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  • ELECCIÓN (1 TESALONICENSES 1:4)

    Pablo les escribe a los miembros de la iglesia de Tesalónica, pero por igual abarca el mensaje para toda la cristiandad. En su carta expone el tema de la elección divina respecto a los que serán creyentes. No es la única vez que el apóstol para los gentiles toca el tema con vehemencia, ya que basta con acercarse a sus cartas para saturarse de esa bondad que pertenece a la soberanía de Dios. No se trata de ser elegidos para un oficio en particular, lo cual pudiera entenderse como válido ya que lo que somos se debe a Él.

    Jehová es su nombre y no dará a otro su gloria; por lo tanto, si en él vivimos, nos movemos y somos, entendemos que todas las circunstancias que nos mueven en esta vida son provistas o facilitadas por medio de su soberanía absoluta. El Faraón de Egipto tuvo que gobernar su nación, pero para ello debió cumplir una serie de requisitos particulares propios de su oficio. En tal sentido, si Dios se glorificó en la necedad de ese Faraón lo hizo para alabanza de la gloria de su poder y de su ira contra el pecado. Esa gloria se proclama en toda la tierra. Asimismo, comprendemos que fue Él quien preparó toda la providencia necesaria para que ese personaje cumpliera con los requisitos para ejercer el cargo, así como para cumplir el rol asignado como réprobo en cuanto a fe.

    Pero Pablo habla de los elegidos para vida eterna, algo mucho más glorificante para la vida de cada creyente. Nunca se pretende decir que Dios nos escogió porque hubiera cualidad diferente en nosotros. Al contrario, en Romanos 9 el apóstol menciona el hecho de que todos somos formados de la misma masa. Dios como Alfarero forma vasos para honra y gloria y otros para deshonra e ira y destrucción.

    Esta doctrina proviene del Padre, pero también fue enseñada por el Hijo. Jesucristo afirmó que él enseñaba la doctrina del Padre; en Juan 6 leemos sobre el evento del milagro de los panes y los peces. Muchas personas se maravillaron de ese acto y comenzaron a seguir a Jesús. Estaban por igual fascinados con sus palabras. Lo buscaban por tierra y por mar, iban de un poblado a otro. En esa labor lo encontraron en Capernaum, pero el Señor les advirtió que ellos le buscaban por causa de la comida que los había saciado. De inmediato comenzó la arenga de Jesús diciéndoles que debían trabajar no por el pan que perece sino por el que a vida eterna permanece.

    Esa gente se motivó y quiso saber lo que debían hacer para poner en práctica las obras de Dios. La obra de Dios era muy simple: creer en el que Él había enviado (en Jesús, con todo lo que ello implica). Jesús se identifica como el pan que descendió del cielo, el verdadero maná, el que no deja con hambre a los que lo comen. Ellos no creían, como bien lo dijo el Hijo de Dios (Juan 6:36).

    De inmediato el Señor lanzó la sentencia de su doctrina de la elección: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37). Unos momentos más tarde o casi de inmediato comenzaron a murmurar porque Jesús había dicho que él era el pan del cielo. Ante esa murmuración Jesús les dijo: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:44). Después se espantaron porque no entendían el símbolo de comer su carne, pensando que era en forma literal.

    Habiendo dicho esas cosas en la sinagoga de Capernaum, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60). Como muchos de entre la multitud no creían de verdad (no asumieron su doctrina), el Señor les resaltó el tema central de ella: la elección o predestinación. Dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6: 65).

    Sin duda que el tema central en este capítulo del evangelio de Juan gira en torno a la potestad absoluta del Padre de enviar prosélitos hacia Jesús. Ellos lo habían seguido por su cuenta, por interés de algún tipo, pero no porque hubiesen sido enseñados por el Padre para que una vez aprendido lo que hubiere de aprenderse fuesen enviados hacia el Hijo (Juan 6:45). Volviendo al tema de Tesalonicenses, agregamos que los que fueron electos también fueron llamados eficazmente. Como lo apunta el libro de los Hechos, en Capítulo 13, verso 48: Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna. Esto significa que aquellos que estaban predestinados por Dios para recibir la vida eterna, creyeron y asumieron la doctrina del Señor. En síntesis, la fe, la salvación y la gracia son un don de Dios (Efesios 2:8).

    La escogencia que hace Dios no viene por causa de méritos humanos, como si hubiese algo bueno que mirar dentro de los elegidos. Esto proviene de la libre gracia y el buen propósito de Dios, lo cual se subraya como el inmutable e irreversible propósito divino. Los tesalónicos de la carta tenían ese conocimiento de la gracia, lo que demostraba la eficacia del llamamiento. Porque todo el paquete de la fe viene junto con la salvación y la gracia, como un regalo del cielo. Conviene, pues, tener ese conocimiento para que no suceda como les aconteció a otros destinatarios de otra carta; en Romanos 10:1-4 se lee que mucha gente que teniendo celo de Dios no lo han tenido conforme a ciencia. Ellos ignoraban la justicia de Dios (Jesucristo), en tanto procuraban colocar la suya.

    Ese malestar sucede cuando la persona dice creer (como aquellos discípulos reseñados en Juan 6) pero rechazan la doctrina de la elección. Comienzan a murmurar diciendo que esa enseñanza es difícil y muy dura, que trae confusión. Así que se distancian de la doctrina de Cristo y les acontece como a los expuestos en la 2 Carta de Juan, Capítulo 2, versos 9-11: Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo…el que no trae tal doctrina no debe ser recibido ni se le debe decir bienvenido.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • Y ESTO ERAIS ALGUNOS (1 CORINTIOS 6:11)

    En la iglesia de Cristo podemos encontrarnos con personas que en un momento de su vida practicaban pecados que los convertían en indignos. Ahora han sido lavados y santificados, justificados en el nombre de Jesús. Ocurre un cambio radical en cada creyente, de la fornicación, idolatría, adulterio, homosexualidad, robo, avaricia, borracheras y el uso de lenguaje obsceno, se opera una vida nueva en corazón del que ha sido convertido a Cristo. La intervención de Dios en esas vidas los limpia del pecado (de todos ellos), para que sean parte de ese pueblo que le adora. Esto acontece por medio de la gracia y el poder de Jesucristo y del Espíritu Santo.

    Uno de los trabajos de los creyentes consiste en la predicación del evangelio a toda criatura humana; asimismo, Santiago 5:20 nos recuerda la maravilla que ocurre cuando hacemos volver al pecador del error: salvaremos de muerte un alma y cubriremos multitud de pecados. Nosotros solo somos ayudantes del Dios de gracia, servidores (inútiles) de su mandato.

    Sabemos que la gracia que Él tiene y otorga no la da a todos sin excepción. Jehová ha hecho aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). La gracia proviene de Cristo Jesús, de su trabajo en la cruz hecho exclusivamente en favor de todo su pueblo (Mateo 1:21). La ira de Dios se exhibe contra todos los que no son puros, que están contaminados con el pecado en cualquiera de sus formas. Pero la gracia que Él otorga la da en Cristo, el cual se ha convertido en nuestra justicia, en razón del sacrificio que ofició en el Calvario para aplacar la ira del Padre en todas sus ovejas elegidas.

    Decimos que tenemos perfecta justicia, ya que es la de Cristo. En tal sentido, Dios no muestra su gracia en contra de su justicia; su Hijo ya fue castigado por los pecados que tomó en el madero, en representación de todo su pueblo. Isaías nos dijo que cuando el Siervo Justo hubiere puesto su vida en expiación por el pecado, vería linaje (Isaías 53:10). Jesucristo se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y purificar para sí un pueblo elegido, dedicado a hacer el bien (Tito 2:14). Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9).

    El Señor enseñó una doctrina que molesta a muchos que dicen ser creyentes. Juan nos afirma en su Segunda Carta, versos 9 al 11, que el que no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios (ni al Padre ni al Hijo): el que no traiga tal doctrina no debe ser recibido con bienvenidas. En Juan 6 leemos que Jesús predicaba su doctrina de la soberanía absoluta de Dios, pero muchos de los que ya eran sus seguidores (discípulos), de los que habían presenciado el milagro de los panes y los peces, se retiraron con murmuraciones y diciendo que esa doctrina era dura de oír (Juan 6: 37,44,60,65,66).

    La gracia de Dios no es universal. Observamos a Judas Iscariote que fue elegido como diablo para que traicionara al Señor; Jesús mismo dio un ay por aquel que ho había de entregar, pero igual le indicó que hiciera pronto su mandado. Esaú fue odiado desde antes de ser concebido, con independencia de sus obras buenas o malas, apartado para la exhibición del poder de la ira de Dios contra el pecado, pero Jacob su gemelo fue amado también desde antes de ser concebido y con independencia de sus obras (Romanos 9:11-13), para que se mostrara en él el poder de la misericordia de Dios.

    El verdadero y único evangelio es el de la gracia. Esa es la buena noticia, el hecho de que en vez de seguir siendo desgraciados ahora somos objeto de la misericordia y gracia divina. Los que oyen la ley de Dios y son solamente oidores, no serán justificados. Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán; y todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados (Romanos 2:12). Recordemos que la ley de Dios puede contemplarse en las tablas escritas (la Escritura toda como consecuencia) y también en la conciencia (la llevan escrita en el corazón, como lo demuestra el testimonio de su conciencia y sus propios pensamientos, que unas veces los acusan y otras los defienden -Romanos 2:15).

