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  • RELIGIOSOS INÚTILES

    La vida dedicada a la religión y a la moralidad puede ser algo inútil, aunque se tenga conocimiento de las Escrituras. Después que el Señor llamó a Saulo para que lo siguiera, el transformado Pablo comprendió que su vida anterior de fariseo tenía que lanzarse a la basura. Pese a su formación a los pies de Gamaliel, el apóstol demostró que su antiguo celo por el Dios conocido no era conforme a ciencia. Supo Pablo que él estaba agregando algo más a la justicia de Dios, como si sus obras lo ayudaran a ser aceptado. Estuvo envuelto en una falsa religión, a pesar de conocer las antiguas Escrituras y de rendirle devoción al Dios de Israel.

    Sus colegas fariseos de su tiempo siguieron en su tradición de guardar la ley sin la comprensión de lo que significaba la justicia de Dios. Se comparaban con aquellos que tenían menor justicia que ellos y de esa manera sentían confort al pensar que Dios los valoraría en diferente y mejor manera. Pablo concluyó que aquellos que no tienen el conocimiento de la justicia de Dios están muertos, a pesar de su enorme celo por la divinidad (Romanos 10:1-4).

    La justicia de Dios se revela en el Evangelio (Romanos 1:17), lo cual trae la consecuencia de confesar un evangelio que no avergüenza. Dios es un Dios justo que justifica al impío, de manera que envió a su siervo justo (el Cristo) para que sea conocido y su pueblo pueda ser justificado. Cuando uno conoce a Jesucristo reconoce su doctrina, el cuerpo de enseñanzas que dictó en esta tierra. Su Evangelio fue conocido por los apóstoles para ser anunciado por ellos como palabra incorruptible. De esa primera mano arranca el conocimiento de las Escrituras, de la pluma de todos los santos hombres de Dios que fueron inspirados para legarnos sus maravillosos documentos.

    Conviene escudriñar la Biblia, ya que nos parece que allí está contenida la vida eterna. Si uno no conoce a Cristo no puede llegar a ser justificado (Isaías 53:11). Conocerlo a él implica entender lo que dijo respecto al Padre, a los elegidos para el reino de los cielos, así como al propósito de su muerte expiatoria en pro de sus ovejas. El buen pastor dio su vida por las ovejas, no por los cabritos; el buen pastor rogó por los que el Padre le había dado y le seguiría dando a través de la palabra expuesta por medio de aquellos primeros creyentes (los apóstoles o discípulos), pero no rogó por el mundo que no vino a salvar (Juan 17:9 y 20).

    La práctica religiosa puede generar jactancia, en la medida en que comprendemos nuestros esfuerzos como más dignos que los de otros. Pero esa jactancia queda excluida en la justicia de Dios, anunciada por la ley y los profetas. Un denominador común nos iguala a todos los miembros de la raza humana: Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23). Sabemos que los que somos justificados lo somos gratuitamente por su gracia (Romanos 3:24). Esa redención vino a hacer Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre (Romanos 3:24).

    Propiciar es apaciguar, ganar la benevolencia de alguien; por fortuna, Jesucristo vino para ser el Mediador entre Dios y la raza humana, pero no todos forman parte de sus ovejas (Juan 10:26). De nuevo, uno vuelve a la ley y al testimonio, cuando mira el propósito de esa propiciación alcanzada. No puso Dios a su pueblo para ira, sino para misericordia; no todo el que le diga Señor, Señor, al Cristo, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad del Padre. Esa voluntad está expresada en el Evangelio de Juan, cuando dice: Y serán enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendrán a mí (Juan 6:45).

    Resulta indispensable ser instruidos por Dios, para poder ser enviados por el Padre al Hijo. De esa manera estamos seguros que quien a Cristo va no será echado fuera. Pero ese que va a Cristo sabe que el Señor dijo que nadie podía venir a él si no le fuere dado del Padre. Vemos por las Escrituras que el Faraón de Egipto no fue enviado por el Padre al Hijo, ni Esaú, ni ningún otro réprobo en cuanto a fe. Ese punto se torna decisivo a la hora de aceptar pacíficamente la doctrina de Jesucristo.

    Muchos de sus discípulos se volvieron atrás porque no soportaron las duras palabras del Señor. Ellos resultaron ofendidos con sus enseñanzas, como se relata en el Capítulo 6 del Evangelio de Juan. Pese a la estampida que se avecinaba el Señor no refrenó sus palabras sino que las reiteró, diciéndolas varias veces, así que su énfasis nos enseña que esa parte de su doctrina amerita ser aprendida y conocida.

    No podemos ser justificados sin el conocimiento del siervo justo, pues ¿cómo se invocará a aquel de quien no se ha oído? Si uno ignora la justicia de Dios (Jesucristo en su redención) se colocará la justicia propia como medio propiciatorio. Entonces, la suma de la justicia de Dios más la del hombre anulan por confusión la pureza de lo que Dios exige. Jesús dijo en la cruz que su trabajo había sido consumado, a lo cual debemos responder con la comprensión de que no podemos agregar nada de nuestra parte. No nos eligió el Padre porque vio algo bueno en nosotros, porque no hubo nunca alguien justo ni quien buscara al verdadero Dios.

    La diferencia entre Esaú y Jacob subyace en el que elige; es el Elector Supremo el que forma el barro para realizar un vaso para deshonra y otro para honra. A Jacob amé, pero a Esaú odié, antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos (Romanos 9:11-18). De allí que no puede haber jactancia, ya que vamos por la ley de la fe, sabiendo que esta fe es un regalo de Dios porque no es de todos la fe (Efesios 2:8; 2 Tesalonicenses 3:2). Por eso decimos una vez más que es el trabajo de Cristo solamente lo que redime a los escogidos del Padre.

    El arrepentimiento para perdón de pecados se obtiene como un regalo de Dios. Así que hemos de hacer como Pablo, el cual se arrepintió de su celo por Dios sin conocimiento de la justicia de ese Dios. Él consideró vana toda su religión anterior, la tuvo como pérdida por el amor al conocimiento de Cristo. Muchos dicen creer en la doctrina de la gracia enseñada por el Señor, pero jamás se arrepienten de su religión anterior porque piensan que como tenía el apellido de cristiana eso va bien. Incluso hay pastores que no bautizan a sus feligreses si antes fueron bautizados en una religión del Baal-Jesús. Sostienen que como se bautizaron en el nombre de Cristo (en tanto anticristo) viene a ser suficiente, con lo cual siguen en la ignorancia de la justicia de Dios.

    Creer en un sistema mixto de gracia con obras significa no creer en el Cristo de las Escrituras; los tales la han torcido para su propia perdición, dándose a la interpretación privada de ellas. El creyente se abraza al verdadero Evangelio de salvación que está condicionado solamente en el trabajo de Jesucristo. ¡Cuán importante resulta conocer lo que Cristo vino a hacer en la tierra! Vino a dar su vida en rescate por muchos, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21). Los que tuercen ese trabajo procurándolo para todos, sin excepción, permanecen en la ignorancia de la justicia de Cristo. Nuestro amor se manifiesta ante ellos en cuanto les decimos que así no hay paz, que eso no es bueno ni dulce. Ese sistema de creencias de gracia más obras forma parte de la doctrina del extraño, del evangelio anatema enseñado por los maestros de mentira.

    César Paredes

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  • EXAMINAOS PARA VER SI ESTÁIS EN LA FE

    Que cada uno se examine a sí mismo, de la manera como fue dicho que hemos de probar los espíritus para ver si son de Dios. Nosotros también hemos de evaluar nuestra fe, para ver si Cristo está en nosotros o si estamos reprobados (2 Corintios 13:5). ¿Cómo puede un falso creyente saber si está reprobado? De la manera que un impío cualquiera puede reconocer que Cristo está en nosotros, como aconteció en la relación de Caín y Abel. Uno de ellos entendió que el otro fue tenido en cualidad de hijo de Dios, por cuya causa lo asesinó. Caín, que era del maligno, supo que existía algo diferente en Abel. Los hermanos de José supieron por igual que había algo diferente en el hermano soñador, al que Jehová visitaba.

    ¡Cuánto más nosotros que decimos conocer la palabra también hemos de calificarnos para ver si estamos reprobados o si estamos firmes en la fe! El examen recomendado por Juan para detectar al que anda extraviado de la fe de Cristo, sirve para cada quien. La comparación no se hace en un plano místico, sino con el objetivo instrumento del evangelio. La referencia inmediata de la prueba descansa en la doctrina enseñada por Cristo. Así de simple; el que no vive en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo. Poco importa que venga en el nombre de la iglesia, de Dios, de algún creyente; basta con probar si su fe descansa en los parámetros de las enseñanzas de Jesús.

    Hemos de andar arraigados y sobreedificados en Cristo, de la manera como hemos sido enseñados (Colosenses 2:7). El texto que sigue advierte contra la filosofía engañosa y las huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo. De manera que ese examen que nos hemos de hacer tiene las respuestas dadas en esa plantilla que se llama la Escritura, para cotejar cuáles son nuestros aciertos o desaciertos. Todas las respuestas tienen que ver con la doctrina de Cristo, no con los elementos superficiales de la historia de Jesús. Me explico, el conocer que Jesús nació en un pesebre, que hizo milagros, que dio grandes discursos de esperanza, que murió por los pecados de su pueblo y resucitó al tercer día, que está a la diestra del Padre y que vendrá a la tierra para juicio, constituye una información relevante en cuanto a historia. Pero no todo ese conocimiento se incluye en el examen, ya que la Biblia refiere el tema del test en forma exclusiva al asunto doctrinal (2 Juan 1:9-11).

