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  • LOS CRISTIANOS

    Los creyentes en Cristo somos señalados como aventureros de una religión. A cada rato se nos reclama por la Segunda Venida de Cristo, se nos compara con los de la religión hindú, con los budistas y mahometanos, aún con muchos más, diciéndonos que Jesucristo se ha tardado en volver como había prometido. Al mismo tiempo se nos dice que ese Mesías puede compararse con tantos otros de los que prometen volver, pero transcurridas centenas de años no llegan. El desaliento puede correr si nos comparamos con los religiosos de otros dioses, pero nuestra fe nos gobierna y seguimos en silencio. Tal vez al callarnos se tape la boca de los que blasfeman, como hizo Jesús ante quien le preguntó qué era la verdad. El Señor guardó silencio y dejaron de preguntarle.

    Nos espera la corona de la fidelidad, de la victoria, como símbolo del triunfo que seguimos. Nuestra alma estará con Cristo, por quien fuimos comprados con sangre. Esto molesta a los que no son del grupo de redimidos, o a los que todavía el Señor no ha llamado. Se nos dice que Dios no puede morir pero que nuestro Dios murió en la cruz; les respondemos que Jesús el hombre-Dios fue quien murió, que como Dios no muere, porque como hombre fue sometido al juicio de la ley divina. Aunque no cometió pecado fue hecho pecado por su pueblo, por eso recibió el castigo de nuestras rebeliones.

    Eso es demasiada teología para ser digerida por quienes poseen un estómago delicado, aquellos que tienen por locura las cosas del Espíritu de Dios. Sus burlas continúan, no sin antes señalarnos de indoctos, de alocados, de insensatos fanáticos que evitamos razonar. Bien, cualquiera que los oye puede irse con ellos, puede abandonar el barco de la fe, si se conmueve por la persecución que hacen sus palabras. Sin embargo, los que hemos sido escogidos como herederos del Señor permaneceremos inconmovibles, no por fanatismo religioso sino por la convicción de la fe.

    Resulta de poco provecho dar razón de lo que es la fe, ya que para el que desee conocer sobre este tema que lo busque en las Escrituras. Allí se nos dice que la fe es la certeza de las cosas que se esperan, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1). Ah, pero cada religión espera algo y dentro de ellas existe gente que confía en sus dioses y promesas. Bueno, es cuestión de que los sigan si así desean, o de que nos comparen con ellos, pero no por eso el incrédulo se convencerá de lo que es nuestra fe. Así que resulta inútil darse en explicaciones específicas ante la gente que nos consulta solo con el ánimo de señalarnos como ilusos.

    No se ve el mismo fervor contra las otras religiones, sino que buscan a los cristianos como chivos expiatorios para demostrar que los ateos tienen toda la razón a su favor. Nosotros seguimos esperanzados en el testimonio de los antiguos, creyendo que el universo fue constituido por la palabra de Dios. Lo que se ve fue hecho de lo que no se veía. Creemos en la omnisciencia y omnipotencia de Dios, con suficiente sabiduría para hacer aquello que ha hecho. No necesita corregir nada de lo que hizo, no tiene consejero ni quien detenga su mano. Todo cuanto quiso ha hecho.

    En este punto, muchos de los que se dicen cristianos trastabillan, con el alegato de que lo malo lo ha hecho el diablo. Pero la Escritura nos enseña que aún al malo ha hecho Dios para el día malo (Proverbios 16:4). La física básica nos educa en relación a la obra creada: todo es energía y ella se conserva por medio de la transformación de la materia. De manera que un principio de ciencia subyace en la creación: hay una preservación de lo hecho. Las plantas y los animales se reproducen conforme a un principio legal científico que les fue instaurado.

    Confiamos en que la salvación propuesta para los elegidos del Padre se mantendrá por siempre. El Señor nos ha dado vida eterna (Juan 10: 28), sus misericordias duran de manera sempiterna, de eternidad a eternidad (Salmos 103:17). Sabemos por igual que el dominio del Señor es eterno, que no acabará (Daniel 7:14), así como nuestra salvación durará por siempre (Isaías 40:8).

    No nos dejamos arropar por las palabras de los desesperados que no tienen esperanza, ni por sus llantos cuando lamentan su mirada hacia la muerte. Cada quien que asuma su sistema de vida, pero nosotros los creyentes también asumimos la nuestra. Nuestro evangelio revela la justicia de Dios, de ese Dios justo que justifica al impío. El trabajo exclusivo de Jesucristo en favor de todo su pueblo (Mateo 1:21) garantiza el llamado eficaz por parte de Dios a través de la predicación del evangelio. Esa buena noticia lo es para el que es creyente, para el escogido del Señor desde antes de la fundación del mundo, de manera que ese evangelio quedaría como la promesa divina para salvar a su pueblo y para otorgarle todas las bendiciones relacionadas con la redención.

    El Cordero de Dios estaba preparado y ordenado desde antes de la fundación del mundo para levantar de los muertos a los escogidos (1 Pedro 1:20); por esa razón, sabemos que Adán tenía que pecar, para que se manifestara Jesucristo como el Redentor. De lo contrario, si Adán no hubiese pecado, ese Cordero hubiese sido ordenado inútilmente desde antes de la fundación del mundo. Dios en su sabio consejo así lo ordenó, de forma que el pecado entrara en el mundo por el pecado del primer hombre, para que la consolación y esperanza siguieran el propósito establecido para ellas.

    Los cristianos sabemos que el evangelio no consiste en la información del nacimiento y la muerte de Cristo, ni en su asunción a los cielos; tampoco se refiere a sus hechos milagrosos, a sus prodigios o a sus palabras de sabiduría enseñadas. Más bien, la buena noticia consiste en anunciarnos que nuestro mejor trabajo sigue siendo inmundo ante el Dios de toda justicia, por lo cual nos convenía esa ofrenda por el pecado hecha por el Gran Sumo Sacerdote que no necesita ofrecer por sus propios pecados.

    Dios ha ordenado salvar a su pueblo por medio del mensaje del evangelio, revelándoselo a todo su pueblo en el tiempo oportuno. Los que siguen al buen pastor no se irán jamás tras el extraño, tras el evangelio anatema, ni seguirán nunca a los que predican fábulas artificiosas (Juan 10:1-5). Los creyentes confesarán siempre el verdadero evangelio, nunca el maldito (Gálatas 1:8-11). El que creyere será salvo, el que no creyere ya ha sido condenado.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • CASTIGO Y CONFIANZA

    Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, asegura Hebreos 10:31. Como alguien arrestado por la justicia, como cualquier criminal conducido hacia el patíbulo, bajo la sentencia de condenación, la ira divina viene a ser asunto de terror, donde la misericordia ha escapado huyendo a lo lejos de las manos del Todopoderoso. Sí, caer en las manos del Dios vivo se tiene por horrendo, ya que no existe paz para el impío. La desnudez del pecado muestra la carga de la justicia en contra del que falla ante la ley de Dios.

    El que niega la deidad del Hijo y su eterna relación con el Padre, tiene por inútil su oficio. La sangre del pacto de gracia ha de ser tenida como pura, con respeto absoluto. Sin embargo, hay quienes la pisotean menospreciando la paciencia del Señor, teniendo como fábula el evangelio de Cristo. Recordemos que la venganza pertenece al Señor, como respuesta a las pasiones humanas. Menos mal que Dios juzga a su pueblo, para no dejarlo por fuera de su gracia eterna e infalible.

    Si Dios predestinó desde la eternidad a quienes habría de amar con amor eterno, lógico es que le pertenezca la venganza y dé el pago al que pisotee su sangre. Creemos firmemente lo que dijo Jesucristo respecto a sus ovejas, que no se irían jamás tras el extraño (Juan 10:1-5). Entonces, ¿qué es un apóstata? Es simplemente alguien que profesa ser creyente pero que no ha sido redimido. Solamente es un no escogido para salvación que puede apostatar, como también fue escrito que el diablo intentará engañar, si le fuere posible, aún a los escogidos.

    No existe impedimento para la advertencia contra la apostasía, como tampoco un buen padre de familia debe impedir la admonición a su pequeño al cruzar una calle plagada de automóviles. Lo sostiene de la mano pero le dice que no se suelte; lo conduce certeramente pero le indica que siga con prudencia. El padre no piensa jamás soltar la mano del pequeño hijo pero eso no le imposibilita para la advertencia. La Escritura hace lo mismo con nosotros, los que hemos sido redimidos por la sangre del Cordero.

    Fuimos iluminados por el Espíritu para ver nuestra impureza, hemos sido tocados por el Todopoderoso para comprender nuestra impotencia. Hemos escuchado de la justicia del Hijo para comprobar nuestra injusticia natural. Tenemos al alcance la manera de luchar en este mundo hostil, la oración y la palabra divina. Si oramos de manera constante tendremos una recompensa grandiosa, habiéndosenos dicho que seremos galardonados al rogar al Padre. Hemos de creer que Dios está allí en el sitio de nuestra oración, que nos oye y por lo tanto nos recompensa.

    Esa respuesta está conectada con la salvación eterna. La gracia divina garantiza la recompensa, como si la plegaria en sí misma no bastase con ser gratificante de manera suficiente. Se nos da más y más como añadido al hecho de orar, de conversar con nuestro Padre. El que ha sido llamado por su gracia ha sido conformado a la imagen de su Hijo. Entonces, ¿para qué pecar si el pecado solo trae degradación? ¿Por qué celebrar el pecado? Nada menos inteligente para un hijo de Dios que recrearse en la maldad.

    Si pensamos en la grandeza divina, en el socorro oportuno que recibimos de la mano de quien nos amó con amor eterno, entenderemos que se nos prolongará la misericordia del Señor. Tal vez habremos de sufrir algunas aflicciones que provienen de la mano de Dios, ya que como a hijos se nos trata y por lo tanto recibimos castigo y azote como parte del amor de Dios. No solo hemos recibido una promesa de vida eterna, sino la vida misma como un reflejo de la eternidad que nos aguarda.

    El Señor se manifestará y vendrá a esta tierra para traer juicio y quebranto contra los que la destruyen. Él dijo que vendría otra vez, nos habló de señales del fin. Vivimos en una época en que las señales parecen sobrar, la repetición de los signos anunciados nos alertan de la prontitud de su venida. El mundo se ríe de nosotros, nos habla de la tardanza del Señor. Cuando decae el consumo de su palabra aumenta la influencia del mundo en nosotros. En la medida en que consumimos más de la presencia del Señor, el mundo se achica y se muestra vencido.