    Pero esa ley, la escrita en papel o en la conciencia, no salvó a nadie, ya que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo (Gálatas 2:16). Ahora bien, los israelitas cuando salieron de la esclavitud de Egipto transitaron por el desierto. En ese sitio se fastidiaron rápidamente de ese Dios que los había liberado; ellos querían ver al líder Moisés de inmediato, pero él estaba conversando con Jehová. La impaciencia del pueblo así como el deseo de servir a un dios más concreto, algo palpable que pudieran ver y tocar, hizo que clamaran a Aarón el hermano de Moisés. Por tan gran apremio consintió Aarón en hacerles una divinidad palpable, creando el becerro de oro.

    De esa forma se pervirtió mucha gente porque no logró discernir al Dios invisible que hace cosas concretas y épicas, como liberarlos de Egipto con señales y prodigios. Prefirieron servir a un muñeco de oro, algo que pudieran mirar y palpar, antes que hacer un esfuerzo por creer que ese Dios creador de todo cuanto existe los había liberado. En ocasiones muchos le temen a la doctrina de Cristo, como ya ha señalado el texto de Juan 6. Dado que la doctrina del Señor pudiera tener palabras duras de oír, los oídos se apartan y la vista intenta mirar hacia un dios más digerible. Ese dios hecho a semejanza humana da más confianza porque se ve y se toca, pero se trata de un dios que no puede salvar, un simple ídolo.

    Jehová ha dicho que no dará a otro su honra ni su gloria; dijo que eran vanas las mentes que servían a un dios hecho por artífices. La Escritura nos dice en varias partes (tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento) que servir a los ídolos es servir a los demonios. Por ejemplo: Y sirvieron a sus ídolos, los cuales fueron causa de su ruina. Sacrificaron sus hijos y sus hijas a los demonios (Salmos 106:36-37). ¿Qué digo, pues? ¿Que el ídolo es algo, o que sea algo lo que se sacrifica a los ídolos? Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios (1 Corintios 10:19-21). Dios no dará su alabanza a esculturas (Isaías 42:8).

    Dar gloria a otro ser que no sea Dios se considera una blasfemia, una ofensa a la divinidad. De allí el concepto de Soli Deo Gloria que enfatiza que toda la gloria será para el Señor; la gloria es algo inherente al Dios creador de todo cuanto existe. Pudiera suceder que alguien idólatra se defienda diciendo que nunca confunde la imagen con la persona que representa. De esa forma intentará decirnos que no adora la imagen, sino que ella es una ayuda para concentrarse en la divinidad. Esto pareciera semejante a lo que le aconteció a aquel pueblo de Israel en el desierto.

    Pero la idolatría no existe porque el adorador confunda la imagen con su divinidad, como lo sabemos por la cultura pagana. Quienes adoraban a Diana de los efesios nunca pensaron que las imágenes de plata fuera la misma Diana (Gordon H. Clark, What Do Presbyterians Believe?, pp. 195-196). Como continúa diciéndonos este autor, los católicos romanos que se defienden a sí mismos del cargo de idolatría, defienden por igual a los de Éfeso que adoraban a Diana. En tal sentido, la Escritura es ampliamente clara al prohibir la adoración de alguien que no sea el Dios de la Biblia; ha prohibido por igual el hacerse imagen de lo que esté en el cielo, en la tierra, en los mares, etc., para inclinarse ante ellas y honrarlas. Eso está en los Diez Mandamientos: No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen… (Éxodo 20: 2-5).

    Resulta que en las traducciones de la Biblia Católica, después de la Reforma Protestante, Roma ha omitido esos textos, alargando unos párrafos de los demás mandamientos para que sumaran diez en su totalidad. Si usted busca en la Vulgata Latina, de Jerónimo, Biblia oficial del catolicismo durante muchos siglos, encontrará esos mandamientos en forma completa. Veamos esos dos textos en el latín de la Vulgata: Non habebis deos alienos coram me. Non facies tibi sculptile, neque omnem similitudinem quae est in caelo desuper, et quae in terra deorsum, nec eorum quae sunt in aquis sub terra. Non adorabis ea, neque coles: ego sum Dominus Deus tuus fortis, zelotes, visitans iniquitatem patrum in filios, in tertiam et quartam generationem eorum qui oderunt me…

    No hace falta ser latinista para comparar texto con texto, en especial lo que aparece subrayado. La idolatría puede ser perdonada, como asegura Pablo al decirnos que esto erais algunos; no solamente debemos cuidarnos de las esculturas o dibujos idolátricos, sino de la confección mental de lo que pensamos que debería ser Dios. Al cortar ciertos aspectos de la doctrina de Cristo, con el argumento de que eso resulta duro de oír para muchos, estamos confeccionando un Cristo a la medida, cosa que raya por igual en la idolatría.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • JOB EL JUSTO

    El libro de la Biblia que lleva su nombre relata sobre las calamidades sufridas por este justo varón. Muchos estudiosos asoman la idea de un relato fantasioso, pero sin duda en la misma Escritura se autentica el personaje. Ezequiel 14:14 declara: si estuviesen en medio de ella estos tres varones, Noé, Daniel y Job, ellos por su justicia librarían únicamente sus propias vidas, dice Jehová el Señor. Santiago 5:11 también lo certifica: He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren. Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor, que el Señor es muy misericordioso y compasivo.

    En este libro leemos con asombro que un día desfilaron delante de Jehová los hijos de Dios, entre los cuales también venía Satanás (Job 1:6). Por la expresión hijos de Dios ha de entenderse ángeles, como también se corrobora en Job 38:7. Dios es el Padre de los espíritus, por causa de su creación; Satanás ha de entenderse como el adversario, el mal espíritu, la serpiente antigua que se llama diablo (Apocalipsis 12:9). En tal sentido, el apelativo de hijo de Dios hace referencia en ese contexto a parte de la creación de Dios.

    Jehová fue quien le sugirió a Satanás que considerara a su siervo Job, un hombre que era perfecto y recto, temeroso de Él y apartado del mal (Job 1:1 y 7). Existe un paralelismo en cuanto al deseo de Satanás con Pedro el apóstol, a quien quería zarandearlo como a trigo (Lucas 22:31). Acá vemos perfectamente el grado de la soberanía absoluta de Dios, quien hace como quiere y nadie se le opone. Fue Él quien inició el enfrentamiento, para beneficio de nosotros como lectores de este libro, para gloria de su nombre y para honra del personaje justo y perfecto llamado Job. ¿Acaso no se puede ver por igual que Jesucristo fue expuesto ante la fuerza enemiga de Satanás, para que fuera perseguido, probado y conducido hasta la muerte de cruz?

    Cualquiera pudiera ver en forma aislada el texto y no entendería el hecho sino como un relato poético; pero al comparar Escritura con Escritura nos damos cuenta de la contención que tiene el creyente con el mundo. Por igual, en medio de esa contención estamos seguros del control absoluto del Dios soberano, quien ha prometido que no seremos tentados más allá de lo que podamos resistir. Satanás supuso que Job era apartado del mal porque Dios lo tenía fortalecido con una familia coherente, con salud y muchos bienes materiales. Por esa razón dijo: ¿Acaso teme Job a Dios de balde? (Job 1:9).

    En esa apuesta entre Dios y Satanás hubo un resultado ejemplarizante para nuestras vidas. Bajo el control del Señor daremos siempre fruto de vida para vida, tal como le aconteció a Job. Pese al sufrimiento sin igual que tuvo aquel justo hombre, sus reflexiones junto con las de sus amigos nos conducen por un laberinto de conocimiento que nos incita a la continua reflexión. La esencia humana se centra en mirar nuestra propia alma, en conocer que no somos nada si el Omnipotente Dios no lo desea; ante su majestad solo se ilumina nuestra culpa, nuestra fragilidad espiritual, el fracaso del trabajo diario. Por igual, el lamento de Job hasta maldecir su propio día de nacimiento, junto al conocimiento de que Dios era quien lo había encerrado en esa lucha, conforma un conjunto de elementos que nos advierte sobre nuestro diario andar. Todo cuanto nos sucede viene ordenado divinamente.

    ¿Será el hombre más justo que Dios? (Job 4:17). Con frecuencia nuestros análisis sobre la maldad humana, el asolamiento del mundo, el imperio de Satanás, nos conducen a suponer que podríamos transformar este mundo simplemente aplicando nuestra perspectiva. Si leemos la Biblia encontraremos abundantes textos que nos motivarán a suponer que Dios actúa injustamente. Ahora mismo habrá quienes piensen que Job fue víctima tanto de Satanás como de Jehová, y que eso no parece hacer justicia. Conviene recordar el planteamiento de Pablo el apóstol, cuando escribía su Carta a los Romanos. En el Capítulo 9 confronta un hecho duro para el alma y la mente humana, el asunto de la predestinación. Hay un texto que dice: A Jacob amé pero a Esaú odié (aborrecí), referente a los gemelos que aún antes de nacer ni de hacer bien ni mal les fue dada esa sentencia (Romanos 9:11-13).

    El apóstol continúa su discurso con lo que se considera la lógica del texto, lo que resulta inevitable al leer lo del odio de Dios contra Esaú, antes de que hiciera bien o mal. ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera (Romanos 9: 14). Esto demuestra que Dios siempre estará en el banquillo de los acusados por todo cuanto acontece en esta su creación. El hombre en su iniquidad sale adelante con el argumento de la injusticia divina, con los viejos principios filosóficos que ha recogido desde antes: Si Dios es Omnipotente y no evita el mal sobre la tierra, entonces no quiere evitarlo. Si no quiere evitarlo deducimos que su corazón no es benevolente. En un Dios como ese no debo yo creer.