    Por lo tanto, hemos de evaluar quién fue Jesús como persona enviada por el Padre, su función como Cordero sin mancha. Asimismo, nos hemos de enfocar en la calidad de su trabajo que vino a hacer el cual declaró consumado. ¿Qué significa la expiación? ¿Qué quiere decir la pascua? ¿Por qué Pablo dice que Jesucristo es nuestra pascua? ¿Fue la muerte de Jesús un trabajo hecho a favor del mundo por el cual no rogó la noche antes de morir? (Juan 17:9). De igual forma, otras preguntas aparecen en relación a sus enseñanzas, como el concepto de justicia de Dios. El Señor se hizo pecado por causa de su pueblo, para impartirnos su justicia a cambio de tomar nuestras iniquidades y pagar con su sacrificio al recibir un castigo que nos correspondía.

    La herejía tiene que ver con la opinión propia en materia de fe y doctrina bíblica. Pedro informa que algunas personas se dan a la tarea de torcer las Escrituras, como si quisieran tener una interpretación privada. Es decir, lo que Jesús dijo puede resultar ofensivo, confuso para muchos por la dureza de sus palabras; pero dedicarse a suavizar lo que por naturaleza parece rígido se considera una interpretación privada (herejía), lo cual se hace para propia perdición de quien se adhiera a esa suposición. El ángel le indicó a José en una visión que el nombre del niño por nacer sería Jesús (Jehová salva) porque él salvaría a su pueblo de sus pecados. Hubo una restricción en materia de salvación, una referencia exclusiva al pueblo de Dios. No se incluyó al mundo por el cual Jesús no rogó (Juan 17:9; Mateo 1:21).

    Tenemos una referencia en el Antiguo Testamento, la cual nos da a entender que esa nueva Pascua sería similar a la primera pascua del pueblo de Israel. Aquella anterior se hizo en favor de todos los que se aferraron a la marca de la sangre del cordero colocada en sus dinteles, lo cual hace inferir que los que no tenían tal marca serían sometidos al juicio del ángel de la muerte. Jesús aseguró que pondría su vida por las ovejas, no lo hizo por los cabritos; a unas personas les dijo en forma directa que ellas no formaban parte de sus ovejas, por lo cual no creían y no venían a él. En otra ocasión dijo que ninguna persona podía venir por su cuenta a él, sino solamente aquellas enviadas por el Padre. Agregó que todo lo que el Padre le daba vendría a él y nunca sería echado fuera.

    Esta doctrina de la gracia, que incluye la predestinación y la soberanía absoluta de Dios, ofendió a muchos. Esa es la doctrina que debemos tener y en ella hemos de permanecer, de manera que quien no la traiga a casa no debe habitar como hermano entre nosotros. No debe ser bienvenido aquel que venga con una doctrina diferente. Por eso hemos de tener cuidado con los que andan enredados en filosofías y huecas tradiciones, como si la costumbre de una doctrina equivocada la hiciera aceptable. No puede el argumento falaz de cantidad validar la doctrina que la mayoría sigue, por el solo hecho de que la mayoría debe tener la razón. Somos llamados la manada pequeña, se nos habla de la soledad de Elías, de Isaías, de Juan el Bautista, del Señor que fue abandonado; se nos incita a entrar por la puerta angosta, a caminar por el camino estrecho, a huir del mundo y sus atractivos. Se nos dice por igual que en el mundo tendremos aflicción porque no pertenecemos al mundo donde tenemos que seguir por cierto tiempo.

    Cuando Pablo escribió a los de la iglesia de Roma, les habló de un grupo de personas que tenían celo de Dios pero no conforme a ciencia. Por ellos oraba, una demostración doble de su amor: 1) no les dijo paz, paz, cuando no la había, es decir, no los engañó para que continuaran en la mentira doctrinal; 2) oraba para su salvación, por si Dios los tenía en su lista. En otros términos, cuando uno ora por una persona demuestra amor hacia ella, ya que al estar en nuestros pensamientos lo conducimos en oración al Padre para ver si aquel también alcanzará misericordia como nosotros.

    Lo que hizo el apóstol Pablo por esos israelitas referidos en su carta a los romanos nos demuestra varios puntos interesantes. Hay gente en las congregaciones eclesiásticas que suponen amar a Dios, que manifiestan gran celo por su palabra, pero que desviados de la doctrina esencial del evangelio (la justicia de Dios que es Jesucristo) hacen inútil tal celo y trabajo. Ellos han demostrado por su errónea doctrina que están extraviados, que siguen reprobados. No se les habrá de engañar diciéndoles que no pasa nada, que por su buena conducta serán exonerados por Dios. No será así porque la salvación no es por obra, no vaya a ser que alguien se gloríe.

    Pablo les hizo ver su torcedura de pensamiento, les dijo que su creer resultaba anticientífico, contra la naturaleza de la fe de Cristo. Porque creemos en el Señor pero no en abstracto, como si fuera solo una figura histórica; si creemos en él es porque le conocemos (¿cómo se invocará a aquel de quien no se conoce?). Si creemos en él es porque conocemos sus enseñanzas, en especial la que se centra en el núcleo del Evangelio. La expiación que el Señor realizó en la cruz originó nuestra justicia, pero no porque fue una oferta libre para que cada quien la aceptara o la rechazara, sino que nos vino como la promesa de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados. Esa promesa ya está descrita en el Génesis y fue anunciada reiterativamente en muchos lugares de la Biblia.

    Se puede estar en la fe de las tradiciones humanas, en la fe subjetiva de lo que hemos mirado como Dios. Muchas veces la gente de religión se apega a un ídolo, una concepción de lo que debería ser Dios. Tal vez Dios debería haber amado a Esaú, o tal vez debería haberlo odiado en base a sus maldades (la venta de la primogenitura, por ejemplo). Tal vez resulte injusto la condena del Faraón, a quien Jehová levantó para gloriarse en toda la tierra. Jehová le había dicho a Moisés que endurecería el corazón del Faraón, para no dejar ir a su pueblo. De manera que eso nos puede parecer injusto.

    De esta manera, con el criterio de lo que debería ser justo que Dios haga vamos armando el ídolo, equipándolo con nuestra ideología. Pero al cotejar nuestros resultados con las Escrituras encontramos mucha disparidad. Por esa razón buscamos a los expertos en torcer la palabra divina para que ese Dios no aparezca tan ofensivo ante los demás. Allí ha surgido otro ídolo y a ese ídolo muchas personas que se llaman cristianas adoran. Como si adorasen a un Baal-Jesús. Pero ¿quién se engaña con esto? Solamente los que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo.

    No obstante, en esa gigantesca Babilonia que domina el mundo, todavía hay gente de Dios que se encuentra atrapada. Algunos ni siquiera lo saben, pero el llamado del Señor sigue siendo el mismo: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados (Apocalipsis 18:4). Examinarse a sí mismo para ver si se está en la fe, probar a los espíritus (personas) para ver si son de Dios, estar atento a los falsos maestros para denunciarlos y para alejarnos de ellos como mensajeros del evangelio extraño, son algunas de las tareas que competen a los creyentes de la fe de Cristo. Esta tarea forma parte de la carrera de la fe, de la batalla que hemos de pelear en el día a día, para que velando podamos orar con conciencia por asuntos específicos que conciernen a nuestra peregrinación en la tierra.

    César Paredes

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  • LA REGENERACIÓN ARMINIANA

    Dentro del arminianismo el incrédulo carece de habilidades suficientes para acudir a Cristo, pero en lugar de ser Dios quien lo lleva al Hijo es la gracia preventiva quien lo ayuda. Ese invento surge de la mente de Luis de Molina, doctrina que se conoce como Molinismo. En el siglo XVI Arminio llevó a Ginebra esa semilla para que prosperase animosamente y consumiese el oxígeno del creyente protestante. La cizaña ha crecido y consume las almas a su alrededor para socavar los espacios de paz.

    La gracia preventiva viene a ser el momentum peculiar dado por Dios a todos los hombres, sin excepción. Se la dio a Esaú y al Faraón, a Judas y a cada réprobo en cuanto a fe, a aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8). Con esa gracia se hace suficiente el movimiento que pudiera dar el hombre hacia su Creador. Con esta fuerza inicial cada ser humano tendría la energía para cooperar, si quisiere, de manera que obtenga la salvación. Al parecer, la muerte en delitos y pecados no sería real sino una figura de lenguaje que denota la gravedad del alma humana. De esa forma resolvió Roma el problema que tenía con ciertas Escrituras y que había sido hecho público por la Reforma Protestante.

    Los evangélicos de hoy día, en un porcentaje muy alto, asumen esa doctrina como si viniera del Espíritu de Dios. Debemos advertir que esa es una auto-salvación, que la predestinación no tendría sentido porque ya el hombre se salvaría a sí mismo con una pequeña ayuda lanzada del cielo. El problema se acrecienta al preguntarse por qué razón no todos aprovechan esa ayuda. Los que la descuidan causan su propia destrucción final, pero los que la aprovechan se redimen con su esfuerzo. Es decir, la gloria de Dios queda por fuera de la redención, el Hijo quedaría expuesto a vituperio por cuanto hizo un esfuerzo inútil por aquellos que no aprovecharon la oferta general y auxilio de la gracia preventiva.

    Por otro lado, existe un sinnúmero de personas que han muerto en sus delitos y pecados y que no han oído jamás de esa gracia preventiva. Ni siquiera han escuchado el evangelio, así que para ellos falló no solo Cristo con su crucifixión y sangre derramada sino la doctrina de la gracia preventiva. Ellos no estuvieron al tanto por cuya razón se condenaron. Claro está, siempre surgirá alguien que intente resolver el problema, como lo hizo Billy Graham, promotor de la doctrina de Arminio. El aseguraba que Dios miraba en los corazones de esas personas que jamás han escuchado de Cristo y tomaría de ellos aquellos cuyos corazones buenos y suficientes los ayudarían a ser redimidos.

    Entonces, Cristo ya no sería necesario predicarlo del todo porque Dios va a salvar a los buenos, sin que el Señor sea la puerta de entrada para las ovejas. Entrarán al reposo de Dios sin que invoquen su nombre, sin conocer a quien debían invocar. Es allí donde se dan la mano ambas doctrinas: la protestante-arminiana y la católico-romana. ¿Por qué llamarnos diferentes? Razón habría en recibir el cliché que nos cataloga como los hermanos separados que no queremos la unión.

