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  • LA SANGRE DE LOS CORDEROS

    En la Biblia, la sangre de los corderos tiene varios significados simbólicos. En el Antiguo Testamento, la práctica de sacrificar corderos y rociar su sangre se asociaba con la expiación de pecados. Por ejemplo, en la celebración de la Pascua judía, la sangre del cordero sacrificado se usaba para marcar las puertas y proteger a los israelitas de la plaga enviada por Dios. Esa sangre de los corderos anunciaba la sangre del Señor Jesucristo significando que Dios pasaría por alto el castigo a esa casa donde se untara su sangre.

    Además, en el Nuevo Testamento, se considera que Jesucristo es el Cordero de Dios, cuya sangre fue derramada como sacrificio para redimir los pecados de la humanidad. Por lo tanto, la sangre de los corderos en la Biblia simboliza tanto la expiación de pecados como el sacrificio necesario para la salvación espiritual. Sabemos que la sangre no fue puesta en las puertas de las casas egipcias, sino solamente en las de los israelitas. Allí vemos una restricción absoluta en la aplicación de ese perdón, de manera que los universalistas que generalizan en base al derramamiento de la sangre de Cristo tienen allí un freno bíblico para detener sus pretensiones.

    Por otro lado, ningún israelita pagó con sus obras ese favor de Dios. La razón descansa en que la sangre de Cristo (el Cordero de Dios) resulta suficiente para el perdón divino; de hecho, Jesús en la cruz exclamó: Consumado es (Tetélestai). Su trabajo fue suficiente en tanto Dios es perfecto, así que el Señor salvó a todo su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Ni uno más ni uno menos, simplemente no hay errores en la economía de la salvación.

    Acá volvemos por fuerza al tema de la predestinación, en una clara referencia de que Dios ha determinado de antemano el destino eterno de las personas. La interpretación bíblica nos señala que Dios eligió de antemano quiénes serían salvos, muy a pesar de que hay quienes sostienen que Dios elige en base a su conocimiento previo de quiénes escogerían aceptar su gracia. Se deduce que si la expiación universal fuera cierta, la sangre de Cristo por su eficacia debería alcanzar para que Dios pase por alto todos los pecados de todas las personas. Isaías nos lo aclara: Jesucristo (el siervo justo) vería del trabajo de su aflicción y quedaría satisfecho. Por su conocimiento salvará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11).

    El hecho de que Cristo quedara satisfecho con el fruto de su trabajo implica que no quiso alcanzar más de lo alcanzado. De hecho, él lo anunció la noche previa a su muerte, cuando oraba al Padre en el huerto de Getsemaní: No te ruego por el mundo (Juan 17:9); solamente rogaba por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por la palabra de sus apóstoles. ¿Por qué Jesús no rogó por el mundo? ¿Por qué habló en parábolas, para que no todo el mundo entendiera? ¿Por qué la expansión del evangelio fue circunscrita a unos lugares cercanos, antes que nada, y por tan solo 12 encomendados? ¿Por qué no envió ángeles a pregonar su anuncio por toda la tierra de ese entonces?

    La respuesta a todas esas interrogantes resulta obvia: Jesús no pretendió salva a más gente de la que conforma el pueblo elegido del Padre. Estamos ciertos en que lo que se propuso lo alcanzó, así que Jesucristo no salvó potencialmente a ninguna persona sino que en forma actual redimió a todo su pueblo. Esa redención se anuncia por la predicación del evangelio, dado que sus ovejas oirán su voz y le seguirán. No harán lo mismo las cabras, quienes se alimentan de falsos evangelios y anuncios espurios. Jesús no sufrió en forma potencial por almas potenciales, más bien su trabajo fue real y actual, con un castigo soportado en forma puntual. De esa forma se sabe que lo hizo por personas reales, cuyos nombres fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8).

    Si Dios hubiese visto en el túnel del tiempo quiénes se salvarían, no hubiese tenido que predestinar a los que ya estaban destinados por su sabiduría, humildad y reconocimiento. Más bien la Biblia nos declara que Dios afirmó que no hay justo ni aún uno, que no hay quien lo busque ni quien haga lo bueno. Dijo que todos los habitantes de la tierra estaban muertos en delitos y pecados, así que no pudo mirar en ese túnel del tiempo a alguien que estuviera dispuesto. La muerte espiritual deja a la gente en tinieblas y sin sentido de orientación, de manera que es por medio de la regeneración eficaz del Espíritu que nacemos de nuevo.

    Ese acto de nacer de nuevo no depende de la voluntad de la persona, como si ella pudiera razonar estando muerta. Depende únicamente de la voluntad del Espíritu de Dios (Juan 1:13; 3:3, 8). Por ello sabemos que los que hemos sido justificados por su sangre seremos salvos de la ira por medio de Él. Cada persona justificada por la sangre de Cristo es librada de la ira de Dios. Sabemos que muchos van a la perdición eterna, de manera que esas personas no fueron justificadas por la sangre de Cristo. Los que hablan de una expiación universal generalizada, potencial y no actual, se sorprenden por el hecho de que no todo el mundo es salvo. Entonces alegan que no quisieron salvarse, que se les dio su oportunidad, con lo cual validan las obras sobre la gracia.

    Obras sobre gracia existe cuando la voluntad de las cabras deciden cooperar sin saber quién es Dios; por ello se inventan un dios a su imagen y semejanza, que iguala a todos los seres humanos y se convierte en inclusivo. Ese dios no existe sino en la imaginación que genera el evangelio anatema, en la ficción de una teología antropocéntrica alejada de la soberanía absoluta de Dios. Olvidan que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer. Olvidan que Dios amó a Jacob y odió a Esaú antes de que hiciesen bien o mal, antes de ser concebidos. La Biblia nos dice la razón de esto: para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11).

    Si la sangre de los corderos hubiese sido colocada en todas las casas egipcias, no hubiese habido primogénitos muertos, pero sabemos que la gracia de Dios en ese entonces apuntó solamente al Israel de aquella época. De igual manera, Dios destruyó con el diluvio a millones de personas, pero salvó solamente a ocho personas. Por siglos su ley escrita estuvo particularmente destinada a un solo pueblo, si bien uno que otro gentil fue hecho partícipe de la didáctica divina de su evangelio. De igual forma, ahora nos hemos incorporado los gentiles al universo de redención, pero no son todos los gentiles como antes tampoco fueron todos los israelitas.

    Pablo lo declaró abiertamente: En Isaac sería llamada la simiente, la cual es Cristo (no todo Israel sería salvo, sino los llamados). Asimismo ahora, no todos los gentiles son llamados eficazmente. Dios es quien ha elegido, mientras a su iglesia le toca seguir anunciando este evangelio (la buena noticia de que Dios ha librado a su pueblo de sus pecados). Esa misión la tenemos hasta que el último de los con-siervos sea alcanzado.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EMPEZAR DE NUEVO

    David pregunta quién subirá al monte de Jehová, para estar en su lugar santo; la respuesta la da de inmediato: el limpio de manos y puro de corazón, el que no ha elevado su alma a cosas vanas ni jurado con engaño (Salmos 24: 3-4). Si prestamos atención a lo que dijo, sabemos que todos fallamos al respecto algunas o muchas veces en esta vida. Siempre hemos de empezar de nuevo, intentarlo una y otra vez, sin importar que nuestro saldo quede en rojo al final del día, del mes, del año. El hombre parece una máquina de hacer pecado, acostumbrado y dominado por la ley de sus miembros (Romanos 7). Pese a esa constante nos toca batallar a diario contra la carne, sin la angustia por causa de la derrota sufrida en muchas ocasiones.

    Pablo sufrió algo parecido, como nos lo cuenta en Romanos; así se sintió: un miserable que hacía lo que no quería, pero que no hacía aquello que debía hacer. Al final de su discurso dio gracias a Dios por Jesucristo, quien lo libraría finalmente de su cuerpo de muerte (ese cuerpo que participa del pecado). Somos seres carnales, vendidos al pecado (Romanos 7:14), con el pecado que nos domina (Romanos 7: 17). Pablo comprendió lo que nos sucede como creyentes, bajo la ley del pecado, pero no se conformó con el hecho de pecar sino que desmenuzó sus intríngulis. Existe una ley en nuestros miembros que se rebela contra la ley de nuestra mente, para llevarnos cautivos ante la ley del pecado que reposa en nuestros miembros.

    Esa saturación pecaminosa de la que estamos untados se asemeja a lo dicho por David en su célebre Salmo 51. Decía que su pecado estaba siempre delante de él, que había sido formado en maldad y concebido por su madre en pecado (Salmos 51:5). La súplica del rey se inicia con un clamor a la misericordia del Señor, seguida de la petición de la renovación de un espíritu recto dentro de él (Salmos 51: 1 y 10). Nos quedamos petrificados por la acción del pecar, así que tenemos que pedirle a Dios que abra nuestros labios de nuevo, para publicar la alabanza que de ellos emana (verso 15).  

