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  • LA LUZ DEL MUNDO

    El que sigue a Jesús no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Juan 8:12). Ese postulado de Jesucristo nos indica que no puede haber un solo seguidor suyo que camine a tientas, que trastabille en cuanto a los postulados doctrinales del Señor. Esto guarda relación con otro planteamiento de Jesús, cuando aseguró que de acuerdo a los profetas nosotros seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido del Padre iríamos al Hijo (Juan 6:45). Por otro lado, también dijo Jesús que sus ovejas lo seguirían y que ya no seguirían más al extraño, porque desconocen la voz de los extraños (Juan 10:1-5). Un entramado de textos bíblicos pone de manifiesto la doctrina del Cristo, para que vivamos quieta y apaciblemente y podamos probar a los espíritus (a las personas) para saber si son de Dios.

    Muchos engañadores han salido por el mundo, por lo cual se nos impele a exponer los argumentos sólidos de la doctrina del Señor, como hicieron aquellos hermanos de la iglesia de Roma (Romanos 6:17-22). Pablo le dice por igual a Timoteo que se ocupe de la doctrina con la cual se podrá salvar a sí mismo y ayudar a salvar a otros. Jesús aseveró que enseñaba la doctrina de su Padre, de manera que se hace mucho mal si se afirma amar a Jesús con el corazón pero se ignora con el entendimiento. El conocimiento sobre el siervo justo resulta en un

    presupuesto necesario para que él justifique a muchos (Isaías 53:11). El creyente sigue a Jesucristo como una inequívoca consecuencia de su regeneración por el Espíritu Santo; sabemos que Dios mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, así como él resplandeció en nuestros corazones para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6).

    Resulta imposible que el creyente viva en tinieblas, ya que con estos postulados enunciados quien alegue ignorancia en cuanto a la doctrina de Cristo parece no haberle amanecido. En ocasiones, el Jesús de las Escrituras es totalmente diferente del Jesús de muchas religiones y de muchos predicadores. Tolerar otro evangelio presupone caminar en el anatema que se ha enunciado contra los que así hacen, por lo cual conviene examinarse a sí mismo para ver dónde se está. Hay dos semillas, la de la serpiente y la de la mujer (Génesis 3:15); esa de la mujer es Cristo, como bien lo confirma Pablo en su Carta a los Gálatas. Existen muchas formas  de que triunfe la semilla de la serpiente, una de ellas consiste en la expansión de la perniciosa doctrina de Satanás en el mundo religioso llamado cristiano. Desde esa esfera se muestra mucha confusión, por el solo hecho de entretenerse con puntos de vista doctrinales totalmente contrarios a las enseñanzas de Jesús.

    Hablar de expiación universal parece ser el tema preferido de los evangelistas, desde los templos de los días domingos hasta en los sermones de internet. Esa universalidad de la expiación hace una dupla perfecta con el mitológico libre albedrío, de manera que la criatura queda exaltada frente a su Creador. Pareciera que la promesa de la serpiente se cumpliera en apariencia, ya que la criatura llegó a ser como dios conociendo el bien y el mal. Por supuesto, el hombre caído ha preferido siempre el mal como una señal de la aparente independencia frente al Creador. Solamente al presuponer que Jesús expió a toda la raza humana, se niega el alcance de la justicia perpetua alcanzada con su trabajo en la cruz. Se niega por cuanto muchos son los que se condenan, de manera que esa expiación no fue suficiente; tal vez, dirán los defensores de la expiación universal, Dios da libertad de elección a la criatura y por eso muchos se pierden. Quiere decir que los que se salvan lo logran porque agregaron algo más a la justicia exigida por Dios, su propia decisión en su inquebrantable voluntad. Eso no es más que salvación por obras sumada a la gracia.

    Los creyentes sabemos que el trabajo de la Simiente de la mujer (Jesucristo) destruyó las obras del diablo, de manera que la esclavitud, tinieblas e ignorancia queda erradicada de todos aquellos que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz.  La historia del evangelio ha demostrado que aquella promesa de salvar a su pueblo (al pueblo de la Simiente de la mujer) se está cumpliendo a cabalidad, por lo cual entrará en el redil hasta la última oveja que sea llamada eficazmente por el buen pastor. Dios ha prometido salvar a su pueblo y por esa razón envió a su Hijo para que salvara de todos sus pecados a su pueblo (Mateo 1:21).  Solamente los herederos de la simiente de la serpiente se motivan a cambiar el evangelio de Génesis 3:15 hasta convertirlo en una promesa universal, con una expiación universal, llevando al trono la voluntad humana, muy a pesar de que es una voluntad esclava del pecado. Solamente la simiente de la serpiente participa con afán y ahínco del evangelio maldito (anatema).

    Predicar que Jesucristo hizo una salvación potencial, que está a la espera de que el hombre muerto en delitos y pecados levante su mano y decida recibirlo, implica que su expiación se hizo por nadie en particular. La actualización de la expiación quedaría en manos del hombre que odia a Dios, que busca siempre el mal, que no distingue la medicina para su alma. Decir que Dios se despoja de su soberanía por un ,bn instante, para dejar libre al ser humano por un momento, de manera que la criatura decida libremente su destino, implica afirmar que la sangre de Cristo fue ineficaz en todos aquellos que se pierden eternamente. Ese evangelio anatema se ha extendido con éxito en las filas de los que se autodenominan cristianos, pero que no lo son. Ellos han salido de nosotros, para que se demostrara que no eran de nosotros. A ellos el Señor les dirá en el día final: apartaos de mí, malditos; nunca os conocí.

    César Paredes

    retor7@ yahoo.com

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  • LENGUA VERNÁCULA

    Uno de los aportes de la Reforma Protestante fue el volver con la Biblia a la lengua vernácula, la propia de los pueblos. Su énfasis en buscar traducciones de la Biblia procuró inteligibilidad en el prospecto cristiano. Ahora cada quien podría leer la Escritura, sin que estuviera encadenada a los púlpitos romanos en una lengua que ya no era común. A pesar del uso por muchos siglos de la Vulgata Latina, el latín no fue más la lengua impuesta a los pueblos bajo la influencia romana, de manera que la Iglesia Oficial no tendría que continuar con esa costumbre. No obstante, el Concilio de Trento afianzó la idea de continuar con su latín en todo lo concerniente a sus servicios religiosos, incluyendo la poca lectura de la Vulgata.

    El latín había dejado de ser común, de allí que la común traducción del griego al latín también daban campo a nuevas traducciones. Pero la iglesia romana se aferró a su costumbre y continuó con sus mensajes en lengua extraña. Sí, como bien lo decía Pablo cuando escribía a los Corintios: las cosas inanimadas que producen sonidos, si no tienen distinción de voces, si aún la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla? Por la lengua hemos de dar palabra bien comprensible, para que se entienda lo que decimos. De lo contrario hablaríamos al aire (1 Corintios 14:7-9).

    Cuando se ignora el valor (sentido) de las palabras, se actuará como extranjero para el que habla, y el que habla será extranjero para el que escucha (1 Corintios 14:11). En realidad, eso estuvo sucediendo por siglos en la Iglesia Romana Oficial, y continuó por mucho tiempo después antes de que se anunciase la Escritura en lengua vernácula (la propia de cada pueblo), apenas hasta poco después del Concilio Vaticano Segundo (1965). Es la misma analogía para los que hablan en lenguas, un don que ya pasó porque aconteció dentro del grupo de dones especiales que autenticaban al mensajero de parte de Dios. Ya eso cesó, pero existen miles de personas que persisten en ese hábito que nada aprovecha pero que sí daña por su sentido esotérico. Dios no es Dios de confusión, sino de paz.

    ¿Acaso ya no llegó lo completo? Eso que es completo se llama La Escritura, así que ya no conocemos en parte sino en forma completa. No necesitamos más revelaciones, más bien se ha escrito que el que le añade o le quite a lo que ya fue revelado por Dios está en franca oposición a su palabra. Por lo tanto recibirá las plagas descritas en el libro sagrado. Hoy día hay quienes todavía añoran el latín por sonarle en forma más mística, sea que lo entiendan o les suene como címbalo que retiñe.

    Cuán importante resulta conocer el mensaje del Evangelio, depurado de su misticismo. Ese mensaje apela a la racionalidad del oyente, a su espíritu, para que discierna la palabra enviada. En algunas personas será una palabra para muerte, en otras una palabra para vida, pero en ambos casos nosotros como mensajeros de Dios somos grato olor de Cristo. En los que se salvan y en los que se pierden, el olor de Cristo se refleja en nosotros: olor de muerte para muerte, pero también olor de vida para vida. Por lo tanto, no falsificamos la palabra de Dios, como para mantener zombies vivientes, sino que a lo malo llamamos malo y a lo bueno bueno.

