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  • EXPIACIÓN Y PECADO (GÉNESIS 3:15)

    La simiente de la mujer herirá en la cabeza a la serpiente, una promesa donde nace el Evangelio en forma histórica. El hombre fue hecho rectamente, pero cada quien se apartó por diferente camino y bajo numerosos inventos de maldad. Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero los extravíos humanos lo separaron en forma total (Eclesiastés 7:29). No pensemos bajo ningún respecto que el hombre se hizo independiente del Creador, simplemente Dios lo gobierna como lo hace aún con los ángeles caídos. La Biblia apoya esta teología, de acuerdo a la declaración expuesta en Hechos 4:27-28. Herodes y Poncio Pilato, unidos con los gentiles y el pueblo de Israel, hicieron lo que la mano y el consejo divino habían determinado que sucediera.

    Los hijos de ira continúan su derrotero, mientras el ser humano no regenerado no sabe aún si será o no será llamado por Dios para vida eterna; ciertamente, Dios creó vasos de deshonra para permanente destrucción y vasos de honra para la gloria de su salvación. Cuando Dios llama lo hace en forma eficaz, ya que nadie puede resistir la voluntad de Dios (Romanos 9:19). Existe un llamado general y de ley hacia los hombres, para que respeten el mandato divino; Dios manda que la gente se arrepienta y que crea el evangelio, pero no a todos les llega la exposición del conocimiento del siervo justo que justificará a muchos. Incluso, muchos de los llamados no son contados como escogidos, de manera que de quien Dios quiere tener misericordia la tiene, aunque endurece a quien quiere endurecer (Romanos 9:18).

    La caída humana produjo la depravación de la naturaleza humana, por lo cual no existe ni siquiera un hombre justo (Romanos 3:10). Si los judíos que tenían las tablas de la ley no pudieron ser tenidos por justos, cuánto menos el pueblo que integraba el paganismo. Como dicta el Salmo 14:1: El necio dice en su corazón que no hay Dios. Se corrompieron, hicieron obras abominables, no quedó ninguno que hiciera lo bueno. No hay un hombre recto como lo fue Adán en su estado de inocencia, solamente estamos los justificados judicialmente por la imputación de la expiación hecha por Jesucristo. En ese sentido somos llamados justos, pero amparados y cubiertos por la justicia de Dios que es Jesucristo (Salmos 32:1-2).

    Dios miró desde los cielos hacia la tierra, para ver si conseguía algún entendido que lo buscara, pero no lo encontró (Salmos 14:2-3; Romanos 3:11-18), todos se habían corrompido. Así que por la desobediencia de un hombre vino una herencia de corrupción universal: en pecado concibe la madre y en maldad se forma la criatura (Salmos 51:5). ¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie (Job 14:4). De esta manera se sabe que el hombre natural (no regenerado) tiene a la luz por tinieblas, sigue sin percibir las cosas del Espíritu de Dios y cree que son locura. Su mente no discierne lo que Dios dice en su palabra, aunque lo aprenda y lo repita como lo puede hacer un autómata (1 Corintios 2:14).

    La instrucción se hace necesaria para la salvación, porque Dios no redime al hombre sin la predicación del Evangelio. El conocimiento del siervo justo se hace necesario para poder ser justificado (Isaías 53:11). ¿Cómo invocarán si no han oído? ¿Cómo oirán sin haber quien les predique? Pero esa predicación debe ocurrir por la palabra incorruptible expuesta por aquellos primeros discípulos (Juan 17:20). Al Israel de Dios le fue dicho lo siguiente: Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová; y se multiplicará la paz de tus hijos (Isaías 54:13). Nosotros los creyentes somos el Israel de Dios, en palabras del apóstol Pablo; Jesús también enseñó sobre la condición sine qua non: Escrito está en los profetas: Y serán enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí (Juan 6:45).

    Lo que hemos de conocer del siervo justo tiene que ver con su persona y con su trabajo. Sabemos que Jesucristo como Hijo de Dios vino como el Cordero ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). Su vida sin tacha sirvió como holocausto para satisfacer la exigencia de la ley de Dios, por lo cual dijo en la cruz que su trabajo había sido consumado. En realidad vino a morir por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), conforme a las Escrituras. Todos aquellos a quienes Cristo representó en su trabajo en ese madero han sido llamados y serán llamados con llamamiento eficaz, como ovejas del buen pastor, para que lo sigamos eternamente.

    Jesús afirmó que las ovejas que han sido llamadas y lo siguen no se irán jamás tras el extraño, porque no conocen la voz del extraño (Juan 10:1-5). Así que no es posible perderse tras los falsos maestros con sus engañosas doctrinas de una expiación general o universal.

