Todo el que se extravía y no permanece en la doctrina de Cristo no tiene a Dios. El que permanece en la doctrina, éste tiene al Padre y también al Hijo (2 Juan 1:9). De cierto, de cierto os digo que el que no entra al redil de las ovejas por la puerta, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y asaltante (Juan 10:1). Estos dos textos son demasiado claros, por lo cual decimos que lo que es evidente no necesita explicación.
Son un llamado a la reflexión del pueblo cristiano. Recordemos que muchos que militan en el cristianismo lo hacen en virtud de una tradición, de una costumbre, de un ambiente cultural en el cual se han formado. Otros asumen el evangelio como un dogma de fe, pero muy pocos conocen la esencia de aquello que dicen creer: la doctrina de Cristo, que es el núcleo del mensaje de salvación, el centro de la persona y obra de Jesucristo.
El trabajo que el Padre le encomendó al Hijo es la tarea que hizo a perfección cuando vino a la tierra como Verbo encarnado. Su culminación quedó plasmada en la cruz, pero fue especificada por las palabras del Señor al momento de expirar: Consumado es. Es decir, la obra que el Padre le encomendó fue cumplida a cabalidad, la expiación de todos los pecados de su pueblo -tanto judío como gentil.
Se puede ser religioso y evasor de la doctrina de Cristo. Ese conjunto de enseñanzas molesta el corazón del que se supone predicador del evangelio. Sí, no pocos dedicados al trabajo de anunciar las palabras de Cristo argumentan contra tal doctrina. La esencia de lo que enseñó el Señor lo recoge Juan en su evangelio; el capítulo seis lo reitera, cuando Jesús declara a la multitud que lo seguía que ninguno puede venir a él si el Padre no lo trae, que todo lo que el Padre le da vendrá a él. Con esas dos premisas (una afirmativa y otra negativa, pero ambas universales) se sostiene el silogismo con su tesis conclusiva absolutamente lógica: el no que no va a Cristo no va porque el Padre no lo ha enviado.
Esto molesta a bastante gente de la religión cristiana al punto de esquivar tal enseñanza. El mismo Jesús notó cómo murmuraban de lo que acababa de afirmar; por esta razón se volteó a esa multitud y les reiteró: Por eso os he dicho que ninguno puede venir mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). Agrega Juan que desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él. Hoy en día los predicadores no quieren que la gente se vuelva atrás, por las razones que sus corazones conocen. Ellos aseguran que se puede creer obviando ciertas doctrinas peligrosas o incómodas, difíciles de entender, esquivando aquello que dejaría templos con escaso público.
Si seguimos leyendo a Juan nos encontramos con el capítulo 10, verso 26, en el que Jesús confirma que solamente las ovejas pueden creer en él (la condición de oveja jamás se intercambiará con la condición de cabra). ¿Qué había exclamado Jesús al Padre en Juan 17:9? Que no rogaba por el mundo justamente la noche previa a su muerte de cruz. Rogó tan solo por los que el Padre le había dado y por los que habrían de creer por la palabra no adulterada de ellos. El mundo no elegido del Padre queda por fuera, para juicio perpetuo y para testimonio de la ira de Dios contra el pecador irredento.
Quizás haya molestia en muchos lectores de la Escritura ya que del designio de la voluntad divina nadie puede escapar. Fue lo que Jesús le explicaba a Nicodemo, que para poder ver el reino de Dios es necesario nacer de nuevo. El nuevo nacimiento no puede ser realizado por voluntad humana de ningún tipo, sino solo por el Espíritu Santo. Colocó la figura del viento que sopla de donde quiere, pero uno no sabe ni de dónde viene ni a dónde va. Esto está relatado en Juan 3, pero en Juan 1 se nos declara que quienes creen en el Hijo de Dios lo hacen porque son engendrados de Dios.
Cuando Pablo resume esta doctrina de Cristo y utiliza la figura de los gemelos Jacob y Esaú como contraposición ejemplar, nos está dibujando el destino humano. Nadie puede luchar exitosamente contra lo estipulado en los cielos, no somos sino barro en manos del alfarero. El Alfarero es Dios soberano y nosotros simple vajillas para honra o deshonra. La razón humana alterca con el Creador y lo acusa de injusticia, pero el apóstol nos recuerda que no somos nada sino simple barro en las manos del Hacedor de todo cuanto existe.
No nos conviene contrariar al Despotes, al Soberano que hace como quiere. Somos nosotros los que debemos un juicio de rendición de cuentas por lo que hacemos en esta tierra, no es Dios quien tenga que rendirnos cuenta por lo que decidió desde los siglos. Si los predicadores tomasen en serio esta realidad soberana del mandato divino, la congregación de ovejas viviría sonriente al reconocer la gran suerte que hemos tenido al haber sido escogidos para salvación desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:11). Pero hay predicadores que se resisten a esta enseñanza y solo se agracian con las cabras que han introducido en sus atrios.
Juan nos ha dicho que quien se desvía de la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo, y quien recibe al que no es partícipe de esa doctrina de Jesús conlleva las consecuencias de las malas obras del desviado. La Escritura no presenta contradicciones con ella misma, así que conviene leer lo que Juan dice en una de sus cartas. En 1 Juan 2:2 expone a su iglesia un mensaje que muchos mal interpretan. Jesucristo sería la propiciación por los pecados de esa congregación en la que Juan se incluye (nuestros pecados), pero no solo Jesús sería la propiciación para esos pecados sino por los de todo el mundo. ¿Significa esa aseveración que Jesús murió por todos, sin excepción, contraviniendo lo antes dicho, en especial que no rogaba por el mundo?
Al leer el texto en su contexto sabremos la verdad. La congregación de Juan estaba compuesta especialmente por población judía (recordemos que Pablo fue declarado el apóstol para los gentiles, aunque él también predicaba a judíos). Juan sabía que muchos de los judíos de su época quedaron por fuera de la expiación de Jesucristo, al igual que acontecía con el mundo gentil pagano. De manera que Juan hablaba de Jesucristo como la propiciación por los pecados de los judíos que componían su iglesia (y por extensión todas las iglesias de los judíos creyentes), así como del mundo de creyentes gentiles (el resto del mundo). Sumados judíos y gentiles se constituye todo el mundo.
Esa expresión TODO EL MUNDO no incluía a Judas Iscariote, al Faraón de Egipto, a ningún réprobo en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda. Incluía a la universalidad de los que el Padre había elegido de entre los judíos y gentiles, como bien lo afirma Apocalipsis 13:8 y 17:8, entre tantos otros textos. Juan conocía la frase del Señor que refería a muchos son los llamados y pocos los escogidos. Jesús no propició por los pecados de ningún réprobo en cuanto a fe, pues hubiese sido nulo y contradictorio el acto.
La Biblia nos habla de que toda Jerusalén salió para ser bautizada por Juan, pero no fueron todos sus habitantes sin excepción los que acudieron a las aguas (Marcos 1:5). Acá no podemos descartar el lenguaje hiperbólico, la exageración literaria, que indicaba una cantidad extraordinaria y masiva. Asimismo acontece con la aseveración de los fariseos respecto a la fama de Jesús: Mirad, el mundo se va tras él (Juan 12:19), precisamente por la fama del Cristo después de la resurrección de Lázaro. Sabemos que esos mismos fariseos que así decían no se iban tras Jesús, ni el Imperio Romano ni los millones de personas que aún no habían conocido el evangelio y perecieron en sus pecados.
César Paredes
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