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  • RELACIONES RELIGIOSAS

    A muchos les resulta común y hasta simpático el poder compartir con otras religiones ciertos aspectos rituales que unifican a la humanidad. Eso se hace a menudo sin pasar por la criba del deber ser religioso, lo cual constituye una licencia para asuntos ecuménicos. La hermandad y cercanía sobrepasan el puje teológico que se instituye como cerco de las actividades humanas, para lo que se crea el espacio donde el compartir brinda más alegría al corazón humano que la disputa doctrinal. Mucho más fácil parece cuando se entrelazan conceptos comunes, cuando las religiones muestran parentescos que pasan como útiles para un fin común esperado.

    Por ejemplo, en la época de encender la vela del Janucá judío se acostumbra anotar en un papel deseos y cosas que se quieran, añadiendo una frase hebrea en la página. Al día siguiente de terminar el Janucá, se guarda el papel hasta que pasado un año se festeje de nuevo esa celebración, momento en que se puede verificar si se cumplieron los deseos. Ese es el día de la dedicación, una fecha memorable para los judíos que permite conmemorar un milagro en su visión teológica del mundo. Se centra en la recuperación y purificación del templo de Jerusalén, para la época de los macabeos. Se añade que los macabeos encontraron en forma providencial una jarra de aceite de oliva puro, con lo cual pudieron seguir con su presentación de ofrendas.

    Esas tradiciones se recogen en algunos Talmudes judíos, pero no tienen nada que ver con alguna conmemoración cristiana. Sin embargo, no son pocos los que diciéndose creyentes en Cristo se dan a la tarea de encender la vela, de desfilar con la menorá (candelabro) hebrea de siete brazos, un símbolo del arbusto ardiente en el que se le manifestó la voz de Dios a Moisés en el monte Sinaí. Son festividades que se ponen de moda en ciertos lados del planeta, pero que igual cobran vida y adhesión en los que tienen simpatía por Israel como nación.

    Los cristianos no están lejos de celebraciones similares, tienen sus pesebres donde representan el nacimiento de su Mesías. Algunos toman el árbol de navidad, prestándolo de culturas altamente paganas, para exhibirlo en sus casas e iglesias, haciendo caso omiso de lo que la Escritura advierte contra tales símbolos. Resulta curioso que el único símbolo que la Escritura del Nuevo Testamento nos ordena a guardar y conmemorar es el del pan y el vino. Las veces que recordemos el sufrimiento y la muerte de Jesús por causa del pecado de su pueblo, hemos de tomar el pan y el vino con una conciencia de lo que hacemos y de lo que significa como símbolo.

    Ni siquiera la cruz de la crucifixión nos fue ordenada como símbolo de la iglesia, solamente el de la conmemoración de la muerte de Jesús, a través del pan y el vino. Pero la naturaleza humana tiende a copiar rituales de muchos lados, para festejar en armonía con los religiosos que buscan la espiritualidad como lugar común. La época decembrina se vuelve propicia para celebraciones con cánticos propios de la temporada, los célebres villancicos y aguinaldos, parrandas alusivas al nacimiento de un niño. Poco importa que a ese niño le den el nombre de Jesús, ya que bien pudiera celebrarse la venida de Tamuz a este mundo.

    De esta manera, contemplamos escenas navideñas no solo en las iglesias católicas romanas sino también dentro de las iglesias reformadas. El niño en el pesebre, rodeado de José, la virgen María y algunos animales propios de la escena, pueden ser un signo de idolatría. En sentido estricto, la imagen esculpida de un niño que se supone representar al Hijo de Dios circunda lo idolátrico. El Exodo 20:4 advierte a propósito cuando nos dice que no nos hagamos imágenes ni semejanzas de lo que esté arriba en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de las aguas. Aquellos actos de adoración extraña pueden ser plasmados en dibujos y pinturas alusivas a la navidad, en vitrales y ventanas, en forma de estatuillas que representan al niño antes de hacerse adulto.

    Curiosamente, al venerar a ese niño, representado en ese muñeco dibujado o esculpido, se ignora lo que Jesús dijo respecto a la doctrina de su Padre. Pero el mundo ha querido unirse bajo un sentimiento de ternura y esperanza, para compartir con no importa qué religión el gozo de una época que debe ser tenida solamente como de esperanza. La doctrina dura de ese niño ya crecido separa y complica las relaciones inter-religiosas, por lo que conviene silenciar la enseñanza dura de oír bajo el pretexto de celebrar el nacimiento del niño (Juan 6).

    Hay quienes han llegado tan lejos en este carnaval supersticioso del bebé que nace que comparten una torta de cumpleaños, al igual que le cantan cumpleaños feliz en ciertas iglesias. Algunos niegan la idolatría en estas acciones, ya que ellos no veneran ni alaban al muñeco dibujado o esculpido sino que recuerdan al Hijo de Dios cuando era niño. Sin embargo, no se nos mencionó ni una sola vez el que debamos conmemorar su nacimiento, ni que debamos representarlo como una forma de mensaje cristiano. En la Biblia se habla del anuncio de los ángeles a los pastores, pero nunca se nos conmina a festejar cada año ese hecho. Los paganos pudieron alegar que no adoraban la imagen de Diana de los Efesios, sino que esos muñecos representaban a la diosa. Pero Pablo y los demás creyentes hablaban de ese peligro, así que muchos quemaron hasta los libros de magia. Esto molestó a los que se dedicaban a la venta de estatuillas de forma que ocurrió un alboroto en Éfeso (Hechos 19).

    Lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios, no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios (1 Corintios 10:20-21). Si a usted le hace falta ese conjunto de adornos navideños para recordar la incursión en la historia del Dios Eterno que se hizo carne y habitó entre nosotros, se nota que no tiene por suficiente a la Escritura. Ella anuncia al niño por nacer y que ya nació, pero que habiéndose hecho adulto comenzó un ministerio importante para su pueblo escogido. La Biblia no nos devuelve hacia atrás cada año, más bien nos manda a mirar hacia adelante, olvidando lo que queda atrás. Nos habla del futuro glorioso que nos aguarda, de nuestra glorificación como hijos de Dios. El nacimiento de Jesús fue un evento narrado en las Escrituras, contextualizado con el gozo de la encarnación del Verbo de Vida.

    La Escritura jamás nos ha sugerido repetir celebraciones al Niño Lindo, al Jesús como infante, sino más bien nos ha sugerido guardar sus palabras que nos dio cuando fue adulto e inició su ministerio pascual. Tampoco nos estimulamos en la fe al incorporarnos cruces en el cuello, o en los templos, como una señal que nos ayude a recordar su muerte. Si Jesús hubiese muerto ahorcado, muchos tendrían una horca como símbolo de reverencia; si hubiese sido fusilado, cargarían un fusil en miniatura en sus collares y pulseras. ¿Qué tal una silla eléctrica? ¿Es que esos símbolos hacen falta para poder recordar el sufrimiento que pagó el Señor por nuestros pecados? ¿No basta el conjunto de su doctrina dada en sus palabras? No en vano la Escritura nos dice varias veces: Guardaos de los ídolos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • TRIBULACIÓN, TRIBULO, SUFRIMIENTO

    El tribulo era un tipo de maquinaria utilizada en la agricultura durante la Antigua Roma. Su nombre latino da origen a nuestro vocablo tribulación. El tribulo consta de unas púas que permiten incrustarse en la tierra, a medida en que unidas a un engranaje comienza a dar vueltas, cuando un caballo o un toro lo va halándolo. Se dice que muchas personas fueron sometidas a sufrir un cruel tormento con instrumentos parecidos al tribulo. Los romanos utilizaron ese invento como parte de sus armaduras en los carruajes de guerra, para lograr hacer daño al enemigo con las incrustaciones de las puntas de los tribulos empleados. Al cristiano se le ha advertido sobre la necesidad de pasar por muchas tribulaciones, de manera que ya podemos imaginar la dimensión del sufrimiento del creyente.

    El apóstol Pablo afirmó que ya no vivía él, sino Cristo en él. Esa fusión de dos seres en una carne parece semejante a la concepción bíblica del matrimonio y constituyó una de las metas del célebre predicador de los gentiles. En la historia del apóstol se pueden contemplar las calamidades que le tocó vivir, quizás en claro cumplimiento de las proféticas palabras dadas por Jesús a Ananías (Hechos 9:16), las cuales dicen: …porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre. De manera que Pablo fue enseñado por Jesús para padecer por causa de su nombre.

    Algunos seguidores de Cristo desean ser como Pablo, aunque otros puedan escandalizarse al saber que un héroe de la fe siempre estará sometido a pruebas glorificantes, de las cuales debe dar cuenta ante el Destinador de su programa narrativo. En el verso anterior del texto citado, Jesús le dice a Ananías que Pablo era un instrumento escogido. Se demuestra que los guiones o programas narrativos generales o de uso han sido preparados para que nosotros andemos en ellos. El apóstol confirmaba las palabras de Jesús, cuando al pasar por Listra, Iconio y Antioquía dijo a los hermanos: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios (Hechos 14:22b).

    Las tribulaciones para la grey cristiana, preparadas desde los siglos, constituyen un instrumento valioso para la depuración de los vicios de la carne que siguen incrustados en la vieja naturaleza humana. El hombre interior se va renovando de día en día, tomando nuevas fuerzas como las águilas, en ascenso igual que la luz de la aurora, hasta que el día aparezca perfecto. Sin embargo, esas mismas tribulaciones espantan a muchos, cumpliéndose en ellos también el propósito para el cual fueron enviadas, como lo explica la parábola del sembrador. La semilla sembrada en pedregales, recibida con gozo, pero sin raíz, como planta de corta duración, se pierde al venir la tribulación por causa de la palabra, ya que los portadores de esa semilla tropiezan (Marcos 4:16-17).

