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  • DIO SU VIDA EN RESCATE POR MUCHOS (MATEO 20:28)

    Los muchos son aquellos hijos que Dios le dio, sus amigos o su iglesia. Dios por soberano y conocedor de todo cuanto hace, no da palazos a ciegas sino que en Él todas las cosas son un Sí y un Amén. Eso quiere decir que no se equivoca ni apunta al azar, para ver qué obtiene. Dios tiene un plan específico por el cual logra lo que se propuso desde siempre. Por lo tanto, Jesús como el Hijo del Hombre, es también el Buen Pastor que puso su vida por las ovejas (Juan 10:11, 15).

    Por esa razón Jesús supo que los que hablaban con él no formaban parte de sus ovejas. Así se los hizo saber a algunos cuando les aseguró que ellos no creían en él porque no eran parte de sus ovejas (Juan 10:26). No se trata de creer primero para ser después una oveja, sino de la cualidad de oveja para poder creer. Esa cualidad la da el Padre según quiso en la Predestinación de las almas y de todo cuanto acontece. Jesús aseguró por igual que las ovejas oyen su voz y él las conoce, por eso le siguen. Además, él les da vida eterna y nunca perecerán. Por otra parte, enfatizó en que nadie las podrá sacar de sus manos (Juan 10:26-28).

    Hay algunos que osan decir que si bien nadie arrebata una oveja de las manos de Jesús, la oveja puede huir. Pero esa fantasía lo que anuncia es el fracaso de Jesús en su propósito y discurso, por lo tanto esa fantasía es absolutamente blasfema. ¿Quién puede huir de las cuerdas de amor con que Dios nos ata? Habiendo recibido el corazón de carne con un espíritu nuevo, el redimido no desea jamás escapar de las manos del Dios Justo que justifica al impío. El hecho de que el redimido peque no implica que pretenda huir, así que habiendo sido adoptado como hijo ahora disfruta la herencia de Jesús.

    Los que se dan al evangelio extraño de las obras más la gracia, desesperan porque piensan que un día podrán escapar de los lazos de Dios. En realidad están en las manos de otro dios, ese que siempre se ve frustrado porque lucha con el libre albedrío del hombre. Una mentira lleva a otra mentira, para finalmente acercarse a la muerte definitiva. Cristo compró su iglesia con su propia sangre (Hechos 20:28), sangre que jamás será pisoteada por sus beneficiarios. Esto se resume en que Cristo murió por nuestros pecados, de acuerdo a las Escrituras (1 Corintios 15:3; Mateo 1:21; Hebreos 2:17).

    En tal sentido, el Evangelio resulta en el poder de Dios para salvación, ya que en él se revela la justicia de Dios (Romanos 1:16-17). Cualquiera que haya nacido de nuevo sabe esta gran verdad del Evangelio, pero los irredentos la desconocen (Romanos 10:3). El que no cree en el Evangelio también es tenido por incrédulo (Marcos 16:16). Urge vivir en la doctrina de Jesucristo, misma doctrina del Padre enseñada por los apóstoles a la iglesia naciente. Juan nos asegura que el que no habita en esa doctrina del Señor no tiene ni al Padre ni al Hijo, en definitiva no ha creído el Evangelio y sigue siendo un no regenerado (2 Juan 1:9-11).

    Por lo tanto, la Escritura declara que todo aquel que predica o sigue un evangelio diferente al anunciado por los apóstoles se declara no solo incrédulo sino anatema (bajo maldición). Horrenda cosa yacer bajo la maldición del Todopoderoso, cosa normal para los que no creen el Evangelio. El Evangelio presupone que se crea en la justicia de Dios, no en una serie de enunciados históricos sobre un personaje llamado Jesucristo. Creer que nació en un pesebre, que fue bautizado por Juan el Bautista, que hizo milagros y predicó grandes sermones y bienaventuranzas, forma parte de un informe histórico. Eso no redime, si bien no estorba; creer que murió y resucitó, que está a la diestra del Padre, resulta una información importante pero todavía no redime a nadie. Los demonios creen eso y mucho más, aún tiemblan, pero ni uno de ellos ha sido redimido de sus culpas. Los que predican un evangelio diferente le dicen a la gente que ellos tienen la habilidad de tomar una decisión por Cristo. De allí que en sus misiones evangelizadoras intenten persuadir a la audiencia para lograr una mano levantada.

    Como si el Espíritu Santo necesitara de la ayuda de la persuasión retórica instaurada por un predicador bajo un ambiente seductor: piano suave, mientras otros oran en silencio (a un dios que no puede oír), arengando a la masa a que tome una decisión rápida ya que puede morir esa misma noche para pasar la eternidad en tinieblas. Esos falsos maestros le dicen a la gente que Dios necesita de ellos, de su cooperación, que ya Cristo hizo su parte y que ahora le toca a ellos hacer la que les beneficie.

    Existen teologías que han creado dioses a partir de sus postulados, seguirán siendo falsos aunque los llamen Jesús y digan que es el Cristo. En realidad ellos se entronizaron en su ego, son ellos los que decidirán y para eso han construido históricamente el mítico libre albedrío. Como si el ser humano pudiera ser independiente de su Hacedor, como si el hacha moviera la mano de quien con ella corta. Ese dios resulta en un ser débil, cambiante, deseoso de un alma que le acepte su esfuerzo porque solo no puede lograr sus propósitos (salvar a todos, sin excepción).

    La expiación en la que creen los del otro evangelio se ve impotente, sin poder asegurar la salvación de todos aquellos por los que se pretendió hacer. En su lógica contravienen el sano juicio de la mente del Señor, ya que suponen que se hizo un esfuerzo por todo el mundo, sin excepción, a pesar de que Jesús no rogara por el mundo por el cual no murió (Juan 17:9). De esta forma, queda patente que el trabajo del Cristo que pregonan no aseguró la salvación de ninguno, sino que la hizo potencialmente posible para todos por igual. Quedan satisfechos porque entienden que una redención para todo el mundo resulta más justa que solamente para el pueblo del Señor (Mateo 1:21).

    Entiéndase que ese falso Cristo aparenta haber comprado con su sangre a los que se van hacia el infierno de fuego, porque como depende de la decisión, esfuerzo y propósito de sus beneficiarios debe completarse o actualizarse. Los predicadores del evangelio anatema (maldito) alegan que si hubo predestinación la hubo solo en el caso de que Dios mirara en los corredores del tiempo y descubriera quiénes se iban a salvar voluntariamente. Por eso hubo una elección, nunca porque Dios haya decidido a priori. Sin embargo, la Biblia insiste numerosas veces en que esto no fue de esa manera, sino que dependió del afecto de la voluntad divina, no de las obras de buena voluntad o de decisiones espontáneas de los corazones de los muertos en delitos y pecados. A Jacob amé, mas a Esaú odié (aborrecí), aun antes de haber nacido ni hecho ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9: 11-12).

    Sepamos que Jacob no pudo ser amado por Dios en virtud de su voluntad muerta en delitos y pecados; pero Dios es Justo y justifica al impío que es de la fe de Jesucristo. Dios es quien da vida y eligió a unos vasos para mostrar su misericordia, gracia y piedad, mientras a otros formó para exhibir en ellos su justicia y terror contra el pecado. ¿Hay injusticia en Dios que hace como quiere? ¿Quién fue su consejero? ¿Podrá Esaú alegar que no pudo resistirse a la voluntad de Dios? ¿Podrá argumentar que él no debe ser inculpado?

    César Paredes

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  • GRACIA PARTICULAR

    GRACIA PARTICULAR

    Jamás se ha señalado la gracia como una oferta colectiva, siempre ha sido un regalo particular. La misericordia de Dios puede ser derramada sobre todas sus criaturas, como lo asegura el Salmo 145:9, pero su gracia otorga la salvación solo a sus elegidos. Se demuestra en múltiples ejemplos de la Escritura, así que traigamos a la memoria por ahora el caso del saneamiento de los diez leprosos. La misericordia de Jesús se vio en todos los que le pidieron sanidad, pero eso no fue gracia sino piedad misericordiosa. Es decir, de los diez sanados solo uno se regresó a adorar. Si fuese gracia sobre los diez, los diez habrían vuelto con Jesús.

    Ningún mérito nuestro puede exigir gracia, ya que no existe compensación por ella. Al contrario, ella llega a quienes no merecen favor alguno, de manera que los que no la tienen tampoco podrán exigir el regalo. Uno de los ladrones en la cruz halló la salvación en sus últimos momentos, pero esa gracia lo invadió porque había sido elegido por el Padre desde antes de la fundación del mundo. Vemos que los hombres de religión carecen de cualidades para exigir la gracia, porque sus obras no pueden pagar por ella. ¿Cómo puede alguien pretender pagar lo que se da de gratis? En tal caso sería un soborno al que otorga el regalo, pero ante Dios ¿quién puede sobornar o engañar?

    Los desprovistos de la gracia se dan a las buenas obras para conquistar lo que no poseen. Piensan que memorizando textos de la Biblia, interpretándolos fuera de contexto, podrán engañar a Dios como engañan a los ciegos que los siguen. Las buenas obras siguen a los redimidos, las que fueron ya preparadas de antemano. Pero los pecados de David, de Salomón, de Elías (sujeto a pasiones), de Pablo (miserable de acuerdo a Romanos 7), de Aarón (con el becerro de oro), de Manasés, el rey terrible, el de Pedro que negó al Señor y daba de maldiciones, el de aquel hermano de Corinto que se acostaba con la mujer de su padre, etc., no detienen la gracia. Sin procurarlo hemos sido llamados al banquete del Señor, por el puro afecto de su voluntad, seducidos con cuerdas de amor, sorprendidos por el nacimiento de lo alto, habiendo Dios escogido lo necio del mundo, lo que no es, para deshacer a lo que es.