    Job estima que los años pasarán, mientras él irá por el camino de donde no volverá. Estaba seguro de que le estaba preparado el sepulcro en tanto su aliento se agotaba. En medio de su agobio, Job deseó que lo que él decía fuera escrito con cincel de hierro y con plomo, de manera que fuesen esculpidas sus palabras para siempre (Job 19: 23-24). Semejante deseo se le cumplió, porque hoy día podemos leer sus dichos en la Escritura que nunca jamás pasará. Pero ese Job no perdió su fe ni su conocimiento del Altísimo. Dijo en forma clara y evidente que sabía que su Redentor vivía, que al final se levantaría del polvo. Es decir, habló de la muerte y resurrección de Jesucristo el Redentor. ¿Cómo pudo ser eso posible si casi nadie hablaba de su muerte y victoria sobre ella? He allí la revelación de Dios al corazón de Job. Además, Job era un firme creyente en la resurrección de los muertos, algo tan atroz para las culturas paganas y para muchos judíos que llegarían a dudar de ello, como los saduceos. Job dijo que después de deshecha su piel, en su carne habría de ver a Dios (Job 19: 25-27).

    Quizás la frase más arrojada pronunciada por mortal alguno en cuanto a la fe la dijo Job. He aquí, aunque Él me matare, en Él esperaré (Job 13:15). Por otro lado, el diálogo de Dios con Job exhibe su poder absoluto. Cíñete ahora como varón tus lomos; Yo te preguntaré y tú me responderás (Job 40: 7). Mira a todo soberbio y humíllalo, y quebranta a los impíos en su sitio (Job 40:12). ¿Sacarás tú al leviatán con anzuelo, o con cuerda que le eches en su lengua? (Job 41:1). ¿Quién me ha dado a mí primero, para que yo restituya? Todo lo que hay debajo del cielo es mío. (Job 41:11).

    Estos son apenas unos ejemplos de la riqueza encontrada en ese libro considerado uno de los más antiguos de la Escritura. Su estructura narrativa nos conduce con un lenguaje poético para comprender lo inalcanzable del poder y sabiduría de Dios. Al mismo tiempo pone de manifiesto la realidad anunciada sobre Jesucristo, el Redentor que vive y que resucitaría de entre los muertos. Nos declara la esperanza para cada creyente, ya que seremos levantados del polvo el día de la resurrección.

    La respuesta final de Job ante Jehová fue muy objetiva: Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti… Yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía… De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza (Job 42: 2,3, 5,6). Pablo en 1 Corintios 3:19 declara lo mismo que se había dicho en Job 5:13: Dios prende a los sabios en la astucia de ellos, y frustra los designios de los perversos. En Corintios leemos: Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios; pues escrito está: El prende a los sabios en la astucia de ellos.

    Otro paralelismo lo vemos en Job 5:17 y Hebreos 12:5, cuando se menciona que debe considerarse feliz el que Dios corrige, por lo cual no hay que despreciar la corrección del Omnipotente (Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por Él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo: Hebreos 12:5).

    Las Escrituras dan testimonio de Cristo, con aquello que fue escrito por los hombres de Dios escogidos para tal fin. Esto se hizo para nuestro beneficio, de forma que aprendamos la sobriedad y entendamos la adoración que el Padre desea: en espíritu y en verdad. Vayamos a las palabras antiguas, lo que se dijo como profecía y declaración que nos concierne. Procuremos entender su contenido para que no nos desviemos del camino; de esa manera la palabra de Dios será una lámpara ante nuestros pies.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • ENEMIGOS EN SU CASA

    Los enemigos del hombre estarán en su propia casa, dijo Jesucristo; esta conducta impropia venía observándose en el viejo pueblo de Judá, con los parientes de Israel. Recordemos que ya dividido el reino, después de Salomón, quedaron enemistados como dos naciones antagónicas: Judá con la capital Jerusalén en el sur, Israel con su capital Samaria en el norte. No obstante, en ambas naciones habitaba el conocimiento sobre el Dios que los había sacado de la esclavitud de Egipto. En ocasiones los del reino de Israel envidiaban el hecho de que Jerusalén era la sede del templo dedicado por Salomón a Jehová.

    Con los años, cuando Nabucodonosor II conquistó Jerusalén por primera vez, deporta a parte de la población incluyendo al rey Joaquín a Babilonia. Diez años más tarde, tras una rebelión en Judá, Nabucodonosor asedió a Jerusalén y deporta a la mayor parte de la restante población, y se llevó cautiva a gran parte de la nación de la que también destruyó su templo.

    Sedequías fue nombrado rey por los babilonios, pero también se rebela más tarde y de nuevo se obligan a una nueva conquista. Ese cautiverio termina poco después de la llegada del rey persa Ciro el grande, quien obedece el mandato divino y cumple la profecía sobre lo que haría en favor de esa gente.

    Cuando ya se les permitió a los judíos reconstruir la ciudad y el templo, los samaritanos se molestaron y los acusaron de querer rebelarse contra Persia. En Esdras 4:1-2 se lee de los enemigos de Judá y de Benjamín contra los que regresaban de la cautividad y edificaban el templo; pero dijeron que deseaban unirse a ellos. Su alegato consistía en insistir que ellos adoraban por igual al mismo Dios (no decían que también adoraban otras deidades del paganismo). Como la respuesta de Zorobabel y de Jesúa fue negativa, entonces mucho pueblo intimidó al pueblo de Judá, y lo atemorizó para que no edificara. Sobornaron además contra ellos a los consejeros para frustrar sus propósitos, todo el tiempo de Ciro rey de Persia y hasta el reinado de Darío rey de Persia (Esdras 4:5).

    También aconteció con Nehemías que el proyecto de construcción se viera amenazado por ciertos nobles judíos; éstos eran adinerados y se aprovechaban con la usura para llenarse los bolsillos (Nehemías 5). Está gente dedicada a la usura violentaba el mandato de Éxodo 22:25. Por otro lado, el reino del norte (Israel) también había sufrido antes varias conquistas asirias. Como gran parte de su población había sido llevada a la cautividad en Asiria, esa región desolada fue colonizada por extranjeros con diversidad religiosa. De allí surgió el sincretismo religioso de los samaritanos, al mezclar la ley de Moisés con supersticiones religiosas. Esa es una de las razones por las cuales Jesucristo le dijo a la mujer samaritana que ellos adoraban lo que no sabían, ya que la salvación venía de los judíos.

    En realidad el desprecio de los judíos por los samaritanos se basaba en el rechazo a la mezcla no solo étnica sino también religiosa. El rey de Asiria había traído gente de Babilonia y de muchos pueblos circunvecinos, para poblar las ciudades de Samaria. Ellos no temían a Jehová, por lo que fueron atacados por leones que los mataban. El rey de Asiria ordenó llevar también a algunos de los sacerdotes israelitas cautivos, para que habitando en Samaria enseñase las leyes del Dios de ese país (2 Reyes 17: 26-27). Sin embargo, dice la Biblia que cada nación se hizo de sus dioses, y los pusieron en los templos de los lugares altos que habían hecho los de Samaria. Temían a Jehová, y honraban a sus dioses, según la costumbre de las naciones de donde habían sido trasladados (2 Reyes 17:33).

    De manera que el proyecto de reconstruir el templo y la ciudad fue acosado por dentro y por fuera. En especial, llama la atención que los mismos reyes enemigos de Judá (Ciro, Darío y Artajerjes) les financiaron la reconstrucción del templo y la ciudad, los animaron para que fueran de la cautividad a hacer aquello que Dios había colocado en sus corazones. Pero la misma gente que decía conocer a Jehová, sean samaritanos o algunos judíos usureros, obstaculizaba y demoraba la reconstrucción. Jehová era para estos samaritanos impíos un Dios más en la larga lista de divinidades conocidas, en tanto para los judíos usureros pasaba a ser un simple ligamen ideológico religioso de la nación.

    Los enemigos del hombre serán los de su propia casa (Mateo 10:36; Miqueas 7:6). Quiso Dios que la serpiente engañara a Eva, para que el Cordero sin mancha, ya preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), se manifestara en el tiempo apostólico. Asimismo ha destinado de este mundo a un grupo de personas que ha escogido sin mirar en sus buenas o malas obras, para ser santos y sin mancha delante de Él por medio de la sangre de Jesús (Romanos 9:11-13; Efesios 1:5-11). Tenemos a nuestros enemigos en el mismo mundo donde habitamos, ellos se han dejado seducir por los atractivos de la Babilonia religiosa, como aquella gran ciudad de antes, colmada de riqueza y gloria.

    La inmoralidad de Babilonia era de tal magnitud que la Biblia la menciona como un modelo de la Gran Ramera (Apocalipsis 17:1). Nabucodonosor convirtió su Babilonia en una de las maravillas del mundo, con su galantería a su mujer como motivación fundamental. La reina Amytis era de los montes y no del llano, así que deseaba ver las plantaciones de los lugares altos. El rey la complació y ordenó edificar los jardines colgantes, una gran maravilla para entonces. Dice la historia que para saciar tal deseo, el rey babilónico levantó una montaña artificial de unos 144 metros por lado, con terrazas unidas que sobrepasaban la altura de las murallas de la ciudad. Hacia esas terrazas se subía por escalinatas.

    Pero el mundo antiguo no solo se maravillaba de esa obra arquitectónica esplendorosa sino también hacía comentarios de la depravación moral de entonces. Si bien Herodoto (conocido como el padre de la historia) proporciona descripciones vívidas de Babilonia, con sus murallas, templos y jardines colgantes, otros historiadores hablan de su decadencia moral (Follows Samuel).

    Su lujo ilimitado condujo a sus habitantes a una conducta de indulgencia y afeminamiento, pero constituía la gloria del rey: ¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad? (Daniel 4:30). La arrogancia del rey no se quedó sin castigo, como refiere el relato de Daniel en la Biblia. Esto nos deja una advertencia clara y sencilla: en el mundo solo hallaremos vanidad y gloria del ego, como pudo testificarse de las palabras de Nabucodonosor. En ocasiones nos gobierna la pasión de la grandeza (poco importa si esa grandeza es religiosa o teológica o simple pasión por el arte), junto al reconocimiento de nosotros mismos (yo edifiqué, la fuerza de mi poder, para gloria de mi majestad). El deseo de perpetuar nuestros nombres en esta tierra no tiene soporte teológico coherente, ya que sabemos que esta tierra será destruida y Dios hará una nueva.