    Al esperar la venida del Señor se demuestra la paciencia de los santos. El mundo anuncia conspiraciones, pandemias, controles sociales, avisa de una cárcel global donde se honrará al autómata. Una marca en la mano o en la frente, un número que signará a los adquiridos por Satanás. Los que se saben hijos del maligno hacen esfuerzos por desencadenar males sin número, en especial contra los que reconocen como hijos del Altísimo. Este es su mundo, se dicen a sí mismos, por lo tanto nosotros sobramos en su espacio. En alguna medida eso es cierto, ya que la Escritura ha dicho que el mundo entero está bajo el maligno, pero que nosotros pertenecemos al Señor. La iglesia no pertenece al mundo, a menos que se entregue como espectáculo de vergüenza. En dado caso, eso no podría llamarse iglesia de Cristo.

    Nosotros nos preguntamos con frecuencia: ¿A quién iremos? Solo el Señor tiene palabras de vida eterna.

    Iremos al Señor y cuando partamos de este mundo estaremos en el cielo, el que según la Biblia se describe más como un lugar espiritual. Es considerado el sitio donde reside Dios y se asocia con la vida eterna y la comunión con Él. La Biblia enseña que aquellos que aceptan a Jesucristo como su Salvador y siguen sus enseñanzas tienen la promesa de la vida eterna en el cielo. La fe en Cristo es clave.

    ¿Qué pasa si uno trata de seguir las enseñanzas de Cristo, pero falla a veces? La Biblia reconoce que todos cometemos errores. A pesar de los fallos, la enseñanza cristiana sostiene que la gracia de Dios es redentora. Arrepentirse y buscar la rectitud resulta fundamental. Cualquier creyente puede preguntarse alguna vez cuál sería el pecado imperdonable, según la Biblia. Según la Biblia, el pecado imperdonable es blasfemar contra el Espíritu Santo. Esto implica rechazar deliberadamente la obra del Espíritu Santo, que revela la verdad sobre Jesucristo.

    Siempre Dios disciplinará a sus hijos bajo la actitud de un Padre amoroso. Las formas de castigo mencionadas incluyen corrección, enseñanza y permitir que las personas enfrenten las consecuencias de sus acciones. La interpretación puede variar según las creencias y tradiciones teológicas. De allí que convenga el estudio de las Escrituras, la comprensión de la doctrina de Jesús, como un todo general, para que podamos sustraer la materia prima para poder interpretar con acierto lo que nos sucede.

    La Biblia destaca la santidad y la justicia de Dios, por lo que la expresión Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo sugiere que enfrentar la ira divina puede ser una experiencia aterradora en virtud de la pureza y la perfección de Dios. En el contexto de Hebreos el autor está enfatizando la importancia de mantener la fe y no alejarse de Dios, ya que desviarse podría tener consecuencias graves. La frase refleja la idea de que estar en desacuerdo con la voluntad de Dios o rebelarse contra Él puede llevar a consecuencias temibles. Es importante recordar que las interpretaciones pueden variar y dependen de las creencias teológicas de cada persona.

    Jesús afirmó que el Padre era bueno, y que solamente Él era bueno. Esta confesión proviene de su profundo conocimiento en la larga y eterna relación con Él. Como Hijo pudo comprender el afecto compartido, así que le fue fácil someterse a la voluntad en una relación continuamente afectiva. Solamente una vez, cuando moría por los pecados de su pueblo, pudo sufrir la soledad absoluta por la ausencia del Padre. Leemos su célebre expresión en el madero: Padre, ¿por qué me has abandonado? Fue el momento más terrible de Jesucristo, el instante en que se vio solo y abandonado por quien más lo había amado desde siempre.

    Esa soledad provino como consecuencia de cargar nuestros pecados, de hacerse pecado para recibir todo el castigo que merecía su pueblo escogido. Nosotros no pasaremos jamás por tal sendero, si bien comprendemos lo que significa la soledad en el mundo. Pero nunca entenderemos la soledad que jamás ocurrirá a nivel de nuestro espíritu, ya que el Señor nunca nos abandonará y estará con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

    Para los creyentes, encontrar confianza en Jesucristo forma parte central de nuestra fe. La enseñanza cristiana sostiene que a través de la fe en Jesucristo y su obra redentora las personas pueden encontrar perdón, gracia y reconciliación con Dios. La confianza en Jesucristo implica creer en su divinidad, aceptar su sacrificio por el perdón de los pecados y seguir sus enseñanzas.

    El estudio de la doctrina del Señor sirve como eje de la fe en Cristo, ya que no podemos seguir a alguien a quien no conocemos. Cristo es mucho más que el nombre de una persona, es mucho más que su condición de Hijo de Dios, puesto que su trabajo en la cruz lo convirtió en la justicia de Dios, en el Redentor del pueblo que se propuso salvar (Mateo 1:21). Si usted estudia el Capítulo 6 del Evangelio de Juan, si llega a entender la esencia de lo que Jesús quiso enseñar, la confianza en Jesucristo le proporcionará consuelo, toda vez que descubra que usted es hijo de Dios. De lo contrario, si surge animosidad en contra de esa enseñanza de Jesús, tendrá que alejarse murmurando bajo la idea de que esas cosas descritas son difíciles de oír, y dirá que nadie podrá comprenderlas. La confianza en Jesucristo no es necesariamente compartida por todas las personas.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LAS LLAVES DEL REINO

    Después de que Jesús advirtiera a sus discípulos de que se guardaran de la levadura o doctrina de los fariseos y saduceos, les preguntó qué decía la gente acerca de Él. Entonces respondieron ellos diciéndole que unos opinaban que era Juan el Bautista, otros que era Elías, otros suponían que Jesús era el profeta Jeremías. Esta manera de preguntar no es más que una forma de enseñar, de catequizar, pues después de escuchar esas respuestas Jesús pasa a la segunda y más importante pregunta: ¿Y cuál es la opinión de ustedes? ¿Quién soy yo para ustedes? Esta interrogante está planteada bajo la intención de crear distinción entre la opinión de la gente en general y la opinión de sus discípulos en particular. Pedro se dispuso a responder diciéndole que Jesús era el Hijo del Dios viviente, el Cristo mismo.

    La respuesta de Pedro fue suficiente para que Jesús continuara con su catequización.  En Mateo 16, donde se encuentra este relato, vemos la manera como el Señor adoctrina a Pedro y al resto de los doce.  Cuando Pedro se llamaba Simón, Jesús le había cambiado el nombre diciéndole: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro) -Juan 1-42. El cambio de nombre no es caprichoso sino simbólico, pues Simón quiere decir caña, una especie de pasto que crece en el monte y que es movido fácilmente por el viento; en cambio, Pedro o Cefas quiere decir roca, entidad mucho más pesada y estable que la caña y que no es movida fácilmente por el viento. Con ese cambio de nombre Jesús estaba preparando a Pedro (el antiguo Simón, hijo de Jonás), mostrándole la manera en la que iría siendo transformado su carácter.  Jesús ahora aprovechaba el anuncio hecho a Pedro sobre su cambio de nombre y le recordaba su vieja identidad.  Le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás… En este momento Pedro recuerda su antiguo nombre ligado a su padre terrenal, un pescador como lo había sido él mismo.  Quizás esto parezca como un volver atrás, a sus orígenes, a tener presente de dónde lo había llamado Jesús; quizás implique también que voluntariamente el Señor le advertía en este breve descenso a su pasado que no debía insuflarse por lo que escucharía a continuación: porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.  Ya esta declaración debería ser suficiente para alegrarse en forma especial, pues el mismo Hijo de Dios le reconocía el hecho de que el Padre le había revelado semejante información.

    En este punto pudiéramos deducir que el reconocimiento que hiciera Pedro no pudo ser posible sino por la revelación del Padre.  Este era un secreto que debía mantenerse callado hasta que llegado el tiempo fuese dado a conocer a voces, pues la hora de Jesús no había llegado aún, y el misterio de la Iglesia no había sido revelado entonces.  Pero hay más en esta declaración, ya que entendemos que corresponde a un acto soberano del Padre el dar esta revelación. Aunque se nos ha exigido anunciar el evangelio a toda criatura, muchos no entienden y tienen sus oídos tapados, pero sólo hay un grupo a quienes esta revelación les produce el fruto de la comprensión sistémica del evangelio de Jesucristo. 

    Continuó Jesús diciéndole: …tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. De la forma en que a Pedro le fue dada la revelación afortunada de que Jesús era y es el Hijo de Dios, el Cristo esperado, a muchos de nosotros nos es dada la revelación del sentido de estas palabras del Mesías: …sobre esta roca edificaré mi iglesia.  ¿Cuál roca? Algunos han entendido que la roca es Pedro mismo, como si él fuese suficiente para soportar el peso de la iglesia.  Recordemos que este mismo Pedro, que aparece después en Pentecostés anunciando el evangelio fue reprendido por Pablo, según el relato hallado en el libro de los Gálatas 2:11, porque era de condenar. De manera que la fortaleza en que se iba transformando el apóstol no contenía suficiente material para soportar los embates del infierno.  Por otro lado, Jesús mismo le había recordado al apóstol que él seguía siendo Simón, el hijo de Jonás, transformado ahora en Pedro, pero con su vieja naturaleza. Asimismo, todos nosotros mantenemos nuestra naturaleza pecaminosa, si bien somos redimensionados con una naturaleza nueva producida y dada en el nuevo nacimiento, cuando el Espíritu de Dios nos ha sido dado como garantía de nuestra pertenencia al Padre.  Por eso Pedro no podía ser el objeto de esta declaración de Jesús.

    ¿Cuál roca?  La roca es la confesión dada por Pedro acerca de quién era el Cristo. El foco de la catequización del Señor no era otro que la opinión dividida entre la gente y sus pocos discípulos del momento.  En esta opinión dividida el único acierto constituía una verdadera roca, una fortaleza.

    Esa opinión acertada pronunciada por Pedro no salió de él mismo, de sus elucubraciones intelectuales calculadas, sino que le fue dada por el Padre.  Esa confesión legítima se convierte en el fundamento de la Iglesia de Cristo, pues ya el Señor es la principal piedra del ángulo (Efesios 2:20), lo cual lo instaura como el fundador de la iglesia y como su propia fundación. Ni Pedro es el fundador de la iglesia ni tampoco la fundación de ella.  Sobre esta roca -confesión hecha bajo la revelación del Padre- edificaré mi iglesia; acá vemos que Jesús es el fundador, pero que la revelación del Padre anuncia el material del cual estaría construida la iglesia.  Esa materia prima es la sustancia de la confesión bajo revelación de que Jesucristo es el Hijo de Dios.  Esa es la garantía de la iglesia para que las puertas del Hades no prevalezcan contra ella.  Los llamados a estar fuera del mundo lo estamos en la medida en que confesamos que Jesucristo es el Hijo de Dios.  Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón.  Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor (asunto hecho por Pedro) y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.  Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación (Romanos 10). Precisamente eso fue lo que hizo Pedro en el día de Pentecostés, como veremos más adelante.

