El trabajo de Cristo

Lo que Jesucristo cumplió en la cruz cuando representó a todo su pueblo (Mateo 1:21) y solamente a su pueblo (Juan 17:9) nos llena de alegría y esperanza. El trabajo de Cristo justifica y salva a cada uno de sus representados (Romanos 3:24) y lo hace en forma gratuita para nosotros. Esto implica que seremos salvos de la ira (Romanos 5:9). Ya empezamos a ver la ganancia nuestra por el privilegio de creer, por cuanto hemos sido reconciliados con Dios por esa muerte de su Hijo.

Si una vez estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados, ahora hemos de considerarnos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo el Señor (Romanos 6:11). Ya no seremos más nunca contados para juicio, sino libres de la ley y de la muerte; ya resulta imposible de ser separados del amor de Dios (Romanos 8:1-2, 31-39). Aunque esto viene desde la eternidad (el amor divino para con sus escogidos) acá en la tierra comenzamos a vivir ese amor desde el momento en que fuimos regenerados.

Algo grandioso seguimos aprendiendo: Estamos en Cristo Jesús, la sabiduría de Dios en nosotros, la justificación, la santificación y la redención para cada uno de los que hemos escuchado su voz (1 Corintios 1:30). Ahora bien, la presente era es engañosa, maligna, está cargada de impíos que nos asechan diciéndonos que nos salve nuestro Dios, odiándonos de diversas maneras. Sin embargo, Cristo se dio a sí mismo para librarnos de este presente siglo malo (Gálatas 1:4). Los Salmos cantan contra la impiedad y advierten que Dios destruirá a los malignos de manera oportuna. Como dice Asaf: Dios los ha colocado en deslizaderos; en asolamientos los hará caer. Perecieron y se consumieron de terrores…el Señor menospreciará su apariencia (Salmos 73: 18- 20).

El trabajo de Cristo en la cruz nos trajo paz, habiendo abolido la enemistad entre nosotros y Dios, reconciliándonos con Él (Efesios 2:13-17). Ese trabajo hizo que se nos perdonara nuestros pecados (Colosenses 1:14); somos vistos como santos y sin mancha alguna, sin reproche alguno ante la vista del Altísimo (Colosenses 1:20-22). Una hermosa escritura nos cuenta que el acta de nuestros decretos, que nos era contraria, fue clavada en la cruz (Colosenses 2:14).

En la antigüedad, cuando un criminal cumplía su condena (o pagaba una deuda), el documento condenatorio se agujereaba y se colgaba en forma pública, para demostrar la expiración del delito o deuda. La ley divina es quien ha redactado esos decretos que nos son contrarios, por cuanto poseemos una incapacidad natural para cumplir la justicia perfecta a que se nos manda. El pecado (amartía) significa que no damos en el blanco, que erramos en nuestros nobles propósitos. Por esa razón Dios ve nuestra insuficiencia y borra o anula completamente nuestros delitos y pecados y nunca más se acuerda de ellos. La deuda quedó eliminada del registro y clavada en la cruz junto a Jesús, quien es la justicia de Dios.

De allí que Dios es un Dios justo que justifica al impío, anunciando a los redimidos que ya no existe ninguna condenación, que tenemos paz mental (el enemigo ya no goza de argumentos legales para acusarnos o hacernos sentir culpables por el pasado). Además, tenemos acceso directo al Padre, por cuanto la barrera del pecado quedó destruida. En Romanos 4:5 leemos que Dios justifica al impío, lo absuelve y lo declara justo, pero no por sus buenas obras o méritos sino por medio de la fe en Jesucristo. Esta justificación constituye un acto de gracia donde la culpa del pecador se transfiere a Cristo en la cruz, para recibir a cambio la justicia perfecta de Cristo. Por eso también se lee: Cristo, nuestra justicia, nuestra pascua (1 Corintios 5:7; Romanos 3:21;).

El trabajo de Cristo en la cruz demuestra que Jesucristo se dio por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y para purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras. De igual manera nos hizo herederos de acuerdo a la esperanza de vida eterna (Tito 2:14, 3: 6-7). Cuando la Biblia habla de la salvación de Dios tenemos que preguntarnos de qué hemos sido salvados. Podríamos disertar mucho al respecto, por cuanto en esta vida terrenal son incontables los beneficios obtenidos y los peligros de los que hemos sido liberados. Pero hay algo especial para el futuro, para la eternidad que se nos viene encima: hemos sido librados del castigo para los malignos en el infierno de fuego eterno, donde el gusano no muere y la conciencia queda activada en profundo pesar.

Somos santificados en la voluntad de Dios (Hebreos 10:10); santificar significa separar. Somos separados del mundo, no somos del mundo por lo cual el mundo nos odia. El llamado que nos hace el Señor es a no amar el mundo ni lo que él ofrece: los deseos de los ojos, los deseos de la carne y la vanagloria de la vida. Si hacemos ese esfuerzo sentiremos que vivimos en el reino celestial. Se ha escrito que sin santidad nadie verá al Señor; el Espíritu nos santifica pero se nos incita a vencer las obras de la carne. La garantía está ofrecida, simplemente luchemos contra esas incitaciones satánicas para que honremos al Creador.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

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