Etiqueta: PECADO

  • SENTADOS EN LUGARES CELESTIALES

    Pablo afirmó que ya estamos sentados en los lugares celestiales (Efesios 2:6-7), en la figura de la entrada de Cristo a los cielos. Jesucristo tomó posesión de todo su pueblo, el que fue amado desde antes de la fundación del mundo; de esta manera la Biblia habla del amor eterno del Padre, el cual nos prolonga su misericordia. En esos cielos nos prepara un lugar, un refugio o habitáculo para cada uno de los elegidos, por lo cual ya estamos sentados en esos espacios. Honor, placer y reposo, un sitio escogido para cada uno de sus hijos, junto con Jesucristo.

    Esa afirmación apostólica habla de la certitud de ese hecho, en virtud de que el Señor nos representó en el madero. Al habernos amistado con el Padre, aquel amor eterno fluyó sin detención, continuará fluyendo hasta obtener la redención final. Nuestro estatus hace referencia a un linaje escogido, a un real sacerdocio, a la amistad con Jesucristo, por la benevolencia de su trabajo consumado. ¿Quién nos separará del amor de Dios? ¿Quién nos condenará por algún pecado? El Espíritu habla a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, coherederos con Cristo, para que no nos olvidemos de nuestra ciudadanía.

    Ciudadanos de los cielos y extranjeros para el mundo, seguimos en vida bajo el atropello de los que nos odian. Esa realidad forma parte de nuestra persecución diaria, continua, como fiel reflejo de que el mundo odia a Cristo y ama lo suyo. Por esa razón amamos al Señor y aborrecemos el mundo, si bien anunciamos el evangelio en obediencia a nuestro mandato recibido, para que el resto de los elegidos llegue al conocimiento pleno de la verdad. Los réprobos en cuanto a fe no se salvarán, sino que recibirán más castigo por haber oído la verdad y haberle mostrado repudio.

    La Biblia asegura que Dios envía un espíritu de estupor (engaño) para aquellos que se deleitan en la mentira y no sienten amor por la verdad; pero a nosotros nos ha dado el Espíritu de verdad, para que nos recuerde todo aquello que Jesucristo enseñó. La doctrina de Jesús es el cuerpo de enseñanzas en la cual se esmeró en prodigarnos por medio de sus apóstoles. Los escritores bíblicos recogieron lo que en la providencia divina les fue mostrando, respecto a las riquezas espirituales con las que fuimos favorecidos.

    Muchos falsos maestros han salido por el mundo para enseñar falsas enseñanzas, de manera que el camino de la verdad sea blasfemado. Los falsos Cristos intentarán engañar a muchos, si fuere posible, aún a los escogidos. No les será posible jamás, ya que las ovejas del buen pastor le seguimos sin nunca irnos tras el extraño, puesto que desconocemos su voz (Juan 10:1-5). El futuro condicional de esa frase de Jesús en Mateo 24 (si fuere posible) revela que se refiere a un hipotético por naturaleza gramatical imposible, ya que nuestra elección firme se sujeta al amor eterno del Padre. Sin embargo, debemos estar alertas y vigilantes para denunciar el engaño de los apóstatas, de los maestros de mentiras, de forma que por nuestras palabras brille más la enseñanza de Jesús.

    Jesús salvará a los que le obedecen, dice el autor de Hebreos. Sin duda, él mismo dijo que si le amábamos guardaríamos sus mandamientos. Pecar forma parte de nuestra condición natural, como bien lo ilustró Pablo en Romanos 7; estamos vendidos al pecado (verso 14), una ley en nuestros miembros nos da a entender que el mal todavía mora en nosotros (verso 18, 20, 23). Por esta razón, el apóstol Juan en una de sus cartas nos asegura que si hemos pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Si confesamos nuestros pecados, él (Jesús) es fiel y justo para perdonarnos. Si decimos que no tenemos pecado, le hacemos a él (Jesús) mentiroso. Pero ya el creyente no practica el pecado, una verdad que nos alienta (1 Juan 3:9).

    El Espíritu se contrista dentro de nosotros si pecamos y no nos apartamos de esa mala actitud y conducta, para hacernos sentir mal en nuestro interior. Por esa razón Pablo escribió que no podíamos vivir más en el pecado (Romanos 6): ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera… Hemos muerto al pecado, pero todavía estamos en el mundo y tenemos raíces heredadas de Adán. El pecado no genera la gracia, sino la ira de Dios; solamente que Dios quiso magnificar su gracia ordenando a su Hijo como Redentor de todo un pueblo escogido. Así que no provoquemos a ira a nuestro Dios, como si mientras más pequemos más gracia obtendremos, ya que su ira se enciende y azota a todo aquel a quien tiene por hijo.

    No caminemos como los muertos en el pecado, sino andemos como los que hemos muerto al pecado. Hemos sido santificados (separados del mundo), por lo tanto el pecado no es más nuestro negocio, aunque a veces solemos caer por su atractivo y por las raíces naturales que todavía nos vincula a esa oscura realidad (Romanos 7). Precisamente, por estar muertos al pecado podemos darnos cuenta de lo horrendo que es pecar. El mundo peca en forma habitual y apenas siente dolor por el castigo social o privado que sus malas acciones generan cuando son descubiertas; tal vez alguno puede tener remordimientos de conciencia, como le sucedió a Judas Iscariote. La información sobre la vida cristiana puede generar remordimiento en aquel que comprende y gusta un poco las cosas celestiales, pero jamás podrá aborrecer el pecado como aquel que ha muerto al pecado mismo.

    Ciertamente, las cosas concernientes al Espíritu de Dios han de ser discernidas con ese Espíritu, pero el mundo no lo tiene y por lo tanto no comprende los asuntos y negocios de Dios. Para el mundo resulta una locura que un creyente rechace ciertas oportunidades lujuriosas, económicas, de provecho temporal, en nombre de la fidelidad a Jesucristo. La burla puede surgir de momento contra el creyente que se aparta del mal, pero el hijo de Dios suele comprender que el amor de Dios lo ha embargado de tal manera que ahora desea agradar al Señor. Eso ha de verse como un claro indicio de haber muerto al pecado.