    La exaltación del ego conduce al engreimiento, así que antes de la caída debe venir la altivez de espíritu. Cuando la gente no reconoce a Dios, sino que se olvida de Él pensando que nosotros nos hicimos a nosotros mismos, que somos producto de un azar y que si existe un Creador debe ser pura energía y no una persona, entonces sobreviene las más de las veces el reproche divino. En Romanos 1 leemos la sentencia paulina: Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos… (Romanos 1:24). De nuevo agrega el verso 26: Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas… Sigue el verso 28 con el mismo énfasis temático: Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen.

    Jesucristo y los profetas advirtieron de estos días difíciles. Por una parte leemos que estos tiempos serían como en los días de Noé o como en los días del justo Lot. Ya sabemos lo que le aconteció a la tierra llena de violencia, por el relato sobre el diluvio universal. Conocemos de la destrucción de Sodoma y de Gomorra, lugares donde el culto a la inmundicia se erigía como orgullo sin sentido. Los vecinos no podían ver visitantes nuevos en la ciudad porque querían de inmediato conocerlos (en el sentido de estar con ellos en orgías sexuales). La lascivia se encendía a lo alto, hasta que el mismo Lot tenía que estar a las puertas de Sodoma lamentando lo que pasaba.

    ¿Qué vemos en nuestras ciudades de hoy? ¿Qué anuncian los medios audiovisuales sino noticias de celebridades que también se apartan hacia la iniquidad en su más variado menú? Nosotros los creyentes tenemos la advertencia oportuna: el que se hace amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios. Por igual, se nos ha dicho que si ese mundo nos aborrece lo hace porque en el fondo aborrece también a Jesucristo. Confiemos en el Señor que ha vencido al mundo; el mundo ama lo suyo por lo tanto nos desprecia. El mundo ofrece su paz, a su estilo, pero Jesús nos da su paz en forma diferente. Nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. El príncipe de las potestades del aire es quien gobierna el mundo, por lo cual lleva el título de Príncipe de este mundo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • NUESTRO PUNTO DE PARTIDA

    Cada creyente en Jesucristo parte de un axioma, un presupuesto no demostrado que se asume como verdad. El matemático cree en sus axiomas sin tener que demostrar que ha visto al número uno o al tres o a cualquiera de los que conforman sus conceptos matemáticos. Nosotros sabemos que nuestro sistema de verdad se arraiga en la revelación conocida como las Sagradas Escrituras. De vez en cuando, una vez que los arqueólogos descubren bajo tierra una vieja ciudad, un antiguo grabado, nos gozamos al cotejar que coordina exactamente con lo que la Biblia había enunciado como parte de su relato.

    A partir de las Escrituras la cristiandad ha desarrollado un sistema ordenado de la verdad que asume como soporte. Si Aristóteles tuvo a bien valerse de los hechos encontrados para desarrollar su sistema de pensamiento, aunque se alejara de Platón, quien era más deductivista, el estagirita se afianzó en el método inductivo conocido hoy día como el preferido por la ciencia moderna. Decimos que el matemático hace ciencia pero no puede demostrar la existencia de los números, excepto en su asunción axiomática. De todas formas, aunque no sepamos el peso de los números, a qué saben o huelen, ellos funcionan para sumar y restar, para comprar y vender, para la vida cotidiana.

    Nuestra fe descansa en Jesucristo, su autor y quien la consuma. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, por lo cual Él es quien la da a quien quiere darla, pues no es de todos la fe. Pero nuestra fe se desarrolla en un mundo lógico, sin incoherencias, de manera que cada quien que suponga depositar su confianza en ella debe estar seguro de dónde ella proviene.

    La fe no es una esperanza vaga sino una confianza sólida. La fe, sin que la llamemos una virtud moral, implica una firme persuasión del poder, de la fidelidad y del amor de Dios a través de Jesucristo. Es la substancia de las cosas que se esperan, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1). Lo que se ve, ¿a qué esperarlo? En cambio, lo que no vemos y creemos eso esperamos. Pero no se vale creer cualquier cosa, como si con esa base pudiéramos hacer que aparezca. Eso podría interpretarse como un acto de magia, un decreto mental, una actividad esotérica.

    La palabra prometida de Dios se tiene como la garantía y el fundamento de lo que esperamos. Si Dios no lo ha prometido, ¿a qué esperarlo? He allí nuestro círculo axiomático, nuestros presupuestos reunidos en torno a la palabra de Dios. Sin la confianza puesta en el Altísimo diríamos como David que nos hundimos en cieno profundo, donde no podemos asentar nuestros pies (Salmos 69:2). Sin embargo, por la fe de David el salmista salió de ese valle de sombra y de muerte, le pidió a Dios que lo escuchara en base a la verdad de su salvación (Salmos 69:13). Pedía respuesta bajo el fundamento de la benignidad de la misericordia de Jehová (Salmos 69:16). Este salmo es considerado mesiánico, pero por igual refleja la aflicción del salmista quien, en medio del dolor, anuncia que alabará el nombre de Dios con cánticos.

    Los cristianos partimos de la premisa que sostiene a Dios como la verdad, por lo cual hablamos la verdad de Dios. Partimos de la declaración bíblica que afirma que en el principio creó Dios los cielos y la tierra. Ese es nuestro punto de partida, un comienzo en el cual Dios (que no tiene ni comienzo ni fin) hizo todo cuanto existe, incluyéndonos a nosotros. El Salmo 100:3 declara: Reconoced que Jehová es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos…

    Nuestra fe se ampara en la Sola Scriptura, lo que nos conduce al principio de la inerrancia de la Biblia. Esto puede considerarse como un axioma, porque también la Escritura nos enseña que es la revelación de Dios hecha al hombre a través de muchos siglos. En tal sentido, como ya dijimos, nos alegramos cuando la llamada ciencia descubre ciertos principios que ya estaban embebidos en la declaratoria bíblica, sin que la Escritura pretenda ser un libro de ciencias. Dios está sentado sobre el círculo de la tierra (Isaías 40: 22); la Biblia habla de la creación del universo, la ciencia moderna nos da indicios de que hubo un comienzo (la tesis del Big Bang, por ejemplo, se da como indicio de lo que los científicos suponen que pudo ocurrir). El agua en sus estados sólido, líquido y gaseoso, se menciona en la Biblia, lo cual hoy día se considera como un hecho científico. De la tierra se obtiene el alimento, y abajo de ella todo se convierte en fuego (Job 28:5), lo que de acuerdo a nuestra ciencia se confirma al decir que la tierra está compuesta por un núcleo incandescente. Hoy se nos dice que la tierra orbita en el espacio, pero Job 26:7 nos aseguraba que Dios suspende la tierra sobre la nada. El ciclo continuo del agua fue mencionado por Salomón, en Eclesiastés 1:7, con una frase altamente poética: Todos los ríos van hacia el mar, y el mar nunca se llena; al lugar de donde los ríos fluyen, allí vuelven a fluir.

    Pero estas verdades de la ciencia declaradas por la Biblia no nos han hecho creer en Dios, sino la fe que nos fue dada junto con el nuevo nacimiento (Efesios 2:8). Sabemos por las Escrituras que Caín era del maligno, como afirma el apóstol Juan en una de sus cartas. Si miramos el contexto de las ofrendas hechas por aquellos dos hermanos emblemáticos, nos daremos cuenta de la relación de ellos con el evangelio revelado. La fe de Abel lo condujo al excelente sacrificio que Dios haría con el Cordero sin mancha, alcanzando testimonio de su justicia. En cambio, Caín ofreció a Dios de sus propios esfuerzos, contraponiendo el evangelio de las obras al de la gracia.

    Dios no mira con agrado que pongamos nuestras buenas obras como garantía para ir al cielo. Vean lo que le sucedió a Caín, que fue rechazado en su ofrecimiento. En cambio, la justicia de Abel se observa en la conciencia que tuvo de mirar el sacrificio de Cristo como suficiente, ofreciendo algo que era sombra de lo que había de venir. La ofrenda de Abel fue un cordero, una figura de lo que vendría. Ese es nuestro axioma, aferrarnos al Cordero sin mancha que ya vino y se inmoló en la cruz por causa de la limpieza de todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Nuestra fe es un regalo de Dios, pero sabemos que no es de todos la fe; sin esa fe nadie puede agradar a Dios, pero así como Él se la dio a Abel lo ha hecho con todo su rebaño; en cambio, Dios no le dio fe a Caín, sino que lo dejó en sus propios esfuerzos para demostrar la excelencia de la confianza en Cristo.

    Desde que el hombre cayó en el Edén, el evangelio de Cristo comenzó a materializarse. Vemos a Dios sacrificando animales para cubrir con sus pieles la desnudez de los primeros hombres. Sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados (Hebreos 9:22), así que los pecados se perdonan de acuerdo al sacrificio de Jesús. Para esto, ¿quién es suficiente? Lo que resulta imposible para nosotros los humanos, resulta posible para Dios. Ese es nuestro axioma, nuestro punto de partida y será nuestro punto de llegada.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • MI VIDA POR LAS OVEJAS

    El buen pastor dio su vida por las ovejas, no por los cabritos. La distinción la hace Jesús cuando habla del fin de los tiempos, al referirse a aquellos a quienes les dirá que nunca los conoció… y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda (Mateo 25:32). Entonces, si el buen pastor dio su vida por las ovejas (Juan 10:11,15), si no rogó por el mundo (Juan 17:9), si murió por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), podemos afirmar que no dio su vida por los cabritos.

