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  • ODIO A LOS QUE TE ODIAN

    En el Salmo 139:21-22 se lee: ¿No odio, oh Jehová, a los que te aborrecen, y me enardezco contra tus enemigos? Los aborrezco por completo; los tengo por enemigos. La Biblia también habla de los que odian a Dios, nombrados en Romanos 1:30, en una larga lista de abominables: murmuradores, detractores, aborrecedores (odiadores) de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres. Estos son malévolos que no tienen en cuenta la palabra revelada del Señor sino que buscan manifestar su rechazo a través del odio contra el que los creó. Como Nimrod, un cazador contra Jehová, pretenden construir barreras o torres para refugiarse en ellas y no ser alcanzados por la ira divina como recompensa en su mal hacer.

    Hay gente que odia a Dios, sabiendo que existe, que castiga la maldad. Hay gente que pese a los castigos del cielo no se arrepienten de su mal actuar, siguiendo el servicio a los demonios (Apocalipsis 9:20-21): El resto de la gente, los que no murieron por estas plagas, ni aun así se arrepintieron de su maldad, ni dejaron de adorar a los demonios ni a las imágenes de oro, plata, bronce, piedra y madera, las cuales no pueden ver ni oír ni caminar. Los hay quienes pese a lo que la Biblia les advierte continúan entregados sacrificando a sus ídolos (de todo tipo: físicos o imaginarios), como asegura 1 Corintios 10:20-21: Antes bien, digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor y la copa de los demonios; no podéis ser partícipes de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios.

    La Biblia es sumamente clara en cuanto a nuestra lucha, diciéndonos que no es contra sangre y carne sino contra huestes espirituales de maldad que habitan en las regiones celestes. Esa batalla se describe como real, así que la posición del creyente ha de ser la de un soldado listo para el combate. ¿De dónde viene nuestra ansiedad y la zozobra que nos circunda? De nuestra mente dada a la imaginación inútil, vacía de la palabra divina. Cierto que el salmista expresó el odio contra los que odian a Dios, de la misma forma en que nosotros sentimos molestia por los que blasfeman del Señor en nuestra presencia. Sin embargo, Jesucristo nos ha ordenado amar aún a nuestros enemigos, de forma que una vía para mostrar ese amor consiste en la predicación del evangelio a esos odiadores de Dios.

    Por amor les decimos que crean al Señor y se arrepientan de su mal camino; hacemos bien a todos, como fruto de nuestra gracia. Pablo nos recomienda que siempre que tengamos oportunidad hagamos bien a todos, en especial a los de la familia de la fe (Gálatas 6:10). En otra carta, el apóstol da un consejo oportuno para nuestro tiempo: Quítense de vosotros toda amargura, y enojo, e ira, y gritos y maledicencia y toda malicia. Más bien, sed benignos los unos con los otros, misericordiosos, perdonándoos los unos a los otros, como también Dios os perdonó a vosotros en Cristo (Efesios 4:32). Pedro nos manda a ser compasivos y de un mismo sentir, misericordiosos y amigables, sin devolver mal por mal, ni maldición por maldición (1 de Pedro 3:8). Si nos vestimos de caridad, la paz de Dios nos gobierna en el corazón (Colosenses 3:14).

    No será nuestro amor por los enemigos lo que los hará volver de su mal camino, ya que si Dios no opera en ellos el arrepentimiento para perdón de pecados perecerán. Solamente los que son enseñados por Dios, después de haber aprendido, irán a Cristo (Juan 6:45). Cuando Pablo declara el evangelio, la primera doctrina que expuso fue que Cristo murió por nuestros pecados, de acuerdo a las Escrituras (1 Corintios 15:3). Esas Escrituras son múltiples, pero conviene recordar algunas: (Mateo 1:21; Juan 6:37; 6:44; 6:65; Efesios 1:1-11; Juan 17:9; 1 Pedro 2:8; Romanos 9: 11-18, etc.).

    Jesucristo-hombre- Mediador fue quien dijo que todo había sido cumplido (Consumado es), es decir, tenemos perdón total de nuestros pecados, justicia conferida de su parte, fuimos declarados hijos de Dios, herederos junto con Jesucristo, somos su pueblo, el linaje de su rescate (Isaías 53). Este evangelio choca de frente con el antievangelio de la redención universal generalizada, el anatema que predica el falso maestro. Cristo no murió por todo el mundo, sin excepción, sino que ofreció su vida en rescate por muchos: esos muchos son su pueblo, el linaje escogido del Padre desde la eternidad. Ellos son llamados las ovejas del Señor, unas estamos en el redil, otras andan perdidas, pero a todas ellas llevará en su rescate.

    Los cabritos son dejados por fuera y a ellos se les dirá que se aparten al lago de fuego, que el Señor nunca los conoció (nunca tuvo comunión o amor con ellos). Ese es el verdadero evangelio de las Escrituras, pero la gente religiosa pervierte su contenido para fabricarse un Dios a su medida, más ajustado a su mímesis (interpretación de lo que percibe). De esa manera quedan contentos sirviendo a un dios a su imagen y semejanza, salpicado de textos bíblicos y apoyado por la mayoría bajo el alegato falaz del argumento de cantidad. Jesucristo no representó a Judas en el madero, ni al Faraón, ni a Caín, ni a ningún otro réprobo en cuanto a fe. Él dio su vida por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras.

    En esto demostramos amor para con las personas, diciéndoles la verdad respecto a lo que la Biblia ordena, anunciar todo el consejo de Dios. Los que no aceptan este evangelio no lo pueden aceptar porque no son llamados; entonces algunos dirán: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? Si alguien no fue amado por el Padre desde la eternidad, ¿qué culpa tiene de actuar con odio contra ese Dios que nunca lo amó? Todas estas interrogantes ya fueron planteadas en las Escrituras, en la defensa de Esaú. Sin embargo, ante estas inquietudes la Biblia responde que Dios no es injusto en ninguna medida, sino que es soberano y el hombre apenas una criatura comparable a un vaso de barro creado por su alfarero.

    Esta soberanía divina conduce a la oveja a la humillación última para aceptar que todo viene de Dios. Los soberbios no pueden digerir este alimento y por eso continúan odiando a Dios, aunque tengan que hacerlo con disimulo: distorsionando la Escritura e interpretándola privadamente. Ellos buscan textos aislados de sus contextos como pretexto de interpretación. La Biblia sigue abundando en pasajes que demuestran que no siempre que la palabra MUNDO aparece en sus líneas debe entenderse como si fuese cada persona del planeta. Por ejemplo: los fariseos se maravillaron de la influencia de Jesucristo en la muchedumbre, por lo cual exclamaron: Mirad, el mundo se va tras él (Juan 12:19). De la misma forma hemos de entender el texto de Juan 3:16, cuando Jesús le hablaba con Nicodemo, un maestro de la ley que creía que solamente los judíos eran el pueblo de Dios. Por eso el Señor le mencionó la palabra MUNDO para que comprendiera que el amor del Padre no iba tan solo al mundo o universo judío sino también se extendía al resto de la humanidad, las gentes o gentiles que eran para los judíos los del mundo.

    Juan, en una de sus cartas, nos dice que el mundo entero está bajo el maligno. De inmediato dice que sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Éste es el verdadero Dios, y la vida eterna (1 Juan 5:19-20). Es decir, pese a que estamos en el mundo, nosotros no estamos bajo el maligno, si bien ha dicho que el mundo entero está bajo su égida. Así que conviene siempre mirar los contextos de las palabras para ver su sentido último. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, pero eso no implica que no haya muerto gente en sus pecados; entonces, esa expresión de Juan el Bautista tiene un sentido referido al contexto de los que el Señor perdonó y representó en el madero.

    Dentro de los que odian a Dios se encuentran los enmascarados, los que predican el evangelio con pequeñas desviaciones doctrinales que hacen más apetecibles y aceptables los propósitos de un Dios benévolo que aspira a ser amado por un mundo libre de su influencia. Sí, suena paradójico, pero estos predicadores que odian a Dios asumen que el Señor hizo libre a cada individuo del planeta y los redimió a todos en forma potencial, pero espera que cada quien actúe de buena voluntad y se acerque a Él para aceptar esa oferta. Los que así piensan y predican no saben qué hacer con aquellos que murieron sin haber escuchado jamás tal oferta de redención. Esos son ministros de Satanás enmascarados como ministros de justicia (2 Corintios 11:12-15): Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • IMAGEN MOLDEADA DEL DIOS DE LA BIBLIA

    Una imagen moldeada presupone una copia interpretada, como una mímesis, pasada por la criba de nuestra ideología e imaginación. Lo que de Dios se conoce nos fue dicho en la Escritura, pero la mente humana se resiste a percibir a un Dios con las características allí señaladas. Un Dios que odie a Esaú antes de hacer bien o mal, que lo destine desde antes de nacer como vaso de ira, para mostrar la gloria de su poder en la tierra. Lo mismo hizo con el Faraón de Egipto, con Judas Iscariote, con cada réprobo en cuanto a fe destinado para tropiezo en la roca que es Cristo. Esto aparece como elemento de juicio, para decir que la injusticia habita al Todopoderoso.