    La tribulación puede ser preciosa para el que cree de veras, mas para los que no creen la palabra misma les viene a ser tropiezo. Dice Pedro que los que se vuelven desobedientes también fueron destinados para tal fin (1 Pedro 2:8). La desobediencia en el que dice creer lo acerca al símil de la planta que crece en pedregales, en espinos o junto al camino. Algunas veces la semilla misma es comida por las aves (Satanás quita la palabra sembrada en sus corazones); en otras ocasiones cae en pedregales produciéndose una planta sin raíz profunda, quemada por el sol (las tribulaciones); en otros episodios la semilla queda atrapada en los espinos y se ahoga, por lo cual no puede dar fruto (los afanes de este mundo, el engaño de las riquezas y las codicias de variadas cosas). Pero hay semilla que cae en buena tierra, para brotar, crecer y dar fruto bueno. Jesús afirmó que él era la vid y que su Padre era el labrador. Si el Padre es el labrador entonces él es quien prepara la buena tierra para que dé frutos a granel. Soberanía absoluta del Creador en su administración de la salvación y de todo el vasto universo.

    El profeta Samuel conoció al Dios eterno, habiendo sido escogido desde niño para el servicio a Jehová, con quien mantuvo diálogo a lo largo de su vida. Su madre, cuando dedicaba su hijo a Dios, profirió unas sabias palabras recogidas en la Biblia: Jehová mata, y da vida; Él hace descender al Seol, y hace subir. Jehová empobrece, y enriquece; abate y enaltece. Él levanta del polvo al pobre, y del muladar exalta al menesteroso, para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor. Porque de Jehová son las columnas de la tierra, y Él afirma sobre ellas el mundo. El guarda los pies de sus santos (1 Samuel 2: 6-9).

    El profeta Jeremías fue otro hombre de aflicción reseñado en las historias de la Biblia. Yo soy el hombre que ha visto aflicción bajo el látigo de su enojo. Me guió y me llevó en tinieblas y no en luz; ciertamente contra mí volvió y revolvió su mano todo el día. Hizo envejecer mi carne y mi piel; quebrantó mis huesos y me rodeó de amargura y de trabajo. Habiendo aprendido de la enseñanza directa de su Señor y Dios, Jeremías nos recomienda esperar en SILENCIO la salvación de Jehová. Añade: Bueno le es al hombre llevar el YUGO desde su juventud. Que se siente SOLO y CALLE, porque es Dios quien se lo impuso. En su experiencia de vida el profeta había aprendido a comprender que todo evento que acontece en la faz de la tierra y del universo entero ha sido previsto por la grandeza de su Dios. ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? ¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado (Lamentaciones 3).

    El profeta Amós tuvo un ministerio corto. Era ganadero, boyero y ovejero, pero fue ajeno al cuerpo de profetas profesionales. Dentro de su corto oficio profético lo expulsaron de Israel, después de un cisma teológico, por lo que continuó en su oficio anterior con los rebaños y ganados. Su libro recoge el mensaje de Dios para su pueblo, por lo tanto el profeta tuvo que aprender a conocer a ese Dios, el cual le había llamado para ese encargo laboral: profetizar ante el pueblo de Dios. Exclama el profeta con la autoridad conferida lo siguiente: Oíd esta palabra que ha hablado Jehová contra vosotros, hijos de Israel, contra toda la familia que hice subir de la tierra de Egipto. A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades. ¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo? ¿Rugirá el león en la selva sin haber presa?… ¿Caerá el ave en lazo sobre la tierra, sin haber cazador? ¿Se tocará trompeta en la ciudad, y no se alborotará el pueblo? ¿HABRÁ ALGÚN MAL EN LA CIUDAD, EL CUAL JEHOVÁ NO HAYA HECHO? (Amós 3:1-6).

    Esa claridad profética se ha perdido en nuestros días de democracia eclesiástica. El pueblo gobierna y se dice que voz del pueblo es voz de Dios. A esa blasfemia se nos ha acostumbrado, de tal forma que ahora podemos llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno. Estos escritos proféticos narran la soberanía absoluta de Dios. También narra este tema el resto de la Biblia, pero como cirujano experto el predicador contemporáneo aísla los textos y los separa, para presentar un evangelio cómodo, amplio y benevolente. A menudo se presenta en los púlpitos de las iglesias, así como en los libros de teología, a un Dios mendigo. Un Dios que suplica y sufre por las pobres almas rebeldes, que está dispuesto a abaratar la buena nueva de salvación para calmar su depresión. De esta manera se nos dice que Dios no quiere estar solo, sino que nos necesita. Dios no nos necesita, pero quiso hacernos objeto de su misericordia y quiere comunicarnos su amor y su afecto. Entendamos que Él es suficiente y soberano, hace como quiere y fuera de Él no hay quien salve. No en vano el apóstol Juan pudo comprender y enseñar el gran amor dado por el Padre para con nosotros, para que seamos llamados hijos de Dios.

    El que ha sido escogido por el Padre para ser objeto de su amor habrá de reconocer el gran favor que se le ha hecho, el de ser llamado hijo de Dios. No resulta prudente colocar la carreta delante del caballo, suponiendo que le hacemos un favor a Dios al reconocerle como tal. El que anda en eso es un antropocéntrico que procura entronizarse bajo la pretensión de decidir su destino y el del mundo. Una teología errática que ha invertido el discurso profético, presenta a Dios como el que solicita los mendrugos de pan que el hombre pretende darle, siempre y cuando actúe como el genio de la botella. Sería éste un Dios que hace números de magia para agradar a la galería, que busca ser reconocido como Dios. Un Dios manipulable bajo las cadenas de oración (nada más simbólico que ese nombre cadenas para ilustrar la pretensión moderna de atar a Dios), bajo la teología de Arminio, revierte el orden profético establecido desde Génesis hasta Apocalipsis.

    No en vano fue escrito hace siglos: Mi pueblo fue destruido, porque le falta entendimiento (Oseas 4:6). Mi pueblo fue llevado en cautivo, porque no tuvo conocimiento (Is.5:13).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • ALABAR A DIOS

    ALABAR A DIOS

    Va bien con nuestra alma el alabar a Dios, muy bien, por lo tanto alabemos a nuestro Dios. Poco importa que el mundo ignore al Creador, que lo malinterprete, que lo tenga por objeto o animal, que le dé el nombre de algún demonio. Sí, al impío dijo Dios que él no tiene que tomar en su boca la palabra divina, así que animémonos a tomarla nosotros como un derecho inalienable, como una dicha de regalo. Grande es la fidelidad del Señor, su misericordia no posee ni una sombra de duda, cada mañana la vemos en nuestra disposición para la vida. A los que a Dios aman todo ayuda a bien, esto es: a los que conforme a su propósito son llamados.

    Todo lo que respire bendiga el nombre de Jehová, cuya gracia nos impulsa en medio de este mundo insano. Si abrimos el noticiero, o cualquier medio digital, si escuchamos a los que van al abasto, a los que hacen cualquier cola, siempre oiremos quejas y palabras de mal gusto. No tienen seguridad, pero poseen conciencia de quién es quién. Ellos saben que en nosotros está la paz de Jehová, que hemos nacido del Espíritu, aunque no hayan jamás leído al respecto. El testimonio del Señor se deja ver en nuestra actitud para vivir, parar confrontar la maldad y para asumir la alegría de la vida.

    Tenemos una perfecta sumisión a su palabra, sabemos que los ángeles descienden para socorrernos, que nos defienden, porque así está prometido en la palabra inquebrantable de las Escrituras. Nos sumergimos en la dulce oración, ante el trono de nuestro Padre donde depositamos nuestra ansiedad sobre quien nos cuida. Nuestra alma ha encontrado alivio al inclinarnos, sabemos que lo más bajo que caeremos será a los pies del Todopoderoso y que jamás lo haremos ante los pies de ningún humano. De rodillas ante Dios, no ante los hombres.

    El espíritu ansioso ve que Dios se apresura a socorrerlo, cobra alivio al reconocer la presencia de quien dio su vida hasta el martirio por extendernos su justificación. Hemos sido salvados por gracia, no por obras que pudiéramos tener; si alguien supone que su obra ayudó, entonces tiene de qué gloriarse. Sepa esa persona que Dios no compartirá su gloria con nadie, que desde la eternidad se propuso darle la gloria de Redentor a su Hijo, que Adán tenía que pecar en el Edén para que se manifestase aquel Cordero ordenado para nuestro provecho (1 Pedro 1:20).

    Recordemos que no todos los seres humanos fueron ordenados para vida eterna, sino que los hay también para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8). Por eso compartimos el gozo con el Señor, y poseemos un ánimo que el mundo desconoce. Jesucristo es la fuente de cada bendición, como manantial de aguas tranquilas y vida eterna. El impío huye sin que nadie lo persiga (Proverbios 28:1), pero el justo está confiado como un león. La conciencia atormenta al hombre de maldad, lo hace huir hacia sus terrores, como sucedió con Caín. Su pensamiento vive en el futuro plagado de calamidades, o en el pasado bajo el recuerdo de sus injusticias y aunque se ufane de ellas existe siempre una espada de Damocles que lo amenaza. El rostro del Señor está en su contra para que tropiece con sus enemigos, para que lo gobierne quien está contra él (Levítico 26:17).

    El que ha sido justificado por la fe de Jesucristo habita cual león fortalecido, sin temer a ninguna criatura. Como león fuerte no se aparta para huir de nadie (Proverbios 30:30). Si tememos a Dios no tendremos temor de nadie más, no solo seremos protegidos por ángeles, sino que sabremos que nuestro Señor está presto mirándonos. Aunque nuestra lucha sea intrincada con huestes de demonios, con principados y potestades, no tememos a los antros del mal. Simplemente comprendemos que el mundo anda conforme a su príncipe tenebroso, deseoso de complacerle y en odio natural contra los que somos amados por Dios. El mundo nos odia porque no somos de él, porque el mundo ama lo suyo, pero confiamos en aquel que ha vencido al mundo. El espíritu de cobardía, de temor y susto no nos gobierna, ya que el Señor nos ha otorgado el espíritu de poder, de amor y de dominio propio (2 Timoteo 1:7-9).

    Lo que diga el hombre y lo que amenace el demonio no lo tememos, no nos descorazonamos por sus amenazas. Ante una eventual derrota en aquello que nos propusimos lograr, sabemos que Dios no ha muerto y que sus planes se cumplen. Tal vez no sean los mismos planes que hemos concebido, por lo tanto de seguro serán mejores. Seguimos oponiéndonos a los errores de los falsos maestros, a la doctrina diabólica de la expiación universal, al engaño de los mentirosos que dicen bien a lo que es mal y llaman malo a lo bueno.