    Como creyentes sabemos que estuvimos muertos en delitos y pecados, pero fuimos llevados a la vida por la gracia de Dios. Si Él no nos hubiese llamado con eficacia, estaríamos como los que son del mundo. Ahora que vivimos sabemos lo horrendo del pecado, de su molestia y de su fuerza. Por eso hemos de empezar de nuevo la caminata, sabiendo que tenemos un Dios al cual clamar como lo atestiguan Pablo y David, entre tantos otros escritores bíblicos. La justicia de Dios la vemos a través del trabajo de Jesucristo cumplido en la cruz. En ese lugar le fueron imputados al Hijo de Dios todos nuestros pecados, habiendo él sido castigado por nuestras culpas para que nosotros fuésemos declarados justos.

    Por estar en Cristo nos convertimos en nuevas criaturas (2 Corintios 5:17), estando conminados a ser compasivos, a amarnos fraternalmente unos a otros, siendo misericordiosos y amigables (1 Pedro 3:8). Nuestra lengua debe ser refrenada de hablar el mal, para poder ver días buenos (1 Pedro 3:10). De igual forma, al estar en Cristo sabemos que el Señor padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios (verso 18). Dios castigó a un hombre completamente inocente, su Cordero preparado para la expiación desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), para imputarnos después su justicia a nosotros. Esto lo hizo en los elegidos, pese a que seamos pecaminosos en carácter y conducta. En este punto hubo un encuentro entre la justicia de Dios (la cual es Jesucristo) y nuestra inmundicia (la cual fe quitada por su sangre). De esta forma lo leemos en el Salmo 85:10: La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron.

    Sabemos lo cierto que resulta el contenido de la palabra de Dios; por ello nos afianzamos en estas palabras: Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira (Romanos 5:9). Habiéndonos dado vida el Hijo, perdonándonos todos nuestros pecados (Colosenses 2:13), sabemos que podemos comenzar de nuevo. La misma Escritura nos lo recuerda una y otra vez: ¿Quién es el que condenará a los que aman a Dios? Cristo es el que murió y resucitó, el que intercede por nosotros a la diestra de Dios Padre (Romanos 8: 33-34). Somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (verso 37).

    Dios, hablando del Hijo, nos confirmó por medio de su profeta Isaías: Habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores, verá el fruto de su aflicción y quedará satisfecho. Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53: 11-12). Recordemos que Jesucristo al encarnarse se sometió plenamente a la ley de Dios, cumpliendo todos sus preceptos. Esto demandaba la ley divina dada los hombres, pero nadie la pudo cumplir a plenitud sino solamente el Hijo de Dios. Por eso se le llamó siempre como el Cordero sin mancha (el que no cometió pecado), como bien lo prefiguró David en otro de sus Salmos: El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón (Salmos 40: 8). De igual forma encontramos referencia en Isaías 50:5: Jehová el Señor me abrió el oído, y yo no fui rebelde, ni me volví atrás.

    Comenzamos de nuevo porque tenemos la confianza de la palabra de Dios; cada creyente conoce que si peca tiene un abogado para con el Padre, a Jesucristo el justo. Sabemos que el pecado es una infracción a la ley de Dios, pero Jesucristo apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él (1 Juan 3: 4-5). El pecado puede convertirse en una mala costumbre, generándonos inmenso dolor. No solo porque acarreamos sus consecuencias naturales, sino porque el Espíritu se contrista dentro de nosotros (Efesios 4:30). En otro tiempo éramos tinieblas, pero ahora somos la luz del Señor y como hijos de luz debemos andar (Efesios 5:8).

    Empezar de nuevo también se entiende como un privilegio que tenemos todos los que hemos sido redimidos por el Señor, una vez que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. Se nos garantiza la providencia del Omnipotente, con la motivación de quien nos ama con amor eterno. Esa es una razón de sobra para no participar más en las obras infructuosas de las tinieblas. Hemos de despertarnos y levantarnos de los muertos, para que Cristo nos alumbre de verdad. Por esta razón hemos de mirar con diligencia nuestra manera de andar, que no seamos guiados por la necedad sino por la sabiduría que viene de lo alto.

    Pablo nos recomienda que seamos entendidos en cuanto a conocer cuál es la voluntad del Señor para nosotros: No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones, dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo (Efesios 5: 18-20). Este camino tenemos como señal para andar por él, de manera que crezcamos en la gracia y en el conocimiento del Señor.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • ESTA CRUZ QUE OFENDE

    La roca de caída descrita por Pedro ha venido a ser también la cabeza del ángulo. Allí tropiezan muchos, millones de personas, las cuales fueron destinadas para golpearse contra ese obstáculo. Jesucristo como impedimento no suele ser visto ni predicado, pero así se descubre en las Escrituras. Recordemos, para empezar, el momento en que el Señor le dijo a su gente que hablaba en parábolas, para que no pudieran comprender aquellos señalados para tropiezo. El hombre natural rechaza el cristianismo, la doctrina de Jesucristo, aunque acepte algunos puntos que le parece como enseñanza humanista.

    Muchos andan como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo fin será perdición, cuyo dios es el vientre y cuya gloria está en su vergüenza, ya que piensan solamente en lo terrenal (Filipenses 3:18). La palabra de la cruz es locura a los que se pierden; en cambio, a los que se salvan es potencia de Dios (1 Corintios 1:18). La cruz de Cristo ofende el orgullo humano por cuanto dice que todo el mundo es pecador. Esa cruz avisa que nadie tiene suficiente poder para quitarse su propio pecado, así que ofende la voluntad humana al advertir que ese albedrío y cualquier esfuerzo resultan vanos. Pablo nos aclara en Gálatas 5:11 que su prédica del evangelio le ha traído persecución, ya que él con sus palabras no ha quitado el tropiezo (la ofensa) de la cruz.

    Hay quienes reciben la palabra con cierto gozo, pero les resulta en una profesión de fe que no transforma. Por esa razón sabemos que no han recibido al Dios de las Escrituras y se sienten vacíos; esta situación les induce a elaborar filosofías teológicas que mitigan la ofensa o el tropiezo que la cruz de Cristo supone. Poco a poco van construyendo un Cristo a su medida, una mezcla de falsos dioses aceptables ante la mayoría del mundo. Con ello la dureza de la cruz va cesando hasta encontrar eco en el resto de falsos creyentes como en cualquier otro incrédulo.

    La eficacia de la expiación resulta en el centro del evangelio; ese evangelio consiste en la promesa que Dios hizo a su pueblo para redimirlo. En Isaac sería llamada la Simiente, la cual es Cristo, quien sería puesto como señal de tropiezo a muchos y como redención a otros. La razón del nombre del niño por nacer, Jesús, se debía a su étimo, Jehová salva, porque esa persona salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Si Jesús murió conforme a las Escrituras, quiere decir que cumplió todo su cometido, por lo cual dijo en la cruz: Consumado es. De allí que no puede alegarse ineficacia en su redención, ya que un Dios perfecto hace su trabajo en forma eficaz.

    La sangre del Cordero sacrificado en el madero fue suficiente para salvar a todo su pueblo. No hay desperdicio en la economía divina de la salvación, ni uno más ni uno menos reciben el beneficio de la expiación. No existe expiación universal generalizada, simplemente Cristo murió por sus ovejas. Los cabritos quedan por fuera, no son llamados eficazmente, para que la gloria del hombre no aparezca como antagonista de la gloria del Hijo de Dios (Romanos 9:11).

    Por esa razón vemos que muchos religiosos del momento continúan ofendidos y trastabillando ante la roca de tropiezo puesta por Dios. El que cree el evangelio será salvo, pero el que no cree será condenado (Marcos 16:16). Al creer el evangelio estamos creyendo en Jesucristo, quien murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras (1 Corintios 15:3).

    La religión falsa del mundo supone que la diferencia entre cielo e infierno recae en la voluntad humana. Nada como el esfuerzo propio para alcanzar las cosas deseadas, pero en materia de redención la Escritura advierte que nadie es suficiente sino solo Dios. Así que Dios es quien establece la diferencia entre cielo e infierno, entre luz y tinieblas, entre muerte y vida. El hombre no podrá pagar siquiera por uno solo de sus pecados, pero muchos alegan que pese a ello Cristo pagó por todos los pecados de todo el mundo, sin excepción.

    Acá empieza uno de los largos caminos de perdición de la religión pseudo-cristiana. Ese falso sistema de salvación se apoya en un falso evangelio, que condiciona la redención a la voluntad humana. Es muy sencillo, si Cristo murió por todos, sin excepción, la razón de ir al cielo depende de nuestra decisión o voluntad. Por igual, los que van a condenación lo hacen en base a su propia decisión, ya que Dios les propició la salvación pero ellos no la aceptaron. Este sistema suena justo ante los ojos humanos, pareciera equitativo y sin discriminación. En realidad es una doctrina altamente humanista, la misma que ofrece Roma y su descendencia arminiana (rama del protestantismo que sigue a Jacobo Arminio con sus tesis contra la Biblia).

    Sabemos que Jesucristo no murió por todo el mundo, sin excepción, por cuanto la noche antes de su crucifixión, cuando oraba al Padre, afirmó que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). En otros momentos dijo a un grupo de judíos que ellos no podían ir a él porque no formaban parte de sus ovejas (Juan 10:26); esto nos da a entender que la condición de ser oveja precede al creer. Dijo también el Señor: El buen pastor su vida da por las ovejas…Yo pongo mi vida por las ovejas (Juan 10: 11,15).