    Vivir en el pecado significa seguir los dictados de la naturaleza corrompida y pecaminosa. Podemos caer pero seremos sostenidos de nuevo por el Señor, de muchas maneras, hasta lograr mortificarnos por las caídas sucesivas. El mundo, por el contrario, siente las delicias del pecado y las computa como ganancia. Su fin será la muerte del espíritu, la condenación del alma, la pérdida en la vanidad de la vida. Muchos caminos le parecen buenos al hombre del mundo, pero su fin es de muerte; el diablo ofrece mucho, da poco y quita todo. Sí, Satanás es todavía el príncipe de este mundo, si bien Dios redime a sus elegidos por medio de la predicación del evangelio de verdad.

    Como Dios es eterno y no se afecta por el tiempo, para Él ya todo está consumado de acuerdo a sus planes inmutables. Por esa razón Pablo escribió que estamos sentados en los lugares celestiales, con Cristo Jesús. La próxima vez que seamos enredados en la tentación o en la caída, contemplemos esa frase apostólica para sacarle el máximo provecho. Dios ya nos ve junto a Cristo en los cielos, para que corramos a sus brazos y nos lavemos los pies porque ya fuimos limpiados en la sangre del Hijo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • EXPIACIÓN Y PECADO (GÉNESIS 3:15)

    La simiente de la mujer herirá en la cabeza a la serpiente, una promesa donde nace el Evangelio en forma histórica. El hombre fue hecho rectamente, pero cada quien se apartó por diferente camino y bajo numerosos inventos de maldad. Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero los extravíos humanos lo separaron en forma total (Eclesiastés 7:29). No pensemos bajo ningún respecto que el hombre se hizo independiente del Creador, simplemente Dios lo gobierna como lo hace aún con los ángeles caídos. La Biblia apoya esta teología, de acuerdo a la declaración expuesta en Hechos 4:27-28. Herodes y Poncio Pilato, unidos con los gentiles y el pueblo de Israel, hicieron lo que la mano y el consejo divino habían determinado que sucediera.

    Los hijos de ira continúan su derrotero, mientras el ser humano no regenerado no sabe aún si será o no será llamado por Dios para vida eterna; ciertamente, Dios creó vasos de deshonra para permanente destrucción y vasos de honra para la gloria de su salvación. Cuando Dios llama lo hace en forma eficaz, ya que nadie puede resistir la voluntad de Dios (Romanos 9:19). Existe un llamado general y de ley hacia los hombres, para que respeten el mandato divino; Dios manda que la gente se arrepienta y que crea el evangelio, pero no a todos les llega la exposición del conocimiento del siervo justo que justificará a muchos. Incluso, muchos de los llamados no son contados como escogidos, de manera que de quien Dios quiere tener misericordia la tiene, aunque endurece a quien quiere endurecer (Romanos 9:18).

    La caída humana produjo la depravación de la naturaleza humana, por lo cual no existe ni siquiera un hombre justo (Romanos 3:10). Si los judíos que tenían las tablas de la ley no pudieron ser tenidos por justos, cuánto menos el pueblo que integraba el paganismo. Como dicta el Salmo 14:1: El necio dice en su corazón que no hay Dios. Se corrompieron, hicieron obras abominables, no quedó ninguno que hiciera lo bueno. No hay un hombre recto como lo fue Adán en su estado de inocencia, solamente estamos los justificados judicialmente por la imputación de la expiación hecha por Jesucristo. En ese sentido somos llamados justos, pero amparados y cubiertos por la justicia de Dios que es Jesucristo (Salmos 32:1-2).

    Dios miró desde los cielos hacia la tierra, para ver si conseguía algún entendido que lo buscara, pero no lo encontró (Salmos 14:2-3; Romanos 3:11-18), todos se habían corrompido. Así que por la desobediencia de un hombre vino una herencia de corrupción universal: en pecado concibe la madre y en maldad se forma la criatura (Salmos 51:5). ¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie (Job 14:4). De esta manera se sabe que el hombre natural (no regenerado) tiene a la luz por tinieblas, sigue sin percibir las cosas del Espíritu de Dios y cree que son locura. Su mente no discierne lo que Dios dice en su palabra, aunque lo aprenda y lo repita como lo puede hacer un autómata (1 Corintios 2:14).

    La instrucción se hace necesaria para la salvación, porque Dios no redime al hombre sin la predicación del Evangelio. El conocimiento del siervo justo se hace necesario para poder ser justificado (Isaías 53:11). ¿Cómo invocarán si no han oído? ¿Cómo oirán sin haber quien les predique? Pero esa predicación debe ocurrir por la palabra incorruptible expuesta por aquellos primeros discípulos (Juan 17:20). Al Israel de Dios le fue dicho lo siguiente: Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová; y se multiplicará la paz de tus hijos (Isaías 54:13). Nosotros los creyentes somos el Israel de Dios, en palabras del apóstol Pablo; Jesús también enseñó sobre la condición sine qua non: Escrito está en los profetas: Y serán enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí (Juan 6:45).

    Lo que hemos de conocer del siervo justo tiene que ver con su persona y con su trabajo. Sabemos que Jesucristo como Hijo de Dios vino como el Cordero ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). Su vida sin tacha sirvió como holocausto para satisfacer la exigencia de la ley de Dios, por lo cual dijo en la cruz que su trabajo había sido consumado. En realidad vino a morir por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), conforme a las Escrituras. Todos aquellos a quienes Cristo representó en su trabajo en ese madero han sido llamados y serán llamados con llamamiento eficaz, como ovejas del buen pastor, para que lo sigamos eternamente.

    Jesús afirmó que las ovejas que han sido llamadas y lo siguen no se irán jamás tras el extraño, porque no conocen la voz del extraño (Juan 10:1-5). Así que no es posible perderse tras los falsos maestros con sus engañosas doctrinas de una expiación general o universal.