    La conciencia sucia ante el Todopoderoso se presenta como un gran azote para el alma irredenta. Al entendimiento entenebrecido, la voluntad corrompida, la conciencia profanada, se suma una memoria contaminada. ¿Qué recuerda el hombre? Solamente tragedia, como si fuese un ser para la muerte; los más valerosos se la pasan ejercitando su salud para ver si prolongan unos días sobre esta tierra, otros se dan a la imaginación de su reencarnación. Algunos piensan que se transformarán en energía cósmica, como si se integraran a una conciencia universal. Pero el Evangelio nos ha enseñado que el hombre rendirá cuentas al Creador, que después de la muerte viene el juicio.

    La Biblia nos asegura que Jesús murió como el justo por los injustos, pero no lo hizo por Judas Iscariote ni por Esaú; tampoco murió en favor del Faraón, ni de ningún otro réprobo en cuanto a fe, como aquellos que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. La muerte de Cristo no fue suficiente para pagar por los pecados de todos el mundo, sin excepción, por cuanto nunca estuvo previsto de esa manera. Nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trae, afirmó Jesús (Juan 6:44); esa sería la condición para poder resucitarlo en el día postrero. Pero también aseguró el Señor que Todo lo que el Padre le da, vendrá a él; y al que a él viene, no le echa fuera (Juan 6:37).

    La discusión sin sentido acerca de la expiación, sobre si es universal o particular, pasa por un trabajo intelectual para sosiego de los teólogos. ¿Cuál debate? ¿Qué se le puede reclamar al Dios soberano? ¿Tuvo éxito el reclamo sobre el caso Esaú? ¿Ha sido de provecho el exaltarse contra el Creador porque condena anticipadamente? La Escritura se muestra difícil para los que se allegan a ella con la intención de encontrar un arreglo entre obras y gracia. Las palabras duras de oír resuenan hoy día, las mismas con las que aquellos discípulos fueron repelidos por Jesús. Ellos presumieron de una falacia de generalización apresurada: ¿Quién puede oír estas duras palabras? Solamente las podemos oír con agrado los que hemos sido renovados para arrepentimiento, los que siendo regenerados ya no escuchamos la teología de los extraños.

    La Biblia ha sido enfática en catalogar como doctrina de demonios a cualquier cuerpo de enseñanzas contraria a lo que sus páginas proclaman (1 Timoteo 4:1). Ella misma es un canto de principio a fin al Dios soberano, el que hace como quiere porque no tiene consejero. El que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego, anuncia el Apocalipsis 20:15. Pero esos inscritos lo están desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8). La intención de la expiación fue manifestada desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), no porque el Padre previó y se guardó un as bajo la manga, como sospechan aquellos que no toleran la dura palabra que escuchan.

    Dios no miró en los corredores del tiempo para ver si había alguien que lo buscase, porque cuando miró a la tierra vio que no había ni siquiera uno. Entonces, se concluye por fuerza que los que escogió fueron mirados con amor eterno, por el puro afecto de la voluntad de Dios, no por obra alguna -no vaya a ser que alguien se gloríe. Si por gracia, entonces no es por obras. El decreto de la muerte de Cristo fue para salvar en exclusiva a los elegidos del Padre, aquellos que él amó con amor eterno. Nuestro pecado ha sido expiado (Salmos 32:1-2).

    César Paredes

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  • COMPRENSIÓN DEL EVANGELIO

    Si usted no ha comprendido bien el evangelio, de seguro todavía el evangelio no ha sido el poder de Dios para su salvación. Si usted posee otro evangelio, tiene mucho de lo cual avergonzarse por cuanto sigue a un dios que no puede salvar. Para Judas Iscariote jamás hubo evangelio, nunca existió una buena noticia de redención. Fue escogido como hijo de perdición y así tuvo que actuar; al igual que Esaú, jamás fue amado por Dios. Si estas cosas de la Escritura todavía le molesta, entonces no ha sido llamado aún con llamamiento eficaz.

    Jesucristo no hizo una expiación potencial, como apostando al azar para ver quién aceptaría su oferta. En realidad, el evangelio jamás ha pretendido ser una oferta sino que siempre ha sido una promesa de redención para el pueblo de Dios. En Génesis 3:15 encontramos una temprana referencia de esta noticia.

    El Señor enseñaba continuamente sobre el tema de la soberanía de Dios. Esa prédica distanció a multitudes de su presencia, pero él continuó anunciando la verdad de su Padre sin importar si a la gente le agradaba o le disgustaba. La palabra de la cruz resulta ofensiva para los que todavía no han sido limpiados, por esa razón incomoda y genera rumores. Se acusa a Dios de injusto por escoger solamente a Jacob y no a Esaú para redención eterna, pero el ser humano parece no darse cuenta de su responsabilidad ineludible ante el dador de la vida. El hombre se computa como inexcusable, quienquiera que sea, ya que lo que de Dios se conoce le fue manifiesto por medio de la obra de las manos del Creador.

