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  • EL MUNDO COMO REFERENCIA

    Con la entrada del cristianismo en la historia humana, el mundo se dibuja como la contraparte de lo que significa la divinidad. En la época del Antiguo Testamento Dios se había manifestado de diversas formas, pero de manera exclusiva con la revelación a sus profetas. Estos escritores bíblicos estuvieron centrados en el Israel como nación, ese pueblo escogido para ser abanderado con el conocimiento del Altísimo. La tendencia humana condujo a aquella nación al engreimiento, creyéndose los únicos escogidos del planeta.

    Con la llegada del Mesías prometido, Israel lo rechazó. La interpretación de Cristo ante el maestro de la ley llamado Nicodemo, nos abrió la perspectiva a nosotros los del mundo gentil. Ahora acontecía endurecimiento en parte para con Israel, a fin de que nosotros (las demás gentes del planeta) fuésemos injertados en el tronco del olivo. Esa metáfora de Pablo nos alivia, al mismo tiempo nos advierte que no seamos engreídos y que no subestimemos a las ramas desgajadas. Pablo nos dice que ha acontecido endurecimiento en parte para con Israel, pero que esa gente sigue siendo amada por causa de los padres.

    Es decir, no debemos ser duros contra Israel, no debemos ensoberbecernos. Sin embargo, tenemos que ser conscientes de que aquellos que niegan a Cristo son declarados como anatemas. En otros términos, Dios se encarga de amar a Israel y nosotros debemos bendecir a ese pueblo, pero Dios se encarga de castigar a ese Israel endurecido. No nos toca a nosotros darles el castigo que Dios haya querido darles, sino que nos compete desearles bendición. Al mismo tiempo, como creyentes en Cristo, sabemos que no existe una bendición mejor que desearles que acepten o reciban al Señor Jesucristo. He allí la tensión que vemos al bendecir a Israel.

    Con todo lo dicho, tanto a aquel Israel espiritual del Antiguo Testamento como a nosotros los creyentes en Cristo, que en alguna medida también hemos sido llamados el Israel de Dios, nos ha competido diferenciarnos del mundo. El mundo como referencia nos deja una huella duradera, la del pecado como impronta de la caída del hombre. Son muchas sus atracciones que se nos meten por los ojos, que nos toca en la vanidad de la vida, dado que la ley del pecado nos gobierna, como lo asegura Pablo en Romanos 7. En tal sentido, se nos ha conminado a matar las obras de la carne, a santificarnos -que no es otra cosa que separarnos del mundo. Cristo oró por nosotros diciéndole al Padre que no nos quitara del mundo sino que nos guardara del mal.

    Seguimos sumergidos en la cultura que nos engloba, en los denominadores comunes que la historia humana ha trazado como si fuese parte de nuestro ADN. El segundo Adán también tiene su ADN, por lo cual la lucha nos gobierna como si sufriéramos un conflicto genético. La competitividad entre los dos ADN nos confunde a ratos, oramos bajo una mezcla de deseos, muchas veces sin saber pedir lo que convierte. El Espíritu Santo traduce nuestros sentimientos pero nos ayuda a que las peticiones salgan conforme a lo que Él considera justo para nosotros. Todo aquello que glorifique al Padre se entiende como sano y virtuoso, por esa razón somos invitados a pensar en todo lo que es justo, lo digno de alabanza, lo que tenga virtud alguna.

    Los medios audiovisuales con sus redes sociales parecen ser el motivo bajo el cual somos impulsados a existir. Jamás la historia ha descrito una generación tan egocéntrica, donde la gente hace intentos de alcanzar la mejor fotografía para publicarla, a la espera de los likes que puedan darle. Por supuesto que esas acciones obedecen al mundo como referencia, también a la promesa de Satanás de que seríamos como dioses. En las iglesias o templos cristianos se observa una escenografía similar a la de los templos de Satanás. Pareciera que estuviésemos en un Rock Café, frente a guitarras eléctricas, micrófonos con cornetas de altos decibeles, baterías ruidosas y cantores de alabanzas alambicados al mejor estilo de las bandas que intentan copiar. Pareciera que vivimos bajo el fuego extraño de la alabanza que no agrada al Todopoderoso.

    Pero existe una repetición automática, una copia de todo lo que sucede afuera, en los perdidos mundanos. Sin embargo, pareciera por igual que la cristiandad no se ha dado cuenta de que las paredes de sus templos son una extensión de la carpa que contiene el mundo. Lo único que pudiera salvar a la gente de tal estupidez es la palabra divina. Volver al texto legítimo, sin el embrujamiento de la palabra fosilizada manchada de religión. Algo parecido sucedió en la época de la Reforma Protestante, los creyentes volvieron a los originales, se vertió la Biblia a sus lenguas vernáculas, se enfatizó en la vida bajo la ley y el testimonio. Ciertamente, la Reforma no fue perfecta pero ayudó a la historia a corregirse en muchos sentidos, en especial en cuanto a la interpretación o hermenéutica.

    La paradoja de la comunicación nos entrampó, ya que hoy se ha saltado de la exégesis hacia la eiségesis, donde lo primario consiste en dar una interpretación privada a lo que la Biblia ha dado a conocer como público. Pareciera que vamos caminando en consonancia con las proposiciones mundanas tanto en el plano ético como en la praxis religiosa. Ahora tiene cabida la bendición homosexual, el oficio religioso ecuménico, la unión de la humanidad bajo el talante de no importa la doctrina si nos unimos bajo el amor.

    Nos urge amar la ley de Dios, meditarla todo el día, como hacía el salmista. Ese salmista que también tuvo tiempo de gobernar una nación, de salir a la guerra contra los enemigos, de construir un hogar como cualquier otro ser humano. La meditación en el Señor en forma total no nos exime de hacer nuestros trabajos diarios, como lo haría cualquier otro mortal. La Biblia nos incita a reconocer a Dios en todos nuestros caminos, dado que en Él vivimos, nos movemos y somos. Nos dice por igual que nada acontece sin su consentimiento y voluntad, que Él es el autor de todo lo que nos pasa.

    En el libro de Job encontramos la ilustración sobre Satanás, el Acusador de los hermanos, el tentador por excelencia. Pero allí se nos muestra que Dios lo dirige y lo controla, de manera que hemos de abrir los ojos del entendimiento para comprender con Jeremías que no podemos decir que sucedió algo que el Señor no mandó. De la boca del Altísimo sale lo bueno y lo malo; Él es quien da la vida y la quita, quien hace el bien y crea el mal. Otro profeta se pregunta: ¿Quién puede huir de su voluntad? Su alma deseó e hizo. Todo lo que quiso ha hecho Jehová, el mismo que tiene en sus manos al corazón del rey para inclinarlo a todo lo que Él quiere.

    La presencia del Dios soberano en nuestras vidas hará que nos sacudamos del mundo por un buen rato. Permitirá la comprensión de lo que acontece en el planeta, nos inducirá a pensar que las señales del fin se muestran al unísono. De esta forma confiaremos más en sus predicciones, en toda su palabra que no fallará jamás. Estemos atentos a lo que dicen esas hermosas líneas de las Escrituras, ya que ellas dan testimonio del Hacedor de todo cuanto acontece. En las páginas de la Biblia está escrito cómo hemos de vivir todos aquellos que decimos amar al Señor que nos ha salvado de la ira venidera que caerá sobre los que moran en la tierra. La salvación pertenece a Jehová.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • NUESTRA PRINCIPAL META

    El creyente en Cristo tiene un propósito fundamental en este tránsito hacia su patria celestial. No se trata de convertirse en un ser moralista, ni en un ejecutor de buenas obras, como si esas actividades pudieran ayudarlo a lograr el fin deseado. Más bien, su objetivo habrá de enfocarlo en caminar el día a día inspirado en la palabra que llegó a creer. El mundo ofrece muchas distracciones, pero la falsamente llamada iglesia engaña enormemente. En el nombre de Cristo se han hecho guerras, se han desarrollado odios y resquemores, con la bandera del moralismo y del celo evangélico. Urge indagar en la esencia de la vivencia cristiana, para extraer su contenido en forma refinada.

    Cristo vino como la luz al mundo, aunque también como Redentor de su pueblo (Mateo 1:21). El Dios que se hizo hombre no procuró jamás la conquista de todos los corazones en la tierra; supo desde un principio que Judas lo había de entregar, de manera que lo escogió como diablo para que cumpliera el consejo del Padre. Dijo un ay por el que lo entregaría, pero lo enfatizó en el contexto de que todas las cosas debían ir conforme el Padre lo había dictado. Nosotros que intentamos seguir su estandarte no podemos abaratar su evangelio bajo la premisa falaz del argumento ad populum. La cantidad no debe importarnos, no refleja autoridad alguna en el cometido del propósito evangélico.

    Si miramos a los profetas encontraremos un sendero común referido a la soledad. ¿Sólo yo he quedado? -preguntaba Elías. ¿Quién ha creído a nuestro anuncio? -demandaba Isaías ante el Todopoderoso. Juan el Bautista fue la voz que clamaba en el desierto. Jesús mismo habló de la manada pequeña, de los muchos llamados dentro de los cuales había pocos escogidos. Nos aseguró que lo que era imposible para los hombres (el reino de los cielos o la salvación eterna) era posible para Dios. Nuestra meta debe comprender la soledad como premisa, el aislamiento del mundo como fundamento de santidad, así como el diálogo con el Creador y con sus seguidores.

    Hemos de comprender que no somos mejores que los que marchan hacia su fatal destino, sino que solamente tenemos esa conciencia que ve la diferencia entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte eterna. Por supuesto, ese detalle nos viene como obsequio divino, ya que la salvación toda pertenece al Señor. ¿Por qué Dios no quiso salvar a toda la humanidad de la catástrofe del infierno? Sus razones tendrá, pero sabemos solamente que el contraste nos ayuda en la apreciación de la bondad conferida. El impío aparece en escena para que el justo valore la medida del obsequio recibido.

