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  • LA ARROGANCIA DE SATANÁS

    El sentimiento de superioridad de Lucifer lo llevó a la ruina, si bien conserva todavía el poder suficiente para dañar a la gente, en especial a los que le han sido entregados desde siempre. Sus relaciones con el mundo portan el sello distintivo del carácter imperial de su reino, con un trato distante y despreciativo hacia las personas. El adagio popular parece cierto: el diablo ofrece mucho, da poco y quita todo. Los discípulos del maligno no se quedan por fuera de la esfera del evangelio, más bien se acercan con el ánimo de enturbiar la fuente. De esa manera vociferan que Dios quiere convertirse en su amigo.

    El atractivo de su ofrecimiento trabaja como anzuelo para el pez que no distingue el peligro de la carnada. Las cosas que el oído humano desea oír son dichas por los maestros de mentiras; desde la asunción que pregona que el infierno no existe, ni es eterno, dado que Dios es amor y no se ocupará de castigos exagerados por la eternidad, hasta la proclamación de la oferta pública de que Cristo murió por todos, sin excepción. El diablo predica el anuncio acerca de que Jesucristo murió inútilmente en la cruz, dado que muchos de los supuestos redimidos terminan perdidos. Se vería como si el infierno se convirtiese en un monumento al fracaso del Señor, ya que él hizo su parte y la humanidad distante no hace la suya.

    Muchas personas imaginan a un Dios que corre tras ellos, lo cual no puede ser sino en virtud de la arrogancia satánica sembrada en sus corazones. El mago de la botella ha salido y ofrece regalos al que le abrió la tapa, un Cristo que expió todos los pecados de toda la humanidad espera ansioso porque alguna alma caritativa se le acerque a darle las gracias. El evangelio se ha abaratado para que la gente no lo encuentre como palabra dura de oír, sino como la que calza en la estructura de su propia alma. En definitiva, la gente se ha vuelto como Dios, según la promesa del Génesis 3:5, de acuerdo a la proposición de Satanás ante los primeros seres humanos. La vieja proposición profética pareciera haber quedado anulada, la que afirma que Dios está airado todos los días contra el impío.

    Tal parece que este estilo de reconciliación lo ha hecho Lucifer por su cuenta, con la reinterpretación del evangelio y con la persuasión a las masas a través de sus ministros. El disfraz de luz lo cargan todos los extraños que predican otro evangelio, el anatema señalado por Pablo. Ya Dios no odia a Esaú ni endureció el corazón del Faraón (Exodo 9:12-16), sino que éste se endureció solo y Esaú se perdió por su propia cuenta.  La Biblia lanza un alerta contra el falso evangelio, como se observa por la condena a los fariseos, los cuales mantenían una apariencia de piedad impecable, con una práctica religiosa reluciente y con un gran celo por el Dios del cual habían oído. Estuvieron ocupados yendo a sus sinagogas cada sábado, daban el diezmo de cada cosa que ganaban, se inhibían de idolatría y fornicación, jamás se les vio borrachos en las calles ni en sus casas. Pese a su práctica religiosa impecable, se les dijo que eran sepulcros blanqueados, llenos de podredumbre por dentro, que no podrían huir de la condenación que les venía.

    Lo que Satanás niega la Biblia lo dice a voces: que la humanidad no quiere ser amiga de Dios. Toda ella se ha desviado y se hizo inútil, tiene su garganta como sepulcro abierto, con veneno debajo de sus labios; una boca llena de amargura, sin temor delante de sus ojos. El relato reseñado en Romanos 3 ilustra acerca de cómo ve Dios la humanidad perdida. El Dios justo que ha sido descrito en las Escrituras no puede pasar por alto la transgresión humana, como para decidir en forma amistosa que no ha pasado nada en la relación con la humanidad. Al contrario, el Dios que es Juez justo siempre hará justicia, de manera que la paga por el pecado será siempre la muerte. La justicia que Dios aprobó fue Jesucristo mismo, el Cordero que no pecó jamás, sin mancha alguna, que cumplió la ley en forma total, el cual cargó en sí mismo todos los pecados de todo su pueblo.

    Aquellos que buscaban a Dios por causa de la tradición de sus padres no lo hallaron. Lo hallaron los que no lo buscaron antes, lo encontró la nación que nunca pronunció su nombre, porque Él así quiso mostrarse ante ellos (Isaías 65:1). De esa nación somos nosotros, los que una vez estuvimos muertos en delitos y pecados pero que recibimos la vida cuando no teníamos esperanza. El príncipe de la potestad del aire sigue diciendo que Dios se amistó con toda la humanidad, lo dice para pervertir el evangelio y seguir gobernando el caos a través de la mentira teológica. Sin embargo, la verdad bíblica se demuestra en las páginas del libro que expone lo que significa el evangelio de Jesucristo.

    Dios nos salvó por gracia (Efesios 2:5), nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo, pero nunca nos rogó ni nos suplicó que fuésemos sus amigos. Jamás envió mensajero alguno a pregonar el evangelio de mentira, el que dice que Cristo hizo su parte y Dios espera que tú hagas la tuya; el que proclama que nadie puede hacer nada por nosotros si no se lo permitimos, con el alegato de que el precio fue pagado pero que nosotros debemos levantar una mano, repetir una oración de fe, dar un paso al frente, etc. Al contrario, Jesucristo afirmó que ninguna persona podía ir hacia él si el Padre no lo envía; recalcó que aquel que el Padre le envía ya ha sido enseñado por Dios y ya ha aprendido de él. Que el Espíritu es quien da vida y produce el nacimiento de lo alto, sin mediación de voluntad humana alguna. Agregó el Señor que los que no vienen a él no pueden hacerlo por cuanto no son de sus ovejas (Juan 6:44 y 10:26).

    De suma importancia resulta conocer el objetivo de la salvación. Si bien la redención tiene sus beneficiarios -las personas redimidas-, la gloria de Dios toma el presupuesto mayor. La gloria de Cristo supera el objetivo de la redención, ya que somos salvados para darle gloria al Hijo. El plan de Dios fue hecho antes de la creación, de acuerdo a lo que dicen las Escrituras (1 Pedro 1:20), así que el Cordero preparado para tal fin tenía su gloria y retomó una mayor, la de ser el Redentor de muchos hermanos. La Biblia ha sido enfática: no depende del que quiera, ni del que corra, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla; pero endurece a quien quiere endurecer (Romanos 9: 16 y 18).

    Feliz el hombre perdonado y cuyos pecados son cubiertos, ya que ése ha pasado a ser amigo de Dios. Recordemos a Judas Iscariote, quien estuvo varios años como discípulo del Señor, aprendiendo de sus enseñanzas y probando sus milagros. De nada le sirvió para su alma, ya que él había sido escogido como hijo de perdición, como un diablo, sobre el cual se dictó un ay por lo que le vendría. ¿Desea usted la relación que Dios tuvo con Judas Iscariote? Supongo que en absoluto. En cambio, los que el Padre ha elegido desde el principio, para alabanza de su gloria, no seremos juzgados porque fuimos declarados justos y justificados en la justicia de Dios que es Jesucristo. Formamos parte del pueblo que vino a redimir, de acuerdo a lo expresado en Mateo 1:21. Hemos sido enviados por el Padre al Hijo, el cual no nos echará jamás afuera.

    Esa amistad con Dios pasa por la enseñanza del Padre, por asumir el evangelio de Cristo, por conocer la vida y la obra del Señor que invocamos. No podríamos haber invocado el nombre de quien no conociéramos, así que fue necesaria la predicación del verdadero evangelio. No hay salvación automática sino certera, ya que Jesucristo murió específicamente por su pueblo representado en la cruz. Su salvación alcanzada no fue potencial, por toda la humanidad, sino actual y en beneficio de todo su pueblo. Por la sangre de Cristo tenemos relación con Dios, hemos recibido el perdón de pecados, por igual tendremos eterna gloria en los cielos.

    Hermoso texto sacado de la Escritura: Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21). Eso de ser hecho pecado supone una imputación, mas no por adquisición del carácter de pecador. Los pecados de todo su pueblo fueron transferidos hacia él, quien los llevó a su propia cuenta. Se cumplió lo dicho por Isaías, que llevaría nuestros pecados y transgresiones; fue molido por ellos pero por causa de nosotros. Haberse convertido en pecado parece más fuerte que cargar con el pecado de otro, pero Jesucristo fue hecho pecado por causa de todo su pueblo. Gran envergadura encierra esa frase bíblica, la cual no podemos descuidar o dejar a la negligencia. La justicia de Dios lo trató en forma severa, al punto en que el Padre mismo lo abandonó en el Calvario. Pero ese pecado en el Hijo lo fue solo en virtud de la imputación de pecado, mientras a cambio, la justicia que habita en su pueblo reposa solamente en virtud de habérsenos imputado. Así que el Hijo, que no tenía pecado alguno, asumió por imputación nuestros pecados; nosotros, que no teníamos justicia en lo más mínimo, la poseemos por imputación de Dios hacia nosotros.

    La arrogancia de Satanás le dice al mundo que todos tienen la justicia de Cristo, ya que el Cordero murió por todos, sin excepción. De otra manera Dios no sería justo, así que todo depende de tener un poco de voluntad para seguir a ese Cordero. Pero eso no es más sino una oculta blasfemia, que no por escondida no se pueda ver; más bien, el alma avezada la descubre y la condena por el maltrato que sugiere ante la faz de Cristo. La sangre del Señor no puede ser pisoteada ni subestimada, habiendo alcanzado todo aquello por lo cual fue derramada. El sacrificio de Jesucristo como Cordero se hizo en forma perfecta y completa, así que reclama todo su fruto por el cual fue hecho. Todo el mundo cuyos pecados fueron expiados conforma el beneficiario total de ese sacrificio. Ni uno más ni uno menos, pero todos sus miembros alcanzarán ese beneficio a través del llamamiento eficaz del evangelio, por lo cual no callamos el anuncio de la promesa.

    Hemos llegado a ser la justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21), lo que se desprende del hecho de que Jesús murió en favor de su pueblo, conglomerado de personas por el cual agradeció la noche antes en el Getsemaní. Aunque Satanás predique la mentira de la expiación general o universal, Jesús no rogó por el mundo que nunca vino a salvar (Juan 17:9). Esa es la arrogancia y la falacia con la cual Satanás engaña, en su rol de espíritu de estupor enviado a los que no aman la verdad, sino que se complacen en la mentira.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • ¿EXPIACIÓN LIMITADA?

    Esta interrogante cobra importancia en medio de una religión social y colectiva. El énfasis colocado en las relaciones sociales de igualdad, con oportunidades para todos, ha hecho pensar que Dios debe tener un comportamiento similar al de sus criaturas. La humanidad marcha hacia una sociología igualitaria, en una lucha continua contra los que se oponen a sus sueños y objetivos. Sin embargo, el planteamiento de las Escrituras no cambia, sino que se mantiene como un monumento a la soberanía absoluta del Dios invisible.