    La gracia tiene la cualidad de ser eterna, porque fue planificada desde antes de que el mundo fuese (2 Timoteo 1:9). Al mismo tiempo, ella es gratuita, ya que hemos sido justificados gratuitamente por la gracia de Dios (Romanos 3:24). La gracia depende de la absoluta soberanía de Dios (Mateo 11: 25-26), con lo cual nadie puede reclamarla ni ofrecerla a todos, ni mucho menos hablar de una gracia genérica o común. Cuando Dios habla de su gracia se entiende que está en su más absoluto derecho de darla a quien Él deseó darla. Pero se muestra interesante descubrir y saber que esa gracia divina no escapa a la justicia de Dios.

    El Dios justo que justifica al impío tiene la potestad de ser amigable por causa de Jesucristo. Habiéndose el Hijo convertido en la justicia de Dios, se entiende que Dios se muestra justo en quienes otorga su gratuidad. A los demás (los que quedan sin su gracia) les cobra sus pecados. ¿Es Dios injusto por haber planificado el mundo de esa forma? En ninguna manera, responde Pablo; no somos más que barro en manos del Alfarero quien forma vasos de honra y vasos de deshonra. ¿Cómo le reclamaremos el porqué nos hizo de una u otra manera? Dios no puede ser obligado a otorgar su regalo sobre ninguna de sus criaturas; además, la gracia no se merece como para alegar alguna buena obra o alguna insistencia de nuestra parte.

    Dios no permitió que la raza humana cayera en pecado, simplemente lo ordenó para mostrar a Su Hijo como Redentor de un pueblo. Adán tenía que pecar (1 Pedro 1:20). La gracia se manifiesta como parte de su plan eterno, así que nadie tiene de qué gloriarse. Pero no se equivoque ninguno, que donde hay gracia no hay obras que la puedan exigir; donde hay gracia, no hay ignorancia de la palabra redentora; donde hay gracia, se manifiesta por igual el reconocimiento del siervo justo que justifica a muchos. Ignorar ese conocimiento de la justicia de Dios descubre por igual una tácita ausencia de gracia manifiesta. Es allí donde las obras cobran fuerza para hacer creer, para aparentar, con falacias del buen hacer, que la salvación nos viene como recompensa de búsqueda. Las cabras siempre intentarán apocar el gozo de los redimidos, con sus cabezazos indiscretos a todo aquel que le anuncie la necesidad de arrepentimiento y de creer el Evangelio.

    El que ha sido enseñado por el Padre, hasta que haya aprendido, será enviado al Hijo y no será echado fuera. Pero el autodidacta irá en vano hacia Jesucristo. Dios no nos escoge porque valoramos la gracia, ni porque hayamos decidido ir en su camino y no en el nuestro. Nos escoge por el puro afecto de su voluntad, de manera que cuando el Espíritu nos da su aliento de vida eterna comenzamos a dejar nuestros caminos y a valorar la gracia en forma plena. Si todos ciegos, todos sordos, todos muertos, ninguno puede desear al Señor, a no ser que la gracia lo invada.

    Muchos se incomodan cuando uno habla de la libre gracia de Dios, libre para Él pero para nosotros una necesidad. El hombre soberbio de inmediato saca su carta escondida, su libero arbitrio, para imponer su teología ante los descuidados de doctrina. Piensan que la gracia de Dios se da en forma general para cada persona, sin excepción, pero que depende de cada quien el aceptarla. Esa falacia no soporta el análisis racional, ya que uno podría preguntar lo que sucede con aquellos a quienes supuestamente se les dio la gracia genérica y no saben nada de ello porque no se les ha anunciado el evangelio. Entonces de inmediato surge una nueva respuesta escondida: Dios los juzgará de otra manera, serán salvos de acuerdo a lo que pensaron que era Dios. Poco importa la revelación en ellos, ya que Dios los juzgará de acuerdo a sus acciones y sin mediación de Jesucristo.

    Algunos, más avezados y osados, argüirán que Jesucristo propició por todo el mundo, sin excepción, para lo cual mostrarán textos sin sus contextos. Entonces, ese perdón de pecados alcanzado en la cruz viene a ser despreciado por suprema ignorancia, de manera que el Salvador queda sin su obra concluida. El Consumado es de la cruz sería un enunciado equivocado, lo cual debería ser sustituido por un Consumado podrá ser. Ya que si todo depende de la criatura para que el Creador reciba su gloria, para que el Redentor consume su trabajo, la bandera del libre albedrío aparece como anillo al dedo. Dios hizo su parte en la cruz, el diablo hace la suya con la tentación, pero usted dará la palabra final. Dos votos consumados, uno a favor y otro en contra; ahora usted decide. Eso sí, no importa que usted haya sido declarado muerto en delitos y pecados, que odie al Dios soberano de la Biblia, que no busque a Dios. Lo que importa es que ahora usted decide.

    Con ese evangelio extraño las multitudes vuelven cada domingo a las Sinagogas de Satanás, donde Cristo no visita. Ellos siempre buscarán la manera de reconciliar la soberanía de Dios con el libre albedrío humano, por lo que pasarán domingo a domingo insistiendo en ese filosofar inútil. Inútil por cuanto el hombre no tiene libertad alguna ante el Creador, ya que si la tuviera no sería responsable ante el Todopoderoso. El que tiene que responder es aquel que no tiene independencia de Dios, como bien dijo el salmista David: ¿Adónde huiré de tu presencia? (Ni al cielo ni al Seol, porque allí está el Señor: Salmo 139: 7-8).

    Pese a los cabezazos de las cabras Dios sigue siendo absolutamente libre y otorga su gracia sin obligación ante nadie. No importa si la arcilla se levanta ante el Alfarero, con sus argumentos contra la justicia divina. Ese es el punto de quiebre de la criatura, el test que no tolera responder ni puede falsificar. Siempre mostrará el sobre roto para dejar ver su contenido. Hay que dejar a un lado a los ciegos guías de ciegos, como dijo Jesús en Juan 15:14 respecto a los fariseos.

    La gracia ha abundado en grandes pecadores, como en el caso del ladrón en la cruz, un sedicioso sin buenas obras y merecedor del castigo impuesto por Roma. Pero esa gracia que nos cae del cielo tiene la particularidad de humillarnos por medio del arrepentimiento (METANOIA), el cambio de mentalidad respecto a quién es Dios y a quiénes somos nosotros. El Señor siempre ha manifestado su gracia a través de los tiempos, como se deduce de ciertos textos del Antiguo Testamento. Por ejemplo, en Éxodo 33:19 se lee: Yo haré pasar mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente. Noé es otro de los personajes de quienes se dice que halló gracia ante los ojos de Jehová (Génesis 6:8).

    Cielo e infierno son inevitables después de esta vida, inmediatamente después de la muerte física. He allí el destino final de la gracia o la desgracia, así la Biblia canta la bondad y la severidad de Dios (Romanos 11:22). Venid, benditos de mi Padre, para heredar el reino preparado para ustedes desde la fundación del mundo; a otros les será dicho: Apartaos de mí, malditos (desgraciados), al lago de fuego eterno (Mateo 25:34 y 41).

    César Paredes

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  • LA PAGA DEL PECADO ES MUERTE

    Contrario a la ley de la naturaleza, la gracia aparece porque la naturaleza enseña que el más débil ha de sufrir consecuencias desastrosas. Además, justo es mirar el contexto de nuestros padres Adán y Eva en el Edén. En medio de tanta pureza incontaminada, aún ellos sin haber pecado antes se dieron al mal. ¿Qué no podrá hacer en relación a la maldad el hombre muerto en delitos y pecados? Si no hubiese gracia nadie sería salvo; entonces la gracia no puede ser una oportunidad para que el muerto decida, ya que está muerto. Con esa sentencia en su alma la humanidad no puede anhelar a Cristo, y si lo anhelara lo confeccionaría a su medida hasta producir un falso Cristo, un ídolo más llamado Jesús, con la Biblia como sustento pero con los textos fuera de contexto. De esa manera la muerte continúa en esos zombies del espíritu, por lo que la gracia contrasta con su valor, para deslumbrar más, ya que sin ella nadie sería salvo.

    Por esa razón la Biblia enseña por doquier que la salvación depende de Jehová, quien la da a quien quiere darla. Eso no le parece justo al que se denomina a sí mismo cristiano, en tanto sigue bajo la ley del más fuerte. Su naturaleza le enseña que debe conquistar la sobrevivencia, pero en materia de fe otras son las normas. Alguien con el Espíritu Santo habitando en él no puede contradecir el discurso que se yergue como tema y rema en la Santa Escritura: la soberanía de Dios en todos los ámbitos, la predestinación por el puro afecto de su voluntad, la expiación específica de Cristo en favor de su pueblo, los dos pueblos escogidos soberanamente: uno para alabanza de la gloria de su gracia y otro para alabanza de la gloria de su ira y justicia contra el pecado.

    Se ha escrito que el Evangelio es el poder de Dios para salvación a cada quien que cree. Ha sido el instrumento escogido por Dios para liberar a su pueblo del error, de la ignorancia y de las tinieblas de Satanás junto al mundo. Pero el Espíritu libera a aquellos que han sido elegidos para ser emancipados de la culpa y poder del pecado. El viento de donde quiere sopla, le dijo Jesús a Nicodemo; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.

    Hechos 20.24 nos habla de Pablo que daba testimonio del evangelio de la gracia de Dios. En Efesios 2:8-9, el apóstol señala que por la gracia hemos sido salvados, por medio de la fe (todo esto, asegura, es un regalo de Dios). No podría ser de otra manera, ya que no es de todos la fe y Cristo es su autor y consumador; sin fe resulta imposible agradar al Todopoderoso. De manera que nadie puede hacer nacer la fe de sí mismo, por mucho que medite o intente creer. El acto de creer sigue siendo un efecto de la gracia de Dios.

