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  • HIJOS DE DIOS (ROMANOS 8:14)

    De toda la población mundial, a lo largo de los siglos, solamente las ovejas llegan a ser hijos de Dios. Las cabras no pueden mutar su esencia, así como la oveja jamás se convertirá en cabra; ya lo dijo el Señor: el árbol bueno no puede dar fruto malo y el árbol malo no dará nunca fruto bueno. Pero existen ovejas descarriadas que conviene buscar, para que entren al redil. Esa tarea del Señor nos fue encargada en la comisión de la predicación del evangelio. Somos partícipes de ese anuncio, de la buena noticia del Señor: él vino a salvar a cada uno de los que el Padre le asignó.

    En consecuencia, cuando hemos sido llamados de las tinieblas a la luz, una vez que hemos sido habitados por el Espíritu como garantía de nuestra redención final, sabemos que hemos recibido el Espíritu de adopción, para poder clamar Abba, Padre. No recibimos un espíritu de esclavitud que nos sumerge en el temor, como bien lo atestigua el Espíritu Santo ante nuestro espíritu, diciéndonos que somos hijos de Dios. Sufrimos juntos con Cristo para ser glorificados todos también.

    Las lujurias de la carne son la patente del espíritu de esclavitud, lo cual indica que el individuo en su estado natural es un convicto, dado a la muerte eterna, sujeto al juicio y a la ira venidera. Esa persona debe vivir en la cobardía, sometida a las presiones del mundo dirigido por su príncipe de la oscuridad. Los judíos de la época bíblica son un claro ejemplo de la esclavitud de la ley, sujetos a ceremonias, a la forma de las normas, dedicados a la observación de los días y a continuos sacrificios. Obligados a cumplir la totalidad de las leyes morales, vivieron bajo el espíritu de temor y esclavitud. Así es todo aquel que sigue normas espirituales que supuestamente le permitirán alcanzar la vida eterna.

    El Espíritu de Dios testifica a nuestro espíritu, no en forma audible sino en el corazón. En lo interno del alma Dios nos habla, lo cual se traduce en un testimonio de que somos sus hijos. Hemos sido renovados para redención, hemos nacido de nuevo por causa del Espíritu de Dios, sin que medie obra humana alguna. Por supuesto, se nos ha predicado el evangelio, pero eso ha sido un instrumento usado por la providencia divina para sacarnos de las tinieblas de Satanás. El Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu, no por medio de personas humanas sino a través de Él mismo.

    Dice la Escritura que el Espíritu se contrista en nosotros por causa de nuestros pecados, pero al mismo tiempo nos ayuda a pedir como conviene, nos guía a toda verdad, permanece en nosotros como una garantía de nuestra redención final. Es, en realidad, el Consolador enviado por el Padre y por el Hijo para nuestra compañía. El que podamos llamar a Dios como el Padre querido presupone una instancia de concesión de gracia a nuestra alma.

    El camino de la fe muestra sus vías heroicas: por la fe Moisés fue escondido al nacer por tres meses, porque sus padres le vieron hermoso y no temieron el decreto del rey. Por esa misma fe Moisés ya grande rehusó llamarse hijo de la hija del Faraón. Escogió ser maltratado con el pueblo de Dios, antes que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayor riqueza el vituperio de Cristo antes que los tesoros de los egipcios. La razón de ello es que tenía puesta la mirada en el galardón (Hebreos 11: 24-26). Así nosotros miramos el día de nuestra glorificación final, para soportar con paciencia los pasos que debemos dar en medio de un mundo compuesto de trampas y asedios.

    La cruz ofende al hombre natural, al que no ha sido regenerado, pese a que haya podido recibir el cristianismo como una profesión externa. A partir de su asunción teológica construirá una argumentación que neutralice tal ofensa. Para ello no hay como la generalidad, la universalidad de la intención de Dios en salvar a cada miembro de la raza humana. Esa teoría hace a Dios más justo y vuelve al hombre más pecador, ya que rechaza la gracia que se le está dando. De esa manera le tira arena al mal olor que le causan textos como Romanos 9, cuando el apóstol menciona el odio de Dios por Esaú. Esta gente cargada de religión insiste en hacer más agradable la cruz de Cristo, para que todos los que siguen sin regeneración se acerquen a su falso evangelio.

    En 1 Corintios 15:3 leemos que Cristo murió por nuestros pecados, de acuerdo a las Escrituras. En Mateo 1:21 leemos que Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados. En Juan 6:44 Jesús dice: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere. La Escritura añade que aquellos que no creen este evangelio siguen sin regeneración. Sabemos que cualquier atribución al ser humano para recibir la vida eterna nace de un evangelio espurio. Es Dios solamente el que hace la diferencia entre cielo e infierno, es su designio eterno e inmutable el que ha creado todo cuanto existe. Poner la mira en las cosas de abajo (aún en materia de salvación) es vanidad y locura para el alma humana.

    Cristo fue herido por nuestra transgresiones (en palabras de Isaías), no por las transgresiones de los réprobos en cuanto a fe, cuya condenación no se tarda. El castigo de nuestra paz fue sobre él, no el castigo de la paz de todo el mundo, sin excepción (Isaías 53:5). Cuando la palabra mundo y la palabra todo aparecen en las Escrituras, su sentido tiene que ser definido por el contexto. En una ocasión ciertos fariseos dijeron: Mirad, el mundo entero se va tras él. Eso decían referente a Jesús, admirados y sorprendidos por la cantidad de gente que lo seguía. Sin embargo, esa expresión de el mundo entero es hiperbólica, una exageración con la cual se declara el impacto de una observación determinada. Así que cuando Juan escribe que Jesucristo es la propiciación por nuestros pecados y por los de todo el mundo, está hablando con una iglesia compuesta fundamentalmente por judíos conversos. Eso implica que les advierte a ellos que la muerte de Jesús no iba solo por los judíos sino también por los gentiles, que eran llamados el resto del mundo.

    Privilegio y responsabilidad el ser hijos de Dios. No hubiésemos podido alcanzar tal estatus, a no ser que de pura gracia nos hubiesen dado esa mención. Pero no hemos de sostener semejante valor con descuido y desentendimiento. Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, nuestro Dios es fuego consumidor. Dios al que ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. Son muy variadas las advertencias en las páginas de las Escrituras, como para que ignoremos la admonición del Señor. Sabemos que en el camino escabroso nos toca andar muchas de las veces, pero a lo largo está quien nos guía a toda verdad.

    El Señor prometió antes de partir no dejarnos huérfanos. Esa palabra ha cumplido desde la venida especial del Espíritu Santo a la iglesia. Sabemos por su palabra que Jesucristo sustituyó en la cruz a todo aquel que Dios escogió desde antes de la fundación del mundo para ser salvo. Los pecados de todo su pueblo fueron imputados en el Hijo mediante la expiación. Condenemos el falso evangelio de la expiación universal, porque hace inútil el trabajo del Señor. Si Cristo murió por todos, todos son salvos. La sangre de Cristo no puede ser pisoteada y tenida por incapaz, como si Dios castigara dos veces por la misma culpa.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA TRINIDAD EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

    Ciertamente, la teología revelada por Dios ha sido progresiva, vista en el tiempo indicado. Los israelitas no supieron el nombre de su Mesías por venir, ni comprendieron plenamente de cuál liberación se trataba. En general, ellos esperaban un libertador (al estilo de Moisés) que los libraría de yugos terrenales, de los sátrapas políticos. Pero les llegó uno que dijo que su reino no era de este mundo, por lo cual lo crucificaron y lo desecharon. Sin embargo, en retrospectiva, ese Mesías que vino sí que estuvo anunciado por los profetas, descrito con sus cualidades de Salvador Admirable. Bastaría con releer Isaías 53. Veamos un fragmento de ese capítulo: Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.

    El Nuevo Testamento se compagina con el Antiguo en cuanto a que da respuesta de aquello que parecía oculto. De la manera como el sol se alza lentamente, de igual forma nuestro entendimiento comprende progresivamente, en tanto miramos a Jesús, el sol de justicia. La persona magnífica del Mesías no fue revelada de un solo golpe, sino que fue necesario que los que vivieron con él lo conocieran en todas sus dimensiones. Pero era el Mesías descrito en las Escrituras, aunque no existió la comprensión plena de lo que ellas decían.

    La doctrina de la Trinidad aparece ligada a la redención, de acuerdo al Nuevo Testamento. El redimido jamás negará al Espíritu como una Persona del Dios Trino. No puede, por cuanto es habitado por Él, es conducido a toda verdad, es quien nos ayuda a interceder como conviene. Un ser humano no puede blasfemar contra una fuerza, no puede poner triste al poder que proviene de alguien. Jesucristo advirtió que serían perdonadas las blasfemias contra el Padre y contra el Hijo, pero no las que van contra el Espíritu Santo. Si el Espíritu Santo fuese una energía que proviene del Padre o del Hijo, ¿qué sentido tendría el castigo a recibir por hablar mal de una fuerza u objeto?