    Pero la catequización de Jesús hacia sus discípulos continuaba y por eso agregó: …Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos. ¿Cuáles llaves? ¿Para qué sirven esas llaves?  Notemos que el Señor no le dijo a Pedro que él le había dado las llaves, en tiempo pasado; tampoco le dijo te doy las llaves, en tiempo presente, sino que lo hizo en tiempo futuro, como una promesa o como una profecía.  Por lo tanto tenemos que mirar cuándo se hizo efectiva esa promesa, cuándo se dio cumplimiento a esa profecía. 

    Todo el Nuevo Testamento nos deja claro que ´las llaves del reino´ son figurativas, pues no necesitamos ningunas llaves particulares para abrir puertas, así como tampoco Pedro llega a ser portero del cielo. Sólo Dios tiene potestad de dejar entrar o impedir entrar a su reino.  Ya Isaías hablaba de la llave que abre y que cierra: Y pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; y abrirá, y nadie cerrará; cerrará, y nadie abrirá (Isaías 22:22). Otro texto aclaratorio acerca del significado figurativo de las llaves se encuentra en Lucas 11:52: ¡Ay de vosotros, intérpretes de la ley!  Porque habéis quitado la llave de la ciencia; vosotros mismos no entrasteis, y a los que entraban se lo impedisteis. Esto implica que las llaves representan las buenas nuevas que nos brindan el acceso a la vida eterna.

    El cumplimiento de la entrega de las llaves del reino, que son como ya dijimos las buenas nuevas de acceso a la vida eterna, se realiza en dos actos. El primer acto tiene lugar ante el pueblo judío, la casa de Israel, pueblo que esperó el día de Pentecostés, en forma unánime y junta.  Allí Pedro enuncia su gran discurso, poniéndose en pie, alzando la voz y promulgando la explicación de lo que acontecía con el derramamiento del Espíritu, otra promesa también anunciada por Jesús, cuando prometiera al Consolador, que como su nombre lo indica no es una energía sino una persona que nos guía. Este acto está narrado en Hechos capítulo 2.  Posteriormente, cuando Pedro junto con Juan están ante el concilio, Pedro, lleno del Espíritu Santo les dijo: …Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo (Hechos 4:11).  Observamos que Pedro no se atribuyó a sí mismo el hecho de ser la piedra angular sobre la cual se fundaría la Iglesia en Pentecostés, sino que se lo atribuyó a Cristo, pues recordaba cuando el Señor le había dicho Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi iglesia, en el entendido de que esa roca no era otra cosa que la confesión que bajo revelación del Padre había hecho de Jesucristo como el Hijo del Dios viviente.  Si la confesión de que Cristo es el Hijo del Dios viviente es una roca, ¿cuánto más roca no lo será el Hijo mismo?

    El segundo acto se realiza cuando el mismo Pedro anuncia el evangelio a los gentiles, de acuerdo a lo narrado en Hechos capítulo 10.  Dice el libro en el verso 25 que cuando Pedro entró a casa de Cornelio éste se postró ante sus pies y lo adoró. Vemos también que acto seguido Pedro le reprendió y le instó a no adorarle y a no inclinarse ante él, diciendo: Levántate, pues yo mismo también soy hombre. Con la entrada de un judío a casa de un gentil para compartir el evangelio del reino, anunciado primeramente a los judíos en el día de Pentecostés, se está dando la apertura para la evangelización en el mundo gentil.  Acá se termina de cumplir, con este segundo acto, la promesa de las llaves que abre la puerta del reino para la humanidad partícipe de esta manifestación de gracia soberana.  Este acto dejó maravillados a los fieles de la circuncisión que acompañaron a Pedro a casa de Cornelio.  Las llaves y no la llave implican al menos dos puertas para abrir: la del mundo judío y la del mundo gentil.  

    En cuanto al atar y desatar está ligado a las actividades cotidianas inherentes a la iglesia, toda vez que queda inaugurada en estos dos acontecimientos reseñados en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Henry Mattew, célebre comentarista cristiano, propone ciertos criterios para la comprensión de la funcionalidad de las llaves, funcionalidad que se proyecta en el atar y desatar.  El hace referencia a lo que las llaves abren:

    1.     Evangelio predicado a judíos y gentiles;

    2.     La llave de la doctrina;

    3.     La llave de la disciplina.

    Ya vimos lo referente al evangelio predicado a judíos y gentiles, ahora veamos la funcionalidad de esas llaves en cuanto al cuidado de la doctrina. Dice el profeta Oseas (capítulo 4): Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento.  Pablo le recomienda a Timoteo que se ocupe de la doctrina, que la cuide. Pablo en un discurso dado en Mileto reconoce que él no ha rehuido dar todo el consejo de Dios. Esa llave del reino cobra en ese momento funcionalidad pragmática en la iglesia incipiente, pero dicha funcionalidad continúa vigente en la historia de la iglesia hasta nuestros días, por cuanto las necesidades son similares y las enseñanzas se mantienen válidas.  Lo referente a la disciplina es otra de las funcionalidades de las llaves del reino, sin embargo, su valor fundamental se explicita en el atar y desatar.  Esa disciplina, como bien dijera Mattew, no es legislativa sino judicial. La legislación nos es dada por herencia, mas la judicialidad es tarea de la historia de la iglesia.  Ya el libro de Corintios presenta el relato de un caso de inmoralidad juzgado, en el cual Pablo recomienda una determinada sanción en 1 Corintios 5:1 y una restauración de la misma persona en 2 Corintios 2:7.  De igual forma esa judicialidad se aplica frente a Simón el mago, caso reseñado en el libro de los Hechos, capítulo 8 verso 21.  Pedro le dijo a Simón el mago: No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. También sabemos de la disciplina sufrida por Ananías y Safira, según relato de Hechos 5.  Asimismo, Pablo en su carta a Timoteo le dice que él entregó a Himeneo y a Alejandro a Satanás, para que aprendiesen a no blasfemar.  Los casos de declaración de herejes en la iglesia de los primeros siglos constituyen también un claro ejemplo de la disciplina. 

    Había dos escuelas judías encargadas de la interpretación de sus leyes, una más permisiva que la otra. De esta forma la permisiva desataba (la escuela de Hillel) y la menos permisiva ataba (la escuela de Shammai). Ese contexto histórico servía de apoyo a los apóstoles, judíos todos, para comprender la importancia de la nueva judicialidad en la iglesia. Tanto es así que el contexto en que se profieren las palabras de Jesús es un contexto de disciplina.  Véase el texto comprendido en Mateo 18: 15-22 en el cual Jesús argumenta sobre la necesidad de perdonar al hermano, así como sobre el proceso judicial dentro de la iglesia. La cultura del atar y desatar estaba muy arraigada en los judíos de esa época, y Jesús mismo hablaba referente a los escribas y fariseos como personas que atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. De manera que Jesús dejó un mecanismo disciplinario para su iglesia consistente en atar y desatar. Hemos de entender que su referencia a remitir y retener pecados gira en torno al hecho de la predicación del evangelio, a la gran posibilidad dada por la significación de las llaves del evangelio del reino.  Por eso cuando el Señor resucitó y apareció a sus apóstoles, les sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.  A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos (Juan 20:22-23).  El sentido de este pasaje no es que el hombre pueda perdonar o retener pecados, como bien quedara manifiesto en Isaías 43: 25: Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.

    El texto reseñado en Juan 20 implica que el Señor les dio un mandato a sus apóstoles, no a uno solo en particular.  Además, implica que al pregonar el evangelio habrá gente que rechazará al Señor del evangelio, y él dijo que quien le rechazare y no recibiere sus palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero. Por eso Pedro, siguiendo el mandato recibido, le dijo a la multitud: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo (Hechos 2:38); pero en Hechos 3:19, ante otro grupo de personas proclama: Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio… De manera que se cumple la remisión o la retención de pecados en el accionar de la evangelización.  Pero hay más, pues Ananías y Safira, como mencionáramos mucho antes, recibieron castigo en virtud del mandato del Señor a sus apóstoles.  Y Pablo reprende a Elimas, quien es cegado por un tiempo (Hechos 13:11). Todos estos hechos ocurren en el proceso de la predicación del evangelio y de la administración de la iglesia, de manera que lo expresado por Jesús en cuanto a las llaves del reino, a la confesión revelada de Pedro, a la posibilidad de retener o remitir pecados por parte de sus apóstoles, el hecho mismo de atar o desatar en el contexto disciplinario, ponen de manifiesto la discrecionalidad del Espíritu de Dios obrando en y con la iglesia a través del apostolado, y a través del ministerio de sus pastores.

    Grande es el misterio de la piedad, como dijera Pablo, pues Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.  No obstante ese misterio, el mismo Espíritu le dijo a Pablo que en nuestros días muchos caerían en la apostasía escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios.  Estos apóstatas, como bien lo declara Juan en una de sus cartas, salieron de nosotros pero no eran de nosotros.  El enemigo de las almas tuerce las Escrituras, por lo que una explicación de las mismas puede enderezar el camino de los que realmente buscan la verdad.  El asunto es que la verdad puede espantar a muchos, como espantó a muchos discípulos que habían disfrutado de la compañía del Señor, presenciando sus milagros, comiendo de los panes y los peces multiplicados.  En una ocasión Jesús les exponía que nadie podía venir a Él si el Padre no le trajere.  Eso motivó a la murmuración y Jesús les increpó ratificándoles esa verdad.  Al instante muchos de sus discípulos le dejaron y murmuraban diciendo: dura es esta palabra, ¿quién la puede oír?  Hay gente que oye la verdad pero le parece dura, y prefiere entonces ir a los charlatanes y burladores para que les entretengan con vanas palabrerías.  Jesús no fue tras esa gente preocupado por sus almas, ni preocupado porque eran muchos los que se habían ido. Por el contrario, dice la Biblia que se volteó a los doce y les increpó diciendo: ¿queréis vosotros iros también?  Y más adelante les volvió a decir a los doce: ¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo?, referido este último a Judas Iscariote, el que le habría de entregar.  Por lo tanto, Jesús sabe todo, conoce todo, sabe quiénes son sus ovejas, así como sus ovejas al oír su voz le siguen. La gran pregunta queda en pie, ¿te incomoda la verdad y te parece dura? Mucho mejor decir como el apóstol Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • SIMPLICIDAD DEL EVANGELIO

    El evangelio se manifiesta en forma simple, como la fe de Abel. Aquel primer hombre asesinado creyó a Dios y le llevó una ofrenda propicia y excelente. Su alusión al Cordero que habría de ser sacrificado por los pecados de su pueblo le costó la vida de manos de su hermano de sangre. Su muerte continúa hablándonos (Hebreos 11:4). Hoy día, ese evangelio permanece escondido para muchos, los que tienen el entendimiento entenebrecido por la manipulación del dios de este mundo.