    La gracia tiene poder suficiente y viene como dádiva divina para los que Él escogió desde antes de la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8;17:8; Mateo 1:21; Juan 17:9). Sabemos que la gracia no puede ser opcional, como algo que está para todos y solo algunos más avezados la aceptan. La gracia de Dios se define como irresistible (ya que los dones o regalos de Dios y su llamamiento son irresistibles). Se puede resistir al Espíritu de Dios en la forma general de su llamado por medio de la palabra revelada, así como por la obra de la creación. Pero cuando el Espíritu sopla (o hace nacer de nuevo), la criatura muerta en delitos y pecados no tiene voluntad de resistencia.

    Dios hizo todo de esta manera, para que el hombre se le opusiera y lo negara, pero no pensemos por un momento que el corazón del rey no está en sus manos para inclinarlo a todo lo que Él quiere. El relato bíblico contiene numerosos ejemplos de la capacidad soberana del Señor, de cómo influencia en los faraones, de cómo lo hará en el fin de los tiempos (Apocalipsis 17:17). El libro de Daniel narra lo que habrá de acontecer y cosas que ya sucedieron, pero que serían dadas mucho después de haber sido escrito su mensaje.

    Nuestro deber como creyentes incluye la aceptación y predicación de la doctrina del Padre, que es la misma del Hijo. No hemos de ser tímidos en anunciar la gracia transformadora del Evangelio, pero sabemos que el mundo con sus atractivos ha desviado el anuncio exigido como deber nuestro hacia otros derroteros. A veces se prefiere la metafísica antes que la simpleza del Evangelio. Al igual que en el Antiguo Testamento, ahora Dios sigue levantando a sus testigos para encaminar a los que se desvían por las sendas de las huecas filosofías, atraídos por un evangelio mezclado de fantasías e imaginaciones egocéntricas.

    La gracia habla algo más que de la gratuidad de la salvación; nos dice que frente a la muerte del espíritu por causa de la paga del pecado existe una salida única y específica. Por supuesto, la gracia no se llama genérica ni común, porque ella siempre es eficaz. Es decir, si fuera común todos serían salvos, sin excepción, ya que si por gracia no sería por obras la salvación. Dado que el hombre no ha podido salvarse haciendo obra alguna, necesita la dádiva divina.

    Uno podría preguntarse acerca de la razón por la cual Dios no entrega su gracia a cada persona. La respuesta la da la Escritura en todas sus páginas: existe un plan eterno e inmutable, donde el Cordero de Dios sería llamado el Redentor. Asimismo, habrá un castigo donde los no redimidos pagarán por sus pecados. La soberbia humana imperará en aquellos que siguen a su padre el diablo, el padre de la mentira. Lucifer fue vencido de su propia soberbia al pretender ser como Dios y anhelar sentarse en Su trono. Su locura y estulticia lo llevó a una demostración de su atroz pensamiento: quiso que el Creador lo adorara (como se demuestra de la prueba a la que fue sometido Jesucristo cuando fue llevado al desierto y se confrontó con Satanás).

    En esencia, eso es lo que desea cada alma perdida: imponer su criterio ligado a su propia soberbia. La derrota no se hace esperar, por lo que Dios destinó de antemano a todos aquellos que habrán de tropezar con la roca que es Cristo, para la alabanza del poder de Dios (Romanos 9:22). Ese deseo divino viene como parte antagónica al deseo de hacer notorias las riquezas de su gloria, mostrada para con los vasos de misericordia preparados de antemano para gloria (Romanos 9:23).

    Frente a semejante contraste, el Evangelio revela la gracia de Dios como algo que ninguna religión pagana puede ofrecer. Estas son las buenas nuevas de la gracia de Dios, la que viene por Jesucristo (Juan 1:17). Si la ley manifestaba la consecuencia del pecado, la gracia exhibe el amor y la misericordia de Dios. Lo que resultó imposible para los hombres se demostró posible para el Señor. Y si Dios pide justicia al ser humano, Cristo se ha presentado como nuestra justicia, pues por gracia somos salvos. Mientras la ley nos expulsa de la presencia de Dios, ya que maldito habrá de ser todo aquel que quebrante alguno de los puntos de la ley de Dios, la gracia nos lleva a la presencia del Creador y Todopoderoso Señor.

    César Paredes

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  • LA BIBLIA COMO REGLA DE FE

    La Biblia juzga la tradición, no la tradición a la Biblia. ¿Cómo saber qué libros componen la Escritura? Si miramos hacia el Antiguo Testamento diremos que el Nuevo testifica en múltiples pasajes sobre la autenticidad del anterior. Son cuantiosas las citas bíblicas que remiten a lo escrito en el Viejo Testamento, pero resulta muy relevante el testimonio de Cristo en relación al Testamento Antiguo. En el aposento alto, citado por Lucas 24:44, Jesús se dirigió a sus discípulos haciendo un resumen de la estructura del Antiguo Testamento: era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Precisamente, la Biblia hebrea conformaba dicha estructura, ya que los Salmos eran el primer conjunto de los Escritos y de esa manera los representaba. Otra referencia al canon bíblico dada por Jesús la encontramos en Lucas 11:51: …desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías. Abel está referido en Génesis 4:8, mientras Zacarías fue mencionado en 2 Crónicas, que era el último libro del canon hebreo, el cual equivale al orden que poseemos que habla desde Génesis hasta Malaquías. Recordemos que la estructura hebrea contiene los mismos libros que nosotros tenemos pero, como ya señalamos, algunos libros se incluyen dentro de unos apartes con nombres diferentes, como es el caso de los salmos que forman parte de los Escritos.

    Esparcidos los judíos después del año 70 d.C., se dieron a la tarea de determinar cuáles eran los libros que se consideraban con la autoridad de la palabra de Dios. El auge del cristianismo motivó a los judíos a buscar con celeridad el conjunto de sus libros para continuar con sus creencias. Esto los condujo a establecer su canon hebreo de acuerdo a los aportes de muchos escribas y rabinos que se mostraban austeros y celosos respecto a sus viejos libros. El mundo cristiano incipiente también estuvo motivado a establecer el canon del Nuevo Testamento, ya que una multitud de escritos extraños aparecieron, en especial los de la literatura gnóstica que molestaba en gran medida a los de la fe de Jesucristo. Por esto hubo varios criterios para alcanzar el canon o regla debida de autoridad. Buscaban el dinamismo del libro, lo que equivalía al poder de Dios que cambia las vidas; por igual validaban su autoridad (si provino de Dios, como si tuviese la fórmula Así dice el Señor). La capacidad profética era otro de los juicios que se hacían, en el sentido de que fuera escrito por un hombre de Dios (por los santos hombres de Dios, como dijera Pedro, siendo inspirados). Buscaban su autenticidad, desechando todo lo que les resultara dudoso o contradictorio con otras Escrituras ya consolidadas. Otro de los criterios se basaba en la aceptación que había tenido en el pueblo de Dios, pero siempre en todos los criterios que los animaba existía el subyacente principio científico que hoy conocemos como la regla de la no contradicción. Dios no puede contradecirse, por lo tanto su palabra debe seguir esa línea austera y segura. En 2 de Pedro 3:26, leemos lo que Pedro opina de lo expuesto por Pablo, como ejemplo de lo que acabamos de afirmar.

    No podemos dejar de lado el hecho de que el Nuevo Testamento viene a ser complementario del Antiguo. Lo que era una sombra o un tipo encuentra la claridad de la luz y el antitipo en el Nuevo Pacto. Pero a cada uno de esos dos Testamentos se le atribuyeron libros considerados apócrifos, algo que etimológicamente significa escondidos y ocultos. Son escritos que promueven doctrinas falsas y están en contradicción con el resto de las Escrituras. Abundan en inexactitudes históricas y geográficas, por lo que resulta natural que Jesús y quienes escribieron el Nuevo Testamento jamás citaron tales libros apócrifos del Viejo Testamento. Tampoco ningún canon o concilio eclesiástico reconoció a los apócrifos como libros inspirados; en cuanto a los apócrifos referidos a la época cristiana desde temprano le hicieron frente.

    Llama la atención el control divino en medio del caos humano, ya que el libro que Dios inspiró a sus santos hombres fue escrito en un período de 1.600 años, por más de 40 autores, en diferentes épocas y lugares, en tres continentes (África, Asia y Europa), en tres lenguas: Hebreo, Arameo y Griego (Véase Evidencia que exige un Veredicto, de Josh MaDowell, ed. Vida). Ese libro siempre tuvo un mismo mensaje central: la soberanía divina en la creación, el propósito del Alfarero sobre el barro creado, el pueblo escogido desde antes de la fundación del mundo y el Cordero preparado y ordenado desde la eternidad para ser manifestado en tiempos apostólicos. Todo ese concierto literario comienza con el relato fantástico del Génesis, con la palabra del Señor en ejecución y como acto creativo, ya que por la palabra creemos haber sido constituido el universo. Esa palabra señala al Verbo encarnado, al Cristo que es el Logos eterno e inmutable, Dios hecho hombre para beneficio del pueblo escogido.

    Dios con su soberanía y autoridad impuso su ley al pueblo de Israel, sin que interviniera actividad democrática alguna, como un verdadero Despotes que bien señalara el apóstol Pedro en una de sus cartas.