    Claro está, la iglesia apóstata se ha encargado del desprestigio de los que pertenecemos al redil del Evangelio de Cristo. Lo malo que hacen unos lo pagamos todos, ante la mirada acusatoria y lógica que el mundo hace. Doctrinas contradictorias, profanas, que engañan a los asistentes al foro eclesiástico, permean las almas difuntas de los muertos en vida. Al mismo tiempo traen ganancias deshonestas a los que propician cuanta herejía se expone desde los púlpitos de la religión espuria.

    Nosotros somos diferentes por causa de la luz del Evangelio, no por razones que nos sean propias. El mérito religioso engaña la mente, como el ritual realizado semana tras semana camufla engaños perniciosos. Si tan solo leyéramos la palabra divina podríamos recuperar la sensatez de la doctrina de Cristo: vino a lo suyo, a la redención de todo el pueblo escogido por Dios desde antes de la fundación del mundo. La Biblia enfatiza en que nuestra redención no se debe a obras de ningún tipo, sino a la sola voluntad soberana de quien nos eligió. No que Dios haya previsto y por anticipación valoró nuestras cualidades, ya que se ha escrito que Dios no encontró quien lo buscara, ni siquiera un solo justo, ni quien hiciera lo bueno.

    De allí que lo despreciado del mundo, lo vil y lo que no es, escogió Dios para deshacer a lo que es. Esta verdad nos conduce a la humildad suprema, al agradecimiento sin límite. No puede llevarnos a la oferta incondicional del Evangelio, a la exhibición de un Dios pordiosero que mendiga almas. Dios quiso que el mundo fuese como es, malévolo y sacrílego, para mostrar su piedad basado solo en su voluntad. Leemos del amor eterno del Altísimo por Jacob, como del odio eterno por Esaú. Esto lo hizo sin miramiento en sus obras, buenas o malas, sino solamente por la voluntad de quien elige.

    Por supuesto, de inmediato comienzan las dudas y los reproches contra ese Dios que se muestra injusto. Injusto se dice porque no amó a Esaú sino solamente a Jacob, pero la respuesta bíblica no esperó siglos para aparecer sino que dice de inmediato que el hombre no es nada ni nadie para altercar con su Creador. Se escribe que somos como ollas de barro en manos del alfarero, destinadas para usos diversos. El Señor dueño del barro hace como quiere, sin tener consejeros y sin inmutarse porque lo critiquen. No existe otro evangelio sino el revelado en las Escrituras, pero sí que aparecen los intérpretes privados para proponer herejías (opiniones propias).

    En la medida en que nos adentramos en el Evangelio de Cristo comprendemos la distancia que de las Escrituras mantienen de las sinagogas de Satanás. Todo aquel que pregona un evangelio extraño pasa a ser catalogado como anatema (maldito) junto a su falso mensaje. La democratización del anuncio de salvación demuestra su abaratamiento para congraciarse con la opinión de los muchos. De esa manera se vitaliza la falacia ad populum que tanto daño hace a las multitudes. Pero que las masas vivan guiadas bajo el argumento de cantidad no debe impacientarnos a nosotros. Seguimos como Elías pensando que quizás solamente hemos quedado unos pocos, pero en la visión de Juan reseñada en el Apocalipsis él contó gente de toda lengua, tribu y nación.

    Poco importa que no los conozcamos a todos, que supongamos que nadie oye a nuestro anuncio. El Dios Eterno ha prometido que su palabra no volverá a Él vacía, sino que hará lo que Él se ha propuesto. A unos da vida eterna, pero a otros añade mayor condenación. Mantengámonos asidos del lomo del libro sagrado, aferrémonos a la esperanza bienaventurada de la salvación provista. Esa redención no fue potencial sino actual, no depende de quien quiera o corra sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla.

    Si ya hemos evidenciado que su misericordia nos ha tocado, estemos contentos y sigamos con pie firme para no trastabillar en este maravilloso recorrido hacia la patria eterna. Somos ciudadanos de los cielos, no de este mundo; por esa razón el mundo nos odia, pero los cielos nos reclaman como herederos de una promesa ineludible.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • NUEVO AÑO, NUEVOS PROYECTOS

    Termina un año y es como cerrar un período, para mirar lo alcanzado como si se hubiesen hecho promesas por cumplir. El fin de la jornada nos lleva a expectativas novedosas, bajo la promesa de que en breve cambiaremos ciertos hábitos hasta convertirnos en mejores personas. Incluso dentro de las filas del cristianismo, muchos se convencen de que habrán de mejorar en cuanto a su inversión del tiempo. Algunos llegan a prometerse que leerán la Biblia entera en este nuevo año que comienza, que llevarán una agenda donde escribirán sus peticiones de oración a Dios, para mirar al final del tiempo lo que les ha sido contestado.

    Son metas particulares de los que así piensan y actúan, nada malo por necesidad. El problema siempre se presentará al ciclo culminado, con un saldo rojo porque en materia de pecado el creyente siempre tiene de qué hablar. Todos cometemos errores, día tras día, errores de comisión y errores de omisión, ya que dejar de hacer lo bueno también se considera un acto errado. Errare humanum est, sería lo mismo que pecar es un asunto humano. La naturaleza nuestra está vendida al pecado (Romanos 7), sometida a la ley del pecado que gobierna nuestros miembros; solo nos queda dar gracias a Dios por Jesucristo, quien nos librará en breve de este cuerpo de muerte (hablo del cuerpo del pecado).

    Pablo nos exhortó a presentar nuestro cuerpo como un sacrificio vivo a Jesucristo, de manera que no podemos suponer que el apóstol estuviera molesto con la carne física del cuerpo humano. Eso lo dejamos para los gnósticos, que consideran que un Dios puro no pudo habitar carne impura. El apóstol habla del cuerpo de muerte, ese que muestra su reflejo en las acciones pecaminosas de nuestra vida. David afirmaba que había sido formado en maldad, y que en pecado lo había concebido su madre. No hablaba de adulterio o de fornicación en sus padres, sino del pecado heredado de Adán, nuestro padre común.

    Esa naturaleza nuestra nos empuja hacia el suelo, da rienda suelta al ojo, a la vanidad y al mundo. Por más que procuremos mantenernos erguidos, ¿quién es aquel que no peca? Solo los locos del movimiento de santidad creado por la secta de John Wesley pueden decirnos que han conseguido días y semanas completas sin pecar. Resulta indudable que no han comprendido ni un ápice de lo que dicen las Escrituras al respecto. La contaminación en el Edén trajo consigo la muerte, no solo la física sino la eterna. La muerte eterna es la paga del pecado, pero el regalo de Dios es la vida eterna en Jesucristo.

    ¿Por qué razón no todos los humanos alcanzan la vida eterna en Jesucristo? Resulta innegable que muchos han muerto sin siquiera conocer del sacrificio de Jesús en la cruz. Son muchos los que aún viven en esta tierra y no han escuchado nada sobre el Hijo de Dios. Se nos encomendó la predicación del Evangelio, hasta lo último del mundo. Eso hemos hecho desde que aquellos doce apóstoles encomendados para tal fin arrancaron con el anuncio. Pero aún en aquel tiempo de su apostolado fueron pocos los que oyeron, dado que no hubo otro mecanismo de instrucción sino la predicación del Evangelio.

    Dios no envió ángeles del cielo para que sobrevolaran las naciones y anunciaran a viva voz lo que Jesús había alcanzado en la cruz. Esa tarea del anuncio fue encomendada al ser humano, solamente, así que ha sido realizada la tarea con todas las limitaciones temporales conocidas. Al mismo tiempo hubo y hay todavía persecución, obstrucción al anuncio predicado; la burla está a la vuelta de la esquina, junto a la respuesta de los herejes que tuercen la doctrina de Jesús. Un sinnúmero de contratiempos se suman al esfuerzo desplegado por los que intentamos cumplir con la gran comisión. Otros sin escrúpulos procuran extraer provecho económico de esta faena, piden ayuda monetaria para poder realizar la tarea que se nos exige: hacerlo gratuitamente. De gracia recibisteis, dad de gracia (Mateo 10:8).

    La Biblia habla de la dignidad de las personas para recibir el Evangelio. Los discípulos habían recibido gratuitamente el don de hacer milagros, así que el Señor les exigía que lo ejecutaran en forma gratuita. Lo mismo valía para la palabra de vida recibida, el Evangelio del Señor; era un regalo que les había dado Dios, así que se exigía que lo expusieran gratuitamente. El contraejemplo por excelencia viene dado por Simón el Mago, quien le propuso a los apóstoles en forma impía que le otorgaran el don de hacer milagros para él imponer manos a los demás. Intentó pagar dinero a cambio del don del Espíritu, pero recibió una reprimenda rotunda que lo dejó callado hasta nuestros días.

    Esa dignidad se refería a la hospitalidad para con el evangelista, si se le manifestaba civilidad, cortesía, amabilidad. Por lo tanto, no fueron enviados a los prostíbulos, a las casas de juegos de azar, a los sitios impropios donde lo santo no debe ser dado a los perros ni las perlas echadas a los cerdos. Hay gente que es grosera, ante los cuales resulta preferible callar. El Evangelio nos viene como una proposición decente, pero incluso los recintos que fungen como iglesias pueden manifestarse groseramente contra aquellos que llevan la doctrina de Cristo. En esos casos es mejor salir de sus lugares, dado que nuestra paz se volverá a nosotros y aquella gente resultará culpable de juicio en peor forma que lo fueron Sodoma o Gomorra (Mateo 10:15).