    El problema grave gira en torno a la eficacia de la muerte de Cristo. ¿Qué significa ser la propiciación por los pecados de su pueblo? ¿Por qué Cristo oró y rogó por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por la incorruptible palabra de sus apóstoles? ¿Cuál es la razón objetiva por la cual el Señor no rogó por el mundo, en su oración intercesora realizada en el Getsemaní la noche previa a su crucifixión? Muchos se extravían en la mira de la extensión de la expiación, queriéndola hacer llegar adonde no fue procurada. En realidad deberían mirar el foco de su eficacia, ya que aquellos que fueron representados por Cristo en la cruz fueron realmente redimidos. Y es que la expiación salva, ese es su significado; la declaratoria divina de que Cristo es la justicia de Dios para su pueblo nos justifica, como dijo Isaías (53:11). Vale la pena conocer a ese siervo justo, indagar en las Escrituras el significado de lo que hizo.

    No existe una gracia preventiva ni la llamada gracia común o genérica, simplemente existe la gracia salvadora, ya que si por gracia entonces no es por obras. ¿Cómo puede haber una gracia preventiva o común donde se le exija al individuo su propia obra, para que continúe con el impulso que supuestamente Dios le ha obsequiado? Dios no nos dio un toque para que nosotros se lo devolvamos. Cristo no murió por los no elegidos del Padre, no malgastó su sangre redimiendo potencialmente a los réprobos en cuanto a fe. Cristo no hizo posible la redención, simplemente salvó a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Por esa razón predicamos este evangelio, para que las ovejas escuchen la voz del buen pastor y sean llamadas eficazmente. Jesús afirmó lo siguiente: Nadie viene al Padre sino por mí…Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere…Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí, y el que a mí viene no le echo fuera.

    Al parecer todavía hay quienes pretenden asegurar que Cristo hizo posible que todos vinieran al Padre, o que trabajó para que aquellos a quienes el Padre no le envía tengan la posibilidad de venir por cuenta propia. Esto lo piensan y sostienen los que todavía odian a Dios y deshonran al Hijo, al malbaratar la preciosa expiación alcanzada en la cruz. Cristo no cargó con los pecados de los réprobos en cuanto a fe, de aquellos a quienes Dios odió desde antes de ser formados, como lo hizo con Esaú (Romanos 9:11-14). Y si no llevó sus pecados tampoco murió en alguna forma por ellos.

    Una acotación final ha de hacerse, que Dios no miró en los corredores del tiempo para escoger a quienes iba a predestinar para salvación. Sería incongruente con la naturaleza de la expiación y con la elección del Padre, como incongruente también se vería el que un muerto en delitos y pecados pudiera tener buena voluntad para con Dios (Romanos 3:10).

    Los que se aferran a esa incongruencia de la gracia que previene o de gracia común, abogan por una expiación universal o general. Ellos trabajan su teología como agentes de Satanás con la intención de destruir el evangelio. El Evangelio es la promesa de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados, por eso en él se revela la justicia de Dios y viene a constituirse en el poder de Dios para salvación. No pretendió Dios salvar a Esaú, ni al rey de Asiria, ni al Faraón, ni a Judas Iscariote, ni a ningún otro réprobo en cuanto a fe destinado para tropezar en la roca que es Cristo. Por lo tanto, atribuirle a la expiación una eficacia para esos réprobos implica extralimitarse en los propósitos divinos, en cuanto a la gloria propia que tendría el Hijo como Redentor de su pueblo.

    La regeneración arminiana viene como una ilusión, un subproducto del evangelio anatema enseñado por los falsos maestros, seguido por los ciegos guiados por otros ciegos. Su meta final consiste en la caída hacia el pozo del abismo, para perjuicio de los hombres de religión que no escudriñaron las Escrituras. La regeneración potencial que promueve el arminianismo no justifica a ninguna persona, mucho menos el hecho de que alguien pretenda hacer su parte como si con ello completara el esfuerzo del Señor.

    En cambio, el sufrimiento y la muerte de Cristo no fue a causa de alguna culpa que el Señor haya tenido, sino que fue producto de cargar con todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Su trabajo consumado en la cruz apaciguó la ira de Dios que había en contra de todos los que representó en el madero. El Señor murió y pagó el precio exigido en favor de la liberación de todos aquellos que le fueron encomendados por el Padre. Esta salvación reposa garantizada en la cualidad de su nombre, por efecto de sus méritos, yace en sus manos y en las manos del Padre.

    César Paredes

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  • TOLERAR PARA SER TOLERADO

    Suena bien el título, como si fuese una premisa trascendente para la vida. Tolerar para ser tolerado, como si uno tuviese que aceptar la maldad doctrinal de otros para ser aceptado con la maldad doctrinal que tengamos. Así razonan los que aún conociendo la Escritura en relación a la gracia y soberanía absoluta de Dios, se apasionan por sus hermanos de fe espuria. No juzgan con justo juicio, no prueban los espíritus para ver si son de Dios, no se separan de aquellos que no viven en la doctrina de Cristo.

    En Jeremías 6:14 leemos: Y curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz, y no hay paz. Entonces, aceptando la herejía de otros suponen que ellos también serán aceptados al extenderles las manos a los que profesan otro evangelio. Son más las similitudes que lo que nos diferencia de ellos, afirman con denuedo. De esa manera desobedecen explícitamente el exhorto de Juan a la iglesia: el que recibe al que no trae la doctrina de Cristo, participa de sus malas obras (2 Juan 1:9-11).

    Abundan los que creen en el falso evangelio considerado anatema por las Escrituras, pero suponen que ellos son salvos a pesar de su errónea doctrina. Otros que son más avezados sostienen la buena doctrina de la gracia pero tropiezan en la solidaridad afectiva. De esa manera afirman que aunque alguien no haya creído el verdadero evangelio de Jesucristo lo creerá en el reino de los cielos si fuere un predestinado. Con ese razonamiento se están quitando el velo que los escondía, para mostrarse públicamente como lobos rapaces.

    Para ese tipo de creyentes de la mentira basta con que se pronuncie el nombre de Jesús, que se crea en el Cristo de la Biblia pero al cual se le ha maquillado en cuanto a lo que vino a hacer. De una expiación particular en pro de sus escogidos se pasa a una expiación universal o general, para beneficio de toda la comunidad religiosa. Con ello pretenden salir del escollo en que se encuentran algunos textos de la Escritura, según su propia opinión. Piensan que de esa manera reconciliarán su mítico libre albedrío o capacidad para resistir a Dios con la soberanía divina.

    Para ese tipo de religioso le resulta antipático el Dios de las Escrituras, porque lo consideran demasiado soberano. Deben bajarle un poco al grado de soberanía para hacerlo más humanizado y de esa manera puedan meterle mano para moldearlo a imagen y semejanza del hombre caído. Dios no odió a Esaú antes de que hiciese bien o mal, sino que Esaú se perdió porque vendió su primogenitura. Ese es el razonar equívoco que hacen para su propia perdición y para extravío de todos los que reciben el eco de sus pensamientos.

    La gente que ignora el Evangelio de Cristo posee mucha influencia en el mundo, dentro del principado de Satanás. La estrategia infernal gana adeptos, ya que ahora se confunde más por haber plagiado el nombre de Jesús. Es decir, en época de Elías frente al rey Acab, Israel merodeaba entre los Baales y Jehová. Había al menos una distinción del nombre de la divinidad, pero hoy día aún los herejes dicen adorar a Jesucristo. Eso confunde a la gente, pero no al que tiene el Espíritu Santo como guía y como arras de la salvación final.

    Pablo reconoció que cuando perseguía a la iglesia él fue un blasfemo, un hombre injurioso que aprobó el asesinato de Esteban. Pero eso lo hizo por la ignorancia propia que le acompañaba como incrédulo. Hoy día hay quienes ignoran menos de lo que Saulo ignoraba, pero por igual siguen injuriando a los redimidos de Dios. Los acusan de promover en exceso el evangelio de la gracia, de persistir en la doctrina que causa separación. Esa doctrina separó por igual a Jesús de aquellos discípulos a quienes les enseñaba diciéndoles que ninguno podía venir a él si no le fuere dado del Padre. En Juan 6 leemos sobre la doctrina de Cristo, acerca de la reacción de esa multitud que lo seguía admirada por el milagro de los panes y los peces.

    El Señor no sacrificó la doctrina del Padre en beneficio de su popularidad y aceptación. Al contrario, siguió hablando enérgicamente, con reiteración de todo aquello que ofendía a las masas. La murmuración no se hizo esperar y aquella gente se retiró para siempre. En la medida en que seamos contundentes con la exposición del Evangelio de Cristo, empezaremos a ver gente que se retira de las asambleas, otros que murmuran contra nosotros, aún aquellos que habían gustado de ciertos sabores de la gracia. El corazón no redimido, aunque sea religioso, siempre buscará el eclecticismo como vía de encuentro.

    Elías se sintió solo al ver que su gente seguía a los Baales, por lo que le preguntó al Señor si solamente él había quedado en el bando del Señor. La divina respuesta nos señala que Dios se había reservado para Sí mismo a 7.000 personas que no doblaron sus rodillas delante de Baal. Si uno compara con el censo hecho anteriormente por David, puede cotejar el ínfimo número reservado por el Señor, en relación a la abrumadora cantidad de personas perdidas en Israel. Al respecto, Pablo nos resalta que todavía queda un remanente de acuerdo a la elección por gracia; al mismo tiempo nos subraya que si por gracia ya no es por obras. Nos dice que son excluyentes las obras y la gracia, o es por obras o es por gracia, pero no por ambas (Romanos 11:1-6).

