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  • TANTAS RELIGIONES

    Cerca de tresmil lenguas vivas existen en la actualidad en esta tierra, aunque uno piense en hablar como mucho una decena de ellas. Con las religiones sucede algo parecido, son miles las que han aparecido y uno se fija apenas en las seis más impactantes o con más personas inscritas. ¿Cómo saber cuál es la verdadera, si la hay? Algunos prefieren el sofisma que enseñan sobre el cristianismo, diciéndonos que éste no es ninguna religión sino que es la búsqueda que Dios hace del hombre. Con ello se define la religión como la búsqueda que el hombre hace de Dios, de ese Padre oculto que no conoce. Bueno, podríamos disertar sin mucho consuelo si siguiéremos la elucubración. La inquietud sigue hablándonos sobre la importancia de conocer lo que significa Cristo en la religión cristiana.

    Creemos que el Hijo de Dios vino al mundo a poner su vida en rescate por muchos. No a todos quiso Dios liberar del yugo del pecado, sino a unos cuantos elegidos. Lo hace por medio del evangelio (buena nueva de salvación para su amado pueblo, a quien le dio la promesa de redención). Ya Abraham había oído de ese Dios Creador las palabras acertadas y cargadas de esperanza: que en él serían benditas todas las naciones de la tierra. Pablo nos relata sobre la promesa de la simiente, diciéndonos que se refiere a Jesucristo. Cuando Dios habló con Eva y le dijo de su simiente, estaba señalando la promesa de esa semilla que destruiría a la serpiente antigua, el dragón o Satanás.

    El cristianismo no es el fracaso de Dios, ni el infierno representa una memoria a su falta de tino. Simplemente debemos entender lo que las Escrituras dicen y a quiénes dice tales cosas. Notorio resulta que a Moisés le fue dada la ley para un pueblo específico, el cual se convirtió en el custodio de una palabra revelada desde antaño. Pero muchos pueblos o naciones quedaron excluidos de ese mensaje. La ley moral en los corazones o conciencias de los humanos no garantiza salvación alguna. Antes parece una exclusión de alegatos en cuanto al desconocimiento de Dios: lo que de Dios se conoce le ha sido manifestado al ser humano, enfatiza Pablo en su Carta a los Romanos, Capítulo 1.

    No existe excusa en cuanto a la obra manifiesta de Dios: la creación misma habla a voces, como dice el salmista: un día emite palabra a otro día, y una noche declara sabiduría a otra noche. Los juicios de Jehová son verdad, todos justos (Salmos 1:9). Sin embargo, la impotencia humana obedece a su naturaleza caída, heredada desde Adán, porque en Adán todos mueren. En Cristo todos vivimos, pero ese todos no hace referencia a toda la humanidad, sin excepción, sino a los creyentes elegidos para tal propósito. Así lo afirma la Biblia: …y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Muchas personas no llegan jamás a creer, ya que fueron colocadas para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8).

    Volvemos al círculo del argumento, a un terreno tautológico que se ilustra con la figura del perro que se come su propia cola. ¿Es Dios injusto? ¿Quién puede resistirse a la voluntad de Dios? ¿Cómo Dios puede inculpar al pobre de Esaú si fue odiado desde antes de ser concebido? ¿Cómo es que Dios juzga no por las obras buenas o malas sino por lo que decidió como elección? (Romanos 9:11-19). Es cierto que cada quien dará cuenta a Dios de lo que ha hecho, y que nuestras obras servirán para inculpar al alma impía y premiar al alma redimida que actúa en consecuencia con lo que ha creído. Pero todo ello pasa por el crisol de la predestinación, de lo que Dios se propuso desde antes de la fundación del mundo.

    En Efesios 1 leemos al respecto, para no pasar por alto lo trascendental de la doctrina de la predestinación. Sabemos que Dios sabe todas las cosas, no por averiguarlas sino por destinarlas de antemano. Dios no llega a conocer ya que es Omnisciente, pero nada lo sorprende por cuanto en su soberanía ha hecho nuestro futuro. Dios no se afecta por el espacio-tiempo sino solamente sus criaturas que estamos bajo estas leyes físicas. Sus profecías anuncian su perfección en lo que ha dicho que ocurriría, no porque lo haya averiguado en el túnel del tiempo sino porque así lo pensó.

    Si Dios averiguara en el tiempo lo que habrá de suceder, se convertiría en un plagiario, alguien que copia de otro la idea y la dicta a sus profetas. Dios no averiguó que la gente necesitaba un Redentor, que un grupo de seres humanos quería un Mesías para crucificarlo. Uno no puede ni imaginar que alguien suponga tal desconcierto: Dios averiguando lo que la gente va a hacer y por ello envía al Hijo para aprovechar lo que la gente imaginó que le haría si viniere a la tierra. Mucho más sencillo nos resulta aceptar que así lo quiso Dios, así lo planificó y ninguna de sus palabras ha faltado. El Dios soberano que muchos desconocen está desplegado en las Escrituras, pero no todos las leen y no todos los que las leen llegan a conformarse con la doctrina de la soberanía absoluta de Dios. En la palabra divina leemos que el trabajo que vino Cristo a hacer en la tierra fue ordenado desde los siglos. Hubo un ajuste perfecto en cada paso que debía dar, como bien se demuestra por el dibujo que cada uno de los evangelios hace de la vida de Jesús.

    Son cuatro evangelios con cuatro ópticas que reseñan la vida y obra del Señor. Su vida fue el cumplimiento de un programa establecido. Jesús cumplió las profecías que hablaban de su primera venida, como bien se dice en cada evangelio en relación a la predestinación de lo acontecido. Jesús fue entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, por lo cual fue prendido y matado por manos de inicuos, crucificándolo (Hechos 2:23). Cuanto se escribió de él en la ley y en los profetas, o en los salmos, debería cumplirse en su tiempo, todo lo cual aconteció: Y les dijo: Éstas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos (Lucas 24:44).

    Nuestra religión vale, se ha formado como producto de la revelación divina respecto a la obra del Creador de todo cuanto existe. Cada quien alegará a favor de lo que piensa y cree, pero nosotros poseemos la palabra profética más segura. De todas maneras, creer viene por el oír esa palabra de Cristo, sabiendo que no es de todos la fe y que ella es un don de Dios. Sin fe, dice la Escritura, resulta imposible agradar a Dios.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • OSCURIDAD OBJETIVA Y SUBJETIVA

    La vanidad de la mente y el entendimiento entenebrecido vienen como consecuencia de la dureza del corazón (Efesios 4:17-18). La vida de Dios como contraparte representa los asuntos espirituales, ya que el hombre natural no percibe las cosas propias del Espíritu de Dios (1 Corintios 2:14). Poseer la mente de Cristo implica juzgar todas las cosas sin ser juzgado por nadie, al igual que se implica el poder percibir todo aquello que proviene del Espíritu Santo. El hombre natural (el que no ha sido redimido) no puede percibir adecuadamente lo que pertenece al Espíritu de Dios, más bien le parece una locura cuanto oye al respecto.

    La Biblia habla respecto al impío diciéndonos que tiene el entendimiento entenebrecido. El impío puede ser muy lógico en algunos asuntos que la ciencia requiere y enseña, pero en cuanto al sentido común espiritual bíblico se muestra torpe. No estima en nada su alma, se goza en su propio vientre, como haría cualquier narciso respecto a la exhibición de su propio yo. A la imposibilidad del hombre natural para percibir las cosas de Dios llamamos oscuridad objetiva. No dudamos en afirmar que la oscuridad subjetiva gobierna por igual su alma, ya que aquellas pasiones vergonzosas destapan su lujuria sin pudor (al menos en su propia mente, si quisiere evitar su exhibición pública). Aún allí domina la tiniebla propia del príncipe de este mundo, con la manipulación del deseo de la carne, los deseos de los ojos, junto a la vanagloria de la vida, todo lo cual proviene de su principado el mundo (1 Juan 2:16-17).

    La contraposición a la oscuridad no es otra que la luz de Cristo; él dijo que era la luz del mundo (si bien el mundo ama más las tinieblas). El que ha nacido de nuevo tiene una nueva vida en Cristo, se convierte en un prosélito del Señor para anunciar el evangelio. De esta manera demuestra con capacidad la renuncia a los vicios y a las prácticas proscritas por la palabra divina, en un intento por guardar la ley de Dios. Así que si todos los seres humanos nacemos como no regenerados, caídos en Adán, la humanidad se compone después de la regeneración en nacidos de nuevo o en hombres todavía muertos en delitos y pecados.