    Pablo se planteó esa hipótesis bajo la figura de un objetor que su retórica levantó en el capítulo 9 de su Carta a los Romanos. La respuesta que dio de inmediato fue la rotunda expresión: En ninguna manera. El ser humano continúa dentro de su oficio religioso forjando una imagen del Dios bíblico para ver si se ajusta a su medida; el profeta Habacuc advirtió: ¿De qué sirve la escultura que esculpió el que la hizo? ¿La estatua de fundición que enseña mentira, para que haciendo imágenes mudas confíe el hacedor en su obra? (Habacuc 2:18). Hay religiosos que no se hacen imágenes físicas para no parecer idólatras, pero al hacerse una idea distinta del Dios revelado en la Biblia tropieza al igual que cualquier otra persona que idolatra imágenes.

    Un ídolo no solo aparece en la fundición de metales, o en la mezcla del barro o talla de la madera, también puede emerger del libado imaginario de lo que debería ser Dios, de acuerdo a la mentalidad popular o teológica de algunos. Así que allí donde la Biblia asegura que Jehová hace el mal (Amós 3:6), por ejemplo, el teólogo que esculpe su imagen mental de la divinidad asegura que Dios permite el mal. Intenta exculpar al Dios que ya ha inculpado en su mente, porque no asume que Jehová ha hecho aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4), con lo cual va haciendo interpretación privada de las Escrituras. Es mejor decir que el mal consiste en alejarse de Dios, como dijo Agustín de Hipona, para dejar que el ser humano sea el absoluto responsable de ese alejamiento.

    Pero la Biblia no lo afirma de esa manera, sino que Dios reclama para Sí mismo todo cuanto ha hecho. Sí, creó al impío para el día malo, para exhibir su justicia, para castigar el pecado en aquellos por quienes Cristo no murió. Porque también la Escritura enseña en Juan 17:9 que el Hijo de Dios no rogó por el mundo, sino solamente por los que el Padre le dio y le daría por medio de la palabra de sus apóstoles y discípulos. Si el Hijo de Dios, la noche antes de morir, no rogó por el mundo dejado a un lado, se entiende que al día siguiente no fue a morir en la cruz como sacrificio por ese mundo por el cual no pidió al Padre. Entonces, ¿cómo es que algunos teólogos reclaman una expiación universal y generalizada?

    El Dios descrito por el profeta Amós (en la cita antes mencionada) está vivo y activo en el universo, no hace o permite ciertas cosas como si no quisiera que acontecieran, sino que decreta todo cuanto sucede. El profeta Isaías nos habla de un hacha que se mueve sola, como moviendo la mano del que con ella corta. Tal imagen exalta la forma ridícula de pensar de los teólogos del libre albedrío, como si el báculo moviera al que lo sostiene. ¿Se ensoberbecerá la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el báculo levantase al que lo levanta; como si levantase la vara al que no es leño! (Isaías 10:15).

    Los que reclaman para sí mismos su propia gloria recibirán a cambio debilidad y una hoguera como ardor de fuego, hasta consumir alma y cuerpo. Esto acontece a quien niega la soberanía absoluta de Dios, lo cual nos indica que de gran importancia resulta conocerla. Al entender que todo cuanto acontece obedece a su voluntad inquebrantable, descubrimos que existe un propósito del Altísimo en lo que nos sucede. Asimismo, la voluntad de Dios se ve en el accionar de los impíos, contra los cuales el Señor está airado todos los días (Salmos 7:11). Nos toca reflexionar, si es que tenemos al Espíritu Santo, para comprender nuestra obediencia y nuestra limitación. Por ejemplo, el hecho de que el Anticristo esté programado para manifestarse en la tierra en un momento determinado, no implica que nosotros vayamos a aclamarlo. El que Dios lo haya programado para que aparezca como tirano terrenal no hace que se nos valide su proclamación. Nosotros sabemos que habrá guerras y rumores de guerra, que la maldad está siendo aumentada, pero no debemos ayudar en ese aumento. Las dos cosas se dan en paralelo, pero los que no entienden parece que no entenderán, ya que hay quienes procuran la manifestación del hombre de pecado y desean que el templo judío sea construido. Un cristiano no está llamado a construir templos de sacrificios de animales, ya que entiende que la sombra de lo anterior ya vino con Jesucristo.

    De hecho, la Biblia lo enseña de este modo: …los impíos procederán impíamente, y ninguno de los impíos entenderá, pero los entendidos comprenderán (Daniel 12:10). Juan, en Apocalipsis 22:11, lo atestigua: El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía. Hemos de ver a Dios en su totalidad mostrada, no solo como un ser que condena el pecado y al pecador sino como el que tiene misericordia de quien quiere tenerla. Su compasión no tiene límites, ha mostrado su amor como una acción eterna para podernos amar con amor eterno y prolongarnos su misericordia.

    Ese Dios Justo recomienda a toda la gente que se arrepienta y crea el evangelio de Jesucristo. Al que cree lo redime, pero al que no cree lo declara condenado. Ese Jesús recomendó en su época que estudiáramos las Escrituras, porque ellas testifican del enviado del Padre, porque en ellas creemos está la vida eterna. Si la gente descuida escudriñar la palabra revelada de Dios, una espada de Damocles se muestra sobre la cabeza del negligente. La fe viene por el oír (leer) la palabra de Cristo; por el conocimiento del siervo justo éste justificará a muchos (Isaías 53:11). ¿Cómo, pues, hemos de descuidar una salvación tan grande?

    Al estudiar las Escrituras comprendemos que todo cuanto acontece obedece en detalle al plan eterno de Dios. Aún la crucifixión de su Hijo, el crimen más monstruoso de la humanidad, fue planificado por el Padre Eterno, en concordancia con su amor por los elegidos. Comprendamos en su justa medida las palabras del salmista: Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender … Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas (Salmos 139: 6, 16).

    El Espíritu Santo da vida a quienes el Padre ha querido, de acuerdo al plan eterno de salvación. Jesucristo puso su vida en rescate por muchos, de acuerdo al plan de salvación (Mateo 1:21). No se trata de que el Espíritu Santo capacita al impío para que llegue a creer, sino que el nuevo nacimiento lo da el Espíritu para que la persona sea redimida en forma total. Esta acción del Espíritu Santo glorifica a Jesucristo, no al pecador. Así que no es la voluntad del pecador la que activa la salvación, sino que el nuevo nacimiento hace que nuestro espíritu esté dispuesto en el día del poder de Dios. No es el pecador sino Cristo, solamente, quien cumplió con todas las condiciones de juicio penal para nuestra redención; en consecuencia, redimido el individuo comienzan los frutos de salvación. No confundamos nuestra justicia con la justicia de Cristo, siendo esta última la que se nos imputa por carácter legal de parte de Dios como Juez Justo. El que ignora la justicia de Cristo revelada en el Evangelio, se considera perdido ante los ojos de Dios (Romanos 10:1-4).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • UN PLAN ETERNO

    Todo cuanto acontece en este universo más o menos conocido, obedece a un plan eterno del Creador. El profeta Isaías lo escribió por orden divina: Acordaos de esto, y tened vergüenza; volved en vosotros, prevaricadores. Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46: 8-9). La declaración de Dios acerca de que anuncia el final desde el principio no obedece a que mira el túnel del tiempo para averiguar cuanto sucederá. El hecho de que haya declarado que su consejo permanecerá y que hará todo cuanto quiere, presupone que controla cada evento por acontecer.

    La entrada del pecado en el huerto del Edén no fue casual, ni fue algo que pudiera no haber ocurrido; ese acto de pecado cometido por el hombre tenía que ocurrir, ya que de otra manera el Cordero ordenado desde antes de la fundación del mundo no se hubiese manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20). Aún al malo hizo Dios para el día malo, como todas las cosas que ha hecho para sí mismo (Proverbios 16:4). ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3-37). Dios usa su palabra para rescatar a sus ovejas, para que vuelvan su mirada al buen pastor.

    Esta es la razón por la que afirmamos que Dios tiene un plan eterno e inmutable, habiendo hecho el mundo con un propósito. No hay fracaso en Él, como ya vemos por las citas enunciadas: aún al malo hizo para el día malo. Ahora bien, muchos se preguntarán por qué Dios inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad; la respuesta a esa interrogante está en la Biblia, cuando de inmediato el apóstol Pablo exclama: ¿Y quién eres tú, oh hombre, para discutir con Dios? (Romanos 9: 20). El pecado que abunda en el mundo hace que el hombre íntegro se cuide y se aleje de su influencia; por otro lado, nos educa junto a la ley divina para acudir a Cristo.

    No todo el mundo va a Cristo, ni puede ir; solamente aquellos que fueron destinados para tal propósito serán llamados en el tiempo oportuno de forma eficaz. Los gemelos hijos de Isaac y Rebeca fueron destinados desde antes de que hiciesen bien o mal para cumplir propósitos opuestos. Uno fue odiado de antemano, Esaú, el otro fue amado desde siempre, Jacob. Acá nos enseña la doctrina bíblica que no se trata ni de genética ni de raza, tampoco por la pertenencia a una rama familiar determinada sino que fuimos escogidos por el propósito de Dios. Dura cosa para esos gemelos el amarse en la vida o tal vez el enemistarse el uno contra el otro, pero al final del camino permanecer separados por siempre: uno junto al Eterno y el otro en el lago de fuego.

