 6:6). La acción de apartarse (cerrar la puerta del cuarto) nos permite silenciar la distracción del mundo para buscar a Dios en un sitio privado y silencioso. Es el Dios que está en lo secreto, en la intimidad del espíritu humano, fuera de las multitudes y apariencias religiosas. Dado que Dios conoce la sinceridad del que ora en privado, recompensará en público al que así ore.

    Puede que nos parezca un asunto subjetivo el acto de orar a Dios, pero la recompensa no será solamente subjetiva sino pública, es decir, con la objetividad suficiente para que los demás puedan ver esa respuesta. Este punto rompe el ciclo de lo interno o subjetivo en nosotros, para demostrar que Dios es tan real como su respuesta.

    Dios es el mismo y no cambia; estemos ciertos de que los salvados bajo el Pacto Antiguo lo fueron en base a la misma gracia que tenemos hoy en día. Aunque vivieron bajo el mandato de una ley que les demostró su incapacidad para cumplir todos sus puntos, los que apuntaron al Redentor que vivía (como lo dijo Job, en Job 19:25-27), los que conocían al Hijo (como lo aseguró David, (Salmos 2:12: reverenciad al Hijo no sea que Dios se enfade), los que le creyeron a Moisés cuando aseguró de parte de Dios que les sería enviado un libertador (Hechos 6:37; Deuteronomio 18: 15) fueron redimidos de pura gracia. Toda esta gente murió conforme a la fe, sin haber recibido todavía lo prometido, mirándolo de lejos y creyéndolo (Hebreos 11:13).

    Nuestra justificación está fundamentada en la justicia imputada de Jesucristo. Así que no somos justificados por obras, como si pudiéramos tenerlas, sino por la fe de Cristo; fijémonos en la declaración de Pablo: mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia (Romanos 4:5). Se nos sugiere que no obremos para salvación, sino que creamos en aquel que justifica al impío. De esta forma, la oración no trabaja para salvación sino confirma nuestra redención. Eso lo vemos por las respuestas que Dios nos da en forma muy objetiva.

    Dado que estamos en el pacto de gracia, que este pacto fue formado desde la eternidad, que el Padre nos tiene en sus manos y el Hijo también, que poseemos el Espíritu como garantía de nuestra redención final, lo que tenemos es un arsenal de pruebas de que seremos oídos y tendremos la respuesta debidamente.

    Ese mandato del Señor, de orar en secreto, ya había sido anunciado desde la antigüedad a través del profeta Isaías: Anda, pueblo mío, entra en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete un poquito, por un momento, en tanto que pasa la indignación (Isaías 26:20). Aunque tenga referencia profética determinada, el paralelismo es enorme; sabemos que al clamar al Dios del cielo y de la tierra nos escondemos del mundo. El lugar de oración secreto es el sitio que denota seguridad. Esa seguridad se obtiene porque allí está el Padre Eterno, de manera invisible, sin que podamos verlo con nuestros ojos físicos (por eso debemos creer que le hay, y que es galardonador de los que le buscan). Ese Padre nos recompensará visiblemente, en público, como garantía de su bondad para con los que somos sus afectos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • NUESTRA CONFIANZA EN ÉL

    La providencia de Dios se manifiesta siempre, pero al confiar disfrutamos más. La queja se acompaña con el temor, moviéndonos del lugar en donde habitamos. Como creyentes vivimos en Cristo, pero el mundo se encarga de responder con la duda ante cualquier interrogante que tengamos. Nuestra visión de quién es Dios y acerca del significado de su providencia pasa por reconocer lo que significa la verdad. Estar bajo el cuidado de su providencia implica reconocer que Dios gobierna todas las cosas (las buenas y las malas). No existe algo demasiado difícil que Él no pueda realizar; hemos de reconocer que las diversas pruebas por la cuales pasamos obedecen al entrenamiento que ha preparado para cada uno de sus siervos.

    No seremos probados más allá de lo que podamos resistir, de manera que todas las cosas nos ayudan a bien, a los que hemos sido llamados conforme al propósito del Señor (Romanos 8:28). Ese Dios que está en los cielos ha hecho todo cuanto ha querido (Salmos 115:3), así que nada acontece por azar. En realidad, Dios hace como quiere en medio de las huestes celestiales, así como entre los habitantes de la tierra (Daniel 4:35). La depresión del profeta Elías también fue parte del propósito divino, así que le consoló un ángel y fue ayudado con comida y sueño reparador.