    Del gran grupo de ovejas hay muchas que deambulan perdidas, hasta que sean llamadas eficazmente por el buen pastor. Juan 10:1-5 asegura en una alegoría de Jesús que el que no entra por el redil de las ovejas es un ladrón y salteador, al pretender subir por otra parte. Pero el que entra por la puerta será salvo (recordemos que Jesús afirmó que él era la puerta). En Juan 10:9 afirmó el Señor lo siguiente: Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos.

    Muchas ovejas ya han sido rescatadas, los que siempre caminamos junto al buen pastor, sin seguir nunca más al extraño (el de la teología herética o de interpretación privada). Las ovejas que hemos llegado a creer sabemos que existen muchos evangelios (aunque haya uno solo), muchos Cristos (aunque haya uno solo), que promulgan teologías desviadas. Conocemos que Jesús murió por todas esas ovejas como lo afirmó con sus palabras y como lo atestiguó por medio de escritores bíblicos -ejemplo: 2 Corintios 5:14. Las cabras o los cabritos forman parte de otra categoría de personas, los que están sin gracia absoluta. Ellos siguen la desobediencia de Adán, pagan por sus pecados pero nunca terminarán de hacerlo. La desviación de un hombre sirvió para la condenación de todos; empero, la justicia del segundo Adán (Jesucristo) sirvió para la justificación de todos los que son ovejas (Romanos 5:17-19).

    El texto acá arriba de Romanos 5 nos demuestra que pese a que éramos enemigos de Dios fuimos reconciliados con Él, por la muerte de su Hijo; así que si Judas Iscariote fue reconciliado con Dios será salvo. No solo Judas, también el Faraón de Egipto, Caín -que era del maligno-, cualquier réprobo en cuanto a fe. De manera que para evitar semejante absurdo hemos de entender que el texto se refiere a las ovejas reconciliadas con Dios por la muerte de su Hijo. No puede jamás apuntar a los cabritos, al mundo por el cual Cristo no rogó; como bien señala Jesús en Juan 10:26: pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho.

    Si el sacrificio de Cristo como ofrenda por el pecado se hubiese procurado en favor de toda la humanidad, sin excepción, su justicia abarcaría a todos sin omisión. Pero resulta que hay condenados, de acuerdo a lo que Jesús refirió porque fue quien más habló del infierno donde el gusano no muere y el fuego no se apaga. Millones de personas han muerto sin saber siquiera de la existencia de Jesús ni de su obra, haciendo suponer de manera lógica que Jesús no murió a favor de ellos. Si lo hubiera hecho, ellos habrían oído el evangelio y habrían nacido de nuevo.

    La ley de Dios acusa a todos por igual pero no redime a ninguno en particular. Esa ley puede referirse tanto a la escrita en las tablas como en la conciencia humana. Nadie queda inexcusable, de acuerdo a las palabras de Pablo en Romanos; lo que de Dios se conoce les es manifiesto (Romanos 1:19). Cada ser humano atestiguará para sí mismo lo que se supone es una norma universal, como también Pablo lo afirmó: Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: Que el mal está en mí (Romanos 7:21). El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo (Gálatas 2:16), a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, al haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados (Romanos 3:25). Pero Cristo nos ha rescatado de la maldición dictada en la ley. Cuando fue colgado en la cruz, cargó sobre sí la maldición de nuestras fechorías (Gálatas 3:10).

    Enfatizamos en el hecho de que Jesucristo fue la sustitución de todos cuantos Dios escogió desde antes de la fundación del mundo. Como dijo Pablo en Efesios 1:11: En él digo, en quien asimismo tuvimos suerte, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el consejo de su voluntad (Reina Valera Antigua), aunque en las nuevas versiones sustituyen suerte por tuvimos herencia. El contexto de las suertes sacerdotales del Antiguo Testamento nos indica que se echaban con unas piedras o pedazos de madera llamados en griego antiguo Kleros (κλῆρος), como se confirma de la Septuaginta griega. La kleronomía (κληρονομία) pasó a ser la herencia, ya que también lo que se heredaba había sido echado en suertes.

    Desde la perspectiva del hombre perdido, que fue encontrado por el Señor, decimos que ha sido una suerte el que hayamos creído. Desde la perspectiva divina no debemos imaginar que Dios jugó a los dados para ver a quién escogería, ya que esa elección corresponde a su absoluta voluntad y reserva. Por esta razón, viendo la expiación en los relatos del evangelio, comprendemos que Jesucristo fue quien hizo la sustitución para todos cuantos Dios escogió. Nuestros pecados fueron cargados a él en la cruz y el Padre lo castigó duramente en lugar de a nosotros.

    Sin embargo, la expiación vista por los que se dan a la interpretación privada de las Escrituras se expone como un acto universal que se extiende a quien quiera que sea. Se habla incluso de la oferta del evangelio, una metáfora donde Dios espera pacientemente que alguien se le acerque con corazón dispuesto. Otros afirman sin lógica alguna que Dios vio en el túnel del tiempo quiénes aceptarían el sacrificio universal del Hijo y luego los eligió en base a lo que averiguó. Pero afirmar tales locuras contraviene el sentido estricto de la expiación bíblica: remisión de pecados, perdón para no recibir el castigo y liberación de la culpa. Si la sangre del Cordero fue derramada para remisión de pecados (Mateo 26:28), ¿cómo es qué hay gente en el infierno si Cristo murió por todos, sin excepción? Por otro lado, la Omnisciencia de Dios no da lugar a que Dios desconozca algo que tenga que averiguar. Sabemos que si Él sabe el futuro es porque ha determinado que acontezca, como lo demuestran las profecías que se cumplen.

    En Juan 1:29 leemos que el Cordero de Dios quita el pecado del mundo, pero debemos siempre preguntarnos de cuál mundo habla la Biblia. Muchas veces ese vocablo tiene significado diferente del de otras ocasiones; por ejemplo, Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9), pero Jesús le dijo a Nicodemo que Dios había amado de tal manera al mundo que le envió a su Hijo. Entonces, ¿será el mismo mundo por el cual Cristo no rogó? Por otro lado, Juan en una de sus cartas afirmó que el mundo entero está bajo el maligno, pero que nosotros somos de Dios (1 Juan 5:19). Los fariseos clamaron a una diciendo que el mundo entero se iba tras Jesucristo (Juan 12:19), pero ellos mismos formaban parte del mundo que no lo siguió, como tampoco lo siguió el imperio romano ni muchas naciones de entonces. Tampoco lo seguían los saduceos que no creían en la resurrección, ni muchas de las personas que se burlaron de él, ni la multitud que se benefició del milagro de los panes y los peces pero que se espantó al oír sus palabras duras de oír (Juan 6:60). Los fariseos hacían referencia probable a la población de la cual muchos no eran judíos; esta frase dicha por ellos denotaba más bien un sentido de alarma por la frustración al ver que Jesús tenía seguidores de mucho tipo de gente.

    En síntesis, si la sangre de Cristo se derramó para remisión de pecados (Mateo 26:28), debemos preguntarnos si esa sangre incluía los pecados de Judas Iscariote y de tantos otros réprobos en cuanto a fe de los cuales la condenación no se ha tardado. ¿Dijo Jesús que Judas Iscariote era una oveja descarriada o que era diablo? ¿No le dijo que se diera prisa para hacer lo que tenía que hacer? ¿No expresó un ay por quien entregara al Hijo del Hombre? Por lo tanto, la sangre de Cristo no fue derramada por este impenitente Judas, como tampoco por aquellos que son representados en Esaú (Romanos 9:13). Feliz aquella persona cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz el hombre a quien Jehová no inculpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2).

    César Paredes

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  • SI DIOS HABLA BIEN DE TI

    La expresión Dios te bendiga tiene muchos posibles sentidos, pero en sus étimos refiere al deseo de que el Todopoderoso hable bien de ti. Si Dios habla bien de nosotros, entonces que maldigan los demás; si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? Lo que nos debe importar sobremanera descansa en el hecho de lo que opine el Señor de cada uno de los suyos. El que haga caer a alguno de estos pequeños, mejor le fuera que se atara una piedra de molino y se lanzara al mar. Aquel que echó nuestros pecados en el fondo del océano, se ocupa al detalle de nuestra existencia.

    Hemos sido elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo, afirma Pedro el apóstol (1 Pedro 1:2). El creyente regenerado conoce que ama al Señor Jesucristo con sinceridad, de manera incorruptible; sabe que si le amamos a él fue porque él nos amó primero. En ocasiones pasamos por el horno de la aflicción, para ser probados con persecución, odio y rechazo de parte del mundo.

    Habiendo renacido para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, reservada en los cielos para nosotros, guardados por el poder de Dios mediante la fe, con el objeto de alcanzar la salvación que se manifestará en el tiempo postrero, nos alegramos pese a las diversas pruebas que nos afligen. En medio de gobiernos netamente mundanos, unos más perversos que otros, amanecemos cada día con la esperanza de que el Dios de la providencia nos dará lo necesario para que continuemos en su voluntad.

    Será de sumo gozo el que nuestra fe sea hallada en alabanza y honra cuando Jesucristo se manifieste. Cada cual conoce su camino andado, sus desvíos personales y sus desatinos. Sin embargo, como el rey David también el dolor por el pecado nos ha conducido a las profundidades del alma, bajo el reconocimiento de que fuimos igualmente formados en maldad. Clamamos al Señor para que nos devuelva el gozo de la salvación, pedimos que nos sustente espíritu noble; entramos en su Santuario y descubrimos que los impíos son ordenados para que se deslicen sobre desfiladeros de donde jamás volverán.

