Blog

  • MI VIDA POR LAS OVEJAS

    El buen pastor dio su vida por las ovejas, no por los cabritos. La distinción la hace Jesús cuando habla del fin de los tiempos, al referirse a aquellos a quienes les dirá que nunca los conoció… y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda (Mateo 25:32). Entonces, si el buen pastor dio su vida por las ovejas (Juan 10:11,15), si no rogó por el mundo (Juan 17:9), si murió por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), podemos afirmar que no dio su vida por los cabritos.

    Del gran grupo de ovejas hay muchas que deambulan perdidas, hasta que sean llamadas eficazmente por el buen pastor. Juan 10:1-5 asegura en una alegoría de Jesús que el que no entra por el redil de las ovejas es un ladrón y salteador, al pretender subir por otra parte. Pero el que entra por la puerta será salvo (recordemos que Jesús afirmó que él era la puerta). En Juan 10:9 afirmó el Señor lo siguiente: Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos.

    Muchas ovejas ya han sido rescatadas, los que siempre caminamos junto al buen pastor, sin seguir nunca más al extraño (el de la teología herética o de interpretación privada). Las ovejas que hemos llegado a creer sabemos que existen muchos evangelios (aunque haya uno solo), muchos Cristos (aunque haya uno solo), que promulgan teologías desviadas. Conocemos que Jesús murió por todas esas ovejas como lo afirmó con sus palabras y como lo atestiguó por medio de escritores bíblicos -ejemplo: 2 Corintios 5:14. Las cabras o los cabritos forman parte de otra categoría de personas, los que están sin gracia absoluta. Ellos siguen la desobediencia de Adán, pagan por sus pecados pero nunca terminarán de hacerlo. La desviación de un hombre sirvió para la condenación de todos; empero, la justicia del segundo Adán (Jesucristo) sirvió para la justificación de todos los que son ovejas (Romanos 5:17-19).

    El texto acá arriba de Romanos 5 nos demuestra que pese a que éramos enemigos de Dios fuimos reconciliados con Él, por la muerte de su Hijo; así que si Judas Iscariote fue reconciliado con Dios será salvo. No solo Judas, también el Faraón de Egipto, Caín -que era del maligno-, cualquier réprobo en cuanto a fe. De manera que para evitar semejante absurdo hemos de entender que el texto se refiere a las ovejas reconciliadas con Dios por la muerte de su Hijo. No puede jamás apuntar a los cabritos, al mundo por el cual Cristo no rogó; como bien señala Jesús en Juan 10:26: pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho.

    Si el sacrificio de Cristo como ofrenda por el pecado se hubiese procurado en favor de toda la humanidad, sin excepción, su justicia abarcaría a todos sin omisión. Pero resulta que hay condenados, de acuerdo a lo que Jesús refirió porque fue quien más habló del infierno donde el gusano no muere y el fuego no se apaga. Millones de personas han muerto sin saber siquiera de la existencia de Jesús ni de su obra, haciendo suponer de manera lógica que Jesús no murió a favor de ellos. Si lo hubiera hecho, ellos habrían oído el evangelio y habrían nacido de nuevo.

    La ley de Dios acusa a todos por igual pero no redime a ninguno en particular. Esa ley puede referirse tanto a la escrita en las tablas como en la conciencia humana. Nadie queda inexcusable, de acuerdo a las palabras de Pablo en Romanos; lo que de Dios se conoce les es manifiesto (Romanos 1:19). Cada ser humano atestiguará para sí mismo lo que se supone es una norma universal, como también Pablo lo afirmó: Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: Que el mal está en mí (Romanos 7:21). El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo (Gálatas 2:16), a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, al haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados (Romanos 3:25). Pero Cristo nos ha rescatado de la maldición dictada en la ley. Cuando fue colgado en la cruz, cargó sobre sí la maldición de nuestras fechorías (Gálatas 3:10).

    Enfatizamos en el hecho de que Jesucristo fue la sustitución de todos cuantos Dios escogió desde antes de la fundación del mundo. Como dijo Pablo en Efesios 1:11: En él digo, en quien asimismo tuvimos suerte, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el consejo de su voluntad (Reina Valera Antigua), aunque en las nuevas versiones sustituyen suerte por tuvimos herencia. El contexto de las suertes sacerdotales del Antiguo Testamento nos indica que se echaban con unas piedras o pedazos de madera llamados en griego antiguo Kleros (κλῆρος), como se confirma de la Septuaginta griega. La kleronomía (κληρονομία) pasó a ser la herencia, ya que también lo que se heredaba había sido echado en suertes.

    Desde la perspectiva del hombre perdido, que fue encontrado por el Señor, decimos que ha sido una suerte el que hayamos creído. Desde la perspectiva divina no debemos imaginar que Dios jugó a los dados para ver a quién escogería, ya que esa elección corresponde a su absoluta voluntad y reserva. Por esta razón, viendo la expiación en los relatos del evangelio, comprendemos que Jesucristo fue quien hizo la sustitución para todos cuantos Dios escogió. Nuestros pecados fueron cargados a él en la cruz y el Padre lo castigó duramente en lugar de a nosotros.

    Sin embargo, la expiación vista por los que se dan a la interpretación privada de las Escrituras se expone como un acto universal que se extiende a quien quiera que sea. Se habla incluso de la oferta del evangelio, una metáfora donde Dios espera pacientemente que alguien se le acerque con corazón dispuesto. Otros afirman sin lógica alguna que Dios vio en el túnel del tiempo quiénes aceptarían el sacrificio universal del Hijo y luego los eligió en base a lo que averiguó. Pero afirmar tales locuras contraviene el sentido estricto de la expiación bíblica: remisión de pecados, perdón para no recibir el castigo y liberación de la culpa. Si la sangre del Cordero fue derramada para remisión de pecados (Mateo 26:28), ¿cómo es qué hay gente en el infierno si Cristo murió por todos, sin excepción? Por otro lado, la Omnisciencia de Dios no da lugar a que Dios desconozca algo que tenga que averiguar. Sabemos que si Él sabe el futuro es porque ha determinado que acontezca, como lo demuestran las profecías que se cumplen.

    En Juan 1:29 leemos que el Cordero de Dios quita el pecado del mundo, pero debemos siempre preguntarnos de cuál mundo habla la Biblia. Muchas veces ese vocablo tiene significado diferente del de otras ocasiones; por ejemplo, Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9), pero Jesús le dijo a Nicodemo que Dios había amado de tal manera al mundo que le envió a su Hijo. Entonces, ¿será el mismo mundo por el cual Cristo no rogó? Por otro lado, Juan en una de sus cartas afirmó que el mundo entero está bajo el maligno, pero que nosotros somos de Dios (1 Juan 5:19). Los fariseos clamaron a una diciendo que el mundo entero se iba tras Jesucristo (Juan 12:19), pero ellos mismos formaban parte del mundo que no lo siguió, como tampoco lo siguió el imperio romano ni muchas naciones de entonces. Tampoco lo seguían los saduceos que no creían en la resurrección, ni muchas de las personas que se burlaron de él, ni la multitud que se benefició del milagro de los panes y los peces pero que se espantó al oír sus palabras duras de oír (Juan 6:60). Los fariseos hacían referencia probable a la población de la cual muchos no eran judíos; esta frase dicha por ellos denotaba más bien un sentido de alarma por la frustración al ver que Jesús tenía seguidores de mucho tipo de gente.

    En síntesis, si la sangre de Cristo se derramó para remisión de pecados (Mateo 26:28), debemos preguntarnos si esa sangre incluía los pecados de Judas Iscariote y de tantos otros réprobos en cuanto a fe de los cuales la condenación no se ha tardado. ¿Dijo Jesús que Judas Iscariote era una oveja descarriada o que era diablo? ¿No le dijo que se diera prisa para hacer lo que tenía que hacer? ¿No expresó un ay por quien entregara al Hijo del Hombre? Por lo tanto, la sangre de Cristo no fue derramada por este impenitente Judas, como tampoco por aquellos que son representados en Esaú (Romanos 9:13). Feliz aquella persona cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz el hombre a quien Jehová no inculpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • SI DIOS HABLA BIEN DE TI

    La expresión Dios te bendiga tiene muchos posibles sentidos, pero en sus étimos refiere al deseo de que el Todopoderoso hable bien de ti. Si Dios habla bien de nosotros, entonces que maldigan los demás; si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? Lo que nos debe importar sobremanera descansa en el hecho de lo que opine el Señor de cada uno de los suyos. El que haga caer a alguno de estos pequeños, mejor le fuera que se atara una piedra de molino y se lanzara al mar. Aquel que echó nuestros pecados en el fondo del océano, se ocupa al detalle de nuestra existencia.

    Hemos sido elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo, afirma Pedro el apóstol (1 Pedro 1:2). El creyente regenerado conoce que ama al Señor Jesucristo con sinceridad, de manera incorruptible; sabe que si le amamos a él fue porque él nos amó primero. En ocasiones pasamos por el horno de la aflicción, para ser probados con persecución, odio y rechazo de parte del mundo.