    Ese buen pastor predicó a una multitud que lo seguía (una vez que habían participado del milagro de la multiplicación de los panes y los peces), diciendo que nadie podía venir a él, si el Padre no lo trajere (Juan 6:44). Un poco antes había afirmado que Todo lo que el Padre le da vendrá a él, y él no lo echará fuera (Juan 6:37). Al oír estas palabras, sus seguidores (llamados discípulos también) se ofendieron y comenzaron a retirarse murmurando de su doctrina. Entonces el Señor los increpó diciendo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65).

    La justicia de Dios condujo a Jesucristo a justificar a su pueblo. Es una justicia que vino como consecuencia de la justicia de Dios, quien no castigará dos veces por el mismo pecado pagado. Un vez castigó en Cristo los pecados de todo su pueblo, por lo tanto no demandará injustamente el castigo ya infligido a su Hijo en la cruz. Solamente nos castigará (azotará) teniéndonos como hijos cuando nos apartamos de sus normas.

    La justicia de Jesucristo nos ha sido imputada a nuestro favor, habiendo él tomado nuestros pecados para sufrir el castigo merecido por esas culpas. La palabra de Dios ha sido dada a su pueblo, a sus santos (escogidos), para que nos diga paz y nosotros no nos volvamos a la locura (Salmos 85:10). Pablo nos da la certeza de la redención en forma muy clara: Estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida (Romanos 5: 9-10).

    Romanos 8:28 al 39 ha sido etiquetado como la cadena de oro de la redención, en especial los versos 29 al 30. Conviene leerlos y aprender de ellos su esencia, para que no vacilemos con aquellos que son llevados por todo viento de doctrina. Ellos resultan ofendidos por la cruz de Cristo, pareciéndoles las palabras de Cristo duras de oír (Juan 6:60), pero nosotros somos llamados bienaventurados porque no desechamos la cabeza del ángulo sino que tenemos por fundamento a Jesucristo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org.

  • DOCTRINA PERNICIOSA

    El arminianismo se conoce como una doctrina perniciosa, a la luz de las Escrituras. Ella tiene el objeto de minar la enseñanza de la gracia soberana, hasta hacerla servidora de la voluntad humana. No pudiendo aceptar la tesis del Dios que elige de acuerdo al propósito de su voluntad, el arminiano (dependiente de la doctrina enseñada por Arminio) interpreta privadamente las Escrituras. Para lograr tal objetivo ha llegado hasta el descaro de afirmar que cuando la Biblia dice que Dios odia en realidad quiere decir que Dios ama menos.

    De esta forma, cuando encontramos textos referidos al conocimiento previo de Dios lo interpretan como un conocimiento anticipado, en base a lo que miró en el túnel del tiempo. Por esta vía niegan de hecho la Omnisciencia divina, ya que el dios en el que creen necesita averiguar el futuro en los corazones de los hombres. Hace de esta manera autónomo al ser humano, bajo el pretexto de que si lo viera en forma distinta supondría hacerlo un robot. La predestinación admitida por el arminianismo se fundamenta en el hecho de la previsión divina, conociendo Dios lo que acontece en los corazones de los que habrán de creer.

    En realidad, tal dios arminiano se nos muestra con mucha suerte. Tiene la suerte de que el ser humano, tan voluble en su estado de ánimo, mantenga impertérrito la decisión que Él descubriera al mirar en el túnel del tiempo. Es como si Dios adivinara el futuro en los corazones humanos, para luego dictárselo a sus profetas en un plagio sin igual, ya que ellos aseguran: Así dijo Jehová. Tal Jehová pudo decir tales cosas porque las recopiló al mirar el futuro en las mentes humanas. Como si viera a la humanidad deseando un Mesías para crucificarlo, por lo cual aprovechó tal descubrimiento para enviar a su Hijo a padecer la crucifixión prevista.

    Los arminianos también vienen disfrazados con la doctrina de la gracia soberana. Hay quienes claman tales doctrinas de la gracia pero predican una salvación generalizada, una expiación universal para que cada ser humano sienta que tiene una oportunidad que depende en exclusiva de su decisión final. En otros términos, el arminiano tuerce la Escritura al asegurar que el hombre es libre para decidir sobre su estado espiritual; de esta manera niega la Biblia cuando asegura que no hay quien busque a Dios, que todos están muertos en delitos y pecados.

    Por esta razón, un arminiano sostiene que la muerte en realidad es una enfermedad espiritual que tiene remedio si tan solo el ser humano se dejara persuadir por la gracia que habilita, otra ficción más de su teología. Incluso llega a otro desvarío descomunal, al afirmar que -aunque la redención puede ser particular para el elegido de Dios- el evangelio anuncia el amor divino para cada habitante del planeta, incluidos los no elegidos. Al decir que Dios quiere que todos sean salvos, sin excepción, ofertan el evangelio como una oportunidad del amor divino.

    Poco les importa a los arminianos lo que dice el texto de 2 Corintios 2:15-16: Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente? En realidad la Escritura endurece a quienes tiene que endurecer, pero muestra la misericordia de Dios a quienes Dios quiere mostrarla (Romanos 9: 15-16). No creemos en la falacia de muchos calvinistas (los seguidores de Calvino) que afirman lo siguiente: la sangre de Cristo es suficiente para todos pero eficiente solamente para los elegidos.

    La doctrina de la regeneración universal viene como un evangelio anatema (maldito). Como si la salvación estuviera condicionada en la fe, y como si el Espíritu Santo habilitara a la persona para que tome su decisión final. Esto lo decimos porque si así se piensa se está creyendo que la salvación está finalmente condicionada en el pecador, en lo que haga, en lo que decida bajo la persuasión de la predicación. Nada más lejos de las enseñanzas de Jesús, cuando les decía a sus discípulos la razón por la cual hablaba en parábolas.

    La salvación está condicionada exclusivamente en el trabajo de Jesucristo; el evangelio es el anuncio de la promesa de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Uno de los reconocidos frutos del regenerado por el Espíritu es su deseo de obedecer a Dios, más allá de sus caídas por el pecado (Romanos 7:14-25). Dios nos ha salvado y nos mantendrá a salvo para su propia gloria (Juan 10:14-18), habiéndonos escogido desde antes de la fundación del mundo.

    Nosotros somos vistos en el estado natural como trapos de inmundicia, y nuestra justicia es semejante a los trapos de mujer menstruosa. Somos hojas muertas llevadas por el viento, sin que haya entre nosotros uno solo que busque al verdadero Dios (Isaías 64:6-7). ¿Y qué dijo Cristo? Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere, y yo lo resucitaré en el día postrero (Juan 6:44). El profeta Isaías nos entrega esta píldora respecto a la absoluta soberanía de Dios: Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad (el mal). Yo Jehová soy el que hago todo esto (Isaías 45: 5-7).

    Ese Dios que hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4) reclama para Sí todo cuanto existe. Él es el autor de la paz y de muchos males, como dice Isaías. Otro profeta relata sobre el tema lo siguiente: ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3:37-38). El Señor decretó todo cuanto sucede, incluso escogió desde antes de la fundación del mundo a su pueblo que habría de bendecir. Adán fue creado para que pecando se pudiera manifestar el Cordero de Dios, preparado desde antes de la creación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).

    No hay cristianos casi cristianos, ya que a los que Dios llama en forma eficaz el Espíritu les otorga vida en el tiempo aceptable. La regeneración no la da el Espíritu en forma progresiva, sino tal acto corresponde a los actos únicos e inmediatos, como el dar a luz. Una mujer no pare a medias un hijo, pare o no pare. Asimismo, la regeneración cuando nos llega nos hace resplandecer la luz de Cristo en nuestros rostros. Nadie puede ser salvo y estar apartado de la doctrina de Cristo (2 Juan 1:9-11). El que cree otro evangelio es considerado anatema, de acuerdo a lo dicho por Pablo en Gálatas.

    El llamado se hace para aquellas ovejas a las que el pastor llama oportunamente, para que se arrepientan (cambien de mentalidad respecto a Dios y a ellos mismos). Para que vean al Dios soberano absoluto que hace como quiere y entiendan que nosotros no somos nada, a menos que tengamos de nuestro lado al Altísimo con su misericordia. Es entonces cuando podremos decir: Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?

    César Paredes

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  • ODIO A LOS QUE TE ODIAN

    En el Salmo 139:21-22 se lee: ¿No odio, oh Jehová, a los que te aborrecen, y me enardezco contra tus enemigos? Los aborrezco por completo; los tengo por enemigos. La Biblia también habla de los que odian a Dios, nombrados en Romanos 1:30, en una larga lista de abominables: murmuradores, detractores, aborrecedores (odiadores) de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres. Estos son malévolos que no tienen en cuenta la palabra revelada del Señor sino que buscan manifestar su rechazo a través del odio contra el que los creó. Como Nimrod, un cazador contra Jehová, pretenden construir barreras o torres para refugiarse en ellas y no ser alcanzados por la ira divina como recompensa en su mal hacer.

    Hay gente que odia a Dios, sabiendo que existe, que castiga la maldad. Hay gente que pese a los castigos del cielo no se arrepienten de su mal actuar, siguiendo el servicio a los demonios (Apocalipsis 9:20-21): El resto de la gente, los que no murieron por estas plagas, ni aun así se arrepintieron de su maldad, ni dejaron de adorar a los demonios ni a las imágenes de oro, plata, bronce, piedra y madera, las cuales no pueden ver ni oír ni caminar. Los hay quienes pese a lo que la Biblia les advierte continúan entregados sacrificando a sus ídolos (de todo tipo: físicos o imaginarios), como asegura 1 Corintios 10:20-21: Antes bien, digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor y la copa de los demonios; no podéis ser partícipes de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios.

