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  • IGNORANCIA FATAL

    Resulta una ignorancia fatal el descuido de la doctrina de Cristo. Ocupaos de la doctrina, le dijo Pablo a Timoteo, el que no vive en la doctrina de Cristo no tiene al Padre ni al Hijo, afirmó Juan. El conocimiento del siervo justo justificará a muchos, aseveró el profeta del Antiguo Testamento (Isaías 53:11). Entonces, ¿por qué la gente perece? Mi pueblo perece por falta de conocimiento, escribía Oseas (Oseas 4:6). Nuestra súplica como creyentes va por cada cual que afirma haber recibido a Cristo como su Señor y Salvador, pues pudieran estar engañados en el celo religioso y sufrir de la ignorancia mortal.

    Esa ignorancia estuvo reseñada en la Carta a los Romanos, en el Capítulo 10, cuando el apóstol Pablo demuestra su súplica a Dios a favor de Israel, ya que no andaba salvo. El mismo apóstol testificaba positivamente de ellos en cuanto al celo por Dios, pero lamentaba que no era conforme a conocimiento. Otras versiones dicen ciencia, pero da lo mismo: desconocer la doctrina de Cristo implica irracionalidad, si alguien se dice creyente. Por falta de conocimiento ese Israel del que hablaba Pablo no se podía someter a la justicia de Dios, ya que Cristo es el fin de la ley, para justicia de todo aquel que es creyente (Romanos 10:1-4).

    ¿Cree usted que Cristo murió por toda la humanidad, sin excepción? Entonces usted ignora la doctrina de Cristo, ya que él vino a perdonar todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Por otro lado, él afirmó que los que no creían en él no podían porque no formaban parte de sus ovejas (Juan 10:26). Las ovejas del Señor tienen varias características, valga la pena enunciar dos de ellas: 1) No se van nunca tras los extraños, porque no conocen la voz de los extraños (Juan 10:4-5); 2) nadie las podrá arrebatar de las manos del Hijo ni de las manos del Padre (Juan 10: 27-29).

    Uno debe inferir de lo ya dicho que ni una sola de las ovejas redimidas por Jesucristo confesará otro evangelio, ni dirá paz a alguien cuando no hay paz, llamando a lo bueno malo y a lo malo bueno. No se entiende por qué tanto rechazo a esta doctrina de Cristo, si miramos el diluvio universal y comprendemos cuántos perecieron allí. Solamente Dios preservó la vida de Noé y su corta familia, de manera que no mostró misericordia ante centenas de millones de personas que perecieron en sus pecados.

    Lo mismo sucede hoy día, como aconteció incluso terminado el diluvio. La gente procrea y se reproduce por doquier, sin tener en cuenta a Dios. Da honra a la criatura antes que al Creador, le da forma humana a alguien que es Espíritu, le da forma de animales para hacer un ídolo y adorar. Otros sostienen que no adoran el muñeco que hacen, sino que adoran lo que representa. Pero ese muñeco no representa a Dios, ya que Él es invisible y ha ordenado que la humanidad no se haga ningún ídolo, ninguna imagen de lo que está arriba en el cielo, ni debajo en la tierra. Sabemos que la gente desobedece el mandato divino porque su naturaleza es pecaminosa, por más que intente demostrar celo religioso por Dios. Eso hicieron los judíos, celosos de Dios, guardando muchos de sus mandamientos, pero desconocían que la justicia de Dios es Jesucristo.

    La razón por la cual la Biblia afirma que Jesucristo es la justicia de Dios es porque él pudo cumplir la ley a cabalidad; al mismo tiempo, se ofreció como Cordero sin mancha por todos los pecados del pueblo escogido de Dios. No vino Cristo a morir por Judas Iscariote, no lo hizo por el Faraón ni por ningún otro réprobo en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda. La Biblia nos reitera que Cristo no hizo ninguna propiciación por los pecados de aquellos cuyos nombres no están en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8).

    El que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él (Juan 3:36); pero el que cree en el Hijo tiene vida eterna. ¿Qué es creer en el Hijo? ¿Puede alguien creer en Jesucristo si ignora quién es y lo que vino a hacer? Esa ignorancia demuestra celo porque la persona dice creer pero pone de manifiesto la falta de conocimiento teológico. Esa teología no es otra cosa que la doctrina de Cristo, el cuerpo de enseñanzas que vino a dejarnos. Cuando oramos por los perdidos estamos demostrando nuestro amor por los enemigos del evangelio, quienes son también nuestros enemigos.

    Hay gente que dentro de la cristiandad pretenden tener como aval su celo religioso, su fervor por la piedad, como pruebas de la regeneración. Pero manifiestan un gran desprecio por las enseñanzas del Señor, tomando solamente lo que les agrada de su doctrina, dejando a un lado la solidez de su argumento como Dios soberano. Sin base alguna afirman que Jesús vino a morir por toda la humanidad, sin excepción, ya que de lo contrario sería un Dios injusto. Dios no pediría a alguien algo que no pueda dar, así que aunque el hombre esté muerto en delitos y pecados todavía puede decidir por sí mismo. En otros términos, tales autoproclamados creyentes suponen que el ser humano está enfermo pero no muerto, por lo cual caminan en disonancia con la palabra divina.

    Nuestra justicia no se basa en nuestras obras, sino en Cristo como justicia de Dios. Si él satisfizo al Padre en todos cuantos redimió, no tenemos ninguna otra justicia por añadir. Este es el punto crítico a entender: Jesús satisfizo al Padre con su sangre derramada a favor de su pueblo, como afirman las Escrituras. Si él hubiese muerto por todos, sin excepción, de seguro todos, sin excepción, serían salvos. Pero no es ese el caso, de acuerdo a las Escrituras. Jeremías predice el nombre con el cual sería llamado Jehová: Jehová, justicia nuestra (Jeremías 23:6). Ignorar la justicia de Dios presupone haber ignorado el evangelio donde se declara la justicia de Dios manifestada (Romanos 1:17). En el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, para que vivamos por la fe.

    Pablo nos advierte que la consecuencia inmediata de ignorar a Cristo como la justicia de Dios será que se imponga la justicia de cada quien, como garantía de apaciguamiento del Dios airado contra el impío. Sabemos que la única justicia que satisfizo a Dios fue la del Hijo, por lo cual entendemos que él vino como estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo, para salvar a sus ovejas escogidas desde la eternidad (1 Pedro 1:20; Mateo 1:21; Romanos 3:21-28).

    Reconocer al Hijo como justicia de Dios nos aleja de la vana jactancia, sabiendo que el Padre nos amó con amor eterno y por lo tanto nos prolonga su misericordia. Los que pretenden reconocerlo como Hijo pero anteponen su propio criterio de justicia (que él debería haber muerto por todos, sin excepción, que cada quien debe elegir su propio destino, que de esa manera sería un Dios verdaderamente justo) caminan como el Israel celoso de Dios pero no conforme a ciencia. Ellos están caídos en su propia ignorancia fatal.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • ABRAHAM NO ERA JUDÍO

    De Ur de los Caldeos fue llamado, para que dejara a su parentela y fuera en búsqueda de una tierra prometida. De él saldría un hijo que le vendría como la simiente (semilla), por medio de la cual todas las familias de la tierra serían bendecidas. En suma, si por su hijo vendría bendición se puede decir que por Abraham también vendría la bendición, como tomando el todo por la parte. Pablo nos aclaró que aquella semilla era Cristo. Entonces, ¿por qué la jactancia de ser judío? A Israel le aprovechó bastante el ser portadores del libro, de los escritos de Dios, pero no todo Israel sería salvo; solamente el remanente que Dios dejaba para Sí mismo, los escogidos desde antes de la fundación del mundo.

    Alguno pudiera inferir que Dios desechó a Ismael por ser hijo de una esclava no judía, dando preferencia a Isaac, cuando ambos eran hijos de Abraham. Bueno, hay que decir que Sara tampoco era judía, ya que Israel no existía como nación. Al hacerse hombre Isaac, se unió con su mujer y tuvo dos hijos, Jacob y Esaú, ambos hijos en un mismo parto de gemelos. Dios por igual escogió a uno y desechó al otro. También se le dieron tierras a Esaú como de Ismael se dijo que sería padre de naciones. Pero en ese contexto vemos algo netamente terrenal, mientras en el plano espiritual se habló claramente que no heredaría la bendición el hijo de la esclava. Tampoco Esaú que sin ser hijo de esclava fue desechado, dándonos a entender la Biblia que de Dios es quien viene la elección. A Jacob amé, pero a Esaú odié (Malaquías 1:2-14; Romanos 9:13), declaran las Escrituras.

    La salvación viene de los judíos, afirmó Jesucristo frente a la mujer de Samaria. La línea de David llegaría hasta él, para cumplir de esa manera lo dicho por Jehová a Abraham, nuestro padre de la fe. Ciertamente, sin ser judío se constituyó en el padre de la fe de todos los que hemos llegado a creer la promesa, por lo cual hemos sido benditos en él. Una maldición fiera recae en aquellos que maldigan su nombre, así como una bendición garantizada habrá para los que lo bendigan.