    Hay gente que se molesta con la forma y contenido de la Biblia. Estos dicen que si Dios tuviese un jefe de relaciones públicas lo primero que haría sería retirar las Biblias del mercado. Se molestan con algunas expresiones contra la conducta de las mujeres en la iglesia, contra los que están a favor de su sujeción a sus maridos, porque serían un ejemplo de la discriminación social en base al sexo (que ellos llaman género) exhibido en la palabra revelada. Asimismo, alegan que Dios tuvo que pedir conceptos prestados a ciertos pueblos para exponer la visión sobre Sí mismo.

    En materia de predestinación la opinión no es diferente, más bien se acentúa la crítica por declarar que es injusto que la gente nazca con un destino a cuestas, sin oportunidades para cambiar. Da igual que uno argumente que el hombre nunca tuvo potestad para ser otro -en materia de espíritu-, aunque Dios lo hubiese hecho libre. Molesta mucho la existencia del infierno o castigo eterno. Por eso han surgido corrientes teológicas que proponen a un Dios que no castigará eternamente a sus criaturas, ya que eso contradiría la definición de Dios como amor (los adventistas).

    Entre los que sostienen que Dios predestinó a unos para vida eterna y a otros para condenación perpetua, se propone el argumento de la expiación ilimitada de Cristo en la cruz. En otros términos, el Hijo de Dios murió por todos sin excepción, haciendo posible la salvación para cada miembro de la raza humana que desee aceptar esta oportunidad. Una ley de mercado se hace presente con la libre oferta de un producto para todo aquel que quiera demandarlo. Con esta proposición se equilibra la paz social de una sociedad global y colectiva, cada día más dada a la equidad en materia de oportunidades.

    En apoyo a esta tesis sus defensores citan textos que convienen como elementos probatorios. Con ellos pretenden borrar las dudas, aunque se deje una estela de contradicciones con el resto de las Escrituras. Sabemos que la palabra de Dios no puede contradecirse, ni presentar paradojas; lo que es revelado ha dejado de ser un misterio, de manera que las proposiciones bíblicas han de mostrar siempre una transparencia lógica como reflejo de un Dios al que también llaman Logos.  Entonces, ¿es ilimitada la expiación?

    Si la expiación fuese ilimitada caeríamos en la universalidad de la redención. En el entendido de que Cristo expió con su sangre y su muerte la culpa de su pueblo (Mateo 1:21), con la extensión universal expiaría a cada miembro de la raza humana. Uno de los absurdos de esta tesis deja ver a un Dios que perdona a la humanidad pero que después inculpa si la humanidad no acepta el perdón. En cualquier sistema judicial, la libertad otorgada al reo no depende de si éste la acepta, ya que es materia jurídica y procesal del Estado. Le guste o no el reo no puede permanecer más en prisión una vez que se le ha concedido la libertad plena. Es posible que no quiera irse de la cárcel, porque no sabe qué hacer en otro ambiente, pero el Estado no concederá que se quede detrás de las rejas. De la misma forma, si Dios perdonó a la raza humana representada en Su Hijo en la cruz, no hará depender este perdón absoluto de la voluntad del liberado.

    La suposición del libre albedrío humano es de tal envergadura que se permite que prevalezca la opinión y la voluntad del preso liberado por el Estado, no la del Estado que libera. De igual manera, el Dios de la Biblia se ve ridículamente derrotado en sus planes eternos, porque habiendo querido la liberación de su criatura ésta le detiene su mano y le dice: ‘Epa, ¿qué haces?’. Sin el consentimiento del pecador no puede haber remisión de pecados, dice esta teología. Esta tesis no da cuenta de los muchos que han muerto sin siquiera escuchar acerca del perdón universal obtenido por Jesús en la cruz. En algún sentido habrá sido mejor para ellos, ya que se alegaría a su favor el hecho de que nunca rechazaron tal proposición de perdón. Pero de esta manera llegaríamos a otro absurdo: deberíamos dejar de anunciar el evangelio, ya que mientras más ignorancia haya del mismo menos chance habrá de negar el perdón otorgado.

    LO QUE LA BIBLIA ENSEÑA.

    1) El ángel le dijo a José qué nombre habría de ponerle al niño: se le pondría Jesús, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados. Interesante que no dijo que salvaría a cada miembro de la raza humana, sino a su pueblo. Esto quiere decir que existe otro renglón de gente que no forma parte de su pueblo (Mateo 1:21). De la misma manera, Isaías expuso en su libro que este siervo vería el fruto de la aflicción de su alma, y quedaría satisfecho. Es muy importante esta otra parte: quedaría satisfecho con su fruto. Jesucristo no quiere más, simplemente quiere su fruto. ¿Y cuál es su fruto? Por su conocimiento justificará mi siervo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. De nuevo, en el siguiente verso, se menciona el adjetivo que implica abundancia,  que excede a lo ordinario: habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores (Isaías 53:11-12).

    2) Jesucristo dijo que había algunos que no creían en él porque no eran de sus ovejas (Juan 10:26). Ser oveja precede al creer, de manera que eso depende de una voluntad anterior a la oveja misma. La oveja no decide ser oveja, simplemente es lo que es. En este sentido, el pastor llama a las ovejas por su nombre y saca a las propias, para ir delante de ellas. Las ovejas le siguen porque conocen su voz, no la de los extraños (Juan 10: 1-5). Jesús le dirá en el día final a un grupo de creyentes cabras que se aparten al fuego eterno (Juan 10: 41), pero a sus ovejas las pondrá aparte para decirles: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo (Juan 10: 34 y 41).

    3) La expiación limitada se demuestra también en el hecho de que Jesús pondría su vida solamente por las ovejas: Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas …  así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas (Juan 10:11 y 15).

    4) En la oración sacerdotal de Jesús, poco antes de su muerte en la cruz, dijo enfáticamente:  Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son (Juan 17:9). Si Jesucristo está a la diestra del Padre intercediendo por nosotros (su pueblo), ¿cómo es que poco antes de morir dejó afuera al mundo y rogó solamente por los que el Padre le había dado? Recordemos que aquellos que el Padre le había dado no eran solamente sus discípulos, sino todos aquellos que habrían de creer por la predicación de ellos (Juan 17: 20):  Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos. Es decir, Jesús rogó por un grupo, pero dejó claramente a otro grupo por fuera. ¿Por qué no aprovechó la oportunidad de incluir a todos sin excepción en su oración intercesora?  El sabía que el Padre siempre lo escuchaba, pero no rogó por todos porque esa no era la voluntad del Padre, la cual Él siempre se gozaba en hacer.

    5) Todo lo que el Padre me da vendrá a mí, y el que a mí viene no le echo fuera. Pero nadie viene a mí, si el Padre que me envió no lo trajere (Juan 6: 44 y 37). Con esta claridad se expresó frente a un grupo de seguidores, que eran incluso sus discípulos, quienes tenían varios días escuchándole. Muchos de ellos habían comido de los panes y los peces y se habían quedado maravillados con sus milagros y enseñanzas. Sin embargo, parece ser que no era suficiente con ser discípulo voluntario ya que al oír sus palabras, acerca de que nadie podía ir a Él si el Padre no lo trajere, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?(Juan 6:60). De allí que Jesús entendió que ellos estaban ofendidos por la predestinación y la soberanía absoluta de Dios (verso 61), ya que a pesar de su discipulado no podían creer (verso 64). De esta manera les reiteró: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (verso 65).

    Ciertamente, la Biblia dice mucho más acerca de la expiación limitada de Jesucristo. Baste con estos versos para comprender esta gran verdad; pero sirva también de ejemplo la realidad que vemos desde hace siglos: que muchos mueren en sus pecados y no aceptan la verdad del evangelio. Esto es prueba suficiente de que Jesucristo no murió por sus pecados, de lo contrario habrían creído y serían redimidos y no condenados.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • CAMINO DE MUERTE (PROVERBIOS 14:12)

    El camino del pecado y la maldad promete bastante, pero da poco y quita todo. El placer carnal suele mostrarse atractivo para el que milita en la carne y transita por camino ancho con grandes compañías, con apariencia de rectitud. ¿Qué de malo tiene un poco de placer para el cuerpo y la mente? Salomón probó ese camino, hasta que llegó a saber que era camino de muerte. Su vida quedó destruida, apartada por completo de la presencia de Jehová, si bien al final de sus días tuvo que reconocer en su libro Eclesiastés que el fin de todo el discurso era temer a Jehová.

    En el medio religioso muchos transitan esas vías, tan solo cuidándose de los placeres sexuales que son muy vistosos. Sin embargo, se atragantan con las herejías y los errores doctrinales, en un total desprecio y desconocimiento de la justicia de Dios que es Cristo. Las buenas obras las buscan para ayudar en el camino hacia el cielo, hablándose de almas alcanzadas, de tantas decisiones de fe tomadas, de sus prédicas y ministerios, aunque su final sea camino de muerte.

    Para llegar a ser Papa de la Iglesia Católica Romana hay que prepararse durante años, estudiar teología y poseer habilidades humanísticas cuantiosas. Sin embargo, sabemos que ese final teológico conduce a la gloria humana y a la blasfemia de Dios, al creerse el vicario de Cristo en esta tierra. La paga del pecado es la muerte, y la muerte eterna. Eso nos advierte Salomón en su libro de los Proverbios, así que si usted milita en una doctrina de errores doctrinales, debe saber que Pablo llama a eso maldición o anatema. En la Biblia no existe la separación entre la herejía y sus herejes, como si Dios amara al hereje y repudiara la herejía. No, la Biblia ha anunciado que Dios está airado contra el impío todos los días (Salmos 7:11). Se nos llama divisionistas y faltos de amor, cuando señalamos la maldad de los que practican los errores doctrinales. Se arguye que ellos aman a Cristo con el corazón, si bien no se meten en los asuntos de la teología porque eso compete a la materia intelectual.

    La separación entre corazón y mente es una ilusión; Jesucristo dijo que del corazón salen los malos pensamientos y los homicidios. Esos actos son por igual de la mente, por lo que también leemos: Que nunca te abandonen el amor y la verdad: llévalos siempre alrededor de tu cuello y escríbelos en el libro de tu corazón (Proverbios 3:3-4). Cierto es que debemos amar al Señor con todo el corazón y con toda la mente (Mateo 22:37), lo cual hace que mente y corazón tengan una misma función. ¿Cómo tener un corazón alegre y dejar el ánimo decaído? Para eso existen terapias intelectuales, donde la mente debe actuar para refrenar la depresión, esperando que el cuerpo contribuya por medio del ejercicio físico. Entonces, el corazón viene como metáfora de un sitio donde reposa la emoción pero también el intelecto. A veces se separa y a veces se colocan juntos.

