Autor: César Paredes

  • EL DIOS QUE DEJA HUELLA EN EL MAR (SALMO 77:19)

    Un predicador dijo una vez que había dos inseparables gemelos: la predestinación y la providencia. Esos son gemelos de la gracia admirable del Omnipotente Dios, el que nos predestinó según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria, los que fuimos sellados con el Espíritu Santo de la promesa. Para gobernar todas las cosas según el designio de su voluntad, se necesita tener todo el poder absoluto y ejercer el control de cada partícula del universo. Semejante Dios puede espantar a cualquiera, pero puede consolar a los que son suyos.

    Cuando nos referimos a la predestinación, hablamos de un acto soberano, eterno e inmutable, de acuerdo al propósito del Dios de la creación, quien ordenó todo cuanto sucede. Esto lo hizo según su propia voluntad y placer, para lo cual provee cada elemento necesario, en cada circunstancia posible y probable que vaya a utilizar. Acá ya empezamos a mirar la providencia divina, como el complemento forzoso para que se cumpla todo cuanto Dios ha querido. De esta manera, miramos a Dios en el tiempo, en la ejecución de lo que se propuso desde la eternidad.

    Vemos que el fin propuesto tiene una ejecución perfecta: el fin puede ser llamado predestinación, pero sus medios o ejecución pueden ser mencionados como su providencia, el uso de los mecanismos necesarios para lograr lo propuesto. Absalón tenía que seguir el consejo de Ahitofel, que era mejor que el de Husai, pero Jehová había ordenado lo contrario: que Absalón siguiera lo recomendado por Husai y desechara el mejor consejo de Ahitofel (2 Samuel 17:14). Esto lo hace el Señor porque Él controla aún los pensamientos del rey, a todo lo que quiere lo inclina. Él frustra el consejo de las naciones, coloca en los gobernantes y moradores de la tierra el dar el poder y dominio a la bestia (Apocalipsis 17:17).

    De acuerdo a la Escritura, nada en este mundo sucede por casualidad. Lo que llamamos azar lo es desde nuestra perspectiva, puesto que no dominamos todas las variables de lo que podría acontecer. Para Dios no hay azar, pero la Biblia habla desde nuestra perspectiva cuando nos dice que aún la suerte se echa en el regazo, pero de Jehová es su decisión. La decisión de algo no depende de ángeles o demonios, de ninguna persona, sino de Jehová que dirige el mundo hacia su final. Anunció caos para el tiempo del fin, y eso es lo que estamos viendo. Anunció un asesinato cruel para su Hijo, y eso nos lo narra la Biblia.

    La gloria del nombre de Dios, sumado al bien de los elegidos, se alcanzan por los medios providenciales del Todopoderoso. Lo dijo Pablo en forma enfática: a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien; esto es, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28). Hay bienes temporales y bienes espirituales, así como los bienes eternos. Nosotros buscamos más los temporales, conforme a nuestras necesidades que son dadas a conocer por medio de las oraciones al Señor. Aunque él ya conoce lo que necesitamos, se agrada en escucharnos y nosotros nos aliviamos en hablar con Él. La bendición de Jehová es la que añade riqueza sin tristeza (Proverbios 10:22).

    Los bienes espirituales lo son para el alma, el vivo ejercicio de la gracia en nosotros. Tenemos fe, confianza, salvación eterna, la presencia del Espíritu Santo en nosotros. Poseemos la garantía de la redención final, el fruto del Espíritu, la mente de Cristo, la unción del Santo. Los bienes eternos están relacionados con los espirituales y también con los temporales, en cuanto ellos nos conducen a la meta final: a conocer al Padre como único Dios verdadero y a Jesucristo el enviado (Juan 17:3). Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman (1 Corintios 2:9). Pablo subió al paraíso y oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar (2 Corintios 2:12); esas son algunos de los bienes eternos que nos aguardan.

    Recordemos siempre que cuando somos conducidos a la realización de una actividad determinada, un trabajo específico, una aventura en el campo o en las ciudades turísticas, un estudio de esfuerzo, un aprendizaje complicado, etc., cualquier cosa que hagamos ha sido ya ordenada. Pero también han sido ordenadas las circunstancias que rodean esas acciones a realizar. Por ejemplo, si usted tiene que dictar una conferencia ante un auditorio determinado, sepa que los que lo van a oír también han sido ordenados para oírlo. Eso nos da confianza en el Padre amado que conduce a sus hijos de triunfo en triunfo, pero que aún en las caídas nos sostiene con su mano firme y con su actitud de amor.

    Al nosotros saber que nada ocurre que no cumpla el propósito propuesto en la eternidad, que nada acontece sin que la soberanía de Dios provea sus medios, estemos seguros día a día, confiados en que donde estamos ha sido el deseo del Señor que estemos. Claro está, anhelamos cambiar de domicilio, solicitar otro trabajo, buscar otra diversión, pero todos esos deseos también son colocados por Aquél que provee para su realización. En suma, lo que Dios predestinó en el pasado y cumple su ejecución con su providencia, siempre resulta para el bien de sus elegidos y para la gloria de su nombre.

    ¿No ha hecho Jehová todas las cosas para sí mismo? ¿No hizo al malo para el día malo? (Proverbios 16:4). La ira del hombre te alabará, Dios reprimirá el resto de las iras (Salmo 76:10); Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que dijo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46:9-10). Por supuesto que existe una gran profundidad de las riquezas y de la sabiduría de Dios, que sus juicios son insondables, que sus caminos nos resultan inescrutables. ¿Quién entendió la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén (Romanos 11: 33-36).

    Estos textos mencionados, lo que se dijo antes, todo ello conduce al hecho de que todo trabaja para el beneficio de los escogidos de Dios. Si le amamos a él fue porque él nos amó primero; nadie le dio a él primero como para esperar recompensa. La soberanía de Dios hace todo posible, como para que vivamos repletos de gozo. El propósito de Dios es que todo trabaje o concurra para beneficio de sus hijos; eso lo sabemos por su palabra. En síntesis, hemos de vivir confiados, repletos de alegría, siempre de victoria en victoria porque somos más que vencedores. ¿Quién nos acusará o quién nos condenará? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?

    Esta reflexión sobre lo acá mencionado podría resumirse como una deliciosa persuasión de la benevolencia del Señor para con nosotros. Lo sabemos por la palabra de Dios, que no miente. Sol y escudo es Jehová Dios; gracia y gloria dará Jehová. No quitará el bien a los que andan en integridad (Salmo 84:11). La Biblia nos dice que: el que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente (Salmo 91:1). Yacemos en el corazón de Dios, en su seno, como si fuésemos la niña de sus ojos. Por esa razón también se dijo que el que hiciere daño a uno de los pequeños del Señor le vendría calamidad segura. Como Dios es amor, si vivimos en su seno amamos no solo a Dios sino a nuestros hermanos.

    Vivir bajo la sombra de sus alas, es reposar bajo el que puede hacer todo posible. Por eso se llama Jehová, el que es, el que hace todas las cosas posibles. ¿Habrá algo que sea difícil para Él? Por Jesucristo somos preservados de la ira de Dios, del calor enfurecido de su ley, así como de la ferocidad de los que nos persiguen sin causa. En esa roca que es Cristo vivimos protegidos de las inclemencias del temporal del mundo, del principado de este mundo, de sus tinieblas y de las maquinaciones de Satanás.

    Seremos librados del lazo del cazador (recordemos a Nimrod, cazador ante Jehová, gobernante de Babilonia, donde se construyó la Torre de Babel). Estaremos protegidos con su verdad, para que no temamos al terror nocturno, ni a ninguna flecha que venga a la ventura. Veremos la recompensa de los impíos, miraremos su lugar y ya no estarán. Ellos fueron consumidos de repente, cayeron y caerán en sus propios lazos. Ninguna arma forjada contra nosotros prosperará y condenaremos toda lengua que se levante en juicio contra nosotros. Todo esto acontece porque hemos puesto a Jehová como nuestra esperanza, al Altísimo por nuestra habitación. Como Elías deberíamos decir: Vive Jehová, en cuya presencia estoy.

    Ese Dios que ha dejado su huella en el mar resulta una maravilla para sus hijos. De día y de noche nos conduce, envía a sus ángeles para que nos guarden, para no tropezar con las piedras del camino. La poesía de los Salmos posee abundantes metáforas de lo que le acontece a cada hijo del Señor, a cada miembro de su iglesia, de su asamblea de justos, los cuales fuimos justificados por medio de la fe de Jesucristo.

    César Paredes

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  • LA SOLEDAD DE ELÍAS

    LA SOLEDAD DE ELÍAS

    El profeta solitario, llamo yo a Elías, destinado a vivir cerca de un arroyo, a huir del rey Acab y de su esposa la reina pagana Jezabel. Además, fue alimentado por unos cuervos (animales inmundos), también vivió fuera de su nación en casa de una viuda pobre, alimentándose de aceite y harina. Una vez clamó a Jehová y le preguntó si solamente él había quedado. Dios le respondió que se había reservado de toda la nación tan solo a 7.000 hombres, pero no se los mostró al profeta. Si uno se viera rodeado de 7.000 hermanos estaría dichoso, pero Dios se los reservó para Sí mismo, lo que al parecer demuestra que Elías no los conoció.

    Sin embargo, un amigo ejemplar estuvo con él, el llamado profeta Eliseo. De él también se escribió en las Escrituras, dándonos a entender que esa pareja de hombres de Dios hicieron grandes señales y prodigios que autenticaron su envío especial de parte de Jehová para el Israel pagano. Si uno recuerda el censo hecho por David, había más o menos 1. 570.000 hombres, sin contar las mujeres ni los niños. Sabemos que había transcurrido cerca de 100 años entre David y Acab, así que podemos incrementar la población de Israel -ya dividido en dos reinos- quizás en unas cuatro o cinco veces, para sacar la cuenta de la proporción entre la totalidad de las personas en Israel y los que Jehová se reservó, para de esa manera asombrarnos de los pocos escogidos del Señor (1 Crónicas 21:5). Al Señor le preguntaron si eran pocos los que se salvaban, y respondió que lo que era imposible para los hombres era posible para Dios. También habló de la manada pequeña, de los pocos escogidos, de entrar por la puerta estrecha, del reino de los cielos que lo arrebataban los valientes, de andar por el camino angosto.

    Predicamos el evangelio para testificar ante los que están perdidos, por lo cual juzgamos con justo juicio quiénes necesitan la palabra de Dios. De entrada diremos que todos la necesitamos, pero hay un grupo de personas numeroso que no ha llegado a creer. A lo mejor no creerán nunca, pero puede ser -desde nuestra perspectiva- que por oír el evangelio lleguen a ser llamados eficazmente. Dios conoce a los que son suyos, a los cuales ha ordenado que huyan de Babilonia. Jesús dijo que seríamos enseñados por Dios y que habiendo aprendido iríamos a él. También afirmó que nadie viene a él si no le fuere dado del Padre, que todo lo que el Padre le da vendrá a él.

