Blog

  • UN MISMO CONOCIMIENTO

    Interesante la ecuación bíblica sobre el conocimiento; no se trata de una condición sino de una consecuencia. Pero al mismo tiempo, podría ser una condición que no podemos cumplir ninguno de nosotros, sino que el Padre la provee cuando nos enseña. Isaías dice que por su conocimiento el siervo justo justificará a muchos. Es decir, urge conocer quién es ese siervo justo y qué trabajo hizo. Conviene saber por qué razón él fue declarado la justicia de Dios, y por qué al mismo tiempo nosotros fuimos llamados justos o justificados. Ese conocimiento no lo tuvieron aquellos por quienes Pablo oraba para salvación, ya que los consideraba perdidos. Al menos no lo tuvieron mientras el apóstol escribía su capítulo 10, versos 1 al 4, de su Carta a los Romanos.

    A algunos les falta ese conocimiento, por lo que se consideran perdidos. No importa el celo religioso que se tenga, ni la conducta intachable que moralmente exhiba la persona en sociedad. Poco importan las buenas acciones individuales o de grupo, el cuidado por los semejantes, la disposición religiosa y pasión mostrada por el saber bíblico. Lo que importa es un conocimiento que solamente lo da el Padre, de acuerdo a las palabras de Jesucristo. Él dijo, como fue recogido en Juan 6:45, que el Padre es quien enseña a la persona que va a enviar hacia el Hijo, que cuando la gente aprende del Padre vendrá a él.

    ¿Cuál es ese conocimiento dado por el Padre? De seguro es que Cristo es su justicia, que nadie puede venir a él si no es uno de los escogidos en Cristo desde la eternidad. Ese conocimiento no lo poseen los que son incrédulos, ya que desestiman lo que significa la justicia de Dios. En realidad, la ley vino pero se mostró como una maldición sobre todos aquellos que intentaron cumplirla; ella tenía un mandato muy severo: sería maldito cualquiera que fallare en un punto. El rasero mostrado por el Creador es demasiado alto, como alta también es su santidad. Sin santidad nadie verá al Señor, sin santidad la gente solo puede caminar hacia el infierno de fuego.

    Entonces uno aprende que el Padre nos ha dicho que sin Jesucristo no puede haber redención. Que urge comprender que Jesús se convirtió en la justicia de Dios y vino a ser nuestra pascua. Él llevó nuestras transgresiones y pagó por nuestros pecados, en fin, los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). En este punto muchos tuercen la cara porque detestan a un Dios que les parece injusto. Ellos quisieran que Él hubiese dejado todo al libre albedrío humano, como si el hombre lo poseyera; desean decidir su destino final y no que se tenga que caminar sobre un guión preestablecido.

    ¿Hay injusticia en Dios? Esa es la pregunta que la lógica del hombre natural levanta contra el Creador. La respuesta la da el Espíritu de inmediato: En ninguna manera. Pero el hombre continúa con el puño alzado contra la decisión del Padre Eterno, diciéndole que el pobre de Esaú no pudo resistirse a la voluntad divina, por lo cual tuvo que vender su primogenitura. La Biblia sigue respondiendo que no es lícito para el vaso de barro discutir con el alfarero, para reclamarle la razón por la cual lo ha hecho de tal o cual manera. Es Dios quien decide y quien lo ha hecho desde la eternidad, por lo cual también preparó al Cordero sin mancha para manifestarse en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).

    Muchos teólogos reformados han seguido con la necedad de oponerse al designio del Creador, pero dan interpretaciones diferentes al sentido literal y común de lo expresado. Por ejemplo, el célebre predicador Spurgeon aseguraba que una es la pregunta sobre Jacob y otra sobre Esaú, que una es la respuesta de la gracia de Dios y otra la condenación que se basa en las obras. Esa defensa de Dios le gusta a la feligresía que deambula en los pasos del fantasma del libre albedrío. Pero la Biblia sigue siendo tajante y no da una respuesta fácil de oír para esos oídos no educados por el Padre. Ella dice que Dios odió a Esaú antes de que hiciera bien o mal, antes de ser concebido.

    En fin, que Dios reclama la condenación de Esaú, más allá de que Esaú y todos nosotros seamos responsables por nuestros actos. A Jacob amó Dios, aún antes de ser concebido, antes de que hiciera bien o mal. En ese punto todos cantan alegrías porque entienden que sus obras no pueden salvar a nadie, por lo tanto urge la gracia. Pero en cuanto a Esaú, un gemelo del cual se habló en los mismos términos que se usaron para su hermano (antes de ser concebido, antes de hacer bien o mal), la gente piensa distinto. Se sostiene que Esaú se condenó por vender la primogenitura, pero lo que la Biblia establece en Romanos 9 es que Esaú vendió su primogenitura porque Dios lo había odiado (más allá de que Esaú no lo supiera en el momento de la venta).

    Puro y simple, la enseñanza del Padre para poder ir hacia el Hijo es que de Él depende absolutamente todo, y si alguno se tropieza para caída con esa verdad podemos estar ciertos de que no ha aprendido nada de lo que ha sido enseñado por Dios. La Escritura es su palabra y en ella subyace la verdad establecida como principio irrefutable de su evangelio. No vemos a Esaú peleando contra Dios diciéndole que no quería vender su primogenitura, como tampoco vemos a Jacob oponiéndose a la regeneración que el Señor hizo en su vida. Cuando el Señor le habló a Saulo de Tarso, él cayó a sus pies de inmediato. Como dice la Escritura: tu pueblo lo será de buena voluntad, en el día de tu poder (Salmos 110:3).

    De la misma manera el Faraón de Egipto no se resistió al endurecimiento hecho por Jehová, sino que actuó en consecuencia. ¿Quién puede resistirse a su voluntad? (Romanos 9:19); el alfarero tiene la potestad sobre el barro (Romanos 9:21). Hay gente en los templos denominados cristianos que se opone abiertamente a esta doctrina, incluso pastores que dicen a sus predicadores que no se hable del tema. Hay quienes han dicho que es mejor creer esa doctrina en silencio, ya que a la gente ese tema no le agrada, y eso le confunde. La justicia de Cristo se le imputó a Jacob, quedando constituido justo. Lo mismo le aconteció a Abraham, cuya fe le fue contada por justicia. ¿Qué le creyó Abraham a Dios? Le creyó la promesa de que en él serían benditas todas las naciones de la tierra.

    ¿Cómo pueden ser benditas esas naciones? Solamente por Jesucristo, como se ha escrito: En Isaac te será llamada descendencia (la cual es Cristo: Romanos 9:7). Si dependiéramos de nuestra propia justicia, todos estaríamos todavía muertos en delitos y pecados; pero Dios fue rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, dándonos vida juntamente con Cristo cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados -por gracia somos salvos (Efesios 2:4). El que ignora la justicia de Dios impone la suya propia, en tanto no puede someterse a la justicia de Dios (porque la ignora).

    Parece ser que el evangelio se encuentra escondido para el que ignora esta gran doctrina de la justicia de Dios. El incrédulo sigue ignorando esa justicia, colocando a su lado la suya propia, para ayudarse a creer. Pero el brillo del evangelio de la gloria de Cristo no le resplandece al que sigue perdido en delitos y pecados; en cambio, la vida eterna siempre está presente en los que son de Cristo y han llegado a seguirlo como buen pastor. Ellos continúan creyendo y conociendo tanto al Padre como al Hijo (Juan 17:3). Conocer esa justicia en sus justos términos implica que hemos llegado a conocer la verdad que nos hace libres.

    ¿Cuál verdad debemos conocer? La verdad del Evangelio, con un conocimiento de provecho, no como los que andan siempre aprendiendo pero nunca llegan a saber. Si tenemos el espíritu de la verdad seremos llevados hacia esa verdad siempre, para ser librados de la ignorancia del conocimiento sin ciencia. Es el Padre el que enseña, somos nosotros los que aprendemos para poder ir a Jesucristo (Juan 6:45). La simpleza de la ecuación divina en torno a la verdad nos conduce a esta conclusión inmediata: la verdad que nos hace libres es la verdad desconocida por los que se pierden. Es la verdad de la persona y el trabajo de Jesucristo: para convertirnos en siervos de la justicia hemos de obedecer de corazón a aquella forma de doctrina enseñada por los apóstoles y por Jesucristo (Romanos 6: 17-18).

    No huyamos del estudio doctrinal, más bien hagamos caso como se supone que le hizo caso Timoteo a Pablo, al ocuparse de la doctrina que ayuda a la salvación. El que se extravía y no anda en la doctrina de Cristo, no tiene ni al Padre ni al Hijo. El que le dice bienvenido al que no trae tal doctrina, participa de sus malas obras (2 Juan 9-11). Predicamos esta palabra porque ella es viva y eficaz, más cortante que espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (Hebreos 4:12).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • ¿PECAREMOS PARA QUE LA GRACIA ABUNDE? (ROMANOS 6)

    Obedecemos al pecado para muerte, o a la obediencia para justicia. Hay quienes se dan al pecado como servicio, con mucha diligencia, en una situación infeliz porque su fin será el deceso del espíritu, la oscuridad del alma y la reprobación de la mente. No podemos servir a dos señores, aunque nuestra naturaleza original sigue manipulando para hacernos caer. He allí la lucha del creyente, una pelea a diario, pero que debe saberse luchar. La palabra de Dios no resulta mágica, sino absolutamente racional. En la medida en que pasemos tiempo leyéndola y estudiándola, sacaremos provecho para la victoria contra el pecado.

    Hablo del creyente, el cual no será dejado huérfano; el Espíritu que mora en aquel que ha nacido de nuevo le recordará las palabras del Señor. Recordar implica haber leído primero, haber comprendido lo que se ha escudriñado, para que cobre sentido la acción del verbo. Hay una depravación total en el mundo, pero existe por igual un Dios soberano que lo maneja y controla. Al predicar el evangelio debemos tener en cuenta esos dos factores, que existe un mundo depravado, pero que Dios como rey soberano controla y maneja a su antojo el mundo desviado. La historia de muchos personajes perversos se cuenta en la Biblia, para que comprendamos la manera en que Dios opera.