    El olor del conocimiento del Señor, de su palabra, se manifiesta en sus ministros del Evangelio. Al tener el regalo de la gracia, el Espíritu de Dios en nosotros, un olor distinto al nuestro emana de nosotros mismos; es el olor de Cristo. Para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan y en los que se pierden, un olor de vida y un olor de muerte, pero gratos ambos para el Dios Omnipotente. ¿Porqué ambos olores son gratos para Dios? Porque en su soberanía ha decretado quiénes mueren y quiénes viven eternamente, como amó a Jacob y odió a Esaú (Romanos 9:11-13; 2 Corintios 2:15-17). Los que somos salvos fuimos escogidos por Dios para salvación, desde antes de la fundación del mundo, por lo cual Cristo murió por nosotros para darnos vida eterna. De esta manera el Espíritu Santo al regenerarnos entró en nosotros como garantía de la redención final.

    En los que perecen en sus pecados somos grato olor de Cristo; la razón estriba en que ellos desprecian el anuncio del evangelio, se burlan y causan tropiezos a muchos para que no escuchen el evangelio de la paz. Sin embargo, esto no acontece por azar sino como ya lo dijera Pedro: han sido ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Esta doctrina no se predica a grande voz, antes muchos la niegan, como desdiciendo de la justicia de Dios. Se ha creado a un Dios a imagen y semejanza del hombre, que no inculpa del todo a los hombres, sino que está dispuesto a salvar a todos si tan solo aceptaran su oferta. Ese Dios luce más benevolente que el Soberano Despotes del Nuevo Testamento, el que envió a su Hijo a salvar a su pueblo (Mateo 1:21).

    ¿Por qué, pues, inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Por tal razón muchos quisieran oír el evangelio en latín, en lengua extraña, para no comprender sus palabras sino para distinguir su sonido como un vaho místico. Sus oídos no están dispuestos a escuchar con crudeza que Dios odia a unos y ama a otros; no, eso les suena blasfemo y hablan de una predestinación prevista en el túnel del tiempo.

    Según esas teorías arbitrarias y espurias, Dios averiguó quién habría de creer y quién no, de allí surgió la predestinación. Pero uno sigue preguntándose si ese Dios es más justo que el descrito por la Biblia, ya que de todas maneras dejó nacer a aquellos que no iban a creer y que habrá de condenar. El problema de la justicia de Dios no se resuelve con sofismas, simplemente la Escritura aparece como la revelación del Altísimo para que su pueblo escogido lo comprenda a Él. Así está en las Escrituras, no se necesitan concilios religiosos para reinterpretar lo dicho por sus profetas, para darle un matiz más humanista y que el olor de muerte no le sea grato a Dios.

    Nos alegramos porque el Evangelio sigue siendo la promesa de salvar al pueblo de Dios, a través de todas las bendiciones de la salvación y la regeneración, con la garantía del Espíritu Santo hasta la final gloria. La condición única de ese evangelio es la sangre expiatoria de Jesucristo, su justicia alcanzada en la cruz, su trabajo en el madero donde representó a cada uno de los que conformamos su pueblo. Ese pueblo fue reconocido en la oración hecha en el Getsemaní, redactada en Juan 17. La claridad del evangelio lo hace inteligible para sus beneficiarios, los que no lo comprenden del todo tienen el entendimiento entenebrecido, ya que en los que se pierden está oculto ese evangelio.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA SANGRE DEL CORDERO

    En el viejo Egipto, cuando los israelitas estaban en esclavitud, vino un gran castigo de parte de Jehová. Dios había comisionado a Moisés para convertirse en el libertador de su pueblo, bajo el mandato de solicitarle al Faraón la liberación de Israel. Sin embargo, hubo un detalle que debemos considerar por siempre: Dios endurecería el corazón del Faraón para glorificarse en él en toda la tierra. Es decir, el mandato divino no se obedecería por causa de la decisión divina de endurecimiento al mandatario egipcio, para cumplir un propósito oculto. Oculto ante los egipcios pero no ante Moisés, ya que el Señor le había informado cómo sucedería todo ese evento.

    Al final de las plagas, justo antes del asesinato de los primogénitos, con la sangre de los corderos inmolados serían untados los dinteles y postes de las casas. De esta manera, cuando Jehová pasare hiriendo a los egipcios pasaría por alto las casas untadas con aquella sangre. Ese era el inicio de la Pascua, el hecho de que Dios pasara por alto la transgresión de aquellos a quienes esa sangre cubría. De allí en adelante se instituyó ese rito para el pueblo de Dios, al punto en que hoy día conmemoramos la muerte de Cristo como el Cordero Pascual que pagó todas nuestras transgresiones.

    Aquella sangre de los corderos tipificaba la sangre de Jesucristo. No todas las casas tenían en sus dinteles y postes esa sangre, por lo que no a todos les fue suspendido el castigo. El trabajo de los israelitas no se computaba como pago de exoneración, sino solo la sangre como símbolo de advertencia. La sangre sola era suficiente para que Jehová perdonara aquellas casas; lo mismo acontece hoy día, la sangre de Cristo es suficiente para el perdón de pecados. Con esto dicho debemos apuntar que si Jesucristo hubiese derramado su sangre por todo el mundo, sin excepción, todo ese mundo sería salvado, sin excepción. Pero el Cordero de Dios vino a morir por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), no por los cabritos que mandará al infierno de fuego.

    Hay gente que supone que Jesús murió por todo el mundo, pero que cada quien tiene la libertad de decidir si aplica esa sangre en su vida. Eso no tiene fundamento bíblico, más bien contradice a las Escrituras. Por ejemplo, Jesús no derramó su sangre por Judas Iscariote, de quien dijo que era hijo de perdición. Tampoco lo hizo por los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda (2 Timoteo 3:1-9; 2 Pedro 2:3). ¿Y qué pasaría con aquellos por quienes supuestamente Jesús murió, pero que jamás oyeron del evangelio? ¿Será mejor no oír el evangelio para ser salvo por la sangre derramada en la cruz? Eso no tiene sustento bíblico, sino solamente forma parte de la falacia de la expiación universal por obra de decisión individual.

    Isaías nos lo dice claramente: Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53:11). Jesús quedó satisfecho con el fruto de su trabajo, porque no apuntó a más como para quedar fracasado; además, su propósito siempre fue salvar a muchos pero no a todos. Como bien dijo: Muchos serán los llamados (por el evangelio anunciado) pero poco los escogidos (por el Padre, desde la eternidad): Mateo 20:16. El trabajo de Jesús, como el Cordero de Dios, hizo que muchos fuesen justificados por la fe. No lo hizo en forma potencial sino actual, no lo dejó a consentimiento de los muertos en delitos y pecados sino que lo consintió él mismo, llamándonos de muerte a vida. Solamente aquellos a quienes el Padre envía hacia el Hijo serán salvados, ya que no todos pueden ir a Cristo sino solamente los enviados del Padre (Juan 6: 37; 44; 65).

    La Escritura enseña que no nos ha puesto Dios para ira sino para alcanzar su gracia perpetua; si ya fuimos justificados por su sangre, por él seremos salvos de la ira (Romanos 5:9). Los beneficiarios de la sangre del Cordero de Dios fuimos reconciliados con Él, de manera que el Espíritu nos da vida y así lo hará con los que todavía no han sido llamados eficazmente. Pero esto sucederá solamente con los elegidos del Padre desde la eternidad, desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1: 4 y11). Cristo se entregó por nuestros pecados, para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre (Gálatas 1:4). Esto es una manifestación de la buena voluntad del Padre, de la gracia y el amor de Cristo: fue el Hijo el entregado en ofrenda para rescate de muchos (de todo su pueblo). Así como Abraham intentó dar a Isaac en sacrificio, bajo la orden de Dios, en una prefiguración de lo que haría el Padre con el Hijo, ahora vemos consumada la promesa que constituye la esencia del evangelio.

    Adán cayó junto a Eva, pero el Dios Eterno sacrificó animales para cubrir con sus pieles la desnudez del pecado humano. Después se anunció la enemistad entre las dos simientes: la de Satanás y la de Dios (Génesis 3:15). Asimismo existe una enemistad entre la serpiente antigua y la iglesia de Cristo, en una guerra sin límite. Pero somos salvos de la ira de Dios gracias a la sangre del Cordero sin mancha. A Abraham le fue hecha la promesa, y a su simiente; esa simiente es Cristo (Gálatas 3:16). Es decir, la enemistad entre Satanás y Jesucristo continúa, pero ya la serpiente tiene su herida en la cabeza.

