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  • EL CASO DE CORINTO

    Pablo reprende a un hermano en la iglesia de los Corintios, pero al entregarlo a Satanás lo hace bajo la esperanza de que su espíritu se salve en el día postrero. Un caso de fornicación muy sonado en esa iglesia que el apóstol trata en forma peculiar: El tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús (1 Corintios 5:5). Una advertencia sigue a la terapia aplicada, que tengan cuidado pues un poco de levadura se leuda toda la masa. El problema sociológico del pecado en esa iglesia podía cundir a los otros miembros, habituándose de esa manera a hacer el mal.

    En la Segunda Carta a esa iglesia, Pablo dice que le basta a esa persona la reprensión hecha por muchos; que ellos debían perdonarle y consolarle, para que no fuese consumido en demasiada tristeza. Además, Satanás no debía ganar ventaja alguna sobre los creyentes, como buen maquinador que es (2 Corintios 2: 5-11). La entrega a Satanás pudo ser posible como parte de los dones especiales del Espíritu Santo recibidos por los apóstoles. En otra carta, Pablo le comenta a Timoteo que había entregado a Himeneo y a Alejandro a Satanás, para que aprendieran a no blasfemar (1 Timoteo 1:20).

    Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, como le aconteció al rey Saúl, a quien Jehová le envió un espíritu maligno para que lo atormentara (1 Samuel 16:14-23). En el caso de Corinto, el cuerpo o la carne de ese hermano debía sufrir la aflicción y tortura por parte de Satanás, para que por ese medio entendiera el sentido del pecado. De esa forma sería conducido al arrepentimiento de su mala obra en la iglesia. El objetivo final no era la condenación eterna sino el que su espíritu fuese renovado y restaurado para la salvación de su alma. Recordemos que Pablo no entregó esa alma a Satanás sino el cuerpo (carne en este caso) para ser molestada e incomodada en muchos sentidos, de forma que recapacitara y ordenara sus pasos.

    Dios al que ama castiga y azota a todo el que tiene por hijo. Esto es cierto, así que los que predicamos el Evangelio de la Gracia no apoyamos el libertinaje del pecado, no enseñamos a pecar (como también Pablo fue acusado); advertimos a la iglesia del peligro del pecado, más allá de que seamos permanentemente salvos. Estamos bajo un Pacto de Gracia que no puede quebrantarse para el elegido de Dios, como afirmó el mismo Jehová a Jeremías: Haré con ellos un pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí (Jeremías 32:40).

    Pablo también nos dijo que lo imitáramos a él, así como él imitaba a Cristo; sin embargo, en otra oportunidad escribió que se sentía miserable por causa de sus pecados: lo que debía hacer no hacía, empero lo malo que no quería esto hacía (Romanos 7). Dio finalmente gracias a Dios por Jesucristo, quien lo libraría de su cuerpo de muerte (el cuerpo del pecado). De todas formas deducimos por las Escrituras que, aunque la salvación es completamente de pura gracia, ese pacto incluye ciertas obligaciones por consecuencia. Nosotros debemos confiar (tener fe, ejercitarla) a pesar de que la fe nos haya sido dada igualmente (Efesios 2:8); debemos arrepentirnos, como consecuencia de la operación ejercida en nosotros por el Espíritu Santo en el momento de la regeneración o nuevo nacimiento; debemos obedecer al Señor (si me amáis, guardáis también mis mandamientos). Estas cosas hacemos como nuestro deber, pero igualmente las consideramos como frutos de la gracia y jamás como una condición para alcanzarla.

    Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor (Juan 15:10). Las promesas que fueron hechas a Abraham y a su simiente permanecen, sabiendo que esa simiente no es otra que Jesucristo (Gálatas 3:16). El sufrimiento de Cristo permitió que pudiera llevar muchos hijos a la gloria, al haber cumplido lo exigido por el Padre (Hebreos 2:10). El Señor no se avergüenza de llamarnos sus hermanos (Hebreos 2:11-13).

    Nosotros los creyentes somos los hijos que Dios le dio a Cristo, como el fruto de la Redención. Fuimos elegidos para tal acto de misericordia desde antes de la fundación del mundo, por el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:3-5). Jesús sufrió por traer esos hijos que Dios el Padre le dio, para llevarnos a la gloria, así que Jesús murió por cada uno de los que conformamos su pueblo (Mateo 1:21). Todo lo que el Padre le da al Hijo, vendrá al Hijo; sabiendo que él no lo echa fuera (Juan 6:37).

    Dios no socorrió a los ángeles sino a la descendencia de Abraham (Hebreos 2:16). Esta descendencia no es la misma que la de Adán, pues en Adán todos mueren pero en Cristo todos vivimos. Esta simiente de Abraham, lo que fue una promesa, llegó a ser señalada como Cristo mismo y por ende sus herederos y hermanos. Dios no puede ser tenido como arbitrario, ya que tuvo un propósito en toda su creación y con toda su elección. Dios obra todas las cosas de acuerdo al consejo de Su voluntad (Efesios 1:11). Los decretos divinos provienen de la voluntad de alguien que es infinito en sabiduría y poder, así como en justicia, rectitud y bondad.

    La gracia no puede ser tenida como arbitraria, de otra manera no sería gracia sino capricho. Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, sin que dependa de voluntad humana alguna. Dios no está rogando para que vengan a Cristo, no hizo una expiación universal a la espera de que se adhieran a ese favor voluntariamente. Él ha dicho que en el día de su poder nuestra voluntad estará ligada a sus mandatos (Salmos 110:3).

    Como el ser humano no puede adquirir la gracia por sus propios esfuerzos, tiende a confundirla con arbitrariedad. La voluntad de Dios es suficiente rasero para evidenciar la justicia divina; por esta razón vemos a Cristo agradeciendo al Padre porque hacía como le había agradado (Mateo 11:26). Y si Dios obra todas las cosas según el consejo de su voluntad, sabemos que el hermano de la iglesia de Corinto fue amonestado correctamente. Pero no solo la amonestación es para tener en cuenta, sino la inclusión a la iglesia después de haber recapacitado.

    El caso de Corinto nos ilustra sobre la gracia y viene como una advertencia contra el pecado; pero también nos enseña que esa gracia debe ser tenida en cuenta por la iglesia como organización. El perdón va inherente a la gracia que se nos exige para con nuestros hermanos. El problema se presenta cuando los que definen el castigo jamás han sido perdonados, sino que parecen cabras metidas en el rebaño de las ovejas. Solo saben dar cabezazos a los que están sufriendo la dura pena de pecar contra el autor de la gracia incondicional.

    La gracia soberana es nuestra esperanza.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • PERSEVERANCIA Y FE (PRESERVACIÓN)

    La fe perdura hasta el final, no por causa de nuestras fuerzas sino en razón de nuestra perseverancia. En Efesios 1:3-4 nos encontramos con la razón de la perseverancia como bendición, lo mismo ocurre en Filipenses 1:6 y en Romanos 8:29-30, al igual que en muchos otros textos. Es Jesús mismo quien nos mantiene (Hebreos 7:25). En tal sentido, muchos usan el término preservación, para ilustrar mejor la protección del Padre y del Hijo, así como del Espíritu. El Padre nos tiene en sus manos, el Hijo también nos tiene en sus manos y el Espíritu nos habita como garantía de nuestra redención final. Eso es preservación, por lo tanto perseveramos hasta el final.

    La expiación de Cristo muestra su eficacia en el momento de la conversión, pero continúa por el resto de la vida cristiana ejerciendo su poder. Pablo advierte contra el error de suponer que empezamos por la gracia y podemos terminar por la ley, bajo su maldición. Gálatas 3:3 dice: ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne? El mismo Señor nos dijo que nadie podría arrebatarnos de sus manos: y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. (Juan 10:28-29).

    Jesús también dijo: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37). No dice Cristo que uno puede irse de su lado, ya que él nos mantiene en sus manos; nosotros fuimos creados, así que ninguna cosa creada nos podrá arrebatar de allí. . Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8:38-39). Fijémonos en que Pablo habla de ángeles (que tienen más poder que los seres humanos), de los principados, del presente y del futuro, y los menciona como cosas creadas; pensemos que nosotros los seres humanos estamos en ese paquete de asuntos o cosas creadas, si bien el griego menciona criaturas (κτίσις-Ktisis). El ser humano es una criatura (algo creado), de manera que nosotros mismos, si fuéremos tan torpes y nos quisiéramos salir de las manos del Padre y del Hijo, si quisiéramos expulsar al Espíritu Santo que nos fue dado como garantía (arras) de la redención final, jamás podríamos alcanzar éxito contra el Todopoderoso. Esto es seguridad absoluta.

    Si la voluntad del que envió a Jesucristo a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:22) es que no pierda a ninguno de los que le dio, sino que los resucite en el día postrero (Juan 6:39), deben ser de otro evangelio los que se ufanan en los templos para amedrentar a la gente diciéndoles que si usted se quiere salir de las manos de Cristo lo puede hacer y eso sería culpa de usted y no del Señor. Pero los textos de la Escritura muestran que no podría nadie escapar de la voluntad del Señor, menos cuando estamos de buena voluntad desde el día del poder de Dios (Salmos 110:3). Nos ha sido dado un corazón de carne y se nos ha quitado el corazón de piedra, se nos ha dado un espíritu nuevo que ama el andar en los estatutos del Señor. Esa es la razón por la cual cuando el creyente peca se siente mal y debe confesar su pecado, además de que el Espíritu Santo se contrista en nosotros (Efesios 4:30-32); por lo tanto, si persistimos en el pecado seremos castigados con azotes por el buen Padre que nos tiene por hijos.