    Una de las categóricas afirmaciones de Jesús nos enseña sobre la imposibilidad del ser humano en cuanto a llegar a ver el reino de Dios. En una plática con un maestro de la ley, Nicodemo, el Señor le asegura que el que no nazca de nuevo sigue tan perdido como vino al mundo (Juan 3). En esa exposición, Jesús se compara con la serpiente de bronce que Moisés levantó en el desierto, diciéndonos que quien cree en el Hijo no se perderá sino que tendrá la vida eterna (Juan 3:14-15). La depravación de la voluntad presupone una debilidad e impotencia que lleva al corazón hacia la obstinación. El hombre natural se empecina en la oscuridad objetiva y subjetiva de su alma, dado que sus obras no son dignas de exhibición.

    Hoy día vemos un aumento de la maldad, como lo predijo Jesucristo; por tal razón la iniquidad se demuestra en forma pública sin la vergüenza de antes, ya que el mundo con sus medios ha persuadido a las masas para que llamen orgullo a lo que tiene el signo de descaro, cinismo y atrevimiento (dicen que lo malo es bueno). En el trasfondo de esa desfachatez humana subyace lo dicho en Romanos 1, cuando el apóstol Pablo nos alerta sobre el castigo de Dios ante los que no lo tienen en cuenta: Dios los entregó a pasiones vergonzosas. Esto lo hace Dios contra los que detienen con injusticia la verdad, contra los que no lo glorifican, contra los que profesando ser sabios se hacen necios. El Señor los entrega a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, para que deshonren entre ellos sus propios cuerpos (Romanos 1: 18-29).

    En esa oscuridad objetiva que ofrece el mundo, alentando al hombre natural a exhibir sus tinieblas subjetivas, queda demostrada públicamente toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad, envidia y narcisismo; por igual se dan los homicidios, las contiendas, así como la psicopatía junto al engaño y la malignidad. La gente se entrega al chisme (la murmuración), a detractarse unos a otros, conducidos objetivamente por el mundo para odiar a Dios. Surge en escena la soberbia humana, la altivez de espíritu, los que se dan a inventar toda suerte de males (como los que destruyen la tierra dañándola a propósito, los que se inventan mecanismos para reducir criminalmente la población mundial). Por tal razón vivimos tiempos con gente desleal, sin afecto natural, implacable y sin misericordia.

    No presenta ninguna dificultad demostrar la mente depravada de aquellos hombres que por naturaleza continúan como hijos de la ira, a quienes Dios soporta con paciencia hasta darles el justo juicio de retribución (Romanos 9: 22). La oscuridad objetiva y subjetiva les impide discernir el evangelio de salvación. Uno espera hasta el final, para poder emitir un juicio definitivo, pero lo seguro es que aquel que el Padre envía al Hijo será redimido. Esto sucede por medio del evangelio como promesa de salvación al pueblo escogido de Dios; los que no son enviados por el Padre al Hijo se tienen como ordenados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8).

    Con certeza la gente se mete en un tumulto contra quien testifique de su oscuridad. El hecho de que no tengan una mente renovada por medio de la operatividad del Espíritu Santo, los mantiene en un estado de tinieblas y enemistad contra las cosas espirituales que conciernen a Dios. Pueden hablar en su nombre, como aquellos a quienes el Señor les dirá que nunca los conoció, pese a sus milagros y señales prodigiosas que alegaban. De seguro hay quienes se etiquetan como creyentes cristianos, apenas torciendo un poco la Escritura, aunque no entiendan que lo hacen para su propia perdición, como les advirtió el apóstol Pedro. Las cosas en Dios son un Sí y un Amén, no un casi o un tal vez. Asimismo pasa por creer el evangelio, o se toma todo como fue dicho o uno se mantiene fuera de la gracia divina. El que no persevera en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo, dijo Juan en 2 Juan 1:9-11.

    En tanto creyentes, estamos puestos en el mundo para abrir los ojos de las gentes (por medio del evangelio), para que ellos se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban por la fe en Cristo perdón de pecados, la herencia de los santificados (Hechos 26:18). Esta misión tenemos, de manera que no podemos sentirnos deprimidos un instante, ya que el trabajo por hacer nos ocupa diligentemente para no desanimarnos en ningún momento. De esa forma demostraremos luz objetiva alumbrándonos nuestros pies y luz subjetiva guiándonos internamente.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • UNA DOCTRINA ODIADA

    La doctrina de la reprobación pasa como una enseñanza odiosa, cosa que no puede ser atribuida al Dios romántico que muchos perciben. Son varias las escrituras que hablan de ella, como aquella que dice que Dios aborrece (odia) a todos los que hacen iniquidad (Salmos 5:5). Tal vez alguno se plantee que Dios en tanto Omnisciente sabe todas las cosas, conociendo a quien amar y a quien odiar de antemano. La Biblia nos advierte contra esa presunción de obras ante la elección y la reprobación, ya que el Señor miró desde los cielos y no encontró ningún hombre sensato que quisiera buscarlo. No había ni un solo justo, ni quien hiciera el bien; no hay quien entienda, asegura la Escritura (Romanos 3:10-11; Salmos 14: 1-4).

    Si miramos la carta de Pablo a los romanos, nos daremos cuenta de lo que en el capítulo 9 dice respecto a la reprobación: el propósito de Dios conforme a la elección permanece, no por las obras sino por el que llama. A Jacob amó Dios, pero odió a Esaú, aún antes de ser concebidos, antes de que hicieran bien o mal (Romanos 9:11-13). Pablo levanta de inmediato la figura del objetor, para que diga: ¿Hay injusticia en Dios? Su respuesta aparece en forma inmediata: En ninguna manera. El objetor continúa diciendo: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9:19).

    Ese texto citado en Romanos se manifiesta como una defensa por el pobre de Esaú, el que fue odiado por Dios antes de ser concebido. Que no se nos ocurra pensar en la Omnisciencia divina como método de escogencia, como si hubiera justo en la tierra o alguien que busque por su cuenta al verdadero Dios. Es el Señor en su voluntad soberana el que ha elegido desde los siglos, de acuerdo a sus planes eternos; nunca eligió de acuerdo a lo que previó (como si necesitara mirar en el túnel del tiempo para descubrir la verdad).

    Pablo agrega que el hombre no es otra cosa que barro en manos del alfarero, que el Alfarero es quien tiene la potestad de hacer con su barro lo que haya querido hacer: vasos de honra o vasos de deshonra. He allí la paciencia de Dios para soportar a los vasos de maldad que Él ha preparado para castigo perpetuo, pero también está su lado contrario: el acto de hacer notorias las riquezas de su gloria, ante los vasos de misericordia que Él preparó de antemano para gloria (Romanos 9: 22-23).

    Muchos le dan vuelta a esta carta a los romanos, como si con ello lograran torcer las Escrituras. Si lo hacen lo alcanzan para su propia destrucción; Dios no ha amado a todo el mundo, sin excepción, sino solamente a su pueblo escogido para redención por medio de Jesucristo. Dios ama a su pueblo en virtud de la justicia alcanzada por el Hijo, de manera que a quienes él representó en la cruz los beneficiará con su amor. Los impíos pueden recibir cosas buenas en esta vida, como las recibió el Faraón de Egipto: tuvo poder político, abundancia económica, la cultura de su época; se benefició de su contexto social, para subyugar al mundo circundante. Eso no le fue suficiente para alcanzar la vida eterna.

    De acuerdo a las enseñanzas de Jesús, el mundo está compuesto por ovejas y cabras. Las ovejas están divididas en dos grandes lotes: las ya redimidas, que han sido llamadas con llamamiento eficaz, y aquellas que están por redimirse. Es decir, este último lote oirá el evangelio y cuando Dios las llame oirán la voz del buen pastor y lo seguirán. Las cabras podrán oír, levantar una mano de aceptación, pero siempre lucharán contra el Dios de las Escrituras. En algún modo se manifestará tal lucha, al menos en cuanto a doctrina siempre tendrán divergencia con lo que la Biblia dice.

    Jesús vino a poner su vida por las ovejas, pero a los cabritos dirá en el día final: apartaos de mí, nunca os conocí. La buena noticia para las ovejas es que Dios les dio vida eterna y nunca perecerán jamás; el conocimiento de la doctrina de la reprobación debería llenarnos de temor reverente, para caer con profunda humillación delante del Hacedor de todo.