    El Antiguo Testamento subraya la unidad de Dios. Así lo vemos en nuestras traducciones del hebreo bíblico. Sin embargo, urge conocer la distinción entre dos vocablos muy parecidos que maliciosamente algunos han torcido para su propia perdición. La unidad de Dios es un concepto previo enseñado a Israel, para que no se pervirtieran con la noción del Dios en tres personas, como si de politeísmo se tratase. El mundo por doquier servía a dioses múltiples, así que la teología del Antiguo Testamento arranca con la didáctica acerca del Dios que es una unidad. De esta manera se hace una separación total entre la visión teológica del paganismo y la de la revelación bíblica.

    Ni triteismo, ni modalismo ni unitarios. En el primer capítulo del Génesis, así como en otros libros bíblicos, encontramos formas gramaticales extrañas para muchas lenguas. Una de ellas es la posibilidad de tener el sujeto en plural con un verbo en singular. De esa forma Elohim y Adonai aparecen como el plural de Dios, a los cuales se unen adjetivos. Hagamos al hombre a nuestra imagen (Génesis 1:26-27). ¿Con quién hablaba Dios, qué significa nuestra imagen? La Biblia dice en Deuteronomio 6:4, a partir del hebreo literal, lo siguiente: Jehová nuestro Elohim, Jehová es uno. En realidad, existe un término hebreo que significa uno y otro que significa unidad. Son muy parecidos, por eso conviene tener en cuenta cuándo aparece uno y cuándo el otro.

    Por supuesto, hemos de ayudarnos con diccionarios bilingües (hebreo y una segunda lengua) para poder comprender el sentido derrumbado con las traducciones. Me refiero a ACHID, frente a YACHID. En algunos contextos de la Escritura se usa ACHID que quiere decir UNA UNIDAD. Cuando en el Génesis se lee que fue la tarde y la mañana un día, se está empleando el vocablo ACHID (una unidad de dos objetos separados). Pero cuando en Génesis 22 leemos que Dios ordenó a Abraham tomar a su único hijo para el sacrificio encontramos YACHID. Ya podemos ir mirando la diferencia entre uno y otro término, pero también su similitud fonética y gráfica.

    Al decir que Dios es uno estamos en lo correcto en algún sentido, pero preferible la inspiración del Espíritu cuando se escribió ACHID para indicarnos que Dios es una UNIDAD. Es lo mismo que un Dios en tres personas, una unidad en sustancia y esencia pero constituida de tres personas. Muchos continúan con la ceguera, pese a la evidencia bíblica con cuantiosos textos que nos hablan del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Son tres personas distintas pero que están en una unidad sustancial o esencial. Jeremías había alertado sobre la perversión de las palabras del Dios vivo, del Dios de los ejércitos (Jeremías 23:36).

    Cuando se habla de la unión del hombre con la mujer para que sean una sola carne (Génesis 2:24), se está usando el vocablo ACHID. Es decir, que el hombre y la mujer siguen siendo hombre y mujer pero en el matrimonio serán una UNIDAD. Ya nos referimos a Abraham (Génesis 22:2), quien fue ordenado para tomar a su hijo, su únicoYACHID, para ofrecerlo en holocausto. Si los judíos entendieron mal esta señal lingüística lo hicieron por el desvarío que debían sufrir de acuerdo a la profecía. No obstante, a nosotros los creyentes nos toca la tarea de juntar las partes, de estudiar los textos y de encontrar el desliz de las traducciones que ofrecen negligencia o mala intención.

    Algunos estudiosos refieren que ese descuido en la traducción de esos dos términos se originó con Maimónides. En sus artículos de fe correspondientes a su liturgia (judía), estaba la confesión: Yo creo con una fe perfecta que el Creador es Uno (YACHID). Más allá de estos dos términos, existe gran cantidad de pasajes bíblicos que nos hablan de las tres personas divinas. Resulta impactante leer Isaías 6, cuando Dios pregunta en singular y de inmediato pasa a un plural: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Vemos dos sujetos en esa interrogante múltiple (Isaías 6:8).

    Si leemos Juan 12:38 nos encontraremos con la referencia de Isaías. Dice el evangelista: para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, que dijo: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor? En Isaías es el Padre quien habla y hace la pregunta (en singular y plural), pero en Juan es Cristo también llamado Señor. En Hechos 28:25, Pablo habla del profeta Isaías diciendo que a través de él había hablado el Espíritu Santo. En síntesis, de acuerdo al libro de Isaías era el Padre hablando, pero según dijo Juan en su evangelio se refería al Hijo. Ahora, con Pablo ante muchos incrédulos, fue el Espíritu Santo el que habló por medio del profeta Isaías. No hay confusión, simplemente un Dios en unidad.

    Según el Génesis 18, Dios se revela a Abraham. Dice la Escritura que Jehová se apareció a Abraham y que él miró y vio a tres personas de pie sobre él. De esa forma Abraham se arrodilló para adorar con las palabras mi Señor (no mis señores). A lo largo del relato ellos hablan con él como si ellos fueran una unidad (no se dice que el varón uno dijo algo, el varón dos otra cosa y así el varón tres). Ellos hablan como Jehová recordándole a Abraham, y a nosotros, que para Dios no hay nada que sea difícil (Génesis 18:14). Los visitantes aparecieron como tres varones pero Abraham se dirigía a ellos en singular (mi Señor).

    Isaías 63: 7-11 menciona a Jehová, el Dios de Israel, al ángel de su presencia quien los salvó (su Salvador), pese a que el pueblo fue rebelde e hizo enojar su Santo Espíritu. Vemos que sí hubo mención suficiente de estas tres personas, pero fue una revelación progresiva que estuvo como un misterio, hasta que Jesucristo habló ampliamente acerca del Parakletos que enviaría para nosotros. Pese al misterio, en el bautizo de Jesús lo contemplamos a él como al Hijo amado, en quien el Padre tiene complacencia, de acuerdo a la voz que se oyó del cielo. De inmediato vino el Espíritu en forma de una paloma y se posó sobre él (Juan 1:33; Mateo 3:13-17).

    Otro texto imperante en el Antiguo Testamento dice lo siguiente: Acercaos a mí, oíd esto: Desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su espíritu (Isaías 48:16). Jesús es quien habla, diciéndonos que estaba desde el principio (como lo revela Juan 1:1-3); fue enviado por Jehová el Señor (el Padre), y por su Espíritu (Espíritu Santo). Bien dice la Escritura, que no seamos incrédulos sino creyentes. Existe un libro que recomiendo al respecto: The Trinity, de Loraine Boettner, en monergism.com totalmente gratis.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • SOBERANIA DEL DIOS NO CONOCIDO

    Pablo una vez predicó en el Areópago griego y se refirió al monumento que tenían los helenos al Dios no conocido. Por si acaso hubiera otro dios, los griegos no querían dejar de venerarlo, por lo cual le construyeron su recordatorio. De ese Dios iría a hablarles el apóstol, pero la multitud quedó sorprendida cuando se refirió a la resurrección. Dice la Escritura que apenas unos pocos llegaron a creer. Bien, hoy día no parece diferente, muchos oyen del Dios de la Biblia pero siguen desconociéndolo, ya que lo tienen por impotente o por reverente de la soberana voluntad humana.

    La Biblia, sin embargo, asegura que nuestro Dios está en los cielos y ha hecho todo cuanto ha querido (Salmos 115:3; 135:6). El autor de los Proverbios nos refiere a los planes que el hombre hace en su corazón, los que no pueden detener la prevalencia del consejo divino (Proverbios 19:21). El profeta Isaías habla por Dios: Jehová de los ejércitos juró diciendo: Ciertamente se hará de la manera que lo he pensado, y será confirmado como lo he determinado…Porque Jehová de los ejércitos lo ha determinado, ¿y quién lo impedirá? Y su mano extendida, ¿quién la hará retroceder? (Isaías 14: 24-27). Esta afirmación del profeta coloca de relieve que no existe nada por casualidad, que todo cuanto acontece sucede porque Dios lo ha diseñado de esa manera.

    Sabemos que la crucifixión de su Hijo fue planificada por el Padre, que todo cuanto hizo Poncio Pilatos, junto a los gentiles y el pueblo de Israel, fue determinado de antemano para que fuese hecho. En cuanto a los hijos de Dios, la Biblia menciona en muchos lados que fuimos escogidos por Dios desde el principio para salvación, por el Espíritu y por el creer en la verdad (2 Tesalonicenses 2:13). Hemos sido llamados mediante el evangelio de verdad, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

    Sepamos que el Señor nos llamó con llamamiento santo, no de acuerdo a nuestras obras, sino de acuerdo al propósito suyo y a su gracia, la cual nos fue dada en Cristo Jesús desde el principio del tiempo. ¿Qué sucede, entonces, con aquellos que no recibieron el amor de la verdad para ser salvos? Ellos no fueron llamados eficazmente, ni se les dio la fe de la que siempre carecen (2 Tesalonicenses 2:10-14; 2 Timoteo 1:9). Pese a ser portadores del pecado de Adán, de la corrupción original, de nuestras actuales transgresiones, al recibir el llamado del Señor hemos sido colocados en las manos del Padre y del Hijo para nunca perecer. Esto fue decretado desde la eternidad, ya que la salvación fue ordenada para el pueblo de Dios desde antes del llamamiento.