    La conciencia sucia ante el Todopoderoso se presenta como un gran azote para el alma irredenta. Al entendimiento entenebrecido, la voluntad corrompida, la conciencia profanada, se suma una memoria contaminada. ¿Qué recuerda el hombre? Solamente tragedia, como si fuese un ser para la muerte; los más valerosos se la pasan ejercitando su salud para ver si prolongan unos días sobre esta tierra, otros se dan a la imaginación de su reencarnación. Algunos piensan que se transformarán en energía cósmica, como si se integraran a una conciencia universal. Pero el Evangelio nos ha enseñado que el hombre rendirá cuentas al Creador, que después de la muerte viene el juicio.

    La Biblia nos asegura que Jesús murió como el justo por los injustos, pero no lo hizo por Judas Iscariote ni por Esaú; tampoco murió en favor del Faraón, ni de ningún otro réprobo en cuanto a fe, como aquellos que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. La muerte de Cristo no fue suficiente para pagar por los pecados de todos el mundo, sin excepción, por cuanto nunca estuvo previsto de esa manera. Nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trae, afirmó Jesús (Juan 6:44); esa sería la condición para poder resucitarlo en el día postrero. Pero también aseguró el Señor que Todo lo que el Padre le da, vendrá a él; y al que a él viene, no le echa fuera (Juan 6:37).

    La discusión sin sentido acerca de la expiación, sobre si es universal o particular, pasa por un trabajo intelectual para sosiego de los teólogos. ¿Cuál debate? ¿Qué se le puede reclamar al Dios soberano? ¿Tuvo éxito el reclamo sobre el caso Esaú? ¿Ha sido de provecho el exaltarse contra el Creador porque condena anticipadamente? La Escritura se muestra difícil para los que se allegan a ella con la intención de encontrar un arreglo entre obras y gracia. Las palabras duras de oír resuenan hoy día, las mismas con las que aquellos discípulos fueron repelidos por Jesús. Ellos presumieron de una falacia de generalización apresurada: ¿Quién puede oír estas duras palabras? Solamente las podemos oír con agrado los que hemos sido renovados para arrepentimiento, los que siendo regenerados ya no escuchamos la teología de los extraños.

    La Biblia ha sido enfática en catalogar como doctrina de demonios a cualquier cuerpo de enseñanzas contraria a lo que sus páginas proclaman (1 Timoteo 4:1). Ella misma es un canto de principio a fin al Dios soberano, el que hace como quiere porque no tiene consejero. El que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego, anuncia el Apocalipsis 20:15. Pero esos inscritos lo están desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8). La intención de la expiación fue manifestada desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), no porque el Padre previó y se guardó un as bajo la manga, como sospechan aquellos que no toleran la dura palabra que escuchan.

    Dios no miró en los corredores del tiempo para ver si había alguien que lo buscase, porque cuando miró a la tierra vio que no había ni siquiera uno. Entonces, se concluye por fuerza que los que escogió fueron mirados con amor eterno, por el puro afecto de la voluntad de Dios, no por obra alguna -no vaya a ser que alguien se gloríe. Si por gracia, entonces no es por obras. El decreto de la muerte de Cristo fue para salvar en exclusiva a los elegidos del Padre, aquellos que él amó con amor eterno. Nuestro pecado ha sido expiado (Salmos 32:1-2).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • UNIVERSALIDAD DEL PECADO

    Solamente cuando uno pasa a creer el Evangelio de Cristo puede comprender la dimensión del pecado. David decía de su horrendo pecado que estaba siempre delante de él, pero agregó que él había sido concebido en pecado. La naturaleza del hombre desde Adán está caída y la maldad en estos tiempos del fin está aumentada, de manera que vivimos a las puertas de Sodoma y como en los días de Noé. La tierra en ese entonces estuvo cargada de violencia, el mal hacía afligir el alma del justo, particularidades de los tiempos de esos dos personajes bíblicos: Lot y Noé. Como denominador común, en Sodoma había saciedad de pan, soberbia y falta de amor por el prójimo. El estado de corrupción moral llegó a tal grado que sus habitantes fueron entregados al pecado castigo: la deshonra de sus propios cuerpos.

    Los hombres se volcaron a la lascivia con otros hombres, mientras sus mujeres abandonaron el uso natural de sus cuerpos e hicieron lo mismo con otras mujeres. Otro denominador común de esa cultura del paganismo exacerbado fue el no tener en cuenta a Dios. Los religiosos de esa época se dieron a la libre interpretación teológica de lo que de Dios se conocía, haciendo ídolos de cualquier cosa para llamarlo Dios del cielo y de la tierra. Hasta los animales fueron el modelo de lo que concebían como Dios, aún sus materiales inanimados, por lo que se convirtieron también en panteístas y llegaron por esa vía al célebre politeísmo.

    La violencia en los días de Noé llevó al Creador a tomar la decisión de destruir la tierra con el diluvio, para salvar a ocho personas apenas. Dicen los expertos que había una población de mil millones de personas en aquella época, pero eso no fue impedimento para frenar la ira divina. Hoy día el tráfico de menores de edad se acrecienta en la medida en que la gente está dispuesta a convertirlo en el negocio más rentable, incluso que el tráfico de armas. ¿Qué está pasando en esta tierra que el ser humano está entretenido con sus juguetes electrónicos, y sacrifica hasta su vista en pro de sus adicciones a las redes sociales?

    La figura legendaria del sabio Diógenes en la antigua Grecia tiene su paralelo hoy día. Ese filósofo salió en pleno día con una lámpara para buscar a un verdadero hombre. Hoy podríamos salir los creyentes para buscar a un verdadero creyente, libre de las doctrinas de demonios y de la influencia del tele-evangelismo; solo que en nuestro caso usaríamos un reflector por la imposibilidad que tendríamos con una simple lámpara. La Biblia nos hablaba del aumento de la maldad, pero no imaginamos nunca que nos invadiría los hogares. Pensábamos que cada casa de creyentes estaría protegida bajo la custodia del liderazgo de los padres sobre los hijos, pero ahora es el Estado el promotor de una serie de leyes que animan al libertinaje en nombre de los Derechos Humanos. Los monumentos simbólicos de una civilización cristianizada vienen demoliéndose con el aval oficial de muchos gobiernos, pero en su lugar se levantan otros edificios en tributo a Lucifer. Dicen que se trata de una contracultura, pero en el fondo sabemos que existe un culto a la impiedad y se usa al diablo como su bandera.