    Por ejemplo: Hijo mío, no te olvides de mis enseñanzas (doctrinas); más bien, guarda en tu corazón mis mandamientos. Porque prolongarán tu vida muchos años y te traerán prosperidad (Proverbios 3:1-2). Acá vemos que las doctrinas del Evangelio deben guardarse en el corazón, incluso los mandamientos de Dios. ¿Qué es una doctrina? Es un conjunto de enseñanzas respecto a un tema particular, en este caso respecto a la teología. Guardarlas en el corazón implica ocuparse de ellas todo el tiempo, ya que ese es el sitio central de nuestra atención. El corazón toma decisiones (actividad netamente intelectual), pues cada quien debe dar según lo que haya decidido en su corazón (2 Corintios 9:7). Hay corazones sabios y necios (Proverbios 10:8); sabemos que la sabiduría constituye una actividad intelectual, lo mismo que la necedad. El de sabio corazón acata las órdenes, así Dios restaura a los de corazón quebrantado (el que se arrepiente: el arrepentimiento es un cambio de actitud mental respecto a un error). Al corazón llevamos sabiduría (Salmos 90:12), así que si se nos dijo que seríamos dichosos los de corazón limpio, porque veríamos a Dios, no será posible tenerlo limpio con una mente sucia. Todo va unido dentro de la metáfora bíblica.

    El corazón también es el centro de la voluntad: Aleja de tu corazón el enojo, y echa fuera de tu ser la maldad…(Eclesiastés 11:10). En mi corazón atesoro tus dichos para no pecar contra ti (Salmos 119:1). El corazón puede ser pecaminoso e incrédulo (Hebreos 3:12), guarda las palabras divinas (Proverbios 4:20-21), puede ser sabio (Proverbios 23:15), en el corazón se puede cometer adulterio (Mateo 5:27-28). Hemos de amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento, y con todas las fuerzas…(Marcos 12:23), es decir, no dejando el entendimiento a un lado para abocarnos a la emoción aisladamente. Volverse al Señor de todo corazón implica dejar a un lado los ídolos (una actividad intelectual, un deber que se razona), así lo dijo Josué 24:23. Para invocar al Señor con corazón limpio hay que huir de las malas pasiones de la juventud, y esmerarse en seguir la justicia, la fe, el amor y la paz. Vemos que existen actividades intelectuales para poder seguir a Jesús (2 Timoteo 2:22). El corazón se limpia con la palabra de Dios, y la palabra de Dios se comprende con el estudio (escudriñándola), con esfuerzo intelectual.

    Nuestro corazón se compone de la mente, la emoción y la voluntad, y aún de nuestra conciencia. Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? (Mateo 9:4). El propósito del corazón implica tomar una decisión (Hechos 11:23), …y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo (Juan 16:22), lo que también toca una parte emotiva. Si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios (1 Juan 3:20); …purificados los corazones de mala conciencia (Hebreos 10:22). En estos dos últimos textos también tenemos el ligamen del corazón con la conciencia, en una actividad de reprensión (examen intelectual).

    Por lo tanto, no importa que seamos pocos los escogidos, que seamos llamados la manada pequeña, que a veces tengamos que decir con Elías: Señor, ¿solamente yo he quedado? El error doctrinal de los que enseñan vanidad nos separa, recibimos el odio de los que se llaman hermanos pero transitan en el camino ancho del otro evangelio. Ellos se sienten acompañados domingo a domingo, y dicen paz cuando no la hay; en cambio, cuando denunciamos las herejías o los errores doctrinales, somos señalados como separatistas. Se nos acusa de no amar con el corazón y de estar pendientes solamente de la doctrina.

    Pablo le recomendó a Timoteo que se ocupara de la doctrina, alabó a los romanos por haberse entregado y por haber permanecido en esa forma de doctrina una vez recibida. Isaías nos advierte que por el conocimiento del siervo justo seremos justificados, el apóstol para los gentiles criticó duramente a los que teniendo celo religioso por Dios ignoran lo que significa la justicia de Dios. Esa justicia es Jesucristo, nuestra pascua; es nuestra justicia por cuanto nos representó en el madero llevando nuestros pecados. Jesús no rogó por el mundo que no iba a representar en la cruz (Juan 17:9), sino que vino a morir en exclusiva por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Así que conviene escudriñar las Escrituras para saber qué es la justicia de Dios.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA PRUEBA DE ADÁN

    Adán fue probado, pero cuando Dios prueba a alguien no necesita averiguar algo para llegar a conocer. Él conoce todas las cosas desde el principio, pero las conoce porque todo lo ha planeado para que acontezca como ha deseado. En realidad, si alguien tuviera el poder similar al que tiene el Todopoderoso, no tendría necesidad de tirar al azar nada, porque lo que desea hace. Él es perfecto, sin que haya que completarse en algo de lo cual carezca, en su plenitud habita y contiene sus características que nos dio a conocer por medio de la revelación escrita.

    Adán recibió una orden para que no probara del árbol prohibido, pero para Dios ese mandato apareció como la ocasión para abrir el plan de redención que había ordenado desde antes de haber hecho al mundo (1 Pedro 1:20). Quizás este texto de Pedro sea el acicate suficiente para que veamos al Dios Eterno en sus planes que la teología ha dado en llamar decretos. Un decreto divino es un evento seguro por suceder, mientras que un mandato refiere a la norma susceptible de cumplir o desobedecer. Los mandatos aparecen para que el hombre transgreda la ley y objetive su culpabilidad, mientras que el decreto subyace detrás de la norma para que ésta cumpla su objetivo.

    Dios había decretado el plan de redención con el Hijo. A esa actividad la teología ha llamado el pacto divino, de forma que comprendamos al Dios que habla en las Escrituras. Esa Divinidad se ha propuesto la salvación por gracia, en un acuerdo entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, bajo una actividad cooperativa que da la gloria al Hijo como Redentor de un pueblo escogido. El Dios de la creación ordenó todo bajo su palabra, demostró poder suficiente para hacer cuanto quería. Progresivamente se fue revelando y nos dio a entender que aún al malo había hecho para el día malo (Proverbios 16:4). Nada escapa a su mano, de todo cuanto acaece en este universo creado.

    Por un lado vemos la gloria de Dios, por el otro vemos el problema del pecado en el hombre. Un hombre caído yace muerto en delitos y pecados, con la muerte espiritual a cuestas; a ese ser humano le urge un renacimiento, la nueva vida, el trasplante del corazón. Se hace necesaria la instalación de un espíritu nuevo, lo que la Biblia ha dado en llamar el nuevo nacimiento o la circuncisión del corazón. El entendimiento humano se ha mostrado entenebrecido, sin poder discernir las cosas propias del Espíritu de Dios. La religión como sistema ha educado a zombies para que parezcan revividos, pero emana un hedor a sepulcro cuando uno se acerca a contemplar lo que sucede.

    Y es que un ser religioso mientras esté muerto tendrá como locura lo que viene de Dios. Los fariseos antiguos fueron un clásico ejemplo de estos muertos en vida que blanquean sus sepulcros con actividades de la religión. Se demuestra que, si Dios no cambia el corazón de piedra por uno de carne, el hombre seguirá en tinieblas, incluso en tinieblas teológicas. El hombre falla al no escudriñar las Escrituras para encontrar la vida eterna, pero el examinarlas no sirve si no nos ayuda la fe de Cristo. Es un círculo cerrado, como Jesús lo expuso: Nadie va al Padre sino a través de él; pero ninguno puede venir a Cristo si no le es dado del Padre. El hombre natural fue sentenciado a muerte, por lo tanto no puede agradar a Dios.

    La humanidad se ha alejado lo más que puede del Creador, con el transcurrir de los siglos. Si Dios no nos da su fe, su salvación y gracia, el hombre quedará relegado a deambular en círculos siguiendo su propio rastro. Entonces surge la pregunta: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad? Bueno, nuestra pequeñez en relación a la Divinidad refleja nuestra impotencia, la cual se define en la Biblia con la metáfora del barro en manos del alfarero. Somos barro, material moldeado al antojo del Creador; a unos ha hecho como vasos de misericordia, mientras a otros construyó como vasos de ira. Sin embargo, la masa con la que se nos hizo es de un mismo tipo, contaminada de pecado.

    Así que en un principio todos nacimos iguales, en tanto estuvimos muertos en delitos y pecados, lo mismo que los demás. Pero fue Dios quien por su gracia nos llamó en forma eficaz, de acuerdo al pacto eterno en el cual Jesucristo sería el Redentor, Dios-hombre y Mediador, el que recibiría toda la gloria. Nosotros, entre tanto, recibimos toda la gracia, todo el perdón, todo el favor inmerecido, pero muchos no salieron favorecidos con semejante bendición. Hay algunos que son llamados en el último momento de sus vidas, como el ladrón en la cruz. Otros lo son desde muy temprano, como Juan el Bautista en el vientre de su madre. Entretanto, el evangelio corre de nación en nación, para testimonio ante la humanidad, diciéndole a cada quien lo que Dios ha querido decir.

    El pacto de Dios con Abraham nos ilustra su compromiso con cada uno de sus elegidos. Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti (Génesis 17:7). Este pacto está ligado a la promesa de la semilla (Génesis 3:15), pues en Isaac sería llamada la simiente, la cual es Cristo. La semilla espiritual acarrea bendición espiritual y eterna, por lo cual también se nos ha dicho que somos hijos de Abraham (nuestro padre de la fe). El hecho de creerle a Dios le fue contado por justicia a Abraham, así como Cristo dijo que la obra del Padre es que creamos en el que Él ha enviado (Juan 6:29).

    Bien, pero los demonios creen y tiemblan, además de que no todo el que le diga Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos. ¿Acaso la voluntad del Padre no es que creamos en el Hijo? ¿Cómo es que creyendo en el Hijo alguien pueda ser echado fuera? En realidad ese creer resulta falso si no hemos sido enseñados por Dios y enviados a Cristo una vez que hemos aprendido (Juan 6:45). Creer en el Hijo implica saber sobre su persona y su obra, como bien lo escribió Isaías: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11).

    Conocer que Jesucristo es la justicia de Dios nos ayuda a comprender el asunto de la fe. Jesús rogó por su pueblo, por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de aquellos primeros creyentes (sus apóstoles); pero Jesús en esa misma plegaria al Padre no rogó por el mundo (Juan 17:9). Al dejar al mundo por fuera de su ruego lo dejó por fuera de la cruz. Su muerte fue para expiar todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), pero no para perdonar a ninguno de los que fueron ordenados para tropezar con él como la roca que es (1 Pedro 2:8).