    Este llamamiento se basa en el trabajo de Jesucristo, no en nuestras obras. No llama Dios a todo el mundo por igual, sino que a unos ordena para muerte eterna (como a Esaú) y a otros para redención perpetua (como a Jacob). Por supuesto, los ordenados para vida eterna hemos de oír el evangelio de verdad y de recibir al Señor, pero ese trabajo lo realiza el Espíritu Santo quien nos hace nacer de nuevo. Nuestras obras buenas o malas no son el motivo del llamamiento del Señor, ni de la condenación del Señor (Romanos 9:11-18). No ayudamos en lo más mínimo en el trabajo de Cristo, ni antes ni después de su llamado. Antes porque estábamos muertos en delitos y pecados, con obras muertas en forma permanente; después, porque nuestras obras son fruto de su gracia que nos ha llamado y nunca su causa.

    La gente de la religión llamada cristianismo desconoce en gran medida que hemos sido llamados de acuerdo al propósito y a la gracia del Señor. Ese desconocimiento los denuncia como personas que todavía no han conocido el verdadero evangelio, ya que el Señor no salva a una oveja dejándola en la ignorancia. La Biblia asegura que el Espíritu nos conduce a toda verdad, ayudándonos aún en nuestras oraciones a pedir lo que conviene. Muchos pasan por alto lo que el Señor dijo a una multitud de discípulos que lo seguían por mar y tierra. En Juan 6:44 comprobamos que ninguno puede ir a Jesús si el Padre no lo envía, para que sea resucitado en el día postrero (en la primera resurrección).

    Los que niegan la doctrina de Cristo no lo aman (Juan 8:42-44). Ellos no entienden el lenguaje de Jesucristo, ya que son de su padre el diablo. Siguen al padre de la mentira para hacer su voluntad, para torcer las Escrituras que no soportan oír. Estas personas no tienen ni al Padre ni al Hijo, aunque se proclamen creyentes en Cristo, aunque se vistan con la verdad. Tienen el alma turbada y quieren que el Señor les diga que está de acuerdo con sus pensamientos, pero él ya ha hablado y le ha dicho a todo este tipo de personas que ellos no pueden creer porque no forman parte de sus ovejas (Juan 10:26). Ese es el Dios no conocido por muchos.

    Saulo respiraba aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, pero en ese camino de persecución de la iglesia de Cristo fue rodeado repentinamente por un resplandor de luz del cielo. Ese es el mismo resplandor que nos llega cuando somos llamados en forma eficaz, cuando el Señor nos habla por medio de su evangelio. Saulo perseguía a Jesús persiguiendo a los creyentes, dando coces contra el aguijón. Cuando el Señor habla caemos de nuestra altura y nos disponemos a hacer su voluntad (¿Qué quieres que yo haga?: Hechos 9:1-6).

    Resulta que para los que creemos Jesús resulta precioso, ya que somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios. Es por esta razón que anunciamos las virtudes de Jesucristo, el que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Pero para los que no creen (ni jamás creerán), Jesús es la piedra desechada por los edificadores, la cabeza del ángulo de la construcción que no fue tenida en cuenta. Esa piedra deviene en tropiezo, una roca que hace caer, al tropezar en la palabra, por causa de la desobediencia, para lo cual fueron destinados (1 Pedro 2:7-9).

    El Dios no conocido está descrito en Efesios 1:3-11, cuando habla del Padre de nuestro Señor Jesucristo, el que nos escogió en Cristo desde antes de la fundación del mundo (no cuando llegamos a creer, no basado en obras que no teníamos). Es el Dios que nos predestinó para ser adoptados hijos suyos, según el puro afecto de su voluntad (no según nuestra obras de aceptar o rechazar). Nos hizo aceptos en el Amado para alabanza de la gloria de su gracia (no para alabar nuestra voluntad o albedrío). En Cristo hemos tenido herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad. ¿Conoces a este Dios?

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA EXISTENCIA EN EL MUNDO

    Estamos en el mundo pero no somos del mundo. Esta premisa bíblica nos ayuda a entender las circunstancias que atrapan nuestros sentidos; en ocasiones nos sumergimos en el pesimismo proveniente de las noticias propias del día a día. No olvidemos que la naturaleza humana se presenta caída, sumergida en eso que la Biblia dio por llamar estado mundano. Hemos de ir hacia el sentido griego del vocablo Cosmos, el orden de las cosas; el conjunto ordenado, la perfección frente al Caos, que nos da a entender la confrontación entre estos dos antagónicos. La idea del Antiguo Testamento relatada en el Génesis nos anuncia el Orden frente al Caos. En el principio creó Dios los cielos y la tierra; y la tierra estaba desordenada y vacía. Entonces, el Dios Creador ordenó el Caos creado.

    La cultura romana toma del griego el sentido del Kósmos (κόσμος) como perfección. Lo traduce como Mundus, dándonos a entender el conjunto ordenado, lo limpio, el orden frente al caos. La palabra inmundo implica estar sin mundo, sin orden, sin limpieza. Lo más putrefacto en el Antiguo Testamento para el mundo judío consistía en tocar un cadáver (Levítico 11 y Deuteronomio 14); la muerte es sin duda el caos frente a la vida. Jesús describe el espíritu inmundo que sale del hombre, que anda por lugares secos, buscando reposo; no hallándolo, intenta volver a la casa de donde salió. Al llegar, la encuentra barrida y adornada (Lucas 11:24-36). Jesús continúa su relato diciéndonos que ese espíritu inmundo toma otros siete espíritus peores que él y al entrar en aquel hombre todo lo destruye: el postrer estado llega a ser peor que el primero.

    Esta admonición nos dejó el Señor, para ilustrar el riesgo que corremos los creyentes si miramos hacia lo inmundo. Curioso puede resultar la conjugación entre el orden y lo extremadamente sucio, ¿cómo pasamos de un mundo de orden a un mundo de desorden? Tenemos que entender el concepto de pecado que nos fue enseñado en las Escrituras; el errar en el blanco, el no atinar en lo correcto se define como la equivocación del ser humano. Caída por completo toda la humanidad en Adán, ella está muerta en delitos y pecados. Es decir, el mundo como sede del principado de Satanás dejó de ser un orden para volverse un caos. El pecado contamina lo limpio y lo vuelve sucio, absolutamente inmundo.

    Interesante que en la visión bíblica el mundo dejó de ser el lugar limpio creado por Dios para representar el sitio sucio donde Satanás gobierna. En el mundo tendréis aflicción; el mundo ama lo suyo y odia a Dios; no améis el mundo, ni las cosas que están en el mundo; el mundo pasa y sus deleites, etc. La belleza y armonía que vemos a diario en la naturaleza es simplemente el residuo de aquella hermosa creación incontaminada que un día vivieron nuestros padres Adán y Eva. Pero la Escritura nos habla de un cielo y tierra nuevos, de la destrucción de esta tierra.

    Ya hubo una muestra de ello con el diluvio universal; el Señor es descrito de forma antropomórfica como quien se arrepiente de haber creado al hombre (Génesis 6:6-7). Dios se comunica con nosotros por medio de figuras antropomórficas, por lo cual se usa el término arrepentir para expresar su lamento por el pecado. En Jeremías 18:8 dice el Señor: Pero si esos pueblos se convirtieren de su maldad contra la cual hablé, yo me arrepentiré del mal que había pensado hacerles. Sin embargo, sabemos que en Él no hay mudanza alguna, ni sombra de variación (Santiago 1:17). Así que esas figuras antropomórficas intentan darnos a conocer el repudio que Dios siente por la contradicción humana frente a sus mandatos.

    Naham es la palabra hebrea traducida como arrepentir en el texto en referencia, pero que en realidad significa lamentar, doler. En otros términos, al Señor le dolió haber hecho al hombre que se entregó por completo a lo inmundo, hasta convertir su orden en un caos moral. Tanto fue este esfuerzo humano en entregarse al error que llegó a transformar lo limpio en lo sucio. El mundo dejó de ser el lugar del orden moral de las cosas, para significar todo lo opuesto: el mundo es inmundo. Después del diluvio la gente siguió incrementando su maldad, hasta encontrarnos nosotros en presencia de un mundo donde la maldad ha crecido desmedidamente.

    Recordar que la gracia nos fue dada sin miramientos a nuestra conducta nos debe brindar alegría. Si por nosotros fuera, nadie sería salvo. Dios nos dio la salvación por medio de la fe, pero todo fue de gracia. No es de todos la fe, dice la Escritura (2 Tesalonicenses 3:2), sino que la fe es un don de Dios (Efesios 2:8). Sin fe resulta imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6), de manera que Dios se lleva toda la gloria en esta redención tan grande. Nos toca seguir viviendo en este oficio del servicio al Creador, para que la vida resulte placentera y para que el mundo sea vencido en nosotros.