    Un texto de la Escritura lo resume: el corazón del rey está en las manos de Jehová; a todo lo que quiere lo inclina (Proverbios 21:1). Tenemos el caso del Faraón, un gobernante malvado a quien el Señor endureció para lograr sus fines. También se entiende que Jehová suavizó su corazón para que finalmente dejara ir a su pueblo a adorarlo en el desierto, cosa que pudo hacerla de diversas maneras aunque escogió la trágica muerte de los primogénitos. Por igual controla los corazones de los gobernantes de la tierra, para que den el gobierno a la bestia (Apocalipsis 17:17). Por igual hizo a David conforme a su corazón (el de Dios), gobernó la mente de Ciro y lo llamó su siervo, aunque Ciro no conoció a Jehová.

    Como las aguas de los ríos que fluyen con fuerza y en ocasiones parecen quietas, asimismo manipula el Señor el corazón del rey. Y si esto hace con los poderosos de la tierra, ha de entenderse que quien puede lo más puede lo menos. La conversión de una persona demuestra que Dios le cambió su corazón de la manera como quiso; si miramos a Saulo de Tarso, veremos la fuerza del Señor cambiando en un instante el error del perseguidor de los creyentes, convirtiéndolo en un humilde pecador arrepentido.

    Podemos encontrarnos con testimonios de personas que corrían tras sus placeres cotidianos junto a sus lujurias, pero que ahora caminan tras la verdad de la palabra de Dios, en adoración al Señor y agradándose en guardar sus ordenanzas. Aquel corazón enemigo e incrédulo, lleno de orgullo y vanidad, ahora se presenta repleto de la gracia de Dios. Podemos ver que la actividad divina cuando Dios endurece a alguien aparece en contraste con la acción de la redención. Mientras el Faraón fue endurecido para exhibir sus dientes contra el pueblo de Dios, el Señor ordenaba el rescate de los sometidos en Egipto. En síntesis, su castigo al impío resalta su gloria bondadosa en favor de sus elegidos.

    Cada persona piensa que es recta en su propia opinión, pero Jehová pesa los espíritus. El Señor consideró que la rectitud y la verdad de Saulo de Tarso dejaban mucho que desear, pero lo cambió otorgándole la justicia de Jesucristo. Eso no lo hace con todo ser humano, como se desprende de la vida de Judas Iscariote, del Faraón de Egipto, de Esaú, del rey Acab, de Jezabel, de cada réprobo en cuanto a fe. Nosotros estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados, caminando de acuerdo al curso del mundo, según le placía al príncipe de la potestad del aire, ese espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. Nosotros somos por vía en contrario hijos de la fe, creyentes, los que somos guiados por el Espíritu de Dios.

    Satanás ejerce su influencia en todos los que que son incrédulos, en especial en los réprobos en cuanto a fe, los cuales fueron destinados desde siempre para tropezar en la roca que es Cristo. Los incrédulos tienen las mentes cegadas, sus corazones se alinean hacia los peores crímenes, e incluso ejercen influencia sobre los elegidos. ¿En qué medida? En la medida en que nosotros participamos con ellos dejándonos influir por sus ideas y conversaciones, para que nos cause tropiezo y dolor. De allí que se nos ha advertido que las malas compañías corrompen las buenas costumbres (1 Corintios 15: 33-34). Hemos de vivir en vida santa y con sanas conversaciones, sobria y rectamente, sin que nos demos a las vanas especulaciones propias de los temas de los que el mundo se ocupa. Porque el mundo vive en su aflicción, y nosotros nos hacemos parte de ella en la medida en que tomamos interés mayor por sus palabras antes que por la palabra de Dios.

    El gran problema del mundo, aparte de estar controlado por su príncipe, es que como hombres naturales no reciben las cosas que son del Espíritu de Dios. Para ese mundo estas cosas son locura, pasan por indiscernibles, por lo cual actúa de acuerdo a los designios de su mente. La mente de la carne se entrega a los negocios propios de la muerte, mientras que la mente que se ocupa del Espíritu camina por los caminos de la paz. La mente carnal se manifiesta como enemiga de Dios, sin poder sujetarse a su ley, por lo cual los que son de la carne no pueden agradar a Dios (Romanos 8:5-8).

    Para poder amistarse con el Dios de las Escrituras, urge tener justicia suficiente. Esa justicia se llama Jesucristo, el que justificará a muchos por su conocimiento (Isaías 53:11). El siervo justo hizo aptos para el reino de los cielos a todos aquellos que representó en el madero. No rogó Jesús por el mundo, sino solamente por aquellos que el Padre le dio (Juan 17:9). Eso es muy importante tenerlo en cuenta, para saber en quién hemos creído. La doctrina de Cristo pasa por esencial en materia del evangelio, tan importante resulta que quien prevarica y no permanece en ese cuerpo de enseñanzas no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 9-11).

    Jesús enseñó que nadie podía ir a él si el Padre no lo trajere, así que no todo el que le diga Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos. Hay gran cantidad de personas que han ido por cuenta propia, o por encomienda del otro evangelio, que camina en el desvarío de la enseñanza de los falsos maestros. Ellos creen que existen nuevos apóstoles, que los dones especiales siguen vigentes, hablan por lo tanto en lenguas raras, se dan a nuevas profecías, declaran que Dios les reveló algo nuevo, contemplan con mística sus pecados y se dejan llevar por la música para simular que es el Espíritu de Dios el que los mueve. Toda esa confusión es apenas la punta del iceberg; lo más grave o la causa de todos estos males es que sostienen una creencia en una expiación inexistente. Al ignorar la justicia de Dios (Jesucristo), colocan la suya propia (las obras de hacer y no hacer).

    En ellos cuenta mucho el día de su supuesta conversión, un arrepentimiento en la carne, un dolor por sus pecados (en especial por el castigo que sabe llevarían), pero jamás han comprendido las palabras de Jesús. Y si las han entendido en algo, les parecen duras de oír. Se resisten a que Dios haya odiado a Esaú antes de que hiciera bien o mal, proponen que Dios se dio cuenta desde antes de quiénes serían los réprobos en cuanto a fe, pero lo sacan de la ecuación de la reprobación final porque su alto grado de justicia condena a Dios, si hiciera tal cosa. Incluso sus teólogos han llegado a decir que un Dios semejante sería ante todo un tirano o un diablo.

    Al parecer, continúan bajo la ira de Dios, pero su religiosidad semanal les hace creer que son amados por el Dios que definen como amor puro. Desconocen que están desprovistos de la justicia de Dios, porque se obnubilan con su celo por el Señor. No saben que adoran a un dios que no puede salvar, que desfilan con su ídolo en el alma, la confección de una divinidad hecha a su medida. Esa gente confunde providencia con bendición, pero están equivocadas porque su jefe es el príncipe de este mundo, el mismo que confundió a Adán y a Eva en el huerto del Edén. Dios provee para todas sus criaturas, de acuerdo a sus propósitos eternos e inmutables. Por ejemplo, proveyó para que el Faraón llegara a ser el individuo de poder que la historia señala; proveyó para que Judas Iscariote no muriera antes de tiempo, de manera que cumpliera todo lo que de él se escribió. Eso no puede tomarse como bendición, sino como providencia divina para un fin determinado.

    Los árboles corruptos no producen buen fruto, pero son árboles; asimismo, los que no han nacido de nuevo están muertos en delitos y pecados, pero dan fe de vida en tanto hacen cosas que nosotros vemos y sentimos. El rey Ciro fue llamado siervo de Dios, pero él no conoció al Señor: Así dice Jehová a su ungido, a Ciro, al cual tomé yo por su mano derecha, para sujetar naciones delante de él y desatar lomos de reyes; … Por amor de mi siervo Jacob, y de Israel mi escogido, te llamé por tu nombre; te puse sobrenombre, aunque no me conociste. Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste (Isaías 45: 1-5). Nuestro Dios soberano hace como quiere, da su justicia a sus elegidos pero endurece a quien quiere endurecer. Los que se consideran justos en su propia opinión, hacen cosas que consideran buenas, si bien las Escrituras apuntan que aún las misericordias del malvado son crueles (Proverbios 12:10).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA JUSTICIA DE JESUCRISTO

    La buena noticia que tenemos los que pertenecemos al pueblo de Dios es que Jesucristo se convirtió en la justicia de Dios. Su trabajo en la cruz hizo posible la redención eterna para cada uno de los que él representó. Si alguien no tiene esa doctrina de la expiación, no ha recibido todavía la buena noticia; decir que se cree en Cristo como alguien que nació, murió y resucitó resulta en una verdad, pero ¿cuál es la esencia del evangelio? Dios amó a Jacob desde la eternidad, antes de que fuera concebido, antes de que hiciera bien o mal; para él el evangelio es de verdad una buena noticia, en cambio, para Esaú no existió jamás la buena nueva.

    Tampoco hubo una promesa de salvación para Judas Iscariote, sino todo lo contrario: era un diablo y debía hacer aquello que se le había ordenado. Su castigo vendría como consecuencia de su maldad, pero el daño que debía hacer estuvo profetizado. El mismo Cristo le dijo: lo que has de hacer, hazlo pronto. Señaló que él lo había escogido pero que era un diablo, así que de esa manera la Escritura se cumplía. Quizás alguien piense que Judas es una excepción, pero la Biblia dice todo lo contrario. Ella habla de aquellos que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8).

    La gente de religión no aprecia esta doctrina bíblica, más bien la condena por considerarla una palabra dura de oír. Pero el amor de Jehová nuestro Dios se ha manifestado por medio de su misericordia, en que siendo nosotros pecadores Cristo murió por nuestra causa. Ahora bien, nadie puede decir verdad si afirma que Cristo murió por Judas. Tampoco murió por los que fueron ordenados para tropezar con Jesucristo, ni por ningún otro réprobo en cuanto a fe. ¿Murió Jesús por aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo? En absoluto, como lo asegura Apocalipsis 13:8 y 17:17. No murió por aquellos por los cuales no rogó la noche antes de morir (Juan 17:9).