    Nadie puede alegar inocencia por cuanto todos hemos pecado, ya que la Escritura declara que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios); entonces, la redención viene por la fe de Cristo, la cual es un don divino (Efesios 2:8). Todo cuanto acontece ha sido diseñado desde el principio, para que ocurra de acuerdo al plan divino y para que honre la naturaleza de Dios. Dios ha soportado con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción (Romanos 9: 22). Esa paciencia para soportar obedece también a un plan que hizo, para que llegado el momento se manifieste el hombre de pecado, aquel inicuo obra de Satanás, a quien el Señor destruirá con la espada de su boca.

    El planeta de hoy se ve envuelto en un culto abierto a Satanás, ya sin disimulo, con el descaro que presupone viajar en contra del estatus bíblico con el cual se ha beneficiado toda la tierra. El concierto para que gobierne ese dictador mundial se está conjuntando de acuerdo a lo que Dios ordenó. Se amontonan las gentes para romper las coyundas divinas, para destruir todo lo que se refiere al Dios Omnipotente, como si logrando aquello la humanidad pudiera afianzarse en la paz y la seguridad. La destrucción vendrá repentinamente y se librarán las batallas anunciadas por los profetas del Antiguo y Nuevo Testamento.

    No podemos hacer nada por detener el avance del Anticristo, ya que ha sido preordenada su manifestación. Lo que podemos hacer es entregarnos a la santidad, como dice la Escritura: el que es santo, santifíquese más (Apocalipsis 22:11). Fijémonos en lo que la Escritura también coloca: El que es injusto, sea injusto todavía; el que es impuro, sea impuro todavía…(Apocalipsis 22:11); las palabras dadas a Daniel fueron cerradas hasta el tiempo del fin, cuando ya podemos entender lo que se le dijo al profeta. Muchos serán limpios, y emblanquecidos y purificados; los impíos procederán impíamente, y ninguno de los impíos entenderá, pero los entendidos comprenderán (Daniel 12:9-10).

    Vivimos en un mundo que gira en torno a la voluntad de Dios, no a la del hombre. Aunque parezca lo contrario, lo que el impío hace debe hacerlo para que el plan divino se orqueste como se lo propuso el Creador de todo cuanto existe. Las finanzas, las políticas, todo cuanto acontece en los distintos niveles de vida, lo que nos rodea en el plano afectivo, cada cosa que pasa ha sido planificada para que acontezca. Lo que para nosotros pudiera parece azar ha sido para Dios necesidad; Judas Iscariote se nos muestra como arquetipo junto a Esaú de los inicuos preparados para tropezar en la roca que es Cristo. Ellos iban conforme a la Escritura, pero su iniquidad pasa a ser castigada, sin que importe que no hayan podido resistirse a la voluntad divina. Lo que la falsa teología suscrita a los intérpretes privados de la Escritura manifieste, sirve para consolar la mente desviada del Logos Eterno. Parece un consuelo inútil, ya que la Escritura es plana y simple, pero los ojos de las cabras no soportan lo que se dice de ellas.

    En razón del plan de Dios Pablo pudo asegurar que todas las cosas operan conjuntamente para bien de los escogidos de Dios (Romanos 8: 28). Las aflicciones temporales trabajan para beneficio de los hijos de Dios, de manera que los creyentes no nos perdamos en las depresiones que la vida procura por medio de la actividad demoníaca desarrollada por los servidores del mal. Más allá de los fracasos temporales en los escenarios del mundo, aún dentro de las mal llamadas iglesias, el plan de Dios ha incluido todo para nuestro beneficio final.

    Pablo nos ha asegurado que cada cosa está bajo el gobierno de Dios, ya que forma parte de su plan para los escogidos. Todas las cosas y no solamente algunas, tanto las que están en los cielos como las de la tierra. Es el consejo de la voluntad divina la que hace que acontezca aquello que su providencia procura, para su gloria y para el propósito nuestro. Pablo bendice a Dios por habernos escogido en Cristo desde antes de la fundación del mundo, para que pudiésemos ser santos y sin mancha delante de él (Efesios 1:3-4). Esto implica el plan eterno e inmutable del Todopoderoso, como para que no nos aflijamos en demasía por las molestias propias de andar en medio del mundo. El mundo no nos ama porque no somos de él, pero el mundo ama lo suyo y le ofrece los deleites de los ojos, la vanagloria de la vida y los deseos de la carne.

    Nuestra lucha continúa contra los principados y potestades espirituales de maldad, los cuales gobiernan en las regiones celestes. Hay mucha gente que le sirve abierta o discretamente a esos gobiernos del mal, pero perseveramos en la oración, en el aprendizaje de la doctrina de Cristo para permanecer firmes. Falta poco recorrido en nuestro peregrinar por el mundo hostil, así que no caigamos y si caemos sepamos que somos sostenidos por la mano del Eterno (Salmos 73). Tres veces feliz debe tenerse aquel cuya transgresión ha sido perdonada y cubierto sus pecados (Salmos 32:1-2).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • DIOS NOS CONOCIÓ

    El conocimiento previo de Dios viene a ser la expresión con la que también en la Biblia se habla del amor de Dios. De la manera como Adán conoció a su mujer y tuvieron otro hijo, asimismo la Escritura muestra pasajes con la misma idea. Amor y conocimiento van ligados en sus páginas, sin que ello desdiga del sentido del conocimiento como operación exclusivamente intelectual. A vosotros solamente he conocido de entre todos los habitantes de la tierra (Amós 3:2), una expresión que tiene mucho que ver con el amor exclusivo de Dios para su pueblo. A los que antes conoció, a estos también predestinó (Romanos 8: 29); Jesús les dirá a muchos en el día final: Nunca os conocí (Mateo 7:23).

    Esas expresiones del conocer bíblico tienen su implicación afectiva. Jesús es Omnisciente, sabe todas las cosas, pero dirá esa expresión: Nunca os conocí. ¿Cómo es eso posible? La razón se basa en que simplemente CONOCER implica Amar, aparte del sentido gnoseológico del étimo. En Romanos 8:28 Pablo nos aclara que todos los eventos de nuestra vida operan en forma conjunta para nuestro beneficio, siempre y cuando Dios nos haya amado desde la eternidad. Si Dios no ama desde la eternidad, entonces odia, como lo demuestra el caso de Esaú (Romanos 9: 11-18). Fuimos llamados de acuerdo al propósito divino, dado que Dios nos conoció desde antes (Romanos 8:29).

    προέγνω (proegno) es la forma verbal que se toma de la gramática griega para demostrar el conocimiento anticipado del Señor. Ah, pero acá entramos en un terreno escabroso para muchos, en especial para aquellos defensores del libre albedrío humano frente a la absoluta soberanía de Dios. Escabroso por cuanto llegar a reconocer que Dios nos ama sin condición en nuestras obras hace a Dios injusto (como lo denuncia Pablo en Romanos 9:19). Dios no tendría derecho a inculpar a Esaú por cuanto lo odió sin miramiento a sus obras, alegato con el cual el apóstol expone al objetor de la tesis revelada por el Espíritu Santo. Es decir, la criatura inculpa al Todopoderoso por lo irresistible de su voluntad, así que Esaú debió ser juzgado en base a sus obras y no al determinado consejo de Dios.

    Para ello, los gramáticos de esa teología demoníaca han salido con el argumento de que el verbo odiar en la Biblia significa amar menos. En otros términos, Esaú también sería amado por Dios pero en menor cuantía que Jacob. ¿Y de qué le hubiera servido tan mínimo amor? Al parecer, de nada, por cuanto el Faraón de Egipto corrió con la misma suerte de Esaú, paradigmas junto a Judas -y todos los demás réprobos en cuanto a fe- del odio de Dios o de la falta de amor divino para con ellos. Este Dios es desconocido por la institución religiosa, más bien ocultado por la religión oficial, pero sigue siendo el Dios de las Escrituras.

    Decimos que Dios es Omnisciente, que no puede llegar a conocer nada nuevo. Si llegare a conocer algo nuevo significa que antes no lo conocía. Entonces hablamos de amor eterno, cosa que Dios quiso desde siempre para con sus elegidos; no porque Él haya mirado en los corredores del tiempo para ver si había alguien que lo buscara o si algún justo se acordara de Él. Si tal cosa Dios hubiera hecho significaría en primer lugar que había gente justa en el mundo, contrariando las Escrituras que señalan: No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios (Romanos 3:10-12); en segundo lugar, esto querría decir que Dios no sabía quiénes eran esos justos y tuvo que llegar a averiguarlo en el corredor del tiempo. En resumen, tal situación echaría por tierra la Omnisciencia de Dios.

    Pablo tiene toda la razón, la razón que le da el Espíritu Santo que lo ha inspirado, para decirnos que nosotros los creyentes sabemos que todas las cosas operan para nuestro bien, para los que amamos a Dios, a los que conforme a su propósito hemos sido llamados. Juan nos lo resalta: Si lo amamos a él / a Cristo, fue porque él nos amó primero (1 Juan 4:19). El hombre muerto en delitos y pecados no puede amar a Dios, a menos que sea nacido de nuevo, renovado para arrepentimiento por medio de la fe en la gracia dada por Dios (Efesios 2:8).