    En realidad, desde nuestra óptica, la doctrina de la reprobación nos enseña a reverenciar la voluntad de Dios, a reconocer nuestra insignificancia y la majestad del Todopoderoso. De no haber sido por su voluntad libre y única no habríamos podido ser salvos. Jesucristo es la piedra de tropiezo, y roca que hace caer, porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados (1 Pedro 2:8). Gracias debemos dar los que no fuimos destinaos para tropezar en esa roca desechada por los edificadores, la cual ha venido a ser la cabeza del ángulo. Gracias hemos de dar por haber sido tenidos en cuenta desde antes de la fundación del mundo, para ser inscritos en el libro de la vida del Cordero (Apocalipsis 13:8 y 17:8).

    La reprobación viene también como consecuencia de la elección, ya que a los que Dios no eligió para vida eterna se supone que los dejó para condenación perpetua. Con todo Dios lo declaró así, como se infiere de los textos citados de Romanos, entre otros, para que fuera el puro afecto de su voluntad el que eligiera tanto para vida como para muerte, sin tomar en cuenta las obras. Ya lo hemos dicho en otros escritos, mejor es ser cola de león vivo que cabeza de ratón muerto; entretanto la persona vive no podemos juzgarla reprobada, sino solamente salvada o en incredulidad. Los que hemos sido salvados un día también estuvimos bajo la ira de Dios.

    A muchos no les gusta esta doctrina bíblica de la reprobación, pero eso no impide que se predique. Hemos de anunciar todo el consejo de Dios, como escribiera el apóstol Pablo. La carne odia esta doctrina, ya que aleja de la potestad humana su destino final. Hemos de reconocer que la reprobación coloca al Todopoderoso en el trono de su soberanía, el alfarero con derecho a hacer con su barro lo que ha querido.

    Jeremías, en sus Lamentaciones, nos deja esta perla escrituraria para que la grabemos en nuestras almas: ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? ¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado (Lamentaciones 3: 37-39). Sabemos que nuestro Dios está en los cielos, que todo lo que quiso ha hecho; aceptemos la realidad de la Escritura y pongámosla por obra, sin que nos avergüence el Dios que en ella se descubre.

    Nada existe que Él no haya ordenado, como para que forjemos sus palabras y califiquemos su conducta. El peor crimen de la humanidad, cometido por hombres impíos exaltados por Satanás, estuvo planificado en lo más mínimo por el Padre Eterno. El día de la crucifixión del Señor se cumplieron muchas profecías, alrededor de 30: llevado al matadero, dio sus espaldas para que lo hirieran, no escondió su rostro, fue crucificado en medio de malhechores, echaron suertes sobre sus ropas, le dieron a beber vinagre (hiel), exclamaría al Padre sobre la razón de haberlo abandonado, herido el pastor sus ovejas se esparcirían, ni uno de sus huesos sería quebrado pero sería traspasado.

    Dice un profeta lo siguiente: Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca (Isaías 53: 5-7).

    En síntesis, la reprobación muestra el rechazo al pecado por parte del Dios santo, pero descubre su contraparte en la crucifixión del Señor: el más grande amor que jamás se haya demostrado en la faz de la tierra. Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que permanece en la doctrina de Cristo tiene al Padre y al Hijo, el que no persevera en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo. La doctrina de Cristo nos enseña que al Padre le agradó hacer todo como ha sido hecho (Mateo 11:26; Juan 6:37, 44, 65; 2 Juan 1:9-11). El que tiene el Espíritu de Dios no se rebela contra su palabra.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • FUTILIDAD DE LA VIDA

    Cuando leemos el Eclesiastés de Salomón, encontramos observaciones sobre la existencia humana. Vanidad de vanidades, una expresión depresiva pero objetiva del escritor repleto de experiencias múltiples, bajo el signo de la riqueza, poder político y conocimiento teológico. Al final de su texto leemos que todo el discurso se resume en temer a Dios y guardar sus mandamientos, porque ese es el todo del hombre (Eclesiastés 12:13). El último verso afirma que Dios traerá toda obra a juicio, con toda cosa encubierta, sea buena o mala. Esto nos alerta como para tener cuidado en aquello que hacemos, no queriendo ser señalados públicamente en nuestras faltas.

    En forma paralela, los intelectuales al margen de la teología sostienen que nada tiene sentido (vanidad de vanidades). Hablan de un minúsculo planeta que corre hacia la nada desde millones de años (Ernesto Sábato), en tanto los seres humanos luchan, se enferman y mueren, como si cada ser que viene al mundo iniciara una comedia inútil que finaliza con el sepulcro. Esa visión existencial triste marca los pasos inciertos o inútiles de cada habitante de nuestra tierra. No obstante, el vínculo teológico parece ausente y la culpa humana no tendría consecuencia alguna en el ejercicio de una vida tan puntual y efímera como los años que pasan y se acaban.

    Si el creyente viviera sumergido en esa visión, lo gobernaría la zozobra. El sentimiento de tristeza no debe gobernar el alma de quien conoce al que lo ha liberado del yugo oscuro del mal. Por tal razón conviene vivir bajo las palabras de los sabios, aunque ellas sean aguijones para el corazón, o como clavos en las manos. El hombre va a su morada eterna, afirmaba Salomón, y los endechadores andarán alrededor por las calles. Si el hombre no se ha acordado de su Creador, en los días de su juventud, le quedan los días malos cuando se le oscurece el sol. De todas formas, aún en el ocaso de la vida del vivo hay esperanza, claro está, dentro de la perspectiva del Dios que elige desde los siglos.

    Nadie puede negarse a esta posibilidad, ya que no conocemos el libro de la vida para mirar sus listas de inscritos. Lo que de Dios se conoce nos ha sido manifestado por dos vías: por medio de la obra de la creación, lo cual impone una reacción ante la majestad demostrada, y a través de la palabra escrita que vino por medio de Moisés. Pero esta última manifestación no la conocieron todos, incluso hoy día hay quienes jamás han escuchado al respecto. Los que hemos oído y hemos participado de la opción de la lectura del mensaje del Evangelio, podemos percibir la esperanza de vida de esas líneas.

    Somos ignorantes de la obra de Dios, el que hace todas las cosas. Por tal motivo hemos de entregarnos a la siembra de la semilla y al cultivo de la planta del conocimiento del Señor. ¿De qué aprovecha ganar el mundo y perder el alma? Las pequeñas locuras señalan al que es estimado como sabio y honorable. El pecado es una locura, como la mosca muerta que da mal olor al perfume; aunque sea un pecado pequeño basta para manchar el agua pura. El Rey David se enredó con la mujer de su prójimo y trajo gran lamento para su entorno.

    Eso somos, incluidos los profetas de antaño. Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, Isaías tuvo que ser curado de su boca impía (en la visión que tuvo), Asaf se consideró como una bestia delante de Dios, sin entendimiento. Y Pablo se dijo a sí mismo miserable, ya que hacía el mal que no quería y no completaba aquello que se proponía (Romanos 7). Juan, el discípulo amado, escribió que si hemos pecado tenemos abogado para con el Padre, a Jesucristo el justo. Moisés fue castigado por actuar incoherentemente en Meriba, en tanto de Pedro se ha escrito sobre su traición a Jesús.

    Salomón nos recuerda que aún hay esperanza para el que está entre los vivos; porque mejor es perro vivo que león muerto (Eclesiastés 9:4). Ese perro vivo puede ser una metáfora del que está en su vejez o aún en su lecho de muerte, ya que pudiera recibir el regalo del arrepentimiento para perdón de pecados. Los que mueren en Cristo gozan de la vida eterna, hayan sido leones o perros en esta vida, hayan sido poderosos o débiles, por cuanto fueron visitados por la gracia del cielo.

    La sabiduría del hombre ilumina su rostro, pero el que persiste en el mal mudará su semblante. El que teme a Dios tendrá un fin dichoso, aunque sea ignorado por el mundo que honra a los suyos. El discurso de Salomón en el Eclesiastés nos propone la vanidad de la vida en tanto existe injusticia contra los justos. A veces el hombre justo es tratado como si hiciera obras de impíos, asimismo existen impíos tratados como si hicieran obras de justos. El hombre de bien debe comer, beber y estar alegre debajo del sol, a lo largo de su vida.