    Hay gente cuya condenación no se tarda. Por eso probamos los espíritus para ver si son de Dios. Están las personas cuyo orgullo los satisface por todos lados y no quieren enterarse de las buenas noticias de salvación. Por supuesto que si no se enteran es porque fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Están los falsos cristianos, aquellos que confiesan creer pero que introducen interpretaciones privadas de la Escritura para su propia perdición. Todas estas cosas juntas las sufrimos los escogidos de Dios una vez que hemos creído, por la sencilla razón de que tenemos que lidiar contra la mucha falsedad de cada día.

    ¿Cómo juzgamos nosotros a los que creen o no creen? Por medio del evangelio: Nos vamos a la ley y al testimonio. Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido (Isaías 8:20). ¿Acaso no fue eso lo que Cristo quiso decir cuando habló de que de la abundancia del corazón habla la boca? Dime qué evangelio crees y te diré si eres mi hermano. No tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no salva (Isaías 45:20).

    Tal vez su dios no está esculpido en madera o bronce, poco importa; podría ser un dios esculpido en su imaginario, de acuerdo a sus propias concupiscencias. En otros términos, un dios ajeno al de las Escrituras, mezclado con lo que ella anuncia pero que llena todas las expectativas de lo que usted considera que debe ser un Dios. Aún así se trata de un ídolo, de una mentira, por cuya razón la Biblia advierte que los mentirosos no heredarán el reino de los cielos. Satanás es el padre de la mentira, saque usted su propia conclusión.

    El que no creyere será condenado (Marcos 16:16; así que es por medio de Jesucristo y su Evangelio que podemos llegar a creer, por aquella palabra sembrada por los primeros discípulos -Juan 17:20-: los que han de creer en mí por la palabra de ellos). Esa palabra no está corrompida, así que solamente se puede nacer de nuevo de una simiente incorruptible, mediante la palabra de Dios que vive y permanece (1 Pedro 1:23). El falso evangelio no ha salvado una sola alma, ya que proviene del padre de la mentira.

    Ni los apóstoles en su tiempo, ni los ángeles del cielo, que anuncien un evangelio diferente al que ha anunciado la Escritura podrá ser válido. Solo será para maldición (Gálatas 1:9). La Biblia nos dice que no creamos a todo espíritu (a toda persona), sino que hemos de probar los espíritus para saber si don de Dios, porque muchos falsos profetas y maestros han salido por el mundo (1 Juan 4:1). El que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error (1 Juan 4:6).

    Existen personas que mantienen una conducta aceptable para la sociedad, cuyo comportamiento religioso parece vestirse de piedad. Sin embargo, al no creer el Evangelio tal como lo anuncia la Escritura dan testimonio de que andan perdidos. A ellos se les dirá que nunca fueron conocidos por el Señor. El Señor conoce a los que son suyos. Nuestro juicio a los espíritus (personas) tiene que estar cimentado en el Evangelio que se profesa y que se cree. No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón (1 Samuel 16:7). Que éste sea nuestro criterio, para no dejarnos llevar por la apariencia de piedad, pues Satanás mismo se disfraza de ángel de luz (2 Corintios 11:14).

    Nadie puede tener paz si anda en la dureza de su corazón. No querrá Jehová perdonarlo, sino que entonces humeará la ira de Jehová y su celo sobre tal persona (Deuteronomio 29: 19-20). Cuando decimos bienvenido al que no trae la doctrina de Cristo estamos justificando al impío, siendo nosotros abominación a Jehová (Proverbios 17:15). ¿Vamos nosotros a decirle a lo malo bueno y a lo bueno malo? ¿Vamos a hacer de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz? ¿Vamos a poner lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo? ¡Ay de los sabios en sus propios ojos, y de los que son prudentes delante de sí mismos! (Isaías 5:20-21).

    Destrucción repentina les vendrá a aquellos que digan paz y seguridad, cuando no la tienen. El espíritu de estupor sale de parte del Señor para que los que no aman la verdad, sino que se complacen con la mentira, terminen de perderse. La mentira no es solo decir una mentira suave o dura, es también vivir en el engaño del falso evangelio, creer en una expiación universal que blasfema la sangre del Cordero que murió por los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21).

    La mentira doctrinal hace que la gente se pierda, en cambio el ocuparse de la doctrina nos puede salvar, como le dijo Pablo a Timoteo. Por supuesto, si la persona no es enseñada por Dios y no ha aprendido, no podrá ir a Cristo (Juan 6:45). Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Basta ya de decir que se puede amar a Jesús con el corazón, pero ignorar al mismo tiempo su doctrina porque eso es un asunto difícil o teológico. Toda persona que ha nacido de nuevo (del Espíritu) posee la mente de Cristo (1 Corintios 2:16), así que no hay excusa para vivir en la ignorancia, si es que el Espíritu Santo guía a toda verdad. Como en realidad Él guía a toda verdad, de seguro los que andan en la mentira doctrinal no han sido guiados por el Espíritu Santo, por lo tanto no han sido renovados para arrepentimiento y perdón de pecados. El tal sigue tan impío como Judas Iscariote o Esaú, el hermano gemelo de Jacob.

    La soledad de Elías habla a lo lejos, junto a la soledad de Isaías (Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?), junto a la soledad de Juan el Bautista, la voz que clamaba en el desierto. Somos miembros de la manada pequeña, seguimos al buen pastor, andamos por el camino angosto y hemos entrado por la puerta estrecha. Viva la soledad en Cristo, viva la compañía entre los hermanos; somos rechazados por el mundo porque el mundo ama lo suyo. Mucho consuelo hay en las Escrituras, las que dicen que el Señor despreciará el rostro de los impíos, que ellos serán consumidos de repente y que su herencia será para los justos.

    La soledad de Elías nos recuerda que él vivía en la presencia de Jehová, no se puede de otra manera. De ese lugar brota la esperanza, el renacimiento de cada día, la renovación de nuestro entendimiento. En ese entorno se nos asegura que no seremos avergonzados en la esperanza gloriosa en Cristo, y desde allí asumiremos con gozo cuando el mundo nos acuse mintiendo. El mundo buscará el mínimo pretexto para maldecirnos, pero nosotros clamamos con David: Maldigan ellos, pero bendice tú (Salmos 109:28).

    César Paredes

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    Sin embargo, un amigo ejemplar estuvo con él, el llamado profeta Eliseo. De él también se escribió en las Escrituras, dándonos a entender que esa pareja de hombres de Dios hicieron grandes señales y prodigios que autenticaron su envío especial de parte de Jehová para el Israel pagano. Si uno recuerda el censo hecho por David, había más o menos 1. 570.000 hombres, sin contar las mujeres ni los niños. Sabemos que había transcurrido cerca de 100 años entre David y Acab, así que podemos incrementar la población de Israel -ya dividido en dos reinos- quizás en unas cuatro o cinco veces, para sacar la cuenta de la proporción entre la totalidad de las personas en Israel y los que Jehová se reservó, para de esa manera asombrarnos de los pocos escogidos del Señor (1 Crónicas 21:5). Al Señor le preguntaron si eran pocos los que se salvaban, y respondió que lo que era imposible para los hombres era posible para Dios. También habló de la manada pequeña, de los pocos escogidos, de entrar por la puerta estrecha, del reino de los cielos que lo arrebataban los valientes, de andar por el camino angosto.

    Predicamos el evangelio para testificar ante los que están perdidos, por lo cual juzgamos con justo juicio quiénes necesitan la palabra de Dios. De entrada diremos que todos la necesitamos, pero hay un grupo de personas numeroso que no ha llegado a creer. A lo mejor no creerán nunca, pero puede ser -desde nuestra perspectiva- que por oír el evangelio lleguen a ser llamados eficazmente. Dios conoce a los que son suyos, a los cuales ha ordenado que huyan de Babilonia. Jesús dijo que seríamos enseñados por Dios y que habiendo aprendido iríamos a él. También afirmó que nadie viene a él si no le fuere dado del Padre, que todo lo que el Padre le da vendrá a él.

    Hay gente cuya condenación no se tarda. Por eso probamos los espíritus para ver si son de Dios. Están las personas cuyo orgullo los satisface por todos lados y no quieren enterarse de las buenas noticias de salvación. Por supuesto que si no se enteran es porque fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Están los falsos cristianos, aquellos que confiesan creer pero que introducen interpretaciones privadas de la Escritura para su propia perdición. Todas estas cosas juntas las sufrimos los escogidos de Dios una vez que hemos creído, por la sencilla razón de que tenemos que lidiar contra la mucha falsedad de cada día.

    ¿Cómo juzgamos nosotros a los que creen o no creen? Por medio del evangelio: Nos vamos a la ley y al testimonio. Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido (Isaías 8:20). ¿Acaso no fue eso lo que Cristo quiso decir cuando habló de que de la abundancia del corazón habla la boca? Dime qué evangelio crees y te diré si eres mi hermano. No tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no salva (Isaías 45:20).

    Tal vez su dios no está esculpido en madera o bronce, poco importa; podría ser un dios esculpido en su imaginario, de acuerdo a sus propias concupiscencias. En otros términos, un dios ajeno al de las Escrituras, mezclado con lo que ella anuncia pero que llena todas las expectativas de lo que usted considera que debe ser un Dios. Aún así se trata de un ídolo, de una mentira, por cuya razón la Biblia advierte que los mentirosos no heredarán el reino de los cielos. Satanás es el padre de la mentira, saque usted su propia conclusión.

    El que no creyere será condenado (Marcos 16:16; así que es por medio de Jesucristo y su Evangelio que podemos llegar a creer, por aquella palabra sembrada por los primeros discípulos -Juan 17:20-: los que han de creer en mí por la palabra de ellos). Esa palabra no está corrompida, así que solamente se puede nacer de nuevo de una simiente incorruptible, mediante la palabra de Dios que vive y permanece (1 Pedro 1:23). El falso evangelio no ha salvado una sola alma, ya que proviene del padre de la mentira.

    Ni los apóstoles en su tiempo, ni los ángeles del cielo, que anuncien un evangelio diferente al que ha anunciado la Escritura podrá ser válido. Solo será para maldición (Gálatas 1:9). La Biblia nos dice que no creamos a todo espíritu (a toda persona), sino que hemos de probar los espíritus para saber si don de Dios, porque muchos falsos profetas y maestros han salido por el mundo (1 Juan 4:1). El que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error (1 Juan 4:6).

    Existen personas que mantienen una conducta aceptable para la sociedad, cuyo comportamiento religioso parece vestirse de piedad. Sin embargo, al no creer el Evangelio tal como lo anuncia la Escritura dan testimonio de que andan perdidos. A ellos se les dirá que nunca fueron conocidos por el Señor. El Señor conoce a los que son suyos. Nuestro juicio a los espíritus (personas) tiene que estar cimentado en el Evangelio que se profesa y que se cree. No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón (1 Samuel 16:7). Que éste sea nuestro criterio, para no dejarnos llevar por la apariencia de piedad, pues Satanás mismo se disfraza de ángel de luz (2 Corintios 11:14).