    La Simiente de la mujer, Jesucristo, hirió la cabeza de la serpiente antigua, destruyéndola junto a sus principados. El pueblo del Señor obtuvo el beneficio de su sangre en la cruz, habiendo Jesús tomado nuestro castigo para darnos a cambio su justicia. Y esa es nuestra victoria sobre Satanás, para que vivamos quieta y reposadamente, alejados del mundo y caminando hacia el reino de los cielos. Gracias a esa sangre del Cordero podemos decir juntamente con Pablo: ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo (1 Corintios 15: 55-57).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • NOTAS DE APOSTASÍA

    Si la oveja que sigue al buen pastor no se va jamás tras el extraño, en razón de que desconoce la voz de los extraños, ¿cómo puede un creyente apostatar de la fe? Jesús afirmó que nadie podía arrebatar a una de sus ovejas de sus manos, ni de las manos de su Padre; entonces, ¿será que la oveja se escapa por su cuenta? Esto les encanta a los de la expiación universal, acostumbrados a apostar por su propia firmeza, a mirar en sus buenas obras de perseverancia, muy a pesar de que no conozcan lo que significa la justicia de Dios. Para ellos, la justicia de Dios es simplemente pasar juicio contra los enemigos, pero ellos mismos se tienen en ocasiones como enemistados con Dios.

    Jesús es veraz, la palabra de Dios no miente; Dios no es hombre para que mienta ni hijo de hombre para que se arrepienta. Si Él dijo algo, lo hará; si habló, ejecutará aquello que afirmó. Por lo tanto, la apostasía tiene que ver con los que profesan ser cristianos y no lo son; así lo afirmó el apóstol Juan: Salieron de nosotros pero no eran de nosotros. La cultura cristiana se ha extendido a lo largo de la tierra, por lo cual resulta lógico mirar las noticias de múltiples apóstatas en distintos sitios del planeta. Pertenecen a una ideología religiosa (cultura cristiana, en este caso), pero nunca han nacido de nuevo. El que ha sido regenerado por el Espíritu Santo no puede apostatar de la fe, por cuanto el Espíritu vive en él y lo guarda hasta la redención final.

    En resumen, estamos en las manos del Hijo, en las del Padre y custodiados y habitados por el Espíritu Santo. La oveja no desea apartarse del redil donde está el buen pastor; puede ser que el pecado aceche para sorprender al que no tiene cautela, pero de acuerdo a lo relatado en Romanos 7 sabemos que Jesucristo dará la victoria. Hay gente de la cultura cristiana que es asesinada por causa de su religión, pero eso no los hace mártires del Señor, simplemente han sido víctimas por partida doble: de sus asesinos y de sus maestros de mentiras.

    Jesús lo aseguró, diciéndonos que los fariseos recorrían la tierra en busca de un prosélito (alguien a quien convencían y lo convertían en discípulo de sus normas y creencias). Por más que aprendían la ley de Moisés y guardaban muchos de sus mandamientos eran hechos doblemente merecedores del infierno de fuego. ¿Por qué doblemente? Porque primero que nada estaban perdidos fuera de los mandatos de la ley de Moisés, pero en segundo lugar porque cuando conocían la ley de Moisés lo hacían a través de los falsos maestros que habían abandonado el espíritu de la ley y se aferraban a la letra. Si sus maestros eran unos apóstatas de la ley de Moisés, cuánto más sus discípulos debían de ser culpables por haber aprendido a honrar la mentira como doctrina.

    Pablo expuso claramente en su Carta a los Romanos, en el Capítulo 10, el error de los que manifestaban un gran celo por el Dios de la Biblia, pero que no tenían conocimiento alguno acerca del significado de la justicia de Dios. Les dijo que estaban perdidos, no les doró la píldora como para que no se ofendieran y se retiraran de su influencia; simplemente les llamó ignorantes en forma abierta. Isaías nos lo advirtió mucho antes: Por el conocimiento del siervo justo (Jesucristo) éste justificará a muchos (Isaías 53:11). Jesús vino para convertirse en la justicia del Padre, en relación a todo su pueblo, al cual liberaría de sus pecados (Mateo 1:21). Ezequiel advierte contra los habladores de vanidad, los que engañan al pueblo y dicen paz cuando no la hay. Por lo tanto, Dios enviará destrucción para que desbaraten sus argumentos (Ezequiel 13:10-14).

    Todo aquel que busca la salvación como un fruto propio de sus obras lleva fruto de muerte (Romanos 7:5). Sin embargo, el que cree en Jesucristo -sin buscar añadir su propia justicia- tiene vida eterna, ya que por medio del Señor se anuncia el perdón de pecados. Por medio de la ley de Moisés nadie pudo ser justificado, pero a través de Jesucristo como justicia de Dios alcanzamos su misericordia y perdón. Aquellas personas del Antiguo Testamento que aguardaban la manifestación del Cordero de Dios anunciado, los que ofrecían sacrificio como un tipo de lo que vendría, adoraban con rectitud al Todopoderoso.

    No descansamos en nuestro propio poder, ya que no lo tenemos; sin embargo, lo que resulta imposible para los hombres es posible para Dios. Dios fue quien mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6). Para nosotros el evangelio no está escondido, ni Satanás pudo mantener sus tinieblas sobre nuestro entendimiento. La tierra sería una masa oscura si el sol no estuviera como su luminaria; de la misma manera, Dios ha hecho que en su pueblo alumbre el evangelio de Cristo, para que veamos la tenebrosidad del pecado, para que valoremos el tesoro de las palabras del Señor.

    Gracias a la luz del evangelio de Cristo podemos disipar las tinieblas de los que argumentan con falacias. Son estos los que se ufanan en decir que ellos constituyen la prueba de que se puede militar en una falsa doctrina y ser salvo al mismo tiempo. No logran discernir la frontera entre andar extraviado de la verdad y estar en la verdad; para ellos el tiempo que pasaron en la mentira debe computarse como tiempo invertido en la verdad. Están en una falacia de petición de principio, alegando que su conversión constituye la prueba de sus argumentos.

    Pero no se han convertido hacia la verdad sino que apenas han participado de un simulacro de la verdad. Sostienen que el tiempo perdido no lo fue del todo por cuanto supuestamente ahora han llegado a la verdad. El apóstol Pablo estimó como pérdida todo su tiempo alejado de Cristo, pero estos incrédulos de hoy aseguran que como ahora dicen creer el tiempo de su incredulidad debe tenerse como la prueba de que Dios ama al que esté en la incredulidad.

    Ese argumento tautológico desdice de su validez, pero los que se hechizan por lo rimbombante de sus palabras demuestran que son ciegos que siguen ciegos. Nadie podrá alegar estar en la verdad por el hecho de que Dios lo haya usado para beneficio de la verdad. Ejemplo tenemos en el Faraón de Egipto, quien estando en la mentira ha sido ampliamente usado por Dios para anunciar su nombre por toda la tierra. Lo mismo se puede decir de Judas, quien siendo hijo de perdición fue usado por Dios para cumplir a cabalidad su plan con el sacrificio de su Hijo. De esta forma el error doctrinal puede ser usado para la gloria de Dios, al condenarse el argumento erróneo, al resaltar por contraste la verdad, pero nunca se podrá exonerar de culpa a quien trabaja con la mentira o con el engaño doctrinal. El Anticristo será puesto por Dios, pero eso no implica que el creyente deba adorarlo o aupar su nombre.

    La Biblia dice que el pueblo de Dios lo será de buena voluntad en el día de su poder. Por lo tanto tenemos buena voluntad para la doctrina de Cristo, ya que fuimos alcanzados en el día del poder de Dios. Fue por el poder de Dios que llegamos a creer, cuando habiendo sido enseñados por Dios logramos aprender para ser enviados a Cristo (Juan 6:45). Nadie podrá alegar su propio error doctrinal para señalar que a pesar de vivir en la mentira del otro evangelio, del evangelio de maldición, ha llegado a ser salvo. Cuando Dios nos saca del falso evangelio no nos deja ir tras sus falsos maestros (Juan 10: 1-5).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL EVANGELIO NO AVERGÜENZA

    Pablo afirmó que no se avergonzaba del evangelio, porque era el poder de Dios para salvación (Romanos 1:16-17). La razón la expone al continuar con el argumento de que en el evangelio se revela la justicia de Dios. ¿Cuál es esa justicia de Dios? Sin duda es Jesucristo, nuestra pascua (Romanos 3:21-22; 1 Corintios 5:7). Nuestro Dios es justo y justifica al impío, en virtud de que Jesucristo fue declarado la justicia de Dios. Habiendo él pagado por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), garantiza una entrada feliz al reino del Padre. ¿Quiénes pueden ir allí?