    Recomienda Salomón no apresurase delante de Dios, pues mejor es no prometer a Dios que prometer algo y no cumplirlo. Esto último representa la insensatez, dado que de las muchas palabras ocurre la necedad. Gran vanidad circunda al que ama el dinero: el que ama mucho el tener, no sacará fruto. El capítulo 3 de Eclesiastés contiene la referencia al tiempo y todo cuando en él acontece: Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora (verso 1). La entrada y salida de este mundo tienen su fecha fijada por el Creador, el cual ha puesto término a nuestros días (Job 14:5).

    En resumen, en vez de quejarnos por la futilidad de la vida, conviene meterse en cintura y tener presente que no vinimos por nosotros mismos a este mundo, sino que todo cuanto ocurre obedece a un plan trazado desde los siglos por el Altísimo. El creyente conoce que Jehová ha creado el universo, que el Señor es quien estuvo presente desde el principio en esa faena (Juan 1). En tal sentido, la motivación del creyente le sirve como combustible para que el alma reboce de alegría y paz. Que sean los otros los que se entristezcan, los que no tienen esperanza (1 Tesalonicenses 4:13).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • SEGURIDAD DEL CREYENTE

    El que ha creído en el Hijo de Dios lo ha hecho porque ha sido llevado de la mano del Padre (Juan 6:37, 44, 65). Desde la regeneración hasta la gloria final, todo depende de la voluntad de Dios y no de los esfuerzos que haga el pecador para batallar contra sus pecados. Sin embargo, se nos conmina a hacer morir lo terrenal en nosotros, a luchar contra las obras de la carne por medio del Espíritu que nos dio vida. Vemos esto último como una consecuencia de haber sido llamados de las tinieblas a la luz, por la razón sencilla de que no recibimos de nuevo el espíritu de servidumbre para seguir en temor, sino el espíritu de adopción. Gracias a este espíritu clamamos ¡Abba, Padre! (Romanos 8:15).

    Este es el testimonio del Espíritu de Dios en nosotros, lo cual nos lleva a comprender que somos hijos de Dios. En cambio, el espíritu de esclavitud conduce hacia el camino del recuerdo de cada pecado, para que sentir su tormento, de manera que la gente se arrepienta a cada instante, como alguien que inseguro clama por el perdón divino repetidamente. La penitencia o el remordimiento ponen un freno al gozo del Señor, llevando al cautivo hacia la debilidad de la fe como consecuencia de que ésta fue auto-gestionada. La fe es un regalo de Dios, no es de todos la fe y sin ella resulta imposible agradar a Dios. Por tal motivo, la Biblia la define así: Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1).

    La seguridad del creyente radica en esa fe que se traduce como la certeza de lo que esperamos, ya que estamos convencidos de aquello que no vemos. No necesitamos experiencias extrasensoriales para saber que Dios existe, que nos ama, que envió a su Hijo para que fuese la propiciación por nuestros pecados. Esto lo sabemos porque la Biblia lo anuncia, pero también porque Dios nos ha dado esa fe para creerlo. El axioma resulta sencillo: estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados (lo mismo que los demás lo están ahora), pero fuimos llamados por la misericordia que tuvo Dios. Un muerto no puede acercarse a la medicina por su propia cuenta, no tiene idea de dónde está la luz para guiarse; un muerto no puede mover su mano seca.

    El muerto necesita oír la voz del Señor como Lázaro cuando la escuchó para salir de la tumba. Si el Señor no habla primero, nadie puede vivir. Pero ya Jesús lo expuso como parte de su evangelio, que el Padre es quien elige y enseña para que vayamos a él. Todo lo que el Padre le da a Jesús viene a Jesús; empero, aquellos que el Padre no envía, no vendrán jamás a Jesús. Ese círculo está expuesto en las Escrituras, para que sepamos sobre la soberanía de Dios aún en materia de redención. Por tal motivo, Pablo sacó a relucir la objeción que se le hace a la justicia divina: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Esto lo dijo el apóstol cuando hablaba del odio de Jehová contra Esaú, odio eterno que no miró obras buenas o malas sino que se manifestó antes de que Esaú fuese engendrado (Romanos 9: 11, 16, 18, 19).

    Jesucristo vino a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), no vino a dar su vida por las cabras (Juan 10:26). Quedaron fuera de su gracia Judas Iscariote, hijo de perdición que iba según las Escrituras; el Faraón de Egipto, levantado para mostrar la gloria de Dios en toda la tierra; todos los demás réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda, ya que fueron colocados para tropezar en la roca que es Cristo. Ninguno de los que no aparecen escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo, ha sido beneficiado con la sangre del Cordero (Apocalipsis 17:8).

    Seguimos predicando este evangelio de la gracia de Dios porque es la promesa divina de salvar a todos los escogidos. No hay otro medio de salvación sino el Evangelio de Jesucristo, pero no todos los que lo oyen reciben esa dádiva porque no les ha sido obsequiada. Muchos oyen para estar apercibidos, para que sepan el plan de Dios, pero continúan con el espíritu de esclavitud y no pueden clamar certeramente al verdadero Dios. Ellos se forjan ídolos, en el entendido de que un ídolo es una imagen física y mental de lo que debería ser Dios. El profeta se pregunta: ¿A qué, pues, haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis? El artífice prepara la imagen de talla, el platero le extiende el oro y le funde cadenas de plata. El pobre escoge, para ofrecerle, madera que no se apolille; se busca un maestro sabio, que le haga una imagen de talla que no se mueva. ¿No sabéis? ¿No habéis oído? ¿Nunca os lo han dicho desde el principio? ¿No habéis sido enseñados desde que la tierra se fundó? (Isaías 40: 18-21).

    Son benditas las personas que confían en el Señor, porque el Señor será su confianza (Jeremías 17:7). Nuestra confianza radica en la promesa de quien no miente, que el Señor que ha comenzado la buena obra en nosotros la terminará o perfeccionará hasta el fin, hasta el día de Jesucristo (Filipenses 1:6). Nuestra seguridad proviene de la fe que nos fue dada, y sabemos que Dios cumple todo lo que promete. Dios no duda y en Él no hay sombra de variación o mudanza, por lo cual la certeza nos asiste.

    Dios ha prometido salvar a su pueblo por medio del Evangelio, la buena noticia para los escogidos. Confiamos exclusivamente en el sacrificio del Hijo de Dios como garantía de la justicia divina en nosotros, ya que Jesucristo sufrió y pagó por nuestros errores. Esa justicia de Dios en nosotros nos ha permitido ver que Jesús nos representó en la cruz, en forma personal, nombre a nombre. No fue una expiación hipotética o potencial, sino factual, oportuna y específica. Aquellos, cuyos nombres no están en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo no fueron representados por Cristo en la cruz. Esto lo dice claramente la Escritura: Apocalipsis 13:8; 17:8; Mateo 1:21; Juan 6: 37, 44, 65.

    Muchos se sorprenden todavía de este evangelio de las Escrituras, ya que han estado acostumbrados a los ídolos descritos por Isaías: una ficción o imagen mental de lo que debería ser Dios. El Dios de la Biblia aparece plenamente soberano, hace como quiere y anuncia desde el principio lo que ha de ocurrir. En materia de redención ya ha dictado su cátedra, pero muchos prefieren la interpretación privada de las Escrituras porque suena mejor a sus oídos. Sin embargo, Dios les ha respondido que ese torcer las Escritura ocurre para su propia perdición.

    La confianza del creyente hace que prorrumpa en júbilo y exhale bendición ante Jehová, sin olvidarse de ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas nuestras ofensas, el que nos sana en todo sentido; el que rescata del hoyo nuestras vidas y nos corona de favores y misericordias. Él sacia de bien nuestra boca, hasta rejuvenecernos como las águilas. Esto hace el Señor con todos sus hijos, los elegidos del Padre, los regenerados por el Espíritu Santo. Dios ha sido señalado como lento para la ira y grande en misericordia y verdad. Buscad al Señor mientras pueda ser hallado; llamadle, en tanto que está cercano.

    César Paredes

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  • LIBRA MI ALMA DE LOS MALOS CON TU ESPADA

    El Salmo 17 contiene esta oración de David, en la que pide a Jehová que lo libre de los malos. Estos son hombres mundanos, cuya porción la tienen en esta vida, a los que les sobra para derrochar aún con sus hijos. En otras palabras, son gente que circula alrededor de ellos mismos, tienen a sus vientres como el dios que los guía, no se sacian de pecar y no sienten congojas por su muerte (Salmos 73). Vienen a este mundo y piensan que todo se trata de ellos, de cómo ser feliz en tanto gravitan en esta tierra, sin que piensen en el valor de su alma sacrificada por los tesoros de este tiempo.