    Jesús le dijo a un grupo de discípulos que lo seguían por mar y tierra, los cuales se habían beneficiado del milagro de los panes y los peces, que ninguno podía venir a él si el Padre no lo traía. Es decir, el deseo humano no basta para seguir a Jesús; esa gente se retiró con murmuraciones contra Jesús, y decían: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? Esta palabra de la absoluta soberanía de Dios es dura para muchas personas, pese a que manifiestan una alegría al darse cuenta de lo sano que resulta el evangelio. Les sucede como a aquellos reseñados en la parábola del sembrador: algunas semillas brotaron pero ciertas circunstancias pusieron de manifiesto que no tenían raíz profunda. Solamente prosperaron aquellas plantas sembradas en el buen terreno preparado (por el Padre).

    Esto lo enfatizó Jesús cuando le dijo a la multitud que lo seguía lo siguiente: Escrito está entre los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí (Juan 6:45). Estos sí que tienen raíz que resista las vicisitudes del entorno, por lo cual serán llamados bienaventurados. Dios enseña de muchas maneras, pero la forma especial para conducir a la redención eterna viene dada por el evangelio (Juan 17:20). Jesús alabó al Padre por haber escondido las cosas del cielo de los sabios y entendidos, y por haberlas revelado a los niños. De inmediato se dirigió a algunos y les señaló que si estaban trabajados y cansados que fueran a él. Resulta evidente que ese llamado no iba dirigido para aquellos a quienes se les había ocultado las cosas del reino de los cielos (el evangelio) por parte del Padre.

    Somos beneficiarios de excepción los que hemos recibido el llamamiento de gracia, los que hemos aprendido del Padre. Somos felices los que hemos sido perdonados, los que sin siquiera haber buscado a Dios fuimos hallados por Él. Recibimos a Cristo y le amamos porque él nos amó primero. Esaú no fue amado por Dios en ningún momento, por lo cual el objetor señala a Dios como culpable de juicio. La Escritura condena al objetor y le recrimina su osadía de discutir con el Todopoderoso. De inmediato lo compara con una olla de barro hecha por el alfarero, el cual tiene potestad para hacer vasos de honra y de deshonra.

    Todos los que hemos sido redimidos aceptamos esta palabra sin prejuicio, sin insistir en torcerla para hacerla más flexible. Dios es soberano y ha creado todas las cosas como las vemos, Él reclama haber hecho el bien y haber creado la calamidad, como bien lo señalan Isaías, Jeremías, Amós y tantos otros profetas. El día que se comprenda quién tiene el control absoluto de su creación, habrá paz para el que ha creído y estudia la palabra de Dios. Vivir en contradicción con lo que ella enseña implica permanecer en lo inmundo, o en el mundo regido por Satanás.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • PACTO ETERNO

    En Jeremías 32 leemos sobre un pacto que haría el Señor con su pueblo; aunque se refiera al Israel escogido, nosotros como creyentes en Cristo formamos parte del Israel de Dios. Ese pacto nos concierne, como bien dijera el apóstol Pablo: No todo Israel sería salvo, sino los escogidos, ya que en Isaac sería llamada la Simiente que es Cristo. Bueno, ese pacto eterno consistiría en colocar en nuestros corazones el temor de Dios para que nunca nos apartemos de Él. Dice el verso 41: Y me alegraré con ellos haciéndoles bien, y los plantaré en esta tierra en verdad, de todo mi corazón y de toda mi alma.

    Dios es amor (1 Juan 4:8), en relación con sus hijos. A Jacob amé, dice la carta a los romanos, dándonos a entender que es su voluntad lo que lo dispuso a amarlo aún antes de que fuera concebido o de que hiciera bien o mal. Juan continúa escribiéndonos y asegura que amamos al Señor porque él nos amó primero. Esta premisa debemos conservarla en todo momento del recorrido bíblico, ya que sin ese amor no pudiéramos amar a Dios (1 Juan 4:19). Dice el Salmo 25:10: Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad, para los que guardan su pacto y sus testimonios.

    Sabemos que el pacto eterno que el Señor ha hecho con nosotros como su pueblo ha consistido en colocar en nuestros corazones el temor necesario para guardar su pacto y sus testimonios. Dios escogió a Israel (lo cual se hace extensivo a los creyentes en Cristo) por causa de su amor, no por nuestras cualidades (Deuteronomio 7:7-8). Allí está la gracia de Dios, la cual implica plena libertad en Él para escoger de acuerdo al propósito de su voluntad. De la misma masa escogió a Esaú y a Jacob, para que no se atribuyera alguna cualidad negativa o positiva en el acto de escoger que tiene como Elector (Romanos 9:11-18).

    Por la gracia de Dios fuimos amados antes de ser llamados, sencillamente porque Él es Dios y no cambia. Y por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, así que si el Señor de los Ejércitos se ha propuesto algo nadie puede anularlo (Isaías 14:27). Sin embargo, esa gracia debe ser bien entendida por nosotros sus hijos; no se trata de que por la elección seremos salvos de cualquier manera, ya que existen los mecanismos exclusivos de su decreto eterno e inmutable.

    Por la palabra del evangelio hemos de oír para tener la fe que recibe la bendición del llamado eficaz. Conocemos que el llamamiento es para santidad, de manera que no podemos vivir en la inmundicia; ciertamente, el pecado nos acompaña a lo largo de nuestra existencia en este mundo y estamos sometidos a nuestro cuerpo de muerte, pero se nos exige batallar para hacer morir las obras de la carne. Dios al que ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. Conoce el Señor a los que son suyos; apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo (2 Timoteo 2:19).

    Una frase de Santiago en el Concilio de Jerusalén nos recuerda lo que implica la soberanía absoluta de Dios: Conocidas son a Dios todas las cosas desde el principio (Hechos 15:18). Sabemos que Dios conoce porque planifica, porque decreta lo que habrá de acontecer, no porque averigua el futuro. En su decreto o voluntad eterna quiso reservarse para Él a un pueblo que amó eternamente; así dentro de los judíos como dentro de las demás gentes (gentiles). En tal sentido no hay acepción de personas, pero en cuanto a su voluntad sigue existiendo una gracia absoluta para un determinado pueblo escogido.

    De hecho, el Mesías que vendría debía morir para salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), no para salvar a todo el mundo, como bien se atestigua por otro texto: Juan 17:9. Jesús salvó a todos los que el Padre le dio y a los que le daría después por la palabra de sus apóstoles (Juan 17:20). Dios conoció de antemano a un pueblo, es decir, lo amó. Sabemos que el verbo conocer en la Biblia tiene también esa acepción de comunión íntima; por lo tanto no se puede decir con veracidad que Dios conoció a alguien porque averiguó sobre esa persona. Dios conoce todo porque es Omnisciente, por lo tanto no necesita llegar a conocer. También la Escritura afirma que cuando Dios miró hacia los hombres no halló ni uno solo justo, ni quien lo buscara, ni quien hiciera el bien. De manera que esa escogencia que hizo no se fundamentó en cualidades morales particulares de sus futuros escogidos.

    Pablo escribe en Romanos 8 que a los que Dios antes conoció (amó) también los llamó de acuerdo a su propósito. Fuimos amados (conocidos) y predestinados, para ser conformes a la imagen de su Hijo; a estos mismos llamó eficazmente para justificarlos en Cristo, y asimismo los glorificó. Pablo asegura que todas las cosas nos ayudan a bien, a los que fuimos llamados conforme a su propósito, los que amamos a Dios, los que como dice Juan lo amamos porque Él nos amó primero. Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? Nadie nos podrá acusar ni condenar, nadie nos podrá separar del amor de Cristo: Somos más que vencedores en cualquier tribulación que tengamos.

    ¿Cuándo fuimos escogidos por Dios para salvación? Desde el principio. ¿Cuál es ese principio? Antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4), según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:5). Esto ocurrió para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (el Elector) (Romanos 9:11). Así que nadie puede arrogarse un ápice de buena obra, ni siquiera suponer que su decisión de recibir a Cristo nace de su corrupta naturaleza. Simplemente, si Dios nos amó primero podemos amarlo en consecuencia. Pero no aconteció lo mismo con Esaú, como bien señala el texto de Romanos citado; él fue odiado desde siempre, sin mirar en sus malas obras, para que el propósito quedara en las manos del Elector y no de la criatura.

    Ante esta revelación bíblica, Pablo se pregunta retóricamente, en boca de un objetor figurado, si Dios es injusto, el porqué Dios inculpa, ya que nadie (en este caso Esaú) puede resistirse a la voluntad de Dios. Es decir, Esaú vende su primogenitura y desprecia el acercarse a Dios porque Dios no lo amó nunca sino lo odió. Pero Pablo responde de inmediato que no podemos imaginar siquiera en la injusticia divina, sino en el acto del Dios soberano, ese Dios del que casi nadie habla porque el mundo no lo soporta. El mundo puede tolerar a un Dios bonachón, cercano y democrático, que cree en la meritocracia, que celebra el libre albedrío humano, que hace al hombre libre e independiente de Él como Creador. Pero al Dios soberano que ama a unos y odia a otros sempiternamente no lo tolera.