    Normal resulta sentir ansiedad en muchas ocasiones, dado que vivimos y nos movemos en medio de gente incrédula. La maldad ha aumentado en estos días del fin de los tiempos, en tanto el amor de muchos se ha enfriado. Estamos en un mundo que tiende a ignorar la fe cristiana, para que se cumpla lo predicho por Jesucristo: que cuando él volviera, tal vez no habría fe en la tierra (Lucas 18:8). Nos hace falta conexión con la naturaleza, pero por igual con el Espíritu de Dios. No todo es biología, también vivimos de la palabra del Señor.

    Nuestra tendencia a juzgar a Dios por causa de las circunstancias no se detiene. El Salmo 136 nos alienta a tener en cuenta bajo cualquier circunstancia que la misericordia de Jehová es para siempre. El salmista hace memoria de los hechos portentosos que señalaron al Creador como Omnipotente, pero agrega que para siempre es su misericordia. Esta es la clave de nuestra relación con el que nos libró de la muerte eterna, con aquel que tuvo piedad y amor hacia nosotros, cuando estábamos todavía muertos en delitos y pecados.

    La Biblia nos declara que Dios no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (su pueblo), por lo tanto Él nos dará también junto con Jesucristo todas las cosas (Romanos 8:32). Hemos aprendido que la murmuración socava nuestra confianza y no aporta solución eficaz. El creyente debería usar el momento de la preocupación para clamar al Altísimo, para dedicarse un poco más a la oración. De esa manera comprobará que la angustia se aleja y podrá valorar mejor sus circunstancias en las manos del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad.

    Si las quejas las convertimos en plegarias, seremos dichosos y recibiremos con abundancia. Nuestras penas deben ser traídas ante el Señor, para evitar quejas y reclamos inútiles. Al traer nuestro corazón en forma muy honesta ante el Todopoderoso, reconocemos su benignidad y su providencia. David oró una vez así: Delante de él expondré mi queja; delante de él manifestaré mi angustia (Salmos 142:2). Nuestra queja ante Dios no es acerca de Él, sino acerca de nuestras faltas y limitaciones. Hemos de quejarnos por nuestra falta de credulidad, pero al mismo tiempo tenemos el deber de llevar todo lo que nos agobia ante el Señor.

    David fue perseguido por Saúl, pero eso Dios lo sabía antes de que David se lo dijera; Dios envió la prueba sobre su siervo para que afectara su alma y para que en medio de la angustia clamara ante el Dios que lo había librado de Goliath. De esta forma se ejercitaba la gracia y su efecto en el siervo que clamaba, al tiempo que la fe con la que acudía en su plegaria se fortalecía. Cuando se turbe nuestro corazón digamos junto a los hijos de Coré: ¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío (Salmos 42:11).

    Jesús afirmó lo siguiente: Si viven (permanecen) en mí, y mi palabra vive en ustedes, pedid todo lo que queréis, y os será hecho (Juan 15:7). Esta es una promesa de quien lleva por nombre Fiel y Verdadero; no se trata de palabras de autoayuda, ni de ordenar al universo para que se manifieste. Tales tipos de brujería moderna resultan en una abominación ante el Señor; lo que Jesús nos dijo fue que confiáramos en su palabra y le creyéramos al Padre que lo envió. La prueba, por lo tanto, viene como un mecanismo disparador del clamor ante la presencia del Altísimo.

    Vivir en la palabra de Dios (que es Cristo) y hacer que esa palabra viva en nosotros implica saturar nuestra mente con la verdad. Esa saturación viene cuando llenamos nuestros pensamientos con la palabra divina, cuando meditamos en lo que Dios ha dicho y hecho. En nuestra lucha diaria con las circunstancias tenemos dos posibilidades: controlar cada elemento que nos disturba o confiar en el que ha creado las cosas que nos acontecen. Recordemos que apenas somos las ramas del viñedo, en tanto Cristo es la viña misma. Fuera de él no podemos hacer nada.