    A los judíos les fue ordenado el diezmo en su ley, pero Abraham diezmó y no era de la ley. En el Nuevo Testamento leemos que Jesús les dijo a unos judíos que ellos diezmaban la menta y el eneldo, pero que habían olvidado la misericordia; ambas cosas eran necesarias hacer a los judíos. Pero no vemos a ninguno de los apóstoles ni a ninguno de los diáconos de la iglesia primitiva pidiendo los diezmos. Recordemos que aquellos diezmos se recogían para los sacerdotes del templo, ya que a ellos no se les repartió tierras para trabajar, sino que su ocupación estaría dedicada en relación a los oficios sacerdotales. Eran en especie, fruto de sus cosechas y de las crías de animales.

    Llegado el período de la iglesia, la sociedad eclesiástica fue distinta en su constitución a la sociedad judía. Más allá de que en un principio estuvo conformada por judíos, mayoritariamente, la práctica del diezmo quedó a un lado. Se abría un nuevo camino para mostrar misericordia: la ofrenda para los necesitados. De esto nos habla Pablo en abundancia, mostrándonos que los hermanos generosos daban lo que tenían en sus corazones dar. Y ciertamente, más bienaventurado es dar que recibir. El impío toma prestado y no paga, mas el justo tiene misericordia y da (Salmos 37:21). Dios ama al dador alegre, el que no da con tristeza o por necesidad (2 Corintios 9:7); le da en cuantía ciento por uno (Marcos 10:29-30).

    De la manera como Abraham fue llamado del paganismo y de su idolatría, así también Dios sigue llamando a los impíos para que dejen su vanidad idolátrica. Ahora lo hace por medio de su palabra anunciada como Evangelio, las buenas noticias de salvación. Anteriormente era por igual un evangelio, una buena noticia como la que Dios le dio a Abraham. Pero dentro del plan divino vemos que quiso Dios mostrarse fundamentalmente a un pueblo étnico, al pueblo de Israel. De allí habría una división (el reino de Israel cuya capital fue Samaria y el reino de Judá con Jerusalén como capital). Cristo venía de los judíos.

    Jesucristo fue llamado el segundo Adán, para compararlo con el primer Adán. Ese primer Adán trajo la muerte por su primer pecado; en tanto cabeza federal de la humanidad se ha escrito que en Adán todos mueren. De Jesucristo se ha escrito que en él todos viven. Muy bien, ¿quiénes son los que viven en Cristo? Los que vino a redimir de acuerdo a la elección eterna desde los siglos hecha por el Padre. En el primer capítulo de la Carta a los Efesios leemos sobre esa realidad de la predestinación, expuesta en forma muy prístina.

    Así que ya no son los judíos los elegidos, sino que aconteció endurecimiento en parte a Israel para que los gentiles (el resto de las naciones) fuesen injertados en el gajo que se alimenta de la fuente del olivo. Siempre habrá un remanente para salvación, pero ya no somos llamados judíos o gentiles, sino una nación en Cristo. De los dos pueblos, Jehová hizo uno, si bien cada nación continúa con sus costumbres étnicas y sin que sea anulada ninguna por causa del evangelio. Los judíos continúan con su plan histórico anunciado por el Creador, están aguardando todavía la llegada del Mesías. Pero ese Mesías vino a lo suyo, y los suyos (los judíos) no lo recibieron; pero a los que lo recibieron (algunos de los judíos -llamados remanente- así como a los gentiles, por igual remanente o escogidos) les dio potestad de ser llamados hijos de Dios.

    Aquella elección hecha en tiempos eternos da su fruto a su tiempo y pone de manifiesto el milagro de la fe. Los muertos en delitos y pecados no pueden siquiera reconocer que existe la medicina para su cura, pero el poder de la regeneración que da el Espíritu Santo a todos aquellos que fueron señalados para creer rompe la muerte y la transforma en vida abundante. La evangelización consiste en anunciar que Jesús como justo murió por los injustos, que él se convirtió en la justicia de Dios y que sin esa justicia no es posible encontrar la redención. Dios no salva a nadie por medio del falso evangelio, que ha sido llamado maldito o anatema.

    En cambio, el evangelio de verdad es bendecido en aquellas sandalias de los que lo portan: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio de las cosas buenas! (Romanos 10:15). ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica la salvación, del que dice a Sion: Tu Dios reina! (Isaías 52:7).

    Estos textos nos dan a entender que la elección incondicional que hizo el Padre (Efesios1) tiene su propósito final por medio de la predicación del evangelio; nosotros somos llamados a creer, a recibir a Jesucristo (a los que lo recibieron y creen en su nombre les dio potestad de ser hechos hijos de Dios: Juan 1:12-13). Sin el evangelio no hay redención posible, por lo cual no nos avergonzamos del evangelio, porque es poder de Dios para salvación (Romanos 1:16). El arrepentimiento bíblico presupone un cambio de mentalidad (METANOIA), por medio del cual nos damos cuenta de que somos ínfimos, miserables, sin importancia, en tanto Dios cobra el valor de todopoderoso, soberano, misericordioso. A partir de esa comprensión comenzamos a ver el fruto de la redención, pero para eso nadie es suficiente sino solo Dios. El Espíritu Santo regenera nuestros corazones, de acuerdo al plan perfecto del Padre, el cual ya había ordenado desde antes de la fundación del mundo a su Cordero, para ser manifestado en tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).

    Somos elegidos, pero antes de creer no mirábamos en una lista para comprobar si estábamos en ella. El libro de la vida le corresponde a Dios y no se nos da para leerlo; simplemente se nos llama al arrepentimiento y a creer el evangelio de verdad. Una vez que hayamos creído el Espíritu viene a morar con nosotros hasta la redención final; entretanto, da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, por lo cual sabemos desde entonces que nuestro nombre está escrito en el libro de la vida del Cordero (Apocalipsis 17:8).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EN ESPÍRITU Y EN VERDAD

    Los que alaben y adoren al verdadero Dios, en una justa manera, de cualquier nación, están siendo buscados por el Padre. Recordemos que la Biblia llama a Dios el Padre de los espíritus (Hebreos 12:9). Dios es el Creador de las almas humanas, aquella parte más noble del ser humano. Si se ganare el mundo pero se perdiere el alma, ¿de qué aprovecha? He allí la semejanza con Dios, la imagen del Altísimo, cuando se propuso crear a Adán a su imagen y semejanza. En realidad Dios es espíritu, no carne; la figura que nos dio con Él hace referencia no a su carne sino a su espíritu. Ahora bien, si cada ser humano se asemeja al Padre en alguna medida, en virtud de haber sido creado por el Eterno, ¿cuánta mayor similitud no habrá en aquellos que hemos sido redimidos por el Hijo?

    A éstos busca Dios que le adoren en espíritu y en verdad, sin necesidad de templos hechos por manos humanas. Se nos ha declarado que somos templos del Dios viviente, que hemos de cuidar nuestros cuerpos que son templo del Espíritu Santo. Le debemos sujeción al Altísimo, no solo en tanto sus criaturas sino mucho más en cuanto hemos sido adoptados como hijos. Hemos de permanecer humildes ante su poderosa mano, quietos soportando con paciencia, como bien lo dijo Pedro: Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo (1 Pedro 5:6).

    El creyente no debe murmurar contra Dios, sino someterse a su voluntad. No hemos de despreciar el castigo divino cuando llega, sino que nos hemos de entregar al reconocimiento de nuestras faltas y vilezas. La poderosa mano de Dios exhibe su soberanía para rebajar por completo nuestra altivez de espíritu, lo cual ayuda a exaltar la nobleza. Sabemos que pese a su castigo, estamos siempre bajo la sombra de sus alas, a la espera del tiempo de nuestra exaltación. Esto equivale a la vieja expresión: en el tiempo de su visitación, ya que el que se humillare será exaltado, pero acá hemos de tener en cuenta que Dios es quien exalta y no nosotros a nosotros mismos. Si nos exaltamos por cuenta propia estamos mostrando orgullo y altivez de espíritu, lo cual se muestra en clara oposición a la voluntad divina.

    Sabemos que Lucifer, el célebre querubín hecho por Dios, se dejó llevar por su propia grandeza y quiso ser semejante al Altísimo. Su altivez lo condujo por un sendero de muerte y fue arrastrado en su encontrada maldad. Contaminó a gran multitud de ángeles que lo siguieron en su motín contra el Omnipotente, para ser humillados después en su castigo eterno. Al parecer la estupidez de pretender igualarse a Dios como Creador lo acompañará por siempre, como fue puesto en evidencia cuando quiso seducir al Hijo de Dios (su propio Creador, de acuerdo a Juan 1:1-3) para que lo adorase. La criatura pidiéndole al Creador que lo adore, el colmo de la insensatez; pero no solo eso, sino que le ofreció los reinos de la tierra en tributo a esa pedida adoración, como si aquellos reinos no le hubiesen sido dados a él como parte del botín de maldad, de acuerdo al plan eterno del Altísimo.

    Este ejemplo de insensatez que acompaña como par al orgullo, debe estimularnos lo suficiente para distanciarnos lo más que podamos de cualquier sentimiento de soberbia o superioridad. Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. El Señor nos lo dijo, como lo recogió el Evangelio de Juan 4:23: que ha llegado la hora de adorar al Padre en espíritu y en verdad. En espíritu implica por argumento a contrario sensu que abandonemos toda concepción carnal que tengamos de Dios. Hemos de arrepentirnos (cambiar de mentalidad) en relación a lo que en nuestra carne pensamos que debe ser Dios. Dios no es corpóreo, no padece nuestras limitaciones, se ha definido como el Despotes, alguien Altísimo que no tiene comparación. ¿Lo haremos semejante a figuras humanas o angélicas? ¿O tal vez a imágenes de animales? Aunque seamos su imagen y semejanza está separado de nosotros, a no ser que una vez que hayamos sido convertidos por el nuevo nacimiento su Espíritu pase a morar en nosotros guardándonos hasta la redención final.