    El mundo está abierto a recibir el otro evangelio, el anatema, antes que al verdadero Dios revelado en su palabra. Nosotros sabemos lo difícil que resulta recibir esta palabra que es la más simple, la más plana, la que siempre ha estado ahí en las páginas de la Biblia. Esta palabra es la más racional, la que da respuesta a todo cuanto acontece, la que el mismo Dios ha hablado por boca de sus profetas: ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3:38). Yo he creado la luz y la oscuridad, yo hago el bien y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto (Isaías 45:7). ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6).

    Si no aceptamos todo el consejo de Dios, estamos haciendo interpretación privada de su evangelio. Pese a la dificultad, al llegar a creer el Espíritu Santo continúa guiándonos a toda verdad, para que no seamos indoctos e inconstantes en aquellas cosas abstrusas de entender. Al comprender esta doctrina del Señor, estaremos capacitados para discernir cada detalle de este mundo disparatado que vemos a diario. Sabemos que no existe una lucha entre el bien y el mal, en una suerte de maniqueísmo metafísico, sino que el plan de Dios se cumple al calco de acuerdo a todo lo que han dicho sus profetas.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LLAMADO AL ARREPENTIMIENTO

    Nuestra predicación va dirigida al mundo, a aquellas personas que padecen el castigo natural del príncipe que gobierna en las potestades de las tinieblas. Tal vez muchos piensen que esto obedece a un mito medieval, como si la figura del diablo se hubiese inventado en la Edad Media; otros opinarán que el cuento de la fe surge por causa de los ignorantes. Bien, proseguimos con el anuncio de la promesa divina, de salvar a todas las ovejas que el Padre le dio al Hijo. En un mundo donde la proporción entre cabras y ovejas no parece equitativa, el aviso parece perderse en medio de una multitud ciega y sorda.

    No obstante, la palabra de Dios cumple aquello para lo que ha sido enviada. En unos opera el arrepentimiento para perdón de pecados, pero en otros genera endurecimiento mayor para perdición eterna. En ambos casos Cristo es glorificado, sea en el olor de muerte para muerte o en el olor de vida para vida. Nosotros cumplimos con la gran comisión, la de salir por todo el mundo para predicar este evangelio, con el propósito de dar testimonio a todas las naciones.

    Cuando Dios salva a un pecador, ocurren cambios maravillosos y sorprendentes en esa persona transformada por el Espíritu Santo y la palabra de Dios. Pablo dejó de ser Saulo de Tarso, el perseguidor de los creyentes; Zaqueo quiso resarcir el daño causado con su abuso usurero (Lucas 19:8); Isaías era un joven cuando dijo: Heme aquí, Señor, envíame a mi. Samuel era un jovencito (quizás de 12 años) cuando oyó la voz de Dios que lo llamaba, por lo cual dijo: Habla, Señor, que tu siervo oye (1 Samuel 3:10). El que ha sido perdonado por el Señor se coloca a su disposición, para servicio perenne.

    El cambio en el pecador redimido obedece al inevitable fruto de justicia que le ha sido concedido. Esto se puede llamar conversión, una vez que se ha recibido el don de la fe. Dice la Escritura que la salvación, la gracia y la fe son un regalo de Dios (Efesios 2:8). El cambio de mentalidad del pecador arrepentido y convertido lo lleva a reconocer que Dios es soberano en forma absoluta, que él no es más que una criatura impotente a quien se le concedió gracia. Imposible que crea ya en un falso evangelio, dado que el mismo Señor lo ha afirmado de esa manera: Que sus ovejas oyen su voz y le siguen, pero no se irán más tras el extraño porque no conocen la voz de esos extraños (Juan 10: 1-5).

    Resulta imposible para un convertido por el poder del Señor y de su evangelio que crea un evangelio diferente. Pablo lo dijo, quien tal hace es por naturaleza un anatema (maldito); por lo tanto, lo que de Dios nace permanece para siempre. No podrá el nuevo creyente decir que su conversión se debe a la gracia divina y a su astucia y voluntad en recibirla, ya que eso significaría un trabajo conjunto entre Dios y el pecador. Dios ha descrito a toda la humanidad caída como muerta en delitos y pecados, incapaz de buscarlo y de desear lo bueno. Al mismo tiempo se guarda su gloria para Él mismo, sin compartirla, sin darla a otro, de manera que el convertido no podrá atribuirse ni un ápice de su nuevo estatus a su propia disposición.

    Es Dios quien ama y odia, pero nunca a la misma persona sino a personas diferentes. A Jacob amó, pero a Esaú odió; esto no sucedió por causa de las obras de uno u otro sino por causa de la decisión de quien elige. Sabemos que esta doctrina causa pánico en algunos que más o menos la comprenden, si bien en otros genera una repulsión natural e instantánea. Dios es injusto, dicen muchos, pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? Pablo también respondió a a esa interrogante y dijo que Dios no es injusto en ninguna manera, sino que el ser humano no es nada delante del Creador. Somos polvo, barro en manos del alfarero que hace vasos de honra y de deshonra de la misma masa.

    ¿Cómo podremos discutir con Dios? ¿Quién puede alegar algo para contrariarlo? El que habla palabras contra el Altísimo se une al mandatario que hablará en contra de Dios, para quebrantar a los santos del Señor (Daniel 7:25). Hoy día observamos mucha gente unida para preparar el camino de su señor, en el intento de confirmar un pacto que vendrá muy pronto: es el pacto del desolador, el que viene con la muchedumbre de sus abominaciones (Daniel 9:27). Los falsos evangelios, las interpretaciones privadas de la palabra de Dios, procuran desvirtuar el conocimiento de la Persona y del Trabajo de Cristo. Jesucristo es el Hijo de Dios, Dios eterno quien también ha creado todo cuanto existe (Juan 1: 1-3), pero también dio su vida en rescate por muchos (Isaías 53.11), habiendo muerto por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9), sino solamente por aquellos que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de sus discípulos. Es decir, se subraya el hecho de que la palabra corrompida del evangelio espurio no redime ni un alma. Cuando Dios va a salvar a un pecador lo hace por medio de la predicación de su evangelio, atándolo con cuerdas de amor como dice Oseas 11:4. Las buenas nuevas de salvación están condicionadas únicamente a la sangre derramada en la cruz por Jesucristo, así como a su justicia que se nos imputa. El pecador redimido cree el verdadero evangelio de salvación porque la redención es un acto consumado en la cruz pero aplicado al creyente desde su conversión. No existe salvación progresiva ni potencial, sino actual e inmediata.

    El pecador convertido no solo renuncia a su vida de pecado sino que tiene como pecado el haber creído en un dios diferente al de las Escrituras. Toda aquella idolatría que se forjó en cuanto imaginó lo que debería ser Dios es dejada de lado, para pasar a creer en el Todopoderoso y absoluto soberano Dios de la Biblia. El apóstol Pablo nos lo ha confirmado con su ejemplo, diciéndonos que tuvo como pérdida toda esa forma previa de religión que cultivó mientras andaba en otras creencias. Lo que para él era ganancia lo estimó como pérdida por amor de Cristo. La excelencia del conocimiento de Cristo lo condujo a perder todo, y a tener su grandeza de fariseo y doctrina errática como basura, con el fin de ganar a Cristo. Desechó su propia justicia (que siempre es por ley) para abrazar la justicia que es por la fe de Cristo (Filipenses 3: 7-9).

    Fijémonos en el significado de justicia que creyó antes de su conversión, una justicia derivada de la ley de Dios, del hacer y no hacer, del procurar méritos para alcanzar un visto bueno del Señor. Después de su conversión esa visión de justicia propia fue declarada basura, para poder disfrutar de la justicia de Dios que es por la fe de Cristo. ¿Cuál es esa justicia? Que todos los que Cristo representó en la cruz fuimos declarados justificados por Aquél que es Dios Justo que justifica al impío. Esta justicia no la recibirá el mundo por el cual Jesús no rogó la noche previa a su expiación (Juan 17:9).

    Creer un falso evangelio que le dice que Cristo murió por todos, sin excepción, porque Dios es equitativo e inclusivo, implica asumir un evangelio abominable. El falso evangelio solo atestigua de sus seguidores como todavía muertos en delitos y pecados, por más teoría religiosa que se pretenda aprender. Las obras muertas conducen a mayor muerte. La moral, las obras religiosas, el celo por Dios, todo ello puede ser signo de muerte si no se tiene la justicia de Dios que es Cristo (Romanos 10:1-4).

    A la pregunta que alguien le hizo al Señor, de si eran pocos los que se salvaban, respondió: Esforzaos a entrar por la puerta angosta, porque os digo que muchos procurarán entrar y no podrán (Lucas 13:23-24). En otra oportunidad, habiendo oído al Señor le dijeron: ¿Quién, pues, podrá ser salvo? Él les dijo: Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios (Lucas 18: 26-27). Entendemos por la respuesta de Jesús que la salvación resulta imposible para los hombres, de manera que nadie podrá añadir a su estatura un codo, nadie podrá redimir el alma de su hermano ni la suya propia. Así que todo depende de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece al que quiere endurecer.