    El pecado ha sido condenado en la Escritura, pero muchos creyentes caen de repente en ellos. El Señor nos advirtió acerca de arrebatar el reino de los cielos por parte de los valientes. Se necesita mucho valor para imponerse en medio de la Sodoma en que se ha convertido el mundo, con ciudades vecinas como Gomorra. Babilonia se ha tragado al mundo y a nosotros nos parece que vivimos a sus puertas, en el lamento por lo que vemos que acontece. Se nos ordena a andar en amor, como también Cristo nos amó. Se nos dice que no nombremos ni a la fornicación ni a ninguna inmundicia entre nosotros, que evitemos la avaricia, que los santos no hemos de andar ni siquiera nombrando esos asuntos.

    Se nos agrega que cuidemos nuestras bocas y labios, para no pronunciar ninguna palabra deshonesta, así como ninguna necedad. Pero uno va a un café y escucha lo que en alta voz la gente pronuncia sin tener el pudor que regía décadas atrás a los habitantes de una ciudad. Los juegos de doble sentido son el plato común en la jocosidad de una conversación, la invitación a la lascivia llega por forma natural de la conversación. La Biblia insiste en que ningún fornicario, ningún inmundo, o avaro, que es idolatría al dinero, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios (Efesios 5:3-5).

    La palabra inmundo es utilizada en este texto bajo la idea de estar imbuido de mundanalidad. La ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, para corregirnos en el día a día en que fallamos en estas recomendaciones. Lot supo de todo esto y afligía su alma a las puertas de Sodoma. Él había sucumbido yéndose a vivir en esas tierras que consideraba fértiles, así que el engaño de las riquezas lo condujo a esos lugares cuando se apartó de su pariente Abraham. La misericordia de Dios lo rescató en una emergencia, pero no le sucedió igual gracia a su mujer que miraba hacia atrás como si deseara volver adonde tenía su corazón.

    El creyente que peca tiene un último consuelo, la palabra de Dios que le dice que siete veces caerá el justo pero Jehová sostiene su mano. Así que volverá a levantarse; sin embargo, esa alegría viene acompañada del dolor de la caída. El Espíritu se contrista en nosotros los creyentes, cuando hacemos algún mal, por lo que estando ligado a nuestro espíritu la tristeza nos embarga por igual. Como Elías podríamos gritar al Señor para que nos quite la vida, diciéndole que ya no podemos continuar de esta manera. Sabemos cuál fue la respuesta de Dios a Elías, así que hemos de tomar fuerzas y seguir adelante en nuestra tarea encomendada.

    Recordemos esta recomendación bíblica, para ver si nos animamos a alejarnos a las caídas recurrentes: Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros anduvisteis en otro tiempo cuando vivías en ellas. Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno…Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad y mansedumbre, de paciencia, soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros (Colosenses 3:5-13).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • DAVID SIGUIÓ ESCRIBIENDO SALMOS

    El Rey David fue un gran salmista, reconocido por sus alabanzas al Dios de Israel. Como cualquier ser humano, fue formado en pecado, y desde el vientre de su madre ya conocía el mal. Pero halló gracia en los ojos de Jehová, fue ungido para que el Espíritu de Dios viviese en él y pudiera convertirse en un profeta del Altísimo. Pese a su cercanía con Dios -llamado hombre conforme al corazón de Dios- pecaba a menudo. Conocido por los lectores de la Biblia son sus pecados, los que no le impidieron continuar con sus alabanzas al Dios que le dio la vida y la promesa de la eternidad.

    Continuó David alabando a Jehová, no se quedó en el pasado mirando hacia atrás, como quien rumia sus malos recuerdos y cae en depresión. La vida de David estaba adelante, no en el recuerdo de sus malos momentos. Lloró por su hijo Absalón, prefirió ser él el cuerpo muerto antes que verlo en su mortaja, pero existen cosas que no suceden por más que las deseemos, aunque seamos hijos del verdadero Dios. El Dios de David es quien tiene un perfecto conocimiento de Sí mismo, así como de todas las demás cosas. 

    Ese Dios es un Espíritu infinito, por lo cual posee un entendimiento suficientemente extensivo de todas las cosas. En realidad gobierna todo lo que ha creado, hasta la más mínima molécula, sin dejar sin control ninguna situación o evento en este mundo donde nos movemos.  ¿Quién puede suponerlo ignorante de alguna cosa? ¿Quién puede hablar de alguna dificultad que lo incomoda? Lo que para nosotros se ve como contingente -que puede o no puede pasar-, para Él es simple necesidad (lo seguro, porque es un Sí y un Amén). Su exacto conocimiento de todas las cosas hace que no cambie en lo más mínimo, sino que continúe con sus planes eternos.

    David escribió su libro de alabanzas, llamado también himnos para el Señor. Ese libro fue escrito bajo inspiración de Dios, de acuerdo al testimonio de David (2 Samuel 23:2), de Cristo y de sus apóstoles (Mateo 22:43). Su primer canto comienza con una bienaventuranza, lo que nos lleva a las de Cristo en su Sermón del Monte (Mateo 5:3). Allí se canta la felicidad del hombre cuya delicia subyace en la ley del Señor, bondad para el que la medita de día y de noche. He allí el secreto de David, gritado a voces; una felicidad absoluta posee aquella persona que se entrega de lleno a encontrar su dicha en la palabra del Altísimo.

