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  • EL VERBO SE HIZO CARNE

    Ese Verbo que era desde el principio, se hizo carne. Por fortuna, para nosotros los gentiles, el Verbo no se hizo judío. Por supuesto, la salvación viene de los judíos, como lo dijo el mismo Cristo a la mujer de Samaria. Las profecías lo indicaban, de manera que debían cumplirse; quizás si Jehová hubiese escogido a los egipcios para revelarles sus promesas, ellos habrían sentido algo parecido a la pasión de Israel. El engreimiento de saberse un pueblo donde habitaba el Altísimo, habría marginado al resto del mundo, de manera que daba igual que fuera Israel o Siria la escogida. No obstante, una razón se esgrime para que el escogido fuese Israel: el hecho de ser el pueblo más insignificante en la faz de la tierra.

    La debilidad de Israel en medio de enemigos territoriales, mostraría con gran notoriedad la fortaleza del Dios de las Escrituras. Para lástima, sus gobiernos teocráticos generaron una cuna interpretativa peligrosa, una casta que alejaba al pueblo y que se mostraba engreída al poseer la palabra divina. Las demás naciones eran las gentes, de allí que seamos los gentiles el conjunto de poblaciones no judías o israelíes. Ese Dios anunciado ante ellos les envió una señal por medio de los profetas, que les hablaría en lengua extranjera, de invasores, como una marca de haberlos despojado de su gloria de la cual se jactaban.

    Vino la Septuaginta, una Biblia del Antiguo Testamento, que aunque confeccionada por judíos fue escrita en lengua de paganos. La lengua griega sirvió como su vehículo, escogida por los judíos de Alejandría, la más helenizada de las zonas de entonces. Después, unos pocos siglos más tarde, llegaba el Nuevo Testamento también en lengua griega. Por supuesto, hoy día algunos mesiánicos alegan que ese Nuevo Testamento tuvo que haber sido escrito en la lengua materna de sus escritores, pero resulta falso porque no tienen papiros tan antiguos como los griegos. Además, los judíos que redactaron la Septuaginta también dejaron a un lado su lengua materna, y prefirieron el griego.

    Las razones culturales pueden saltar a la vista, para la preferencia de una lengua extranjera antes que la materna. Pero no olvidemos el trasfondo teológico, la maldición en alguna medida de hablarles en lengua de invasores. Pablo lo recoge en su Carta a los Corintios, cuando refiere al don de lenguas tan abusado que se acostumbraba en esa iglesia. Les refiere la profecía de Isaías: En otras lenguas y con otros labios hablaré a este pueblo; y ni aun así me oirán, dice el Señor. Así que, las lenguas son por señal, no a los creyentes, sino a los incrédulos (1 Corintios 14:21-22).

    Resulta por demás interesante y emblemático el que en los tres contextos en que se menciona el don de lenguas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, aparezcan judíos en esos eventos. Dios había cambiado el guión, ahora se anunciaría en lengua gentil, pero los mesiánicos de hoy aseguran lo contrario. De nuevo su preferencia antes que la ley y el testimonio, de nuevo su prerrogativa y exaltación ante las demás gentes. Por esa razón siguen aduciendo que cuando Juan escribió su Apocalipsis tuvo que redactarlo en lengua materna. Pero eso no es más que especulación, porque lo que aducen como prueba lingüística de algunos vocablos usados puede deberse también a algún trasfondo de la lengua materna, como interferencia ante la nueva lengua.

    El Verbo se encarnó y habitó entre nosotros, haciéndose amplia su divulgación para todas las naciones. La fuente judía se considera importante, ya que como custodios del anuncio confiado los judíos han respondido celosamente. Sus escribas y fariseos fueron acuciosos, pero eso no les evitó la arenga de Jesús contra ellos. Esto nos sirve de ejemplo para evitar el engreimiento a causa del celo y sapiencia en relación al conocimiento adquirido. Lo que conozcamos de Dios aparte de importante debe ser tenido como muy pequeña cantidad, ya que la vida eterna consiste en conocer a Dios y a Jesucristo el enviado.

    El hebreo no es la lengua materna de Jesús, no es la lengua del cielo. Jesús es el Verbo que hizo todo cuanto existe, sin él, nada de lo que es existiría, asegura Juan en su Evangelio. La revelación de Jesucristo a Juan el apóstol, en la isla de Patmos, no tuvo que ser necesariamente en arameo, o hebreo, sino que pudo ser en griego. Así que si Juan nos dio a conocer el Apocalipsis en lengua griega no tenemos que ser peyorativos con él, al suponer que su nivel de la lengua helénica era escasa. Algunos términos pudieran verse como transliteraciones del hebreo, ya que uno no olvida su lengua materna por el hecho de aprender una nueva.

    El proceso de helenización pasaba por el griego koiné, un estilo mucho más suave que el griego clásico, de manera que los habitantes de las zonas invadidas y colonizadas, primero por griegos y después por romanos, pudieron hablar, escribir y leer en forma fácil esas lenguas de la colonización. Pablo así lo demostró con su apelación al César (ante quien hablaría en latín), con sus epístolas en griego y con sus citas textuales de la Septuaginta. ¿Por qué se le ha de dar un valor de menor capacidad intelectual a Juan, el apóstol? La lengua del invasor en ese caso es la lengua gentil griega, así que Dios le habló a ese pueblo hebreo de esa manera.

    Dios escogió de todos los pueblos de la tierra a la nación hebrea, para ser su testigo en este mundo. Es obvio entonces que haya un sustrato de la cultura hebrea en el mensaje, como obvio también resulta el bilingüismo de los escritores del Nuevo Testamento, quienes siendo judíos escribían en lengua griega. El sustrato cultural del judaísmo no se les puede negar, como no se niega que Jesús haya venido a lo suyo (a sus asuntos) y los suyos (los de la nación judía) no lo recibieron. Pero de allí a decir que Jesús habla hebreo en el cielo pasa por inapropiado, como una marca de arrogancia que sigue ese pueblo que un día lo crucificó, que aunque hoy deseando volver al Mesías lo intenta hacer desde su posición de superioridad lingüística.

    El Dios de las Escrituras quiso hablarnos en lengua griega, habiendo podido usar la lengua china o el latín. El Verbo que vino a habitar entre nosotros vino de pura gracia, en tanto nosotros como criaturas suyas le debemos reverencia. No hay lugar para el reclamo arrogante de una lengua materna de Jesús, compartida con los judíos que intentan cristianizarse. Que si la gracia los visita que la asuman con agradecimiento y humildad, como lo hace cualquier gentil. Sigue viéndose el endurecimiento de corazón al reclamar los derechos lingüísticos de Jesús, como un patrimonio universal del pueblo judío.

    El Verbo se acopló a la cultura de los judíos para dejarnos su mensaje, pero también lo hizo con la cultura helenística para hablarnos de su gracia. El vehículo lingüístico resulta importante, pero no da para que nos arroguemos un derecho especial por el uso de una lengua determinada. Sí resulta llamativo que esas dos culturas y lenguas, la hebrea y la griega, posean sus distintivos en base a la lingüística. Jehová es una roca, un refugio, en lengua hebrea. Pero en lengua griega viene a ser el Verbo, el Logos que habitó entre nosotros por medio del Hijo. Una lengua concreta que ve al Dios como un elemento concreto (una roca, por ejemplo), con usos de metáforas de cosas altamente reales y tangibles como la que habla del siervo que brama por las aguas, como el alma clama por ti, oh Dios. Su contraste se magnifica ante la abstracción del griego, por medio del Logos eterno: ¿Habrá algo más abstracto que la palabra?

    Estemos claros, las dos lenguas mencionadas pueden hacer uso de elementos abstractos y concretos, como resulta obvio; pero la cultura hebrea ha sido más dada a reflejar al Dios revelado por medio de concreciones. La lengua griega inicia con el evangelio de Juan con su abstracción más elevada: En el principio era el Verbo. Se abriría una nueva corriente para la filosofía con el elemento fundamental instruido por el cristianismo. Pero no nos jactamos de la abstracción, ni echamos de menos la concreción, simplemente valoramos ambos aportes como caras diferentes de un mismo objeto de estudio. El denominador común entre judíos y gentiles cristianizados debe ser la gracia divina, sin la cual ni siquiera nuestro padre Abraham (el padre de la fe) pudo haber sido tenido en cuenta.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • LA PALABRA

    Por la palabra creemos haber sido constituido el universo, dice un verso de la Biblia. Es razonable que ese sea el comienzo de todo cuanto conocemos, la voz del dueño de la creación, el sonido que circunda todo cuanto ha hecho el Señor de lo que existe. Todo su poder unido ha hecho que aparezca en escena aquello que deseó, como también fue dicho de su esencia: en el principio era el Verbo (el Logos). Por él todas las cosas fueron hechas, y sin él, nada de lo que ha sido hecho fue hecho. Una palabra tuya bastará para el milagro, decía una persona afligida; otros escucharon que ya sus enfermos habían sanado bajo su sólida decisión. Por lo que dice y hace es llamado el Juez de toda la tierra, el que ordena a las naciones y las prepara para el desarrollo de su guión presupuesto.

    Nosotros damos poca importancia a nuestras palabras, ya que muchas veces carecen de sentido. Sin embargo, estamos construidos de vocablos, todo lo que viene en esa envoltura del verbo se almacena como ladrillos útiles para construir lo que somos. Si nos mirásemos en un espejo y nos dijésemos palabras amigables, nuestro semblante se agradaría; por el contrario, si nos ofendemos con términos agresivos, la amargura fluirá hasta dejarse ver en nuestro rostro. El hijo de Dios debe tomar conciencia de su ligamen con la palabra, en especial con aquella que emana de las Escrituras. La ley y el testimonio guían al sencillo, dan forma a lo naciente, refuerzan la fe del valiente.

    La ley está confeccionada de palabras, y el salmista decía que amaba grandemente esa ley del Señor. Bienaventurado será el que medita en ella de día y de noche, como si conversásemos con el Dios que nos ha creado. La oración o plegaria nos viene como mediación y acercamiento, entre el Verbo hecho carne y nuestra carne que busca el verbo para hablar. La Escritura se tiene como una lámpara ante nuestros pies, para alumbrar el camino por donde andamos.

