Autor: César Paredes

  • GRACIA A LOS HUMILDES (SANTIAGO 4:6)

    Dios miró desde los cielos para ver si había algún entendido, lo que encontró fue lo que ya sabía: no hay justo ni aún uno, no hay quien haga lo bueno, no hay quien busque a Dios. Entonces, ¿dónde está el humilde? ¿Qué quiso decir Santiago con sus palabras? Porque la humildad significa ausencia de soberbia, cosa que en sí misma es una buena condición del alma. ¿Vio Dios algo bueno, como gente humilde que lo deseara? No, no lo podemos afirmar a partir de lo que Él mismo calificó respecto a la naturaleza humana. Sin embargo, el contexto social nos lleva a hacer distinciones entre los hombres.

    Los hay más despreciables, quienes suponen no necesitan a Dios; sus posesiones materiales los encumbra y piensan que la religión es asunto de gente timorata. Tal vez su dinero puede comprar la simpatía de los religiosos y con ello se aseguran, por si hubiere una realidad espiritual que poco les importa. El humilde, por el contrario, reconoce su propia vileza, aunque no pueda hacer nada para cambiarla. Como dice Proverbios 30:8-9: No me des pobreza ni riquezas; mantenme del pan necesario; no sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová? O que siendo pobre, hurte, y blasfeme el nombre de mi Dios.

    Pensemos por un momento que si Dios da gracia al humilde, a ambos hizo el Señor: al altivo de corazón (Proverbios 16:4) y al quebrantado de espíritu (el humilde). La Biblia no asegura que cada humilde recibirá gracia divina, simplemente afirma que Dios da gracia a los humildes. Santiago está hablando de los creyentes, diciéndoles que el Espíritu Santo nos anhela celosamente, así que esa gracia nos aleja de la soberbia. De no ser por Jehová, no habría ni una sola persona con humildad en el planeta, así que al igual que la fe resulta útil en tanto mecanismo de salvación, también se nos ha dicho que la fe es un regalo de Dios (Efesios 2:8).

    Y si es un regalo eso no anula su utilidad, ya que no se nos exige como condición que pudiéramos cumplir, lo cual cambiaría la gracia en obras. Simplemente se habla de un mecanismo cuando se dice que somos salvos por gracia, por medio de la fe. No suponga nadie que puede tener fe (a no ser la espuria, la inventada por la carne humana), solamente se tiene cuando Dios la da. Volvemos al círculo de siempre: Dios da la salvación a quien quiere darla (Romanos 9; Efesios 1, Juan 6, etc.).

    Ciertamente el hombre respira y vive, si no hubiese oxígeno moriría. Pero para poder respirar necesita pulmones, para los pulmones hace falta la sangre, el cuerpo humano, etc. Una cadena de eventos y condiciones parece asomar en cada acto biológico de nuestros cuerpos, pero uno mira de cerca y reconoce que Dios ha hecho eso posible. Nosotros respiramos o morimos, pero Dios da el oxígeno y los demás elementos de la vida. El que respiremos no nos hace independientes del Creador, sino que nos afirma que dependemos de su providencia. Pero nadie lo piensa cuando respira, porque cree que es una actividad biológica mecánica independiente de la voluntad providencial del Señor.

    Pasa algo parecido con la humildad, ya que la persona humilde podría caer en la soberbia si no reconoce que Dios le ha dado esa cualidad. Le sucedió algo terrible al soberbio Nabucodonosor, hasta que aprendió humildad y reconoció que no hay otro Dios sino el Señor. Empero Dios ha hecho al malo para el día malo, y ese malo tiene la aptitud para la soberbia. Lucifer ejerce su función desde el plano de la altivez, creyéndose dios y haciendo blasfemar el nombre del Todopoderoso. Para eso fue creado, porque dentro de los planes del Creador quiso incorporarlo para resaltar la gloria de su Hijo Jesucristo.

    Santiago advierte que la gente codicia y no tiene, mata y arde de envidia. Un poeta ha dicho que la envidia de la virtud ha hecho a Caín criminal, que hoy la gente da gloria a Caín porque el vicio es lo que se envidia más. Luego, da un ay por esa actitud humana. Muchos creyentes combaten y luchan, pero no logran lo que desean, por la simple razón de no pedir a quien puede darlo todo. La amistad con el mundo genera enemistad para con Dios, mas el que se somete a Dios y se acerca, conseguirá que Dios se acerque también.

    Hemos de pedir conforme a la voluntad de Dios, para tener la garantía de recibir lo que pedimos. No nos podemos escapar del centro divino, de su eje, ya que nuestra sumisión a la voluntad de Dios genera todo tipo de bondad en nuestros círculos de vida. Todo sea hecho por el honor de Dios y en interés de agradar a Jesucristo, sin que medie la lujuria y la avaricia, no vaya a ser que esta misma noche vengan a pedir nuestra alma (Lucas 12:19). Como creyentes hemos de sopesar siempre la vanidad de la vida, no nos vaya a pasar lo del rico que vivió a placer y ahora se encuentra en el calor del infierno sin provecho alguno (Lucas 16:19). No podemos servir a dos señores, o nos hacemos amigos del mundo o nos hacemos amigos de Dios, porque uno odia al otro.

    No nos preocupemos qué cosa hemos de comer o beber, o qué habremos de vestir, ya que nuestra existencia es mayor que la comida y el vestido. Las aves del cielo no siembran, ni guardan en graneros, pero Dios las alimenta. Los lirios del campo no hilan, pero se lucen como nadie puede adornarse. Por mucho pensar no podemos añadir a nuestra estatura un centímetro, la mucha preocupación fatiga la carne. Dios hará mucho más por nosotros que lo que hace por las aves y por los lirios del campo, así que alimentemos nuestra fe con la palabra de esperanza dada a los santos (a los escogidos que hemos sido llamados eficazmente).

    Si nos ocupásemos en el Evangelio, en su pureza y su aplicación, prefiriéndolo a cualquier protocolo de vida, por encima de lo que hemos de comer o vestir, meditando en él de día y de noche, entonces sabremos lo que es el reino de Dios. Al comprender lo que significa la justicia de Dios, la cual es Jesucristo, nuestra pascua, comprenderemos de qué infierno hemos sido librados. Sin esa justicia no podremos entrar en el reino de los cielos, pero con ella tendremos, además de esa entrada, todas las cosas necesarias para nuestro diario vivir. La comida, el vestido, la bebida, la habitación, todo lo tendremos porque nuestro Padre sabe de qué cosas tenemos necesidad.

    Nosotros, como cristianos, tenemos una revelación superior de las Escrituras, el conocimiento de Dios y de su providencia. Dios produce en nosotros el querer como el hacer, por su buena voluntad. El mundo sin Cristo carece de este conocimiento, así que sus amigos se confían en lo que acumulan en graneros, en sus cuentas bancarias y negocios, en lo que ellos llaman trabajo. Pero aunque esas cosas puedan contener algo de bueno, su administración muestra el desvarío y desconfianza del impío, que descansa en sus posesiones antes que en la gracia divina que no posee. Nosotros tenemos otro talante, una manera de actuar que ha sido enseñada por Jesucristo y a la cual nos guía el Espíritu que nos fue dado como garantía.

    Santiago nos dice que pidamos para poder tener; pero que le pidamos a Dios. En otros términos, de rodillas ante Dios y no ante los hombres. Evítese cualquier humillación humana, inclínese ante el Señor y descargue en él la ansiedad, de forma que vea el cuidado que tiene de inmediato y la provisión abundante que recibirá. Dice Santiago que lo hagamos con fe, no dudando, para no ser llevado por cualquier viento doctrinal. Hagamos como Abraham, Jacob, Isaías, Pablo, y tantos otros, humillándonos ante el Señor, reconociendo que no podemos hacer nada sin su ayuda y misericordia. Dependemos de su gracia en forma total, para que podamos ser exaltados cuando fuere el tiempo. Él nos saca del lodo cenagoso y pone nuestro pie sobre peña, nos adorna con su gracia.

    Que el Señor nos vista con la vestimenta de justicia de su Hijo, que nos cubra con su abrazo al acudir a su encuentro, que nos coloque el anillo que le fue dado al hijo pródigo al volver a casa. Amplia entrada tendremos en su regazo, porque el Señor ama a sus hijos y los cubre de esperanza. Ninguna vergüenza tendremos en su presencia, revestidos de su justicia. Como dijo David en uno de sus cánticos: Jehová te oiga en el día de conflicto; el nombre del Dios de Jacob te defienda. Te envíe ayuda desde el santuario, y desde Sión ten sostenga (Salmos 20:1-2).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • JEHOVÁ, ESCUCHA MI ORACIÓN (SALMOS 102)

    Que llegue nuestro clamor a quien no esconde su rostro en el día de la angustia, que se apresure a respondernos el día en que lo invoquemos. Nuestra precariedad de días se contrasta con la eternidad de su tiempo, del que hizo todo cuanto existe. El salmista se ve como el pelícano en el desierto, como el búho de las soledades. Como si fuésemos un pájaro solitario en el tejado, así los enemigos nos afrentan porque pareciera que Dios se enoja contra su pueblo.

    La memoria de Jehová será para siempre, vendrán nuevas generaciones y conocerán del Señor, empezarán sus vidas con un cántico fresco para ensalzar al Todopoderoso. No obstante, el creyente se aferra a las Escrituras, a ese contrato que ha firmado Jehová con la sangre de su Hijo, a su juramento por Sí mismo, a su promesa de redención para todo su pueblo. Como en Egipto, a veces habitamos la tierra del poderoso que odia a Jehová, recibimos los azotes enemigos para que sigamos como esclavos. En el mundo convivimos con la aflicción, al señalar la vanidad de la vida y al rechazar el deseo de los ojos.

    Jehová oye la oración de los desvalidos, de aquellos que lo aman, y nos mira desde lo alto de su santuario. Esto somos: barro formado con sus dedos, vasos en manos del alfarero. Nos moldea y todavía quiere perfeccionarnos; quiebra en ocasiones la vasija para hacer una nueva. El proceso duele, porque somos carne, como si la arcilla pudiese quejarse en la quebradura. Empero, el Señor escucha el gemido de los presos, y libera a los sentenciados a muerte. Jesucristo nos liberó de las ataduras del enemigo, espantó lejos a los demonios, condenó a la misma muerte. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde está, oh sepulcro, tu victoria? El aguijón de la muerte es el pecado, pero Jesús lo venció y mostró su presea ante las potestades celestiales.

    El consuelo del cristiano está en que abandonará el cuerpo, bajo el pensamiento de que estar con Cristo es muchísimo mejor. Con todo, no queremos que nos corte en la mitad de nuestros días, aunque envejezcamos como viejas vestiduras. Elías, profeta triunfante, deseó que Jehová le quitara la vida; pero el Señor lo consoló con ángeles, sueño y alimento. Mucho camino siguió en su recorrido hasta alcanzar algo más delicioso que la tumba, la carroza de fuego que lo arrebató al cielo.