    No hagamos como aquellos que buscaban adorarle de labios, pero cuyo corazón se distanciaba de Él; ahora nos toca adorar en espíritu y en verdad. La verdad contraviene la hipocresía, busca la integridad y sinceridad. No es ceremoniosa sino simple, buscando la sustancia del acto de adoración. La palabra de verdad se convierte en el Evangelio de Cristo, donde encontramos la sustancia de la Divinidad. Es un Dios en tres personas, como se manifestó en el bautismo de Jesús. El Padre se regocijó en el Hijo, en su acto de obediencia, en tanto el Espíritu tomó forma de paloma para posarse sobre Jesucristo. Ese Dios Trino fue una revelación progresiva en las Escrituras: Desde el Génesis, cuando se dice: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, o cuando se habla en aquel plural posible de la lengua hebrea, donde el sujeto plural se une al verbo en forma singular: En el principio creó los dioses los cielos y la tierra (de acuerdo al texto hebreo), así como en otros textos, como este de Isaías: Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu (Isaías 48:16).

    En el texto de Isaías habla el Hijo, diciéndonos que él estaba desde el principio, pero que ahora fue enviado por Jehová el Señor (el Padre) y que fue enviado también por su Espíritu (el Espíritu Santo). Son tres personas con voluntad propia: el Padre que envía al Hijo, y el Espíritu que también envía al Hijo. Cuando se dice que Dios es espíritu ha de entenderse que se refiere a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Esas tres personas son el objeto de nuestra adoración, en una manera espiritual. Dios es espíritu, no una sustancia corporal, no hecho de partes, indivisible, sin alteración ni cambio. Dios es inmortal, inteligente, invisible, está en total diferencia con los espíritus creados, ya que Dios no es creado por nadie.

    Adoremos a Dios en forma pública y privada, en la asamblea o en lo secreto; testifiquemos de su grandeza que nos acompaña en la obra exhibida de su creación. La palabra revelada nos sirve de acompañamiento diario para descubrir su voluntad, ya que creemos que ella fue escrita por los santos hombres de Dios siendo inspirados (2 Pedro 1:21). Esa palabra no nos vino por voluntad humana, sino cuando Dios lo quiso. La influencia divina en esos escritores preparados y escogidos para tal fin, habitados por el Espíritu Santo, dirigió sus palabras de manera que ellos no hablaron de sí mismos sino de Dios.

    Esa santificación de aquellos escritores no es otra cosa sino la separación del mundo, para un peculiar servicio. Ellos mismos fueron pecadores, como nosotros, pero en su actividad de escritores inspirados se manifiesta la separación del resto de los demás mortales, como un distintivo de la gracia divina para beneficio exclusivo de todo el pueblo escogido de Dios. Para este pueblo peculiar fue enviado el Hijo a morir por todos sus pecados (Mateo 1:21), para ver linaje (Isaías 53:11), para quedar satisfecho por su trabajo. He allí el centro de la Escritura o de la revelación divina, la declaración de su Redentor preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), el motivo especial de nuestra adoración en espíritu y en verdad.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • QUE LOS MUERTOS ENTIERREN A SUS MUERTOS

    Esta expresión célebre del Hijo de Dios llama la atención a muchas personas, pero parece una sentencia definitoria de la realidad con la cual venimos a este mundo. La muerte cuelga en nosotros, en cada uno de los herederos de Adán, ya que en Adán todos mueren. Jesús en tanto Dios conocía los corazones de las personas, de manera que supo a quién venía a redimir. Pagó con su sangre la ofrenda por el pecado de todas sus ovejas; dejó por fuera y sin pago el pecado de los cabritos. Lo hizo en tango siguió el plan del Padre, la voluntad que vino a cumplir y de acuerdo a la doctrina que se propuso enseñar.

    Al llamar a uno de sus prospectos para que lo siguiera encontró una excusa. El futuro discípulo le pidió esperar hasta que enterrara a su padre. Tal vez estaba enfermo de muerte, tal vez ya había fallecido, no nos lo dice en forma precisa el contexto. En cambio, por las palabras de Jesús vemos en forma clara lo que quiso decir respecto a quiénes salvaba. No le empalagó la mente con promesas de mentiras, más bien fue adusto en el trato con quien vino a salvar. El padre del futuro seguidor no entraba en la ecuación de salvación, como pareciera ser que la redención no se extendía al resto de su familia cercana.

    Los muertos en delitos y pecados deberían enterrar a sus muertos (uno de los cuales era el padre de ese discípulo). Por supuesto que una persona muerta físicamente no posee capacidad para enterrar a otro, por lo tanto la referencia señala a la muerte espiritual. Como otros puntos de la doctrina del Padre que vino a enseñar Jesucristo, esta frase tiene detractores entre los proclamados cristianos. Hay quienes afirman que se hacía referencia a los ritos mortuorios del momento, que duraban varios días porque había la costumbre de embalsamar el cadáver.

    El vocablo usado por Jesús es NEKRÓS νεκρός y no TÁFOS τάφος. El primero refiere a la persona muerta, al cadáver, en tanto el segundo señala al funeral o al rito fúnebre, así como a la tumba. Jesús nunca dijo que dejara que los fúnebres entierren a sus muertos, como si quisiera señalar que se refería a los de la funeraria. Fue muy específico usando dos veces seguidas la palabra NEKRÓS. Serían los muertos quienes se encargarían de los ritos fúnebres de los otros muertos, con lo cual daba a entender que el padre del futuro discípulo estaba tan muerto espiritualmente como el resto de sus familiares.

    Cualquier persona puede derivar múltiples lecciones del contenido de esta frase del evangelio (Mateo 8:22). Se podría decir que el creyente debe ocuparse por entero de las cosas de Dios, que no debería entregarse en demasía a los asuntos fúnebres de sus familiares. Sin embargo, sabemos que Jesús se entristeció con la muerte de Lázaro, cuya familia fue a visitar; además, debemos honrar a nuestro padre y a nuestra madre (Marcos 7:10). Recordamos por igual las palabras de Pablo a Timoteo: Si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo (1 Timoteo 5:8).

    Con el trasfondo bíblico podemos inferir con mayor precisión que Jesús le indicaba al futuro discípulo que él lo estaba llamando a un trabajo particular que requería una entrega total, pero que al mismo tiempo no había llamado ni a su padre ni a otros de su familia. El creyente ha de desprenderse de lazos familiares estériles, dando prioridad a la vida espiritual que no perece. Hay muertos en vida que participarán de la muerte segunda, que no serán jamás revividos para vida eterna. Esto obedece a que no fueron elegidos como vasos de honra por el Padre, sino que fueron formados como vasos de ira y destrucción. La Biblia tiene múltiples textos que refieren al acto eterno de la predestinación, a la voluntad divina que no depende de la voluntad humana.

    Enseña este texto del evangelio que el Dios soberano hace como quiere, que todo cuanto quiso ha hecho, que las ovejas que vino a redimir una vez que oyen su voz y comienzan a seguir al Señor no se van más tras el extraño (Juan 10:1-5). Sabemos que al morir no acaba todo, sino que está determinado que las personas mueran una sola vez, y después de esto el juicio. Hay muertos en vida que entierran cuerpos muertos, como en el caso referido; Jesús no había llamado a nadie más de esa familia.

    Imagino que cuando el discípulo fue conociendo a su Maestro pudo darse cuenta por su doctrina que lo que había escuchado era duro de oír. Sin embargo, no cayó en la trampa de la murmuración como aquellos otros discípulos reseñados en Juan 6.

    El tema de la predestinación, de que Dios ha formado vasos de ira de la misma masa con la cual ha formado vasos de misericordia (Romanos 9) fustiga el alma de muchos. Se intenta torcer las Escrituras para forzar a que ella diga otra cosa de lo que sus palabras enseñan. Hay quienes refieren que Dios amó menos a Esaú que a Jacob, que Dios salva a aquellos que son menos malos o a los que tienen algo de vida espiritual y parecieran que no andan tan muertos en sus delitos y pecados. El verbo ODIAR – MISEO μισέω,se ve enla Biblia en múltiples contextos. Uno de ellos está en Lucas 14:26, cuando el Señor nos dice que el que va a él debe aborrecer (odiar) a su padre y a su madre, a su mujer y a los hermanos, aún a su propia vida para poder ser su discípulo.

    A partir de esas palabras algunos sospechan que el verbo ODIAR tiene un sentido más suave y podría contener la posibilidad de amar menos. Acá vemos un argumento derivado por la vía del sentido contrario; se exalta una cualidad (la del odio) para llegar a su contraparte (el amor). Los seres que más amamos son esos mencionados por Jesús, pero si estamos dispuestos a seguirlo a él hemos de mirar su reflejo en el espejo del odio. Es decir, algunas de sus implicaciones serían: 1) No hemos de amar más a la gente que a Dios -a quien hemos de amarlo por sobre todas las cosas y personas, incluso más que a nosotros mismos; 2) hemos de odiar todo aquello que vaya en contra de la santidad de Dios, lo cual incluye aún a nuestros cercanos parientes que no son creyentes todavía; 3) existe una concordancia entre el criterio de Cristo con el del salmista David, cuando escribió: ¿No odio a los que te odian? -(Salmos 139:21); 4) nuestro odio no presupone venganza, ni el hacer daño al otro, simplemente asume la concepción del pecado como la oposición a la santidad divina; 5) Jesús demostró su autonomía cuando llamó a una persona al discipulado pero dejó de lado al resto de su familia.