    Nosotros, en cambio, amamos al Señor sin haberle visto (1 Pedro 1:8). Hermosa frase del apóstol, quien con profunda humildad asume que este amor nuestro posee gran valor. Por esa razón también se escribió que quien se acerca a Dios necesita saber que Él existe, que es; la razón puede ser muy simple: ¿cómo podemos hablar con un Ser invisible? Nuestra mente lógica rechaza la ausencia del otro en una conversación, pero nuestra fe nos recuerda con su manera coherente de conducirnos que el Dios que habitaría la oscuridad nos escucha.

    Dios hizo de las tinieblas su escondite, y su pabellón alrededor de él eran aguas negras y densas nubes de los cielos (Salmos 18:11). Pese a ese Dios oculto que metafóricamente define la Biblia, no hay ningunas tinieblas en Él (1 Juan 1:5). A Dios lo vemos en su obra creada, en el pacto de redención con su Hijo, en la palabra revelada -que es como su autobiografía. Aunque no veamos con nuestros físicos ojos a Dios en la oración, sabemos que Él nos oye y nos adereza mesa delante de nosotros en presencia de nuestros enemigos.

    Es el mismo Dios que nos pide orar en nuestra cámara secreta, para recompensarnos en público. Es por igual el Dios que nos pide que le estimemos como la persona de mayor valor, el que merece que vendamos todo lo que poseemos para adquirir la perla que vemos en Él (Mateo 13:46). Ese Dios habla bien de nosotros, aunque el mundo nos injurie. Habla bien porque fuimos comprados con la sangre de su Hijo, fuimos justificados con la justicia de Dios -Jesucristo-, porque fuimos adoptados como hijos con herencia.

    Sabemos que Él es el Padre de los redimidos, de las ovejas que el Hijo ha rescatado. Por igual ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4). El Señor endurece a esos malos que creó para manifestar la ira contra el pecado, los que son destinados de antemano para que tropiecen en la piedra que es Cristo. Asimismo, el Señor ama con amor eterno a los que escogió desde antes de la fundación del mundo para ser rociados con la sangre de su Hijo. Cristo como justicia de Dios fue castigado por cada uno de los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21); al llevar nuestros pecados en la cruz nos impartió por igual la justificación, quitando la enemistad que había antes con Dios. Este trabajo no lo hizo Jesús a favor del mundo por el cual no rogó la noche previa a su crucifixión (Juan 17:9). En esa larga lista de réprobos en cuanto a fe se encuentran el Faraón de Egipto, Judas Iscariote, Caín -que era del maligno-, millares de millares que no tuvieron la gracia del Dios soberano. Por contraste, nosotros los redimidos sabemos que Dios habla bien de nosotros: sus bendiciones no acaban nunca. Esta es una motivación de base para que intentemos obedecerle en toda ocasión, para que batallemos contra la ley del pecado que rebelaba contra la ley de nuestra mente nos conduce a la cautividad en nuestros miembros (Romanos 7:23). Estamos seguros de que finalmente seremos liberados de nuestro cuerpo de muerte, por Jesucristo.

    Son dos grupos de personas los que componen el mundo: los redimidos y los rechazados. De allí que Jeremías haya escrito lo siguiente: Los hombres se llamarán plata rechazada, porque Jehová los desechó a ellos (Jeremías 6:30). Aunque el contexto de este texto pudiera referirse al pueblo rechazado de Israel por castigo divino, vale para lo que queremos afirmar. De igual forma otros versos validan lo expuesto: Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra (Romanos 9:17). Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso: ¿quién lo conocerá? (Jeremías 17:9). En cambio, existe otro corazón referido a los redimidos: Yo os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne (Ezequiel 36:26). También este profeta había escrito un poco antes: Yo les daré un solo corazón; y pondré un espíritu nuevo dentro de ellos, y quitaré de su carne el corazón de piedra, y les daré un corazón de carne.

    Lo más seguro podría ser que este cambio de corazón representaba el nuevo nacimiento, lo que es igual a la circuncisión del corazón. En resumen, Dios habla bien de nosotros porque ha puesto por su Espíritu y por su gracia en nosotros un nuevo principio de vida. Una luz renovadora y auténtica, no la del mundo que se apaga, para que veamos las maravillas de la fe, los nuevos y mejores deseos, junto a una alegría que antes no teníamos, aunque por igual junto a dolores que antes no padecíamos. Lo que ocupa a nuestra mente es algo totalmente diferente de lo que la ocupaba antes. El Nuevo Testamento nos invita a vestirnos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros (Efesios 4:24-25).

    Porque Dios habla bien de nosotros nos castiga y nos azota como a hijos, de manera que la disciplina del Señor nos rodea para que lo cojo no se salga del camino. La separación del mundo es nuestro norte, lo que genera dolor porque nuestra alma está muy arraigada al entorno que la amamantó por largos días. Esa separación se llama santificación; en ocasiones pensamos que solamente nosotros (unos pocos) hemos quedado de pie (como supuso el profeta Elías). Aunque somos miembros los unos de los otros, muchas veces nos sentimos muy solos comparados con la abrumadora multitud del mundo que ama lo suyo.

    Cuando Dios nos bendice nos da prosperidad; pero cada quien tiene que compararse con sigo mismo, no con las demás personas. No somos llamados a tener un mayor concepto de nosotros que el que debamos tener; no podemos gloriarnos en nosotros mismos. Cuando David dice: Bendice alma mía a Jehová, está exponiendo que debemos hablar bien de la bondad de Dios, de su grandeza. En la lengua española tenemos la herencia del latín, lengua de donde proviene el verbo bendecir: benedicere que significa hablar bien o decir bien de alguien. ¡Qué mejor medicina para nuestras almas que saber que Dios habla bien de nosotros!

    César Paredes

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  • FRASEO BÍBLICO

    Muchos embajadores del cristianismo andan divorciados de la doctrina de Cristo. Ellos se conforman con el fraseo bíblico, hablan de la muerte de Cristo por los pecadores y celebran lo que la historia denomina el conjunto de fiestas de la cristiandad. También pueden hablar de la gracia de Dios, de los atributos del Eterno, pero lo hacen para simular su fidelidad a ese Dios y pretender que no sean confrontados con su palabra. La soberanía de Dios la valoran como un misterio en el cual conjuga también el libre albedrío humano. De esta forma participan del sentir de la mayoría de la raza humana, más allá de sus distintas religiones.

    Al parecer, esa gente que así actúa y piensa ha construido su casa en la arena. La Biblia nos enseña que los creyentes cristianos hemos de contender ardientemente por la fe que fue una vez entregada a los santos (Judas 3). De igual manera esa palabra nos recuerda que Dios no dará su gloria a otra persona, que nada tiene que ver con esculturas o con idolatrías. Los falsos dioses son parapetos de los demonios, quienes están detrás para engañar a multitudes. Pablo afirma que un ídolo no es nada, pero que los que sacrifican a sus ídolos a los demonios lo hacen (1 Corintios 10: 19-22).

    Así que al venerar un santo, una virgen, una imagen divina cualquiera que se haga la gente, solo se rinde tributo al príncipe de las potestades del aire. Jehová no dará su gloria a otro (Isaías 42:8; 48:11). Nuestro celo por la casa de Jehová nos consume, así que hemos de demoler todo argumento pretencioso contra su revelación. Los ídolos no son hechos solamente de madera o bronce, ni de cerámica o a creyón: ellos también se dibujan con la mente, siguiendo los parámetros y medidas de la doctrina que se ajusta más a la carne humana. Un ídolo puede ser un constructo mental-religioso fundamentado en textos bíblicos aislados, en concepciones teológicas de algunos abstrusos iluminados, de la mezcla de la revelación pública de la Biblia y la interpretación privada que se haga de ella.

    Cuando el creyente lleva cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo, se logra demoler el argumento contra el conocimiento de Dios (2 Corintios 10:5). Solo de esta manera podrá resolver las falacias que ha incrustado en su mente, en su memoria, bajo los hábitos rumiantes que el corazón rebelde maquina contra lo que la Escritura expone. Los asuntos básicos de la fe (como la expiación, su alcance y su propósito) deben ser expuestos continuamente, para confrontar en especial a los que vienen en nombre de la fe cristiana. Recordemos que si esa gente no es salva Dios puede usar nuestra confrontación para cambiar sus corazones.

    Se oye repetidamente el absurdo del alcance de la expiación de Cristo: que pese a que Dios desea que cada ser humano sea salvo, pese a que mostró su gracia para con toda la humanidad, sin excepción, la muerte de Cristo solo alcanza para un grupo determinado que lo acepta. Con este argumento vemos una contradicción, que Dios desea algo que no puede alcanzar. Otros apuntan a que el sacrificio de Cristo es suficiente para toda la humanidad, sin excepción, pero solamente eficaz para los escogidos. En este punto tenemos que mirar la Escritura para escuchar su consejo: la predicación del evangelio tiene el propósito de salvar a unos pero de endurecer a otros (2 Corintios 2:15-16).

    Ciertamente, Jesús murió por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21); no rogó por el mundo la noche previa a su crucifixión (Juan 17:9); espantó a sus seguidores por causa de su doctrina, que les pareció a ellos una palabra dura de oír (Juan 6:60). De manera sencilla hemos de entender que el evangelio no puede ser considerado una oferta para todo el mundo, sino una promesa de Dios de salvar a todo su pueblo escogido. Ante esta realidad muchos se preguntan al igual que aquel objetor levantado por Pablo en Romanos 9: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? Otros continúan diciendo: ¿Habrá injusticia en Dios?