    Resulta placentero no adulterar la palabra de Dios, sino manifestar la verdad. Aún así, cuando predicamos el evangelio y no se entiende o no se soporta, comprendemos que ese evangelio está encubierto entre los que se pierden. El dios de ese siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios (2 Corintios 4: 3-4).

    César Paredes

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  • LA SANGRE DE LOS CORDEROS

    En la Biblia, la sangre de los corderos tiene varios significados simbólicos. En el Antiguo Testamento, la práctica de sacrificar corderos y rociar su sangre se asociaba con la expiación de pecados. Por ejemplo, en la celebración de la Pascua judía, la sangre del cordero sacrificado se usaba para marcar las puertas y proteger a los israelitas de la plaga enviada por Dios. Esa sangre de los corderos anunciaba la sangre del Señor Jesucristo significando que Dios pasaría por alto el castigo a esa casa donde se untara su sangre.

    Además, en el Nuevo Testamento, se considera que Jesucristo es el Cordero de Dios, cuya sangre fue derramada como sacrificio para redimir los pecados de la humanidad. Por lo tanto, la sangre de los corderos en la Biblia simboliza tanto la expiación de pecados como el sacrificio necesario para la salvación espiritual. Sabemos que la sangre no fue puesta en las puertas de las casas egipcias, sino solamente en las de los israelitas. Allí vemos una restricción absoluta en la aplicación de ese perdón, de manera que los universalistas que generalizan en base al derramamiento de la sangre de Cristo tienen allí un freno bíblico para detener sus pretensiones.

    Por otro lado, ningún israelita pagó con sus obras ese favor de Dios. La razón descansa en que la sangre de Cristo (el Cordero de Dios) resulta suficiente para el perdón divino; de hecho, Jesús en la cruz exclamó: Consumado es (Tetélestai). Su trabajo fue suficiente en tanto Dios es perfecto, así que el Señor salvó a todo su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Ni uno más ni uno menos, simplemente no hay errores en la economía de la salvación.

    Acá volvemos por fuerza al tema de la predestinación, en una clara referencia de que Dios ha determinado de antemano el destino eterno de las personas. La interpretación bíblica nos señala que Dios eligió de antemano quiénes serían salvos, muy a pesar de que hay quienes sostienen que Dios elige en base a su conocimiento previo de quiénes escogerían aceptar su gracia. Se deduce que si la expiación universal fuera cierta, la sangre de Cristo por su eficacia debería alcanzar para que Dios pase por alto todos los pecados de todas las personas. Isaías nos lo aclara: Jesucristo (el siervo justo) vería del trabajo de su aflicción y quedaría satisfecho. Por su conocimiento salvará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11).

    El hecho de que Cristo quedara satisfecho con el fruto de su trabajo implica que no quiso alcanzar más de lo alcanzado. De hecho, él lo anunció la noche previa a su muerte, cuando oraba al Padre en el huerto de Getsemaní: No te ruego por el mundo (Juan 17:9); solamente rogaba por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por la palabra de sus apóstoles. ¿Por qué Jesús no rogó por el mundo? ¿Por qué habló en parábolas, para que no todo el mundo entendiera? ¿Por qué la expansión del evangelio fue circunscrita a unos lugares cercanos, antes que nada, y por tan solo 12 encomendados? ¿Por qué no envió ángeles a pregonar su anuncio por toda la tierra de ese entonces?

    La respuesta a todas esas interrogantes resulta obvia: Jesús no pretendió salva a más gente de la que conforma el pueblo elegido del Padre. Estamos ciertos en que lo que se propuso lo alcanzó, así que Jesucristo no salvó potencialmente a ninguna persona sino que en forma actual redimió a todo su pueblo. Esa redención se anuncia por la predicación del evangelio, dado que sus ovejas oirán su voz y le seguirán. No harán lo mismo las cabras, quienes se alimentan de falsos evangelios y anuncios espurios. Jesús no sufrió en forma potencial por almas potenciales, más bien su trabajo fue real y actual, con un castigo soportado en forma puntual. De esa forma se sabe que lo hizo por personas reales, cuyos nombres fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8).

    Si Dios hubiese visto en el túnel del tiempo quiénes se salvarían, no hubiese tenido que predestinar a los que ya estaban destinados por su sabiduría, humildad y reconocimiento. Más bien la Biblia nos declara que Dios afirmó que no hay justo ni aún uno, que no hay quien lo busque ni quien haga lo bueno. Dijo que todos los habitantes de la tierra estaban muertos en delitos y pecados, así que no pudo mirar en ese túnel del tiempo a alguien que estuviera dispuesto. La muerte espiritual deja a la gente en tinieblas y sin sentido de orientación, de manera que es por medio de la regeneración eficaz del Espíritu que nacemos de nuevo.

    Ese acto de nacer de nuevo no depende de la voluntad de la persona, como si ella pudiera razonar estando muerta. Depende únicamente de la voluntad del Espíritu de Dios (Juan 1:13; 3:3, 8). Por ello sabemos que los que hemos sido justificados por su sangre seremos salvos de la ira por medio de Él. Cada persona justificada por la sangre de Cristo es librada de la ira de Dios. Sabemos que muchos van a la perdición eterna, de manera que esas personas no fueron justificadas por la sangre de Cristo. Los que hablan de una expiación universal generalizada, potencial y no actual, se sorprenden por el hecho de que no todo el mundo es salvo. Entonces alegan que no quisieron salvarse, que se les dio su oportunidad, con lo cual validan las obras sobre la gracia.

    Obras sobre gracia existe cuando la voluntad de las cabras deciden cooperar sin saber quién es Dios; por ello se inventan un dios a su imagen y semejanza, que iguala a todos los seres humanos y se convierte en inclusivo. Ese dios no existe sino en la imaginación que genera el evangelio anatema, en la ficción de una teología antropocéntrica alejada de la soberanía absoluta de Dios. Olvidan que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer. Olvidan que Dios amó a Jacob y odió a Esaú antes de que hiciesen bien o mal, antes de ser concebidos. La Biblia nos dice la razón de esto: para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11).

    Si la sangre de los corderos hubiese sido colocada en todas las casas egipcias, no hubiese habido primogénitos muertos, pero sabemos que la gracia de Dios en ese entonces apuntó solamente al Israel de aquella época. De igual manera, Dios destruyó con el diluvio a millones de personas, pero salvó solamente a ocho personas. Por siglos su ley escrita estuvo particularmente destinada a un solo pueblo, si bien uno que otro gentil fue hecho partícipe de la didáctica divina de su evangelio. De igual forma, ahora nos hemos incorporado los gentiles al universo de redención, pero no son todos los gentiles como antes tampoco fueron todos los israelitas.

    Pablo lo declaró abiertamente: En Isaac sería llamada la simiente, la cual es Cristo (no todo Israel sería salvo, sino los llamados). Asimismo ahora, no todos los gentiles son llamados eficazmente. Dios es quien ha elegido, mientras a su iglesia le toca seguir anunciando este evangelio (la buena noticia de que Dios ha librado a su pueblo de sus pecados). Esa misión la tenemos hasta que el último de los con-siervos sea alcanzado.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EMPEZAR DE NUEVO

    David pregunta quién subirá al monte de Jehová, para estar en su lugar santo; la respuesta la da de inmediato: el limpio de manos y puro de corazón, el que no ha elevado su alma a cosas vanas ni jurado con engaño (Salmos 24: 3-4). Si prestamos atención a lo que dijo, sabemos que todos fallamos al respecto algunas o muchas veces en esta vida. Siempre hemos de empezar de nuevo, intentarlo una y otra vez, sin importar que nuestro saldo quede en rojo al final del día, del mes, del año. El hombre parece una máquina de hacer pecado, acostumbrado y dominado por la ley de sus miembros (Romanos 7). Pese a esa constante nos toca batallar a diario contra la carne, sin la angustia por causa de la derrota sufrida en muchas ocasiones.

    Pablo sufrió algo parecido, como nos lo cuenta en Romanos; así se sintió: un miserable que hacía lo que no quería, pero que no hacía aquello que debía hacer. Al final de su discurso dio gracias a Dios por Jesucristo, quien lo libraría finalmente de su cuerpo de muerte (ese cuerpo que participa del pecado). Somos seres carnales, vendidos al pecado (Romanos 7:14), con el pecado que nos domina (Romanos 7: 17). Pablo comprendió lo que nos sucede como creyentes, bajo la ley del pecado, pero no se conformó con el hecho de pecar sino que desmenuzó sus intríngulis. Existe una ley en nuestros miembros que se rebela contra la ley de nuestra mente, para llevarnos cautivos ante la ley del pecado que reposa en nuestros miembros.