    La Biblia nos da ejemplos del debido cuidado de las palabras. Nos dice que no salga de nuestra boca nada que sea corrompido, sino solamente aquellos vocablos útiles para la sana edificación. También añade que seremos conocidos por nuestros frutos, especialmente por la confesión de nuestro corazón: de su abundancia habla la boca. Creer en el corazón y confesar con los labios, un recurso que traerá prosperidad a nuestra alma.

    El Dios que ha creado todo por medio de la palabra quiso hacer su segunda creación, la que se fundamenta en el segundo Adán, que es Cristo. También la formó por la predicación del Evangelio. Hablar del Hijo de Dios y su obra consumada en la cruz, se tiene como una tarea de evangelista, una comisión que nos compete a todos los regenerados por el Espíritu. La palabra viva genera cambios en el individuo, en especial en los escogidos de Dios. En el mundo sirve de referencia para las leyes, para la moral y las buenas costumbres, de manera que el ser humano guarde su recato en la sociedad.

    Vemos que a medida que se levanta el respeto a lo que Dios ha dicho, la humanidad queda libre de la justicia y se esclaviza más en el pecado. Pero esto no lo discierne el mundo sino que le parece una locura el que lo digamos, de manera que nos toca a nosotros continuar con la esperanza de que por medio de la oración conseguiremos suplir lo que nos falta (Filipenses 4:19). No olvidemos este texto inspirador y oportuno respecto a lo que decimos: Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Filipenses 4:13). Si pensamos lo que es verdadero y amable, lo honesto y de buen nombre, lo que tiene virtud y es digno de alabanza, el resultado vendrá con ventura para dar forma a los vocablos que traen provecho a quienes nos rodean.

    El hablar la palabra de Dios nos lleva a una acción de extrema importancia, el acto de dar. Más bienaventurado es dar que recibir (Hechos 20:25); El que da en abundancia, recibe más de lo que dio; pero el que es tacaño, termina en la pobreza. El que es generoso, prospera; el que da a otros, a sí mismo se enriquece (Proverbios 11:24-27). El Dios que tiene riquezas en gloria nos saciará de ellas en la medida en que por medio de nuestras palabras le pidamos.

    Resulta de interés el que tengamos que pedir aquello que Dios conoce que necesitamos. Ha querido que nos ejercitemos en la palabra hablada o murmurada, la de nuestras súplicas y con acciones de gracias. El reino de Dios y su justicia está construido de su palabra, si bien un universo de acciones de misericordia de nuestro lado se muestra como un deber de ejercicio. A los pobres siempre los tendremos entre nosotros, dijo Jesucristo; esto quiere decir que no nos hemos de olvidar de ellos. Están los necesitados del conocimiento de la palabra divina, de los que aguardan sin saberlo el momento de la esperanza bienaventurada que nosotros poseemos. La predicación del Evangelio también se encarrila por el verbo expresado, de manera que el ejercicio del logos se muestra continuo. Ese logos también se interpreta como razón, una acción de conciencia y discernimiento propio del que anuncia verdad, conocimiento e inteligencia (Jeremías 3:15).

    Para nuestra dicha, el poder de la palabra de Dios está en nuestra boca y en nuestro corazón, sin que tengamos que depender de un tercero. De mucha ayuda sirven las oraciones de los hermanos en la fe de Cristo, pero si no hubiere ninguna todavía tenemos el recurso a nuestro alcance. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, pero en la medida en que nos acercamos a Él ella se acrecienta. La Biblia nos recuerda sobre la necesidad de creer que Dios está allí cuando oramos, que Él es galardonador de los que le buscan. Ora a tu Padre que está en lo secreto, y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público (Mateo 6:6). La oración nos ayuda a desarrollar nuestra relación con el Señor, con aquel que es el Verbo. A través de la palabra nos comunicamos y por medio de ella recibimos la respuesta.

    Dios es espíritu, se conoce como el Dios invisible, sin que pueda ser visto con nuestros ojos humanos. El ojo de la fe, como en una metáfora, nos permite ver al Omnipotente; la oración como recurso bajo la fe de Jesucristo, en tanto Mediador, como imagen del Dios invisible, nos acerca a ese Padre que nos ha amado de tal forma como para no escatimar ni a su propio Hijo. Entregar al Hijo en sacrificio como ofrenda por el pecado, se contempla como la mayor expresión de amor que alguien tenga por otro. No hay mayor amor que ese, afirmó Jesús; mirad cual amor nos ha dado el Padre, escribió Juan en una de sus cartas.

    Fundamentados en ese amor gigante y eterno sabemos que seremos recompensados abiertamente, cuando hayamos orado. Orar es hablar con Dios, es contarle lo que ya Él sabe, pedirle lo que nos tiene para dar, bendecir su nombre al que siempre es bendito. Orar viene a interconectar el poder con la debilidad, en una actividad de reconocimiento de quién es quién: Dios el Omnipotente, nosotros como sus criaturas debilitadas por el trajinar en el mundo. En medio de esa aflicción propia de nuestros escenarios, sintamos la confianza de Jesús al haber vencido al mundo. Él lo hizo de muchas formas, pero sin duda nos dejó el ejemplo para que consigamos el triunfo: la oración.

    El hombre más poderoso que jamás haya pisado esta tierra, no menospreció el tiempo de su vida entre nosotros como para esquivar la oración. Al contrario, se menciona en cantidad las veces que Jesús se retiraba a orar con el Padre. ¿Por qué lo hacía, si él era Dios? Lo hizo porque siempre lo ha hecho, siempre ha conversado como en familia con el Padre Eterno. Ese Dios Trino ha estado perpetuamente en comunión perfecta, por lo cual no debe pasar desapercibido el que las tres personas se involucren en la actividad de nuestras oraciones. El Padre nos oye en secreto, el Hijo nos dejó ejemplo y sigue intercediendo por nosotros, mientras el Espíritu nos ayuda a pedir lo que conviene en nuestras oraciones, porque conoce la mente del Señor.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • EL CREADOR

    De acuerdo a Juan, el Verbo hizo todas las cosas y, sin él, nada de lo que ha sido hecho fue hecho. Por azar no acaeció nada, imposible que el hombre y el caballo hayan salido por casualidad, que por su propia cuenta las estrellas guíen a los marineros que buscan destino, o que azar haya hecho que las plantas den su alimento para el hombre desvalido. Nada acontece por casualidad, pero el silencio de Dios se observa en su creación, después de haber formado cada cosa que vemos. Lo que de Dios se conoce ha sido notorio por lo creado, de manera que con la caída en el Edén cada quien se apartó por su camino. No hay Dios, repite el necio en su corazón; no hay quien entienda, contesta el Señor.

    Fue misericordia divina el que unos cuantos seres humanos hayamos podido creer en su nombre. La gracia divina no depende de la naturaleza caída y servil que posee el hombre, la cual tiende siempre al mal. En medio de este caos humano, Dios anunció que tiene un pueblo formado desde antaño, que a cada uno de sus componentes vino a buscar con Jesucristo. Los falsos dioses se van conjugando de acuerdo al pozo del averno, con sus seguidores prestos entre los hombres, con el fin de enturbiar el anuncio de esperanza para las ovejas que Dios ha hecho.

    Ovejas y cabras vinieron como distinción de dos poblados; las primeras con pastores de verdad, que apacientan con ciencia y con inteligencia (Jeremías 3:15), pero las segundas con los extraños y maestros de mentiras, en un espíritu de estupor para que se siga creyendo la mentira por cuanto no amaron la verdad. Si Cristo es el Buen Pastor, los enviados por él a apacentar la grey vienen como regalos de paz, conforme a la mente del Señor. Ellos son el gran contraste con los que no tienen ciencia ni inteligencia para pastorear, ya que Jesucristo los forma y los califica para enviarlos como sus ministros. Estos buenos pastores alimentarán a los hombres de acuerdo al corazón de Dios.

    La ciencia y la inteligencia con la cual enseñan estos pastores de ovejas presuponen las cosas dignas de entender: la verdad sustancial del Evangelio, la expiación como su centro de interés, la exclusividad de la muerte de Jesús en favor de todo su pueblo (Mateo 1:21), la seguridad de cada creyente llamado eficazmente, el hecho de estar en las manos del Padre y del Hijo, con el Espíritu Santo como testigo y garantía hasta la salvación final. Los otros, los que carecen de inteligencia y ciencia, son los maestros de las cabras, quienes viven dando azotes con sus varas, buscan el interés de sus vientres, cobran con creces los apetitos que sus corazones anhelan. Estos últimos son ciegos guías de ciegos, los que viven generalizando la doctrina de la salvación, abaratando la expiación con lo cual maltratan a las ovejas que los escuchan.

    Dios misericordioso perdonaba la maldad de su pueblo en el desierto, para no destruirlo. Muchas veces su ira apartó y no despertó su enojo, acordándose de que eran carne y soplo que va pero no vuelve (Salmos 78:38-39). Jehová es el nombre del Señor, no hay más sino Él; habla desde el principio, declara las cosas y las trae a la luz. Nadie puede hacerlo, a menos que lo imiten sin acierto, como suelen hacerlo los adivinos y hechiceros. El hombre apartado le rinde culto a la criatura antes que al Creador, ya que si se acuerdan de Él lo adoran como si fuera un toro o una piedra, pero nunca como al Dios de las Escrituras.

    Muchos de los que vienen en el nombre del cristianismo desconocen al verdadero Dios Redentor, ese que escogió a un pueblo de acuerdo al puro afecto de su voluntad, para amarlo con amor eterno, para prolongarle su misericordia, como hizo con Jacob, en contraste con lo que hizo con Esaú. Esos advenedizos en el nombre de un cristianismo apóstata cambian la proposición bíblica por asunciones más suaves de oír. Dicen que Dios ama a todos por igual, que el hombre decide su futuro, que Cristo hizo su trabajo en favor de todo el mundo, que el infierno es un invento de la religión, que el amor divino no tolerará castigo eterno.

    La inteligencia y la ciencia de los pastores enviados por Cristo no actúan con señales aparatosas, como si perteneciesen al club de la manía carismática. La doctrina del Evangelio es su norte, su enseñanza se ajusta a la ley y al testimonio. El buen pastor (enviado por el Buen Pastor) busca exponer el carácter de Dios. La falacia se aleja de su discurso para que la lógica se manifieste de acuerdo a quien ha sido definido como el Logos (Juan 1:1). Jamás dirá la mentira esperada por multitudes entrenadas por los falsos maestros, sino que siempre afirmará que Jesucristo murió por su pueblo y no rogó por el mundo (Juan 17:9). No sale de sus labios la farsa del amor genérico de Dios por todo el mundo, como si estuviese sufriendo por aquellos que no pudo salvar.