    La Biblia jamás ha anunciado que la expiación de Cristo haya sido universal. De hecho, millones de personas han muerto sin conocer a ese Jesús de la Biblia, muchos continúan muriendo sin siquiera haber oído de él. ¿Cómo, pues, puede alcanzar esa expiación a esa gente? No hay universalidad absoluta en tal expiación, simplemente es un decir de la falsamente llamada teología cristiana. El hombre caído en su naturaleza pecaminosa no puede comprender que la justicia de Dios exija castigo por la infracción. Si Dios imparte su gracia para algunos, se le considera injusto por haber excluido a otros. Pero hay que entender que la misericordia o la gracia no son derechos del pecador sino dádivas de Dios que da de acuerdo a sus planes eternos.

    Un gusano carcome el craneo de la humanidad, como una oruga hace hueco profundo en el alma de las personas. Ellas piensan que la redención humana debería estar condicionada en la actitud y actividad del pecador; de esta manera ha sido elaborado minuciosamente el evangelio de las buenas obras. Terrible cosa les resulta a estas personas el descansar en la voluntad absoluta del soberano Dios, ya que no desean oír la voz que les dice que Él nunca los conoció. En lugar de escudriñar las Escrituras que dan testimonio de Dios, donde está la vida eterna, las presunciones de los anti doctrina de Cristo se hilvanan con el sentir popular. Para ellos, el Dios justo es aquel que mira las obras de los hombres y valora sus esfuerzos.

    Nosotros que anunciamos el evangelio de Cristo, sostenemos por igual que de no haber sido por la gracia de Dios nadie sería salvo. La voluntad humana se ha corrompido, Dios ha declarado que no hay justo ni aún uno, ni hay quien busque a Dios (al verdadero Dios). La humanidad cristianizada ha pervertido la doctrina de Cristo, algunas agrupaciones religiosas han sacado textos de la Biblia, los que antes sí aparecían en sus versiones antiguas. Para un ejemplo baste con señalar que los Diez Mandamientos la versión de la Vulgata Latina, de Jerónimo, los contenía como los contiene la Reina Valera protestante. Sin embargo, a partir de las discusiones con la Reforma decidieron quitar el mandamiento referido a no hacerse escultura o imágenes de lo que esté arriba en el cielo, o en la tierra, o debajo de las aguas; el mismo mandato que prohibía adorarlas o inclinarse ante ellas. Al hacer desaparecer ese mandamiento en sus traducciones vernáculas, desglosaron otros para que siguieran apareciendo Diez Mandamientos.

    Los mismos católicos pueden acudir a la versión de la Vulgata Latina (de Jerónimo) -Biblia oficial del catolicismo durante muchos siglos- y se darán cuenta de esa fechoría hecha por el clero romano que va en contra de la buena fe de los feligreses. ¿Por qué no investigan un poco más? Cristo ordena escudriñar las Escrituras, no necesariamente aprender ideologías o teologías ajustadas a los intereses políticos, económicos o religiosos de algunos grupos. Envueltos en el evangelio de las obras, católicos y protestantes deambulan hacia un abismo infinito, bajo la égida de que merecen la redención por causa de lo que hacen. Dicen que Dios hizo su parte, pero que a cada quien le toca hacer la suya. Sin embargo, esa aseveración niega la Escritura misma: Dios tiene misericordia de quien quiere Él tener misericordia, se compadecerá de quien quiere compadecerse (Romanos 9: 15-18).

    Si la redención no depende de quien la quiere, ni del que corre o se esfuerza, sino de Dios que tiene misericordia de quien Él ha querido, ¿por qué la jactancia humana? Dios mismo ha revelado que odió a Esaú antes de que hiciera algo bueno o malo, así como amó a Jacob antes de que hiciera algo bueno o malo (Romanos 9:11), para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama. En realidad, el Dios que nos escogió desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1), y que nos ha salvado, nos mantendrá en sus manos (Juan 10: 27-29).

    Nuestras buenas obras siguen a la fe que se nos ha dado; ellas no son la causa de nuestra redención sino más bien un testimonio de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas por causa de Jesucristo. No se engañe diciendo que cree en Cristo Jesús, sino más bien investigue e inquiera en cuál Cristo está creyendo. Ese Jesús de la Biblia dijo que se levantarían muchos falsos Cristos y que muchos vendrían en su nombre, siendo erróneos anunciadores de la verdad; así que conviene preguntarse siempre a cuál Jesús estamos sirviendo. Mucho cuidado con aquellos expertos en fraseo bíblico, pero cuyos corazones andan por el camino de la perdición o de la anti doctrina de Jesús.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • REPROBACIÓN Y PREDICACIÓN

    La doctrina de la reprobación instruye para que los creyentes no se exalten a ellos mismos sobre los incrédulos. Hechos de la misma masa, todos estuvimos muertos en delitos y pecados. Dios amó a uno pero odió al otro, como sucedió con el paradigma mostrado por Pablo respecto a Jacob y Esaú. Con humildad temblamos ante el Omnipotente, agradeciendo que hayamos sido contados como elegidos y no como reprobados. Dios no ve quién está dispuesto y quién no, porque mirando hacia la tierra encontró que ninguna persona le buscaba. No había quien hiciera lo bueno, sino que todos nos descarriamos siguiendo cada cual su propio camino. Pero tuvo misericordia de quien quiso tenerla, así que el evangelio se anuncia para que las ovejas del Señor escuchen su voz y sigan al Maestro.

    La palabra de Dios siempre hace aquello para lo que fue enviada, nunca regresa vacía. En algunos produce rechazo y culpa pero en otros vida eterna. El creyente siempre habrá de preguntarse qué tiene él que no haya recibido. De esta forma no tendrá nada en lo cual gloriarse. Hay gente que continúa con el rechazo a la verdad, como producto de la acción del misterio de la iniquidad. Esta operación viene para los que se pierden, ya que no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Resultará natural que el mismo Dios les envíe un espíritu de error o de estupor, para que sigan creyendo la mentira (2 Tesalonicenses 2: 10-11).

    Cada creyente ha sido escogido desde el principio para salvación a través de la santificación; pero a los réprobos Dios les habla y los endurece, de manera que oigan y no comprendan (Isaías 6-9). Lo ratificó Jesús, al decir que hablaba en parábolas para que no le comprendiesen (Mateo 13:13), de manera que se cumpliese la profecía de Isaías. En cambio, a los discípulos les había sido dado el entender los misterios del reino de Dios, contrariamente a lo que sucedía en aquellos que estaban fuera de ese reino. El creyente es conducido de triunfo en triunfo en Cristo, ya que Dios nos revela su aroma agradable (dulce) del conocimiento divino. Pero el dulce olor de Cristo lo somos para Dios, tanto en los que somos salvos como en los que se pierden: un olor putrefacto de muerte en los condenados, pero un olor agradable para vida en los que vivimos eternamente. (2 Corintios 2:15-16).

    Comprendemos la frase de Jesús en el huerto de Getsemaní, la noche previa a su martirio en la cruz. Él rogó al Padre por los que le daría y le había dado, pero dijo explícitamente que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Esas palabras nos dan a entender que él no fue a la cruz para llevar el pecado de ese mundo por el cual no rogó, sino solamente para salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Ese pueblo es llamado nación santa, pueblo escogido, amigos de Cristo; ese pueblo fue escogido de acuerdo a los planes eternos de quien hace todas las cosas posibles. Muchas personas encuentran tropiezo en esta palabra de Cristo, al punto de no poderla soportar (Juan 6:60).

    La doctrina de Cristo resulta de vital importancia para los que se declaran creyentes del Dios de la Biblia. Hay gente que dice creer pero que se extravía de esa doctrina, demostrando con ello que no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 9-11). Las riquezas de la gloria de Dios las mostró Él en los vasos de misericordia que preparó de antemano para gloria, a los cuales ha llamado y seguirá llamando, tanto judíos como gentiles (Romanos 9:23-24). Esas riquezas comprenden las perfecciones de su naturaleza, su amor eterno e inmutable, su misericordia y su sabiduría, su omnipotencia y fidelidad, su justicia en Cristo, lo cual se demuestra en el proceso y acto de la salvación de los escogidos.

    Nuestro pecado heredado de Adán nos ha convertido en criaturas miserables. He allí la misericordia de Dios, el favor inmerecido: mereciendo nosotros el castigo por nuestra culpa irredenta se nos tendió el manto de la gracia, sin que seamos más sabios que los otros o mejores que ellos. Hemos sido preparados de antemano para gloria, para la felicidad perpetua. Antes de que el mundo fuese, de que el tiempo fuese creado, Él nos escogió de acuerdo a su plan eterno. Solamente pensar en ello debe llenarnos de alegría y de humildad, además de entender que fue la justicia del Hijo la que nos fue imputada para ser considerados justos y separados (santos) ante los ojos de Dios.

    Toda persona que ha sido redimida debe esa redención a la voluntad del Todopoderoso; pero el que Dios quiera que todos los hombres sean salvos no se refiere a que desee que cada individuo de la raza humana sea redimido. Los que fueron ordenados para condenación no son deseados para salvación, por lo cual creerán la mentira para que ocurra en ellos la perdición total. Cuando la Biblia habla del deseo divino en relación a la salvación de todos los hombres, ha de entenderse según el contexto que se refiere a todo tipo de personas: reyes y gente simple, ricos y pobres, esclavos y libres, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, nobles y gente innoble, de acuerdo a 1 Timoteo 2:4. Cuando usted lee los tres versículos precedentes (1 Timoteo 2:1-3) se dará cuenta de los tipos de personas que incluye ese todos de Pablo.