    Poseemos el dominio propio que provee la doctrina del Evangelio, para comprender todo el consejo de Dios. Nuestra confianza se fundamenta en que hemos sido escogidos por el Padre de acuerdo a su propia voluntad, habiendo sido formados como vasos de misericordia y no de ira. ¿A qué hemos de temer? Dios es quien justifica, Cristo intercede por nosotros ante el Padre. El Espíritu nos ayuda a pedir lo que conviene, y si oramos conforme a la voluntad divina tenemos aquellas cosas que hayamos pedido. Por eso decimos Jesús, precioso Jesús, por la facilidad de confiar en él. Allí tenemos confianza y paz, junto a él hemos probado la respuesta a nuestras plegarias y nos animamos a volver a su trono a cada momento.

    Dios repudia el fuego extraño como alabanza a su nombre, de manera que no debemos ser ligeros en esta actividad. Tenemos los Salmos para memorizarlos o para recitarlos, incluso se cantan en algunas congregaciones. Podemos escribir himnos que describan y exalten su doctrina, su manera de ser. Pero cuando nos incorporamos a buscar una música que nos dé ánimo, el centro de la adoración ha cambiado de Dios al hombre. Ciertamente hay sonidos que dan alegría, pero ella debe ocurrir no por ese estímulo sensorial sino por el contenido de su letra que siempre ha de honrar al Todopoderoso.

    La doctrina del creyente ha de fijarse como el eje sobre el que gira su alma, el ancla con la que sostiene quieta su nave. Esa doctrina la enseñó Jesucristo con insistencia, para que nos ocupemos de aprenderla y aceptarla. Sin ella, la alabanza resulta hueca porque a Dios no le agrada que le adoremos sin reconocer lo que nos ha enseñado. Sepamos quién es el Señor para que adoremos de pura conciencia, mostrándonos deseosos de aprender más y más de su grandeza.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • PRUEBAS Y CONSECUENCIAS DE SER HIJOS DE DIOS

    La naturaleza humana es contraria y enemiga de Dios, aunque el Verbo hecho carne haya penetrado la historia y se haya manifestado para que muchos podamos alcanzar la vida eterna. A las personas que han sido alcanzadas por el acto supremo y soberano de la misericordia de Dios, se les ha dado el Espíritu de Dios, llamándolos hijos de Dios. Por intermedio de ese Espíritu se puede clamar ¡Abba, Padre!, así como recibir su testimonio en nuestro espíritu para conocer que somos hijos de Dios.

    Hay algunas características que se desprenden del otorgamiento del Espíritu a los que somos hijos de Dios (Romanos 8), como resultado de que el Espíritu mismo vino como una garantía dada a los hijos, por lo cual ello presupone ciertas pruebas.

    Pruebas:

    1- Por vía en contrario, los que son de la carne piensan en las cosas de la carne. Eso implica un estado del ser, una conducta de la naturaleza humana. Se está en la vanidad y se milita en ella, se es del mundo y se convive integrado a él. Sin embargo, como contrapartida, los que son del Espíritu, (piensan) en las cosas del Espíritu. El énfasis está centrado en el verbo pensar, como una actividad del ser. Si se es de la carne, se piensa en cosas naturales de la carne, pero si se es del Espíritu, se piensa en cosas naturales del Espíritu. Un estado lleva a la muerte, el otro otorga la vida. De la carne sólo se cosecha destrucción, del Espíritu se cosecha vida eterna. Los hijos de Dios estamos en el mundo, pero no somos del mundo (Juan 17).

    2- Si se tiene el Espíritu de Cristo, se es de Él. No se nos dice que estamos en Él, pues la idea de ser pertenece a la de la esencia, mientras que la del estar puede ser transitoria. Se está en un sitio un tiempo, se está en otro después, pero ser supone permanencia: somos seres humanos, no estamos un tiempo como seres humanos y otro tiempo como animales. Simplemente somos seres humanos, como estado permanente. De manera que el que ES de Cristo, tiene el Espíritu de Cristo.

    3- Por el Espíritu hacemos morir las obras de la carne. Esa es otra consecuencia inevitable del hecho de ser hijos de Dios. No es a la inversa: hacer morir las obras de la carne para ser aceptados por Dios. No, pues no sería posible ya que en nuestra propia naturaleza reina el pecado. Esto se traduce en una lucha continua y sostenida hasta la muerte: queriendo yo hacer el bien descubro que el mal está en mí. Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; no obstante, hay otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros, en mi naturaleza humana. Muchas veces hacemos aquello que aborrecemos, no aquello que queremos hacer en nuestra nueva naturaleza, la del Espíritu. De manera que ya no somos nosotros quienes hacemos lo indebido, sino el pecado que mora en nosotros (Romanos 7).

    4- Los que somos guiados por el Espíritu de Dios, somos hijos de Dios. Somos guiados desde el temor al pecado a la libertad en Cristo, del castigo eterno a la vida eterna, de la separación eterna de Dios a la comunión por siempre. Somos guiados a toda verdad, a guardarnos de los indoctos e inconstantes; guardados para crecer en la gracia y el conocimiento de Jesucristo. Somos guardados de la práctica del pecado, de manera que no somos tocados por el maligno.

    5- Hemos recibido el espíritu de adopción, por el cual pasamos a ser hijos de Dios, para que podamos llamarle Padre (¡Abba Padre!).  Por eso se nos dice mirad cual amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios. Esta cualidad conlleva la contrapartida de que el mundo no nos conoce. Pasamos a ser extraños para el mundo, locos, enajenados, ilusos. Pero por esta vía de la adopción hemos salido de la práctica del pecado –cometemos pecado, pero no lo practicamos y no nos sentimos a nuestras anchas con eso. Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? (Romanos 6). 

    6- El Espíritu testifica a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Allí entra el cúmulo de las oraciones contestadas, pues Dios se deleita en las oraciones de su pueblo. Hay un testimonio en nuestras vidas por el cual sabemos que todas las cosas nos ayudan a bien, pues hemos sido llamados según su propósito. De manera que por ese testimonio tenemos confianza al pedir cualquier cosa según su voluntad agradable y perfecta, no gravosa. Al saber que Él nos oye tenemos las peticiones hechas. El testimonio del Espíritu también se traduce en el entendimiento inmediato de lo que está bien y lo que está mal; por ese testimonio vamos siendo separados más y más de la militancia con el mundo. Por ese testimonio nos damos cuenta de que la amistad con el mundo es enemistad para con Dios. Pero eso es algo interno, de adentro hacia afuera; no es una práctica de afuera hacia adentro, como si pudiéramos hacerlo en nuestras fuerzas.

    7- Gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo. En otras palabras, aguardamos la venida de Cristo, o nuestra partida a un hogar mejor. Deseamos estar con Él, y gemimos por no querer seguir atrapados en la cápsula del mundo. Gemimos porque reconocemos que aún estando en el mundo no somos del mundo. Esa es la esperanza a la cual hemos sido sometidos, esperanza de la salvación, esperanza opuesta a la vanidad en la cual ha sido sometido el mundo entero. Sabemos que todavía no se ha manifestado lo que hemos de ser, pero vivimos en esa esperanza.

    8- El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad: nos orienta en el entendimiento de las cosas espirituales, nos lleva a toda verdad, nos redarguye y se contrista cuando fallamos. Por igual, intercede por nosotros y en nuestras oraciones nos permite pedir lo que nos conviene, aunque muchas veces no lo sepamos hacer.  El Espíritu es la garantía de que somos de Cristo, por eso el que no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él. Como consecuencia lógica de su intercesión, del hecho mismo de ser hijos, se nos dice que hemos sido conocidos (en el hermoso sentido de la comunión del Padre con nosotros) desde antes de la fundación del mundo, hemos sido predestinados para salvación, para ser conformes a la imagen de Cristo. De igual forma, hemos sido llamados a ser parte de su iglesia, de su pueblo; hemos sido justificados por lo cual tenemos paz para con Dios, y finalmente hemos sido glorificados. Pero se agrega que nosotros ya estamos sentados con Él en los cielos. Ese misterio puede ser duro de entender, pero es una realidad.  Recordemos que Dios está fuera del tiempo, el tiempo como una cualidad dada a este universo.  Dios no se puso una camisa de tiempo a sí mismo para sujetarse y envejecer. El es eterno e inmutable, y nos colocó la dimensión de la temporalidad en nuestro mundo. 

    Grandes consecuencias:

    1. No hay quien nos acuse, pues Dios es el que justifica. El acusador de los hermanos, Satanás, no puede sino señalar lo que ante los ojos de Dios ya no existe, dado que el acta de nuestros decretos que nos era adversa fue clavada en la cruz de Cristo. Por eso Él dijo: Consumado es, o pagado es.

    2. No hay quien nos condene, ya que Cristo murió, resucitó e intercede por nosotros a la diestra del Padre; Jesucristo hizo posible todo esto en la cruz, la cual es locura para los que se pierden.

    3. No hay quien nos separe del amor de Cristo, aunque vengan circunstancias adversas reconocemos que todo está controlado hasta el más mínimo detalle por su soberanía. Por eso se nos declara que somos más que vencedores. ¿O es que acaso no vamos a entender de una vez que nosotros, simples criaturas, hemos nacido en este mundo por la sola voluntad del Padre? Todas las circunstancias propicias para nuestra aparición en escena han sido actos previstos desde los siglos para nosotros. Visto así, cada acto diario, cada evento o elemento de los eventos, es precioso, en tanto constituye parte de la voluntad suprema de Dios para con nosotros. Aún eso que llamamos azar, no lo es sino por eufemismo, por causa de desconocer las variables y razones de lo que ocurre.

    4. Ni siquiera la muerte nos puede separar de la relación con Dios; una relación pensada desde los siglos por Él, una relación iniciada para nosotros y en nosotros en un momento histórico, cuando se nos dio la claridad de su verdad por medio del nuevo nacimiento. Por eso se nos dijo que era necesario nacer de nuevo, pero se nos advirtió también que esto no podría ser por voluntad nuestra, sino por voluntad del Espíritu. Y sabemos ahora que Dios  conoce la voluntad del Espíritu, el cual actúa conforme a la voluntad de Dios mismo, la voluntad del Padre (Romanos 8:27).