    La Biblia es sumamente clara en cuanto a nuestra lucha, diciéndonos que no es contra sangre y carne sino contra huestes espirituales de maldad que habitan en las regiones celestes. Esa batalla se describe como real, así que la posición del creyente ha de ser la de un soldado listo para el combate. ¿De dónde viene nuestra ansiedad y la zozobra que nos circunda? De nuestra mente dada a la imaginación inútil, vacía de la palabra divina. Cierto que el salmista expresó el odio contra los que odian a Dios, de la misma forma en que nosotros sentimos molestia por los que blasfeman del Señor en nuestra presencia. Sin embargo, Jesucristo nos ha ordenado amar aún a nuestros enemigos, de forma que una vía para mostrar ese amor consiste en la predicación del evangelio a esos odiadores de Dios.

    Por amor les decimos que crean al Señor y se arrepientan de su mal camino; hacemos bien a todos, como fruto de nuestra gracia. Pablo nos recomienda que siempre que tengamos oportunidad hagamos bien a todos, en especial a los de la familia de la fe (Gálatas 6:10). En otra carta, el apóstol da un consejo oportuno para nuestro tiempo: Quítense de vosotros toda amargura, y enojo, e ira, y gritos y maledicencia y toda malicia. Más bien, sed benignos los unos con los otros, misericordiosos, perdonándoos los unos a los otros, como también Dios os perdonó a vosotros en Cristo (Efesios 4:32). Pedro nos manda a ser compasivos y de un mismo sentir, misericordiosos y amigables, sin devolver mal por mal, ni maldición por maldición (1 de Pedro 3:8). Si nos vestimos de caridad, la paz de Dios nos gobierna en el corazón (Colosenses 3:14).

    No será nuestro amor por los enemigos lo que los hará volver de su mal camino, ya que si Dios no opera en ellos el arrepentimiento para perdón de pecados perecerán. Solamente los que son enseñados por Dios, después de haber aprendido, irán a Cristo (Juan 6:45). Cuando Pablo declara el evangelio, la primera doctrina que expuso fue que Cristo murió por nuestros pecados, de acuerdo a las Escrituras (1 Corintios 15:3). Esas Escrituras son múltiples, pero conviene recordar algunas: (Mateo 1:21; Juan 6:37; 6:44; 6:65; Efesios 1:1-11; Juan 17:9; 1 Pedro 2:8; Romanos 9: 11-18, etc.).

    Jesucristo-hombre- Mediador fue quien dijo que todo había sido cumplido (Consumado es), es decir, tenemos perdón total de nuestros pecados, justicia conferida de su parte, fuimos declarados hijos de Dios, herederos junto con Jesucristo, somos su pueblo, el linaje de su rescate (Isaías 53). Este evangelio choca de frente con el antievangelio de la redención universal generalizada, el anatema que predica el falso maestro. Cristo no murió por todo el mundo, sin excepción, sino que ofreció su vida en rescate por muchos: esos muchos son su pueblo, el linaje escogido del Padre desde la eternidad. Ellos son llamados las ovejas del Señor, unas estamos en el redil, otras andan perdidas, pero a todas ellas llevará en su rescate.

    Los cabritos son dejados por fuera y a ellos se les dirá que se aparten al lago de fuego, que el Señor nunca los conoció (nunca tuvo comunión o amor con ellos). Ese es el verdadero evangelio de las Escrituras, pero la gente religiosa pervierte su contenido para fabricarse un Dios a su medida, más ajustado a su mímesis (interpretación de lo que percibe). De esa manera quedan contentos sirviendo a un dios a su imagen y semejanza, salpicado de textos bíblicos y apoyado por la mayoría bajo el alegato falaz del argumento de cantidad. Jesucristo no representó a Judas en el madero, ni al Faraón, ni a Caín, ni a ningún otro réprobo en cuanto a fe. Él dio su vida por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras.

    En esto demostramos amor para con las personas, diciéndoles la verdad respecto a lo que la Biblia ordena, anunciar todo el consejo de Dios. Los que no aceptan este evangelio no lo pueden aceptar porque no son llamados; entonces algunos dirán: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? Si alguien no fue amado por el Padre desde la eternidad, ¿qué culpa tiene de actuar con odio contra ese Dios que nunca lo amó? Todas estas interrogantes ya fueron planteadas en las Escrituras, en la defensa de Esaú. Sin embargo, ante estas inquietudes la Biblia responde que Dios no es injusto en ninguna medida, sino que es soberano y el hombre apenas una criatura comparable a un vaso de barro creado por su alfarero.

    Esta soberanía divina conduce a la oveja a la humillación última para aceptar que todo viene de Dios. Los soberbios no pueden digerir este alimento y por eso continúan odiando a Dios, aunque tengan que hacerlo con disimulo: distorsionando la Escritura e interpretándola privadamente. Ellos buscan textos aislados de sus contextos como pretexto de interpretación. La Biblia sigue abundando en pasajes que demuestran que no siempre que la palabra MUNDO aparece en sus líneas debe entenderse como si fuese cada persona del planeta. Por ejemplo: los fariseos se maravillaron de la influencia de Jesucristo en la muchedumbre, por lo cual exclamaron: Mirad, el mundo se va tras él (Juan 12:19). De la misma forma hemos de entender el texto de Juan 3:16, cuando Jesús le hablaba con Nicodemo, un maestro de la ley que creía que solamente los judíos eran el pueblo de Dios. Por eso el Señor le mencionó la palabra MUNDO para que comprendiera que el amor del Padre no iba tan solo al mundo o universo judío sino también se extendía al resto de la humanidad, las gentes o gentiles que eran para los judíos los del mundo.

    Juan, en una de sus cartas, nos dice que el mundo entero está bajo el maligno. De inmediato dice que sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Éste es el verdadero Dios, y la vida eterna (1 Juan 5:19-20). Es decir, pese a que estamos en el mundo, nosotros no estamos bajo el maligno, si bien ha dicho que el mundo entero está bajo su égida. Así que conviene siempre mirar los contextos de las palabras para ver su sentido último. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, pero eso no implica que no haya muerto gente en sus pecados; entonces, esa expresión de Juan el Bautista tiene un sentido referido al contexto de los que el Señor perdonó y representó en el madero.

    Dentro de los que odian a Dios se encuentran los enmascarados, los que predican el evangelio con pequeñas desviaciones doctrinales que hacen más apetecibles y aceptables los propósitos de un Dios benévolo que aspira a ser amado por un mundo libre de su influencia. Sí, suena paradójico, pero estos predicadores que odian a Dios asumen que el Señor hizo libre a cada individuo del planeta y los redimió a todos en forma potencial, pero espera que cada quien actúe de buena voluntad y se acerque a Él para aceptar esa oferta. Los que así piensan y predican no saben qué hacer con aquellos que murieron sin haber escuchado jamás tal oferta de redención. Esos son ministros de Satanás enmascarados como ministros de justicia (2 Corintios 11:12-15): Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • IMAGEN MOLDEADA DEL DIOS DE LA BIBLIA

    Una imagen moldeada presupone una copia interpretada, como una mímesis, pasada por la criba de nuestra ideología e imaginación. Lo que de Dios se conoce nos fue dicho en la Escritura, pero la mente humana se resiste a percibir a un Dios con las características allí señaladas. Un Dios que odie a Esaú antes de hacer bien o mal, que lo destine desde antes de nacer como vaso de ira, para mostrar la gloria de su poder en la tierra. Lo mismo hizo con el Faraón de Egipto, con Judas Iscariote, con cada réprobo en cuanto a fe destinado para tropiezo en la roca que es Cristo. Esto aparece como elemento de juicio, para decir que la injusticia habita al Todopoderoso.

    Pablo se planteó esa hipótesis bajo la figura de un objetor que su retórica levantó en el capítulo 9 de su Carta a los Romanos. La respuesta que dio de inmediato fue la rotunda expresión: En ninguna manera. El ser humano continúa dentro de su oficio religioso forjando una imagen del Dios bíblico para ver si se ajusta a su medida; el profeta Habacuc advirtió: ¿De qué sirve la escultura que esculpió el que la hizo? ¿La estatua de fundición que enseña mentira, para que haciendo imágenes mudas confíe el hacedor en su obra? (Habacuc 2:18). Hay religiosos que no se hacen imágenes físicas para no parecer idólatras, pero al hacerse una idea distinta del Dios revelado en la Biblia tropieza al igual que cualquier otra persona que idolatra imágenes.

    Un ídolo no solo aparece en la fundición de metales, o en la mezcla del barro o talla de la madera, también puede emerger del libado imaginario de lo que debería ser Dios, de acuerdo a la mentalidad popular o teológica de algunos. Así que allí donde la Biblia asegura que Jehová hace el mal (Amós 3:6), por ejemplo, el teólogo que esculpe su imagen mental de la divinidad asegura que Dios permite el mal. Intenta exculpar al Dios que ya ha inculpado en su mente, porque no asume que Jehová ha hecho aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4), con lo cual va haciendo interpretación privada de las Escrituras. Es mejor decir que el mal consiste en alejarse de Dios, como dijo Agustín de Hipona, para dejar que el ser humano sea el absoluto responsable de ese alejamiento.