    Todos los justificados por la fe de Cristo, todos aquellos que representó en la cruz; Jesús no derramó en vano su sangre, no hizo expiación por los pecados de Judas, ni del Faraón ni de ningún otro réprobo en cuanto a fe. Él solamente expió todos los pecados de aquellos que conforman su pueblo, de los que se ha escrito que tienen sus nombres en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8).

    El trabajo propiciatorio de Jesucristo, ya preparado como Cordero desde antes de la fundación del mundo -1 Pedro 1:20, mediante el cual los pecados de su pueblo le fueron imputados a él, nos dio la justicia gratuita del Hijo de Dios. Nosotros somos la justicia de Dios en Cristo, de acuerdo al mensaje del evangelio. Esa es la buena noticia de salvación, basada en la imputación de la justicia de Dios hacia nosotros, así como en la propiciación por todos nuestros pecados. Los que no creen el evangelio están perdidos, ya que no han conocido la justicia de Dios (Marcos 16:16; Romanos 10:3).

    Estamos hablando de un Dios perfecto, por lo tanto el trabajo de Jesucristo demanda y asegura la salvación de todos los que él representó en el madero. Nuestra salvación no reposa en nosotros, como si Dios hubiese visto algo bueno en los escogidos; no sirve de nada alegar que nuestra decisión hizo la diferencia entre un perdido y un rescatado. La Biblia nos define que estuvimos muertos -en delitos y pecados- como todos los demás que no han creído. Entonces, habiendo estado muertos no pudimos acercarnos a Él, no pudimos ni desear la medicina del evangelio. Simplemente tuvo que regenerarnos primero, para poder recibir todo lo concerniente a la salvación.

    Por supuesto, esta predicación de la palabra, esta exposición de argumentos bíblicos, conduce a prevenir a las ovejas, a todos aquellos que serán llamados oportunamente para que se unan a la iglesia del Señor. Como dicen también las Escrituras: Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). El evangelio bíblico no contempla decirle a la gente que Dios amó de tal manera a todo el mundo, sin excepción, que Jesús el Cristo murió por todo el mundo, sin excepción; ni que aunque usted ande muerto en delitos y pecados todavía puede decidir su futuro.

    El falso evangelio descansa en la supuesta garantía de la voluntad del muerto espiritualmente, por lo cual afirma que Cristo murió por todos e hizo posible la salvación para todos. Ahora le toca a cada quien decidir su eternidad. Si eso fuera cierto, ¿qué pasaría con todos aquellos que mueren sin conocer el evangelio y sin saber que ese Cristo supuestamente murió por ellos? ¿Murió Jesucristo por Judas Iscariote? ¿Ha tratado de salvar a algunos de los cabritos? (Juan 10:26). La soberbia humana, heredada de Adán y adquirida de parte de la serpiente, hace que los seres humanos se aferren al concepto del libre albedrío. La humanidad perdida supone que sin ese libre albedrío la justicia de Dios sería imperfecta, por lo cual Dios debe sentirse satisfecho al darle la potestad de elegir al ser humano.

    La doctrina de la predestinación y de la elección incondicional molesta en grado sumo a las cabras. Por igual a las ovejas que caminan descarriadas y que todavía no han sido llamadas por el buen pastor. Pero una vez que la oveja ha sido llamada eficazmente jamás se irá tras el maestro extraño o tras la doctrina de mentiras (Juan 10:1-5). La oveja rescatada sabe que no fue su trabajo lo que la atrajo al redil, sino los lazos de amor con que fue amarrada. Ese es el gran amor de Dios para con su pueblo elegido desde la eternidad, de acuerdo a Su propio propósito, a su buena disposición.

    No puede Esaú recibir tal amor que no le fue dado. Entonces, me dirás: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? ¿Habrá injusticia en Dios, el cual reclama de Esaú lo que éste nunca tuvo? ¿No hubiese sido Dios más justo si su Hijo hubiese muerto por todos, sin excepción? De paso, esa muerte del Mesías debería reclamar por igual a los muertos del tiempo pasado, como aquellos que se los llevó el diluvio. Deberíamos pensar en el arca de Noé, si ese patriarca estuvo anunciando lluvia cuando no la conocían, ¿por qué hizo un arca de esas dimensiones específicas? ¿Es que en ese barco hubiese cabido la humanidad entera, si hubiese aceptado la advertencia?

    La gente puede conocer mucha Biblia, puede predicar en gran medida sobre ella, pero si llega a desconocer lo que es el evangelio (la justicia de Dios que es Cristo) está perdida. Está tan perdida como aquella gente a la que Pablo le dijo en Romanos 10 1-4 que su celo por Dios no servía de nada. La ignorancia de esa justicia de Dios convierte en inutilidad el celo religioso que se tenga por Él. Una oveja perdida vendrá al redil cuanto el evangelio de verdad le haya sido predicado; el que no venga al redil de las ovejas cuando se le haya predicado ese evangelio, da prueba de que ignora la justicia de Dios.

    Son muchos los que creen en otro Dios, en otro Cristo, en otro evangelio. Pablo dijo que maldito sería el que predica otro evangelio, que esa maldición corre por igual en el que lo sigue. Jesús habló de los ciegos guías de ciegos, de aquellos que siguen a los equivocados y se convierten en doblemente merecedores del infierno de fuego. Una persona regenerada no puede seguir creyendo la mentira de la expiación universal, ya que la Biblia es clara en que la expiación por los pecados del pueblo de Dios es una doctrina esencial (Juan 6, por ejemplo). El verdadero creyente no habla paz cuando no la hay, no se va jamás tras el extraño porque desconoce la voz de los extraños. Son los maestros de mentiras los que se hacen seguir por innumerables cabras, o por ovejas que todavía no han sido llamadas con llamamiento eficaz. En este último caso, esa oveja abandonará el local de las cabras cuando le llegue el momento de ser rescatada (Hechos 13:48; Hechos 2:47; 2 Juan 1:9-11).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LAS OVEJAS DEL SEÑOR

    Cuando uno anuncia el Evangelio de Cristo, intenta hacer el trabajo encomendado: ir a las ovejas, ya que sin la condición de ovino espiritual nadie podrá ser llamado al redil. Esa condición no se adquiere en esta vida, empero viene con nosotros como una cualidad dada por el Padre. Jesús lo manifestó en Juan 10:26-27: Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen… Para creer se hace necesario el ser oveja. Jesús también señaló a los cabritos, los que pondrá a su izquierda en el día final y los enviará a la condenación perpetua.

    Esas palabras del Redentor tocan el ámbito de la predestinación, de la elección incondicional del Padre. Como dijera Pablo en Efesios, fuimos predestinados desde antes de la fundación del mundo. Por igual están ligados esos términos al hecho de que solamente el Padre envía su gente a Jesucristo, para que jamás sean echados fuera. Se deduce que aquellos que no son enviados jamás por el Padre al Hijo nunca seguirán al buen pastor, nunca han sido ovejas.

    El mandato del Señor fue sólido, indicándonos que urge ir por todo el mundo para predicar su Evangelio. El que creyere tendrá la vida eterna, el que no creyere ya ha sido condenado. La condición de haber sido predestinado está exhibida a lo largo de la Escritura, pero el anuncio del Evangelio se hace imperativo. Sin anuncio no hay conocimiento, sin conocimiento del Siervo Justo no habrá justificación (Isaías 53:11). Digamos que la predicación del Evangelio aparece como el medio idóneo y exclusivo para llegar a creer en el Señor, por lo que no será en vano el que lo anunciemos. La condición para alcanzar ese medio en forma eficaz es que seamos ovejas de su prado, asunto que no sabemos antes de llegar a creer. Entendemos que aquel que predestinó el fin hizo lo mismo con los medios.

    No hay salvación automática, espontánea, libre de los mecanismos implantados para ella. El reloj tiene por función el dar la hora, pero para ello necesita de un mecanismo preciso que lo eche a andar. Fines y medios son dados por el Creador de todo cuanto existe, sin que se nieguen unos a otros. Hay ovejas encontradas y existen todavía las que están perdidas. A estas últimas Jesús va a su encuentro, como en la parábola que se narra respecto al buen pastor fue a encontrar la oveja perdida. Jesús es el buen pastor que dio su vida por las ovejas (Juan 10:11). La vida de Jesús no se dio vanamente, sino que se dijo que vería fruto y que él quedaría satisfecho (Isaías 53). Sí, del trabajo de su alma el siervo justo quedaría complacido.