    La luz vino al mundo, la verdad estuvo en medio de la humanidad en el tiempo apostólico, pero la gente amó más las tinieblas que esa luz. El evangelio se anuncia, pero si la gente sigue sin amar la verdad recibirá un espíritu de estupor (de engaño) para que crea en la mentira y se termine de perder. Ese espíritu de estupor es enviado por Dios mismo; por supuesto, ese espíritu de engaño viene en forma variada. Una de sus manifestaciones se aprecia en la teología cristiana torcida de las Escrituras, un hilvanado de mentiras sacadas de las bocas de los anunciadores de ilusiones evangélicas.

    Nadie viene a mí, si el Padre que me envió no lo trae (afirmaba Jesús). Todo lo que el Padre me da vendrá a mí y yo no lo echo fuera. La condición que coloca Jesucristo para poder acudir a él es que seamos enviados por el Padre. De hecho el Señor dijo: Y serán enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendrán a mí (Juan 6:45). Existe un conocimiento que el Padre imparte para poder reconocer a Cristo, pero los que descontextualizan los textos de la Escritura se aventuran y apresuran a ir a Jesús por su propia cuenta. Ellos tienen en su haber un prontuario de acciones que consideran probas y necesarias para ser recibidos. Dicen que recibieron al Señor en un día específico, que fue bajo las palabras de tal o cual predicador.

    Su argucia consiste en decir que el que va a Jesús no será echado fuera, pero niegan o esconden la primera parte de la proposición. Esa proposición que dice: Todo lo que el Padre me da vendrá a mí… Se quedan solo con una parte del silogismo: el que a mí viene no lo echo fuera. De la misma manera se conducen con otros textos de la Biblia, como aquel que menciona que Jesús dijo: Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar (Mateo 11:28). El Señor venía de dar unos ayes por las ciudades impenitentes, de aquellos sitios donde se habían hecho muchos milagros y la gente no se arrepentía. Asimismo, Jesús oraba al Padre, diciendo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó (Mateo 11:25-26). Fue inmediatamente después de esta oración que Jesús anunció que vinieran a él todos los que estaban trabajados y cargados; es decir, fue después de reconocer una vez más que el Padre es quien esconde las cosas del reino de los cielos de ciertas personas y las da a conocer a otras gentes. Entonces, uno tiene que valorar ese discurso y comprender que va dirigido a los que son elegidos desde la eternidad para el reposo de Dios.

    Esa invitación de Jesús no estuvo dirigida a aquellos a quienes el Padre les había escondido las cosas del reino de los cielos, como el Yo no lo echo fuera tampoco estuvo referido a todo el que quiera ir a Jesús, sino solamente a los que el Padre le envía. Usted puede preguntarse cómo saber si el Padre nos ha enviado hacia el Hijo, pero esa pregunta la responderá cada quien de acuerdo a si ha nacido de nuevo y al evangelio que confiesa. En Juan 10:1-5 Jesús nos enseña que las ovejas que lo siguen no se van jamás tras el extraño, porque desconocen esa voz del mentiroso que pregona un evangelio diferente. Si alguien ha militado por un momento o por muchos años en el evangelio anatema, entonces no ha estado siguiendo al buen pastor porque no ha sido llamado hasta ese momento.

    Cuando la gente se da cuenta de su fe espuria y Dios lo hace nacer de nuevo, allí comienza su relación de oveja redimida con el buen pastor. Pablo tuvo celo de Dios y fue discípulo de un gran maestro de la ley, llamado Gamaliel. Pablo computó como basura toda su vida de seguidor del Dios de Israel, por más de que conocía el Antiguo Testamento y mostraba respeto ante la ley de Dios. No fue sino hasta su cambio de mentalidad que pudo seguir a Cristo, cuando él lo llamó; fue en ese instante en que el Padre lo envió al Hijo, en que Pablo aprendió del mismo Dios lo que le estaba enseñando (Juan 6:45).

    Gente con el corazón engrosado deambula por los espacios de las Sinagogas de Satanás, en la búsqueda de sus hermanos en Satanás. Por eso se congregan de acuerdo al mandato del falso maestro, con un evangelio extraño, mutilado de la verdad. Con fragmentos del evangelio de Cristo unidos a los fragmentos de los mandatos humanos, se muestra a un Jesús hecho a la imagen y semejanza del hombre natural. Pero el Cristo vivo de la Biblia, ese que dijo que nadie podía ir a él si el Padre no lo envía, viene a ser relegado. No les agrada su palabra ni mucho menos su expiación realizada en beneficio exclusivo por su pueblo. A cambio han lanzado un anuncio de un Jesús que murió por todo el mundo, sin excepción, con una salvación potencial que depende del hombre muerto en delitos y pecados. Ante ese Jesús extraño se alborotan y danzan para aclamarlo como su rey. En realidad, están invocando a un dios que no puede salvar.