    Acá no se trata de asuntos de religión, porque los viejos fariseos eran capaces de recitar fragmentos del Antiguo Testamento, que incluían los Salmos, pero su interior hedía a osamenta podrida como los sepulcros. El que medita en la palabra inspirada del Señor conoce sus regulaciones providenciales, está en capacidad de valorar el entretejido performativo de lo que Jehová ha querido que acontezca. Nunca podrá ver a un Dios que desea una cosa pero que parece frustrado por no conseguirla, pues su alma deseó e hizo. Conocidas son a Dios todas las cosas desde el principio, pero no por averiguarlas como si antes no las supiese. 

    David canta a la sabiduría de Dios, ejecuta un estilo poético de gran fuerza para comparar nuestra pasión por Cristo como lo hacen los ciervos por las corrientes de las aguas. Como profeta, David sabía del Señor que vendría a reinar: Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies (Salmo 110:1). Sabía el salmista que toda la verdad, honestidad y equidad de las criaturas provienen del Altísimo, así que en Él no existe la trampa, el mal ni la liviandad. 

    Pero el hombre conforme al corazón de Jehová cayó en un pecado social muy grave, además de ser un pecado íntimo realmente destructivo. Lo que nos interesa resaltar de la caída de David es que siguió siendo conforme al corazón de Jehová, como el apóstol Pablo que nos decía que lo imitáramos a él, así como él imitaba a Cristo, muy a pesar de que Pablo cayó en pecado una y otra vez. Sí, el apóstol se sentía miserable por su cuerpo de muerte (el cuerpo del pecado, no el cuerpo físico), pero daba gracias a Dios por Jesucristo porque él lo libraría de esa situación. 

    En Romanos 7 leemos sobre la condición del apóstol para los gentiles, que no por eso dejó de ser digno de imitación. Lo que hizo fue describir la condición de cualquier creyente, la posibilidad de caer en el error como cualquier otro mortal, simplemente por causa de la ley del pecado que nos tiene cautivos. David se dejó arrastrar por la lujuria, a pesar de tener mujeres del gusto que quisiera. El pecado de su lascivia lo llevó al pecado de la mentira e incluso al asesinato planificado de Urías, el cónyuge de la mujer que había tomado y seducido. El profeta Natán lo confrontó con una parábola y de inmediato reconoció su maldad, hasta caer a tierra postrado por su maldad descubierta. Testimonio de esta situación es el Salmo 51, una declaratoria de su naturaleza pecaminosa.

    Comienza su canto de arrepentimiento con una petición de misericordia a Jehová, en virtud de la gracia mostrada antes hacia él. Lávame más y más de mi iniquidad, decía su alma; límpiame de mi pecado. Ese pecado estaba en su cara, como un recordatorio de su maldad, algo que también Pablo pudo reconocer en él mismo, algo que cada creyente debe mirar de cerca para entender nuestra naturaleza vieja que lucha bajo la ley del pecado. Nosotros sabemos que el Señor perdonó a David, que lo continuó bendiciendo y que él siguió gobernando a su pueblo. Conocemos por los relatos bíblicos de la disciplina del Señor, pero nos agrada la actitud de Israel que comprendió el error de su rey y también lo perdonó.

    Esto es algo que las iglesias deberían imitar, el perdón absoluto de su gente. No es posible vivir como un animal marcado por una falta, bajo el parloteo del chismoso que siempre deambula libre por las congregaciones. El correo del odio parece sustentar a esa gente que siempre recuerda la caída del justo, como si no fuese suficiente la afrenta del individuo ante su Creador. Mi pecado está siempre delante de mí, decía David, como un grito de angustia que reflejaba el castigo de su conciencia. La terapia del perdón viene a nuestro auxilio, pero hay iglesias que no perdonan, aunque quieren que Dios les perdone sus ofensas. ¿Somos deudores a la iglesia por causa de nuestros pecados? Bien, que la iglesia perdone como Cristo la perdonó a ella.

    Por las cosas escritas en la Biblia uno puede concluir que conviene tener cuidado de cómo se usa nuestra mente. Para prevenir el mal moral o incluso su consecuencia penal, hemos de examinar nuestras circunstancias y conductas. El suicidio no puede ser concebido como una salida a la angustia impuesta por el mundo y su principado, ya que constituye un acto criminal. Sea en forma instantánea, o por medio de una muerte prevista por medio del deterioro intencional de nuestro cuerpo, se implica un acto de irreverencia a Dios como el autor de la vida. Saúl como antagonista de David terminó pidiendo ayuda para el suicidio, sobre su propia espada. El se convirtió en un símbolo de quien Jehová le haya quitado su Espíritu, para enviarle a cambio unos demonios que lo atormentaban; siguió su derrotero final con una adivina o bruja, en la consumación de su desobediencia al Altísimo.

    Saúl reprendido por Samuel siempre brindó excusas, hasta llegó a decir que el pueblo se había apropiado del ganado para hacer holocausto a Jehová. David, por el contrario, cayó a tierra arrepentido reconociendo su maldad, cuando el profeta Natán lo confrontó con la verdad. Son dos muestras de los dos primeros reyes de Israel, dos voluntades opuestas. Ambos fueron víctimas de sus pecados, pero uno solo tenía el brillo del amor de Dios que sostenía su mano. Siete veces caerá el justo, y siete veces Jehová sostendrá su mano y lo levantará (Proverbios 24:16; Salmos 73:23).

    En algunas relaciones se consigue alguna mancha de infamia, pero el perdón de Cristo borra toda falta. El ladrón en la cruz fue movido por el Espíritu de Dios para pedir clemencia cuando el Señor volviera, reconoció que él era digno de muerte y que su Señor no había hecho nada malo para estar en una cruz. Sin embargo, pese a su trayectoria inicua, el Señor le prometió que desde ese mismo día lo encontraría en el Paraíso. Por suerte para ese ladrón no pasó por el tormento de una iglesia que perdona pero que no olvida, que siempre le hubiera recordado que debería ocupar la última banca en forma silenciosa. Mientras tanto, los hermanos le darían la mano cada domingo pero ninguno lo invitaría a almorzar, no fuera a ser que se le despertara su instinto criminal.