    La doctrina de la perseverancia es una de las bendiciones celestiales en Cristo. Si fuimos justificados y adoptados como hijos, sabemos que la gracia es perpetua. El hijo pródigo ilustra con creces la tesis de la perseverancia, pese a sus caídas continuas, a su fatuidad como producto de su carne, él supo siempre que el Padre era el Padre y que podía volver a casa aunque fuera como un jornalero más. A su llegada, el Padre lo abrazó y lo cubrió con buenas y nobles vestiduras, le dio el anillo y mató el becerro más gordo porque Él también era un Padre expectante, alguien que en las mañanas se levantaba a mirar desde lejos por si su hijo vendría.

    Cristo no solo empezó su obra en nosotros sino que la terminará hasta el final, como autor y consumidor de la fe. El que niega la perseverancia de los santos niega la esencia del evangelio, que es la gracia de Dios para con su pueblo escogido. Fiel es el que os llama, el cual también nos guardará irreprensibles para la venida de nuestro Señor Jesucristo (1 Tesalonicenses 5:23-24). Dios no miente y prometió desde antes del principio de los siglos acerca de la fe de los escogidos de Dios y el conocimiento de la verdad según la piedad (Tito 1:1-2). El que cree el evangelio cree igualmente en la capacidad todopoderosa que tiene el Creador para hacer lo que le plazca. Pero si él se determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar? Su alma deseó, e hizo (Job 23:13). Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3). Todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo, y aun al impío para el día malo (Proverbios 16:4). Jehová forma la luz y crea las tinieblas, hace la paz y crea la adversidad, no hay más Dios que Jehová (Isaías 45:6-7).

    ¿Cuál ha sido el evento más importante en la historia de la humanidad, en especial en lo que compete a los escogidos de Dios? Fue el Calvario de Jesucristo, pero recordemos que los actos que acompañaron ese evento estuvieron atascados de pecado. Sí, el Sanedrín condenatorio, Pilatos con su hipocresía de lavarse las manos, la multitud que gritaba -auspiciada por los principales judíos- diciendo: crucifícalo. Los soldados romanos azotaban las espaldas de Jesús, por orden de Pilatos, colocándole después una corona de espinas en su frente y alrededor de su cabeza; al colgarlo en el madero le clavaron sus manos y sus pies. Esas actividades fueron malignas en grado sumo, en especial si tomamos en cuenta que Jesús era inocente de lo que se le acusaba; le escupieron, le vituperaron, dijeron sarcasmos en su contra.

    Lo que aconteció en el Gólgota fue profetizado por muchos hombres de Dios, pero estuvo planificado por el Padre. Sí, el Padre Eterno planificó el crimen más horrible de la humanidad, la crucifixión de su Hijo. Así que Dios planifica todo, hace como quiere y en el caso de su Hijo lo dio como Cordero sin mancha para hacer justicia en favor de todo su pueblo. Cristo llevó el pecado de aquellos que representó en la cruz (Mateo 1:21; Juan 17:9 y 20); puso su vida por las ovejas (Juan 10: 11), murió por aquellos cuyos nombres estaban escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8).

    Dado que la salvación nos ha liberado de la ley y su maldición, sabemos que necesitábamos tal rescate. Estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1-3), entretanto éramos esclavos del pecado (Romanos 6: 17-20). Éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás. La razón de la caída humana viene de Adán y su desobediencia, la razón de la liberación de la pena proviene del Segundo Adán que es Cristo. En el primer Adán todos mueren, pero en el Segundo Adán todos los que estamos en él vivimos. Bajo el primer Adán nadie puede agradar a Dios, sino que todo el mundo está bajo maldición, incluso las supuestas buenas obras son contadas como malas (Proverbios). Si nuestra justicia no es semejante a la del Altísimo no queda sino condenación eterna. En Cristo fuimos justificados porque Cristo es la justicia de Dios, por cuya razón Jesucristo llegó a ser el único Mediador entre Dios y los hombres. Al haber creído hemos conocido la justicia de Dios revelada en el Evangelio (la verdad de la Persona y la Obra de Jesucristo).

    La salvación no depende de obra humana alguna, no está condicionada por actos que hagamos. Simplemente depende de la expiación hecha por Jesucristo al derramar su sangre por su pueblo y al pagar por nuestros pecados. Creer otro evangelio resulta anatema, como sería si se colocase al lado de la gracia las obras humanas para participar de la redención. Creer en un falso evangelio implica que se anda perdido.

    En resumen, Dios hace que permanezcamos en un estado de justificación permanente; en consecuencia, hace igualmente que permanezcamos sometidos a Su justicia. Esto no ocurre si se cree en un falso evangelio; asimismo, cuando la oveja ha sido llamada por el Buen Pastor lo sigue siempre y jamás se va tras el extraño (la falsa doctrina, cualquiera que sea), como lo afirma Jesús en Juan 10:1-5.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • FRUTO DEL ÁRBOL BUENO

    Dios no deja nada al azar, ya que correría el riesgo de tener que enmendar a cada rato lo que habría planificado. Si Dios predestinó algo, eso debe ocurrir en el tiempo indicado; dejarlo al azar implicaría que pudiera o no pudiera cumplirse. En tal sentido, lo que acontece en el universo en el cual vivimos ha sido ordenado con anticipación por la Divinidad. Al mismo tiempo, dadas ciertas declaraciones bíblicas, podemos inferir que eso que acontece fue ordenado desde siempre. Recordemos el texto de Pedro cuando nos refirió que el Cordero de Dios estuvo destinado desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).

    Si Cristo murió por toda la humanidad, toda la humanidad ha de ser salvada. Pero si no toda la humanidad es salvada quiere decir que Cristo no la incluyó completamente. De hecho él oraba al Padre la noche previa a su crucifixión y le dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9) sino solamente por los que le había dado, y le daría después por la palabra de los primeros creyentes (Juan 17:20). Ese grupo de personas que quedó fuera de la oración de Jesús nunca estuvo incluido en el grupo de los que vendría a salvar (Mateo 1:21).

    La Biblia dice que creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Ni uno más ni uno menos, simplemente los que fueron ordenados o predestinados. Ahora bien, ¿cómo sabe Dios? Esa interrogante pertenece a uno de los Salmos, dándonos a entender que el impío se pregunta si Dios sabe todas las cosas (Salmos 73:11). Dios no necesita llegar a saber algo porque es Omnisciente, de manera que no tiene que mirar en el corredor del tiempo, no busca pistas en los corazones humanos. De igual forma, el Creador de todo cuanto existe expresó en su revelación que al mirar hacia la tierra vio que el hombre estaba muerto en sus delitos y pecados, que todos se habían desviado, que no había uno solo que lo buscara ni que fuera justo. En suma, la humanidad entera murió conforme a la advertencia dada a Adán en el Edén.

    Esa muerte espiritual imposibilita el desear las cosas del Espíritu de Dios. Urge un nuevo nacimiento, una nueva naturaleza, pero eso no ocurre por voluntad de varón sino de Dios. Es una gran mentira decir que Dios despierta a todas las almas para que decidan, porque en realidad lo que se necesita no es despertar sino resucitar. El pecado ha cauterizado la conciencia del pecador y no puede valorar las circunstancias que le rodean, así que jamás seguirá por cuenta propia a Jesucristo.

    En el libro de Ezequiel se ha dicho que Dios pondría un corazón nuevo y de carne para sustituir el corazón duro y de piedra (reseñado por Jeremías), y añadiría un espíritu nuevo para amar sus estatutos. Eso no es azar, sino intervención divina en directo. Mientras estábamos en la carne, dice Pablo, las pasiones del pecado obraban fruto para muerte (Romanos 7:5). Ahora hemos sido liberados de esa ley que nos acusaba, gracias a la ley de la fe de Cristo.

    Creer el Evangelio presupone asumir la doctrina de Cristo. El conocimiento del Hijo de Dios se puede dar en dos grandes renglones: 1) respecto a su Persona; 2) respecto a su obra. En cuanto al primero mucho se ha debatido en la historia y en concilios, para revisar si Jesucristo era Dios o era solo hombre. El ataque a su persona fue feroz y todavía continúa cuando miramos la existencia de muchas sectas que sostienen ideas heréticas respecto a la deidad del Señor, incluso se preguntan si existe o no un Dios Trino. ¿Vino en carne o solo en apariencia de hombre? -como se interrogan los gnósticos.

    El ataque a su obra es más sofisticado, ya que pretende pasar como si existieren puntos de vista que no inciden para nada en la salvación del alma. El hecho de que se crea en Cristo (como Persona), con todas sus cualidades divinas, hace pasar desapercibido el ataque a su obra. Para esto muchos se afianzan en ciertos textos fuera de contexto, como por ejemplo el que dice que el que cree en él tiene vida eterna. ¿Qué es creer en él? ¿Acaso es creer en lo que la Biblia dice de su Persona, nada más? ¿No habla la Escritura de la obra de esa Persona? ¿No es la obra tan importante como la Persona misma?