    El diluvio no venció a Noé, ni a su familia; ellos se rodearon de la compañía de animales inocentes, obra de las manos de Jehová. El arca del Señor nos da el cobijo, para que en las muchas aguas no seamos anegados. Jehová es el mismo, sin sombra de variación, no suma años porque aunque es Anciano de días no envejece. Ha formado a cada vaso de misericordia con plasticidad única, colocando su nombre con la tinta roja que emana del Calvario. Ese pacto se tiene por sempiterno, incondicional, de adhesión perpetua. El Señor nos mira cuando a Él clamamos.

    Mucho advenedizo en los atrios de las ovejas, para confundir la paz en ruido del alma; las aguas turbias proceden del pisoteo de las cabras, invitadas por los pastores de otro oficio. Ellos cantan a otro dios, cuestionan el pacto y las promesas de Jehová, aseguran victoria con sus métodos cargados de doctrinas demoníacas. Pero las ovejas yacen en las manos del Señor, sin que puedan ser arrebatadas; su sabiduría las mantiene alertas para que junto al Padre Eterno continúe la protección. Nuestra lucha contra el lobo opresor, contra los maestros de mentiras nos ejercita el alma para comprender que caminamos en un valle de sombra y de muerte. Cada día una prueba, cada momento un examen, pero cada instante una victoria; no se trata de que la gente no entienda, más bien parece que comprende perfectamente. La mente natural no puede resistir la palabra de Dios, por lo tanto busca una salida confortable para su tribulación. Muchas personas se esconden en un razonar circular, donde el eje de todo se centra en el Dios de amor y la libertad humana. Un Dios de amor no puede condenar a alguien que no tiene libertad para hacer el bien o para hacer el mal. Así que en ese eje gira toda religión espuria que tenga al cristianismo como excusa.

    El impío no se doblega ante la soberanía de Dios, sino que se inclina ante su pretensión de objetor. Dice que Dios no encuentra falta en nadie por cuanto no hizo al hombre libre para pecar o no pecar, que el Dios descrito en Romanos parece un monstruo, un diablo o tal vez sea un tirano. Interpreta a Pablo como quien habla de dos pueblos, en referencia a Jacob y Esaú. Pero la respuesta llega de inmediato, del Espíritu mismo: En ninguna manera Dios es injusto, más bien ¿quién eres tú, oh hombre, para discutir con Dios? Recuerda que eres una olla de barro y el alfarero es el Soberano, es el que elige tu destino. Esa roca poderosa rompe la mente del que objeta, le acrecienta su ira y muchos caen destruidos y perplejos para siempre. Su trauma lo cargan a todas partes y están prestos a levantar sus puños contra el Hacedor de todo. Como el rey de Asiria, pretenden que el hacha mueva la mano del que con ella corta.

    Dios no endurece gente que primero se endurece a sí misma; no restringe su gracia para que peque un poco más. Simplemente Dios ordena todo cuanto acontece, como se demuestra por las Escrituras. Por ejemplo, todo los actos que los malhechores hicieron contra Jesucristo en la crucifixión fueron preparados por el Todopoderoso en forma específica. El que lo escupieran es una acto pecaminoso, el que traspasaran su costado demuestra el pecado del que perpetró ese mal. Sus azotes, el escarnio público, el que se ordenara su entrega a manos de los que podían crucificarle, la traición de su amigo con quien compartía el pan. Esos pecados fueron ordenados por Dios, no permitidos, como si un complejo azar le diera la suerte a Dios para que se hicieran aquellos que ni siquiera Él pensó, porque aún pensar eso para su Hijo constituiría pecado.

    Pero Dios no peca, no existe una norma hecha por Él que le haya impedido el hacer tal planificación al detalle. No lo averiguó en el túnel del tiempo, lo ideo en su corazón para procurar justicia a cada uno de los que componemos su pueblo. Los otros, los advenedizos, se escudan en el hecho de considerar tales hechos como actos libres de los hombres en los que Dios solamente restringió su gracia. Vaya torpeza de mente, en realidad los ha consumido el espíritu de estupor en su vana imaginación. Su ídolo, el libre albedrío, no podrá ayudarlos a comprender la majestad del poder divino, de sus actos soberanos y de su odio por los impíos que hizo como vasos de barro para el día de su justicia y castigo.

    El Espíritu Santo colocó la misma doctrina de la soberanía absoluta de Dios a lo largo de todas las Escrituras. Fue Él quien inspiró a los santos hombres de Dios, fue Él el que recordó las palabras habladas por Jesús. Así que una multiplicidad de textos aparecen concatenados para ilustrar la opacidad humana, su caída y la voluntad divina en esa caída. Todo fue preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), pero los falsos evangelios se predican para motivar el espíritu del anticristo en las multitudes. Ahora surgen nuevos profetas de mentiras, los que hablan lenguas raras, bar-bar-bar, aquellos que promulgan un evangelio diferente. Muchos se hacen llamar apóstoles, como deshaciendo el dictamen de Pablo respecto a que él fue el último de ellos, como un abortivo, pero que reconocía a los doce (Pablo nunca se reconoció entre los doce). El Apocalipsis habla de una ciudad con puertas y nombres para los doce apóstoles, pero en las sinagogas de Satanás se cuentan por montones los que se dicen a sí mismos que son apóstoles y las masas agradecen su presencia, porque eso destaca una señal de importancia. Necesitan señales nuevas para justificar su ídolo Baal-Jesús.

    La palabra apóstol significa enviado, pero enviados somos todos a predicar el evangelio. Sin embargo, no osamos llevar ese nombre como título, por no irrespetar las Escrituras. Al mismo tiempo, la palabra ungido se refiere a una persona marcada con oleo para ser rey o enviado de Dios (Cristo es el Ungido de Jehová). Nosotros también somos ungidos y tenemos la unción del Santo, pero no por eso osamos llevar ese título en las asambleas. Así que urge corregir y establecer las diferencias. El don de lenguas fue uno de los dones especiales, pero eso ya cesó, como lo advertía Pablo. Incluso, ese apóstol para los gentiles, tuvo entre otros el don de sanidad. Su pañuelo sanaba a gente cuando lo enviaba de un sitio a otro (Hechos 19:12), pero entrado en años, mientras se acercaba lo completo para que cesara lo que era en parte (entrada la plenitud de las Escrituras), el apóstol le recomienda a Timoteo tomar vino en vez de agua, por causa de su estómago. A otros misioneros y amigos dejó en varios sitios por causa de que estaban enfermos. Quiere decir, que su don iba menguando.

    Los falsos creyentes de hoy no solo preguntan a Dios ¿por qué me has hecho de esta manera?, emulando al objetor de Romanos 9, sino que dicen que ellos son distintos y que Dios los hizo con dones apostólicos especiales, lo cual se exhibe como una trampa de Satanás para engañar, si fuere posible, aún a los escogidos. Pero no pudiendo engañar a los escogidos de Dios, se entiende que los que persisten en el engaño no han sido escogidos de Dios, a menos que ocurra el arrepentimiento para perdón de pecados. Pero aún eso lo da Dios y no lo obtiene el hombre por cuenta propia.

    El pelícano del desierto es un ave egipcia (Canopus Aegyptus), la cual se rompe su pecho para dar de comer a sus crías. El búho vive en la soledad, en las casas arruinadas, sin mezclarse con otras aves. Su sonido característico es como de lamento, así que esas dos aves sirven de ilustración al salmista para mostrar su estado de ánimo frente a la soledad, su gravedad de vida austera en esa circunstancia del creyente sin compañía. Muchos se hacen acompañar de las cabras para cantar en conjunto, pero el que ama la verdad doctrinal de Jesucristo sabe soportar los momentos en que supone que solamente él ha quedado. Elías sintió algo parecido, pero Jehová le dijo que se había reservado 7000 hombres para Sí, que no habían sucumbido ante Baal. No se los mostró, así que el profeta siguió solo hasta que consiguió el consuelo de lo alto.

    El reducido número de elegidos parece mostrarse más marcado en la medida en que el mundo hace más ruido. Sus templos son dedicados a Baal y por eso acuden multitudes; un Cristo despojado de doctrina resulta amado con el corazón, como si éste no contuviera la mente. Válida aparece la vieja pregunta: Señor, ¿son pocos los que se salvan? La respuesta fue muy clarividente: lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. Después se suma la exhortación a no temer, aunque seamos manada pequeña; por igual aparece la expresión: muchos son los llamados, pocos los escogidos. El búho de la soledad y el pelícano del desierto son nuestros emblemas del día a día.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • CELO POR LA VERDAD DEL EVANGELIO

    Podríamos hablar del evangelio de verdad, así como de la verdad del evangelio. La buena noticia se da en tanto se fundamenta en la verdad, como dijo Jesús: Tu palabra es verdad (Juan 17:17). Debemos mostrar celo por la defensa del evangelio, ya que en realidad lo amamos. Uno se conmueve con la gente que habla de Cristo, pero cuando examina el fondo de sus palabras y descubre qué espíritu es, uno ha de mostrarse perspicaz para no caer en el engaño. Hay quienes aseguran que durante años militaron en una congregación donde no se conoce el evangelio, sino que se predica uno espurio. Salen de ese sitio hacia otro, pero no se han arrepentido de haber andado en aquellas viejas herejías.

    Suelen confesar públicamente que aquellas personas con las cuales se congregaban son salvas, ya que el hecho de que ellos provienen del mismo sitio lo atestigua. Uno podría preguntarse por la razón por la que huyeron de aquellas sinagogas, puesto que allí eran redimidos, de manera que no urgía el huir de esas doctrinas del error. Se descubre que dicen paz cuando no la hay, porque todavía guardan un sentimentalismo a favor de aquellos con quienes compartieron mucha vida religiosa. De allí que se comienza a predicar contra la herejía sin herejes, diciendo que se ataca el sistema erróneo de creencias pero no a los que viven en la desviada fe. En cambio, el Dios de las Escrituras afirma que Él está airado contra el impío todos los días, no solamente contra la impiedad (Salmos 7:11).

    El Antiguo Testamento nos aporta un texto de suma claridad para identificar al hereje con su herejía. En Proverbios 23:7 leemos: Cual es su pensamiento en su corazón, tal es él. No puede alguien militar en la herejía y suponer que él no sea hereje; Pablo aseguró que hay quienes se complacen con los que practican las malas obras (Romanos 1:32), por lo tanto son dignos de muerte (espiritual). Aunque alguien no declare la persona que es, su corazón lo delata; ciertamente, de la abundancia del corazón habla la boca. A veces no es necesario escuchar palabras, basta con mirar las acciones de las personas, sus gestos, su alegría por el mal. La soberbia puede declararse en la mirada altiva, pero de seguro se prueba con la caída, como dice el texto: Antes de la caída viene la altivez (Proverbios 16:18). Examine la vida de Nabucodonosor y comprenderá el error de su soberbia, el castigo que le vino y la humillación aprendida por causa de su malestar sufrido. Otros han mostrado peor suerte, como el caso del Faraón de Egipto, insensato por causa de su soberbia. Lucifer quiso ser como el Altísimo y procuró subir a ese lugar, mas su castigo resulta ejemplar para quien lo observa.