    De esta manera todos aquellos que fueron conocidos (previamente), amados (en el sentido del conocer bíblico implicado por el texto), fueron por igual predestinados para ser conformes a la imagen de su Hijo; de esta forma Cristo sería el primogénito entre muchos hermanos (Romanos 8:29). Los que leen las Escrituras recordarán los pasajes que hacen alusión al conocer bíblico como un verbo que también refiere al amor entre las personas, así como al amor de Dios por nosotros.

    Por ejemplo, recordemos el caso de José y María. De acuerdo al relato bíblico, después de que José despertó del sueño en el que se le presentó un ángel de Dios para decirle lo sucedido con María, no la conoció (a María) hasta que dio a luz a su hijo primogénito (Mateo 1:25). Vemos varias cosas en este texto: 1) José no tuvo relaciones sexuales con María (no la conoció) hasta después de que dio a luz al niño (Jesús); 2) Jesús fue apenas el primogénito de María, ya que tuvo otros hijos con José. Estos hermanos de Jesús eran hijos biológicos de María (Mateo 13:55-56).

    La Biblia nos dice que Adán conoció a Eva su mujer, y ella concibió y dio a luz a Caín…(Génesis 4:1). Acá conocer se refiere a la unión sexual, a la intimidad, ya que Adán conocía intelectualmente a Eva una vez que fue formada de su costilla. En Génesis 4:17 leemos: Y Caín conoció a su mujer, la cual concibió y dio a luz a Enoc (vemos el mismo contexto anterior, ya que sabemos que si se llegó a ella es porque la conocía cognitivamente hablando). En Juan 17:3 Jesús habla de la relación que tendremos con Dios: conocerle a Él en una estrecha relación de amor y confianza, lo cual se compara con la vida eterna. En 1 Corintios 8:3, Pablo nos afirma: Pero si alguno ama a Dios, este es conocido de él (de nuevo CONOCER refiere a una relación de intimidad y amor con Dios).

    En resumen, si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Romanos 8:31). El texto de Romanos que refiere a los que Dios antes conoció, a los cuales predestinó, los que quedan expuestos bajo el signo de la relación conocer-amar. De igual forma, cuando Pedro expuso su primer discurso recogido en Hechos 2, en el verso 23 menciona el anticipado conocimiento de Dios, como la razón de haber entregado a Jesús ante los judíos enardecidos para crucificarle. Ese conocimiento anticipado es similar a la PROGNOSIS mencionada en Romanos 8; por igual, Pedro nos habla en su Primera Carta, capítulo 1, verso 2, de la presciencia de Dios Padre que nos eligió en santificación del Espíritu. Esa presciencia sigue siendo la misma PROGNOSIS de la lengua griega antes analizada. Ese conocimiento anticipado de Dios va ligado a su amor eterno para con su pueblo, de acuerdo a su propósito infalible e inmutable.

    Dios volcó su amor desde antes de la creación del mundo sobre sus elegidos (Apocalipsis 13:8; 17:8), así que a quien Él amó lo predestinó para ser conforme a su Hijo. Ese es el mismo Dios a quien Jesucristo agradeció por haber escondido las cosas del reino de los sabios y entendidos, para darlas a conocer a los niños -a sus pequeños. Jesús añadió: Sí, Padre, porque así te agradó (Mateo 11:25-27). ¿A quién más, sino al diablo, le gusta decir lo contrario de lo que Dios afirma? Por esa razón sus teólogos insisten en que Dios vio anticipadamente en el túnel del tiempo, en la bola de cristal, etc., quiénes serían los que se decidirían por Él para predestinarlos en consecuencia. Pero esa mentira tiene sus fallas naturales, ya que aparte de que contraviene las Escrituras supone que Dios sería culpable de injusticia si no diera igual chance a cada ser humano frente al destino eterno. El Dios soberano de la Biblia no tiene consejero, no tiene tampoco quien detenga su mano y le diga ¿qué haces? Además, si Dios vio que había gente dispuesta a seguirle, ¿para qué los iba a predestinar si ya por ellos mismos estaban destinados a seguirle?

    La elección es de acuerdo a la gracia (Romanos 11:5), y para alabanza de su gracia (Efesios 1:3-6). Tantos como hemos sido señalados para creer, llegamos a creer (Hechos 13.48). Los que no creerán nunca no pueden creer porque no son parte de las ovejas del Señor; no se trata de creer para ser oveja sino de ser oveja para creer (Juan 10:26-28). Fue el Señor quien nos escogió y no nosotros a él (Juan 15:16). Muchas enseñanzas se derivan del verbo conocer según la Biblia, sin que se descarte la marca del acto cognoscitivo del mismo. En ocasiones la Biblia habla del conocer en el plano intelectual, como cuando dice Moisés al pueblo: Rebeldes habéis sido a Jehová desde el día que yo os conozco (Deuteronomio 9: 24). También el Señor conoce todas las cosas, como conoce (ama) el camino del justo; ese conocido o amado camino del justo se contrapone al camino del impío que perecerá (Salmos 1: 6).

    Cada quien puede seguir indagando en las Escrituras, sin aislarlas del contexto en que ellas aparecen, de manera que pueda comprender el gran significado del amor de Dios para su pueblo. Ante semejante y abrumador sentido de pertenencia, ¿quién nos separará del amor de Cristo?

    César Paredes

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  • EL TESTIMONIO

    Jesucristo encomendó predicar el Evangelio por todo el mundo, para testimonio a todas las naciones (Mateo 24:14). Esto fue anunciado como una señal previa al fin de los tiempos, para que estemos apercibidos de lo que pronto habrá de acontecer. No dijo el Señor que toda la gente creería el Evangelio sino que la predicación sería un testimonio del conjunto de señales de su pronta venida. Jesús nos hablaba desde el Monte de los Olivos sobre el Evangelio del Reino, el mensaje de salvación que implica la proclamación de la muerte y resurrección de Jesús, junto con una llamada al arrepentimiento y a la fe.

    Los griegos le preguntaron a Pablo por ese anuncio que a nadie se le había ocurrido, al hablar de la resurrección de los muertos. Por medio de la fe lo creemos, si bien Lázaro fue un ejemplo de lo que Jesús anunciaba, así como gente del Antiguo Testamento pudo ver lo que aconteció en épocas del profeta Eliseo. Además, Job relata sobre el hecho de que el Redentor vivía y que se levantaría de entre los muertos, así como su cuerpo (el de Job) vería a Dios (Job 19:25-26). Así que estamos ante una revelación bíblica, desconocida por gran parte del mundo pagano antiguo. Sabemos que esa fue una forma en la cual nos habló Dios en tiempos antiguos, en sus diversas formas a través de los padres y profetas (Hebreos 1:1).

    Jesucristo es llamado el segundo o último Adán quien fue hecho espíritu vivificante (1 Corintios 15:45), en referencia a la resurrección. Hoy día existen doctrinas de demonios repartidas y anunciadas por doquier, diciéndonos que la muerte da inicio a un proceso de reencarnación para volver a la tierra en forma distinta, de manera que paguemos castigos o karmas por diversas razones. Otros nos aseguran que somos esclavos de una Matrix que nos gobierna, fantasía de los que anuncian vanas y huecas filosofías. Pero la gente tiene necesidad de oír y se amontona para escuchar a esos espíritus de la falsedad, contrariamente a lo que revela la Escritura.

    Jesús nunca habló de la conversión de todo el mundo, sin excepción, sino de una predicación general por medio de la cual sus ovejas serían rescatadas (Juan 10:1-5, 26). La misión de la Iglesia consiste en difundir el mensaje de Cristo a todas partes del mundo, dentro del plan de la Gran Comisión que Jesús le dio a sus discípulos (Mateo 28: 19-20). De esta forma, todas las etnias y pueblos del mundo podrán escuchar el anuncio de la buena noticia que Dios tiene para su pueblo escogido. Será como un testimonio de la verdad de Dios y de su amor para su pueblo. Esta señal será el cumplimiento de la era actual y el inicio de los eventos finales, lo cual incluye el regreso de Cristo y el juicio final; por lo tanto, la predicación del evangelio ante las naciones se considera como el precursor necesario para que se dé la segunda venida de Cristo.

    Paralelamente, cada creyente testifica ante el mundo acerca de su transformación por la regeneración que ha tenido por medio del Espíritu Santo y la palabra aprendida. Esa palabra divina ha sido señalada en numerosos textos bíblicos como el agua que limpia. El agua es un elemento recurrente que se asocia con la vida, la purificación, la bendición y la palabra de Dios. Ya en Génesis 2:10 se menciona al río que fluye del Edén y riega el jardín donde fue puesto el hombre; en Juan 4:14 Jesús habla del agua viva que da vida eterna. Sin agua no hay vida, lo que subraya la dependencia humana de Dios para la vida espiritual y física.

    El agua también purifica; el lavado con agua en los rituales del Antiguo Testamento se asemeja al bautismo del Nuevo Testamento (Éxodo 30:18-21; Mateo 3:11; Hechos 2:38). El agua nos viene como un símbolo de la purificación del pecado y de la limpieza espiritual, así como el bautismo representa la muerte al pecado y el renacimiento a una nueva vida en Cristo. Justo conviene subrayar que el bautismo no borra el pecado sino que es un símbolo de lo que hizo la sangre de Cristo, como bien se deriva de lo acontecido al ladrón en la cruz, quien no se bautizó pero que fue con el Señor al Paraíso.