    El viejo pueblo de Israel andaba en dos predicamentos, por lo que Elías el profeta los exhortó a dejar la cavilación. Ellos debían tomar una posición acerca de quién era Dios. Elías pensó que nadie más estaba con él, pero el Señor tenía su remanente que el profeta no veía en ese momento. Nos sucede a menudo, predicamos esta doctrina de la gracia y no vemos respuesta. Al contrario, vemos la multitud enardecida diciéndonos que somos rompedores de la paz de la asamblea, que nos presentamos como separatistas.

    Reconocemos con las Escrituras que Dios tiene un remanente (y nosotros formamos parte de ese remanente). Sabemos que el hombre natural tiene preferencia por cualquier tipo de redención basado en las obras; el individuo necesita hacer algo para ver expiados sus pecados. En cambio, la Escritura nos anuncia que no puede la humanidad caída hacer nada porque anda muerta en sus delitos y pecados. Dios hace la obra que nosotros anunciamos, pero cuando redime a alguien lo cambia como hizo con Saulo de Tarso. En un instante cayó del caballo, en un instante fue su conversión; Pablo tuvo como pérdida todo ese tiempo de fariseo cuando militaba en una doctrina errónea, con mucho celo de Dios pero no conforme a ciencia.

    La anti doctrina de Cristo no se tolera, aunque se respeta cualquier disensión sin persecución. Sin embargo, justo es aclarar que no podemos contar como hermanos a aquellos que no viven en la doctrina del Señor. No hemos de reunirnos como si fuésemos un mismo cuerpo espiritual, de acuerdo al consejo de Juan. Acoto lo siguiente: Aquellos que claman que fueron salvados o regenerados a pesar de creer en un falso evangelio de salvación condicionado en el pecador (Gálatas 1:8-9) no juzgarán como que están perdidos a aquellos que creen en un similar falso evangelio. Más bien, ellos los juzgarán como personas salvadas y alegarán como razón la humildad y la caridad; exhibirán un espíritu sin censura y muy generoso como si eso también equivaliera a la razón. Esto, en realidad, es tan solo un artificio de autodefensa, una defensa de la MENTIRA (https://agrammatos.org/2019/08/27/an-artifice-for-self-defense/)…Cita de Chris Duncan.

    César Paredes

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  • DIO SU VIDA EN RESCATE POR MUCHOS (MATEO 20:28)

    Los muchos son aquellos hijos que Dios le dio, sus amigos o su iglesia. Dios por soberano y conocedor de todo cuanto hace, no da palazos a ciegas sino que en Él todas las cosas son un Sí y un Amén. Eso quiere decir que no se equivoca ni apunta al azar, para ver qué obtiene. Dios tiene un plan específico por el cual logra lo que se propuso desde siempre. Por lo tanto, Jesús como el Hijo del Hombre, es también el Buen Pastor que puso su vida por las ovejas (Juan 10:11, 15).

    Por esa razón Jesús supo que los que hablaban con él no formaban parte de sus ovejas. Así se los hizo saber a algunos cuando les aseguró que ellos no creían en él porque no eran parte de sus ovejas (Juan 10:26). No se trata de creer primero para ser después una oveja, sino de la cualidad de oveja para poder creer. Esa cualidad la da el Padre según quiso en la Predestinación de las almas y de todo cuanto acontece. Jesús aseguró por igual que las ovejas oyen su voz y él las conoce, por eso le siguen. Además, él les da vida eterna y nunca perecerán. Por otra parte, enfatizó en que nadie las podrá sacar de sus manos (Juan 10:26-28).

    Hay algunos que osan decir que si bien nadie arrebata una oveja de las manos de Jesús, la oveja puede huir. Pero esa fantasía lo que anuncia es el fracaso de Jesús en su propósito y discurso, por lo tanto esa fantasía es absolutamente blasfema. ¿Quién puede huir de las cuerdas de amor con que Dios nos ata? Habiendo recibido el corazón de carne con un espíritu nuevo, el redimido no desea jamás escapar de las manos del Dios Justo que justifica al impío. El hecho de que el redimido peque no implica que pretenda huir, así que habiendo sido adoptado como hijo ahora disfruta la herencia de Jesús.

    Los que se dan al evangelio extraño de las obras más la gracia, desesperan porque piensan que un día podrán escapar de los lazos de Dios. En realidad están en las manos de otro dios, ese que siempre se ve frustrado porque lucha con el libre albedrío del hombre. Una mentira lleva a otra mentira, para finalmente acercarse a la muerte definitiva. Cristo compró su iglesia con su propia sangre (Hechos 20:28), sangre que jamás será pisoteada por sus beneficiarios. Esto se resume en que Cristo murió por nuestros pecados, de acuerdo a las Escrituras (1 Corintios 15:3; Mateo 1:21; Hebreos 2:17).

    En tal sentido, el Evangelio resulta en el poder de Dios para salvación, ya que en él se revela la justicia de Dios (Romanos 1:16-17). Cualquiera que haya nacido de nuevo sabe esta gran verdad del Evangelio, pero los irredentos la desconocen (Romanos 10:3). El que no cree en el Evangelio también es tenido por incrédulo (Marcos 16:16). Urge vivir en la doctrina de Jesucristo, misma doctrina del Padre enseñada por los apóstoles a la iglesia naciente. Juan nos asegura que el que no habita en esa doctrina del Señor no tiene ni al Padre ni al Hijo, en definitiva no ha creído el Evangelio y sigue siendo un no regenerado (2 Juan 1:9-11).

    Por lo tanto, la Escritura declara que todo aquel que predica o sigue un evangelio diferente al anunciado por los apóstoles se declara no solo incrédulo sino anatema (bajo maldición). Horrenda cosa yacer bajo la maldición del Todopoderoso, cosa normal para los que no creen el Evangelio. El Evangelio presupone que se crea en la justicia de Dios, no en una serie de enunciados históricos sobre un personaje llamado Jesucristo. Creer que nació en un pesebre, que fue bautizado por Juan el Bautista, que hizo milagros y predicó grandes sermones y bienaventuranzas, forma parte de un informe histórico. Eso no redime, si bien no estorba; creer que murió y resucitó, que está a la diestra del Padre, resulta una información importante pero todavía no redime a nadie. Los demonios creen eso y mucho más, aún tiemblan, pero ni uno de ellos ha sido redimido de sus culpas. Los que predican un evangelio diferente le dicen a la gente que ellos tienen la habilidad de tomar una decisión por Cristo. De allí que en sus misiones evangelizadoras intenten persuadir a la audiencia para lograr una mano levantada.

    Como si el Espíritu Santo necesitara de la ayuda de la persuasión retórica instaurada por un predicador bajo un ambiente seductor: piano suave, mientras otros oran en silencio (a un dios que no puede oír), arengando a la masa a que tome una decisión rápida ya que puede morir esa misma noche para pasar la eternidad en tinieblas. Esos falsos maestros le dicen a la gente que Dios necesita de ellos, de su cooperación, que ya Cristo hizo su parte y que ahora le toca a ellos hacer la que les beneficie.

    Existen teologías que han creado dioses a partir de sus postulados, seguirán siendo falsos aunque los llamen Jesús y digan que es el Cristo. En realidad ellos se entronizaron en su ego, son ellos los que decidirán y para eso han construido históricamente el mítico libre albedrío. Como si el ser humano pudiera ser independiente de su Hacedor, como si el hacha moviera la mano de quien con ella corta. Ese dios resulta en un ser débil, cambiante, deseoso de un alma que le acepte su esfuerzo porque solo no puede lograr sus propósitos (salvar a todos, sin excepción).

    La expiación en la que creen los del otro evangelio se ve impotente, sin poder asegurar la salvación de todos aquellos por los que se pretendió hacer. En su lógica contravienen el sano juicio de la mente del Señor, ya que suponen que se hizo un esfuerzo por todo el mundo, sin excepción, a pesar de que Jesús no rogara por el mundo por el cual no murió (Juan 17:9). De esta forma, queda patente que el trabajo del Cristo que pregonan no aseguró la salvación de ninguno, sino que la hizo potencialmente posible para todos por igual. Quedan satisfechos porque entienden que una redención para todo el mundo resulta más justa que solamente para el pueblo del Señor (Mateo 1:21).

    Entiéndase que ese falso Cristo aparenta haber comprado con su sangre a los que se van hacia el infierno de fuego, porque como depende de la decisión, esfuerzo y propósito de sus beneficiarios debe completarse o actualizarse. Los predicadores del evangelio anatema (maldito) alegan que si hubo predestinación la hubo solo en el caso de que Dios mirara en los corredores del tiempo y descubriera quiénes se iban a salvar voluntariamente. Por eso hubo una elección, nunca porque Dios haya decidido a priori. Sin embargo, la Biblia insiste numerosas veces en que esto no fue de esa manera, sino que dependió del afecto de la voluntad divina, no de las obras de buena voluntad o de decisiones espontáneas de los corazones de los muertos en delitos y pecados. A Jacob amé, mas a Esaú odié (aborrecí), aun antes de haber nacido ni hecho ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9: 11-12).

    Sepamos que Jacob no pudo ser amado por Dios en virtud de su voluntad muerta en delitos y pecados; pero Dios es Justo y justifica al impío que es de la fe de Jesucristo. Dios es quien da vida y eligió a unos vasos para mostrar su misericordia, gracia y piedad, mientras a otros formó para exhibir en ellos su justicia y terror contra el pecado. ¿Hay injusticia en Dios que hace como quiere? ¿Quién fue su consejero? ¿Podrá Esaú alegar que no pudo resistirse a la voluntad de Dios? ¿Podrá argumentar que él no debe ser inculpado?

    César Paredes

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  • GRACIA PARTICULAR

    GRACIA PARTICULAR

    Jamás se ha señalado la gracia como una oferta colectiva, siempre ha sido un regalo particular. La misericordia de Dios puede ser derramada sobre todas sus criaturas, como lo asegura el Salmo 145:9, pero su gracia otorga la salvación solo a sus elegidos. Se demuestra en múltiples ejemplos de la Escritura, así que traigamos a la memoria por ahora el caso del saneamiento de los diez leprosos. La misericordia de Jesús se vio en todos los que le pidieron sanidad, pero eso no fue gracia sino piedad misericordiosa. Es decir, de los diez sanados solo uno se regresó a adorar. Si fuese gracia sobre los diez, los diez habrían vuelto con Jesús.