    Habiendo renacido para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, reservada en los cielos para nosotros, guardados por el poder de Dios mediante la fe, con el objeto de alcanzar la salvación que se manifestará en el tiempo postrero, nos alegramos pese a las diversas pruebas que nos afligen. En medio de gobiernos netamente mundanos, unos más perversos que otros, amanecemos cada día con la esperanza de que el Dios de la providencia nos dará lo necesario para que continuemos en su voluntad.

    Será de sumo gozo el que nuestra fe sea hallada en alabanza y honra cuando Jesucristo se manifieste. Cada cual conoce su camino andado, sus desvíos personales y sus desatinos. Sin embargo, como el rey David también el dolor por el pecado nos ha conducido a las profundidades del alma, bajo el reconocimiento de que fuimos igualmente formados en maldad. Clamamos al Señor para que nos devuelva el gozo de la salvación, pedimos que nos sustente espíritu noble; entramos en su Santuario y descubrimos que los impíos son ordenados para que se deslicen sobre desfiladeros de donde jamás volverán.

    Nosotros, en cambio, amamos al Señor sin haberle visto (1 Pedro 1:8). Hermosa frase del apóstol, quien con profunda humildad asume que este amor nuestro posee gran valor. Por esa razón también se escribió que quien se acerca a Dios necesita saber que Él existe, que es; la razón puede ser muy simple: ¿cómo podemos hablar con un Ser invisible? Nuestra mente lógica rechaza la ausencia del otro en una conversación, pero nuestra fe nos recuerda con su manera coherente de conducirnos que el Dios que habitaría la oscuridad nos escucha.

    Dios hizo de las tinieblas su escondite, y su pabellón alrededor de él eran aguas negras y densas nubes de los cielos (Salmos 18:11). Pese a ese Dios oculto que metafóricamente define la Biblia, no hay ningunas tinieblas en Él (1 Juan 1:5). A Dios lo vemos en su obra creada, en el pacto de redención con su Hijo, en la palabra revelada -que es como su autobiografía. Aunque no veamos con nuestros físicos ojos a Dios en la oración, sabemos que Él nos oye y nos adereza mesa delante de nosotros en presencia de nuestros enemigos.

    Es el mismo Dios que nos pide orar en nuestra cámara secreta, para recompensarnos en público. Es por igual el Dios que nos pide que le estimemos como la persona de mayor valor, el que merece que vendamos todo lo que poseemos para adquirir la perla que vemos en Él (Mateo 13:46). Ese Dios habla bien de nosotros, aunque el mundo nos injurie. Habla bien porque fuimos comprados con la sangre de su Hijo, fuimos justificados con la justicia de Dios -Jesucristo-, porque fuimos adoptados como hijos con herencia.

    Sabemos que Él es el Padre de los redimidos, de las ovejas que el Hijo ha rescatado. Por igual ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4). El Señor endurece a esos malos que creó para manifestar la ira contra el pecado, los que son destinados de antemano para que tropiecen en la piedra que es Cristo. Asimismo, el Señor ama con amor eterno a los que escogió desde antes de la fundación del mundo para ser rociados con la sangre de su Hijo. Cristo como justicia de Dios fue castigado por cada uno de los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21); al llevar nuestros pecados en la cruz nos impartió por igual la justificación, quitando la enemistad que había antes con Dios. Este trabajo no lo hizo Jesús a favor del mundo por el cual no rogó la noche previa a su crucifixión (Juan 17:9). En esa larga lista de réprobos en cuanto a fe se encuentran el Faraón de Egipto, Judas Iscariote, Caín -que era del maligno-, millares de millares que no tuvieron la gracia del Dios soberano. Por contraste, nosotros los redimidos sabemos que Dios habla bien de nosotros: sus bendiciones no acaban nunca. Esta es una motivación de base para que intentemos obedecerle en toda ocasión, para que batallemos contra la ley del pecado que rebelaba contra la ley de nuestra mente nos conduce a la cautividad en nuestros miembros (Romanos 7:23). Estamos seguros de que finalmente seremos liberados de nuestro cuerpo de muerte, por Jesucristo.

    Son dos grupos de personas los que componen el mundo: los redimidos y los rechazados. De allí que Jeremías haya escrito lo siguiente: Los hombres se llamarán plata rechazada, porque Jehová los desechó a ellos (Jeremías 6:30). Aunque el contexto de este texto pudiera referirse al pueblo rechazado de Israel por castigo divino, vale para lo que queremos afirmar. De igual forma otros versos validan lo expuesto: Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra (Romanos 9:17). Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso: ¿quién lo conocerá? (Jeremías 17:9). En cambio, existe otro corazón referido a los redimidos: Yo os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne (Ezequiel 36:26). También este profeta había escrito un poco antes: Yo les daré un solo corazón; y pondré un espíritu nuevo dentro de ellos, y quitaré de su carne el corazón de piedra, y les daré un corazón de carne.

    Lo más seguro podría ser que este cambio de corazón representaba el nuevo nacimiento, lo que es igual a la circuncisión del corazón. En resumen, Dios habla bien de nosotros porque ha puesto por su Espíritu y por su gracia en nosotros un nuevo principio de vida. Una luz renovadora y auténtica, no la del mundo que se apaga, para que veamos las maravillas de la fe, los nuevos y mejores deseos, junto a una alegría que antes no teníamos, aunque por igual junto a dolores que antes no padecíamos. Lo que ocupa a nuestra mente es algo totalmente diferente de lo que la ocupaba antes. El Nuevo Testamento nos invita a vestirnos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros (Efesios 4:24-25).

    Porque Dios habla bien de nosotros nos castiga y nos azota como a hijos, de manera que la disciplina del Señor nos rodea para que lo cojo no se salga del camino. La separación del mundo es nuestro norte, lo que genera dolor porque nuestra alma está muy arraigada al entorno que la amamantó por largos días. Esa separación se llama santificación; en ocasiones pensamos que solamente nosotros (unos pocos) hemos quedado de pie (como supuso el profeta Elías). Aunque somos miembros los unos de los otros, muchas veces nos sentimos muy solos comparados con la abrumadora multitud del mundo que ama lo suyo.

    Cuando Dios nos bendice nos da prosperidad; pero cada quien tiene que compararse con sigo mismo, no con las demás personas. No somos llamados a tener un mayor concepto de nosotros que el que debamos tener; no podemos gloriarnos en nosotros mismos. Cuando David dice: Bendice alma mía a Jehová, está exponiendo que debemos hablar bien de la bondad de Dios, de su grandeza. En la lengua española tenemos la herencia del latín, lengua de donde proviene el verbo bendecir: benedicere que significa hablar bien o decir bien de alguien. ¡Qué mejor medicina para nuestras almas que saber que Dios habla bien de nosotros!

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • FRASEO BÍBLICO

    Muchos embajadores del cristianismo andan divorciados de la doctrina de Cristo. Ellos se conforman con el fraseo bíblico, hablan de la muerte de Cristo por los pecadores y celebran lo que la historia denomina el conjunto de fiestas de la cristiandad. También pueden hablar de la gracia de Dios, de los atributos del Eterno, pero lo hacen para simular su fidelidad a ese Dios y pretender que no sean confrontados con su palabra. La soberanía de Dios la valoran como un misterio en el cual conjuga también el libre albedrío humano. De esta forma participan del sentir de la mayoría de la raza humana, más allá de sus distintas religiones.

    Al parecer, esa gente que así actúa y piensa ha construido su casa en la arena. La Biblia nos enseña que los creyentes cristianos hemos de contender ardientemente por la fe que fue una vez entregada a los santos (Judas 3). De igual manera esa palabra nos recuerda que Dios no dará su gloria a otra persona, que nada tiene que ver con esculturas o con idolatrías. Los falsos dioses son parapetos de los demonios, quienes están detrás para engañar a multitudes. Pablo afirma que un ídolo no es nada, pero que los que sacrifican a sus ídolos a los demonios lo hacen (1 Corintios 10: 19-22).

    Así que al venerar un santo, una virgen, una imagen divina cualquiera que se haga la gente, solo se rinde tributo al príncipe de las potestades del aire. Jehová no dará su gloria a otro (Isaías 42:8; 48:11). Nuestro celo por la casa de Jehová nos consume, así que hemos de demoler todo argumento pretencioso contra su revelación. Los ídolos no son hechos solamente de madera o bronce, ni de cerámica o a creyón: ellos también se dibujan con la mente, siguiendo los parámetros y medidas de la doctrina que se ajusta más a la carne humana. Un ídolo puede ser un constructo mental-religioso fundamentado en textos bíblicos aislados, en concepciones teológicas de algunos abstrusos iluminados, de la mezcla de la revelación pública de la Biblia y la interpretación privada que se haga de ella.

    Cuando el creyente lleva cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo, se logra demoler el argumento contra el conocimiento de Dios (2 Corintios 10:5). Solo de esta manera podrá resolver las falacias que ha incrustado en su mente, en su memoria, bajo los hábitos rumiantes que el corazón rebelde maquina contra lo que la Escritura expone. Los asuntos básicos de la fe (como la expiación, su alcance y su propósito) deben ser expuestos continuamente, para confrontar en especial a los que vienen en nombre de la fe cristiana. Recordemos que si esa gente no es salva Dios puede usar nuestra confrontación para cambiar sus corazones.