    Así que el espíritu de la ley hemos de buscar y no las tradiciones humanas perdidas en los rituales religiosos. Ese extravío aconteció a lo largo de la historia de Israel pero se manifestó acentuadamente en la época de Jesús y sus apóstoles. Jesús fustigó amplia y reiteradamente a los escribas y fariseos, los encargados de administrar el estudio y compendio del Antiguo Testamento, por inclinarse ante la letra y olvidar la misericordia que también contenía. Al parecer, ya Pablo batallaba con los creyentes para que no se dejaran influenciar con la filosofía que los circundaba, en las sutilezas huecas de las tradiciones humanas (Colosenses 2:8).

    La Biblia como regla de fe propone conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Esto es clave para no irse tras la filosofía que se centra en el hombre como criatura suprema, como si fuese la medida de todas las cosas. En Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, para que estemos completos en él. Cristo es la cabeza de toda potestad y principado, en quien tenemos vida por habernos perdonado todos nuestros pecados.

    La palabra de Dios arremete contra el culto a los ángeles, de aquellos que están hinchados de su propia vanidad y mente carnal (Colosenses 2:18). Existe una apariencia de humildad, cuando se mira a las cosas que uno desea y supone ciertas pero no a lo que Dios propone. La Escritura señala lo que Dios quiere para nosotros, mas la mente carnal busca elementos fantásticos para enfatizar el contexto celestial. El culto a los ángeles es uno de ellos, hoy día revivido por doquier. Incluso se oye en medios denominados cristianos que cuando alguien muere nos cuida y nos vigila desde el más allá, como un ángel de Dios, cosa por demás imposible y contradictoria con todas las Escrituras.

    Recordemos que solo hay un Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. Tal vez no nos hemos dado cuenta de la total corrupción de la naturaleza humana, la cual confronta al incrédulo con la ira de Dios por el pecado y contra el pecador. Hemos vivido en un abismo de miseria, pero fuimos rescatados de esa vana manera de vivir; sin embargo, existe una tendencia a volver atrás en virtud de la ley del pecado que habita en nuestros miembros (Romanos 7:23). El mundo sigue estimulando con sus atractivos, por lo que hemos de afianzarnos en la fe de Cristo. Es necesario el conocimiento de la doctrina del Señor para vivir en humildad y mansedumbre, en el amor al que hemos sido llamados. De no ser por la gracia del Señor, nadie sería salvo de Satanás, de sus maquinaciones y de todos sus medios mundanos de prisión; tampoco seríamos libres de la ley y de la ira divina.

    Pero esa gracia nos exige velar y orar, escudriñar las Escrituras, conocer al siervo justo que justifica a muchos. Nuestros propios esfuerzos no bastan para convertir almas, ni las nuestras ni las de otros, así que si miramos al pacto de gracia podemos encontrar la salida para el día a día de este transitar por el mundo hacia la patria celestial. Porque hemos de considerarnos extranjeros y peregrinos, caminantes de la senda angosta, mientras nos esforzamos por entrar por la puerta estrecha. El reino de los cielos lo arrebatan los valientes, se nos conmina a perseverar hasta el final, pero sabemos que estamos preservados en las manos del Padre y del Hijo. Una cosa no elimina la otra, al estar preservados debemos perseverar; si perseveramos es porque estamos preservados.

    El que no ha sido regenerado se mantiene en un estado de inhabilidad total para salir de su pozo fangoso. Ese es el estado de miseria natural del hombre caído, declarado muerto en delitos y pecados por las Escrituras. Una persona tan arruinada, ¿cómo se recobrará? No por el camino de las obras sino por el de la gracia. Pero para eso nadie es suficiente, sino que aquello que resulta imposible para los hombres viene a ser posible para Dios. La criatura caída debe implorar clemencia ante el Todopoderoso, debe buscar a Dios mientras puede ser hallado. El principio de humildad resulta valioso en ese trance, ya que solamente Dios es soberano y si Él no nos mira con gracia nadie tendrá el poder ni siquiera de suplicarle.

    La Biblia como regla de fe ha sido propuesta ante la humanidad en general, si bien no cada miembro de la raza humana ha oído al respecto. Una tristeza enorme generan aquellos que teniendo acceso a la Escritura descuidan el hábito de su lectura y estudio; un hombre perdido en la montaña apreciaría un mapa para salir de su laberinto. La Escritura contiene la instrucción necesaria para alcanzar la vida eterna, se nos propone como regla de fe para que no deambulemos por los senderos marcados por Satanás y sus ministros disfrazados de mensajeros de luz.

    César Paredes

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  • DEUDA CANCELADA

    Jesús anuló el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz (Colosenses 2:14). Tal vez parece uno de los giros poéticos más sobresalientes de Pablo, una metáfora del trabajo eficaz de Jesucristo en favor de su pueblo. Porque ese nosotros del que habla el apóstol tiene que ver con la iglesia de Cristo. No obstante, el apóstol había dicho un poco antes que se hacía necesario tener cuidado con los engañadores expertos en filosofías y huecas sutilezas. Están los que hablan de un Jesús extraño -desde uno que no fue consubstancial con el Padre, hasta uno que debió ser gay. ¿Qué se pretende con esas huecas sutilezas? Simplemente devolvernos el acta de los decretos que nos era contraria, para que siga la espada sobre nuestra cabeza.

    La escritura de una deuda impagable fue quitada de en medio gracias a una anulación judicial. Como si los deudores tuviésemos anotados en un libro cada transgresión cometida contra la ley de Dios, fijémonos en que la ley divina no fue anulada sino solamente el libro de los deudores. Pero no de todos los deudores, porque no fue esa la intención del Padre cuando le dio un pueblo a su Hijo. No fue esa la intención del Hijo cuando rogó por los que el Padre le había entregado y le entregaría, ya que no rogó por el mundo (Juan 17:9). Su ruego fue en exclusiva como lo asegura Juan 17:20, por los que el Padre le envía.

    De esta manera, lo que estaba anotado (pecados pasados, presentes y futuros), en virtud de la eternidad de Dios, fue anulado por decisión del Juez de toda la tierra. La justicia de Cristo alcanzada en la cruz, en tanto su persona cumplió la ley y se entregó como Cordero sin pecado propio, se nos imputó a cada uno de los que se le anuló el acta de los decretos en contra. Al anular el acta de los decretos que nos era contraria se nos imputa una justicia a nuestro favor; Dios no actúa en forma injusta, así que tenía que aparecer alguna manera para eliminar el castigo que se nos vendría por causa de nuestras transgresiones.

    Eso quiso decir Isaías cuando habló del Hijo de Dios que cargaría con nuestras transgresiones y sufriría por nuestros pecados; ese siervo justo que conviene conocer para ser justificados los que somos de su fe. Recordemos siempre que la fe es un regalo de Dios (Efesios 2:8), de forma que no tenemos nada de qué gloriarnos. Dios no comparte su gloria con nadie, así que si nos gloriamos será solamente en la cruz de Cristo. No se nos podrá probar ninguna deuda ante Dios, pues al haberse anulado esa acta Pablo pudo escribir lo siguiente: ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:33-34).

    Esos escogidos de Dios son un número seleccionado de personas, a las que Dios amó de tal manera que les envió a su Hijo. Estos fueron escogidos en virtud de su soberana voluntad y por su justo placer, desde antes de la fundación del mundo, para que la elección no descansara en las obras humanas sino en el Elector. No existe otra forma de amor más grande, ni otra forma de suerte más extraordinaria. Desde nuestra perspectiva tuvimos suerte, si bien ahora los textos traducidos prefieren la palabra herencia. Pero el término escogido en griego puede significar ambos sentidos, κληρόω (Cleroo), el vocablo usado por Pablo en Efesios 1:11. La herencia era echada por suertes, en la cultura judía y en otras partes del mundo en tiempos antiguos. Incluso el clero del Antiguo Testamento tenía sus turnos (suertes) para cubrir las 24 horas del día en sus oficios propios. Así que nuestra es la herencia de la vida eterna y nuestra es la suerte que tuvimos. Incluso la versión Reina Valera Antigua se permite la traducción de suerte en ese texto, lo cual significa un gran impacto desde nuestra óptica como elegidos. En Mateo 27:35 se narra lo que aconteció con las ropas de Jesús, sobre las cuales se echaron suertes. Es el vocablo ligado al verbo mencionado en griego.

    Jesucristo exhibió en forma pública el despojo de los principados y potestades sobre los cuales había triunfado en la cruz (Colosenses 2:15). Por esa razón se pudo haber escrito en la Biblia que nuestros pecados fueron echados en lo profundo del mar (Miqueas 7:19), que Dios borra nuestras rebeliones por amor de Sí mismo y no se acordará más de ellos (Isaías 43:25).

    Habiendo sido liberados de la ley que nos acusaba, de las transgresiones que nos condenaban, de las potestades que nos tuvieron esclavos, el apóstol Pablo nos advierte para que no seamos de nuevo cautivos por aquellos que hablan sutilezas y vanas palabrerías o incluso filosofías. Esa cautividad pudiera venir por secuestro de nuestra mente, por el encanto de palabras con apariencia de sabiduría pero que nos van alejando de esta creencia de fe en que hemos sido sembrados. Como si el lobo pudiera penetrar el corral para raptar a una oveja, así que en nombre del buen pastor el apóstol nos advierte que tengamos cuidado. Algo tenemos que hacer, estar vigilantes como también lo indicó Jesucristo: Velad y orad…

    Pienso en aquellas personas que llamándose cristianos se la pasan mirando cuanto video aparece en los medios sociales. En sus mentes subsumen herejía tras herejía, al oír a los predicadores del otro evangelio. Eso abunda hoy en día, por lo que la advertencia de Pablo cobra vigencia. En vez de invertir su tiempo en el estudio de las Sagradas Escrituras se van por el lado fácil, con la diligencia facilitada por su pereza mental, para comer en medio de pantanos y beber de aguas turbias. Después, intoxicados, intentan contaminar a otros buscando respuesta por las dudas incrustadas en sus espíritus.