    En Jehová será justificada y se gloriará toda la descendencia de Israel (Isaías 45:25); ¿cuál descendencia? Todo el Israel de Dios, todo el remanente, como bien se ha dicho: si fueren los israelitas como la arena del mar, solo el remanente será salvo. No todo Israel (todo israelita nacional) será salvo, sino que en Isaac sería llamada la descendencia, la cual es Cristo. Pero el remanente es el conjunto de personas que Jehová ha escogido para brindarle su cobijo y amor. El mundo desprecia ese amor, porque nunca lo ha percibido. Puede darse cuenta de la providencia divina, pero jamás del amor que no le ha sido conferido.

    Se ha escrito que será feliz aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz será aquel a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2). Vemos que aquella persona que no tiene engaño en su espíritu es todo aquel que ha recibido la doctrina de Cristo. Los que no permanecen en la doctrina de Cristo tienen el engaño del enemigo, del falso maestro, de la errónea enseñanza. Por supuesto que esa doctrina sigue siendo dura de oír para los que no tienen los oídos prestos para el evangelio. Lo mismo les aconteció a un grupo de discípulos que siguieron a Jesús por mar y tierra, emocionados por el milagro de los panes y los peces. Ellos murmuraron cuando comprendieron lo que Jesús les decía: que ninguno podía ir a él si el Padre no lo enviaba.

    El evangelio de Juan, Capítulo 6, debe ser leído por aquellos que se interesan en la doctrina de Jesucristo. Allí podrán enterarse de lo que Jesús enseñó respecto a la absoluta soberanía de Dios. Dijo el Señor que seríamos enseñados por Dios para poder ir a él (Juan 6:45), que todo lo que el Padre le daba vendría a él, para jamás ser echado fuera (Juan 6:37). Pero nadie puede venir al Señor por medio del evangelio anatema, ya que esa palabra está corrompida. Es por la palabra de aquellos primeros discípulos que el Señor recibe a los suyos (Juan 17:20). Aquella palabra de Dios que vive y permanece para siempre, pertenece a la simiente incorruptible, como hablara Pedro: 1 Pedro 1:23-25.

    Jesucristo fue declarado nuestra pascua (1 Corintios 5:7), ya que recibió el castigo de nuestros pecados; pero como ya dijimos, no llevó el Señor el castigo de ningún réprobo en cuanto a fe. Se deduce que hubo predestinación, no basada en una previsión divina, como si Dios tuviera que mirar en el corredor del futuro. Dios se propuso desde siempre reservarse un pueblo para Sí mismo, para tenerlo en adopción y entregárselo a su Hijo (se cumple la palabra: los hijos que Dios me dio -Hebreos 2:13), como también refirió Isaías: Verá el fruto de su aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53:11).

    Hace falta un conocimiento, el cual da el Padre (Isaías 53:11 y Juan 6:45). Sin ese conocimiento no existe evangelio, sino una simple religión estéril. Esa religión vacía se observa domingo a domingo en la celebración de las multitudes que se han aferrado al ídolo Baal-Jesús. Ellos adoran lo que no saben, desconocen lo que hizo el siervo justo, por lo cual su celo por Dios carece de ciencia o de conocimiento (Romanos 10:1-4). Anunciamos este evangelio para que los que tienen oído puedan oír, pero los que están sordos no escuchan y si oyen no comprenden. Ellos tienen esta palabra por indiscernible, aunque siempre están aprendiendo pero no pueden sostenerse del Espíritu de Dios. Les da lo mismo creer lo que la Biblia dice y al mismo tiempo participar con los modernos apóstoles, profetas, habladores de nuevas lenguas (o de extrañas lenguas), con intérpretes que inventan sus palabrerías; asimismo, proclaman la universalidad de la expiación de Jesucristo. Afirman que Jesús murió potencialmente en la cruz, haciendo posible la salvación para cada ser humano, lo cual hace que la diferencia final se sostenga en el libre albedrío humano.

    Por eso no les decimos bienvenidos a los que traen la falsa doctrina de la expiación, ya no queremos hacernos partícipes de sus males. Sabemos que todos aquellos a quienes el Señor les ha dado su Espíritu, los que han nacido de nuevo, son llevados a toda verdad. No deja el Señor en la ignorancia de su evangelio a ninguna de sus ovejas; la conversión y el apartarse de la errónea manera de pensar y vivir sigue al nuevo nacimiento como un inevitable fruto inmediato. No salva Dios a ninguna oveja por cuotas, ya que el pago fue efectivo y de un solo momento. De una vez y para siempre, como dice el autor de Hebreos, lo cual nos convenía.

    Pero hay muchos religiosos que recibieron el falso evangelio de la gracia con las obras, los cuales parecieran darse cuenta por momentos de esta teología; sin embargo, al abrazarla no desechan su vana manera de creer que han demostrado desde su vieja conversión de fe, por lo cual no tienen por pérdida todo lo que han aprendido de su vana religión. Vemos que Pablo sí que tuvo por basura todo su tiempo de fariseo, pero éstos se agradan en resaltar que creyeron en tal mes y año, bajo tal o cual predicador, sin importar que la teología aprendida tenga el sello de anatema.

    ¿Cuál es ese conocimiento del siervo justo que justifica a muchos? Su expiación, los términos de la misma, el hecho de venir a morir por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Como podemos observar de lo dicho, no vino Jesús a morir en forma universal por cada pecador, ni para hacer posible la salvación, sino como cumplimiento del propósito eterno que tuvo el Dios Trino en su pacto íntimo, de salvar al remanente que se propuso como objeto de su amor eterno. Ese amor eterno nos extiende su misericordia, para hacerla perpetua, lo cual se convierte en la mejor noticia que las ovejas del Señor podamos escuchar.

    El falso evangelio pretende universalizar la salvación bajo el criterio de una oferta general, que hace que dependa del libre albedrío humano el aceptarla o rechazarla. Eso hace más democrático el acto de la predicación de la mentira, lo cual se traduce en palabra blanda de oír. Fácil es esa palabra, cualquiera la puede oír. Pero es palabra anatema, propia del ídolo Baal-Jesús que no puede salvar, del ídolo que se lleva a cuestas en una procesión, colgado en un crucifijo o en la mente que se baña en las fuentes de la teología espuria. Ese es el chiquero teológico del cual beben a diario las cabras y todos aquellos que caminan junto a ellas, que aunque siendo ovejas todavía no han sido llamados con llamamiento eficaz. Por esa razón el Señor dijo a su pueblo que saliera de Babilonia, el lugar de la confusión.

    En cambio, las ovejas que han oído la voz del buen pastor caminan junto a él y lo siguen, jamás se irán tras el chiquero teológico porque desconocen la voz de los extraños. Ese desconocimiento quiere decir que no tienen comunión con el extraño, con los del evangelio de la falsa doctrina, que no le dicen bienvenido al que no trae la doctrina de Cristo. Engañados andan los que siguen al espíritu de estupor enviado por Dios para que sigan creyendo la mentira, ya que no se gozaron en la justicia. ¿En cuál justicia no se gozan? En la de Cristo, en la expiación hecha en exclusiva por su pueblo que vino a redimir.

    Jesucristo murió solamente por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), no rogó por el mundo que no vino a salvar (Juan 17:9), murió como justo por los injustos (sus ovejas). Al cargar con nuestras culpas nos imputó su justicia para que podamos reconciliarnos con Dios, de esa manera fuimos justificados por su sangre y somos llamados hijos de Dios. Somos los hijos que Dios le dio.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • AMASÍAS, REY NECIO

    Volvía Amasías de la matanza de los edomitas, pero trajo consigo los dioses de los hijos de Seir, y los colocó ante sí mismo como dioses, y los adoró, y les quemó incienso. Esa disposición del corazón del rey Amasías se narra en 2 Crónicas 25:14, una historia para meditar. La ira de Jehová se encendió contra ese inicuo rey, por lo que hizo que cayera junto con su pueblo en cautividad ante otro rey, hasta que posteriormente terminó asesinado en Laquis. Sucede que los edomitas adoraban divinidades paganas, dioses que no pueden salvar, como se desprende por la contundente derrota sufrida ante Amasías. Pero el rey insensato pensó que su mano lo había hecho todo, así que honró a las divinidades inútiles de sus enemigos vencidos.

    Semejante idiotez acontece por la soberbia, como le sucedió al rey de Asiria, el báculo del Señor que pensó que su corazón había logrado por su cuenta sus victorias. A veces, los que piensan estar claros en los asuntos de la doctrina de Cristo, no miran su contexto y caen como Amasías. Su simpatía por los enemigos de Dios, por los que profesan un evangelio diferente, borra la enemistad inherente entre el mundo y los que son de Cristo. Pero si eso acontece, se demuestra lo que dijo Juan: que salieron de nosotros pero no eran de nosotros.

    Muchos religiosos no piensan en las consecuencias del ecumenismo, de la mezcla entre el paganismo y el cristianismo. Sostienen que mientras se ame a Cristo la doctrina puede suspenderse en beneficio del momento de compañía y regocijo. Como si amar al Señor pudiese acontecer sin amar sus enseñanzas. Han tomado a Jesús como un nombre vacío, para rellenarlo con sus fantasías tal cual lo hizo el rey Amasías. El Jehová de Amasías era semejante a los dioses de los edomitas, así que el verdadero Jehová de las Escrituras lo castigó hasta la muerte.