    Nadie puede tener paz si anda en la dureza de su corazón. No querrá Jehová perdonarlo, sino que entonces humeará la ira de Jehová y su celo sobre tal persona (Deuteronomio 29: 19-20). Cuando decimos bienvenido al que no trae la doctrina de Cristo estamos justificando al impío, siendo nosotros abominación a Jehová (Proverbios 17:15). ¿Vamos nosotros a decirle a lo malo bueno y a lo bueno malo? ¿Vamos a hacer de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz? ¿Vamos a poner lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo? ¡Ay de los sabios en sus propios ojos, y de los que son prudentes delante de sí mismos! (Isaías 5:20-21).

    Destrucción repentina les vendrá a aquellos que digan paz y seguridad, cuando no la tienen. El espíritu de estupor sale de parte del Señor para que los que no aman la verdad, sino que se complacen con la mentira, terminen de perderse. La mentira no es solo decir una mentira suave o dura, es también vivir en el engaño del falso evangelio, creer en una expiación universal que blasfema la sangre del Cordero que murió por los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21).

    La mentira doctrinal hace que la gente se pierda, en cambio el ocuparse de la doctrina nos puede salvar, como le dijo Pablo a Timoteo. Por supuesto, si la persona no es enseñada por Dios y no ha aprendido, no podrá ir a Cristo (Juan 6:45). Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Basta ya de decir que se puede amar a Jesús con el corazón, pero ignorar al mismo tiempo su doctrina porque eso es un asunto difícil o teológico. Toda persona que ha nacido de nuevo (del Espíritu) posee la mente de Cristo (1 Corintios 2:16), así que no hay excusa para vivir en la ignorancia, si es que el Espíritu Santo guía a toda verdad. Como en realidad Él guía a toda verdad, de seguro los que andan en la mentira doctrinal no han sido guiados por el Espíritu Santo, por lo tanto no han sido renovados para arrepentimiento y perdón de pecados. El tal sigue tan impío como Judas Iscariote o Esaú, el hermano gemelo de Jacob.

    La soledad de Elías habla a lo lejos, junto a la soledad de Isaías (Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?), junto a la soledad de Juan el Bautista, la voz que clamaba en el desierto. Somos miembros de la manada pequeña, seguimos al buen pastor, andamos por el camino angosto y hemos entrado por la puerta estrecha. Viva la soledad en Cristo, viva la compañía entre los hermanos; somos rechazados por el mundo porque el mundo ama lo suyo. Mucho consuelo hay en las Escrituras, las que dicen que el Señor despreciará el rostro de los impíos, que ellos serán consumidos de repente y que su herencia será para los justos.

    La soledad de Elías nos recuerda que él vivía en la presencia de Jehová, no se puede de otra manera. De ese lugar brota la esperanza, el renacimiento de cada día, la renovación de nuestro entendimiento. En ese entorno se nos asegura que no seremos avergonzados en la esperanza gloriosa en Cristo, y desde allí asumiremos con gozo cuando el mundo nos acuse mintiendo. El mundo buscará el mínimo pretexto para maldecirnos, pero nosotros clamamos con David: Maldigan ellos, pero bendice tú (Salmos 109:28).

    César Paredes

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  • OSCURECER LA GLORIA DE LA FE EN CRISTO

    Por épocas en la historia de la era cristiana, la humanidad ha embestido contra la doctrina de Cristo. En un momento estuvo de moda ser arriano, si bien todavía algunos persisten en su desvarío. El libre albedrío ha sido otro caballo de Troya, regalado a la iglesia protestante como presente romano. Una vieja herencia de Pelagio, el expulsado por sus herejías pero vuelto a recibir porque se arrepintió de una de ellas. Las demás pasaron bajo la mesa papal, la iglesia oficial que ya comerciaba como Estado en los asuntos del pueblo.

    El movimiento herético posee diferentes vientos, pero todos inspirados en el pozo del abismo, como bien dijera el apóstol Pedro: para propia perdición (del hereje o del que tuerce la Escritura). El arminianismo se practica hasta desconociendo su origen o sin saber a quién se debe su nombre (a Jacobo Arminio, peón de Roma en las filas de la Reforma). Su semilla brotó como la hierba mala que no muere fácilmente, se propagó para causar intoxicación en el mundo cristianizado. Por supuesto, las cabras comen de esa hierba y su natural digestión la toleran, pero las ovejas que revueltas viven con esos animales reciben males sin número.

    El gozo de la soberanía de Dios se ve nublado por efecto de la droga perniciosa del arminianismo. El Cristo que murió por su pueblo ahora ha pasado a morir por todas las personas, sin excepción, asunto que la muchedumbre aplaude motivada por sus pastores. La salvación ha dado un viraje de la monergia hacia el trabajo conjunto entre Dios y el hombre (sinergia). Dios ama ahora a todos sin excepción, sufre por Judas y Faraón, lo mismo que por Caín, porque se han perdido a pesar de su esfuerzo. Quiso salvar a Esaú pero él no se dejó, así que frustrado el Hijo de Dios ve que su sangre constituyó un fracaso en la cruz.

    Eso forma parte de la doctrina implícita de Jacobo Arminio, la herejía predominante de hoy día. Claro está, dentro del catolicismo romano esa también es su teología, la de las obras para la redención. No en vano se han inventado un adagio que atribuyen como palabra de Dios: ayúdate que yo te ayudaré. Las nubes del arminianismo contienen la lluvia de la teología romana, la que en innumerables templos se canta y se celebra en forma triunfal, para maltrato del pueblo de Dios que pudiera haber en esos sitios. A ese pueblo Dios le dice: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas (Apocalipsis 18: 4).

    Se oscurece la gloria de la fe cristiana, cada vez que uno se encuentra con un arminiano que declara la expiación universal, la suficiencia de Cristo por todos (dado que es Todopoderoso), el sufrimiento en la cruz al mirar a a toda la humanidad, bajo la aspiración de subsumir a toda ella en su alma. Nada más lejos de la realidad bíblica, esos intentos de los arminianos que se disfrazan de creyentes porque memorizan textos de la Biblia.

    Jesús dijo que él era el buen pastor que ponía su vida por las ovejas (no por los cabritos, a los cuales dirá en el día final: apartaos al lago de fuego). Jesús declaró abiertamente que los que no son ovejas no pueden acudir a él (Juan 10:26). Jesús enseñó en forma pública que ninguna persona puede venir a él si no le fuere dado del Padre. Que todo lo que el Padre le envía a él vendrá a él, y nunca será echado fuera. Así que se deduce que los que no vienen a él (las miríadas de réprobos en cuanto a fe) jamás han sido enviados por el Padre al Hijo. Esos son los que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo, los que no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo.

    ¿Por qué se anuncia este evangelio, si no todo el mundo lo puede aceptar? Porque fue ordenado por Dios el hacerlo, porque es la única manera de que los escogidos desde la eternidad para redención puedan llegar a creer. Porque de esta manera se incrementa la condenación en los que rechazan abiertamente a Jesucristo. Todo esto lleva gloria a Dios, de manera que celebramos la justicia divina: a los creyentes, Cristo los ha justificado; a los réprobos, Dios les cobrará de acuerdo a sus malas acciones.

    De igual forma, somos grato olor a Dios en Cristo, tanto en los que creen como en los que se pierden. En los que creen, olor de vida para vida; en los que se pierden, olor de muerte para muerte, pero de todas formas somos grato olor para Dios. ¿Quién es suficiente para estas cosas? (2 Corintios 2: 15-16).

    A Jesús un día le preguntaron si eran pocos los que se salvaban. Respondió que lo que era imposible para los hombres era posible para Dios. Con esto queda sellado el hecho ya anunciado por Jonás: La salvación pertenece a Jehová (Jonás 2:9). Una carta de 1628, encontrada en posesión del arzobispo de Canterbury, relacionada con el superior de los Jesuitas, que residía en Bruselas, decía de la siguiente manera: ´…Tenemos ahora algunas cuerdas de nuestro arco. Hemos plantado la soberana droga del Arminianismo, la cual esperamos purgará a los Protestantes de sus herejías; y ha de florecer y dar fruto en su tiempo…Estoy siendo llevado con felicidad, para ver cuán felizmente todos los instrumentos y medios, sean grandes o pequeños, cooperarán para nuestros propósitos…Nuestra fundación es el Arminianismo.’ (Augusto Toplady. Arminianism: The Road to Rome -Monergism, internet).

    Los que asumen la doctrina arminiana como válida no son creyentes a los cuales les falta un poco de teología. No, ellos no han nacido de nuevo porque el Espíritu Santo, que nos conduce a toda verdad, jamás permitirá que confesemos dos evangelios. No se trata de que aman a Cristo con el corazón pero se desentienden del intelecto doctrinal, sino de que ese Cristo que profesan es un dios débil que intentó salvar a todos por igual, pero algunas personas no lo permitieron. Además, el arminiano odia la verdad y profesa la mentira, por lo cual tarde o temprano recibirá el espíritu de estupor enviado por Dios mismo para que termine de perderse.

    Como Pablo dijo de algunos judíos, en su Carta a los Romanos, su oración para con ese Israel era para salvación. Ellos andaban perdidos a pesar de su enorme celo por Dios, pero al ignorar la justicia de Dios que es Jesucristo colocaban sus propias obras por justicia. Eso hacen los seguidores de Arminio, y poco importa si usted sabía quién ha sido Arminio. Basta con seguir la falsa doctrina que anuncian para saber que no tienen la justicia de Dios. Jesús no rogó por todo el mundo, sino que dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9); murió solamente por el mundo amado por el Padre (Juan 3:16).

    Nuestro Dios es soberano y hace como quiere, al que desea endurecer endurece y tiene misericordia de quien quiere tenerla. ¿Será injusto Dios que actúa de esa forma? En ninguna manera, ya que su soberanía se lo autoriza; además es un Dios justo que justifica al impío, ese es el Dios que puede salvar. Por el conocimiento sobre el siervo justo éste justificará a muchos (Isaías 53:11).

    Hagamos brillar la gloria de nuestra fe en Cristo a través de la ocupación en la doctrina de Cristo. Esto lleva honra, así que quien no vive en esa doctrina es un transgresor que no tiene a Dios (2 Juan 1:9-11).

    César Paredes

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  • PERECER EN LA IGNORANCIA

    La gran tragedia humana le viene como destino al hombre, un peso de pecado con el que fue concebido, una carga que no puede botar por cuenta propia. Muchos ignoran el significado de la justicia de Dios, así que pretenden colocar la suya propia para justificar sus acciones. El Ser Supremo, absolutamente Santo, condena la iniquidad con paga eterna por la razón de que no se puede saldar la deuda cometida contra un Ser eterno. La paga del pecado es la muerte, todos los que pecan quedan destituidos de la gloria de Dios. Dos axiomas que generan la consecuencia nefasta de la tragedia de la humanidad.