    Dios posee un pacto de redención con una profunda implicación teológica, ya que en su infinita sabiduría se ha propuesto junto con el Hijo llevar a cabo la redención de su pueblo. La Biblia nos relata sobre el Dios soberano, con autoridad y poder suficientes para gobernar cada parte de su creación, por lo cual dentro de su ejercicio de soberanía reclama obediencia de cada persona creada. Porque es Dios ha ordenado que el mundo se comporte como lo vemos, bajo el parámetro de la desobediencia a su ley, siguiendo el instinto de la carnalidad pecaminosa del hombre caído en el Edén.

    El mundo como jauría contiene un rebaño de elegidos del Padre. Somos seres humanos sujetos a pasiones vergonzosas, lo mismo que Elías el profeta y que todos los demás mortales. La Biblia nos asegura que esa elección surgió por el puro afecto de la voluntad divina, sin que mediara obra nuestra ni pasada ni futura, para que la gloria de la redención transcurra por causa de quien elige y no por razón del elegido. El Hijo de Dios fue ordenado como Cordero desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), lo cual abre el paradigma del pecado como necesidad para que el hombre creado cayera en el error. Sin pecado no hay redención, pero con el pecado sí que hay condenación.

    Dios no perdonó a los ángeles caídos sino que los destinó a condenación eterna. Gran parte de la humanidad también ha sido condenada desde siempre, sin que Dios la amara para redimirla. A ellos les entregó este mundo, junto con su príncipe, para que en esa administración hostil las ovejas elegidas valoren y anhelen esa redención tan grande. El apóstol Pablo nos habla de la alegoría de Sara y Agar, con lo cual ilustra sobre la relación que tenemos como creyentes en Cristo. Por un lado estamos los hijos de la promesa (los que hemos nacido de nuevo, habiendo sido escogidos desde antes de la fundación del mundo -Efesios 1), en tanto por otra parte están los que siguiendo en la carne nos persiguen (Gálatas 4:29).

    Los enemigos de Dios son nuestros enemigos, ellos claman contra nosotros y no quieren que seamos unidos como iglesia. Lo mismo se escribió en uno de los Salmos de la Biblia, en el 83, refiriéndose a la consulta de los aliados contra Israel: Venid y destruyámoslos para que no sean nación, y no haya más memoria del nombre de Israel (Salmos 83:4). Nosotros como pueblo de Dios hemos sido justificados por medio de una acción legal, de parte de Dios; la Escritura se cumplió cuando dijo: Y fue contado con los inicuos (Marcos 15:28). Habla de Jesucristo como Cordero, quien recibió el pago por nuestras iniquidades. Nosotros también somos contados como ovejas para el matadero (Romanos 8:36), de manera que no tomamos nuestra vida como algo más importante que la gloria de Dios que nos habita. Jesús fue tenido como un transgresor, no siendo él uno de ellos; simplemente fue hecho pecado aunque jamás pecara.

    El Padre ejecutó al Hijo por causa de llevar en sus hombros los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). No cargó Jesús con los pecados de Judas Iscariote, ni del Faraón de Egipto, ni de ninguno de los enemigos señalados en el Salmo 83 antes mencionado. No llevó el pecado de Esaú, odiado desde antes de ser concebido, sin miramiento a sus obras (Romanos 9:11). Si Jesucristo sufrió y murió por todos sus representados en la cruz, la justicia de Dios exige que no seamos condenados, ya que nuestros pecados fueron imputados a él. A cambio obtuvimos su justicia por lo cual hablamos de Cristo como nuestra pascua (1 Corintios 5:7). El salmista escribió: Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:2).

    La justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo va para todos los que creen en él, ya que por haber pecado estuvimos destituidos de la gloria de Dios hasta que fuimos justificados gratuitamente por su gracia. Esto se hizo mediante la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3: 22-24). Dios atribuye justicia sin obras (Romanos 8:6), ya que las obras son un fruto de nuestra justicia para alabanza a Dios (Filipenses 1:11). Si la justicia de Jesucristo ha sido cargada en la cuenta de alguna persona en particular, esos pecados fueron cargados por el Señor bajo la ira de su justicia. Por lo tanto, esa persona beneficiada por la cruz de Cristo no será jamás castigada por sus pecados lavados en la sangre del Cordero.

    La imputación de la justicia de Cristo a favor del creyente constituye su medio de justificación. Imputación y justificación están relacionados con la salvación del creyente. Así que los que niegan este trabajo eficaz del Hijo de Dios, los que condicionan esta salvación gratuita a actos de voluntad de los muertos en delitos y pecados, niegan el centro del evangelio. Jesucristo no murió por todas las personas, sin excepción, sino solamente por sus ovejas (Juan 10:1-5; 26). Si alguien no cree que el trabajo de Jesucristo es lo único que establece la diferencia entre salvación y condenación, entre cielo e infierno, sino que alega su auto justicia, un trabajo conjunto entre Jesús y el pecador, apegado a su propio esfuerzo, su voluntad y disposición, está blasfemando del trabajo y propósito de Dios.

    Sencillamente, negar la predestinación, la elección incondicional, el sacrificio del Hijo en pro de todo su pueblo, bajo el alegato de una expiación universal, inclusiva, democrática, presupone pisotear y tener por menos la sangre de la redención. Es como decir que aquellos que padecen en el infierno de fuego fueron redimidos por Cristo, pero al final se perdieron porque esa sangre no fue suficiente para ellos. Es como afirmar que el trabajo de Cristo resultó en vano, como si el infierno fuese un monumento al fracaso de Jesús. Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, éste sí tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! Participa de sus malas obras (2 Juan 1:9-11).

    César Paredes

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  • DIOS USA A SUS ENEMIGOS

    Las piedras hablarán, si nosotros callamos. Esas piedras que hablan son personas que predican el evangelio aunque ellas ni lo conozcan a cabalidad, ni pretendan hacerlo. Sucede a menudo que Dios usa personajes contrarios a los ideales, como lo hizo con Ciro, el que nunca conoció a Jehová. Ese mandatario de un pueblo hostil hizo que el pueblo sometido se diera a la tarea de la construcción del Templo del Señor; por igual, devolvió los utitencilios robados junto al dinero que les habían quitado a los israelitas en su asedio. Por otro lado, asumió el costo de esa operación con el tesoro de su reino. Esta profecía fue anunciada unos cien años antes. Un verdadero milagro ocurrido, cumpliéndose a detalle.

    Incluso, uno de los que pronunció un discurso sancionador en el caso contra Jesucristo, profetizó que era mejor que un hombre muriera por causa del pueblo. Esto lo dijo en su calidad de sumo sacerdote, pero ni idea tenía de que hablaba en nombre de Jehová. El odio contra Jesús cegaba a sus enemigos, sin que ello impidiera que pronunciara lo que el Señor deseaba se dijera. Estas maravillas de Dios se narran en las Escrituras, por lo cual Pablo pudo asegurarnos que si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?

    La encarnación de Jesucristo lo hizo sujeto a la ley de Dios, estando obligado a cumplir todos sus preceptos. Esto lo cumplió hasta el más mínimo detalle (Isaías 50:5), como también relata el Salmo 40:8: El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado. Y tu ley está en medio de mi corazón. De esta forma sufrió hasta el último castigo por causa de todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), por lo que en la cruz nos representó dignamente en un sacrificio suficiente, hasta decir: Consumado es. Dios no nos va a castigar dos veces por los mismos pecados; ya nos castigó en Cristo, así que tenemos el beneficio de su trabajo perfecto.

    Precisamente este es otro ejemplo del uso que Dios hace de sus enemigos. Judas Iscariote era enemigo de Dios, pero iba conforme a las Escrituras. Los judíos que animaron al pueblo a crucificar a Jesús lograron el doble propósito: el de ellos, sumergidos en su odio y apego por su religión vana, y el del Creador que había profetizado al pormenor aquella crucifixión. Los soldados romanos recibían órdenes superiores para hacer aquello que en su corazón se habían acostumbrado: la tortura hasta la muerte de cruz contra sus enemigos. ¿Acaso no había escrito la profecía que Jesús sería el traspasado? ¿Que le darían hiel en lugar de agua? ¿Que el Señor encomendaría a su Padre su espíritu, o que echarían suertes sobre sus vestiduras?