    La inteligencia y la ciencia del pastor enviado por Jesucristo habla verdad, da a conocer la doctrina de Cristo. El profeta falso habla en nombre de otros dioses, porque son dioses a los que sirve, muy variados y de acuerdo a como cambia su doctrina. El que viene en nombre de un dios que murió por todos sin excepción, pero que no salvó a todos sin excepción, está hablando mentira en cuanto a la expiación y su propósito. Ese falso maestro pisotea la sangre del Señor, haciéndola ineficaz en aquellos que se pierden. De acuerdo a Deuteronomio 18:20, ese falso profeta debería morir.

    La ignorancia y la falta de inteligencia del falso maestro pone de manifiesto su desconocimiento de Dios. Por esa razón habla contra la palabra de las Escrituras, dice mentira, por lo cual no podrá decirle a la gente que busque al verdadero Dios. El Señor de las Escrituras no manifiesta su gracia y misericordia a expensas de su justicia; más bien por su justicia manifiesta gracia y misericordia. Esa justicia es Jesucristo, el que cumplió toda la ley y fue a la cruz como Cordero sin mancha, ya destinado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). Dios lo hizo nuestra justicia, así que siendo justificados por su sangre no existe acusatoria contra nosotros.

    Pero decir que Jesús murió por todo el mundo, sin excepción, implica generalizar su justicia y afirmar que representó en la cruz a todo el mundo, sin excepción. Si así hubiese hecho, todo el mundo sería salvo; pero la realidad muestra lo contrario, el mismo Señor habló intensamente del infierno de fuego donde el gusano no muere y la llama no se extingue. Entonces, ¿cómo es que esa sangre derramada por todos queda sin fundamento en los que se pierden? Esa es la blasfemia de Satanás, repetida por sus maestros enviados con disfraces de ministros de luz.

    Satanás le dijo a Eva que no moriría, pero la humanidad entera murió en delitos y pecados. Asimismo, hoy día y desde hace siglos, Satanás sigue hablando por medio de sus maestros iluminados, a través de sus predicaciones. Su teología sacada del abismo habla con creces contra la palabra de Dios, pero de una manera muy sutil como lo hacen los que tuercen las Escrituras para su propia perdición. Estos maestros dicen paz cuando no la hay, en tanto muchos que se confiesan creyentes actúan en clara desobediencia a lo que expresó Juan: No le digáis bienvenido a quien no trae la doctrina de Cristo (2 Juan 1:9-11).

    Cuando usted escuche que alguien dice que Dios hizo su parte, pero que ahora le toca a cada quien hacer la suya, sepa que la mentira del diablo acaba de escuchar. Cuando oiga que Dios tiene un plan maravilloso para su vida, sin saber si ese fue el plan que le tocó a Judas, a Caín, al Faraón, el mismo que le toca a cada réprobo en cuanto a fe, sepa que está escuchando una mentira del diablo. Todo evangelio antropocéntrico viene del pozo del abismo, en cambio el Evangelio de Cristo es aquel que se entrega a cada uno de los que el Padre ha enseñado para que vayan a él (Juan 6:45); es el mismo que se ha dicho de los que el Padre envía al Hijo para no ser echados fuera jamás (Juan 6:37; 44).

    No nos confundamos, hay quienes vienen en nombre del evangelio de la gracia pero por igual hacen las paces con los que practican el evangelio humanista. La mezcla de la gracia con las obras es un signo de andar extraviado, de ignorar la verdad y de hablar sin inteligencia. No se puede amar a Cristo con el corazón e ignorar sus doctrinas con la mente. Jesús es una persona con una obra, sin la obra de Cristo no existe redención posible. Precisamente, esa obra consumada en la cruz trajo la justicia de Dios hacia cada uno de los que conformamos su pueblo. Por esa razón decimos con Pablo que Cristo es nuestra pascua.

    Dios como Creador de todo cuanto existe es también el Creador de nuestra redención, por medio de su Hijo Jesucristo. Esa salvación no vino por azar, no existe casualidad en que hayamos oído el evangelio, sino que tenemos por cierto que quien predestinó el fin hizo lo mismo con los medios.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • EL DOMINIO SOBRE LO CREADO

    John Wesley, el fundador del Metodismo, aseguraba que Jehová era peor que un diablo, alguien semejante a un tirano, solo si se tenía en cuenta la doctrina de la reprobación incondicional. Charles Spurgeon, el príncipe de los predicadores calvinistas, abjuró del Espíritu Santo, ya que aseguraba que él se rebelaría contra quien pusiera la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios. Resulta indudable que Pablo colocó esa sangre ante los pies del Señor, por mandato de la inspiración del Espíritu Santo. Acá tenemos a dos representantes de dos doctrinas tenidas por antagónicas, pero con el denominador común del espanto por la revelación bíblica. La doctrina de la reprobación es una de las más odiadas de las Escrituras, si bien aún continúan en sus páginas desde Génesis hasta Apocalipsis, como un testimonio del Dios Soberano.

    El Metodismo fue fundado por Wesley, de donde salió la corriente del Perfeccionismo. De esa rama surge el Movimiento de la Santidad, corriente que generaría en 1900 el sistema de la religión pentecostal, como la conocemos hoy en día. Se puede observar que nada bueno brota del falso evangelio, si bien muchos hombres de religión tienen por verdad sus enseñanzas de mentira. La soledad de Elías junto a la pregunta de Isaías, se unen al deambular en el desierto de Juan el Bautista: ¿Solo yo he quedado? ¿Quién ha creído a nuestro anuncio? Voz que clama en el desierto. Pero el que dirige esa orquesta es el Señor, el cual ha dicho: No temáis, manada pequeña…Muchos son los llamados y pocos los escogidos.

    Jacobo Arminio había dicho con anticipación a estos célebres del protestantismo que la doctrina de la soberanía de Dios (elección, reprobación, etc.) era absolutamente repugnante. Bien, los seguidores de su fe se han unido a los aparentes opositores de su tesis (la mayoría de los calvinistas) en un solo cántico: la reprobación debe ser reinterpretada. Presentar a Dios como quien odia a Esaú, sin mirar en sus obras buenas o malas, resulta muy antipático para las masas de la religión. Conviene darle giros al asunto, respuestas diferentes ante los dos lados de la moneda: elección y reprobación. La gente huye espantada frente a un Dios que se presenta como soberano absoluto, de manera que el libre albedrío humano viene en auxilio apaciguador para que las masas sientan un poco de solaz ante la declaratoria bíblica.

    Muchos son los doctos que se sientan a esgrimir tesis diversas en torno al tema. Ellos se erigen como argumento de autoridad, su capacidad intelectual los hace célebres y tienen seguidores por miles. Pero la Escritura no se borra, continúa como una piedra fósil que cuenta historias contundentes creídas solo por un público menor, la misma gente que sigue preguntándose al igual que Elías si solo ellos han quedado ante el Señor. Hemos de decir que el amor de Dios se manifiesta en forma más acentuada frente al odio que sostenido por aquellos sobre quienes cae su ira por el pecado, por la incredulidad y que son objetos del despliegue de su poder. Figuras de lo que decimos aparecen en la Biblia, quizás su mejor emblema lo constituya el Faraón de Egipto, un ejemplar réprobo en cuanto a fe que se suma a las filas de todos los otros réprobados cuya condenación no se tarda.

    El final de los impíos se comprende cuando uno entra en el Santuario de Dios y asimila su destino. El Señor los ha puesto en deslizaderos, para que cuando caigan sean menospreciados sus rostros por siempre (Salmo 73:17-18). Sabemos que Jehová ha hecho todas las cosas para Sí mismo, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). El Señor opera (trabaja) al impío para el día malo, dice la Vulgata Latina. Jehová llamará al réprobo plata desechada, porque Jehová lo desechó (Jeremías 6:30).

    Las naciones tenebrosas son levantadas por Jehová, como aquellos caldeos crueles y presurosos, dispuestos a poseer las moradas ajenas. Gente impía que actúa a sus anchas, pero por igual son mensajeros del Altísimo para destruir lo que Jehová quiso, con caballos más ligeros que leopardos y con jinetes que vuelan como águilas presurosas para devorar. Pasarán como el huracán, atribuyendo su fuerza y poder a su dios (Habacuc 1:6-11).

    Estas son algunas pruebas bíblicas de la cantidad de réprobos en cuanto a fe que Dios levanta de sobre la faz de la tierra. Son hechura suya, con el fin de exhibir su poder y su ira contra el pecado, ordenados para presa y destrucción, como personas que tropezarán una y otra vez en la roca que es Cristo. Asimismo apareció Judas el Iscariote, como muestra del poder del Señor para la matanza; un diablo escondido entre los discípulos, pero escogido por Cristo para que se cumpliera la Escritura. Su trabajo sucio fue preparado por el Padre, pero no por ello fue perdonado, sino que un ¡ay! fue dado contra él, y su trabajo fue tomado por otro. Satanás estuvo a su diestra (Salmos 109:6), como dictamen del Dios que puede echar cuerpo y alma en el infierno de fuego.

    El alfarero tiene toda la potestad de hacer con su barro lo que quiera. De la misma masa fabrica un vaso de honra, pero por igual hace con esa masa un vaso de deshonra. ¿Quién puede detener la mano o cambiar la intención de ese alfarero? Aún la reacción de cada quien a estos hechos narrados en la Biblia forman parte de las señales propias de los árboles que se forman. El buen árbol dará siempre un buen fruto, del buen tesoro de su corazón, y confesará el Evangelio de verdad; el mal árbol reaccionará junto al objetor y dirá que Dios es injusto. ¿Quién puede resistirse a la voluntad de Dios? ¿Por qué, pues, inculpa? ¿Habrá injusticia en Dios? Esas son las interrogantes de los malos árboles, cuyo fruto lo confiesan por la boca. Poco importa el talante de su prestigio como hombre de fe (aunque sea la de la apariencia de piedad), como ha sido el caso de Spurgeon: Esaú fue condenado de sí mismo, porque vendió su primogenitura. Esa es la razón que tranquiliza por momentos la conciencia de los réprobos en cuanto a fe, para que se deje intacta su ficción del libre albedrío. A fin de cuentas, el Jehová en quien han creído sigue siendo un Dios de amor, que se despoja de su exceso de soberanía y permite que el hombre libremente decida su destino. De esa manera Jehová no tiene culpa en la condenación de Esaú, por lo tanto la gente puede decidir libremente.