    La doctrina de Jesucristo enseñada por él mismo, así como por los apóstoles, junto con lo dicho en el Antiguo Testamento, ilustraba la importancia de lo que venía a hacer. Él vino a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Acá empezamos con la torcedura doctrinal, ya que muchos alegan que su trabajo se extiende a toda la humanidad, sin excepción. Es decir, que vino a morir por Judas Iscariote, por el Faraón de Egipto, por Caín, por todos los réprobos en cuanto a fe cuya condenación no se tarda, por los sellados con el 666, por los apóstatas y un gran etcétera.

    De ser esto cierto, su sangre ha mostrado nulidad e impotencia, ya que los condenados al infierno demuestran que su trabajo fue inútil. Ah, para este argumento presentan su contraparte: es que los que se condenan lo hacen porque rechazaron la libre oferta del evangelio. Sin embargo, la Biblia no lo presenta de esa manera, sino que sugiere que creen los que están ordenados para vida eterna. Pablo ha dicho varias veces que la salvación es de gracia y por medio de la fe, para que ninguno se gloríe ni se jacte en la presencia de Dios. Ha declarado igualmente que Dios decidió amar a Jacob pero odiar a Esaú aún antes de que fueran concebidos, sin miramiento a sus obras (ni buenas ni malas).

    Esto lo hizo Dios para mostrar su ira y hacer notorio su poder, cuando preparó los vasos de ira para destrucción. Asimismo, quiso Dios hacer notorias las riquezas de su gloria, mostrándolas para con los vasos de misericordia que Él preparó de antemano para gloria, a los cuales llama por medio del Evangelio, sean judíos o gentiles. Solamente el remanente de escogidos será salvo (Romanos 9:27). La obra de Cristo fue la expiación de todos los pecados de todo su pueblo, en tanto como Buen Pastor puso su vida por las ovejas (no por los cabritos).

    Pablo fue un ejemplo de lo que decimos, además nos instruyó respecto a su vida misma. El dijo que sabía que la ley de Dios es espiritual pero que él era carnal, vendido al pecado. Por esa razón hacía lo que no quería hacer y lo que aborrecía, así como dejaba de hacer lo bueno que deseaba hacer (Romanos 7: 14-15). Pero entendió que pese a que en su naturaleza todavía obraba esa raíz del pecado, su fruto no era para muerte sino para vida eterna. Por esa razón agradeció a Dios por Jesucristo, el que lo libraría finalmente del cuerpo de muerte del pecado.

    ¿Cuál es la razón por la cual Pablo daba fruto de vida y no de muerte? No era por su conciencia del bien sino por el fundamento que tenía. Esa simiente era Cristo, era la palabra enseñada por el Señor, el cúmulo de su doctrina. Ninguno ponga otro fundamento que Jesucristo (1 Corintios 3:11), la única base sólida y verdadera sobre la cual construir la fe y la vida espiritual. Pero Jesucristo no es solamente una Persona sino también una obra. Los demonios creen en la Persona de Cristo y tiemblan por ello, pero también temen porque la obra de Jesús no se hizo a favor de ellos. Acá vemos la importancia de comprender bien el tamaño y alcance de la obra de Cristo (la redención de su pueblo).

    Veamos esta doctrina de Jesús: El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:45). En el verso 43 Jesús refiere la naturaleza de dos árboles, el bueno y el malo, los cuales dan o frutos buenos o frutos malos. Pero no puede el árbol malo dar buen fruto, ni el árbol bueno dará jamás un fruto malo. ¿Qué es todo esto? La clave de esa enseñanza se encuentra en lo que habla la boca respecto a lo que el corazón tiene. El corazón descrito por Jeremías es perverso, de piedra, engañoso más que todas las cosas. Ese corazón, como el mal árbol, dará fruto malo. Pero el corazón descrito por Ezequiel es de carne, sensible, con un nuevo espíritu de parte de Dios, el cual dará buen fruto.

    El corazón que contiene la doctrina de Jesucristo confesará con la boca el verdadero Evangelio, pero el corazón que no contiene la enseñanza del Señor dará un mal fruto al confesar un evangelio anatema. Acá entran los que desvían las enseñanzas de la Escritura para dar luz a una teología errada, incongruente y jamás predicada ni por Jesucristo ni por sus apóstoles. La oveja redimida jamás se irá tras el extraño (el falso predicador o profeta, el herético), porque desconoce esa voz del extraño (Juan 10:1-5). Pablo pecaba (como se evidenció de lo que dijo en Romanos 7 ya señalado antes), se sentía miserable por sus pecados, pero siempre confesaba con su boca lo que tenía en su corazón: el evangelio de Cristo. Hablaba de la predestinación, de la elección, de la gracia sin mediación de las obras humanas, del fundamento del creyente. Pablo tenía el corazón de carne anunciado por Ezequiel, de manera que pudo confesar el verdadero Evangelio y denunciar al evangelio anatema. David creía en el Señor, tenía un corazón de carne y un espíritu recto que lo llevó a confesar con su boca su amor por las enseñanzas del Todopoderoso. David pecó feamente, se arrepintió, fue castigado por Dios, pero no fue condenado porque había nacido de nuevo (de acuerdo a lo descrito por Ezequiel respecto al corazón de carne).

    ¿Qué será de aquellos que no pecan como lo hizo David, pero tuercen la doctrina de Cristo? Esos son malos árboles que dan malos frutos. Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LOS QUE ANDAN CONFORME A LA CARNE (ROMANOS 8:1)

    Este andar se refiere a los que andan conforme a su naturaleza de personas caídas, no regeneradas, teniendo por modelo a su padre Adán. En la descripción hecha en el capítulo 1 de Romanos, Pablo señala que la ira de Dios se manifiesta desde el cielo mismo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, los que detienen con injusticia la verdad (Romanos 1:18). Esa ira divina se valora en la ley divina, así como en la luz natural del espíritu humano mediante la conciencia. Ya la destrucción del mundo antiguo (el diluvio) habló del castigo celestial contra los pecadores y las leyendas de muchos pueblos antiguos así lo relatan.

    Al no tener en cuenta a Dios, la humanidad comenzó a venerar a los ídolos, detrás de los cuales están los demonios. El ser humano se envileció y comenzó a divagar en su necio proceder, rindiéndole tributo a la criatura antes que al Creador. Como consecuencia, Dios también deshonró a esa humanidad dándola a pasiones vergonzosas (Romanos 1:24-28). Y es que la mente natural o carnal, la que vive en la carne o naturaleza humana, viene a ser hostil contra Dios; la sabiduría humana está en abierta enemistad contra Dios. Por esa razón la Escritura señala que pretendiendo ser sabios se hicieron necios.

    La mente natural se forma nociones desviadas de lo que es Dios, no acepta la revelación divina, y si llega a regodearse con ella la transforma con sus privadas interpretaciones (herejías). Hay predicadores y pastores que llaman a sus feligreses para que se callen en cuanto a la predicación de la soberanía absoluta de Dios; ellos dicen que se puede creer en esa doctrina pero hay que mantenerla en silencio, para no molestar a los que no la creen. De esta manera se abusa de la gracia y la misericordia, envileciendo la doctrina del Señor.

    En Juan 6 vemos claramente cómo Jesús enseñaba la soberanía absoluta del Padre, pero la multitud que lo seguía por mar y tierra, la misma que también había sido favorecida con el milagro de los panes y los peces, se dio a murmuraciones por las palabras escuchadas. Jesús sabía desde el principio quiénes creían y quiénes no, por lo que se volteó hacia ellos increpándoles sobre su ofensa. Les reiteró una vez más con estas palabras: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). Ese conector consecutivo (por eso) presupone que se hace un resumen de lo dicho anteriormente, dando a entender que la actitud de ellos era una consecuencia (por eso) por causa de la doctrina que Jesús predicaba.

    La mente natural que poseían aquellos discípulos reseñados en Juan 6 era igual a la mente natural que no se sujeta a la ley de Dios. La Biblia ha sido enfática en decir que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios. Agrega que por causa del pecado no existe quien pueda entender las cosas del Espíritu de Dios, más bien todos se fueron tras sus propios caminos. Así que por la desobediencia de un hombre los demás fueron hechos pecadores (Romanos 5:19). La condición humana es la de la esclavitud al pecado (Romanos 6:17-20), dando solamente un fruto para muerte (Romanos 6:21).

    Esta realidad toca al ser, no solo a la conducta. En síntesis, como resumen de la naturaleza humana podemos afirmar que existen características negativas muy fuertes: esclavitud y muerte en el pecado, ceguera espiritual, hostilidad contra Dios, incapacidad moral para buscar y compartir con Dios. El camino final después de esta vida es el infierno de eterna condenación. Urge la presencia del Espíritu Santo para resucitar almas zombies que caminan hacia el lago de fuego, pero para eso solo Dios es necesario. Si Dios no ordena la vida, ¿de dónde podrá venir? El nuevo nacimiento lo da el Espíritu, para que nadie se jacte en la presencia de Dios como si hubiera podido nacer por cuenta propia. De esta forma: la salvación pertenece a Jehová, somos salvos por Cristo exclusivamente, por la regeneración del Espíritu. Todo el paquete de la salvación proviene como un regalo de Dios (Efesios 2:8).

    Pablo afirma que somos deudores ante Dios, pero nunca ante la carne. De esa manera los creyentes no pueden vivir conforme a la carne; advierte el apóstol que si vivimos conforme a la carne moriremos, pero si por el Espíritu hacemos morir las obras de la carne, viviremos. Parece ser que tenemos una responsabilidad muy grande por haber creído: no podemos vivir según la carne. El creyente no puede practicar el pecado pues cuando peca el Espíritu se contrista dentro de él. Es decir, ese Espíritu que nos fue dado como arras de nuestra redención final sufre contristamiento en nosotros por causa de la desobediencia a la ley de Dios.