    Se oye repetidamente el absurdo del alcance de la expiación de Cristo: que pese a que Dios desea que cada ser humano sea salvo, pese a que mostró su gracia para con toda la humanidad, sin excepción, la muerte de Cristo solo alcanza para un grupo determinado que lo acepta. Con este argumento vemos una contradicción, que Dios desea algo que no puede alcanzar. Otros apuntan a que el sacrificio de Cristo es suficiente para toda la humanidad, sin excepción, pero solamente eficaz para los escogidos. En este punto tenemos que mirar la Escritura para escuchar su consejo: la predicación del evangelio tiene el propósito de salvar a unos pero de endurecer a otros (2 Corintios 2:15-16).

    Ciertamente, Jesús murió por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21); no rogó por el mundo la noche previa a su crucifixión (Juan 17:9); espantó a sus seguidores por causa de su doctrina, que les pareció a ellos una palabra dura de oír (Juan 6:60). De manera sencilla hemos de entender que el evangelio no puede ser considerado una oferta para todo el mundo, sino una promesa de Dios de salvar a todo su pueblo escogido. Ante esta realidad muchos se preguntan al igual que aquel objetor levantado por Pablo en Romanos 9: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? Otros continúan diciendo: ¿Habrá injusticia en Dios?

    La Biblia jamás ha anunciado que la expiación de Cristo haya sido universal. De hecho, millones de personas han muerto sin conocer a ese Jesús de la Biblia, muchos continúan muriendo sin siquiera haber oído de él. ¿Cómo, pues, puede alcanzar esa expiación a esa gente? No hay universalidad absoluta en tal expiación, simplemente es un decir de la falsamente llamada teología cristiana. El hombre caído en su naturaleza pecaminosa no puede comprender que la justicia de Dios exija castigo por la infracción. Si Dios imparte su gracia para algunos, se le considera injusto por haber excluido a otros. Pero hay que entender que la misericordia o la gracia no son derechos del pecador sino dádivas de Dios que da de acuerdo a sus planes eternos.

    Un gusano carcome el craneo de la humanidad, como una oruga hace hueco profundo en el alma de las personas. Ellas piensan que la redención humana debería estar condicionada en la actitud y actividad del pecador; de esta manera ha sido elaborado minuciosamente el evangelio de las buenas obras. Terrible cosa les resulta a estas personas el descansar en la voluntad absoluta del soberano Dios, ya que no desean oír la voz que les dice que Él nunca los conoció. En lugar de escudriñar las Escrituras que dan testimonio de Dios, donde está la vida eterna, las presunciones de los anti doctrina de Cristo se hilvanan con el sentir popular. Para ellos, el Dios justo es aquel que mira las obras de los hombres y valora sus esfuerzos.

    Nosotros que anunciamos el evangelio de Cristo, sostenemos por igual que de no haber sido por la gracia de Dios nadie sería salvo. La voluntad humana se ha corrompido, Dios ha declarado que no hay justo ni aún uno, ni hay quien busque a Dios (al verdadero Dios). La humanidad cristianizada ha pervertido la doctrina de Cristo, algunas agrupaciones religiosas han sacado textos de la Biblia, los que antes sí aparecían en sus versiones antiguas. Para un ejemplo baste con señalar que los Diez Mandamientos la versión de la Vulgata Latina, de Jerónimo, los contenía como los contiene la Reina Valera protestante. Sin embargo, a partir de las discusiones con la Reforma decidieron quitar el mandamiento referido a no hacerse escultura o imágenes de lo que esté arriba en el cielo, o en la tierra, o debajo de las aguas; el mismo mandato que prohibía adorarlas o inclinarse ante ellas. Al hacer desaparecer ese mandamiento en sus traducciones vernáculas, desglosaron otros para que siguieran apareciendo Diez Mandamientos.

    Los mismos católicos pueden acudir a la versión de la Vulgata Latina (de Jerónimo) -Biblia oficial del catolicismo durante muchos siglos- y se darán cuenta de esa fechoría hecha por el clero romano que va en contra de la buena fe de los feligreses. ¿Por qué no investigan un poco más? Cristo ordena escudriñar las Escrituras, no necesariamente aprender ideologías o teologías ajustadas a los intereses políticos, económicos o religiosos de algunos grupos. Envueltos en el evangelio de las obras, católicos y protestantes deambulan hacia un abismo infinito, bajo la égida de que merecen la redención por causa de lo que hacen. Dicen que Dios hizo su parte, pero que a cada quien le toca hacer la suya. Sin embargo, esa aseveración niega la Escritura misma: Dios tiene misericordia de quien quiere Él tener misericordia, se compadecerá de quien quiere compadecerse (Romanos 9: 15-18).

    Si la redención no depende de quien la quiere, ni del que corre o se esfuerza, sino de Dios que tiene misericordia de quien Él ha querido, ¿por qué la jactancia humana? Dios mismo ha revelado que odió a Esaú antes de que hiciera algo bueno o malo, así como amó a Jacob antes de que hiciera algo bueno o malo (Romanos 9:11), para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama. En realidad, el Dios que nos escogió desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1), y que nos ha salvado, nos mantendrá en sus manos (Juan 10: 27-29).

    Nuestras buenas obras siguen a la fe que se nos ha dado; ellas no son la causa de nuestra redención sino más bien un testimonio de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas por causa de Jesucristo. No se engañe diciendo que cree en Cristo Jesús, sino más bien investigue e inquiera en cuál Cristo está creyendo. Ese Jesús de la Biblia dijo que se levantarían muchos falsos Cristos y que muchos vendrían en su nombre, siendo erróneos anunciadores de la verdad; así que conviene preguntarse siempre a cuál Jesús estamos sirviendo. Mucho cuidado con aquellos expertos en fraseo bíblico, pero cuyos corazones andan por el camino de la perdición o de la anti doctrina de Jesús.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • REPROBACIÓN Y PREDICACIÓN

    La doctrina de la reprobación instruye para que los creyentes no se exalten a ellos mismos sobre los incrédulos. Hechos de la misma masa, todos estuvimos muertos en delitos y pecados. Dios amó a uno pero odió al otro, como sucedió con el paradigma mostrado por Pablo respecto a Jacob y Esaú. Con humildad temblamos ante el Omnipotente, agradeciendo que hayamos sido contados como elegidos y no como reprobados. Dios no ve quién está dispuesto y quién no, porque mirando hacia la tierra encontró que ninguna persona le buscaba. No había quien hiciera lo bueno, sino que todos nos descarriamos siguiendo cada cual su propio camino. Pero tuvo misericordia de quien quiso tenerla, así que el evangelio se anuncia para que las ovejas del Señor escuchen su voz y sigan al Maestro.

    La palabra de Dios siempre hace aquello para lo que fue enviada, nunca regresa vacía. En algunos produce rechazo y culpa pero en otros vida eterna. El creyente siempre habrá de preguntarse qué tiene él que no haya recibido. De esta forma no tendrá nada en lo cual gloriarse. Hay gente que continúa con el rechazo a la verdad, como producto de la acción del misterio de la iniquidad. Esta operación viene para los que se pierden, ya que no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Resultará natural que el mismo Dios les envíe un espíritu de error o de estupor, para que sigan creyendo la mentira (2 Tesalonicenses 2: 10-11).

    Cada creyente ha sido escogido desde el principio para salvación a través de la santificación; pero a los réprobos Dios les habla y los endurece, de manera que oigan y no comprendan (Isaías 6-9). Lo ratificó Jesús, al decir que hablaba en parábolas para que no le comprendiesen (Mateo 13:13), de manera que se cumpliese la profecía de Isaías. En cambio, a los discípulos les había sido dado el entender los misterios del reino de Dios, contrariamente a lo que sucedía en aquellos que estaban fuera de ese reino. El creyente es conducido de triunfo en triunfo en Cristo, ya que Dios nos revela su aroma agradable (dulce) del conocimiento divino. Pero el dulce olor de Cristo lo somos para Dios, tanto en los que somos salvos como en los que se pierden: un olor putrefacto de muerte en los condenados, pero un olor agradable para vida en los que vivimos eternamente. (2 Corintios 2:15-16).

    Comprendemos la frase de Jesús en el huerto de Getsemaní, la noche previa a su martirio en la cruz. Él rogó al Padre por los que le daría y le había dado, pero dijo explícitamente que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Esas palabras nos dan a entender que él no fue a la cruz para llevar el pecado de ese mundo por el cual no rogó, sino solamente para salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Ese pueblo es llamado nación santa, pueblo escogido, amigos de Cristo; ese pueblo fue escogido de acuerdo a los planes eternos de quien hace todas las cosas posibles. Muchas personas encuentran tropiezo en esta palabra de Cristo, al punto de no poderla soportar (Juan 6:60).