    Gente que habla de sí misma, son los que buscan su propia gloria. Sostienen que sus propios esfuerzos hicieron posible el plan de Dios, que el Todopoderoso hizo su parte y que ahora les toca a ellos hacer la suya. Se manifiestan hostiles ante la cruz de Cristo, bajo el intento de quitarle su gloria como absoluto Redentor. La palabra de la cruz es locura a los que se pierden; ante la razón humana esa revelación aparece desagradable. Se cumple lo dicho por Isaías, que el Hijo de Dios vendría sin hermosura como para que lo deseen, de manera que su evangelio parece simple y sin gusto ante la mirada del mundo. El ser humano exige algo más elaborado, algo donde él pueda ser partícipe de su camino a la redención. El Dios de la Biblia se muestra absoluto, Él ha hecho todo, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4).

    La Escritura nos dice que hay un grupo de personas que no perecerán jamás, escogidos por el Padre para salvación. El Hijo los ha redimido y el Espíritu los ha santificado. También nos dice la Biblia que muchos perecerán y lamentarán, por haber despreciado ese evangelio que les parece una locura. De todas formas, para los redimidos el evangelio consiste en el poder de Dios para salvación, el mecanismo de la iluminación, del despertar de las mentes, para llegar a ser amigos de Dios.

    Los redimidos lo somos en estos vasos frágiles de barro, donde se deposita el tesoro de Dios. La doctrina del Cristo crucificado suena desagradable ante los oídos del mundo, mucho más la doctrina del Cristo que murió en exclusiva por su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:9). El evangelio es el poder de Dios en la estima de los santos, de los escogidos y apartados desde la eternidad para recibir esta gloria que se habrá de manifestar. ¿Dónde están los hombres místicos que interpretan la palabra de Dios? ¿Dónde están los hombres sabios? Son preguntas que se hace Pablo para colegir que en la sabiduría de Dios quiso Dios usar el mecanismo de la locura de la predicación, para salvar a los que son creyentes; sin méritos en la criatura, sin obras de intervención que propicie nuestra justicia, sino bajo la obra de la cruz.

    Algunos piden señales, otros exigen sabiduría compleja, pero tanto para unos como para otros se presenta a Cristo crucificado: para unos tropiezo y para otros locura. En cambio, para los que son llamados, de uno u otro bando, Cristo es el poder y la sabiduría de Dios. Porque la locura de Dios y aún su debilidad (como si la tuviera) es más sabio y fuerte que nosotros mismos. Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia (1 Corintios 1:26-29).

    César Paredes

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  • LA VERDAD ES MÁS SIMPLE QUE LA HEREJÍA

    Los que afirman que la condenación no procede de Dios, sino que es obra de cada réprobo en cuanto a fe, demuestran ignorancia suprema del Evangelio. Están acostumbrados a repetir domingo a domingo, mes a mes, año tras año, por causa de los muchos siglos de herencia herética, que Dios amó a Jacob pero que Esaú se condenó a sí mismo. La razón de esa condenación se debe a la venta de su primogenitura, a sus fornicaciones, al desamor por su hermano Jacob. Suena bien, ya que algo de obras habrá que sacar aunque sea de los reprobados, para que Dios quede exculpado de cualquier animosidad en contra de su justicia.

    El apóstol Pablo no lo pensó de igual manera, por una razón muy sencilla: la verdad resulta más simple que la herejía. Pablo señaló que los gemelos no habían aún nacido, ni hecho bien o mal alguno, pero Dios los escogió a cada uno con destino opuesto. De su aseveración se desprende que no vio el Señor obra alguna en ninguno de los gemelos, que no miró su futuro como quien consulta una bola de cristal, para descubrir algo que no sabía. Tampoco se puede desprender de lo dicho por Pablo que Dios sabía todas las cosas y supo que Esaú lo iba a despreciar; no, eso no es lo que el texto de Romanos 9 dice. Lo que realmente afirma ese texto es una gran verdad.

    Esa verdad por ser simple ha sido desestimada, a cambio de pretender validar una herejía que se muestra compleja. Más difícil de entender resultó la herejía que la verdad, pero es lo más apetecido por el corazón irredento. Por supuesto, eso lo pregonan los del otro evangelio bajo la bandera de que Dios no puede odiar y mucho menos condenar sin mirar en las obras de los hombres.

    La condenación no vendrá de Dios, anuncian los defensores de Esaú como víctima. La condenación sale por causa del alma del reprobado, nunca por pretensión del Altísimo que desea que todos sean salvos. Para esto se reporta un texto fuera de contexto, como si Pedro hubiese dicho algo distinto a lo que el Espíritu le inspiró. Dios hace la luz y crea las tinieblas, ha hecho aún al malo para el día malo (Isaías 45:7; Proverbios 16:4). ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? De la boca del Altísimo, ¿no sale lo bueno y lo malo? (Lamentaciones 3:37-38).

    Desde la eternidad Dios lo pensó y lo ideó, para que su pueblo no se vaya al desvarío. Con solidez lo anunció por medio de sus mensajeros, ya que se dispuso darle la gloria a su Hijo como Redentor de un pueblo que le preparó. Estos miembros de ese pueblo son los hijos que Dios le dio, su recompensa, el fruto de su aflicción. Son personas definidas con nombres propios, escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo.