    Claro está, los que se oponen a la doctrina de Cristo están descritos en estos pasajes, no solamente los groseros que no quieren oír el Evangelio, sino aquellos que diciéndose hermanos rechazan groseramente el cuerpo doctrinal del Señor. Ocupaos de la doctrina, le dijo Pablo a Timoteo; os he enseñado todo el consejo de Dios, refirió Pablo en otro aparte. Vengo a enseñar la doctrina de mi Padre, aseguró Jesús; cuando el Señor les exponía la doctrina de la soberanía absoluta de Dios, los discípulos que se habían beneficiado del milagro de los panes y los peces se fueron murmurando, diciendo que nadie podía oír semejante enseñanza: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60).

    Que sea propicio el propósito para el nuevo tiempo que llega, de manera que tengamos en mente el renovarnos. Hagamos votos para estudiar la doctrina del Dios soberano, el que no tiene consejero, el que hace como ha querido desde siempre; que podamos decir con Jeremías que de la boca del Altísimo sale lo bueno y lo malo. Que digamos con el profeta Amós que el mal que sucede en la ciudad lo ha hecho Jehová. Solo entonces, cuando hayamos asimilado tales verdades doctrinales expuestas por el Espíritu Santo en las Escrituras, enseñadas por Jesús ante los discípulos, repetidas por los escritores de la Biblia, habremos comprendido la dimensión de lo que fue escrito para nosotros.

    De todas formas, entendamos que nuestro anuncio va en tinajas de barro, como si fuésemos ovejas ante los lobos que asesinan al mensajero por causa del mensaje. Nuestra comparación con las ovejas alude al espíritu humilde que hemos de tener, sin que pretendamos hacer daño alguno, dado que somos incapaces de protegernos a nosotros mismos. Dependemos de Jehová, sin que nos apoyemos en nuestra propia prudencia. El mundo odia a Cristo y ama lo suyo, por lo tanto no nos amará con el mensaje del Evangelio. Pero siempre se nos garantiza que habrá alguien digno de recibirnos, para que compartamos esta buena noticia. Entendamos una vez más que esa dignidad no está basada en los actos de misericordia de la gente, en obras de la ley, sino en la tierra abonada por el Padre donde la semilla caerá y crecerá dando fruto por doquier. Hay una dignidad en quien nos recibe, pero existe la nuestra para que podamos escapar de la hora de la prueba que se yergue sobre los moradores de la tierra; esa dignidad se compone entre tantas cosas de la acción de velar y orar. En resumen, que nuestro propósito para estos nuevos tiempos incluyan la oración eficaz del justo, el acto de la vigilia o el velar con ojo avizor, para reconocer los espacios donde nos movemos. Que se incluya por igual el estudio de la doctrina de Cristo, en toda su dimensión, el hecho de la santificación (que no es más que la separación del mundo, con sus deseos y vanagloria). Que podamos entender que ya nos queda poco tiempo y que la venida del Señor o nuestra partida con él se acerca cada vez más.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • SATANÁS

    Hablar de Satanás siempre genera expectativas. Muchas veces uno es criticado por mencionar a un personaje que supuestamente es el resultado del imaginario popular. Cachos y colas, ojos rojizos, colmillos, fuego devorador que sale de la boca, patas de cabra, una guadaña en su mano y con habilidades para hacerse invisible cuando quiere, con los que se ilustran algunos de los atributos creados a través de los siglos en el imaginario colectivo religioso. Estos atributo han figurado algunas veces como didáctica en el teatro medieval, otras como respuesta a la libre caracterización del inspirado arquetipo del mal. Sin embargo, como quiera que la persona de la que hablamos está descrita en la Biblia, resulta conveniente examinar lo que la Escritura dice acerca de sus cualidades, sus maquinaciones y su personalidad.

    Querubín protector, según Ezequiel, Lucero-hijo de la mañana-, relata Isaías.  La persona viviente que engañó a Eva, tuvo deseos y planes, habiendo cometido el gran error o su primer pecado cuando dijo en su corazón: subiré al cielo, en lo alto, junto a las estrellas de Dios, allí levantaré mi trono…(Isaías 14:12-15). Jesucristo dijo de él que era un mentiroso, y padre de mentira.  En él no hay verdad alguna, y por su falsedad es un doloso y un pseudo, alguien que imita con mala intención, uno que se disfraza como ángel de luz (2 Corintios 11:14). El gran acusador de los hermanos, en cita de Apocalipsis 12, también señalado en el libro de Job, capítulo 1.  Nos acusa ante Dios y ante nuestra conciencia; ante nosotros mismos tiene cierta ganancia porque todavía militamos en la vieja naturaleza, por lo cual anhelamos la plenitud de la redención final. Satanás ante Dios es un fracasado, dado que el Todopoderoso nos ve escondidos en Cristo en Dios.

    El relato bíblico que muestra su caída lo hace en múltiples sentidos, al punto de que los judíos le llamaban el señor de las moscas o Beelzebú, el nombre de una deidad adorada por los de Filistea. Las moscas siempre andan donde hay mal olor, en las podredumbres y contaminaciones, lo cual dice también de su actividad como malefactor y asesino. Satanás ha venido a este mundo para robar, hurtar y matar, para encerrar en sus prisiones de ignorancia y de tinieblas a sus seguidores, sean estos conscientes o inconscientes seguirlo.

    También se le dice diablo (el diaballo), el que arroja cosas alrededor de los seres humanos, el que lanza mentiras y malas intenciones hacia nuestros corazones. El verbo griego bállo significa arrojar, lanzar, y el prefijo diá quiere decir alrededor de, a través de, de manera que el diablo es el que lanza los dardos de fuego contra los creyentes para debilitarnos en la fe, el que proyecta calumnias ante nuestra conciencia, el que arroja toda suerte de mentiras contra nuestra mente, dado que su esencia lo presenta como un acusador y calumniador. Con tales muestras ha llegado como nuestro enemigo y adversario, la serpiente antigua que engaña al mundo entero (Apocalipsis 12:9). Tiene el atributo de ser el dios de este siglo (siglo significa mundo), ante el cual funge como su príncipe; Juan y Jesucristo lo llaman el maligno (Juan 17:15 y 5:18): no ruego que los quites del mundo sino que los guardes del mal (o del maligno, como también acepta la traducción), expresión usada en la oración intercesora de Cristo poco antes de su crucifixión.

    Posee otros títulos: tentador, gran dragón, príncipe de la potestad del aire, príncipe de los demonios. Por su fuerza y poder (y porque Dios lo instruyó) sembró en el corazón de la raza humana la duda acerca del carácter de Dios, cuando dijo en el Edén: no moriréis, sino sabe Dios que el día que de él comáis serán abiertos vuestros ojos sabiendo el bien y el mal.  Satanás no actúa solo, sino que utiliza a sus demonios (daymons, o fuerzas espirituales), utiliza a los humanos que le sirven, y muchas veces a los que han sido liberados de sus prisiones (los discípulos de Jesucristo) cuando son entrampados en sus maquinaciones. Pero las más de las veces utiliza a su propio pueblo que le sirve bajo la ceguera espiritual que ha infligido en los que se dejan arrastrar por las corrientes de este mundo, por el deseo de los ojos, de la carne y la vanagloria de la vida. Poco le importa que le ignoren, que digan que él no existe, que es un mito, que se computa como pobreza intelectual el creer en su realidad, pues esa es la forma por vía en contrario de intentar suprimir la gloria que Dios merece, al desviar la atención hacia las atracciones de su principado. De esa manera él también busca y consigue a ratos su propia gloria, aunque sea por el argumento a contrario sensu, de manera que cuando se le niega a él se desatiende la advertencia divina acerca de él.

    La Biblia deja entendido que el diablo también sirve a los planes de Dios, bajo cuya permisión y restricción actúa. Esto implica que podemos resistirle hasta que huya de nosotros, los que de Cristo somos, ya que él fue vencido en la cruz bajo el sacrificio del Mesías por su pueblo escogido desde los siglos. Recordemos que Jesús vino a buscar lo que se había perdido, vino a pagar  el rescate por muchos (en palabras del profeta Isaías), que clavó el acta de los decretos que nos era contraria en la cruz, y exhibió y despojó públicamente a las potestades, triunfando sobre ellos en la cruz (Colosenses 2:14). En un texto de Efesios leemos que Jesús subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres, con lo cual se implica la derrota definitiva de Satanás. Por eso se nos recomienda someternos a Dios, resistir al diablo, para que huya de nosotros. Al estar sometidos a Dios, Satanás temblará en el nombre sobre todo nombre.

    Habiéndose expresado juicio en su contra -el cual fue predicho en el libro del Génesis-, la obra de Cristo cumplió con el cometido de derrotarlo en forma definitiva (Juan 12:31; Hebreos 2:14; 1 Juan 3:8; etc.). Satanás sigue actuando en su mundo  como príncipe, pero cumple al pie de la letra el guión preparado desde los siglos por quien todo lo gobierna, por su Hacedor, pues aún al malo hizo Dios para el día malo (Proverbios 16). El diablo quita del corazón de los oyentes la palabra, para que no crean y se salven, ciega por igual el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios (2 Corintios 4:4). Conocemos que tratará de engañar, si le fuere posible, aún a los escogidos, pero no será posible pues tenemos el Espíritu de Dios como arras o garantía de la pertenencia a Dios. Fuimos comprados, adquiridos, adoptados, por lo cual podemos llamarle Abba Padre. Juan nos entregó la palabra inspirada, diciéndonos: mirad cual amor nos ha dado el Padre para que seamos llamados hijos de Dios.