    Bajo tal ficción, los miembros de la religión del extraño anotan fechas de conversión, tomas de decisión, pasos al frente en una iglesia, oraciones de fe declaradas públicamente, el nombre de sus padres espirituales, como un registro público que dará cuenta de su fe en el día final. Siguen ignorando la justicia de Dios, con sus oídos sordos ante las palabras de Jesús: si el Señor no los conoce no son suyos, así que no depende del que quiera ni del que corra, sino de Dios que tiene misericordia.

    Dios soporta con mucha paciencia a los vasos de ira preparados para destrucción (Romanos 9:22), si bien también ha preparado los vasos de misericordia para exhibir las riquezas de su gloria (Romanos 9:23). Estos dos textos resumen su dominio y potestad sobre el destino de cada ser humano que Él ha creado de acuerdo a sus propósitos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • EL BUEN PASTOR

    Jesús se definió a sí mismo como el buen pastor, el que pondría su vida por las ovejas (Juan 10: 11,14-15). No existe mayor amor que ese, que alguien ponga su vida por sus amigos, por lo tanto se nos recomienda amar a la esposa de la manera como Cristo amó a la iglesia, hasta entregarse a sí mismo por ella (Efesios 5:25). En la oración realizada en el huerto de Getsemaní Juan nos asegura que el Señor no rogó por el mundo, sino solamente por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra de esos primeros creyentes. ¿Cuál es la razón de no rogar por el mundo? La eficacia del trabajo de Cristo representa un principio fundamental dentro de la economía divina.

    La sangre del Señor no fue derramada en forma inútil, como los amantes de la expiación universal reclaman. La Biblia habla de la doctrina de la predestinación para salvación, de los elegidos del Padre desde antes de la fundación del mundo. Se nos anuncia al Cordero preparado desde antes de que el mundo fuese fundado, para que se manifestara en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20). También nos expone de forma explícita acerca de los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda. Estos fueron preparados para la gloria de la ira de Dios (Romanos 9: 17).

    Cuando Pablo diserta sobre el asunto de comer de todo, cosa que molestaba a los débiles en la fe, escribe que si el hermano es contristado por causa de tu comida, ya no andas conforme al amor. Es decir, no se debe hacer que por la comida tuya se pierda aquel por quien Cristo murió (Romanos 14:15). Acá no se habla de destrucción perpetua, como si entristecerse por asuntos de alimentación condujese al infierno de fuego. Sino que la malicia no debe aparecer en el corazón de nadie en la iglesia, ni el deseo de perturbar al hermano en asuntos de preferencias de alimentos. Uno se puede perder de tristeza, consumir de dolor, por causa de los que en la iglesia juegan un rol de superioridad espiritual. Pero eso no implica perdición eterna, en ninguna manera. El pueblo especial del Señor, el que él vino a rescatar en la cruz, no puede perecer eternamente. De la misma forma, cuando en el Nuevo Testamento se habla de salvación, no siempre se hace referencia a la salvación eterna.

    Por ejemplo, la mujer se salvará si engendra hijos. Si eso se refiriera a la salvación eterna, entonces sería una redención por obras, por medio del parto. ¿Qué pasaría con las mujeres estériles por las cuales murió Cristo? El contexto urge para poder comprender el sentido de los términos. De igual forma, otras palabras generan incomodidad al ser descontextualizadas: mundo, todo, etc. Un ejemplo que puede mostrar lo que decimos, y encontrado en la Biblia, sería: Mirad, el mundo se va tras él (Juan 12:19). Pero los romanos no se iban tras Jesús, ni los países circunvecinos de Judá, como tampoco los mismos fariseos que hablaban. Es el uso de una hipérbole lo que da como resultado este tipo de construcciones lingüísticas, para mostrar la importancia enorme que Jesús cobraba en esos momentos. Otra frase similar: Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno. La iglesia pertenece a Cristo y no está regida por el maligno, aunque está en el mundo (1 Juan 5:19). Volviendo a lo dicho por Pablo a Timoteo, descubrimos que hay salvación social, emocional, económica, de muchos tipos: la mujer se salvará engendrando hijos (1 Timoteo 2:15).

    No deberíamos imaginar siquiera que algún creyente en Cristo, redimido por el Señor en la cruz, pueda perderse. Dios no enviará al infierno a quienes ha amado eternamente, así como no sufrirá por aquellos que tiene destinados para la muerte eterna. El caso de Esaú lo demuestra, no dijo Pablo que Dios estaba triste al pensar que Esaú estaba destinado a perdición. Al contrario, esa fue su voluntad desde antes de que fuera concebido (Romanos 9). Nuestro Dios no nos ama un día y otro día nos odia, como tampoco odia en un momento y ama al siguiente. El amor por Jeremías lo definió Jehová como eterno, mismo amor que tiene por cada uno de sus escogidos.

    El Señor conoce sus ovejas y llama a cada una por su nombre; ellas le conocen a él y lo siguen. Jamás se irán tras el extraño, porque ya no conocen la voz de los extraños. El extraño es el del evangelio diferente, el maestro de mentiras, el falso profeta, el que dice paz cuando no la hay. Todo aquel que profesa una doctrina diferente a la enseñada por Jesucristo, se tiene como extraviado, sin el Padre y sin el Hijo; ¿cómo podrá tener al Espíritu? (2 Juan 1:9-11).

    Todos aquellos que hemos creído el Evangelio de salvación que está condicionado en la sangre del Hijo de Dios, cuya justicia nos fue imputada, poseemos un mensaje de confort. Esto forma parte de su gracia eterna, ya que todo el proceso de salvación (desde nuestra regeneración hasta la gloria final) se afianza solamente en el trabajo realizado por Jesucristo. Su célebre frase dicha en la cruz, Consumado es, agranda la esperanza de cada redimido. Lo que Dios hizo se tiene por perfecto, sin que se le pueda quitar un ápice ni aumentar en alguna medida. ¿Quién puede deshacer lo que Jesucristo hizo?

    La culpa y la condenación por el pecado han sido removidas en la cruz, lugar donde se clavó el acta de los decretos que nos era contraria. ¿Quién puede desclavarla? ¿Con qué martillo se podrá superar la intensidad del perdón divino? Nunca más estaremos bajo la ira divina, nunca más bajo su maldición. La paga del pecado es la muerte, pero para nosotros hubo una dádiva superior al castigo: la vida eterna en Cristo Jesús. Si miramos la Escritura desde esta óptica, la del perdón otorgado a cada uno de los escogidos de Dios, ella será miel a nuestro paladar. Nuestra motivación se agiganta hacia la obediencia, en la búsqueda de la gloria eterna. Sabemos que no podemos añadir a esa meta nuestro esfuerzo, porque ya el trabajo fue enteramente consumado; pero sí que podemos procurar nuestra santificación (separación del mundo), haciendo morir lo terrenal en nosotros. Tenemos gratitud por lo que el Señor hizo, de manera que nuestras buenas obras en esta tierra buscan ofrendar en forma fragante al Todopoderoso; jamás buscarán aplacar su ira (que ya no existe contra nosotros).

    El que no ha creído el Evangelio de Cristo no puede comprender la dimensión de esta verdad que anunciamos; para el creyente lo acá dicho puede ser tenido como una palabra de aliento, en medio de estos sequedales de verano que se manifiestan en el pavimento del mundo. Los falsos Cristos, los falsos profetas, los maestros del engaño se multiplicarán en forma notoria en los días finales. Pero no les será posible a ninguno de ellos arrastrar a ninguno de los que fuimos redimidos en la cruz del Calvario, así que solamente engañarán a aquellos a quienes les será enviado el espíritu de estupor, por cuanto no tienen amor por la verdad.

    No se trata de que nuestro talento sea el que nos saca del engaño y de la trampa del enemigo, sino de la preservación que tiene el Todopoderoso en favor de su pueblo. Y os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con ciencia y con inteligencia (Jeremías 3:15). Las doctrinas del Evangelio, que son todas dignas de conocer, vienen como sustento y verdad para los que seguimos a Jesucristo. Nunca vamos a decir como algunos dicen: “Otra vez el tema de la soberanía de Dios”. No lo diremos porque esa es la temática principal de las Escrituras, pintarnos a un Dios soberano en forma absoluta, el que hace todo posible, el que puede enviar cuerpo y alma al infierno pero que por igual puede justificar al impío.

    Nunca cesarán nuestros labios de anunciar esa ciencia y entendimiento que emanan de la palabra de vida, todo lo cual fue divinamente inspirado a los santos hombres de Dios. De la manera como Jehová colocó a David para que apacentase a Israel, lo hace con nosotros hoy día. Tenemos la Escritura en forma completa, y ahora no conocemos solo en parte sino en forma total. Por supuesto, conocemos lo que se nos ha revelado, el consejo de Dios suficiente y necesario para que seamos apacentados con entendimiento. Ya no estamos más bajo el engaño de los falsos evangelios, ni tampoco pertenecemos a los que engañan con vanas palabrerías y huecas sutilezas.

    Sepamos y digamos una vez más, que no seguimos al extraño porque hemos oído la voz del buen pastor (Juan 10:5). Esas son palabras de Jesucristo, dignas de tenerlas por ciertas, aunque multitudes caminen por los senderos del delito espiritual. La gracia preservativa de Dios hace imposible que una sola de sus ovejas llamada por su nombre pueda seguir al extraño.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • ELECCIÓN Y SALVACIÓN

    Un ligamen estrecho existe entre salvación y elección; todos los elegidos alcanzarán salvación, pero sin elección no habrá redención. Esta presunción de causalidad no tolera que el elegido ande abandonado en el pecado, sino que garantiza los medios para el fin propuesto. La Biblia asegura que no existe otro camino para llegar a Dios, sino Jesucristo; al mismo tiempo, el Evangelio resulta imperativo para poder llegar a creer en quien hay que invocar. No podemos invocar a quien no conocemos, ni lo conoceremos si no se nos predicado de él. Un círculo aparece en esta cadena de causas y efectos, los medios para un fin.