    Por esa razón Pablo anuncia varias veces como tema central de su evangelio que fuimos predestinados desde antes de la fundación del mundo, por el puro afecto de la voluntad de Dios (no por obras, para que nadie se gloríe). Dios bendijo a los elegidos y no existe otra bendición mejor que haber sido escogido para salvación. Esto les parece injusto a los defensores de Esaú, los que todavía levantan su puño contra el cielo para reclamar la injusticia que se supone exigir algo a quien no puede darlo. ¿Quién puede resistirse a la voluntad de Dios? Entonces, ¿por qué, pues, Dios inculpa? Una sola respuesta da la Escritura, considerándola suficiente para el que tenga oídos para oír: ¿Quién eres tú para discutir con Dios? La olla de barro no puede altercar contra el Alfarero para reclamarle sobre la razón de hacer una vasija para honra y otra para deshonra.

    Sin embargo, pese a lo escrito en la palabra de Dios, todo ser humano se computa como responsable ante el Creador. Ninguno puede excusarse en la decisión de Dios, ya que todos somos criaturas dependientes del Ser Supremo y le debemos un juicio de rendición de cuentas. Ninguno de nosotros puede bendecirse a sí mismo, como si tuviésemos tal capacidad. Una cosa es lo que afirman los seguidores de la Nueva Era, que nosotros somos una suerte de divinidad, que Dios habita en cada cosa (una vuelta al panteísmo), pero otra cosa es lo que la palabra del Señor computa. No podemos santificarnos a nosotros mismos, acostumbrados como estamos a hacer el mal. Es el Espíritu quien hace esa labor en la cual participamos, seducidos y llevados de la mano por Él.

    Ciertamente, el hombre caído en delitos y pecados merece la condenación. Dios muestra su poder e ira contra el pecado y contra los reprobados, en alguna medida como beneficio para los elegidos. Nosotros nos miramos en ese espejo y alabamos el nombre del Señor por el favor recibido, una gracia imposible de alcanzar por nuestra cuenta. Dios es absolutamente soberano tanto en la salvación como en la condenación, mientras que el ser humano es un sujeto pasivo en ambas condiciones. Por eso reafirmamos con las Escrituras que la cosa formada no puede argumentar contra el que lo forma; el barro no puede argüir contra el Alfarero.

    Pareciera indudable que la ceguera espiritual no deja que los lectores de las Escrituras comprendan esta información que de ella emana. Por esa razón la tuercen, en el intento de que digan algo distinto. Nos preguntamos hasta qué punto sí que se comprende lo que se lee, aunque el alma irredenta se rebele contra los escritos de Dios. Comprobamos de todas maneras que la verdad sigue siendo más simple que la herejía. La herejía busca la gimnasia cerebral bajo el parámetro de extraer los argumentos falaces, y crea la ilusión de racionalidad a lo que por naturaleza es contra la razón.

    De verdad que el ser humano se rebela contra el dictamen de las Escrituras, cuando toca el tema de la soberanía de Dios en la condenación del hombre. Llega a tolerar la soberanía divina en materia de redención, porque pareciera que comprendiera que el hombre no tiene ni arte ni parte en su salvación y predestinación. Pero cuando los réprobos asoman, la voluntad de los revestidos de piedad niegan de inmediato su eficacia para colocarse al lado de los que reclaman al cielo por la injusticia de Dios. Por esta razón, entre otras, han creado la teología de la gracia común, de la expiación universal o general, de la redención en potencia que cada quien debe actualizar. Definitivamente, la herejía es mucho más compleja que la verdad.

    César Paredes

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  • LA FE COMO JUSTICIA (ROMANOS 4:5)

    La expiación de Jesucristo viene a ser el centro del Evangelio, la buena noticia para el pueblo de Dios pero no para el mundo. No puede ser una buena noticia para los réprobos en cuanto a fe, al saber que Dios se olvidó de ellos. Pero para los elegidos del Padre existe la buena nueva de salvación, Cristo murió por nuestros pescados, el justo por los injustos, por lo cual se dijo: mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia (Romanos 4:5).

    En la ley de Dios está nuestra delicia, ya que ella se muestra como el Ayo que nos envió a Cristo. La ley nos condena pero por su condenación huimos hacia los brazos de Jesús, el autor y consumador de la fe. Ciertamente, no es de todos la fe y sin ella resulta imposible agradar a Dios. Abraham creyó y su fe le fue contada por justicia, al igual que nosotros y que cualquiera que haya de creer. Claro está, muchos de los que dicen creer conservan su apariencia de piedad pero niegan su eficacia. No puede ser de otra manera, ya que en ese aparentar el pietismo se han olvidado de la esencia del Evangelio.