    Al mismo tiempo, Pablo nos alienta a realizar una tarea conjunta con el Espíritu de Dios, para no dejarnos de brazos cruzados como si la pereza espiritual nos gobernara. Hemos de matar las obras de la carne en nosotros. Esta tarea tiene que lograrse por medio de muchos trabajos individuales, cada quien sabe por lo que debe orar, conoce lo que debe realizar. De esta forma el sendero al reino de los cielos se transita con mucha conciencia de lo que nos ha sucedido, del milagro de la redención donde nada podíamos hacer en nuestra vida de muerte. Ahora que estamos vivos, no se nos dice que no hagamos nada sino que, al contrario, nos pongamos a hacer morir eso terrenal que todavía hay en nosotros.

    El Capítulo 7 de Romanos nos presenta la crisis advertida por Pablo, cuando reconoce que existe una ley en sus miembros que lo llevaba a la cautividad del pecado (Romanos 7:23). Pablo agradece a Dios por Jesucristo quien lo librará finalmente de ese cuerpo de muerte. Sepamos que somos deudores ante Dios, para que procuremos hacer morir esas obras de la carne para que podamos tener vida. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. (Romanos 7:17-18).

    La contaminación por el pecado es asunto serio en la naturaleza humana, aún creyendo y viviendo con el Espíritu de Dios sigue ese mal olor de la transgresión. Eso nos lo narra Pablo, para que sintamos que debemos luchar hasta el final sin rendirnos, con la garantía de la redención final pero con la marca de esa ley que está en nuestros miembros, hasta el día en que Jesucristo nos libre por completo del cuerpo mortal del pecado. Pablo se sintió miserable por no hacer lo bueno que deseaba hacer y por hacer lo malo que no quería hacer. Él tenía al Espíritu Santo que lo guiaba y todavía sentía eso que nos describió. Algunos piensan que el apóstol hablaba como Saulo pero se equivocan, ya que Saulo jamás tuvo remordimiento por el mal que hacía persiguiendo a la iglesia. Ese Saulo que fue el apóstol era un hombre ciego, con incapacidad moral para agradar a Dios, para seguirlo y vivía según la carne. Tuvo que ser derribado de su caballo (el orgullo humano) por Jesucristo para que naciera de nuevo y se transformara en Pablo el apóstol. Resultaba más que evidente que Saulo no tenía capacidad para dar el primer paso para la salvación, así que Dios se le manifestó con su gracia y lo hizo nacer de nuevo. Escribimos estas cosas del Evangelio para que nos demos cuenta del tamaño de la ofensa nacida en el Edén, sus consecuencias eternas y nefastas para el alma humana. La fe viene por el oír la palabra de Dios.

    César Paredes

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  • LA JUSTIFICACIÓN DEL CREYENTE

    Fuimos reconciliados en el cuerpo de la carne de Cristo, a través de la muerte, para ser presentados santos y sin mancha e irreprensibles ante Él; si en verdad permanecemos fundados y firmes en la fe, y sin movernos de la esperanza del evangelio que hemos creído, del cual Pablo fue hecho ministro (Colosenses 1:21-23). Permanecer fundados y firmes en la fe tiene su garantía en si esa fe nos fue dada por el Señor (fe como don de Dios, de acuerdo a Efesios 2: 8). La fe que nosotros construimos con pensamiento positivo, con visualizaciones y en base al subconsciente no es la misma fe de Cristo para creer.

    Hay gente que le pone fe a las cosas, pero eso no tiene relación con la fe de Cristo. En Hechos 13:48 leemos que creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna, no se habla de gente que quiso creer por cuenta propia, o que combinó la gracia con obras ni que asumió parte de la verdad del evangelio. Esos que creyeron fueron predestinados por Dios para recibir la salvación, al escuchar el mensaje del evangelio. El que tengamos parte en la historia no implica que saquemos al Dios sobrenatural del guión de salvación.

    Una cosa es la predicación de la palabra incorruptible (Juan 17:20), y otra cosa es que solamente los ordenados para vida eterna creerán ese evangelio. El esfuerzo de muchos predicadores religiosos, atormentados en sus almas, por llamar al arrepentimiento, no ha salvado una sola alma. Es cierto que aunque las piedras hablen ellas no son salvas, es decir, muchos al leer las Escrituras abren la perspectiva del evangelio para aquellos que están ordenados para ser salvos. Ese hecho no garantiza que el pregonador de la palabra tenga que ser creyente de verdad.

    Hagan lo que ellos dicen, no lo que ellos hacen, dijo Jesús en torno a una realidad parecida referida a la vida y palabra de los fariseos. Hoy podríamos añadir que debemos tener mucho cuidado no solo de lo que hacen sino de lo que los predicadores dicen. Muchos falsos profetas y falsos Cristos aparecen por los medios de comunicación masiva, cada cual da su historia para atraer seguidores. Por eso la Escritura ha dicho que muchos se amontonarán par buscar maestros que les digan lo que sus oídos se mueren por oír (2 Timoteo 4:3). Esta gente da la espalda a la verdad y se vuelcan a toda clase de cuentos religiosos, místicos y de sus congregaciones.

    Existe una enemistad natural entre Dios y el hombre caído, ya que también de nosotros como creyentes regenerados se ha dicho que anteriormente estuvimos como extraños y enemigos en nuestra mente, haciendo malas obras (Colosenses 1:21). Asimismo se ha afirmado que nosotros éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás. Pese a ello, ahora somos justificados por la fe de Jesucristo, por medio de su sangre, como pueblo santo y sin mancha. ¿Cómo es eso posible, si todavía seguimos pecando?

    Pablo llegó a decir que debíamos ser imitadores de él, así como él lo fue de Cristo; ese apóstol que se erigió como modelo de discípulo también escribió en Romanos 7 que se sentía miserable por hacer el mal que no quería y por no hacer el bien que anhelaba. Descubrió una ley en sus miembros, que se rebelaba contra la ley de su mente, la cual lo llevaba cautivo a la ley del pecado en sus miembros. Sin embargo, el apóstol no se quedó en ese sufrimiento sino que dio gracias a Dios por Jesucristo, quien lo libraría de ese cuerpo de muerte y siguió sirviendo a Jesucristo con su mente.

    El Salmo 32:2 dice algo pertinente para los creyentes regenerados: Bendito el hombre a quien Jehová no imputa de pecado, en cuyo espíritu no hay engaño. Veamos bien la relación de la gracia con las obras, para que entendamos la verdad completamente. Al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; pero al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia (Romanos 4:4-5). No es la única vez que el apóstol deja por fuera a las obras, no vaya a ser que alguien se gloríe, sino que en muchos otros momentos se ha referido a lo mismo.

    Claro está, aún nuestras buenas obras han sido preparadas de antemano para andar en ellas (Efesios 2:10). Las obras vienen como consecuencia de la redención, pero en el impío lo que hace le es contado como iniquidad. La salvación o la justificación ante Dios no se obtiene por méritos propios, sino por la gracia divina a través de la fe en Jesucristo. ¿Qué hemos de creer de Jesucristo? No solamente lo que se nos ha revelado de su Persona sino también lo que aparece en las Escritura sobre su obra. Jesús vino a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21).

    En vista de la legalidad de Dios, cuando Adán pecó traspasó su culpa a toda su heredad. Nosotros cargamos con las consecuencias de ese primer pecado, por lo cual seguimos sumando culpa por el incremento de nuestras desviaciones. El pecado es una violación de la ley de Dios, así que nuestra restauración vendrá por la vía legal igualmente. En este momento entra la doctrina de la justificación, la apelación a la justicia perfecta de Jesucristo, la cual ha sido imputada a todos los miembros de su pueblo, por el cual murió.

    Recordemos que la noche precia a su crucifixión el Señor oraba con gran pasión; dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9) sino por los que el Padre le había dado. Añadió, de acuerdo al versículo 20 que rogaba igualmente por los que habían de creer en él por la palabra de esos primeros discípulos. Esos discípulos transmitieron la palabra incorruptible, de la cual Pedro también refirió. No es la palabra corrompida del falso evangelio la que hace creer, sino la palabra incorruptible: siendo renacidos, no de simiente incorruptible sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre (1 Pedro 1:23). Esa palabra de Dios también es incorruptible, como la semilla que nos hizo renacer.

    Jesucristo sufrió la justa ira de Dios, ya que todos los pecados de su pueblo le fueron imputados. El Justo pagó por los injustos, pero no por todos los injustos del mundo sino por los que el Padre le dio. Por eso creyeron los que estaban ordenados para vida eterna, por esa razón Judas Iscariote no fue regenerado porque era un hijo de perdición. De nada le valió la religión, ni la cercanía a las palabras de Jesús, ni el hacer milagros, ni el participar en la cena, ya que era del maligno, lo mismo que Caín o el Faraón o Esaú.