    Así que vemos por las dos citas de Pedro mencionadas antes que existió un plan eterno, lo cual puede denominarse un decreto divino. Adán tenía que pecar para que el Hijo se manifestara como Redentor; si Adán no hubiese pecado el plan de Dios hubiese sido frustrado (1 Pedro 1:20). Eso resulta inimaginable como posibilidad, así que todo va conforme a lo que la Escritura anuncia. Por otro lado, la muerte del Hijo para la redención se hizo en favor de su pueblo escogido, no en favor del mundo por el cual no rogó. Ese mundo dejado a un lado no fue amado por el Padre jamás (1 Pedro 2:8). Otra prueba de ello la da Pablo en Romanos 9, cuando refiere a la relación eterna del Padre con los gemelos Jacob y Esaú. Muchos responden a esta afirmación de las Escrituras en conjunción con el objetor de ellas: ¿Por qué, pues , inculpa? Nadie puede resistirse a su voluntad. Ese reclamo lo hace la gente que se amotina y desea romper las coyundas que Dios les ha puesto, pero ¿quién puede salir airoso de esa lucha inútil contra el Hacedor de todo? Teman a aquel que puede echar el cuerpo y el alma en el infierno (Mateo 10:28).

    César Paredes

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  • FALSA AUTORIDAD

    Existe una falacia denominada de falsa autoridad, cuando se trata de acudir al argumento ad verecundiam (el de verdadera autoridad). Esta falacia vincula la veracidad de la autoridad de quien defiende una premisa, como si tuviésemos por cierto todo lo que opine, por ejemplo, un héroe de la historia, o una persona muy relevante. Se acostumbra mucho en teología acudir a estos argumentos que dan cobijo a lo que los expositores desean impartir, por lo cual se cita a autores antiguos que corren con gran fama a través de los siglos. Citar a Agustín de Hipona suele dar carácter de seriedad a ciertos argumentos, de manera que con ese salvoconducto muchos trasvasan sus herejías como si fuesen ellos mismos la autoridad.

    El argumento de la Sola Scriptura viene a nuestro auxilio, ya que nos atenemos a la ley y al testimonio, como principio rector enseñado por el profeta Isaías. Para ello necesitamos comprender la gramática del texto escrito, no vaya a ser que caigamos por ignorancia en el error. El contexto en que se dijeron las cosas suele ser vital, el destinatario parcial o general, el carácter que impera en las palabras resulta un signo de importancia. Enumerar personas con relevancia moral, literaria o teológica, no puede ser la norma de guía del creyente. Los antiguos de Berea cotejaban con las Escrituras lo que escuchaban en las prédicas, para verificar su contenido.

    Ahora todo suele sacarse de contexto, cuando de falsos maestros se trata. Si Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, se dice que Dios creó dioses; si Dios le dio al hombre la comisión de someter y sojuzgar la tierra, entonces se dice que Dios está sujeto a la autoridad humana. Esos disparates se entresacan de una literalidad rebuscada, por lo que el sentido del contexto general se pierde en esos casos tan privatizados. Alguien podría seguir ese camino retorcido de interpretación, para decir igualmente que la Biblia afirma que Dios no existe. Para ello tomaría aisladamente una línea del Salmo 14:1: No hay Dios, obviando su precedente: Dice el necio en su corazón:.

    En realidad, la persona que se basa en los argumentos de autoridad para socavar la Biblia está mostrando su desvío. Existe corrupción en esa manera de pensar, como si fallara el discernimiento, pero de esa forma se intenta devorar al pueblo del Señor. Sabemos que la Biblia no contiene contradicciones con ella misma, sino que hay maneras impropias de acercarse a ella para hacerla decir lo que no dice. Existe un principio de preservación divina de las Escrituras, por lo cual nos basta con que ella sea la palabra de Dios. Toda ella es útil para el hombre de Dios, suficiente para no esperar nuevas revelaciones misteriosas.

    Jehová ama la rectitud, la ciencia y el entendimiento (Jeremías 3:15), por lo cual sus pastores enviados conformes a su corazón nos alimentan con conocimiento y entendimiento. Las substanciales verdades del Evangelio sirven como pan de vida del Señor. Pero cuando el falso maestro da comida, un hambre perpetua le queda al alma porque no puede ser saciada. Se amontonan para oír las fábulas, a los maestros de mentiras cegados por sus vientres que guían a los otros ciegos hacia un hueco común.

    Conocimiento e inteligencia, esos son los sellos de la palabra de Jehová, enviada por medio de sus pastores. El conocimiento del siervo justo nos conviene, para que seamos justificados; Cristo como nuestra justicia ha quitado la enemistad entre Dios y su pueblo. Pero hay muchos advenedizos que siguen a los pastores inútiles. Estos casos de maestros del engaño son abundantes, por lo cual dañan a las ovejas que se les atraviesan en sus caminos. Salid de allí, ha dicho el Señor; huid de Babilonia.

    Hay quienes sostienen que Jesucristo está literalmente en el pan y el vino, lo que nos recuerda a aquellos discípulos reseñados en Juan 6 que se escandalizaron con las palabras de Jesús (el pan que descendió del cielo, el comer su carne y beber su sangre). Pero están los que defienden esa creencia por virtud del respeto a la autoridad de la persona; asimismo, si alguien cree en la regeneración bautismal, eso debe considerarse una forma importante de creencia, ya que muchos grandes teólogos asumen tal posición. Más bien, estos puntos de vista exhiben su contradicción con las Escrituras, pero la tradición en la que se sostienen lleva mucho peso histórico. Son numerosos los nombres que pudieran citarse (Lutero, Calvino, Agustín, por ejemplo) como para tragarse cualquier herejía en nombre de la falsa autoridad.

    Si lo dijo Spurgeon, entonces será digno de consideración, sin que importe que su alma se haya rebelado contra el Espíritu Santo, cuando abjuró del que colocara la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios (Véase el Sermón Jacob y Esaú, de Spurgeon). Si Lutero mantuvo durante años su frase A Cristo por María, entonces hay que respetarle esa herejía; si creyó por siempre en la transubstanciación, hay que venerarlo porque fue un gran luchador teológico en la historia de la Reforma. He allí el problema con la autoridad humana, la cual pretende erigirse por sobre la autoridad de la Sola Scriptura.

    ¿Cómo pudo morir Cristo por todo el mundo, sin excepción, pero hacer eficaz su muerte solamente en los elegidos? ¿Así opera la economía de Dios? ¿No dijo Jesús que Judas era un diablo por él escogido, que él mismo iba conforme a las Escrituras y que ay de aquel por quien fuera entregado el Hijo del Hombre? Entonces, Jesús sabía que Judas lo iba a entregar y que ese acto debía ser una realidad, por lo que no se concibe cómo Calvino escribió que Jesús le estaba dando oportunidad de arrepentirse a Judas, cuando le lavaba los pies. Pero hay que respetar ese comentario por cuestiones de autoridad, lo que en realidad resulta en un razonar falaz.

    Partimos del hecho de reconocer la inerrancia de las Escrituras. La revelación de Dios es el punto de partida de nuestra fe en Cristo, en tanto el fundamento de la iglesia es Cristo también. Jesucristo, de acuerdo al pacto eterno con el Padre, sirve de único fundamento de nuestra fe (1 Corintios 3:11). Pero Cristo no es solamente un nombre al cual clamar, sino que es una persona con una obra. Es santo y sin pecado, por lo tanto es el Cordero sin mancha destinado desde antes de la fundación del mundo, manifestado en los tiempos apostólicos (1 Pedro 1:20); respecto a su trabajo decimos que vino a morir por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Se convirtió en la justicia de Dios porque cumplió con todos los requisitos del Padre y de su ley, de forma que reconcilió con Dios a cada uno de los que los que conformamos su pueblo.

    Su expiación es el centro del Evangelio, su núcleo, la cual no puede ser pisoteada sin consecuencias. Poco importa la religiosidad de los que menosprecian el conocimiento de la justicia de Dios, eso no los libra de su castigo que llevan a cuestas. El trabajo de Jesucristo fue consumado en la cruz, por lo cual no cabe añadirle nada más. El fundamento de cada creyente es el Dios hombre Mediador, y en él estamos fundados. Hemos de tener cuidado con los materiales con los cuales edificamos, pero de seguro que no habrá ni una sola herejía que sirva de bloque en nuestra construcción. Así lo afirma el Señor cuando dijo que ni una sola de sus ovejas se iría tras el extraño, de quien no conoce su voz (Juan 10:1-5). Por lo tanto, quien no comprenda la justicia de Dios no tiene el fundamento de su fe establecido. No fueron vanas las palabras de Isaías cuando escribió que por su conocimiento justificaría el siervo justo a muchos (Isaías 53:11).

    César Paredes

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  • FALSO MAESTRO

    Un falso maestro entra por la puerta de atrás, no por el portal de las ovejas. Así lo afirmó Jesucristo, por lo que cuando alguien sigue al guía de ciegos caerá junto con él en el mismo hueco. El buen maestro es enviado por el Buen Pastor, con la finalidad de dar buen alimento a sus seguidores (Jeremías 3:15). El falso maestro enseña mentiras, aunque combinadas con verdades que usa para hacer creer que viene de arriba. Estos son asalariados, los que buscan satisfacer el vientre (sea su ego, su dinero, sus aspiraciones de líder, etc.). Los indoctos e inconstantes que los siguen tuercen las Escrituras, las perciben como algo duro de oír, pero lo hacen para su propia perdición.

    Tito 1:9 nos dice que el buen maestro -quien también es un administrador de Dios- ha de retener la palabra como fue enseñada por los apóstoles y por Jesucristo, para poder exhortar con sana enseñanza (doctrina) y convencer a los que contradicen. El verso 10 nos da la razón del deber hacer del buen maestro: Porque hay aún muchos contumaces, habladores de vanidades y engañadores, mayormente los de la circuncisión (ahora se llaman mesiánicos, o los que mezclan obras con gracia diciendo que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, pero que depende de cada quien hacer eficaz su muerte). Pablo le dice a Tito que a éstos es preciso tapar la boca, porque trastornan casas enteras.

    Los pastores y maestros conformes al corazón de Dios nos apacentarán (enseñarán) con ciencia y con inteligencia (Jeremías 3:15). Dios no está reñido con la inteligencia ni con el conocimiento (ciencia), así que conviene conocer al siervo justo que justifica a muchos (Isaías 53:11). En cambio, los falsos maestros le huyen a la ciencia y se afianzan en el conocimiento subjetivo, místico, de experiencias individuales, para buscar un texto como pretexto. Desarticulan la Escritura para hacerla decir aquello que su ideología predica, de forma que mantienen a su rebaño contento, abismado con promesas y sugestionado para dar ofrendas y diezmos que Jehová no exige.

    El apóstol Pedro también lo dijo, que habría falsos maestros para introducir secretamente herejías destructoras, negando al Señor que los compró o adquirió (como dice en griego). No al Señor que nos compró con su sangre, porque cuando así se dice en el Nuevo Testamento se habla del Señor (Kuríos) y de su compra con precio de sangre; acá se dice que es el Despotes quien adquirió a toda la humanidad. Sabemos que de Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan; de manera que en el momento de la creación adquirió por derecho de Hacedor todo cuanto hizo. Despotes se usa en lengua griega para describir al que es dueño absoluto.