    David representa, al igual que ese ladrón en la cruz, el prototipo de lo que somos. Solamente la misericordia de Jehová no nos consume, pero refleja por igual la gratitud de haber sido perdonado. Lo mismo sucede con el ladrón en la cruz, al igual que Elías, hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, al igual que el apóstol Pablo, considerado por él mismo como un miserable que no hacía el bien que deseaba hacer pero hacía el mal que odiaba hacer. Lo cierto es que Cristo está a la puerta de la iglesia, según un relato de Apocalipsis. Parece ser que no entra, porque también es sometido a juicio por sus palabras duras de oír que mantiene ofendidas a las supuestas ovejas de la congregación. El Señor le dice a su pueblo que huya de Babilonia, que salga de esos sitios donde el perdón no se da en forma completa. 

    David siguió escribiendo salmos, a pesar de su temporal derrota espiritual. Lo importante en él es que no se convirtió en un apóstata, como parece ser que le aconteció a Saúl. David siguió tomado de la mano por el Señor, de manera que sus salmos, antes y después de su oprobiosa conducta, siguen proclamando la grandeza del Dios que perdona y restituye.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • UNA TORRE MUY ALTA

    El libre albedrío funge como bandera de todos aquellos que desean independencia del Creador. Como si fuese posible por el solo hecho de la promesa de la serpiente en el Edén, como si Dios se despojara de su soberanía por instantes para dar paso a la libertad de la criatura que previamente la ha colocado en un lugar neutro. Porque si el hombre murió en delitos y pecados, se hace necesario volver a nacer; y si los defensores del mito del libre albedrío pudieran nacer de nuevo por su cuenta para poder decidir, entonces también necesitarían del arbitrio divino para colocarlos en un lugar neutral.

    Pero no es así como la Biblia propone, no es así como enseña Jesucristo, el que ha dado su vida por todos los pecados de su pueblo. No murió el Mesías por los cabritos que pondrá a su izquierda para apartarlos hacia la condenación perpetua. Dios es soberano por siempre, a otro no dará su gloria; Dios ha tenido un plan que cumple a cabalidad, siendo sus promesas en Él un Sí y un Amén. De manera que si Dios no cambia, su inmutabilidad no puede sino servir como peso de hundimiento en aquellas almas que esperan confiadas en que su propia libertad los hará cambiar de actitud para un día decirle sí a Jesucristo.

    La Torre de Babel fue fundada con el fin de que el hombre se hiciera un nombre alto. De nuevo revoloteaba en el cerebro humano el sueño sembrado por el dragón, el de ser como Dios. La predestinación forma parte del plan providencial de Dios para sus escogidos. No hay otra forma de llegar al cielo sino por el Evangelio, pero nadie puede tener oídos para oírlo si no le son abiertos. De nuevo surge la pregunta en el hombre que objeta a Dios: ¿Por qué, pues, Dios inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad? Lo cierto es que a unos endurece Dios y a otros despierta para vida eterna, así que no depende del que quiere ni del que corra. ¿Por qué, entonces, predicar? Porque ha sido un mandato y esa es la única vía para conocer al Padre: Jesucristo alabó al Padre por los que le daría por medio de la palabra de sus antiguos discípulos (Juan 17:20).

    Esa palabra, asegura Pedro, es una semilla incorruptible. No puede ser una semilla contaminada, ya que el falso evangelio no ha podido salvar ni una sola alma; antes, el falso evangelio solamente corrobora que sus miembros, sus militantes, andan todavía extraviados de la verdad. Más allá de que repitan como loros los versos de la Biblia, Dios nos escogió desde antes de la fundación del mundo y antes de que hiciésemos bien o mal (Efesios 1:4; Romanos 9: 11-12; 2 Timoteo 1:9). Así que ninguna causa buena pudo haber en nosotros para que Dios nos haya escogido, sino simplemente el consejo de su voluntad inalterable. Ese es nuestro gozo, el de poder poseer algo que nadie puede obtener por méritos propios.

    Pero así como Abel fue envidiado por su hermano Caín, lo somos también por aquellos que llamándose hermanos entre ellos desprecian la verdad de la palabra de Dios. Ellos aman más la mentira, así que reciben de gratis y de buena gana el espíritu de estupor que Dios les ha enviado para que terminen de perderse. Ellos actúan y hablan como su hermano mayor el Faraón de Egipto: ¿Y quién es Jehová para que yo los deje ir? De igual forma aseguran que el Jehová en el cual ellos creen no se interesa mucho en la doctrina sino en el amor. De esa forma afirman que el amor une pero la doctrina destruye.

    Dios es el que justifica al impío, basado en la justicia imputada de Cristo, alcanzada en la cruz del Calvario (Romanos 3:21-26). Isaías nos habló de la importancia de conocer al siervo justo que justifica a muchos, de manera que el que ignora esa justicia de Dios cree de otra manera. Los que creen de otra manera asumen que la gracia proviene de Dios (lo cual es cierto), pero añaden un poquito de sabor al proceso o al acto de salvación: su libertad plena para poder decidir. De lo contrario, aseguran con su representante John Wesley que Dios sería un diablo, alguien peor que un tirano. De seguro coinciden con su padre Arminio (de la teología arminiana que profesan) en que ese asunto de la predestinación resulta repugnante. Para endulzar las palabras de la Biblia hacen malabares lingüísticos con el fin de autodemostrarse que odiar significa amar menos, cuando Dios refiere a su propio odio por Esaú (Romanos 9).

    La Torre de Babel, reseñada en Génesis 11, nos advierte contra la utopía humana: construir un mundo separado de Dios, distanciado de su ley, hacerse un nombre grande hasta los cielos. En materia política, económica y religiosa parece ser que se está logrando hoy día, como si fuese la gran meta de la humanidad. Un nuevo orden mundial, una nueva forma de pensar, con antivalores que pasarían a ser los nuevos valores: pedofilia, incesto, hechicería, guerra contra la Biblia en las escuelas y universidades, permisología para los matrimonios homosexuales, el tráfico de pequeños, todo ese estado de anomia imaginado en aquella vieja torre parece ser que se ha convertido en una cercana realidad. No en vano Jesucristo nos habló de su Segunda Venida, diciéndonos que habría unas señales similares a las mostradas en los días de Noé (cuando vino el diluvio), o en los días de Lot (frente a la vieja Sodoma).