    Como dijo Isaías, por su conocimiento justificará mi Siervo Justo a muchos (Isaías 53:11). Una vez que la justicia de Jesucristo nos ha sido imputada en nuestra cuenta, nuestros pecados no atraerán de nuevo la ira de Dios. Solamente que Dios al que ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. Por esa razón no debemos vivir aún en el pecado, sino que debemos soportar con paciencia la disciplina del Señor. La justificación no es un cambio interno en nuestra alma, como si ahora dejásemos de pecar (recordemos Romanos 7 y a Pablo considerándose miserable). Lo que ha ocurrido ha sido una sentencia legal a nuestro favor, en virtud de la imputación que Dios nos ha otorgado respecto a la justicia de Cristo. Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios. Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia (Romanos 4:5).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL CORAZÓN DEL HOMBRE (JEREMÍAS 17:9-10)

    Engañoso más que todas las cosas, y perverso. Esa es la declaratoria bíblica, lo que ha dicho el Juez de toda la tierra. En otro momento ha declarado que no hay justo ni aún uno, que no hay quien entienda ni quien busque a Dios (al verdadero). Todos se han descarriado y cada uno por su lugar, de manera que la humanidad entera murió en Adán y en sus propios delitos y pecados. Ese corazón descrito por el profeta Jeremías se refiere al del hombre natural, el que está todavía irredento.

    En tal sentido, otro profeta, Ezequiel, ha anunciado de parte de Jehová que en un momento determinado Él quitaría ese corazón endurecido y de piedra para colocar uno de carne. En adición, nos daría un espíritu recto y nuevo que nos induzca a amar los estatutos del Omnipotente Dios. Este corazón es el de la persona que ha sido regenerada por el Espíritu de Dios. No puede un hombre muerto en delitos y pecados auto regenerarse, por mucho que los anunciadores del momento nos hablen sus palabrerías sobre el hombre interior.

    Resulta prudente recordar que el corazón del hombre caído no solo resiste a Dios sino que está muerto, insensible como una dura piedra. Los predicadores y anunciadores del evangelio intentamos razonar con esos corazones, presentando argumentos persuasivos como si fuésemos ángeles elocuentes, pero no podemos removerlos. La Biblia ha dicho que el hombre natural no percibe ni recibe las cosas del Espíritu, ya que las tiene como locura. Pablo afirmaba que los griegos pedían sabiduría (reconociendo la inteligencia de sus grandes pensadores), en tanto los judíos demandaban señales especiales, como las que les dio Moisés en el Mar Rojo, o las de Josué al pasar el Jordán; estos recordaban las hazañas milagrosas del profeta Elías y de Eliseo. Sin embargo, Pablo les dijo a ambos grupos (gentiles y judíos) que lo que él anunciaba era a Cristo crucificado, para los gentiles una vergüenza y para los judíos un tropezadero.

    Pero ¿qué puede despertar a un corazón dormido y embrutecido para las cosas celestiales? Ni la compasión que mostremos ni la lógica que desarrollemos con nuestros argumentos, ni siquiera la exposición del terror que supone el infierno de eterna condenación. Por supuesto que eso hacemos, amar al prójimo y señalarle el camino que es Cristo, pero si Dios con su Omnipotente gracia (irresistible) no actúa de acuerdo a su predestinación, nadie podría ser salvado.

    Existe una exposición de la palabra de Dios, del mandato general, pero a esto el hombre natural puede resistirse. No se trata de que se pueda vencer al gran Dios cerrando la puerta de su gracia, sino de ese Dios endureciendo a quien quiere endurecer y por el tiempo (poco o mucho, parcial o eterno) que Él haya decidido. La respuesta a este planteamiento bíblico (Romanos 9) no se hace esperar, contra el razonamiento epicúreo. Se dice que Dios puede ser Omnipotente pero no Benevolente, porque permite u ordena el mal. Si quiere quitar el mal, entonces no puede; si puede y no lo hace es porque no lo quiere, por lo cual Dios sería malvado.

    Pablo expone en el Capítulo 9 de Romanos su argumento contra los epicúreos, aunque no los menciona como tales. Él dice que Dios es el que tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien desea endurecer. Que Dios no es injusto, pese a que lo afirmaban los seguidores de Epicuro desde más de dos siglos antes. Pablo argumentó en sus palabras que no existe tal contradicción entre la omnipotencia y la bondad de Dios por causa de la existencia del mal. Simplemente, el Dios de la Biblia es absolutamente soberano y hace como quiere, incluso ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4).

    Los predicadores comúnmente hacen recaer la carga de la condenación a la dureza del corazón humano, y ciertamente tienen parte de la razón; esa sería la causalidad histórica en un mundo embebido en las tinieblas y controlado por su príncipe. Pero decir que el ser humano es quien decide en base a su inclinación tiene sentido si tomamos en cuenta estos dos corazones antes mencionados. El que tenga el corazón de piedra hará conforme a su inclinación mortal, pero el que tiene el corazón de carne buscará el buen fruto del Espíritu.

    Sabemos que Dios es quien da uno u otro corazón; conocemos que en principio toda la humanidad ha tenido un corazón de piedra, pero los que poseemos el corazón de carne se lo debemos a la regeneración que ha hecho el Espíritu Santo. ¿Por qué razón no todos tienen el corazón de carne? En esta respuesta yerran muchos, incluso versados teólogos, por cuanto hacen recaer en la capacidad humana el asunto de la elección. No podemos atribuir ni un ápice de nuestra redención a una intención previa en nosotros, porque Dios no ha visto nada bueno en ninguna de sus criaturas humanas.

    La diferencia entre cielo e infierno no recae en nosotros, pues tendríamos de qué gloriarnos. Dios no comparte su gloria con nadie. El propósito de la elección permanece, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11). Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:8-9).

    Frente a semejante Dios la criatura debe caer arrodillada y espantada, reconociendo su pequeñez (como nada y menos que nada) frente a la inmensa omnipotencia divina. Lo que acá decimos no es una especulación sino el núcleo del evangelio. Nuestra suficiencia viene de Dios, del poder de su Espíritu, de la potencia de su palabra y lo que hace en nosotros.

    El corazón endurecido implica que el pecador no siente siquiera el peso de su pecado. Teme el castigo de la ley frente a sus fechorías, pero no al castigo eterno por parte del Creador. En tal sentido la gente que continúa muerta en delitos y pecados subestima la declaración bíblica, argumenta que un Dios bueno no puede crear semejante castigo eterno. En síntesis, divaga todavía en el argumento de Epicuro.

    El Espíritu de Dios, como lo describe Ezequiel, da aliento a los huesos secos para que la vida entre en ellos. Aquella palabra de la Escritura que un día se oyó sin sentido para el incrédulo, de repente despedaza el corazón y los tuétanos del cuerpo. El alma traspasada por la palabra puede llegar a ser redimida, siempre y cuando la voluntad de Dios lo decrete. No es con fuerza humana ni bajo los poderes de los predicadores, sino con y por el Espíritu de Dios. En ese cambio, que denominamos nuevo nacimiento y conversión, lo que antes odiábamos deviene en lo más amado, en lo que nos deleita.

    Esta es la alegría del creyente, nuestro confort. Por la gracia de Dios nuestro corazón ha sido cambiado, sin importar si era demasiado duro y si estaba muerto; ahora tenemos uno sensible, de carne, junto a un espíritu nuevo que nos inclina a preferir, amar y gozar de las cosas de Dios. Así de simple es el evangelio, el que depende de la voluntad del Creador.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • BENEFICIOS DE LA REDENCIÓN

    Se habla de un orden de la salvación, lo que se conoce desde la Reforma como el ORDO SALUTIS. Esta es una forma de enumerar y describir todo lo que recibimos cuando somos unidos a Cristo en la salvación. Con el término orden urge tener en cuenta que se trata más bien de uno lógico antes que cronológico. Eso es como el sol que irradia luz, calor y se considera un centro de fuego; nosotros percibimos la luz como algo que va primero, después sentimos su calor y finalmente suponemos que es una masa incandescente. Lo que sintamos como primero lo vemos como un orden cronológico, pero en realidad el sol y sus efectos no necesariamente se dan separadamente en ese orden del tiempo, sino que lógicamente imaginamos que una cosa viene después de la otra.

    Así sucede con la Trinidad, imaginamos que cronológicamente el Padre viene primero, después el Hijo y finalmente el Espíritu enviado por el Padre y el Hijo. Pero sabemos que también el Padre y el Espíritu enviaron al Hijo (Isaías 48:16). Así que aunque lógicamente uno venga después del otro en realidad esa cronología no se da como lo imaginamos. En la Escritura, bajo el carácter de Dios y la naturaleza de la gracia, se nos revelan los pasos de la salvación. Sabemos que a Dios no le afecta el tiempo, sino que en Él todo está presente en un sí y un amén.

    La legalidad de los pueblos establece una lógica en sus concepciones. Ante un juez uno va redimido, para decirle que uno ya se apartó de las maldades o que uno no las ha cometido. En cambio, ante el Todopoderoso nadie puede mantenerse de pie y como dice la Biblia nadie puede pagar por el pecado de otro, tampoco por los suyos propios. Ante el Juez de toda la tierra acudimos para decirle que hemos pecado en demasía, que nos perdone y nos salve de esas maldades y de sus efectos. Como dijo Jesucristo: los que están sanos no necesitan de médico, sino solamente los enfermos (Marcos 2:17).