    En toda la Escritura vamos a encontrar incontables maneras y pruebas que demuestran nuestra pertenencia al Dios de los siglos. Pero se trata de una pertenencia con una relación de diálogo muy personal. No se trata de ser parte de un todo, sino de seguir siendo identidades individuales que conformamos una familia interrelacionada con el Dios vivo, por el puro afecto de su voluntad, por el solo hecho de que Él se propuso desde los siglos escogernos como pueblo, para hacer notorias las riquezas de su gloria. De esta forma nos hizo como vasos de misericordia y nos llamó de las tinieblas a la luz, mostrando su gracia absoluta para con los que Él ha querido hacer beneficiarios de su gracia.

    De manera que cuando ataque la angustia y se nos recuerde nuestras miserias, tengamos presente estas pruebas irrefutables de nuestra pertenencia al reino de Dios. Una pertenencia o militancia que no depende de nosotros en nada; simplemente hemos sido llamados, llevados, seducidos, por la palabra del evangelio. Una vez en el evangelio entendemos que hemos sido simplemente objetos de la misericordia de Dios. El impacto de su gracia nos lleva a bendecir su nombre y a mostrar ante nuestro prójimo el cambio que se está operando en nuestro ser. Un cambio substancialmente consumado, aunque un cambio relativamente activo, en tanto dure esta dualidad de la vieja y nueva naturaleza en nosotros. ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo…(Romanos 7:24).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL ENCUENTRO CON JESÚS

    Dios hizo al hombre y le habló en forma audible. Adán pecó, pese al contacto inmediato con su Creador. Siglos más tarde, hemos sido informados por el apóstol Pedro que el Cordero de Dios estuvo ordenado como tal desde antes de la fundación del mundo. Es decir, Adán debía pecar para que Jesús se manifestara como el Salvador de su pueblo. El plan de Dios se ve entretejido en las Escrituras, sin que se haya detallado como un esquema de un libro, como una bitácora de viaje. La lectura de la Biblia pasa por el convenio del intelecto del lector y el auxilio del Espíritu Santo, para que se pueda descubrir el fondo de su propósito.

    Por supuesto, en el área del intelecto habitan también la gramática del texto, junto a su contexto, el resto del escrito para comparación e interpretación. Desde Génesis hasta Apocalipsis la Biblia propone un encuentro con Jesús, diciéndonos que por medio de su palabra nos viene la fe. En cuanto a este tema hemos de tener en cuenta lo que particularmente se dice al respecto: que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), que ella es un regalo de Dios (Efesios 2:8), que sin fe resulta imposible agradar al Señor (Hebreos 11:6).

    Esa fe que viene por el oír (Romanos 10:17), y el oír por la palabra de Dios, implica la predicación del Evangelio. Así se desprende del verso que precede al señalado, que dice que no todos obedecieron al evangelio, pues ¿quién ha creído a nuestro anuncio? En tal sentido, la predicación del Evangelio nos viene como el medio que usa Dios para colocar su fe en los corazones de los que son su pueblo. Cada cual que predica no es más que un ministro de ese Evangelio por medio del cual otros creerán. Jesucristo es el sujeto de la Escritura, su autor indudable, el Verbo hecho carne, el que da los materiales necesarios a sus evangelistas. Un evangelista es todo aquel que predica el Evangelio del Señor, el que realiza la tarea que nos ha sido encomendada a cada creyente. Obedecemos a Dios si predicamos este Evangelio que nos fue ordenado en una gran comisión, bajo la garantía de la autoridad de Jesús.

    Judíos y Gentiles somos el objeto de esa predicación, para que oyendo podamos creer, como en efecto hemos hecho millones de personas a lo largo de la existencia humana. El evangelio es eterno (Apocalipsis 14:6), de manera que junto a la caída del hombre aparece su anuncio: primero en el símbolo de Dios al sacrificar animales para cubrir la desnudez humana; en segundo lugar, cuando se le anuncia a la serpiente acerca de la enemistad de su simiente con la simiente de la mujer (Génesis 3:15). Conoceríamos más tarde que existe una simiente prometida a Abraham de la cual Pablo habla diciéndonos que la expresión en Isaac te será llamada descendencia (simiente) se refiere a Cristo como el prometido.

    El Salmo 19 en su verso 4 nos habla de esa palabra divina que salió por toda la tierra, como voz de Dios. La creación misma nos predica del Altísimo y de su obra ordenada por medio de su voluntad manifiesta, haciendo aquello que no existía para demostrarnos su poder y grandeza. Juan nos enseña que ese Creador también es el Verbo hecho carne (Juan 1: 1-3). Todas las cosas por él fueron hechas, añadiéndonos que en él estaba la vida como luz de los hombres, y que las tinieblas no prevalecen en esa luz. Jesús es la verdadera luz que alumbra a todo hombre, la que vino al mundo (Juan 1:9). La ironía de ese relato se devela en el hecho de que el mundo fue hecho por Jesucristo, el mismo que lo desconoció cuando vino a esta su creación (Juan 1:10).

    Para conocer a Jesús basta con escuchar su palabra y recibirlo como el Hijo de Dios. Los que lo reciben demuestran que no han sido engendrados por Dios. En realidad, la salvación es por gracia, de manera que llegan a creer en Jesús todos aquellos que son enseñados por el Padre y que han aprendido de él (Juan 6:45). El que recibe a Jesús demuestra que ha sido engendrado por Dios, no por voluntad humana. Ese es el nuevo nacimiento que Jesús le explicaba a Nicodemo (Juan 3:3). No se trata de tener genealogía o descendencia de Abraham, ni de poseer parientes de valía teológica, ni mucho menos de presentar buenas obras como señal de justicia ante Dios. Nuestras obras son como trapos de inmundicia, carentes de judicialidad ante el Todopoderoso Juez Justo de toda la tierra.

    El primer nacimiento humano es terrenal, el segundo debe ser espiritual. Pero en este nacer de nuevo no puede intervenir voluntad humana alguna sino solamente la divina. Con el primer nacimiento demostramos que hemos sido concebidos en pecado y que tenemos que pagar su costo: la muerte eterna. Nuestra vida demuestra que hemos sido concebidos en iniquidad, siendo transgresores desde el vientre de nuestras madres (en pecado me concibió mi madre: Salmo 51). Nuestra naturaleza pecaminosa nos señala como hijos de ira. Nicodemo se quedó sorprendido con las palabras de Jesús, ya que él pensaba que por ser descendiente de Abraham sería computado como limpio ante Dios. Los fariseos se la pasaban convirtiendo gente a su judaísmo, pero se habían olvidado de la verdadera circuncisión del corazón. Habían ignorado las palabras de Ezequiel, las que hablaban del cambio de corazón de piedra por uno de carne. Ese precisamente era y es el trabajo del Espíritu Santo, que sopla de donde quiere como el viento, que hace de acuerdo a la voluntad del Padre Eterno.

    Urge el nuevo nacimiento, el nacimiento de lo alto, aquel que viene por un poder sobrenatural demostrado por el Espíritu. De esa manera sabremos que hemos sido llamados con llamamiento santo y en forma eficaz, en Cristo Jesús. El Señor también lo dijo en otros contextos; tenemos su prédica reseñada en Juan 6 ante la multitud que lo seguía maravillada por sus milagros de comida (panes y peces). Él dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo traía; si el Padre lo traía él no lo echaría fuera, sino que lo resucitaría en el día postrero (Juan 6:44). En Juan 6:37 el Señor anuncia otra premisa importante y fundamental: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. La síntesis derivada de esas dos premisas fundamentales es que la voluntad humana no tiene lugar en el conocer a Jesús, a no ser que la voluntad divina primero se manifieste.

    Por supuesto, esos discípulos que seguían a Jesús, de acuerdo a lo reseñado en Juan 6, razonaron y dedujeron que aquellas palabras eran duras de oír. No habiendo sido llevados por el Padre a Cristo se retiraron con murmuraciones (Juan 6:60-61). Jesús supo que sus palabras habían ofendido a aquella gente que insistía en seguirle, pero en ningún momento modificó su discurso. Más bien ratificó todo lo dicho con una pregunta retórica: ¿Esto os ofende? (Juan 6:61), añadiendo un poco después el resumen de lo que a ellos les había molestado: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65).

    Conocer a Jesús pasa igualmente por conocer su doctrina; estas enseñanzas de Jesucristo manifiestan la doctrina del Padre, tarea que ejecutaba el Hijo de Dios de manera perfecta (Juan 7:16-17).

    La doctrina tiene relevancia en el acto de conocer a Jesús, tanto la tiene que el apóstol Juan escribió en una de sus cartas que el que no permanece en la doctrina de Cristo no tiene a Dios; en cambio, el que persevera en la doctrina de Cristo tiene al Padre y al Hijo (2 Juan 1:9). Pablo recomienda a Timoteo ocuparse de la doctrina (1 Timoteo 4:13-16). Asimismo, Pablo dio gracias a Dios por los romanos que habían obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fueron entregados (Romanos 6:17). Conocer a Jesús pasa por reconocer su doctrina como verdadera y útil para nuestra redención.

    César Paredes

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  • EL CONOCIMIENTO DEL HIJO

    Isaías refiere al conocimiento del Hijo de Dios, a quien llama el siervo justo, para poder ser justificado (Isaías 53:11). Si no conocemos a Jesucristo, ¿cómo podemos invocarlo si no creemos en él? ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído? -se pregunta Pablo en Romanos 10:14. Cualquiera puede decir tener fe aunque pudiera ignorar el sustento de ella, la verdadera esencia (Hebreos 11). La gente asegura creer en Dios, pero lo mismo hacen los paganos del mundo, llamando dios a lo que no lo es (Romanos 1).