    Ningún mérito nuestro puede exigir gracia, ya que no existe compensación por ella. Al contrario, ella llega a quienes no merecen favor alguno, de manera que los que no la tienen tampoco podrán exigir el regalo. Uno de los ladrones en la cruz halló la salvación en sus últimos momentos, pero esa gracia lo invadió porque había sido elegido por el Padre desde antes de la fundación del mundo. Vemos que los hombres de religión carecen de cualidades para exigir la gracia, porque sus obras no pueden pagar por ella. ¿Cómo puede alguien pretender pagar lo que se da de gratis? En tal caso sería un soborno al que otorga el regalo, pero ante Dios ¿quién puede sobornar o engañar?

    Los desprovistos de la gracia se dan a las buenas obras para conquistar lo que no poseen. Piensan que memorizando textos de la Biblia, interpretándolos fuera de contexto, podrán engañar a Dios como engañan a los ciegos que los siguen. Las buenas obras siguen a los redimidos, las que fueron ya preparadas de antemano. Pero los pecados de David, de Salomón, de Elías (sujeto a pasiones), de Pablo (miserable de acuerdo a Romanos 7), de Aarón (con el becerro de oro), de Manasés, el rey terrible, el de Pedro que negó al Señor y daba de maldiciones, el de aquel hermano de Corinto que se acostaba con la mujer de su padre, etc., no detienen la gracia. Sin procurarlo hemos sido llamados al banquete del Señor, por el puro afecto de su voluntad, seducidos con cuerdas de amor, sorprendidos por el nacimiento de lo alto, habiendo Dios escogido lo necio del mundo, lo que no es, para deshacer a lo que es.

    La gracia tiene la cualidad de ser eterna, porque fue planificada desde antes de que el mundo fuese (2 Timoteo 1:9). Al mismo tiempo, ella es gratuita, ya que hemos sido justificados gratuitamente por la gracia de Dios (Romanos 3:24). La gracia depende de la absoluta soberanía de Dios (Mateo 11: 25-26), con lo cual nadie puede reclamarla ni ofrecerla a todos, ni mucho menos hablar de una gracia genérica o común. Cuando Dios habla de su gracia se entiende que está en su más absoluto derecho de darla a quien Él deseó darla. Pero se muestra interesante descubrir y saber que esa gracia divina no escapa a la justicia de Dios.

    El Dios justo que justifica al impío tiene la potestad de ser amigable por causa de Jesucristo. Habiéndose el Hijo convertido en la justicia de Dios, se entiende que Dios se muestra justo en quienes otorga su gratuidad. A los demás (los que quedan sin su gracia) les cobra sus pecados. ¿Es Dios injusto por haber planificado el mundo de esa forma? En ninguna manera, responde Pablo; no somos más que barro en manos del Alfarero quien forma vasos de honra y vasos de deshonra. ¿Cómo le reclamaremos el porqué nos hizo de una u otra manera? Dios no puede ser obligado a otorgar su regalo sobre ninguna de sus criaturas; además, la gracia no se merece como para alegar alguna buena obra o alguna insistencia de nuestra parte.

    Dios no permitió que la raza humana cayera en pecado, simplemente lo ordenó para mostrar a Su Hijo como Redentor de un pueblo. Adán tenía que pecar (1 Pedro 1:20). La gracia se manifiesta como parte de su plan eterno, así que nadie tiene de qué gloriarse. Pero no se equivoque ninguno, que donde hay gracia no hay obras que la puedan exigir; donde hay gracia, no hay ignorancia de la palabra redentora; donde hay gracia, se manifiesta por igual el reconocimiento del siervo justo que justifica a muchos. Ignorar ese conocimiento de la justicia de Dios descubre por igual una tácita ausencia de gracia manifiesta. Es allí donde las obras cobran fuerza para hacer creer, para aparentar, con falacias del buen hacer, que la salvación nos viene como recompensa de búsqueda. Las cabras siempre intentarán apocar el gozo de los redimidos, con sus cabezazos indiscretos a todo aquel que le anuncie la necesidad de arrepentimiento y de creer el Evangelio.

    El que ha sido enseñado por el Padre, hasta que haya aprendido, será enviado al Hijo y no será echado fuera. Pero el autodidacta irá en vano hacia Jesucristo. Dios no nos escoge porque valoramos la gracia, ni porque hayamos decidido ir en su camino y no en el nuestro. Nos escoge por el puro afecto de su voluntad, de manera que cuando el Espíritu nos da su aliento de vida eterna comenzamos a dejar nuestros caminos y a valorar la gracia en forma plena. Si todos ciegos, todos sordos, todos muertos, ninguno puede desear al Señor, a no ser que la gracia lo invada.

    Muchos se incomodan cuando uno habla de la libre gracia de Dios, libre para Él pero para nosotros una necesidad. El hombre soberbio de inmediato saca su carta escondida, su libero arbitrio, para imponer su teología ante los descuidados de doctrina. Piensan que la gracia de Dios se da en forma general para cada persona, sin excepción, pero que depende de cada quien el aceptarla. Esa falacia no soporta el análisis racional, ya que uno podría preguntar lo que sucede con aquellos a quienes supuestamente se les dio la gracia genérica y no saben nada de ello porque no se les ha anunciado el evangelio. Entonces de inmediato surge una nueva respuesta escondida: Dios los juzgará de otra manera, serán salvos de acuerdo a lo que pensaron que era Dios. Poco importa la revelación en ellos, ya que Dios los juzgará de acuerdo a sus acciones y sin mediación de Jesucristo.

    Algunos, más avezados y osados, argüirán que Jesucristo propició por todo el mundo, sin excepción, para lo cual mostrarán textos sin sus contextos. Entonces, ese perdón de pecados alcanzado en la cruz viene a ser despreciado por suprema ignorancia, de manera que el Salvador queda sin su obra concluida. El Consumado es de la cruz sería un enunciado equivocado, lo cual debería ser sustituido por un Consumado podrá ser. Ya que si todo depende de la criatura para que el Creador reciba su gloria, para que el Redentor consume su trabajo, la bandera del libre albedrío aparece como anillo al dedo. Dios hizo su parte en la cruz, el diablo hace la suya con la tentación, pero usted dará la palabra final. Dos votos consumados, uno a favor y otro en contra; ahora usted decide. Eso sí, no importa que usted haya sido declarado muerto en delitos y pecados, que odie al Dios soberano de la Biblia, que no busque a Dios. Lo que importa es que ahora usted decide.

    Con ese evangelio extraño las multitudes vuelven cada domingo a las Sinagogas de Satanás, donde Cristo no visita. Ellos siempre buscarán la manera de reconciliar la soberanía de Dios con el libre albedrío humano, por lo que pasarán domingo a domingo insistiendo en ese filosofar inútil. Inútil por cuanto el hombre no tiene libertad alguna ante el Creador, ya que si la tuviera no sería responsable ante el Todopoderoso. El que tiene que responder es aquel que no tiene independencia de Dios, como bien dijo el salmista David: ¿Adónde huiré de tu presencia? (Ni al cielo ni al Seol, porque allí está el Señor: Salmo 139: 7-8).

    Pese a los cabezazos de las cabras Dios sigue siendo absolutamente libre y otorga su gracia sin obligación ante nadie. No importa si la arcilla se levanta ante el Alfarero, con sus argumentos contra la justicia divina. Ese es el punto de quiebre de la criatura, el test que no tolera responder ni puede falsificar. Siempre mostrará el sobre roto para dejar ver su contenido. Hay que dejar a un lado a los ciegos guías de ciegos, como dijo Jesús en Juan 15:14 respecto a los fariseos.

    La gracia ha abundado en grandes pecadores, como en el caso del ladrón en la cruz, un sedicioso sin buenas obras y merecedor del castigo impuesto por Roma. Pero esa gracia que nos cae del cielo tiene la particularidad de humillarnos por medio del arrepentimiento (METANOIA), el cambio de mentalidad respecto a quién es Dios y a quiénes somos nosotros. El Señor siempre ha manifestado su gracia a través de los tiempos, como se deduce de ciertos textos del Antiguo Testamento. Por ejemplo, en Éxodo 33:19 se lee: Yo haré pasar mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente. Noé es otro de los personajes de quienes se dice que halló gracia ante los ojos de Jehová (Génesis 6:8).

    Cielo e infierno son inevitables después de esta vida, inmediatamente después de la muerte física. He allí el destino final de la gracia o la desgracia, así la Biblia canta la bondad y la severidad de Dios (Romanos 11:22). Venid, benditos de mi Padre, para heredar el reino preparado para ustedes desde la fundación del mundo; a otros les será dicho: Apartaos de mí, malditos (desgraciados), al lago de fuego eterno (Mateo 25:34 y 41).

    César Paredes

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  • LA PAGA DEL PECADO ES MUERTE

    Contrario a la ley de la naturaleza, la gracia aparece porque la naturaleza enseña que el más débil ha de sufrir consecuencias desastrosas. Además, justo es mirar el contexto de nuestros padres Adán y Eva en el Edén. En medio de tanta pureza incontaminada, aún ellos sin haber pecado antes se dieron al mal. ¿Qué no podrá hacer en relación a la maldad el hombre muerto en delitos y pecados? Si no hubiese gracia nadie sería salvo; entonces la gracia no puede ser una oportunidad para que el muerto decida, ya que está muerto. Con esa sentencia en su alma la humanidad no puede anhelar a Cristo, y si lo anhelara lo confeccionaría a su medida hasta producir un falso Cristo, un ídolo más llamado Jesús, con la Biblia como sustento pero con los textos fuera de contexto. De esa manera la muerte continúa en esos zombies del espíritu, por lo que la gracia contrasta con su valor, para deslumbrar más, ya que sin ella nadie sería salvo.