    En la teología del ORDO SALUTIS la fe parece preceder al arrepentimiento. Por medio de la fe recibimos el regalo de la justificación, somos salvos por medio de la fe en Jesucristo. Al acudir a Cristo deseamos ser liberados del pecado, y a esto se le llama arrepentimiento. Se trata del reconocimiento de nuestra bajeza frente a la grandeza del Dios Creador de todo cuanto existe; para ello opera en nosotros un cambio de mentalidad que permite valorar nuestra dimensión frente a la del Todopoderoso. En ese arrepentimiento no cabe la autosuficiencia sino que nos abarca el sentido pleno de humildad e impotencia personal para que Dios nos limpie de toda maldad.

    Para eso nadie es suficiente, como le dijo Jesús a Nicodemo que era necesario nacer de nuevo (Juan 3: 3-8). Este nuevo nacimiento no depende de voluntad de varón sino de Dios. De nuevo, inclinamos nuestra cabeza por causa de nuestra impotencia, para reconocer que el hecho de acudir con fe ante Jesucristo ha sido producto de la regeneración operada en nuestra vida. En esa operación no hicimos nada, ni siquiera acudir a Dios, ni siquiera aportar la fe que nos empuja ante el Señor. Si leemos las Escrituras comprenderemos que la redención es un acto operativo del Todopoderoso en sus elegidos. En Efesios 2:8 se dice claramente lo siguiente: Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. Es decir, aún la fe para recibir la gracia nos vino como regalo (lo cual indica que nosotros no podemos producir fe por cuenta nuestra, sino ejercitarla una vez que nos ha sido concedida). La Biblia añade que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2) y que sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6).

    Pablo así lo reconoce, diciéndonos que Dios nos dio vida cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, en tanto seguíamos la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el mismo espíritu que opera en los hijos de desobediencia. Agrega que nosotros los creyentes éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás (Efesios 2: 1-3). Esto nos demuestra que para que un pecador pueda creer debe ser vuelto a la vida (regenerado) por el Espíritu. A partir de ese momento el creyente pasa a ser justificado en Cristo.

    Por supuesto, Jesucristo justificó a todo su pueblo con su muerte al derramar su sangre por los elegidos del Padre. A nosotros en el plano histórico se nos aplica esa justificación en el momento en que llegamos a creer (por medio del nuevo nacimiento). Ahora bien, ¿qué viene primero en este orden de salvación? ¿Será la muerte de Cristo expiando nuestros pecados? ¿Será la elección del Padre desde la eternidad, como asegura la Escritura? (Efesios 1:4-5; Romanos 9:11; Juan 17:9, 20; Juan 10:26, etc.). Nosotros suponemos una cronología y así la valoramos, pero en la mente de Dios todo ya ha acontecido.

    Ciertamente, estamos sometidos al espacio-tiempo, nos debemos a una sintaxis, al hecho de que exista un orden en todo cuanto valoramos y hacemos. Se nos ha encomendado a predicar el evangelio y a llamar a los hombres al arrepentimiento para perdón de pecados. Exponemos textos de la Biblia que mueven la fibra interna de las almas, pero sabemos que el Espíritu actúa de acuerdo a los planes que la Divinidad como tal ha convenido. Al leer las Escrituras llegamos a saber la maravilla de la elección, a valorarla en grado sumo, ya que sin esa elección no hubiésemos podido creer. Esaú no pudo llegar a creer, como se demuestra por la declaración bíblica.

    Pese a lo señalado por las Escrituras, todavía muchos supuestos creyentes claman a alta voz contra el Altísimo, para decirle que Él es un Dios injusto porque inculpa de pecado a quien no puede resistir su voluntad (Romanos 9). Esa gente desconoce que nuestra justificación es un acto legal, una declaración hecha por Dios acerca de que un pecador determinado ha sido justificado. Esa justificación se hace en virtud de la fe en Cristo, sin que haya habido antes de eso obediencia, arrepentimiento o conversión (cambio de vida). Esto nos recuerda la declaración del amor de Dios por Jacob, aun antes de que hubiese sido concebido, sin miramiento a sus obras buenas o malas (Romanos 9:11-15).

    Nuestro arrepentimiento aparece como el fruto de nuestra unión con Cristo (en virtud del nuevo nacimiento operado por el Espíritu Santo). Si pudiéramos señalar un orden apuntado por las Escrituras, diríamos que ante todo viene la regeneración (el nacer de nuevo como voluntad y actividad exclusiva de Dios), luego se nos da la fe para nuestra unión con Cristo, recibimos la justificación que produce arrepentimiento y que nos conduce a la santificación (que es la separación del mundo). Pero todo esto que decimos ha sido decretado desde la eternidad por el Dios de la elección.

    Nos resta repetir la gran exclamación de Pablo: ¡Oh profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! (Romanos 11:33).

    César Paredes

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  • ADÁN COMO CABEZA

    El carácter federal de Adán como primer hombre hace que debamos pensar en las implicaciones de los primeros mandatos recibidos. Se comprende que cuando el Creador le habló se daba por entendido que tenía lenguaje, todo como parte de la misma creación. Dios lo hizo dándole por igual los datos necesarios que suelen considerarse previos para poder entender de lo que se habla. De esta manera, Adán supo lo que era la norma con sus consecuencias. Podía comer de todos los frutos del huerto, menos de aquel del conocimiento del bien y del mal.

    La consecuencia mortal no se hizo esperar. Una vez desobedecido el mandato le sobrevino un estupor, suficiente para sentirse desnudo y sentir vergüenza. Ante los ojos de Dios todos estamos sin ropaje que cubra nuestros actos malévolos. Incluso el pensamiento no puede evadirse o hacerse irreconocible. Como dice la Escritura, antes de que nuestra palabra esté en la boca ya el Señor la conoce. La creación contiene la caída como parte del propósito eterno e inmutable del Creador.

    Pedro así nos lo informa, cuando escribe que el Cordero estaba ya destinado desde antes de la fundación del mundo (1Pedro 1:20). El texto de Pedro nos exige asumir que Adán tenía que pecar, ya que Dios no podría en virtud de su Omnisciencia y Omnipotencia, de su voluntad inquebrantable, quedar sin que se cumpliera su propósito. Ya Dios tenía el plan de la Redención, por medio de Jesucristo como Cordero sin mancha y sin contaminación (1 Pedro 1:19). Su sangre preciosa sería derramada para salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Resultaba inevitable la falta de resistencia de Adán; por esta razón comprendemos que la voluntad divina se ejecuta no solo en los pecadores sino también en los incorruptos.

    La Biblia habla de dos adanes. El primero viene como carnal, pero el segundo Adán se manifestó como Salvador de su pueblo. En el primer Adán todos mueren, pero en el segundo todos viven. ¿Quiénes son estos todos que mueren y viven? Simplemente toda la humanidad ha muerto en delitos y pecados, pero en Cristo todas sus ovejas pasan a vida eterna. Esta es la gracia divina, la que nos es dada por medio de la fe en el Hijo de Dios, una fe que también se define como regalo divino, ya que no es de todos la fe y sin fe resulta imposible agradar a Dios (Efesios 2:8; 2 Tesalonicenses 3:2; Hebreos 11:6).

    Como síntesis anticipada aseguramos que Adán no tuvo ninguna otra posibilidad, sino pecar. Podría aparecer la objeción de costumbre: ¿por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Esto ya fue escrito por Pablo, en su Carta a los Romanos, Capítulo 9. Adán no podía torcer el plan divino, como si Jesucristo se hubiese quedado sin su actuación en lo que concierne a su preparación como Cordero sin mancha. El cordero devino en un símbolo del sacrificio pascual, una representación de lo que haría el Cristo en el tiempo de su manifestación como enviado del Padre.

    Dios ordenó la caída para que su Hijo se manifestara como el Redentor de todos los que componen su pueblo. Dios no permitió, en el sentido de dar permiso, como si ese evento pudiera o no darse con exactitud, como si alguien lo estuviera pidiendo. Claro, todavía quedan sofistas teológicos quienes en su desaguisada teología argumentan que Dios decretó permitir. Están por igual los que aseguran que Dios vio venir la tentación pero no la evitó, aún sabiendo que Adán caería en ella. De esta manera se las han ingeniado para hacer creer que el Creador no tiene injerencia directa en estos asuntos del pecado, sino que es un actor de piedra que mira porque inevitablemente todo lo sabe.

    Deberíamos preguntarnos si Adán tuvo realmente la posibilidad de quitarle la gloria de Redentor a Jesucristo. Por supuesto que no la tuvo nunca, como bien lo afirma el texto de Pedro referente al rol del Cordero de Dios. Ciertamente, uno de los Diez Mandamientos dice que no dará Jehová por inocente a quien tomare su nombre en vano; es decir, Adán entendió tanto el mandamiento de comer del árbol prohibido como de sus consecuencias. La ofrenda de Caín no fue grata a los ojos de Dios, pero la de Abel sí que fue de su agrado. Por ese motivo Caín se ensañó contra su hermano Abel por cuya razón Dios le argumentó: Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? Y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta (Génesis 4:6-7). Esto forma parte de los episodios que siguieron como herencia de Adán, sin que importara que aún no había llegado la ley escrita por vía de Moisés. Adán sabía que estaba obligado a adorar a su Creador y a obedecerlo; Caín sabía que haría mal si continuaba con el plan de asesinar a su hermano. La vida humana, el obedecer al Creador, eran ya imperativos en el corazón de las criaturas humanas, todo lo cual serviría como elemento forjador de las futuras normas contempladas en los Diez Mandamientos.