    Mientras la vida sigue, el hombre se entrega al pecado: cualquier licencia para alejarse de su Creador; los más religiosos, los que se leyeron por fuera la tapa de un libro, suponen que sus rituales les brindan cierta protección, que el Dios del cielo por ser definido como Amor no los enviará a un juicio de condenación perpetua. Pero lo que de Dios se conoce queda manifiesto por medio de la obra de la creación que testifica ante nosotros, aunque existe una revelación escrita que también manifiesta el plan de Dios para los seres humanos.

    En la Biblia, conocida como la palabra del Dios viviente, se anuncia el arrepentimiento para perdón de pecados, el creer el evangelio para vida eterna, pero se condiciona ese creer y ese arrepentirse al trabajo que hizo Jesucristo en la cruz del Calvario. Si se ignora esa justicia de Dios, se tiende a establecer la justicia propia de cada quien, lo cual presupone una ignorancia mortal, la cual hace perecer el alma humana. ¿Cuál es ese conocimiento crucial que la gente ha ignorado?

    El sentido de la justicia de Dios es ese conocimiento descuidado; la Escritura nos dice que esa justicia de Dios es el mismo Jesucristo (Jeremías 23:6; 1 Corintios 1:30). Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21). Fijémonos en el destinatario de esa justicia de Dios: Pablo habla a los hermanos en Corinto, así que usa el nosotros como un colectivo que engloba a los creyentes en Cristo. No dice que Dios hizo pecado a su Hijo para beneficio de todo el mundo, sin excepción, pues si así dijera todo el mundo hubiese sido salvo, sin excepción.

    Acá vemos el núcleo del asunto. La justicia de Dios justifica y redime al impío, de tal forma que ninguno de los redimidos tiene algo de qué gloriarse, sino en la cruz de Cristo. Si Dios hubiese declarado su justicia en alguna persona porque vio que esa persona tenía unas cualidades especiales de humildad y mansedumbre, de inteligencia y prontitud, entonces la obra de esa persona haría gloriar al ser humano.

    El evangelio no nos avergüenza ya que es el poder de Dios para salvación del creyente, en ese evangelio se muestra o revela la justicia de Dios (Romanos 1:16-17). Esto pertenece al ámbito de las declaraciones forenses o judiciales, sin que se fundamente en ningún acto del pecador. Dios es justo y justifica al impío que pertenece a la fe de Jesús, así que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley (Romanos 3:21-28). Alguno dirá que es la fe la que lo justifica, pero la fe es un regalo de Dios, no es de todos la fe. Entonces la fe no es la que justifica sino un medio por el cual el individuo recibe la gracia divina. Así que tanto la gracia, como la salvación y la fe son todas obra de Dios, un regalo del Señor (Efesios 2:8).

    ¿Qué hizo que Dios se fijara en mí, siendo yo tan pecador? Somos todos formados de la misma masa, dijo Pablo en su Carta a los Romanos, Capítulo 9. No tenemos de qué gloriarnos. Tenemos un ejemplo de la ejemplar soberanía de Dios en materia de salvación que debe dejar claro el asunto. A Jacob amé y a Esaú odié, antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos (Romanos 9:13). Desde la eternidad Dios escogió a quién salvar y a quién condenar, para que sea por la elección y no por las obras.

    ¿Parece eso injusto? En ninguna manera, sino que Dios en su soberanía hace como quiere. Este peso trágico tuvo Judas Iscariote en su existir, lo mismo que sufrió Caín o el Faraón de Egipto. De igual forma lo poseen todos aquellos destinados para tropezar en la roca que es Cristo, que forman parte del conglomerado de réprobos en cuanto a fe, en los cuales Dios demostrará su poder y su ira, y hará notorio su poder. A éstos, Dios los soporta con mucha paciencia en tanto vasos de ira preparados para destrucción (Romanos 9:22).

    Por contraste, Dios quiso en su soberanía mostrar notoriamente las riquezas de su gloria, para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, llamando pueblo suyo al que no era su pueblo. Pues solamente el remanente será salvo por gracia, por medio de la fe, como un don de Dios: no por obras, para que nadie se gloríe.

    Así que es la cruz del Señor la que establece la diferencia entre el réprobo y el elegido para salvación. Pero para eso hubo un ordenamiento eterno (1 Pedro 1:20), una elección antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4), una predestinación para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:5). No hubo nada bueno en nosotros sino solamente la elección descansó en el puro afecto de la voluntad de Dios, para alabanza de la gloria de su gracia. El que no logra entender, esto le indica que no ha creído todavía el evangelio de Jesucristo. Esa persona anda perdida, en la suposición de su vanagloria, descansando en sus buenas obras, teniendo su propia justicia como baluarte de vanidad.

    No se trata de entender primero para ser salvo después, porque también sería una obra intelectual como mecanismo de salvación, lo cual no es bíblico. Se trata de que una vez que hemos sido nacidos de nuevo, por medio del Espíritu Santo, la verdad nace en nosotros. Tenemos la mente de Cristo, por lo tanto su conocimiento no nos resulta ajeno. En cambio, la doctrina que viene del pozo del abismo pulula en aquellas personas que dicen creer en la gracia de Dios, pero suponen que pueden vivir en la ignorancia de ese conocimiento una vez que supuestamente han nacido de nuevo.

    La persona que se gloría en su entendimiento, en sus obras de cualquier tipo, en su pequeñísima justicia, queda excluida de la gloria de Dios. La diferencia entre cielo e infierno yace en la cruz de Cristo, en su trabajo en exclusiva por su pueblo (Mateo 1:21), un trabajo que no hizo por el mundo no amado por el Padre (Compárese Juan 3:16 con Juan 17:9). La perversa doctrina de la expiación universal, la cual pregonan el catolicismo, el arminianismo evangélico y otros grupos, conlleva a una autoexaltación. Se supone que Cristo hizo lo mismo por todo el mundo, sin excepción, pero el que va al cielo hizo su pequeña parte de voluntad propia, con su mítico libre albedrío. En cambio, el que va al infierno no supo aprovechar la oportunidad otorgada. Allí hay mérito propio, algo de qué gloriarse y por lo tanto se comparte su gloria con la de Dios, mezcla su propia justicia con la de Cristo.

    Si el trabajo de Cristo se hizo en forma idéntica por los salvados como por los condenados, resulta evidente que el esfuerzo del pecador constituyó el factor decisorio entre cielo e infierno. Esto no es más que un falso evangelio pregonado por los profetas de mentiras, por los que dicen paz cuando no la hay, por los que se escandalizan de la absoluta soberanía de Dios. Estos son los mismo que denuncian a Dios como alguien peor que un diablo o como un tirano (John Wesley, por ejemplo). Estos son de los que dicen que Dios condenó a Esaú por vender la primogenitura, nunca a priori a sus malas obras (Spurgeon, por ejemplo, en su célebre sermón Jacob y Esaú).

    El falso evangelio que se fundamenta en el pecador, en sus obras muertas, en sus delitos y pecados, no ha salvado ni una sola alma. Muchos dirán en el día final: Señor, en tu nombre hicimos milagros, echamos fuera demonios; en tu nombre evangelizamos (como los viejos fariseos), recorrimos la tierra en busca de un prosélito. En tu nombre fuimos domingo a domingo a la iglesia, cantamos y dimos ofrendas, oramos, suplicamos y ayunamos. Pero ya el Señor lo ha declarado: el que no vive en la doctrina de Cristo, no tiene al Padre ni al Hijo; nosotros preguntamos: ¿cómo puede tener al Espíritu Santo? En realidad a quien tienen es al espíritu del anticristo. Por esa razón el Señor les dirá en aquel día: Nunca os conocí.

    Nos queda por decir que el dios de la expiación universal envía al infierno a aquellos que supuestamente les fueron perdonados sus pecados en la cruz; porque muchos no creen y por lo tanto perecen en sus pecados. ¿Cómo pueden haber sido borrados sus pecados en la cruz y después de haber sido castigados esos pecados en Jesucristo tienen que ir al infierno de fuego? Eso no sería propio de un Dios justo que justifica al impío, sino de un ídolo que llaman Jesús o Jehová, pero que no es sino una elaboración imaginada al calco de la carne humana. La ignorancia hace perecer el alma, conocer al siervo justo viene como signo de la justificación (Isaías 53:11).

    César Paredes

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  • LA JUSTIFICACIÓN COMO REGALO

    Jesús fue entregado por nuestras transgresiones, resucitado para nuestra justificación, de manera que nuestra fe en el Señor nos es contada por justicia. Pero la justificación opera como regalo de Dios para su pueblo escogido, el cual será llamado eficazmente en el día de su poder. Desde entonces demostramos la buena voluntad de nuestro corazón de carne, no ya más el corazón de piedra endurecido por el pecado no perdonado. Por más ferviente que usted sea en sus plegarias, aunque se dirija al Dios del cielo, al Cristo que ha aprendido leyendo la Biblia, aunque sea un celoso de Dios, si no ha sido justificado, su alabanza se dirige a un ídolo.

    Puede ser que la idea de lo que usted tenga de Dios haya sido una concepción ajena a lo que la Escritura enseña, ya que si no le ha amanecido Cristo su fe es vana. La salvación pertenece a Jehová, el Señor solo vino a salvar a los suyos, a los hijos que Dios le dio, a aquellos que el Padre enseña para que habiendo aprendido sean enviados hacia el Hijo. No vino Jesús a morir por el mundo no amado por el Padre, sino por los que Dios amó con amor eterno (Juan 17:9; 20; Juan 3:16).

    De manera que los ganadores de almas adoctrinan a sus vasallos, como pupilos fanáticos para que alaben siembre a su mentor. Los viejos fariseos nos enseñaron sus malos modales teológicos; se jactaron de tener las Escrituras, de saberlas leer e interpretar. Se hicieron doctos en la ley de Moisés, se apegaron a su letra olvidando su espíritu; ellos aprendieron el nombre del Señor, lo llamaron de muchas maneras: Elohim, El Shaddai, Jehová, Adonai, etc., pero bajo esos nombres construyeron un ídolo al cual servían. No toleraron la palabra incorruptible, porque si lo hubiesen hecho no habrían asesinado al Dios que los visitó en Jerusalén.

    Dios nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo (Tito 3:5). Los fariseos y sus acólitos amaban el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres (Mateo 6:5), mostraban celos por las buenas obras: diezmaban la menta y el eneldo y el comino, pero dejaban la justicia, la misericordia y la fe (Mateo 23: 23). Fijémonos que su fe la dejaron porque en realidad no tuvieron la verdadera, de lo contrario hubiesen creído en el Señor. Sin fe es imposible agradar a Dios, pero la fe es un regalo de Dios, no es de todos la fe. De manera que al que no se le ha regalado la fe no puede llegar a creer, todo lo que hace es imitación, una imagen aparente de lo que verdaderamente es real.