    La filosofía siempre es una construcción humana, una manera de ver el mundo bajo los parámetros del análisis especulativo. No que ella toda sea vana, sino que por no ser cristocéntrica busca la medida de todas las cosas fuera del Dios de la Biblia. Y si seguimos su norte nos alejaremos del camino señalado por Jesucristo. No nos alimentemos de lo que parece contrario a lo que dice la Biblia, ya que de esa manera no podemos regir nuestros pensamientos por el canon de las Escrituras. No debemos añadir a la obra de Jesús en la cruz, no hemos de sumar a su trabajo consumado. La doctrina del Padre fue lo que vino a enseñar Jesús y por ello dio gracias.

    Fijémonos en esa doctrina enseñada por los apóstoles, ocupémonos de ella. Su beneficio tiene consecuencias eternas, pero si descuidamos las enseñanzas (el cuerpo doctrinal del Señor) iremos a cautividad por las sutilezas y filosofías del mundo.

    César Paredes

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  • LA POSIBILIDAD DE LA SALVACIÓN (GÁLATAS 3:10)

    Si bien millones de personas viven en el mundo sin pensar en la vida eterna, sin darle importancia al alma que no muere, una gran parte de los que sí se ocupan en el pensamiento de la eternidad caminan por rumbo equivocado. Los que se colocan del lado de aquellos que levantan pendón en favor de la posibilidad de la salvación, de su potencialidad lanzada al azar, desconocen por completo la justicia de Dios. El evangelio se define como el poder de Dios para salvación, en él se revela la justicia de Dios. Existe una doctrina demoníaca llamada expiación universal, la gran mentira de Satanás que mantiene ocupada a la gente con la fantasía del libre albedrío para tomar decisiones respecto al alma.

    Ellos anuncian que la muerte de Cristo te da una oportunidad de salvación, predican a voces en las sinagogas para regocijo de los voceros de esta blasfema doctrina. Con ello le dan la gloria al individuo, quien decide si va a Cristo y cuándo hacerlo, mientras el Señor espera paciente por el alma que redimió pero que no ha actualizado la salvación conseguida. Lamentablemente, para ese Cristo, sus sueños fracasaron, ya que demasiada gente se pierde a pesar de haber conseguido su perdón en la cruz. Su sangre derramada por todos, sin excepción, parece ineficaz ante el potente libero arbitrio del hombre contumaz y rebelde.

    La muerte de ese falso Cristo iguala las posibilidades de la raza humana, obsequiándole una oportunidad de reposo eterno aún a aquellos que jamás han oído su nombre. Los teólogos disfrutan esta teología porque la consideran igualitaria, alentadora para las masas que domingo a domingo se dan a la tarea de celebrar a su falso Mesías. Isaías compara a esta gente con los que se dan a la tarea de fabricar un ídolo, ya que todos ellos oran a un dios que no puede salvar. Les dice que ellos no conocen nada; no conocen a Jehová, el único Dios, el que revela todo desde antes de que acontezca, el Dios justo y Salvador (Isaías 45:20-21).

    Pero los que fabrican Cristos se aferran al azar, a la oportunidad de decisión, convirtiéndose ellos en la causa eficaz de la salvación que profieren. Ellos no creen que el verdadero Jesucristo murió conforme a las Escrituras, demandando la redención de cada uno de los que representó en la cruz. Ese Jesús de la Biblia no rogó por el mundo (Juan 17:9) sino que rogó por los que iba a redimir (aquellos que el Padre le dio y le seguiría dando por la palabra de sus primeros discípulos -Juan 17: 20). Ese Jesús que predicamos cumplió todas las condiciones para nuestra salvación, ya que fue el Cordero sin mancha que el Padre exigía y prometía para el aplacamiento de su ira contra el pecado y el pecador.

    El Señor lo dijo varias veces, que no ponía su vida por los cabritos sino por las ovejas; habló y enseñó sobre la doctrina del Padre, con la cual se hacía eco porque así le había agradado al Todopoderoso. Nadie puede venir a Cristo si el Padre no lo trae; pero todo lo que el Padre le da al Hijo lo resucita en el día postrero y no lo echa fuera nunca. Pablo menciona la manifestación de la justicia de Dios, la que anunciaban la ley y los profetas. Esa justicia de Dios viene por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él (pero no olvidemos que la fe es un don de Dios -Efesios 2:8). Si la fe es un regalo de Dios no tenemos de qué gloriarnos, excepto en la cruz de Cristo; no es de todos la fe, dice la Biblia, sin fe resulta imposible agradar a Dios.

    La Biblia dicta una sentencia general para toda la humanidad: Todos pecaron y quedan destituidos de la gloria de Dios. Empero, anuncia la esperanza para el pueblo escogido, de entre los judíos y los gentiles, de muchas lenguas, culturas y naciones, con una justificación gratuita -sin salario de obras. Jesús fue puesto como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar la justicia de Dios, quien de esta manera pasó por alto todo el conjunto de pecados pasados en tanto es un Dios justo (Romanos 3:21-26).

    El hombre viene a ser justificado por fe sin las obras de la ley, aunque si de ley habláramos sería por la ley de la fe. Los que no entienden cómo Dios puede justificar al impío, viven con su garganta como sepulcro abierto. Engañan con su lengua a las multitudes, ofreciéndoles un Dios al por mayor, el que abarata su gracia para exaltar la voluntad humana. Ofrecen a un Dios a semejanza de la concupiscencia del hombre, como si fuese una divinidad pagana, de esas que a los griegos les encantaba anunciar.

    De la boca de estos engañadores sale maldición y amargura, ya que al ignorar al verdadero Dios pasan a creer en una divinidad falsa. Si alguien descuida la doctrina de Cristo, indica que anda extraviado y no es digno de ser tomado como hermano en el Señor. Quede claro que el pecador no puede hacer nada por su redención, ni siquiera aceptar el sacrificio de Cristo o dar un paso al frente en una congregación. Eso no valida ninguna salvación, porque Jesús no hizo una redención potencial que dependiera de la actualización de las personas.

    Dios da el arrepentimiento para perdón de pecados, así como la fe para sostener su gracia y redención. Ese paquete de la salvación pertenece a Jehová, pero los predicadores del otro evangelio han cambiado la eficacia de la muerte de Cristo en favor de su pueblo por una ilusión que blasfema el nombre de Dios. Si la muerte de Cristo no genera la redención de su pueblo, el pecador sería honrado por su fe auto generada y no Dios. Si la redención fuese una posibilidad potencial, el acto de arrepentimiento junto a la fe serían la corona de la gloria humana. Dios no dará su gloria a otro, dice Isaías; la frustración que genera la palabra dura de oír de Jesús no puede ser razón de peso para cambiar la doctrina de Cristo.

    Aquellos viejos discípulos se retiraron con murmuraciones, por causa de la doctrina de Cristo. Hoy día los pastores y maestros del cristianismo extraño frenan la retirada de los neo discípulos. De esa manera consiguen el dividendo de las ofrendas, de la presencia de gente en sus asambleas y de un público que les queda agradecido por la ilusión creída. Sepan que el Señor cumplió con todos los requisitos exigidos por el Padre, para el pago de la redención de todos aquellos a quienes representó en la cruz. La Biblia lo dice de muchas formas, incluso habla de lo que Dios se propuso desde antes de la fundación del mundo. El tema de la redención no escapa a la voluntad absoluta y soberana del Altísimo, el que endurece a quien quiere endurecer y tiene misericordia de quien quiere tenerla.

    Aquellas ovejas por quienes el Cristo dio su vida como buen pastor, seguirán al pastor desde que sean llamadas por él. Su destino no cambiará por nada que les acontezca, serán felices por siempre por cuanto sus transgresiones han sido perdonadas y sus pecados cubiertos. Jehová no los inculpará de iniquidad y en sus espíritus no habrá engaño. Ellos saben en quién han creído, dependen de los méritos del Señor, nunca se atribuyen alguna cualidad especial por la cual hayan sido escogidos para esa maravillosa redención final.

    El criterio de la posibilidad de la salvación pasa por el pasillo de la ignorancia, una que es mortal y que hace perecer a todo el que en ella milita. ¿Murió Jesús por los moradores de la tierra que acudirán a la bestia (anticristo) y dirán ¡quién como la bestia!? ¿Murió Jesús en favor de aquellos gobernantes de la tierra que cumplirán el consejo de Dios para darle el poder a la bestia? (Apocalipsis 17:17). ¿Murió por aquellos cuyos nombres no fueron inscritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo? (Apocalipsis 13:8 y 17:8). ¿Dio su vida Jesús por los destinados para tropezar en la roca que es el Cristo? (1 Pedro 2:8). ¿Murió Jesús por los que no son ovejas? (Juan 10:26-28).

    César Paredes

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  • JUSTO JUICIO

    Juzgar con justo juicio viene a ser un indicativo de obediencia ante el Señor; no podemos mezclarnos con cualquiera para llamarlo hermano o para darle la bienvenida en forma espiritual. Predicamos el evangelio a toda criatura, nos relacionamos con todas las personas, pero en cuanto al Evangelio nos mostramos celosos para poder probar si han de ser reconocidos como hermanos aquellos que dicen venir en nombre del Señor. La razón básica de esa admonición dada por las Escrituras debe referirse a las maquinaciones de Satanás, el cual se disfraza junto a sus ministros como mensajeros de luz.