    La persona religiosa supone mal cuando cree que la predestinación tolera el pecado. La elección no muestra injusticia en Dios, sino que lo coloca como soberano absoluto de todo cuanto ha creado. Dentro de la economía de la salvación, el desperdicio de la sangre de Cristo no se tolera. Un Dios perfecto ha creado incluso al malo para el día malo (Proverbios 16:4) y permanece airado todos los días contra el impío (Salmos 7:11). El hombre impío peca a diario, vive en la carne y odia a Dios (al verdadero Dios); mientras tanto Dios sigue siendo justo en su naturaleza y su aversión al pecado resulta una constante. Pese a su ira no siempre la manifiesta, ya que soporta con paciencia los vasos de iniquidad preparados para ira y destrucción perpetua (Romanos 9:22), debe tomarse como cierta la afirmación de que su ira se evidencia contra toda injusticia entre los hombres. El silencio de Dios no anula su odio contra la impiedad y contra los impíos irredentos que se muestran separados de su justicia.

    Hemos sido predestinados de acuerdo al propósito de Dios, el que opera todas las cosas según el designio de su voluntad (Efesios 1:11). Nos aguarda una herencia incorruptible, porque el propósito o designio divino no puede ser frustrado en lo más mínimo, ya que su soberanía permite el control absoluto de todas las circunstancias que nos circundan, todo lo cual ha sido ordenado de acuerdo a su voluntad. El más pequeño átomo del universo no actúa en forma azarosa, sino que permanece dominado bajo la voluntad divina.

    Los seres humanos hablamos de azar, un eufemismo para designar las variables que desconocemos. Pero Dios no solamente conoce todo sino que ha ordenado cada evento según el designio de su voluntad. Esa idea del Dios absoluto nos suena extraña en un mundo obligado a tomar decisiones a diario, con personas que se arrogan una libertad que no existe. Sin libre albedrío, dicen los de la religión, no puede existir responsabilidad. La Biblia afirma lo contrario: frente a un Dios Todopoderoso la criatura debe sujeción a su Creador. ¿Dónde estabas tú cuando Dios creaba el Universo? ¿Te consultó en alguna manera para traerte a este mundo?

    El fin de la predestinación consiste en que seamos para alabanza de la gloria divina (Efesios 1:12), en su gracia y bondad, de manera que se nos adopte como sus hijos, perdonados en Cristo, justificados por medio de la fe dada a nosotros (Efesios 2:8), el nuevo nacimiento y la salvación final y eterna. Todo de gracia, nada por obras, no vaya a ser que nos gloriemos en nosotros mismos. Por esa razón el creyente realiza todas sus actividades con el fin de darle gloria al Señor, bajo el conocimiento de su Evangelio.

    Resulta imposible que el verdadero creyente desconozca el Evangelio de Jesucristo. En el nuevo nacimiento el Espíritu viene a morar en nosotros, como una garantía de la redención final. Esa Persona nos conduce a toda verdad, no nos deja huérfanos ni en la ignorancia de la buena noticia. Por lo tanto, se deduce que el verdadero creyente no confesará jamás un falso evangelio ni seguirá al extraño (Juan 10:1-5). En ese sentido, cobra vigencia la palabra de Isaías: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). ¿Cómo puede alguien ser justificado si ignora a ese siervo justo?

    Resulta lógico entender que el incrédulo no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios, porque le parecen una locura. Pero el creyente tiene ese Espíritu y puede discernir todo lo concerniente al Altísimo, de manera que la confesión de un falso evangelio lo delataría como un falso creyente. Así que resulta imposible seguir al extraño, como imposible el que el hombre de pecado engañe a los escogidos. En cambio, los que se profesan creyentes en forma externa no aman la verdad, por lo cual Dios les envía un espíritu de estupor o engaño para que crean a la mentira y terminen de perderse.

    Quiso Dios salvar al mundo por medio de la locura de la predicación, pero en esa locura está el contenido de la elección o predestinación. A algunos esto les parece injusto, incluso han tratado a Dios de diablo o de tirano; otros aseguran que la predestinación no es otra cosa sino el descubrir de Dios al mirar en el tiempo, viendo quiénes eran los que iban a recibir a su Hijo. Esto contradice la Escritura, pues ella asegura que Dios miró entre los hombres para ver si había algún entendido que lo buscara y encontró que ninguno lo buscaba, que no había justo ni siquiera uno solo, ni quien hiciera lo bueno; todos estaban muertos en sus delitos y pecados, excepto aquellos a quienes Él ha otorgado nueva vida en Cristo.

    Los que primero esperaron en Cristo fueron los miembros del pueblo de Israel, a quienes se les había anunciado en el mundo antiguo que vendría el Mesías. Cuando Cristo vino a ellos algunos lo recibieron con alegría y esperanza, los cuales también son llamados elegidos o predestinados. Pero muchos lo rechazaron y en esa caída vino la apertura para el mundo gentil o pagano. A aquellos judíos de antes fue predicado el Evangelio, para beneficio de los que creyeron. Esto quiere decir que no confiaron más en su propia justicia sino en la de Cristo, que comprendieron que la ley no pudo salvar a nadie sino que ella llegó a ser el Ayo que lleva a Cristo. Por medio de la ley se comprende el pecado, de forma que el hombre entenderá que no puede cumplirla en todos sus mandatos. La maldición que de ella deriva cae como una roca que sepulta el alma, a no ser que el individuo comprenda la enseñanza del Padre: que Jesucristo es la roca sobre la cual hay que caer, para que ella no nos caiga encima y nos aplaste.

    Cristo es la justicia de Dios que justifica al impío, pero los maestros de mentiras enseñan a un Cristo universal que está deseoso por salvar a cada criatura humana, sin excepción. De esa manera exhiben a un Mesías frustrado porque la criatura humana no lo recibe, por lo cual muestran ignorancia de las Escrituras que dicen que el Señor no rogó por el mundo sino solo por su pueblo: los que el Padre le dio y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de aquellos primeros creyentes (Juan 17).

    Nosotros, judíos y gentiles, hemos llegado a creer y confiar en esa justicia llamada Jesucristo. La promesa del Evangelio corresponde a todos los que el Señor llame en forma eficaz, para que seamos participantes de una misma salvación. Nadie podrá jactarse en la presencia del Señor, como si acertó mejor que su vecino, como si Dios lo hubiese llamado por mirar en cualidades positivas que poseyese. Desde la perspectiva humana hemos tenido suerte (Efesios 1:11, versión antigua de la Biblia). Ahora se habla de herencia, lo cual no está mal si tomamos en cuenta que los términos suerte y herencia refieren a los turnos del sacerdocio antiguo. Una palabra que porta dos significados, pero cuyo étimo nace del nombre de una piedra pequeña que se usaba para lanzar la suerte de esos turnos. Por lo tanto, nosotros tuvimos la suerte de que Dios nos hubiera predestinado para salvación en Cristo. No decimos que Dios echó suertes, sino que desde nuestra óptica esa gracia y herencia dadas son una verdadera suerte que nos ha tocado.

    De nuevo insistimos, el que hizo el fin dio también los medios. Una persona predestinada para salvación lo está por igual para que oiga el verdadero Evangelio. No puede el falso evangelio redimir a una sola alma, así que los que se ufanan de haber militado en el evangelio del extraño (una teología contraria a la enseñada por Jesús) y de haber sido salvados desde entonces, nada han entendido de la relación de la causa con el fin. La palabra de la salvación es la que enseñaron los apóstoles junto a su Maestro, no la que tuercen aquellos para su propia perdición.

    Conocer el verdadero Evangelio viene como fruto necesario de la regeneración que da el Espíritu de verdad: no puede ese Espíritu de verdad dar un fruto de una doctrina de mentira. Por lo tanto, el Señor manda a arrepentirse de las obras muertas, exigiendo la permanencia en su doctrina para evitar el extravío. El que se va tras el extraño no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9-11; Juan 10:1-5). Esa claridad con la cual habla la Biblia conviene tenerla presente para poder juzgar los espíritus y ver si son de Dios. El que no muestra este fruto del árbol bueno, no ha nacido de nuevo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • CONSIDERA MI GEMIR (SALMO 5)

    El salmista le dice a Jehová que considere su gemir, cuando de mañana se presente para esperar a Dios. Nuestro Dios no se complace en la maldad, si bien azota a todo el que tiene por hijo; a veces nuestras penas vienen como parte de alguna corrección, para alejarnos de la impiedad y de la compañía íntima de los impíos. David insiste en que el malo no habitará junto a nuestro Dios, por causa de su insensatez. Esto deriva en una primera síntesis: la sensatez debe ser el factor común en cada creyente. El conocimiento del siervo justo impera para poder ser justificado (Isaías 53:11). Por supuesto, acá estamos claros en que tal conocimiento de ese siervo viene como consecuencia del nuevo nacimiento.

    Podemos oír acerca de Jesús, de su obra en la cruz, pero, si hemos sido movidos por el Espíritu Santo para creer en ese Redentor, de seguro su guía a toda verdad nos coloca en la comprensión de las enseñanzas del Señor. Ese siervo justo vino a traer la justicia perpetua a todos los que representó en la cruz, de acuerdo a las Escrituras. En Mateo 1:21 leemos que hubo un sentido específico para colocar el nombre al niño por nacer, ya que con ese nombre identificaríamos su oportuno y cierto trabajo: salvar a su pueblo de sus pecados. Judas quedó por fuera de esa expiación, como también quedaron de la misma forma Caín y el Faraón de Egipto. Cada réprobo en cuanto a fe tiene su condenación cierta, pero cada oveja irá al buen pastor en el día de su llamamiento eficaz.

    Dios aborrece (odia) a todos los que hacen iniquidad, por igual destruye al que habla mentira. Esa mentira viene como concepto amplio, de forma que podemos incluir en ella la mentira doctrinal. Quizás esta sería la mayor estafa, el discurso de los falsos maestros. Claro está, estos son los guías de ciegos que llevan a perdición como pastores del rebaño de cabras. Nosotros, los redimidos, miramos al santuario donde mora el Señor, en cada corazón del creyente.

    El salmista ora para que Dios lo continúe guiando en su justicia, ya que posee muchos enemigos. Nuestros enemigos son numerosos, como numeroso es el pueblo de Satanás. Él es rebelde y contradictor, se opone a todo lo que tenga que ver con el Dios de las Escrituras; pero para eso él fue levantado, con el propósito de llevar a cabo una obra maligna que en alguna medida glorifica el nombre del Señor. En realidad el Señor venció a Satanás en la cruz, de manera que exhibió su éxito ante las potestades espirituales y llevó cautiva la cautividad (Efesios 4:8; Colosenses 2:15). El castigo eterno es parte de la recompensa que tendrán los impíos que se gozan en la mentira, desdeñando la verdad.