    La doctrina de Cristo resulta de vital importancia para los que se declaran creyentes del Dios de la Biblia. Hay gente que dice creer pero que se extravía de esa doctrina, demostrando con ello que no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 9-11). Las riquezas de la gloria de Dios las mostró Él en los vasos de misericordia que preparó de antemano para gloria, a los cuales ha llamado y seguirá llamando, tanto judíos como gentiles (Romanos 9:23-24). Esas riquezas comprenden las perfecciones de su naturaleza, su amor eterno e inmutable, su misericordia y su sabiduría, su omnipotencia y fidelidad, su justicia en Cristo, lo cual se demuestra en el proceso y acto de la salvación de los escogidos.

    Nuestro pecado heredado de Adán nos ha convertido en criaturas miserables. He allí la misericordia de Dios, el favor inmerecido: mereciendo nosotros el castigo por nuestra culpa irredenta se nos tendió el manto de la gracia, sin que seamos más sabios que los otros o mejores que ellos. Hemos sido preparados de antemano para gloria, para la felicidad perpetua. Antes de que el mundo fuese, de que el tiempo fuese creado, Él nos escogió de acuerdo a su plan eterno. Solamente pensar en ello debe llenarnos de alegría y de humildad, además de entender que fue la justicia del Hijo la que nos fue imputada para ser considerados justos y separados (santos) ante los ojos de Dios.

    Toda persona que ha sido redimida debe esa redención a la voluntad del Todopoderoso; pero el que Dios quiera que todos los hombres sean salvos no se refiere a que desee que cada individuo de la raza humana sea redimido. Los que fueron ordenados para condenación no son deseados para salvación, por lo cual creerán la mentira para que ocurra en ellos la perdición total. Cuando la Biblia habla del deseo divino en relación a la salvación de todos los hombres, ha de entenderse según el contexto que se refiere a todo tipo de personas: reyes y gente simple, ricos y pobres, esclavos y libres, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, nobles y gente innoble, de acuerdo a 1 Timoteo 2:4. Cuando usted lee los tres versículos precedentes (1 Timoteo 2:1-3) se dará cuenta de los tipos de personas que incluye ese todos de Pablo.

    El amor consiste no en que nosotros hayamos amado a Dios (ya que el amor de Dios precede al amor de las personas). Desde la eternidad Dios ha sido amor, y por amor hizo al mundo y a su gente. Pero tenía el plan de darle la gloria de Redentor a su Hijo, para que por medio de él parte de la humanidad que caería en pecado recibiera la justicia y perdón perpetuo. Cada creyente sabe que una vez anduvo en el mundo sin amor por ese Dios Creador, que practicaba solamente obras inicuas, caminando en enemistad con el Señor. Pero cuando recibimos su amor entonces comenzamos a amarlo: En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados (1 Juan 4:10).

    Con esta doctrina de la reprobación podríamos dejar de tenerle envidia a los arrogantes, al ver su prosperidad. Sabemos que los impíos no sufren congojas por su muerte, ni pasan trabajos como los demás mortales. Están coronados de soberbia y no temen ni siquiera morir: suponen que hasta Dios los admira. Ellos hablan con altanería, blasfeman al decir ¿cómo sabe Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo? No pensemos que nuestro corazón ha sido limpiado en vano, ni que los azotes recibidos nos conducirán a renegar del evangelio. En la presencia de Dios llevamos nuestras cargas y en ese momento comprendemos el fin de esos impíos: Dios los ha puesto en deslizaderos, para hacerlos caer en asolamiento. El Señor despreciará la apariencia de esos impíos cuando les llegue el turno. Los que se alejan del Señor perecerán y serán destruidos (Salmo 73).

    El Dios soberano ha hecho todas las cosas para sí mismo, aún al impío para el día malo (Proverbios 16:4). No solo ha hecho Dios a los escogidos para amor eterno, sino también a los que va a condenar perpetuamente. Esto lo dice la Escritura para que no pensemos que no sea la voluntad de Dios la aparición de los impíos en este vasto mundo creado por Él. Así como Judas tenía que seguir de acuerdo a las Escrituras, Jesús dijo un ay por ese hijo de perdición. Había dicho antes que ese apóstol era diablo, que él lo había escogido a sabiendas de lo que haría (Juan 6:70-71; Mateo 26:24; Juan 13:27).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EN EL VIVIMOS, NOS MOVEMOS Y SOMOS

    Un poeta griego dijo las palabras recogidas por Pablo en su discurso en el Areópago: En él vivimos , nos movemos y somos (Hechos 17: 28). Los griegos tenían un monumento al dios no conocido, por si acaso entre tantas divinidades veneradas hubiese alguna pasada por alto. Pablo dijo que venía a hablarles de ese Dios desconocido para ellos. En tal sentido citó la literatura conocida en ese entorno, diciéndoles que nosotros éramos hechura de ese Dios que ellos desconocían.

    El punto de partida del apóstol tuvo que ser el referido a Dios como Creador del universo y de todo cuanto existe. El sustentador de la vida gobierna a las naciones, a cada individuo, aunque nos parezca que sea un Dios escondido. Dada la figura del Creador se entiende que formamos parte de su linaje, idea que recoge de otro poeta, Arato, de Cilicia en el siglo 3 a.C. En ese punto de encuentro el apóstol quiere dar a conocer al Cristo resucitado, pero la resurrección era un tema del que no se ocupaban las religiones griegas. No obstante, Pablo se atreve a compartir el Evangelio con semejante auditorio bajo el aire ateniense,

    Epiménides de Cnosos, del siglo VI a.C. fue el autor de la célebre frase citada por Pablo: Porque en Él vivimos, nos movemos y somos. El apóstol señala otra frase de ese filósofo griego cuando escribe en Tito 1:12: Uno de ellos, su propio profeta, dijo: Los cretenses, siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos. El hecho de que Pablo haya citado a estos dos poetas griegos no da crédito a la inspiración divina en tales autores. Simplemente hemos de comprender que la verdad viene de Dios, como la Biblia en varias ocasiones refleja al referirse a fuentes no inspiradas; por ejemplo, el caso de una cita de Enoc en Judas 1:9-14.

    Resulta lógico pensar que la vida natural en la que vive el individuo proviene de Dios. A partir de ese Creador viene todo el confort que obtenemos en la naturaleza, en lo que nos circunda. Como dice la Escritura: Toda dádiva y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación (Santiago 1:17). Nada de lo que somos o poseemos proviene sin que medie la providencia divina. Incluso lo malo que nos acontece es visto como parte de lo que Dios provee por vía del maligno o por consecuencia de nuestras maldades. La Biblia está cargada de ejemplos que demuestran la soberanía divina en acción, cuando Jehová envía la lepra a un rey, cuando hace que una nación se levante contra otra, cuando provee las circunstancias para que se cumplan sus propósitos eternos.

    Nosotros, como seres humanos acostumbrados a la idea de la independencia y libertad, asumimos el control por parte de las naciones y de los gobiernos de turno. Pensamos que si actuamos con diligencia nos ocurrirán eventos propicios para la comunidad; pero aún en estas cosas la Biblia asegura que el corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere Él lo inclina. Frente a esta limitación de la libertad humana el teólogo reclama la supuesta injusticia de Dios diciendo: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién se puede resistir a su voluntad? No solo el teólogo tiende a pensar en esta línea sino la gran masa humana, anclada en un razonar donde infiere que el hombre es la medida de todas las cosas.

    Protágoras, otro pensador griego, suponía que la verdad es relativa a cada persona. Como sofista presocrático entendía que el contexto condiciona la verdad, por lo que no existe ella como absoluta sino simplemente como una percepción relativa a cada individuo de la especie humana. Existe una razón en tal aseveración, cuando nos referimos al contexto en que se dicen las cosas, pero en materia de los atributos divinos está fuera de sindéresis. ¿Es la criatura humana el canon por el cual hemos de mesurar cada verdad? ¿No existe una verdad teológica revelada? La Naturaleza nos puede hacer pensar lo contrario, que existe un Creador universal por el cual existimos, nos movemos y somos. En síntesis, la Biblia enseña que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, dándole la capacidad de relacionarse con su Creador. No dice la Biblia que la verdad es relativa a cada persona, sino que el mismo Cristo se señala como el camino, la verdad y la vida.

    Pablo continúa en el Areópago diciéndole a los griegos que toda la humanidad es criatura divina, pero no afirma que cada uno de los seres humanos sea hijo de Dios. Esta otra figura dependerá de la regeneración que el Espíritu Santo haga de acuerdo a los planes eternos que el Padre haya decidido en la eternidad. En cuanto a humanidad tenemos todos en común un mismo linaje, así que no puede haber discriminación étnica o social en base a lo que somos como seres humanos. El apóstol les advierte a los atenienses que el Dios que él predica no tiene nada que ver con lo que ellos han concebido como seres del paganismo. No debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, a plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres (Hechos 17:29).

    En su Carta a los Romanos Pablo expone en el Capítulo 1 que las cosas invisibles de Dios, su eterno poder y deidad, se hacen visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que nadie tiene excusa. La humanidad toda, en alguna medida, ha conocido a Dios por medio de lo creado (la Naturaleza en todas sus manifestaciones, por ejemplo). Esta humanidad se vanaglorió y no le dio importancia a la gloria divina, ni siquiera le agradeció por el don de la vida, sino que envanecida en su razonamiento camina entenebrecida. Profesando ser sabios se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles (Romanos 1:22-23).