    Sabemos que el amor de Dios va para unos pero no para todos, que existe el camino angosto y el ancho, que hemos de luchar por permanecer en él sin salirnos, pero que esa persistencia nos la da el Espíritu Santo que nos conforta y alienta a permanecer en la verdad. Nada hacemos por nuestros méritos, si bien somos nosotros quienes batallamos a diario para alcanzar esa salvación tan grande. Una vez que hemos recibido la vida se activa el instinto de supervivencia, de manera que nos aferramos a ella y evitamos el suicidio espiritual.

    El estudio del Dios soberano nos hace ver a nosotros mismos en minúscula posición frente al Dios eterno e inmutable. Sin embargo, nuestra posición en Cristo, nuestra adopción como hijos, hace posible que la alegría mueva cada fibra de nuestro ser para seguir como valientes en medio de un mundo embravecido y montado en cólera contra los hijos de Dios. El que se afecta negativamente por los actos soberanos del Dios vivo, hace fila con aquellos discípulos reseñados en Juan 6, los que se emocionaron con las palabras y milagros de Jesús pero enjuiciaron su doctrina. Digamos como Pedro: ¿A quién iremos, Señor? Tú tienes palabras de vida eterna.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL MUNDO ANDA ASÍ

    Quizás algunos se pregunten sobre la razón de por qué el mundo anda como lo vemos, de mal en peor y con mucha calamidad. Tal vez hay quienes piensen que existe una lucha entre el bien y el mal, donde este último a veces vence. Pero ese maniqueísmo no va bien con las Escrituras que nos cuentan acerca del Dios soberano que hace como quiere y que no tiene consejero. En realidad, la Biblia dice que no hay quien detenga la mano de Dios ni quien le diga ¿qué haces? Nuestro Dios está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3). El mundo tiene la vía ancha, los números de los muchos dejados atrás, pero la iglesia de Cristo contiene los escogidos del Señor.

    Son muchos los que caminan por el camino ancho, si bien somos pocos los del camino angosto. Estamos puestos en estrecho en muchos asuntos, pero seguimos al Salvador que nos redimió. La aflicción está en el mundo con sus espejismos, pero la paz de Cristo se muestra superior a la que brinda el mundo. Por supuesto, no nos equivoquemos con el mundo religioso que se parece a un mercado donde existen ofertas de gustos distintos. Son numerosos los miembros de la falsa iglesia, ellos arropan con números y con distinciones llamativas. Allí se practican los viejos dones especiales, como si estuvieran vivos, por lo cual vemos profetas que vaticinan el futuro, los que hablan lenguas y las interpretan, los sanadores de enfermedades subjetivas, los que se dejan sugestionar por sus pastores de mentira. Asimismo, existen nuevos apóstoles, personas a quienes supuestamente Cristo se les apareció. También hay soñadores y quienes aseguran saber el tiempo de la Segunda Venida del Señor. En esos lugares siniestros la doctrina de Cristo se opaca para evitar su denuncia.

    Justo parece recordar lo escrito en el Evangelio de Juan, Capítulo 6. Allí se narra cómo una multitud de alrededor de cinco mil personas seguían a Jesús, luego de haber acontecido el milagro de los panes y los peces. Muchos de ellos se iban por barca y por tierra para seguir al Maestro de los milagros; querían conocer más de sus palabras. Jesús los confrontó con su teología, la doctrina que vino a enseñar de parte del Padre. Ellos resultaron espantados porque no soportaron la dura palabra de oír. Se fueron tras sus murmuraciones y no les pareció justo lo que el Señor les dijo: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que a mí viene no le echo fuera (Juan 6:37). Ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trajere (Juan 6:44).

    Las multitudes no aceptan la doctrina del Hijo sino que desean su buena moral y sus virtudes, para buscar palabras de buena ventura. De esa manera aseguran que la Biblia les habla acerca de cómo hacer más dinero, de cómo llevar una vida próspera, tal como suponían aquellos que se alimentaron de los panes y los peces. Ellos seguían a Jesús porque habían comido de gratis, pero no tenían profundidad en su raíz de fe. El Señor conoce a los que son suyos, por lo cual también reconoce a los que no lo son. Por esa razón dirá en el día final: Apartaos de mí, nunca os conocí. Es decir, el Señor no tiene comunión íntima con los que no son suyos, con los que el Padre no le ha dado, con los que no fueron escogidos por el dador de toda dádiva y don perfecto.

    ¿Son pocos los que se salvan? -dijeron al Señor algunos de sus discípulos. El Señor les recomendó luchar para entrar por la puerta angosta, ya que muchos intentarán pero no lo lograrán. Agregó el Señor en otro contexto que lo que era imposible para los hombres era posible para Dios (Lucas 18:27), ya que el nuevo nacimiento lo da el Espíritu Santo y no puede ser tenido por voluntad humana. El mensaje central del evangelio nos dice que hemos de arrepentirnos o pereceremos (Lucas 13:3). El cambio de mentalidad respecto a Dios y a nosotros mismos es el arrepentimiento bíblico: Él es soberano absoluto, pero nosotros somos débiles, impotentes, criaturas bajo su mandato.

    Él es el Dios que hizo los cielos y la tierra bajo su voz, el que nos ha formado con algún propósito. Dice Romanos 9 que el Creador de la misma masa de barro hizo vasijas de honor y de deshonra, así que no depende de nosotros sino de Dios que tiene misericordia. Si no reconocemos su soberano poder y su derecho como Alfarero, no pretendamos tener amistad con el Todopoderoso, ya que no acepta nada de nuestra soberbia. Soberbia es pretender elegir, suponer que tenemos en nuestro poder la decisión de nuestra eternidad. Soberbia e ignorancia caminan de la mano, ya que por la falta de conocimiento perece mucha gente (Oseas 4:6). Los que suponen que el conocimiento no importa deberían leer con detenimiento el texto de Isaías 53:11 (Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos). En la ignorancia la gente pretende que si no hay libertad no puede haber culpa, pero ese axioma pertenece al terreno del derecho humano, nunca al derecho divino. Al contrario, de acuerdo a las Escrituras nosotros somos responsables no porque tengamos libertad de acción sino porque somos criaturas dependientes del Todopoderoso. Si tuviésemos libertad de parte del Creador no le deberíamos un juicio de rendición de cuentas (Hebreos 9:27).

    El Espíritu da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios (Romanos 8:16). El conocimiento que nos justifica viene como consecuencia de ese Espíritu y de su testimonio. Satanás nos tienta y hace que por medio de nuestra concupiscencia caigamos muchas veces; esto forma parte de la cotidianidad del creyente (Romanos 7), por causa de la naturaleza pecaminosa que todavía poseemos. Recordemos que Saulo de Tarso no tuvo remordimientos de conciencia por tener a sus pies las vestiduras de Esteban, cuando era apedreado. No obstante, cuando fue convertido en Pablo pudo escribir ese capítulo 7 de su carta a los romanos, donde leemos que se sentía miserable cuando hacía aquello que no quería y cuando dejaba de hacer lo que debía y quería hacer. Ese Pablo entristecido por su pecado daba gracias a Dios por Jesucristo, nuestro Señor, el cual lo libraría de su cuerpo de muerte.

    Ese Espíritu como testigo ante nuestro espíritu viene a ser superior a todos, como para que no dudemos de su testimonio. Nunca nos engañará, se estableció en nosotros como la garantía de nuestra redención final; además, nos conduce a toda verdad, nos santifica (nos separa del mundo), nos anhela celosamente y se contrista en nosotros por nuestras rebeliones. Por ese Espíritu nos acercamos al Padre y clamamos Abba Padre, ya que nos fue concedido el tenerlo como nuestro Consolador. Él nos ayuda en nuestra debilidad, intercede por nosotros con gemidos indecibles para ayudarnos a pedir como conviene en nuestras oraciones.

    El mundo anda así, como lo vemos, porque tiene el espíritu del padre de la mentira, del príncipe que lo gobierna. Nosotros, en cambio, poseemos el espíritu de victoria porque estamos en Cristo. Simplemente que no pertenecemos al mundo sino que estamos dentro de él como viajeros hacia una patria mucho mejor que aquella en la cual habitamos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA MALDAD AUMENTADA

    Una señal relacionada con el advenimiento de Jesucristo a la tierra, en calidad de Rey que vendrá a juzgar, ha sido el aumento de la maldad. Como en los días de Noé, la tierra se ha llenado de violencia; como en los días del justo Lot, la sodomía junto a la soberbia y la falta de misericordia se manifiestan en el planeta. Las guerras aparecen por doquier, los intentos de ejecución masiva, las pestes o pandemias planificadas por humanos malignos muchas de las veces, se muestran como nuevas señales de que el fin viene. Sin embargo, en este escenario profético no podemos adelantarnos en fechas y horas, aunque sí asombrarnos por la exactitud de lo predicho.