    Por esa razón la Biblia enseña por doquier que la salvación depende de Jehová, quien la da a quien quiere darla. Eso no le parece justo al que se denomina a sí mismo cristiano, en tanto sigue bajo la ley del más fuerte. Su naturaleza le enseña que debe conquistar la sobrevivencia, pero en materia de fe otras son las normas. Alguien con el Espíritu Santo habitando en él no puede contradecir el discurso que se yergue como tema y rema en la Santa Escritura: la soberanía de Dios en todos los ámbitos, la predestinación por el puro afecto de su voluntad, la expiación específica de Cristo en favor de su pueblo, los dos pueblos escogidos soberanamente: uno para alabanza de la gloria de su gracia y otro para alabanza de la gloria de su ira y justicia contra el pecado.

    Se ha escrito que el Evangelio es el poder de Dios para salvación a cada quien que cree. Ha sido el instrumento escogido por Dios para liberar a su pueblo del error, de la ignorancia y de las tinieblas de Satanás junto al mundo. Pero el Espíritu libera a aquellos que han sido elegidos para ser emancipados de la culpa y poder del pecado. El viento de donde quiere sopla, le dijo Jesús a Nicodemo; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.

    Hechos 20.24 nos habla de Pablo que daba testimonio del evangelio de la gracia de Dios. En Efesios 2:8-9, el apóstol señala que por la gracia hemos sido salvados, por medio de la fe (todo esto, asegura, es un regalo de Dios). No podría ser de otra manera, ya que no es de todos la fe y Cristo es su autor y consumador; sin fe resulta imposible agradar al Todopoderoso. De manera que nadie puede hacer nacer la fe de sí mismo, por mucho que medite o intente creer. El acto de creer sigue siendo un efecto de la gracia de Dios.

    La gracia tiene poder suficiente y viene como dádiva divina para los que Él escogió desde antes de la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8;17:8; Mateo 1:21; Juan 17:9). Sabemos que la gracia no puede ser opcional, como algo que está para todos y solo algunos más avezados la aceptan. La gracia de Dios se define como irresistible (ya que los dones o regalos de Dios y su llamamiento son irresistibles). Se puede resistir al Espíritu de Dios en la forma general de su llamado por medio de la palabra revelada, así como por la obra de la creación. Pero cuando el Espíritu sopla (o hace nacer de nuevo), la criatura muerta en delitos y pecados no tiene voluntad de resistencia.

    Dios hizo todo de esta manera, para que el hombre se le opusiera y lo negara, pero no pensemos por un momento que el corazón del rey no está en sus manos para inclinarlo a todo lo que Él quiere. El relato bíblico contiene numerosos ejemplos de la capacidad soberana del Señor, de cómo influencia en los faraones, de cómo lo hará en el fin de los tiempos (Apocalipsis 17:17). El libro de Daniel narra lo que habrá de acontecer y cosas que ya sucedieron, pero que serían dadas mucho después de haber sido escrito su mensaje.

    Nuestro deber como creyentes incluye la aceptación y predicación de la doctrina del Padre, que es la misma del Hijo. No hemos de ser tímidos en anunciar la gracia transformadora del Evangelio, pero sabemos que el mundo con sus atractivos ha desviado el anuncio exigido como deber nuestro hacia otros derroteros. A veces se prefiere la metafísica antes que la simpleza del Evangelio. Al igual que en el Antiguo Testamento, ahora Dios sigue levantando a sus testigos para encaminar a los que se desvían por las sendas de las huecas filosofías, atraídos por un evangelio mezclado de fantasías e imaginaciones egocéntricas.

    La gracia habla algo más que de la gratuidad de la salvación; nos dice que frente a la muerte del espíritu por causa de la paga del pecado existe una salida única y específica. Por supuesto, la gracia no se llama genérica ni común, porque ella siempre es eficaz. Es decir, si fuera común todos serían salvos, sin excepción, ya que si por gracia no sería por obras la salvación. Dado que el hombre no ha podido salvarse haciendo obra alguna, necesita la dádiva divina.

    Uno podría preguntarse acerca de la razón por la cual Dios no entrega su gracia a cada persona. La respuesta la da la Escritura en todas sus páginas: existe un plan eterno e inmutable, donde el Cordero de Dios sería llamado el Redentor. Asimismo, habrá un castigo donde los no redimidos pagarán por sus pecados. La soberbia humana imperará en aquellos que siguen a su padre el diablo, el padre de la mentira. Lucifer fue vencido de su propia soberbia al pretender ser como Dios y anhelar sentarse en Su trono. Su locura y estulticia lo llevó a una demostración de su atroz pensamiento: quiso que el Creador lo adorara (como se demuestra de la prueba a la que fue sometido Jesucristo cuando fue llevado al desierto y se confrontó con Satanás).

    En esencia, eso es lo que desea cada alma perdida: imponer su criterio ligado a su propia soberbia. La derrota no se hace esperar, por lo que Dios destinó de antemano a todos aquellos que habrán de tropezar con la roca que es Cristo, para la alabanza del poder de Dios (Romanos 9:22). Ese deseo divino viene como parte antagónica al deseo de hacer notorias las riquezas de su gloria, mostrada para con los vasos de misericordia preparados de antemano para gloria (Romanos 9:23).

    Frente a semejante contraste, el Evangelio revela la gracia de Dios como algo que ninguna religión pagana puede ofrecer. Estas son las buenas nuevas de la gracia de Dios, la que viene por Jesucristo (Juan 1:17). Si la ley manifestaba la consecuencia del pecado, la gracia exhibe el amor y la misericordia de Dios. Lo que resultó imposible para los hombres se demostró posible para el Señor. Y si Dios pide justicia al ser humano, Cristo se ha presentado como nuestra justicia, pues por gracia somos salvos. Mientras la ley nos expulsa de la presencia de Dios, ya que maldito habrá de ser todo aquel que quebrante alguno de los puntos de la ley de Dios, la gracia nos lleva a la presencia del Creador y Todopoderoso Señor.

    César Paredes

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  • LA BIBLIA COMO REGLA DE FE

    La Biblia juzga la tradición, no la tradición a la Biblia. ¿Cómo saber qué libros componen la Escritura? Si miramos hacia el Antiguo Testamento diremos que el Nuevo testifica en múltiples pasajes sobre la autenticidad del anterior. Son cuantiosas las citas bíblicas que remiten a lo escrito en el Viejo Testamento, pero resulta muy relevante el testimonio de Cristo en relación al Testamento Antiguo. En el aposento alto, citado por Lucas 24:44, Jesús se dirigió a sus discípulos haciendo un resumen de la estructura del Antiguo Testamento: era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Precisamente, la Biblia hebrea conformaba dicha estructura, ya que los Salmos eran el primer conjunto de los Escritos y de esa manera los representaba. Otra referencia al canon bíblico dada por Jesús la encontramos en Lucas 11:51: …desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías. Abel está referido en Génesis 4:8, mientras Zacarías fue mencionado en 2 Crónicas, que era el último libro del canon hebreo, el cual equivale al orden que poseemos que habla desde Génesis hasta Malaquías. Recordemos que la estructura hebrea contiene los mismos libros que nosotros tenemos pero, como ya señalamos, algunos libros se incluyen dentro de unos apartes con nombres diferentes, como es el caso de los salmos que forman parte de los Escritos.

    Esparcidos los judíos después del año 70 d.C., se dieron a la tarea de determinar cuáles eran los libros que se consideraban con la autoridad de la palabra de Dios. El auge del cristianismo motivó a los judíos a buscar con celeridad el conjunto de sus libros para continuar con sus creencias. Esto los condujo a establecer su canon hebreo de acuerdo a los aportes de muchos escribas y rabinos que se mostraban austeros y celosos respecto a sus viejos libros. El mundo cristiano incipiente también estuvo motivado a establecer el canon del Nuevo Testamento, ya que una multitud de escritos extraños aparecieron, en especial los de la literatura gnóstica que molestaba en gran medida a los de la fe de Jesucristo. Por esto hubo varios criterios para alcanzar el canon o regla debida de autoridad. Buscaban el dinamismo del libro, lo que equivalía al poder de Dios que cambia las vidas; por igual validaban su autoridad (si provino de Dios, como si tuviese la fórmula Así dice el Señor). La capacidad profética era otro de los juicios que se hacían, en el sentido de que fuera escrito por un hombre de Dios (por los santos hombres de Dios, como dijera Pedro, siendo inspirados). Buscaban su autenticidad, desechando todo lo que les resultara dudoso o contradictorio con otras Escrituras ya consolidadas. Otro de los criterios se basaba en la aceptación que había tenido en el pueblo de Dios, pero siempre en todos los criterios que los animaba existía el subyacente principio científico que hoy conocemos como la regla de la no contradicción. Dios no puede contradecirse, por lo tanto su palabra debe seguir esa línea austera y segura. En 2 de Pedro 3:26, leemos lo que Pedro opina de lo expuesto por Pablo, como ejemplo de lo que acabamos de afirmar.

    No podemos dejar de lado el hecho de que el Nuevo Testamento viene a ser complementario del Antiguo. Lo que era una sombra o un tipo encuentra la claridad de la luz y el antitipo en el Nuevo Pacto. Pero a cada uno de esos dos Testamentos se le atribuyeron libros considerados apócrifos, algo que etimológicamente significa escondidos y ocultos. Son escritos que promueven doctrinas falsas y están en contradicción con el resto de las Escrituras. Abundan en inexactitudes históricas y geográficas, por lo que resulta natural que Jesús y quienes escribieron el Nuevo Testamento jamás citaron tales libros apócrifos del Viejo Testamento. Tampoco ningún canon o concilio eclesiástico reconoció a los apócrifos como libros inspirados; en cuanto a los apócrifos referidos a la época cristiana desde temprano le hicieron frente.