    Mientras más arriba crea una persona estar, más dura será su estrepitosa caída. La herejía es una opinión propia sobre las Escrituras, una interpretación privada (como señala Pedro). Ella se enciende en el corazón humano y aprisiona la mente en una sola revolución, girando en un centro inútil y deleitándose en la mentira asumida. Los años de religión vienen a ser un gran obstáculo para el individuo que lee la Biblia, ya que su ideología lo guía para que capte de las palabras lo que su corazón le dicta. Hicieron lo mismo los viejos fariseos, apegados a la norma de la ley, guardando los mandatos con rigurosidad, olvidando el espíritu y la misericordia. Se cargaron de hipocresía y desconocieron al Mesías que tanto anunciaban desde antes, porque su vano entendimiento se apegaba a la suposición de que eran dueños de Dios.

    La gran verdad de Dios ha sido declarada y está en las Escrituras: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí (Juan 14:6). Pero la gente entiende que ese Jesús es un nombre vacío que puede llenar con cualquier tipo de doctrina. Cada creyente, sin embargo, conoce la voz del verdadero Pastor de las ovejas y jamás se irá tras los falsos maestros o tras las doctrinas del error (Juan 10:4-5). A Dios no le ha placido hacer al hombre soberano, con libre albedrío, sino que lo ha formado como vaso de barro que moldea a su antojo, barro propiedad del Alfarero. Esta verdad toca la fibra de la altivez humana, contra esa verdad lucha la iglesia que se profesa cristiana, pero cuyo corazón está lejos del Señor. La Biblia afirma que Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3). Aún al malo hizo Dios para el día malo, porque Jehová ha hecho todo para sí mismo (Proverbios 16:4).

    La verdad manifestada en las Escrituras ofende a los oídos no preparados por el Padre en la enseñanza para que vayan a Cristo. Por esa razón muchos se apartan de la verdad que ven de soslayo, sin poder seguir atendiendo a sus mandatos. No soportan la acusatoria contra la altivez de espíritu de cada individuo que supone autonomía frente al Omnipotente. Algunos deciden creer en Dios, como dándole un voto de confianza para ver qué hay de cierto en todo eso de la fe. Otros, bajan la cabeza pero murmuran contra las palabras que les son duras de oír. Los hay de aquellos que tuercen las Escrituras, para hacerla decir una cosa que no dice, por lo cual caminan en el anatema que ella misma lanza contra sus detractores.

    La mentira abunda; existen los defensores de la herejía que aseguran que una persona puede vivir en medio de ella de una manera inconsistente. Han acuñado una expresión que resume su justificación: la feliz inconsistencia. Es decir, se cree en la herejía, se convive con ella, pero en una feliz inconsistencia. Esto no se entiende, pero así lo afirman; ya Pablo lo denunció al final del Capítulo 1 de su Carta a los Romanos: que son culpables de muerte los que se complacen con los que practican las malas cosas (herejía).

    ¿Puede una expiación no expiar? ¿Pudo Jesucristo morir por los pecados de todo el mundo, sin excepción, pero apartar su eficacia de algunos? Ese contrasentido se sostiene como doctrina teológica de vanguardia, una herejía que defiende la feliz inconsistencia del hereje. Jesús vino para traer espada, para colocar enemistad en la familia, entre aquellos que creen y los que no son llamados a creer. No vino para hablar bien de la democracia como sistema de gobierno eclesiástico, como para procurar estar tranquilos todos bajo el vocablo vacío Jesús. Se oye a menudo que lo que importa es el corazón y no la mente; amamos a Cristo de corazón, dicen, aunque no estamos de acuerdo con aquellas doctrinas duras de oír.

    Pablo enseña que se hace necesario que haya disensiones en la iglesia, para que se hagan manifiestos los que son aprobados (1 Corintios 11:19). Con todo, se nos recomienda fijarnos en aquellos que generan tropiezos en contra de la doctrina que hemos recibido de los apóstoles (Romanos 16:17). Es necesario apartarse de ellos, así de simple es el mandato. Estos hombres de religión se ganan la simpatía de las personas con la apariencia de piedad: música de alabanza, textos de memoria, bendicen a diestra y siniestra. Después, se dan a la tarea de introducir nociones interpretativas contra la doctrina enseñada por Jesucristo. Estando profundamente corrompidos con la herejía, muestran solamente la parte en que coinciden con la verdad bíblica, para embaucar a los más ingenuos. Recordemos lo que dijo Cristo la noche antes de morir, que creeríamos por la palabra de los primeros creyentes (sus discípulos). Esa palabra incorruptible, como la describe Pedro, es capaz de salvar a las ovejas destinadas para ese fin; pero el evangelio maldito, de acuerdo a lo dicho por Pablo, está plagado de herejía y resulta en un evangelio torcido que condena el alma (la maldice).

    Un elegido de Dios, cuando ha sido regenerado por el Espíritu del Señor, huirá de Babilonia; no podrá permanecer en ella, no podrá tener comunión con Cristo y con Belial. ¿Qué hacen los que se llaman cristianos participando con los nuevos apóstoles, con los que hablan en falsas lenguas, con los que todavía profetizan como si ejercieran el arte de vaticinar? Por otro lado, aunque no hicieran esas prácticas, todavía comulgarían con los que militan en la doctrina herética. Por ejemplo, no se puede cohabitar en un mismo espíritu con los que tienen por nula la expiación del Señor. Se tiene por nula cuando se le atribuye a su trabajo en la cruz un alcance que no fue procurado: la salvación de todo el mundo, sin excepción.

    Hemos de juzgar con justo juicio, para poder probar los espíritus y saber si son de Dios. Jesús nos dijo que no diéramos lo santo a los perros, ni las perlas a los cerdos. ¿Cómo vamos a saber quiénes son perros o cerdos, si no los juzgamos con justo juicio? ¿Cómo podemos estar atentos a los falsos profetas, si no juzgamos qué es ser un falso profeta? Los conoceremos por sus frutos, porque de la abundancia del corazón habla la boca. La doctrina que expongan hablará en abundancia de lo que creen en el corazón; por sus palabras se verá el esquema teológico que los motiva.

    Cuando Dios convierte un alma, lo hace en forma eficaz. Pablo no fue convertido gradualmente, mientras era un fariseo, como si fuese naciendo de nuevo poco a poco. Todo lo contrario, él dijo que tenía por basura todo ese tiempo, todo aquello que había alcanzado cuando no era un creyente convertido a Cristo. No pudo el apóstol tener por basura su proceso de conversión antiguo, por la sencilla razón de que eso no ocurre de esa manera. Nadie puede ir saltando de doctrina en doctrina, hasta llegar a la correcta, y decir al mismo tiempo que ya era un convertido cuando andaba en los tiempos antiguos. Hay quienes ejercen la argucia de decir que como eran predestinados para salvación, poco importa lo que creían antes de la conversión definitiva. El celo por la verdad del evangelio nos lleva a defender el evangelio de verdad.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL VENENO DEL ERROR

    Razón tuvieron los latinos con su frase que dice: la palabra blanda tiene su veneno (Blanda oratio habet venenum suum). Al suavizar el discurso del Evangelio se envenena la fuente, algo que Jesucristo advirtió para no hacer. Cuando enseñaba a la multitud reseñada en Juan 6, sus palabras resultaron ásperas al punto de que aquellos discípulos (montones que lo seguían) las consideraron duras de oír (Juan 6:60). El hombre natural no soporta el camino de la cruz, pero se da a la tarea de oscurecer lo que aparece prístino y sencillo.

    El orgullo humano necesita doctrinas agradables, para que no lo destronen del alma de la humanidad. Lo que resulta bochornoso, en ocasiones lo denominan digno de ser imitado, como si con esa negación de la realidad descartaran lo que los acusa. Jesucristo realizó una expiación completa, algo que agradó al Padre en forma total. Esa satisfacción nos asegura la salvación a cada uno de aquellos que representó en la cruz. No olvidemos que la Escritura dice que Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

    Los grandes tesoros cuando se consiguen son guardados con celo, custodiados con astucia y después son explotados adecuadamente. Eso se desprende en parte de lo que afirmara Jesús respecto al reino de los cielos (Mateo 13:44-46). No cambiamos el tesoro por baratijas, no recibimos espejitos a cambio del oro. Dios está contra los profetas que ven vanidad y adivinan mentira, por cuanto engañan al pueblo, diciendo: Paz, no habiendo paz, que trabajan en conjunto con los que edifican la pared y con los que la recubren de fábulas (Ezequiel 13: 9-10).

    Se ha vuelto tan común hoy día la prevaricación de la doctrina de Cristo, que una mezcla de gente cohabita en los templos bajo el principio de no hacerse daño. Para esa vanidad de vida se ha inventado el criterio dualista de corazón-mente, como algo separado, dándosele preferencia al corazón que siente pasión por el Mesías pero relegando a la nada a la mente que escudriña intelectualmente. Se han olvidado de que Jesús es el Logos, la razón pura, la inteligencia, de manera que sus palabras están llenas de lógica y verdad espiritual. Bajo el ardid de amar a Jesús con el corazón, se menosprecia la doctrina bíblica que obliga a pensar.

    Esa manera de actuar, Pedro la denomina habladurías del mal o detracciones (1 Pedro 2:1). La censura o murmuración contra la palabra de Dios resulta desdichada, blasfema y signo de alguien que no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9). Un niño que toma leche de su madre no consume veneno suave para después alimentarse con comida sana. El niño debe mamar la leche sana desde un principio, para ir creciendo adecuadamente, evitando su prematura muerte. De igual forma las personas que han nacido de nuevo, desde el primer momento en que han creído la doctrina propia de la salvación, deben alimentarse de la palabra incorruptible. No puede alguien pretender consumir un evangelio anatema y después saltar al verdadero evangelio, como si hubiese sido necesario navegar primero en el error.

    Jesús lo afirmó por igual, que sus ovejas cuando oyen su voz lo siguen, sin que se vayan jamás tras la voz del extraño. ¿Quiénes son esos extraños? Son los mismos reseñados por Ezequiel, los que profetizan vanidad y adivinan mentira, los del otro evangelio acusado por Pablo, aquellos que desdibujan la expiación de Cristo para que resulte más suave la palabra de la cruz. Existe un mandato bíblico de inmiscuirnos en la razón, para las nuevas criaturas que somos bendecidas por Dios con las bendiciones espirituales en Cristo, para servirle con nuestros cuerpos a través de un culto racional (Romanos 12:1).