    Los fariseos tenían prosélitos, muchos seguidores, pero ambos fueron llamados por Jesús hijos del infierno. Los evangelistas del otro evangelio se parecen en gran medida a los viejos fariseos, recorren el mundo en busca de un seguidor, pero una vez alcanzado lo hacen doblemente merecedor del infierno: dos veces más hijo del infierno que ellos (Mateo 23:15). ¿Cómo es eso que el prosélito es doblemente merecedor del infierno que el fariseo o evangelista del otro evangelio? Porque si ya estaba perdido (merecía el infierno) ahora no solo está perdido sino que sigue a otro que anda igual que él. En realidad nunca ha complacido a Dios, sino que su carne se complace en las obras que la sociedad considera de bondad y piensan que por ello añaden su propia justicia a la de Cristo. A lo mejor Dios vio algo bueno en ellos y por eso los predestinó, aseguran en su desvarío.

    El Dios de toda la creación envía un poder engañoso, para que estos falsos creyentes crean la mentira (que ya habían asumido como cierta). La razón viene por partida doble: 1) a fin de que sean condenados todos ellos; 2) porque no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia (2 Tesalonicenses 2:11-12). Se la pasan leyendo las Escrituras y hasta la saben de memoria, cantan alabanzas a lo que ellos consideran ser Dios, dan ofrendas y aún los viejos diezmos de la ley, visitan a los enfermos y a los presos de la cárcel, anuncian al Cristo que suponen hizo una salvación posible para todo el que la quiere aceptar. Esos son indicativos de que no aman la verdad doctrinal de Jesucristo, de que se espantan con el Dios que odió a Esaú antes de que hiciese bien o mal; aborrecen al Dios que les parece un tirano o peor que un diablo, porque predestinó sin mirar en las acciones de los hombres.

    De esa manera se desvían tras la mentira, hacia la obra de sus manos: han confeccionado un ídolo, pero esta vez no de madera ni de metal, más bien un constructo intelectual de lo que debería ser Dios. Un Dios más democrático, que respeta como Caballero la voluntad humana, que no se entromete en el corazón libre de los hombres porque espera de ellos que libremente acepten una oferta general de salvación. Es el evangelio para las multitudes, el que parece bien recibido, el que se congracia con la gente, con lo que llaman pueblo, para que de esa manera participen del ministerio de la religión universal. Así les opera el espíritu de estupor, de mentira o engaño enviado por el Dios de la creación para aquellos que se complacen en la mentira teológica.

    Un pastor un día le dice a un feligrés que predicaba sobre la soberanía absoluta de Dios que se calle ese mensaje, que lo crea para él solo pero que no lo anuncie. Otro día anuncia que Cristo no perdona pecados sino solo el Padre, en otra oportunidad asegura que Dios nos da conforme a nuestras riquezas en gloria. Esos errores, uno a uno sumados, anuncian el extravío por causa del amor a la mentira y odio a la verdad. Porque quien ama la mentira tiene que odiar la verdad, o quien no ama la verdad tiene que amar la mentira. Ambas son excluyentes, aunque el mentiroso use parte de la verdad para encubrir su engaño. El que ha sido redimido ama la verdad, porque conoce que sin ella estuviese perdido; pero el que no ha sido justificado tiene por fuerza que seguir el rastro de la mentira, para que se adentre en su tragedia de vida: el apartarse de Dios por siempre, cuando escuche el nunca os conocí que les dirá Jesucristo.

    Pero la mentira que predican la asumen como verdad; piensan que Dios amó menos a Esaú que a Jacob, pero que finalmente lo amó porque Dios es amor. Siguen falacia a falacia, para alcanzar rápidamente el camino de la perdición final. Interpretan que el texto que anuncia el odio de Dios por Esaú se refiere a dos naciones, pero no a personas particulares. Al final se consuelan con el vientre, con ver gente aglomerada en sus sinagogas, con la alegría de las ofrendas recibidas. La ofrenda no solo puede ser económica, también es el cúmulo de personas que lideran, que le siguen como a los viejos fariseos: los prosélitos que se le suman.

    El Espíritu Santo no deja en la mentira a ninguna persona que ha hecho nacer de nuevo. El es el Espíritu de verdad, nos guía a toda verdad, nos recuerda las palabras del Señor. ¿Cómo va a sugerir que callemos el tema de la soberanía absoluta de Dios, aún en materia de salvación? ¿A qué espíritu oyen y siguen cuando se atreven a silenciar este discurso? No lo soportan, por lo cual o lo condenan o lo transmutan, para que el eclecticismo triunfe como sabiduría humana. Pero Dios debe odiarlos tanto que les ha enviado el espíritu de estupor para que crean la mentira que pregonan y sean condenados prontamente, o tal vez todavía no los ha llamado de las tinieblas a la luz.

    Estos operadores religiosos odian la verdad, no se trata de que malinterpretaron el evangelio. Ellos se han rebelado contra ese Dios de las Escrituras porque no toleran que solo Noé junto a su familia hallara gracia ante los ojos del Señor; ellos no aceptan que Jesucristo haya venido a morir en exclusiva por todos los pecados de su pueblo; no desean que se les diga que Cristo no murió por los que el Padre no le dio; no toleran escuchar siquiera que Dios eligió desde la eternidad quiénes habrían de ser salvos, para añadirlos a la iglesia; jamás aceptarán que Dios no haya mirado en los corredores del tiempo para escoger a los que salvaría, porque eso implicaría negar que hay algo bueno en la criatura a salvar. Por esa razón todavía se preguntan: ¿qué será lo que Dios vio en mí para que me predestinara? En realidad no terminan de comprender que parecen ser ordenados para tropezar en la roca que es Cristo.

    No podemos tener comunión con los que no tienen la justificación como regalo, ya que al parecer son miembros de la iglesia apóstata, de la gran ramera. Si todavía existe pueblo de Dios en ella la voz del Señor les anuncia que salgan de allí (Apocalipsis 18:4). Si participamos con ellos en materia espiritual, participaremos de sus plagas. El que se extravía y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios…el que no trae esa doctrina no debe ser bienvenido (2 Juan 1:9-10). No de balde nos advirtió el Señor que él no vino a traer la paz sino la espada, a dividir a familias, para que demostremos que le amamos a él por sobre todas las cosas y personas.

    Hablemos la verdad en amor, como lo recomienda Pablo (Efesios 4:15), pero no nos engañemos a nosotros mismos participando en comunión con los que no viven en esta doctrina de Cristo. La Biblia lo dice muy claramente, por el amor al prójimo debemos hablar verdad siempre para que vean el error en el cual andan. Si no creen, nos retiramos y que nuestra paz nos siga, pero a ellos les será tomado en cuenta en mayor forma su pecado de rechazar la verdad y de preferir la mentira. Feliz aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmo 32: 1-2).

    César Paredes

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  • FALSIFICAR LA PALABRA DE DIOS

    Los herejes tuercen para su propia perdición la palabra de Dios, pero los que se dicen cristianos -sin realmente serlos- los llaman sus hermanos. Algunos que tienen por cierta la doctrina de Cristo consideran que los otros que no la tienen pertenecen a una categoría inferior. Como si ellos hubiesen alcanzado por mérito propio el barniz cultural teológico que los encumbra sobre aquellos. Todos siguen tan perdidos como el más acérrimo ateo.

    Pablo agradece a Dios porque lo lleva de triunfo en triunfo en Cristo Jesús, ya que el conocimiento divino se manifiesta por medio de él, como también por medio de cada creyente verdadero. Afirma el apóstol que para Dios somos grato olor de Cristo, como cartas abiertas escritas con sangre que la gente puede leer. En realidad, nos llega a la memoria el relato del Señor respecto al árbol bueno y al árbol malo. Dice Jesús que no puede el árbol bueno dar un fruto malo, ni el árbol malo jamás podrá dar un fruto bueno. Así que nosotros, como árboles buenos, expelemos ese olor grato ante Dios.

    Pero están los que prosperan al falsificar la palabra de Dios, los que con mentiras engañan a las masas que siguen al maestro de mentiras. Los falsos apóstoles y engañosos maestros son muchos (1 Juan 2:18), ellos corrompen la palabra de Dios. Al corromper nos dejan la tarea de restaurar, de componer aquello que han deteriorado. Los enredos intelectuales se muestran variados, así que nos dejan la tarea de la investigación para oponernos a sus argumentos.

    La palabra de Dios, viva y eficaz, lleva gloria a su Autor, pero también trae beneficio a los creyentes. La mezcla de enseñanzas humanas con doctrinas bíblicas ocasiona malestar en los elegidos de Dios, pero sirven para terminar de condenar a los que se gozan en la mentira. En realidad, la herejía misma forma parte del arsenal de armas que posee el falso maestro, de acuerdo al espíritu de estupor enviado por Dios para que los que no aman la verdad se pierdan perennemente.

    Una de las formas preferidas de trabajar los falsos maestros consiste en hablar de gracia común o gracia general. Les encanta alegar que la muerte de Cristo se hizo en favor de todo el mundo sin excepción, por lo que la gracia sale de la cruz como un río hacia las diferentes tierras del planeta. Otros, más austeros con la doctrina, se ciñen a parte de la verdad: que Cristo murió por su pueblo, pero que del Calvario brota la gracia en favor de todos, sin excepción. ¿Y cómo es ese galimatías? Sencillamente afirman que la muerte del Señor fue suficiente para limpiar los pecados de todo el mundo, pero que fue eficaz solamente en los escogidos.

    La suficiencia y eficacia se convierten ahora en términos sutiles para decirle a los condenados que de alguna manera Cristo murió por ellos. Se esconde una blasfemia contra el Señor, al pisotear su sangre y abaratar el evangelio. La Biblia enseña que Jesús moriría por su pueblo (Mateo 1:21), que solamente los que el Padre envía al Hijo serán salvos (Juan 6:44). De esta manera deja claro que no existe ninguna gracia común o general que beneficie a toda la humanidad, sin excepción. Saquemos algunas cuentas: ¿En qué benefició a Judas Iscariote el andar con el Señor poco más de tres años? ¿Cuál fue la gracia mostrada al Faraón de Egipto a través del enviado Moisés? ¿O de qué gracia puede hablarse con respecto a los que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo? ¿Será que aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo, se les otorgó la gracia de Dios? (Apocalipsis 13:8; 17:8).

    Vemos que esa pedagogía resulta monstruosa, pero que se utiliza por los que se avergüenzan del evangelio. Sí, tienen vergüenza de presentar al Dios de las Escrituras tal como ellas lo anuncian. El Dios que hace el mal y el bien, el que mata y da vida, el que ha hecho todas las cosas para Sí mismo, aún al malo para el día malo. Es el mismo Dios que tuvo preparado y ordenado al Cordero desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20).