    La Biblia nos va mostrando de principio a fin que la voluntad de Dios se impone siempre. De esta manera leemos en Proverbios 16:4 que aún al malo hizo Dios para el día malo. No se trata de que Dios aproveche la ocasión de lo que sucedió en el Edén, como si hubiese sido algo imprevisto o algo permitido a pesar de su voluntad. En otro lado, las Escrituras afirman que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla pero al que quiere endurecer, endurece. El hombre no es nada para altercar con su Creador, sino apenas una olla de barro que no puede reclamar la razón por la cual ha sido formado de esa manera. El alfarero tiene la potestad sobre el barro para hacer de la misma masa un vaso de honra y otro para deshonra. Además, añade la Biblia que Dios quiso mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportando con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción (Romanos 9: 18-23).

    Ha sido escrito que Dios nos bendijo en Cristo (a sus escogidos) con toda bendición espiritual en los lugares celestiales, habiéndonos escogido en el Señor desde antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él (Efesios 1:3-4). En realidad, el Dios destacado en las Escrituras es absolutamente soberano, sin que exista una sola persona que logre torcer sus propósitos. El conocimiento de la grandeza y control soberano del Altísimo es demasiado maravilloso para mí, como dijo el salmista David, alto es, no lo puedo comprender (Salmos 139:6).

    Los hombres malos aguzan sus lenguas como lo hacen las serpientes cuando debajo de sus labios tienen veneno. Por eso exclama: No concedas, oh Jehová, al impío sus deseos; no saques adelante sus pensamientos, para que no se ensoberbezca (Salmos 140:8). La fe auténtica, proporcionada por el segundo Adán, prevalece hasta el final. Esto no se da porque seamos fuertes o persistentes, sino porque la perseverancia viene como una bendición de seguridad para cada elegido del Padre. Cristo puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos (Hebreos 7:25).

    El primer Adán no nos pudo asegurar nada como herencia, excepto la muerte espiritual y su consiguiente muerte física a toda la raza. Sin embargo, el segundo Adán vino para salvar a todo su pueblo de sus pecados. Por esa razón dijo que él los preserva en sus manos (así como estamos en las manos del Padre); él nos disciplina como a hijos, nunca nos retirará de su presencia (Juan 6:37).

    El primer Adán no perseveró, aún en su estado de inocencia, porque tenía que pecar de acuerdo al plan del Creador (recordemos que el Cordero sin mancha estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo). El segundo Adán perseveró inmaculado desde siempre y para siempre, haciéndonos salvos permanentemente. Quien niega nuestra perseverancia niega la esencia del evangelio, el cual es por gracia y no por obra nuestra. La salvación final no depende del hombre sino de Jesucristo.

    Los que permanecen en el primer Adán están en la carne y no pueden agradar a Dios (Romanos 8:8). La descendencia de Adán posee una inhabilidad moral propia del hombre caído; pero los regenerados por el segundo Adán hemos sido levantados por el Espíritu Santo. Todos los no regenerados están sujetos al juicio divino de acuerdo a sus obras y a su naturaleza. Estar en la carne se refiere al estado espiritual de devastación, por lo cual quien así anda suprime la verdad y se inclina a la mentira, es entregado por Dios a pasiones vergonzosas, su mente está en hostilidad contra el Creador, no se puede someter a la ley de Dios, no agrada a su Creador, no es considerado recto sino que anda sometido al pecado. Al no entender las cosas celestiales no busca al verdadero Dios, cumpliéndose la sentencia divina: Por la desobediencia de un hombre los demás fueron hechos pecadores (Romanos 5:19).

    Para salir de la esclavitud del pecado y abandonar el fruto de la muerte, urge nacer de nuevo. Para esto nadie es suficiente, pero existe el mandato bíblico de acercarnos a Dios, de buscarlo mientras puede ser hallado, en tanto que está cercano. Además, existe el llamado a creer el evangelio y a arrepentirse de estas obras de muerte. Busquemos al segundo Adán, para poder escapar de la maldición venida por el primero.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA FUERZA DE LAS TINIEBLAS

    El vocablo griego para autoridad significa también fuerza o poder, como lo afirma el diccionario. La ἐξουσία (exousía) se ha traducido como autoridad, lo cual es correcto, pero hemos de comprender que la autoridad proviene de la fuerza (cualquier tipo de fuerza o poder). Hablamos del poder de las tinieblas, el peso que recae en cada individuo natural por el hecho de haber heredado de Adán la calamidad del pecado. Esa postura bíblica nos habla de dos Adanes, el primero (caído en el Edén) y el segundo (el Redentor, que es Jesucristo). Este último tiene autoridad propia, de manera que el poder de la oscuridad no lo cubre.

    Se ha escrito que en ocasiones la ley tiene la autoridad para hacer algo, es decir, tiene el permiso para actuar, la libertad para conseguir su fin. Esto también engloba el término licencia, como cuando escuchamos la expresión común: si Dios me da licencia, es decir, el permiso con su autoridad o poder. También escuchamos sobre el abuso de la autoridad o de la fuerza, lo cual conduce a la arrogancia (la ὕβρις griega) – hubris.

    En el plano teológico la Biblia nos asegura que el Padre nos ha librado de la potestad de las tinieblas, habiéndonos trasladado al reino de su amado Hijo (Colosenses 1:13). Ese texto nos brinda la idea de dos reinos o dos autoridades opuestas; un gobierno dañoso, oscuro y rebelde frente a un reino de luz, de salvación y del amor de Cristo. En consecuencia, ya no estamos bajo la autoridad de las tinieblas sino bajo la autoridad, poder o fuerza de Jesucristo. En nosotros opera otra potestad, muy diferente a la que nos regía antes de haber sido trasladados a este nuevo reino. Por lo tanto, hemos de entender que lo que antes nos estaba permitido, en virtud de la otra autoridad, ahora nos resulta impedido por gracia del nuevo dominio.

    La Biblia nos habla de la huella que nos dejó el pecado de Adán, una marca operadora como si fuese una ley. De hecho, Pablo lo define de esa manera, cuando se refiere a la época anterior a nuestra conversión, en la que actuábamos en la carne, bajo las pasiones pecaminosas que obraban fruto para muerte. Ahora estamos, dice el apóstol, bajo el régimen nuevo del Espíritu (Romanos 7:6). Sin embargo, pese a esa realidad del estatus espiritual, hemos sido vendidos al pecado (una metáfora que usa Pablo para indicar lo profundo de la caída de nuestro padre federal Adán). Aunque la ley de Cristo sea espiritual, seguimos siendo carnales, sin que en esa carne more el bien; no obstante, el querer el bien lo tenemos aunque no lo hacemos. En otras palabras, Pablo se debate en lo que los creyentes sentimos, que no hacemos el bien que queremos sino el mal que aborrecemos.

    Concluye el apóstol la reflexión diciéndonos que el pecado que mora en nosotros nos conduce a hacer lo que no queremos hacer. Según el hombre interior nos deleitamos en la ley de Dios, pero la ley de nuestros miembros pecaminosos nos conduce cautivos a la ley (autoridad) del pecado que yace en esos miembros. Esa situación legal nos hace sentir miserables, si bien como creyentes debemos dar gracias a Dios por Jesucristo que nos librará de ese cuerpo de muerte (Romanos 7: 22-25).

    El que sirvamos con nuestra mente a la ley de Dios dice mucho de nosotros, ya que existe la disposición y el querer seguir bajo la autoridad del reino de la luz; el que sirvamos todavía con la carne a la antigua autoridad de las tinieblas se debe a la ley del pecado (con las consecuencias del castigo del Génesis). Esto no es excusa sino una descripción interpretativa del apóstol para comprender lo que nos sucede. Distinto resulta el caso del hombre natural, ya que no tiene el poder de escapar de la autoridad de las tinieblas. Podríamos decir que pese a las molestias propias de la consecuencia del pecado, el hombre caído tampoco tiene el deseo de habitar en el reino del amado Hijo de Dios.

    Lo que decimos tiene otra prueba bíblica muy evidente, la que se narra en Efesios 2. Allí se dice que los creyentes estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados, cuando seguíamos la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad (autoridad) del aire, el mismo espíritu que ahora continúa operando en los hijos de desobediencia. Asegura Pablo que nosotros vivimos en otro tiempo en los perversos deseos de nuestra carne, siendo por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás (Efesios 2:2). Es decir, que los no creyentes continúan bajo la ira de Dios, bajo la autoridad del príncipe de las tinieblas y sin desear interiormente ser trasladados al reino del amado Hijo de Dios.

    Todo ser humano nace bajo esa condición natural, el estado de pecaminosidad y depravación (la carga genética del pecado de Adán). El camino de los impíos es como la oscuridad, hecha para tropezar. La culpa de Adán les ha sido imputada, transmitiéndose de generación en generación sin que ocurra ninguna alteración a esa condición. Con la caída de los primeros dos seres humanos creados, les fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron su desnudez (física y espiritual). Por esa razón trataron de cubrirse y se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto (Génesis 3:7-8).

    Con el desarrollo de la humanidad, al transcurrir de los siglos, en otra metáfora la Biblia nos relata que Dios miró hacia la tierra y comprobó que no había justo ni aún uno, ni quien entendiera; no existía ni una persona que buscara al verdadero Dios, todos se habían descarriado por sus caminos, sin hacer el bien. La garganta humana se asemeja a una tumba abierta, con engaños en sus lenguas para inyectar veneno de áspides con sus labios. La boca de los seres humanos caídos se carga de maldiciones y amarguras, los pies de la humanidad entera corren a derramar sangre, confundiéndose con la ruina y miseria en sus caminos. Sin conocer la paz, no aparece el temor de Dios en sus ojos (Romanos 3: 10-18).