    En la boca de nuestros enemigos no hay sinceridad, sino que su garganta es un sepulcro abierto (Salmos 5:9; Romanos 3:13). David pide castigo para ellos, nosotros debemos unirnos con la misma intención. La venganza no nos pertenece, pero sí que nos ocupa la tarea de la oración. Existe una justicia poética a lo largo de la Biblia, en los Salmos se puede contemplar con insistencia (caigan en sus propios lazos). Acá dice el salmista que caigan en sus propios consejos (Salmos 5:10). Lo que traman les acontece, sus trampas se revierten, sus espadas entrarán en sus mismos cuerpos.

    El impío cava un hoyo pero en él caerá, la horca preparada para Mardoqueo sirvió para colgar al perverso Amán, el instigador. Sucede con frecuencia que nos incomodamos porque nos parece retardado el momento en que nuestros enemigos serán consumidos, queremos celeridad pero Dios nos muestra que Él también ha soportado con paciencia los vasos de ira preparados para el día de la ira (Romanos 9: 22). Que sus consejos se conviertan en sus ruinas, en locuras que les vendrán como justicia poética. El que no posee la justicia de Dios que es Jesucristo, caerá en sus pecados de manera perpetua, siendo depositado en el fuego que no se consume. Allí será el lloro y el crujir de dientes, allí no habrá esperanza sino que la ira divina será derramada sin alivio.

    Los que se burlan de la idea del infierno deberían pensar con reflexión; ¿acaso no sufrimos a veces cuando tenemos una pesadilla? Es un simple sueño pero nos despertamos sofocados, angustiados solamente por haber soñado algo terrible. Ese gran susto aconteció en nuestra mente, sin que tuviésemos conciencia de nuestro cuerpo, por lo cual sabemos que Dios puede hacer permanecer en la angustia del fuego a cualquier mente o alma creada. Pero hay más, Jesucristo nos dijo que temiéramos a aquel que tiene el poder de echar nuestros cuerpos y nuestras almas en el infierno de fuego (Mateo 10:28).

    Sucede, sin embargo, que dentro de la variada gama de apostasía que existe hoy día está la negación del infierno de fuego. Diversos son los argumentos que se dan en contra, pero la realidad está pavimentada con palabras de Jesucristo. Ese mensajero del amor de Dios vino a traer juicio a esta tierra, a advertirnos del castigo por venir y a salvar a su pueblo de sus pecados. Todos aquellos que se extravían al no permanecer en la doctrina de Cristo, caminan sin Dios y su rumbo será de perdición (2 Juan 1:9-11).

    Como contrapartida del malestar generado por los impíos, el salmista nos llama a la alegría por la confianza en el Señor. Nos dice que demos voces de júbilo para siempre, por la sencilla razón de que Dios nos defiende. ¿Cuántas veces no hemos sido librados del lazo del cazador? Hemos sido favorecidos a pesar de la lengua de los impíos, hemos recibido el favor de la protección del Dios Eterno, como si fuese nuestro escudo, por haber recibido el beneficio de la justificación.

    ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:34). El creyente se tiene como vencedor por medio de aquel que lo amó. No existe mayor amor que el que un amigo nos haya dado su vida por nuestros pecados, así que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8:38-39).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • SENTADOS EN LUGARES CELESTIALES

    Pablo afirmó que ya estamos sentados en los lugares celestiales (Efesios 2:6-7), en la figura de la entrada de Cristo a los cielos. Jesucristo tomó posesión de todo su pueblo, el que fue amado desde antes de la fundación del mundo; de esta manera la Biblia habla del amor eterno del Padre, el cual nos prolonga su misericordia. En esos cielos nos prepara un lugar, un refugio o habitáculo para cada uno de los elegidos, por lo cual ya estamos sentados en esos espacios. Honor, placer y reposo, un sitio escogido para cada uno de sus hijos, junto con Jesucristo.

    Esa afirmación apostólica habla de la certitud de ese hecho, en virtud de que el Señor nos representó en el madero. Al habernos amistado con el Padre, aquel amor eterno fluyó sin detención, continuará fluyendo hasta obtener la redención final. Nuestro estatus hace referencia a un linaje escogido, a un real sacerdocio, a la amistad con Jesucristo, por la benevolencia de su trabajo consumado. ¿Quién nos separará del amor de Dios? ¿Quién nos condenará por algún pecado? El Espíritu habla a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, coherederos con Cristo, para que no nos olvidemos de nuestra ciudadanía.

    Ciudadanos de los cielos y extranjeros para el mundo, seguimos en vida bajo el atropello de los que nos odian. Esa realidad forma parte de nuestra persecución diaria, continua, como fiel reflejo de que el mundo odia a Cristo y ama lo suyo. Por esa razón amamos al Señor y aborrecemos el mundo, si bien anunciamos el evangelio en obediencia a nuestro mandato recibido, para que el resto de los elegidos llegue al conocimiento pleno de la verdad. Los réprobos en cuanto a fe no se salvarán, sino que recibirán más castigo por haber oído la verdad y haberle mostrado repudio.

    La Biblia asegura que Dios envía un espíritu de estupor (engaño) para aquellos que se deleitan en la mentira y no sienten amor por la verdad; pero a nosotros nos ha dado el Espíritu de verdad, para que nos recuerde todo aquello que Jesucristo enseñó. La doctrina de Jesús es el cuerpo de enseñanzas en la cual se esmeró en prodigarnos por medio de sus apóstoles. Los escritores bíblicos recogieron lo que en la providencia divina les fue mostrando, respecto a las riquezas espirituales con las que fuimos favorecidos.

    Muchos falsos maestros han salido por el mundo para enseñar falsas enseñanzas, de manera que el camino de la verdad sea blasfemado. Los falsos Cristos intentarán engañar a muchos, si fuere posible, aún a los escogidos. No les será posible jamás, ya que las ovejas del buen pastor le seguimos sin nunca irnos tras el extraño, puesto que desconocemos su voz (Juan 10:1-5). El futuro condicional de esa frase de Jesús en Mateo 24 (si fuere posible) revela que se refiere a un hipotético por naturaleza gramatical imposible, ya que nuestra elección firme se sujeta al amor eterno del Padre. Sin embargo, debemos estar alertas y vigilantes para denunciar el engaño de los apóstatas, de los maestros de mentiras, de forma que por nuestras palabras brille más la enseñanza de Jesús.

    Jesús salvará a los que le obedecen, dice el autor de Hebreos. Sin duda, él mismo dijo que si le amábamos guardaríamos sus mandamientos. Pecar forma parte de nuestra condición natural, como bien lo ilustró Pablo en Romanos 7; estamos vendidos al pecado (verso 14), una ley en nuestros miembros nos da a entender que el mal todavía mora en nosotros (verso 18, 20, 23). Por esta razón, el apóstol Juan en una de sus cartas nos asegura que si hemos pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Si confesamos nuestros pecados, él (Jesús) es fiel y justo para perdonarnos. Si decimos que no tenemos pecado, le hacemos a él (Jesús) mentiroso. Pero ya el creyente no practica el pecado, una verdad que nos alienta (1 Juan 3:9).

    El Espíritu se contrista dentro de nosotros si pecamos y no nos apartamos de esa mala actitud y conducta, para hacernos sentir mal en nuestro interior. Por esa razón Pablo escribió que no podíamos vivir más en el pecado (Romanos 6): ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera… Hemos muerto al pecado, pero todavía estamos en el mundo y tenemos raíces heredadas de Adán. El pecado no genera la gracia, sino la ira de Dios; solamente que Dios quiso magnificar su gracia ordenando a su Hijo como Redentor de todo un pueblo escogido. Así que no provoquemos a ira a nuestro Dios, como si mientras más pequemos más gracia obtendremos, ya que su ira se enciende y azota a todo aquel a quien tiene por hijo.

    No caminemos como los muertos en el pecado, sino andemos como los que hemos muerto al pecado. Hemos sido santificados (separados del mundo), por lo tanto el pecado no es más nuestro negocio, aunque a veces solemos caer por su atractivo y por las raíces naturales que todavía nos vincula a esa oscura realidad (Romanos 7). Precisamente, por estar muertos al pecado podemos darnos cuenta de lo horrendo que es pecar. El mundo peca en forma habitual y apenas siente dolor por el castigo social o privado que sus malas acciones generan cuando son descubiertas; tal vez alguno puede tener remordimientos de conciencia, como le sucedió a Judas Iscariote. La información sobre la vida cristiana puede generar remordimiento en aquel que comprende y gusta un poco las cosas celestiales, pero jamás podrá aborrecer el pecado como aquel que ha muerto al pecado mismo.

    Ciertamente, las cosas concernientes al Espíritu de Dios han de ser discernidas con ese Espíritu, pero el mundo no lo tiene y por lo tanto no comprende los asuntos y negocios de Dios. Para el mundo resulta una locura que un creyente rechace ciertas oportunidades lujuriosas, económicas, de provecho temporal, en nombre de la fidelidad a Jesucristo. La burla puede surgir de momento contra el creyente que se aparta del mal, pero el hijo de Dios suele comprender que el amor de Dios lo ha embargado de tal manera que ahora desea agradar al Señor. Eso ha de verse como un claro indicio de haber muerto al pecado.

    Vivir en el pecado significa seguir los dictados de la naturaleza corrompida y pecaminosa. Podemos caer pero seremos sostenidos de nuevo por el Señor, de muchas maneras, hasta lograr mortificarnos por las caídas sucesivas. El mundo, por el contrario, siente las delicias del pecado y las computa como ganancia. Su fin será la muerte del espíritu, la condenación del alma, la pérdida en la vanidad de la vida. Muchos caminos le parecen buenos al hombre del mundo, pero su fin es de muerte; el diablo ofrece mucho, da poco y quita todo. Sí, Satanás es todavía el príncipe de este mundo, si bien Dios redime a sus elegidos por medio de la predicación del evangelio de verdad.