    Anunciado el diluvio universal Jehová derramó su ira sobre la humanidad creada, pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová (Génesis 6:8). ¿Es que el resto de la humanidad percibió alguna gracia genérica, universal? No, lo que hubo fue un diluvio universal pero no una gracia semejante, simplemente Noé junto a los suyos fueron los rescatados en el arca. Ana también halló gracia ante los ojos del Señor, cuando se le concedió la petición de tener un hijo (Samuel) cuando oraba largamente delante de Jehová. A María se le dijo que había hallado gracia a los ojos de Dios (Lucas 1:30). Cristo Jesús gustó la muerte por todos (todo su pueblo) por la gracia de Dios (Hebreos 2:9). Pablo les desea gracia y paz a los santos y fieles hermanos en Cristo, por haber oído la verdadera palabra del evangelio, desde el día en que oímos y conocimos la gracia de Dios en verdad (Colosenses 1: 2 y 6). Dios nos predestinó para alabanza de la gloria de su gracia (Efesios 1: 5-6). No nos puso Dios para ira sino para gracia, así que existe una gran diferencia entre un concepto y el otro. La posición del ser humano en esos dos conceptos es absolutamente excluyente: el árbol malo dará siempre un fruto malo, de la abundancia de su corazón hablará su boca (confesará un evangelio falso); el árbol bueno siempre dará un fruto bueno (de la abundancia de su corazón hablará su boca confesando el evangelio de verdad). Uno ha sido creado para ira, como vaso de deshonra y destrucción perpetua, sumido en la tragedia como Esaú, mientras el otro ha sido creado para alabanza de la gloria de la gracia de Dios, como vaso de honra y gozo perpetuo.

    Muchos medran (prosperan) falsificando la palabra de Dios (2 Corintios 2:17), pero su fin será de muerte eterna. El creyente que no falsifica la palabra de Cristo es un grato olor de Cristo, tanto en los que se salvan como en los que se pierden. A unos, olor de vida para vida, pero a otros olor de muerte para muerte. Esa es la voluntad del Señor (2 Corintios 2: 15-17).

    César Paredes

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  • COMO PARA EL SEÑOR

    Hacedlo todo, de hecho o de palabra, como para el Señor. Ese principio bíblico sostiene a cada creyente de las Escrituras; la razón descansa no en nuestra disposición sino en el solo hecho de que Dios es soberano, rey de reyes, creador de todo cuanto existe. En Él vivimos, nos movemos y somos; cuánto más nosotros, los que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz estamos en posición de vencedores. Más que vencedores, añade la Biblia, ya que Jehová produce en nosotros el querer como el hacer, por su buena voluntad. En el impío también Dios hace, como lo demostró con Caín, con el Faraón de Egipto, con Esaú, con Judas Iscariote, etc., pero no para bendición de ellos.

    El Dios que está presente y no está callado nos acompaña como una presencia que nos da descanso. A veces miramos mucho hacia los lados del mundo, pero cuando nos enfocamos en Jehová oramos y velamos para no desmayar. De inmediato nos llega el texto bíblico que nos recomienda a estar quietos y mirar que el Señor es Dios. Como en una obra que contemplamos, no la hacemos sino que la miramos y nos admiramos por su actor fundamental: El Dios de los ejércitos. No os venguéis vosotros mismos, sino dad lugar a la ira de Dios, el cual ha dicho: Mía es la venganza, yo pagaré. Terrible cosa es caer en manos del Dios vivo.

    Así que por un momento viene el tropiezo, por un instante la angustia, casi siempre por causa de nuestros pecados. Pero cuando Dios lo disponga, aún a nuestros enemigos hará estar en paz con nosotros. ¿Alguien conspira contra usted? Sepa que Jehová no lo secunda. Ha dicho: Ninguna arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá, dijo Jehová (Isaías 54:17).

    Por si no fuera suficiente, Jehová también ha dicho: Si alguno conspirare contra ti, lo hará sin mí; el que contra ti conspirare, delante de ti caerá (Isaías 54:15). Si creemos esos textos como veraces de parte de Jehová, por boca del profeta Isaías, entonces estemos seguros de que en sus manos reposamos. Jesús ha dicho que estamos en sus manos y en las manos de su Padre, el cual es mayor que todos. Jehová hace al herrero que sopla las ascuas en el fuego, y que saca la herramienta para su obra; Él ha creado al destruidor para destruir (Isaías 54:16).

    Dado que Jehová hace todo, debemos reconocer que si hizo al destruidor para destruir también ha hecho a quien conspira contra nosotros. Pero como Él no piensa destruir a sus hijos amados, de seguro esas armas no prosperarán. ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, quien además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:33-34).

    Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Selor servís (Colosenses 3:23-24). Tenemos que imaginar que el Señor anda con nosotros (imaginarlo como si estuviese físicamente, ya que no es imaginación el que él nos acompañe a diario). De la misma forma cuando oramos hemos de creer que Dios nos oye (que hay Dios), que recompensa a los que lo buscan. Si cada hora de nuestro tiempo la pasamos en el pensamiento de que Dios está con nosotros, no por eso se hará realidad; pero como es realidad que Él está con nosotros hasta el fin del mundo, la toma de conciencia de su presencia nos colma de esperanza.

    La esperanza en él no avergüenza, los días pasan y avanzamos con nuestras metas, llenos de gozo. Por nada hemos de estar afanosos, más bien hemos de agradecer al Señor por cada circunstancia de nuestras vidas, ya que ante cada problema surge una solución que para nosotros suele ser extraordinaria, cuando vemos al Dios que actúa. Estad quietos, se nos ha dicho, y conoced que Yo soy Dios (Salmo 46:10). Hemos de cesar las guerras en que nos metemos a diario, la contienda formada en nuestra mente, el continuo pensar en nuestro adversario. A eso se refiere cuando se nos conmina a estar quietos, a reposar de nuestro imaginario angustiado fustigado por el mundo que nos rodea.

    De inmediato, luego de la quietud, podemos darnos cuenta de la acción del Dios soberano, el que aparece con las provisiones necesarias para nuestras andanzas. Dios no cambia en sus propósitos, Él sabe los pensamientos que tiene acerca de sus hijos, pensamientos de paz y no de mal, para darnos el fin que esperamos.

    No en vano el salmista David escribió en el Salmo 20 unas palabras de maravilla para los hijos de Dios: Jehová te oiga en el día de conflicto; el nombre del Dios de Jacob te defienda. Te envíe ayuda desde el santuario…haga memoria de todas tus ofrendas, y acepte tu holocausto. Te dé conforme al deseo de tu corazón, y cumpla todo tu consejo (Salmo 20:1-4). Esas palabras son promesas para nosotros, deseos del salmista inspirado por el Espíritu de Dios al escribir su canto; ¿cómo hemos de estar tristes?

    Estamos confiados en que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el fin (Filipenses 1:6). Esa buena obra la es de gracia y de fe, el trabajo de la regeneración que hace el Espíritu, la santificación a la que nos conduce; si Dios la empezó la habrá de concluir, si quiso llevarnos hacia Cristo no querrá sacarnos de ese lugar. Pese a que continuamos pecando, nuestras vidas no se identifican con el pecado; no confesamos jamás un falso evangelio, una vez que hemos sido llamados a seguir al buen pastor (Juan 10:1-5).

    No hay un creyente que sea incrédulo, no hay un creyente con llamado eficaz que siga al extraño, no hay un creyente que no viva en la doctrina de Cristo. Por lo tanto, no habrá ningún creyente que establezca paz con los que asumen falsas doctrinas, ya que eso implicaría que estaría actuando contra Jesucristo. Si hacemos todo para el Señor, recibiremos la recompensa que nos tiene preservada desde la eternidad, por lo cual nos alejaremos del extraño y del maestro de mentiras, de los anunciadores de nuevas revelaciones, de los herejes que proclaman evangelios más benignos que el del Señor.

    Su evangelio fue dura palabra de oír, algo que ofendía a muchos; los maestros que engañan dicen paz, paz, cuando no la hay; ellos halagan los oídos de las muchedumbres como para que no se vayan, para ver multitudes. Quien así actúa no hace las cosas como para el Señor, por lo tanto tendrán una recompensa diferente: el Señor les dirá, nunca os conocí. Pero aquellos que sí hacen todo para el Señor, de hecho o de palabra, escucharán la voz que les dirá: Venid, benditos de mi Padre.

    César Paredes

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  • MILAGROS COMO EL MANÁ

    El Dios de las Escrituras hizo caer maná del cielo, para alimentar a su pueblo en el desierto. No se podía guardar sino comer lo necesario de él, de manera que el milagro aconteciera cada día. Separó las aguas del Mar Rojo para que Israel en forma sosegada caminara en su separación de Egipto, las cerró de nuevo para ahogar caballos y soldados del ejército del Faraón. Una nube calibraba el rayo solar para no sofocar a los transeúntes, un foco de fuego alumbraba en la noche; la tierra se abrió para tragar a los hijos de Coré junto a su rebelión.

    No olvidemos las plagas en Egipto, ni la salvación a los que tiñeron con sangre animal los dinteles de sus moradas. La vara de Moisés (de Aarón también) prevaleció como serpiente feroz sobre los poderes de los magos egipcios. Unas tablas escritas con el dedo de Dios sirvió de sello distintivo con enseñanzas éticas para su pueblo, lo que ha servido a la humanidad para provecho de su cultura y de su moral. Ese Dios de los milagros no tuvo la ocurrencia de crear el casete y el audiolibro, o tal vez un video juego en aquellos momentos históricos, lo cual habría resuelto el problema que suponía el aprender a leer para un pueblo recién salido de la esclavitud.

    ¿Por qué Dios no le entregó a Moisés un sistema windows para que su pueblo aprendiera más fácilmente su encomienda? No porque no haya podido hacerlo sino porque el Señor de las Escrituras es el Logos, como señala Juan en sus primeras líneas del Evangelio. En el principio era el Verbo (Logos), y el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios. El Dios que es la Palabra exige que su pueblo aprenda a leer y a escribir, en medio del desierto, para que copie en sus vestiduras y escriba en sus casas las cosas importantes que les dio por medio de Moisés.

    En una oportunidad, por causa de las picaduras de víboras, levantó una serpiente de bronce para que quien la mirara sanara de sus heridas venenosas. El pueblo se pervirtió poco a poco, por la imagen levantada que comenzó a adorar. El ser humano no se acostumbra a lo abstracto sino que quiere concretizar todo lo que imagina. El Dios invisible que se da a conocer por medio de las cosas invisibles, con su eterno poder y deidad no puede ser comparado a ninguna de sus criaturas: sean humanas o animales. Tampoco se puede asemejar a una piedra, a un árbol, a lo que se ha denominado las cosas inanimadas.

    Dios es Espíritu, pero se manifestó en carne a través de su Hijo; también envió mensajeros celestiales (el Hijo, inclusive) para instruir en ocasiones a sus escogidos. Nos sigue exigiendo la lectura y la escritura, como signos de lo que Él es: la palabra. No cualquier palabra, sino aquella que fue revelada por medio de los santos hombres de Dios siendo inspirados. Desde un principio vemos a ese Dios contra la idolatría, destruyendo la teología idolátrica de los que se dicen cercanos a su nombre, así como de aquellos que se declaran distantes de su presencia.