    Otro sentido que se da al agua en las Escritura puede ser corroborado en Juan 7:37-39, en referencia al Espíritu Santo que recibiría el creyente, para que corran de su interior ríos de agua viva. Cristo ha purificado a la iglesia, lavándola con agua mediante la palabra (Efesios 5:26); el profeta Isaías habla de la palabra de Dios que sale de su boca, la cual no volverá vacía, sino que hará lo que Él quiere, y será prosperada en aquello para lo cual fue enviada (Isaías 55:10-11). Esto fue dicho con el símil del agua de la lluvia y de la nieve derretida que riega la tierra y la hace germinar y producir, dando semilla al que la siembra y pan al que come. Por esa razón sabemos que la palabra de Dios purifica, nutre y da crecimiento espiritual, dado que la fe viene por el oír la palabra de Cristo.

    Por lo dicho, el testimonio de la palabra de Dios da vida al que la oye siempre que a éste Dios le haya dado la fe como regalo (Efesios 2:8). Testificar nos alegra porque cumplimos lo encomendado a nosotros como creyentes, pero también porque al hablar la palabra divina tenemos una retroalimentación que nos nutre el alma. Esto en suma se representa como una metáfora poderosa que ilustra la manera en la que sustenta Dios a su gente, en la forma de limpiar la vida de su pueblo a través de su palabra y de su Espíritu. Como punto final, recordemos las palabras de Juan en una de sus cartas: Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; pero si alguno ha pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo, el cual es la propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo (1 Juan 2:1). Recordemos que testificamos pero a veces no hacemos lo que debemos y hacemos lo que no deberíamos hacer (Romanos 7); esto no detiene nuestra testificación, sino que demuestra nuestra fragilidad ante la vieja naturaleza.

    Sabemos que la expresión todo el mundo la usa Juan para dar a entender a su iglesia (conformada fundamentalmente por judíos conversos) que el Señor tiene un plan grandioso para con los gentiles, llamados el mundo según el pensamiento ideológico de los judíos de entonces. No presupone que Dios haya salvado a todo el mundo, sin excepción, sino más bien da a entender una inclusión del mundo gentil. De la misma forma la Escritura nos muestra a un grupo de judíos fariseos que se maravillaron del hecho de que todo el mundo se iba tras Jesús (Juan 12:19), aunque ellos no se fueron tras el Cristo, ni los romanos del Imperio, ni los saduceos, ni mucha gente del pueblo; tampoco lo hizo el resto del mundo, simplemente se trataba de una expresión hiperbólica que mostraba el asombro de los fariseos por la vía de la exageración.

    César Paredes

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  • EL ESFUERZO DE LA FE

    Vivir implica un esfuerzo constante, para soportar la jungla humana. La fe cuesta trabajo mantenerla activa, con el constante empuje de la oración y el examen de la Escritura. Ciertamente la fe nos viene como un regalo de Dios (Efesios 2:8), pero hemos de cuidarla; Santiago nos alerta: el que duda es semejante a la onda del mar, que va y viene arrastrada por el viento (Santiago 1:6). Creemos que Dios es uno, por asuntos de fe y criterio teológico, pero podemos seguir en esa creencia válida y aún vacilar con las promesas que nos han sido otorgadas. Lo que Dios nos ha prometido se hizo de acuerdo a su voluntad, para su gloria y por nuestro beneficio.

    Al saber que el Señor nos dio la confianza de pedir cualquier cosa en su nombre, para recibirla conforme a lo que creemos, entendemos que asunto serio ha sido la promesa. Dudar de ella implica turbación en nuestra alma, supone una mente inestable, una emoción sujeta a la tentación y al desequilibrio. Si no confiamos en lo que Dios nos ha dicho, ¿en quién tendrá confianza el creyente? No tendremos sabiduría de lo alto, si no mantenemos la fe en cuanto a la promesa. Creemos que recibimos el perdón por méritos de la justicia de Cristo, en virtud de haber sido llamados de las tinieblas a la luz. Si en algún momento nuestra alma se inclina a creer que son nuestros méritos los que nos conducen al Padre, demostramos que no hemos creído con la fe dada a los santos.

    En Efesios 2:8 se nos asegura que hemos sido salvos por gracia, en forma actual y no potencial. Hemos sido salvados de Satanás y de la maldición de la ley, de la eterna condenación que sigue a los irredentos. Esa gracia se describe como el favor de Dios, a quien le pertenece toda la ramificación que supone la salvación. Hemos escuchado el Evangelio como un medio de gracia, pero el Espíritu nos ha hecho nacer de nuevo por su voluntad única. No depende de voluntad de varón o de sangre alguna, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla. Ah, pero Él no tiene misericordia de todo el mundo, sin excepción, como se demuestra en las Escrituras referentes al Faraón de Egipto o a Esaú, el odiado.

    Así que si miramos el gran favor que se nos ha concedido sería suficiente estímulo como para guardar y ejercitar esa fe que nos fue concedida. La fe no se concibe como la causa de la salvación pero sí como el instrumento por el cual la recibimos. Pero aún ese utensilio nos ha sido otorgado, si bien sabemos que no todo el mundo recibió ese don porque no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2). Esa fe ha venido no en automático sino por el oír la palabra de Cristo, aunque no todos los que la oyen la reciben. Lo sabemos por los escritos de los evangelios relativos a la época en que Jesús habitó entre los hombres. No todos los que le oyeron tuvieron fe, ya que si el Padre no envía hacia el Hijo no se puede ser salvo (Juan 6:44).

    Para mantener la fe cristiana se implican varias prácticas y actitudes que ayudan a vivir y fortalecer la relación con Dios, así como a seguir las enseñanzas de Jesucristo. Entre los aspectos claves está la oración, que es el comunicarse regularmente con Dios para buscar su guía, consuelo y para reconocer sus favores. También está el estudio de la Biblia, ya que estudiar las Escrituras nos permite entender mejor los principios y enseñanzas cristianas, de forma que se apliquen en la vida diaria. Aceptamos participar en la comunidad de creyentes, en la actividad de los servicios religiosos (como también se nos ha ordenado: No dejando de congregarse, como algunos tienen por costumbre). Llevar una vida en forma ética y moral, esforzándonos por vivir de acuerdo con los valores cristianos, como la honestidad, la justicia, el amor al prójimo y el perdón. Nos dedicamos al servicio a los demás, en especial a los necesitados, imitando el ejemplo de Jesucristo con su amor desinteresado. También conviene compartir con otros aquello que hemos creído, testificando con palabras y acciones el impacto positivo de nuestra fe. Por lo dicho, mantener la fe cristiana es un proceso continuo que implica dedicación y compromiso diario.

    El creyente ya ha sido convencido de pecado, para poder arrepentirse de acuerdo a lo que el Espíritu de Dios le dicte. Conoce que la carne para nada aprovecha, sabiendo que la piedad tiene provecho en esta vida y en la venidera. La muerte eterna ya no le compete pues ha sido liberado de esa condena que conlleva la separación del Creador. Reconoce por igual que la ley no puede liberarlo en nada sino que lo complica más, ya que ser infractor de uno de sus puntos lo hace cómplice de todos los errores que por ella conoce. Los judaizantes descritos en las Escrituras se apegaban al evangelio y a la vieja ley, pero fueron señalados como gente corrupta en cuanto a la fe de Cristo. Hoy día vuelven a la carga, agarrándose de detalles como el hecho de guardar el día sábado, o con los llamados mesiánicos que suponen poseer el secreto de las palabras antiguas.

    La convicción de pecado debería hacerle saber a la persona que está bajo la maldición de la ley, pues la ley no salvó a nadie, ya que no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo (Gálatas 2:16). Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios (Romanos 3:20), ya que por medio de la ley viene el conocimiento del pecado. Venida la justificación por medio de la fe de Cristo, sabemos que el Señor se convirtió en la justicia de Dios para que el Juez Justo pueda justificar al impío. Sabemos que la justificación no se hace en desmedro de la justicia de Dios sino a través de esa justicia, por lo cual fue dicho que Jesús es nuestra pascua.

    Abraham fue reconocido como el padre de la fe, por causa de haberle creído a Dios la promesa que se le hizo (Génesis 15:6; Romanos 4:3; Gálatas 3:6). Esa fe significa que fue justificado; recordemos que si la fe es un don de Dios a Abraham Dios le dio esa confianza para que esperara con certeza lo prometido. Las circunstancias parecían improbables o imposibles, pero creer a pesar de ello implica confianza en la fidelidad y poder de Dios. La justicia de Abraham no significa una conducta moral perfecta, sino una posición correcta ante el Dios que justifica. Por medio de esa fe Dios declaró justo a Abraham, como lo hizo por igual con Job y con todos los santificados del Antiguo y Nuevo Testamento.

    El contexto de la frase le fue contado por justicia supone que Dios consideró la fe de Abraham como la base para declararlo justo. Esta justicia fue «imputada» o acreditada a Abraham por su fe. En resumen, esta frase destaca un principio central en la teología bíblica: la justificación, o ser declarado justo ante Dios, por cuanto se basa en la fe y no en las obras. Abraham es presentado como un ejemplo de alguien que fue justificado por su fe en las promesas de Dios.