    Decir que las lenguas tomaron sus variaciones cuando se configuraba una torre cuyos edificadores pretendían hacerse un nombre, alejados de Dios en incumplimiento del mandato de esparcirse para llenar la tierra, puede traer la consecuencia de una burla por los que se llaman intelectuales. Eso nos llevaría el calificativo de seres mitológicos, por militar en una creencia dogmática inferior. Pero llegar a decir que la materia va hacia formas complejas, pese a que venimos de seres inferiores gracias a una evolución que se da porque sí, sin Ingeniero detrás de ella, nos merecería un aplauso de los intelectuales que se burlan por causa de nuestra fe pura y simple.

    De inmediato nos despojan con el argumento de falsa autoridad, diciéndonos que los títulos que otorgan universidades de prestigio autorizan a los más doctos a desacreditarnos. Hablan de intentos fallidos hasta llegar al homo sapiens, dicen que hubo muerte antes de que la Biblia hablara de la caída del hombre. Es decir, que esos intentos por aparecer la humanidad en la tierra permitieron la muerte de miles de personas cuyos restos fósiles testifican de esa hipotética realidad.

    Para ello cuentan con argumentos de autoridad como el carbono 14, la radiación emitida y medida, pero nada hablan de que su sistema de medición sea relativo. El creyente tiene esa lucha en los predios intelectuales donde a veces debe concurrir. La amplitud cultural del ámbito universitario pareciera complicar la vida de los hombres de poca fe. La confianza de Abel se fundamentó solamente en el sacrificio del Cordero que habría de venir, en tanto la ofrenda de Caín emergía de sus propias obras. He allí la gran diferencia entre esos dos hermanos biológicos, cuyas almas hablan desde dos posiciones opuestas.

    Abel creyó en un evangelio puro y simple, en tanto Caín siguió la huella de la serpiente en el Edén, convirtiéndose en un hijo del maligno (1 Juan 3:12). Jesucristo hizo todas las cosas (Juan 1:3), así que no hubo experimento evolutivo que ocasionara la muerte antes del pecado entrado al mundo por Adán. Por lo tanto, aquellos registros fósiles de que tanto habla la falsamente llamada ciencia, se muestran como evidencia falaz. El hombre natural no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios porque las señala como locura. Nosotros los que hemos llegado a creer, hemos sido marcados como los objetos de burla del mundo.

    Esa burla pudiera ser vista como un tipo de muerte en forma lenta. Al igual que Caín asesinó a su hermano, estos hermanos de la humanidad biológica asesinan a los que profesamos la fe de Cristo. Somos como ovejas llevadas al matadero cuando damos testimonio de la luz. Nuestro salvoconducto en los predios del mundo viene a ser el evangelio antropocéntrico. Si nos presentamos en nombre del evangelio anatema, la crítica disminuye y aparecen algunos aplausos. Al contrario, si nos aferramos a lo que la Biblia dice, seremos ridiculizados en grado extremo.

    La iglesia pagana recibe a sus hijos para instruirlos en el otro evangelio, de manera que sus fieles gozan de renombre en todas las áreas del saber humano. Ellos tienen sus teólogos que recitan la evolución como paradigma científico, otros hablan de una creación evolucionista. Por igual, los conceptos duros de la fe cristiana se muestran metafóricos de épocas oscuras, como bien se califica al infierno de fuego en un sentido simbólico. El Dios de amor no puede crear un lugar de tormento eterno, así que tampoco pudo predestinar nuestros destinos desde antes de la fundación del mundo.

    Al parecer, la ofrenda de Caín sigue teniendo vigencia en la teología contemporánea. Las obras hablan por sí solas, colocando a Dios como árbitro que no se inmiscuye en el sagrado libre albedrío humano. Pero eso no podría llamarse mito o ilusión, ya que toca lo más sagrado del corazón del hombre: su ego y sus obras libres. De allí que surge la tesis de la meritocracia espiritual, un arquetipo con el cual pareciera nacer cada hombre natural. El Cristo que vino a morir en la cruz debería ser visto como el Dios Salvador que vino a ofrecer salvación a toda la humanidad, sin excepción, para que pueda ser tenido como justo y equitativo.

    Así como se ve el creacionismo como una tesis desarticulada de la razón, se ve la redención como una realización potencial antes que actual. Se nos conmina a creer en una evolución que tiende a la complejidad de la matería, afirmándonos que el universo siempre ha estado allí, que Dios es una invención humana junto a todos los mitos. Pero las hipótesis evolucionistas que cambian cuando se ven obsoletas no desestimulan la fe espuria en la falsamente llamada ciencia.

    Pareciera haber un intercambio entre la hipótesis de la evolución y la fe genérica que asume un evangelio diferente al de las Escrituras. En otras palabras, la fe de Caín se recibe con bienvenidas en el territorio del ateísmo y del negacionismo de las Escrituras. Los que perecen en su insistencia de la negación de las doctrinas del evangelio, no serán recibidos en el reino de los cielos. Pero eso no debe importar mucho a quienes de entrada niegan una vida después de esta vida, a los que suponen que venimos del mono, a los que excusan sus conductas basados en los males de la infancia, a los que se vuelven creyentes de que la religión cristiana es opio para los pueblos.

    No en vano esas tres doctrinas vinieron juntas: marxismo, freudismo y evolucionismo. A partir de entonces la humanidad dio un giro hacia su propio abismo, sin saber que con ello también cumplía las profecías de las Escrituras: la maldad aumentada en estos últimos tiempos. Sin Dios como Creador, con la excusa del trauma infantil que brinda el psicoanálisis, bajo la creencia del materialismo histórico marxista, el nuevo hombre ha tenido que dar paso a su desenfreno, ya que no tiene que rendir cuentas a una Deidad que le reclamará por sus malas acciones.

    La burla a los que creen en la Biblia como norma de fe, el descrédito intelectual contra los que profesamos el evangelio de Cristo, ha insistido en proporcionarnos desventura en este mundo. Pero nosotros seguiremos hasta el final, ya que vanidad y solo vanidad es la falsamente llamada ciencia y el evangelio sin conocimiento (Romanos 10:1-4; Isaías 53:11). El fin de todo el discurso, como dijera el autor del Eclesiastés, consiste en creer y temer a Dios, guardando sus mandamientos. Sabemos que esos mandamientos no son gravosos, ya que consisten en amar a Dios por sobre todas las cosas, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Los apóstoles anunciaron una salvación condicionada exclusivamente en el trabajo de Jesucristo (Mateo 1:21 y Juan 17:9). El que llega a creer no se va más tras el extraño (Juan 10:1-5).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • CELOS SIN CIENCIA

    Pablo consideró todo como pérdida, por causa del conocimiento de Cristo Jesús, su Señor. Perdió todo, consideró lo aprendido antes de su conversión como algo que no vale, más allá de que aprovechó su conocimiento de la ley y de lo que había leído para ilustrarnos en lo concerniente a la fe de Cristo. Quedó satisfecho de haberse separado de su propia justicia en cuanto a la ley, ya que hubo alcanzado la justicia de Dios en la fe de Cristo (Filipenses 3:7-9).

    La salvación de un pecador transforma su corazón, como un fruto inmediato de su regeneración. ¿No es esa la conversión? Hubo un arrepentimiento (una metanoia) que supone una mente transformada: ya Dios cobra vigencia como Ser Soberano, en tanto la criatura humana no es más que barro en manos del Alfarero. Dios nos da el don de la fe, entre tantas cosas propias de la gracia. El falso dios en quien habíamos creído se desvanece, para dar paso forzado al conocimiento conforme a la sabiduría de Dios. Existe un celo de acuerdo con la ciencia, así como hay un celo que no es conforme a ciencia (Romanos 10:1-4).

    Ciencia es conocimiento, por lo cual Isaías dijo que por el conocimiento del siervo justo éste salvaría a muchos (Isaías 53:11). Algunos judíos manifestaron celo enorme por el Dios de las Escrituras, pero olvidaron la ciencia (ese conocimiento del que hablaba el profeta Isaías). Pablo escribe en Romanos 10 que siente dolor por esos parientes según la carne, que conocen mucho de las Escrituras y poseen un gran celo por ese Dios revelado, pero que carecen de conocimiento.

    El Dios-hombre Mediador viene a ser una piedra de tropiezo para no pocas personas. Ese Jesús hizo todo en la cruz, salvó actual y eficazmente a todo su pueblo de sus pecados, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21). No rogó por el mundo que no vino a salvar (Juan 17:9), así que mantuvo su doctrina por siempre (Ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trajere. Todo lo que el Padre me da viene a mí, y yo no lo echo fuera: Juan 6: 44 y 37). De esta manera afirmamos que la oveja que sigue al buen pastor no se irá jamás tras el extraño, como afirmara Jesucristo (Juan 10:1-5). Por lo tanto, ya no será posible creer que Jesús murió por todo el mundo, sin excepción.

    Jesucristo establece la diferencia entre cielo e infierno; su trabajo eficaz hizo viable y real la salvación actual de todo su pueblo. Por supuesto, la predicación del evangelio cumple varios propósitos, siendo el principal de ellos el de alcanzar esas ovejas por medio de la palabra de vida. Al mismo tiempo, esa predicación genera mayor condenación en los que rechazan el evangelio de Cristo. Pero entonces, ¿por qué Dios condena a Esaú? ¿Por qué condena a los que antes endureció para que no crean? ¿Por qué predicamos a los que han sido destinados a tropezar en la roca que es Cristo? (1 Pedro 2:8).

    La Biblia ha dado la respuesta y nos dijo que no nos compete contender con el Creador. Él tiene autonomía para hacer con la misma masa de barro un vaso para honra y otro para deshonra. Este asunto generó al principio un gran dolor en el apóstol Pablo, pero por igual nos soltó el contenido de su revelación y llegamos a aceptar esa doctrina de Jesucristo que es conforme al resto de las Escrituras. Los que siguen con comezón en el alma, con el escozor por razón de su vano libre albedrío, tienen problemas para conciliar la paz con el Eterno. Algo parecido les ocurrió a aquellos judíos referidos por Pablo, los cuales tenían un gran celo por Dios pero no conforme a ciencia.

    Ellos mezclaban gracia con obras o tal vez obras con gracia, pero de nada les servía. Escaparon del conocimiento del siervo justo del que hablara Isaías. Prefirieron seguir aferrados a la tradición de su religión aprendida, considerando ese otro conocimiento como de valor no rechazable. Pablo, al contrario, consideró como pérdida todo lo aprendido bajo los pies de Gamaliel, todo el error conceptual que el judaísmo mal aprendido enseñara sobre el Mesías. Israel esperaba un libertador del yugo político al cual estaban sometidos, pero les llegó Jesucristo que hablaba del valor del alma más que del mundo. El pragmatismo religioso judío repudiaba tales enseñanzas, así que terminaron crucificando al Señor valiéndose de la ayuda del imperio romano.