    Pero la Biblia no lo afirma de esa manera, sino que Dios reclama para Sí mismo todo cuanto ha hecho. Sí, creó al impío para el día malo, para exhibir su justicia, para castigar el pecado en aquellos por quienes Cristo no murió. Porque también la Escritura enseña en Juan 17:9 que el Hijo de Dios no rogó por el mundo, sino solamente por los que el Padre le dio y le daría por medio de la palabra de sus apóstoles y discípulos. Si el Hijo de Dios, la noche antes de morir, no rogó por el mundo dejado a un lado, se entiende que al día siguiente no fue a morir en la cruz como sacrificio por ese mundo por el cual no pidió al Padre. Entonces, ¿cómo es que algunos teólogos reclaman una expiación universal y generalizada?

    El Dios descrito por el profeta Amós (en la cita antes mencionada) está vivo y activo en el universo, no hace o permite ciertas cosas como si no quisiera que acontecieran, sino que decreta todo cuanto sucede. El profeta Isaías nos habla de un hacha que se mueve sola, como moviendo la mano del que con ella corta. Tal imagen exalta la forma ridícula de pensar de los teólogos del libre albedrío, como si el báculo moviera al que lo sostiene. ¿Se ensoberbecerá la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el báculo levantase al que lo levanta; como si levantase la vara al que no es leño! (Isaías 10:15).

    Los que reclaman para sí mismos su propia gloria recibirán a cambio debilidad y una hoguera como ardor de fuego, hasta consumir alma y cuerpo. Esto acontece a quien niega la soberanía absoluta de Dios, lo cual nos indica que de gran importancia resulta conocerla. Al entender que todo cuanto acontece obedece a su voluntad inquebrantable, descubrimos que existe un propósito del Altísimo en lo que nos sucede. Asimismo, la voluntad de Dios se ve en el accionar de los impíos, contra los cuales el Señor está airado todos los días (Salmos 7:11). Nos toca reflexionar, si es que tenemos al Espíritu Santo, para comprender nuestra obediencia y nuestra limitación. Por ejemplo, el hecho de que el Anticristo esté programado para manifestarse en la tierra en un momento determinado, no implica que nosotros vayamos a aclamarlo. El que Dios lo haya programado para que aparezca como tirano terrenal no hace que se nos valide su proclamación. Nosotros sabemos que habrá guerras y rumores de guerra, que la maldad está siendo aumentada, pero no debemos ayudar en ese aumento. Las dos cosas se dan en paralelo, pero los que no entienden parece que no entenderán, ya que hay quienes procuran la manifestación del hombre de pecado y desean que el templo judío sea construido. Un cristiano no está llamado a construir templos de sacrificios de animales, ya que entiende que la sombra de lo anterior ya vino con Jesucristo.

    De hecho, la Biblia lo enseña de este modo: …los impíos procederán impíamente, y ninguno de los impíos entenderá, pero los entendidos comprenderán (Daniel 12:10). Juan, en Apocalipsis 22:11, lo atestigua: El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía. Hemos de ver a Dios en su totalidad mostrada, no solo como un ser que condena el pecado y al pecador sino como el que tiene misericordia de quien quiere tenerla. Su compasión no tiene límites, ha mostrado su amor como una acción eterna para podernos amar con amor eterno y prolongarnos su misericordia.

    Ese Dios Justo recomienda a toda la gente que se arrepienta y crea el evangelio de Jesucristo. Al que cree lo redime, pero al que no cree lo declara condenado. Ese Jesús recomendó en su época que estudiáramos las Escrituras, porque ellas testifican del enviado del Padre, porque en ellas creemos está la vida eterna. Si la gente descuida escudriñar la palabra revelada de Dios, una espada de Damocles se muestra sobre la cabeza del negligente. La fe viene por el oír (leer) la palabra de Cristo; por el conocimiento del siervo justo éste justificará a muchos (Isaías 53:11). ¿Cómo, pues, hemos de descuidar una salvación tan grande?

    Al estudiar las Escrituras comprendemos que todo cuanto acontece obedece en detalle al plan eterno de Dios. Aún la crucifixión de su Hijo, el crimen más monstruoso de la humanidad, fue planificado por el Padre Eterno, en concordancia con su amor por los elegidos. Comprendamos en su justa medida las palabras del salmista: Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender … Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas (Salmos 139: 6, 16).

    El Espíritu Santo da vida a quienes el Padre ha querido, de acuerdo al plan eterno de salvación. Jesucristo puso su vida en rescate por muchos, de acuerdo al plan de salvación (Mateo 1:21). No se trata de que el Espíritu Santo capacita al impío para que llegue a creer, sino que el nuevo nacimiento lo da el Espíritu para que la persona sea redimida en forma total. Esta acción del Espíritu Santo glorifica a Jesucristo, no al pecador. Así que no es la voluntad del pecador la que activa la salvación, sino que el nuevo nacimiento hace que nuestro espíritu esté dispuesto en el día del poder de Dios. No es el pecador sino Cristo, solamente, quien cumplió con todas las condiciones de juicio penal para nuestra redención; en consecuencia, redimido el individuo comienzan los frutos de salvación. No confundamos nuestra justicia con la justicia de Cristo, siendo esta última la que se nos imputa por carácter legal de parte de Dios como Juez Justo. El que ignora la justicia de Cristo revelada en el Evangelio, se considera perdido ante los ojos de Dios (Romanos 10:1-4).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • UN PLAN ETERNO

    Todo cuanto acontece en este universo más o menos conocido, obedece a un plan eterno del Creador. El profeta Isaías lo escribió por orden divina: Acordaos de esto, y tened vergüenza; volved en vosotros, prevaricadores. Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46: 8-9). La declaración de Dios acerca de que anuncia el final desde el principio no obedece a que mira el túnel del tiempo para averiguar cuanto sucederá. El hecho de que haya declarado que su consejo permanecerá y que hará todo cuanto quiere, presupone que controla cada evento por acontecer.

    La entrada del pecado en el huerto del Edén no fue casual, ni fue algo que pudiera no haber ocurrido; ese acto de pecado cometido por el hombre tenía que ocurrir, ya que de otra manera el Cordero ordenado desde antes de la fundación del mundo no se hubiese manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20). Aún al malo hizo Dios para el día malo, como todas las cosas que ha hecho para sí mismo (Proverbios 16:4). ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3-37). Dios usa su palabra para rescatar a sus ovejas, para que vuelvan su mirada al buen pastor.

    Esta es la razón por la que afirmamos que Dios tiene un plan eterno e inmutable, habiendo hecho el mundo con un propósito. No hay fracaso en Él, como ya vemos por las citas enunciadas: aún al malo hizo para el día malo. Ahora bien, muchos se preguntarán por qué Dios inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad; la respuesta a esa interrogante está en la Biblia, cuando de inmediato el apóstol Pablo exclama: ¿Y quién eres tú, oh hombre, para discutir con Dios? (Romanos 9: 20). El pecado que abunda en el mundo hace que el hombre íntegro se cuide y se aleje de su influencia; por otro lado, nos educa junto a la ley divina para acudir a Cristo.

    No todo el mundo va a Cristo, ni puede ir; solamente aquellos que fueron destinados para tal propósito serán llamados en el tiempo oportuno de forma eficaz. Los gemelos hijos de Isaac y Rebeca fueron destinados desde antes de que hiciesen bien o mal para cumplir propósitos opuestos. Uno fue odiado de antemano, Esaú, el otro fue amado desde siempre, Jacob. Acá nos enseña la doctrina bíblica que no se trata ni de genética ni de raza, tampoco por la pertenencia a una rama familiar determinada sino que fuimos escogidos por el propósito de Dios. Dura cosa para esos gemelos el amarse en la vida o tal vez el enemistarse el uno contra el otro, pero al final del camino permanecer separados por siempre: uno junto al Eterno y el otro en el lago de fuego.

    Nadie puede alegar inocencia por cuanto todos hemos pecado, ya que la Escritura declara que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios); entonces, la redención viene por la fe de Cristo, la cual es un don divino (Efesios 2:8). Todo cuanto acontece ha sido diseñado desde el principio, para que ocurra de acuerdo al plan divino y para que honre la naturaleza de Dios. Dios ha soportado con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción (Romanos 9: 22). Esa paciencia para soportar obedece también a un plan que hizo, para que llegado el momento se manifieste el hombre de pecado, aquel inicuo obra de Satanás, a quien el Señor destruirá con la espada de su boca.

    El planeta de hoy se ve envuelto en un culto abierto a Satanás, ya sin disimulo, con el descaro que presupone viajar en contra del estatus bíblico con el cual se ha beneficiado toda la tierra. El concierto para que gobierne ese dictador mundial se está conjuntando de acuerdo a lo que Dios ordenó. Se amontonan las gentes para romper las coyundas divinas, para destruir todo lo que se refiere al Dios Omnipotente, como si logrando aquello la humanidad pudiera afianzarse en la paz y la seguridad. La destrucción vendrá repentinamente y se librarán las batallas anunciadas por los profetas del Antiguo y Nuevo Testamento.