    Nosotros, los que nos llamamos creyentes en Cristo, entendemos que Dios envió a su Hijo en semejanza de hombre, con la idea de redimir a todo su pueblo de sus pecados. Eso lo aseguró un ángel en la visión que tuvo José, a quien le fue dicho cuál sería el nombre que habría de colocarle al niño por nacer. Sería llamado Jesús (Jehová salva) porque él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Ese Jesús le dijo a Nicodemo que Dios había amado de una manera muy especial al mundo, razón por la cual él había venido a morir por ese mundo. Pero no nos confundamos con el término, ni le demos mayor extensión que la que su contexto permite. Hablaba con un maestro de la ley, así que le estaba advirtiendo que no creyera que Dios amaba solamente al pueblo judío o de Israel, sino que también hacía lo mismo con las gentes (los gentiles), a quienes los judíos daban por llamar el mundo.

    Parte de esta doctrina se enfatiza en el día previo de la muerte de Jesús. Estaba orando en el huerto de Getsemaní y clamaba al Padre agradeciendo por aquellos que le había dado. Explícitamente dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Bien, fue Jesús el autor de esas dos frases, la de Juan 3:16 y la de Juan 17:9; en ambas se menciona la palabra mundo. Hemos de estar atentos a este contexto, ya que si tomamos ese vocablo como si tuviese un mismo referente caeríamos en una contradicción: la contradicción de la rebeldía del Hijo, que no moriría por el mundo que el Padre amaba. Eso no puede ser posible sino en una mente retorcida que busca una interpretación privada de las Escrituras.

    Para conocer al Hijo de Dios conviene acercarse a su doctrina, el cuerpo de enseñanzas que dejó a sus discípulos. Bien sabemos que el Nuevo Testamento contiene abundante información de lo que Jesús enseñó, así como el Antiguo Testamento también ilustra acerca de ese siervo justo que vendría. El apóstol Juan describe en su evangelio ciertas escenas en las que Jesús enseñaba a muchos discípulos. En el Capítulo 6 de ese evangelio vemos con claridad lo que aconteció ante la multitud que lo seguía como su Maestro. Ellos se espantaron de su doctrina, no la pudieron asumir y prefirieron dejarlo e irse de su lado. Hoy en día hay muchos que rechazan su doctrina pero que no se van, sino más bien se quedan merodeando para confundir a los que muestran interés en las enseñanzas de Jesucristo.

    En tal sentido, dicen conocer a Jesucristo pero ignoran su cuerpo de enseñanzas; dicen amar a Jesús con el corazón, aunque no aceptan en su intelecto lo que Jesús enseñó. Bueno, sigue la confusión entre corazón y mente, cuando son dos metáforas de una misma acción: la de comprender lo que Jesús dijo y la de asumir como un todo su doctrina. Conviene leer a Pablo en asuntos de doctrina, quien expone el caso de Jacob y Esaú, diciéndonos que esa es la forma en que Dios ha mostrado su elección: 1) la hizo desde antes de la fundación del mundo; 2) no miró la obra humana, ni buena ni mala, sino que simplemente actuó como un Elector libre; 3) no depende de quien quiere ni de quien corre, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer.

    Por supuesto, esa enseñanza se pasa por alto en las sinagogas de los supuestos creyentes, y también se interpreta de manera diversa para desviar el sentido unívoco que conjuga con el resto de las Escrituras. La soberanía absoluta de Dios no es bienvenida en el reino del libre albedrío humano, por lo cual se habla de paradojas, de conciliación, despreciando que Dios sigue siendo el Despotes descrito por Pedro en una de sus cartas. En realidad no tiene consejero, no tiene nadie quien le diga qué haces; el Señor gobierna aún en los pensamientos de los hombres, haciendo que el corazón del rey se incline a cuanta cosa Él ha deseado. En el libro del Apocalipsis vemos una escena en la que Dios coloca en los corazones de los que gobiernan la tierra el dar el poder a la bestia (Apocalipsis 17:17), para que se cumplan todas las palabras de su consejo.

    Ese siervo justo nos convenía de esa manera, ya que si fuese por obras todos estaríamos condenados. El cuento de que Cristo murió por todos, sin excepción, de que hizo posible la salvación para toda criatura humana, proviene del pozo del abismo. No tiene respaldo bíblico, excepto que se miren los textos fuera de sus contextos. La expiación es el pago por el rescate del alma, el sacrificio que hizo Jesucristo en exclusiva por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), al dar él su vida por las ovejas y no por los cabritos (Juan 10).

    La Biblia dice que Dios justifica al impío, de manera que nos justifica por medio del sacrificio de su Hijo. Jesucristo ha sido llamado la justicia de Dios, nuestra pascua, ya que sin esa justicia no podríamos tener redención. Muy malo para Judas, para Caín, para el Faraón de Egipto, para cualquier otro réprobo en cuanto a fe, como todos aquellos que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8). Así que resulta en otra gran mentira el decir que ya Dios hizo su parte, que el diablo ha votado en su contra, pero que ese empate lo resuelve cada quien levantando la mano a su favor.

    Nosotros no tenemos sino nuestra propia maldad o nuestro propio pecado; nada bueno hubo para que Dios se fijara en nosotros. De allí que nos gloriamos en la cruz de Cristo, nos apegamos a su doctrina y anunciamos su evangelio. Pero el evangelio tiene su anti-evangelio, que sería la enseñanza anatema de los falsos maestros. Existe un modelo teológico que está siendo aceptado en todo lugar, como una mala hierba que se propaga por doquier, lo cual ha hecho que muchos predicadores de la verdad trastabillen y lo acepten como otra manera de creer la verdad. Sin embargo, conviene denunciarlo si queremos predicar todo el consejo de Dios. Hablo del Arminianimo/Pelagianismo, una enseñanza que dice que Dios miró a través del tiempo para ver quién iba a creer. De esa manera Dios elegiría a cada uno de los que creerían, ya que se dio cuenta de que algunos lo aceptarían mientras otros lo rechazarían. Esto implica que el hombre cayó en el jardín del Edén pero no murió, sino que se enfermó de pecado. Es decir, todavía quedaría algo de bueno en el corazón humano por lo cual Dios tuvo en consideración darle una nueva oportunidad. Esto va contra las Escrituras que dicen que todos están muertos en sus delitos y pecados, que fuimos hijos de la ira lo mismo que los demás. La Escritura añade que Dios miró y vio que no había justo ni aún uno, que no había quien lo buscara (al verdadero Dios), ni quien hiciera lo bueno. Añade la Biblia que la justicia humana se asemeja a los trapos de mujeres menstruosas.

    En otros términos, para el otro evangelio el ser humano está en capacidad de elegir a Cristo, ya que si así no fuera Dios sería injusto. Eso es lo que enseña el arminianismo y su doctrina legendaria el pelagianismo. Hay pastores que predican la gracia soberana, pero que hablan de la posibilidad de la salvación dentro de la doctrina arminiana y pelagiana. Ellos se colocan como ejemplos, ya que dicen que anteriormente ellos fueron arminianos y ahora han creído en la soberanía de Dios. Por lo tanto, computan la época de su arminianismo/pelagianismo como parte del período de redención. Yo me pregunto, ¿por qué salieron del arminianismo o del pelagianismo? No hacía falta salir, ya que en su decir fueron salvos en ese tiempo.

    Al parecer no han entendido que la doctrina errónea no salva a nadie, como Pablo aseguró de la maldición de todos aquellos que predicaban un evangelio diferente al que calificó de anatema. El mismo apóstol tuvo como pérdida todo su tiempo de fariseo, de guardador de la ley de Moisés, diciendo que ahora nada más procuraba sino la excelencia de Cristo. Tener como pérdida su tiempo de fariseo ejemplar implica que él mismo reconocía que no era salvo en esa época. Pero estos nuevos pastores se congracian con el evangelio anatema y se colocan como argumento de validación, al decir que ellos fueron arminianos y que ahora que creen en la gracia soberana son salvos, como antes lo eran. Eso es un galimatías doctrinal fermentado.

    Pablo nos ha dicho que antes estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1), caminando en el sendero del príncipe de la potestad del aire. ¿No es andar de la mano con ese príncipe el caminar en otro evangelio? La doctrina que se opone a la doctrina de Cristo es sencillamente una doctrina del anticristo. Ese espíritu opera todavía en los hijos de desobediencia, así que conviene arrepentirse y creer el evangelio de Cristo, si en verdad hemos sido enseñados por Dios y hemos aprendido de Él (Juan 6:45).

    No hemos de creer que existe salvación en un evangelio que proclama a voces que la predestinación divina es repugnante (Jacobo Arminio), que declara que un Dios que hace tal cosa es simplemente un diablo (John Wesley), que alguien que elija es por igual un tirano (John Wesley). Tampoco hemos de creer que hay salvación en el corazón de un predicador que anuncie ante sus feligreses que su alma se rebela contra quien coloque la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios (Spurgeon). Quien colocó esa sangre a los pies de Dios fue el Espíritu Santo que inspiró a Pablo a escribir su Carta a los Romanos. Entonces, mucho cuidado con los camuflados, con aquellos que se engalanan ante sus oidores y asambleas, los que le dicen bueno a lo malo y a lo malo llaman bueno. Ocúpate de la doctrina, le dijo Pablo a Timoteo; buen consejo para nosotros en estos tiempos de anti-evangelios.

    César Paredes

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  • DE LA BASURA AL ORO (EFESIOS 6:12)

    La Biblia compara al creyente con un soldado de la fe, vestido con la armadura correcta para poder entrar en batalla. Esto no es jamás una opción sino una realidad que debemos encarar. La religión que profesamos como creyentes conlleva un alto costo: batallas, caídas y heridas, pero por igual se nos garantiza el triunfo en tanto peleamos la buena batalla. Pedro fue zarandeado como el trigo, Pablo fue abofeteado por Satanás, Jesucristo fue injuriado y crucificado, si bien todo iba conforme al plan de Dios. Al igual que Job, cuyos hijos perecieron, en tanto un fuerte viento sacudía la casa.

    Las palabras de Job en sus calamidades nos vienen como una gran enseñanza. Dice la Escritura que Job no pecó en todo esto que le aconteció, sino que dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito (Job 1:21). Este texto goza de una profundidad teológica que nos sirve de mucho en la vida, ya que Job siempre tuvo en su mente la idea del Dios soberano, pese a que Satanás le causó tropiezo. Sin Él, sin su voluntad, Satanás no puede actuar. Esto debemos tenerlo en cuenta cuando nos confrontemos con las adversidades en este mundo que sirve de principado a Satanás.