    Hemos de reconocer que existe un montón de gente ordenada para tropezar en la piedra del ángulo, la roca que es Cristo, gente que carece de fundamento sólido y parece que construye su casa en la arena. La roca donde tropiezan los que hablan vanidad, y los que los siguen a ellos, tiene un filo cortante para los que no son enseñados por el Padre, para los que nunca aprenden. Ella anuncia que nadie puede venir si el Padre no lo trae, porque se necesita ser enseñado por Dios y haber aprendido, para poder ir al Hijo. De esa manera se puede comer el pan de vida, beber de la fuente de agua eterna, y no ser echado nunca fuera (Juan 6).

    Es un error decir que Jesús pretendió la salvación de todo el mundo, sin excepción; es un error guardado en una falacia el afirmar que como Jesús es Todopoderoso su sangre también lo es, en el sentido de tener la posibilidad de expiar a todo el mundo, sin excepción. Continúa siendo un error el afirmar que Jesús murió por todos pero que su sangre solamente resulta eficaz en los elegidos. ¿Por qué es un error? Porque no fue lo que pretendió el Padre, como también se demuestra por la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní. El Señor rogó por los que el Padre la daba, pero en forma explícita aseveró que no rogaba por el mundo (Juan 17:9; 20).

    Hoy día se ha puesto de moda el asegurar que Jesús murió de alguna manera por Judas Iscariote, que si él no se hubiera suicidado de seguro hubiese encontrado perdón. Incluso hay quienes afirman que el arrepentimiento de Judas al devolver las monedas, al confesar que había entregado a un inocente, más su intención manifiesta de castigarse con el suicidio, sirve como signo de arrepentimiento para perdón de pecados. Tal afirmación resulta en profecía de vanidad y mentira, dado que Jesús aseguró que Judas era diablo, que era el hijo de perdición que debía hacer aquello que le fue encomendado para que la Escritura se cumpliese.

    Incluso Juan Calvino afirmó en sus Comentarios de la Biblia que cuando Jesús le lavaba los pies a los discípulos, incluido Judas, confiaba en que con ese acto Judas se arrepintiera. Parece ser que muchos que se acercan a la verdad todavía tropiezan con la roca que es Cristo, con su palabra, porque no vale acercarse ni tener celo por Dios (hasta llegar a matar a otro por asuntos de doctrina), sino que se tiene que haber sido enseñado por el Padre, para que habiendo aprendido se vaya seguro hacia el Señor.

    Las personas reseñadas por Pablo en Romanos 10:14, poseían un gran celo por Dios pero no lo conocían conforme a ciencia. ¿Por qué no lo conocían, si se la pasaban estudiando el Antiguo Testamento? Porque no se sujetaban a la justicia de Dios, al ignorarla y procurar colocar la suya propia. Al parecer, gracia y obras se perturban la una a la otra, en tanto que las buenas obras son consecuencia de la gracia pero nunca su causa. El acto de examinar las Escrituras es una actividad intelectual; eso no quiere decir que una persona marginada de la cultura universitaria no pueda conocer a Dios. Simplemente se quiere decir que todos tenemos intelecto, el cual conviene ejercitar para poder conocer lo que la Biblia enseña tocante a Jesucristo. Ya Jesús lo dijo: Escudriñad las Escrituras, porque ellas son las que dan testimonio de mí (Juan 5:39).

    Hay gente que sale a predicar el evangelio bajo la creencia de que aún los no elegidos pueden llegar a creer. Para ello argumentan que Cristo murió por todo el mundo, que su sangre es de tal valor que sirve como enlace para cada persona si tan solo deseara creer. ¿No encierra tal afirmación el concepto de la expiación universal? ¿Acaso los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda, podrán ser afectados positivamente por la supuesta expiación universal? Eso equivale a decir que como Dios es amor, y dado que Él es Todopoderoso, su amor es también todopoderoso y alcanzará por sobre cualquier obstáculo a todos los perdidos. Pero eso no es lo que afirma la Biblia, como tampoco es la voluntad eterna e inmutable del Todopoderoso.

    Mucho cuidado con los profetas de vanidad que hablan mentira, palabras que Dios no ha dicho, porque ellos engañan al pueblo, se dan a las fábulas, prometen prebendas que jamás saldrán como oferta divina. El Evangelio es la promesa de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados, en tal sentido pasa por una buena noticia para todos aquellos que son creyentes, de acuerdo a los planes eternos que no cambian del Padre Celestial. Jesús vino a morir por su pueblo, por sus escogidos, por su iglesia, no por el mundo que no fue amado por Dios. ¿Suena dura esa palabra? Entonces mire el Capítulo 6 del evangelio de Juan, allí podrá encontrar a muchos discípulos de Jesús que se ofendieron por esta palabra. Ellos fueron muy sinceros y al instante se apartaron de Jesús.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • UN MISMO CONOCIMIENTO

    Interesante la ecuación bíblica sobre el conocimiento; no se trata de una condición sino de una consecuencia. Pero al mismo tiempo, podría ser una condición que no podemos cumplir ninguno de nosotros, sino que el Padre la provee cuando nos enseña. Isaías dice que por su conocimiento el siervo justo justificará a muchos. Es decir, urge conocer quién es ese siervo justo y qué trabajo hizo. Conviene saber por qué razón él fue declarado la justicia de Dios, y por qué al mismo tiempo nosotros fuimos llamados justos o justificados. Ese conocimiento no lo tuvieron aquellos por quienes Pablo oraba para salvación, ya que los consideraba perdidos. Al menos no lo tuvieron mientras el apóstol escribía su capítulo 10, versos 1 al 4, de su Carta a los Romanos.

    A algunos les falta ese conocimiento, por lo que se consideran perdidos. No importa el celo religioso que se tenga, ni la conducta intachable que moralmente exhiba la persona en sociedad. Poco importan las buenas acciones individuales o de grupo, el cuidado por los semejantes, la disposición religiosa y pasión mostrada por el saber bíblico. Lo que importa es un conocimiento que solamente lo da el Padre, de acuerdo a las palabras de Jesucristo. Él dijo, como fue recogido en Juan 6:45, que el Padre es quien enseña a la persona que va a enviar hacia el Hijo, que cuando la gente aprende del Padre vendrá a él.

    ¿Cuál es ese conocimiento dado por el Padre? De seguro es que Cristo es su justicia, que nadie puede venir a él si no es uno de los escogidos en Cristo desde la eternidad. Ese conocimiento no lo poseen los que son incrédulos, ya que desestiman lo que significa la justicia de Dios. En realidad, la ley vino pero se mostró como una maldición sobre todos aquellos que intentaron cumplirla; ella tenía un mandato muy severo: sería maldito cualquiera que fallare en un punto. El rasero mostrado por el Creador es demasiado alto, como alta también es su santidad. Sin santidad nadie verá al Señor, sin santidad la gente solo puede caminar hacia el infierno de fuego.

    Entonces uno aprende que el Padre nos ha dicho que sin Jesucristo no puede haber redención. Que urge comprender que Jesús se convirtió en la justicia de Dios y vino a ser nuestra pascua. Él llevó nuestras transgresiones y pagó por nuestros pecados, en fin, los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). En este punto muchos tuercen la cara porque detestan a un Dios que les parece injusto. Ellos quisieran que Él hubiese dejado todo al libre albedrío humano, como si el hombre lo poseyera; desean decidir su destino final y no que se tenga que caminar sobre un guión preestablecido.

    ¿Hay injusticia en Dios? Esa es la pregunta que la lógica del hombre natural levanta contra el Creador. La respuesta la da el Espíritu de inmediato: En ninguna manera. Pero el hombre continúa con el puño alzado contra la decisión del Padre Eterno, diciéndole que el pobre de Esaú no pudo resistirse a la voluntad divina, por lo cual tuvo que vender su primogenitura. La Biblia sigue respondiendo que no es lícito para el vaso de barro discutir con el alfarero, para reclamarle la razón por la cual lo ha hecho de tal o cual manera. Es Dios quien decide y quien lo ha hecho desde la eternidad, por lo cual también preparó al Cordero sin mancha para manifestarse en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).

    Muchos teólogos reformados han seguido con la necedad de oponerse al designio del Creador, pero dan interpretaciones diferentes al sentido literal y común de lo expresado. Por ejemplo, el célebre predicador Spurgeon aseguraba que una es la pregunta sobre Jacob y otra sobre Esaú, que una es la respuesta de la gracia de Dios y otra la condenación que se basa en las obras. Esa defensa de Dios le gusta a la feligresía que deambula en los pasos del fantasma del libre albedrío. Pero la Biblia sigue siendo tajante y no da una respuesta fácil de oír para esos oídos no educados por el Padre. Ella dice que Dios odió a Esaú antes de que hiciera bien o mal, antes de ser concebido.

    En fin, que Dios reclama la condenación de Esaú, más allá de que Esaú y todos nosotros seamos responsables por nuestros actos. A Jacob amó Dios, aún antes de ser concebido, antes de que hiciera bien o mal. En ese punto todos cantan alegrías porque entienden que sus obras no pueden salvar a nadie, por lo tanto urge la gracia. Pero en cuanto a Esaú, un gemelo del cual se habló en los mismos términos que se usaron para su hermano (antes de ser concebido, antes de hacer bien o mal), la gente piensa distinto. Se sostiene que Esaú se condenó por vender la primogenitura, pero lo que la Biblia establece en Romanos 9 es que Esaú vendió su primogenitura porque Dios lo había odiado (más allá de que Esaú no lo supiera en el momento de la venta).

    Puro y simple, la enseñanza del Padre para poder ir hacia el Hijo es que de Él depende absolutamente todo, y si alguno se tropieza para caída con esa verdad podemos estar ciertos de que no ha aprendido nada de lo que ha sido enseñado por Dios. La Escritura es su palabra y en ella subyace la verdad establecida como principio irrefutable de su evangelio. No vemos a Esaú peleando contra Dios diciéndole que no quería vender su primogenitura, como tampoco vemos a Jacob oponiéndose a la regeneración que el Señor hizo en su vida. Cuando el Señor le habló a Saulo de Tarso, él cayó a sus pies de inmediato. Como dice la Escritura: tu pueblo lo será de buena voluntad, en el día de tu poder (Salmos 110:3).

    De la misma manera el Faraón de Egipto no se resistió al endurecimiento hecho por Jehová, sino que actuó en consecuencia. ¿Quién puede resistirse a su voluntad? (Romanos 9:19); el alfarero tiene la potestad sobre el barro (Romanos 9:21). Hay gente en los templos denominados cristianos que se opone abiertamente a esta doctrina, incluso pastores que dicen a sus predicadores que no se hable del tema. Hay quienes han dicho que es mejor creer esa doctrina en silencio, ya que a la gente ese tema no le agrada, y eso le confunde. La justicia de Cristo se le imputó a Jacob, quedando constituido justo. Lo mismo le aconteció a Abraham, cuya fe le fue contada por justicia. ¿Qué le creyó Abraham a Dios? Le creyó la promesa de que en él serían benditas todas las naciones de la tierra.