    La Escritura ha sido tomada como la autoridad final para la vida y para la relación con Dios. En ella se pone de manifiesto la voluntad del Señor, como la fuente de la verdad. El Evangelio, el Hijo, el concepto de justicia, la justificación, la creación, el reino de Dios, el cielo y el infierno, son algunos de los temas esenciales que despliega por medio de sus páginas. Como se trata de la Sola Scriptura, no se necesita suplementarla con nada: nada de imágenes, nada de esculturas, nada de vitrales, no más serpientes de bronce como si fuesen necesarios los estímulos pedagógicos a manera de recordatorios.

    Un profeta nos resalta esta idea: ¿De qué sirve la escultura que esculpió el que la hizo? ¿La estatua de fundición que enseña mentira, para que haciendo imágenes mudas confíe el hacedor de su obra? (Habacuc 2:18). Las imágenes de la Iglesia de Roma parecen contrariar las palabras del profeta, ya que las usa para adorar: figuras del Dios Trino, de Jesucristo, de la Virgen María, de ángeles y santos, cosas que no traen provecho alguno. Pablo argumenta que lo que las gentes sacrifican a sus ídolos a los demonios sacrifican (1 Corintios 10:20). Poco importa que se haga en nombre de la didáctica teológica, ya que debe destruirse todo aquello que confronta lo irrepresentable de la Divinidad. El único provecho existente resulta económico, el salario de los trabajadores de la arcilla o la madera, de los escultores, de los que venden amuletos, de los artistas que decoran los sitios de veneración. Esas estatuas de fundición ejercen el ministerio de la pedagogía de la mentira.

    Cruces, el niño en el pesebre, una virgen en su aposento junto a los animales del establo, nada de eso resulta útil sino de estorbo: a los demonios sacrifica, dice la Escritura. Ídolos mudos, con pies que no caminan, con ojos que no ven, ausentes de vida pero presentes para el reino de la oscuridad. Un atractivo y fuente de contacto en el reino de las tinieblas, donde habita el padre de la mentira. Claro, alguien traerá a colación los querubines del arca reseñados en Éxodo 28, pero se olvidan de que fueron para decoración y, además, instituidos por Dios. No fueron ordenados para que se les adorara o venerara, ni mucho menos para fungir como mediadores entre Dios y su pueblo.

    Precisamente, el Dios de los querubines reseña por igual al Dios del arte; no es un Dios que está contra la fotografía o el dibujo, ni contra la pintura o escultura, lo que sí es que nada de lo mencionado debería ser objeto de adoración o culto. Él lo dijo: No te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas ni debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni las honrarás (Éxodo 20:4-5). Aunque este mandamiento parece ser eliminado de algunas traducciones de las Biblias católicas, cabe recordar que en la Vulgata Latina aparece escrito, de manera que su propia Biblia asumida como la oficial lo contiene (a pesar de que algunas de sus traducciones también oficiales execra este mandamiento).

    La serpiente de bronce sirvió de emblema del Cristo que vendría, como lo confirma el Nuevo Testamento. Sin embargo, por causa de la perversión del pueblo hubo de ser destruida para evitar el paganismo de Israel en torno a dicha escultura. El concepto de Sola Scriptura nos enseña que las Escrituras deben gobernar sobre las tradiciones e interpretaciones de la iglesia que se considera sujeta a la Palabra de Dios. En ese concepto se encuentra el fundamento de la justificación por la fe de Cristo Jesús, lo cual nos libera de la justificación por Roma o por cualquier otro medio.

    Finalmente, recordemos con Josué la recomendación que Jehová le dio: Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien (Josué 1:8).

    César Paredes

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  • INEXCUSABLE

    El que juzga a otro pero hace aquello que juzga, se condena a sí mismo (Romanos 2:1). Esa premisa mayor se centra en ese capítulo de la Carta a los Romanos, así que podríamos ordenarla de la siguiente manera: 1) Todo aquel que juzga a otro haciendo lo mismo que juzga es culpable. La premisa menor podría ser ésta: 2) Fulano juzga en otro lo que él mismo hace. La síntesis inequívoca habrá de ser: 3) Fulano es culpable. La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad, contra los que detienen con injusticia la verdad.

    Esa verdad detenida se conoce por medio de la creación del mundo, por lo cual nadie puede tener excusa de sus maldades. La ley de Dios mora en los corazones humanos, para que sus conciencias les testifiquen; no obstante, esa ley moral y aún la ley escrita de Moisés no salvó a nadie. Existe ahora la ley de la fe (Romanos 3:27, pero ya Abraham había dado prueba de ello, ya que creyó y su fe le fue contada por justicia). La humanidad desde antiguo conoció a Dios por medio de su creación, pero supuso que ella se había hecho a ella misma. Se inventaron el mito de la evolución, para huir de la idea del Creador y de su revelación escrita. Poco a poco, el razonamiento humano se fue envaneciendo hasta que el corazón del hombre quedó completamente entenebrecido.

    De aquella sabiduría griega que resulta admirable también emanó la necedad: una multiplicidad de dioses inventados, como argumentos circunstanciales que obvian el enfrentamiento con el verdadero Dios. En su sabiduría, los griegos también se inventaron un monumento al dios no conocido. Lo querían abarcar todo pero por causa de que ellos (como el resto del universo pagano) se habían olvidado de la gloria del Dios incorruptible, la cambiaron por imágenes de aves, de cuadrúpedos, de reptiles o de hombres corruptibles divinizados.

    La falta de honra al Dios de la creación (el mismo de las Escrituras) hizo que Dios entregara a ese universo pagano a la inmundicia, hacia las concupiscencias de sus corazones. Por esta vía les llegó la deshonra de sus propios cuerpos. Hombres con hombres y mujeres con mujeres, encendidos todos en sus lascivias, como consecuencia de sustituir la verdad por la mentira. El hecho de que no tuvieron en cuenta a Dios hizo que Dios los entregara a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen (Romanos 1:28). El resultado fue un almacenamiento de fornicación, injusticia, perversiones, avaricia, maldad, envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades (Romanos 1:29).

    La lista de los daños continúa: se volvieron murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios (odiadores de Dios), injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia (Romanos 1:30-31). Por esta razón, el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según verdad. El solo hecho de vivir en medio de personas con las características descritas arriba genera malestar psíquico. Uno tiene que elevar las alertas para no andar en medio de estos escarnecedores, atestados de toda maldad. La trampa la colocan a nuestra espalda y doquier uno ande debe de estar atento, por lo cual también se nos dejó una clara advertencia y recomendación: velad y orad para que no entremos en tentación.

    Al creyente se le ha prometido la vida eterna en la perseverancia del bien hacer, a nosotros los que buscamos gloria, honra e inmortalidad. Estos valores positivos los otorga el Dios Creador, no la gloria del mundo, ni la honra de los príncipes y nobles, mucho menos la inmortalidad de los recuerdos por obras que hagamos. Dios otorga esos valores como parte de la vida que no acaba, el conocimiento de Dios como Ser verdadero y de Jesucristo el Hijo enviado. La contraparte la tienen los del conjunto entregado a sus vientres y lascivias: ira y enojo, tribulación y angustia por hacer lo malo. Al creyente también se le otorga paz, no la del mundo (porque el mundo tiene su paz, a su manera) sino la que sobrepasa todo entendimiento, la que cubre nuestros corazones y nos asegura el camino donde andamos. Es la paz de Dios por medio de Jesucristo.

    En esta humanidad descrita por las páginas de la Biblia, se añade que el resultado final es que no existe justo alguno, ni aun uno, no hay quien entienda ni quien busque a Dios. Todos se han desviado, haciéndose inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. La humanidad toda es como un sepulcro abierto dispuesta a engañar con su lengua, como si poseyera veneno de áspides bajo sus labios. La gente vive maldiciente, quejumbrosa y amargada, anda con pies apresurados para derramar sangre; están llenos de quebranto y desventura, sin conocimiento del camino de la paz (Romanos 3:10-17).

    Esta oscura descripción de la humanidad, desde la óptica del Creador, se da porque el ser humano perdió el temor de Dios delante de sus ojos. El hombre religioso que pretende que por sus buenas obras podrá escapar de la ira venidera, tiene una advertencia de inmediato: por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios; sino que por medio de la ley viene el conocimiento del pecado (Romanos 3: 20).

    La buena noticia lo es para el que cree en Jesucristo, pero no para el que cree por cuenta propia. Me explico: el Padre es quien envía al Hijo aquellos que tendrán vida eterna (Juan 6:44); el corral de las ovejas donde moran los hijos de Dios también tiene cabras infiltradas. Esto se da a menudo por culpa de los pastores asalariados que no cuidan la doctrina, sino que venden la idea de amar a Jesús con todo el corazón pero dejan a un lado la doctrina que separa. La doctrina que separa viene del Padre, enseñada por Jesucristo; es la doctrina descrita por los apóstoles y todos los escritores bíblicos. Esa doctrina conviene cuidar ya que quien se ocupa de ella puede salvarse y ayudar a salvar a otros.

    Así le expuso Pablo a Timoteo su amigo y hermano, que no se descuidara en los asuntos de la doctrina aprendida. Alguno querrá objetar el contenido del mensaje y dirá que la doctrina que salva sería una obra humana; pero la respuesta la da la Escritura: la salvación pertenece a Jehová. Sin embargo, Isaías lo dice: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Pablo lo ratifica: Tienen celo de Dios pero no conforme a ciencia (conocimiento) (Romanos 10:2). También es cierto que el hombre impío no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios porque le parecen una locura (1 Corintios 2:14).

    Entonces, ¿para qué ocuparse del conocimiento del siervo justo? ¿Para qué ocuparse de la doctrina? Vemos que la recomendación de Pablo a Timoteo se dirige a los creyentes, la de Isaías también habla a los que creemos. Así que no se le dice al impío que se ocupe de una doctrina que no puede entender, sino al que tiene el Espíritu Santo. En otras palabras, al que dice tener el Espíritu Santo, al que dice ser creyente, porque por medio de lo que confiese su boca, de acuerdo a lo que haya creído su corazón, se sabrá si es o no un árbol bueno. No puede el árbol malo dar fruto bueno, pero no puede el árbol bueno dar un fruto malo. Esas son palabras de Jesucristo, el mismo que aseguró que la oveja que le sigue (la que cree de verdad) no ser irá jamás tras el extraño (Juan 10:1-5).