    Ese trabajo enemigo cumplía a cabalidad el plan de Dios. Este es el Dios perfecto con fines útiles para su pueblo escogido desde antes de la fundación del mundo, al cual convierte temer. Nada falta a los que le temen, dice la Biblia.

    Al pagar el precio alto que debíamos por nuestras almas, Jesús nos compró y garantizó la salvación absoluta de todos aquellos que conformamos su pueblo, su real sacerdocio, la nación santa y escogida, su iglesia, sus amigos. Ya había acontecido una prefiguración de lo que vendría, cuando Abraham alzando sus ojos miró que estaba un carnero trabado en un zarzal por sus cuernos. Ese fue el carnero del holocausto en lugar de su hijo; de igual manera, el Cordero de Dios es el holocausto al Padre en lugar de nosotros. Dios ha provisto redención para sus amados.

    El Faraón se levanta como otro paradigma de los enemigos del Dios vivo. Él fue colocado para ese fin, por lo cual pudo decir: ¿Quién es Jehová para yo os deje ir? El desconocimiento del Altísimo demuestra no solo la ignorancia del impío sino su enemistad contra el Dios que no ha conocido. Pero esa opresión acérrima que ejercía el Faraón junto con sus militares cumplía otro paradigma que estaba en la mente del Señor. De esa manera apareció la pascua como señal a recordar aquello que vendría y vino ya: el Cordero de Dios. La matanza de los primogénitos fue un terrible castigo sobre los enemigos del pueblo de Dios, pero también sirvió para ilustrar a ese conglomerado que liberaría Moisés su relación con la pascua.

    La pascua significa pasar por alto, como sucedió cuando el ángel del Señor pasaba por alto todas aquellas viviendas que estaban marcadas con la sangre de un cordero, de manera que la plaga enviada por Dios no caería sobre esas personas en esos hogares. La plaga caería sobre Egipto, la representación del mundo en las Escrituras. La sangre del cordero tipifica la sangre de Cristo, sin que mediara la obra humana de aquellos que marcaban sus casas con esa sangre. Ese era el símbolo de lo que habría de ocurrir siglos más tarde, en tanto el pueblo de Israel se constituyó en el guardián de la palabra revelada del Señor. Ahora la tenemos impresa, por lo cual conviene no despreciarla sino leerla y digerirla para extraer su mejor provecho.

    La Biblia dice algo que conviene pensar y retener: Cuando los caminos del hombre son agradables a Jehová, aun a sus enemigos hace estar en paz con él (Proverbios 16:7). Esaú fue el gran enemigo de Jacob, pero la oración de Jacob prevaleció y recibió un abrazo de parte de su hermano enojado. Nos demuestra que Dios tiene control sobre cada individuo, sea amigo o enemigo, ya que aún el corazón del rey está en las manos de Jehová, para inclinarlo a todo que él quiera (Proverbios 21:1).

    Ya que somos amigos de Cristo se nos pide no amar al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo (1 Juan 2:15-16). Al amar a Dios se implica el amar su palabra y en ella se nos habla con creces de la doctrina del Hijo. Esa doctrina es la misma del Padre, así que tenemos por cierto que la crucifixión del Señor se hizo en exclusiva por todo su pueblo que vino a redimir. Ese pueblo es llamado las ovejas del Señor, no las cabras; ese pueblo es salvado por el conocimiento del siervo justo (Isaías 53:11), el cual conoce por la palabra y por mediación del Espíritu Santo que el centro del evangelio es la expiación que hizo Jesucristo de cada uno de nosotros.

    El que anuncia otro evangelio se considera anatema (maldito), de manera que el amor del Padre no está en él. Si alguno se extravía de la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo. ¿Cómo, pues, tendrá al Espíritu Santo? Dios ha demostrado su poder contra sus enemigos, para beneficio de sus amigos, su pueblo. No miremos hacia atrás sino que sigamos hacia la meta del supremo llamamiento, sabiendo que estos días son difíciles pero que perseveraremos porque estamos preservados en las mandos del Hijo y en las del Padre, el cual es mayor que todos.

    César Paredes

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  • SUFICIENCIA DE LA INSPIRACIÓN DE LAS ESCRITURAS

    Al asumir que toda la Escritura ha sido inspirada por Dios, debemos considerar el estado de suficiencia que ellas poseen. Lo que era necesario conocer nos fue dicho, pero lo que Dios se reservó para Sí mismo permanecerá incógnito en este mundo. El hombre de Dios puede estar completo con la palabra revelada, equipado para toda buena obra. El mensaje de la palabra de Dios provee lo suficiente para nuestra vida en Cristo. Pedro nos habló al respecto: Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia (2 Pedro 1:3).

    De esta manera llegamos a participar de la naturaleza divina, huyendo de la corrupción del mundo. El mundo está corrompido, siempre ha sido un lado oscuro, pero ahora la maldad ha sido aumentada. Nuestro llamado se ha hecho para que añadamos a nuestra fe virtud, conocimiento y dominio propio. Seguimos con la paciencia, la piedad y afecto fraternal, para terminar con el más alto valor: el amor. El mundo está condenado al caos, pero la esperanza del creyente yace en el Redentor.

    La revelación posee el estatus de autoridad absoluta, para determinar la naturaleza de nuestra religión. Esto nos conduce al conjunto de estándares de ética general, para guiarnos bajo la moral que la Escritura propone. Sin embargo, hay quienes suponen que existe una revelación natural para todo el mundo. Aristóteles construye la idea de ese Dios absoluto cuando habla del motor sin motor que mueve todas las cosas. Esta construcción aristotélica proviene de una deducción pagana que niega la personalidad de Dios.

    Basados en Romanos 1:20 algunos teólogos sostienen la revelación general para todo el mundo, sin excepción. Pero ante la declaratoria de Pablo, misma que de David, se habla de un Creador que se conoce por medio de la obra de la creación. Se infiere al artista gracias a la existencia de una obra de arte; esa asunción no es suficiente para alcanzar la redención eterna. El conocimiento del Dios verdadero aparece al alcance de los que Dios eligió gracias a la revelación especial, particular, que constituye su Palabra.

    Sabido es que quedarse con ese Dios Absoluto, que no es una Persona, puede llevar por un derrotero de muerte. La Nueva Era demuestra con creces lo que intentamos decir: Dios llega a ser el contenido de los altos valores humanos, de manera que el hombre es Dios y Dios está en todos los hombres. Adorar a Dios equivaldría a adorarse a sí mismo. De igual forma, nuevos senderos aparecen al apartarse del camino de la inspiración suficiente de las Escrituras, el pietismo es uno de ellos.

    La peligrosidad del pietismo proviene de hacer de la emoción la esencia de la religión. Un poco a la usanza del existencialismo de Kierkegaard, quien decía que no importa el qué se adore sino cómo se adore. Recordemos que Dios no existe porque obedezca al hecho de que nosotros nos basemos en nuestra dependencia de ese Ser Superior; al contrario, el conocimiento del Siervo Justo (Isaías 53:11) nos hace depender de ese Dios revelado en las Escrituras. Hoy día abunda la religión pietista que se entrega a las emociones, en un intento de probar la existencia de ese Dios. Si tú lo sientes, Dios existe. Ese aforismo resulta malsano, no depende de la Escritura.

    El conocimiento del Cosmos puede señalar a Dios como su autor, pero no resulta suficiente para una criatura enemistada desde su caída. Podríamos inferir que Dios conoce, pero no necesariamente cuánto conoce. Al no tener un conocimiento empírico de la creación debemos sustentarnos en un asunto de fe; ciertamente, podríamos inferir a ese Dios que hizo cuanto existe pero de nuevo no basta con esa manifestación de su obra. Sabemos que existe el artista pero debemos conocerlo para saber si es uno solo o si son muchos los que están detrás de la obra. Además, ¿cómo podríamos conocer aquello que no ha sido revelado?

    Solamente con partir del hecho de que las Escrituras son inspiradas por Dios podremos averiguar si nos resultan útiles para toda buena obra. Si las Escrituras no son inspiradas seríamos miserables como lo dijo Pablo en el caso de que Cristo no hubiese resucitado. Todo está ligado bloque a bloque, en una co dependencia de las partes conformando el todo. Si un eslabón en esa cadena maravillosa se desata o se cae, el edificio se viene abajo. Este presupuesto resulta obvio para el impío que trata de dañarnos en algún punto, para después inferir que no existe tal revelación.