    Satanás no es hijo de Dios, es hechura suya, es parte de su creación, pero no es un hijo redimido. A su primer pecado fue condenado y desde su estatus superior arrastró consigo a un tercio de la población angélica celestial, y se le permite actuar en contra de los creyentes hasta cierto punto (como en el caso de Job), bajo control absoluto del Altísimo, con el propósito de que se cumpla la Escritura, cuando dice porque no cesará la vara de la iniquidad sobre la heredad de los justos, no sea que estos se vuelvan al mal (Salmos 125:3). Satanás constituye un motivo para que busquemos a Dios como refugio eterno, se convierte en el estímulo por excelencia para mantenernos en oración y en vigilia, por cuanto excita la naturaleza pecaminosa humana para exhibir su maldad. El diablo no es más que otro instrumento de Dios para fines mucho más nobles que los el maligno tiene en mente.

    Como Cristo nos enseñó en su oración del Getsemaní, debemos pedir al Padre que nos libre del maligno. Y sabemos que esa oración será oída, respondida, estando garantizada, dado que se se nos ha dicho que mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo.  El mundo pasa y sus deleites -aún Satanás pasará- pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.  A pesar de su gran inteligencia, de su gran poder espiritual, de sus terribles maquinaciones, de su capacidad inherente para disfrazarse como ángel de luz, a pesar de ser el más prominente de los espíritus malos, su orgullo lo llevó a ser solamente el señor de las moscas, y nada tiene en los hijos de Dios, aquellos cuyos corazones han sido perdonados y cubiertos sus pecados.  Satanás fue expulsado del lugar especial que tenía en el cielo, sigue siendo un engañador que ofrece mucho, da poco y quita todo. Cuando acuse a nuestra conciencia debemos recordar que él tiene un terrible futuro que le aguarda, y sabe que le queda poco tiempo. ¿Adónde iremos, sino a la presencia de Dios, para buscar refugio ante el acecho malévolo? Sus calificativos simbólicos asustan, pero somos llamados a resistirle bajo la promesa de que huirá de nosotros, muy a pesar de ser llamado león rugiente, gran dragón y serpiente antigua.

    César Paredes
    retor7@yahoo.com

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  • LA ANOMIA GENERAL

    La Biblia predice que los tiempos previos a la manifestación del gran inicuo, cuyo advenimiento es por obra de Satanás, estarán señalados como época de anomia. La falta de sindéresis en cuanto a la ley, no solamente a la divina sino también a la humana, será el marco general para que se instaure un gobierno mundial que intente ofrecer orden en el caos. Bajo ese cristal, vemos muchas aristas que concuerdan con un mismo objetivo: el desconcierto como un genérico. Ya el foco de la discusión no estaría dado en cuanto a la doctrina bíblica, sino más bien en relación a si se valida o se condena el matrimonio gay, el aborto, así como diversos delitos llamados de género. Gente que se cree gallina, perro o gato, gente que dice ser mujer aunque tenga testículos.

    La guerra ya deja de ser un signo atroz para convertirse en una militancia forzada de los espectadores. Unos apuestan con más o con menos odio hacia el bando contrario. Se aprueban leyes que generan controversia entre los afectados, pero la energía se disipa en los comentarios a través de diversas plataformas digitales. De esta manera emerge un pragmatismo de subsistencia en el que tienen lugar los puntos de contacto que concuerdan, en tanto se olvida lo que en materia doctrinal nos ocupaba y aislaba. Se piensa que mientras la doctrina separa la pragmática nos une.

    Si antes el protestante no se ocupaba de los asuntos de fe de los católicos, ahora se unen unos y otros ante la aplastante noticia de la bendición papal a la unión homosexual. En este momento al protestante le preocupa el papa, al que antes consideraba una imagen del Anticristo. La barrera doctrinal que tenía contra el católico romano se disipa, para dar paso a un dibujo colorido de puntos de convergencia contra el mal general. Si Roma bendice las parejas del mismo sexo, ya Inglaterra había hecho lo suyo cuando permitía que dos lesbianas contrajesen matrimonio eclesiástico en una iglesia anglicana.

    Precisamente, la primera gran ruptura oficial contra Roma se ofició en Inglaterra cuando el rey quiso divorciarse. De esta forma se constituyó en la cabeza de la iglesia, así que eso en sí mismo no puede contarse como parte de la Reforma. Pero el mal se ha generalizado de tal manera que uno llega a ver con agrado cuando alguien lee la Biblia, sin que importe mucho qué es realmente lo que cree. He allí el peligro, el descuidar la doctrina para refugiarse solamente en asuntos de moralidad. Ambas cosas son objetivamente importantes, pero estamos viviendo una época en que la doctrina se ha puesto de lado bajo el pretexto de amar a Dios con el corazón sin que lo comprendamos con la mente.

    Feminismo, liberalismo y progresismo, se suman al humanismo de Arminio. La teología de Arminio pasa como antropocéntrica, ya que cada quien decide su destino eterno en tanto Dios solamente se limitó a hacer posible la vida eterna. Eso se tiene como una contradicción con la base bíblica de la teología de la redención, ya que en las Escrituras se demuestra con creces que Dios reclama todo para Sí mismo. Él es el que hace todas las cosas, el que crea el bien y el mal, el que bendice y maldice, el que ama y odia, aún antes de que las personas hayan sido formadas.

    Pero hay quienes todavía luchan contra esas palabras duras de oír de las Escrituras. Esos son descendientes de aquellos discípulos reseñados en Juan 6, los que no resistieron en sus oídos el sonido de la voz del Señor Soberano que decía: Ninguno puede venir a mí, si el Padre no lo trajere (Juan 6:44). Tampoco toleran las palabras del Espíritu: (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, más a Esaú aborrecí (odié). ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia…De manera que de quien quiere tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece (Romanos 9: 11-18).

    No son pocos los que dan coces contra el aguijón, diciendo: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Es decir, ¿por qué inculpa al pobre de Esaú si lo odiaba aún antes de formarlo? La respuesta de los humanistas arminianos descansa en que suponen que Dios vio el futuro en el corazón de cada persona y por eso actúa de esa manera. Si eso fuera de esa forma, habría que concluir que los que se salvan lo hacen de suyo propio, cosa que Dios vio desde antes y por eso los ayudó. No existe ningún texto bíblico que apoye semejante contradicción con la Escritura, así que ese razonar proviene del deseo de resistir a un Dios que suena excesivamente soberano. Recuero a un pastor que decía: Dios es soberano, pero no tan soberano. Bien, esas palabras son patadas de ahogado, ya que el mismo Jeremías anunció: ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? De la boca del Altísimo, ¿no sale lo bueno y lo malo? El profeta Amós, por su parte, aseguró en forma de pregunta retórica: ¿Habrá acontecido algún mal en la ciudad, el cual Jehová no yaya hecho? (Amós 3:6).

    Vivimos tiempos difíciles, con gente tramposa que arrebata la alegría de la fe de los santos. El mundo parece tener la actitud de las aves que comen la semilla del camino, el ahogo de los espinos que quitan el aire y el sol de las plantas pequeñas. Muchos que dicen creer en el Evangelio dan muestra de tener raíz de poca profundidad. Solamente la semilla que cayó en tierra abonada dio fruto oportuno, como bien indicó el Señor: Por sus frutos los conoceréis; de la abundancia del corazón habla la boca. En otros términos, el que confiesa el verdadero Evangelio de la soberanía absoluta de Dios, ese que predicó Jesús en Juan 6 y en todo su ministerio, es un verdadero creyente. El que no tolera ese Evangelio no podrá predicarlo, si acaso lo anuncia timoratamente y bajo sus propias contradicciones.

    La anomia parece extenderse con fuerza, como para que no pensemos que algún día se va a retractar. Los espacios conseguidos bajo la agenda del mal no serán devueltos fácilmente. Tal vez eso nos indica que el tiempo final se aproxima, cuando llegue el inicuo o abominación desoladora, de la cual habló el profeta Daniel. Ese hombre de pecado que intentará una vez más, como lo hiciera Nimrod, establecerse contra Jehová. Hemos de velar y orar, para que seamos tenidos por dignos de escapar de la espantosa época que viene sobre los que moran en la tierra.

    César Paredes

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  • EL PROBLEMA DE LA ORACIÓN

    La Biblia nos dice que es necesario para aquella persona que se acerca a Dios, que crea que le hay y que es galardonador de los que le buscan (Hebreos 11:6). Urge saber que Dios existe, por medio de la prueba de la fe que nos ha sido dada; de lo contrario, si no conocemos a Dios no podemos invocarlo. La Divinidad comprende la Persona del Padre, la Persona del Hijo y la Persona del Espíritu Santo; los que niegan tal identidad divina no pueden acercarse al verdadero Dios. Por igual sabemos que los que niegan la doctrina de Cristo, su propósito en venir a morir por los pecados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras, tampoco pueden tener acceso al Trono de Dios.

    Hemos de creer que Dios existe y que al mismo tiempo premia a quien a Él se acerca. Aclarada la premisa de su existencia, pasamos al segundo punto, el de la recompensa. Es decir, Dios nos da un aliciente por el solo hecho de acercarnos a Él para orar. Tenemos una garantía de un premio, así que no debemos desalentarnos jamás cuando oremos: algo bueno vamos a obtener, ya que Dios no miente. Existe un círculo en esta actividad de la oración: Dios escoge a su pueblo desde antes de la fundación del mundo, le envía su evangelio por medio de los predicadores o anunciadores de su palabra, así que su Espíritu nos conmina a humillarnos en su presencia. Por lo tanto, ese premio o regalo que tenemos viene como consecuencia de su inconmensurable amor por los elegidos.