    Nos sigue diciendo Pedro (2 Pedro 2:1) que estos maestros falsos traerán destrucción a los que los siguen, mientras el camino de la verdad se blasfema. Lo hacen por avaricia, con palabras fingidas (se colocan al lado del que esté de turno, de acuerdo a la teología que se le exija, pero fingiendo). Pedro dice que éstos hablan mal de cosas que no entienden, por ejemplo, reniegan de la absoluta soberanía de Dios, diciendo que Esaú se condenó a sí mismo, que si Dios lo hubiese condenado antes de hacer bien o mal sería un Dios injusto, un diablo o un tirano. Hay quienes aseguran que sus almas se rebelan contra el que coloca la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios, por lo tanto se rebelan contra el Espíritu Santo. Por eso Pedro les dice que hablan de lo que no entienden, como animales irracionales, nacidos para presa y destrucción (verso 12).

    El falso maestro anuncia mentiras respecto al carácter de Dios, colocándolo como atado de manos en virtud de su amor. El concepto de justicia lo pretenden extender a todo el que quiera, como si Jesucristo, la justicia de Dios, hubiese representado a todo el mundo, sin excepción, en el madero. Olvidan que Jesús dijo la noche antes de morir que no rogaba por el mundo, sino solamente por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra de aquellos discípulos (Juan 17).

    Por la doctrina se conoce al maestro; el buen árbol del buen tesoro de su corazón hablará, pero el falso maestro sacará la doctrina del mal tesoro de su corazón. La falsa doctrina enseñada denuncia al maestro en el acto, a pesar de su disfraz moral y su aparente amor. Es una manera moderna de pedir a sus seguidores que sigan a dioses falsos, a ese Cristo que en realidad es un anticristo, el que ha sido moldeado como lo que debería ser un Dios a imagen humana.

    Cuando el creyente examina con la Escritura lo que dice el supuesto maestro de verdad, puede darse cuenta de la calamidad que está estado oyendo. Siempre encontrará algo en contra de la palabra de Dios, algo que delata el corazón de aquel maestro de mentiras. El falso maestro se agrada en atacar la soberanía absoluta de Dios, diciendo que su cualidad de Todopoderoso hace que la sangre del Hijo sea todopoderosa. En esa nueva relación semántica, el propósito de la muerte del Señor se extiende aún más allá de lo que procuró en la cruz. Hasta Judas hubiese salido favorecido, si no se hubiese suicidado; Esaú habría sido salvo si no hubiese vendido la primogenitura, porque del Calvario corre poder como un río que no se detiene.

    Esa aparente nobleza del trabajo de Jesús está negando la verdadera labor realizada en la crucifixión. Jesús murió por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), por el mundo amado por el Padre, pero no murió por los que no rogó (los réprobos en cuanto a fe, los que fueron destinados a tropezar con él, aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo). Entonces, vemos que el falso maestro ha hablado en contra de lo que específicamente enseña la palabra de Dios.

    Al falso maestro le agrada hablar palabras suaves, para alcanzar la paz de sus oyentes. Satanás hizo lo mismo con Eva, cuando le dijo que no pasaría nada de lo que Jehová había dicho, que no morirían sino que serían iguales a Dios. Esto anuncia el falso maestro: usted no morirá por decir que Jesús murió por todos, sin excepción; más bien usted será aplaudido y querido por ello, porque llevará esperanza a toda criatura que lo escuche. El falso maestro anuncia que Dios tiene un plan maravilloso para la vida de cada ser humano, si tan solo se aceptaran sus condiciones. La Escritura dice que Dios no tuvo plan maravilloso para Judas Iscariote, ni para Esaú que fue odiado por el Todopoderoso aún antes de hacer bien o mal, antes de ser concebido. La Biblia proclama que Jehová hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4), que el malo no se formó como malo por cuenta propia; que el Cordero sin mancha estuvo ordenado para venir en la era apostólica, desde antes de la fundación del mundo. Es decir, antes de Dios crear a Adán y a Eva ya Cristo estaba preparado como Cordero. Entonces quiere decir que Dios tenía un plan que ahora se desarrolla. En ese plan no todos son salvados, sino solamente su pueblo escogido por gracia, sin mediación de buenas obras.

    Afirmamos que Dios hizo al hombre recto, pero que cada quien ha buscado muchas perversiones (Eclesiastés 7:29); a imagen y semejanza creó Dios al hombre y a la mujer. Por lo tanto, hubo rectitud en ellos, aunque el plan de Dios incluía el proceso de redención por medio de su Hijo, el cual llevaría la gloria exclusiva de Redentor. La Biblia insiste en que nos vistamos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad (Efesios 4:24). Adán y Eva, aunque contentos con su felicidad, se aventuraron a conocer el bien y el mal, de manera que nos llegaron muchos males. En esa trampa estuvo Satanás inmiscuido, pero, como nos enseña el libro de Job, nada ocurre sin que Dios lo haya ordenado. Si Adán no hubiese caído en la tentación, el Hijo de Dios no se habría manifestado para salvar a su pueblo, porque su pueblo no habría tampoco habría heredado la caída. Pero como en Adán todos mueren (en el espíritu), en Cristo todo su pueblo es vivificado.

    La Escritura enseña que aunque haya mucho número de personas en la tierra, solo el remanente será salvo. La salvación de Jehová es eficaz, cierta, completa, no potencial, tampoco depende de la aceptación de la gente muerta en delitos y pecados. Dios resucita o hace nacer primero al elegido, para que cada redimido pueda tener vida en abundancia. La lógica resulta simple, pero la mentira siempre se manifiesta más compleja que la verdad. Por el mal fruto se conoce al falso maestro.

    César Paredes

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  • GRACIA A LOS HUMILDES (SANTIAGO 4:6)

    Dios miró desde los cielos para ver si había algún entendido, lo que encontró fue lo que ya sabía: no hay justo ni aún uno, no hay quien haga lo bueno, no hay quien busque a Dios. Entonces, ¿dónde está el humilde? ¿Qué quiso decir Santiago con sus palabras? Porque la humildad significa ausencia de soberbia, cosa que en sí misma es una buena condición del alma. ¿Vio Dios algo bueno, como gente humilde que lo deseara? No, no lo podemos afirmar a partir de lo que Él mismo calificó respecto a la naturaleza humana. Sin embargo, el contexto social nos lleva a hacer distinciones entre los hombres.

    Los hay más despreciables, quienes suponen no necesitan a Dios; sus posesiones materiales los encumbra y piensan que la religión es asunto de gente timorata. Tal vez su dinero puede comprar la simpatía de los religiosos y con ello se aseguran, por si hubiere una realidad espiritual que poco les importa. El humilde, por el contrario, reconoce su propia vileza, aunque no pueda hacer nada para cambiarla. Como dice Proverbios 30:8-9: No me des pobreza ni riquezas; mantenme del pan necesario; no sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová? O que siendo pobre, hurte, y blasfeme el nombre de mi Dios.

    Pensemos por un momento que si Dios da gracia al humilde, a ambos hizo el Señor: al altivo de corazón (Proverbios 16:4) y al quebrantado de espíritu (el humilde). La Biblia no asegura que cada humilde recibirá gracia divina, simplemente afirma que Dios da gracia a los humildes. Santiago está hablando de los creyentes, diciéndoles que el Espíritu Santo nos anhela celosamente, así que esa gracia nos aleja de la soberbia. De no ser por Jehová, no habría ni una sola persona con humildad en el planeta, así que al igual que la fe resulta útil en tanto mecanismo de salvación, también se nos ha dicho que la fe es un regalo de Dios (Efesios 2:8).

    Y si es un regalo eso no anula su utilidad, ya que no se nos exige como condición que pudiéramos cumplir, lo cual cambiaría la gracia en obras. Simplemente se habla de un mecanismo cuando se dice que somos salvos por gracia, por medio de la fe. No suponga nadie que puede tener fe (a no ser la espuria, la inventada por la carne humana), solamente se tiene cuando Dios la da. Volvemos al círculo de siempre: Dios da la salvación a quien quiere darla (Romanos 9; Efesios 1, Juan 6, etc.).

    Ciertamente el hombre respira y vive, si no hubiese oxígeno moriría. Pero para poder respirar necesita pulmones, para los pulmones hace falta la sangre, el cuerpo humano, etc. Una cadena de eventos y condiciones parece asomar en cada acto biológico de nuestros cuerpos, pero uno mira de cerca y reconoce que Dios ha hecho eso posible. Nosotros respiramos o morimos, pero Dios da el oxígeno y los demás elementos de la vida. El que respiremos no nos hace independientes del Creador, sino que nos afirma que dependemos de su providencia. Pero nadie lo piensa cuando respira, porque cree que es una actividad biológica mecánica independiente de la voluntad providencial del Señor.

    Pasa algo parecido con la humildad, ya que la persona humilde podría caer en la soberbia si no reconoce que Dios le ha dado esa cualidad. Le sucedió algo terrible al soberbio Nabucodonosor, hasta que aprendió humildad y reconoció que no hay otro Dios sino el Señor. Empero Dios ha hecho al malo para el día malo, y ese malo tiene la aptitud para la soberbia. Lucifer ejerce su función desde el plano de la altivez, creyéndose dios y haciendo blasfemar el nombre del Todopoderoso. Para eso fue creado, porque dentro de los planes del Creador quiso incorporarlo para resaltar la gloria de su Hijo Jesucristo.

    Santiago advierte que la gente codicia y no tiene, mata y arde de envidia. Un poeta ha dicho que la envidia de la virtud ha hecho a Caín criminal, que hoy la gente da gloria a Caín porque el vicio es lo que se envidia más. Luego, da un ay por esa actitud humana. Muchos creyentes combaten y luchan, pero no logran lo que desean, por la simple razón de no pedir a quien puede darlo todo. La amistad con el mundo genera enemistad para con Dios, mas el que se somete a Dios y se acerca, conseguirá que Dios se acerque también.

    Hemos de pedir conforme a la voluntad de Dios, para tener la garantía de recibir lo que pedimos. No nos podemos escapar del centro divino, de su eje, ya que nuestra sumisión a la voluntad de Dios genera todo tipo de bondad en nuestros círculos de vida. Todo sea hecho por el honor de Dios y en interés de agradar a Jesucristo, sin que medie la lujuria y la avaricia, no vaya a ser que esta misma noche vengan a pedir nuestra alma (Lucas 12:19). Como creyentes hemos de sopesar siempre la vanidad de la vida, no nos vaya a pasar lo del rico que vivió a placer y ahora se encuentra en el calor del infierno sin provecho alguno (Lucas 16:19). No podemos servir a dos señores, o nos hacemos amigos del mundo o nos hacemos amigos de Dios, porque uno odia al otro.