    No podemos hacer nada por detener el avance del Anticristo, ya que ha sido preordenada su manifestación. Lo que podemos hacer es entregarnos a la santidad, como dice la Escritura: el que es santo, santifíquese más (Apocalipsis 22:11). Fijémonos en lo que la Escritura también coloca: El que es injusto, sea injusto todavía; el que es impuro, sea impuro todavía…(Apocalipsis 22:11); las palabras dadas a Daniel fueron cerradas hasta el tiempo del fin, cuando ya podemos entender lo que se le dijo al profeta. Muchos serán limpios, y emblanquecidos y purificados; los impíos procederán impíamente, y ninguno de los impíos entenderá, pero los entendidos comprenderán (Daniel 12:9-10).

    Vivimos en un mundo que gira en torno a la voluntad de Dios, no a la del hombre. Aunque parezca lo contrario, lo que el impío hace debe hacerlo para que el plan divino se orqueste como se lo propuso el Creador de todo cuanto existe. Las finanzas, las políticas, todo cuanto acontece en los distintos niveles de vida, lo que nos rodea en el plano afectivo, cada cosa que pasa ha sido planificada para que acontezca. Lo que para nosotros pudiera parece azar ha sido para Dios necesidad; Judas Iscariote se nos muestra como arquetipo junto a Esaú de los inicuos preparados para tropezar en la roca que es Cristo. Ellos iban conforme a la Escritura, pero su iniquidad pasa a ser castigada, sin que importe que no hayan podido resistirse a la voluntad divina. Lo que la falsa teología suscrita a los intérpretes privados de la Escritura manifieste, sirve para consolar la mente desviada del Logos Eterno. Parece un consuelo inútil, ya que la Escritura es plana y simple, pero los ojos de las cabras no soportan lo que se dice de ellas.

    En razón del plan de Dios Pablo pudo asegurar que todas las cosas operan conjuntamente para bien de los escogidos de Dios (Romanos 8: 28). Las aflicciones temporales trabajan para beneficio de los hijos de Dios, de manera que los creyentes no nos perdamos en las depresiones que la vida procura por medio de la actividad demoníaca desarrollada por los servidores del mal. Más allá de los fracasos temporales en los escenarios del mundo, aún dentro de las mal llamadas iglesias, el plan de Dios ha incluido todo para nuestro beneficio final.

    Pablo nos ha asegurado que cada cosa está bajo el gobierno de Dios, ya que forma parte de su plan para los escogidos. Todas las cosas y no solamente algunas, tanto las que están en los cielos como las de la tierra. Es el consejo de la voluntad divina la que hace que acontezca aquello que su providencia procura, para su gloria y para el propósito nuestro. Pablo bendice a Dios por habernos escogido en Cristo desde antes de la fundación del mundo, para que pudiésemos ser santos y sin mancha delante de él (Efesios 1:3-4). Esto implica el plan eterno e inmutable del Todopoderoso, como para que no nos aflijamos en demasía por las molestias propias de andar en medio del mundo. El mundo no nos ama porque no somos de él, pero el mundo ama lo suyo y le ofrece los deleites de los ojos, la vanagloria de la vida y los deseos de la carne.

    Nuestra lucha continúa contra los principados y potestades espirituales de maldad, los cuales gobiernan en las regiones celestes. Hay mucha gente que le sirve abierta o discretamente a esos gobiernos del mal, pero perseveramos en la oración, en el aprendizaje de la doctrina de Cristo para permanecer firmes. Falta poco recorrido en nuestro peregrinar por el mundo hostil, así que no caigamos y si caemos sepamos que somos sostenidos por la mano del Eterno (Salmos 73). Tres veces feliz debe tenerse aquel cuya transgresión ha sido perdonada y cubierto sus pecados (Salmos 32:1-2).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • DIOS NOS CONOCIÓ

    El conocimiento previo de Dios viene a ser la expresión con la que también en la Biblia se habla del amor de Dios. De la manera como Adán conoció a su mujer y tuvieron otro hijo, asimismo la Escritura muestra pasajes con la misma idea. Amor y conocimiento van ligados en sus páginas, sin que ello desdiga del sentido del conocimiento como operación exclusivamente intelectual. A vosotros solamente he conocido de entre todos los habitantes de la tierra (Amós 3:2), una expresión que tiene mucho que ver con el amor exclusivo de Dios para su pueblo. A los que antes conoció, a estos también predestinó (Romanos 8: 29); Jesús les dirá a muchos en el día final: Nunca os conocí (Mateo 7:23).

    Esas expresiones del conocer bíblico tienen su implicación afectiva. Jesús es Omnisciente, sabe todas las cosas, pero dirá esa expresión: Nunca os conocí. ¿Cómo es eso posible? La razón se basa en que simplemente CONOCER implica Amar, aparte del sentido gnoseológico del étimo. En Romanos 8:28 Pablo nos aclara que todos los eventos de nuestra vida operan en forma conjunta para nuestro beneficio, siempre y cuando Dios nos haya amado desde la eternidad. Si Dios no ama desde la eternidad, entonces odia, como lo demuestra el caso de Esaú (Romanos 9: 11-18). Fuimos llamados de acuerdo al propósito divino, dado que Dios nos conoció desde antes (Romanos 8:29).

    προέγνω (proegno) es la forma verbal que se toma de la gramática griega para demostrar el conocimiento anticipado del Señor. Ah, pero acá entramos en un terreno escabroso para muchos, en especial para aquellos defensores del libre albedrío humano frente a la absoluta soberanía de Dios. Escabroso por cuanto llegar a reconocer que Dios nos ama sin condición en nuestras obras hace a Dios injusto (como lo denuncia Pablo en Romanos 9:19). Dios no tendría derecho a inculpar a Esaú por cuanto lo odió sin miramiento a sus obras, alegato con el cual el apóstol expone al objetor de la tesis revelada por el Espíritu Santo. Es decir, la criatura inculpa al Todopoderoso por lo irresistible de su voluntad, así que Esaú debió ser juzgado en base a sus obras y no al determinado consejo de Dios.

    Para ello, los gramáticos de esa teología demoníaca han salido con el argumento de que el verbo odiar en la Biblia significa amar menos. En otros términos, Esaú también sería amado por Dios pero en menor cuantía que Jacob. ¿Y de qué le hubiera servido tan mínimo amor? Al parecer, de nada, por cuanto el Faraón de Egipto corrió con la misma suerte de Esaú, paradigmas junto a Judas -y todos los demás réprobos en cuanto a fe- del odio de Dios o de la falta de amor divino para con ellos. Este Dios es desconocido por la institución religiosa, más bien ocultado por la religión oficial, pero sigue siendo el Dios de las Escrituras.

    Decimos que Dios es Omnisciente, que no puede llegar a conocer nada nuevo. Si llegare a conocer algo nuevo significa que antes no lo conocía. Entonces hablamos de amor eterno, cosa que Dios quiso desde siempre para con sus elegidos; no porque Él haya mirado en los corredores del tiempo para ver si había alguien que lo buscara o si algún justo se acordara de Él. Si tal cosa Dios hubiera hecho significaría en primer lugar que había gente justa en el mundo, contrariando las Escrituras que señalan: No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios (Romanos 3:10-12); en segundo lugar, esto querría decir que Dios no sabía quiénes eran esos justos y tuvo que llegar a averiguarlo en el corredor del tiempo. En resumen, tal situación echaría por tierra la Omnisciencia de Dios.

    Pablo tiene toda la razón, la razón que le da el Espíritu Santo que lo ha inspirado, para decirnos que nosotros los creyentes sabemos que todas las cosas operan para nuestro bien, para los que amamos a Dios, a los que conforme a su propósito hemos sido llamados. Juan nos lo resalta: Si lo amamos a él / a Cristo, fue porque él nos amó primero (1 Juan 4:19). El hombre muerto en delitos y pecados no puede amar a Dios, a menos que sea nacido de nuevo, renovado para arrepentimiento por medio de la fe en la gracia dada por Dios (Efesios 2:8).

    De esta manera todos aquellos que fueron conocidos (previamente), amados (en el sentido del conocer bíblico implicado por el texto), fueron por igual predestinados para ser conformes a la imagen de su Hijo; de esta forma Cristo sería el primogénito entre muchos hermanos (Romanos 8:29). Los que leen las Escrituras recordarán los pasajes que hacen alusión al conocer bíblico como un verbo que también refiere al amor entre las personas, así como al amor de Dios por nosotros.

    Por ejemplo, recordemos el caso de José y María. De acuerdo al relato bíblico, después de que José despertó del sueño en el que se le presentó un ángel de Dios para decirle lo sucedido con María, no la conoció (a María) hasta que dio a luz a su hijo primogénito (Mateo 1:25). Vemos varias cosas en este texto: 1) José no tuvo relaciones sexuales con María (no la conoció) hasta después de que dio a luz al niño (Jesús); 2) Jesús fue apenas el primogénito de María, ya que tuvo otros hijos con José. Estos hermanos de Jesús eran hijos biológicos de María (Mateo 13:55-56).