    ¿Cómo pueden ser benditas esas naciones? Solamente por Jesucristo, como se ha escrito: En Isaac te será llamada descendencia (la cual es Cristo: Romanos 9:7). Si dependiéramos de nuestra propia justicia, todos estaríamos todavía muertos en delitos y pecados; pero Dios fue rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, dándonos vida juntamente con Cristo cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados -por gracia somos salvos (Efesios 2:4). El que ignora la justicia de Dios impone la suya propia, en tanto no puede someterse a la justicia de Dios (porque la ignora).

    Parece ser que el evangelio se encuentra escondido para el que ignora esta gran doctrina de la justicia de Dios. El incrédulo sigue ignorando esa justicia, colocando a su lado la suya propia, para ayudarse a creer. Pero el brillo del evangelio de la gloria de Cristo no le resplandece al que sigue perdido en delitos y pecados; en cambio, la vida eterna siempre está presente en los que son de Cristo y han llegado a seguirlo como buen pastor. Ellos continúan creyendo y conociendo tanto al Padre como al Hijo (Juan 17:3). Conocer esa justicia en sus justos términos implica que hemos llegado a conocer la verdad que nos hace libres.

    ¿Cuál verdad debemos conocer? La verdad del Evangelio, con un conocimiento de provecho, no como los que andan siempre aprendiendo pero nunca llegan a saber. Si tenemos el espíritu de la verdad seremos llevados hacia esa verdad siempre, para ser librados de la ignorancia del conocimiento sin ciencia. Es el Padre el que enseña, somos nosotros los que aprendemos para poder ir a Jesucristo (Juan 6:45). La simpleza de la ecuación divina en torno a la verdad nos conduce a esta conclusión inmediata: la verdad que nos hace libres es la verdad desconocida por los que se pierden. Es la verdad de la persona y el trabajo de Jesucristo: para convertirnos en siervos de la justicia hemos de obedecer de corazón a aquella forma de doctrina enseñada por los apóstoles y por Jesucristo (Romanos 6: 17-18).

    No huyamos del estudio doctrinal, más bien hagamos caso como se supone que le hizo caso Timoteo a Pablo, al ocuparse de la doctrina que ayuda a la salvación. El que se extravía y no anda en la doctrina de Cristo, no tiene ni al Padre ni al Hijo. El que le dice bienvenido al que no trae tal doctrina, participa de sus malas obras (2 Juan 9-11). Predicamos esta palabra porque ella es viva y eficaz, más cortante que espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (Hebreos 4:12).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • ¿PECAREMOS PARA QUE LA GRACIA ABUNDE? (ROMANOS 6)

    Obedecemos al pecado para muerte, o a la obediencia para justicia. Hay quienes se dan al pecado como servicio, con mucha diligencia, en una situación infeliz porque su fin será el deceso del espíritu, la oscuridad del alma y la reprobación de la mente. No podemos servir a dos señores, aunque nuestra naturaleza original sigue manipulando para hacernos caer. He allí la lucha del creyente, una pelea a diario, pero que debe saberse luchar. La palabra de Dios no resulta mágica, sino absolutamente racional. En la medida en que pasemos tiempo leyéndola y estudiándola, sacaremos provecho para la victoria contra el pecado.

    Hablo del creyente, el cual no será dejado huérfano; el Espíritu que mora en aquel que ha nacido de nuevo le recordará las palabras del Señor. Recordar implica haber leído primero, haber comprendido lo que se ha escudriñado, para que cobre sentido la acción del verbo. Hay una depravación total en el mundo, pero existe por igual un Dios soberano que lo maneja y controla. Al predicar el evangelio debemos tener en cuenta esos dos factores, que existe un mundo depravado, pero que Dios como rey soberano controla y maneja a su antojo el mundo desviado. La historia de muchos personajes perversos se cuenta en la Biblia, para que comprendamos la manera en que Dios opera.

    Un texto de la Escritura lo resume: el corazón del rey está en las manos de Jehová; a todo lo que quiere lo inclina (Proverbios 21:1). Tenemos el caso del Faraón, un gobernante malvado a quien el Señor endureció para lograr sus fines. También se entiende que Jehová suavizó su corazón para que finalmente dejara ir a su pueblo a adorarlo en el desierto, cosa que pudo hacerla de diversas maneras aunque escogió la trágica muerte de los primogénitos. Por igual controla los corazones de los gobernantes de la tierra, para que den el gobierno a la bestia (Apocalipsis 17:17). Por igual hizo a David conforme a su corazón (el de Dios), gobernó la mente de Ciro y lo llamó su siervo, aunque Ciro no conoció a Jehová.

    Como las aguas de los ríos que fluyen con fuerza y en ocasiones parecen quietas, asimismo manipula el Señor el corazón del rey. Y si esto hace con los poderosos de la tierra, ha de entenderse que quien puede lo más puede lo menos. La conversión de una persona demuestra que Dios le cambió su corazón de la manera como quiso; si miramos a Saulo de Tarso, veremos la fuerza del Señor cambiando en un instante el error del perseguidor de los creyentes, convirtiéndolo en un humilde pecador arrepentido.

    Podemos encontrarnos con testimonios de personas que corrían tras sus placeres cotidianos junto a sus lujurias, pero que ahora caminan tras la verdad de la palabra de Dios, en adoración al Señor y agradándose en guardar sus ordenanzas. Aquel corazón enemigo e incrédulo, lleno de orgullo y vanidad, ahora se presenta repleto de la gracia de Dios. Podemos ver que la actividad divina cuando Dios endurece a alguien aparece en contraste con la acción de la redención. Mientras el Faraón fue endurecido para exhibir sus dientes contra el pueblo de Dios, el Señor ordenaba el rescate de los sometidos en Egipto. En síntesis, su castigo al impío resalta su gloria bondadosa en favor de sus elegidos.

    Cada persona piensa que es recta en su propia opinión, pero Jehová pesa los espíritus. El Señor consideró que la rectitud y la verdad de Saulo de Tarso dejaban mucho que desear, pero lo cambió otorgándole la justicia de Jesucristo. Eso no lo hace con todo ser humano, como se desprende de la vida de Judas Iscariote, del Faraón de Egipto, de Esaú, del rey Acab, de Jezabel, de cada réprobo en cuanto a fe. Nosotros estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados, caminando de acuerdo al curso del mundo, según le placía al príncipe de la potestad del aire, ese espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. Nosotros somos por vía en contrario hijos de la fe, creyentes, los que somos guiados por el Espíritu de Dios.

    Satanás ejerce su influencia en todos los que que son incrédulos, en especial en los réprobos en cuanto a fe, los cuales fueron destinados desde siempre para tropezar en la roca que es Cristo. Los incrédulos tienen las mentes cegadas, sus corazones se alinean hacia los peores crímenes, e incluso ejercen influencia sobre los elegidos. ¿En qué medida? En la medida en que nosotros participamos con ellos dejándonos influir por sus ideas y conversaciones, para que nos cause tropiezo y dolor. De allí que se nos ha advertido que las malas compañías corrompen las buenas costumbres (1 Corintios 15: 33-34). Hemos de vivir en vida santa y con sanas conversaciones, sobria y rectamente, sin que nos demos a las vanas especulaciones propias de los temas de los que el mundo se ocupa. Porque el mundo vive en su aflicción, y nosotros nos hacemos parte de ella en la medida en que tomamos interés mayor por sus palabras antes que por la palabra de Dios.

    El gran problema del mundo, aparte de estar controlado por su príncipe, es que como hombres naturales no reciben las cosas que son del Espíritu de Dios. Para ese mundo estas cosas son locura, pasan por indiscernibles, por lo cual actúa de acuerdo a los designios de su mente. La mente de la carne se entrega a los negocios propios de la muerte, mientras que la mente que se ocupa del Espíritu camina por los caminos de la paz. La mente carnal se manifiesta como enemiga de Dios, sin poder sujetarse a su ley, por lo cual los que son de la carne no pueden agradar a Dios (Romanos 8:5-8).

    Para poder amistarse con el Dios de las Escrituras, urge tener justicia suficiente. Esa justicia se llama Jesucristo, el que justificará a muchos por su conocimiento (Isaías 53:11). El siervo justo hizo aptos para el reino de los cielos a todos aquellos que representó en el madero. No rogó Jesús por el mundo, sino solamente por aquellos que el Padre le dio (Juan 17:9). Eso es muy importante tenerlo en cuenta, para saber en quién hemos creído. La doctrina de Cristo pasa por esencial en materia del evangelio, tan importante resulta que quien prevarica y no permanece en ese cuerpo de enseñanzas no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 9-11).

    Jesús enseñó que nadie podía ir a él si el Padre no lo trajere, así que no todo el que le diga Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos. Hay gran cantidad de personas que han ido por cuenta propia, o por encomienda del otro evangelio, que camina en el desvarío de la enseñanza de los falsos maestros. Ellos creen que existen nuevos apóstoles, que los dones especiales siguen vigentes, hablan por lo tanto en lenguas raras, se dan a nuevas profecías, declaran que Dios les reveló algo nuevo, contemplan con mística sus pecados y se dejan llevar por la música para simular que es el Espíritu de Dios el que los mueve. Toda esa confusión es apenas la punta del iceberg; lo más grave o la causa de todos estos males es que sostienen una creencia en una expiación inexistente. Al ignorar la justicia de Dios (Jesucristo), colocan la suya propia (las obras de hacer y no hacer).

    En ellos cuenta mucho el día de su supuesta conversión, un arrepentimiento en la carne, un dolor por sus pecados (en especial por el castigo que sabe llevarían), pero jamás han comprendido las palabras de Jesús. Y si las han entendido en algo, les parecen duras de oír. Se resisten a que Dios haya odiado a Esaú antes de que hiciera bien o mal, proponen que Dios se dio cuenta desde antes de quiénes serían los réprobos en cuanto a fe, pero lo sacan de la ecuación de la reprobación final porque su alto grado de justicia condena a Dios, si hiciera tal cosa. Incluso sus teólogos han llegado a decir que un Dios semejante sería ante todo un tirano o un diablo.

    Al parecer, continúan bajo la ira de Dios, pero su religiosidad semanal les hace creer que son amados por el Dios que definen como amor puro. Desconocen que están desprovistos de la justicia de Dios, porque se obnubilan con su celo por el Señor. No saben que adoran a un dios que no puede salvar, que desfilan con su ídolo en el alma, la confección de una divinidad hecha a su medida. Esa gente confunde providencia con bendición, pero están equivocadas porque su jefe es el príncipe de este mundo, el mismo que confundió a Adán y a Eva en el huerto del Edén. Dios provee para todas sus criaturas, de acuerdo a sus propósitos eternos e inmutables. Por ejemplo, proveyó para que el Faraón llegara a ser el individuo de poder que la historia señala; proveyó para que Judas Iscariote no muriera antes de tiempo, de manera que cumpliera todo lo que de él se escribió. Eso no puede tomarse como bendición, sino como providencia divina para un fin determinado.