    En el libro de Daniel se menciona el aumento del conocimiento o de la ciencia en los últimos tiempos; los expertos en lengua semítica aseguran que lo que dijo el profeta toca el área del aumento de la información de la información. El área del internet satura la mente del hombre contemporáneo. Se podría decir que la inteligencia artificial toma un plano muy particular en estos días, junto al acto de implantación de chips en el cerebro humano. Esto último asombra, si bien no podemos indicar que sea en sí mismo la marca de la bestia apocalíptica.

    El escenario se puso en marcha para que muestre las viejas profecías bíblicas, algo que maravilla pero que por cotidiano y repetido ya casi deja de asombrar. Recibimos información que no imaginábamos décadas atrás, acerca del aumento de la maldad en los últimos tiempos del mundo. Hoy día se habla de cacerías humanas, donde algunos interesados servidores de Satanás se privilegian con el sufrimiento de criaturas que como víctimas completan el sueño malévolo de las almas envilecidas.

    Los creyentes en Cristo deseamos su pronta venida, queremos que este mundo tenga una parada inmediata. Jesús nos dijo que el amor de muchos se enfriaría por causa del aumento de la maldad. En ese enfriamiento deseamos partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor que quedarnos en esta tierra anunciando el evangelio. Sin embargo, la buena nueva de salvación debe seguir siendo anunciada como un testimonio para alcanzar las ovejas que todavía deambulan perdidas en el mundo. Claro está, cuando entre la plenitud de los gentiles el panorama será otro.

    Los gentiles (el mundo no judío) hemos sido invitados a participar de la gracia redentora de Dios. En tiempo antiguo estuvimos excluidos de esa ciudadanía santa, pero venido el tiempo fuimos incluidos gracias al endurecimiento parcial de Israel. Ya sabemos cuán dañada puede ser la gente que se dice religiosa y que se aparta del canon del Señor, pero el Israel de antes no fue llamado por bueno ni por su trascendencia, sino por ser el más insignificante pueblo de la tierra para que Dios diera su mensaje y esperanza a través suyo. El Mesías vendría de parte de los judíos por lo cual Jesús nació en Belén de Judea.

    El vino a buscar las ovejas perdidas, vino a lo suyo y los suyos no le recibieron. Esa dureza de Israel había sido anunciada por los profetas, para que el resto de naciones se incorporaran al plan de esperanza divino. Esta ha sido la estratagema de Dios, el que hace como quiere y al que nadie puede detenerle su mano. El mundo apunta a la globalización como política, para que aparezca un dictador mundial. Se conspira para que el escenario prepare el acomodo del dictador, uno que no hará caso del amor de las mujeres, de acuerdo a la profecía de Daniel.

    Ese inicuo cuyo advenimiento será por obra de Satanás, como lo dijo el apóstol Pablo, hará pacto con muchos y después romperá el pacto para oponerse a todo lo que sea Dios. Se hará llamar dios a sí mismo y ofrecerá una ofrenda inicua como lo que él es: una abominación desoladora. La Biblia habla de una prueba que sufrirán los que moran en la tierra; de igual forma nos advierte para que velemos y oremos, de manera que seamos tenidos por dignos de escapar de esa hora de terror que vendrá. Ciertamente, no nos ha puesto Dios para ira, pero nos toca proseguir en la comunión con el Señor para ser protegidos de aquel día terrible predicho por los profetas.

    Presenciamos una época de pseudo libertad, lo cual puede valorarse en los medios de comunicación social. Se vive como se quiere, se actúa como se desea, se publica sin escrúpulos para expresar cosas que a otros agradan. Al final de toda esa carrera se proclama que no se quiere autoridad que regule nada de esa libertad. La libertad de acción conduce poco a poco a una anarquía, donde los muros ya no contienen la avalancha de deseos que cada ser humano anhela manifestar. Ya hay desfile de menores de edad (niños) bajo la bandera libertaria de la homosexualidad y cualquier otra depravación sexual. Se abren las fronteras territoriales y el inmigrante puede actuar con violencia que no debe ser castigada en virtud de sus derechos humanos.

    La Escritura denuncia esa supuesta libertad como la anomía, la vía que conduce a la muerte y destrucción total del alma. La libertad para el pecado no es otra cosa sino un síntoma de la esclavitud del pecado; Jesús afirmó que la verdad nos haría libres, pero esa verdad nos conduce a la vía de la comunión con el Padre. En la oración que tengamos expresaremos nuestros pesares, buscaremos por igual la ayuda divina y reconoceremos nuestras limitaciones para vencer por cuenta propia al mundo. Dios conoce los secretos de nuestros corazones por lo cual conviene tanto pedir aquello que le lleve gloria a su nombre, como paz a nuestra conciencia.

    El que comete pecado esclavo es del pecado, y el esclavo no vive en la casa para siempre, sino el Hijo de Dios es quien vive en esa casa a la cual hemos sido invitados. Seremos libres del pecado al caminar por el camino estrecho y al entrar por la puerta angosta. El mundo tiene una vialidad llamativa, amplia para que cada quien produzca sus pecados a granel. El mundo ofrenda a Satanás, su Príncipe, al tiempo que invita con incentivos casi irresistibles para que ingresen en sus sendas anchas y confortables. Pero no olvidemos que a pesar de la oferta el mundo da poco y después quita todo.

    ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo y perder su alma? Pablo nos dice en Romanos 6 que no dejemos que el pecado reine en nuestro cuerpo mortal. La esclavitud a nuestra propia concupiscencia nos maldice, nos maltrata el espíritu. Cualquier persona que deambula por el sendero ancho, obedece al pecado y su fin será destrucción total. Los creyentes estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire (Efesios 2:2).

    Ese espíritu del príncipe del mundo opera ahora en los hijos de desobediencia, para hacer la voluntad de la carne y de los pensamientos; nosotros éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás (Efesios 2:3). El pavimento por donde anda el incrédulo es oscuro, ancho y lleva a la destrucción final. Caminar por ese sendero demuestra una pertinaz conducta para pecar, una persistencia en el error, así como un placer de caminar en el equívoco. La descripción de muerte en delitos y pecados nos lleva a presuponer que para llegar a creer tuvo que habérsenos dado vida, ya que un muerto en el espíritu carece de disposición para desear siquiera la medicina para salir de su letargo mortuorio.

    La maldad está siendo aumentada a diario, pero nosotros no hemos de mirar atrás sino que con mayor ahínco hemos de asirnos de la mano del Señor, orando cada vez con más fuerza y afianzándonos en la esperanza bienaventurada (Tito 2:13).

    César Paredes

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  • UN SOPLO DE ALIENTO

    Creer, tiene muchas implicaciones en la existencia del hombre de fe. Cuando Dios creó al hombre, le sopló aliento de vida. La posibilidad de que un muñeco de barro se irguiera para comenzar un camino resulta demasiado baja; sin embargo, por la fe creemos que el Creador le dio aliento de vida a su obra hecha a imagen y semejanza de Sí mismo. El mundo creado se formó al mandato de la voz divina, algo demasiado potente para soportar en nuestras finitas mentes.

    La fe se nos muestra como el soporte de lo que creemos, aquello que está debajo y sostiene lo que asumimos. La Biblia la llama la fe de Cristo, así que es el Hijo de Dios el que ha creado todo cuanto existe, de acuerdo al Capítulo 1 del Evangelio de Juan. Todas las cosas fueron hechas para él y por medio de él, y sin él nada de lo que es hecho hubiera sido hecho. En resumen, nuestra vida gira en torno a su eje fundamental, Jesucristo crucificado y resucitado. Ese Hijo de Dios ha sido nombrado como la justicia de Dios, nuestra pascua, habiendo muerto como justo por causa de los injustos.

    Nuestro aliento cobra fuerza en tanto el Consolador fue enviado para habitar nuestros corazones. Poco importa que el mundo ignore la norma divina, ya que lo que de Dios se conoce ha sido manifestado por medio de su obra creada. Apareció en la criatura el deseo de agradar más al producto que a su Hacedor, así que prefirió darse gloria a ella misma antes que al Creador. Por esta razón se ha abierto una caja de males, lo cual ha traído deshonra para la humanidad. Como nunca antes, la maldad ha sido aumentada en estos tiempos, de manera que el amor de muchos se enfría.

    En la Carta a los Romanos, en el Capítulo 1, se puede leer que la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres. El sumo de la malévola forma de vivir lo constituye el acto de detener la verdad. La premisa del apóstol Pablo subyace en el verso 16 de la carta nombrada, cuando argumenta que él no se avergüenza del evangelio, ya que es el poder de Dios para salvación a todo aquel que cree. Se detiene el evangelio cuando se impide su anuncio, pero también cuando por la maldad humana se solapa la verdad del propósito divino.

    El hombre ha ido glorificándose a sí mismo, entregado por completo al servicio de la carne. Abandonando el valor del aliento que le fue insuflado, pernocta en los laberintos mundanales bajo las doctrinas de demonios. Su sabiduría se trocó en necedad, la gloria del Dios incorruptible fue llevada a semejanza de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y reptiles. Esa persistencia en adorar lo que no es ha hecho que Dios insufle deshonra al ser humano. De esta manera fue entregada a la inmundicia gran parte de la humanidad, para que se entrelace en las concupiscencias del corazón.

    Cambiar la verdad por la mentira supone llamar malo a lo bueno y bueno a lo malo. La homosexualidad descrita en los versos 26 y 27 de Romanos, Capítulo 1, ha venido como consecuencia de la negación de la verdad. Pero no solo llegó ese mal, también vino toda injusticia, fornicación, perversidad y avaricia; todo esto ha sucedido por no tener en cuenta a Dios. Aparecen en escena los que odian a Dios, los que inventan males, siendo desobedientes a los padres, viviendo como necios y desleales, sin afecto natural.