    La aparición de Darwin en la historia se debió a un hecho político para los ingleses: querían desautorizar la Biblia para callar su dicho de que Dios pone y quita reyes. Tal vez tenían sus razones sociales e históricas, pero su invención de la teoría evolutiva pretendía hacer daño a la autoridad de la Escritura. La lucha histórica del enemigo de las almas siempre sigue los mismos principios que le parecen viables, aunque se asegura de que sean sorprendentes en cada ocasión en que aparecen. Ahora llegó el turno para los mesiánicos, los que pretenden imponer su tesis del evangelio judío con pronunciaciones consideradas sagradas de ciertos nombres en lengua hebrea o del arameo.

    Se ha dicho que hay errores en los manuscritos griegos más antiguos que conocemos, pero que ellos (los mesiánicos) poseen los escritos en hebreo que los vindican. Con esa triquiñuela tratan de causar confusión y aprovechan la distracción para pescar en río revuelto. Por supuesto, solo alcanzan a llevarse las cabras que se habían colado en nuestro espacio. Jesús nos dijo que ni uno solo de los escogidos sería engañado por el hombre de pecado, así que la advertencia se lanza una vez más para que el que tenga oídos para oír oiga.

    La entrada del pecado al mundo generó el extravío humano, el maltrato animal, la violencia ciudadana. La brutalidad política en los distintos escenarios históricos, a través de muchos siglos, continúa vigente y con mayor fuerza. Los escritores del mundo advierten sobre el desastre existencial que padecemos, con la consiguiente enseñanza del ateísmo como respuesta al caos humano. Urge advertir que no estamos condenados a la religión natural, como si ella fuese la conclusión necesaria; existe una religión producto de la revelación divina.

    Ese Dios escondido lo está para los que se pierden, de acuerdo a la Biblia, pero los creyentes en Cristo seguimos predicando la salvación a través del Hijo de Dios. Esto parece un misterio para aquellos que no lo conocen, dado que lo dicho en Romanos 1:20 y 2:15 no parece suficiente señal de la presencia del Salvador. La naturaleza humana ve a Dios a través de la creación, conoce su eterno poder y deidad desde que apareció el hombre en ella; toda la humanidad posee el conocimiento de la ley que ha sido escrita en el corazón de cada persona. La conciencia testifica de esa ley moral y acusa o defiende el razonamiento de cada individuo.

    La cualidad del pecado humano solo permite ver al Dios creador como quien está detrás de su obra, junto al deber ser de cada persona. El conocimiento de Dios que posee el hombre natural (caído) resulta mínimo para comprender el camino de salvación. Ese pobre conocimiento solo convierte en inexcusable al hombre marcado por el pecado, pero el conocimiento del siervo justo justificará a muchos (Isaías 53:11).

    Tenemos la Escritura infalible (palabra profética más segura), inerrante, cierta, a la cual hemos de adherirnos con el estudio apropiado. Nuestra fe deriva de ella (la fe viene por el oír la palabra de Dios), pero sabemos que no todos los que la leen llegan a creer. Jesucristo lo dijo: Muchos son los llamados, pocos los escogidos. Ni siquiera todos son llamados, solamente algunos dentro de ese universo del Todos; solamente unos pocos son los escogidos. De allí el concepto de la manada pequeña, para que no esperemos ver multitudes reunidas junto a la verdad. Nuestro camino parece de soledad, como le aconteció al profeta Elías, a Isaías o a Juan el Bautista. A veces pensamos que solamente nosotros hemos quedado, pero sabemos que Dios se ha reservado una parte numerosa si la comparamos con nuestros solitarios seres. Sin embargo, comparativamente con el resto de la humanidad resulta un porcentaje bajo. Eso no debe preocuparnos ya que a nuestro Padre le ha placido hacer todo cuanto ha hecho.

    Basta con que las Escrituras fueron inspiradas y permanecen como el testimonio del cielo para alcanzar por medio de la gracia a cada persona que Dios ha llamado como oveja de su prado. No pretende el Señor alcanzar a ninguna de las cabras, simplemente a sus ovejas (Juan 10:26). Nos conforta saber que Dios no se equivoca, que aunque intenten hacer la Biblia como algo fabuloso e increíble, continúa ella con una veracidad objetiva que nadie puede denunciar como mentira. Podrán señalarla como un conjunto fabuloso de literatura religiosa, pero no podrán probar objetivamente ni un solo error.

    Si la Biblia estuviera errada aunque sea en la geografía o historia que se enuncian en ella, la verdad de la cual pretende hablarnos yacería en duda inequívoca. Pero aún esa objetividad de su infalibilidad no es lo que nos hace creer en ella, simplemente es el haber sido llamados por Dios a través de ella lo que nos hace sentirnos felices con su contenido veraz e inequívoco. Ciertamente, la Escritura inspirada por Dios es útil para que el hombre llamado por él pueda guiarse en toda buena obra. Escudriñad las Escrituras, porque en ellas está la vida eterna.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • REVELACIÓN NECESARIA

    La Biblia no puede estar errada, si uno de sus ladrillos cae al suelo, el edificio se desploma. La intrincada manera de las declaraciones bíblicas da la apariencia de una esfera construida con eslabones angulares, cada uno sosteniendo al otro. Si uno de ellos se destruye, la totalidad queda descompuesta. De allí la inerrancia de las Escrituras, su verdad absoluta por medio de la inspiración verbal divina, así como la inspiración plenaria de ella. Por supuesto, el que no cree no está por fuerza llevado a asumir esta afirmación, ya que partimos de la premisa de Jesucristo: El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios (Juan 8:37).

    Nuestra premisa mayor en este momento yace en el hecho de que Dios no miente. Así que si los profetas hablaron diciendo que fue bajo el Espíritu de Dios, lo creemos. Si hubiese error en ellos, entonces Dios quedaría como alguien que miente, de manera que toda la Escritura inspirada por Dios nos es obligación de aceptación. Las palabras de David, o las de Jeremías, las de Isaías y las de todos los demás escritores bíblicos, son palabra de Dios. No que Él haya usado un dictáfono, sino que vertió en ellos su revelación y ésta adoptó la forma del vaso que cada uno de ellos era. Más allá de toda información que nos haya sido dada en torno a la creación, a la historia de un pueblo, a los circunvecinos de la nación escogida para custodiar las palabras inspiradas, la doctrina esencial de la Biblia gira en torno a la expiación, al Mediador entre Dios y los hombres, a la resurrección del Señor y a la vida eterna que nos aguarda a los que creemos en su nombre.

    La elección divina, la predestinación de su pueblo, el Evangelio anunciado, la obra del Espíritu Santo, forman parte de esa revelación necesaria. Existe una revelación general a través de la obra de la creación, por lo cual nadie queda exento por ignorante. Lo que de Dios se conoce ha sido manifestado por la gloria de lo creado y del Creador; el eterno poder y deidad del Señor se hace visible desde la creación del mundo. El universo hecho nos habla de un Hacedor de todo, por lo que la excusa de la ignorancia queda por fuera. Sin embargo, justo es decir que esa revelación no satisface para el alma que ha pecado. La suficiencia de esa revelación conduce al hombre a indagar en la necesidad de satisfacer a su Creador.

    Acá entra de lleno la revelación especial, aquella que está narrada en las Escrituras. Pero tampoco satisface el leerla o conocerla a fondo, si el Espíritu no mueve a arrepentimiento para perdón de pecados. Entonces, cualquiera podrá argüir que Dios no debe culpar a nadie, ya que si Él no redime ¿qué culpa puede tener el que ha de ser condenado? No hemos de tener por irracional la doctrina de la expiación, con las ramificaciones de la elección y providencia de Dios; más bien, lo racional se ve en tanto el hombre quedó inutilizado por causa de su prevaricación absoluta. La Biblia declara que el hombre está muerto en delitos y pecados.

    Si no hay quien busque al verdadero Dios, si la humanidad se dio a celebrar divinidades, a la fabricación de ídolos, a la enemistad plena con la doctrina bíblica, urge al hombre el ser encontrado por la misericordia divina. Esto hace la predestinación en los prospectos señalados para ser objetos de la redención divina. No existe democracia ni comunismo en esta decisión del Señor, simplemente se nos dice que fue por el puro afecto de su voluntad. Ciertamente, Dios no tiene consejero, así que todo cuanto quiso ha hecho y no existe quien detenga su mano o quien le diga: ¡Epa!, ¿qué haces?