    El verdadero creyente se arrepiente en la conversión, deja a un lado su creencia errónea que no es conforme a ciencia. Abandona el celo por Dios que subyace solo en su práctica religiosa equivocada; ahora conoce que aquellas cosas creídas estuvieron erradas. De lo contrario, hubiese seguido en su viejo camino. Después de la regeneración no se puede continuar con la vieja creencia errónea del falso evangelio. El evangelio anatema o maldito es todo aquel conocimiento falaz en cuanto a la doctrina de Cristo. Si alguien dice creer pero se molesta por las palabras de Jesucristo, ya que chocan con lo que supone debería ser Dios, entonces está dando fruto digno de perdición.

    El celo moral y religioso de nada sirve si viene acompañado de falsa doctrina. Allí no hay ciencia o conocimiento, allí no reposa el conocimiento del siervo justo. Fijémonos que el Señor habló de manada pequeña, de los pocos escogidos, de que él es quien elige. Dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo ordena; habló en parábolas para que no lo comprendieran totalmente quienes no deben comprenderlo. La Escritura habla con creces de la soberanía de Dios, del endurecimiento que realizó sobre el corazón del Faraón, de cómo se lo dijo a Moisés antes de que ocurriese. Dice ella que el corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina (Proverbios 21:1).

    Sabemos que la salvación condicionada en cualquier actividad del pecador es considerada como pérdida y sin conocimiento. El hombre murió en delitos y pecados, no hay justo ni aún uno, no hay quien busque al verdadero Dios. El hombre natural tiene como locura las cosas del Espíritu de Dios, no puede discernirlas. De manera que si alguien supone que su capacidad intelectual, su astucia o su humildad hicieron posible aceptar a Cristo, está dando muestras de que no conoce el evangelio. Es el Espíritu el que hace nacer de nuevo, no por voluntad de varón sino de Dios. Pero Él no hace nacer de nuevo a todo el mundo, sino solamente a los elegidos del Padre. Lo hace, por supuesto, por medio de la predicación del evangelio.

    La justicia de Dios revelada en el evangelio, de acuerdo a Romanos 1:17, consiste en conocer que Dios es justo y quien justifica al impío, por medio de Cristo como su justicia (Romanos 3:21-26). Si no tenemos tal conocimiento estableceremos nuestra propia justicia, la de las obras buenas que podamos hacer. Eso es idolatría, sería una religión antropocéntrica que coloca a Dios como si fuera el genio de la botella. Ignorar esa justicia de Dios y su soberanía absoluta, implicaría asumir que algo en nosotros mismos hemos hecho como prerrequisito para obtener la justicia de Dios. Sería un celo sin conocimiento.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • CELOS POR DIOS

    El creyente debe seguir los principios de adoración que las Escrituras han señalado. En ellas encontramos que la palabra de Dios es la única autorizada para regir la alabanza del pueblo de Dios. Descuidar ese principio puede traer graves consecuencias, como se las trajo a los hijos de Aarón con su exhibición de fuego extraño (Levítico 10:1-3). Nosotros no necesitamos cruces ni palomas, ni esculturas o dibujos, nada alusivo al físico del Señor Jesucristo. Además, si no hubo retrato suyo en su época es porque el Padre sabe el daño que haría el adorarlo a través de figuras.

    Es sabido que Jesús fue llamado de Nazaret, pero él no fue nazareo. No hizo voto de nazareo, como para no tocar muertos, no beber licor o no raparse el cabello. Es decir, Jesús no puede presumirse de pelo largo como si hubiese hecho un voto de dedicación nazarea (como fue el caso de Sansón). Por otro lado, de acuerdo al Nuevo Testamento, a Pablo se le apareció Jesús. Más adelante, en una de sus cartas, el apóstol habla de la honra del pelo corto en los hombres, como el del pelo largo en las mujeres. Si hubiese visto a un Jesús con el cabello largo, no se hubiese atrevido a afirmar lo que sostuvo en esa carta en referencia a la forma de llevar la cabellera el hombre creyente.

    Bien, esto sirva para que se entienda la futilidad de recordar imágenes que tienen el sentido de distorsionar el punto de la adoración. ¿Por qué razón celebrar días santos? ¿Acaso hemos de festejar el cumpleaños de Jesucristo? ¿No cuelgan en el árbol navideño unas bolas que son reflejo de lo que se hizo primeramente, al colgar los testículos de diversos animales e incluso de personas, como señal de fertilidad del siempre verde árbol? Pero se ven tan agradables en la iglesia o en la casa, en los comercios que invitan al consumo, que se pasa por alto tan nefasta costumbre antigua.

    Dios no cambia, así que sigue siendo el mismo de siempre. Lo que ordenó como alabanza debe continuar, así como lo dice el Nuevo Testamento también: con salmos, con himnos y con cánticos espirituales. Hemos de andar cantando y alabando al Señor en nuestros corazones (Efesios 5:19). Estos salmos, himnos y cánticos espirituales demostrarán la llenura del Espíritu Santo en nuestra vida de santidad.

    Ahora apareció el team de alabanza, el grupo de los cantores de la iglesia que imitan a los de Miami, con baterías y guitarras eléctricas, con equipos de sonido que retumban en los pequeños locales, sobre quienes descansa la tarea de la adoración. Los demás van a oír y ver lo bien que tocan o cantan, apenas levantando una mano al estilo de las tele-iglesias. Sin embargo, el evangelio sigue siendo el mismo: La buena noticia de salvación condicionada en la sangre expiatoria de Jesucristo, así como en la imputación de su justicia en aquellos a quienes él representó en la cruz. El Señor lo dijo en su oración intercesora: No ruego por el mundo (Juan 17:9), ¿cómo podía morir por el mundo por el cual no rogó la noche previa a ir a la cruz? El Señor vino a salvar a todo su pueblo de todos sus pecados (Mateo 1:21).

    Aquellos que aseguran que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, y que el pecador tiene que hacer su parte para que Dios lo salve, están indicando que no se rigen por el principio regulativo del evangelio. Sabemos que el mundo de la cruz es locura para los que se pierden, pero para los creyentes es el poder de Dios. Dios destruye la sabiduría de los sabios, y desecha el entendimiento de los entendidos. En la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, por cuya razón agradó a Dios salvar a los creyentes por medio de la locura de la predicación (1 Corintios 1:18-21).

    La sabiduría humana no puede comprender las cosas del Espíritu de Dios, mucho menos tiene la capacidad de la alabanza debida. Por lo tanto, Dios ha indicado cómo adorarlo, pidiendo que se haga en espíritu y en verdad. La doctrina del evangelio no la puede recibir el sabio o el educado, sino que a través de todas las edades ha sido reprochada. Hoy día no es diferente, ya que la doctrina de Cristo se silencia y la gente aprende a saltarse escrituras en las congregaciones para no crear separación en los grupos.

    Esa doctrina despreciada ha venido a ser alimento y bebida para el alma que Dios ha señalado como aquella que redimirá. Pero ese alimento y esa bebida se sirven mediante la locura de la predicación del evangelio. ¿Por qué una locura? Porque Dios ya sabe a quién ha elegido para salvación y a quién ha señalado para perdición (Jacob y Esaú, en Romanos 9, son un claro ejemplo). Entonces, ¿para qué predicar? Porque en tal sentido parece una locura de Dios ordenada a sus siervos, pero por medio de esa supuesta insensatez la sabiduría de Dios, que es Cristo, viene a cada persona que habrá de oír esa palabra de fe y que dará fruto a su tiempo.

    A los que cavilan les digo lo que sigue a continuación: Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres (1 Corintios 1:25). La humanidad se ha perdido en delitos y pecados, camina hacia perdición final, por causa de su pecado. El Padre ha escogido a algunos para salvación, a los cuales el Hijo ha redimido en la cruz, en tanto el Espíritu los santifica haciéndolos primero nacer de nuevo.

    Los que perecen rechazan el verdadero evangelio, siguen al príncipe de este mundo, juzgan como locura la palabra divina. Para ellos el evangelio permanece escondido, estando cegados por Satanás. En medio de semejante locura teológica, para nosotros el evangelio pasa a ser el poder de Dios. Los judíos piden señales, los griegos demandan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, una roca de caída para los judíos y una locura para los griegos o sabios. Dentro de los llamados, judíos y griegos, /judíos y gentiles/, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios. Nosotros caemos sobre la roca que es Cristo, pero ay de aquellos sobre quienes caiga esa roca.

    César Paredes

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  • EXCELENCIA DEL TRABAJO DE CRISTO

    El trabajo de Cristo en la cruz generó la absoluta justificación de todos a cuantos representó. No fue un trabajo potencial, como afirman muchos que manifiestan un evangelio antropocéntrico; más bien fue un trabajo actual y eficaz, como asegura la Biblia. En Mateo 1:21 tenemos una declaración efectiva para asumir la excelencia del trabajo de Jesucristo. El ángel le dice a José en su visión que debería colocarle el nombre Jesús al niño por nacer, ya que él salvaría a su pueblo de sus pecados. El significado del vocablo Jesús es Jehová salva.

    Fijémonos que no dijo que salvaría al mundo, o a todo el mundo, sin excepción, sino solamente a su pueblo. Ese pueblo está conformado por todos los creyentes en su fe, los cuales nos son engendrados por voluntad de carne ni de varón, sino de Dios. Dado que toda la humanidad murió en sus delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), se entiende que el ser humano posee una incapacidad natural para acercarse o desear a Dios. Él sigue siendo sin atractivo para el alma natural y caída, por lo cual se hace imperativo el nuevo nacimiento que da solamente el Espíritu Santo. Él sopla de donde quiere.

    Recordemos por igual lo que nos dice la Carta a los Romanos, que Dios endurece a quien quiere endurecer pero tiene misericordia de quien quiere tenerla. En tal sentido, se nos ha dicho que Jacob fue amado sin mérito alguno en él, pero que Esaú fue condenado sin miramiento en sus obras (Romanos 9:11-13). Dios el Padre imputó los pecados del pueblo elegido (desde antes de la fundación del mundo: Efesios 1) a Jesucristo, su Hijo, dándonos a cambio la justicia derivada de él (2 Corintios 5:17; 1 Pedro 3:18).

    La inocencia de Cristo significa que él fue el Cordero sin mancha, la ofrenda eficaz por el pecado de todo su pueblo. Pese a que nosotros seguimos pecando fuimos declarados justos en Jesucristo; la Biblia nos advierte que no pequemos más, ya que Dios a quien ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. Así que si pecamos, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo (1 Juan 1:7-9). Y él (Jesucristo) es fiel y justo para perdonarnos. Asimismo, Esteban, el diácono que se convirtió en un mártir, vio los cielos abiertos y al Hijo de Dios, por lo cual luego pudo exclamar: Señor (referido a Jesús), no les tomes en cuenta este pecado (Hechos 7:59-60).