    La historia de los reyes de Israel y de Judá nos da cuenta de lo cambiante del corazón humano. A pesar de la información recibida por parte de Jehová, de los milagros operados en el desierto o en el viejo Egipto, el corazón del pueblo y aún el de sus gobernantes se inclinaban ante las imágenes de los Baales y de Asera; ofrecían sacrificios a Moloc y aún a sus propios hijos hacían pasar por el fuego. Venía en consecuencia castigo fuerte a esos pueblos, pero después de un ligero arrepentimiento y enmienda se inclinaban de nuevo hacia las costumbres de las demás naciones.

    Pablo examina este asunto de la honra a otros dioses, cuando escribe su Epístola a los Romanos. Entiende el apóstol que hubo una consecuencia nefasta para la gallardía humana: el acto de entregar Dios a la inmundicia a la humanidad que tal cosa hacía. Dios los abandonó en la concupiscencia de la carne y de sus corazones para deshonra de sus propios cuerpos. Por más que hoy día hablen del orgullo gay eso no es más que una cortina de humo para esconder lo vergonzoso de esos actos. Las pasiones vergonzosas de las cuales refiere el apóstol en Romanos 1:26-27 giran en torno a la homosexualidad: tanto de los hombres como de las mujeres.

    La homosexualidad puede ser vista como un pecado castigo de parte de Dios, de acuerdo a lo escrito por Pablo en Romanos 1. Sin embargo, en otra carta el apóstol advertía a la iglesia sobre la necesidad de corregirse; agregaba algo muy importante respecto a este tipo de pecado: ¿O no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os dejéis engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos de vosotros; pero fuisteis lavados, pero fuisteis santificados, pero fuisteis justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios (1 Corintios 6: 9-11).

    Subrayo el hecho de que en la iglesia de Cristo hay gente que tuvo pecados terribles, lo cual implica que hubo perdón absoluto de parte de Dios. Simplemente ahora son lavados y santificados, justificados igualmente, por lo cual no debemos discriminar por cosas pasadas. Esta es una de las grandezas del cristianismo, en especial de la dádiva que viene de Dios. David cometió pecados atroces pero siguió siendo un hijo conforme al corazón de Dios. Jehová siempre se refirió a David, a través de los profetas y escritores bíblicos, como mi siervo, como a la persona a quien Dios ama mucho.

    De gran relevancia resulta la comprensión de este texto señalado por Pablo a los atenienses: en Él vivimos, nos movemos y somos. Todo lo abarca Dios para que lo reconozcamos en todos nuestros caminos. ¿Adónde huiremos de su presencia? Mejor nos resulta amistarnos con Él, de tal forma que nos venga paz y mucho bien.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • PORQUE ÉL NOS AMÓ PRIMERO (1 Juan 4:19)

    La premisa de Juan nos indica algo importante respecto a nuestra naturaleza caída. El hombre natural no puede amar a Dios; si pudiera, no hubiese hecho falta que Cristo viniera a la tierra. Juan nos educa al respecto: si amamos al Señor es únicamente porque él nos amó primero. El hombre natural continúa sosteniendo que para que el amor sea real es necesario tener la posibilidad de rechazar tal amor. Es decir, Dios desea que le amemos libremente, por lo tanto no existe compulsión hacia nosotros para amarlo a Él. Si no hubiese habido el cambio de corazón (el de carne en lugar del de piedra, como lo afirma Ezequiel), nuestro odio al Dios de la Biblia continuaría manifestándose.

    Como dice Pedro: la puerca lavada vuelve al lodo, y el perro a su vómito. La inmundicia que caracteriza a la naturaleza humana rechaza la pureza divina. Nuestra tendencia natural, de acuerdo a la ley del pecado que nos habita (Romanos 7), nos vuelca a cosas muy distintas a las cosas celestiales. La gracia de Jesucristo fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús (1 Timoteo 1:14). Dios el Padre abunda en gracia y bondad, en tanto Él es rico en misericordia. Su pueblo escogido goza de la plenitud de su amor. Como está escrito, la ley vino para que abundara el pecado (para que lo mostrara y nos instara a la desobediencia, pues donde se dice no codiciarás se aumenta la codicia), pero donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (Romanos 5:20).

    Ningún ser humano posee por naturaleza la fe de Cristo, sino solo su pueblo (Efesios 2:8). El creyente (el elegido que ha sido llamado eficazmente) posee la fe por gracia, al igual que toda bendición celestial, para dar a Cristo toda la gloria por eso que posee como redimido. Recordemos que antes de que la gracia nos visitara no teníamos ni la más remota posibilidad de amar a Dios (al Dios de las Escrituras). Dada la gracia, poseemos la capacidad irrenunciable de amar al Señor.

    Muchos se confunden con la filosofía jurídica que presupone un estado de libertad previo a la culpa. Esto no funciona a nivel teológico o espiritual: el hombre no posee ninguna libertad sino que tiene una disposición natural hacia el mal. Urge nacer de nuevo, pero esto no depende de voluntad humana sino solamente del Espíritu de Dios. En las Escrituras nos encontramos con variados relatos respecto a gente que conociendo a Jehová, que aún recibiendo ciertos favores divinos (en la providencia de Dios), se vuelcan contra el Señor.

    Por ejemplo, en 1 Reyes 13 leemos sobre un profeta de Judá que amonesta a Jeroboam. Como castigo de Jehová la mano extendida del malvado rey Jeroboam se secó, pero el rey suplicándole al profeta le pide que ruegue a Dios para que le devuelva su mano restaurada. Así acontece, una vez que el varón de Dios hubo orado para que se le restaurara la mano del rey. No obstante, dice el verso 33 del Capítulo 13 de 1 Reyes que, con todo esto, no se apartó Jeroboam de su mal camino, sino que volvió a continuar con sus abominaciones.

    ¿Qué nos ilustra ese relato sobre Jeroboam? Que poco importa que a la gente se le haga el bien social, ya que con ello no seguirán a Cristo. Lo mismo aconteció cuando el Señor estuvo en medio de los judíos, de acuerdo al relato de Juan 6. Una multitud le seguía y había presenciado el milagro de los panes y los peces, pero días más tarde lo dejaron solo porque no resistían su doctrina. Ellos dijeron: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6: 60). Muchas organizaciones autodenominadas cristianas tienen servicios públicos para ayudar a personas que han sido dominadas por ciertos males terribles. Les ayudan así como les enseñan partes de la Biblia y los persuaden a que sigan a Cristo. Lo hacen y se mantienen a ratos, pero su naturaleza no ha sido cambiada y terminan molestos con la doctrina del Señor (no con el falso evangelio aprendido).

    Ayudar a restaurar a otros complace mucho, pero no pretendamos que por ese mecanismo ellos vendrán a Dios. Ninguno puede ir a Cristo si el Padre no lo envía (Juan 6: 44). Los Diez Mandamientos que Dios legó a la humanidad por medio de Moisés ponen de manifiesto lo que la humanidad debe hacer, no necesariamente lo que puede hacer. Si alguno osara argumentar que ha cumplido con la ley divina, entonces debe entender que la Escritura dice igualmente: … por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20). El hombre no es justificado por medio de la ley, sino por la fe de Jesucristo (Gálatas 2:16). Empero, no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), sino que ella es un regalo de Dios (Efesios 2:8). Sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11: 6); Cristo es el autor y consumador de la fe (Hebreos 12:2).

    Jesucristo es el líder de nuestra fe, el artífice, el Príncipe de ella; al mismo tiempo es el que la completa. Si perdemos de vista a Jesús ¿cómo llegaremos a donde queremos llegar? No nos parece irracional el propósito de Dios al formular la definición de la fe (Hebreos 11), tampoco el brindarnos su ley junto a su severidad. La comprensión de esta realidad implica que nada podemos hacer para satisfacer la justicia divina. El pecado de Adán pasó como herencia federal a toda la humanidad. Jesucristo es llamado el Segundo Adán, para que por medio de él la nueva humanidad sea justificada.

    Esa nueva humanidad engloba a todos los creyentes que por haber recibido la abundancia de la gracia y el don de la justicia fuimos justificados (Romanos 5: 17). Ese postrer Adán es el espíritu vivificante (1 Corintios 15:45). Primero viene lo animal y después lo espiritual, el primer hombre es de la tierra pero el segundo hombre es del cielo. De allí que la sangre y la carne no heredan el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción. Con estas palabras de Pablo entendemos sobre la importancia de conocer al postrer o segundo Adán, a Jesucristo el justo.

    Le hicieron una pregunta al Señor, estando acá en la tierra; le inquirieron si eran pocos los que se salvaban. El Señor respondió que lo que es imposible para los hombres para Dios es posible. Esto implica que no podemos salvarnos a nosotros mismos, ni con mucho esfuerzo de conducta, ni con muchas obras benéficas. Si no tuviéremos la justicia de Dios (Jesucristo) por medio de la gracia, nadie sería salvo.