    Llama la atención el control divino en medio del caos humano, ya que el libro que Dios inspiró a sus santos hombres fue escrito en un período de 1.600 años, por más de 40 autores, en diferentes épocas y lugares, en tres continentes (África, Asia y Europa), en tres lenguas: Hebreo, Arameo y Griego (Véase Evidencia que exige un Veredicto, de Josh MaDowell, ed. Vida). Ese libro siempre tuvo un mismo mensaje central: la soberanía divina en la creación, el propósito del Alfarero sobre el barro creado, el pueblo escogido desde antes de la fundación del mundo y el Cordero preparado y ordenado desde la eternidad para ser manifestado en tiempos apostólicos. Todo ese concierto literario comienza con el relato fantástico del Génesis, con la palabra del Señor en ejecución y como acto creativo, ya que por la palabra creemos haber sido constituido el universo. Esa palabra señala al Verbo encarnado, al Cristo que es el Logos eterno e inmutable, Dios hecho hombre para beneficio del pueblo escogido.

    Dios con su soberanía y autoridad impuso su ley al pueblo de Israel, sin que interviniera actividad democrática alguna, como un verdadero Despotes que bien señalara el apóstol Pedro en una de sus cartas.

    Así que el espíritu de la ley hemos de buscar y no las tradiciones humanas perdidas en los rituales religiosos. Ese extravío aconteció a lo largo de la historia de Israel pero se manifestó acentuadamente en la época de Jesús y sus apóstoles. Jesús fustigó amplia y reiteradamente a los escribas y fariseos, los encargados de administrar el estudio y compendio del Antiguo Testamento, por inclinarse ante la letra y olvidar la misericordia que también contenía. Al parecer, ya Pablo batallaba con los creyentes para que no se dejaran influenciar con la filosofía que los circundaba, en las sutilezas huecas de las tradiciones humanas (Colosenses 2:8).

    La Biblia como regla de fe propone conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Esto es clave para no irse tras la filosofía que se centra en el hombre como criatura suprema, como si fuese la medida de todas las cosas. En Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, para que estemos completos en él. Cristo es la cabeza de toda potestad y principado, en quien tenemos vida por habernos perdonado todos nuestros pecados.

    La palabra de Dios arremete contra el culto a los ángeles, de aquellos que están hinchados de su propia vanidad y mente carnal (Colosenses 2:18). Existe una apariencia de humildad, cuando se mira a las cosas que uno desea y supone ciertas pero no a lo que Dios propone. La Escritura señala lo que Dios quiere para nosotros, mas la mente carnal busca elementos fantásticos para enfatizar el contexto celestial. El culto a los ángeles es uno de ellos, hoy día revivido por doquier. Incluso se oye en medios denominados cristianos que cuando alguien muere nos cuida y nos vigila desde el más allá, como un ángel de Dios, cosa por demás imposible y contradictoria con todas las Escrituras.

    Recordemos que solo hay un Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. Tal vez no nos hemos dado cuenta de la total corrupción de la naturaleza humana, la cual confronta al incrédulo con la ira de Dios por el pecado y contra el pecador. Hemos vivido en un abismo de miseria, pero fuimos rescatados de esa vana manera de vivir; sin embargo, existe una tendencia a volver atrás en virtud de la ley del pecado que habita en nuestros miembros (Romanos 7:23). El mundo sigue estimulando con sus atractivos, por lo que hemos de afianzarnos en la fe de Cristo. Es necesario el conocimiento de la doctrina del Señor para vivir en humildad y mansedumbre, en el amor al que hemos sido llamados. De no ser por la gracia del Señor, nadie sería salvo de Satanás, de sus maquinaciones y de todos sus medios mundanos de prisión; tampoco seríamos libres de la ley y de la ira divina.

    Pero esa gracia nos exige velar y orar, escudriñar las Escrituras, conocer al siervo justo que justifica a muchos. Nuestros propios esfuerzos no bastan para convertir almas, ni las nuestras ni las de otros, así que si miramos al pacto de gracia podemos encontrar la salida para el día a día de este transitar por el mundo hacia la patria celestial. Porque hemos de considerarnos extranjeros y peregrinos, caminantes de la senda angosta, mientras nos esforzamos por entrar por la puerta estrecha. El reino de los cielos lo arrebatan los valientes, se nos conmina a perseverar hasta el final, pero sabemos que estamos preservados en las manos del Padre y del Hijo. Una cosa no elimina la otra, al estar preservados debemos perseverar; si perseveramos es porque estamos preservados.

    El que no ha sido regenerado se mantiene en un estado de inhabilidad total para salir de su pozo fangoso. Ese es el estado de miseria natural del hombre caído, declarado muerto en delitos y pecados por las Escrituras. Una persona tan arruinada, ¿cómo se recobrará? No por el camino de las obras sino por el de la gracia. Pero para eso nadie es suficiente, sino que aquello que resulta imposible para los hombres viene a ser posible para Dios. La criatura caída debe implorar clemencia ante el Todopoderoso, debe buscar a Dios mientras puede ser hallado. El principio de humildad resulta valioso en ese trance, ya que solamente Dios es soberano y si Él no nos mira con gracia nadie tendrá el poder ni siquiera de suplicarle.

    La Biblia como regla de fe ha sido propuesta ante la humanidad en general, si bien no cada miembro de la raza humana ha oído al respecto. Una tristeza enorme generan aquellos que teniendo acceso a la Escritura descuidan el hábito de su lectura y estudio; un hombre perdido en la montaña apreciaría un mapa para salir de su laberinto. La Escritura contiene la instrucción necesaria para alcanzar la vida eterna, se nos propone como regla de fe para que no deambulemos por los senderos marcados por Satanás y sus ministros disfrazados de mensajeros de luz.

    César Paredes

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  • DEUDA CANCELADA

    Jesús anuló el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz (Colosenses 2:14). Tal vez parece uno de los giros poéticos más sobresalientes de Pablo, una metáfora del trabajo eficaz de Jesucristo en favor de su pueblo. Porque ese nosotros del que habla el apóstol tiene que ver con la iglesia de Cristo. No obstante, el apóstol había dicho un poco antes que se hacía necesario tener cuidado con los engañadores expertos en filosofías y huecas sutilezas. Están los que hablan de un Jesús extraño -desde uno que no fue consubstancial con el Padre, hasta uno que debió ser gay. ¿Qué se pretende con esas huecas sutilezas? Simplemente devolvernos el acta de los decretos que nos era contraria, para que siga la espada sobre nuestra cabeza.

    La escritura de una deuda impagable fue quitada de en medio gracias a una anulación judicial. Como si los deudores tuviésemos anotados en un libro cada transgresión cometida contra la ley de Dios, fijémonos en que la ley divina no fue anulada sino solamente el libro de los deudores. Pero no de todos los deudores, porque no fue esa la intención del Padre cuando le dio un pueblo a su Hijo. No fue esa la intención del Hijo cuando rogó por los que el Padre le había entregado y le entregaría, ya que no rogó por el mundo (Juan 17:9). Su ruego fue en exclusiva como lo asegura Juan 17:20, por los que el Padre le envía.

    De esta manera, lo que estaba anotado (pecados pasados, presentes y futuros), en virtud de la eternidad de Dios, fue anulado por decisión del Juez de toda la tierra. La justicia de Cristo alcanzada en la cruz, en tanto su persona cumplió la ley y se entregó como Cordero sin pecado propio, se nos imputó a cada uno de los que se le anuló el acta de los decretos en contra. Al anular el acta de los decretos que nos era contraria se nos imputa una justicia a nuestro favor; Dios no actúa en forma injusta, así que tenía que aparecer alguna manera para eliminar el castigo que se nos vendría por causa de nuestras transgresiones.

    Eso quiso decir Isaías cuando habló del Hijo de Dios que cargaría con nuestras transgresiones y sufriría por nuestros pecados; ese siervo justo que conviene conocer para ser justificados los que somos de su fe. Recordemos siempre que la fe es un regalo de Dios (Efesios 2:8), de forma que no tenemos nada de qué gloriarnos. Dios no comparte su gloria con nadie, así que si nos gloriamos será solamente en la cruz de Cristo. No se nos podrá probar ninguna deuda ante Dios, pues al haberse anulado esa acta Pablo pudo escribir lo siguiente: ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:33-34).

    Esos escogidos de Dios son un número seleccionado de personas, a las que Dios amó de tal manera que les envió a su Hijo. Estos fueron escogidos en virtud de su soberana voluntad y por su justo placer, desde antes de la fundación del mundo, para que la elección no descansara en las obras humanas sino en el Elector. No existe otra forma de amor más grande, ni otra forma de suerte más extraordinaria. Desde nuestra perspectiva tuvimos suerte, si bien ahora los textos traducidos prefieren la palabra herencia. Pero el término escogido en griego puede significar ambos sentidos, κληρόω (Cleroo), el vocablo usado por Pablo en Efesios 1:11. La herencia era echada por suertes, en la cultura judía y en otras partes del mundo en tiempos antiguos. Incluso el clero del Antiguo Testamento tenía sus turnos (suertes) para cubrir las 24 horas del día en sus oficios propios. Así que nuestra es la herencia de la vida eterna y nuestra es la suerte que tuvimos. Incluso la versión Reina Valera Antigua se permite la traducción de suerte en ese texto, lo cual significa un gran impacto desde nuestra óptica como elegidos. En Mateo 27:35 se narra lo que aconteció con las ropas de Jesús, sobre las cuales se echaron suertes. Es el vocablo ligado al verbo mencionado en griego.

    Jesucristo exhibió en forma pública el despojo de los principados y potestades sobre los cuales había triunfado en la cruz (Colosenses 2:15). Por esa razón se pudo haber escrito en la Biblia que nuestros pecados fueron echados en lo profundo del mar (Miqueas 7:19), que Dios borra nuestras rebeliones por amor de Sí mismo y no se acordará más de ellos (Isaías 43:25).