    Todo lo demás suena a religión inútil, el hecho de suponer que si tenemos una conducta intachable vamos a ser oídos. No, no por nuestros méritos fuimos llamados, tampoco por lo que hagamos seremos escuchados. Simplemente la Biblia nos aclara que nuestros pecados nos separan en la relación, pero que si hemos pecado tenemos un abogado para con el Padre, a Jesucristo el Justo. Ese Señor (Jesucristo) es fiel y justo para perdonarnos. Nunca es inoportuno para el que ha sido llamado de las tinieblas a la luz el acto de la plegaria; siempre existirá la recompensa como promesa de quien nos ha amado con amor eterno.

    Los que se manifiestan con negligencia en la actividad de la oración no han comprendido la esencia de la fe. Sería como una bombilla que no enciende, como una lámpara sin aceite, como una palabra hueca sin la energía de la fe. La fe es la certeza y la convicción de lo que no se ve, de que tendremos aquello que hemos pedido. Urge por igual aclarar que así como la salvación no fue consecuencia de nuestros méritos y búsquedas, lo que obtendremos por la plegaria se dará por consecuencia del Dador de todo don perfecto.

    Si tuviésemos que definir la oración podríamos sintetizar que ella revela la cercana comunicación del hombre con Dios. En ese espacio de la oración exponemos nuestras desesperanzas frente al mundo, buscamos la asistencia en nuestras adversidades, al tiempo en que adoramos la magnificencia del que nos socorre. Por medio de la oración recibimos múltiples socorros como evidencia de la recompensa ofrecida si nos damos a esa actividad de la plegaria.

    David fue un personaje entregado a la alabanza y la oración al Dios que lo llamó; por medio de la inspiración del Espíritu Santo dejó plasmado un conjunto de Salmos que conviene examinar para aprender. Él decía que su fundamento en la plegaria yacía en la gloria del nombre del Altísimo: Ayúdanos, oh Dios de nuestra salvación, por la gloria de tu nombre, y líbranos, y perdona nuestros pecados por amor de tu nombre (Salmos 79:9). Las cosas que nos turban nos disponen el alma para la murmuración, pero si tan solo oramos a Dios comprendemos que con sumo placer nos mostrará la asistencia para liberarnos de nuestros enemigos.

    Tenemos muchos enemigos por doquier, no solamente a Satanás y a sus demonios. Hay gente por montones que está entregada a la maldad, que de naturaleza busca con envidia destruirnos, colocarnos trampas, lastimarnos en lo más íntimo. Nuestra tendencia cuando descubrimos el tropiezo que nos causan nos empuja a la queja y murmuración, al lamento por el infortunio. Pero si nos atenemos a lo que los Salmos nos muestran iremos a la cámara secreta donde nuestro Dios nos espera. Allí le contaríamos a nuestro Padre todo lo que ya sabe, para que nuestros argumentos sean escuchados por el solo principio de que Él es el Dios de nuestra salvación.

    Pero hay un problema en la oración. El autor de Hebreos nos advierte de que se hace necesario creer que Dios está en ese lugar donde oramos. Esto parece simple, pero encierra un gran contenido real que se levanta a menudo como problema para el desánimo. Pasamos minutos y horas continuas hablando con las personas que consideramos amigas, simplemente porque hacemos contacto visual o auditivo con ellas. Al ver a nuestro interlocutor, o al oírlo por teléfono, la actividad fáctica de la comunicación nos asegura la presencia del otro. Habituados a esa naturaleza material en la que vivimos, acercarnos a un Ser Invisible resulta difícil.

    Hacemos un mayor esfuerzo imaginando que Dios está allí, oyéndonos, buscamos un conector fático para validar su presencia. Nos sentimos inseguros porque no podemos escuchar audiblemente la voz de nuestro interlocutor, ni mirar sus ojos que nos ven. Debemos en consecuencia mirar dentro de nosotros, para buscar la otra garantía que poseemos: la del Espíritu Santo, que nos ayuda a pedir como conviene. Pero es Espíritu y por lo tanto tampoco lo vemos ni lo escuchamos audiblemente, así que vienen los recursos de la palabra bíblica, inspirada por Él.

    La meditación que hacemos cuando contemplamos su palabra, cuando nos embelesamos con ella, surge como una guía para afianzarnos en la actividad de la oración. El autor de Hebreos nos dice nuevamente: es necesario de que el que se acerca a Dios, crea que está allí, que existe; además, debe creer que nos va a recompensar por ese acto de fe. En nuestras plegarias hemos de tener presente que Dios se enoja porque pecamos, como advierte Isaías; hemos perseverado en los pecados por largo tiempo, ¿acaso podemos ser salvos? Somos como suciedad, con justicias como trapo de inmundicia, llevados por nuestras maldades como el viento lleva la hoja. Isaías continúa diciéndonos que nadie hay quien invoque el nombre del Señor, como para darnos una idea de la fortuna que tenemos por invocarlo. Somos de los pocos que nos acercamos a Él, siempre dentro de la misma isotopía de la manada pequeña, de los pocos escogidos, de los que clamamos en el desierto y de los que creemos que solamente hemos quedado unos pocos.

    ¿Solamente yo he quedado? Exclamación del profeta Elías; ¿quién ha creído nuestro anuncio? -decía Isaías. Pero en esa reflexión del profeta tenemos esta confesión: Jehová, tú eres nuestro Padre, nosotros barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros (Isaías 64:8). Daniel declaraba que nosotros somos simples pecadores que hemos ofendido al Señor, que hemos actuado con desvío de la verdad y del mandato; por lo tanto, nuestra plegarias no serán presentadas basadas en nuestra propia justicia. Más bien se presentan en la confianza de la misericordia divina. Nosotros como cristianos sabemos que Jesucristo llegó a ser llamado la justicia de Dios, nuestra pascua; por lo tanto, reposemos en esa verdad que no será jamás generalizada para todo el mundo, sino como una exclusiva para el pueblo escogido del Señor.

    Cuando aprendamos a expresar nuestros deseos delante del Señor, el Espíritu nos enseñará lo que realmente vale la pena desear y pedir. Por igual saldremos convencidos de que nuestras peticiones están garantizadas por Dios solamente, nunca por virtud de nuestra parte. De esa forma el círculo se completa: Dios recibe de nuevo toda la gloria en aquello que hemos pedido. En el acto de la oración se ejercita nuestra fe, como lo haría el atleta en el gimnasio. En el ejercicio de la oración nos depuramos de la vanidad de nuestros pensamientos, comprendemos cuánto mundo hay todavía dentro de nuestra mente, cuánta vanidad todavía nos embarga. Pero en ese acto de humildad ante el Todopoderoso, le honramos y le damos gracias por las bendiciones recibidas y las que seguiremos recibiendo. Existe una garantía absoluta en aquel que no miente, en el que ha prometido que nos recompensará cuando nos acercamos a Él.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • RELACIONES RELIGIOSAS

    A muchos les resulta común y hasta simpático el poder compartir con otras religiones ciertos aspectos rituales que unifican a la humanidad. Eso se hace a menudo sin pasar por la criba del deber ser religioso, lo cual constituye una licencia para asuntos ecuménicos. La hermandad y cercanía sobrepasan el puje teológico que se instituye como cerco de las actividades humanas, para lo que se crea el espacio donde el compartir brinda más alegría al corazón humano que la disputa doctrinal. Mucho más fácil parece cuando se entrelazan conceptos comunes, cuando las religiones muestran parentescos que pasan como útiles para un fin común esperado.

    Por ejemplo, en la época de encender la vela del Janucá judío se acostumbra anotar en un papel deseos y cosas que se quieran, añadiendo una frase hebrea en la página. Al día siguiente de terminar el Janucá, se guarda el papel hasta que pasado un año se festeje de nuevo esa celebración, momento en que se puede verificar si se cumplieron los deseos. Ese es el día de la dedicación, una fecha memorable para los judíos que permite conmemorar un milagro en su visión teológica del mundo. Se centra en la recuperación y purificación del templo de Jerusalén, para la época de los macabeos. Se añade que los macabeos encontraron en forma providencial una jarra de aceite de oliva puro, con lo cual pudieron seguir con su presentación de ofrendas.

    Esas tradiciones se recogen en algunos Talmudes judíos, pero no tienen nada que ver con alguna conmemoración cristiana. Sin embargo, no son pocos los que diciéndose creyentes en Cristo se dan a la tarea de encender la vela, de desfilar con la menorá (candelabro) hebrea de siete brazos, un símbolo del arbusto ardiente en el que se le manifestó la voz de Dios a Moisés en el monte Sinaí. Son festividades que se ponen de moda en ciertos lados del planeta, pero que igual cobran vida y adhesión en los que tienen simpatía por Israel como nación.

    Los cristianos no están lejos de celebraciones similares, tienen sus pesebres donde representan el nacimiento de su Mesías. Algunos toman el árbol de navidad, prestándolo de culturas altamente paganas, para exhibirlo en sus casas e iglesias, haciendo caso omiso de lo que la Escritura advierte contra tales símbolos. Resulta curioso que el único símbolo que la Escritura del Nuevo Testamento nos ordena a guardar y conmemorar es el del pan y el vino. Las veces que recordemos el sufrimiento y la muerte de Jesús por causa del pecado de su pueblo, hemos de tomar el pan y el vino con una conciencia de lo que hacemos y de lo que significa como símbolo.

    Ni siquiera la cruz de la crucifixión nos fue ordenada como símbolo de la iglesia, solamente el de la conmemoración de la muerte de Jesús, a través del pan y el vino. Pero la naturaleza humana tiende a copiar rituales de muchos lados, para festejar en armonía con los religiosos que buscan la espiritualidad como lugar común. La época decembrina se vuelve propicia para celebraciones con cánticos propios de la temporada, los célebres villancicos y aguinaldos, parrandas alusivas al nacimiento de un niño. Poco importa que a ese niño le den el nombre de Jesús, ya que bien pudiera celebrarse la venida de Tamuz a este mundo.