    Nosotros no nos vamos tras la locura del pecado (Salmos 85:10), sino que Dios nos dio vida juntamente con Cristo, perdonándonos todos los pecados (Colosenses 2:13). No dice que nos perdonó algunos pecados, sino todos los pecados. Por eso es que estando ya justificados en su sangre, seremos salvos de la ira por Jesucristo (Romanos 5:9). Preguntamos: ¿Quién es el que condenará? Si Cristo es quien murió, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, el que intercede por nosotros, ¿Quién es el que nos separará del amor de Dios? Nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8:34-39).

    Dios no demanda doble pago por el pecado, ya que habiendo su Hijo pagado todos los pecados de su pueblo su pueblo será salvo en el día del poder de Dios. Ya Jesucristo sufrió por nuestras faltas, así que nosotros le debemos a él todo lo que somos. Si tratamos de matar las obras de la carne en nosotros, si tratamos de alejarnos de los rudimentos del mundo, lo hacemos bajo su voluntad y por el afecto que nos genera. Nunca lo hacemos para ganar su afecto o para recibir su perdón, ya que por gracia hemos sido salvos y no por obras. Pero la santidad es el camino a seguir una vez que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. Antes, cuando andábamos bajo la influencia del príncipe de este mundo, éramos incapaces de comprender las cosas del Espíritu de Dios, y nos parecía una locura.

    Esa incapacidad nos fue quitada por la gracia divina y de esa manera llegamos a creer. Dios nos habilitó por medio de su palabra y por la actividad de su Espíritu, así que no hubo obra nuestra que fuese eficaz para conseguir esta dádiva y este don perfecto. El Señor Jesús cumplió toda la ley divina, de manera que su perfección lo convirtió en la justicia de Dios y por ende en la pascua de todo su pueblo que vino a redimir. Jesús destruyó al que tenía el imperio de la muerte (al diablo), para librarnos a todos los que por el temor de la muerte estuvimos durante toda la vida sujetos a servidumbre (Hebreos 2:14-15).

    Decir que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, pero que su muerte es eficaz solamente en los que creen, significa que la diferencia entre cielo e infierno subyace en nosotros mismos. Implica una salvación por la obra de creer, de levantar una mano, de ser más listo que otro, de comprender lo que nos parecía locura mientras a otros les sigue pareciendo locura porque no pueden comprender. Implicaría que nos atribuyamos la capacidad de comprensión sobre las cosas del Espíritu de Dios. Eso negaría las Escrituras.

    En cambio, asegurar que el trabajo eficaz de Jesucristo consiste en el perdón actual y no potencial de todos los pecados de su pueblo, implica que él aplacó la ira de Dios por medio de su muerte satisfactoria. Aquel cordero que Abraham vio trabado en un zarzal es el símbolo del Hijo de Dios que habría de morir por nuestros pecados. Ese Jesús es la Simiente prometida cuando se dijo: En Isaac te será llamada descendencia (simiente). No habla de muchas semillas, sino de Cristo. Por eso se escribió: Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado (Salmos 32:1).

    Se ha escrito que fuimos justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3:24). No tenemos de qué jactarnos sino de la cruz de Cristo, ya que fuimos salvados por la ley de la fe de Jesús. Esa fe es también un regalo de Dios (Efesios 2:8), no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2) y sin fe resulta imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). La sangre sería una señal para el pueblo de Dios, sobre las casas en que estaba colocada. Dios vería la sangre y pasaría por alto el castigo, de manera que la plaga enviada no destruyera lo que es de Dios (esto aconteció en Egipto, con el Israel que Dios rescató, como un inicio de la pascua: Éxodo 12:13).

    Aquella sangre del cordero tipificaba la sangre de Jesucristo en la cruz, lo cual hace que Dios pase su castigo por encima de nosotros que ya fuimos redimidos por su sangre. La sangre no se colocó en todas las casas, lo cual dejó a Egipto (símbolo del mundo en la Biblia) por fuera de la redención. Asimismo, Jesús en la noche previa a su sacrificio, cuando estaba en el huerto de Getsemaní, oró al Padre diciéndole que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). El trabajo de Jesús fue eficaz y por esa razón vio el fruto de la labor de su alma (Isaías 53:11), y quedó satisfecho.

    César Paredes

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  • ¿QUIÉN ES COMO TÚ, OH JEHOVÁ? (ÉXODO 15:11)

    La perfección de la naturaleza divina obliga a esa pregunta, por sus bendiciones y bondades, por la obra de sus manos. Ciertamente, los cielos cuentan la gloria de Dios, así como el firmamento anuncia la obra de sus manos. Hablamos de la excelencia del poder de Dios, demostrado en la salvación de su gente; esa redención que se propuso alcanzar por medio del Hijo, en un sacrificio perfecto anunciado desde antes a través de los altares donde se esparcía la sangre de animales. Ahora, venido el tiempo, un sacrificio perfecto nos convenía, bajo el mismo Cordero como Sumo Sacerdote.

    Al mismo tiempo, ese poder divino se manifiesta en la ruina de sus enemigos. Son los mismos enemigos de su pueblo escogido, de forma que podemos decir que la maldición de Jehová también resulta perfecta. La bendición se dice perfectísima, pero el castigo ejemplar sobre los impíos constituye un motivo de alabanza. Los paganos llaman dioses a lo que ellos conciben como divinidad, pero cada uno de ellos es magnificado por supuestos atributos; las Escrituras hablan de la vanidad de los ídolos, los cuales tienen pies pero no caminan, ojos que no ven y manos que no palpan. Semejantes a esos dioses son los que los hacen y los que los adoran.

    La pregunta en el Éxodo continúa: ¿Quién como tú, magnífico en santidad? Dios es un hacedor de prodigios pero terrible en sus hazañas maravillosas. Por su voluntad la tierra se abre y traga a los enemigos, por su misericordia su pueblo es conducido en medio del peligro para ser guiado a la santa morada del Altísimo. El enemigo se acobardará, lo acogerá el temblor y espanto, será enmudecido como la piedra que ni oye ni habla. El Faraón entró cabalgando con sus carros y su gente de a caballo en el mar, pero Jehová hizo volver las aguas marinas sobre ellos; recordemos que los hijos de Israel pasaron en seco por medio del mar.

    Bendecimos al Señor por las excelencias que le acompañan como parte de su naturaleza, pero también por las bendiciones que recibimos a diario. Se ha prometido gloria y felicidad a quienes buscan la inmortalidad que ofrece su redención. Las plagas sobre Egipto fueron terribles, así como la destrucción del Faraón y sus huestes, una noticia terrible del Mar Rojo (Salmos 106: 22). Esto puede ser visto como una materia de alabanza para Israel, pero como un gran terror de temer para sus enemigos. Jesús abolió el pecado y destruyó al que tenía el poder sobre la muerte, por lo cual ahora exclamamos junto a Pablo: ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Corintios 15: 55-57). El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Dios nos ha dado la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.

    Dios lo ha prometido: De la mano del Seol nos redimirá y nos librará de la muerte. Oh muerte, yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, oh Seol; la compasión será escondida de mi vista (Oseas 13:14). Esto aconteció en tiempos del Mesías por medio de su sacrificio y por su trabajo alcanzado: llevó cautiva la cautividad (Efesios 4:8), habiendo resucitado y vencido la muerte, el postrer enemigo. La justicia de Cristo trajo paz para su pueblo, vida para sus ungidos, eternidad para volver hacia la casa del Padre. La cautividad espiritual tiene múltiples aristas, una de ellas pudiera bien ser la influencia de Satanás sobre la mente de muchas personas. Sepamos que Jesús lo venció en la cruz, que exhibió públicamente el error satánico, de manera que no caigamos más en su acecho teniendo por cierto lo que apenas pudiera ser una sugestión mental.

    En Colosenses 2:15 se nos dice que Jesucristo despojó a los poderes y principados, exhibiéndolos en forma pública, en un abierto triunfo en la cruz. Así que nadie nos juzgue en comida o en bebida, en cuanto a días de fiesta o días de reposo, todo lo cual no es más sino sombra de lo que había de venir. Tenemos que asirnos de la Cabeza (que es Cristo) como el cuerpo sujeto a ella, ya que hemos muerto a los rudimentos del mundo. El duro trato del cuerpo puede tener buena reputación en los que viven austeramente, pero carece de valor alguno contra los apetitos de la carne (Colosenses 2:23).

    La gente se acostumbra a los ritos y a las ceremonias de cada domingo, como si eso matara los apetitos de la carne. Hemos muerto a los rudimentos del mundo, pasando ahora a un estado de regeneración total. Pensemos siempre en la maravilla que Dios ha hecho en favor de todo su pueblo, de manera que podamos decir con Moisés: ¿Quién como tú, oh Jehová? Hemos sido liberados de Egipto, la metáfora del mundo, del sitio de esclavitud, del azote de Satanás y sus demonios. ¿Por qué hemos de extrañar los pepinos, las sandías, el resto de comidas que allí se dan a diario? El viejo pueblo de Israel quería regresar al sitio de sufrimiento porque anhelaba el olor de las cebollas y de los guisos, siempre quejumbroso ante Moisés y Aarón. Tenemos la Escritura para nuestro beneficio, para que aprovechemos la experiencia de los más fuertes que vencieron en el tránsito por el desierto, de los valerosos que entraron con Josué a la tierra prometida.

    Si Dios nos ha señalado como su pueblo, digámosle Dios nuestro; ¿quién en los cielos se igualará a Jehová? Dios temible en la gran congregación de los Santos, y formidable sobre todos cuantos están alrededor de él (Salmos 89:7). Multitudes de personas desfilan con sus ídolos, lo cargan porque ellos no pueden caminar, pero dicen que les conceden favores. Satanás y sus demonios están detrás de los ídolos que sostienen los paganos, eso dice la Biblia. La tierra sigue llena de idolatría, la gente que conoce algo del evangelio se postra ante el argumento de cantidad, bajo el pensamiento de que tanta gente no puede estar tan equivocada.

    Sin embargo, sobre millones cayó el diluvio y se los llevó a todos hacia la fosa, siendo pocos los escogidos. Siempre ha sido igual, seremos la manada pequeña, los escasos escogidos, porque el Padre así lo ha querido desde el principio. A Jacob amó pero odió a Esaú, aún antes de que hiciesen bien o mal (Romanos 9): ¿quién juzgará a Dios? Hemos de adorar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, ordenan las Escrituras. Existe una infinita separación entre Dios y sus criaturas, algo tan grande que no podemos rellenar. Pero glorificamos su nombre porque Jesucristo nos amistó con el Padre y Él nos ha llamado hijos, herederos de su gracia y de sus dones, por cuya razón volvemos a santificar su nombre.