    Hoy día vemos gente sin misericordia, burlesca, que se complace en la murmuración y en la carnalidad. El Carnaval demuestra la entrega oficiosa del ser humano al canto de la carne, época en la que se leva o quita la carne de nuestro cuerpo, en alusión a eventos religiosos de la cristiandad y al repertorio de la histórica Saturnalia. Se comprueba que el ser humano tiene una naturaleza de pecado, de error / hamartía en griego significa errar el blanco, vocablo de donde procede el término pecado.

    Esa naturaleza carece de interés y poder para doblegarse por sí sola, no cede a la voluntad humana, así que urge que un medio externo la someta. Eso solo lo hace el Espíritu Santo de acuerdo a la voluntad del Padre de las luces. El autor de toda dádiva y don perfecto es quien puede doblegar el alma del ser humano, lo hace sin esfuerzo pero solamente en aquellos a quienes eligió desde la eternidad para ser objetos de su amor. Esta doctrina de Cristo molesta mucho a los no elegidos, o incluso a los que habrán de ser llamados pero que todavía no lo han sido. Los enoja porque reconocen que por sí mismos no podrán agradar a Dios.

    La pretensión humana de que puede hacer aquello para lo que no le ha sido provisto, ha generado gran confusión en materia religiosa. Obras muertas que se entregan como garantía de la paz ante un Dios que continúa airado contra el impío todos los días. Simulación de piedad ante el prójimo, como una huella de identidad que santifica al hombre. Pero más de lo mismo, injusticia sobre injusticia. Pablo advirtió a los destinatarios del Capítulo 10 de Romanos sobre la imposibilidad de agradar a Dios, de parte de aquellos celosos y religiosos que colocan su propia justicia ante el Padre Creador.

    La única justicia que Dios acepta es la de su Hijo, pero si se ignora nada puede sustituirla. Mucho celo por Dios, mucha obra religiosa, mucha apariencia de piedad no resuelven el problema humano. Cristo afirmó que seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido iríamos al Padre (Juan 6:45). También dijo que nadie podría ir a él (a Jesús) si el Padre no lo trajere a la fuerza. Esa es la naturaleza del verbo usado en el texto griego: ELKO, ser arrastrado por un barco remolque, ser dragado. No depende de nosotros sino de Dios que tiene misericordia.

    En Juan 6:37 Jesús dijo que todo lo que el Padre le daba vendría a él y no sería nunca echado fuera. Esas dos premisas enunciadas (Juan 6:37 y 6:44) colocan al ser humano en la imposibilidad de acudir por cuenta propia. Al mismo tiempo garantizan por medio de la potencia de un Dios Todopoderoso que todos iremos, sin excepción, siendo admitidos, sin excepción, por Jesucristo. Ese todos anunciado por Cristo hace referencia a todo aquel que es enviado por el Padre. Por supuesto, su discurso generó incomodidad en los que lo seguían, los cuales fueron llamados discípulos por el escritor del evangelio.

    Se entregaron a la murmuración afirmando que las palabras de Jesús eran duras de oír. La salvación es de Jehová, pero él no desprecia al corazón contrito y humillado. La salvación es la liberación de la esclavitud del pecado y de la condenación, lo que resulta en una vida eterna con Dios. La vida eterna se define como el conocer al Padre y a Jesucristo a quien Él ha enviado. El Señor es la fuerza de su pueblo, es la defensa salvadora de su ungido. Jesús no rogó a ninguno de aquellos alumnos que lo seguían por mar y tierra, no les recordó que ellos habían sido beneficiarios del milagro de los panes y los peces. Simplemente reconoció que ninguno de ellos había creído, por lo cual se volvió a los doce para preguntarles si ellos se querían ir también.

    Pedro reconoció que no tenían a quien más ir, ya que el Señor tenía palabras de vida eterna. Jesús agregó que él los había escogido a ellos, y que uno de ellos era diablo (hablaba de Judas, el que lo había de entregar). Por esa razón se escribió en el libro de Jonás que la salvación pertenece a Jehová (Jonás 2:20), dado que es el Espíritu de Dios el que santifica. La santificación es la separación del mundo, así que somos odiados por ese mundo que no nos ama, porque tampoco amó a Jesús nunca. El mundo ama lo suyo, les entrega una paz incierta, la comunión de los que en él habitan unidos por la carne. La iglesia, por contrapartida, presupone la comunión de los que están unidos por un mismo Espíritu.

    Nuestro soplo de aliento para vida eterna vino dado por el segundo Adán, Jesucristo como Dios-hombre Mediador. Somos la nueva creación de Dios, metidos en vasos de barro frágiles, pero bajo la garantía de que ni uno solo de nosotros perecerá. Ese sí que es un aliento para vida eterna, el consuelo de cada creyente en medio de las vicisitudes de la vida diaria. Ofrezcamos sacrificios de alabanza, cumplamos lo que hemos prometido ante Dios, porque la salvación pertenece a Jehová.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA RELACIÓN CON EL DIOS VIVO

    Muchas personas religiosas se esfuerzan por mantener un vínculo con la idea del ‘dios’ que fabricaron, por lo cual un modelo de divinidad parece ser acogido por millares de seres humanos a través de nuestra historia.  Una gran variedad de ese prototipo de ‘dios’ hecho a semejanza del hombre prorrumpe en las almas desoladas y sedientas de agua viva.  Sin embargo, resulta temerario recorrer los caminos que parecen rectos pero que tienen un destino de muerte o perdición.

    El Dios de la Biblia se manifiesta a sí mismo como el creador de todo cuanto existe.  Sabemos por la lectura de las Escrituras que se trata de un Ser Soberano.  No hubo ni habrá después de Él nada semejante, todo cuanto quiso ha hecho y nunca ha tenido consejero.  No obstante, la vieja costumbre de construir a un ‘dios’ conforme a nuestra semejanza ha ido modelando en nuestro espíritu y mente la configuración antropomórfica de la Divinidad.  Leemos las porciones de la Biblia e interpretamos de acuerdo a nuestros valores culturales.  Aquello que pudiera incomodarnos lo ajustamos al punto en que empezamos a llamar a lo bueno malo, y a lo malo bueno.

    Esa distorsión en la percepción del otro interrumpe la adecuada comunicación. ¿Cómo puedo interpretar debidamente lo que el otro me dice, si yo tengo una imagen torcida de quien me habla?  Por ello suponemos que Dios guarda silencio.  Suponemos que demora en responder a nuestras inquisiciones. En esa visión distorsionada solemos decirnos ¿Quién es el Todopoderoso, para que le sirvamos? (Job 21:15).
    El Dios revelado se manifestó en forma humana; el Verbo se hizo carne. Esa podría ser la forma más objetiva de comunicación hacia nosotros los humanos, en nuestra relación con el Ser Supremo.  El Verbo encarnado podría constituir un modelo de esfuerzo comunicativo ideal: ponerse al lado del otro, tratar de percibir como ese otro.

    No bastaron los profetas o los salmistas, no fueron suficientes los patriarcas o todos los ungidos del Antiguo Testamento para configurar una imagen divina en la historia humana.  Urgía la manifestación encarnada del Dios vivo, eterno e inmutable.  De tantos nombres por los cuales se le llamó, nos quedamos con el más inmediato y terrenal, Jesús el Cristo. 

    Ese intento celeste por perfeccionar la comunicación con nosotros debe rendir sus frutos oportunos.  Quizás el primero de ellos no sea otro que entender que la relación dialógica entre el Padre y nosotros ha de ser personal, individual  y con un código inteligible para el diálogo.  Personal por cuanto no tiene que pasar por la institución humana que se autoerige como intérprete traductor de la función dialógica.  Individual porque se dirige a lo indivisible que tenemos cada uno de nosotros, aquello que nos hace ser únicos y que aunque semejante en todos los humanos no se puede compartir: nuestra identidad.

    Una comunicación personal e individual presupone un código inteligible y particular, inherente a nuestra habla emocional, intelectual y espiritual.  Cierto es que la comunión horizontal entre los humanos toma en ocasiones forma de iglesia.  Pero no puede haber iglesia sin individuos, o sin personas.  De allí que se hace necesario redescubrir en nosotros mismos ese lenguaje con el cual nos sentimos parte del otro interlocutor.  El lenguaje es el que comunica, de eso tenemos ejemplo cuando el Verbo (La Palabra) se hizo carne.

    Quizás nuestro problema comunicativo se funda en el hecho de que tratamos de comunicarnos con palabras de otros.  Tan estéril puede resultar ese intento comunicativo como aprenderse de memoria un diálogo para hablar con nuestros seres queridos.  Las palabras de la institución no perfeccionan ni fuerzan el diálogo.  Las palabras tomadas de otro no me comunican a mí. 

    David fue llamado un hombre conforme al corazón de Dios.  Eso nos impacta y de inmediato viene a nuestra mente Betsabé (recordamos su actuación bastante dañosa en cuanto a la ética y a la moral).  Sin embargo, no hubo otro que cantara tanto la grandeza y la misericordia de Dios, porque quizás no hubo otro que comprendiera tanto el uso de sus propias palabras y de su propio recurso lingüístico como David.  La actitud de este poeta no fue otra que intentar trasladar por medio de las palabras lo que su alma capturaba del Dios que le había elegido desde los siglos y le había separado de las ovejas de su padre, para venir a ser el nuevo pastor del pueblo que le tocó dirigir.