    El Padre que le da las ovejas al Hijo es mayor que todos, por lo que nadie podrá arrebatar de su mano ni una sola de ellas. Jesús ya acababa de decir que nadie podía arrebatarlas tampoco de sus propias manos (Juan 10: 28-29). Una certeza imposible de destruir, ya que si Dios se propuso algo nadie podrá cambiarle su decisión. Nuestro Dios está en los cielos, todo cuanto quiso ha hecho (Salmos 115:3). Existe el llamamiento eficaz que hace Cristo, como bien se pudo observar de la descripción que los evangelios hacen respecto a quienes llamaba como discípulos. Ninguno se resistió como para impedir la eficacia del llamado; de la misma forma ahora lo hace por medio de la palabra de sus siervos.

    Ah, pero no todo el que le dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos. Solamente aquellos que hacen la voluntad del Padre. Esa voluntad resulta imposible para los hombres sin Cristo, pero con el Hijo todo es posible. El que ha sido redimido no podrá negar jamás la soberanía absoluta de Dios en materia de elección y redención, pero los que no han sido alcanzados por su gracia viven bajo la potestad del príncipe de las tinieblas, los cuales murmuran contra la elección incondicional. Ellos siempre ven que algo bueno tiene que ver Dios en los que redime, pensando que no todo está perdido en el ser humano. Viven como si el hombre no hubiese muerto en delitos y pecados, como si apenas estuvieran enfermos del alma.

    Las personas que hemos recibido el Espíritu Santo para que habite en nosotros como garantía de nuestra redención final, no seguiremos jamás al falso Cristo. Como ovejas que seguimos al buen pastor no podemos irnos jamás tras el extraño (Juan 10:1-5); huiremos del maestro extraño, del que enseña mentiras teológicas, de los que contravienen la doctrina de Cristo. La perseverancia nos está garantizada, por más que caigamos en pecados en nuestra batalla contra la carne (Romanos 7). Hay almas huecas, vacías del Espíritu de Dios, que se entregan a las herejías y siguen el error de los falsos maestros. Estos impíos no disciernen el error ni sus límites, no distinguen dónde comienza el evangelio. La bondad la cambian por maldad, a lo bueno dicen malo y al contrario: llaman malo a lo que por naturaleza es bueno. De esta forma tuercen las Escrituras y se oponen a la doctrina de Cristo, aunque dicen amarlo con todo su corazón, pero andan divorciados intelectualmente de sus enseñanzas.

    El creyente ha sido puesto en el mundo para destruir naciones y reinos, con la palabra de Dios. Esto no quiere decir que vamos con armas carnales, sino con las del Espíritu de Dios; destruimos argumentos que están opuestos a la palabra revelada, para edificar y plantar los nuevos templos de Dios: en espíritu y en verdad. Esos templos son los nuevos creyentes, las ovejas que estando perdidas son encontradas por las palabras que anunciamos. Los que anunciamos el Evangelio de Cristo hacemos como hizo Moisés: rechazamos ser llamados por títulos ostentosos (hijo de la hija del Faraón), para escoger sufrir aflicción al lado del pueblo de Dios. Nos retiramos de los placeres del pecado, dando preferencia al reproche de Cristo, antes que entregarnos a las grandes riquezas del mundo (de Egipto).

    Nuestro vivir es Cristo, el morir es ganancia, pero deseamos todavía seguir en este lado por causa de los hermanos, los herederos de la promesa admirable. El Señor viene para recompensar a los suyos, para dar castigo a los que destruyen la tierra. Nuestro Dios de amor también es fuego consumidor, por lo cual se escribió que horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo. Dios nos recompensa con honra, gloria e inmortalidad: la vida eterna (Romanos 2:7).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • CONTENDER POR LA FE

    Somos llamados a contender por la fe, de la manera como Cristo vino a este mundo. ¿Qué significa todo este planteamiento? Bien, Jesucristo no vino a imponer una cultura cristiana, puesto que dijo que su reino no pertenecía a este mundo. El creyente a través de la historia ha visto cómo ésta cambia, pero el profesar el cristianismo puede conducir a la idea del fenómeno cultural. Por supuesto que la doctrina cristiana en general importa un cambio social a la larga, ya que la sumatoria de los creyentes (al menos en forma externa) impacta como una piedra en un lago para producir una onda expansiva.

    He allí el problema central, quedarnos enamorados de nuestro propio rostro reflejado en el agua. Nuestra contención debe dirigirse a la fe; en todo momento nuestro asidero se fija en la doctrina de Cristo. Es de tal importancia que Juan aseveró que quien no vive en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo. Es más, añadió que quien le dice bienvenido a quien no porta esa doctrina participa de las malas obras. La contención por la fe no presupone una batalla carnal, con gritos o insultos; ella permite examinar nuestros argumentos que tejen el soporte de nuestro sistema de creencias.

    ¿Creemos en un Dios Todopoderoso? En realidad ese punto de partida ayuda mucho, ya que al comprender que por el mandato de su palabra el universo fue constituido estamos dando un voto de confianza a la Escritura. A partir de esta premisa tenemos que seguir colocando interrogantes: ¿A qué vino Jesús a este mundo? Su tema central lo señala la Biblia: Vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). No vino Jesús a dar lecciones de moral, de buena conducta o de ética laboral. Tampoco vino para hacer milagros y que fuera admirado por los que se impactaron con sus prodigios y señales. Claro que hizo todo eso, así como dio sermones importantes, pero Jesús tuvo un propósito muy diferente a esas cosas que hizo: justificar a muchos (Isaías 53:11).

    Los viejos fariseos se aferraron a las obras de la ley, bajo la pretensión de salvarse por medio de ellas. Pensaron que la formalidad de la norma contenía en sí misma la redención del alma; sus vidas giraban en torno a las ceremonias y al celo por el cumplimiento de las reglas que crecían con los siglos. Claro, detrás de ese cometido subyacía la idea del libre albedrío, bajo la égida de la cultura del hacer y no hacer.

    Con la venida de Jesucristo Israel sufrió endurecimiento en parte, quedando a un lado del camino. No nos jactamos contra los integrantes de ese pueblo, simplemente comprendemos su papel en la historia de la fe. Fueron los encargados de custodiar el libro, la revelación escrita de Jehová. Pero su apego a lo externo los dejó por fuera de lo interno: se convirtieron en culturales antes que en hombres de fe. Muy contrario a Abraham, de quien se ha dicho que es el padre de la fe, el que le creyó a Dios y su fe le fue contada por justicia.

    Precisamente, nuestra fe en Jesucristo nos hace partícipes de la justicia de Dios. Nadie pudo cumplir la ley a cabalidad, por lo cual los que lo intentaron cayeron bajo la maldición de la ley. De allí que la ley no salvó a nadie, pero se convirtió en el Ayo o Mayordomo que nos condujo a Cristo. Por la ley descubrimos la crueldad del pecado, por ella comprendemos que somos impotentes para poder redimirnos. En cambio, la fe en Cristo nos enseña que él se convirtió en la justicia de Dios. Isaías dijo que el siervo justo vería el fruto de su trabajo y quedaría satisfecho.

    Pero la cultura cristiana contiene muchas ideologías derivadas de la interpretación teológica. Una de ellas viene como continuación del viejo fariseísmo, de la antigua conversación entre la serpiente y nuestros padres humanos. El hecho de pretender ser independientes del Creador para llegar a ser como él (y seréis como Dios). Instalado el cristianismo como cultura, el concepto del libre albedrío ha cobijado a miles y millones de seguidores de la religión cristiana. Ha habido teólogos que desarrollaron puntos de vista repetitivos siglos tras siglos, para básicamente sostener que la justicia de Dios se muestra más segura y cierta si se considera al ser humano libre e independiente del Creador. Por ejemplo, Pelagio, un monje que vivió entre el siglo cuarto y quinto, escribió que nosotros no hacemos maldades en virtud de nuestra naturaleza, sino en virtud de nuestra libertad. Por lo tanto, somos capaces de hacer bien o mal gracias a esa libertad que poseemos, no por fuerza de alguna naturaleza que nos impele a las acciones buenas o malas. Además, existe gran mérito en hacer el bien bajo el parámetro de nuestra libertad porque no existe atadura que nos fuerce a ello. Esa sería la razón por la cual Dios dejó delante de la humanidad la vida y la muerte, para que cada quien decida.