    La expiación de Jesucristo vino a ser su gran obra en la cruz, la cual consumó en su totalidad. No se le puede agregar ni siquiera un porcentaje mínimo ya que no se admite ninguna obra. Al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda (Romanos 4:4). La gracia y las obras son excluyentes como camino hacia el Padre. Al examinar la expiación de Jesucristo aprendemos que fue un trabajo referido en exclusiva a todo su pueblo (Mateo 1:21), habiendo dejado por fuera al mundo no amado (Juan 17:9). Es en este punto donde la gente revira, dando vueltas sobre el aguijón que piensan patear.

    El puño del no redimido se levanta contra el Creador y lo acusa de injusticia. Como hicieron los viejos israelitas que decían que pagaban el pecado de sus padres, como si ellos fuesen muy justos. Así mismo, los enemigos de Dios se exaltan cuando leen en las Escrituras todos los textos que hablan del amor exclusivo de Dios por su pueblo. De hecho, son múltiples las interpretaciones de sus exégetas en torno al odio mostrado por el Creador hacia Esaú. A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí (odié), cita de Romanos 9:13.

    Muchos de sus desvaríos circulan en el ámbito filológico, al decir que el verbo odiar en ese caso específico significa amar menos. Otros hablan de dos pueblos o naciones, pero nunca de personas particulares. Poco a poco van quitando la dureza del texto hasta convertirlo en palabras blandas que llevan su veneno. Los falsos creyentes (los que tienen apariencia de piedad y niegan su eficacia) regurgitan la palabra predestinación. Ellos aseguran que Dios predestinó basado en las buenas obras de los elegidos, en sus corazones que tenían algo de bueno. ¿Qué de bueno vería Dios en mí para elegirme? -dicen algunos de los fieles seguidores de la expiación general o universal.

    El profeta Isaías expuso que por el conocimiento del siervo justo justificaría a muchos; Jesucristo enseñó que seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido seríamos enviados al Hijo. Agregó que ninguno puede venir a él si el Padre no lo envía. Pero dijo igualmente que todo lo que el Padre le daba vendría a él y el que a él viene no será echado fuera. En estas breves líneas de las Escrituras se nota que la voluntad del Padre consiste en redimir a su pueblo de sus pecados, por lo cual envió a Cristo en el tiempo apostólico para realizar el trabajo de la expiación.

    Insistimos en la comprensión de la expiación eficaz hecha por Jesucristo. Sería ineficaz si la hubiese hecho en una forma potencial y generalizada, por todo el mundo sin excepción, dado que muchos caminan hacia el infierno de eterna condenación. Su sangre se vería pisoteada si hubiese sido derramada en vano por los réprobos en cuanto a fe. Los que se hubiesen salvado en ese sistema de expiación general o universal tendrían de qué gloriarse, de su buena obra de aceptar el sacrificio del Señor. Ellos tendrían su salario como deuda, no como gracia.

    La expiación de Jesucristo está cimentada en la ley de Dios, como un anuncio para su pueblo. Dice la Escritura: Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2). Si Cristo hubiese muerto por toda la humanidad, sin excepción, hubiese pagado por toda la iniquidad de todo el mundo, sin excepción. De esa manera uno podría ver que todo el mundo iría a Dios, tarde o temprano, por el ministerio del Espíritu Santo sobre los elegidos del Padre.

    Asimismo, habría que concluir que bajo ese sistema de la expiación general o universal toda la humanidad sería predestinada para salvación, por lo cual ya no existiría condenación para nadie. En ese absurdo teológico viven millones de auto-llamados creyentes cristianos, bajo el pretexto de que les resulta una teología más amable y menos condenatoria para el Creador, a quien ya no habría que acusar de injusticia alguna. La Escritura desmiente ese sistema diabólico, como bien se demuestra del modelo expuesto en la crucifixión. Uno solo de los ladrones fue escogidos para redención, el otro se burló del Señor hasta en su último momento. Entonces, ¿murió Jesús por ese otro ladrón?

    ¿Murió Jesús por aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo? (Apocalipsis 13:8; 17:8). ¿Por qué no se escribieron sus nombres en el libro de la vida del Cordero desde esa época? Vemos que aquellos nombres de los redimidos estuvieron escritos desde que Adán fue formado del barro (en la fundación del mundo). ¿Será que Dios vio alguna obra buena en los escogidos para motivarse a escogerlos? En ninguna manera, ya que fue escrito que Dios declaró que no había justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), que no hay quien haga lo bueno. Asimismo se dijo que nuestras justicias eran como trapos de mujer inmunda, y se añadió que Dios odió a Esaú aún antes de que hiciese bien o mal.

    Eso irrita a los que proponen la teología de las obras sumadas a la gracia. Sin embargo, eso dice la Escritura de principio a fin. ¿Cómo puede Dios no imputarnos iniquidad? Porque Él es un Dios justo que justifica al impío, no basado en la obra de los muertos en delitos y pecados sino en su justicia, la cual es Cristo. Cristo, justicia de Dios, nuestra pascua, vino a redimir a todo su pueblo de todos sus pecados (Mateo 1:21).