    La Biblia nos dice que Adán conoció a Eva su mujer, y ella concibió y dio a luz a Caín…(Génesis 4:1). Acá conocer se refiere a la unión sexual, a la intimidad, ya que Adán conocía intelectualmente a Eva una vez que fue formada de su costilla. En Génesis 4:17 leemos: Y Caín conoció a su mujer, la cual concibió y dio a luz a Enoc (vemos el mismo contexto anterior, ya que sabemos que si se llegó a ella es porque la conocía cognitivamente hablando). En Juan 17:3 Jesús habla de la relación que tendremos con Dios: conocerle a Él en una estrecha relación de amor y confianza, lo cual se compara con la vida eterna. En 1 Corintios 8:3, Pablo nos afirma: Pero si alguno ama a Dios, este es conocido de él (de nuevo CONOCER refiere a una relación de intimidad y amor con Dios).

    En resumen, si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Romanos 8:31). El texto de Romanos que refiere a los que Dios antes conoció, a los cuales predestinó, los que quedan expuestos bajo el signo de la relación conocer-amar. De igual forma, cuando Pedro expuso su primer discurso recogido en Hechos 2, en el verso 23 menciona el anticipado conocimiento de Dios, como la razón de haber entregado a Jesús ante los judíos enardecidos para crucificarle. Ese conocimiento anticipado es similar a la PROGNOSIS mencionada en Romanos 8; por igual, Pedro nos habla en su Primera Carta, capítulo 1, verso 2, de la presciencia de Dios Padre que nos eligió en santificación del Espíritu. Esa presciencia sigue siendo la misma PROGNOSIS de la lengua griega antes analizada. Ese conocimiento anticipado de Dios va ligado a su amor eterno para con su pueblo, de acuerdo a su propósito infalible e inmutable.

    Dios volcó su amor desde antes de la creación del mundo sobre sus elegidos (Apocalipsis 13:8; 17:8), así que a quien Él amó lo predestinó para ser conforme a su Hijo. Ese es el mismo Dios a quien Jesucristo agradeció por haber escondido las cosas del reino de los sabios y entendidos, para darlas a conocer a los niños -a sus pequeños. Jesús añadió: Sí, Padre, porque así te agradó (Mateo 11:25-27). ¿A quién más, sino al diablo, le gusta decir lo contrario de lo que Dios afirma? Por esa razón sus teólogos insisten en que Dios vio anticipadamente en el túnel del tiempo, en la bola de cristal, etc., quiénes serían los que se decidirían por Él para predestinarlos en consecuencia. Pero esa mentira tiene sus fallas naturales, ya que aparte de que contraviene las Escrituras supone que Dios sería culpable de injusticia si no diera igual chance a cada ser humano frente al destino eterno. El Dios soberano de la Biblia no tiene consejero, no tiene tampoco quien detenga su mano y le diga ¿qué haces? Además, si Dios vio que había gente dispuesta a seguirle, ¿para qué los iba a predestinar si ya por ellos mismos estaban destinados a seguirle?

    La elección es de acuerdo a la gracia (Romanos 11:5), y para alabanza de su gracia (Efesios 1:3-6). Tantos como hemos sido señalados para creer, llegamos a creer (Hechos 13.48). Los que no creerán nunca no pueden creer porque no son parte de las ovejas del Señor; no se trata de creer para ser oveja sino de ser oveja para creer (Juan 10:26-28). Fue el Señor quien nos escogió y no nosotros a él (Juan 15:16). Muchas enseñanzas se derivan del verbo conocer según la Biblia, sin que se descarte la marca del acto cognoscitivo del mismo. En ocasiones la Biblia habla del conocer en el plano intelectual, como cuando dice Moisés al pueblo: Rebeldes habéis sido a Jehová desde el día que yo os conozco (Deuteronomio 9: 24). También el Señor conoce todas las cosas, como conoce (ama) el camino del justo; ese conocido o amado camino del justo se contrapone al camino del impío que perecerá (Salmos 1: 6).

    Cada quien puede seguir indagando en las Escrituras, sin aislarlas del contexto en que ellas aparecen, de manera que pueda comprender el gran significado del amor de Dios para su pueblo. Ante semejante y abrumador sentido de pertenencia, ¿quién nos separará del amor de Cristo?

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL TESTIMONIO

    Jesucristo encomendó predicar el Evangelio por todo el mundo, para testimonio a todas las naciones (Mateo 24:14). Esto fue anunciado como una señal previa al fin de los tiempos, para que estemos apercibidos de lo que pronto habrá de acontecer. No dijo el Señor que toda la gente creería el Evangelio sino que la predicación sería un testimonio del conjunto de señales de su pronta venida. Jesús nos hablaba desde el Monte de los Olivos sobre el Evangelio del Reino, el mensaje de salvación que implica la proclamación de la muerte y resurrección de Jesús, junto con una llamada al arrepentimiento y a la fe.

    Los griegos le preguntaron a Pablo por ese anuncio que a nadie se le había ocurrido, al hablar de la resurrección de los muertos. Por medio de la fe lo creemos, si bien Lázaro fue un ejemplo de lo que Jesús anunciaba, así como gente del Antiguo Testamento pudo ver lo que aconteció en épocas del profeta Eliseo. Además, Job relata sobre el hecho de que el Redentor vivía y que se levantaría de entre los muertos, así como su cuerpo (el de Job) vería a Dios (Job 19:25-26). Así que estamos ante una revelación bíblica, desconocida por gran parte del mundo pagano antiguo. Sabemos que esa fue una forma en la cual nos habló Dios en tiempos antiguos, en sus diversas formas a través de los padres y profetas (Hebreos 1:1).

    Jesucristo es llamado el segundo o último Adán quien fue hecho espíritu vivificante (1 Corintios 15:45), en referencia a la resurrección. Hoy día existen doctrinas de demonios repartidas y anunciadas por doquier, diciéndonos que la muerte da inicio a un proceso de reencarnación para volver a la tierra en forma distinta, de manera que paguemos castigos o karmas por diversas razones. Otros nos aseguran que somos esclavos de una Matrix que nos gobierna, fantasía de los que anuncian vanas y huecas filosofías. Pero la gente tiene necesidad de oír y se amontona para escuchar a esos espíritus de la falsedad, contrariamente a lo que revela la Escritura.

    Jesús nunca habló de la conversión de todo el mundo, sin excepción, sino de una predicación general por medio de la cual sus ovejas serían rescatadas (Juan 10:1-5, 26). La misión de la Iglesia consiste en difundir el mensaje de Cristo a todas partes del mundo, dentro del plan de la Gran Comisión que Jesús le dio a sus discípulos (Mateo 28: 19-20). De esta forma, todas las etnias y pueblos del mundo podrán escuchar el anuncio de la buena noticia que Dios tiene para su pueblo escogido. Será como un testimonio de la verdad de Dios y de su amor para su pueblo. Esta señal será el cumplimiento de la era actual y el inicio de los eventos finales, lo cual incluye el regreso de Cristo y el juicio final; por lo tanto, la predicación del evangelio ante las naciones se considera como el precursor necesario para que se dé la segunda venida de Cristo.

    Paralelamente, cada creyente testifica ante el mundo acerca de su transformación por la regeneración que ha tenido por medio del Espíritu Santo y la palabra aprendida. Esa palabra divina ha sido señalada en numerosos textos bíblicos como el agua que limpia. El agua es un elemento recurrente que se asocia con la vida, la purificación, la bendición y la palabra de Dios. Ya en Génesis 2:10 se menciona al río que fluye del Edén y riega el jardín donde fue puesto el hombre; en Juan 4:14 Jesús habla del agua viva que da vida eterna. Sin agua no hay vida, lo que subraya la dependencia humana de Dios para la vida espiritual y física.

    El agua también purifica; el lavado con agua en los rituales del Antiguo Testamento se asemeja al bautismo del Nuevo Testamento (Éxodo 30:18-21; Mateo 3:11; Hechos 2:38). El agua nos viene como un símbolo de la purificación del pecado y de la limpieza espiritual, así como el bautismo representa la muerte al pecado y el renacimiento a una nueva vida en Cristo. Justo conviene subrayar que el bautismo no borra el pecado sino que es un símbolo de lo que hizo la sangre de Cristo, como bien se deriva de lo acontecido al ladrón en la cruz, quien no se bautizó pero que fue con el Señor al Paraíso.

    Otro sentido que se da al agua en las Escritura puede ser corroborado en Juan 7:37-39, en referencia al Espíritu Santo que recibiría el creyente, para que corran de su interior ríos de agua viva. Cristo ha purificado a la iglesia, lavándola con agua mediante la palabra (Efesios 5:26); el profeta Isaías habla de la palabra de Dios que sale de su boca, la cual no volverá vacía, sino que hará lo que Él quiere, y será prosperada en aquello para lo cual fue enviada (Isaías 55:10-11). Esto fue dicho con el símil del agua de la lluvia y de la nieve derretida que riega la tierra y la hace germinar y producir, dando semilla al que la siembra y pan al que come. Por esa razón sabemos que la palabra de Dios purifica, nutre y da crecimiento espiritual, dado que la fe viene por el oír la palabra de Cristo.