    En lugar de obedecer el mandato de Dios de llenar la tierra, los habitantes de Babel pretendían construir una ciudad y una torre como marca de su autonomía. Pero eso sí, no una autonomía inocente (como si eso fuese posible) sino una que rivalizara con la soberanía de Dios. Eso tampoco puede ser posible, en el plano conceptual puro: Un Dios soberano no permite nada, sino que ordena o decreta que suceda lo que tiene pensado. El hecho de hacerse un nombre para ellos mismos implicaba un grito de orgullo por su propio trabajo, como si fuese la expresión mayor de su libre albedrío. Lo que nunca supieron, pero tal vez ahora lo sepan, es que para eso mismo fueron ordenados, como vasos de ira para exhibir la justicia de Dios contra el pecado.

    La pretensión de que la torre alcanzaría el cielo implica por fuerza el deseo de gobernar junto al Altísimo, pero bajo la vieja pretensión de Lucifer: subir a lo alto y ser semejante al Creador. El hombre mostró en Babel lo que ahora parece seguir exhibiendo con más fuerza por los medios audiovisuales: Hacerse un nombre para ellos mismos, mostrar su aparente independencia del Dios que los hizo. No en vano Nimrod fue un cazador contra Jehová o delante de Jehová, el cual gobernó en Babilonia (la ciudad Babel o confusión). Flavio Josefo narra en sus Antigüedades de los Judíos que Nimrod dijo que se vengaría de Dios (por el diluvio), en caso de que quisiera ahogar el mundo nuevamente, lo que lo lleva a construir una torre bien alta para que ni las aguas pudieran alcanzarla (Libro 1, Capítulo 4). Y si Nimrod no la hizo al menos sus seguidores lo pretendieron.

    La gente desea en su odio a Dios colocarse delante de Él (Génesis 10:9), enrostrarse ante el Señor. Por ese motivo la gente se rebela contra el Hacedor de todo, como lo hizo el Faraón de Egipto, como también sucedió con Caín al asesinar a su hermano Abel. Esaú luchaba contra Jacob en el vientre de la madre, como el niño Ismael de la esclava Agar batalló contra Isaac. De igual manera hacen los que son del mundo contra los que somos de Dios, simplemente no soportan nuestra quietud y nuestra palabra de fe.

    La batalla la dan los injustos contra los justificados por Dios, pero el mensaje es el mismo para todos: arrepentíos y creed en el Evangelio. Sabemos que creerán aquellos que fueron ordenados para vida eterna, desde antes de la fundación del mundo. Sabemos por igual que el diablo siembra cizaña junto al trigo, que las cabras corren solas al aprisco de las ovejas para maltratarlas, que existen pastores asalariados que dejan entrar el lobo al corral y huyen con su salario a cuestas. Nuestro deber sigue siendo juzgar con justo juicio, discriminar y examinar para ver qué espíritus son de Dios.

    Hay espíritus (personas) que no son de Dios, cuyo evangelio es el otro del extraño, el que ablanda las palabras de Jesús y transforma la doctrina del Padre para hacerla grata a los oídos de las masas. Existen pastores que ordenan a sus ovejas a silenciar el tema de la predestinación, incluso permiten que lo crean pero para ellos mismos, en silencio. Saben que eso los atormenta, que esa doctrina espanta a muchos en sus sinagogas, los cuales dejarán las bancas libres y las arcas un poco vacías. Hay otros pastores que aseguran que Dios es soberano, pero no tan soberano; al parecer todos ellos parecen ignorar el significado de la justicia de Dios. Tienen gran celo por Dios, pero no conforme a entendimiento (Romanos 10:1-4).

    En lugar de construir una torre muy alta hagamos un lugar en el suelo para nuestras rodillas, donde podamos inclinarnos ante el Todopoderoso que nos hizo. Ese mismo Dios asegura que hizo al malo para el día malo, que hace el bien y crea el mal, que mata y da vida, que no hay quien detenga su mano y le diga: ¡Epa!, ¿qué haces? En lugar de hacernos un nombre para nosotros, hablemos de la gloria del único sabio Dios, porque Dios honra a los que le honran. En lugar de luchar contra Jehová, amistémonos ahora con Él y por eso nos vendrá paz.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • NATURALEZA PECAMINOSA

    Pecamos porque somos pecadores, no nos hacemos pecadores por pecar. Interesante premisa para demarcar la frontera entre la santidad divina y la pecaminosidad humana. Adán fue colocado en el huerto como modelo para la humanidad que vendría, de tal forma que no se convirtiera en el padre Adán por quien estuviésemos agradecidos siempre. Al contrario, sabemos por las Escrituras que Adán tenía que pecar (1 Pedro 1:20), ya que el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo, destinado para manifestarse en los postreros tiempos apostólicos.

    Dios tenía un plan cargado de decretos, uno de ellos decía que el Cordero se manifestaría oportunamente. Por esa razón Adán no pudo permanecer sin pecado, ya que el plan de Dios lo exigía. Dirán algunos, eso no parece justo, ¿por qué, pues, Dios inculpa a la humanidad? Esa idéntica forma de razonar la posee el objetor de Romanos 9, a quien se le dio respuesta tajante: ¿Y tú quién eres, sino un miserable vaso de barro en manos del Alfarero? Puede ser que seas un agradable herético cristiano, pero no podrás declararte felizmente inconsistente en materia de doctrina bíblica.

    El sistema binario de Dios se ha manifestado desde siempre: Todo o nada, oveja o cabra, trigo o cizaña, elegido o reprobado. Hubo herejes en la época del recién nacido cristianismo, como los hubo en el período de la ley de Moisés, en medio de los viejos profetas. Están los que negaban y niegan la esencia divina del Cristo, los hay también de los que niegan el objeto de su trabajo. En este último renglón parece que la humanidad se ha enredado más fácilmente, ya que un argumento falaz de ad misericordiam los ha tomado por sorpresa con su veneno portable en la blanda palabra.