    Nosotros los creyentes hemos de seguir estos parámetros del padre de la fe, confiando en el Señor aún en las peores circunstancias en que andemos. La historia del hijo pródigo nos permite asumir la conducta de confianza de quien siempre se consideró hijo del padre. A pesar de comer de los algarrobos en las pocilgas donde apacentaba cerdos (el mundo por referencia), ese individuo de la parábola de Jesús sabía que era hijo de un hombre importante. Se levantó dispuesto a confesar su pecado contra su padre y contra el cielo, se presentó humillado para que lo ubicaran como a uno de sus jornaleros. Esa confianza de no haber perdido su estatus de hijo le permitió dar los pasos necesarios hasta su antiguo hogar.

    La historia del hijo pródigo nos enseña que el padre estaba expectante, aguardando el momento en que vería a su hijo de regreso. Sabemos que hubo un gran recibimiento, una enorme alegría en el corazón del padre que lo amaba. Asimismo hay en el cielo gozo por un corazón que se arrepiente; he allí la importancia de leer las Escrituras para imprimir en nuestros corazones la confianza que hemos de tener siempre en nuestro Padre Celestial, el cual da más abundantemente aquello que pedimos.

    César Paredes

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  • TANTAS RELIGIONES

    Cerca de tresmil lenguas vivas existen en la actualidad en esta tierra, aunque uno piense en hablar como mucho una decena de ellas. Con las religiones sucede algo parecido, son miles las que han aparecido y uno se fija apenas en las seis más impactantes o con más personas inscritas. ¿Cómo saber cuál es la verdadera, si la hay? Algunos prefieren el sofisma que enseñan sobre el cristianismo, diciéndonos que éste no es ninguna religión sino que es la búsqueda que Dios hace del hombre. Con ello se define la religión como la búsqueda que el hombre hace de Dios, de ese Padre oculto que no conoce. Bueno, podríamos disertar sin mucho consuelo si siguiéremos la elucubración. La inquietud sigue hablándonos sobre la importancia de conocer lo que significa Cristo en la religión cristiana.

    Creemos que el Hijo de Dios vino al mundo a poner su vida en rescate por muchos. No a todos quiso Dios liberar del yugo del pecado, sino a unos cuantos elegidos. Lo hace por medio del evangelio (buena nueva de salvación para su amado pueblo, a quien le dio la promesa de redención). Ya Abraham había oído de ese Dios Creador las palabras acertadas y cargadas de esperanza: que en él serían benditas todas las naciones de la tierra. Pablo nos relata sobre la promesa de la simiente, diciéndonos que se refiere a Jesucristo. Cuando Dios habló con Eva y le dijo de su simiente, estaba señalando la promesa de esa semilla que destruiría a la serpiente antigua, el dragón o Satanás.

    El cristianismo no es el fracaso de Dios, ni el infierno representa una memoria a su falta de tino. Simplemente debemos entender lo que las Escrituras dicen y a quiénes dice tales cosas. Notorio resulta que a Moisés le fue dada la ley para un pueblo específico, el cual se convirtió en el custodio de una palabra revelada desde antaño. Pero muchos pueblos o naciones quedaron excluidos de ese mensaje. La ley moral en los corazones o conciencias de los humanos no garantiza salvación alguna. Antes parece una exclusión de alegatos en cuanto al desconocimiento de Dios: lo que de Dios se conoce le ha sido manifestado al ser humano, enfatiza Pablo en su Carta a los Romanos, Capítulo 1.

    No existe excusa en cuanto a la obra manifiesta de Dios: la creación misma habla a voces, como dice el salmista: un día emite palabra a otro día, y una noche declara sabiduría a otra noche. Los juicios de Jehová son verdad, todos justos (Salmos 1:9). Sin embargo, la impotencia humana obedece a su naturaleza caída, heredada desde Adán, porque en Adán todos mueren. En Cristo todos vivimos, pero ese todos no hace referencia a toda la humanidad, sin excepción, sino a los creyentes elegidos para tal propósito. Así lo afirma la Biblia: …y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Muchas personas no llegan jamás a creer, ya que fueron colocadas para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8).

    Volvemos al círculo del argumento, a un terreno tautológico que se ilustra con la figura del perro que se come su propia cola. ¿Es Dios injusto? ¿Quién puede resistirse a la voluntad de Dios? ¿Cómo Dios puede inculpar al pobre de Esaú si fue odiado desde antes de ser concebido? ¿Cómo es que Dios juzga no por las obras buenas o malas sino por lo que decidió como elección? (Romanos 9:11-19). Es cierto que cada quien dará cuenta a Dios de lo que ha hecho, y que nuestras obras servirán para inculpar al alma impía y premiar al alma redimida que actúa en consecuencia con lo que ha creído. Pero todo ello pasa por el crisol de la predestinación, de lo que Dios se propuso desde antes de la fundación del mundo.

    En Efesios 1 leemos al respecto, para no pasar por alto lo trascendental de la doctrina de la predestinación. Sabemos que Dios sabe todas las cosas, no por averiguarlas sino por destinarlas de antemano. Dios no llega a conocer ya que es Omnisciente, pero nada lo sorprende por cuanto en su soberanía ha hecho nuestro futuro. Dios no se afecta por el espacio-tiempo sino solamente sus criaturas que estamos bajo estas leyes físicas. Sus profecías anuncian su perfección en lo que ha dicho que ocurriría, no porque lo haya averiguado en el túnel del tiempo sino porque así lo pensó.

    Si Dios averiguara en el tiempo lo que habrá de suceder, se convertiría en un plagiario, alguien que copia de otro la idea y la dicta a sus profetas. Dios no averiguó que la gente necesitaba un Redentor, que un grupo de seres humanos quería un Mesías para crucificarlo. Uno no puede ni imaginar que alguien suponga tal desconcierto: Dios averiguando lo que la gente va a hacer y por ello envía al Hijo para aprovechar lo que la gente imaginó que le haría si viniere a la tierra. Mucho más sencillo nos resulta aceptar que así lo quiso Dios, así lo planificó y ninguna de sus palabras ha faltado. El Dios soberano que muchos desconocen está desplegado en las Escrituras, pero no todos las leen y no todos los que las leen llegan a conformarse con la doctrina de la soberanía absoluta de Dios. En la palabra divina leemos que el trabajo que vino Cristo a hacer en la tierra fue ordenado desde los siglos. Hubo un ajuste perfecto en cada paso que debía dar, como bien se demuestra por el dibujo que cada uno de los evangelios hace de la vida de Jesús.

    Son cuatro evangelios con cuatro ópticas que reseñan la vida y obra del Señor. Su vida fue el cumplimiento de un programa establecido. Jesús cumplió las profecías que hablaban de su primera venida, como bien se dice en cada evangelio en relación a la predestinación de lo acontecido. Jesús fue entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, por lo cual fue prendido y matado por manos de inicuos, crucificándolo (Hechos 2:23). Cuanto se escribió de él en la ley y en los profetas, o en los salmos, debería cumplirse en su tiempo, todo lo cual aconteció: Y les dijo: Éstas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos (Lucas 24:44).

    Nuestra religión vale, se ha formado como producto de la revelación divina respecto a la obra del Creador de todo cuanto existe. Cada quien alegará a favor de lo que piensa y cree, pero nosotros poseemos la palabra profética más segura. De todas maneras, creer viene por el oír esa palabra de Cristo, sabiendo que no es de todos la fe y que ella es un don de Dios. Sin fe, dice la Escritura, resulta imposible agradar a Dios.

    César Paredes

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  • OSCURIDAD OBJETIVA Y SUBJETIVA

    La vanidad de la mente y el entendimiento entenebrecido vienen como consecuencia de la dureza del corazón (Efesios 4:17-18). La vida de Dios como contraparte representa los asuntos espirituales, ya que el hombre natural no percibe las cosas propias del Espíritu de Dios (1 Corintios 2:14). Poseer la mente de Cristo implica juzgar todas las cosas sin ser juzgado por nadie, al igual que se implica el poder percibir todo aquello que proviene del Espíritu Santo. El hombre natural (el que no ha sido redimido) no puede percibir adecuadamente lo que pertenece al Espíritu de Dios, más bien le parece una locura cuanto oye al respecto.

    La Biblia habla respecto al impío diciéndonos que tiene el entendimiento entenebrecido. El impío puede ser muy lógico en algunos asuntos que la ciencia requiere y enseña, pero en cuanto al sentido común espiritual bíblico se muestra torpe. No estima en nada su alma, se goza en su propio vientre, como haría cualquier narciso respecto a la exhibición de su propio yo. A la imposibilidad del hombre natural para percibir las cosas de Dios llamamos oscuridad objetiva. No dudamos en afirmar que la oscuridad subjetiva gobierna por igual su alma, ya que aquellas pasiones vergonzosas destapan su lujuria sin pudor (al menos en su propia mente, si quisiere evitar su exhibición pública). Aún allí domina la tiniebla propia del príncipe de este mundo, con la manipulación del deseo de la carne, los deseos de los ojos, junto a la vanagloria de la vida, todo lo cual proviene de su principado el mundo (1 Juan 2:16-17).