    No nos preocupemos qué cosa hemos de comer o beber, o qué habremos de vestir, ya que nuestra existencia es mayor que la comida y el vestido. Las aves del cielo no siembran, ni guardan en graneros, pero Dios las alimenta. Los lirios del campo no hilan, pero se lucen como nadie puede adornarse. Por mucho pensar no podemos añadir a nuestra estatura un centímetro, la mucha preocupación fatiga la carne. Dios hará mucho más por nosotros que lo que hace por las aves y por los lirios del campo, así que alimentemos nuestra fe con la palabra de esperanza dada a los santos (a los escogidos que hemos sido llamados eficazmente).

    Si nos ocupásemos en el Evangelio, en su pureza y su aplicación, prefiriéndolo a cualquier protocolo de vida, por encima de lo que hemos de comer o vestir, meditando en él de día y de noche, entonces sabremos lo que es el reino de Dios. Al comprender lo que significa la justicia de Dios, la cual es Jesucristo, nuestra pascua, comprenderemos de qué infierno hemos sido librados. Sin esa justicia no podremos entrar en el reino de los cielos, pero con ella tendremos, además de esa entrada, todas las cosas necesarias para nuestro diario vivir. La comida, el vestido, la bebida, la habitación, todo lo tendremos porque nuestro Padre sabe de qué cosas tenemos necesidad.

    Nosotros, como cristianos, tenemos una revelación superior de las Escrituras, el conocimiento de Dios y de su providencia. Dios produce en nosotros el querer como el hacer, por su buena voluntad. El mundo sin Cristo carece de este conocimiento, así que sus amigos se confían en lo que acumulan en graneros, en sus cuentas bancarias y negocios, en lo que ellos llaman trabajo. Pero aunque esas cosas puedan contener algo de bueno, su administración muestra el desvarío y desconfianza del impío, que descansa en sus posesiones antes que en la gracia divina que no posee. Nosotros tenemos otro talante, una manera de actuar que ha sido enseñada por Jesucristo y a la cual nos guía el Espíritu que nos fue dado como garantía.

    Santiago nos dice que pidamos para poder tener; pero que le pidamos a Dios. En otros términos, de rodillas ante Dios y no ante los hombres. Evítese cualquier humillación humana, inclínese ante el Señor y descargue en él la ansiedad, de forma que vea el cuidado que tiene de inmediato y la provisión abundante que recibirá. Dice Santiago que lo hagamos con fe, no dudando, para no ser llevado por cualquier viento doctrinal. Hagamos como Abraham, Jacob, Isaías, Pablo, y tantos otros, humillándonos ante el Señor, reconociendo que no podemos hacer nada sin su ayuda y misericordia. Dependemos de su gracia en forma total, para que podamos ser exaltados cuando fuere el tiempo. Él nos saca del lodo cenagoso y pone nuestro pie sobre peña, nos adorna con su gracia.

    Que el Señor nos vista con la vestimenta de justicia de su Hijo, que nos cubra con su abrazo al acudir a su encuentro, que nos coloque el anillo que le fue dado al hijo pródigo al volver a casa. Amplia entrada tendremos en su regazo, porque el Señor ama a sus hijos y los cubre de esperanza. Ninguna vergüenza tendremos en su presencia, revestidos de su justicia. Como dijo David en uno de sus cánticos: Jehová te oiga en el día de conflicto; el nombre del Dios de Jacob te defienda. Te envíe ayuda desde el santuario, y desde Sión ten sostenga (Salmos 20:1-2).

    César Paredes

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  • JEHOVÁ, ESCUCHA MI ORACIÓN (SALMOS 102)

    Que llegue nuestro clamor a quien no esconde su rostro en el día de la angustia, que se apresure a respondernos el día en que lo invoquemos. Nuestra precariedad de días se contrasta con la eternidad de su tiempo, del que hizo todo cuanto existe. El salmista se ve como el pelícano en el desierto, como el búho de las soledades. Como si fuésemos un pájaro solitario en el tejado, así los enemigos nos afrentan porque pareciera que Dios se enoja contra su pueblo.

    La memoria de Jehová será para siempre, vendrán nuevas generaciones y conocerán del Señor, empezarán sus vidas con un cántico fresco para ensalzar al Todopoderoso. No obstante, el creyente se aferra a las Escrituras, a ese contrato que ha firmado Jehová con la sangre de su Hijo, a su juramento por Sí mismo, a su promesa de redención para todo su pueblo. Como en Egipto, a veces habitamos la tierra del poderoso que odia a Jehová, recibimos los azotes enemigos para que sigamos como esclavos. En el mundo convivimos con la aflicción, al señalar la vanidad de la vida y al rechazar el deseo de los ojos.

    Jehová oye la oración de los desvalidos, de aquellos que lo aman, y nos mira desde lo alto de su santuario. Esto somos: barro formado con sus dedos, vasos en manos del alfarero. Nos moldea y todavía quiere perfeccionarnos; quiebra en ocasiones la vasija para hacer una nueva. El proceso duele, porque somos carne, como si la arcilla pudiese quejarse en la quebradura. Empero, el Señor escucha el gemido de los presos, y libera a los sentenciados a muerte. Jesucristo nos liberó de las ataduras del enemigo, espantó lejos a los demonios, condenó a la misma muerte. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde está, oh sepulcro, tu victoria? El aguijón de la muerte es el pecado, pero Jesús lo venció y mostró su presea ante las potestades celestiales.

    El consuelo del cristiano está en que abandonará el cuerpo, bajo el pensamiento de que estar con Cristo es muchísimo mejor. Con todo, no queremos que nos corte en la mitad de nuestros días, aunque envejezcamos como viejas vestiduras. Elías, profeta triunfante, deseó que Jehová le quitara la vida; pero el Señor lo consoló con ángeles, sueño y alimento. Mucho camino siguió en su recorrido hasta alcanzar algo más delicioso que la tumba, la carroza de fuego que lo arrebató al cielo.

    El diluvio no venció a Noé, ni a su familia; ellos se rodearon de la compañía de animales inocentes, obra de las manos de Jehová. El arca del Señor nos da el cobijo, para que en las muchas aguas no seamos anegados. Jehová es el mismo, sin sombra de variación, no suma años porque aunque es Anciano de días no envejece. Ha formado a cada vaso de misericordia con plasticidad única, colocando su nombre con la tinta roja que emana del Calvario. Ese pacto se tiene por sempiterno, incondicional, de adhesión perpetua. El Señor nos mira cuando a Él clamamos.

    Mucho advenedizo en los atrios de las ovejas, para confundir la paz en ruido del alma; las aguas turbias proceden del pisoteo de las cabras, invitadas por los pastores de otro oficio. Ellos cantan a otro dios, cuestionan el pacto y las promesas de Jehová, aseguran victoria con sus métodos cargados de doctrinas demoníacas. Pero las ovejas yacen en las manos del Señor, sin que puedan ser arrebatadas; su sabiduría las mantiene alertas para que junto al Padre Eterno continúe la protección. Nuestra lucha contra el lobo opresor, contra los maestros de mentiras nos ejercita el alma para comprender que caminamos en un valle de sombra y de muerte. Cada día una prueba, cada momento un examen, pero cada instante una victoria; no se trata de que la gente no entienda, más bien parece que comprende perfectamente. La mente natural no puede resistir la palabra de Dios, por lo tanto busca una salida confortable para su tribulación. Muchas personas se esconden en un razonar circular, donde el eje de todo se centra en el Dios de amor y la libertad humana. Un Dios de amor no puede condenar a alguien que no tiene libertad para hacer el bien o para hacer el mal. Así que en ese eje gira toda religión espuria que tenga al cristianismo como excusa.

    El impío no se doblega ante la soberanía de Dios, sino que se inclina ante su pretensión de objetor. Dice que Dios no encuentra falta en nadie por cuanto no hizo al hombre libre para pecar o no pecar, que el Dios descrito en Romanos parece un monstruo, un diablo o tal vez sea un tirano. Interpreta a Pablo como quien habla de dos pueblos, en referencia a Jacob y Esaú. Pero la respuesta llega de inmediato, del Espíritu mismo: En ninguna manera Dios es injusto, más bien ¿quién eres tú, oh hombre, para discutir con Dios? Recuerda que eres una olla de barro y el alfarero es el Soberano, es el que elige tu destino. Esa roca poderosa rompe la mente del que objeta, le acrecienta su ira y muchos caen destruidos y perplejos para siempre. Su trauma lo cargan a todas partes y están prestos a levantar sus puños contra el Hacedor de todo. Como el rey de Asiria, pretenden que el hacha mueva la mano del que con ella corta.

    Dios no endurece gente que primero se endurece a sí misma; no restringe su gracia para que peque un poco más. Simplemente Dios ordena todo cuanto acontece, como se demuestra por las Escrituras. Por ejemplo, todo los actos que los malhechores hicieron contra Jesucristo en la crucifixión fueron preparados por el Todopoderoso en forma específica. El que lo escupieran es una acto pecaminoso, el que traspasaran su costado demuestra el pecado del que perpetró ese mal. Sus azotes, el escarnio público, el que se ordenara su entrega a manos de los que podían crucificarle, la traición de su amigo con quien compartía el pan. Esos pecados fueron ordenados por Dios, no permitidos, como si un complejo azar le diera la suerte a Dios para que se hicieran aquellos que ni siquiera Él pensó, porque aún pensar eso para su Hijo constituiría pecado.

    Pero Dios no peca, no existe una norma hecha por Él que le haya impedido el hacer tal planificación al detalle. No lo averiguó en el túnel del tiempo, lo ideo en su corazón para procurar justicia a cada uno de los que componemos su pueblo. Los otros, los advenedizos, se escudan en el hecho de considerar tales hechos como actos libres de los hombres en los que Dios solamente restringió su gracia. Vaya torpeza de mente, en realidad los ha consumido el espíritu de estupor en su vana imaginación. Su ídolo, el libre albedrío, no podrá ayudarlos a comprender la majestad del poder divino, de sus actos soberanos y de su odio por los impíos que hizo como vasos de barro para el día de su justicia y castigo.

    El Espíritu Santo colocó la misma doctrina de la soberanía absoluta de Dios a lo largo de todas las Escrituras. Fue Él quien inspiró a los santos hombres de Dios, fue Él el que recordó las palabras habladas por Jesús. Así que una multiplicidad de textos aparecen concatenados para ilustrar la opacidad humana, su caída y la voluntad divina en esa caída. Todo fue preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), pero los falsos evangelios se predican para motivar el espíritu del anticristo en las multitudes. Ahora surgen nuevos profetas de mentiras, los que hablan lenguas raras, bar-bar-bar, aquellos que promulgan un evangelio diferente. Muchos se hacen llamar apóstoles, como deshaciendo el dictamen de Pablo respecto a que él fue el último de ellos, como un abortivo, pero que reconocía a los doce (Pablo nunca se reconoció entre los doce). El Apocalipsis habla de una ciudad con puertas y nombres para los doce apóstoles, pero en las sinagogas de Satanás se cuentan por montones los que se dicen a sí mismos que son apóstoles y las masas agradecen su presencia, porque eso destaca una señal de importancia. Necesitan señales nuevas para justificar su ídolo Baal-Jesús.

