FE Y SEGURIDAD

La fe es la sustancia de las cosas que se esperan, la convicción de lo que no se ve. Con esa gran frase del libro Hebreos, en su Capítulo 11, los creyentes miramos a la evidencia de nuestra fe. El soporte de nuestra fe es Cristo, por lo tanto tenemos la seguridad absoluta de esa base o fundamento que se echó para nuestra creencia. De allí en adelante lo que se usufructúa depende de nuestra relación con el Señor. En tanto miremos cara a cara al Maestro no nos hundiremos en el mar de la agonía; si posamos nuestros sentidos en los problemas podemos naufragar en el mundo.

La fe y la seguridad no es asunto de tal vez sí o tal vez no; no existe vacilación en el alma del creyente en relación con su Señor. Esperamos certeramente una vida eterna, pero en esta tierra tenemos de nuestro lado al Señor que prometió estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Por esa razón él también nos envió al Consolador, el Espíritu Santo que habita en cada creyente. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de él. Así que nuestra herencia no se desvanece; nosotros amamos a alguien a quien no hemos visto, por eso también somos llamados bienaventurados.

¿En qué esperamos? Esperamos aquello que no vemos pero que fue prometido para nosotros que pasaría. La Biblia nos dice que tenemos la mente de Cristo, que somos disciplinados al ser tenidos por hijos, que podemos orar confiadamente depositando nuestra ansiedad sobre Cristo, quien cuida de nosotros.

En el ejemplo de la viuda ante el juez injusto vemos una enseñanza de valor para nuestros días. El mundo es como el juez injusto que no oye, que se hace rogar; en cambio, Dios nos escucha y no se hace rogar. Valemos mucho más que las flores o que las aves del campo; si nuestro Padre Celestial viste al campo con esa gala y da de comer a las aves que no trabajan ni cultivan, ¿cuánto más no hará por nosotros el Dios del cielo y de la tierra? Las Escrituras nos enseñan sobre la fidelidad de Dios para preservar a su pueblo; esta preservación no depende de cuán grande sea nuestra fe sino de la firmeza y constancia del Altísimo.

Cuando estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados, Él nos dio vida y nos trajo hacia Cristo. Ahora que ya fuimos reconciliados, ¿por qué habremos de desconfiar del Señor? Job exclamó una frase célebre en los creyentes: Yo sé que mi Redentor vive, que se levantará de la tierra; sé que después de deshecha mi piel, en mi carne he de ver a Dios … Mis ojos lo verán, y no otro. Aunque mi corazón desfallece dentro de mí (Job 19: 25-27). Pablo nos advierte que no hemos recibido el espíritu de esclavitud, para estar otra vez en temor, sino que hemos recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos ¡Abba Padre! (Romanos 8: 15).

Notemos que existe un espíritu de esclavitud en el cual estuvimos cuando pertenecíamos al mundo, pero ahora tenemos un espíritu distinto, el Espíritu de adopción. Fuimos regenerados por el Espíritu Santo y ya dejamos atrás la esclavitud al pecado. No tenemos que sucumbir ante la ansiedad o ante la incertidumbre, como si desconociéramos lo que Dios nos ha preparado. Se nos ha dado una nueva ciudadanía, la del reino de los cielos, aunque ahora continuemos en la tierra que tiene un principado oscuro. Cristo nos ha dicho que no somos del mundo para que no nos dediquemos a amar el mundo (los deseos de los ojos, de la carne y la vanagloria de la vida).

La esclavitud mental, corporal y espiritual ante el mundo no se ha preparado para los creyentes en Cristo. Aunque continuamos pecando día a día, el guía que tenemos nos da el conocimiento de Dios como Padre y testifica ante nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Es decir, nos recalca que no somos hijos de la esclavitud para andar amargados como los demás mortales que no tienen esperanza. Tampoco tenemos el gozo de los que participan como esclavos del mundo porque aprendimos a gozarnos en las cosas de arriba que poseen mayor valor.

Esta ciudadanía nuestra resulta muy diferente de la que tienen los demás, la cual conocemos bien porque también fuimos ciudadanos de la esclavitud. Los que poseen el espíritu de esclavitud suponen que si desobedecen la ley estarán bajo la ira de Dios. Al mismo tiempo, esas personas sostienen que si obedecen o intentan cumplir la ley de Dios tendrán su favor. En ambos casos implica andar en el temor que genera la esclavitud al pecado; pero nosotros hemos recibido un espíritu distinto, el de adopción, de manera que por ese Espíritu podemos llamar al Señor Padre mío. Esto es el espíritu de libertad por cuanto ya no tenemos que temer la pena eterna, sino que afrontamos con pundonor la disciplina y castigo del Señor al tratarnos como a hijos.

Nuestra fe reposa por igual en Aquel que es capaz de mantener sus promesas y cumplirlas, el que ha dicho que fuimos declarados justos en el Hijo de Dios, porque Dios no juzga dos veces por la misma falta. Ya el Hijo pagó todo lo que teníamos en el acta de los decretos que nos era contraria; ahora esa acta no existe más para nosotros. Pablo nos dijo esta gran verdad, pero también añadió en otro lado lo siguiente: ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera, pues ¿cómo viviremos en el pecado los que hemos muerto al pecado? (Romanos 6:1-2).

Nuestra fe es la certeza de lo que no vemos por ahora, aunque lo esperamos con firmeza. Creemos en el Dios de amor por cuanto hemos sido amados desde la eternidad, con el propósito de glorificar al Hijo. Reconocemos que no es de todos la fe sino que ella es un regalo (don) de Dios. Además, sin fe resulta imposible agradar al Omnipotente; de esta forma no podemos huir de la confianza que nos ha sido entregada porque no tenemos potestad de rechazar semejante regalo.

El mundo supone que lo que acá decimos pertenece a la locura humana, al delirio de buscar trascendencia en esta existencia. La Biblia dice que lo necio del mundo, lo que no es, lo menospreciado del mundo escogió Dios para deshacer a lo que es. Cuando comenzamos a leer desde el Génesis y continuamos hacia el Apocalipsis, miramos una literatura fantástica. Dios creó el universo con su palabra, y al sonido de ella ordenó el caos y lo convirtió en Cosmos.

Hechos sobrenaturales desde el principio, un mar que se abre en dos, un río que se separa para que transite un pueblo. El maná cae en el desierto, la lepra de la hermana de Moisés por murmurar contra él; Elías y el fuego que desciende sobre los capitanes y sus cincuenta. Eliseo resucita muertos y cualquier otro héroe conquistando ciudades y derribando murallas. Todo ello escrito, junto a los milagros de Jesucristo, su muerte y resurrección, como una metáfora de lo que podemos alcanzar si tan solo creemos que aquello sucedió.

Daniel en el foso de los leones nos viene como anticipación de lo que vivimos a diario en el mundo. Andamos por fe y no por vista, caminamos en esa seguridad que representa la fe. Sabemos en quién hemos creído y que es suficiente para guardar nuestro depósito para el día final. Dios nos prometió salvación, a partir de la regeneración hasta la gloria final, bajo una sola condición: la expiación que con su sangre hizo Jesucristo por todos aquellos que le dio el Padre.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

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