    Probad los espíritus, para ver si son de Dios, nos recomienda Juan. No hemos de creer a todo espíritu; esto no se refiere a que el creyente ha de ir a sesiones espiritistas para verificar si los espíritus son de Dios. Sabemos que en esos lugares ningún espíritu es del Señor, lo cual indica que la referencia de Juan se dirige a probar a las personas (espíritus) para ver qué doctrina traen. El dijo que si alguien se extraviaba mostraría su extravío por la doctrina que confiesa; aquella persona que no permanece en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo. Preguntamos: ¿cómo puede tener el Espíritu? La respuesta se muestra obvia: de ninguna manera.

    Jesús nos dijo que no juzguemos de acuerdo a las apariencias, por lo cual no hemos de ser ligeros en opinar si vemos a alguien en harapos, fumando un cigarro, tomando un trago, haciendo algo indebido. Tal vez nos encontremos con personas como el rey David antes de encontrarse con el profeta Natán, así que conviene ser reservados. No hemos de juzgar según lo que aparenta sino con justo juicio (Juan 7:24). Ese mismo Jesús nos dio un indicativo perfecto para realizar nuestro discernimiento. En Lucas 6:45 se hace referencia a lo enseñado por Jesucristo, en referencia a los frutos que se manifiestan como signos del árbol bueno y del árbol malo.

    En la parte final del discurso de Jesús en relación a los dos tipos de árboles, Lucas recoge el final definitivo que da luz absoluta al contenido del mensaje: porque de la abundancia del corazón habla la boca. Ese es el testigo del alma, la forma única de saber si el otro viene de parte del Señor o de Satanás. Allí no hay equívoco posible porque no juzgamos según lo aparente, sino según lo que el corazón del individuo tiene sembrado. Un falso maestro se delatará por su palabra, siempre que vayamos a la Escritura. Un hermano verdadero jamás confesará otro evangelio (Lucas 6:43 y Juan 10:1-5). De esta forma conviene tener en mente lo que es el Evangelio para poder detectar los falsos evangelios, los cuales son señalados como malditos (anatemas).

    Probar los espíritus puede ser una tarea fuerte pero fácil; fuerte por cuanto no nos gustaría detectar familiares y amigos como si fuesen árboles malos; fácil, por cuanto si tenemos el Espíritu de Dios él nos llevará a toda verdad, para que con las Escrituras probemos su veracidad. Examinar los espíritus (1 Juan 4:1) nos conviene para evitar los males o plagas que derivan del festín de la comunión con los falsos hermanos. Dios se muestra celoso del fuego extraño, por eso existe esta advertencia en el Nuevo Testamento. Han surgido muchos anticristos por el mundo, cada uno con sus propias doctrinas demoníacas. Ese espíritu del anticristo se manifiesta por sus enseñanzas, las cuales hemos de probar para verificar su error. Por supuesto, cabe la posibilidad de que en ese examen a los espíritus (personas) algunos salgan aprobados, ya que sin ser anticristos manifiestan la doctrina de Jesucristo.

    Hoy día muchas personas del ámbito religioso cristiano sostienen que basta con confesar que Jesucristo es el Hijo de Dios, que nació en un pesebre y creció sin pecado alguno, para enseñar su evangelio principalmente a sus discípulos. Agregan que murió y resucitó por el pecado del mundo, de manera que hizo posible la salvación para aquellos que la procuran. Como vemos por lo enunciado, si probamos con la Escritura cada idea emitida testificaremos de la existencia de errores doctrinales graves.

    Jesús murió por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), pero no murió por el mundo por el cual no rogó (Juan 17:9). Jesús enseñó (adoctrinó) que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere; dijo que todo lo que el Padre le da viene a él y no le echa fuera. Esas dos premisas universales nos dirigen a una conclusión igualmente universal: que los que no vienen a él no fueron jamás enviados por el Padre.

    De esta manera vamos mirando de cerca la doctrina de Jesucristo, para que conociéndola vivamos en ella; si alguien no milita en esta doctrina, Juan lo señala como quien no tiene ni al Padre ni al Hijo. A esa persona no podemos decirle bienvenido, en el sentido espiritual del término.

    Resulta más o menos fácil detectar si alguien no cree en la deidad de Jesucristo; de esa forma se puede señalar como un no creyente. Esto lo decimos en lo que toca a la persona de Jesucristo, el cual es Dios y hombre, participante de ambas naturalezas. Hay gente que dice no creer en esa doctrina de la persona de Cristo, por lo cual se detecta como un no creyente. Otros señalan que Jesucristo pecó como cualquier otro ser humano, asunto que también delata al que tal cosa afirma porque sabemos que el Cordero sin mancha no podía pecar, para cumplir su rol de ofrenda agradable al Padre.

    Algunas personas afirman que Jesús se les manifestó y les mostró otro evangelio diferente al de las Escrituras, como es el caso de los mormones; eso resulta obviamente falso y uno puede discernir por las Escrituras esa falsedad. Pese a ello, muchos se hacen mormones, pero nosotros sabemos que no son hermanos creyentes en Cristo Jesús. La razón de ello proviene de la Biblia, que dice que si aún un ángel del cielo viniere a nosotros con otro evangelio diferente al ya predicado (por los apóstoles), debe ser considerado anatema. Otros se han atrevido a dudar de la resurrección del Señor, lo cual constituye en un claro ataque a lo que el evangelio nos declara. Así que con la Escritura en la mano podemos ir refutando los engaños de los falsos maestros.

    Hasta acá nos hemos referido a ciertos puntos doctrinales que tocan la persona de Cristo y a su evangelio. ¿Pero qué podemos decir de la doctrina que habla de su obra? Su trabajo en la cruz (así como sus enseñanzas respectivas) envuelven un conjunto doctrinal digno de seguir y defender. Esa doctrina respecto al trabajo de Jesús debe ser también un punto de examen a la hora de probar los espíritus. Dijimos que a los demonios no debemos examinar, por cuanto sabemos que todos ellos provienen del pozo del abismo; en cambio, las personas deben ser examinadas respecto a sus creencias. Pero esas creencias doctrinales no tocan solamente la persona del Hijo de Dios sino también se refieren al trabajo operado en la cruz. El Señor murió en exclusiva por su pueblo, por los hijos que Dios le dio, por sus amigos, por la nación santa, el linaje escogido, su cuerpo que es la iglesia.

    Extender ese trabajo a todos, sin excepción, resulta una herejía. ¿Cree usted que la sangre de Cristo se derramó en vano por Esaú, por Caín, por el Faraón de Egipto, por aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo? ¿Asume usted el hecho de que Jesús haya sufrido y pagado por los pecados de los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación espera? Si eso es así, Jesús fracasó en la cruz, derramó su sangre inútilmente, pagó por los pecados de aquellas personas a quienes el Padre le vuelve a cobrar en la eternidad. Ese Jesús es uno que es falso, que ruega a las personas para que levante una mano y se salve, para que dé un paso al frente y reciba bendiciones. Ese Jesús no es el Dios soberano de las Escrituras, así que no podrá salvar ni una sola alma de las que se le allegan.

    César Paredes

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  • JESÚS ES EL CRISTO (1 JUAN 5:1)

    Una alegría sale del alma del creyente ingenuo y superfluo, al saber que miles o millones de personas sostienen su misma creencia: Jesús es el Cristo, por lo tanto se tiene vida eterna por haber sido nacido de Dios. Un freno surge de repente de la Escritura: los demonios creen y tiemblan. No todo el que me dice Señor, entrará en el reino de los cielos. Pero Señor, hemos hecho milagros en tu nombre, hemos echado fuera demonios…a ellos se les dirá: Nunca os conocí. Bien, con ese freno conviene mirar de cerca el significado de la palabra Jesús, del término Cristo y del acto de nacer de nuevo o de Dios.

    ¿Qué significa Jesús? Lo que el ángel le manifestó a José en su visión fue categórico: Pondrás el nombre del niño por nacer Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Jesús significa Jehová salva, así que ese nombre tenía un sentido muy profundo. La palabra Cristo significa ungido, el Mesías, por lo que ese era el hombre esperado por siglos, la promesa anunciada desde el Antiguo Testamento para el pueblo de Dios. No fue anunciado para el mundo pagano, sino que en su ministerio se abrió el horizonte de su gracia y ahora los gentiles tienen cabida por causa del endurecimiento de Israel.

    Eso está explicado en las Escrituras, por lo que nos inclinamos a exponer que aquellos que creen en Jesucristo no pueden simplemente decir que creen en ese nombre. Los mormones y los antiguos arrianos también creían que Jesús era el Cristo, pero le han dado ciertos matices por lo que su fe resulta vacía y hueca. Obviamente, Cristo no puede ser un vocablo vacío de significación sino uno que está cargado de un sentido teológico y doctrinal que expone las enseñanzas de su Padre. Su identidad permanece unida a su persona y a su obra, como un todo irresoluble.

    Si el evangelio tiene que ver con el hecho de que Cristo murió por nuestros pecados, de acuerdo a las Escrituras, tenemos que contemplar ciertos hechos que pintan a Jesús como alguien que sabía lo que hacía desde un principio. Jesús no rogó por el mundo, así que ese es otro freno a la hora de dibujar la expiación que hiciera en la cruz. No rogó por los réprobos en cuanto a fe, sino solamente por aquellos que el Padre le había dado hasta entonces y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de sus apóstoles (Juan 17:9 y 20). Ya vamos viendo que no basta con decir que Jesucristo nació y vivió en Israel, que predicó el sermón del monte, que dijo muchas bienaventuranzas, que sanó enfermos y echó fuera demonios. No basta con afirmar que murió martirizado en una cruz y que resucitó al tercer día. Eso también lo saben y creen los demonios, como dijera Santiago.