    La Biblia nos muestra la lógica del Creador, su consistencia intelectual. Toda ella se sostiene en ese sistema lógico, dado que el Creador y Mediador nuestro es llamado el Logos (Juan 1:1-2). La ley de contradicción (principio de la lógica) nos guía a entender que la Escritura se interpreta a sí misma; un texto se comprende aparte de él gracias a la comparación con otros pasajes. La gramática y el contexto ajustan al texto para que junto a otros pasajes relativos cobre el sentido recto sin contradicción alguna. Pero ante esta realidad Pedro advirtió que algunos textos de la Escritura parecen difíciles de entender, los cuales los indoctos e inconstantes tuercen para su propia perdición (2 Pedro 3:16).

    Esa lógica del Creador también le fue dada al mundo gentil o pagano. De alguna manera la gente llega por razonamiento a mirar hacia el edificio divino. Pablo lo demuestra en su discurso en el ágora, cuando cita al menos a dos filósofos griegos: linaje suyo somos; en Él vivimos, nos movemos y somos. Pero aunque la lógica haya sido usada y sigue siendo usada por los incrédulos, no necesariamente les conduce siempre a la verdad. En ocasiones la ciencia y filosofía antigua han sido desvirtuadas por los nuevos conocimientos y por las nuevas interpretaciones filosóficas. Sin embargo, justo es reconocer que la lógica nos es familiar en tanto seres racionales. Ya lo anunciaba Heráclito de Éfeso, cuando predicaba al logos como lo más común y cercano al hombre pero lo más extraño a la vez. Quien se acerca al logos puede mostrar racionalidad, pero no siempre sucede así porque los hombres aman alejarse del logos.

    Los seres humanos usamos inducción y deducción, no porque hayamos aprendido de Aristóteles en sus estudios respectivos. Simplemente razonamos silogísticamente porque la mente parece guiarse por esos rieles para argumentar lo que percibimos e indagamos. El más simple de los mortales puede deducir silogísticamente, aunque no sepa que esa manera de pensar se llame silogismo. Existe una capacidad analítica natural, como existe una capacidad natural para el lenguaje. El que venga una u otra lengua es asunto del hecho social humano, así como el que se estudie leyes de la lógica. Pero la capacidad natural para la lógica y el lenguaje nadie puede negarla.

    Aunque el creyente vea la lógica y el lenguaje como indicios de la existencia de un Hacedor, no obliga al incrédulo esta forma de razonar. Es acá donde aparece la fuerza de la revelación necesaria, para que podamos creer e invocar el nombre del Señor. La inquietud de muchos será siempre la misma, la extensión de la expiación, la extensión de la predestinación, para que Dios pueda culpar como juez justo. Sin embargo, urge comprender la posición del Dios soberano frente a una criatura que le debe un juicio de rendición de cuentas. Jesucristo dijo al respecto que alababa a Dios porque así le había placido hacer: ocultar estas cosas de los sabios y entendidos y darlas a conocer a los niños. Así le agradó hacer al Padre (Mateo 11:25-26). Esas cosas que agradó al Padre hacer tienen su referencia en los versos anteriores, cuando Jesús reconvenía a las ciudades donde había muchos milagros y había habido poca respuesta.

    César Paredes

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  • REVELACIÓN Y CONOCIMIENTO

    Dios habló de muchas formas, por lo cual tenemos ahora su palabra por escrito. La inspiración divina en los escritores bíblicos viene dada en virtud de la autoridad del cielo sobre la tierra. Todos los seres humanos hemos recibido en alguna medida la verdad de Dios, de manera que no se puede confundir la literalidad de su palabra como si por equívoco anulásemos las metáforas. Si Cristo dijo que él era la puerta, no significa que él esté hecho de algún material con el que se fabrica la entrada de un recinto. Lo que de Dios se conoce ha sido manifestado a los hombres (judíos y griegos), ya que las cosas invisibles de Él, su eterno poder y deidad, se tornan visibles desde la creación del mundo (Romanos 1:19-20).

    Si el hombre natural ha profesado ser sabio (Romanos 1:22), quiere decir que conoció algo de la sabiduría divina. Así que nadie puede alegar ignorancia respecto del Creador; ciertamente el hombre caído se hizo necio. Hay un sendero de la necedad, cuyo primer paso consiste en cambiar la gloria del Dios incorruptible para dedicarse a la idolatría (Romanos 1:23). Un acto lleva a otro, de manera que Dios entregó a la inmundicia, a la concupiscencia del corazón, a quien ha cambiado la verdad por la mentira (Romanos 1:24-25). El otro paso del camino de la necedad consiste en no tener en cuenta a Dios, en negarlo, aunque intenten sustituirlo por otro (Romanos 1:28).

    Dios nos comunicó su palabra en palabras, a través de actos lingüísticos. Creemos que la palabra de Dios es verdad, por lo tanto reveló a través de sus escritores escogidos lo que debemos conocer. Partimos de esa premisa, que Dios es verdadero y que quiso comunicarnos su voluntad. Nuestro problema consiste en querer probar ante un tercero que esa palabra es verdad, que la humanidad entera debería aceptar esa revelación traída por los escritores divinos. Aunque nuestro deber consiste en predicar dicha verdad revelada, no se puede llegar a creer en ella si no existe la revelación especial que da el Padre.

    Ese acto subjetivo (porque refiere al sujeto que llega a creer) se produce con el nuevo nacimiento. Sabemos por las Escrituras que no depende de voluntad humana el creer, sino que nacer de nuevo compete en exclusiva al Espíritu Santo. La cristiandad asume como valor absoluto el hecho de la inspiración de las Escrituras, un punto de partida en la carrera de la fe. Pero la fe también puede considerarse como un punto de partida para aceptar la inspiración de la Biblia. La inspiración de las Escrituras es un asunto de la autoridad de Dios: Toda la Escritura es inspirada por Dios, dice Pablo a Timoteo.

    Isaías nos asegura que la boca del Señor le ha hablado, y otros autores también lo aseguran: El Espíritu del Señor ha hablado (2 Samuel 23:1-2). En el libro de los Hechos encontramos la declaración de que el Señor había hablado por la boca de su siervo David (Hechos 4:25).

    El autor de Hebreos deja por sentado esa inspiración, cuando escribe: Dios, habiendo hablado hace mucho tiempo, en muchas ocasiones y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo (Hebreos 1:1-2). El acto de habla que ha dado Dios no es una idea vaga que uno tenga que adivinar, sino un mensaje único y sin contradicción. El Señor mismo infirió que si uno creía en Moisés debería por igual creer en él, por cuanto Moisés ya había hablado de él. Al contrario, el que no cree en Moisés no podrá creer en las palabras del Señor (Juan 5:46-47). De acuerdo a Juan 10:35, la Escritura no puede ser quebrantada, es decir, se mantiene firme como autoridad suprema en el mundo de la fe cristiana, si bien por medio de ella será juzgada la parte incrédula de la humanidad.

    El impío puede llegar a comprender la Biblia, pero eso no indica nada de su salvación. En cambio, el creyente debe comprender la esencia del Evangelio sin lo cual no da fe de su redención (Romanos 10:1-4). Satanás conoce la Escritura, pero no puede llegar a ser salvo; los heréticos (llamados también indoctos e inconstantes) tuercen la Escritura para su propia perdición. Si la tuercen implica que la comprenden en un sentido general, por cuya razón pueden llegar a desvirtuar su significado. El etíope leía el rollo de Isaías, pero no comprendía porque necesitaba que alguien le explicara; Felipe acudió en su auxilio, enviado por el Espíritu Santo.

    La Biblia puede ser entendida pero no por ello es forzosamente aceptada. Dios ordenó que sus apóstoles escogidos llevaran este evangelio hasta el fin del mundo; eso hicieron aquellos primeros creyentes (Juan 17:20), eso han seguido haciendo a través de los siglos los que han sido ordenados para vida eterna, como si pasasen la antorcha de mano en mano hasta alcanzar al último de los escogidos. Tenemos por tanto el deber y la encomienda de predicar este evangelio, así como existe la promesa de que Dios salvará a cada una de sus ovejas. No hará lo mismo con las cabras, las cuales apartará al final a su izquierda.

    Sabemos que la predestinación la hizo Dios, pero nosotros tenemos la exhortación de estar listos para la defensa ante cualquiera que nos demande nuestras razones sobre esta grande esperanza nuestra (1 Pedro 3:15). Si permanecemos apáticos ante este compromiso, manifestamos deslealtad a Jesucristo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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