    De esta manera, contemplamos escenas navideñas no solo en las iglesias católicas romanas sino también dentro de las iglesias reformadas. El niño en el pesebre, rodeado de José, la virgen María y algunos animales propios de la escena, pueden ser un signo de idolatría. En sentido estricto, la imagen esculpida de un niño que se supone representar al Hijo de Dios circunda lo idolátrico. El Exodo 20:4 advierte a propósito cuando nos dice que no nos hagamos imágenes ni semejanzas de lo que esté arriba en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de las aguas. Aquellos actos de adoración extraña pueden ser plasmados en dibujos y pinturas alusivas a la navidad, en vitrales y ventanas, en forma de estatuillas que representan al niño antes de hacerse adulto.

    Curiosamente, al venerar a ese niño, representado en ese muñeco dibujado o esculpido, se ignora lo que Jesús dijo respecto a la doctrina de su Padre. Pero el mundo ha querido unirse bajo un sentimiento de ternura y esperanza, para compartir con no importa qué religión el gozo de una época que debe ser tenida solamente como de esperanza. La doctrina dura de ese niño ya crecido separa y complica las relaciones inter-religiosas, por lo que conviene silenciar la enseñanza dura de oír bajo el pretexto de celebrar el nacimiento del niño (Juan 6).

    Hay quienes han llegado tan lejos en este carnaval supersticioso del bebé que nace que comparten una torta de cumpleaños, al igual que le cantan cumpleaños feliz en ciertas iglesias. Algunos niegan la idolatría en estas acciones, ya que ellos no veneran ni alaban al muñeco dibujado o esculpido sino que recuerdan al Hijo de Dios cuando era niño. Sin embargo, no se nos mencionó ni una sola vez el que debamos conmemorar su nacimiento, ni que debamos representarlo como una forma de mensaje cristiano. En la Biblia se habla del anuncio de los ángeles a los pastores, pero nunca se nos conmina a festejar cada año ese hecho. Los paganos pudieron alegar que no adoraban la imagen de Diana de los Efesios, sino que esos muñecos representaban a la diosa. Pero Pablo y los demás creyentes hablaban de ese peligro, así que muchos quemaron hasta los libros de magia. Esto molestó a los que se dedicaban a la venta de estatuillas de forma que ocurrió un alboroto en Éfeso (Hechos 19).

    Lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios, no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios (1 Corintios 10:20-21). Si a usted le hace falta ese conjunto de adornos navideños para recordar la incursión en la historia del Dios Eterno que se hizo carne y habitó entre nosotros, se nota que no tiene por suficiente a la Escritura. Ella anuncia al niño por nacer y que ya nació, pero que habiéndose hecho adulto comenzó un ministerio importante para su pueblo escogido. La Biblia no nos devuelve hacia atrás cada año, más bien nos manda a mirar hacia adelante, olvidando lo que queda atrás. Nos habla del futuro glorioso que nos aguarda, de nuestra glorificación como hijos de Dios. El nacimiento de Jesús fue un evento narrado en las Escrituras, contextualizado con el gozo de la encarnación del Verbo de Vida.

    La Escritura jamás nos ha sugerido repetir celebraciones al Niño Lindo, al Jesús como infante, sino más bien nos ha sugerido guardar sus palabras que nos dio cuando fue adulto e inició su ministerio pascual. Tampoco nos estimulamos en la fe al incorporarnos cruces en el cuello, o en los templos, como una señal que nos ayude a recordar su muerte. Si Jesús hubiese muerto ahorcado, muchos tendrían una horca como símbolo de reverencia; si hubiese sido fusilado, cargarían un fusil en miniatura en sus collares y pulseras. ¿Qué tal una silla eléctrica? ¿Es que esos símbolos hacen falta para poder recordar el sufrimiento que pagó el Señor por nuestros pecados? ¿No basta el conjunto de su doctrina dada en sus palabras? No en vano la Escritura nos dice varias veces: Guardaos de los ídolos.

    César Paredes

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  • TRIBULACIÓN, TRIBULO, SUFRIMIENTO

    El tribulo era un tipo de maquinaria utilizada en la agricultura durante la Antigua Roma. Su nombre latino da origen a nuestro vocablo tribulación. El tribulo consta de unas púas que permiten incrustarse en la tierra, a medida en que unidas a un engranaje comienza a dar vueltas, cuando un caballo o un toro lo va halándolo. Se dice que muchas personas fueron sometidas a sufrir un cruel tormento con instrumentos parecidos al tribulo. Los romanos utilizaron ese invento como parte de sus armaduras en los carruajes de guerra, para lograr hacer daño al enemigo con las incrustaciones de las puntas de los tribulos empleados. Al cristiano se le ha advertido sobre la necesidad de pasar por muchas tribulaciones, de manera que ya podemos imaginar la dimensión del sufrimiento del creyente.

    El apóstol Pablo afirmó que ya no vivía él, sino Cristo en él. Esa fusión de dos seres en una carne parece semejante a la concepción bíblica del matrimonio y constituyó una de las metas del célebre predicador de los gentiles. En la historia del apóstol se pueden contemplar las calamidades que le tocó vivir, quizás en claro cumplimiento de las proféticas palabras dadas por Jesús a Ananías (Hechos 9:16), las cuales dicen: …porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre. De manera que Pablo fue enseñado por Jesús para padecer por causa de su nombre.

    Algunos seguidores de Cristo desean ser como Pablo, aunque otros puedan escandalizarse al saber que un héroe de la fe siempre estará sometido a pruebas glorificantes, de las cuales debe dar cuenta ante el Destinador de su programa narrativo. En el verso anterior del texto citado, Jesús le dice a Ananías que Pablo era un instrumento escogido. Se demuestra que los guiones o programas narrativos generales o de uso han sido preparados para que nosotros andemos en ellos. El apóstol confirmaba las palabras de Jesús, cuando al pasar por Listra, Iconio y Antioquía dijo a los hermanos: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios (Hechos 14:22b).

    Las tribulaciones para la grey cristiana, preparadas desde los siglos, constituyen un instrumento valioso para la depuración de los vicios de la carne que siguen incrustados en la vieja naturaleza humana. El hombre interior se va renovando de día en día, tomando nuevas fuerzas como las águilas, en ascenso igual que la luz de la aurora, hasta que el día aparezca perfecto. Sin embargo, esas mismas tribulaciones espantan a muchos, cumpliéndose en ellos también el propósito para el cual fueron enviadas, como lo explica la parábola del sembrador. La semilla sembrada en pedregales, recibida con gozo, pero sin raíz, como planta de corta duración, se pierde al venir la tribulación por causa de la palabra, ya que los portadores de esa semilla tropiezan (Marcos 4:16-17).

    La tribulación puede ser preciosa para el que cree de veras, mas para los que no creen la palabra misma les viene a ser tropiezo. Dice Pedro que los que se vuelven desobedientes también fueron destinados para tal fin (1 Pedro 2:8). La desobediencia en el que dice creer lo acerca al símil de la planta que crece en pedregales, en espinos o junto al camino. Algunas veces la semilla misma es comida por las aves (Satanás quita la palabra sembrada en sus corazones); en otras ocasiones cae en pedregales produciéndose una planta sin raíz profunda, quemada por el sol (las tribulaciones); en otros episodios la semilla queda atrapada en los espinos y se ahoga, por lo cual no puede dar fruto (los afanes de este mundo, el engaño de las riquezas y las codicias de variadas cosas). Pero hay semilla que cae en buena tierra, para brotar, crecer y dar fruto bueno. Jesús afirmó que él era la vid y que su Padre era el labrador. Si el Padre es el labrador entonces él es quien prepara la buena tierra para que dé frutos a granel. Soberanía absoluta del Creador en su administración de la salvación y de todo el vasto universo.

    El profeta Samuel conoció al Dios eterno, habiendo sido escogido desde niño para el servicio a Jehová, con quien mantuvo diálogo a lo largo de su vida. Su madre, cuando dedicaba su hijo a Dios, profirió unas sabias palabras recogidas en la Biblia: Jehová mata, y da vida; Él hace descender al Seol, y hace subir. Jehová empobrece, y enriquece; abate y enaltece. Él levanta del polvo al pobre, y del muladar exalta al menesteroso, para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor. Porque de Jehová son las columnas de la tierra, y Él afirma sobre ellas el mundo. El guarda los pies de sus santos (1 Samuel 2: 6-9).

    El profeta Jeremías fue otro hombre de aflicción reseñado en las historias de la Biblia. Yo soy el hombre que ha visto aflicción bajo el látigo de su enojo. Me guió y me llevó en tinieblas y no en luz; ciertamente contra mí volvió y revolvió su mano todo el día. Hizo envejecer mi carne y mi piel; quebrantó mis huesos y me rodeó de amargura y de trabajo. Habiendo aprendido de la enseñanza directa de su Señor y Dios, Jeremías nos recomienda esperar en SILENCIO la salvación de Jehová. Añade: Bueno le es al hombre llevar el YUGO desde su juventud. Que se siente SOLO y CALLE, porque es Dios quien se lo impuso. En su experiencia de vida el profeta había aprendido a comprender que todo evento que acontece en la faz de la tierra y del universo entero ha sido previsto por la grandeza de su Dios. ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? ¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado (Lamentaciones 3).