    Razón tuvo Isaías para escribir que no tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no puede salvar (Isaías 45:20). Gran ignorancia y estupidez existe en aquellos que se montan un ídolo sobre sus hombros, los que le ruegan por salvación, los que le atribuyen sanidad para sus vidas. Detrás del ídolo están los demonios, como lo aseguró Pablo (1 Corintios 10:20). El rey Amasías, a pesar de su conocimiento sobre Jehová, sobre la ley, sobre sus mandatos, se dedicó a contemplar aquellos muñecos que promueven los demonios. Hoy día hay millones de personas que siguen la falsa religión idolátrica de Roma, pero están también aquellos que siguen las tradiciones de esa ciudad a través de sus hijas. Recordemos lo que nos dice el Apocalipsis sobre la gran ramera, que ella es madre de muchas rameras y de las abominaciones de la tierra.

    Una teología tergiversada resulta en una abominación para las Escrituras, el atribuirle al Hijo de Dios una expiación que no hizo, por ejemplo. Decir que Dios amó a Esaú menos de lo que amó a Jacob, también es doctrina demoníaca. Los que dicen paz, cuando no la hay, siguen la doctrina del abismo; los que hoy se llaman apóstoles, reclamando un sitial reservado para los doce, los que dicen hablar en lenguas, cuando ya el don cesó, los que interpretan aquellas lenguas sin saberlas, los que se llaman profetas y declaran de parte de Dios cosas que Dios no habló, todos ellos son una abominación a Jehová. Esta gente prevarica y se ha apartado por completo de la doctrina de Cristo, por lo que no tienen a Dios (2 Juan 9-11).

    Todas las personas somos responsables ante el Dios Creador de las Escrituras, le debemos un juicio de rendición de cuentas. Poco importa si sus mandatos sean imposibles de obedecer en forma total, ya que Dios se muestra soberano mientras la criatura es apenas barro en manos del alfarero. Somos responsables de obedecer todos los mandatos de Dios, en tanto Él es el rey de toda la creación, por lo que como criaturas le debemos obediencia. Dentro de su plan eterno e inmutable están también los vasos de ira preparados para la gloria de su ira contra el pecado y en pro de su justicia, así que contemplemos con humildad su severidad. Para los llamados y escogidos de Él, somos vasos de misericordia, preparados para dar el buen fruto de los buenos árboles. En especial, nuestro fruto característico viene del corazón y sale por la boca: porque de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:45). El evangelio que confesamos testifica lo que somos.

    Dios se manifiesta como el Jehová que sacó a Israel de la tierra de Egipto (Éxodo 20:2), el inmutable Dios que congrega a su pueblo con pleno derecho, pero que le pone de manifiesto la gran necesidad que tiene de Él cada ser humano. Los sacó de la esclavitud de un pueblo opresor, maligno, a través de eventos de milagros. Su poder quedó plasmado y no presenta duda alguna, por lo tanto se muestra como el Rey para establecer su Teocracia. Egipto representa la tierra de la aflicción, el extraño mundo ajeno al Señor, el lugar de la esclavitud y sufrimiento. Representa por igual el sitio donde se realizó aquella pascua emblemática, anunciadora de la que vendría a través de la persona de Jesucristo.

    El primer mandamiento que Jehová dictó a su pueblo fue que no debía servir a otros dioses delante de Él. Que no debía hacerse ninguna imagen que lo representara a Él, y que no debía adorarla bajo ningún respecto (Éxodo 20:5). No conviene darle reverencia a los dioses paganos, ni hacerles gestos de honor con nuestros cuerpos. Los dioses no son nada en sí mismos, pero detrás de ellos están los demonios (1 Corintios 10:20; Apocalipsis 9:20). La gente no se arrepiente de adorar a los demonios, por medio de las imágenes que no ven, ni andan, ni oyen.

    El ser humano es responsable de no hacer lo que desagrada al Señor, pero no en virtud de su mítico libre albedrío sino por causa de la soberanía de Dios. Nuestra responsabilidad no presupone una habilidad para cumplir con el deber, como Lázaro tampoco tuvo habilidad para escuchar la voz del Señor. Se supone que la voz de Dios dio vida de inmediato a Lázaro para cumplir su objetivo de salir de la tumba. Existe un espíritu nuevo que nos es dado junto con el corazón de carne, el mismo corazón que se les da a los huesos secos (Ezequiel 38). Los que todavía continúan muertos en sus delitos y pecados, no han escuchado la voz del Señor con su llamamiento eficaz. Pero eso no quiere decir que no puedan escuchar el evangelio que les advierte contra la necedad de no creer.

    Predicamos a todos por igual, cada cual escuchará lo que Dios le ha propuesto, pero todos tenemos el deber de la obediencia; sin embargo, aunque no haya habilidad para obedecer (como se demostró bajo el imperio de la ley de Moisés, ya que la ley no salvó a nadie) seguimos siendo responsables por nuestras ofensas ante el Dios soberano. Los que no son ovejas de Cristo no pueden ir a él, pero la cualidad de oveja no depende de nosotros sino que Dios la da a quien ha querido darla (Juan 10:26). El buen pastor vino a morir por las ovejas, no por los cabritos, Jesús rogó por los que el Padre le dio, no por el mundo (Juan 17:9), pero todo el mundo debe responder por sus actos. La decisión de Dios respecto a Jacob y Esaú, aún antes de ser concebidos o antes de que hicieran bien o mal, ilustra con creces el sentido de la responsabilidad humana ante el Creador.

    Aunque muchos tildan a Dios de injusto, mientras no pocos teólogos inventan argumentos para universalizar la redención de Jesús, la Biblia sigue siendo categórica al exhibir al Dios soberano que hace como quiere y no tiene quien le aconseje. ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera, sino que nosotros no podemos altercar con el Creador, si bien nos acordamos de que somos barro formado por sus manos. A unos hizo Dios para honra y misericordia, pero a otros los fabricó como vasos de injusticia y deshonra, para la descarga de su ira por el pecado. Lo que el hombre se invente no podrá disminuir la cualidad de la soberanía de Dios, como si con esa invención se pudriera abaratar el costo de la responsabilidad humana. El que está firme, mire que no caiga (1 Corintios 10:12), no le vaya a acontecer como al rey Amasías.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • UNA BUENA NOTICIA

    Demos gracias a Dios por su palabra, por causa de toda su gracia otorgada a todo su pueblo. Desde antes de que la tierra fuera, desde antes de la aparición del universo, existió un plan en la mente del Señor. De acuerdo a lo que la Escritura ofrece, Dios nos pensó, nos seleccionó como su pueblo escogido para darlo como fruto del trabajo a su Hijo. Dice Pedro que el Cordero sin mancha estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), lo que supone que Jesucristo vendría a morir por esa raza humana que todavía no había sido creada.

    Ese texto de Pedro da mucho por pensar, ya que entendemos que, si el Cordero estuvo ordenado desde antes de que el mundo fuese hecho, Adán tenía que pecar. Ocurrido aquel primer delito en el Edén, se ordenaron de seguida los siguientes pasos. Jehová cubrió con pieles de animales la desnudez del pecado humano, como un símbolo del sacrificio que se impondría en adelante, demostrado por siglos en la educación a su pueblo en esa materia. Le dijo a Eva que su simiente heriría en la cabeza al dragón; más tarde, después de la promesa hecha a Abraham acerca de la cantidad de gente que saldría de sus lomos, Israel aparece en escena como pueblo esclavo en Egipto.

    En aquel acto libertario de Moisés como líder, Jehová (El que es) ordenó la primera pascua. La sangre de aquellos animales en los dinteles de los hogares de los israelitas, presagiaba la sangre del Cordero sin mancha que vendría siglos más tarde. La eternidad se hacía historia, en un acomodo de eventos que si se miran aisladamente no parecieran tener sentido. En su conjunto cantan la gloria de la redención del pueblo de Jehová. No era el animal en sí, ni su sangre como tal, lo que quitaría el pecado del corazón humano, sino lo que simbolizaba en su señalamiento al evento por venir.

    Asimismo, la serpiente de bronce levantada en el desierto apuntaba a Jesucristo, pero cuando el símbolo se convirtió en sustituto de la adoración a Dios tuvo que ser quitado de en medio. Tiempo después, Cordero vino a esta tierra en forma humana, dando testimonio de la luz para unos hombres acostumbrados a las tinieblas. La gracia soberana de Dios se impone sobre el caos que genera el pecado, violentando al mundo que pertenece al principado de Satanás, para perdonar los pecados que testificaban en nuestra contra. Se escribió que el acta de los decretos que nos era contraria fue clavada en la cruz, para que nosotros fuésemos declarados justos.

    Lo mismo sucedió con aquella primera pascua en Egipto, cuando el ángel que venía a matar a los primogénitos pasó por alto los pecados de los que se ampararon en aquella sangre que apuntaba a Jesucristo. En la didáctica del pueblo israelita de aquel momento, se sabía que la sangre había de ser colocada por virtud de la obediencia del mandato de Jehová. En su conjunto, a la distancia, el panorama se junta y vemos la importancia del símbolo lejano conjugado con su realización concreta en la historia. Cristo padeció por todos los pecados de todo su pueblo, el justo por los injustos.

    Por las Escrituras, conocemos que cada parte de nuestra salvación se fundamenta en el trabajo de Jesucristo como Cordero sin mancha, sacrificado en beneficio de su pueblo. Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9), lo que nos indica que su sacrificio dejó por fuera a cada réprobo en cuanto a fe. Pero como él dijo que había venido a morir por las ovejas, sabemos que cada oveja oirá su voz oportuna y lo seguirá a paso firme sin volverse tras los extraños (Juan 10:1-5). Así que seguro andamos desde la regeneración hasta la gloria final.

    Pablo escribió algo que debe ser entendido en sentido pleno por cada una de las ovejas del Señor; dijo que nadie podía traer ningún cargo contra algún escogido de Dios. La razón no es otra sino que Dios es el que justifica, no nuestras obras que pueden ser acusadas como inconclusas o imperfectas. ¿Quién podrá condenar a una sola de las ovejas del Señor? Dios es el que justifica porque Cristo murió y resucitó, y Jehová aceptó su trabajo consumado. Además, Jesucristo está a la diestra del Padre para convertirse en nuestro abogado. No existe nada que nos pueda separar del amor de Dios, nadie que nos sirva de impedimento ante semejante amor; ninguna criatura nos podrá separar del amor de Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor (Romanos 8:30-39).