    Con esto dicho comprobamos que de acuerdo con la Biblia la mente carnal está en enemistad contra Dios, sin que desee siquiera sujetarse a su ley porque no puede hacer nada al respecto. En tal sentido, ningún ser humano caído posee la capacidad de agradar a Dios (Romanos 8:8). Se deduce que por naturaleza los seres humanos se volvieron esclavos del pecado, hijos del príncipe de las tinieblas, bajo su poder y fuerza, influenciados en sus pensamientos. Solamente se puede escapar de esa atadura por medio de la regeneración. Pero el nacer de nuevo no proviene de la voluntad de varón alguno sino de Dios. Solo así podemos ser trasladados al reino del amado Hijo de Dios.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • BALANZA INCLINADA

    En ciertas ocasiones, al exponer la teología de la soberanía de Dios, inclinamos la balanza hacia lo que la Divinidad puede hacer, pero descuidamos el deber ser del creyente. Mucho énfasis en un lado puede desviarnos del equilibrio sostenible entre la soberanía y la responsabilidad humana. Se nos envía a predicar el evangelio a toda criatura, para decirle que se arrepienta y crea en el verdadero Dios. Nunca se nos ha dado una lista de personas de las que sepamos que sus nombres están escritos en el libro de la vida. La actitud nuestra ha de ser siempre la de alguien que anuncia algo que ha encontrado o que le ha sido dado, la gracia que nos alcanza por medio de la palabra revelada.

    Echar el cuento de lo que nos sucedió para ver si el otro que nos oye se motiva a la curiosidad. No hemos de aterrarnos por que se nos conciba como locos, como si fuésemos los más estultos de una clase, como a veces nos señalan por el solo hecho de anunciar a Cristo como el único camino hacia el Padre. A Pablo le dijeron que las muchas letras lo habían vuelto casi loco, si bien en otra oportunidad el apóstol se excusaba para que le permitieran un poco de locura. Hemos de tener en cuenta la presencia de dos sistemas antagónicos, el mundo y el Creador. El sistema mundo ama lo suyo pero odia a Cristo y a su descendencia, por cuanto no pertenecemos a ese entramado de conjeturas y suposiciones que ama el indagar antes que aprehender la verdad propuesta.

    La marca de la bestia es antes que nada un marcaje del sistema mundo; se da progresivamente y por seducción a las almas inconstantes. También la obtiene quien voluntariamente acepta con simpatía el atractivo hacia lo que contradiga al Dios de las Escrituras. Por supuesto que habrá de ser una señal como lo expresa el Apocalipsis, pero antes de que llegue ese momento podemos ver el desfile de las almas en las pasarelas del sistema del príncipe de este mundo. Nos toca como creyentes seguir anunciando a toda criatura, ya que ese ha sido el camino señalado para que las ovejas escuchen la voz del buen pastor.

    La forma en que Dios atrae a su pueblo se describe en la Biblia con metáforas; una de ellas está en Oseas 11:4, y dice: Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor; y fui para ellos como los que alzan el yugo de sobre su cerviz, y puse delante de ellos la comida. Esta expresión poética describe que Dios con amor y ternura se dirige a su pueblo, seduciéndolo con cuidados en este mundo hostil. Isaías asegura que hemos de buscar a Dios mientras puede ser hallado, que lo llamemos en tanto que está cercano. Jeremías nos advierte a no lamentarnos en nuestro camino sino solamente por el pecado que cometemos.

    Así que ese Dios soberano hace cuanto quiere y nada acontece sin que Él lo haya enviado (sea lo bueno o lo malo), por cuya razón debemos agradecer y aprovechar la ocasión en que notemos su reposo. Es mejor buscarlo en su misericordia que en medio de su ira, he allí el consejo de los profetas antiguos. La Biblia nos enseña que Adán y Eva cayeron de su estado original de inocencia hacia un estatus de muerte y depravación. De esta forma la culpa de Adán ha sido transmitida en forma federal, hacia toda su posteridad.

    Tuvo que venir Cristo como segundo Adán, para que en él todos vivan. Si bien en el primer Adán todos mueren, en Cristo todos los que son su pueblo habrán de vivir por siempre. Recordemos que Cristo es la cabeza de la iglesia, de manera que vino a morir por todos los pecados de su pueblo para que su pueblo pueda vivir eternamente (Mateo 1:21). La iglesia apóstata enseña que los creyentes no pueden estar seguros de su salvación, a menos de que se les haya dado certeza por especial revelación. En Hebreos 11:1 se nos declara lo que es la fe, así que conformémonos con esa definición inspirada por el Espíritu Santo.

    Estamos convencidos, como creyentes, de que nuestros pecados fueron perdonados bajo el sacrificio de Jesucristo, quien pagó por todos los errores de todo su pueblo. Las Escrituras son muy claras al respecto, al haberse enunciado en el evangelio de Juan que Jesús no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Si Jesús no rogó por el mundo, se entiende que Jesús no vino a salvar a ese mundo por el cual no rogó la noche previa a su crucifixión; en cambio, agradeció por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de esos primeros creyentes (Juan 17:20).

    El que deposita su confianza en sus propias obras tiene la incertidumbre que acompaña a la salvación por méritos propios. La seguridad proviene del sacrificio de Cristo quien fue considerado como la justicia de Dios. De esa manera fue llamado también nuestra pascua, teniendo en cuenta por contraste que él no fue el descanso de Judas Iscariote. Más bien lo había escogido como un diablo, como el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Si la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve, conviene esperar en el Salvador de todo su pueblo.

    Si Jehová no nos hubiera escogido como remanente, seríamos semejantes a Sodoma o a Gomorra. Donde no hay seguridad no hay fe, si no existe fe no hay seguridad. Recordemos que la fe es un regalo de Dios, que no es de todos la fe y que sin ella es imposible agradarlo a Él. Dios nos salvó y nos llamó a una vida de santidad. Esto lo hizo no porque viera en nosotros potencialidad o cualidades particulares de provecho; simplemente estuvimos muertos, lo mismo que los demás, pero obviando nuestras obras la única obra prevista en nuestro llamamiento fue la del Señor Jesús en la cruz del Calvario. La elección nunca se fundamentó en nuestras acciones, sino en la gracia divina que nos fue dada en Cristo Jesús desde antes del inicio de los tiempos.

    Examinando el sentido de esa gracia, su tamaño, su imposibilidad de conseguirla por insistencia nuestra, deberíamos volcarnos hacia esa separación del mundo que tanto bien nos hace. Como dice el salmista: Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor. Porque Él es nuestro Dios; nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano. Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón (Salmos 95: 6-8).

    Imponga Dios en nosotros la renuncia a lo oculto y vergonzoso, para no andar con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino caminando por la manifestación de la verdad. El amor por la verdad revelada en las Escrituras debe ser nuestro norte, si es que tenemos el evangelio de verdad. En algunos (y de seguro muchos) ese evangelio está encubierto porque el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios (2 Corintios 4:3-4).

    Más allá del acto religioso que supone una manifestación pública del cambio que se opera en nuestro ser al conocer al Señor, Dios ha hecho que de nuestras tinieblas salga la luz que brille en nuestros corazones, dándonos el brillo del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo. Esto es un tesoro guardado en vasos de barro, para que se demuestre una vez más la excelencia del poder de Dios, no vaya a ser que alguien se crea como vasija especial hecha con materiales especiales.

    Son notorios los cambios del pecador cuando Dios lo salva, se dan como frutos inevitables de la regeneración o nuevo nacimiento. Dios le entrega al pecador el don de la fe, de tal forma que aunque creyera en un falso dios y en un falso evangelio, ahora pasa a creer en el verdadero Cristo y en su evangelio de verdad. En esa conversión se recibe el conocimiento específico de lo que es la santidad, la gracia y la justicia de Cristo, así como la misericordia que obtenemos gracias a la persona y obra del Señor. Nuestra salvación se ha operado bajo la condición exclusiva del trabajo de Jesucristo, de manera que ya no creemos más en el falso evangelio condicionado en nuestras obras. No se trata de que Dios haya hecho su parte y ahora nos toca a nosotros hacer la nuestra, sino de que todo es de Él.

    En esa comprensión encontramos seguridad, la demostración de nuestra fe en virtud de la justicia divina que es Cristo mismo. Jesucristo pasa a ser nuestra pascua, por lo cual estamos seguros de que Dios pasó por alto nuestras faltas, todas ellas castigadas en el Hijo que se entregara en lugar de nosotros, para recibir la ira por nuestro pecado. Esto no es difícil de entender, pero sí que es imposible de aceptar si seguimos en la vieja naturaleza. Muchos predicadores todavía andan desviados de la fe, anunciando que si no hacemos esto o aquello no seremos salvos.

    El cambio de conducta viene como consecuencia de la comprensión del evangelio recibido, no como un hábito religioso que genera culpa, complejos y nerviosismos. Dios ha perdonado todos nuestros pecados en Jesucristo, sin que pudiéramos siquiera limpiarnos por cuenta propia del menor de ellos. Esa es la gracia de Dios, inconmensurable regalo del Creador, quien ha tenido misericordia de quien ha querido tenerla.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org