La metanoia griega significa un cambio de mentalidad; en el pecador debe darse al menos en dos sentidos: 1) en relación a quién es el Dios soberano; 2) en relación a nuestra pequeñez. Por un lado, el que se arrepiente cambia su manera de ver a Dios; no se trata de una divinidad que suplica por un alma perdida, ni por un dios que nos acusa del asesinato de su hijo. Ahora, el Espíritu de Dios le enseña que Dios es soberano y hace como quiere, que si Él brinda arrepentimiento para perdón de pecados lo hace en forma absoluta. La claridad que el Espíritu Santo imprime en el alma del redimido (la persona arrepentida para perdón de pecados) le hace ver que jamás hubo un Dios suplicante, que jamás hubo un Dios acusador por la muerte de su Hijo.
Al contrario, el Espíritu nos enseña conforme a la palabra revelada (La Biblia) que Jesús murió por su pueblo, que no rogó por el mundo la noche antes de su crucifixión. Aprendemos igualmente que nadie puede ir a él si no le fuere dado del Padre, que todo lo que el Padre le da irá a él y no será echado fuera jamás. También se nos educa por medio del Parakletos (el Consolador), para que sepamos que somos concebidos en pecado y formados en maldad. Nada bueno puede haber en el hombre caído como para que Dios se haya fijado en él; así que al comprender nuestra miseria, el hecho de que somos polvo y barro en manos del alfarero, contemplamos nuestra pequeñez absoluta y terminamos humillados.
Claro está, la consecuencia de esa forma de arrepentimiento impone el hecho del deseo de dejar de pecar. Intentamos por muchos medios, pero ahora el Espíritu nos conforta y batalla dentro de nosotros para apartarnos del error. Esa lucha dura hasta que partamos de esta tierra a la patria celestial (Romanos 7). Cuando nos hemos convertido a Cristo nos agarramos de la gracia divina, gracia que no incluye obras de nuestra parte. Nos siguen las buenas obras como el fruto de esa redención, obras ya preparadas de antemano para andar en ellas. El principal fruto del creyente llega a ser la confesión con su boca de lo que tiene en su corazón. Un árbol bueno no puede dar fruto malo, como un árbol malo no pueda dar fruto bueno. Esa enseñanza de Jesucristo nos viene muy bien para comprender el fruto natural como personas redimidas.
Esto dicho nos enseña que una oveja redimida no se irá jamás tras el extraño, porque desconoce su voz (Juan 10:1-5). No será posible confesar dos evangelios, porque se estaría dando el fruto malo del árbol malo. Sabemos que si no se nos hubiera abierto la puerta de escape de aquella trampa en la que el diablo nos tenía prisioneros, hubiésemos seguido esclavos del pecado. Cristo intervino y nos redimió del poder del pecado que era la muerte (el aguijón de la muerte es el pecado); el Señor nos abrió el corazón a su Evangelio, para que pudiéramos ver el engaño en que estábamos metidos. Uno puede preguntarse si los otros no arrepentidos podrán algún día ser salvos, pero la respuesta está también en las Escrituras: Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios (Lucas 18:27).
Si Dios hizo el milagro de abrirnos los ojos, de rescatarnos de las prisiones de maldad, ¿no se supone que debe hacerlo con toda la humanidad, sin excepción? Esa pregunta proviene de un corazón que no ha comprendido las Escrituras, las que abundan en ejemplos de la soberanía de Dios. Él tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer. A Jacob amó, pero a Esaú odió, sin que mediara en ellos buenas o malas obras, aún antes de ser concebidos. No se trata de que Él averiguó el futuro en el túnel del tiempo y escogió a los que tenían buena disposición. No, porque todos nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino, no hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos los caídos en Adán hemos pasado a muerte espiritual, así que un muerto no puede saber ni puede entender dónde está la medicina o el elixir de la vida.
¿Será Dios injusto, que hace esas cosas de esa manera? Antes, ¿quién eres tú para altercar con tu Creador? La olla de barro carece de potestad para discutir con su alfarero y no puede decirle por qué la ha hecho así. De nuevo volvemos al arrepentimiento bíblico (la metanoia), el cambio de mentalidad respecto a Dios y a nosotros. Hasta que no ocurra ese cambio no habrá perdón de pecados, pero aún eso lo da el Señor de acuerdo a sus planes eternos. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? ¿Si nadie ha podido resistirse a su voluntad? Allí llega todo el mundo que alterca con Dios, pero hasta que no se humille la criatura no podrá probar los dones del Espíritu de Dios. Esto quiere decir que sin la humillación el arrepentimiento no se da, pero esa humillación también la otorga el Señor. En resumen, tenemos que decir con el salmista David: ¿Adónde huiré de tu presencia?
El Jesús de la Biblia vivía asociado con recolectores de impuestos, con mujeres de mala vida, con personas que parecían alejadas de Dios. Fue criticado por ello, cuando los fariseos le reclamaban por su asociación con esos pecadores. Los fariseos suponían que ellos tenían una mejor justicia que esos pecadores comunes y socialmente marcados, pero Jesús los llegó a llamar hipócritas, sepulcros blanqueados, llenos de podredumbre por dentro. El pecado pudre el alma y la hace heder, pero los que se habitúan al mal olor casi no sienten su molestia.
Fariseos y publicanos necesitaban de la gracia, pero no lo sabían. El ciclo del orgullo y el error, los sumergía en la autosuficiencia para merecer el regalo de Dios. De esa forma nadie puede llegar a ser salvo; no obstante, en la predicación del evangelio se anuncia arrepentimiento para perdón de pecados, se anuncia a Jesucristo como el único Mediador entre Dios y los hombres. Se predica que Jesús murió por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), de manera que aquellos a quienes el Espíritu da vida creerán y se añadirán de inmediato a la iglesia del Señor.
Cristo es el único que nos puede liberar de la culpa y del poder del pecado. A todos los que lo reciben, a los que creen en su nombre, les da la potestad de ser hechos hijos de Dios. Vale la pena tener el Espíritu de Dios en nuestras vidas, conforta saberse perdonado y cubiertos nuestros pecados. Tres veces feliz será aquel el cual el Señor llamare de las tinieblas a la luz. Nosotros solo anunciamos el evangelio para que sea el testimonio a toda criatura, de manera que el que crea llegue a tener la vida eterna. ¿Para esto quién es suficiente? Gracias a Dios que para él no hay nada imposible. Dice la Escritura que creyeron en él todos los que estaban ordenados para vida eterna, que aquellos que son enseñados por Dios y han aprendido, irán al Hijo (Hechos 13:48; Juan 6:45).
El que oiga su voz no endurezca su corazón; id a Cristo todos los que están trabajados y cansados del pecado y de las cadenas de oscuridad. La pena del castigo eterno pesa demasiado y agota el alma, por eso Jesucristo invita a acudir a él. ¿Quién irá? Todo aquel que le sea dado del Padre, para no ser echado fuera jamás (Juan 6:37, 44, 65).
César Paredes