Tan fácil resulta decirle a la gente que Jesucristo murió por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21), en cambio, por fuerza de la visión universalista de la expiación muchos oyen un evangelio diferente. De acuerdo a este enfoque Jesús ya pagó por todos los pecados de todo el mundo, sin excepción, pero espera que los muertos decidan por su cuenta. El Espíritu Santo es tenido como un Caballero que respeta el libre albedrío, sin ejercer violencia sobre la voluntad estéril y pétrida de los afectados por el pecado.
Claro, decir lo que la Biblia afirma alarmaría a las multitudes, nos protestarían y generaría una persecución contra los anunciantes. Esos vanos predicadores de mentiras refuerzan sus criterios con muchos textos fuera de contexto, una y otra vez, para generar un ambiente de autoridad. También la Biblia afirmaría que no hay Dios, si alejamos de su contexto el verso del Salmo 14:1. Se cita al Bautista anunciando al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, pero suponen que Jesucristo quitó, en forma absoluta, del mundo el pecado.
Para evitar esos equívocos conviene estudiar los contextos en que aparecen los vocablos que nos interesan. Por ejemplo, un grupo de fariseos dijo que todo el mundo se iba tras Jesucristo (Juan 12:19). Vemos que no siempre que aparece la palabra mundo o el vocablo todo se hace referencia a un absoluto sin que medie el contexto. Esta frase se produce después de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. Había tensión entre Jesús y las autoridades judías (los fariseos y el Sanedrín); Lázaro acababa de ser resucitado en Betania, un milagro que impactó enormemente a la población.
Los fariseos temían que el entusiasmo del público que veía esas señales de poder lo incitaría contra el Imperio Romano. Ese nuevo alboroto por causa del nuevo rey (Jesús) les quitaría el poder a los líderes locales que mantenían el control social en alguna manera. La frase emitida por los fariseos mostraba su frustración por no haber podido desacreditar plenamente a Jesús (el nuevo líder). Ya habían lanzado otro comentario similar, como lo recoge Juan en su evangelio, Capítulo 11, versos 47-48: ¿Qué hacemos? Porque este hombre hace muchas señales. Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación.
En este último texto el término todos alude al conjunto de judíos que se uniría a Jesús, no a los mismos fariseos, ni mucho menos a los romanos o al resto del mundo. Así que no siempre que aparece todos en la Biblia hace una referencia absoluta, abandonando la relatividad del contexto. Lo mismo sucede con mundo que puede ser la tierra, el universo gentil, el universo judío o, como nos lo demuestra Juan en una de sus cartas, el conjunto de creyentes judíos y gentiles: Y él es la propiciación por nuestros pecados: y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo (1 Juan 2:2).
Si Cristo expió los pecados de todo el mundo, sin excepción, la eficacia de su muerte y sangre presupone que ese mundo en su totalidad sería redimido finalmente. Pero en Juan 17:9 leemos lo que Jesús mismo le decía al Padre: No te ruego por el mundo, sino por los que me diste. Acá ese mundo citado por Jesucristo hace referencia al mundo que no redimiría jamás, por lo cual no perdió su tiempo con vanas intercesiones. El problema nuestro es que no tenemos una lista de las personas a las que Jesús vino a redimir, sino que se nos ha encomendado ir por todo el mundo y predicar el evangelio.
Eso hacemos y deseamos que la gente oiga y escuche, que se arrepienta y siga al Cordero Redentor. Pero para eso solo Dios es suficiente, ya que es su Espíritu el que opera el nuevo nacimiento por voluntad exclusivamente divina y no humana (Juan 1:13-15). Si fuimos enviados a predicar, Dios abrirá puertas de hierro, afinará los corazones para que estén dispuestos a oír. En ocasiones los corazones de los que oyen permanecen endurecidos, ya que también ese habrá de ser el propósito divino para con los vasos de ira.
Al tener en cuenta todo el consejo de Dios estaremos en paz. Comprenderemos que nada nos ocurre por azar. Las sensaciones de lo alto (del cielo que habla a través de la palabra divina) están alineadas con el juicio iluminado. Tenemos la mente de Cristo, afirma la Escritura. Poseemos el poder de razonar (el logos), de manera que nuestra fe no es a tientas o a ciegas. Así que cuando Dios nos guía hemos de echar mano a esa voluntad suprema que sigue siendo lógica. Dios nos trata como a seres racionales, por lo cual podemos someter al escrutinio de la razón lo que Él nos sugiere.
Aquellos que lleguen a creer recibirán el Espíritu Santo, quien opera en forma poderosa para cambiar sus corazones. De hecho, antes de que ellos cambien su manera de pensar o eliminen su enemistad para con Dios, es el Espíritu quien realiza el nuevo nacimiento. Al regenerar el alma que ha escuchado el evangelio de salvación ocurre el acto de nacer de nuevo. De esta forma puede llegar a creer el evangelio verdadero, todo lo cual ha sido el producto del trabajo de Jesucristo que exige el cumplimento en ese miembro inscrito en el conjunto de su pueblo (Mateo 1:21).
Sabemos que Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9) sino por los que habrían de creer en él por medio de la palabra de aquellos primeros creyentes (los apóstoles). Los falsos evangelios no llevan almas a Cristo sino que las seducen para el beneficio de sus practicantes. No se ven iglesias que celebren la predestinación divina, ni que canten a la soberanía absoluta de Dios. La gran mayoría de las congregaciones autodenominadas cristianas son gobernadas por la mixtura de la gracia con las obras. Ellos dicen que Dios predestinó a quienes Él ya sabía que habrían de creer. Es decir, que Dios vio en el túnel del tiempo quién quería ser salvo o quién estaba dispuesto por lo tanto lo eligió. Eso no es más que combinar la gracia divina con la obra humana, un falso evangelio como lo dijo Pablo a los Gálatas.
Descansemos definitivamente en la absoluta soberanía de Dios, el que hace que todo sea posible y quien se ha escogido un pueblo para Sí mismo, por el puro afecto de su voluntad, a quien llama con amor para honrar al Hijo como Redentor. Reposemos en esa seguridad pensada desde los siglos a la cual fuimos invitados y somos llevados certeramente, más allá de nuestros tropiezos. David pecó y fue reprendido, porque Dios al que ama castiga; disfrutemos de este tránsito hacia la morada eterna, sepamos de una vez que no habrá quien nos impida entrar a ese reino de los cielos.
César Paredes
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