    Los idólatras se hicieron zanjas en sus cuerpos en el intento de que Baal respondiera, pero no fueron atendidos por esa ficción demoníaca. Nosotros tenemos al Dios que creemos hizo los cielos y la tierra, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien ha enviado a su Espíritu para que viva en cada corazón que ha creído y recibido al Señor. Por igual, sabemos que sin la operación de ese Espíritu nadie puede nacer de nuevo; ese nuevo nacimiento viene por voluntad exclusiva del Señor, así que ésta es la mejor obra que hayamos recibido como seres humanos. Somos partícipes del segundo Adán.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL LOGOS ANTIGUO

    Jesucristo fue descrito como el Logos que ha existido desde el principio, la razón pura y la lógica suprema de todo cuanto existe. Por él fueron creadas todas las cosas, y sin él nada de lo que existe sería. Por igual, en el desierto, Dios hizo caer el maná del cielo, un pan especial que servía de alimento al pueblo hambriento. Ese maná escondido de Dios, que aparece contrapuesto a las cosas sacrificadas a los ídolos, fue el suministro para el viejo pueblo de Israel en su caminata sobre la tierra árida.

    Pan del cielo, dijo Cristo, el verdadero maná que vino primero como metáfora de lo que ocurriría después. Algunos rabinos hablaban del último Redentor (pues el primero fue Moisés), el cual aparecería como el maná del cielo. Bien, Jesús dijo de sí mismo que él era el verdadero pan de vida (Juan 6:32). No fue Moisés quien dio el pan del cielo, sino Jehová el Padre es quien da el verdadero pan del cielo. Es decir, Jesucristo como Logos es el verdadero Maná caído del cielo. Su palabra nos alimenta, como maná escondido (Apocalipsis 2:17); está escondido porque el mundo no puede verlo, porque ese alimento especial viene como una exclusividad para el pueblo escogido de Dios.

    La Biblia puede ser un libro público, con múltiples impresiones a través de los siglos, pero aunque muchos la lean y la estudien solamente pasa a ser maná del cielo para aquellos que participan de la fe de Cristo. Esa fe que se muestra exclusiva para los que el Padre llama, de allí que el Señor le haya dicho a Juan en su Revelación que él daría el maná escondido al que venciere. Ese Logos antiguo siempre ha existido, pero no todos participan de él. Una vez que se predica la palabra, quien la oye y quien la haya aprendido demostrará que ha sido enseñado por el Padre (Juan 6:45). La demostración se evidencia por el conocimiento de la palabra sembrada en tierra abonada por el Padre, como lo anuncia la parábola del sembrador.

    El maná escondido pasa como el alimento del justo, viene como el Evangelio que solamente el pueblo de Dios puede entender. El alma que ha sido resucitada podrá valorar ese maná escondido o reservado para ella, con la presencia del Espíritu Santo habitando su vida. No hay presencia de ese Espíritu Divino sin mediación de la palabra o Logos. De igual manera, no hay palabra que pueda ser comprendida sin la operación del nuevo nacimiento ejecutado por el Espíritu Santo.

    Curiosamente, aquellos israelitas se quejaron de que solamente tenían maná del cielo para comer. Por esa razón Dios les envió codornices como castigo por cuanto los israelitas murmuraron y desearon haber muerto en Egipto donde comían carne. Jehová les envió tantas codornices como castigo que causó la muerte de muchos, quedando una especie de cementerio con el nombre de tumbas del apetito (Números 11:18-34). Esto hizo Jehová para que el pueblo aborreciera esa comida y hasta se les saliera por sus narices, como castigo por la queja continua que tuvieron contra Moisés y contra el Señor.

    La ilustración derivada de ese relato nos viene como un útil de armonía espiritual. Hay gente que no se sacia con la palabra de Dios, con el maná del cielo que es Jesucristo. Esas personas que poseen tal espíritu insaciable necesitan probar el alimento del mundo, se la pasan recordando lo que tuvieron en Egipto (una metáfora del mundo hostil y de la esclavitud al pecado). Dios les da la medicina adecuada, hasta que saciados algunos perecen, si bien otros aprenden del castigo y se enderezan.

    La abundancia de comida en Egipto vino acompañada de esclavitud, de trabajo serio y continuo de la población sometida al Faraón. En el mundo podemos tener riquezas (la abundancia del pan) pero siempre seremos esclavos del pecado, de la vanagloria de la vida y de los deseos de los ojos. Recordemos siempre de dónde nos sacó Jehová, por dónde nos ha traído, para que no nos volvamos quejumbrosos entregados al anhelo de volver a la necedad del pecado. El mundo no puede amarnos, porque el mundo ama lo suyo; a nosotros nos odia, como odiaron al Señor.

    La práctica de la iglesia naciente de entregar a Satanás a aquellos hermanos que se volvían al pecado, pudiera ser una ilustración de lo que decimos. El hecho de ser agobiados por el pecado repetido viene como un azote del diablo contra los hijos desobedientes. Aquel hermano de Corinto sufrió amargamente, hasta que Pablo pidió tener misericordia de él y que fuera reincorporado a la iglesia. Cuando no se discierne el contenido de la palabra (el maná del cielo), se puede causar malestares en muchas personas del cuerpo de Cristo. Eso sucedía con la cena del Señor tomada indignamente (sin comprender su significado), pues comían de esa manera juicio para ellos mismos.

    Jesús como pan de vida se nos presenta para saciarnos de su palabra, ya que él es el Logos (Juan 1); el que a él va nunca tendrá hambre, y el que en él cree no tendrá sed jamás (Juan 6:35). Cristo da vida a los mortales pecadores, como verdadero pan da vida a todo aquel que lo coma. Acá está la metáfora de nuevo, ya que no es el pan físico de la cena del Señor el que da vida, sino la palabra como Logos que él representa. Precisamente, él lo aclaró: no solo de pan (físico, de harina) vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mateo 4:4; Deuteronomio 8:3). Esta enseñanza aclara que nuestra confianza no debe apoyarse en nuestra provisión sino en Dios y su palabra.

    La palabra de Dios conocida debe guardarse con nuestra comprensión y obediencia. El que no obedece a Dios es castigado (porque Dios azota y castiga a todo aquel que tiene por hijo). Ha sido un privilegio el que hayamos comprendido la palabra divina, el que hayamos sido invitados a participar de la adopción hecha por el Padre; por esa razón el privilegio contrae deberes y la obediencia viene como lo primero que el alma debe hacer: sujetarse al Señor. Difícil nos resulta con el atractivo del mundo, ya que hemos vivido para él, hemos sido formados en sus esquemas, bajo la idolatría propia del hombre como centro de todas las cosas.

    Pero si aprendemos a vivir del Logos como el pan del cielo dado a su pueblo, iremos descubriendo las delicias del cuidado divino, de la comida celestial que como diaria provisión se ha de tener. El maná no se podía guardar para otro día, excepto en la previsión del día de reposo. De la misma manera no podemos acumular el servicio a Dios para el día siguiente, sino que un día a la vez vamos nutriéndonos de la palabra y de la fe que por medio de la oración cultivamos. Quiero decir que aunque oremos hoy por el mañana, en ese día que viene seguiremos orando; lo que hicimos ayer quedó atrás, cada día trae su propia actividad de piedad por realizar.

    Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos (Romanos 14:8). Feliz aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2). El perdón significa la remoción de la culpa y del pecado, así como de su castigo. Nuestro pecado fue transferido al Señor en la cruz, pero a cambio obtuvimos su justicia eterna. Bajo esa seguridad judicial habitamos todos los que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz; bajo ese Logos eterno estamos cobijados todos los que el Padre eligió y ha llamado oportunamente.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL MANA O EL PAN DE VIDA

    Los milagros de la Biblia muestran el ejercicio de la voluntad divina en plena operación, así como también la mirada de esperanza del hombre en la operatividad de su Creador.  Un paralítico tiene muchos años sin poder andar, espera el evento anual del movimiento de las aguas por parte de un ángel del cielo, pero no tiene opción por cuanto otros enfermos se prefieren a sí mismos y le dejan abandonado;  nadie en su sano juicio iba a perder esa opción de lanzarse al estanque de Betesda para encontrar su salud, por lo cual ese paralítico solitario no tenía quien le ayudara a sumergirse en el estanque. Es obvio que si había llegado hasta las inmediaciones de la piscina de la salud había sido con la ayuda de algunos amigos o de algunos familiares cercanos, pero la gente no tenía ni la fe que él poseía, ni la paciencia para encargarse del trabajo que implicaba meter a una piscina a persona que había perdido el movimiento de su cuerpo, en una competencia entre enfermos menos defectuosos. Se necesitaba amor, cariño, afecto, paciencia y fe, mucha fe.  La fe necesaria para mover la voluntad de ayuda a nuestro prójimo.

    Jesús sabía que ese paralítico aguardaba por un milagro y se acercó hasta él, conversando, hablándole, haciendo la pregunta de rigor: ¿Quieres ser sano? Para una mente apurada esta interrogante suena redundante, innecesaria, casi irónica; pero el Hijo de Dios quiso enseñarnos por medio de esa inquisición que nosotros debemos ser específicos en nuestras oraciones, en nuestras conversaciones con Él. A veces pedimos bendiciones, pero no decimos qué tipo de bendición queremos.  Eso no implica que no la recibamos, sino que no las discernimos una vez recibidas.  Mucha más alegría tiene el alma cuando se entera de que aquello por lo cual oró fervientemente lo ha recibido de manera particular. 

    Es indudable que la petición específica no puede ser el producto de un capricho humano, como si pretendiéramos manipular la voluntad del Padre con los deseos intrascendentes de nuestros corazones.   La oración específica tiene que girar en torno a la voluntad suprema de un Dios que todo lo ha previsto, que se complace en perdonar, que se pasea por el estanque de las aguas del milagro, que nos pregunta si realmente queremos aquello por lo que estamos pidiendo.  ¿Qué quieres que te haga?, preguntó Jesús una vez a un ciego.  Quiero que me abras los ojos, le respondió el ciego.  Sin embargo,  podemos agradecer que no a todas nuestras específicas peticiones Jesús haya respondido conforme a nuestra voluntad, pues si tal fuera el caso estaríamos metidos ahora en problemas más profundos de los que estamos.  En ocasiones añoramos un cambio específico en nuestras vidas o en nuestras circunstancias, pero ese cambio no llega.  Sufrimos porque creemos que no somos oídos, que Jesús ha dejado de amarnos, que nuestros pecados nos han alcanzado.  Pasa el tiempo y al vernos en unas circunstancias diferentes por las que hemos pedido, encontramos que el Señor tenía razón al no respondernos aquellas peticiones. Por eso la pregunta hecha al paralítico y al ciego, con aparente redundancia, cobra vigencia en nuestras vidas y en medio de nuestras necesidades. ¿Qué quieres que te haga? ¿Quieres ser sano? Equivale a que se nos diga: ¿realmente deseas, necesitas, te conviene aquello que me estás pidiendo?  No importa nuestra premura, el Señor siempre se dará su tiempo para charlar con nosotros y hacernos entender si aquello por lo que pedimos realmente nos conviene. Cuando el mar embravecido se levantaba contra la barca, el Señor dormía.  ¡Maestro, despierta que perecemos!, le gritaron sus discípulos, pero el Señor antes de reprender a las aguas les reclamó a ellos preguntándoles por qué temían tanto, y por qué tenían tan poca fe. 