    Jesús dijo que no todo el que le diga Señor, Señor, entrará al reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de su Padre. Esa voluntad consiste en que creamos en el Hijo y en su obra expiatoria, la única justicia posible para escapar de la condenación venidera. Pero como esa labor resulta imposible para los hombres, para Dios resulta posible. Jesús agradeció al Padre por haber escondido estos tesoros del evangelio de los poderosos y entendidos, pero agradeció por abrir esos tesoros a los pobres y a los niños. Es decir, a aquellos incapaces de alegar obra propia ante el Dios soberano. Solamente por el conocimiento del siervo justo seremos justificados. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? (Romanos 10:14).

    Mucha gente ha oído de otro Jesús, de uno que expió a todo el mundo, sin excepción, pero que deja que que obre para que su salario se le cuente como deuda. Ese Jesús es un timador, una imitación del Hijo de Dios, alguien forjado en el pozo del abismo y dado al mundo para su perdición. Son los falsos maestros y los teólogos del engaño los que promulgan la enseñanza cargada de estupor, para los que no aman la verdad sino que se complacen en la mentira.

    César Paredes

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  • DIOS SE ARREPIENTE

    La Biblia nos asegura que Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Sin embargo, uno también lee que Dios se arrepintió de haber hecho al hombre (Génesis 6:6). Por igual leemos que Dios se arrepintió de haber nombrado rey a Saúl, porque él le había dado la espalda a Jehová (1 Samuel 15:11). Y lo más curioso es que en el mismo libro de Samuel y mismo capítulo se muestran los dos textos como si uno desdijera del otro; de hecho, en 1 de Samuel 15:29 está la referencia del Dios que no miente ni se arrepiente.

    Esa afirmación del Dios que permanece en su voluntad se había escrito en Números 23:19, de manera que el escritor bíblico tiene su base para reafirmarlo posteriormente. Si miramos el verbo arrepentir tenemos que pensar en un cambio interno de actitud respecto a un hecho, una conducta, una decisión. Por ejemplo, si un pecador se arrepiente Dios puede perdonarlo. De esta manera, el arrepentimiento para perdón de pecados implica ese cambio de actitud que provoca la transformación de mentalidad en el pecador.

    Dios está airado contra el impío todos los días (Salmos 7:11), lo que nos hace suponer que Dios no se arrepiente de tener esa actitud contra la impiedad y los que no han sido redimidos, ya que Él es santo. Sin embargo, cuando uno de sus elegidos se arrepiente Dios cambia también en su pago justiciero. En cuanto a sus hijos, la Biblia afirma que Dios al que ama castiga, y azota a todo aquel que tiene por hijo. Resulta obvio que cuando el hijo se arrepiente Dios puede interrumpir la disciplina, lo cual se traduce en un arrepentimiento divino de lo que estaba realizando. Así que no se ve contradictorio el hecho de que Dios se arrepienta de algo, puesto que lo que anuncia es un cambio interno por la conducta externa de alguien.

    Muy fácil, arrepentirse no siempre implica un lamento por haber hecho algo, como quien se lamenta por sus pecados. A veces, arrepentirse tiene otro sentid. Resulta lógico que si el hombre está en una relación dinámica con Dios como Creador, esa relación de diálogo se da también por medio de estímulos y respuestas.

    En la pedagogía del pecado y la ley se puede observar tal dinamismo. Ante un hecho punible la ley castiga de acuerdo a lo estipulado, pero ante un arrepentimiento oportuno la ley concede ciertos privilegios. Dios habla con su profeta y le dice que no quiere la muerte del impío, sino que se arrepienta y viva. Anuncia que cada quien pagará por sus pecados, para que abandonen la queja de que fue por culpa de los padres o antecesores que los hijos tienen dentera (Ezequiel 18).

    Aunque Dios es grande en misericordia, su justicia no se sacrifica. La Biblia también dice que Dios ha hecho todo cuanto ha querido (Salmos 115:3), y que el afecto de su voluntad impera (Efesios 1:5). No podemos imaginar a un Dios contradictorio, alguien que lamenta aplicar su justicia. En el caso de Ezequiel se debe observar que no hay una referencia absoluta sino circunstancial a un caso específico, cuando Dios responde sobre el refrán en Israel, el que dice que los padres comieron las uvas agrias, y los hijos tienen la dentera. Dios tiene placer también cuando aplica su ley para castigar, ya que de esa manera cumple su palabra siempre respetable. Dios honra su palabra que es verdad.