    Pablo pasó muchos trabajos duros en su evangelización, recibió azotes, prisiones, sufrió naufragio y fue calumniado. Sabemos que para entrar al reino de Dios hemos de pasar por muchas tribulaciones. Nuestra fe en Cristo nos cuesta mucho en esta vida, si bien nos garantiza la vida eterna. El que pierda su vida por causa de Cristo, gana la vida eterna; el que pretenda salvarla evitando los riesgos de andar con Jesucristo, la perderá.

    La lucha contra principados y potestades de las regiones celestes presupone una conquista sobre el mal. Tenemos enemigos de gran poder, los que rigen el mundo de las tinieblas, de la sinrazón, de la ilógica, de los que militan en la falsamente llamada ciencia. Somos llamados a ganar con argumentos esas disoluciones de Satanás, aunque en ocasiones vemos que el demonio posee a las personas. En tiempo de Jesús así sucedió, de manera que el Señor también tuvo la tarea de expulsar demonios. Recordemos al endemoniado de Gadara, el cual sufría grande malestar. Los demonios le rogaron a Jesús que no fuesen enviados todavía al abismo, sino que preferían poseer el cuerpo de unos cerdos que aparentaban cerca.

    No siempre existe la posesión demoníaca, pero a menudo vemos la influencia de los demonios en el carácter de las personas. Satanás usa dardos encendidos contra nuestros pensamientos, gobernando con ellos nuestro ánimo hasta doblarlo. La depresión viene como consecuencia de ese pensar continuo en la fatalidad; sabemos que somos más que vencedores, de acuerdo a las Escrituras. Por esa razón se nos ha recomendado pensar en todo lo que sea amable y de buen nombre, en lo que es digno de alabanza, en lo que tenga alguna virtud. Se nos pide dejar a un lado la ansiedad y el afán, llevar todos nuestros pensamientos ante Cristo Jesús. La paz de Dios nos cubrirá y nos guardará, de manera que podamos huir incluso de los pensamientos suicidas.

    Elías tuvo lucha terrible y deseó la muerte, por lo cual pidió a Dios que le quitara la vida. La respuesta fue el sustento con sueño y alimento, de acuerdo al relato bíblico, por medio de ángeles. Los ángeles son mensajeros de Dios, ministros de su bonhomía para los que somos miembros del cuerpo de Cristo. Ellos existen y no necesariamente tenemos que verlos, si bien algunos hospedaron ángeles sin que lo supieran. Dios ha querido en su voluntad eterna e inmutable hacernos pasar por este mundo de aflicción, para que seamos sustentados en la batalla. La lectura y meditación en la palabra de Dios nos da fuerza en el intelecto, así como la oración constante nos alienta en la avanzada del terreno que pisamos.

    Noé se introdujo en el arca construida para guarecerse del diluvio, suponemos que las olas del agua golpeteaban el navío en forma constante. Pero dentro, Noé no tuvo temor sino confianza plena porque la palabra del Dios soberano se cumplía a cabalidad, de acuerdo a lo dicho. A Jonás, en cambio, le tocó habitar el vientre de un pez gigante, asunto desagradable para el profeta rebelde. Tenemos dos ejemplos claros en estos personajes: Noé obedeció a Dios de principio a fin en relación a la construcción del arca, pero Jonás quiso responder huyendo de su asignación.

    Noé sufrió burla de sus contemporáneos, mientras Jonás cavilaba sobre la futilidad de ir a Nínive. No debemos huir de nuestras responsabilidades, ya que sufriremos las consecuencias inmediatas de la desobediencia a Dios. Satanás trabaja sobre nuestros pensamientos, haciendo que miles de ideas perniciosas se crucen en nuestra cabeza para entretenernos con ellas. Mientras nos ocupamos de sus acechanzas intentando desentrañarlas, nos agobia el sofoco del pesimismo. No se trata de darnos a los pensamientos positivos, como si con ese ejercicio pudiésemos cambiar las circunstancias, sino de centrarnos en la palabra de Dios antes que nada.

    Esa palabra viene como lámpara para nuestros pies, alumbrando al sencillo. En tanto ella nos gobierna se disipan nuestras dudas, cobramos valor y abandonamos la cobardía y temor ante el mundo. No nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, amor y dominio propio (2 Timoteo 1:7). No hemos de ser pusilánimes o cobardes, como si nos invadiera la falta de valor para confrontar los retos. Hemos de predicar el evangelio en oposición a los falsos maestros, para denunciar sus errores, para reprobar el pecado humano, para deshacer argumentos falaces contra la palabra de Dios. Es el Espíritu Santo el que nos produce el poder de lo alto en nosotros, el que nos ayuda en nuestras oraciones a pedir como conviene.

    Con esa garantía en la oración, tendremos lo que habremos pedido por cuanto se ha hecho conforme a la voluntad de Dios. Mediante ese poder podemos resistir las tentaciones de Satanás, como buenos soldados de Jesucristo. Los falsos maestros son los enemigos más acérrimos del evangelio, porque andan metidos en el corral de las ovejas intentando trasquilar su lana y dañarlas a granel. Mediante el poder divino que nos es dado resistiremos esas asechanzas del enemigo número uno de los creyentes, con el amor de Dios buscaremos siempre la gloria del Señor y no la nuestra. El dominio propio se refleja por lo que sostenemos como doctrina del Evangelio, al igual que mantenemos una sobria conducta, una debida moderación y pureza en todo cuanto hagamos de hecho o de palabra. De esta manera no nos rendiremos ante las potestades espirituales de maldad.

    En medio de esta lucha, nuestra fe es probada como el oro, para sacar toda impureza (1 Pedro 1:7). Por igual, el bieldo está en la mano del Señor y limpiará su era, recogerá su trigo en el granero pero quemará la paja en fuego (Mateo 3:12). Toda impureza o basura nos es quitada mientras somos purificados por el fuego. Pese a que Satanás comenzó con Adán en el Edén, y pese a que continúa con los que somos de Cristo, no podrá enjuiciarnos ni condenarnos, ya que hemos sido justificados por la gracia del Señor. Por esa razón el diablo anda con mayor ira, buscando a quien devorar. Él tiene a los suyos, los que por siempre lo seguirán, sea que vayan de voluntad o que caminen engañados; pero su mejor presea sería atrapar a uno de nosotros para atormentarnos en esta vida (pues en la otra no nos tendrá jamás). Por lo tanto, seamos prudentes, estando firmes, para no caer en las asechanzas del enemigo de las almas. Pobre de los habitantes del mundo que habitan entre semejantes enemigos: el diablo y sus principados y potestades, con mucho poder para provocar calamidades sobre los que lo siguen. Tenemos una promesa de victoria sobre nuestros adversarios espirituales, en tanto vamos transitando hacia la patria celestial. Nuestra lucha no es contra carne y sangre, si bien las más de las veces nos topamos con gente que habita el mal y posee el mal en sus corazones. Sepamos siempre que nuestras oraciones tienen gran alcance para esa batalla que en principio es espiritual. Al saber que el pecado no es una abstracción sino que se concreta en carne y sangre por igual, la Biblia nos recomienda a no andar en los caminos de los prevaricadores, a no sentarnos en sus mesas y sillas (Salmos 1).

    César Paredes

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  • LA DESVIACIÓN TEOLÓGICA

    Es conocido que una gran cantidad de personas de la religión cristiana comete el error de la desviación teológica. Esto lo digo con referencia al evangelio, a su comprensión y a su predicación. Desde que Adán cayó en pecado la raza humana toda heredó una naturaleza pecaminosa. Nada puede hacer el hombre por redimir su alma, de manera que Dios lo supo desde siempre, ya que en su eternidad se dispuso ordenar al Cordero para la expiación. Así lo confirma Pedro en su Carta, (1 Pedro 1:20), diciéndonos que Jesucristo estuvo ordenado para expiar el pecado de su pueblo, desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico. El mismo apóstol nos dejó en claro que el objetivo del Creador nunca fue la salvación de toda la raza humana. En 1 Pedro 2:8 leemos: Piedra de tropiezo, y roca que hace caer, porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados. Cristo ha sido colocado para el levantamiento de algunos, así como para el tropiezo y caída de otros. La desobediencia a la palabra, la infidelidad humana para con el Creador, son las causas del tropiezo de muchos. A éstos Dios los dejó en su maldad, pero no porque no pudiera levantarlos como hizo con otros sino porque ese fue su designio e intención desde la eternidad. Si miramos un momento a lo que anuncia la Escritura respecto a Esaú, comprenderemos que la voluntad de Dios aparece inquebrantable y sempiterna.

    No pudo hacer nada Esaú, ni el Faraón de Egipto, ni Caín, como tampoco Judas, así que ellos iban conforme a la Escritura con su destino a cuestas, para tropezar en la roca que es Cristo. En cambio, aquellos escogidos por Dios para ser testigos de su amor inquebrantable, persistimos en el amor de Cristo, más allá de que a veces tropezamos en la maldad y nos sentimos infelices por ello. Pero de inmediato el Espíritu de Dios nos levanta, nos sostiene, para volver al redil como David lo hizo, sumergido en arrepentimiento para perdón de pecados. En nosotros aparece la gracia que distingue para nuestro favor, como una generación escogida que bebe agua en el desierto, que experimenta los ríos en medio de los sequedales de verano. Eso somos en el mundo, testigos del manantial perpetuo, cosa que molesta mucho a los que se sienten separados de la gracia. Por eso el mundo nos odia, no porque seamos mejores que ellos sino porque siendo de la misma naturaleza que todos hemos sido vivificados por el Espíritu. Aparte de ser una nación santa somos un real sacerdocio, un pueblo particular que obedece la voz del que lo llamó de las tinieblas a la luz. Aunque estuvimos en el mundo como formando parte con él, fuimos llamados y regenerados, dándonos testimonio el Espíritu ante nosotros mismos de que somos hijos de Dios.