    La palabra apóstol significa enviado, pero enviados somos todos a predicar el evangelio. Sin embargo, no osamos llevar ese nombre como título, por no irrespetar las Escrituras. Al mismo tiempo, la palabra ungido se refiere a una persona marcada con oleo para ser rey o enviado de Dios (Cristo es el Ungido de Jehová). Nosotros también somos ungidos y tenemos la unción del Santo, pero no por eso osamos llevar ese título en las asambleas. Así que urge corregir y establecer las diferencias. El don de lenguas fue uno de los dones especiales, pero eso ya cesó, como lo advertía Pablo. Incluso, ese apóstol para los gentiles, tuvo entre otros el don de sanidad. Su pañuelo sanaba a gente cuando lo enviaba de un sitio a otro (Hechos 19:12), pero entrado en años, mientras se acercaba lo completo para que cesara lo que era en parte (entrada la plenitud de las Escrituras), el apóstol le recomienda a Timoteo tomar vino en vez de agua, por causa de su estómago. A otros misioneros y amigos dejó en varios sitios por causa de que estaban enfermos. Quiere decir, que su don iba menguando.

    Los falsos creyentes de hoy no solo preguntan a Dios ¿por qué me has hecho de esta manera?, emulando al objetor de Romanos 9, sino que dicen que ellos son distintos y que Dios los hizo con dones apostólicos especiales, lo cual se exhibe como una trampa de Satanás para engañar, si fuere posible, aún a los escogidos. Pero no pudiendo engañar a los escogidos de Dios, se entiende que los que persisten en el engaño no han sido escogidos de Dios, a menos que ocurra el arrepentimiento para perdón de pecados. Pero aún eso lo da Dios y no lo obtiene el hombre por cuenta propia.

    El pelícano del desierto es un ave egipcia (Canopus Aegyptus), la cual se rompe su pecho para dar de comer a sus crías. El búho vive en la soledad, en las casas arruinadas, sin mezclarse con otras aves. Su sonido característico es como de lamento, así que esas dos aves sirven de ilustración al salmista para mostrar su estado de ánimo frente a la soledad, su gravedad de vida austera en esa circunstancia del creyente sin compañía. Muchos se hacen acompañar de las cabras para cantar en conjunto, pero el que ama la verdad doctrinal de Jesucristo sabe soportar los momentos en que supone que solamente él ha quedado. Elías sintió algo parecido, pero Jehová le dijo que se había reservado 7000 hombres para Sí, que no habían sucumbido ante Baal. No se los mostró, así que el profeta siguió solo hasta que consiguió el consuelo de lo alto.

    El reducido número de elegidos parece mostrarse más marcado en la medida en que el mundo hace más ruido. Sus templos son dedicados a Baal y por eso acuden multitudes; un Cristo despojado de doctrina resulta amado con el corazón, como si éste no contuviera la mente. Válida aparece la vieja pregunta: Señor, ¿son pocos los que se salvan? La respuesta fue muy clarividente: lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. Después se suma la exhortación a no temer, aunque seamos manada pequeña; por igual aparece la expresión: muchos son los llamados, pocos los escogidos. El búho de la soledad y el pelícano del desierto son nuestros emblemas del día a día.

    César Paredes

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  • CELO POR LA VERDAD DEL EVANGELIO

    Podríamos hablar del evangelio de verdad, así como de la verdad del evangelio. La buena noticia se da en tanto se fundamenta en la verdad, como dijo Jesús: Tu palabra es verdad (Juan 17:17). Debemos mostrar celo por la defensa del evangelio, ya que en realidad lo amamos. Uno se conmueve con la gente que habla de Cristo, pero cuando examina el fondo de sus palabras y descubre qué espíritu es, uno ha de mostrarse perspicaz para no caer en el engaño. Hay quienes aseguran que durante años militaron en una congregación donde no se conoce el evangelio, sino que se predica uno espurio. Salen de ese sitio hacia otro, pero no se han arrepentido de haber andado en aquellas viejas herejías.

    Suelen confesar públicamente que aquellas personas con las cuales se congregaban son salvas, ya que el hecho de que ellos provienen del mismo sitio lo atestigua. Uno podría preguntarse por la razón por la que huyeron de aquellas sinagogas, puesto que allí eran redimidos, de manera que no urgía el huir de esas doctrinas del error. Se descubre que dicen paz cuando no la hay, porque todavía guardan un sentimentalismo a favor de aquellos con quienes compartieron mucha vida religiosa. De allí que se comienza a predicar contra la herejía sin herejes, diciendo que se ataca el sistema erróneo de creencias pero no a los que viven en la desviada fe. En cambio, el Dios de las Escrituras afirma que Él está airado contra el impío todos los días, no solamente contra la impiedad (Salmos 7:11).

    El Antiguo Testamento nos aporta un texto de suma claridad para identificar al hereje con su herejía. En Proverbios 23:7 leemos: Cual es su pensamiento en su corazón, tal es él. No puede alguien militar en la herejía y suponer que él no sea hereje; Pablo aseguró que hay quienes se complacen con los que practican las malas obras (Romanos 1:32), por lo tanto son dignos de muerte (espiritual). Aunque alguien no declare la persona que es, su corazón lo delata; ciertamente, de la abundancia del corazón habla la boca. A veces no es necesario escuchar palabras, basta con mirar las acciones de las personas, sus gestos, su alegría por el mal. La soberbia puede declararse en la mirada altiva, pero de seguro se prueba con la caída, como dice el texto: Antes de la caída viene la altivez (Proverbios 16:18). Examine la vida de Nabucodonosor y comprenderá el error de su soberbia, el castigo que le vino y la humillación aprendida por causa de su malestar sufrido. Otros han mostrado peor suerte, como el caso del Faraón de Egipto, insensato por causa de su soberbia. Lucifer quiso ser como el Altísimo y procuró subir a ese lugar, mas su castigo resulta ejemplar para quien lo observa.

    Mientras más arriba crea una persona estar, más dura será su estrepitosa caída. La herejía es una opinión propia sobre las Escrituras, una interpretación privada (como señala Pedro). Ella se enciende en el corazón humano y aprisiona la mente en una sola revolución, girando en un centro inútil y deleitándose en la mentira asumida. Los años de religión vienen a ser un gran obstáculo para el individuo que lee la Biblia, ya que su ideología lo guía para que capte de las palabras lo que su corazón le dicta. Hicieron lo mismo los viejos fariseos, apegados a la norma de la ley, guardando los mandatos con rigurosidad, olvidando el espíritu y la misericordia. Se cargaron de hipocresía y desconocieron al Mesías que tanto anunciaban desde antes, porque su vano entendimiento se apegaba a la suposición de que eran dueños de Dios.

    La gran verdad de Dios ha sido declarada y está en las Escrituras: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí (Juan 14:6). Pero la gente entiende que ese Jesús es un nombre vacío que puede llenar con cualquier tipo de doctrina. Cada creyente, sin embargo, conoce la voz del verdadero Pastor de las ovejas y jamás se irá tras los falsos maestros o tras las doctrinas del error (Juan 10:4-5). A Dios no le ha placido hacer al hombre soberano, con libre albedrío, sino que lo ha formado como vaso de barro que moldea a su antojo, barro propiedad del Alfarero. Esta verdad toca la fibra de la altivez humana, contra esa verdad lucha la iglesia que se profesa cristiana, pero cuyo corazón está lejos del Señor. La Biblia afirma que Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3). Aún al malo hizo Dios para el día malo, porque Jehová ha hecho todo para sí mismo (Proverbios 16:4).

    La verdad manifestada en las Escrituras ofende a los oídos no preparados por el Padre en la enseñanza para que vayan a Cristo. Por esa razón muchos se apartan de la verdad que ven de soslayo, sin poder seguir atendiendo a sus mandatos. No soportan la acusatoria contra la altivez de espíritu de cada individuo que supone autonomía frente al Omnipotente. Algunos deciden creer en Dios, como dándole un voto de confianza para ver qué hay de cierto en todo eso de la fe. Otros, bajan la cabeza pero murmuran contra las palabras que les son duras de oír. Los hay de aquellos que tuercen las Escrituras, para hacerla decir una cosa que no dice, por lo cual caminan en el anatema que ella misma lanza contra sus detractores.

    La mentira abunda; existen los defensores de la herejía que aseguran que una persona puede vivir en medio de ella de una manera inconsistente. Han acuñado una expresión que resume su justificación: la feliz inconsistencia. Es decir, se cree en la herejía, se convive con ella, pero en una feliz inconsistencia. Esto no se entiende, pero así lo afirman; ya Pablo lo denunció al final del Capítulo 1 de su Carta a los Romanos: que son culpables de muerte los que se complacen con los que practican las malas cosas (herejía).

    ¿Puede una expiación no expiar? ¿Pudo Jesucristo morir por los pecados de todo el mundo, sin excepción, pero apartar su eficacia de algunos? Ese contrasentido se sostiene como doctrina teológica de vanguardia, una herejía que defiende la feliz inconsistencia del hereje. Jesús vino para traer espada, para colocar enemistad en la familia, entre aquellos que creen y los que no son llamados a creer. No vino para hablar bien de la democracia como sistema de gobierno eclesiástico, como para procurar estar tranquilos todos bajo el vocablo vacío Jesús. Se oye a menudo que lo que importa es el corazón y no la mente; amamos a Cristo de corazón, dicen, aunque no estamos de acuerdo con aquellas doctrinas duras de oír.

    Pablo enseña que se hace necesario que haya disensiones en la iglesia, para que se hagan manifiestos los que son aprobados (1 Corintios 11:19). Con todo, se nos recomienda fijarnos en aquellos que generan tropiezos en contra de la doctrina que hemos recibido de los apóstoles (Romanos 16:17). Es necesario apartarse de ellos, así de simple es el mandato. Estos hombres de religión se ganan la simpatía de las personas con la apariencia de piedad: música de alabanza, textos de memoria, bendicen a diestra y siniestra. Después, se dan a la tarea de introducir nociones interpretativas contra la doctrina enseñada por Jesucristo. Estando profundamente corrompidos con la herejía, muestran solamente la parte en que coinciden con la verdad bíblica, para embaucar a los más ingenuos. Recordemos lo que dijo Cristo la noche antes de morir, que creeríamos por la palabra de los primeros creyentes (sus discípulos). Esa palabra incorruptible, como la describe Pedro, es capaz de salvar a las ovejas destinadas para ese fin; pero el evangelio maldito, de acuerdo a lo dicho por Pablo, está plagado de herejía y resulta en un evangelio torcido que condena el alma (la maldice).