    Esa saturación pecaminosa de la que estamos untados se asemeja a lo dicho por David en su célebre Salmo 51. Decía que su pecado estaba siempre delante de él, que había sido formado en maldad y concebido por su madre en pecado (Salmos 51:5). La súplica del rey se inicia con un clamor a la misericordia del Señor, seguida de la petición de la renovación de un espíritu recto dentro de él (Salmos 51: 1 y 10). Nos quedamos petrificados por la acción del pecar, así que tenemos que pedirle a Dios que abra nuestros labios de nuevo, para publicar la alabanza que de ellos emana (verso 15).  

    Como creyentes sabemos que estuvimos muertos en delitos y pecados, pero fuimos llevados a la vida por la gracia de Dios. Si Él no nos hubiese llamado con eficacia, estaríamos como los que son del mundo. Ahora que vivimos sabemos lo horrendo del pecado, de su molestia y de su fuerza. Por eso hemos de empezar de nuevo la caminata, sabiendo que tenemos un Dios al cual clamar como lo atestiguan Pablo y David, entre tantos otros escritores bíblicos. La justicia de Dios la vemos a través del trabajo de Jesucristo cumplido en la cruz. En ese lugar le fueron imputados al Hijo de Dios todos nuestros pecados, habiendo él sido castigado por nuestras culpas para que nosotros fuésemos declarados justos.

    Por estar en Cristo nos convertimos en nuevas criaturas (2 Corintios 5:17), estando conminados a ser compasivos, a amarnos fraternalmente unos a otros, siendo misericordiosos y amigables (1 Pedro 3:8). Nuestra lengua debe ser refrenada de hablar el mal, para poder ver días buenos (1 Pedro 3:10). De igual forma, al estar en Cristo sabemos que el Señor padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios (verso 18). Dios castigó a un hombre completamente inocente, su Cordero preparado para la expiación desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), para imputarnos después su justicia a nosotros. Esto lo hizo en los elegidos, pese a que seamos pecaminosos en carácter y conducta. En este punto hubo un encuentro entre la justicia de Dios (la cual es Jesucristo) y nuestra inmundicia (la cual fe quitada por su sangre). De esta forma lo leemos en el Salmo 85:10: La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron.

    Sabemos lo cierto que resulta el contenido de la palabra de Dios; por ello nos afianzamos en estas palabras: Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira (Romanos 5:9). Habiéndonos dado vida el Hijo, perdonándonos todos nuestros pecados (Colosenses 2:13), sabemos que podemos comenzar de nuevo. La misma Escritura nos lo recuerda una y otra vez: ¿Quién es el que condenará a los que aman a Dios? Cristo es el que murió y resucitó, el que intercede por nosotros a la diestra de Dios Padre (Romanos 8: 33-34). Somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (verso 37).

    Dios, hablando del Hijo, nos confirmó por medio de su profeta Isaías: Habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores, verá el fruto de su aflicción y quedará satisfecho. Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53: 11-12). Recordemos que Jesucristo al encarnarse se sometió plenamente a la ley de Dios, cumpliendo todos sus preceptos. Esto demandaba la ley divina dada los hombres, pero nadie la pudo cumplir a plenitud sino solamente el Hijo de Dios. Por eso se le llamó siempre como el Cordero sin mancha (el que no cometió pecado), como bien lo prefiguró David en otro de sus Salmos: El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón (Salmos 40: 8). De igual forma encontramos referencia en Isaías 50:5: Jehová el Señor me abrió el oído, y yo no fui rebelde, ni me volví atrás.

    Comenzamos de nuevo porque tenemos la confianza de la palabra de Dios; cada creyente conoce que si peca tiene un abogado para con el Padre, a Jesucristo el justo. Sabemos que el pecado es una infracción a la ley de Dios, pero Jesucristo apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él (1 Juan 3: 4-5). El pecado puede convertirse en una mala costumbre, generándonos inmenso dolor. No solo porque acarreamos sus consecuencias naturales, sino porque el Espíritu se contrista dentro de nosotros (Efesios 4:30). En otro tiempo éramos tinieblas, pero ahora somos la luz del Señor y como hijos de luz debemos andar (Efesios 5:8).

    Empezar de nuevo también se entiende como un privilegio que tenemos todos los que hemos sido redimidos por el Señor, una vez que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. Se nos garantiza la providencia del Omnipotente, con la motivación de quien nos ama con amor eterno. Esa es una razón de sobra para no participar más en las obras infructuosas de las tinieblas. Hemos de despertarnos y levantarnos de los muertos, para que Cristo nos alumbre de verdad. Por esta razón hemos de mirar con diligencia nuestra manera de andar, que no seamos guiados por la necedad sino por la sabiduría que viene de lo alto.

    Pablo nos recomienda que seamos entendidos en cuanto a conocer cuál es la voluntad del Señor para nosotros: No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones, dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo (Efesios 5: 18-20). Este camino tenemos como señal para andar por él, de manera que crezcamos en la gracia y en el conocimiento del Señor.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • ESTA CRUZ QUE OFENDE

    La roca de caída descrita por Pedro ha venido a ser también la cabeza del ángulo. Allí tropiezan muchos, millones de personas, las cuales fueron destinadas para golpearse contra ese obstáculo. Jesucristo como impedimento no suele ser visto ni predicado, pero así se descubre en las Escrituras. Recordemos, para empezar, el momento en que el Señor le dijo a su gente que hablaba en parábolas, para que no pudieran comprender aquellos señalados para tropiezo. El hombre natural rechaza el cristianismo, la doctrina de Jesucristo, aunque acepte algunos puntos que le parece como enseñanza humanista.

    Muchos andan como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo fin será perdición, cuyo dios es el vientre y cuya gloria está en su vergüenza, ya que piensan solamente en lo terrenal (Filipenses 3:18). La palabra de la cruz es locura a los que se pierden; en cambio, a los que se salvan es potencia de Dios (1 Corintios 1:18). La cruz de Cristo ofende el orgullo humano por cuanto dice que todo el mundo es pecador. Esa cruz avisa que nadie tiene suficiente poder para quitarse su propio pecado, así que ofende la voluntad humana al advertir que ese albedrío y cualquier esfuerzo resultan vanos. Pablo nos aclara en Gálatas 5:11 que su prédica del evangelio le ha traído persecución, ya que él con sus palabras no ha quitado el tropiezo (la ofensa) de la cruz.

    Hay quienes reciben la palabra con cierto gozo, pero les resulta en una profesión de fe que no transforma. Por esa razón sabemos que no han recibido al Dios de las Escrituras y se sienten vacíos; esta situación les induce a elaborar filosofías teológicas que mitigan la ofensa o el tropiezo que la cruz de Cristo supone. Poco a poco van construyendo un Cristo a su medida, una mezcla de falsos dioses aceptables ante la mayoría del mundo. Con ello la dureza de la cruz va cesando hasta encontrar eco en el resto de falsos creyentes como en cualquier otro incrédulo.

    La eficacia de la expiación resulta en el centro del evangelio; ese evangelio consiste en la promesa que Dios hizo a su pueblo para redimirlo. En Isaac sería llamada la Simiente, la cual es Cristo, quien sería puesto como señal de tropiezo a muchos y como redención a otros. La razón del nombre del niño por nacer, Jesús, se debía a su étimo, Jehová salva, porque esa persona salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Si Jesús murió conforme a las Escrituras, quiere decir que cumplió todo su cometido, por lo cual dijo en la cruz: Consumado es. De allí que no puede alegarse ineficacia en su redención, ya que un Dios perfecto hace su trabajo en forma eficaz.

    La sangre del Cordero sacrificado en el madero fue suficiente para salvar a todo su pueblo. No hay desperdicio en la economía divina de la salvación, ni uno más ni uno menos reciben el beneficio de la expiación. No existe expiación universal generalizada, simplemente Cristo murió por sus ovejas. Los cabritos quedan por fuera, no son llamados eficazmente, para que la gloria del hombre no aparezca como antagonista de la gloria del Hijo de Dios (Romanos 9:11).

    Por esa razón vemos que muchos religiosos del momento continúan ofendidos y trastabillando ante la roca de tropiezo puesta por Dios. El que cree el evangelio será salvo, pero el que no cree será condenado (Marcos 16:16). Al creer el evangelio estamos creyendo en Jesucristo, quien murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras (1 Corintios 15:3).

    La religión falsa del mundo supone que la diferencia entre cielo e infierno recae en la voluntad humana. Nada como el esfuerzo propio para alcanzar las cosas deseadas, pero en materia de redención la Escritura advierte que nadie es suficiente sino solo Dios. Así que Dios es quien establece la diferencia entre cielo e infierno, entre luz y tinieblas, entre muerte y vida. El hombre no podrá pagar siquiera por uno solo de sus pecados, pero muchos alegan que pese a ello Cristo pagó por todos los pecados de todo el mundo, sin excepción.

    Acá empieza uno de los largos caminos de perdición de la religión pseudo-cristiana. Ese falso sistema de salvación se apoya en un falso evangelio, que condiciona la redención a la voluntad humana. Es muy sencillo, si Cristo murió por todos, sin excepción, la razón de ir al cielo depende de nuestra decisión o voluntad. Por igual, los que van a condenación lo hacen en base a su propia decisión, ya que Dios les propició la salvación pero ellos no la aceptaron. Este sistema suena justo ante los ojos humanos, pareciera equitativo y sin discriminación. En realidad es una doctrina altamente humanista, la misma que ofrece Roma y su descendencia arminiana (rama del protestantismo que sigue a Jacobo Arminio con sus tesis contra la Biblia).