    Esta es la razón por la que la Escritura nos exige abstenernos de los deseos carnales, que solo se ejercitan para satisfacción del vientre. Hemos de batallar contra las obras de la carne, aquellas que se producen por la ley del pecado que domina muchas veces la mente, y que nos lleva a su cautividad (Romanos 7:23). Hasta este momento hemos dejado en claro nuestra identidad y nuestra similitud con los que no creen el evangelio, para demostrar que nuestro cambio interno lo ha dado Dios con su Evangelio. Nunca ha dependido de nosotros, como si fuésemos mejores que Esaú o que Caín, simplemente tuvimos suerte o herencia, en el decir de Pablo (Efesios 1:11) para recibir el llamado eficaz de Jesucristo.

    La desviación teológica subyace en pretender que Dios quiso hacer con todos lo que ha hecho con algunos. La Biblia habla del remanente que será salvo, aunque la humanidad sea semejante en número a la arena del mar; Jesús enfatiza en que son pocos los escogidos, aunque muchos sean los llamados. Agrega que lo que resulta imposible para los hombres (la salvación) es posible para Dios. Él vino a morir en exclusiva por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21; Juan 17:9, 20). No podemos pretender extender la expiación de Jesucristo más allá de las fronteras que el Dios Trino quiso darle, ya que eso implicaría oposición de nuestra parte a la doctrina de Cristo.

    En Juan 6 podemos leer lo que explícitamente Jesús expuso sobre la soberanía divina respecto a la salvación. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí. Y el que a mí viene no lo echo fuera… Nadie puede venir a mí si no le fuere dado del Padre. En esas dos premisas se compendia el propósito divino en relación a la salvación humana: solamente los que el Padre le envía al Hijo serán salvos. Absolutamente todos los que el Padre le envía al Hijo serán salvados. Ni uno solo se perderá, ya que no serán echados fuera. Pero Jesús enfatizó en el mismo contexto en la enseñanza del Padre: Y serán todos enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendrán a mí (Juan 6:45). Por supuesto, aquellos que fueron colocados para tropezar en la palabra que es Cristo de seguro trastabillarán y caerán con esta teología.

    Muchos de sus discípulos murmuraron por lo que Jesús decía, se retiraron porque no pudieron soportar su palabra dura de oír. Poco les importó la maravilla del milagro de los panes y de los peces, lo cual habían presenciado y de lo cual se habían beneficiado. Tampoco tuvo relevancia el cúmulo de enseñanzas recibidas de parte de Jesús, ya que el tema de la soberanía de Dios en materia de salvación los incomodó a grado extremo. Eso lo supo Jesús y no le importó en lo más mínimo, ya que siguió diciéndoles el mismo mensaje una y otra vez.

    Cuando ellos se retiraron haciendo murmuraciones de sus enseñanzas, Jesús se volteó a los doce y les preguntó si ellos querían irse también. Pedro le respondió que él era el Señor y que no tenían a quién más ir. Jesús les respondió que él los había escogido a los doce, pero que uno de ellos era diablo (hablando de Judas Iscariote, el que lo había de entregar). Si Jesús hubiese incurrido en la desviación teológica habría corrompido la doctrina del Padre; esto lo hubiera hecho si le hubiese importado que lo siguieran multitudes. Eso es lo que hacen muchas personas disfrazadas de cristianismo hoy en día, se entregan a la conformidad de las masas y sacrifican la palabra torciéndola, privatizándola, para mantener serena a la gente y en el mismo sitio. Estos falsos maestros y pastores de mentiras se ocupan del vientre de todos, haciendo discriminación en lo que deben decir para no ofender a los que asisten a sus congregaciones. De esa manera se llenan los bancos y crecen las arcas del templo. Llegan a advertir a los que descubren en la palabra que Dios predestinó para salvación y para condenación desde antes de la fundación del mundo, que si ellos quieren creer eso que lo crean en silencio o en secreto, para que los demás no se perturben. Han llegado a exigir que en sus púlpitos y asambleas no se predique esa palabra que trae confusión a las multitudes.

    Gracias a Dios las Escrituras nos muestran todo el consejo de Dios, sin importarle en lo más mínimo lo que pueda perturbar al mundo que rechaza a Cristo. El diluvio universal viene como prueba de lo que decimos, la humanidad entera pereció excepto ocho personas. No olvidemos nunca que Dios odió a Esaú antes de que hiciera bien o mal, antes de ser concebido. Esto se escribió en la Biblia para nuestra enseñanza, de manera que comprendamos que no es por obra la salvación, a fin de que ninguno tenga de qué gloriarse.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LO QUE SOMOS

    En la Biblia encontramos varios calificativos para tener en cuenta que pueden marcar la diferencia entre la desdicha y la felicidad. Somos una nación santa, un real sacerdocio, los elegidos, los amigos de Cristo. Por igual tenemos herencia en los cielos, siendo hermanos de Jesucristo, pero también se nos dice que pasamos a formar parte de los hijos que Dios le dio al Señor. La iglesia como cuerpo de Cristo se mueve de acuerdo a la cabeza, por lo cual sabemos que la apostasía no forma parte de la estructura del templo de Dios. El apóstata pasa como infiltrado en el redil de las ovejas, como la cizaña junto al trigo, al lado de los lobos disfrazados y al costado de los herejes que tuercen las Escrituras para su propia perdición.

    Semejantes a esos maestros de mentiras son los que los siguen, porque no hay diferencia entre llamarse apóstol de Cristo hoy día, cuando ya cesó ese oficio, y decirse patrocinador de semejante fechoría y arrogancia. Pablo no formaba parte de los doce apóstoles, de acuerdo a lo que él mismo escribió; por ejemplo, dijo que se había reunido con los doce. Sin embargo, agregó que él era apóstol porque Jesucristo se le había aparecido a él, como a un abortivo, como el último de ellos. Ciertamente, la palabra apóstol significa enviado, pero el que seamos enviados por Dios a predicar el evangelio no nos convierte en apóstoles como aquellos doce ni como el número 13 (Pablo, el último de ellos).

    El vocablo ungido se refiere al Mesías que había de venir, pero también la Biblia nos dice que somos ungidos por el Espíritu Santo. No obstante, sería una osadía que raya en lo blasfemo alegar que somos los nuevos Mesías de estos tiempos. Ese juego de la literalidad del término para sugerir que poseemos la jerarquía de quienes recibieron ese calificativo en las Escrituras, conlleva un rango de ignorancia con atrevimiento pernicioso. Si no oramos y velamos de acuerdo a lo que nos dijo el Señor, no tendremos la sabiduría de Dios para discernir las mentiras del enemigo de las almas.

    Pedid y se os dará, ha dicho Jesús. Cuando pedimos recibimos, si rogamos por pan no recibiremos un escorpión. Lo que Dios hace por nosotros lo hace las más de las veces bajo el mecanismo de la respuesta a la oración que hagamos. Nos dejó ese legado, una enseñanza oportuna para ejercitarnos en ella. La oración secreta será recompensada en público. ¿Cuánto tiempo suma la eternidad? ¿Cuánto tiempo pasamos al día en comunión íntima con Jesucristo? Fuimos llamados de las tinieblas a la luz, se nos dio un regalo inconmensurable cuando estuvimos muertos en delitos y pecados. Ahora nos corresponde ejercitarnos en la fe, por medio de la palabra viva de las Escrituras y a través de la oración o comunión con Dios.

    Al igual que Elías deberíamos permanecer en la presencia de Dios. A partir de la convicción de esa comunión con el Señor se determinará lo que seremos. Dios es Santo, pero nosotros tenemos el privilegio de llamarlo Abba Padre. Eso también somos, hijos de Dios con la habilitación suficiente para ejercer el rol de miembros de su estirpe. Poseemos la asistencia gratuita del Espíritu Santo, el que nos ayuda a pedir como conviene. La oración no consiste en declarar ni ordenar que sucedan cosas, como si actuásemos bajo la praxis del oficio de la Nueva Era. Eso queda para los diablos, para aquellos que se jactan de espiritualidad efectista, que pretenden recibir admiración con su palabrerío.

    La doctrina de Cristo constituye el eje del Evangelio. Sin su doctrina no existe nada que nos sustente, de acuerdo a lo que Jesús enseñó: Cuando el Padre os enseñe, una vez que hayan aprendido, vendrán a mí (Juan 6:45). Pero aquel que camina en sus senderos de perdición, aún su oración se le cuenta como abominación (Proverbios 15:8). El hombre de mal, que no tiene la fe de Cristo, no es escuchado por Dios en sus oraciones. Sus sacrificios se le computan como abominación. Donde no hay sentido del pecado ni de arrepentimiento, ni lamento ni intención de cambio, ¿cómo puede haber aceptación del Señor? Otro texto lo corrobora: El sacrificio de los impíos es abominación; ¡Cuánto más ofreciéndolo con maldad! (Proverbios 21:27).

    Las buenas acciones no expían la culpa del pecado, por lo que la religiosidad de millones de personas dentro de la cristiandad quedará sepultada junto a sus errores. El Señor les dirá en el día final: Nunca os conocí. El engañador que pretende por sus actos religiosos rendir tributo al Todopoderoso, sin haber sido llamado de las tinieblas a la luz, será semejante a Esaú, al Faraón o a Caín. La humanidad se divide en dos partes, de acuerdo a la Biblia: las ovejas y las cabras. También se menciona otra metáfora de esta división: los árboles buenos y los árboles malos. Jesús ha dicho que él colocaría su vida por las ovejas (recordemos que éstas se subdividen en perdidas y encontradas). Todas las ovejas perdidas serán conseguidas por el buen pastor; los árboles buenos son los únicos que dan buen fruto. Ese fruto que procede del corazón se conoce por lo que la boca pronuncia: De la abundancia del corazón habla la boca. ¿Qué es lo que pronuncia cada creyente redimido, como árbol bueno que es? El Evangelio verdadero. El árbol malo, en cambio, pronunciará siempre el evangelio anatema, esa mezcla entre verdad y mentira. Los árboles malos tienen apariencia de piedad, se dan a los ritos, a las acciones místicas, intentan buscar pruebas de su espiritualidad a través de los falsos dones especiales de hoy día.

    Juan nos recomienda probar los espíritus para ver si son de Dios. Se entiende que el creyente no se extravía en medio de los espíritus demoníacos, sino que habla con personas humanas. Por lo tanto, esa prueba se refiere a las personas que conocemos, ya que dependiendo del Evangelio que confiesen se develará el contenido de sus corazones. El falso creyente tiene cuesta arriba reconocer la soberanía absoluta de Dios, puede ser que incluso la confiese pero por sus argumentos colaterales saldrá a la luz su desvarío doctrinal. La mezcla de lo bueno con lo malo resulta abominable para Dios.