    El profeta Amós tuvo un ministerio corto. Era ganadero, boyero y ovejero, pero fue ajeno al cuerpo de profetas profesionales. Dentro de su corto oficio profético lo expulsaron de Israel, después de un cisma teológico, por lo que continuó en su oficio anterior con los rebaños y ganados. Su libro recoge el mensaje de Dios para su pueblo, por lo tanto el profeta tuvo que aprender a conocer a ese Dios, el cual le había llamado para ese encargo laboral: profetizar ante el pueblo de Dios. Exclama el profeta con la autoridad conferida lo siguiente: Oíd esta palabra que ha hablado Jehová contra vosotros, hijos de Israel, contra toda la familia que hice subir de la tierra de Egipto. A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades. ¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo? ¿Rugirá el león en la selva sin haber presa?… ¿Caerá el ave en lazo sobre la tierra, sin haber cazador? ¿Se tocará trompeta en la ciudad, y no se alborotará el pueblo? ¿HABRÁ ALGÚN MAL EN LA CIUDAD, EL CUAL JEHOVÁ NO HAYA HECHO? (Amós 3:1-6).

    Esa claridad profética se ha perdido en nuestros días de democracia eclesiástica. El pueblo gobierna y se dice que voz del pueblo es voz de Dios. A esa blasfemia se nos ha acostumbrado, de tal forma que ahora podemos llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno. Estos escritos proféticos narran la soberanía absoluta de Dios. También narra este tema el resto de la Biblia, pero como cirujano experto el predicador contemporáneo aísla los textos y los separa, para presentar un evangelio cómodo, amplio y benevolente. A menudo se presenta en los púlpitos de las iglesias, así como en los libros de teología, a un Dios mendigo. Un Dios que suplica y sufre por las pobres almas rebeldes, que está dispuesto a abaratar la buena nueva de salvación para calmar su depresión. De esta manera se nos dice que Dios no quiere estar solo, sino que nos necesita. Dios no nos necesita, pero quiso hacernos objeto de su misericordia y quiere comunicarnos su amor y su afecto. Entendamos que Él es suficiente y soberano, hace como quiere y fuera de Él no hay quien salve. No en vano el apóstol Juan pudo comprender y enseñar el gran amor dado por el Padre para con nosotros, para que seamos llamados hijos de Dios.

    El que ha sido escogido por el Padre para ser objeto de su amor habrá de reconocer el gran favor que se le ha hecho, el de ser llamado hijo de Dios. No resulta prudente colocar la carreta delante del caballo, suponiendo que le hacemos un favor a Dios al reconocerle como tal. El que anda en eso es un antropocéntrico que procura entronizarse bajo la pretensión de decidir su destino y el del mundo. Una teología errática que ha invertido el discurso profético, presenta a Dios como el que solicita los mendrugos de pan que el hombre pretende darle, siempre y cuando actúe como el genio de la botella. Sería éste un Dios que hace números de magia para agradar a la galería, que busca ser reconocido como Dios. Un Dios manipulable bajo las cadenas de oración (nada más simbólico que ese nombre cadenas para ilustrar la pretensión moderna de atar a Dios), bajo la teología de Arminio, revierte el orden profético establecido desde Génesis hasta Apocalipsis.

    No en vano fue escrito hace siglos: Mi pueblo fue destruido, porque le falta entendimiento (Oseas 4:6). Mi pueblo fue llevado en cautivo, porque no tuvo conocimiento (Is.5:13).

    César Paredes

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  • ALABAR A DIOS

    ALABAR A DIOS

    Va bien con nuestra alma el alabar a Dios, muy bien, por lo tanto alabemos a nuestro Dios. Poco importa que el mundo ignore al Creador, que lo malinterprete, que lo tenga por objeto o animal, que le dé el nombre de algún demonio. Sí, al impío dijo Dios que él no tiene que tomar en su boca la palabra divina, así que animémonos a tomarla nosotros como un derecho inalienable, como una dicha de regalo. Grande es la fidelidad del Señor, su misericordia no posee ni una sombra de duda, cada mañana la vemos en nuestra disposición para la vida. A los que a Dios aman todo ayuda a bien, esto es: a los que conforme a su propósito son llamados.

    Todo lo que respire bendiga el nombre de Jehová, cuya gracia nos impulsa en medio de este mundo insano. Si abrimos el noticiero, o cualquier medio digital, si escuchamos a los que van al abasto, a los que hacen cualquier cola, siempre oiremos quejas y palabras de mal gusto. No tienen seguridad, pero poseen conciencia de quién es quién. Ellos saben que en nosotros está la paz de Jehová, que hemos nacido del Espíritu, aunque no hayan jamás leído al respecto. El testimonio del Señor se deja ver en nuestra actitud para vivir, parar confrontar la maldad y para asumir la alegría de la vida.

    Tenemos una perfecta sumisión a su palabra, sabemos que los ángeles descienden para socorrernos, que nos defienden, porque así está prometido en la palabra inquebrantable de las Escrituras. Nos sumergimos en la dulce oración, ante el trono de nuestro Padre donde depositamos nuestra ansiedad sobre quien nos cuida. Nuestra alma ha encontrado alivio al inclinarnos, sabemos que lo más bajo que caeremos será a los pies del Todopoderoso y que jamás lo haremos ante los pies de ningún humano. De rodillas ante Dios, no ante los hombres.

    El espíritu ansioso ve que Dios se apresura a socorrerlo, cobra alivio al reconocer la presencia de quien dio su vida hasta el martirio por extendernos su justificación. Hemos sido salvados por gracia, no por obras que pudiéramos tener; si alguien supone que su obra ayudó, entonces tiene de qué gloriarse. Sepa esa persona que Dios no compartirá su gloria con nadie, que desde la eternidad se propuso darle la gloria de Redentor a su Hijo, que Adán tenía que pecar en el Edén para que se manifestase aquel Cordero ordenado para nuestro provecho (1 Pedro 1:20).

    Recordemos que no todos los seres humanos fueron ordenados para vida eterna, sino que los hay también para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8). Por eso compartimos el gozo con el Señor, y poseemos un ánimo que el mundo desconoce. Jesucristo es la fuente de cada bendición, como manantial de aguas tranquilas y vida eterna. El impío huye sin que nadie lo persiga (Proverbios 28:1), pero el justo está confiado como un león. La conciencia atormenta al hombre de maldad, lo hace huir hacia sus terrores, como sucedió con Caín. Su pensamiento vive en el futuro plagado de calamidades, o en el pasado bajo el recuerdo de sus injusticias y aunque se ufane de ellas existe siempre una espada de Damocles que lo amenaza. El rostro del Señor está en su contra para que tropiece con sus enemigos, para que lo gobierne quien está contra él (Levítico 26:17).

    El que ha sido justificado por la fe de Jesucristo habita cual león fortalecido, sin temer a ninguna criatura. Como león fuerte no se aparta para huir de nadie (Proverbios 30:30). Si tememos a Dios no tendremos temor de nadie más, no solo seremos protegidos por ángeles, sino que sabremos que nuestro Señor está presto mirándonos. Aunque nuestra lucha sea intrincada con huestes de demonios, con principados y potestades, no tememos a los antros del mal. Simplemente comprendemos que el mundo anda conforme a su príncipe tenebroso, deseoso de complacerle y en odio natural contra los que somos amados por Dios. El mundo nos odia porque no somos de él, porque el mundo ama lo suyo, pero confiamos en aquel que ha vencido al mundo. El espíritu de cobardía, de temor y susto no nos gobierna, ya que el Señor nos ha otorgado el espíritu de poder, de amor y de dominio propio (2 Timoteo 1:7-9).

    Lo que diga el hombre y lo que amenace el demonio no lo tememos, no nos descorazonamos por sus amenazas. Ante una eventual derrota en aquello que nos propusimos lograr, sabemos que Dios no ha muerto y que sus planes se cumplen. Tal vez no sean los mismos planes que hemos concebido, por lo tanto de seguro serán mejores. Seguimos oponiéndonos a los errores de los falsos maestros, a la doctrina diabólica de la expiación universal, al engaño de los mentirosos que dicen bien a lo que es mal y llaman malo a lo bueno.

    Poseemos el dominio propio que provee la doctrina del Evangelio, para comprender todo el consejo de Dios. Nuestra confianza se fundamenta en que hemos sido escogidos por el Padre de acuerdo a su propia voluntad, habiendo sido formados como vasos de misericordia y no de ira. ¿A qué hemos de temer? Dios es quien justifica, Cristo intercede por nosotros ante el Padre. El Espíritu nos ayuda a pedir lo que conviene, y si oramos conforme a la voluntad divina tenemos aquellas cosas que hayamos pedido. Por eso decimos Jesús, precioso Jesús, por la facilidad de confiar en él. Allí tenemos confianza y paz, junto a él hemos probado la respuesta a nuestras plegarias y nos animamos a volver a su trono a cada momento.

    Dios repudia el fuego extraño como alabanza a su nombre, de manera que no debemos ser ligeros en esta actividad. Tenemos los Salmos para memorizarlos o para recitarlos, incluso se cantan en algunas congregaciones. Podemos escribir himnos que describan y exalten su doctrina, su manera de ser. Pero cuando nos incorporamos a buscar una música que nos dé ánimo, el centro de la adoración ha cambiado de Dios al hombre. Ciertamente hay sonidos que dan alegría, pero ella debe ocurrir no por ese estímulo sensorial sino por el contenido de su letra que siempre ha de honrar al Todopoderoso.

    La doctrina del creyente ha de fijarse como el eje sobre el que gira su alma, el ancla con la que sostiene quieta su nave. Esa doctrina la enseñó Jesucristo con insistencia, para que nos ocupemos de aprenderla y aceptarla. Sin ella, la alabanza resulta hueca porque a Dios no le agrada que le adoremos sin reconocer lo que nos ha enseñado. Sepamos quién es el Señor para que adoremos de pura conciencia, mostrándonos deseosos de aprender más y más de su grandeza.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • PRUEBAS Y CONSECUENCIAS DE SER HIJOS DE DIOS

    La naturaleza humana es contraria y enemiga de Dios, aunque el Verbo hecho carne haya penetrado la historia y se haya manifestado para que muchos podamos alcanzar la vida eterna. A las personas que han sido alcanzadas por el acto supremo y soberano de la misericordia de Dios, se les ha dado el Espíritu de Dios, llamándolos hijos de Dios. Por intermedio de ese Espíritu se puede clamar ¡Abba, Padre!, así como recibir su testimonio en nuestro espíritu para conocer que somos hijos de Dios.