    Las palabras de David están a nuestro servicio.  Podemos repetir esos salmos una y otra vez, pero no como quien memoriza a la usanza de un autómata un texto, sino como quien lo digiere en su alma. De esta forma, al leer uno de sus tantos cantos vamos añadiendo nuevos valores, nuevas esencias al olor fragante que emana de las alabanzas.  Sabemos que David fue un profeta; a lo mejor nosotros no vamos a profetizar al estilo de David, pero sí somos llamados a tener una comunión, a lo menos, a su estilo.  Sólo de esa forma podemos ser llamados conformes al corazón de Dios.

    David parece haber descubierto que el Señor tenía un contacto personalísimo con él.  David no se confió sólo en el contacto histórico de su Dios con los profetas y patriarcas que le precedieron. David también anheló el contacto íntimo que tuvieron Moisés, Samuel, Abraham, entre otros.  Caminar con Dios, ser conforme al corazón de Dios, ser amigo de Dios, fueron expresiones referidas a ilustres personas que pareciera hubieron descubierto lo mismo:  el beneficio de la comunión íntima. 

    Tenemos además una promesa del Mesías que nos recuerda que el Padre busca adoradores en espíritu y en verdad. Le adoramos por su obra general, la creación, y por su obra particular, la salvación. Pero sólo es posible adorarle en espíritu y en verdad a través de la comunión íntima. La misma Biblia nos asegura que Dios dice: Si alguno se gloría, gloríese en conocerme.  La gloria del creyente está en conocer a Dios, lo cual será posible si entendemos que no hay traductores ni intérpretes de la comunión. La comunión es un acto individual y personalísimo, ‘intuito personae’, como solían decir los romanos antiguos en referencia a ciertos actos del Derecho.  Cuando se contrata a un artista para que realice una determinada obra de arte, ese artista y no otro deberá hacer dicha obra. Ese carácter jurídico es ‘intuito personae’, por una persona en específico, ella sola y no otra. De igual forma, la alabanza, la adoración, el temor, la comunión misma, han de ser intuito personae, con nuestros medios y nuestras formas individualísimas, conforme al raciocinio implantado por el mismo Creador en las mentes, espíritus y almas de sus escogidos desde los siglos para tales fines.

    En la medida en que personalicemos los mecanismos de contemplación y adoración, en esa medida la relación con Dios correrá por un camino auténtico. Nacer y morir son dos actos personalísimos, nadie los puede hacer por nosotros. De igual forma, la relación con Dios es personalísima y pasa por la cámara secreta, cuando cerramos la puerta (a las voces del mundo) y tenemos comunión con el Padre que está en lo secreto, el cual ha prometido recompensarnos en público.  El mundo grita a voces y logra generar interferencia en nuestro ánimo comunicativo con el Padre. El mundo parece una sirena salida de los mares mitológicos, con un suave canto que atrae hacia las profundidades del abismo a las almas cautivas por su sonido. Se dice de Ulises, un personaje también mitológico, que se ató al mástil de su barco para poder resistir el llamado de la sirena en alta mar.  Nosotros debemos cerrar la puerta, en la metáfora bíblica, para orar a nuestro Padre que está en lo secreto (como cuando Elías percibió a Dios en el silbo apacible), el cual, sin duda, habrá de respondernos, pero sólo cuando logramos cerrar la puerta y quedamos fuera del atractivo del mundo con sus  cantos de sirenas. De seguro Dios nos recompensará en público, ¡haz la prueba!

    César Paredes
    retor7@yahoo.com

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  • VANIDAD DE VANIDADES

    Así enuncia Salomón en su libro Eclesiastés, ésta es la conclusión del Predicador al final de sus días: que el mundo es una vanidad y que el fin de su discurso consiste en temer a Dios y guardar sus mandamientos. Salomón fue un hombre que vivió muchas bajezas y grandezas, que experimentó en variadas áreas del saber y del gustar del mundo, alcanzando la profanación como hábito, ya que cedió a las peticiones de sus mujeres y se dio a la adoración de imágenes de no pocos ídolos. Por esta razón muchos se preguntan si Salomón estará en el cielo, como si la manera de llegar allá fuese sin la práctica absoluta del pecado.

    Lo cierto es que Dios le dio sabiduría, poder y riquezas, pero en la licencia que tuvo hizo cosas malas. No obstante, Jesucristo se coloca como alguien superior a Salomón, de manera que reconoce su importancia. Además, su última obra escrita parece contener la suma de su aprendizaje: el temor a Dios y el guardar sus mandatos. Nuestra inquietud no se centra en saber si Salomón está o no está en el cielo, sino en el contenido de su máxima que nos legó: vanidad de vanidades, todo es vanidad (Eclesiastés 1:2; 12:8)

    Pablo dijo que Dios sujetó la creación a vanidad, por causa de quien la sujetó a esperanza. Añadió el apóstol que la creación misma también será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios (Romanos 8:20-23). Esta declaración toca en grado sumo la mentalidad de los gentiles, de los paganos en general, quienes fueron dejados sin Cristo, sin el conocimiento de Dios dado a los judíos por la revelación escrita en tiempos antiguos. De esta forma desarrollaron un vano concepto de ellos mismos, de su sabiduría y de su falsamente llamada ciencia. Su filosofía vana aparece antropocéntrica, con visos de adoración a diversas divinidades imaginarias. El politeísmo delata esa vanidad propia de quienes se vuelven vasallos y prosélitos del pensamiento pagano.

    El mundo contemporáneo, que bien podría llamarse postcristiano -en una calificación irónica-, participa por igual y de forma más exagerada de las antiguas lujurias y vicios. Ahora se ha convertido en adicto de la postmodernidad, con señuelos que atraen a los demonios que dictan sus doctrinas. La gente que está bajo el gobierno del príncipe de las potestades del aire no puede tener otro derrotero que la vanidad absoluta por donde anda. Aunque el hombre tenga voluntad para darse a la vanidad, la Biblia nos indica que también fue sujeto para la esclavitud. Ha quedado cautivo a esa voluntad por quien le indicó a Adán y a Eva que ellos valían como dioses, si simplemente probaban del conocimiento prohibido.

    Pero sabemos que nuestra regeneración proviene de la gracia de Dios, por medio del evangelio de Cristo. Este anuncio de salvación entró al mundo gentil y logró transformar almas y cambiar costumbres. El ser humano se infectó de vanidad, como el autor del libro Eclesiastés. Sí, Salomón sufrió en carne propia la exaltación de la vanidad, lo dijo al principio de su libro y como colofón cuando cerraba su último capítulo. Es el mundo donde vivimos el que nos educa en la vanidad, para que tomemos la vida como algo que pasa sin ningún sentido excelso. La doctrina existencialista ve la vida como un instante de luz en medio de dos eternidades de tinieblas.

    Si el creyente persiste en encontrar el sentido de su vida en lo que anuncian las Escrituras, hallará que todo cuanto hizo Dios es bueno en gran manera. Pero si Dios sale de la ecuación en la evaluación del Cosmos, resulta evidente que con la muerte se acaba todo y triunfa la vanidad existencial. Ciertamente, no negamos que el mundo fue usurpado por Satanás, aunque también la Biblia nos declara que Dios hizo al malo para el día malo. Ella nos asegura que Dios sujetó la creación a vanidad para que estuviera sin su gracia y sin la ley del Evangelio. Por esa razón aparece la sabiduría humana para dar respuesta de un entorno alejado del Creador.

    La esperanza nos fue dada a los creyentes para que participemos de la libertad propia de ser hijos de Dios. Ya la muerte no puede mostrarnos su aguijón, porque el aguijón o poder de la muerte es el pecado; Cristo apareció para destruir el pecado, para cargar con todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Por supuesto, la plena libertad será alcanzada al otro lado, más allá de la muerte, ajenos a los lamentos y aflicciones, de los reproches y sufrimientos, de las persecuciones de Satanás. El acusador de los hermanos será detenido, para que padezca el castigo preparado para él y para sus seguidores.

    ¿No es Satanás quien nos lanza sus dardos de fuego, para que dudemos y vivamos en temores e incredulidad? Cuando andemos en gloria, poseeremos la plena visión de Dios a través de Cristo, conversaremos con los ángeles en la compañía de millones de santos. La vida eterna consistirá en conocer al Padre y a Jesucristo el enviado. Esa es la grandeza y la profundidad del conocimiento y de la sabiduría de Dios, algo inescrutable pero placentero. La creación entera cayó bajo maldición por el pecado de Adán, pero siendo el pecado removido por completo, sin que aparezca ya más en la vida eterna, veremos la creación restaurada. La Biblia habla de cielos nuevos y tierra nueva.

    La sabiduría otorgada a Salomón, junto con todos los honores de hombre público, con sus riquezas y placeres no negados, le demostró la vanidad de todos sus recursos y de toda su vida. Sin embargo, el conocimiento del temor de Dios le enseñó por igual que no todo es vanidad bajo el sol. El conocer a Dios y el temerle son signos de haber recobrado el sentido de vivir. Si bien todas las cosas del mundo se resumen en vanidad, algo que ocurre en niños, jóvenes y ancianos, cuando la vida se convierte en muerte, Salomón comprendió que conviene el temor de Dios como dador del alma.