    ¿Y quién es el extraño? El que predica falsas doctrinas, el que anuncia que la gracia se combina con las obras, el que asegura que Jesús vino a expiar todos los pecados de todo el mundo, sin excepción. Que eso lo crea el impío no hay problema, el impío siempre anda en la vanidad de su mente. Pero el que dice creer y habla como impío está dando fruto de árbol malo (Lucas 6:43-45). La Biblia dice que el nombre del niño por nacer debería ser Jesús (Jehová salva) porque él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Jesús lo dijo muchas veces: vino por las ovejas perdidas de la casa de Israel (Pablo nos asegura que nosotros somos el Israel de Dios); agregó el Señor que él pondría su vida por las ovejas (Juan 10), no por los cabritos que estarán fuera: y serán reunidas de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos (Mateo 25:32).

    Esas palabras duras de oír, predicadas por Jesús, espantaron a muchos de los que lo seguían como discípulos. Hoy día, los falsos pastores, los profetas de mentiras anuncian a un buen pastor que ama a todos por igual, que puso su vida en rescate no por muchos sino por todos, que espera que usted levante su mano, dé un paso al frente, acepte la oferta de salvación. Pero esas son palabras blandas para los oídos de los que aman las fábulas, que traen su veneno. La verdad es que la sangre de Jesucristo no fue derramada en vano, ni echada al azar, como si la descripción hecha por Dios de acuerdo a lo descrito en Romanos 3:10-31 fuese un invento. Si no hay quien busque a Dios, ¿cómo pudo Cristo morir por aquellos que jamás lo van a aceptar? El Señor murió por su pueblo, conforme a las Escrituras. A ese pueblo revive el Espíritu Santo en el día del poder de Dios, para hacerlo nacer de nuevo sin que medie voluntad de varón.

    El que no hable conforme a la ley y al testimonio es porque no le ha amanecido Cristo. El tal es un impostor y su fruto confesado revela que es un árbol malo. Pero sin duda, sigue siendo inexcusable.

    César Paredes

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  • UNA TORRE MUY ALTA

    El libre albedrío funge como bandera de todos aquellos que desean independencia del Creador. Como si fuese posible por el solo hecho de la promesa de la serpiente en el Edén, como si Dios se despojara de su soberanía por instantes para dar paso a la libertad de la criatura que previamente la ha colocado en un lugar neutro. Porque si el hombre murió en delitos y pecados, se hace necesario volver a nacer; y si los defensores del mito del libre albedrío pudieran nacer de nuevo por su cuenta para poder decidir, entonces también necesitarían del arbitrio divino para colocarlos en un lugar neutral.

    Pero no es así como la Biblia propone, no es así como enseña Jesucristo, el que ha dado su vida por todos los pecados de su pueblo. No murió el Mesías por los cabritos que pondrá a su izquierda para apartarlos hacia la condenación perpetua. Dios es soberano por siempre, a otro no dará su gloria; Dios ha tenido un plan que cumple a cabalidad, siendo sus promesas en Él un Sí y un Amén. De manera que si Dios no cambia, su inmutabilidad no puede sino servir como peso de hundimiento en aquellas almas que esperan confiadas en que su propia libertad los hará cambiar de actitud para un día decirle sí a Jesucristo.

    La Torre de Babel fue fundada con el fin de que el hombre se hiciera un nombre alto. De nuevo revoloteaba en el cerebro humano el sueño sembrado por el dragón, el de ser como Dios. La predestinación forma parte del plan providencial de Dios para sus escogidos. No hay otra forma de llegar al cielo sino por el Evangelio, pero nadie puede tener oídos para oírlo si no le son abiertos. De nuevo surge la pregunta en el hombre que objeta a Dios: ¿Por qué, pues, Dios inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad? Lo cierto es que a unos endurece Dios y a otros despierta para vida eterna, así que no depende del que quiere ni del que corra. ¿Por qué, entonces, predicar? Porque ha sido un mandato y esa es la única vía para conocer al Padre: Jesucristo alabó al Padre por los que le daría por medio de la palabra de sus antiguos discípulos (Juan 17:20).

    Esa palabra, asegura Pedro, es una semilla incorruptible. No puede ser una semilla contaminada, ya que el falso evangelio no ha podido salvar ni una sola alma; antes, el falso evangelio solamente corrobora que sus miembros, sus militantes, andan todavía extraviados de la verdad. Más allá de que repitan como loros los versos de la Biblia, Dios nos escogió desde antes de la fundación del mundo y antes de que hiciésemos bien o mal (Efesios 1:4; Romanos 9: 11-12; 2 Timoteo 1:9). Así que ninguna causa buena pudo haber en nosotros para que Dios nos haya escogido, sino simplemente el consejo de su voluntad inalterable. Ese es nuestro gozo, el de poder poseer algo que nadie puede obtener por méritos propios.

    Pero así como Abel fue envidiado por su hermano Caín, lo somos también por aquellos que llamándose hermanos entre ellos desprecian la verdad de la palabra de Dios. Ellos aman más la mentira, así que reciben de gratis y de buena gana el espíritu de estupor que Dios les ha enviado para que terminen de perderse. Ellos actúan y hablan como su hermano mayor el Faraón de Egipto: ¿Y quién es Jehová para que yo los deje ir? De igual forma aseguran que el Jehová en el cual ellos creen no se interesa mucho en la doctrina sino en el amor. De esa forma afirman que el amor une pero la doctrina destruye.

    Dios es el que justifica al impío, basado en la justicia imputada de Cristo, alcanzada en la cruz del Calvario (Romanos 3:21-26). Isaías nos habló de la importancia de conocer al siervo justo que justifica a muchos, de manera que el que ignora esa justicia de Dios cree de otra manera. Los que creen de otra manera asumen que la gracia proviene de Dios (lo cual es cierto), pero añaden un poquito de sabor al proceso o al acto de salvación: su libertad plena para poder decidir. De lo contrario, aseguran con su representante John Wesley que Dios sería un diablo, alguien peor que un tirano. De seguro coinciden con su padre Arminio (de la teología arminiana que profesan) en que ese asunto de la predestinación resulta repugnante. Para endulzar las palabras de la Biblia hacen malabares lingüísticos con el fin de autodemostrarse que odiar significa amar menos, cuando Dios refiere a su propio odio por Esaú (Romanos 9).

    La Torre de Babel, reseñada en Génesis 11, nos advierte contra la utopía humana: construir un mundo separado de Dios, distanciado de su ley, hacerse un nombre grande hasta los cielos. En materia política, económica y religiosa parece ser que se está logrando hoy día, como si fuese la gran meta de la humanidad. Un nuevo orden mundial, una nueva forma de pensar, con antivalores que pasarían a ser los nuevos valores: pedofilia, incesto, hechicería, guerra contra la Biblia en las escuelas y universidades, permisología para los matrimonios homosexuales, el tráfico de pequeños, todo ese estado de anomia imaginado en aquella vieja torre parece ser que se ha convertido en una cercana realidad. No en vano Jesucristo nos habló de su Segunda Venida, diciéndonos que habría unas señales similares a las mostradas en los días de Noé (cuando vino el diluvio), o en los días de Lot (frente a la vieja Sodoma).

    En lugar de obedecer el mandato de Dios de llenar la tierra, los habitantes de Babel pretendían construir una ciudad y una torre como marca de su autonomía. Pero eso sí, no una autonomía inocente (como si eso fuese posible) sino una que rivalizara con la soberanía de Dios. Eso tampoco puede ser posible, en el plano conceptual puro: Un Dios soberano no permite nada, sino que ordena o decreta que suceda lo que tiene pensado. El hecho de hacerse un nombre para ellos mismos implicaba un grito de orgullo por su propio trabajo, como si fuese la expresión mayor de su libre albedrío. Lo que nunca supieron, pero tal vez ahora lo sepan, es que para eso mismo fueron ordenados, como vasos de ira para exhibir la justicia de Dios contra el pecado.

    La pretensión de que la torre alcanzaría el cielo implica por fuerza el deseo de gobernar junto al Altísimo, pero bajo la vieja pretensión de Lucifer: subir a lo alto y ser semejante al Creador. El hombre mostró en Babel lo que ahora parece seguir exhibiendo con más fuerza por los medios audiovisuales: Hacerse un nombre para ellos mismos, mostrar su aparente independencia del Dios que los hizo. No en vano Nimrod fue un cazador contra Jehová o delante de Jehová, el cual gobernó en Babilonia (la ciudad Babel o confusión). Flavio Josefo narra en sus Antigüedades de los Judíos que Nimrod dijo que se vengaría de Dios (por el diluvio), en caso de que quisiera ahogar el mundo nuevamente, lo que lo lleva a construir una torre bien alta para que ni las aguas pudieran alcanzarla (Libro 1, Capítulo 4). Y si Nimrod no la hizo al menos sus seguidores lo pretendieron.

    La gente desea en su odio a Dios colocarse delante de Él (Génesis 10:9), enrostrarse ante el Señor. Por ese motivo la gente se rebela contra el Hacedor de todo, como lo hizo el Faraón de Egipto, como también sucedió con Caín al asesinar a su hermano Abel. Esaú luchaba contra Jacob en el vientre de la madre, como el niño Ismael de la esclava Agar batalló contra Isaac. De igual manera hacen los que son del mundo contra los que somos de Dios, simplemente no soportan nuestra quietud y nuestra palabra de fe.

    La batalla la dan los injustos contra los justificados por Dios, pero el mensaje es el mismo para todos: arrepentíos y creed en el Evangelio. Sabemos que creerán aquellos que fueron ordenados para vida eterna, desde antes de la fundación del mundo. Sabemos por igual que el diablo siembra cizaña junto al trigo, que las cabras corren solas al aprisco de las ovejas para maltratarlas, que existen pastores asalariados que dejan entrar el lobo al corral y huyen con su salario a cuestas. Nuestro deber sigue siendo juzgar con justo juicio, discriminar y examinar para ver qué espíritus son de Dios.

    Hay espíritus (personas) que no son de Dios, cuyo evangelio es el otro del extraño, el que ablanda las palabras de Jesús y transforma la doctrina del Padre para hacerla grata a los oídos de las masas. Existen pastores que ordenan a sus ovejas a silenciar el tema de la predestinación, incluso permiten que lo crean pero para ellos mismos, en silencio. Saben que eso los atormenta, que esa doctrina espanta a muchos en sus sinagogas, los cuales dejarán las bancas libres y las arcas un poco vacías. Hay otros pastores que aseguran que Dios es soberano, pero no tan soberano; al parecer todos ellos parecen ignorar el significado de la justicia de Dios. Tienen gran celo por Dios, pero no conforme a entendimiento (Romanos 10:1-4).

    En lugar de construir una torre muy alta hagamos un lugar en el suelo para nuestras rodillas, donde podamos inclinarnos ante el Todopoderoso que nos hizo. Ese mismo Dios asegura que hizo al malo para el día malo, que hace el bien y crea el mal, que mata y da vida, que no hay quien detenga su mano y le diga: ¡Epa!, ¿qué haces? En lugar de hacernos un nombre para nosotros, hablemos de la gloria del único sabio Dios, porque Dios honra a los que le honran. En lugar de luchar contra Jehová, amistémonos ahora con Él y por eso nos vendrá paz.

    César Paredes

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