    El amor de Dios hacia nosotros es primero que el nuestro hacia Él. Y Él ama a su pueblo como ama a Su Hijo, lo cual revela la dimensión de ese amor. Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él (1 Juan 3:1). El mundo persigue a los hijos de Dios, por cuanto no nos ama; Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9) sino solamente por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de aquellos primeros discípulos (Juan 17:20).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • YO SOY EL QUE SOY

    Dios se definió como el YO SOY EL QUE SOY, cuando le aseguraba a Moisés que bajo ese nombre los hijos de Israel entenderían quién lo habría enviado. El YO SOY había enviado a Moisés a liberar al pueblo de Israel de la esclavitud egipcia. Su nombre proveniente de la lengua hebrea, Jehová, es un símbolo de quien hace todas las cosas posibles, del Libertador. Ese era el mismo Dios de sus padres: el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. De manera que este es el nombre de siempre, el que ha de ser tenido como memoria en todas las generaciones (Exodo 3:14-15).

    La creencia religiosa de los judíos les hizo entender que solamente el pronunciar ese nombre sería un acto de blasfemia, de manera que lo sustituyeron por ADONAI (que quiere decir Señor). Ya en el Nuevo Testamento se sigue esta tradición, la de señalar a Jehová como el Señor o como Dios. Pablo nos señala en Romanos 1:23 que la mentalidad pagana cambió la gloria del incorruptible Dios / Jehová al hacerlo semejante a cualquier humano corruptible, o a las aves, a los cuadrúpedos y a las criaturas que se arrastran. Este mismo Dios es también tenido por la Biblia como el Cordero sin mancha, el Hijo de Dios, la misma divinidad en tres personas.

    La visión trinitaria se va dando progresivamente en las Escrituras. Uno de los textos más relevantes del Antiguo Testamento dice así: Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu (Isaías 48:16). Este es un llamado al pueblo judío, para que tengan en cuenta el ministerio de Cristo y su doctrina. No ha hablado en secreto, es decir, se ha proclamado en las sinagogas de los judíos, en el templo; esta actividad se hizo desde el principio, como se conviene en Juan 18:20. Antes que el tiempo fuera yo era /Isaías 43:13, Juan 8:58, Juan 1:1-3.

    Estos textos de Isaías y los de Juan nos indican que Cristo existía antes de su encarnación, nos habla de su eternidad, siendo la Palabra y el Hijo de Dios que estaba con Dios el Padre. Se nos habla de la gloriosa doctrina de la Trinidad, pues Dios el Padre Jehová el Señor es quien lo envió a la tierra con su Evangelio, como Mediador entre Dios y los hombres. Ah, pero no es todo, ya que el texto de Isaías continúa diciéndonos que también lo había enviado el Espíritu. Es decir, a la interrogante de quiénes enviaron a Jesucristo a la tierra responderemos con Isaías que fueron el Padre y el Espíritu.

    Ese Jesús les prometió a los discípulos y por ende a sus seguidores por toda la tierra que el Padre les enviaría al Consolador que es el Santo Espíritu (Juan 8:26). El texto de Lucas 3:21-22 nos demuestra la acción de esta Trinidad: el Hijo de Dios fue bautizado por Juan el Bautista; el Espíritu descendió sobre él como paloma, mientras el Padre habló con sonora voz diciendo que Jesús era su Hijo amado en quien tenía complacencia.

    Aunque muchos conocían el nombre Jehová, no todos sabían su significado; fue a Moisés a quien se le dijo lo que contenía el nombre. Ya no era solamente el Todopoderoso, el Omnipotente, sino que además era el que existía por sí mismo. Las culturas paganas siempre han pasado por el jefe de los dioses, el padre de ellos, por golpes de estado a la jerarquía divina. El Dios de la Biblia no tuvo comienzo, simplemente es el que es, lo cual significa además que es quien hace todo posible. De allí la gran pregunta retórica que Él hizo: Yo soy Jehová, Dios de toda carne, ¿habrá algo difícil para mí? (Jeremías 32:27).

    El gran Yo soy tiene vida eterna en sí mismo; de esta manera Él la comparte con quien quiere compartirla, a través del Hijo como nuestra justicia. En tu luz veremos la luz (Salmos 36:9). Como nos asegura Juan: En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres (Juan 1:4). Se nos asegura que el que cree en Jesús, el Cristo, tiene vida eterna, no morirá por siempre (Juan 11:25). Todo lo que el Padre le da al Hijo irá al Hijo, para tener vida eterna y para ser resucitado en el día postrero. Estando guardados en las manos del Padre y en las manos del Hijo, no existe nada que nos separe de ese amor eterno (Juan 10:27:29).

    El gran Yo soy es quien circuncida nuestros corazones (Deuteronomio 30:6). Esa es la razón por la cual amamos al Señor, para poder vivir. Cuando estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados él nos dio vida juntamente con Cristo (ya que somos salvos por gracia, no por obras, a fin de que nadie se gloríe. Y si alguno se gloría, que se gloríe en el Señor). Ya estamos sentados en los lugares celestiales con Cristo Jesús, siendo salvos por gracia por medio de la fe, y esto no de nosotros sino que todo ello es un regalo de Dios (Efesios 2: 5-8).

    La semilla incorruptible es la que nos ha hecho nacer de nuevo; entendemos que el nuevo nacimiento lo hace el Espíritu Santo, pero todo lo hace por medio del evangelio, por la palabra que no está corrompida. Un falso evangelio no producirá el nuevo nacimiento, ya que el Espíritu Santo no se goza en la falsedad. El pecador redimido recibe vida eterna, así como también recibe un corazón con el cual ame a Dios por sobre todas las cosas.

    Jehová es el gran Yo soy, mientras nosotros somos sus criaturas formadas. Humillémonos delante de Él como corresponde a las vasijas de barro que no pueden reclamar nada del alfarero. Tengamos conciencia de nuestra pequeñez frente al Altísimo, para ver si hallamos gracia para el oportuno socorro. Amístate ahora con Él, y por eso te vendrá paz. Busca la paz y síguela. Con Job digamos: De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven. Por lo tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza (Job 42:5-6).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL DIOS DE LA BIBLIA

    Al leer la Escritura en forma completa uno puede darse una idea del Dios que en sus páginas se describe. En ella encontramos la expresión referida a los hombres de Dios, los que siendo inspirados nos legaron su palabra. La fe viene por oír esa palabra de Cristo, el Ungido anunciado desde el Génesis, la promesa de la Simiente que vencería a Satanás. El Cordero de Dios estuvo ordenado y preparado desde antes de la fundación del mundo, en palabras del apóstol Pedro, para ser manifestado en el tiempo apostólico. Desde el inicio del Génesis ya se nos anunciaba a ese Mesías por venir, el cual estuvo en el principio creando el mundo, como se reconoce por el plural especial de la lengua hebrea: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, y como lo atestigua Juan en su Evangelio (Capítulo 1:1-3).

    Ese Dios Creador había dispuesto todas las cosas para que acontecieran de la manera como vemos que suceden. Adán tenía que pecar, pese a haber sido formado en inocencia. Si el Cordero estaba ya ordenado desde antes de la creación de Adán, entonces el pecado del primer hombre sería el motivo por el cual el Mesías se manifestaría para llevar la gloria sempiterna de Redentor. Por esa razón, en las páginas de la Biblia se narra como eje central todo lo concerniente a la venida de Cristo, a su manifestación como esperanza de los oprimidos espirituales, aquellas ovejas que serían rescatadas oportunamente por su sangre sacrificial.

    En muchos de los relatos del Antiguo Testamento valoramos la santidad de Dios. El Arca es un ejemplo del celo de Jehová por el respeto de su orden establecido en materia de adoración, el respeto a su espacio, a sus ritos y a la figura del sacerdocio. Muchos personajes resaltan, pero podríamos tomar como ejemplo el caso del sacerdote Elí. Él entrenó a Samuel en el oficio, pero Jehová le revela al niño Samuel lo que le acontecería al viejo sacerdote Elí, por causa de su manera floja de educar a sus hijos. Ciertamente Elí les reclama su conducta, su abuso con las mujeres a las puertas del tabernáculo de reunión, pero en ningún momento los castigó por sus abusos contra la casa de Jehová.

    Ese Dios celoso mostró una pedagogía para la posteridad, para que supiésemos que conviene al hombre honrarlo, ya que Él honra a los que le honran, pero tiene por pocos a aquellos que lo desprecian (1 Samuel 2:30). También vemos que el pueblo de Israel seguía a Jehová pero por muchos ratos se daba a los Baales, a Astarot, a la adoración y servicio de dioses ajenos. Dios los castigaba entregándolos a manos enemigas, pero cuando se arrepentían y dedicaban su corazón al Dios verdadero los auxiliaba una y otra vez. La testarudez del pueblo de Israel desde sus orígenes hasta lo largo de las Escrituras, nos da una idea de la obstinación del corazón humano. No somos diferentes los del pueblo gentil, caemos enredados una y otra vez por causa de los atractivos del mundo. Por igual sufrimos el castigo y azote del Padre que nos tiene por hijos.