    Por lo dicho, el testimonio de la palabra de Dios da vida al que la oye siempre que a éste Dios le haya dado la fe como regalo (Efesios 2:8). Testificar nos alegra porque cumplimos lo encomendado a nosotros como creyentes, pero también porque al hablar la palabra divina tenemos una retroalimentación que nos nutre el alma. Esto en suma se representa como una metáfora poderosa que ilustra la manera en la que sustenta Dios a su gente, en la forma de limpiar la vida de su pueblo a través de su palabra y de su Espíritu. Como punto final, recordemos las palabras de Juan en una de sus cartas: Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; pero si alguno ha pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo, el cual es la propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo (1 Juan 2:1). Recordemos que testificamos pero a veces no hacemos lo que debemos y hacemos lo que no deberíamos hacer (Romanos 7); esto no detiene nuestra testificación, sino que demuestra nuestra fragilidad ante la vieja naturaleza.

    Sabemos que la expresión todo el mundo la usa Juan para dar a entender a su iglesia (conformada fundamentalmente por judíos conversos) que el Señor tiene un plan grandioso para con los gentiles, llamados el mundo según el pensamiento ideológico de los judíos de entonces. No presupone que Dios haya salvado a todo el mundo, sin excepción, sino más bien da a entender una inclusión del mundo gentil. De la misma forma la Escritura nos muestra a un grupo de judíos fariseos que se maravillaron del hecho de que todo el mundo se iba tras Jesús (Juan 12:19), aunque ellos no se fueron tras el Cristo, ni los romanos del Imperio, ni los saduceos, ni mucha gente del pueblo; tampoco lo hizo el resto del mundo, simplemente se trataba de una expresión hiperbólica que mostraba el asombro de los fariseos por la vía de la exageración.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

  • EL ESFUERZO DE LA FE

    Vivir implica un esfuerzo constante, para soportar la jungla humana. La fe cuesta trabajo mantenerla activa, con el constante empuje de la oración y el examen de la Escritura. Ciertamente la fe nos viene como un regalo de Dios (Efesios 2:8), pero hemos de cuidarla; Santiago nos alerta: el que duda es semejante a la onda del mar, que va y viene arrastrada por el viento (Santiago 1:6). Creemos que Dios es uno, por asuntos de fe y criterio teológico, pero podemos seguir en esa creencia válida y aún vacilar con las promesas que nos han sido otorgadas. Lo que Dios nos ha prometido se hizo de acuerdo a su voluntad, para su gloria y por nuestro beneficio.

    Al saber que el Señor nos dio la confianza de pedir cualquier cosa en su nombre, para recibirla conforme a lo que creemos, entendemos que asunto serio ha sido la promesa. Dudar de ella implica turbación en nuestra alma, supone una mente inestable, una emoción sujeta a la tentación y al desequilibrio. Si no confiamos en lo que Dios nos ha dicho, ¿en quién tendrá confianza el creyente? No tendremos sabiduría de lo alto, si no mantenemos la fe en cuanto a la promesa. Creemos que recibimos el perdón por méritos de la justicia de Cristo, en virtud de haber sido llamados de las tinieblas a la luz. Si en algún momento nuestra alma se inclina a creer que son nuestros méritos los que nos conducen al Padre, demostramos que no hemos creído con la fe dada a los santos.

    En Efesios 2:8 se nos asegura que hemos sido salvos por gracia, en forma actual y no potencial. Hemos sido salvados de Satanás y de la maldición de la ley, de la eterna condenación que sigue a los irredentos. Esa gracia se describe como el favor de Dios, a quien le pertenece toda la ramificación que supone la salvación. Hemos escuchado el Evangelio como un medio de gracia, pero el Espíritu nos ha hecho nacer de nuevo por su voluntad única. No depende de voluntad de varón o de sangre alguna, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla. Ah, pero Él no tiene misericordia de todo el mundo, sin excepción, como se demuestra en las Escrituras referentes al Faraón de Egipto o a Esaú, el odiado.

    Así que si miramos el gran favor que se nos ha concedido sería suficiente estímulo como para guardar y ejercitar esa fe que nos fue concedida. La fe no se concibe como la causa de la salvación pero sí como el instrumento por el cual la recibimos. Pero aún ese utensilio nos ha sido otorgado, si bien sabemos que no todo el mundo recibió ese don porque no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2). Esa fe ha venido no en automático sino por el oír la palabra de Cristo, aunque no todos los que la oyen la reciben. Lo sabemos por los escritos de los evangelios relativos a la época en que Jesús habitó entre los hombres. No todos los que le oyeron tuvieron fe, ya que si el Padre no envía hacia el Hijo no se puede ser salvo (Juan 6:44).

    Para mantener la fe cristiana se implican varias prácticas y actitudes que ayudan a vivir y fortalecer la relación con Dios, así como a seguir las enseñanzas de Jesucristo. Entre los aspectos claves está la oración, que es el comunicarse regularmente con Dios para buscar su guía, consuelo y para reconocer sus favores. También está el estudio de la Biblia, ya que estudiar las Escrituras nos permite entender mejor los principios y enseñanzas cristianas, de forma que se apliquen en la vida diaria. Aceptamos participar en la comunidad de creyentes, en la actividad de los servicios religiosos (como también se nos ha ordenado: No dejando de congregarse, como algunos tienen por costumbre). Llevar una vida en forma ética y moral, esforzándonos por vivir de acuerdo con los valores cristianos, como la honestidad, la justicia, el amor al prójimo y el perdón. Nos dedicamos al servicio a los demás, en especial a los necesitados, imitando el ejemplo de Jesucristo con su amor desinteresado. También conviene compartir con otros aquello que hemos creído, testificando con palabras y acciones el impacto positivo de nuestra fe. Por lo dicho, mantener la fe cristiana es un proceso continuo que implica dedicación y compromiso diario.

    El creyente ya ha sido convencido de pecado, para poder arrepentirse de acuerdo a lo que el Espíritu de Dios le dicte. Conoce que la carne para nada aprovecha, sabiendo que la piedad tiene provecho en esta vida y en la venidera. La muerte eterna ya no le compete pues ha sido liberado de esa condena que conlleva la separación del Creador. Reconoce por igual que la ley no puede liberarlo en nada sino que lo complica más, ya que ser infractor de uno de sus puntos lo hace cómplice de todos los errores que por ella conoce. Los judaizantes descritos en las Escrituras se apegaban al evangelio y a la vieja ley, pero fueron señalados como gente corrupta en cuanto a la fe de Cristo. Hoy día vuelven a la carga, agarrándose de detalles como el hecho de guardar el día sábado, o con los llamados mesiánicos que suponen poseer el secreto de las palabras antiguas.

    La convicción de pecado debería hacerle saber a la persona que está bajo la maldición de la ley, pues la ley no salvó a nadie, ya que no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo (Gálatas 2:16). Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios (Romanos 3:20), ya que por medio de la ley viene el conocimiento del pecado. Venida la justificación por medio de la fe de Cristo, sabemos que el Señor se convirtió en la justicia de Dios para que el Juez Justo pueda justificar al impío. Sabemos que la justificación no se hace en desmedro de la justicia de Dios sino a través de esa justicia, por lo cual fue dicho que Jesús es nuestra pascua.

    Abraham fue reconocido como el padre de la fe, por causa de haberle creído a Dios la promesa que se le hizo (Génesis 15:6; Romanos 4:3; Gálatas 3:6). Esa fe significa que fue justificado; recordemos que si la fe es un don de Dios a Abraham Dios le dio esa confianza para que esperara con certeza lo prometido. Las circunstancias parecían improbables o imposibles, pero creer a pesar de ello implica confianza en la fidelidad y poder de Dios. La justicia de Abraham no significa una conducta moral perfecta, sino una posición correcta ante el Dios que justifica. Por medio de esa fe Dios declaró justo a Abraham, como lo hizo por igual con Job y con todos los santificados del Antiguo y Nuevo Testamento.

    El contexto de la frase le fue contado por justicia supone que Dios consideró la fe de Abraham como la base para declararlo justo. Esta justicia fue «imputada» o acreditada a Abraham por su fe. En resumen, esta frase destaca un principio central en la teología bíblica: la justificación, o ser declarado justo ante Dios, por cuanto se basa en la fe y no en las obras. Abraham es presentado como un ejemplo de alguien que fue justificado por su fe en las promesas de Dios.

    Nosotros los creyentes hemos de seguir estos parámetros del padre de la fe, confiando en el Señor aún en las peores circunstancias en que andemos. La historia del hijo pródigo nos permite asumir la conducta de confianza de quien siempre se consideró hijo del padre. A pesar de comer de los algarrobos en las pocilgas donde apacentaba cerdos (el mundo por referencia), ese individuo de la parábola de Jesús sabía que era hijo de un hombre importante. Se levantó dispuesto a confesar su pecado contra su padre y contra el cielo, se presentó humillado para que lo ubicaran como a uno de sus jornaleros. Esa confianza de no haber perdido su estatus de hijo le permitió dar los pasos necesarios hasta su antiguo hogar.

    La historia del hijo pródigo nos enseña que el padre estaba expectante, aguardando el momento en que vería a su hijo de regreso. Sabemos que hubo un gran recibimiento, una enorme alegría en el corazón del padre que lo amaba. Asimismo hay en el cielo gozo por un corazón que se arrepiente; he allí la importancia de leer las Escrituras para imprimir en nuestros corazones la confianza que hemos de tener siempre en nuestro Padre Celestial, el cual da más abundantemente aquello que pedimos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org