    El cuerpo humano va a la tierra, pues polvo es; pero el alma del hombre va a Dios quien la dio. En ese momento será llevado para consuelo eterno o para condenación eterna; después de la muerte viene el juicio divino y cada quien responderá no solo de sus obras sino de sus errores. Cristo vino como sacrificio perfecto para dar paz a los que lo reciben; los que lo rechazan ya son condenados (Juan 3). La sentencia de condenación proviene desde Adán en los no arrepentidos y perdonados, ya que la ley acusa a cada quien. El ser humano se computa como culpable de violación de la ley divina, y se encuentra incapacitado para recuperarse por cuenta propia.

    Esa incapacidad se demuestra en el hecho de no creer en el Hijo de Dios, pero en los que le reciben opera la salvación eterna. Para eso vino Cristo a la tierra, para la redención de todo su pueblo, el que le entregó el Padre. Los creyentes somos llamados los hijos que Dios le dio a Jesucristo (Hebreos 2:13), los cuales no son engendrados por voluntad de carne ni de sangre, sino de Dios (Juan 1:13). Somos participantes de la naturaleza divina en tanto Cristo vive en nosotros; la figura del injerto se usa para indicar que el Espíritu Santo nos fue dado como garantía de la redención final.

    La voluntad humana se estima como carnal, de manera que el llamado libre albedrío viene como ilusorio de la libertad humana en tanto el hombre cree que es como dios. Ese intento de separación del Creador se convirtió en el gran pecado aprendido del padre de la mentira. La gracia divina se nos comunica por el Evangelio, urgiéndolos a creerlo y a recibir al Señor que lo promueve. En realidad, Cristo es la buena noticia. Cuando lo recibimos nos damos cuenta de que fue como regalo de Dios, nunca como una opción verdadera que tuviésemos en tanto estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados.

    Si el Espíritu no nos hubiera vivificado, no hubiésemos podido creer en el nombre del Hijo de Dios. De allí que se cumplen las palabras de Jesucristo: Ninguno puede venir a mí si no le fuere dado del Padre (Juan 6:44). Con esto queda entendido que el supremo poder de Dios hizo que fuésemos justificados en aquel Mesías que vino al mundo a salvar lo que se había perdido. Haber escuchado la doctrina de Cristo y haber sido testigo de sus milagros no bastaron para que la multitud descrita como benefactora de los panes y los peces creyera en Jesucristo. Era necesaria la otra premisa: Todo lo que el Padre me da a mí, vendrá a mí; y al que a mí viene no le echo fuera (Juan 6:37).

    En realidad esta es la única forma en que podamos afirmar con certeza que no todo es vanidad, que haber conocido la gracia divina ha hecho la diferencia con los que no tienen esperanza.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • SACRIFICAR ALABANZA A DIOS (SALMOS 50)

    Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis (Juan 8:24). ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre (1 de Juan 2:22-23). El establecimiento de la paz con los que no tienen la doctrina de Cristo señala el anatema de los que se dicen cristianos de religión. Estos no se ocupan de lo que Cristo dijo en toda su doctrina, sino de lo que hizo por su pueblo extendiendo dicho favor a toda persona en general. Por esa razón establecen un beneficio universal en la muerte de Cristo, pero como muchos no lo aceptan dicen que la virtud de su muerte se actualiza en todos los que de buena voluntad lo aceptaron.

    Vamos viendo cómo se mezclan las cartas para hacerlas del mismo montón, como si cada una de ellas fuese extraída de las Escrituras. Si los Solo Jesús niegan la trinidad, se busca el punto de coincidencia para afirmar que son más las cosas que nos unen que las que nos separan.

    En un principio no fue así, más bien se nos encomendó sacudir el polvo de nuestras sandalias en esas casas donde la doctrina del Señor no aparece bien recibida. Incluso se habla de ciudades enteras donde no se recibe lo que el Señor dice. Pero la insistencia arminiana marca la pauta con el afán de convertir almas para Cristo. La persuasión sicológica viene como bandera para que a baja voz, mientras la supuesta iglesia ora, el predicador invite como si fuese la última oportunidad que su dios da a los asistentes. En el fondo, un piano entona un himno suave, melodioso, como si fuese una treta de Hollywood de acuerdo al guion establecido para una película.

    Luego se levantan algunos, los más sensibles y dicen recibir a Cristo. La feligresía se emociona, dice amén, mientras los ayudantes de turno se acercan para crear la hermandad de oficio con la felicitación y la ayuda para que comiencen a orar.

    Esos nuevos conversos guardarán las fechas de su conversión a Cristo, pero eso sí, jamás darán cuenta del verdadero evangelio sino del anatema que les enseñó desde el principio que Cristo murió por todos y que el Espíritu pudo vencer la pereza que en ellos había. Eso nos lleva a pensar que ese Espíritu vencedor resultó un fracasado en los otros que no aceptaron ni dieron un paso al frente. Para resolver ese tema teológico, trasladan el fracaso del Espíritu a la renuncia de aquellos pertinaces que no fueron persuadidos bajo la rutina del show montado en la reunión.

    Vemos que bajo este esquema hay algunos que sí vencieron su propia desgana, mientras otros siguieron atrapados en su incredulidad. Ha triunfado el eslogan teológico que dice que Dios salvó a los que sabían querían salvación. A los otros los abandonó en su propio endurecimiento. Uno se da cuenta de que los renuentes no fueron persuadidos por el Espíritu Santo, en cambio los dóciles al Espíritu cooperaron para que la salvación se convierta en un trabajo sinergístico. Hubo colaboración con el Espíritu y por eso el gozo de recordar la fecha y el nombre del predicador que procuró su trabajo para sacar esa alma del infierno.

    Estos son los que al transcurrir décadas insisten en que fue gracias a tal o cual misionero que ellos fueron alcanzados para Cristo. Poco les importa si tales personas no creen en la doctrina de Cristo, si andan tras el extraño, ya que el testimonio en el cual confían gira en torno a la moralidad del predicador. Piensan que el anatema se da cuando la mala conducta empieza, olvidando que Pablo se mantuvo incólume en cuanto a su fe de fariseo, si bien consideró su vida entregada al celo de Dios como una pérdida.

    Andan tras el extraño los que se dicen creyentes pero caminan tras la doctrina de los que reciben nuevas revelaciones de Dios. Carecen de la doctrina de Cristo los continuacionistas, los que todavía reciben dones especiales como el de lenguas o de profecía que vaticina el futuro, añadiendo a la Escritura que ya fue sellada. Son vanagloriosos y mentirosos los que escuchan a los nuevos apóstoles, como si ellos hubieran cumplido con el requisito de ver a Jesús. Al parecer, el Apocalipsis que describe una ciudad con puertas alusivas a los doce apóstoles se equivocó, ya que los nuevos apóstoles necesitarán una modificación de la arquitectura de la nueva ciudad. Yerran todos los que suponen que las enseñanzas de Cristo giran en torno a la moralidad del creyente, como si el cuerpo general doctrinario del Señor pudiera pisotearse en algún punto.

    ¿Qué decir de los que le dicen bienvenidos a los que no traen la doctrina de Cristo? ¿Acaso el Señor ha cambiado su criterio y su inspiración de las Escrituras? El que no vive en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios. Todo el que se desvía y no permanece en la enseñanza de Cristo, no tiene a Dios (2 Juan 1:9). La doctrina esencial de Jesucristo consistió en que él moriría en exclusiva por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21; Isaías 53:11). En Juan 17:9 Jesús ora solamente por los que el Padre le dio y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de los primeros apóstoles. Dijo en forma expresa que no rogaba por el mundo, es decir, que no moriría al día siguiente por la gente por la cual no pidió. Su muerte y su ruego contienen un mismo objeto y los mismos sujetos de su oración. Todo lo demás es herejía, falsa enseñanza, esperanza vana, doctrina de indoctos e inconstantes que tuercen para su propia perdición.

    Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? Esta prerrogativa la tenemos todos aquellos que el Padre ha llamado en su tiempo eficaz, siempre por medio de la predicación del evangelio. Eso lo aseguró Jesús en su oración en el Getsemaní, de acuerdo a Juan 17: por los que han de creer por la palabra de ellos (sus discípulos). Es decir, la palabra incorruptible de la que refiriera el apóstol Pedro, incontaminada, sin interpretación privada. Ese es el Evangelio puro y simple, el no anatema reseñado por Pablo. Por lo tanto, somos más que vencedores porque a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28).

    Fuimos amados por Dios (conocidos por Él), predestinados, hechos conformes a la imagen de su Hijo, fuimos llamados, justificados y glorificados. Sabemos que el verbo conocer en la Biblia tiene la carga semántica de tener comunión íntima. Se ha escrito en Génesis 4:15 que Adán conoció de nuevo a su mujer y tuvieron otro hijo. El Señor dijo que había conocido solamente a su pueblo (Amós 3:2, pese a que Él es Omnisciente), en tanto a otros les dirá: Nunca os conocí (Mateo 7:23, a pesar de su Omnisciencia). Pablo escribió: Conoce el Señor a los que son suyos (2 Timoteo 2:19), en el sentido de tener comunión íntima con ellos; al impío, en cambio, el Señor le reclama: ¿qué tienes tú que tomar mi palabra en tu boca? (Salmos 50:16). El que sacrifica alabanza honrará a Dios, y el que ordena su camino Dios le muestra su salvación.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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