    Hay algunas características que se desprenden del otorgamiento del Espíritu a los que somos hijos de Dios (Romanos 8), como resultado de que el Espíritu mismo vino como una garantía dada a los hijos, por lo cual ello presupone ciertas pruebas.

    Pruebas:

    1- Por vía en contrario, los que son de la carne piensan en las cosas de la carne. Eso implica un estado del ser, una conducta de la naturaleza humana. Se está en la vanidad y se milita en ella, se es del mundo y se convive integrado a él. Sin embargo, como contrapartida, los que son del Espíritu, (piensan) en las cosas del Espíritu. El énfasis está centrado en el verbo pensar, como una actividad del ser. Si se es de la carne, se piensa en cosas naturales de la carne, pero si se es del Espíritu, se piensa en cosas naturales del Espíritu. Un estado lleva a la muerte, el otro otorga la vida. De la carne sólo se cosecha destrucción, del Espíritu se cosecha vida eterna. Los hijos de Dios estamos en el mundo, pero no somos del mundo (Juan 17).

    2- Si se tiene el Espíritu de Cristo, se es de Él. No se nos dice que estamos en Él, pues la idea de ser pertenece a la de la esencia, mientras que la del estar puede ser transitoria. Se está en un sitio un tiempo, se está en otro después, pero ser supone permanencia: somos seres humanos, no estamos un tiempo como seres humanos y otro tiempo como animales. Simplemente somos seres humanos, como estado permanente. De manera que el que ES de Cristo, tiene el Espíritu de Cristo.

    3- Por el Espíritu hacemos morir las obras de la carne. Esa es otra consecuencia inevitable del hecho de ser hijos de Dios. No es a la inversa: hacer morir las obras de la carne para ser aceptados por Dios. No, pues no sería posible ya que en nuestra propia naturaleza reina el pecado. Esto se traduce en una lucha continua y sostenida hasta la muerte: queriendo yo hacer el bien descubro que el mal está en mí. Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; no obstante, hay otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros, en mi naturaleza humana. Muchas veces hacemos aquello que aborrecemos, no aquello que queremos hacer en nuestra nueva naturaleza, la del Espíritu. De manera que ya no somos nosotros quienes hacemos lo indebido, sino el pecado que mora en nosotros (Romanos 7).

    4- Los que somos guiados por el Espíritu de Dios, somos hijos de Dios. Somos guiados desde el temor al pecado a la libertad en Cristo, del castigo eterno a la vida eterna, de la separación eterna de Dios a la comunión por siempre. Somos guiados a toda verdad, a guardarnos de los indoctos e inconstantes; guardados para crecer en la gracia y el conocimiento de Jesucristo. Somos guardados de la práctica del pecado, de manera que no somos tocados por el maligno.

    5- Hemos recibido el espíritu de adopción, por el cual pasamos a ser hijos de Dios, para que podamos llamarle Padre (¡Abba Padre!).  Por eso se nos dice mirad cual amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios. Esta cualidad conlleva la contrapartida de que el mundo no nos conoce. Pasamos a ser extraños para el mundo, locos, enajenados, ilusos. Pero por esta vía de la adopción hemos salido de la práctica del pecado –cometemos pecado, pero no lo practicamos y no nos sentimos a nuestras anchas con eso. Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? (Romanos 6). 

    6- El Espíritu testifica a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Allí entra el cúmulo de las oraciones contestadas, pues Dios se deleita en las oraciones de su pueblo. Hay un testimonio en nuestras vidas por el cual sabemos que todas las cosas nos ayudan a bien, pues hemos sido llamados según su propósito. De manera que por ese testimonio tenemos confianza al pedir cualquier cosa según su voluntad agradable y perfecta, no gravosa. Al saber que Él nos oye tenemos las peticiones hechas. El testimonio del Espíritu también se traduce en el entendimiento inmediato de lo que está bien y lo que está mal; por ese testimonio vamos siendo separados más y más de la militancia con el mundo. Por ese testimonio nos damos cuenta de que la amistad con el mundo es enemistad para con Dios. Pero eso es algo interno, de adentro hacia afuera; no es una práctica de afuera hacia adentro, como si pudiéramos hacerlo en nuestras fuerzas.

    7- Gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo. En otras palabras, aguardamos la venida de Cristo, o nuestra partida a un hogar mejor. Deseamos estar con Él, y gemimos por no querer seguir atrapados en la cápsula del mundo. Gemimos porque reconocemos que aún estando en el mundo no somos del mundo. Esa es la esperanza a la cual hemos sido sometidos, esperanza de la salvación, esperanza opuesta a la vanidad en la cual ha sido sometido el mundo entero. Sabemos que todavía no se ha manifestado lo que hemos de ser, pero vivimos en esa esperanza.

    8- El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad: nos orienta en el entendimiento de las cosas espirituales, nos lleva a toda verdad, nos redarguye y se contrista cuando fallamos. Por igual, intercede por nosotros y en nuestras oraciones nos permite pedir lo que nos conviene, aunque muchas veces no lo sepamos hacer.  El Espíritu es la garantía de que somos de Cristo, por eso el que no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él. Como consecuencia lógica de su intercesión, del hecho mismo de ser hijos, se nos dice que hemos sido conocidos (en el hermoso sentido de la comunión del Padre con nosotros) desde antes de la fundación del mundo, hemos sido predestinados para salvación, para ser conformes a la imagen de Cristo. De igual forma, hemos sido llamados a ser parte de su iglesia, de su pueblo; hemos sido justificados por lo cual tenemos paz para con Dios, y finalmente hemos sido glorificados. Pero se agrega que nosotros ya estamos sentados con Él en los cielos. Ese misterio puede ser duro de entender, pero es una realidad.  Recordemos que Dios está fuera del tiempo, el tiempo como una cualidad dada a este universo.  Dios no se puso una camisa de tiempo a sí mismo para sujetarse y envejecer. El es eterno e inmutable, y nos colocó la dimensión de la temporalidad en nuestro mundo. 

    Grandes consecuencias:

    1. No hay quien nos acuse, pues Dios es el que justifica. El acusador de los hermanos, Satanás, no puede sino señalar lo que ante los ojos de Dios ya no existe, dado que el acta de nuestros decretos que nos era adversa fue clavada en la cruz de Cristo. Por eso Él dijo: Consumado es, o pagado es.

    2. No hay quien nos condene, ya que Cristo murió, resucitó e intercede por nosotros a la diestra del Padre; Jesucristo hizo posible todo esto en la cruz, la cual es locura para los que se pierden.

    3. No hay quien nos separe del amor de Cristo, aunque vengan circunstancias adversas reconocemos que todo está controlado hasta el más mínimo detalle por su soberanía. Por eso se nos declara que somos más que vencedores. ¿O es que acaso no vamos a entender de una vez que nosotros, simples criaturas, hemos nacido en este mundo por la sola voluntad del Padre? Todas las circunstancias propicias para nuestra aparición en escena han sido actos previstos desde los siglos para nosotros. Visto así, cada acto diario, cada evento o elemento de los eventos, es precioso, en tanto constituye parte de la voluntad suprema de Dios para con nosotros. Aún eso que llamamos azar, no lo es sino por eufemismo, por causa de desconocer las variables y razones de lo que ocurre.

    4. Ni siquiera la muerte nos puede separar de la relación con Dios; una relación pensada desde los siglos por Él, una relación iniciada para nosotros y en nosotros en un momento histórico, cuando se nos dio la claridad de su verdad por medio del nuevo nacimiento. Por eso se nos dijo que era necesario nacer de nuevo, pero se nos advirtió también que esto no podría ser por voluntad nuestra, sino por voluntad del Espíritu. Y sabemos ahora que Dios  conoce la voluntad del Espíritu, el cual actúa conforme a la voluntad de Dios mismo, la voluntad del Padre (Romanos 8:27).

    En toda la Escritura vamos a encontrar incontables maneras y pruebas que demuestran nuestra pertenencia al Dios de los siglos. Pero se trata de una pertenencia con una relación de diálogo muy personal. No se trata de ser parte de un todo, sino de seguir siendo identidades individuales que conformamos una familia interrelacionada con el Dios vivo, por el puro afecto de su voluntad, por el solo hecho de que Él se propuso desde los siglos escogernos como pueblo, para hacer notorias las riquezas de su gloria. De esta forma nos hizo como vasos de misericordia y nos llamó de las tinieblas a la luz, mostrando su gracia absoluta para con los que Él ha querido hacer beneficiarios de su gracia.

    De manera que cuando ataque la angustia y se nos recuerde nuestras miserias, tengamos presente estas pruebas irrefutables de nuestra pertenencia al reino de Dios. Una pertenencia o militancia que no depende de nosotros en nada; simplemente hemos sido llamados, llevados, seducidos, por la palabra del evangelio. Una vez en el evangelio entendemos que hemos sido simplemente objetos de la misericordia de Dios. El impacto de su gracia nos lleva a bendecir su nombre y a mostrar ante nuestro prójimo el cambio que se está operando en nuestro ser. Un cambio substancialmente consumado, aunque un cambio relativamente activo, en tanto dure esta dualidad de la vieja y nueva naturaleza en nosotros. ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo…(Romanos 7:24).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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