    El resumen de Pablo nos ilustra en el hecho de que fuimos conocidos, predestinados, llamados, justificados y glorificados. Ese conocimiento divino no se trata de algo que Dios tuvo que averiguar, ya que su Omnisciencia lo hace conocedor de todo sin que llegue a conocer. Se trata de un acto de comunión, como muchas veces la Escritura usa ese verbo: Adán conoció de nuevo a su mujer, y tuvieron otro hijo. A vosotros solamente he conocido de entre todos los habitantes de la tierra. Nunca os conocí (nunca tuve comunión con ustedes). Conoce Jehová a los que son suyos. La palabra hebrea (Yadah) indica tener una relación con la persona que se conoce, como Adán la tuvo con Eva para tener otro hijo. No solamente significa el acto cognitivo, como lo entendemos en nuestra lengua, sino que añade un sentido de comunión estrecho entre el que conoce y el conocido.

    Jehová no necesita llegar a conocer nada (Él es Omnisciente), por lo tanto cuando en estos contextos se habla de conocer se refiere a mantener un contacto íntimo con los conocidos. En Isaías leemos: Y reposará sobre él, el espíritu de Dios, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de CONOCIMIENTO y de temor de Dios (Isaías 11:2). Es decir, el Cristo tendría espíritu de COMUNIÓN con Dios el Padre, por medio de su obediencia. De igual forma, leemos en Mateo 1:25 lo siguiente: Pero (José) no la conoció (a María) hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre Jesús. Se entiende que José era el esposo de María, por lo que sí la conocía (en el plano cognoscitivo del término), pero no tuvo relaciones sexuales o íntimas con ella hasta que dio a luz a Jesús.

    Nuestra buena noticia nos inunda con hechos y promesas, como la que habla del enemigo nuestro que intentará engañarnos, si le fuere posible. Es decir, no le será posible, como lo asegura el estatus gramatical de la expresión citada: futuro de subjuntivo. Ese tiempo y modo verbal pone de manifiesto una imposibilidad absoluta, lo cual nos embarga de paz ciertísima en relación a nuestra salvación final (Mateo 24:23-24 y Marcos 13:21-22). Los maestros de mentiras vienen y seguirán viniendo con un evangelio diferente, intentando engañar, si les fuere posible, aún a los escogidos de Dios. Como Jesús no miente, también dijo en otra oportunidad lo que antes mencionamos: que sus ovejas oyen su voz y lo siguen, pero al extraño no seguirán, porque no conocen la voz del extraño (Juan 10:5). Pablo ya nos lo aseguró en lo que citamos de Romanos, pero Jesús por igual lo dijo en forma muy explícita: Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre (Juan 10: 27-29).

    Esa buena noticia nos ampara a cada creyente enviado por el Padre al Hijo, para que tengamos paz y sosiego, para que andemos serenamente rodeado de toda bendición espiritual. En cambio, a los que siguen a Jesús por su cuenta, sin ser enseñados por Dios (Juan 6:45), si oyendo el verdadero evangelio no reciben arrepentimiento para perdón de pecados, lo que les espera es el espíritu de estupor para que crean a la mentira, por cuanto se deleitan en la injusticia (2 Tesalonicenses 2:3-12).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • MUERTOS EN DELIGOS

    La Biblia afirma que la humanidad murió en delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, que no hay quien entienda ni quien busque a Dios. Asegura que esa calamidad llegó porque la paga del pecado es la muerte, de manera que en Adán todos mueren. La advertencia dada en el Edén fue una verdad contundente, aunque físicamente los primeros seres humanos tardaron en morir hasta comenzar a poblar la tierra, para cumplir el designio del Creador. Lo que dijo la serpiente resultó una gran mentira (lo que es lo mismo, una verdad a medias): seréis como dioses al conocer el bien y el mal.

    El hombre conoció el bien y el mal, pero su deidad no llegó nunca; si bien la Escritura dice dioses sois, lo dice para hacer referencia a ciertas cualidades humanas en tanto somos imagen y semejanza de Dios. Así se participa de una metáfora divina, como lo hacen los magistrados en la tierra, decidiendo con autoridad y poder al gobernar las naciones. Nosotros también podríamos decir que somos como ángeles, al ser mensajeros del Altísimo. Así que la metáfora nos envía al contexto de las palabras pronunciadas, por lo que aunque seamos llamados dioses, todos moriremos como hombres (Salmos 82:6-7).

    Si hemos caído en una depravación total, en el sentido de que se nos ha considerado muertos en delitos y pecados, bajo la ira de Dios por causa del mal en nosotros, no podemos cambiar el diagnóstico diciendo que solamente estamos enfermos. La metáfora se respeta en su totalidad, para comprender el contexto de lo que se nos quiere enseñar. Nos dice la Biblia que no podemos hacer nada bueno, acostumbrados como estamos a hacer el mal. De manera que Dios tiene misericordia y muestra su gracia sobre quien Él desea mostrarla. No puede el ser humano reclamar derechos cuando a él se le computa muerto, ya que su voluntad no cuenta por causa de la putrefacción del cadáver.

    Predicamos el evangelio a los muertos, pero el Espíritu es quien da vida. La palabra de Cristo genera fe en aquellos que fueron elegidos desde la eternidad por el Padre, quien quiso hacerse un pueblo para su gloria. No sabemos quiénes, de entre los muertos, son los elegidos; pero predicamos por igual a todos, diciéndoles que se arrepientan y crean el evangelio. Algunos oirán porque son revividos, otros seguirán en silencio, tal vez molestos por oír una palabra que les parece indiscernible.

    Dios no eligió a cada miembro de la raza humana para salvarlo; eso se sabe porque la Biblia habla del infierno eterno. Habla también de los réprobos en cuanto a fe, de los que no fueron inscritos en el libro de la vida, de los que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Porque Cristo es más que un nombre, es una persona con un trabajo específico, junto a un cúmulo de enseñanzas teológicas de especial relevancia. Él habló de la elección del Padre, se refirió a que nadie puede venir a él si el Padre no lo trae. Aseguró que todos los que el Padre le da vendrán a él, y jamás serán echados fuera.

    Se comprende por esas enseñanzas de Jesucristo que los que no vienen a él nunca fueron enviados por el Padre; aquellos que vienen por cuenta de un falso evangelio serán repudiados en el día final, cuando les diga que nunca los conoció. Él dijo que aquella planta no plantada por su Padre será desarraigada. Por lo tanto, existe una elección que no se fundamenta en la persona, ni en su muerta voluntad, sino que se basa en el designio del Elector. No por obras, asegura la Biblia, sino por gracia; de otra manera la gracia no sería gracia. Esto fue así para que nadie tenga de qué jactarse en la presencia de Dios, para que nadie suponga que hubo algo bueno en él que Dios tomó en cuenta a la hora de la elección.

    Por supuesto, existe mucha gente dentro del cristianismo externo que se molesta por esas doctrinas de Jesús. Ellos sostienen que les parece una palabra demasiado dura de oír, que Esaú no tuvo posibilidad alguna de resistirse a la voluntad del Todopoderoso, de manera que en alguna medida su condenación suena injusta. Para no culpar abiertamente a Dios, tuercen la Escritura para hacerla decir palabras más blandas, haciendo recaer la condenación en la conducta impropia de Esaú. Pero, ¿qué de Jacob? ¿Acaso Dios vio algo bueno en esa persona que escogió aún antes de ser concebida? Esto no parece en ninguna manera injusto, a pesar de que Jacob tampoco pudo resistir esa voluntad de Dios.

    Vemos que el ser humano juzga a Dios, siempre que exista condenación. Hubiese sido mejor que el hombre fuera libre en forma absoluta, independiente del Creador, sin que tenga que rendir un juicio de cuentas después de esta vida. La Biblia afirma que está destinado para los hombres que mueran una vez, y después de esto el juicio. Como muchos no se sienten llamados por Dios, se han armado de unas falsas doctrinas para construir muchos falsos evangelios. De esa manera se acompañan en esta vida, domingo a domingo, en cultos extraños para un dios extraño. Ellos lo llaman Jesús, le dicen Jehová, pero en realidad es antes que nada un Baal-Jesús.

    Al clamar a un dios que no puede salvar, su desespero los conduce a buscar la mística, como una prueba de la espiritualidad que poseen. Sus teólogos los instruyen en un evangelio diferente y estando acostumbrados al mal aprendizaje ya no logran distinguir la mentira de la verdad. Por ese camino continúan en la persecución del espíritu de estupor, para alcanzarlo y abrazarlo, hasta degustar la mentira a granel. Su despertar final será de sorpresa, cuando comprendan que han caído en el mismo hueco que sus maestros de mentiras (Salmos 73:18-20).

    Algunos adoran ángeles, otros se dan a los santos intercesores, los hay de los que buscan a María como madre de Dios; también los que dicen hablar en lenguas, dando lugar a la barbarie literal, en la suposición de la bienvenida carismática. Milagros ven para avivar sus ánimos, aseguran que Dios les dio palabra, pero haciendo tales cosas la doctrina de Cristo queda relegada como algo que causa separación. Por esa razón, también distinguen entre corazón y mente, en el consuelo de que tal dicotomía los exima de pensar en las enseñanzas de Jesús, a quien dicen amar con mucho corazón. Pero Pablo lo aseguró: ¿Cómo invocarán a aquel de quien no han oído? Isaías también lo afirmó: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos. Juan lo resaltó: el que se extravía y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios (2 Juan 1:9).

    Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina, le encomendó Pablo a Timoteo (1 Timoteo 4:16). Esto implica vigilar los errores, denunciar las herejías (opiniones propias), para que no infeste la grey de Dios. A ese rebaño conviene alimentar con el conocimiento y el entendimiento de las enseñanzas de Jesucristo, quien vino a predicar la doctrina del Padre. Esa doctrina de Timoteo fue la misma que le enseñó Pablo, la apostólica, de acuerdo a la palabra incorruptible. Esa palabra edifica, resulta nutritiva para el alma de manera que comprenda los tiempos, las advertencias y logren afirmarse en la enseñanza de Jesucristo. Un ministro que se ocupe de él mismo y de la doctrina, ayuda tanto a la grey como se ayuda a sí mismo. De igual manera, ayudará a muchos que lo oyen, porque solamente el evangelio no adulterado tiene el poder de la palabra eficaz para llamar de las tinieblas a la luz.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • IGNORANTES SOLDADOS CELOSOS

    Una cruz sin poder contiene enormes filas con soldados de la ignorancia. La falta de conocimiento en aquello que se hace conlleva un fracaso garantizado. No existe magia en la salvación, porque Dios no es mago en lo absoluto. Él también se ha definido como el Logos, así que la razón le asiste todo el tiempo y en cualquier área. Los que pretenden una conducta eficaz en el error doctrinal, tendrán un reconocimiento de persona celosa pero no conforme a ciencia (Romanos 10:1-4).

    Poco importa la cantidad y vistosidad de la obra social que se haga, el repartir comida a los pobres o el visitar a los enfermos; el componer cantos melodiosos o el ayunar cada semana; esas cosas se harán en el nombre de otro Jesús, el Baal-Jesús del momento. El Hijo de Dios dictó cátedra en materia de fe y religión, vino a enseñarnos la doctrina del Padre, para que permanezcamos en ella. Mucha gente de la religión se apega a la enseñanza moral, como hábitos de buena conducta, en la realización de acciones propias de corazones bondadosos según su propia opinión. Uno puede tener pasión por los animales, dar de comer a esas criaturas de la calle; por igual puede ocuparse de ayudar a los humanos desvalidos, pero esas cosas se computan como obras que no ayudan en nada para la salvación del alma.

    Ya sabemos que la doctrina de Jesús dice que somos salvos por gracia, no por obras, para que nadie tenga de qué gloriarse. Cualquier buena acción que hagamos será como un fruto de la gracia que poseamos, nunca como una condición de la misma. Ayudar a los pobres entre nosotros se tiene como una labor de importancia crucial, pero hemos de hacerlo como fruto de la justicia que nos acompaña. Las religiones que proponen el fruto como causa andan en la ignorancia de los soldados celosos sin ciencia. Eso no es más que una idolatría del ego, una cruz sin efecto y sin sentido que se acuna en la mente de los religiosos desviados de Cristo. En esa gente perdida se cumple la aseveración bíblica que habla de la palabra de la cruz como locura (1 Corintios 1:18).

    El evangelio diferente a la palabra enseñada por aquellos reseñados por Cristo en Juan 17:20, se considera maldita, de acuerdo a Gálatas 1:8-9. Lo que ha sido declarado maldito trae consecuencias funestas para las personas, en especial para sus almas. El verbo de los falsos maestros no posee el poder de salvación, sino el de la locura para el alma irredenta. Nosotros somos participantes de la locura de la predicación, asunto distinto a la locura de los que se pierden. El acto de predicar para anunciar el evangelio de Jesucristo, puede ser tenido como locura divina, ya que Dios sabe a quién va a salvar pero no lo hace en forma mecánica sino a través del anuncio de la buena noticia.

    Buena noticia para los que son llamados eficazmente, mala noticia para las personas como Judas Iscariote, Esaú, el Faraón de Egipto, Caín o cualquier otro réprobo en cuanto a fe. No nos quedamos callados por el hecho de que los predestinados han de salvarse porque sí, sino que nos animamos a predicar por causa de ellos, primeramente; además, nadie podrá invocar a aquel a quien no conoce. No sabiendo quiénes son los escogidos que están en el mundo, anunciamos el evangelio a toda criatura, pero sabemos que esa palabra salida de nuestra boca volverá con aquello para lo que fue enviada. En algunos causa más endurecimiento y eso redunda en la gloria del justo juicio de Dios; en otros, provoca el arrepentimiento para perdón de pecados, lo que por igual sigue siendo grato olor de Cristo para salvación.

    Dios aborrece a todos los que hacen iniquidad, a los insensatos que no podrán estar delante de sus ojos (Salmo 5:5). Los injustos, los que transgreden la ley, los que contradicen los preceptos divinos, los que se alaban a sí mismos, jactándose de su sabiduría, de sus honores y riquezas, incluso de su propia justicia, todos ellos son calificados como trabajadores de la iniquidad. La figura del rey de Asiria ha sido pintada por Isaías, para ilustrar la jactancia del malo delante de Jehová. No pensemos ni por un momento que esa gente recibirá algún favor de Jehová, sino que aún su prosperidad forma parte de la providencia divina para que caigan de repente en el desfiladero y despierten confundidos en el Seol (Salmo 73).

    ¿Quién es el que coloca su propia justicia junto a la de Cristo? Todo aquel que camina sin la doctrina de Cristo, el que habiéndola conocido se ha extraviado (2 Juan 1:9-11) por considerarla dura de oír (Juan 6: 60), un poco injusta, carente de sentido lógico. Esa gente suspira por Esaú, aduciendo que se perdió por causa de la venta de su primogenitura, colocando la consecuencia como causa. Se propone a un Dios más justo que el de las Escrituras, porque en realidad se considera que Dios se muestra carente de justicia al odiar a Esaú antes de haber hecho cualquier tipo de obra, buena o mala. Se supone que Dios debió mirar hacia el futuro para ver que Esaú iba a vender su primogenitura, para poder condenarlo (eso no es lo que dice la Biblia en Romanos 9). Pero ¿qué vio de bueno Dios en Jacob? Nada, simplemente porque Dios no necesita ver el futuro fuera de Él mismo, ya que eso no existe per se. Dios hace el futuro, mejor dicho, hizo el futuro desde siempre, así que reclama la gloria de todo cuanto ha hecho: la gloria de la redención de Jacob y la gloria de la condenación de Esaú. A ambos gemelos separó Dios desde antes de que hiciesen obra alguna, antes de ser concebidos (Romanos 9:11-13).

    Los que se molestan por esa doctrina enseñada por Jesucristo y sus apóstoles, así como por todos los escritores de la Biblia, consideran esa palabra como dura de oír. Buscan ablandarla, suavizar el evangelio para las masas, utilizando argumentos falaces de misericordia y de cantidad popular. De esa manera dicen que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, pero que hay gente que lo rechaza por su propio libre albedrío. Dicen: Si Dios impone su salvación sobre la criatura, estaría dejando de ser un Caballero y violando la tan sagrada libertad humana, la que da sentido al amor del hombre hacia Dios.

    Acá vemos que esa gente del otro evangelio está jactándose ella misma delante de los ojos del Señor. Por lo tanto, Dios los considera trabajadores de la iniquidad, y sus obras sociales no podrán ayudarles en nada cuando sean enviados a su destino fatal. Por ahora ellos se consuelan con su celo por ese dios hecho a su medida, con una doctrina maquillada por los falsos maestros, expertos en torcer las Escrituras. Siguen como ciegos a sus maestros ciegos, teniendo por cierta la caída general en el mismo hueco.

    La expiación universal, con su variante general, prevalece en la falsa religión, la de la locura y la que ha sido declarada maldita. En ese tipo de expiación, la cruz de Cristo se tiene como nada; queda sin efecto la verdadera cruz de Cristo, ya que la eficacia final descansa en la voluntad suprema del pecador ya muerto en delitos y pecados. Cristo no tomó el lugar de los réprobos en cuanto a fe, sino el de los elegidos del Padre. Él sufrió en lugar de los escogidos de Dios, cargó con todos sus pecados y en consecuencia nos impartió su justicia y rectitud ante el Todopoderoso. Esa es al razón por la cual fuimos declarados justos, aceptables ante los ojos del Señor. Así que el Señor padeció un sacrificio vicario, al recibir las heridas por nuestras transgresiones (el justo por los injustos), y fue herido por nuestras iniquidades, no por las de Judas Iscariote, ni por las de Esaú fue igualmente declarado nuestra Pascua, no la pascua de los réprobos en cuanto a fe.

    Existe una gran diferencia entre el concepto de expiación que manejan los participantes de la expiación general o universal, los ignorantes soldados celosos, y la que se describe en la Biblia. La sangre de Jesús fue derramada por las ovejas, no por los cabritos (Juan 10). De esta forma sabemos que todos los pecados de su pueblo fueron imputados a Jesús, junto con toda la culpa y condenación, pero esto ofende a muchos (Juan 6: 61). Esa exclusividad de Jesús por su pueblo turba a gran cantidad de personas, en especial a las cabras; también se turban las ovejas que no han sido llamadas todavía en forma eficaz, porque ellas desconocen que son ovejas. ¿Y qué era lo que ofendía a aquella gente descrita en Juan 6? Sencillamente la frase reiterada por Jesús varias veces, la que en forma explícita fue dicha a continuación de su pregunta sobre la ofensa: Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, a menos que le sea dado por mi Padre (Juan 6:65).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • CULTO A LOS ÁNGELES

    Pablo condena el culto a los ángeles, como si los que eso hacen mostrasen mayor humildad. Muchos van a Cristo por María, ya que consideran humilde acudir a Dios a través de otra persona antes que ir directamente a Él. Eso pretendían muchos judíos antiguamente, acudir al Dios de Abraham por medio de los seres angelicales. Sin embargo, al hacer tal cosa se demuestra estar hinchado por la mente carnal, no asiéndose a la Cabeza (que es Cristo: Colosenses 2:18). La iglesia de Corinto debía estar al tanto de semejante herejía.

    Odioso ante Dios resulta cualquier forma de idolatría, mientras la obediencia a su palabra se prefiere a cualquier sacrificio que el hombre haga (Isaías 1:19.20). Tampoco conviene obedecer a Dios de mala gana, como lo hizo Caín al llevar su sacrificio de ofrenda. Nuestro querer debe ser real para que agrade al Señor, el cual conoce lo profundo de nuestro corazón. Hemos de dar de la abundancia voluntaria de nuestras manos, de acuerdo a la bendición que Jehová nos haya dado (Deuteronomio 16:10).