    Nuestra fe nos conduce a la actividad y no a la pasividad: significa que dejamos de batallar en nuestras fuerzas y decidimos obedecer y confiar en el Dios que nos cuida. Para poder vivir en esa palabra que es Cristo debemos mostrar gratitud antes que la queja. Resulta de provecho hacer memoria de las ocasiones en que hemos sido favorecidos por la intervención divina siempre oportuna. Cada quien reconocerá los momentos en que Dios se ha manifestado en forma muy particular, como le aconteció al Israel cuando huía del Faraón. Esa memoria de los eventos que se relacionan con nuestras batallas de fe, alentará al espíritu abatido por las circunstancias.

    Al recordar los acontecimientos triunfales en nuestro recorrido de fe, daremos gracias a Dios. De esa forma obedecemos lo que se nos dijo oportunamente: Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús (1 Tesalonicenses 5:18). ¿Cómo no habremos de confiar en aquel que calma los vientos y las tempestades? Nunca estamos solos, Cristo camina a nuestro lado; si miramos hacia la cruz reconoceremos el grande amor que Dios tuvo para con su pueblo escogido. Con esa mirada hacia el Calvario recibiremos la inundación de la bondad y misericordia que fluyen perpetuamente.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LOS DEMONIOS CREEN Y TIEMBLAN

    No basta con decir que Jesucristo es el Hijo de Dios, no resulta suficiente con profesar la fe cristiana. Jesús lo dijo, que no todo el que le dijera Señor, Señor, entraría en el reino de los cielos. Hay que hacer la voluntad del Padre, y esa voluntad consiste en creer que Jesús es el enviado de Dios para salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). La gente no se ocupa de la doctrina porque eso distancia a los miembros del grupo, pero Jesús insistió en que él se ocupaba de la doctrina de su Padre. El centro del evangelio de Cristo es la expiación que hizo en favor del pueblo de Dios.

    ¿Murió Jesús por aquellos que jamás han oído hablar de él? Pablo nos dijo que nadie podía invocar a alguien de quien jamás hubiese oído. Isaías nos aseguró que por el conocimiento del siervo justo éste justificaría a muchos (no a todos). El Señor mismo no rogó por el mundo la noche previa a su crucifixión, así que no murió al día siguiente en favor de ese mundo por el cual no pidió ante el Padre. Ciertamente, Jesús le dijo a Nicodemo que Dios había amado de tal manera al mundo que le hubo enviado a su Hijo, pero recordemos que ese maestro de la ley suponía que los judíos eran los únicos beneficiarios del amor divino, en tanto el mundo quedaría por fuera. El mundo para los judíos era el resto de naciones distintas a ellos.

    Juan pastoreaba una iglesia compuesta por judíos conversos, por eso escribió una carta en la cual decía que Jesús era la propiciación no solo por los pecados de los judíos que creían en él sino por los pecados de todo el mundo (es decir, de los gentiles). Esa inclusión universal no presupone una distribución universal por igual, no se trata de ser la propiciación por todo el mundo sin excepción. Si así fuera, entonces Judas hubiese sido salvo, el Faraón de Egipto por igual, incluso Caín que era del maligno. La doctrina de Cristo resulta básica para la vida del creyente, en ella está expresada el propósito de la muerte del Señor.

    Jesús un día enseñaba a la multitud, luego de hacer el milagro de los panes y los peces; muchos lo seguían como discípulos porque se deleitaban en lo que oían y se habían beneficiado por la comida obsequiada. El Señor los confrontó con la doctrina del Padre, diciéndoles: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; el que a mí viene no lo echo fuera sino que lo resucitaré en el día postrero. Un poco más tarde aseguró por igual: Ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trae… (Juan 6:37, 44). Dice Juan que al oír aquellas palabras muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60).

    Dado que el Señor sabía quiénes creían y quiénes no, al escuchar las murmuraciones de la gente les reiteró: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). De esta forma muchos de sus discípulos se volvieron atrás, y ya no andaban con él. Pasa lo mismo hoy en día, son muchas las congregaciones denominadas cristianas que silencian esta palabra de la soberanía absoluta de Dios. En esos templos no se puede ni mencionar los textos al respecto, mucho menos desarrollar su teología implícita. Hay quienes dicen que resulta mejor callar para evitar disensiones en la gente que es un poco inmadura para ese tipo de alimento. Pero eso no es más que un camuflaje, ya que no han creído en el verdadero evangelio de Cristo.