    La Biblia contrasta la figura de dos Adanes. Dice Pablo: Así también está escrito: Fue hecho el primer Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante (1 Corintios 15:45). La caída del primer Adán llevó al mundo a la depravación, dejándolo en un estado de pecado, muerte y destrucción. La obediencia a Satanás (la serpiente) antes que al Creador nos llevó a cometer la transgresión suprema, a la pérdida del paraíso terrenal (Génesis 3:1-6). A esto se le conoce como la caída del estado de inocencia para terminar en el estado de depravación total. Adán como cabeza federal de la humanidad transmitió su culpa a todos cuantos él representó: los de la raza humana.

    Dice la Biblia: No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre; quebranto y desventura hay en sus caminos; y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos (Romanos 3:10-18). Por esa razón se dijo igualmente que sería maldito el hombre que confiara en el hombre.

    El mismo rey David escribiría que él había nacido en iniquidad, que en pecado lo había concebido su madre (Salmos 51:5). Ese pecado original venido de Adán se transmite como por generación natural, desde la concepción hasta la formación de la criatura, todo en pecado. Nuestra justicia vino a ser como trapo de inmundicia, por lo cual nuestras buenas obras no alcanzan para expiar un solo pecado. De allí que se escribiera igualmente: Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2). Los designios de nuestra carne son enemistad contra Dios, porque no se pueden sujetar a la ley de Dios.

    Cuando el Espíritu de Dios mora en nosotros, ya no vivimos según la carne (Romanos 8:9). En el creyente ocurrió una transformación: estuvimos muertos en delitos y pecados, caminando de acuerdo al designio del mundo, siguiendo lo establecido por el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia (Efesios 4:1-3). En cuanto el segundo Adán, que es Cristo, la Biblia nos asegura que el efecto de su justicia fue por igual sobre toda su descendencia. Es decir, si el primer Adán pecó y su consecuencia la heredamos todos los humanos, el segundo Adán nos redimió a todos cuantos conformamos su pueblo. Ese pueblo fue ordenado desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1, por ejemplo), para que Jesús muriera en exclusiva por él y pudiera quitar todos sus pecados (Mateo 1:21; Juan 17:9).

    De acuerdo a la Biblia y su contexto, cuando un pecador es regenerado por operación del Espíritu Santo pasa de la confederación de Adán a la confederación de Cristo. Esto se obtiene por gracia, ya que es el Espíritu Santo, por medio de la palabra de Dios, el que hace que el pecador se arrepienta para perdón de pecados. La persona regenerada recibe el conocimiento y el entendimiento respecto al evangelio de salvación, el cual está condicionado en forma exclusiva al trabajo de Jesucristo en la cruz. De esta manera el pecador regenerado reconoce que pasó de muerte a vida, que ya dejó la creencia en una falsa esperanza o en un falso evangelio que buscaba su propia gloria. El pecador renacido sabe que ni un ápice de esa redención se debe a sí mismo, ni a su buena voluntad, ni a su decisión, ni a sus costumbres religiosas.

    El pecador que ha nacido de nuevo tiene su vida anterior como un conjunto de obras muertas, haya o no haya sido religioso de cualquier denominación; esa conversión de las tinieblas a la luz viene como consecuencia inevitable de la regeneración operada por el Espíritu Santo. Tiene ahora un corazón de carne y no posee más el corazón de piedra; se le ha dado un espíritu nuevo por medio del cual comienza a amar los mandatos del Señor. En tal sentido, cada creyente debe preguntarse cómo puede existir una persona regenerada que al mismo tiempo ignore el evangelio de verdad. El creyente ya no sigue más al extraño, porque desconoce su voz (Juan 10:1-5); vive en la doctrina de Cristo sin extraviarse (2 Juan 1:9-11). Ya no vuelve a clamar a un dios que no puede salvar (Isaías 45: 20).

    La seguridad de nuestra salvación nos acompaña, porque la voluntad del que envió a Cristo es que ninguno que le ha conocido y crea en él se llegue a perder, sino que será resucitado en el día postrero (Juan 6.40). Estamos ahora en las manos de Cristo y del Padre (Juan 10:28-29). Si antes fuimos siervos del pecado, ahora nos volvimos obedientes a esa forma de justicia en la que fuimos enseñados: Que Dios es justo y el que justifica al impío. Justificados por la fe tenemos paz para con Dios. Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre, cetro de justicia el cetro de tu reino (Salmos 45:6). Ese es el Dios de la Biblia.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL PRIMERO DE LOS PECADORES

    Pablo recuerda que la gracia de Dios se mostró en él, porque Jesús vino a salvar a los pecadores de los cuales el apóstol se consideraba el primero. El Señor se agradó de mostrar a su Hijo en nosotros, así que siendo rescatados no debemos estar martirizándonos con el recuerdo de nuestros viejos pecados. Esa antigua época ya pasó, ahora todo va siendo nuevo. La Biblia nos asegura que no escogió Dios a los muchos nobles del mundo, ni a los muchos sabios, sino que también lo necio, lo que no es, eso escogió Dios para avergonzar a lo que es.

    Así que nadie ha de tener mayor concepto de sí mismo que el que debe tener, ya que debemos pensar con cordura (Romanos 12:3). Dios se muestra fuerte en nuestra debilidad, de manera que no debemos aparentar una fortaleza que no tenemos. Esos criterios de la Nueva Era que enseñan a buscar a Dios dentro de nosotros, a imaginar cosas para conseguirlas, dan muestra de un esoterismo altamente confuso y peligroso, por demás muy antibíblico.

    Pero Pablo como el primero de los pecadores fue transformado para que el evangelio le hiciera resplandecer el rostro de Jesucristo en su vida. Dios transformó su corazón, su entendimiento, el centro de su humanidad, para que pudiera subsumir la doctrina de Cristo que es la misma del Padre. Por esa transformación el apóstol pudo desarrollar las enseñanzas de Jesús para que nosotros también las aprendamos debidamente. No existe en él alguna mezcla entre concepción propia y sabiduría divina, sino una forma clara de exponer lo que le fue revelado. En Romanos 10:1-4, demuestra el apóstol que hay muchos que creen en vano, desconociendo la justicia de Cristo. En realidad Cristo es nuestra justicia, por medio de la cual nosotros somos justificados. Dios que es justo viene a ser quien justifica al impío.

    La debida dimensión de lo que somos está presentada en las Escrituras. En principio, no somos más que trapos inmundos en cuanto a justicia, por lo cual nadie puede ser justificado por méritos propios o por obra propia. De esta manera entendemos que nadie podrá profesar una doctrina contraria a la Escritura y al mismo tiempo tenerse como justificado. Dios no salva a ninguna persona para dejarla en la ignorancia respecto a su evangelio. En realidad, el Padre busca la gloria del Hijo no la del pecador. Esto quiere decir que Dios se goza en enseñarnos su doctrina para que la aprendamos y podamos ir a Jesucristo (Juan 6:45).

    No pensemos en ningún instante en que Dios salva al pecador y lo deja en la ignorancia respecto a Jesucristo. La gracia divina no presupone pasar por sobre la gloria divina; todo lo contrario, esa gracia le lleva honra a nuestro Dios. Por esta razón el Espíritu nos guía a toda verdad, testificando a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Así que no se trata de ampararnos en la gracia para vivir carnalmente, para creer banalidades, para torcer las Escrituras. Si las herejías se condenan, los heréticos también. No hay herejía sin heréticos, como para que pensemos que Dios odia la herejía pero ama al hereje.

    Cuando Dios salva a un pecador no mira a sus condiciones, como si ellas pudieran darse en base a un esfuerzo mutuo entre el Salvador y el pecador. Dios solamente mira el trabajo de Jesucristo en la cruz, ya que él murió para salvar a su pueblo de sus pecados. Recordemos que Jesús no rogó por el mundo la noche previa a su martirio (Juan 17:9), como nunca pretendió salvar a Judas Iscariote. La fe viene como un inmediato fruto de la vida eterna que se nos ha dado (Efesios 2:8). Esa fe nos hace creer como creyó Abraham, sin duda alguna; Abraham creyó en esperanza contra esperanza (Romanos 4:18), sin que se debilitara en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo casi de cien años, o la esterilidad de la matriz de Sara). Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido (Romanos 4:19-20).

    Dios no pide al mundo que tenga la fe de Abraham, sino que Él da esa misma fe a cada creyente como parte del conjunto de la salvación (Efesios 2:8). Por lo tanto, la fe no puede ser una condición para la salvación sino una manifestación o fruto de la misma redención. Volvamos a lo que Pablo escribió a los romanos, acerca de los que ignoran la justicia de Dios y que por ello buscan establecer su propia justicia. Suponer que la fe es una condición de la redención, podría rayar en la creencia de que poseemos nuestra propia justicia ante Dios (Romanos 10:1-4).

    Hay que mirar bien claramente para rechazar el ídolo de la autosuficiencia humana. Incluso, el presuponer que nosotros ponemos fe, intentamos alcanzar a Cristo, nos esforzamos por agradar a Dios, puede ser parte de esta idolátrica manera de concebir la religión. El que ha creído en Cristo ya no sigue más al extraño, porque no conoce su voz. Dios nos enseña para que habiendo aprendido vayamos a él. La palabra profética más segura, la incontaminada de los apóstoles (Juan 17:20) permitirá creer a todos aquellos que un día tienen que creer.