    La falsa humildad engaña a muchos que desean la piedad como apariencia, por medio de la cual se declaran pobres cada vez que pueden, o se dicen depravados pecadores, con un corazón altamente malévolo. Aseguran que su carne está en rebelión contra Dios, porque ignoran las palabras del profeta respecto al cambio de corazón. Confunden los contextos bíblicos, se aferran a la declaratoria de Jeremías respecto al corazón perverso, más que todas las cosas, olvidándose de Ezequiel que vino de parte de Jehová para anunciar que Él cambiaría el corazón de piedra por uno de carne.

    De seguro que, los que se dedican al ejercicio de la aparente piedad, no han sufrido todavía ninguna cirugía en el órgano central, por lo cual hablan verdad en sus lamentos. Pero al mismo tiempo deberían darse cuenta de que no han nacido de nuevo, pues si sus corazones continúan siendo perversos, más que todas las cosas, quiere decir que no han recibido el corazón de carne en sustitución del de piedra. Por supuesto que tampoco han recibido un espíritu nuevo que ame el andar en los estatutos del Señor.

    A esa gente del falso evangelio le gusta andar en las congregaciones que profetizan cosas nuevas, con apóstoles, en medio de los que hablan falsas lenguas con gemidos extraños. Ellos decretan, prometen, brincan y cantan a toda voz, a la espera de que su dios les responda. Hacen como los israelitas que seguían a Baal, frente al profeta Elías. Están contemplando su propia maldad, sumergidos en una supuesta humildad que les dice que ellos todavía están sucios. El sentirse atrapados en el dolor del pecado les da un aire de santidad, como si con ello demostrasen que batallan contra el mal.

    Pero, ¿qué puede el hombre natural frente a la maldad del corazón? Le es necesario nacer de nuevo, no por medio de Babilonia, ni por escuchar el falso evangelio, sino por el Espíritu y la palabra viva e incorruptible, la que no ha sido torcida por aquellos que buscan su propia perdición. Por semanas y años continúan con su viejas creencias, todos dando fe de una fecha en que comenzaron a creer; ellos le pidieron a Dios que los anotara en el libro de la vida, ellos dieron un paso al frente siendo más valerosos que los otros timoratos que se fueron del templo.

    Aman la mística, las experiencias emocionales, procuran aprender a pedir para conseguir milagros especiales. Incluso los hay de los que se entregan de nuevo a Jesús, como si quisieran confirmarse para execrar sus dudas. Siguen sintiendo su depravación y esa sensación la confunden con humildad de espíritu, como si vivieran un proceso en el que Dios los va convenciendo poco a poco. Ante los espíritus de oídos sordos suena bien darse al misticismo, como si con el pensamiento recurrente de su suciedad pudieran limpiarse más. Ellos se alejan de la doctrina de Cristo porque prefieren amarlo con el corazón (oponiéndolo a la mente), antes que entregarse a lo que separa. Dame la mano, y mi hermano serás, cantan al unísono; no importa qué doctrina tengas, siempre y cuando pronuncies el nombre de Jesús. Además, esos cánticos tan melodiosos solo pueden entonarlos los de puro corazón.

    El verdadero creyente no puede andar creyendo que tiene un corazón perverso, más que todas las cosas; más bien recuerda las palabras de Pablo: Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas (2 Corintios 5:17). ¿Y qué de este otro texto? El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios (Romanos 8:16). Pero muchos que dicen creer han confundido al Espíritu con actitudes emocionales, como si la racionalidad del Logos no fuere la misma en el Dios Trino.

    Los que confunden las Escrituras sostienen que los pensamientos de Dios no son los pensamientos de los verdaderos cristianos, ni los caminos del Señor tampoco son sus caminos. Se afianzan en el hecho de que Isaías haya escrito un texto con palabras similares, pero dejan de lado el contexto, como indebidamente acostumbran: el verso que precede dice así: Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar (Isaías 55:7). Vemos que Jehová habla del impío que por supuesto tiene su camino y sus pensamientos contrarios a los suyos. Por lo tanto, el verso 8 asegura que los pensamientos de Dios no son los pensamientos del impío, ni sus caminos los caminos del inicuo.

    Pablo nos resalta que el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, quien intercede conforme a la voluntad de Dios por los santos. Por lo tanto, sí conocemos los caminos y los pensamientos de Dios, porque Dios nos los reveló por el Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios (2 Corintios 2:10). Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios…y nosotros hemos recibido el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido (1 Corintios 2:11-12).

    No necesitamos rendirle culto a los ángeles, ni a santos, ni a fuerzas extrañas; solo Dios es digno de honra y gloria, a Él debemos esta salvación tan grande. La lectura de su palabra, el escrutinio de sus juicios, hace sabio al sencillo; pero los que tienen apariencia de piedad siempre andan confundiendo los textos dando fe de que no tienen al Espíritu de Dios.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • DESDE LA REGENERACIÓN HASTA LA GLORIA FINAL

    Desde la regeneración hasta la gloria final dependemos del Señor. No se trata de que Él nos haya regenerado dejándonos a nuestra merced, como si pudiéramos perseverar por nuestras fuerzas. Si así fuera, tendríamos que hablar de una salvación compartida, donde el Padre nos habilitó para que pudiéramos continuar con nuestros esfuerzos. De esta manera no habría garantía del resultado final y glorioso para los amados de Dios.

    Lo que Cristo hizo en la cruz nadie puede deshacerlo. Consumado fue, de manera que nadie puede añadir o quitar a su trabajo. Formamos parte de los hijos que Dios le dio, de la nación santa y del linaje escogido, del real sacerdocio, de los amigos, de su pueblo y de su iglesia. La Biblia nos dice que el que persevere hasta el fin será salvo. Muy bien, estamos de acuerdo, pero justo conviene aclarar que los que perseveramos somos los mismos que fuimos elegidos para ser objetos del amor de Dios. Ese amor eterno nos prolonga su misericordia, y si la Escritura nos ordena a perseverar será porque el Espíritu que nos fue dado vino como garantía de la salvación final.

    ¿Es que alguien considera que el Espíritu Santo no es Todopoderoso? ¿Acaso se ha dividido el Dios Trino? En ninguna manera, su poder permanece por siempre y nos conduce a toda verdad. Pero los que no logran perseverar hasta el fin son aquellos que se anotaron por sí mismos, los que siguen un evangelio diferente al de Jesucristo. A ellos el Espíritu no los guía y no les fue dado como garantía de su redención.

    El predestinado es también llamado, justificado y glorificado. Dios está con nosotros (su pueblo), ¿quién estará contra nosotros para vencernos y arrebatarnos esta salvación tan grande? El Hijo no fue escatimado, sino entregado por todos nosotros (su pueblo), así que tenemos también junto con él todas las cosas (eso incluye la salvación final). En Romanos 8 leemos de esta grandeza de esperanza y garantía final que tenemos los creyentes (su pueblo), por lo cual se nos declaró más que vencedores.

    La obediencia de Cristo Jesús hasta la muerte instituyó una justicia perpetua para todos aquellos que él representó en el madero (él rogó por todos los que Dios le dio y le daría, pero dejó por fuera al mundo: Juan 17:9). Así que somos sus representados, sus escogidos, el pueblo que Dios le dio, aquellos que el siervo justo justificó (Isaías 53:11). El acta de los decretos que nos era contraria permanece clavada en esa cruz del Calvario, ya que dejó de ser útil frente a la declaratoria judicial del Padre Eterno: somos justificados por la fe de Cristo. Somos justificados por su sangre gloriosa, por habernos representado en la cruz, de acuerdo al plan eterno del Padre, como lo demuestra la oración intercesora hecha por Jesús en el huerto de Getsemaní, la noche previa a su muerte de cruz.

    Nuestra obediencia sigue el amor que tenemos por Jesucristo, no conquista nuestra salvación. Simplemente obedecemos porque poseemos el corazón de carne que se nos transplantó en lugar del de piedra. Bien es cierto que el pecado continúa acechando nuestras vidas, como bien lo reconoce Pablo en su carta a los Romanos (capítulo 7). La obediencia no nos preserva, pero nos conviene para no ser castigados como hijos desobedientes. Nos motiva la preservación que tenemos al estar en las manos del Padre y del Hijo, al tener al Consolador en nuestros corazones como arras de la salvación final.

    Cuando hacemos buenas obras no esperamos que ellas nos ayuden a entrar al reino de los cielos, sino que ellas honran al Creador en nosotros. No podríamos combinar gracia con buenas obras, como una garantía más para la redención; al contrario, las buenas obras siguen a la gracia, habiéndosenos dicho que ellas también fueron ordenadas de antemano. Nos mueve nuestra gratitud, no la condición para alcanzar un fin.

    En estos tiempos finales y angustiosos que vivimos, los falsos profetas y los falsos Cristos intentarán arrebatar, si fuere posible, aún a los escogidos. Pero no será posible, porque Jesús usó un futuro de subjuntivo, lo cual indica que hablaba en un hipotético caso y en relación a un imposible acto. Esas palabras de Jesús nos dan la pista de dos cosas, al menos: 1) que estaremos rodeados de malhechores religiosos, para que nos preparemos con las Escrituras y podamos discernir los frutos del árbol bueno y del árbol malo; 2) que tenemos una salvación demasiado grande, demasiado segura, la cual debemos cuidar (tratar con cuidado) como el firme cimiento de nuestro destino final.