    El amor consiste no en que nosotros hayamos amado a Dios (ya que el amor de Dios precede al amor de las personas). Desde la eternidad Dios ha sido amor, y por amor hizo al mundo y a su gente. Pero tenía el plan de darle la gloria de Redentor a su Hijo, para que por medio de él parte de la humanidad que caería en pecado recibiera la justicia y perdón perpetuo. Cada creyente sabe que una vez anduvo en el mundo sin amor por ese Dios Creador, que practicaba solamente obras inicuas, caminando en enemistad con el Señor. Pero cuando recibimos su amor entonces comenzamos a amarlo: En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados (1 Juan 4:10).

    Con esta doctrina de la reprobación podríamos dejar de tenerle envidia a los arrogantes, al ver su prosperidad. Sabemos que los impíos no sufren congojas por su muerte, ni pasan trabajos como los demás mortales. Están coronados de soberbia y no temen ni siquiera morir: suponen que hasta Dios los admira. Ellos hablan con altanería, blasfeman al decir ¿cómo sabe Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo? No pensemos que nuestro corazón ha sido limpiado en vano, ni que los azotes recibidos nos conducirán a renegar del evangelio. En la presencia de Dios llevamos nuestras cargas y en ese momento comprendemos el fin de esos impíos: Dios los ha puesto en deslizaderos, para hacerlos caer en asolamiento. El Señor despreciará la apariencia de esos impíos cuando les llegue el turno. Los que se alejan del Señor perecerán y serán destruidos (Salmo 73).

    El Dios soberano ha hecho todas las cosas para sí mismo, aún al impío para el día malo (Proverbios 16:4). No solo ha hecho Dios a los escogidos para amor eterno, sino también a los que va a condenar perpetuamente. Esto lo dice la Escritura para que no pensemos que no sea la voluntad de Dios la aparición de los impíos en este vasto mundo creado por Él. Así como Judas tenía que seguir de acuerdo a las Escrituras, Jesús dijo un ay por ese hijo de perdición. Había dicho antes que ese apóstol era diablo, que él lo había escogido a sabiendas de lo que haría (Juan 6:70-71; Mateo 26:24; Juan 13:27).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EN EL VIVIMOS, NOS MOVEMOS Y SOMOS

    Un poeta griego dijo las palabras recogidas por Pablo en su discurso en el Areópago: En él vivimos , nos movemos y somos (Hechos 17: 28). Los griegos tenían un monumento al dios no conocido, por si acaso entre tantas divinidades veneradas hubiese alguna pasada por alto. Pablo dijo que venía a hablarles de ese Dios desconocido para ellos. En tal sentido citó la literatura conocida en ese entorno, diciéndoles que nosotros éramos hechura de ese Dios que ellos desconocían.

    El punto de partida del apóstol tuvo que ser el referido a Dios como Creador del universo y de todo cuanto existe. El sustentador de la vida gobierna a las naciones, a cada individuo, aunque nos parezca que sea un Dios escondido. Dada la figura del Creador se entiende que formamos parte de su linaje, idea que recoge de otro poeta, Arato, de Cilicia en el siglo 3 a.C. En ese punto de encuentro el apóstol quiere dar a conocer al Cristo resucitado, pero la resurrección era un tema del que no se ocupaban las religiones griegas. No obstante, Pablo se atreve a compartir el Evangelio con semejante auditorio bajo el aire ateniense,

    Epiménides de Cnosos, del siglo VI a.C. fue el autor de la célebre frase citada por Pablo: Porque en Él vivimos, nos movemos y somos. El apóstol señala otra frase de ese filósofo griego cuando escribe en Tito 1:12: Uno de ellos, su propio profeta, dijo: Los cretenses, siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos. El hecho de que Pablo haya citado a estos dos poetas griegos no da crédito a la inspiración divina en tales autores. Simplemente hemos de comprender que la verdad viene de Dios, como la Biblia en varias ocasiones refleja al referirse a fuentes no inspiradas; por ejemplo, el caso de una cita de Enoc en Judas 1:9-14.

    Resulta lógico pensar que la vida natural en la que vive el individuo proviene de Dios. A partir de ese Creador viene todo el confort que obtenemos en la naturaleza, en lo que nos circunda. Como dice la Escritura: Toda dádiva y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación (Santiago 1:17). Nada de lo que somos o poseemos proviene sin que medie la providencia divina. Incluso lo malo que nos acontece es visto como parte de lo que Dios provee por vía del maligno o por consecuencia de nuestras maldades. La Biblia está cargada de ejemplos que demuestran la soberanía divina en acción, cuando Jehová envía la lepra a un rey, cuando hace que una nación se levante contra otra, cuando provee las circunstancias para que se cumplan sus propósitos eternos.

    Nosotros, como seres humanos acostumbrados a la idea de la independencia y libertad, asumimos el control por parte de las naciones y de los gobiernos de turno. Pensamos que si actuamos con diligencia nos ocurrirán eventos propicios para la comunidad; pero aún en estas cosas la Biblia asegura que el corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere Él lo inclina. Frente a esta limitación de la libertad humana el teólogo reclama la supuesta injusticia de Dios diciendo: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién se puede resistir a su voluntad? No solo el teólogo tiende a pensar en esta línea sino la gran masa humana, anclada en un razonar donde infiere que el hombre es la medida de todas las cosas.

    Protágoras, otro pensador griego, suponía que la verdad es relativa a cada persona. Como sofista presocrático entendía que el contexto condiciona la verdad, por lo que no existe ella como absoluta sino simplemente como una percepción relativa a cada individuo de la especie humana. Existe una razón en tal aseveración, cuando nos referimos al contexto en que se dicen las cosas, pero en materia de los atributos divinos está fuera de sindéresis. ¿Es la criatura humana el canon por el cual hemos de mesurar cada verdad? ¿No existe una verdad teológica revelada? La Naturaleza nos puede hacer pensar lo contrario, que existe un Creador universal por el cual existimos, nos movemos y somos. En síntesis, la Biblia enseña que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, dándole la capacidad de relacionarse con su Creador. No dice la Biblia que la verdad es relativa a cada persona, sino que el mismo Cristo se señala como el camino, la verdad y la vida.

    Pablo continúa en el Areópago diciéndole a los griegos que toda la humanidad es criatura divina, pero no afirma que cada uno de los seres humanos sea hijo de Dios. Esta otra figura dependerá de la regeneración que el Espíritu Santo haga de acuerdo a los planes eternos que el Padre haya decidido en la eternidad. En cuanto a humanidad tenemos todos en común un mismo linaje, así que no puede haber discriminación étnica o social en base a lo que somos como seres humanos. El apóstol les advierte a los atenienses que el Dios que él predica no tiene nada que ver con lo que ellos han concebido como seres del paganismo. No debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, a plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres (Hechos 17:29).

    En su Carta a los Romanos Pablo expone en el Capítulo 1 que las cosas invisibles de Dios, su eterno poder y deidad, se hacen visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que nadie tiene excusa. La humanidad toda, en alguna medida, ha conocido a Dios por medio de lo creado (la Naturaleza en todas sus manifestaciones, por ejemplo). Esta humanidad se vanaglorió y no le dio importancia a la gloria divina, ni siquiera le agradeció por el don de la vida, sino que envanecida en su razonamiento camina entenebrecida. Profesando ser sabios se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles (Romanos 1:22-23).

    La historia de los reyes de Israel y de Judá nos da cuenta de lo cambiante del corazón humano. A pesar de la información recibida por parte de Jehová, de los milagros operados en el desierto o en el viejo Egipto, el corazón del pueblo y aún el de sus gobernantes se inclinaban ante las imágenes de los Baales y de Asera; ofrecían sacrificios a Moloc y aún a sus propios hijos hacían pasar por el fuego. Venía en consecuencia castigo fuerte a esos pueblos, pero después de un ligero arrepentimiento y enmienda se inclinaban de nuevo hacia las costumbres de las demás naciones.

    Pablo examina este asunto de la honra a otros dioses, cuando escribe su Epístola a los Romanos. Entiende el apóstol que hubo una consecuencia nefasta para la gallardía humana: el acto de entregar Dios a la inmundicia a la humanidad que tal cosa hacía. Dios los abandonó en la concupiscencia de la carne y de sus corazones para deshonra de sus propios cuerpos. Por más que hoy día hablen del orgullo gay eso no es más que una cortina de humo para esconder lo vergonzoso de esos actos. Las pasiones vergonzosas de las cuales refiere el apóstol en Romanos 1:26-27 giran en torno a la homosexualidad: tanto de los hombres como de las mujeres.

    La homosexualidad puede ser vista como un pecado castigo de parte de Dios, de acuerdo a lo escrito por Pablo en Romanos 1. Sin embargo, en otra carta el apóstol advertía a la iglesia sobre la necesidad de corregirse; agregaba algo muy importante respecto a este tipo de pecado: ¿O no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os dejéis engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos de vosotros; pero fuisteis lavados, pero fuisteis santificados, pero fuisteis justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios (1 Corintios 6: 9-11).

    Subrayo el hecho de que en la iglesia de Cristo hay gente que tuvo pecados terribles, lo cual implica que hubo perdón absoluto de parte de Dios. Simplemente ahora son lavados y santificados, justificados igualmente, por lo cual no debemos discriminar por cosas pasadas. Esta es una de las grandezas del cristianismo, en especial de la dádiva que viene de Dios. David cometió pecados atroces pero siguió siendo un hijo conforme al corazón de Dios. Jehová siempre se refirió a David, a través de los profetas y escritores bíblicos, como mi siervo, como a la persona a quien Dios ama mucho.

    De gran relevancia resulta la comprensión de este texto señalado por Pablo a los atenienses: en Él vivimos, nos movemos y somos. Todo lo abarca Dios para que lo reconozcamos en todos nuestros caminos. ¿Adónde huiremos de su presencia? Mejor nos resulta amistarnos con Él, de tal forma que nos venga paz y mucho bien.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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