    El Dios hombre Mediador nos anuncia su eficaz trabajo logrado en la cruz del Calvario. Eso forma parte central de su obra, ya que se convirtió en el Mediador de su pueblo al amistarlo con el Padre. Ese pueblo fue el conjunto de personas que él representó en la cruz, todos los cuales por los que oró y rogó la noche previa a su martirio (Juan 17). Como buen pastor, puso su vida por las ovejas, no por los cabritos. Por lo tanto, anunciar que la expiación de Jesús fue un hecho de alcance universal en forma absoluta, sin exclusión de ninguna persona, lo denuncia como un fracasado que no alcanzó sus objetivos. Por el contrario, decir que Jesús murió en exclusiva por su pueblo, el mundo amado por el Padre, lo hace un trabajador eficaz en su totalidad. Esa es la razón por la cual pudo afirmar sin duda alguna que su obra había sido consumada.

    Esta palabra de la cruz que anunciamos es tenida como locura por los incrédulos, pero para los escogidos resulta el poder de Dios para salvación. Sabemos que no había otra forma de redención excepto la cruz del Señor en favor de todos sus escogidos. A nosotros se nos imputó su justicia y somos declarados justos, por medio de la fe de Jesucristo. El evangelio se nos anunció y el Espíritu operó el nuevo nacimiento, dándonos la fe necesaria para asumir todo el paquete de la gracia. Hay gente a la que este evangelio no le gusta, pero no es de todos la fe sino que ella es un regalo de Dios. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, el cual premia a los que nos acercamos a Él.

    Como siempre, gente iletrada en materia de las Escrituras ha asaltado el evangelio, apropiándoselo y maquillando sus palabras para hacerlas atractivas ante las masas. Trabajan muy bien el argumento de la piedad, de la misericordia, aunado al de cantidad. La mayoría parece que tiene la razón, resulta la premisa con la cual se mueven agitando a las congregaciones. Le dicen paz cuando no la hay ni la tienen, de manera que Jehová ha tenido que decirnos que no escuchemos sus palabras, las de los que intentan alimentarnos con vanas esperanzas. Ellos siempre tienen una visión de su propio corazón pero no de la boca del Señor. Anuncian muchas bienaventuranzas pero irritan a Jehová con sus engaños (Jeremías 23:16-17). El apóstol Pedro habla del carácter indocto o iletrado de tales personas (2 Pedro 3:16).

    El apóstol Juan nos advierte contra tales personajes, los que no viven en la doctrina de Jesucristo. Estas personas pueden decir que Jesucristo es el Hijo de Dios, pero eso no los acredita de ser nacidos de Dios, ya que caminan extraviados de la doctrina enseñada por Jesús. Recordemos el capítulo 6 del evangelio de Juan, cuando un grupo de discípulos que habían sido beneficiarios del milagro de los panes y los peces se escandalizaron por la doctrina de la soberanía de Dios en materia de salvación. Ellos se fueron murmurando y ofendidos, diciendo que nadie podía oír tales palabras.

    ¿Qué dice Jesús acerca de él mismo? Anuncia que la vida eterna consiste en comprender o conocer al Padre y a Jesucristo el enviado. Así que si alguien no lo conoce a él no puede tener vida eterna, por más que diga que Jesucristo es el Hijo de Dios (Juan 17:3). Sí, la gente perece por falta de conocimiento, los judíos tenían celo de Dios pero no conforme a ciencia (entendimiento). No resulta válido el dicho en el que muchos creen, que aman a Jesús con el corazón y que no lo entienden con la cabeza, porque lo más importante es el amor y no el entendimiento o la doctrina. Semejante falacia es condenada por las Escrituras: Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna (1 Juan 5:20).

    El evangelio parece estar escondido por el dios de este siglo, pero para aquellos que han de perderse. Lo leen, lo confiesan, pero su fe tiene una naturaleza espuria. Con ojos ciegos miran las tinieblas y no la distinguen de la luz, lo cual se traduce en que no pueden ver el brillo del evangelio de la gloria de Cristo. Sus palabras huecas las repiten, domingo a domingo, en sus asambleas donde honran de labios a su divinidad. El corazón de ellos permanece alejado del verdadero Dios porque no se ha operado el nuevo nacimiento. Si Dios no envía su Espíritu y no los enseña, no podrán aprender para ir a Cristo. Todo lo que harán será repetir una y otra vez que creen en ese esquema religioso aprendido en sus viejas escuelas religiosas. Se ofenderán cada vez que oyen las palabras duras del Señor, cuando agradece al Padre por su soberanía absoluta en materia de redención. Así, Padre, porque así te agradó.

    Ese Jesús anunciado en la Biblia aseguró que enviaría por parte del Padre al Espíritu de Verdad (el Espíritu Santo), para que testificara respecto a todo lo que él es (Juan 15:26). ¿Cree usted que ese Espíritu de Verdad va a guiar a uno de los suyos por un evangelio anatema, para después redimirlo en forma definitiva? Ese Espíritu de Verdad le recuerda a los suyos las palabras de Cristo, lo que dijo concerniente a su doctrina: que nadie podría venir a Cristo si el Padre no lo enviare, lo cual se traduce en que los que el Padre no envía al Hijo no podrán jamás ir a él como Mediador o Salvador. Esa doctrina de la soberanía de Dios en materia de redención la enseñó Jesucristo, por lo que el Espíritu de Verdad nos la recuerda con la palabra de Dios. Jamás nos la oculta, jamás nos va a decir créela tú pero no la repitas porque eso molesta a la gente. Jamás nos va a decir que Jesucristo no perdona pecados porque solo intercede por su pueblo, como si Esteban se hubiese equivocado cuando clamó al Señor para que no le imputara de pecado a los que lo apedreaban (para que los perdonara); o como si Juan se hubiese equivocado en su Primera Carta escrita, cuando en el Capítulo 1 dice que Jesús (él, como referente) es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados.

    El Espíritu de Verdad jamás nos hará habitar en un evangelio extraño, sino que cuando nos hace nacer de nuevo nos lleva a toda verdad; como Cristo dijo: Tu palabra es verdad, cuando hablaba con el Padre. Entonces, ese Espíritu de Verdad nos conduce por esa palabra del Padre, la misma doctrina enseñada por el Hijo. Así que el vocablo Jesús no puede ser jamás una palabra vacía, sino un término cargado de doctrina, que representa a la persona y a la obra del portador de ese nombre: Jesucristo, el justo.

    César Paredes

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  • POR CRISTO TENEMOS ACCESO AL PADRE POR EL ESPÍRITU (EFESIOS 2:18)

    Puede haber diversidad de operaciones, de ministerios y de dones, pero el Señor, el Espíritu y el Padre son el mismo. Son tres personas en un mismo Dios, con sus especificaciones separadas pero bajo un mismo propósito y una misma unidad. Si alguien rechaza esa concepción teológica de la Biblia, en preferencia de dos o de una sola persona, entonces anda en otro evangelio. El Padre perdona pecados pero el Hijo también lo hace, como lo asegura 1 Juan 1: 1-9, o como lo atestigua Esteban, el mártir que rogó al Señor (no al Padre sino al Hijo, Kurios en griego) para que no le tomara en cuenta el pecado de los que lo apedreaban (Hechos 7:59-60).

    La conjunción del Padre con el Hijo resulta inseparable, por cuanto dice el evangelio: Si alguien me ama, guardará mis palabras: y mi Padre lo amará y vendremos a él, para hacer morada junto a él (Juan 14:23). Si pecamos, entonces el Espíritu que está en nosotros se contrista (Efesios 4:30). También señala la Escritura el deseo apostólico: La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros (2 Corintios 13:14). Ese Dios en tres personas se manifiesta a lo largo de la Escritura, aún desde el Antiguo Testamento, el cual es llamado tres veces Santo, en la visión de Isaías. Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, dice el Génesis; vemos esa doctrina del Trino Dios en muchas partes de la Biblia. En Isaías 48:16 leemos: Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu.

    Los que se quejan de que en la Biblia no aparece la palabra Trinidad, no deberían leer la Biblia, ya que en ella no aparece la palabra Biblia. Nuestra fe, amor y obediencia al Dios en tres personas demuestran una forma particular de adoración a Dios. No hemos de honrarlo solo de labios, con el corazón alejado; más bien hemos de instrumentar la alabanza con actos de obediencia y misericordia, como el viejo ayuno enseñado por Isaías: dar de comer a los pobres. Desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, dejar en libertad a los quebrantados, que rompamos todo yugo viene a ser el ayuno escogido por Dios. Partir nuestro pan con el hambriento, albergar a los pobres errantes en la casa, cubrir al desnudo y no escondernos de nuestros hermanos (Isaías 58: 6-7).

    Pasaremos la vida eterna conociendo al Padre, el único Dios verdadero y a Jesucristo el enviado; pero tenemos la garantía de llegar al reino de los cielos porque el Espíritu mora en nosotros hasta el fin. Ese Padre ha testificado del Hijo, en quien tiene complacencia, en tanto el Espíritu descendía sobre el Hijo como paloma. Pero existen los que no le creen a Dios, al Padre que testifica del Hijo, los cuales no tienen vida eterna. No es posible creer solo en el Padre y negar la unidad de las tres personas, por lo cual la Biblia advierte para que el pueblo elegido no se vaya tras las herejías de los falsos maestros. El que sigue al extraño no ha nacido de nuevo (Juan 10:1-5), por lo tanto no puede seguir al buen pastor.

    Cristo lo dice, que hemos de creer en Dios y también en él (Juan 14:1); Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre (Juan 14:16). Pero el amor que tengamos por la Trinidad se anula si amamos al mundo: No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (1 Juan 2: 15-16). Si Jesús dijo que si creíamos en Dios creyésemos también en él, quiso dar a entender que él es igualmente Dios. Por eso también añadió que quien ha visto al Hijo ha visto al Padre, pero eso no indicaba que se trataba de una manifestación modal sino de una diversidad de personas como ya bien se ha señalado por textos anteriores.