    Sabemos que Jesucristo no murió por todo el mundo, sin excepción, por cuanto la noche antes de su crucifixión, cuando oraba al Padre, afirmó que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). En otros momentos dijo a un grupo de judíos que ellos no podían ir a él porque no formaban parte de sus ovejas (Juan 10:26); esto nos da a entender que la condición de ser oveja precede al creer. Dijo también el Señor: El buen pastor su vida da por las ovejas…Yo pongo mi vida por las ovejas (Juan 10: 11,15).

    Ese buen pastor predicó a una multitud que lo seguía (una vez que habían participado del milagro de la multiplicación de los panes y los peces), diciendo que nadie podía venir a él, si el Padre no lo trajere (Juan 6:44). Un poco antes había afirmado que Todo lo que el Padre le da vendrá a él, y él no lo echará fuera (Juan 6:37). Al oír estas palabras, sus seguidores (llamados discípulos también) se ofendieron y comenzaron a retirarse murmurando de su doctrina. Entonces el Señor los increpó diciendo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65).

    La justicia de Dios condujo a Jesucristo a justificar a su pueblo. Es una justicia que vino como consecuencia de la justicia de Dios, quien no castigará dos veces por el mismo pecado pagado. Un vez castigó en Cristo los pecados de todo su pueblo, por lo tanto no demandará injustamente el castigo ya infligido a su Hijo en la cruz. Solamente nos castigará (azotará) teniéndonos como hijos cuando nos apartamos de sus normas.

    La justicia de Jesucristo nos ha sido imputada a nuestro favor, habiendo él tomado nuestros pecados para sufrir el castigo merecido por esas culpas. La palabra de Dios ha sido dada a su pueblo, a sus santos (escogidos), para que nos diga paz y nosotros no nos volvamos a la locura (Salmos 85:10). Pablo nos da la certeza de la redención en forma muy clara: Estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida (Romanos 5: 9-10).

    Romanos 8:28 al 39 ha sido etiquetado como la cadena de oro de la redención, en especial los versos 29 al 30. Conviene leerlos y aprender de ellos su esencia, para que no vacilemos con aquellos que son llevados por todo viento de doctrina. Ellos resultan ofendidos por la cruz de Cristo, pareciéndoles las palabras de Cristo duras de oír (Juan 6:60), pero nosotros somos llamados bienaventurados porque no desechamos la cabeza del ángulo sino que tenemos por fundamento a Jesucristo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org.

  • DOCTRINA PERNICIOSA

    El arminianismo se conoce como una doctrina perniciosa, a la luz de las Escrituras. Ella tiene el objeto de minar la enseñanza de la gracia soberana, hasta hacerla servidora de la voluntad humana. No pudiendo aceptar la tesis del Dios que elige de acuerdo al propósito de su voluntad, el arminiano (dependiente de la doctrina enseñada por Arminio) interpreta privadamente las Escrituras. Para lograr tal objetivo ha llegado hasta el descaro de afirmar que cuando la Biblia dice que Dios odia en realidad quiere decir que Dios ama menos.

    De esta forma, cuando encontramos textos referidos al conocimiento previo de Dios lo interpretan como un conocimiento anticipado, en base a lo que miró en el túnel del tiempo. Por esta vía niegan de hecho la Omnisciencia divina, ya que el dios en el que creen necesita averiguar el futuro en los corazones de los hombres. Hace de esta manera autónomo al ser humano, bajo el pretexto de que si lo viera en forma distinta supondría hacerlo un robot. La predestinación admitida por el arminianismo se fundamenta en el hecho de la previsión divina, conociendo Dios lo que acontece en los corazones de los que habrán de creer.

    En realidad, tal dios arminiano se nos muestra con mucha suerte. Tiene la suerte de que el ser humano, tan voluble en su estado de ánimo, mantenga impertérrito la decisión que Él descubriera al mirar en el túnel del tiempo. Es como si Dios adivinara el futuro en los corazones humanos, para luego dictárselo a sus profetas en un plagio sin igual, ya que ellos aseguran: Así dijo Jehová. Tal Jehová pudo decir tales cosas porque las recopiló al mirar el futuro en las mentes humanas. Como si viera a la humanidad deseando un Mesías para crucificarlo, por lo cual aprovechó tal descubrimiento para enviar a su Hijo a padecer la crucifixión prevista.

    Los arminianos también vienen disfrazados con la doctrina de la gracia soberana. Hay quienes claman tales doctrinas de la gracia pero predican una salvación generalizada, una expiación universal para que cada ser humano sienta que tiene una oportunidad que depende en exclusiva de su decisión final. En otros términos, el arminiano tuerce la Escritura al asegurar que el hombre es libre para decidir sobre su estado espiritual; de esta manera niega la Biblia cuando asegura que no hay quien busque a Dios, que todos están muertos en delitos y pecados.

    Por esta razón, un arminiano sostiene que la muerte en realidad es una enfermedad espiritual que tiene remedio si tan solo el ser humano se dejara persuadir por la gracia que habilita, otra ficción más de su teología. Incluso llega a otro desvarío descomunal, al afirmar que -aunque la redención puede ser particular para el elegido de Dios- el evangelio anuncia el amor divino para cada habitante del planeta, incluidos los no elegidos. Al decir que Dios quiere que todos sean salvos, sin excepción, ofertan el evangelio como una oportunidad del amor divino.

    Poco les importa a los arminianos lo que dice el texto de 2 Corintios 2:15-16: Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente? En realidad la Escritura endurece a quienes tiene que endurecer, pero muestra la misericordia de Dios a quienes Dios quiere mostrarla (Romanos 9: 15-16). No creemos en la falacia de muchos calvinistas (los seguidores de Calvino) que afirman lo siguiente: la sangre de Cristo es suficiente para todos pero eficiente solamente para los elegidos.

    La doctrina de la regeneración universal viene como un evangelio anatema (maldito). Como si la salvación estuviera condicionada en la fe, y como si el Espíritu Santo habilitara a la persona para que tome su decisión final. Esto lo decimos porque si así se piensa se está creyendo que la salvación está finalmente condicionada en el pecador, en lo que haga, en lo que decida bajo la persuasión de la predicación. Nada más lejos de las enseñanzas de Jesús, cuando les decía a sus discípulos la razón por la cual hablaba en parábolas.

    La salvación está condicionada exclusivamente en el trabajo de Jesucristo; el evangelio es el anuncio de la promesa de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Uno de los reconocidos frutos del regenerado por el Espíritu es su deseo de obedecer a Dios, más allá de sus caídas por el pecado (Romanos 7:14-25). Dios nos ha salvado y nos mantendrá a salvo para su propia gloria (Juan 10:14-18), habiéndonos escogido desde antes de la fundación del mundo.

    Nosotros somos vistos en el estado natural como trapos de inmundicia, y nuestra justicia es semejante a los trapos de mujer menstruosa. Somos hojas muertas llevadas por el viento, sin que haya entre nosotros uno solo que busque al verdadero Dios (Isaías 64:6-7). ¿Y qué dijo Cristo? Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere, y yo lo resucitaré en el día postrero (Juan 6:44). El profeta Isaías nos entrega esta píldora respecto a la absoluta soberanía de Dios: Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad (el mal). Yo Jehová soy el que hago todo esto (Isaías 45: 5-7).

    Ese Dios que hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4) reclama para Sí todo cuanto existe. Él es el autor de la paz y de muchos males, como dice Isaías. Otro profeta relata sobre el tema lo siguiente: ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3:37-38). El Señor decretó todo cuanto sucede, incluso escogió desde antes de la fundación del mundo a su pueblo que habría de bendecir. Adán fue creado para que pecando se pudiera manifestar el Cordero de Dios, preparado desde antes de la creación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).

    No hay cristianos casi cristianos, ya que a los que Dios llama en forma eficaz el Espíritu les otorga vida en el tiempo aceptable. La regeneración no la da el Espíritu en forma progresiva, sino tal acto corresponde a los actos únicos e inmediatos, como el dar a luz. Una mujer no pare a medias un hijo, pare o no pare. Asimismo, la regeneración cuando nos llega nos hace resplandecer la luz de Cristo en nuestros rostros. Nadie puede ser salvo y estar apartado de la doctrina de Cristo (2 Juan 1:9-11). El que cree otro evangelio es considerado anatema, de acuerdo a lo dicho por Pablo en Gálatas.

    El llamado se hace para aquellas ovejas a las que el pastor llama oportunamente, para que se arrepientan (cambien de mentalidad respecto a Dios y a ellos mismos). Para que vean al Dios soberano absoluto que hace como quiere y entiendan que nosotros no somos nada, a menos que tengamos de nuestro lado al Altísimo con su misericordia. Es entonces cuando podremos decir: Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org