    Claro que el Señor va a responder en medio de las circunstancias del embravecido mar, calmando los vientos y las aguas, haciendo grande bonanza, pero antes de que eso suceda Él volverá a conversar con nosotros y nos va a hacer que miremos a lo más profundo de nuestro corazón,  para que conozcamos cuáles son nuestras carencias y temores.  En medio de su charla, el mar seguirá agitado, si bien nosotros escuchamos su voz y el rugido del mar queda en segundo plano. Ahora ere ruido ya no interesa tanto, sólo su voz que habla a nuestra conciencia, recordándonos que somos  hombres de poca fe.  La fe es un ideal, una meta muy elevada, hacia la cual vamos escalando día a día.  Mientras más fe tengamos, nuevos problemas aparecerán que le forjarán su robustez.  La fe es no solamente un instrumento de lucha, sino una meta bastante elevada. La fe no es un objeto tangible sino la gran confianza que podamos depositar en la bondad eterna de Dios.  Es la seguridad de que Él va a responder en el momento oportuno, haciendo grande bonanza en derredor nuestro.  Los creyentes estamos llamados a ser héroes en medio de la jauría del mundo, así como lo fueron todos aquellos de la galería de la fe, presentados en Hebreos. El heroísmo de Moisés, de Elías, de Gedeón, de David, de tantos otros personajes bíblicos, se yergue como un paradigma de motivación y confianza. Tenemos luchas similares a las de Josué, a las de Sansón, a las de Abraham, a las de Pedro y Juan.  Hemos de hacer un recorrido donde se vindique nuestro potencial de fe, por medio de las pruebas glorificantes que nos conducen a la ciudad celestial.  No es de todos la fe, pero la fe es un don (un regalo) de Dios, pues es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.

    Acercarse a Dios presupone un ejercicio de abstracción muy fuerte.  La razón básica estriba en que no le vemos cara a cara, como vemos a un vecino nuestro.  Por eso el autor del libro bíblico nos recuerda que es necesario creer que le hay. Aunque suene contradictorio está expresado de esa forma; si nos acercamos a Dios es porque suponemos que Él existe, pero se nos dice que esa suposición no basta, pues hay que creer que es real. La razón por la cual se nos hace esa proposición es porque no le vemos físicamente, entonces nuestro ejercicio o esfuerzo es mucho mayor. ¿Estás ahí, Señor?, pareciera ser la pregunta que hace nuestra alma en medio de la tempestad del mundo.  Ese es nuestro primer acto de fe, creer que Él nos oye, que está allí mismo, escuchando nuestra voz.  Ah, pero en todos los relatos bíblicos se nos muestra que la oración no es un monólogo. Si tenemos la urgencia de hablar con Dios, sepamos que Él también desea hablarnos.  En ese hablar nos preguntará una y otra vez acerca de lo que queremos, de si realmente lo consideramos necesario.  Una vez iniciado el diálogo, el Espíritu Santo nos guiará en los trámites del discurso, cuando interpreta la mente de Dios –pues Él la conoce muy bien- para traernos su palabra.

    En medio del complicado mundo vamos aprendiendo obediencia y temor reverente.  Al mismo tiempo, nos entrenamos en el campo de la fe, pues sin fe es imposible agradar a Dios.  De manera que no es cuestión de ponerle fe a las cosas, o de dar saltos al vacío, lo cual resulta nulo por sí mismo. No pensemos que nos vamos a lanzar desde un edificio bien alto y en ese salto al vacío vendrá un ángel del cielo a impedir que nos hagamos daño.  El punto radica en que la fe la da Dios, pues es un don de Dios, una dádiva; pero esa fe que nos es dada viene en un paquete completo, con los elementos necesarios para crecer, para robustecerse, para inflarse. Esos elementos son las luchas y pruebas en que andamos a diario, como participantes del ejercicio de la confianza en Dios. En medio de esas tormentas somos llamados a confiar en un Dios que parece dormido, como Cristo en la barca, pero que está consciente del peligro que acecha y nos reclama la fe para reprender las tempestades levantadas en el mar. 

    En ocasiones esos mares están solo en nuestra mente; otras veces son redimensiones de una realidad tangible, pero siempre aparecen como problemas que tienen solución. Recordemos que se nos dijo que no se nos dejará ser probados más de lo que podamos resistir, y que juntamente con la prueba (o la tentación) nos dará la salida.  Tenemos la decisión de ser felices en medio de las circunstancias de la vida: para eso se necesita valor, confianza en quien sujeta nuestra mano, la esperanza del paralítico de Betesda, quien esperaba que una mano misericordiosa le ayudara a entrar al estanque. 

    El Padre proveyó un maná de vida, pan del cielo, como les fue dado a los israelitas en el desierto.  Ese maná, real provisión para aquellos hombres de la historia, era también una previsión de lo que acontecería.  Era el anuncio del verdadero pan del cielo, el pan de vida, como lo dijera Jesús.  Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. Son numerosas las promesas estampadas en la Biblia, pero para que se hagan realidad en nuestras vidas es necesario creerle a Dios en lo que refiere a Jesucristo.  El círculo se estrecha, como Jesús dijera: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. Antes había dicho: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mi viene, no le echo fuera…Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.

    La consecuencia inmediata cuando Jesús dijo todas estas reflexiones acerca del pan de vida y de la voluntad del Padre, de que nadie podría ir a Cristo si el Padre no lo hubiere enviado, fue la molestia general en muchos de sus discípulos.  A la mayoría de ellos les pareció dura de oír esa palabra.  Por eso Jesús, que conocía lo que murmuraban, les preguntó si estaban ofendidos por lo que acababa de anunciar, referente a la voluntad del Padre en relación a quién podría ir a Jesucristo.  Jesús ratificó que las palabras que había hablado eran espíritu y eran vida; les recordó que había algunos de ellos que a pesar de haber participado del milagro de los panes y los peces no creían. Le habían seguido en parte por el alimento, en parte por lo espectacular del milagro, en parte por lo esperanzador de su palabra. Pero no querían que les hablara acerca de la predestinación. Ellos se querían sentir libres, con la libertad para seguirle o para rechazarle. Pero Jesús enfatizó en que ninguno podía ir a Él si el Padre no lo traía, si no era bajo la voluntad de Dios.

    Como Jesús sabía que algunos de ellos no creían les reiteró: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.  Después de la intranquilidad inicial, Jesús les ratificaba la causa de la molestia, lo cual se convirtió en un enojo que hizo que desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.  Jesús no se puso lastimero, ni mendigó un alma casi ganada, sino que desafiante dijo a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros…No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo? (Hablaba de Judas Iscariote, el que le había de entregar: Juan 6).

    La claridad del Señor nos enseña que nosotros tenemos que estar conscientes de que fue por la voluntad del Padre, manifestada desde los siglos, que nos escogió para salvación.  El Cristo sanador, solamente sana al paralítico de Betesda y deja a muchos enfermos en su mala condición.  Lo sana un día sábado, para quebrantar la literalidad de la ley de Moisés, en la cual vivían los escribas y los fariseos que se habían olvidado del sentido o espíritu de la ley.  Sabemos que la letra mata, mas el Espíritu vivifica. La voluntad de Jesús que perdonó a una ramera y le dijo ni yo te condeno, vete y no peques más, contravenía la letra de la ley de Moisés que ordenaba apedrearla. Una voluntad que nos manda a amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen, hacer bien en lugar de mal.  Es la misma voluntad de un Señor que no miró las buenas obras –que eran ningunas- del ladrón en la cruz para perdonarlo, y para ofrecerle que ese mismo día estaría con Él en el Paraíso. Un Jesús que acaba con las supersticiones acerca de a dónde van las personas que mueren creyendo en Él. Con razón el apóstol Pablo exclamaba que para él el vivir era Cristo, pero el morir era ganancia, pues tenía el deseo de partir y estar con Cristo, lo cual era muchísimo mejor. Esteban también lo supo, cuando vio los cielos abiertos y al Hijo de Dios sentado a la diestra del Padre. 

    Muchas doctrinas extrañas circundan las iglesias; no les basta la ley y el testimonio, sino que quieren emociones, experiencias suprasensoriales y decretos de milagros. Se ha creado una estructura de gestos, de música, de sonidos que llaman angelicales, con el fin de crear la atmósfera para que se manifieste el Espíritu. La Biblia no nos conmina a nada de eso, dado que no se necesita crear atmósferas especiales para que se manifieste la presencia de Dios.  El Padre se manifiesta en quien Él quiere, sin el teatro que hace la gente. Esa actividad bastante dudosa que hacen los hombres para encontrar a Dios, la procuran para encontrar un Cristo a su medida. Ese no es el verdadero pan del cielo. El verdadero maná ha sido revelado en las Escrituras y no hay otro método sino la misma palabra de vida (Juan 6).

    La soberanía de Dios es un tema tratado sin restricciones en las Escrituras. Son las personas infiltradas en la Iglesia las que han tratado como tabú esa doctrina.  A ellos les parece dura de oír esa palabra. ¿Si Jesús le preguntó a aquel grupo de discípulos, ¿esto os ofende?, y al instante se fueron, ¿por qué nosotros vamos a torcer las Escrituras para que estos no se ofendan? El que tiene ofensa en esto tendrá que irse con el grupo de discípulos que prefirieron seguir su camino antes que creerle a Jesucristo.  A aquellos les pareció dura esa palabra que enseña que el Padre es el que escoge quiénes han de venir a Jesús: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere.  A los ofendidos por esa palabra bíblica no les queda otro camino que irse y distanciarse de Jesús.  La iglesia no puede estar preocupada por los Judas o por los fariseos que buscaban adaptar la ley a su voluntad interpretativa.  Sigamos el ejemplo del Maestro, y digamos nosotros también con Él: ¿esto os ofende? ¿Queréis vosotros iros también? Al asumir la actitud mostrada por el Señor tendremos paz, pues bástale al discípulo ser como su maestro.

    César Paredes.

    retor7@yahoo.com

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