    Se deduce que somos de la verdad y amamos la verdad. Recordemos que Jesús tuvo discípulos que degustaron su palabra y sus milagros, pero que no resistieron la evidencia de la soberanía divina. Ellos murmuraron y dijeron que esa palabra era dura de oír (Juan 6: 60). No son pocos los que se dan a los ministerios eclesiásticos, pero de nada les sirve para sus almas si se resisten a la doctrina del Señor. En Juan 6 leemos que Jesús insistía en que nadie podía venir a él a no ser que el Padre lo trajese. En Juan 17 leemos que el Señor no rogó por el mundo por el cual no vino a morir, sino solamente por su pueblo (los que el Padre le dio y le seguiría dando). Todo esto va de conformidad con el resto de las Escrituras, como es el caso de Mateo 1:21, por ejemplo.

    Llegar a conocer al buen pastor pasa por ser la mejor de las suertes que pueda experimentar ser humano alguno. No en vano Pablo aseveró que tuvimos suerte en Cristo (Efesios 1:11, según la versión Reina Valera Antigua). Ahora colocaron herencia, pero recordemos que en la antigüedad la herencia era echada por suertes (la Kleronomía). Los turnos del sacerdocio antiguo tocaban según la suerte echada mediante una piedra pequeña llamada Klerós, como señala el griego de la Septuaginta. Pablo nos habla de esa suerte nuestra de haber sido escogidos desde la eternidad para esta redención tan grande.

    Somos muchas cosas al mismo tiempo, todas ellas muy buenas. Vivamos bajo el incentivo que nos obsequia el sabernos poseedores de tantas maravillas, solamente porque fuimos escogidos por el Padre. No hubo nada en nosotros, excepto pecado; pero Dios tuvo misericordia de muchos y estamos incluidos. Lo que Dios no quiso desde el principio no debemos reclamarlo, pero sí continuar con ahínco esta carrera que tenemos hasta que lleguemos a las moradas celestiales. Por cierto, también poseemos la ciudadanía del reino de los cielos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

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  • DE LA TIERRA AL CIELO

    Estamos en la tierra y en ocasiones nos preguntamos de dónde vinimos y hacia dónde vamos. La mayoría de las personas no sienten preocupación alguna por su destino, mucho menos se plantean por curiosidad de dónde precede todo lo que nos rodea. Un pragmatismo se yergue sobre las mentes que intentan resolver su día a día, sin que medie incomodidad intelectual en relación al origen y finalidad de todas las cosas.

    Las religiones van apareciendo y mutando, en el intento de resolver algunas proposiciones como respuesta. Pero entre ellas suele haber competencia, a no ser que parezca un aire de eclecticismo que busca resolver la incomodidad y disputa entre sus postulados tan diversos. La visión cristiana del mundo nos compete a cada creyente, pero sigue como un asunto de fe sin que se puede pretender probar cada detalle de lo que plantea la Biblia. Ante el mundo no habrá solución de la disputa, pero eso no significa que la lógica no nos acompañe. Pablo dijo que lo que se veía a qué esperarlo, dando a entender que la fe es la certeza de lo que esperamos y no vemos.

    En ese sentido, la prueba absoluta pudiera estar cercana a la idea de haber visto el hecho que anunciamos, lo cual presupone que ya no sería necesaria la fe. De nuevo, este presupuesto llega como premisa fundamental: lo que se ve, ¿a qué esperarlo? Por esa razón siempre caminamos bajo el paradigma de la fe como certeza de aquello que esperamos y no vemos. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, porque se hace necesario que el que se acerca a Él crea que le hay y que es galardonador de los que le buscan.

    La fe se nos asemeja a ese saco de piedrecitas que colgaba David cuando se enfrentaba a Goliat, para echar mano a una de ellas y lanzar el disparo en el nombre de Jehová. Salimos cada día a la calle, nos enfrentamos al mundo sea en la casa o fuera de ella, rodeados de gigantes al acecho. Son los principados y potestades los que circundan con su presencia nuestro diario vivir, bajo su odio terrorista que busca sacarnos de nuestro espacio. Esa es una de las causas por las cuales el Señor nos ordenó a vigilar y a no dormir, a estar en guardia con la oración y la palabra.

    La matemática del creyente es sencilla, una simplicidad, pero por su práctica generamos la costumbre de un hábito que nos sosiega en cada momento de turbación. En el mundo tenemos la aflicción, pero el Señor ha vencido al mundo. El mundo ama lo suyo y nosotros no somos del mundo, aunque estemos en él por el momento que dure este tránsito hacia las moradas celestiales. Sabemos que el Evangelio consiste en la promesa de Dios de salvar a su pueblo, bajo la condición de la sangre que el Hijo derramó en la cruz. De ese acto deriva nuestra justicia, la cual nos fue imputada en ese intercambio gratuito que hizo Jesucristo: tomó nuestros pecados y nos dio su justificación.

    Los que no creen el la doctrina del Evangelio continúan muertos en sus delitos y pecados. No nos extrañemos por la palabra doctrina, ya que Jesús vino a enseñarnos la doctrina del Padre, en tanto Pablo recomienda que nos ocupemos de ella. Esencial resulta entonces el conocimiento de las enseñanzas de Jesús (cuerpo doctrinal), ya que sin ella no hay Evangelio. Dios nos prometió un Salvador, una persona que habitaría en nosotros, el cual nos llevaría al reino celestial. Eso lo vemos en la Biblia, desde Génesis hasta Apocalipsis, siempre en referencia al pueblo escogido desde la eternidad. No existe comunismo en Dios, ni democracia, simplemente Él se manifiesta como soberano, como el ejecutor de todo cuanto ha querido. Siendo Todopoderoso, resulta capaz de cumplir todas sus promesas. Su poder se enuncia en los profetas: Por mí mismo hice juramento, de mi boca salió palabra de justicia, y no será revocada: Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua (Isaías 45: 23).

    Una prueba del cumplimiento de sus promesas la da Pablo: Pues os digo, que Cristo Jesús vino a ser siervo de la circuncisión para mostrar la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres (Romanos 15:8). Pedro añade que el Señor no retarda su promesa, sino que es paciente para con todos nosotros (los que alcanzamos una fe preciosa, por la justicia de Jesucristo -2 Pedro 1:1) -2 Pedro 3:9. Dios controla en forma total el universo, sin dejar un átomo a la deriva; cada acto de los seres humanos es medido, calificado, bajo el propósito de su providencia. Pero si él determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar? Su alma deseó, e hizo (Job 23:13).

    El corazón del rey, la suerte que se lanza en el regazo, los pensamientos de los hombres, todo es controlado por el Supremo Dios. Esaú viene a ser un ejemplo claro del destino prefijado por Jehová, cosa que lo indujo a vender su primogenitura. En cambio, Jacob viene como ejemplo idéntico de lo que acabamos de decir, pero para beneficio de su alma. A ambos creó el Señor con destino prefijado, antes de ser concebidos; a uno odió y a otro amó. Ante esta confesión de la Escritura muchos se levantan en contra, interpretándola de manera privada para torcerla. Se ha objetado que Dios inculpe a quien no puede resistirse a su voluntad, pero de la queja no queda sino el eco de los desdichados que se avientan contra el Todopoderoso. De la tierra al cielo hay solo un camino, definido como angosto y algo estrecho. Se nos ha dicho que Jesús es el camino, así como la verdad y la vida. Nadie puede ir al Padre sino por él; pero nadie viene a Jesús si no le fuere dado del Padre. El otro camino, el ancho y espacioso, lleva a un fin de perdición y muchos son los que por él deambulan.

    La predestinación es una doctrina de la gracia, dentro del ámbito de la soberanía de Dios. ¿Desde cuándo predestinó Dios lo que acontecería? Desde antes de la fundación del mundo, de acuerdo a las Escrituras. No predestinó en base a lo que el mundo haría, sino que el mundo hace en base a lo que Él dispuso. Cuando uno lee Apocalipsis 17:17 puede cotejar que los gobernantes de la tierra harán aquello que Dios colocó en sus corazones, para cumplir todas las palabras de Dios. La elección y predestinación no pueden depender de la voluntad humana, como si ella fuere libre; de serlo así no se cumplirían las profecías divinas. El hombre vacila en sus caminos y propósitos, de manera que profetizar en base a lo que el hombre maquina suele ser improductivo como incierto.

    ¿Qué le dijo Jesús a Pedro, respecto a su negación? Que él oraría para que su fe no fallase; es decir, todo está preordenado y Dios así lo ha dispuesto. La determinación divina subyace en la mente de Dios desde la eternidad: el Dios creador de todo cuanto existe no preguntó jamás si debería o no hacer a Adán. Pero aún el Hijo estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo (antes de la creación de Adán) para que fuese manifestado en el tiempo apostólico. Esa aseveración encontrada en 1 Pedro 1:20 nos da pie para sostener que Adán tenía que pecar, de otro modo el Cordero de Dios no se habría manifestado como nuestro Salvador.

    Del Señor sabemos esto: He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas, antes que salgan a luz, yo os las haré notorias (Isaías 42:9). Todos nosotros (los creyentes) estuvimos muertos en otro tiempo en nuestros delitos y pecados, lo mismo que los demás (los que no son creyentes). Es decir, caídos en el pecado como herencia de Adán, fuimos rescatados por el Evangelio, por la palabra de vida, de acuerdo a los planes eternos del Señor.

    El ser humano debe responder al juicio de rendición de cuentas que le queda pendiente; dos caminos en la tierra pero uno solo conduce al cielo. ¿De qué aprovecha al hombre ganar el mundo si perdiere su alma? Esa interrogante debería ser prioritaria en cada ser humano, si en algo estima su eternidad. La carencia de justicia viene como consecuencia natural de la pecaminosidad humana, pero la justicia de Cristo se imparte para poder iniciar la comunión con el Creador. Solamente aquellos por quienes murió Jesús alcanzaremos esa gracia, pero a cada quien le queda preguntarse qué le impide acercarse a Dios. Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón, dice la Biblia.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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