    La contraposición a la oscuridad no es otra que la luz de Cristo; él dijo que era la luz del mundo (si bien el mundo ama más las tinieblas). El que ha nacido de nuevo tiene una nueva vida en Cristo, se convierte en un prosélito del Señor para anunciar el evangelio. De esta manera demuestra con capacidad la renuncia a los vicios y a las prácticas proscritas por la palabra divina, en un intento por guardar la ley de Dios. Así que si todos los seres humanos nacemos como no regenerados, caídos en Adán, la humanidad se compone después de la regeneración en nacidos de nuevo o en hombres todavía muertos en delitos y pecados.

    Una de las categóricas afirmaciones de Jesús nos enseña sobre la imposibilidad del ser humano en cuanto a llegar a ver el reino de Dios. En una plática con un maestro de la ley, Nicodemo, el Señor le asegura que el que no nazca de nuevo sigue tan perdido como vino al mundo (Juan 3). En esa exposición, Jesús se compara con la serpiente de bronce que Moisés levantó en el desierto, diciéndonos que quien cree en el Hijo no se perderá sino que tendrá la vida eterna (Juan 3:14-15). La depravación de la voluntad presupone una debilidad e impotencia que lleva al corazón hacia la obstinación. El hombre natural se empecina en la oscuridad objetiva y subjetiva de su alma, dado que sus obras no son dignas de exhibición.

    Hoy día vemos un aumento de la maldad, como lo predijo Jesucristo; por tal razón la iniquidad se demuestra en forma pública sin la vergüenza de antes, ya que el mundo con sus medios ha persuadido a las masas para que llamen orgullo a lo que tiene el signo de descaro, cinismo y atrevimiento (dicen que lo malo es bueno). En el trasfondo de esa desfachatez humana subyace lo dicho en Romanos 1, cuando el apóstol Pablo nos alerta sobre el castigo de Dios ante los que no lo tienen en cuenta: Dios los entregó a pasiones vergonzosas. Esto lo hace Dios contra los que detienen con injusticia la verdad, contra los que no lo glorifican, contra los que profesando ser sabios se hacen necios. El Señor los entrega a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, para que deshonren entre ellos sus propios cuerpos (Romanos 1: 18-29).

    En esa oscuridad objetiva que ofrece el mundo, alentando al hombre natural a exhibir sus tinieblas subjetivas, queda demostrada públicamente toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad, envidia y narcisismo; por igual se dan los homicidios, las contiendas, así como la psicopatía junto al engaño y la malignidad. La gente se entrega al chisme (la murmuración), a detractarse unos a otros, conducidos objetivamente por el mundo para odiar a Dios. Surge en escena la soberbia humana, la altivez de espíritu, los que se dan a inventar toda suerte de males (como los que destruyen la tierra dañándola a propósito, los que se inventan mecanismos para reducir criminalmente la población mundial). Por tal razón vivimos tiempos con gente desleal, sin afecto natural, implacable y sin misericordia.

    No presenta ninguna dificultad demostrar la mente depravada de aquellos hombres que por naturaleza continúan como hijos de la ira, a quienes Dios soporta con paciencia hasta darles el justo juicio de retribución (Romanos 9: 22). La oscuridad objetiva y subjetiva les impide discernir el evangelio de salvación. Uno espera hasta el final, para poder emitir un juicio definitivo, pero lo seguro es que aquel que el Padre envía al Hijo será redimido. Esto sucede por medio del evangelio como promesa de salvación al pueblo escogido de Dios; los que no son enviados por el Padre al Hijo se tienen como ordenados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8).

    Con certeza la gente se mete en un tumulto contra quien testifique de su oscuridad. El hecho de que no tengan una mente renovada por medio de la operatividad del Espíritu Santo, los mantiene en un estado de tinieblas y enemistad contra las cosas espirituales que conciernen a Dios. Pueden hablar en su nombre, como aquellos a quienes el Señor les dirá que nunca los conoció, pese a sus milagros y señales prodigiosas que alegaban. De seguro hay quienes se etiquetan como creyentes cristianos, apenas torciendo un poco la Escritura, aunque no entiendan que lo hacen para su propia perdición, como les advirtió el apóstol Pedro. Las cosas en Dios son un Sí y un Amén, no un casi o un tal vez. Asimismo pasa por creer el evangelio, o se toma todo como fue dicho o uno se mantiene fuera de la gracia divina. El que no persevera en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo, dijo Juan en 2 Juan 1:9-11.

    En tanto creyentes, estamos puestos en el mundo para abrir los ojos de las gentes (por medio del evangelio), para que ellos se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban por la fe en Cristo perdón de pecados, la herencia de los santificados (Hechos 26:18). Esta misión tenemos, de manera que no podemos sentirnos deprimidos un instante, ya que el trabajo por hacer nos ocupa diligentemente para no desanimarnos en ningún momento. De esa forma demostraremos luz objetiva alumbrándonos nuestros pies y luz subjetiva guiándonos internamente.

    César Paredes

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  • UNA DOCTRINA ODIADA

    La doctrina de la reprobación pasa como una enseñanza odiosa, cosa que no puede ser atribuida al Dios romántico que muchos perciben. Son varias las escrituras que hablan de ella, como aquella que dice que Dios aborrece (odia) a todos los que hacen iniquidad (Salmos 5:5). Tal vez alguno se plantee que Dios en tanto Omnisciente sabe todas las cosas, conociendo a quien amar y a quien odiar de antemano. La Biblia nos advierte contra esa presunción de obras ante la elección y la reprobación, ya que el Señor miró desde los cielos y no encontró ningún hombre sensato que quisiera buscarlo. No había ni un solo justo, ni quien hiciera el bien; no hay quien entienda, asegura la Escritura (Romanos 3:10-11; Salmos 14: 1-4).

    Si miramos la carta de Pablo a los romanos, nos daremos cuenta de lo que en el capítulo 9 dice respecto a la reprobación: el propósito de Dios conforme a la elección permanece, no por las obras sino por el que llama. A Jacob amó Dios, pero odió a Esaú, aún antes de ser concebidos, antes de que hicieran bien o mal (Romanos 9:11-13). Pablo levanta de inmediato la figura del objetor, para que diga: ¿Hay injusticia en Dios? Su respuesta aparece en forma inmediata: En ninguna manera. El objetor continúa diciendo: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9:19).

    Ese texto citado en Romanos se manifiesta como una defensa por el pobre de Esaú, el que fue odiado por Dios antes de ser concebido. Que no se nos ocurra pensar en la Omnisciencia divina como método de escogencia, como si hubiera justo en la tierra o alguien que busque por su cuenta al verdadero Dios. Es el Señor en su voluntad soberana el que ha elegido desde los siglos, de acuerdo a sus planes eternos; nunca eligió de acuerdo a lo que previó (como si necesitara mirar en el túnel del tiempo para descubrir la verdad).

    Pablo agrega que el hombre no es otra cosa que barro en manos del alfarero, que el Alfarero es quien tiene la potestad de hacer con su barro lo que haya querido hacer: vasos de honra o vasos de deshonra. He allí la paciencia de Dios para soportar a los vasos de maldad que Él ha preparado para castigo perpetuo, pero también está su lado contrario: el acto de hacer notorias las riquezas de su gloria, ante los vasos de misericordia que Él preparó de antemano para gloria (Romanos 9: 22-23).

    Muchos le dan vuelta a esta carta a los romanos, como si con ello lograran torcer las Escrituras. Si lo hacen lo alcanzan para su propia destrucción; Dios no ha amado a todo el mundo, sin excepción, sino solamente a su pueblo escogido para redención por medio de Jesucristo. Dios ama a su pueblo en virtud de la justicia alcanzada por el Hijo, de manera que a quienes él representó en la cruz los beneficiará con su amor. Los impíos pueden recibir cosas buenas en esta vida, como las recibió el Faraón de Egipto: tuvo poder político, abundancia económica, la cultura de su época; se benefició de su contexto social, para subyugar al mundo circundante. Eso no le fue suficiente para alcanzar la vida eterna.

    De acuerdo a las enseñanzas de Jesús, el mundo está compuesto por ovejas y cabras. Las ovejas están divididas en dos grandes lotes: las ya redimidas, que han sido llamadas con llamamiento eficaz, y aquellas que están por redimirse. Es decir, este último lote oirá el evangelio y cuando Dios las llame oirán la voz del buen pastor y lo seguirán. Las cabras podrán oír, levantar una mano de aceptación, pero siempre lucharán contra el Dios de las Escrituras. En algún modo se manifestará tal lucha, al menos en cuanto a doctrina siempre tendrán divergencia con lo que la Biblia dice.

    Jesús vino a poner su vida por las ovejas, pero a los cabritos dirá en el día final: apartaos de mí, nunca os conocí. La buena noticia para las ovejas es que Dios les dio vida eterna y nunca perecerán jamás; el conocimiento de la doctrina de la reprobación debería llenarnos de temor reverente, para caer con profunda humillación delante del Hacedor de todo.