    La palabra blanda trae su veneno, de manera que la teología tolerante también la posee, la que viene como espíritu de estupor para engañar a los que no se gozan de la verdad sino de la mentira. Blanda palabra por cuanto se cubre de textos bíblicos, con argumentos circunstanciales para descontextualizar las enseñanzas de Jesús y sus discípulos. ¿Quién cree hoy día que el arminianismo como sistema teológico es una herejía? Casi todos los que se consideran creyentes cristianos profesan su teología, bajo el parámetro de la bandera mitológica de la religión: el libre albedrío.

    Esta gente asegura que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, para que las masas estén atentas y gustosas con el ruego de Dios. De esa forma, cada quien aportaría un pequeño esfuerzo en el proceso de salvación en el cual Dios hizo su parte y ahora cada quien debe hacer la suya.

    Esa palabra blanda no parece áspera como aquella usada por Jesús, de acuerdo a lo que muestra Juan 6. La palabra dura de oír que expuso Jesucristo hizo perder a miles de personas ya ganadas con el milagro de los panes y los peces, pero los hizo perder como adeptos discípulos de Jesús. Al Señor no le importó nada ese hecho, al punto en que se volvió a los doce desafiante para increparles si ellos querían irse también. La enseñanza de Jesús respecto a la soberanía divina fue tajante, sin doblez, simple y aguerrida, para que la gente reaccionara de una vez y tomara partido en el asunto.

    Ninguno puede venir a Cristo si el Padre no lo trajere; el que a Cristo viene no es echado fuera jamás, sino que será resucitado en el día postrero. Esa afirmación de Jesús (Juan 6) marca la diferencia entre el evangelio mentiroso predicado a las masas y el evangelio apostólico enseñado por el Cristo. Se desprende de la afirmación de Jesús que los que no vienen a él no lo hacen porque no los envía el Padre. Por igual se deduce que aquellos que vienen por cuenta propia, o por mediación de los falsos creyentes, serán rechazados en el día final cuando les diga: Nunca os conocí.

    Poco importa que ellos proclamen en su defensa que hicieron milagros, que predicaron por doquier, que alabaron el nombre de Dios. La expresión será la misma: Nunca os conocí. El Señor conoce a los que son suyos, tiene comunión con ellos solamente. Pero en los desconocidos el evangelio permanece escondido, de tal forma que el dios de este siglo les cegó el entendimiento para que no les resplandezca el brillo del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. Dios hace que brille el conocimiento de la redención de Jesucristo en los que redime, como un fruto natural e inmediato del Espíritu cuando regenera a una persona. ¿Cree usted que la gloria de Dios permitirá que permanezcan las tinieblas en el redimido? Al contrario, la Biblia enseña que Dios es quien dice que de las tinieblas resplandecerá la luz, para que brille en nuestros corazones la luz del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo (2 Corintios 4:3-6).

    Ciertamente, esa gloria divina se manifiesta con el verdadero Jesús de las Escrituras, no con los falsos Cristos que han venido a este mundo camuflados en textos bíblicos manipulados por los maestros de mentiras. Si la Escritura nos encomienda a examinar los espíritus para ver si son de Dios, hemos de ser capaces de hacerlo. Esto resulta posible porque hemos sido redimidos, porque tenemos el Espíritu de Dios y porque la palabra de Dios se ha convertido en nuestra lámpara. Si juzgamos a los espíritus (a las personas) para ver si son de Dios, lo hacemos por medio de la palabra como rasero espiritual y de autoridad. Al mismo tiempo, nos hacemos un favor para evitar sus trampas y contaminación espiritual; por otro lado, quitamos de la doctrina cristiana cualquier adhesión interpolada sagazmente por los que se disfrazan de ángeles de luz. Si juzgamos con justo juicio lo hacemos por medio del verdadero evangelio de Cristo.

    El pecado aparta al hombre de Dios, hace que Dios esté airado contra el impío todos los días. El infierno viene como irremediable destino de los pecadores irredentos, para aquellos a quienes la vida les vino como tragedia. Mejor les hubiera sido no haber nacido, pero el destino que el Padre fijó para cada quien obedece al plan decretado por Él como Dios inamovible. El lloro y el crujir de dientes no son una metáfora, el fuego que no se extingue y el gusano que no muere tampoco lo son. Pero si lo fueran, lo serían por igual de algo de terrible tormento, por los siglos de los siglos. Esa descripción de la muerte eterna debería hacernos correr de inmediato ante el trono de la gracia, a los pies del Todopoderoso. Sin embargo, la gente se burla, miles de ¨cristianos¨ dejaron de creer en la verdad de las palabras bíblicas respecto al infierno, otros nos hablan de que fue una invención religiosa para mantener adeptos en los templos.

    Deberíamos pensar de qué vino a salvarnos Jesucristo. Nos vino a salvar del pecado y de la muerte eterna, de la condenación perpetua, para llevarnos al sitio donde mora el Padre. Nos amistó con Dios, habiéndonos reconciliado por su sangre en la cruz, de acuerdo a las Escrituras que dictaban que Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados. El Señor lanzará al fuego eterno a sus enemigos, a los malvados a quienes les pagará conforme a sus obras, con el lloro y el crujir de dientes. Habrá fuego eterno y castigo eterno, como paga para todos los que han cometido pecado y que no han sido perdonados. Cualquiera que no fue hallado en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego, donde el humo de su tormento asciende por los siglos de los siglos, sin tener descanso noche y día.

    Vuélvete ahora en amistad con él, y tendrás paz; y por ello te vendrá bien. Toma ahora la ley de su boca, y pon sus palabras en tu corazón. Si te volvieres al Omnipotente, serás edificado; alejarás de tu tienda la aflicción (Job 22:21-23).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com