    Como Dios es eterno y no se afecta por el tiempo, para Él ya todo está consumado de acuerdo a sus planes inmutables. Por esa razón Pablo escribió que estamos sentados en los lugares celestiales, con Cristo Jesús. La próxima vez que seamos enredados en la tentación o en la caída, contemplemos esa frase apostólica para sacarle el máximo provecho. Dios ya nos ve junto a Cristo en los cielos, para que corramos a sus brazos y nos lavemos los pies porque ya fuimos limpiados en la sangre del Hijo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • DOS LADRONES

    El lugar de la crucifixión ha sido llamado el del Calvario, el de la Calavera, que en griego es el Gólgota, el sitio de la calavera.  Estos elementos del nombre donde fue crucificado el Señor son por demás ignominiosos y pasan a sumarse a sus sufrimientos.  Sin embargo, cuando el Señor triunfa en la pasión y la resurrección su victoria alude a la simbología del sitio donde fue sacrificado, al sitio de la muerte.  Triunfó sobre la ignominia misma, sobre la calavera como símbolo de la muerte. 

    Jesús fue crucificado con un ladrón a su derecha y otro a su izquierda, para significar con ello que él parecía como uno de los dos compañeros de muerte.  Se cumplía la profecía de Isaías, que sería nombrado con los transgresores.  La barbarie romana en el sacrificio del madero, dejado especialmente para las ejecuciones a criminales, es un crimen en sí mismo.  Esa salvajada constituyó una simple manifestación de la naturaleza humana.  Lo hicieron no porque eran romanos, pues podrían haber sido de cualquier nacionalidad,  sino porque estuvieron inspirados en su propia naturaleza, la naturaleza del hombre, aquello que queda dentro de nosotros como símbolo de la muerte en el pecado.  La naturaleza humana está fenecida en delitos y pecados y desde esa muerte actúa, como se ha demostrado por el salvajismo de las guerras y la crueldad de los imperios.  No hay un imperio honesto, sano, amigable, sino el inspirado en la rapiña, en la esclavitud para el vencido, como una patente del vencedor.  

    Cuando recordamos una de las pruebas hechas por Satanás a Jesús, especialmente cuando le pidió adoración a cambio de los reinos de la tierra, entendemos por medio de las respuestas de Jesús que esos reinos le pertenecen al príncipe de este mundo.  El rey de Babilonia, el príncipe de Persia, y muchos otros nombres que aluden al control de Lucifer sobre el gobierno del mundo, nos recuerda que el ofrecimiento a Jesús no le fue objetado.  Le fue objetado solamente la petición de adoración.  Con esto quiero estimar que tanto Roma, como todos los reinos anteriores, los que le siguen hasta nuestros días y los que falten hasta la consumación de la venida de Cristo, son controlados por la mano de Lucifer.  De manera que no puede haber un imperio bueno, honesto, pacificador, pues la naturaleza humana, envuelta en delitos y pecados, no deja ver la piedad en el actuar del hombre en la tierra.  Los príncipes del mundo son marionetas de Satanás.  Eso no quiere decir que el Dios soberano no tenga el control total de todos ellos, simplemente que ordena esa naturaleza humana para completar sus propósitos eternos.

    Las personas en torno al sacrificio de Jesús en el Gólgota estaban en su mayoría disfrutando de un espectáculo.  Parte de ese escándalo consistió en recordarle a Jesús que como Hijo de Dios había salvado a muchos, pero que no se podía salvar a sí mismo.  Eran proposiciones irónicas, pues si realmente le hubieran reconocido como Hijo de Dios no habrían hecho esa burla con esas frases. 

    Según el derecho judío, no podían ser ejecutadas dos o más personas el mismo día, pero la crucifixión y la justicia allí eran romanas, y quizás por la comodidad de no repetir más ejecuciones, o por hacer más ejemplar la pena, los romanos permitieron que esto sucediera. Sin embargo, no era otra cosa sino el cumplimiento de la profecía: fue contado con los malhechores.

    Agustín de Hipona dijo una vez referente a este hecho de la crucifixión que la misma cruz fue el tribunal. Puesto en medio el juez, uno, que creyó, fue absuelto; otro, que insultó, fue condenado. Con esto significaba lo que ha de hacer de los vivos y de los muertos, colocando unos a la derecha y otros a la izquierda.

    El ladrón que en principio le injurió, pero que después tomó conciencia y cual hijo pródigo emprendió su camino de regreso a casa, recriminó a su colega, el malhechor que continuaba con sus sarcasmos y no respetaba el sufrimiento de un hombre inocente.  Ese ladrón reconoce a Cristo como el Señor, el que vendrá como Rey de reyes, por lo cual le pide humildemente que se acuerde de él cuando venga en su reino. 

    Hay un texto en el Nuevo Testamento que hace alusión a una mujer con dos hijos, los cuales servían a Jesús.  Esta mujer se adelantó a otras madres y le dijo al Maestro que cuando él instalara su reino colocara a cada uno de sus hijos a su lado, uno a la derecha y otro a la izquierda. Esta mujer mostró parte de nuestra naturaleza contaminada. No era consciente todavía de la naturaleza del reino de Dios, de la naturaleza de la gracia divina que ha alcanzado a los elegidos para salvación.  Ella pedía algo muy especial, pero que delataba la bajeza de nuestras pretensiones: hacía una solicitación para conseguir algo que deseaba su alma ambiciosa, se imaginaba que tenía algún derecho bien o mal fundado sobre el servicio que sus dos hijos habían prestado al Maestro. Tenía una ambición desmedida al suponer que si llegaba primero que otros, y proponía al Maestro su petición, tendría el derecho por ser la primera en hacerlo. A veces escuchamos a personas que argumentan que han servido al Señor muchos años y que ellos merecen tener ciertos privilegios particulares, fundamentados en el argumento de la cantidad del tiempo de servicio prestado.

    Pero el ladrón en la cruz, ante la inminencia de la muerte, ante la realidad de su castigo eterno merecido por sus muchos males cometidos, se aferró apenas a una esperanza en el Dios que da la vida y el perdón.  Con mucha humildad logró decirle al Señor que se acordara de él cuando viniera en su reino.  Solamente pedía eso: que se acordara que él había sido crucificado por sus culpas merecidas, que él le había reconocido como al Señor, que había entendido que la inocencia de Jesús no merecía semejante castigo.  No entendió mucho más, no tuvo mucho tiempo para teologizar el evento que estaba viviendo, ni tiempo para bautizarse o tomar la cena del Señor, pero en su más recóndita humildad pidió solamente un acto de misericordia, no un derecho.  Pidió que el Señor se acordara de él cuando viniera en su reino.

    Esa petición de misericordia bajo el estatus de humildad fue suficiente para conseguir una respuesta de gloria. El Señor le dijo inmediatamente que hoy estaría en el Paraíso. Esa petición en la más profunda humildad consiguió arrebatarle al Señor demasiadas cosas.  Fue el último ´robo` del ladrón, solo que esta vez arrebataba tesoros escondidos en los cielos.  Logró la promesa de parte del Fiel y Verdadero, de que estaría desde ese mismo día en el Paraíso, no en el Hades donde están los condenados, donde está el rico de la parábola relatada por Jesús;  logró arrebatarle a Jesús en el último momento de la existencia del Maestro en la tierra como cordero pascual una visión teológica del destino de las almas.  Ya el Señor lo había enseñado en la parábola del rico y Lázaro, pero en este momento frente a la muerte lo confirmaba, y le prometió que su alma estaría separada de aquellas almas condenadas, en el Paraíso, el lugar de los bendecidos. Esta manifestación teológica, patentizada en medio del dolor del sacrificio del martirio del madero, confirma a todos los creyentes que cuando mueran tendrán igualmente, cual el ladrón de la cruz, un espacio, una morada el el Paraíso con Jesús. 

    Apocalipsis 2:7 nos ofrece una esperanza similar:  El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.  Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios. Si nuestro precursor Adán allí tuvo su primera morada, en el segundo Adán (Cristo) hemos sido restaurados a la residencia celestial, con Cristo en medio nuestro.  Por eso el Señor oró en el Getsemaní, la oración previa al sacrificio y a su arresto, para pedir al Padre que aquellos que le había dado, estén con él, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. Además, en esa oración Jesús mismo definió la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado (Juan 17). También Pablo confirma nuestra presencia en ese Paraíso cuando expresa que para él el vivir es Cristo pero el morir es ganancia.  Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor (Filipenses 1:23). 

    Lo curioso de este acto de humildad del ladrón ante Cristo es que el Señor no miró la hoja de vida del enjuiciado, no le recordó sus miserias, sino que lo redimió y a través de lo que le dijo nos informó a nosotros, mucho antes de que el apóstol Pablo lo dijera, que la muerte en Cristo nos llevaría inmediatamente al Paraíso. El apóstol Pablo no dijo estar en un sueño o sumergido en la inconsciencia, a la espera del día de la resurrección. Dijo que tenía el deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor que estar en esta carne.

    ¿Ni aún temes tú a Dios estando en la misma condenación? Esas palabras recriminaban al ladrón que continuaba con sus injurias y sarcasmos.  Barnes (Comentarios de la Biblia) afirma que esta ´misma condenación` se refiere a la muerte similar que los tres estaban padeciendo.  No se refiere en ningún momento a la muerte por la misma causa o razón, sino al mismo ´tipo´ de muerte física.  Sabemos que la muerte de Jesús fue muerte de sacrificio por nuestras culpas, pero la muerte de los dos ladrones era una muerte por sus culpas, y bajo la ley romana era una muerte merecida. 

    Si bajo la ley romana la crucifixión era el pago a los que habían quitado la vida a otros, a los que habían sido asaltantes, violadores y rebeldes, bajo la ley divina el castigo eterno sería una suposición lógica y teológica.  No obstante, Jesucristo nos muestra con su ejemplo del perdón al ladrón arrepentido, además de su oración magistral Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen, que el criterio de justicia ha sido invertido.  Los romanos con su lógica jurídica buscaban reivindicación con el martirio; Jesucristo, el mártir inocente, buscaba el perdón para sus asesinos.  Era su opuesto y ejemplificó una conducta.  El perdón a los enemigos vino a constituir una nueva norma del hacer, ya antes anunciada en el Sermón del Monte.  Hubiese sido más fácil y lógico suplicar al Padre por justicia reivindicativa, pero quizo Jesús rogar por el perdón de esa gente engañada que le martirizaba.  Quizás la conducta que mostraba Jesús en medio de los actos de burla, de dolor, de pena máxima, sedujo al ladrón al arrepentimiento. Lo sedujo como al profeta Jeremías: Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste… (Jeremías 20:7).