    Los árboles corruptos no producen buen fruto, pero son árboles; asimismo, los que no han nacido de nuevo están muertos en delitos y pecados, pero dan fe de vida en tanto hacen cosas que nosotros vemos y sentimos. El rey Ciro fue llamado siervo de Dios, pero él no conoció al Señor: Así dice Jehová a su ungido, a Ciro, al cual tomé yo por su mano derecha, para sujetar naciones delante de él y desatar lomos de reyes; … Por amor de mi siervo Jacob, y de Israel mi escogido, te llamé por tu nombre; te puse sobrenombre, aunque no me conociste. Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste (Isaías 45: 1-5). Nuestro Dios soberano hace como quiere, da su justicia a sus elegidos pero endurece a quien quiere endurecer. Los que se consideran justos en su propia opinión, hacen cosas que consideran buenas, si bien las Escrituras apuntan que aún las misericordias del malvado son crueles (Proverbios 12:10).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA JUSTICIA DE JESUCRISTO

    La buena noticia que tenemos los que pertenecemos al pueblo de Dios es que Jesucristo se convirtió en la justicia de Dios. Su trabajo en la cruz hizo posible la redención eterna para cada uno de los que él representó. Si alguien no tiene esa doctrina de la expiación, no ha recibido todavía la buena noticia; decir que se cree en Cristo como alguien que nació, murió y resucitó resulta en una verdad, pero ¿cuál es la esencia del evangelio? Dios amó a Jacob desde la eternidad, antes de que fuera concebido, antes de que hiciera bien o mal; para él el evangelio es de verdad una buena noticia, en cambio, para Esaú no existió jamás la buena nueva.

    Tampoco hubo una promesa de salvación para Judas Iscariote, sino todo lo contrario: era un diablo y debía hacer aquello que se le había ordenado. Su castigo vendría como consecuencia de su maldad, pero el daño que debía hacer estuvo profetizado. El mismo Cristo le dijo: lo que has de hacer, hazlo pronto. Señaló que él lo había escogido pero que era un diablo, así que de esa manera la Escritura se cumplía. Quizás alguien piense que Judas es una excepción, pero la Biblia dice todo lo contrario. Ella habla de aquellos que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8).

    La gente de religión no aprecia esta doctrina bíblica, más bien la condena por considerarla una palabra dura de oír. Pero el amor de Jehová nuestro Dios se ha manifestado por medio de su misericordia, en que siendo nosotros pecadores Cristo murió por nuestra causa. Ahora bien, nadie puede decir verdad si afirma que Cristo murió por Judas. Tampoco murió por los que fueron ordenados para tropezar con Jesucristo, ni por ningún otro réprobo en cuanto a fe. ¿Murió Jesús por aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo? En absoluto, como lo asegura Apocalipsis 13:8 y 17:17. No murió por aquellos por los cuales no rogó la noche antes de morir (Juan 17:9).

    En Jehová será justificada y se gloriará toda la descendencia de Israel (Isaías 45:25); ¿cuál descendencia? Todo el Israel de Dios, todo el remanente, como bien se ha dicho: si fueren los israelitas como la arena del mar, solo el remanente será salvo. No todo Israel (todo israelita nacional) será salvo, sino que en Isaac sería llamada la descendencia, la cual es Cristo. Pero el remanente es el conjunto de personas que Jehová ha escogido para brindarle su cobijo y amor. El mundo desprecia ese amor, porque nunca lo ha percibido. Puede darse cuenta de la providencia divina, pero jamás del amor que no le ha sido conferido.

    Se ha escrito que será feliz aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz será aquel a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2). Vemos que aquella persona que no tiene engaño en su espíritu es todo aquel que ha recibido la doctrina de Cristo. Los que no permanecen en la doctrina de Cristo tienen el engaño del enemigo, del falso maestro, de la errónea enseñanza. Por supuesto que esa doctrina sigue siendo dura de oír para los que no tienen los oídos prestos para el evangelio. Lo mismo les aconteció a un grupo de discípulos que siguieron a Jesús por mar y tierra, emocionados por el milagro de los panes y los peces. Ellos murmuraron cuando comprendieron lo que Jesús les decía: que ninguno podía ir a él si el Padre no lo enviaba.

    El evangelio de Juan, Capítulo 6, debe ser leído por aquellos que se interesan en la doctrina de Jesucristo. Allí podrán enterarse de lo que Jesús enseñó respecto a la absoluta soberanía de Dios. Dijo el Señor que seríamos enseñados por Dios para poder ir a él (Juan 6:45), que todo lo que el Padre le daba vendría a él, para jamás ser echado fuera (Juan 6:37). Pero nadie puede venir al Señor por medio del evangelio anatema, ya que esa palabra está corrompida. Es por la palabra de aquellos primeros discípulos que el Señor recibe a los suyos (Juan 17:20). Aquella palabra de Dios que vive y permanece para siempre, pertenece a la simiente incorruptible, como hablara Pedro: 1 Pedro 1:23-25.

    Jesucristo fue declarado nuestra pascua (1 Corintios 5:7), ya que recibió el castigo de nuestros pecados; pero como ya dijimos, no llevó el Señor el castigo de ningún réprobo en cuanto a fe. Se deduce que hubo predestinación, no basada en una previsión divina, como si Dios tuviera que mirar en el corredor del futuro. Dios se propuso desde siempre reservarse un pueblo para Sí mismo, para tenerlo en adopción y entregárselo a su Hijo (se cumple la palabra: los hijos que Dios me dio -Hebreos 2:13), como también refirió Isaías: Verá el fruto de su aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53:11).

    Hace falta un conocimiento, el cual da el Padre (Isaías 53:11 y Juan 6:45). Sin ese conocimiento no existe evangelio, sino una simple religión estéril. Esa religión vacía se observa domingo a domingo en la celebración de las multitudes que se han aferrado al ídolo Baal-Jesús. Ellos adoran lo que no saben, desconocen lo que hizo el siervo justo, por lo cual su celo por Dios carece de ciencia o de conocimiento (Romanos 10:1-4). Anunciamos este evangelio para que los que tienen oído puedan oír, pero los que están sordos no escuchan y si oyen no comprenden. Ellos tienen esta palabra por indiscernible, aunque siempre están aprendiendo pero no pueden sostenerse del Espíritu de Dios. Les da lo mismo creer lo que la Biblia dice y al mismo tiempo participar con los modernos apóstoles, profetas, habladores de nuevas lenguas (o de extrañas lenguas), con intérpretes que inventan sus palabrerías; asimismo, proclaman la universalidad de la expiación de Jesucristo. Afirman que Jesús murió potencialmente en la cruz, haciendo posible la salvación para cada ser humano, lo cual hace que la diferencia final se sostenga en el libre albedrío humano.

    Por eso no les decimos bienvenidos a los que traen la falsa doctrina de la expiación, ya no queremos hacernos partícipes de sus males. Sabemos que todos aquellos a quienes el Señor les ha dado su Espíritu, los que han nacido de nuevo, son llevados a toda verdad. No deja el Señor en la ignorancia de su evangelio a ninguna de sus ovejas; la conversión y el apartarse de la errónea manera de pensar y vivir sigue al nuevo nacimiento como un inevitable fruto inmediato. No salva Dios a ninguna oveja por cuotas, ya que el pago fue efectivo y de un solo momento. De una vez y para siempre, como dice el autor de Hebreos, lo cual nos convenía.

    Pero hay muchos religiosos que recibieron el falso evangelio de la gracia con las obras, los cuales parecieran darse cuenta por momentos de esta teología; sin embargo, al abrazarla no desechan su vana manera de creer que han demostrado desde su vieja conversión de fe, por lo cual no tienen por pérdida todo lo que han aprendido de su vana religión. Vemos que Pablo sí que tuvo por basura todo su tiempo de fariseo, pero éstos se agradan en resaltar que creyeron en tal mes y año, bajo tal o cual predicador, sin importar que la teología aprendida tenga el sello de anatema.

    ¿Cuál es ese conocimiento del siervo justo que justifica a muchos? Su expiación, los términos de la misma, el hecho de venir a morir por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Como podemos observar de lo dicho, no vino Jesús a morir en forma universal por cada pecador, ni para hacer posible la salvación, sino como cumplimiento del propósito eterno que tuvo el Dios Trino en su pacto íntimo, de salvar al remanente que se propuso como objeto de su amor eterno. Ese amor eterno nos extiende su misericordia, para hacerla perpetua, lo cual se convierte en la mejor noticia que las ovejas del Señor podamos escuchar.

    El falso evangelio pretende universalizar la salvación bajo el criterio de una oferta general, que hace que dependa del libre albedrío humano el aceptarla o rechazarla. Eso hace más democrático el acto de la predicación de la mentira, lo cual se traduce en palabra blanda de oír. Fácil es esa palabra, cualquiera la puede oír. Pero es palabra anatema, propia del ídolo Baal-Jesús que no puede salvar, del ídolo que se lleva a cuestas en una procesión, colgado en un crucifijo o en la mente que se baña en las fuentes de la teología espuria. Ese es el chiquero teológico del cual beben a diario las cabras y todos aquellos que caminan junto a ellas, que aunque siendo ovejas todavía no han sido llamados con llamamiento eficaz. Por esa razón el Señor dijo a su pueblo que saliera de Babilonia, el lugar de la confusión.

    En cambio, las ovejas que han oído la voz del buen pastor caminan junto a él y lo siguen, jamás se irán tras el chiquero teológico porque desconocen la voz de los extraños. Ese desconocimiento quiere decir que no tienen comunión con el extraño, con los del evangelio de la falsa doctrina, que no le dicen bienvenido al que no trae la doctrina de Cristo. Engañados andan los que siguen al espíritu de estupor enviado por Dios para que sigan creyendo la mentira, ya que no se gozaron en la justicia. ¿En cuál justicia no se gozan? En la de Cristo, en la expiación hecha en exclusiva por su pueblo que vino a redimir.

    Jesucristo murió solamente por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), no rogó por el mundo que no vino a salvar (Juan 17:9), murió como justo por los injustos (sus ovejas). Al cargar con nuestras culpas nos imputó su justicia para que podamos reconciliarnos con Dios, de esa manera fuimos justificados por su sangre y somos llamados hijos de Dios. Somos los hijos que Dios le dio.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • AMASÍAS, REY NECIO

    Volvía Amasías de la matanza de los edomitas, pero trajo consigo los dioses de los hijos de Seir, y los colocó ante sí mismo como dioses, y los adoró, y les quemó incienso. Esa disposición del corazón del rey Amasías se narra en 2 Crónicas 25:14, una historia para meditar. La ira de Jehová se encendió contra ese inicuo rey, por lo que hizo que cayera junto con su pueblo en cautividad ante otro rey, hasta que posteriormente terminó asesinado en Laquis. Sucede que los edomitas adoraban divinidades paganas, dioses que no pueden salvar, como se desprende por la contundente derrota sufrida ante Amasías. Pero el rey insensato pensó que su mano lo había hecho todo, así que honró a las divinidades inútiles de sus enemigos vencidos.