    Los demonios creen y tiemblan. Esta expresión de Santiago nos evoca a unos personajes que conocen lo suficiente sobre la soberanía divina, por cuya razón tiemblan. Su temblor les viene porque saben de su segura condenación, ya que por ellos no murió Jesucristo. La muerte del Señor se hizo en beneficio de todo su pueblo (Mateo 1:21), ya que Cristo murió conforme a las Escrituras. El tiene unos hijos que Dios le dio, la manada pequeña que vino a heredar el reino del Padre. A Jacob amó Jehová, pero a Esaú odió, antes de que hiciesen bien o mal, antes de ser concebidos (Romanos 9: 11-13). Bienaventurados los que creemos y no temblamos, sino que nos gozamos por la salvación eterna. Tememos al Señor en forma reverente, pero no sufriremos el castigo eterno ya que Jesucristo nos representó en la cruz (Juan 17:20).

    Cristo es el autor y consumador de la fe, así que nuestra fe dura hasta el final. Nuestra perseverancia es una bendición, un beneficio, como también la fe que nos ha sido dada junto con el paquete de la gracia y la salvación (Efesios 2:8). Fuimos escogidos por el Padre en el Hijo, antes de la fundación del mundo (Efesios 1:3-4); estamos persuadidos de que el que comenzó en nosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo (Filipenses 1:6). Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Romanos 8:29-31). Jesucristo puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos (Hebreos 7:25). La obra de la redención es completa de Dios, por lo cual no podemos empezar por el Espíritu y acabar por la ley (Gálatas 3:3). Esto no quiere decir que no tengamos que matar la carne en nosotros, que no tengamos que batallar a diario para prevalecer contra las asechanzas de Satanás y su mundo. Nuestra fuerza viene del mismo Espíritu que mora en nosotros hasta la redención final.

    Sigamos creyendo en la palabra del Señor que nos ha dicho lo siguiente: Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre (Juan 10: 28-29). La cualidad de ser oveja nos la dio Dios con su elección eterna e inmutable, por lo cual Cristo vino a salvar a las ovejas y no a los cabritos. En Juan 10:24-26 podemos encontrar esta gran verdad, que un grupo de personas tenían su alma turbada (como la de los demonios que creían y temblaban) y querían tener fe cierta de si Jesús era o no era el Cristo. Jesús les respondió que ya se los había dicho y no podían creer, ni siquiera por las obras grandes que hacía en nombre del Padre. Les añadió el Señor: pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho.

    Somos salvos por gracia y no por obras, pero ese pacto de gracia se hizo desde antes de la fundación del mundo. Ya antes de esa fundación el Cordero de Dios estuvo destinado para su manifestación en la era apostólica (1 Pedro 1:20); no nos avergonzamos de nuestro Señor, ya que por su evangelio y según el poder de Dios nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos (2 Timoteo 1:9).

    No temblamos como los demonios, sino que creemos felizmente por la gracia concedida, ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios…Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas, la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él…(Romanos 3:20-22).

    El hombre natural o caído en Adán no posee habilidad alguna para su rehabilitación. Es considerado muerto en sus delitos y pecados; sin embargo, aunque todos estuvimos una vez destituidos de la gloria de Dios, la regeneración que hace el Espíritu Santo nos ha sacado de la vida según la carne. Ninguna condenación hay para los que estamos en Cristo Jesús, los que no andamos según la carne sino conforme al Espíritu. Esa es otra razón por la cual los demonios creen pero tiemblan, para ellos no hubo redención. Andar según la carne implica suprimir la verdad, caminar en pasiones vergonzosas, tener hostilidad contra Dios, no poder agradar a Dios ni someterse a su ley. No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda ni quien busque a Dios (Romanos 3:10-11). Andar en la carne supone estar en la esclavitud del pecado. El ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz (Romanos 8:6).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • NADIE VIENE AL PADRE SINO POR MI

    Las palabras de Jesucristo acerca de la imposibilidad de ir al cielo a no ser a través de él y por él, caen como una sentencia de fatalidad para todos aquellos que jamás han oído del Evangelio. También son una espada en contra de los que habiendo oído no han querido escuchar; pero bien sabemos que quien no quiere tampoco ha podido. Sí, Jesús afirmó que seríamos enseñados por Dios para poder venir a él una vez que hubiésemos aprendido (Juan 6: 45). Pero ¿quiénes son esos todos que seríamos enseñados por Dios? De seguro no fueron los que perecieron en el diluvio universal, ni los millones que mueren en la ignorancia en cuanto a la noticia de la redención.