    De manera que Jesús en medio de dos ladrones nos enseña la tarea del perdón para con nuestros enemigos.  En vez de dar maldiciones cuando somos sorprendidos por el maltrato que se nos hace, por las injusticias que se nos comete, la palabra de bendición debe alinearse en nuestra boca para ser proferida hacia todos aquellos que nos  causan males.  Esa fue para Jesucristo su terapia en medio del dolor, dejar rebosar de amor su alma y no dejar acercar al odio que predispone más hacia el dolor. Es revelador que de las llamadas siete palabras, o siete expresiones, manifestadas por Jesús en el madero del monte de la Calavera, la primera de ellas fue la del perdón. Ella constituye por sí misma el propósito fundamental de su muerte: la compra bajo el precio de sangre del perdón del Padre para con la humanidad. Nuestro perdón fue comprado y Jesús al hablar con el Padre nos recuerda, con esa plegaria al iniciar su plática en la cruz, que su muerte es vicaria, sustitutiva, que él es el Cordero de la pascua; nos anuncia que su obra empieza a consumarse con ese sacrificio, pero nos predica la misma esperanza que le fue mostrada al ladrón que estaba a su lado.  No importan los tipos de delitos cometidos; no importa si fuimos incluso los asesinos de Jesús (ese sería el delito máximo); no importa si la justicia humana nos ha condenado y nos ha convencido de que debemos padecer por nuestras culpas (como había convencido la justicia romana al malhechor que estaba a su lado); lo único que importa es el anuncio del perdón por la autoridad para el perdón.  Jesucristo, el Cordero de la pascua anunciada, ha hablado su primera palabra, la cual sería el encabezamiento de su discurso en el programa establecido desde los siglos para su sacrificio. 

    Es como si con ese breve enunciado se pudiera ayudar a nuestra memoria olvidadiza, para advertirnos que el objetivo de su muerte era comprar nuestro perdón al Padre.  Por eso Jesucristo encabeza sus palabras con esa petición y con ese argumento: Padre perdónalos –es su petición; luego el argumento: porque no saben lo que hacen.  Porque tienen un velo en la mente, en el espíritu y no entienden lo que hacen, pues si hubieran entendido no lo habrían sometido a ese dolor.  Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria (1 Corintios 2:7-8).

    Pero el razonamiento del ladrón que no alcanzó el perdón lo llevó a su propia perdición.  Si tú eres el Cristo fue su plegaria, una proposición condicional cargada de razonamiento lógico, pero que implicaba duda acerca de la autoridad de Jesús.  Si tú eres el Cristo como tú mismo has dicho, como muchos han dicho de ti, entonces paso a proponerte el mejor negocio para ambos.  Primero que nada (y aquí viene la persuasión lógica de esa proposición) sálvate a ti mismo. Ese fue el mejor razonamiento que pudo tener en el momento de la muerte; con ese razonamiento de seguro se había conducido en toda su vida.  Si otros tienen tanto, yo les puedo quitar un poco.  Si a otros se les hace fácil la vida, yo se las voy a complicar un poco. Yo soy el razonador, yo soy el vindicador.  Por eso se le hizo fácil pensar de esa manera en ese momento de angustia y tránsito hacia el más allá.  Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo.

    Es lógico suponer que una vez que Jesús estuviera a salvo podría agradecerle por sus palabras cargadas de lógica y le recompensaría salvándole a él.  Como si Jesucristo no lo supiera, y no se acordara de que él era el Cristo; como si una sola palabra suya no hubiese bastado para que el Padre hubiere enviado a doce legiones de ángeles para favorecerle. Pareciera que ese ladrón razonador pretendió darle explicaciones a Jesús de cómo tenía que gobernar el mundo. Nos recuerda nuestros ocultos pensamientos y los pensamientos nada ocultos de los que piensan igual que el malhechor no perdonado:  Si Dios es amor ¿por qué permite tanto dolor en el mundo?  Si Dios es justo ¿por qué tanta maldad por doquier?  Siempre el si condicional, nunca el sí afirmativo.  Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y luego sálvanos a nosotros.  Esta terrible proposición lógica encierra la peor crítica al evento sacrificial de Jesús.  Presupone que un Dios todopoderoso, el Mesías esperado, debe ser capaz de evitarse a sí mismo semejante dolor; presupone que en consecuencia la liberación debe ser no solamente para el ladrón razonador sino para todos por igual, pues habla en nombre de nosotros.  Sálvanos a nosotros.  Sin embargo, el ladrón que se humilló habló por él mismo, no colectivizó, por lo cual dijo acuérdate de mí.  Por eso Jesús le respondió a este ladrón que hoy estaría con él en el Paraíso, pero  al que siguió injuriándole no le respondió nada. 

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • LA MUERTE EN EL MADERO

    Hay personas que cuando se acercan a las Escrituras, y descubren esa sabiduría de la que hablara Pablo, empiezan a enojarse porque esa salvación no se ha hecho extensiva para toda la raza humana. Se instauran en el valor social del nosotros, como hizo uno de los malhechores de la cruz.  Eso no es más que una semilla que cayó en un suelo donde sólo se le permitió un pequeño brote, para perecer por causa de la tierra que no estaba suficientemente abonada. La salvación no es colectiva sino personal, y aunque uno más uno vayan haciendo el grupo, hasta convertirnos en una gran multitud de millones y millones, esa cantidad se cuenta a lo largo de la historia. 

    El relato bíblico de la muerte del Hijo de Dios en un madero, en medio de dos malhechores, nos puede conducir a una gran variedad de reflexiones. Podríamos resumir el relato de la crucifixión bajo una especie de resumen general. Sería bajo un epígrafe o título que sugiera las inferencias o implicaciones puestas de manifiesto en esa historia bíblica. Esa síntesis la podríamos nombrar como Teología derivada de la muerte en la cruz.

    Teología derivada.

    A- La caída de algunos dogmas asumidos en la historia de la iglesia cristiana, por ejemplo, el sacramento del bautismo no es un imperativo para la salvación, ya que el ladrón arrepentido no tuvo tiempo de bautizarse. B- La comunión o cena del Señor como sacramento eclesiástico, dado que el ladrón arrepentido no tuvo tiempo de tomarla. C- El mito del purgatorio, en virtud de la sentencia: hoy estarás conmigo en el Paraíso, la cual deja por fuera cualquier suspicacia o duda en torno a lo que sucede a los creyentes inmediatamente después de la muerte. D- La doctrina de la universalidad, que sugiere que todos se salvan, queda deshecha al mirar al ladrón no arrepentido, a quien Jesús no le prometió nada. E- La tesis de algunas sectas que sugieren que el alma entra en un estado de reposo o sueño después de la muerte. Lo que Jesús pregonó fue un estado de conciencia plena, al prometer que hoy estaría con él en el Paraíso. Estar con Jesús supone entrar en la vida eterna, en el conocimiento del Padre –el único Dios verdadero- y de Jesucristo –a quien el Padre ha enviado (Juan 17).  Esto implica que para conocer al Padre y al Hijo dentro de la vida eterna, y para estar con Jesús en el Paraíso, se necesita un estado de conciencia manifiesta y no un sueño profundo.

    El plan de salvación mostrado por Jesús demuestra su simplicidad, sin reglas ni etapas, ni exámenes catecúmenos. El ladrón fue movido a tomar conciencia acerca de quién era Jesucristo, de sí mismo en cuanto a su pecado y a suplicar con humildad el que el Señor se acordara de él. La motivación para acudir a Jesús no siempre viene de la iglesia o de la predicación hecha por los santos de la iglesia.  En este caso vino de la burla del colega del ladrón, burla que sirvió como ocasión para que el malhechor arrepentido recriminara esa conducta hostil. Cuando no haya quien predique, las piedras hablarán, para que los que hayan de escuchar oigan la palabra.

    El testimonio de Jesús en medio de su dolor y pasión sirvió como causa de admiración y de reconocimiento para el ladrón arrepentido. Esto forma parte de la sabiduría oculta, predestinada desde los siglos, descrita por el apóstol Pablo. Tampoco pudo hacer el ladrón que se arrepintió obra buena alguna, como mérito para heredar la vida eterna: su única obra fue haber aprendido del Padre para ir al Hijo, como lo testimonia el evangelio (Juan 6:45). Él creyó en su corazón y confesó con su boca, movido por el Espíritu Santo quien es el que da el nuevo nacimiento. No tuvo que someterse a hipnosis privada o colectiva, bajo un estado de inconsciencia, sino que lo hizo con toda su mente. Por las Escrituras sabemos que a los elegidos el Padre siempre le da la oportunidad de manifestar su creencia y su fe en Jesucristo, por cuya razón sabemos de aquel malhechor de acuerdo a lo que se escribió. Su confesión fue directa ante el Señor, sin intermediarios, bajo la providencia de Dios, dando a entender con su confesión que Jesucristo era el único Mediador entre Dios y los hombres (acuérdate de mí cuando vengas en tu reino).

    Dentro de la teología derivada de este suceso de la cruz, se manifiesta que las ovejas oyen la voz del buen pastor y le siguen. Aunque los cabritos se parezcan a las ovejas, el otro malhechor condenado no pudo seguir la voz del buen pastor dado que nunca fue llamado por él. La fe pasa como una actividad sencilla, fácil para quien es llamado y escogido. De acuerdo a Marcos 15:32, ambos ladrones injuriaban a Jesús, pero en el momento en que el Espíritu hizo renacer a uno de los pecadores perdidos, ocurrió el arrepentimiento para perdón de pecados (Lucas 23:39).

    Isaías profetizó de este evento en la cruz: Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebrantos; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados… Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; … enmudeció y no abrió su boca… su generación, ¿quién la contará? … y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores (Isaías 53).

    Al leer el relato de lo sucedido en aquella cruz, tendremos que dar una respuesta que demarcará los caminos que se bifurcan. En uno de ellos va el ladrón injurioso, con razonamientos sugestivos para persuadir al supuesto Hijo de Dios.  En el otro camino encontraremos al ladrón humilde, que reconoció la inocencia del Hijo de Dios y abandonó la injuria, se arrepintió y suplicó que se acordara de él en su segunda venida. Estos caminos se bifurcan y jamás se encuentran.  Como en la parábola del Rico y Lázaro, ninguno de los dos podían ir de un camino al otro ya que una gran cima estaba puesta entre ellos.  Llegados al punto de decidir por cuál camino transitar, sólo la semilla caída en tierra bien abonada dará su fruto a su tiempo. 

    César Paredes

    retor7@yahoo.com