    De esos grandes pecadores como Pablo, el Señor ha hecho maravillas. Saulo se convirtió en Pablo, Pedro nos asegura que hemos sido renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre (1 Pedro 1:23). Se nos llama nación santa, sacerdotes, herederos de la gloria venidera. En ese contexto hemos de vivir en consonancia con nuestros nuevos roles, hasta que la virtud del amor sea el más resaltado de los talentos.

    El hábito de leer la palabra divina a diario, de tenerle cariño a lo que nuestro Dios declara, nos permitirá conducirnos con paso firme por donde nos toque transitar. La doctrina de Cristo como tesoro incalculable se convierte en la meta de todo creyente; Juan nos lo señaló oportunamente: Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras (2 Juan 1:9-11).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • GRACIA SOBRE GRACIA

    La Biblia expone abiertamente lo que fue desde el principio de todo lo que nos concierne: En el principio Dios creó los cielos y la tierra (Génesis 1:1). Aunque este primer libro de la Biblia no pretende ser un estudio de ciencias naturales, nos aclara como creyentes que lo que nos concierne tiene que ver con la soberanía de Dios. Es el Creador el que hizo todo cuanto existe, para que a partir de ese punto podamos comprender hacia dónde apunta la naturaleza.

    Estos principios generales han permitido el nacimiento y desarrollo de la ciencia, ya que poseemos la seguridad de que nuestra vida tiene un sentido en el mundo de relaciones que nos ocupa.

    La Escritura viene a ser un aliciente para el confort del creyente, de aquella persona que haya sido llevada por el Padre a Cristo. No nos cansamos de oír semejante gracia, la que nos preserva de la caída fatal. Estamos en las manos del Hijo y en las del Padre, jamás nos saldremos de allí, pese a que tengamos todavía la ley del pecado que habita nuestros miembros (Romanos 7). El que ha creído el evangelio de salvación que se basa en la expiación de Jesucristo, el que ha sido cubierto con la sangre derramada en la cruz, agradecerá por siempre a Dios el favor tan inmerecido. Nada nos distingue de los que continuarán muertos en delitos y pecados, simplemente la mano de Dios.

    Desde la regeneración hasta la gloria final, todo se basa en el trabajo exclusivo de Jesucristo. Ninguna de nuestras buenas obras ayuda a la preservación del alma en la gracia divina, sino solamente el trabajo de Cristo al cumplir toda la ley. Él se presentó como Cordero sin mancha para apaciguar la ira del Padre en los que Él escogió desde antes de la fundación del mundo: Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:4-5).

    Nadie puede deshacer aquello que Cristo ha hecho, ni siguiera Satanás; él tratará de engañar, si le fuere posible, aún a los escogidos. Ese texto está en futuro de subjuntivo lo cual presupone una imposibilidad absoluta. A todos los que Dios predestinó ha llamado, a los que llamó también los justificó, y aún a los justificados también los ha glorificado. De esta forma podemos decir con Pablo que si Dios está por nosotros, ¿quién puede prevalecer contra nosotros? (Romanos 8:30-31).

    El redimido sabe que su culpa y condenación han sido removidas, para recibir a cambio una justicia perfecta. Los mandatos de obediencia presentados por la Escritura se fundamentan en la gloria final del trabajo de Cristo: obedecemos porque su gracia nos motiva, pero la gracia no se nos otorga porque le obedezcamos. Este pacto de gracia divino no es condicional en ninguna medida, simplemente es inmerecido. Por lo tanto, todo lo que el Padre le da al Hijo irá al Hijo, para ser resucitado en el día postrero. En cambio, nadie puede ir al Hijo si no es enviado por el Padre (Juan 6: 37 y 44).

    Jesús habló en parábolas en parte para que los que oyeran no entendieran, así que solamente a los hijos del reino les ha sido dado entender lo que dijo. Hay cosas que se muestran muy evidentes, pero el incrédulo no las puede discernir. Es necesario nacer de nuevo, ser regenerado por el Espíritu, pero esto no se logra por causa de voluntad humana sino de Dios. Nuestras buenas obras, por lo tanto, se dan en virtud de un acto de gratitud hacia el que nos redimió, nunca como una causa de redención.

    Han venido y seguirán viniendo falsos profetas y falsos Cristos, pero no les será posible engañar a uno solo de los escogidos / ya redimidos. Los elegidos que ya hayan oído la voz del Señor no serán engañados, no se irán jamás tras los extraños (Juan 10:1-5), no blasfemarán del Santo Espíritu, no dirán que no existe Dios. Como ya dijimos, estamos guardados en las manos del Hijo y en las del Padre (Juan 10:27-29), ni siquiera nosotros mismos podemos huir de ese entorno; y es que como criaturas creadas no podemos nosotros separarnos de ese amor de Dios (Romanos 8:39).

    A los que no creen a la verdad sino que se complacen en la injusticia, Dios les envía un poder engañoso, un espíritu de estupor, para que crean la mentira (2 Tesalonicenses 2: 11-12). Por supuesto, esas personas no fueron escogidas para salvación desde el principio, por medio de la santificación del Espíritu y la fe en la verdad; los que hemos creído sí que fuimos elegidos desde la eternidad (verso 13), para ser llamados mediante el evangelio (verso 14). La verdad se presenta pero hay quienes no pueden soportarla, escandalizándose por la dureza de palabras en la que viene envuelta. ¿Quién puede oír esas palabras? Los que tienen oído para oírlas; los demás se alejarán tras la mentira creyéndola. Esta mentira viene en una gran variedad de formas, luce atractiva, se amolda a la percepción de cada uno que la sigue y puede disfrutarse al escarnecer a los del verdadero evangelio.

    Recordemos esta premisa bíblica: nuestra justicia es como trapo de inmundicia (Isaías 64:6-9). Esto indica que aquella persona que supone que Dios lo escogió porque vio en ella una posibilidad de aceptarlo, un deseo de seguirlo, está en realidad pensando injustamente. Esa persona cree que la justicia de Dios se equipara a la justicia humana, considera que ella tiene un aporte atractivo para seducir a Dios. Este tipo de persona se justifica ante sí misma, pero Dios conoce cada corazón: lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación (Lucas 16:15).

    Hay autodenominados creyentes que sufren de urticaria cuando leen Romanos 9, o cuando se enfrentan a Juan 6; lo mismo les sucede con otros textos similares. Comienzan a reinterpretar privadamente, en el intento de hacer decir otra cosa porque ellos no lo conciben como justo. En realidad piensan que Dios es injusto por haber odiado a Esaú antes de ser concebido, por haberlo condenado sin mirar en sus malas obras. En este punto se prueba que tal persona presupone su criterio de justicia como el que debe regir al Dios supremo.

    La Biblia enfatiza que la ley (de Moisés o de Dios) no salvó a nadie, antes más bien condenó a todos. Sin embargo, a través del mandato (la ley) se nos ayudó a buscar a Cristo. No obstante, nadie puede exigir liberación mirando a sus propios méritos; el único que pudo cumplir la ley en todos sus puntos fue Jesucristo, lo cual lo facultó para ser la ofrenda adecuada para amistarnos con Dios. Jesús fue el nombre del niño que nacería de María, de acuerdo a lo dicho por el ángel a José en una manifestación. El nombre JESÚS en arameo significa Jehová salva, y la razón de ese apelativo es que él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Es en ese sentido de conjunto que Juan el Bautista exclamó respecto al Cristo como de aquel que quitaría el pecado del mundo. En realidad esto es cierto en grado sumo: cuando tengamos cielos y tierra nueva el pecado ya no será más en este mundo.

    Juan en una de sus cartas les afirma a los miembros de su iglesia (compuesta fundamentalmente por judíos conversos) que Jesús es la propiciación por sus pecados y no solamente por los pecados de ellos sino por los de todo el mundo. ¿Cuál mundo es el referido por Juan? Ese mundo no incluye a Judas Iscariote, ni al Faraón de Egipto, ni a los muchos que se pierden en la eternidad. Ese mundo se refiere a la suma de los gentiles que llegamos a creer. Los judíos siempre hablaron de ellos como un conjunto aparte, mientras que el resto de las gentes eran llamados gentiles o mundo. Entonces Juan habla de ese mundo por quien Cristo también es la propiciación.

    Ya lo dijo el Señor, en un testimonio recogido igualmente por Juan en su Evangelio: Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho (Juan 10:26). La condición de oveja precede al creer. Los que hemos sido regenerados por el Espíritu no podemos jamás confesar un falso evangelio. Si alguien hace tal cosa está confirmando que no había sido redimido, pese a sus actos religiosos. Los que se dan a la idolatría en cualquiera de sus formas (incluso en la abstracción mental, sirviendo a Cristos que se inventan y se ajustan a sus propios criterios), están orando y alabando a un dios que no puede salvar. El profeta Isaías también lo advirtió: …No tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no salva … Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más (Isaías 45: 20 y 22).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org