    Con el pasar de los años muchos teólogos siguen ese camino trazado y discuten sobre el libre albedrío humano. Toman textos fuera de contexto, no saben qué hacer con los pasajes que hablan de la soberanía absoluta de Dios. Por ejemplo, el texto de Romanos 9:11 lo dejan a la interpretación privada, diciéndonos que Dios salvó a Jacob por cuanto es imposible que cualquiera pueda salvarse, pero que no tuvo nada que ver con Esaú, ya que por principio todos estaríamos condenados. Sin embargo, la Escritura enseña que la voluntad de Dios privó sobre el destino de ambos seres; la Biblia grita a voces que Dios hizo al malo para el día malo, que Él es quien da la vida y la muerte, el que hace el bien y crea el mal. Sus profetas exclaman por doquier el sentido de las palabras de Jeremías: ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo bueno y lo malo? Amós declara lo siguiente: ¿Habrá acontecido algo malo en la ciudad, lo cual Jehová no haya hecho (Amós 3:6).

    Es de hacer notar que cuando Dios coloca la vida y la muerte delante de nosotros y nos dice que escojamos la vida, eso aparece como un mandato general para un pueblo particular. La ley de Jehová aparece para que conozcamos su rasero ejecutor, su altitud inalcanzable, para que pudiésemos esperar al Mesías prometido. Venido Cristo llegó el fin de la ley (Romanos 10), pero nunca se escribieron aquellas palabras como para darnos a entender que nosotros tenemos libertad plena para decidir nuestros destinos. Si así fuera, seríamos independientes del Creador, totalmente autónomos y no estaríamos sujetos a ningún juicio de rendición de cuentas.

    Tomás de Aquino, del siglo 13, escribió en su Suma Teológica que el hombre posee libre albedrío, ya que de lo contrario no hubiese tenido sentido el que se le prohibiera, exhortara, recompensara o mandara a hacer ciertas cosas. Esa idea perdura en el tiempo, por lo que el Concilio de Trento (el de la Contrarreforma) dice en uno de sus cánones: Maldito aquel que niega el libre albedrío. Por lo claro comprendemos que esa es la teología de la Iglesia Católica, de donde vino Jacobo Arminio como un infiltrado en las filas de los reformados. Su teología permeó la congregación reformada incipiente y la contaminó con la hierba venenosa que muchos han bebido durante demasiados años. Por doquier la iglesia protestante se declara arminiana en su teología, en especial la Metodista y por lo general la pentecostal. También esa mala hierba se ha extendido a otras regiones teológicas, intoxicando a los que se ocupan más de la cultura que de la fe.

    Los grandes teólogos giran en torno a la misma interrogante: ¿cuál es el punto de exhortar a la gente si no tiene el poder de decisión? Si se les dice que la vida está a la diestra y la muerte a siniestra, ¿no se supone que tienen el poder de escoger? Esas advertencias no serían necesarias si no hubiese liberad de decisión, aseguran, ¿cómo puede Dios invitar a todos al arrepentimiento si Él es el autor de la impenitencia? Esa última pregunta la hizo Erasmo de Rotterdam, en la época en que vivió Lutero. El problema con ese criterio es que se han desentendido de la fe y se volvieron tan solo a la cultura cristiana.

    Dios ha declarado en la Escritura que sus ojos miraron a los hombres y no hallaron nada bueno (Salmos 14). Todos se habían corrompido, no había uno que buscara al verdadero Dios. Ha declarado por igual que todos hemos muerto en delitos y pecados, que no hay quien entienda y que nuestra justicia es como trapos de inmundicia. Por igual ha dicho que está airado contra el impío todos los días. Si no hay quien haga lo bueno, ¿cómo puede alguien acostumbrado a hacer el mal hacer el bien? ¿Cómo puede alguien que hace lo malo escoger lo bueno para su alma? Jesucristo nos aseguró que eso no es posible para el hombre, pero para Dios todo es posible. Agregó que ninguna persona puede acercarse a él si el Padre no lo trae, que todo lo que el Padre la da vendrá a él y no será echado fuera. Es decir, los que no se acercan a Cristo nunca fueron enviados por el Padre. Tal vez hay muchos atraídos por la cultura cristiana, pero no necesariamente por la fe de Cristo.

    Arminio sigue en su teología diciéndonos que la idea de que Dios escoge desde la eternidad, sin mirar en las obras humanas, es absolutamente repugnante. Agrega que esto hace a Dios absolutamente pecador, ya que es Dios quien transgrede su propia ley. John Wesley siguió el camino de Arminio y también se atragantó con las obras como medio de salvación, hasta llegó a hablar del bautismo como acto de regeneración. En el intento de conciliar las dos corrientes, la soberanía absoluta de Dios y la libertad humana, se ha dicho que Dios concede su gracia a todos por igual, pero que deja en libertad por un instante a cada alma humana para que decida. A ese criterio se ha llamado la gracia que habilita, ya que Dios se despoja por un instante de su soberanía para habilitar al ser humano en su libertad, y así dejar que decida por su cuenta. El autor de tal tesis se llama Luis de Molina y su doctrina se conoce como molinismo. Pero esto no es más que fantasía que no tiene raigambre en las Escrituras.

    ¿Qué nos dice el Evangelio? En Juan 3:19 leemos: Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Los amantes de la cultura cristiana antes que los contendores por la fe de Cristo prefieren alejarse de la verdad (el cuerpo doctrinal de Jesucristo); sabemos que esa cultura los delata como hacedores de obras malas. Si practicaran la verdad vendrían a la luz, para que se manifieste que sus obras son hechas en Dios (Juan 3:21). Eso mismo le sucedió a aquel conjunto de discípulos que murmuraron contra la doctrina de Cristo, diciendo que sus palabras eran duras de oír (Juan 6).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • CELO O CONOCIMIENTO

    Alguien puede ser celoso en cuanto a la piedad, pero si está lejos del conocimiento de la justicia de Dios de nada aprovecha. Eso es basura, diría el apóstol Pablo, con un vocablo mucho más crudo: estiércol animal. En Romanos 10:3 el apóstol señala que existe demasiadas personas celosas en los asuntos del Dios de la Biblia, pero que carecen de ciencia o conocimiento; por esta razón de nada les sirve. El conocimiento fundamental para salvación refiere al siervo justo reseñado por Isaías (Isaías 53:11). Si no se conoce la justicia de Dios, que es Jesucristo, no se podrá ser justificado. Por esa razón también se afirmó que aquel siervo justo justificaría a muchos, no a todo el mundo, sin excepción.

    ¿En qué consiste esa justicia de Dios? Muy simple, la Biblia apunta que nadie pudo cumplir toda la ley, por lo cual todos cayeron bajo su maldición. La ley no salvó a nadie, ni la ley escrita dada a Moisés ni la ley escrita en los corazones a través de la conciencia humana. En resumen, la ley vino para condenar al hombre, para mostrar su pecado o transgresión, su incapacidad para querer lo bueno y para acercarse al verdadero Dios. Urgía entonces una propiciación para que Dios se amistara con el hombre, para la reconciliación definitiva. Pero el Dios de la Biblia se muestra soberano absoluto, sin consejero, sin quien detenga su mano en lo que hace. Todo cuanto quiso ha hecho, por lo cual tiene en sus manos el corazón del rey para inclinarlo a todo cuanto el Señor desee.

    Si eso lo hace con el corazón del rey (que es un ser poderoso), ¿qué no hará el Señor con el corazón de los más indefensos? Su poder no conoce límites, de manera que así como hizo el universo bajo la voz de su mandato, de la misma manera levanta a los muertos en espíritu para darles vida con la voz de su Evangelio. Pero no todos los que oyen el Evangelio se despiertan para vida, porque los hay quienes diciendo que lo creen y mostrando un gran celo por ese Dios del evangelio continúan sin conocer la justicia divina. De nuevo, ¿en qué consiste esa justicia de Dios? Jesucristo es presentado como la justicia de Dios, por cuanto vino como Cordero sin mancha para ofrecer el sacrificio por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Ese Cordero ya había sido ordenado o destinado desde antes de la fundación del mundo para que se manifestara oportunamente (1 Pedro 1:20).

    Esa es la única justicia que reconoce el Padre, de forma tal que mira a su pueblo cubierto con la sangre del Cordero. Existe un símil histórico, un paradigma desde hace siglos, cuando Israel estuvo esclavizado en Egipto. Sabemos que de acuerdo a la Biblia Egipto representa el mundo, la esclavitud al pecado; conocemos que vendría el castigo de la muerte de los primogénitos en aquel territorio, como castigo divino. Solamente las casas que estuviesen marcadas con la sangre de un animal sacrificado para tal fin serían pasadas por alto. Eso es lo que significa la pascua: pasar por alto el pecado.