    Semejante idiotez acontece por la soberbia, como le sucedió al rey de Asiria, el báculo del Señor que pensó que su corazón había logrado por su cuenta sus victorias. A veces, los que piensan estar claros en los asuntos de la doctrina de Cristo, no miran su contexto y caen como Amasías. Su simpatía por los enemigos de Dios, por los que profesan un evangelio diferente, borra la enemistad inherente entre el mundo y los que son de Cristo. Pero si eso acontece, se demuestra lo que dijo Juan: que salieron de nosotros pero no eran de nosotros.

    Muchos religiosos no piensan en las consecuencias del ecumenismo, de la mezcla entre el paganismo y el cristianismo. Sostienen que mientras se ame a Cristo la doctrina puede suspenderse en beneficio del momento de compañía y regocijo. Como si amar al Señor pudiese acontecer sin amar sus enseñanzas. Han tomado a Jesús como un nombre vacío, para rellenarlo con sus fantasías tal cual lo hizo el rey Amasías. El Jehová de Amasías era semejante a los dioses de los edomitas, así que el verdadero Jehová de las Escrituras lo castigó hasta la muerte.

    Razón tuvo Isaías para escribir que no tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no puede salvar (Isaías 45:20). Gran ignorancia y estupidez existe en aquellos que se montan un ídolo sobre sus hombros, los que le ruegan por salvación, los que le atribuyen sanidad para sus vidas. Detrás del ídolo están los demonios, como lo aseguró Pablo (1 Corintios 10:20). El rey Amasías, a pesar de su conocimiento sobre Jehová, sobre la ley, sobre sus mandatos, se dedicó a contemplar aquellos muñecos que promueven los demonios. Hoy día hay millones de personas que siguen la falsa religión idolátrica de Roma, pero están también aquellos que siguen las tradiciones de esa ciudad a través de sus hijas. Recordemos lo que nos dice el Apocalipsis sobre la gran ramera, que ella es madre de muchas rameras y de las abominaciones de la tierra.

    Una teología tergiversada resulta en una abominación para las Escrituras, el atribuirle al Hijo de Dios una expiación que no hizo, por ejemplo. Decir que Dios amó a Esaú menos de lo que amó a Jacob, también es doctrina demoníaca. Los que dicen paz, cuando no la hay, siguen la doctrina del abismo; los que hoy se llaman apóstoles, reclamando un sitial reservado para los doce, los que dicen hablar en lenguas, cuando ya el don cesó, los que interpretan aquellas lenguas sin saberlas, los que se llaman profetas y declaran de parte de Dios cosas que Dios no habló, todos ellos son una abominación a Jehová. Esta gente prevarica y se ha apartado por completo de la doctrina de Cristo, por lo que no tienen a Dios (2 Juan 9-11).

    Todas las personas somos responsables ante el Dios Creador de las Escrituras, le debemos un juicio de rendición de cuentas. Poco importa si sus mandatos sean imposibles de obedecer en forma total, ya que Dios se muestra soberano mientras la criatura es apenas barro en manos del alfarero. Somos responsables de obedecer todos los mandatos de Dios, en tanto Él es el rey de toda la creación, por lo que como criaturas le debemos obediencia. Dentro de su plan eterno e inmutable están también los vasos de ira preparados para la gloria de su ira contra el pecado y en pro de su justicia, así que contemplemos con humildad su severidad. Para los llamados y escogidos de Él, somos vasos de misericordia, preparados para dar el buen fruto de los buenos árboles. En especial, nuestro fruto característico viene del corazón y sale por la boca: porque de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:45). El evangelio que confesamos testifica lo que somos.

    Dios se manifiesta como el Jehová que sacó a Israel de la tierra de Egipto (Éxodo 20:2), el inmutable Dios que congrega a su pueblo con pleno derecho, pero que le pone de manifiesto la gran necesidad que tiene de Él cada ser humano. Los sacó de la esclavitud de un pueblo opresor, maligno, a través de eventos de milagros. Su poder quedó plasmado y no presenta duda alguna, por lo tanto se muestra como el Rey para establecer su Teocracia. Egipto representa la tierra de la aflicción, el extraño mundo ajeno al Señor, el lugar de la esclavitud y sufrimiento. Representa por igual el sitio donde se realizó aquella pascua emblemática, anunciadora de la que vendría a través de la persona de Jesucristo.

    El primer mandamiento que Jehová dictó a su pueblo fue que no debía servir a otros dioses delante de Él. Que no debía hacerse ninguna imagen que lo representara a Él, y que no debía adorarla bajo ningún respecto (Éxodo 20:5). No conviene darle reverencia a los dioses paganos, ni hacerles gestos de honor con nuestros cuerpos. Los dioses no son nada en sí mismos, pero detrás de ellos están los demonios (1 Corintios 10:20; Apocalipsis 9:20). La gente no se arrepiente de adorar a los demonios, por medio de las imágenes que no ven, ni andan, ni oyen.

    El ser humano es responsable de no hacer lo que desagrada al Señor, pero no en virtud de su mítico libre albedrío sino por causa de la soberanía de Dios. Nuestra responsabilidad no presupone una habilidad para cumplir con el deber, como Lázaro tampoco tuvo habilidad para escuchar la voz del Señor. Se supone que la voz de Dios dio vida de inmediato a Lázaro para cumplir su objetivo de salir de la tumba. Existe un espíritu nuevo que nos es dado junto con el corazón de carne, el mismo corazón que se les da a los huesos secos (Ezequiel 38). Los que todavía continúan muertos en sus delitos y pecados, no han escuchado la voz del Señor con su llamamiento eficaz. Pero eso no quiere decir que no puedan escuchar el evangelio que les advierte contra la necedad de no creer.

    Predicamos a todos por igual, cada cual escuchará lo que Dios le ha propuesto, pero todos tenemos el deber de la obediencia; sin embargo, aunque no haya habilidad para obedecer (como se demostró bajo el imperio de la ley de Moisés, ya que la ley no salvó a nadie) seguimos siendo responsables por nuestras ofensas ante el Dios soberano. Los que no son ovejas de Cristo no pueden ir a él, pero la cualidad de oveja no depende de nosotros sino que Dios la da a quien ha querido darla (Juan 10:26). El buen pastor vino a morir por las ovejas, no por los cabritos, Jesús rogó por los que el Padre le dio, no por el mundo (Juan 17:9), pero todo el mundo debe responder por sus actos. La decisión de Dios respecto a Jacob y Esaú, aún antes de ser concebidos o antes de que hicieran bien o mal, ilustra con creces el sentido de la responsabilidad humana ante el Creador.

    Aunque muchos tildan a Dios de injusto, mientras no pocos teólogos inventan argumentos para universalizar la redención de Jesús, la Biblia sigue siendo categórica al exhibir al Dios soberano que hace como quiere y no tiene quien le aconseje. ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera, sino que nosotros no podemos altercar con el Creador, si bien nos acordamos de que somos barro formado por sus manos. A unos hizo Dios para honra y misericordia, pero a otros los fabricó como vasos de injusticia y deshonra, para la descarga de su ira por el pecado. Lo que el hombre se invente no podrá disminuir la cualidad de la soberanía de Dios, como si con esa invención se pudriera abaratar el costo de la responsabilidad humana. El que está firme, mire que no caiga (1 Corintios 10:12), no le vaya a acontecer como al rey Amasías.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • UNA BUENA NOTICIA

    Demos gracias a Dios por su palabra, por causa de toda su gracia otorgada a todo su pueblo. Desde antes de que la tierra fuera, desde antes de la aparición del universo, existió un plan en la mente del Señor. De acuerdo a lo que la Escritura ofrece, Dios nos pensó, nos seleccionó como su pueblo escogido para darlo como fruto del trabajo a su Hijo. Dice Pedro que el Cordero sin mancha estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), lo que supone que Jesucristo vendría a morir por esa raza humana que todavía no había sido creada.

    Ese texto de Pedro da mucho por pensar, ya que entendemos que, si el Cordero estuvo ordenado desde antes de que el mundo fuese hecho, Adán tenía que pecar. Ocurrido aquel primer delito en el Edén, se ordenaron de seguida los siguientes pasos. Jehová cubrió con pieles de animales la desnudez del pecado humano, como un símbolo del sacrificio que se impondría en adelante, demostrado por siglos en la educación a su pueblo en esa materia. Le dijo a Eva que su simiente heriría en la cabeza al dragón; más tarde, después de la promesa hecha a Abraham acerca de la cantidad de gente que saldría de sus lomos, Israel aparece en escena como pueblo esclavo en Egipto.

    En aquel acto libertario de Moisés como líder, Jehová (El que es) ordenó la primera pascua. La sangre de aquellos animales en los dinteles de los hogares de los israelitas, presagiaba la sangre del Cordero sin mancha que vendría siglos más tarde. La eternidad se hacía historia, en un acomodo de eventos que si se miran aisladamente no parecieran tener sentido. En su conjunto cantan la gloria de la redención del pueblo de Jehová. No era el animal en sí, ni su sangre como tal, lo que quitaría el pecado del corazón humano, sino lo que simbolizaba en su señalamiento al evento por venir.

    Asimismo, la serpiente de bronce levantada en el desierto apuntaba a Jesucristo, pero cuando el símbolo se convirtió en sustituto de la adoración a Dios tuvo que ser quitado de en medio. Tiempo después, Cordero vino a esta tierra en forma humana, dando testimonio de la luz para unos hombres acostumbrados a las tinieblas. La gracia soberana de Dios se impone sobre el caos que genera el pecado, violentando al mundo que pertenece al principado de Satanás, para perdonar los pecados que testificaban en nuestra contra. Se escribió que el acta de los decretos que nos era contraria fue clavada en la cruz, para que nosotros fuésemos declarados justos.

    Lo mismo sucedió con aquella primera pascua en Egipto, cuando el ángel que venía a matar a los primogénitos pasó por alto los pecados de los que se ampararon en aquella sangre que apuntaba a Jesucristo. En la didáctica del pueblo israelita de aquel momento, se sabía que la sangre había de ser colocada por virtud de la obediencia del mandato de Jehová. En su conjunto, a la distancia, el panorama se junta y vemos la importancia del símbolo lejano conjugado con su realización concreta en la historia. Cristo padeció por todos los pecados de todo su pueblo, el justo por los injustos.

    Por las Escrituras, conocemos que cada parte de nuestra salvación se fundamenta en el trabajo de Jesucristo como Cordero sin mancha, sacrificado en beneficio de su pueblo. Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9), lo que nos indica que su sacrificio dejó por fuera a cada réprobo en cuanto a fe. Pero como él dijo que había venido a morir por las ovejas, sabemos que cada oveja oirá su voz oportuna y lo seguirá a paso firme sin volverse tras los extraños (Juan 10:1-5). Así que seguro andamos desde la regeneración hasta la gloria final.