    Un elegido de Dios, cuando ha sido regenerado por el Espíritu del Señor, huirá de Babilonia; no podrá permanecer en ella, no podrá tener comunión con Cristo y con Belial. ¿Qué hacen los que se llaman cristianos participando con los nuevos apóstoles, con los que hablan en falsas lenguas, con los que todavía profetizan como si ejercieran el arte de vaticinar? Por otro lado, aunque no hicieran esas prácticas, todavía comulgarían con los que militan en la doctrina herética. Por ejemplo, no se puede cohabitar en un mismo espíritu con los que tienen por nula la expiación del Señor. Se tiene por nula cuando se le atribuye a su trabajo en la cruz un alcance que no fue procurado: la salvación de todo el mundo, sin excepción.

    Hemos de juzgar con justo juicio, para poder probar los espíritus y saber si son de Dios. Jesús nos dijo que no diéramos lo santo a los perros, ni las perlas a los cerdos. ¿Cómo vamos a saber quiénes son perros o cerdos, si no los juzgamos con justo juicio? ¿Cómo podemos estar atentos a los falsos profetas, si no juzgamos qué es ser un falso profeta? Los conoceremos por sus frutos, porque de la abundancia del corazón habla la boca. La doctrina que expongan hablará en abundancia de lo que creen en el corazón; por sus palabras se verá el esquema teológico que los motiva.

    Cuando Dios convierte un alma, lo hace en forma eficaz. Pablo no fue convertido gradualmente, mientras era un fariseo, como si fuese naciendo de nuevo poco a poco. Todo lo contrario, él dijo que tenía por basura todo ese tiempo, todo aquello que había alcanzado cuando no era un creyente convertido a Cristo. No pudo el apóstol tener por basura su proceso de conversión antiguo, por la sencilla razón de que eso no ocurre de esa manera. Nadie puede ir saltando de doctrina en doctrina, hasta llegar a la correcta, y decir al mismo tiempo que ya era un convertido cuando andaba en los tiempos antiguos. Hay quienes ejercen la argucia de decir que como eran predestinados para salvación, poco importa lo que creían antes de la conversión definitiva. El celo por la verdad del evangelio nos lleva a defender el evangelio de verdad.

    César Paredes

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  • EL VENENO DEL ERROR

    Razón tuvieron los latinos con su frase que dice: la palabra blanda tiene su veneno (Blanda oratio habet venenum suum). Al suavizar el discurso del Evangelio se envenena la fuente, algo que Jesucristo advirtió para no hacer. Cuando enseñaba a la multitud reseñada en Juan 6, sus palabras resultaron ásperas al punto de que aquellos discípulos (montones que lo seguían) las consideraron duras de oír (Juan 6:60). El hombre natural no soporta el camino de la cruz, pero se da a la tarea de oscurecer lo que aparece prístino y sencillo.

    El orgullo humano necesita doctrinas agradables, para que no lo destronen del alma de la humanidad. Lo que resulta bochornoso, en ocasiones lo denominan digno de ser imitado, como si con esa negación de la realidad descartaran lo que los acusa. Jesucristo realizó una expiación completa, algo que agradó al Padre en forma total. Esa satisfacción nos asegura la salvación a cada uno de aquellos que representó en la cruz. No olvidemos que la Escritura dice que Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

    Los grandes tesoros cuando se consiguen son guardados con celo, custodiados con astucia y después son explotados adecuadamente. Eso se desprende en parte de lo que afirmara Jesús respecto al reino de los cielos (Mateo 13:44-46). No cambiamos el tesoro por baratijas, no recibimos espejitos a cambio del oro. Dios está contra los profetas que ven vanidad y adivinan mentira, por cuanto engañan al pueblo, diciendo: Paz, no habiendo paz, que trabajan en conjunto con los que edifican la pared y con los que la recubren de fábulas (Ezequiel 13: 9-10).

    Se ha vuelto tan común hoy día la prevaricación de la doctrina de Cristo, que una mezcla de gente cohabita en los templos bajo el principio de no hacerse daño. Para esa vanidad de vida se ha inventado el criterio dualista de corazón-mente, como algo separado, dándosele preferencia al corazón que siente pasión por el Mesías pero relegando a la nada a la mente que escudriña intelectualmente. Se han olvidado de que Jesús es el Logos, la razón pura, la inteligencia, de manera que sus palabras están llenas de lógica y verdad espiritual. Bajo el ardid de amar a Jesús con el corazón, se menosprecia la doctrina bíblica que obliga a pensar.

    Esa manera de actuar, Pedro la denomina habladurías del mal o detracciones (1 Pedro 2:1). La censura o murmuración contra la palabra de Dios resulta desdichada, blasfema y signo de alguien que no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9). Un niño que toma leche de su madre no consume veneno suave para después alimentarse con comida sana. El niño debe mamar la leche sana desde un principio, para ir creciendo adecuadamente, evitando su prematura muerte. De igual forma las personas que han nacido de nuevo, desde el primer momento en que han creído la doctrina propia de la salvación, deben alimentarse de la palabra incorruptible. No puede alguien pretender consumir un evangelio anatema y después saltar al verdadero evangelio, como si hubiese sido necesario navegar primero en el error.

    Jesús lo afirmó por igual, que sus ovejas cuando oyen su voz lo siguen, sin que se vayan jamás tras la voz del extraño. ¿Quiénes son esos extraños? Son los mismos reseñados por Ezequiel, los que profetizan vanidad y adivinan mentira, los del otro evangelio acusado por Pablo, aquellos que desdibujan la expiación de Cristo para que resulte más suave la palabra de la cruz. Existe un mandato bíblico de inmiscuirnos en la razón, para las nuevas criaturas que somos bendecidas por Dios con las bendiciones espirituales en Cristo, para servirle con nuestros cuerpos a través de un culto racional (Romanos 12:1).

    Hemos de reconocer que existe un montón de gente ordenada para tropezar en la piedra del ángulo, la roca que es Cristo, gente que carece de fundamento sólido y parece que construye su casa en la arena. La roca donde tropiezan los que hablan vanidad, y los que los siguen a ellos, tiene un filo cortante para los que no son enseñados por el Padre, para los que nunca aprenden. Ella anuncia que nadie puede venir si el Padre no lo trae, porque se necesita ser enseñado por Dios y haber aprendido, para poder ir al Hijo. De esa manera se puede comer el pan de vida, beber de la fuente de agua eterna, y no ser echado nunca fuera (Juan 6).

    Es un error decir que Jesús pretendió la salvación de todo el mundo, sin excepción; es un error guardado en una falacia el afirmar que como Jesús es Todopoderoso su sangre también lo es, en el sentido de tener la posibilidad de expiar a todo el mundo, sin excepción. Continúa siendo un error el afirmar que Jesús murió por todos pero que su sangre solamente resulta eficaz en los elegidos. ¿Por qué es un error? Porque no fue lo que pretendió el Padre, como también se demuestra por la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní. El Señor rogó por los que el Padre la daba, pero en forma explícita aseveró que no rogaba por el mundo (Juan 17:9; 20).

    Hoy día se ha puesto de moda el asegurar que Jesús murió de alguna manera por Judas Iscariote, que si él no se hubiera suicidado de seguro hubiese encontrado perdón. Incluso hay quienes afirman que el arrepentimiento de Judas al devolver las monedas, al confesar que había entregado a un inocente, más su intención manifiesta de castigarse con el suicidio, sirve como signo de arrepentimiento para perdón de pecados. Tal afirmación resulta en profecía de vanidad y mentira, dado que Jesús aseguró que Judas era diablo, que era el hijo de perdición que debía hacer aquello que le fue encomendado para que la Escritura se cumpliese.

    Incluso Juan Calvino afirmó en sus Comentarios de la Biblia que cuando Jesús le lavaba los pies a los discípulos, incluido Judas, confiaba en que con ese acto Judas se arrepintiera. Parece ser que muchos que se acercan a la verdad todavía tropiezan con la roca que es Cristo, con su palabra, porque no vale acercarse ni tener celo por Dios (hasta llegar a matar a otro por asuntos de doctrina), sino que se tiene que haber sido enseñado por el Padre, para que habiendo aprendido se vaya seguro hacia el Señor.

    Las personas reseñadas por Pablo en Romanos 10:14, poseían un gran celo por Dios pero no lo conocían conforme a ciencia. ¿Por qué no lo conocían, si se la pasaban estudiando el Antiguo Testamento? Porque no se sujetaban a la justicia de Dios, al ignorarla y procurar colocar la suya propia. Al parecer, gracia y obras se perturban la una a la otra, en tanto que las buenas obras son consecuencia de la gracia pero nunca su causa. El acto de examinar las Escrituras es una actividad intelectual; eso no quiere decir que una persona marginada de la cultura universitaria no pueda conocer a Dios. Simplemente se quiere decir que todos tenemos intelecto, el cual conviene ejercitar para poder conocer lo que la Biblia enseña tocante a Jesucristo. Ya Jesús lo dijo: Escudriñad las Escrituras, porque ellas son las que dan testimonio de mí (Juan 5:39).

    Hay gente que sale a predicar el evangelio bajo la creencia de que aún los no elegidos pueden llegar a creer. Para ello argumentan que Cristo murió por todo el mundo, que su sangre es de tal valor que sirve como enlace para cada persona si tan solo deseara creer. ¿No encierra tal afirmación el concepto de la expiación universal? ¿Acaso los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda, podrán ser afectados positivamente por la supuesta expiación universal? Eso equivale a decir que como Dios es amor, y dado que Él es Todopoderoso, su amor es también todopoderoso y alcanzará por sobre cualquier obstáculo a todos los perdidos. Pero eso no es lo que afirma la Biblia, como tampoco es la voluntad eterna e inmutable del Todopoderoso.

    Mucho cuidado con los profetas de vanidad que hablan mentira, palabras que Dios no ha dicho, porque ellos engañan al pueblo, se dan a las fábulas, prometen prebendas que jamás saldrán como oferta divina. El Evangelio es la promesa de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados, en tal sentido pasa por una buena noticia para todos aquellos que son creyentes, de acuerdo a los planes eternos que no cambian del Padre Celestial. Jesús vino a morir por su pueblo, por sus escogidos, por su iglesia, no por el mundo que no fue amado por Dios. ¿Suena dura esa palabra? Entonces mire el Capítulo 6 del evangelio de Juan, allí podrá encontrar a muchos discípulos de Jesús que se ofendieron por esta palabra. Ellos fueron muy sinceros y al instante se apartaron de Jesús.

    César Paredes

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