INTERPRETAR EL MUNDO

Cualquier ser humano puede preguntarse sobre el significado de la vida. Dado que el lenguaje se define como la capacidad humana para soportar el pensamiento y comunicar, los habitantes de la tierra podemos reflexionar sobre el origen del universo y nuestro destino. Cada persona se mueve dentro de unas categorías mentales que se presuponen dadas, como bien lo infiriera Aristóteles. Diez categorías de las cuales nueve hablan de la sustancia. De acuerdo a lo que leemos en la Biblia, el Creador está fuera del espacio-tiempo, dos de esas categorías aristotélicas.

Nosotros seguimos atados a un modo de pensar uniforme, como si usáramos algunas cajas del pensamiento siguiendo el parámetro de un autómata. De allí que nos cubre de alegría mirar al Dios de la Biblia como una Persona, como el que nos hizo a su imagen y semejanza. Nos toca dilucidar en qué consiste la imagen y la semejanza con el Creador, ya que Él no está limitado por el espacio ni por el tiempo, ni por muchos otros aspectos que nos fueron dados para pensar como lo hacemos.

La ciencia no ha podido hacer otra cosa que descubrir el conocimiento divino dentro de su creación. No ha inventado el oxígeno, por ejemplo, sino que lo describe. Describe, además, el mecanismo de todo cuanto existe; de allí que el creyente que participa de la ciencia como disciplina de estudio se goza al comprender lo que Dios ha hecho. En ningún momento le quedará espacio para la arrogancia, simplemente porque glorificará al Señor que hizo todas las cosas por y para Sí mismo.

Los cristianos tenemos las profecías bíblicas entregadas a nosotros por medio de los que escribieron, siendo inspirados para nuestro beneficio. Estas cosas profetizadas son como un mapa de lo que vendrá, como si existiera una historia del futuro. No pretendamos compartir lo profetizado con el incrédulo, como si con ello supusiéramos persuadirlo; lo que debemos compartir es el evangelio de Cristo, quien sufrió y murió por el pecado de todo su pueblo (Mateo 1:21). No vino Jesús a morir por todo el mundo, sin excepción, como lo atestiguan sus palabras escritas en Juan 17:9.

Nos toca anunciar las buenas noticias de salvación para todo aquel que es enseñado por Dios y que habiendo aprendido vendrá, sin duda, al Hijo: Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí (Juan 6:45). El ser humano tiene la responsabilidad de reconocer sus fallas ante el Creador de todo cuanto existe, independientemente de que Él sea soberano absoluto. Precisamente, la soberanía de Dios nos responsabiliza de nuestras acciones. Dado que se dijo que no hay justo ni aún uno, ni quien busque al verdadero Dios, ni quien haga lo bueno, se entiende que todos hemos estado en algún momento de nuestra vida muertos en delitos y pecados. La gracia divina nos extiende la mano de acuerdo a los planes eternos del que no cambia ni tiene sombra de variación.

Se nos conmina a ir hacia el Hijo de Dios, a reconocernos culpables de nuestras injusticias. Al mismo tiempo se ha escrito que es el Espíritu de Dios el que nos hace nacer de nuevo, para que no se jacte nadie ante la presencia del Altísimo. La redención en su totalidad se considera obra de Dios (monergismo, un solo trabajo y un solo trabajador); sin embargo, no se nos deja pasivos como si no tuviésemos nuestra propia mecánica para actuar. Nuestra responsabilidad no convalida la sinergia (el trabajo conjunto entre Dios y el hombre), simplemente nos exige conciencia ante nuestras liviandades.

Hay mucha profundidad en el conocimiento de Dios, cuyos caminos y juicios son insondables. El mismo anuncio de las atribuciones soberanas del Creador nos fuerza a doblar nuestras rodillas ante quien todo lo puede, pero el hombre necio continúa diciendo que no hay Dios. La Biblia declara que Él nos hizo y no nosotros a nosotros mismos (Salmos 100:3). Sabemos que la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios (Romanos 10:17), pero es Dios el que ha hecho que de las tinieblas resplandeciese la luz. Asimismo, Él es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6).

Esto nos enseña que la redención se hizo para la gloria divina, esa gloria mostrada en el rostro de Jesucristo. No en vano Pablo nos dijo que fuimos predestinados desde antes de la fundación del mundo, en tanto Pedro declaraba que el Cordero de Dios estuvo ordenado también desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico. Si Adán no hubiese pecado, el Cordero de Dios no se habría llevado la gloria de Redentor. La predicación del evangelio es el único medio por el cual Dios salva a su pueblo. Esa predicación incluye el anuncio de todo el consejo de Dios para que sepamos que la redención no es por obras humanas, no vaya a ser que alguien se gloríe.

Quien ignora la justicia de Dios -que es Cristo- procura establecer la suya propia; la razón obvia consiste en que no puede someterse ante esa justicia divina. Recordemos el caso del Faraón de Egipto, a quien Dios construyó como vaso de ira para demostrar su poder, su ira y su odio contra el pecado y la incredulidad (Romanos 9:17). Así lo ordenó el Todopoderoso, como también ha hecho con cada vaso de ira (Judas Iscariote, Esaú y un gran etcétera). La gente puede preguntarse cuál es la razón por la que Dios inculpa si nadie puede resistirse a su voluntad, pero la Escritura da una sola respuesta: ¿Quién eres tú para discutir con Dios? ¿Podrá la olla de barro decirle a su alfarero, por qué me han hecho así? Es el alfarero el que tiene potestad para hacer una vasija para honra y otra para deshonra.

Así que Dios muestra misericordia a quien Él quiere mostrársela (Romanos 9:18); eso anunciamos por doquier, como el consejo completo del Señor. Isaías nos recomendó a buscar a Jehová mientras puede ser hallado, a llamarlo en tanto que esté cercano. Conminó al impío a dejar su camino y sus pensamientos, y volverse a Jehová que será amplio en perdonar con gran misericordia (Isaías 55:6-12). Aquel que tiene oídos para oír vendrá gratamente hacia el Hijo, porque ha sido enseñado por el Padre y ha aprendido de Él. El que no cree este evangelio enseñado por los apóstoles de la Biblia simplemente está sosteniendo un evangelio diferente, llamado anatema.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

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