    Pablo escribió algo que debe ser entendido en sentido pleno por cada una de las ovejas del Señor; dijo que nadie podía traer ningún cargo contra algún escogido de Dios. La razón no es otra sino que Dios es el que justifica, no nuestras obras que pueden ser acusadas como inconclusas o imperfectas. ¿Quién podrá condenar a una sola de las ovejas del Señor? Dios es el que justifica porque Cristo murió y resucitó, y Jehová aceptó su trabajo consumado. Además, Jesucristo está a la diestra del Padre para convertirse en nuestro abogado. No existe nada que nos pueda separar del amor de Dios, nadie que nos sirva de impedimento ante semejante amor; ninguna criatura nos podrá separar del amor de Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor (Romanos 8:30-39).

    El resumen de Pablo nos ilustra en el hecho de que fuimos conocidos, predestinados, llamados, justificados y glorificados. Ese conocimiento divino no se trata de algo que Dios tuvo que averiguar, ya que su Omnisciencia lo hace conocedor de todo sin que llegue a conocer. Se trata de un acto de comunión, como muchas veces la Escritura usa ese verbo: Adán conoció de nuevo a su mujer, y tuvieron otro hijo. A vosotros solamente he conocido de entre todos los habitantes de la tierra. Nunca os conocí (nunca tuve comunión con ustedes). Conoce Jehová a los que son suyos. La palabra hebrea (Yadah) indica tener una relación con la persona que se conoce, como Adán la tuvo con Eva para tener otro hijo. No solamente significa el acto cognitivo, como lo entendemos en nuestra lengua, sino que añade un sentido de comunión estrecho entre el que conoce y el conocido.

    Jehová no necesita llegar a conocer nada (Él es Omnisciente), por lo tanto cuando en estos contextos se habla de conocer se refiere a mantener un contacto íntimo con los conocidos. En Isaías leemos: Y reposará sobre él, el espíritu de Dios, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de CONOCIMIENTO y de temor de Dios (Isaías 11:2). Es decir, el Cristo tendría espíritu de COMUNIÓN con Dios el Padre, por medio de su obediencia. De igual forma, leemos en Mateo 1:25 lo siguiente: Pero (José) no la conoció (a María) hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre Jesús. Se entiende que José era el esposo de María, por lo que sí la conocía (en el plano cognoscitivo del término), pero no tuvo relaciones sexuales o íntimas con ella hasta que dio a luz a Jesús.

    Nuestra buena noticia nos inunda con hechos y promesas, como la que habla del enemigo nuestro que intentará engañarnos, si le fuere posible. Es decir, no le será posible, como lo asegura el estatus gramatical de la expresión citada: futuro de subjuntivo. Ese tiempo y modo verbal pone de manifiesto una imposibilidad absoluta, lo cual nos embarga de paz ciertísima en relación a nuestra salvación final (Mateo 24:23-24 y Marcos 13:21-22). Los maestros de mentiras vienen y seguirán viniendo con un evangelio diferente, intentando engañar, si les fuere posible, aún a los escogidos de Dios. Como Jesús no miente, también dijo en otra oportunidad lo que antes mencionamos: que sus ovejas oyen su voz y lo siguen, pero al extraño no seguirán, porque no conocen la voz del extraño (Juan 10:5). Pablo ya nos lo aseguró en lo que citamos de Romanos, pero Jesús por igual lo dijo en forma muy explícita: Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre (Juan 10: 27-29).

    Esa buena noticia nos ampara a cada creyente enviado por el Padre al Hijo, para que tengamos paz y sosiego, para que andemos serenamente rodeado de toda bendición espiritual. En cambio, a los que siguen a Jesús por su cuenta, sin ser enseñados por Dios (Juan 6:45), si oyendo el verdadero evangelio no reciben arrepentimiento para perdón de pecados, lo que les espera es el espíritu de estupor para que crean a la mentira, por cuanto se deleitan en la injusticia (2 Tesalonicenses 2:3-12).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • MUERTOS EN DELIGOS

    La Biblia afirma que la humanidad murió en delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, que no hay quien entienda ni quien busque a Dios. Asegura que esa calamidad llegó porque la paga del pecado es la muerte, de manera que en Adán todos mueren. La advertencia dada en el Edén fue una verdad contundente, aunque físicamente los primeros seres humanos tardaron en morir hasta comenzar a poblar la tierra, para cumplir el designio del Creador. Lo que dijo la serpiente resultó una gran mentira (lo que es lo mismo, una verdad a medias): seréis como dioses al conocer el bien y el mal.

    El hombre conoció el bien y el mal, pero su deidad no llegó nunca; si bien la Escritura dice dioses sois, lo dice para hacer referencia a ciertas cualidades humanas en tanto somos imagen y semejanza de Dios. Así se participa de una metáfora divina, como lo hacen los magistrados en la tierra, decidiendo con autoridad y poder al gobernar las naciones. Nosotros también podríamos decir que somos como ángeles, al ser mensajeros del Altísimo. Así que la metáfora nos envía al contexto de las palabras pronunciadas, por lo que aunque seamos llamados dioses, todos moriremos como hombres (Salmos 82:6-7).

    Si hemos caído en una depravación total, en el sentido de que se nos ha considerado muertos en delitos y pecados, bajo la ira de Dios por causa del mal en nosotros, no podemos cambiar el diagnóstico diciendo que solamente estamos enfermos. La metáfora se respeta en su totalidad, para comprender el contexto de lo que se nos quiere enseñar. Nos dice la Biblia que no podemos hacer nada bueno, acostumbrados como estamos a hacer el mal. De manera que Dios tiene misericordia y muestra su gracia sobre quien Él desea mostrarla. No puede el ser humano reclamar derechos cuando a él se le computa muerto, ya que su voluntad no cuenta por causa de la putrefacción del cadáver.

    Predicamos el evangelio a los muertos, pero el Espíritu es quien da vida. La palabra de Cristo genera fe en aquellos que fueron elegidos desde la eternidad por el Padre, quien quiso hacerse un pueblo para su gloria. No sabemos quiénes, de entre los muertos, son los elegidos; pero predicamos por igual a todos, diciéndoles que se arrepientan y crean el evangelio. Algunos oirán porque son revividos, otros seguirán en silencio, tal vez molestos por oír una palabra que les parece indiscernible.

    Dios no eligió a cada miembro de la raza humana para salvarlo; eso se sabe porque la Biblia habla del infierno eterno. Habla también de los réprobos en cuanto a fe, de los que no fueron inscritos en el libro de la vida, de los que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Porque Cristo es más que un nombre, es una persona con un trabajo específico, junto a un cúmulo de enseñanzas teológicas de especial relevancia. Él habló de la elección del Padre, se refirió a que nadie puede venir a él si el Padre no lo trae. Aseguró que todos los que el Padre le da vendrán a él, y jamás serán echados fuera.

    Se comprende por esas enseñanzas de Jesucristo que los que no vienen a él nunca fueron enviados por el Padre; aquellos que vienen por cuenta de un falso evangelio serán repudiados en el día final, cuando les diga que nunca los conoció. Él dijo que aquella planta no plantada por su Padre será desarraigada. Por lo tanto, existe una elección que no se fundamenta en la persona, ni en su muerta voluntad, sino que se basa en el designio del Elector. No por obras, asegura la Biblia, sino por gracia; de otra manera la gracia no sería gracia. Esto fue así para que nadie tenga de qué jactarse en la presencia de Dios, para que nadie suponga que hubo algo bueno en él que Dios tomó en cuenta a la hora de la elección.

    Por supuesto, existe mucha gente dentro del cristianismo externo que se molesta por esas doctrinas de Jesús. Ellos sostienen que les parece una palabra demasiado dura de oír, que Esaú no tuvo posibilidad alguna de resistirse a la voluntad del Todopoderoso, de manera que en alguna medida su condenación suena injusta. Para no culpar abiertamente a Dios, tuercen la Escritura para hacerla decir palabras más blandas, haciendo recaer la condenación en la conducta impropia de Esaú. Pero, ¿qué de Jacob? ¿Acaso Dios vio algo bueno en esa persona que escogió aún antes de ser concebida? Esto no parece en ninguna manera injusto, a pesar de que Jacob tampoco pudo resistir esa voluntad de Dios.

    Vemos que el ser humano juzga a Dios, siempre que exista condenación. Hubiese sido mejor que el hombre fuera libre en forma absoluta, independiente del Creador, sin que tenga que rendir un juicio de cuentas después de esta vida. La Biblia afirma que está destinado para los hombres que mueran una vez, y después de esto el juicio. Como muchos no se sienten llamados por Dios, se han armado de unas falsas doctrinas para construir muchos falsos evangelios. De esa manera se acompañan en esta vida, domingo a domingo, en cultos extraños para un dios extraño. Ellos lo llaman Jesús, le dicen Jehová, pero en realidad es antes que nada un Baal-Jesús.

    Al clamar a un dios que no puede salvar, su desespero los conduce a buscar la mística, como una prueba de la espiritualidad que poseen. Sus teólogos los instruyen en un evangelio diferente y estando acostumbrados al mal aprendizaje ya no logran distinguir la mentira de la verdad. Por ese camino continúan en la persecución del espíritu de estupor, para alcanzarlo y abrazarlo, hasta degustar la mentira a granel. Su despertar final será de sorpresa, cuando comprendan que han caído en el mismo hueco que sus maestros de mentiras (Salmos 73:18-20).

    Algunos adoran ángeles, otros se dan a los santos intercesores, los hay de los que buscan a María como madre de Dios; también los que dicen hablar en lenguas, dando lugar a la barbarie literal, en la suposición de la bienvenida carismática. Milagros ven para avivar sus ánimos, aseguran que Dios les dio palabra, pero haciendo tales cosas la doctrina de Cristo queda relegada como algo que causa separación. Por esa razón, también distinguen entre corazón y mente, en el consuelo de que tal dicotomía los exima de pensar en las enseñanzas de Jesús, a quien dicen amar con mucho corazón. Pero Pablo lo aseguró: ¿Cómo invocarán a aquel de quien no han oído? Isaías también lo afirmó: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos. Juan lo resaltó: el que se extravía y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios (2 Juan 1:9).

    Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina, le encomendó Pablo a Timoteo (1 Timoteo 4:16). Esto implica vigilar los errores, denunciar las herejías (opiniones propias), para que no infeste la grey de Dios. A ese rebaño conviene alimentar con el conocimiento y el entendimiento de las enseñanzas de Jesucristo, quien vino a predicar la doctrina del Padre. Esa doctrina de Timoteo fue la misma que le enseñó Pablo, la apostólica, de acuerdo a la palabra incorruptible. Esa palabra edifica, resulta nutritiva para el alma de manera que comprenda los tiempos, las advertencias y logren afirmarse en la enseñanza de Jesucristo. Un ministro que se ocupe de él mismo y de la doctrina, ayuda tanto a la grey como se ayuda a sí mismo. De igual manera, ayudará a muchos que lo oyen, porque solamente el evangelio no adulterado tiene el poder de la palabra eficaz para llamar de las tinieblas a la luz.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org