    En realidad, desde nuestra óptica, la doctrina de la reprobación nos enseña a reverenciar la voluntad de Dios, a reconocer nuestra insignificancia y la majestad del Todopoderoso. De no haber sido por su voluntad libre y única no habríamos podido ser salvos. Jesucristo es la piedra de tropiezo, y roca que hace caer, porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados (1 Pedro 2:8). Gracias debemos dar los que no fuimos destinaos para tropezar en esa roca desechada por los edificadores, la cual ha venido a ser la cabeza del ángulo. Gracias hemos de dar por haber sido tenidos en cuenta desde antes de la fundación del mundo, para ser inscritos en el libro de la vida del Cordero (Apocalipsis 13:8 y 17:8).

    La reprobación viene también como consecuencia de la elección, ya que a los que Dios no eligió para vida eterna se supone que los dejó para condenación perpetua. Con todo Dios lo declaró así, como se infiere de los textos citados de Romanos, entre otros, para que fuera el puro afecto de su voluntad el que eligiera tanto para vida como para muerte, sin tomar en cuenta las obras. Ya lo hemos dicho en otros escritos, mejor es ser cola de león vivo que cabeza de ratón muerto; entretanto la persona vive no podemos juzgarla reprobada, sino solamente salvada o en incredulidad. Los que hemos sido salvados un día también estuvimos bajo la ira de Dios.

    A muchos no les gusta esta doctrina bíblica de la reprobación, pero eso no impide que se predique. Hemos de anunciar todo el consejo de Dios, como escribiera el apóstol Pablo. La carne odia esta doctrina, ya que aleja de la potestad humana su destino final. Hemos de reconocer que la reprobación coloca al Todopoderoso en el trono de su soberanía, el alfarero con derecho a hacer con su barro lo que ha querido.

    Jeremías, en sus Lamentaciones, nos deja esta perla escrituraria para que la grabemos en nuestras almas: ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? ¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado (Lamentaciones 3: 37-39). Sabemos que nuestro Dios está en los cielos, que todo lo que quiso ha hecho; aceptemos la realidad de la Escritura y pongámosla por obra, sin que nos avergüence el Dios que en ella se descubre.

    Nada existe que Él no haya ordenado, como para que forjemos sus palabras y califiquemos su conducta. El peor crimen de la humanidad, cometido por hombres impíos exaltados por Satanás, estuvo planificado en lo más mínimo por el Padre Eterno. El día de la crucifixión del Señor se cumplieron muchas profecías, alrededor de 30: llevado al matadero, dio sus espaldas para que lo hirieran, no escondió su rostro, fue crucificado en medio de malhechores, echaron suertes sobre sus ropas, le dieron a beber vinagre (hiel), exclamaría al Padre sobre la razón de haberlo abandonado, herido el pastor sus ovejas se esparcirían, ni uno de sus huesos sería quebrado pero sería traspasado.

    Dice un profeta lo siguiente: Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca (Isaías 53: 5-7).

    En síntesis, la reprobación muestra el rechazo al pecado por parte del Dios santo, pero descubre su contraparte en la crucifixión del Señor: el más grande amor que jamás se haya demostrado en la faz de la tierra. Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que permanece en la doctrina de Cristo tiene al Padre y al Hijo, el que no persevera en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo. La doctrina de Cristo nos enseña que al Padre le agradó hacer todo como ha sido hecho (Mateo 11:26; Juan 6:37, 44, 65; 2 Juan 1:9-11). El que tiene el Espíritu de Dios no se rebela contra su palabra.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • FUTILIDAD DE LA VIDA

    Cuando leemos el Eclesiastés de Salomón, encontramos observaciones sobre la existencia humana. Vanidad de vanidades, una expresión depresiva pero objetiva del escritor repleto de experiencias múltiples, bajo el signo de la riqueza, poder político y conocimiento teológico. Al final de su texto leemos que todo el discurso se resume en temer a Dios y guardar sus mandamientos, porque ese es el todo del hombre (Eclesiastés 12:13). El último verso afirma que Dios traerá toda obra a juicio, con toda cosa encubierta, sea buena o mala. Esto nos alerta como para tener cuidado en aquello que hacemos, no queriendo ser señalados públicamente en nuestras faltas.

    En forma paralela, los intelectuales al margen de la teología sostienen que nada tiene sentido (vanidad de vanidades). Hablan de un minúsculo planeta que corre hacia la nada desde millones de años (Ernesto Sábato), en tanto los seres humanos luchan, se enferman y mueren, como si cada ser que viene al mundo iniciara una comedia inútil que finaliza con el sepulcro. Esa visión existencial triste marca los pasos inciertos o inútiles de cada habitante de nuestra tierra. No obstante, el vínculo teológico parece ausente y la culpa humana no tendría consecuencia alguna en el ejercicio de una vida tan puntual y efímera como los años que pasan y se acaban.

    Si el creyente viviera sumergido en esa visión, lo gobernaría la zozobra. El sentimiento de tristeza no debe gobernar el alma de quien conoce al que lo ha liberado del yugo oscuro del mal. Por tal razón conviene vivir bajo las palabras de los sabios, aunque ellas sean aguijones para el corazón, o como clavos en las manos. El hombre va a su morada eterna, afirmaba Salomón, y los endechadores andarán alrededor por las calles. Si el hombre no se ha acordado de su Creador, en los días de su juventud, le quedan los días malos cuando se le oscurece el sol. De todas formas, aún en el ocaso de la vida del vivo hay esperanza, claro está, dentro de la perspectiva del Dios que elige desde los siglos.

    Nadie puede negarse a esta posibilidad, ya que no conocemos el libro de la vida para mirar sus listas de inscritos. Lo que de Dios se conoce nos ha sido manifestado por dos vías: por medio de la obra de la creación, lo cual impone una reacción ante la majestad demostrada, y a través de la palabra escrita que vino por medio de Moisés. Pero esta última manifestación no la conocieron todos, incluso hoy día hay quienes jamás han escuchado al respecto. Los que hemos oído y hemos participado de la opción de la lectura del mensaje del Evangelio, podemos percibir la esperanza de vida de esas líneas.

    Somos ignorantes de la obra de Dios, el que hace todas las cosas. Por tal motivo hemos de entregarnos a la siembra de la semilla y al cultivo de la planta del conocimiento del Señor. ¿De qué aprovecha ganar el mundo y perder el alma? Las pequeñas locuras señalan al que es estimado como sabio y honorable. El pecado es una locura, como la mosca muerta que da mal olor al perfume; aunque sea un pecado pequeño basta para manchar el agua pura. El Rey David se enredó con la mujer de su prójimo y trajo gran lamento para su entorno.

    Eso somos, incluidos los profetas de antaño. Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, Isaías tuvo que ser curado de su boca impía (en la visión que tuvo), Asaf se consideró como una bestia delante de Dios, sin entendimiento. Y Pablo se dijo a sí mismo miserable, ya que hacía el mal que no quería y no completaba aquello que se proponía (Romanos 7). Juan, el discípulo amado, escribió que si hemos pecado tenemos abogado para con el Padre, a Jesucristo el justo. Moisés fue castigado por actuar incoherentemente en Meriba, en tanto de Pedro se ha escrito sobre su traición a Jesús.

    Salomón nos recuerda que aún hay esperanza para el que está entre los vivos; porque mejor es perro vivo que león muerto (Eclesiastés 9:4). Ese perro vivo puede ser una metáfora del que está en su vejez o aún en su lecho de muerte, ya que pudiera recibir el regalo del arrepentimiento para perdón de pecados. Los que mueren en Cristo gozan de la vida eterna, hayan sido leones o perros en esta vida, hayan sido poderosos o débiles, por cuanto fueron visitados por la gracia del cielo.

    La sabiduría del hombre ilumina su rostro, pero el que persiste en el mal mudará su semblante. El que teme a Dios tendrá un fin dichoso, aunque sea ignorado por el mundo que honra a los suyos. El discurso de Salomón en el Eclesiastés nos propone la vanidad de la vida en tanto existe injusticia contra los justos. A veces el hombre justo es tratado como si hiciera obras de impíos, asimismo existen impíos tratados como si hicieran obras de justos. El hombre de bien debe comer, beber y estar alegre debajo del sol, a lo largo de su vida.

    Recomienda Salomón no apresurase delante de Dios, pues mejor es no prometer a Dios que prometer algo y no cumplirlo. Esto último representa la insensatez, dado que de las muchas palabras ocurre la necedad. Gran vanidad circunda al que ama el dinero: el que ama mucho el tener, no sacará fruto. El capítulo 3 de Eclesiastés contiene la referencia al tiempo y todo cuando en él acontece: Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora (verso 1). La entrada y salida de este mundo tienen su fecha fijada por el Creador, el cual ha puesto término a nuestros días (Job 14:5).

    En resumen, en vez de quejarnos por la futilidad de la vida, conviene meterse en cintura y tener presente que no vinimos por nosotros mismos a este mundo, sino que todo cuanto ocurre obedece a un plan trazado desde los siglos por el Altísimo. El creyente conoce que Jehová ha creado el universo, que el Señor es quien estuvo presente desde el principio en esa faena (Juan 1). En tal sentido, la motivación del creyente le sirve como combustible para que el alma reboce de alegría y paz. Que sean los otros los que se entristezcan, los que no tienen esperanza (1 Tesalonicenses 4:13).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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