    Aquella sangre era un tipo de la que habría de venir con el Cordero de Dios. Vino Jesucristo y propició por los pecados de todo su pueblo, conforme a las Escrituras. Pablo anuncia que fuimos predestinados desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1) para ser semejantes al Hijo de Dios, para ser sus herederos, como hijos de adopción. En el libro de los Hechos de los Apóstoles se relata que creían todos aquellos que fueron ordenados para vida eterna; se añade que el Señor añadía a la iglesia cada día los que habrían de ser salvos. La salvación pertenece a Jehová, como señalara el profeta Jonás. Ignorar ese hecho soberano demuestra que se ignora por igual la justicia de Dios. Atribuir aunque sea un ápice de esta salvación tan grande a la justicia humana, a la voluntad quebrada de un muerto en delitos y pecados, sugiere una ignorancia supina en cuanto a la justicia de Dios.

    Por supuesto, no podemos pedirle a los muertos en delitos y pecados que tengan conocimiento previo de esa justicia para poder ser justificados. Sin embargo, sí se exige que el que ha sido llamado por Dios para santificación y vida eterna reconozca que fue Dios quien lo redimió de principio a fin. Juan nos lo advierte en su carta segunda, cuando nos escribe que el que no habita en la doctrina de Cristo no tiene al Padre ni al Hijo.

    Entonces, ¿cuál es esa doctrina de Cristo en la cual hemos de habitar? Su justicia alcanzada de acuerdo a los parámetros del Padre. En Juan 6 podemos descubrir la enseñanza del Hijo de Dios, de su soberanía en la salvación, cuando nos enfatiza respecto al hecho de que ninguna persona puede venir a él a no ser que el Padre lo traiga. Al mismo tiempo nos advierte que todo lo que el Padre le da vendrá a él, y no será echado fuera. Entonces, uno debe concluir a partir de esas dos premisas que el que no viene a Cristo no ha sido enviado por el Padre jamás. El que no viene no ha sido enseñado jamás por Dios (Juan 6:45), lo cual no excusa de pecado al réprobo en cuanto a fe.

    La doctrina de la absoluta soberanía de Dios aparte de ser ineludible es controversial para los renegados. Ellos se salpican con la ira que contienen, regurgitan sus murmuraciones, al tiempo que se les rompe el empaque donde están metidos. De esa manera dejan ver su verdadera doctrina, la del celo por un Dios hecho a su manera: si Dios predestina tuvo que haberlo hecho en base a lo que previó en los corazones humanos; si Dios salva y condena tuvo que hacerlo en base a la decisión de los seres humanos. Con ese criterio demuestran su lejanía respecto a la ciencia de la justicia de Dios, muriendo en la crasa ignorancia de la que habló el profeta Oseas (Oseas 4:6).

    Dios amó a Jacob y odió a Esaú, aun antes de hacer bien o mal (es decir, no en base a sus obras buenas o malas). Terrible cosa haber sido odiado por Dios, por cuanto la Biblia asegura que Él está airado contra el impío todos los días. En cambio, a Jeremías Jehová le dijo: Te he amado con amor eterno, por lo tanto te prolongo mi misericordia. En resumen, hemos sido amados eternamente, más allá de que cuando estuvimos muertos en delitos y pecados estuvimos bajo la ira de Dios.

    Jesucristo también estuvo bajo la ira del Padre, cuando cargó con nuestras ofensas en la cruz. Pero no podemos decir ni por un instante que el Padre lo odió o que lo dejó de amar. De Judas se escribió que era el hijo de perdición, que debía ir conforme a las Escrituras. Pedro nos habla de los que fueron ordenados de antemano para tropezar en la Roca que es Cristo. En el Apocalipsis Juan nos dice que existe un libro de la vida del Cordero donde reposan nuestros nombres, pero que hay nombres que allí no están escritos desde la fundación del mundo, por lo cual ellos pertenecen a la bestia o a Satanás (Apocalipsis 13:8 y 17:8).

    Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no inculpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2). El Evangelio revela la justicia de Dios (Romanos 1:17), para que conozcamos al Dios justo que justifica al impío por medio de la propiciación y redención de Jesucristo (Romanos 3:21-26). Al tener ese conocimiento desechamos nuestra noción de justicia, esa justicia que no se somete a Dios (Romanos 10:3). No existe nada en nosotros que pueda hacer la diferencia entre cielo e infierno, de manera que esa es en esencia la victoria del celo con conocimiento sobre el celo inútil por la piedad. Existe un automatismo absoluto entre el que ignora esa justicia de Dios y el que propone su propia justicia. De nada aprovecha que se acepte la justicia divina si al mismo tiempo se intenta añadir a ella la nuestra, a través de lo que suponemos buenas obras.

    Nuestras buenas obras, ya preparadas de antemano, vienen como consecuencia de tener la justicia de Dios. De lo contrario, esas obras serían vanidad y nada alcanzarían en la presencia de un Dios Santo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA PROMESA DE DIOS

    Dios es un Dios de promesas, dado que tiene la capacidad de cumplir con todo cuanto dice. El Evangelio es el compromiso de salvar a Su pueblo basado solamente en la sangre expiatoria, imputada en la justicia de Cristo. Este tema concierne al centro del mensaje de salvación, aunque muchas personas dentro de las filas del cristianismo demuestran que lo ignoran. Por supuesto, esa ignorancia fatal conduce a la muerte espiritual. Con esto se demuestra que no todo el que le dice Señor a Jesús entrará en el reino de los cielos. Si se ignora la justicia del siervo justo, no habrá justificación alguna (Isaías 53:11).

    El conocimiento sobre Dios va unido a su Buena Noticia, más allá de que ignorarla no acarrea la inexistencia de ese Dios. La palabra ateo, en lengua griega, significa ser olvidado de Dios. Terrible cosa parece el pertenecer a las filas de los que son odiados por el Dios de la Biblia, como se ha dicho de Esaú, de cualquier otro réprobo en cuanto a fe, de aquellos que fueron ordenados para tropezar en la Roca que es Cristo. Por lo tanto, uno debe inferir que la promesa del Evangelio va dirigida en forma exclusiva al pueblo escogido de Dios. ¿Quiénes conforman ese conjunto de amigos de Cristo? Aquellos que el Padre amó con amor eterno, para prolongarle su misericordia.

    No existe una lista pública en la cual podamos mirar nuestros nombres, pero la Escritura afirma que existe el libro de la Vida del Cordero, que aquellos cuyos nombres no se encuentran allí pertenecen al infierno como lugar de destino. Sin embargo, el mensaje del Evangelio se anuncia por doquier con la finalidad de que las ovejas del Señor oigan su voz y lo sigan. Una vez que el Espíritu Santo ha regenerado a una persona le da testimonio de que es hijo de Dios, de que su nombre está escrito en ese libro de la vida.

    Jehová tu Dios es Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones (Deuteronomio 7:9). Los que amamos al Señor sabemos que él nos amó primero, por lo tanto podemos amarlo en consecuencia. De lo contrario, si él no nos hubiera amado, no podríamos sentir el más mínimo deseo de añorarlo. Jesucristo es la Roca de Israel, el justo que gobierna entre los hombres, como la luz de la mañana sin nubes, como la lluvia que hace brotar la hierba de la tierra. Dios ha hecho con su pueblo un pacto perpetuo (2 Samuel 23:3-5).

    Dios juró por Sí mismo para mostrarnos la inmutabilidad de su consejo, de manera que como herederos recibamos la promesa, para así tener consuelo en la esperanza puesta delante de nosotros. Esa promesa nos viene como segura y firme ancla del alma (Hebreos 6:13-20). Dios tiene la capacidad suficiente de mantener sus promesas a salvo, habiendo jurado por Sí mismo; además, sabemos que no miente por causa de su naturaleza. Por lo tanto, su capacidad como soberano da certeza perpetua a lo que ha dicho. La buena noticia lleva la impronta de la verdad que no cambia. Si Dios se determina hacer alguna cosa, ¿quién lo hará cambiar? Su alma deseó e hizo. Él, pues, acabará lo que ha determinado de mí; y muchas cosas como éstas hace él (Job 23:13-14). Nuestro Dios está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3).

    Si Dios ha prometido algo, ha ordenado previamente todos los mecanismos para que se cumpla su promesa. Por esa razón la Biblia habla de la predestinación, la ordenación de antemano de todo cuanto habrá de acontecer. Dios no solamente conoce todo cuanto habrá de acontecer, sino que ha ordenado que así suceda y por esa razón lo conoce. ¿Qué hay oculto para su vista? Su alma deseó e hizo; en ese sentido decimos que Él determina de antemano todo cuanto acontece; ¿cuánto más no será de esa manera si pertenece al ambiente del alma humana? Salvó a Jacob, pero condenó a Esaú (Romanos 9:13); amó a uno y odió al otro, pero no porque mirara en las obras de cada uno sino porque así lo decidió su alma, de acuerdo a las inescrutables riquezas de su gloria y al inescrutable designio de su Ser. ¿Acaso no son profundas las cosas que pertenecen al Altísimo?