    La Biblia ha sido clara al decirnos que el Padre hizo una predestinación, una elección de un pueblo para dárselo como herencia al Hijo. Jesús vino a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), por lo que no quiso rogar por el mundo la noche previa a su crucifixión (Juan 17:9). Jesús, en consecuencia, representó en la cruz a su pueblo solamente, no al mundo por el cual no rogó. La eternidad sin Cristo es un infierno del cual no se escapa; a ese lugar van los soberbios que presumieron de sus ídolos y de sus obras. Un ídolo es aquello que reemplaza a Dios, incluso puede ser un constructo mental que emula al dios que la gente desea concebir. Así que un ídolo no siempre es un muñeco de cerámica, si bien todo lo que la gente sacrifica a sus ídolos a los demonios sacrifica (1 Corintios 10:19-21).

    Ciertamente, un ídolo es nada porque no tiene nada que ver con la Deidad, ni está a nivel de Dios. Los antiguos sacrificaban a los diablos y no a Dios, en tanto los nuevos dioses que descubrieron en nuevas tierras fueron adoptados como sus divinidades (Deuteronomio 32:17). Aunque se hiciera el sacrificio con la intención de que fuese al Dios de la Biblia, incluso bajo esa pretensión, ya los demonios han hecho morada en esos ídolos. El idólatra realiza una alabanza idolátrica, pero debe entender que la eternidad infernal está preparada para el diablo y sus ángeles; en consecuencia, todos los que practican las obras del diablo van a igual destino que los demonios. Los creyentes deben saber que no conviene beber la copa del Señor y la copa de los diablos.

    Las deidades paganas fueron filtradas en la cultura de muchos que profesan el cristianismo. Gran cantidad de personas han llegado a creer que el acto de rendirle tributo a una figura con un nombre bíblico santifica el sacrificio. Se debería traer a la memoria la imagen de la serpiente de bronce levantada en la época del viejo pacto; esa escultura que representaba a Cristo (Juan 3:14-15) llegó a ser objeto de culto y hubo de ser derribada. Allí hay una gran enseñanza de prevención para los que se dan a la tributación de honores a esas figuras que consideran santificadas por solo tener un nombre arrancado de la Biblia. La iglesia católica a partir del Concilio de Trento eliminó el mandamiento de no hacerse imagen de lo que está arriba en el cielo, o debajo de él en la tierra o debajo de ella; eliminó por igual el mandato de no adorarlas. De esa manera la feligresía que ahora puede leer la Biblia en lengua vernácula no encuentra inconveniente alguno para realizar tal acto pagano.

    Sin embargo, quedó como testimonio para el catolicismo -que desea inquirir en la verdad- la Biblia Vulgata que sí contiene en latín tal mandamiento. Una simple comparación verificará que durante siglos la misma iglesia católica poseía el mandato en las Escrituras que leían los párrocos y demás frailes. A pesar de esa prohibición, se dieron al servicio de los ídolos y a la participación de la copa con los demonios. De no ser así, ¿cómo es que a partir del Concilio de Trento quitaron tal mandamiento bíblico, tras la aparición de sus vernáculas Biblias?

    Bajo la claridad de que ir al Padre implica ser llevado por Él mismo hacia Cristo, entendemos que el corazón del hombre caído no solo resiste a Dios, sino que está muerto y yace insensible como una piedra endurecida. Nuestra elocuencia argumentativa no podrá mover esa piedra pesada, como tampoco fue suficiente el milagro de los panes y los peces ante aquellos discípulos de Jesús que se retiraron dando murmuraciones contra su doctrina (Juan 6: 60-61). El hombre natural no recibe la cosas del Espíritu de Dios porque para él son una locura. La gracia divina es la que cambia el corazón de piedra en uno de carne, pero para eso solo Dios es suficiente. Él dará su gracia a quien Él quiere darla, mas endurecerá a quien quiere endurecer (Romanos 9: 18).