    Habiendo sido liberados de la ley que nos acusaba, de las transgresiones que nos condenaban, de las potestades que nos tuvieron esclavos, el apóstol Pablo nos advierte para que no seamos de nuevo cautivos por aquellos que hablan sutilezas y vanas palabrerías o incluso filosofías. Esa cautividad pudiera venir por secuestro de nuestra mente, por el encanto de palabras con apariencia de sabiduría pero que nos van alejando de esta creencia de fe en que hemos sido sembrados. Como si el lobo pudiera penetrar el corral para raptar a una oveja, así que en nombre del buen pastor el apóstol nos advierte que tengamos cuidado. Algo tenemos que hacer, estar vigilantes como también lo indicó Jesucristo: Velad y orad…

    Pienso en aquellas personas que llamándose cristianos se la pasan mirando cuanto video aparece en los medios sociales. En sus mentes subsumen herejía tras herejía, al oír a los predicadores del otro evangelio. Eso abunda hoy en día, por lo que la advertencia de Pablo cobra vigencia. En vez de invertir su tiempo en el estudio de las Sagradas Escrituras se van por el lado fácil, con la diligencia facilitada por su pereza mental, para comer en medio de pantanos y beber de aguas turbias. Después, intoxicados, intentan contaminar a otros buscando respuesta por las dudas incrustadas en sus espíritus.

    La filosofía siempre es una construcción humana, una manera de ver el mundo bajo los parámetros del análisis especulativo. No que ella toda sea vana, sino que por no ser cristocéntrica busca la medida de todas las cosas fuera del Dios de la Biblia. Y si seguimos su norte nos alejaremos del camino señalado por Jesucristo. No nos alimentemos de lo que parece contrario a lo que dice la Biblia, ya que de esa manera no podemos regir nuestros pensamientos por el canon de las Escrituras. No debemos añadir a la obra de Jesús en la cruz, no hemos de sumar a su trabajo consumado. La doctrina del Padre fue lo que vino a enseñar Jesús y por ello dio gracias.

    Fijémonos en esa doctrina enseñada por los apóstoles, ocupémonos de ella. Su beneficio tiene consecuencias eternas, pero si descuidamos las enseñanzas (el cuerpo doctrinal del Señor) iremos a cautividad por las sutilezas y filosofías del mundo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA POSIBILIDAD DE LA SALVACIÓN (GÁLATAS 3:10)

    Si bien millones de personas viven en el mundo sin pensar en la vida eterna, sin darle importancia al alma que no muere, una gran parte de los que sí se ocupan en el pensamiento de la eternidad caminan por rumbo equivocado. Los que se colocan del lado de aquellos que levantan pendón en favor de la posibilidad de la salvación, de su potencialidad lanzada al azar, desconocen por completo la justicia de Dios. El evangelio se define como el poder de Dios para salvación, en él se revela la justicia de Dios. Existe una doctrina demoníaca llamada expiación universal, la gran mentira de Satanás que mantiene ocupada a la gente con la fantasía del libre albedrío para tomar decisiones respecto al alma.

    Ellos anuncian que la muerte de Cristo te da una oportunidad de salvación, predican a voces en las sinagogas para regocijo de los voceros de esta blasfema doctrina. Con ello le dan la gloria al individuo, quien decide si va a Cristo y cuándo hacerlo, mientras el Señor espera paciente por el alma que redimió pero que no ha actualizado la salvación conseguida. Lamentablemente, para ese Cristo, sus sueños fracasaron, ya que demasiada gente se pierde a pesar de haber conseguido su perdón en la cruz. Su sangre derramada por todos, sin excepción, parece ineficaz ante el potente libero arbitrio del hombre contumaz y rebelde.

    La muerte de ese falso Cristo iguala las posibilidades de la raza humana, obsequiándole una oportunidad de reposo eterno aún a aquellos que jamás han oído su nombre. Los teólogos disfrutan esta teología porque la consideran igualitaria, alentadora para las masas que domingo a domingo se dan a la tarea de celebrar a su falso Mesías. Isaías compara a esta gente con los que se dan a la tarea de fabricar un ídolo, ya que todos ellos oran a un dios que no puede salvar. Les dice que ellos no conocen nada; no conocen a Jehová, el único Dios, el que revela todo desde antes de que acontezca, el Dios justo y Salvador (Isaías 45:20-21).

    Pero los que fabrican Cristos se aferran al azar, a la oportunidad de decisión, convirtiéndose ellos en la causa eficaz de la salvación que profieren. Ellos no creen que el verdadero Jesucristo murió conforme a las Escrituras, demandando la redención de cada uno de los que representó en la cruz. Ese Jesús de la Biblia no rogó por el mundo (Juan 17:9) sino que rogó por los que iba a redimir (aquellos que el Padre le dio y le seguiría dando por la palabra de sus primeros discípulos -Juan 17: 20). Ese Jesús que predicamos cumplió todas las condiciones para nuestra salvación, ya que fue el Cordero sin mancha que el Padre exigía y prometía para el aplacamiento de su ira contra el pecado y el pecador.

    El Señor lo dijo varias veces, que no ponía su vida por los cabritos sino por las ovejas; habló y enseñó sobre la doctrina del Padre, con la cual se hacía eco porque así le había agradado al Todopoderoso. Nadie puede venir a Cristo si el Padre no lo trae; pero todo lo que el Padre le da al Hijo lo resucita en el día postrero y no lo echa fuera nunca. Pablo menciona la manifestación de la justicia de Dios, la que anunciaban la ley y los profetas. Esa justicia de Dios viene por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él (pero no olvidemos que la fe es un don de Dios -Efesios 2:8). Si la fe es un regalo de Dios no tenemos de qué gloriarnos, excepto en la cruz de Cristo; no es de todos la fe, dice la Biblia, sin fe resulta imposible agradar a Dios.

    La Biblia dicta una sentencia general para toda la humanidad: Todos pecaron y quedan destituidos de la gloria de Dios. Empero, anuncia la esperanza para el pueblo escogido, de entre los judíos y los gentiles, de muchas lenguas, culturas y naciones, con una justificación gratuita -sin salario de obras. Jesús fue puesto como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar la justicia de Dios, quien de esta manera pasó por alto todo el conjunto de pecados pasados en tanto es un Dios justo (Romanos 3:21-26).

    El hombre viene a ser justificado por fe sin las obras de la ley, aunque si de ley habláramos sería por la ley de la fe. Los que no entienden cómo Dios puede justificar al impío, viven con su garganta como sepulcro abierto. Engañan con su lengua a las multitudes, ofreciéndoles un Dios al por mayor, el que abarata su gracia para exaltar la voluntad humana. Ofrecen a un Dios a semejanza de la concupiscencia del hombre, como si fuese una divinidad pagana, de esas que a los griegos les encantaba anunciar.

    De la boca de estos engañadores sale maldición y amargura, ya que al ignorar al verdadero Dios pasan a creer en una divinidad falsa. Si alguien descuida la doctrina de Cristo, indica que anda extraviado y no es digno de ser tomado como hermano en el Señor. Quede claro que el pecador no puede hacer nada por su redención, ni siquiera aceptar el sacrificio de Cristo o dar un paso al frente en una congregación. Eso no valida ninguna salvación, porque Jesús no hizo una redención potencial que dependiera de la actualización de las personas.

    Dios da el arrepentimiento para perdón de pecados, así como la fe para sostener su gracia y redención. Ese paquete de la salvación pertenece a Jehová, pero los predicadores del otro evangelio han cambiado la eficacia de la muerte de Cristo en favor de su pueblo por una ilusión que blasfema el nombre de Dios. Si la muerte de Cristo no genera la redención de su pueblo, el pecador sería honrado por su fe auto generada y no Dios. Si la redención fuese una posibilidad potencial, el acto de arrepentimiento junto a la fe serían la corona de la gloria humana. Dios no dará su gloria a otro, dice Isaías; la frustración que genera la palabra dura de oír de Jesús no puede ser razón de peso para cambiar la doctrina de Cristo.

    Aquellos viejos discípulos se retiraron con murmuraciones, por causa de la doctrina de Cristo. Hoy día los pastores y maestros del cristianismo extraño frenan la retirada de los neo discípulos. De esa manera consiguen el dividendo de las ofrendas, de la presencia de gente en sus asambleas y de un público que les queda agradecido por la ilusión creída. Sepan que el Señor cumplió con todos los requisitos exigidos por el Padre, para el pago de la redención de todos aquellos a quienes representó en la cruz. La Biblia lo dice de muchas formas, incluso habla de lo que Dios se propuso desde antes de la fundación del mundo. El tema de la redención no escapa a la voluntad absoluta y soberana del Altísimo, el que endurece a quien quiere endurecer y tiene misericordia de quien quiere tenerla.

    Aquellas ovejas por quienes el Cristo dio su vida como buen pastor, seguirán al pastor desde que sean llamadas por él. Su destino no cambiará por nada que les acontezca, serán felices por siempre por cuanto sus transgresiones han sido perdonadas y sus pecados cubiertos. Jehová no los inculpará de iniquidad y en sus espíritus no habrá engaño. Ellos saben en quién han creído, dependen de los méritos del Señor, nunca se atribuyen alguna cualidad especial por la cual hayan sido escogidos para esa maravillosa redención final.

    El criterio de la posibilidad de la salvación pasa por el pasillo de la ignorancia, una que es mortal y que hace perecer a todo el que en ella milita. ¿Murió Jesús por los moradores de la tierra que acudirán a la bestia (anticristo) y dirán ¡quién como la bestia!? ¿Murió Jesús en favor de aquellos gobernantes de la tierra que cumplirán el consejo de Dios para darle el poder a la bestia? (Apocalipsis 17:17). ¿Murió por aquellos cuyos nombres no fueron inscritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo? (Apocalipsis 13:8 y 17:8). ¿Dio su vida Jesús por los destinados para tropezar en la roca que es el Cristo? (1 Pedro 2:8). ¿Murió Jesús por los que no son ovejas? (Juan 10:26-28).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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