    Con las Escrituras podemos refutar a esos falsos maestros, a los pastores que maltratan a las ovejas, descubrir el engaño del enemigo que se disfraza como ángel de luz. Ellos intentarán engañarnos, pero no podrán porque nos preserva el Señor. Sabemos que hay ovejas y cabras; las cabras no serán jamás ovejas, pero las ovejas pueden ser de dos tipos: a) las que están descarriadas y no han oído todavía el llamado del buen pastor; b) las que seguimos al buen pastor porque conocemos su voz. De estas últimas habla el Señor cuando se refiere a que no nos podrán engañar; las otras ovejas descarriadas podrán estar en Babilonia, pero cuando oigan al Señor huirán de allí y lo seguirán fielmente. No así las cabras que siempre seguirán al extraño y nunca podrán huir de él, porque no conocen la voz del Señor.

    Nadie sacará las ovejas de las manos del Padre y del Hijo (Juan 10:27-29). Ni perdemos nuestra salvación ni seremos engañados por un falso Cristo o por un evangelio diferente. Si así sucediera, entonces no hubiésemos sido declarados hijos del Dios viviente, sino que seríamos solamente investidos con un cristianismo externo propio del que apostata de la fe. Los que profesan externamente la fe, se enredan con un variado menú de evangelios diferentes, dado que no aman la verdad y se complacen en la mentira. Para este tipo de personas opera el espíritu de estupor o engaño enviado por Dios para que terminen de perderse (2 Tesalonicenses 2:11-12). Si la verdad del evangelio no afecta a esas personas (cabras) para motivarlas a amarla, no serán salvas. En realidad, son esas gentes las que fueron ordenadas para tropezar en la roca que es Cristo.

    La justicia de Dios es Jesucristo, por cuya razón nos deleitamos en él; el impío no tiene interés en esa justicia divina sino que coloca la suya propia como sustituta o auxiliar de aquella. He allí el error, he allí la blasfemia; se burlan de la justicia de Dios los que se justifican a sí mismos delante de los hombres, teniendo por sublime lo que ante Dios es abominación (Lucas 16:15). Dios ya lo dijo desde mucho antes: No hay justo ni aún uno; así que en vista de ese diagnóstico la prognosis es la muerte eterna, a no ser que se nos impute la justicia divina que es Jesucristo el Señor.

    Eso hizo Jesucristo cuando murió en la cruz, tomando nuestros pecados y pagando por ellos, para otorgarnos a cambio su justicia. Ese trabajo lo hizo en favor de su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:9). Feliz el hombre cuyas iniquidades son borradas y cubiertos sus pecados (Salmo 32:1-2). No poseemos en nuestro espíritu engaño alguno, porque los falsos Cristos y los falsos maestros no pueden engañar a los escogidos de Dios. No tenemos otra opción sino confesar siempre el verdadero evangelio de Jesucristo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LOS BUENOS ÁRBOLES

    Los buenos árboles darán siempre buenos frutos; por el fruto los conoceremos, ya que de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:45). La boca denuncia lo que hay en el corazón respecto a la doctrina que se ha creído. Un árbol malo podrá tener apariencia de buen árbol, con hojas verdes y tronco fuerte, muy útil para dar sombra, para ser refugio de aves, pero no dará el fruto propio de un árbol bueno. Es decir, un hombre religioso podrá equipararse a un impío en cuanto a celo por Dios y alta moralidad, como sucedió con los viejos fariseos. Algo parecido les aconteció a los judíos que Pablo describió como carentes de salvación (Romanos 10:1-4).

    Incluso Pablo se preguntó acerca de lo que le aprovechó a Israel por ser el portador del testimonio de Dios, diciendo que mucho, más allá de que no le fue procurada la salvación a cada uno de los que conformaban la nación. El apóstol para los gentiles dijo de sí mismo que había sido un hombre probo, discípulo de Gamaliel, sobresaliente judío y guardador de la ley en muchos puntos, pero que no le aprovechó de nada en materia de redención. Tuvo todo eso como basura pasada, por causa de la excelencia de Cristo. Por lo tanto, hemos de guardarnos de los perros, de los malos obreros, de los que mutilan el cuerpo. Hoy día abundan los que mutilan el alma, que son de igual pelambre que los antiguos canes descritos en Filipenses 3:1-8.

    Existe mucho celo para perseguir a los que son de Dios, demasiada basura en el chiquero de los que se aferran a la religión y su letra, sin que Dios los haya enseñado para ir a Cristo (Juan 6:45). La gente mala se juzga a sí misma como buena, como creyentes en el Dios de la Biblia, aunque sea de puro decoro. Ellos aprenden los textos de memoria y saben jugar fuera de contexto, pero su corazón queda descubierto en cuanto comienzan a hablar de doctrina. Al verse expuestos acuden a su conocido ardid, el de que prefieren amar a Jesús con todo su corazón, más allá de que no comprendan todas sus enseñanzas; al fin y al cabo, esas cosas de la mente separan, mientras que los asuntos del corazón acercan.

    Dan fruto para muerte, aunque vivan vidas con alta moralidad, como se suele hacer en muchas otras religiones también paganas. Por supuesto, vivir una vida plagada de inmoralidad demuestra que Cristo no vive en esa persona, pero el que alguien tenga buena conducta no presupone que Cristo vive en ella. Muchos ascetas y gente de religión puede conseguir un buen testimonio ante los demás; no obstante, lo que ellos hablan los delata como árboles malos porque carecen de la justificación que solo Cristo puede dar a sus escogidos.

    El asunto de la doctrina que se cree y se confiesa pasa a ser el fruto para reconocer al árbol bueno. Jacob y Esaú parecían buenos hijos ante sus padres, se ocupaban de sus quehaceres y trabajaban con ahínco. Pero uno fue escogido para bendición, mientras el otro fue odiado eternamente. ¿Qué diremos a eso? Que el fruto moral bueno es el que viene como dependencia de la bonhomía espiritual; el fruto moral aislado no presupone que proceda de un buen árbol. Jesús propició con su sangre para nuestro beneficio, pero el otro Jesús que la gente se imagina y confecciona a su voluntad no realizó nada en concreto. Según sus teólogos solo hizo posible para todos lo que le resultó imposible para sí mismo. Es decir, exponen una proposición que por falaz se cae a pedazos, ya que esa salvación fue potencial y los muertos en delitos y pecados deben buscarla y aceptarla.

    ¿Cómo se puede ignorar la vida y la obra de quien nos salvó? ¿Acaso no es necesario conocer a aquel a quien vamos a invocar? En eso consiste la predicación, en dar a conocer a aquel enviado de Dios para el rescate de todo su pueblo (Mateo 1:22; Juan 17:9; Romanos 10:14-15). El que se auto justifica coloca sus propios esfuerzos por alcanzar una hipotética salvación, en tanto él llega a ser la gran diferencia entre salvación y condenación. Esta presunción de potestad en el individuo lo convierte en un anticristo más, alguien que se pone en lugar del verdadero Jesucristo y se otorga el derecho de la salvación.

    ¿Por qué cuesta tanto creer que Dios es el autor de toda gracia? ¿Por qué la gente desea una gracia genérica, dada por igual a cada miembro de la raza humana? Tal vez sea por aferrarse tanto a su mítico libre albedrío, a la promesa de la serpiente que le dijo que sería como un dios si comiere de aquel fruto prohibido. El hombre se cree independiente de su Creador, pero en su ilusión ha olvidado que le debe un juicio de rendición de cuentas una vez que trascienda el umbral de la muerte. Hemos de juzgar de acuerdo al estándar del evangelio, no al de la moralidad o al de la religiosidad.

    La doctrina de la expiación pasa por esencial en la materia del evangelio. No se trata de creer que Cristo es el Hijo de Dios, que resucitó de entre los muertos, o de decirle Señor. Jesús aseguró que muchos le dirán en aquel día que ellos lo llamaron Señor, Señor, pero que él les responderá que nunca fueron conocidos por él. Los demonios creen y tiemblan, pero de nada les sirve; hemos de comprender las palabras de Isaías cuando dijo: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53:11). Conocer al siervo justo implica saber qué hizo en la cruz, que hizo en la carne, además de saber que era el Cordero de Dios.

    Jesús justificó a muchos, no a todos; asimismo dijo que muchos serían llamados y pocos los escogidos. Que hemos de ser enseñados por el Padre, para que habiendo aprendido podamos venir a él. Que nadie viene a él a no ser que el Padre lo traiga. Dijo también que Todo lo que el Padre le da vendrá a él, y el que a él viene no lo echa fuera (Juan 6). Si no posee esta doctrina en su corazón, ¿cómo pretende validar el evangelio en su vida?

    Así como hay árboles malos que dan buena sombra y cobijan a las aves, sirve la analogía para comprender que aún a los impíos los utiliza Dios en lo que desea. El Faraón sirvió para la exhibición del poder divino, de su justicia y su ira contra el pecado y toda forma de injusticia; Esaú vino a ser un prototipo de réprobo en cuanto a fe, para que miremos ese espejo y comprendamos la más grande misericordia de Dios para sus elegidos. A veces admiramos la obra de los impíos, porque vemos alguna verdad en su labor; nuestro error se acaba cuando al cotejar con la palabra de Dios comprendemos que aún en sus palabra se esconde mucho anti cristianismo.

    Cuando uno ve la doctrina demoníaca de la salvación, entiende que se parece en gran manera a la verdad de la Biblia, pero de cerca muestra que procede de un árbol malo. Debemos perseverar en la doctrina de Cristo, para no extraviarnos; el que se extravía, no tiene ni al Padre ni al Hijo, pero el que le dice bienvenido a tal persona participa por igual de sus malas obras (2 Juan 1:9-11). No es lo que le parece al hombre lo que ha de ser justo, sino lo que Dios dice que es su justicia. ¿Contenderá el hombre con Dios? ¿Invalidarás tú también mi juicio? ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú? (Job 40: 8). ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? (Romanos 9: 14). Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9:19). El evangelio seguirá encubierto en los que se pierden, los que tienen el entendimiento cegado por parte del dios de este siglo. De esa manera no les resplandecerá la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. Pero para nosotros, está el tesoro en vasos de barro, de forma que se comprenda que la excelencia pertenece a Dios y no a nosotros (2 Corintios 4:3-7).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org