    El mundo captura nuestros afectos, dado que nuestras almas andan sujetas y atraídas por cuanta alharaca lanzan los medios audiovisuales. El ojo se va tras la imagen hasta cegarse el espíritu, dominando al alma que se hace prisionera de la vanidad de la vida. Cuesta seguir a Cristo, cuesta mucho darse a la oración; no en vano se nos ha dicho que quien se acerca a Dios necesita saber que Él existe. Eso parecería obvio e innecesario decirlo, pero si la Escritura lo menciona debe haber alguna razón de peso. Pienso que como Dios es Espíritu a nosotros nos cuesta entender que al orar Dios también sigue allí, sin importar que nuestros ojos no lo vean. Estamos tan acostumbrados al contacto sensorial (vista y oído, por lo menos) que nos parece que hablamos al vacío cuando oramos. Tal vez por ese motivo no aguantamos sino unos pocos momentos en esa actividad, porque nos da fuerte trabajo el estar seguros de que somos oídos, de que en ese sitio también está Dios. Una recompensa especial se agrega a ese anuncio: que Dios galardona (premia) a los que se le acercan y le buscan.

    Jesús es el gran Yo soy (Juan 8:24), por lo cual resulta básico y necesario darle la debida honra al Hijo, así como se honra al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió (Juan 5:23). Pablo rogaba por el amor del Espíritu (Romanos 15:30), deseaba la comunión del Espíritu (2 Corintios 13:14) para todos los santos, lo cual nos conduce a entender que tenemos un deber de obediencia que incluye al Padre, al Hijo y al Espíritu. ¿Cómo podemos tener comunión con el Espíritu Santo si andamos en desobediencia y contristándolo? La misma desobediencia impide que honremos al Padre, al Hijo y al Espíritu; la misma alabanza incluye a las tres personas.

    Si el Espíritu mora en nosotros, también vivificará nuestros cuerpos mortales. Ese Espíritu es el que el Padre envió, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús (Romanos 8:11). El Espíritu ejerce una función pedagógica en los elegidos del Padre, una vez que los ha hecho nacer de nuevo: los conduce a toda verdad, lo cual significa que los aparta de toda herejía. Ni por un momento los mantiene en la mentira, ni en el engaño teológico de las falsas doctrinas. Si alguien es engañado por los falsos maestros, tiene el indicativo de no poseer el Espíritu de Dios. Y si alguno no tiene tal Espíritu, no es de Dios.

    En Apocalipsis 1:4-5 Juan nos menciona a las tres personas del Dios Trino; el Dios eterno es el mismo Padre, que siempre era, que habrá de venir como siempre ha sido, sin sombra de variación. Es el mismo Jehová que incluye una temporalidad pasada, presente y futura, el gran Yo Soy de siempre. Al Espíritu lo significa con la figura de los siete espíritus, en virtud de su perfección y plenitud, así como en relación a las siete iglesias (un signo de la totalidad de la iglesia) a quienes el Espíritu ha sido dado. Luego añade al Hijo, el testigo fiel de su Padre, el Primogénito entre muchos hermanos, el Príncipe de los reyes de la tierra, el que nos amó y nos lavó de nuestros delitos y pecados por su sangre derramada hasta la muerte.

    Somos llamados a tener una comunión con las tres personas de la Trinidad. No olvidemos jamás que el diablo busca generar confusión y duda respecto a las tres personas divinas, como si eso obedeciera a un asunto histórico de caprichos eclesiásticos. Fallar en una de ellas implica fallar en todas, porque constituyen una unidad. Justo viene a ser reivindicar la concepción del Dios Trino para andar en la salud de la teología y vivir en la plenitud de la verdad. El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente (Santiago 4:5).

    César Paredes

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  • UNIVERSALIDAD DEL PECADO

    Solamente cuando uno pasa a creer el Evangelio de Cristo puede comprender la dimensión del pecado. David decía de su horrendo pecado que estaba siempre delante de él, pero agregó que él había sido concebido en pecado. La naturaleza del hombre desde Adán está caída y la maldad en estos tiempos del fin está aumentada, de manera que vivimos a las puertas de Sodoma y como en los días de Noé. La tierra en ese entonces estuvo cargada de violencia, el mal hacía afligir el alma del justo, particularidades de los tiempos de esos dos personajes bíblicos: Lot y Noé. Como denominador común, en Sodoma había saciedad de pan, soberbia y falta de amor por el prójimo. El estado de corrupción moral llegó a tal grado que sus habitantes fueron entregados al pecado castigo: la deshonra de sus propios cuerpos.

    Los hombres se volcaron a la lascivia con otros hombres, mientras sus mujeres abandonaron el uso natural de sus cuerpos e hicieron lo mismo con otras mujeres. Otro denominador común de esa cultura del paganismo exacerbado fue el no tener en cuenta a Dios. Los religiosos de esa época se dieron a la libre interpretación teológica de lo que de Dios se conocía, haciendo ídolos de cualquier cosa para llamarlo Dios del cielo y de la tierra. Hasta los animales fueron el modelo de lo que concebían como Dios, aún sus materiales inanimados, por lo que se convirtieron también en panteístas y llegaron por esa vía al célebre politeísmo.

    La violencia en los días de Noé llevó al Creador a tomar la decisión de destruir la tierra con el diluvio, para salvar a ocho personas apenas. Dicen los expertos que había una población de mil millones de personas en aquella época, pero eso no fue impedimento para frenar la ira divina. Hoy día el tráfico de menores de edad se acrecienta en la medida en que la gente está dispuesta a convertirlo en el negocio más rentable, incluso que el tráfico de armas. ¿Qué está pasando en esta tierra que el ser humano está entretenido con sus juguetes electrónicos, y sacrifica hasta su vista en pro de sus adicciones a las redes sociales?

    La figura legendaria del sabio Diógenes en la antigua Grecia tiene su paralelo hoy día. Ese filósofo salió en pleno día con una lámpara para buscar a un verdadero hombre. Hoy podríamos salir los creyentes para buscar a un verdadero creyente, libre de las doctrinas de demonios y de la influencia del tele-evangelismo; solo que en nuestro caso usaríamos un reflector por la imposibilidad que tendríamos con una simple lámpara. La Biblia nos hablaba del aumento de la maldad, pero no imaginamos nunca que nos invadiría los hogares. Pensábamos que cada casa de creyentes estaría protegida bajo la custodia del liderazgo de los padres sobre los hijos, pero ahora es el Estado el promotor de una serie de leyes que animan al libertinaje en nombre de los Derechos Humanos. Los monumentos simbólicos de una civilización cristianizada vienen demoliéndose con el aval oficial de muchos gobiernos, pero en su lugar se levantan otros edificios en tributo a Lucifer. Dicen que se trata de una contracultura, pero en el fondo sabemos que existe un culto a la impiedad y se usa al diablo como su bandera.

    El pecado ha sido condenado en la Escritura, pero muchos creyentes caen de repente en ellos. El Señor nos advirtió acerca de arrebatar el reino de los cielos por parte de los valientes. Se necesita mucho valor para imponerse en medio de la Sodoma en que se ha convertido el mundo, con ciudades vecinas como Gomorra. Babilonia se ha tragado al mundo y a nosotros nos parece que vivimos a sus puertas, en el lamento por lo que vemos que acontece. Se nos ordena a andar en amor, como también Cristo nos amó. Se nos dice que no nombremos ni a la fornicación ni a ninguna inmundicia entre nosotros, que evitemos la avaricia, que los santos no hemos de andar ni siquiera nombrando esos asuntos.

    Se nos agrega que cuidemos nuestras bocas y labios, para no pronunciar ninguna palabra deshonesta, así como ninguna necedad. Pero uno va a un café y escucha lo que en alta voz la gente pronuncia sin tener el pudor que regía décadas atrás a los habitantes de una ciudad. Los juegos de doble sentido son el plato común en la jocosidad de una conversación, la invitación a la lascivia llega por forma natural de la conversación. La Biblia insiste en que ningún fornicario, ningún inmundo, o avaro, que es idolatría al dinero, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios (Efesios 5:3-5).

    La palabra inmundo es utilizada en este texto bajo la idea de estar imbuido de mundanalidad. La ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, para corregirnos en el día a día en que fallamos en estas recomendaciones. Lot supo de todo esto y afligía su alma a las puertas de Sodoma. Él había sucumbido yéndose a vivir en esas tierras que consideraba fértiles, así que el engaño de las riquezas lo condujo a esos lugares cuando se apartó de su pariente Abraham. La misericordia de Dios lo rescató en una emergencia, pero no le sucedió igual gracia a su mujer que miraba hacia atrás como si deseara volver adonde tenía su corazón.

    El creyente que peca tiene un último consuelo, la palabra de Dios que le dice que siete veces caerá el justo pero Jehová sostiene su mano. Así que volverá a levantarse; sin embargo, esa alegría viene acompañada del dolor de la caída. El Espíritu se contrista en nosotros los creyentes, cuando hacemos algún mal, por lo que estando ligado a nuestro espíritu la tristeza nos embarga por igual. Como Elías podríamos gritar al Señor para que nos quite la vida, diciéndole que ya no podemos continuar de esta manera. Sabemos cuál fue la respuesta de Dios a Elías, así que hemos de tomar fuerzas y seguir adelante en nuestra tarea encomendada.

    Recordemos esta recomendación bíblica, para ver si nos animamos a alejarnos a las caídas recurrentes: Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros anduvisteis en otro tiempo cuando vivías en ellas. Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno…Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad y mansedumbre, de paciencia, soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros (Colosenses 3:5-13).

    César Paredes

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