    Sabemos, no obstante, que la fe viene por el oír la palabra de Cristo. Conocemos que sin anuncio del Evangelio no habrá redención posible, ya que ese es el medio para alcanzar el fin supremo de la redención. Pero ese medio se muestra eficaz para dos cosas: 1) para salvar a los pecadores cuando el Espíritu dé vida; 2) para llevar endurecimiento a los que se resisten a la palabra, para lo cual fueron destinados (1 Pedro 2:8). El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios (Juan 3:18).

    A partir de las lecturas de la Biblia el acto de creer parece ser muy sencillo, pero desde el plano del examen de la Escritura sabemos que el corazón de piedra debe ser removido por el Espíritu para instalar el de carne. Es necesario nacer de nuevo, si bien eso no depende de voluntad humana alguna sino de Dios. El predicador no habrá de jactarse en su prédica, pues no es su esfuerzo el que atrae el alma a Cristo; el pecador tampoco debe hacer alarde de su decisión, ya que es el Señor quien resucita. El nuevo nacimiento puede dar mucho gozo al espíritu humano, pero por igual hace temblar al más fuerte de los convertidos. El reconocimiento del Dios Todopoderoso hace entender al converso que todo ha sido obra de Dios, y si Él no hubiese intervenido continuaríamos como los demás mortales en los delitos y pecados.

    Antes mencionamos a los soberbios que caminan hacia el infierno, por causa de sus ídolos y de sus obras. Ya definimos el ídolo como nada pero guarida de los demonios; ahora nos referimos a las obras que tampoco salvan. No se trata de gracia más la obra mía, ya que entonces la gracia no sería tal sino pago por un trabajo. Aquellos que afirman que Dios hizo su obra y espera por la suya están desvariando tanto como los idólatras. El propósito de Dios conforme a la elección continúa prevaleciendo, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11). Los que aseguran que Dios vio desde la eternidad pasada el futuro de cada quien y eligió a los que debían ser salvos, están en completo equívoco. La Biblia asegura que todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, que solo existen muertos en delitos y pecados, que no hay quien haga lo bueno, que no hay justo ni aún uno. Entonces, no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. La elección no se basó en méritos personales de la gente, sino en el propósito de la voluntad del Elector. Ni la elección es arbitrariedad ni la gracia es un capricho.

    Dado que nuestra suficiencia procede de Dios, la persuasión argumentativa no basta para llevar un alma a Cristo. La lógica pura tampoco logra transformar un corazón empedernido, ni siquiera la vida pietista que muchos demuestran con su asceta manera de afrontar la existencia. Dios aborrece los sacrificios y las ofrendas de los impíos, pero se complace en las oraciones de los justos. Y es que la oración y acción del impío proviene de un corazón que no está reconciliado con Dios, en tanto la oración del recto viene como expresión sincera de fe y de la dependencia en el Señor. Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios (Romanos 5:1). El hecho de ser justificados nos indica que poseemos una relación pacífica con Dios, cosa que no existía bajo el régimen de esclavitud al pecado.

    No sabemos cuántas veces el ladrón había escuchado en la cárcel sobre el hombre hacedor de milagros, el llamado Cristo prometido para Israel y para los gentiles. Lo cierto es que junto al Señor su alma fue despertada y pudo reconocerlo, por lo tanto pudo suplicarle que se acordara de él cuando volviera en su reino. Ese corazón fue transformado en la cruz, pero el espíritu endurecido de su colega al otro lado lo mantuvo cautivo al pecado. El ladrón arrepentido alcanzó misericordia, el corazón que mostraba cinismo condujo al otro malhechor al destino también preparado desde la eternidad para todos los impíos.

    ¿Qué diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? ¿Por qué eligió a uno solo de los dos ladrones que morirían al lado de Jesucristo? Solamente la gloria de Dios está en juego en todo esto que vemos descrito en la Biblia, pues la justicia y castigo contra el pecado da honor a su nombre. Los pecados de los creyentes fueron castigados en Jesucristo, pero los pecados de los condenados jamás se pagarán en la eternidad. Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo (Hebreos 10:31). El creyente es llamado a tener paciencia y a mantener la fe, bajo la promesa de la herencia eterna en los cielos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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