    Las promesas de Dios no pueden estar sujetas a la conducta de su creación, porque podrían no cumplirse algunas. Ellas están sujetas a su inalterable voluntad, a su inquebrantable amor por aquello que ha decidido amar. He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas; antes que salgan a luz, yo os las haré notorias (Isaías 42:9). Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46:9-10).

    El sacrificio del Hijo de Dios estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), para que crean todos cuantos son ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). La salvación implica el rescate del individuo, su libertad comprada, para que no sea más esclavo del pecado. Mientras estuvimos muertos en delitos y pecados, en la incircuncición de nuestra carne, amábamos más las tinieblas que la luz (Juan 3:19), porque éramos esclavos del pecado (Romanos 6:17). Sin embargo, una vez que hemos llegado a creer pasamos a obedecer de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuimos entregados. Es decir, la doctrina del Padre, la enseñada por el Hijo, la que Pablo recomienda a Timoteo seguir. Esa misma doctrina es aquella en la cual debemos vivir y perseverar, de acuerdo a lo dicho en la 2 Carta de Juan, versos 9-10.

    En el evangelio de Juan, capítulo 6, podemos mirar varios de los argumentos de Jesús sobre la doctrina que vino a enseñar (versos 37, 44, 45, 65). La reacción de muchos de sus discípulos fue negativa ante estas enseñanzas, por lo cual dieron murmuraciones y se retiraron con gran queja diciendo: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír? (Juan 6:60). El que ha sido redimido ya no duda de esa doctrina, no se va jamás tras el maestro extraño porque desconoce su voz y solamente sigue al buen pastor (Juan 10:1-5). Todo esto forma parte de la promesa de Dios para su pueblo; para los que no son su pueblo no existe tal promesa, por lo tanto están libres de la justicia y andan en sus propios caminos de muerte.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • JESÚS EN LA HISTORIA

    En un tiempo antiguo, en la tierra de Israel, nació un hombre que cambiaría el curso de la historia para siempre. Este hombre, Jesucristo, no solo fue un líder espiritual, sino también un revolucionario en el mensaje de amor y compasión que predicaba. Su vida y enseñanzas resonaron en los corazones de las personas de su época y continúan inspirando a millones de personas en todo el mundo hasta el día de hoy. Jesucristo enseñó principios fundamentales de amor, perdón y humildad, que son básicos en muchas culturas y religiones. Su sacrificio en la cruz y su resurrección son considerados por muchos como el evento más importante en la historia de la humanidad, ya que según la fe cristiana proporciona redención y salvación a todos los que creen en él. A lo largo de los siglos, el mensaje de Jesucristo ha influido en la moral, la ética y la cultura de numerosas sociedades, dejando un legado perdurable que sigue impactando en la vida de las personas en todo el mundo.

    El trabajo de Jesucristo en la cruz consistió en la justificación de todo su pueblo, como lo declara Mateo 1:21. De esta manera fue declarado justicia de Dios, ya que Dios es justo y justifica al impío. El profeta Isaías declaró que el siervo justo vería linaje y quedaría satisfecho, por lo tanto no podemos imaginar que quedó corto en su propósito sino que alcanzó todo cuanto se propuso. Dios Padre imputó los pecados de su pueblo escogido en Jesucristo, vaciando sobre él toda su ira por la ofensa que Jesús portó sobre sí mismo. Dice la Escritura que a quien no conoció pecado se hizo pecado por causa de su pueblo; de allí su exclamación en la cruz: Padre, ¿por qué me has abandonado?

    Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu (1 Pedro 3:18). Este padecimiento trajo como consecuencia la imputación de la justicia de Cristo hacia los elegidos, bendiciéndolos justamente. Jehová hablaría paz para su pueblo, a todos sus santos, para que no se vuelvan a la locura (Salmos 85:8); de esta forma el salmista pudo concluir diciéndonos: La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron (Salmos 85:10).

    La justicia de Cristo, simbolizada en su sangre derramada por todos los pecados de su pueblo, exige la salvación absoluta de cada una de las personas que representó en la cruz del Calvario. El apóstol Pablo lo entendió por revelación del Espíritu Santo y lo plasmó en un texto: ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió, más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:34). Esto nos indica que Dios no nos declara justos en Cristo para después juzgarnos y enviarnos al infierno; no exigirá dos veces la redención sino que habiendo quedado satisfecho con la justicia del Hijo apaciguó su ira para con todo su pueblo.

    Desde esta perspectiva se ha convertido en nuestro amigo, nos provee todo cuanto necesitamos, nuestras oraciones son respondidas de acuerdo a su voluntad pero bajo la garantía de que todo cuanto nos acontece nos ayuda a bien. ¿Por qué? Porque hemos sido llamados conforme a su propósito eterno, porque andamos en la justicia del Hijo, bajo un perdón judicial absoluto y bajo el título de hijos adoptivos. Ahora somos herederos con Cristo, vamos hacia la patria celestial, la muerte no tiene aguijón contra nosotros porque el pecado fue vencido. Esta es la razón por la que Pablo pudo asegurar que el morir era ganancia, ya que partiremos con el Señor de inmediato.

    Cristo se sometió a la ley y cumplió en detalle todos sus mandatos, por lo cual la ley no pudo condenarlo. La ley sí nos condenó a todos nosotros, ya que la ley no salvó a nadie sino que nos señaló como culpables de desobediencia. En ese sentido la ley se convirtió en un Ayo para llevarnos a Cristo, ya que si estamos bajo la ley pereceremos, pero si miramos a Cristo sabremos que la ley es buena en gran manera. La paga del pecado es la muerte, por lo que el Hijo de Dios murió por causa de todos nuestros pecados. Él fue nuestro representante y sustituto en la cruz, se convirtió en el sacrificio por su pueblo habiendo sufrido el castigo de la ira del Padre. Es como si él hubiese sufrido todos nuestros dolores que padeceríamos en el infierno por causa de nuestras rebeliones; ahora tenemos ese tesoro de la salvación, de manera que hemos de comportarnos celosamente, cuidando esa tan grande redención.

    Al vivir como es digno del evangelio no pretendemos garantizar la salvación, como si dependiera de nosotros; simplemente mostramos respeto a quien nos la concedió perpetuamente, agradecimiento por tan inmerecido favor y de esa manera demostramos que nos importa lo que nos fue dado. Ya no somos esclavos del pecado, ni esclavos de la ley, sino hijos herederos de Dios por medio de Cristo. De esta manera, habiéndosenos enviado el Espíritu de su Hijo, clamamos ABBA PADRE. En la cruz, el Señor intercambió nuestros pecados por su justicia, a través de un doloroso castigo sobre su cuerpo y alma. Ahora podemos vivir con la libertad a la cual fuimos llamados.

    Jehová ya lo había dicho en Egipto, para los israelitas de ese tiempo: Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto (Éxodo 12:13). La sangre de los corderos tipificaba la sangre del Cordero de Dios, para pasar los pecados por alto. Ese es el significado de la Pascua, el hecho de que Dios pasara por alto cada transgresión donde la marca de la sangre estuviese. Los israelitas de entonces no fueron exigidos en relación a sus obras, no fue por causa de algún oficio religioso que la ira de Dios pasó por alto aquellas casas, sino en razón de la sangre de los corderos. Así mismo, nosotros, el pueblo de Cristo, no estamos exigidos en cuanto a obras buenas para ser perdonados y rescatados, sino simplemente nos amparamos en la sangre del Cordero de Dios que quitó nuestros pecados.

    Entendemos que ese acto pascual fue voluntario del Hijo de Dios, conforme al plan eterno del Padre, según el puro afecto de su voluntad, habiéndonos predestinados para ser aceptos en el amado Hijo. Esta predestinación ocurrió desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4), habiéndose hecho conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria.

    Jesús en la historia dejó ejemplo de sus pisadas, pero más allá de sus milagros y palabras de sabiduría nos agrada el que haya cumplido con el propósito de su venida: la redención y el rescate eficaz de todo su pueblo, sin excepción. Un Dios perfecto no malgasta su trabajo haciéndolo inútil, más bien se muestra exacto en su propósito de manera que no se puede añadir uno más a los redimidos como no se puede eliminar a ninguno de ellos. En Juan 6 vemos a un grupo de discípulos que se benefició del milagro de los panes y los peces, pero que no sacó provecho alguno de la redención del Señor. No era para ellos, por lo cual rechazaron la doctrina de la soberanía absoluta de Dios y se retiraron haciendo murmuraciones contra el Señor y su enseñanza: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60). Esa expresión delataba que no habían podido creer en el Redentor, por cuanto no eran ovejas que el Señor había venido a redimir.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org