    En Pedro y Judas vemos la ilustración de lo expuesto por Ezequiel; Pedro fue un hombre justo (justificado por la fe), pero pecó al negar al Señor. En ese momento actuó como impío, pero Dios no quiso su muerte sino que le dio arrepentimiento para perdón de pecados (Jesús había orado por Pedro para que su fe no faltara). Judas, por su parte, aparentaba ser un hombre justo, pero se apartó del camino de la justicia. Por lo tanto, cometió iniquidad, de acuerdo a las abominaciones del hombre inicuo. Por supuesto que no vivirá, por lo tanto otro tomó su oficio y sus hijos quedaron huérfanos como dijera el Salmo que habla de su maldición. Estos son los casos de los justos en su propia opinión, con apariencia de piedad que niegan su eficacia.

    En ningún momento ese texto expone que Dios desea algo que no puede alcanzar, que anhela que el impío en general se vuelva de su camino, pero que queda frustrado si no lo hace. Eso no sería congruente con el Dios que ha hecho aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Entonces, hemos de ver que Dios no quiere que los malos preparados como vasos de ira para destrucción se vuelvan atrás. De seguro Dios hablaba con su profeta en relación con sus impíos, aquellos que formaban parte del pueblo de Israel. No obstante, esa muerte puede presumirse física, porque en ocasiones la ley castigaba con esa pena capital a algunos malhechores. Así que Jehová le dice a Ezequiel que no desea que el impío muera en su pecado pero que si continúa con la impiedad de seguro morirá.

    A Judas Iscariote lo dejó en su maldad, como había sido predeterminado, para que se cumpliera la palabra profetizada. En cuanto a Judas no se dice que Dios no quiso su muerte impía, sino más bien se le dijo que hiciera pronto lo que tenía que hacer. Por lo visto, no conviene sacar los textos de sus contextos, para trasladarlos al lugar en que apoyen una teología que la Biblia no respalda. Juan el apóstol nos habla de los hermanos que cometen un pecado de muerte, por los cuales él no desea que se pida. Si los llama hermanos debe ser que morirán físicamente, como un castigo del Padre, pero que no morirán espiritualmente. Lo mismo acontecía en Corinto, cuando Pablo le escribía a la iglesia sobre la dignidad en la comunión de la Cena del Señor. Refirió que algunos andaban enfermos por la mala actitud, mientras otros dormían (habían muerto).

    La teología del mandato y del decreto puede resolver la duda que tuviera alguien si leyera en forma superficial esos textos. Otro ejemplo lo tenemos en Jeremías 18, cuando Dios usa la metáfora del Alfarero que trabaja con el barro. Habla del Dios que puede destruir una vasija de barro rompiéndola, para hacer otra nueva. Ese Israel fue amonestado con el modelo de los pueblos que Dios destruía por sus fechorías, de manera que el pueblo de Dios comprendiera que también podrían aquellas naciones hostiles llegar a arrepentirse de hacer sus maldades. En ese caso, Dios cambiaría el castigo destructivo para hacerles el bien a esos pueblos. Visto así, la Biblia habla del arrepentimiento de esas naciones paganas que llevarían al arrepentimiento (cambio de efecto) de parte de Dios.

    El hecho de arrepentirse el Dios Soberano no presupone un lamento y congoja por lo que haga o no haga Jehová, sino que indica un intercambio para con los pecadores. Los que estaban ligados al castigo que podía ser eliminado, podrían recibir el obsequio del perdón por parte del Señor. Y de nuevo, si aquellos impíos se volvieren al mal, Dios se arrepentirá (se apartará de hacerles el bien) para volver a hacerles el mal (darles un castigo). Se trata de un dar y recibir a cambio, de una prestación y contraprestación, en vías de fomentar la pedagogía divina para que Israel entendiera que no debía volverse arrogante. Cuando el escritor bíblico dice que Dios se arrepintió de haber hecho al hombre, no lo veamos como un lamento por alguna frustración, simplemente entendámoslo como un anuncio de cambio en cuanto a que no los dejaría vivir en esa violencia que colmaba la tierra. Asimismo, el texto de Ezequiel deja ver cierta ironía en relación a los justos israelitas que acusaban a Dios de no ser equitativo, por lo cual manifestaron la queja de que eran castigados por los pecados de sus padres. Ellos se presumían sin pecado, mientras señalaban a Dios como injusto. Por eso Dios les responde de esa manera, como si hubiese gran justicia en medio de su pueblo acostumbrado a hacer el mal.

    Volviendo a la teología del mandato y del decreto, diremos que Dios ordena una ley para que la gente actúe en consecuencia. Por supuesto, al igual que Adán quebrantó el mandato impuesto, los demás seres humanos delinquen a diario. Vemos que la ley se cumple y se quebranta, pero en cuanto al decreto divino no podemos decir lo mismo. Los decretos de Dios tienen que cumplirse (todo lo que ha ordenado desde el principio). El Padre había ordenado al Cordero (su Hijo) a quien preparó para la inmolación, desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). En virtud de ese decreto uno tiene que comprender que Adán debía quebrantar el mandato y comer del árbol prohibido, para que el Cordero pudiera actuar como Redentor y llevar la gloria que tiene en tanto él es la justicia de Dios, así como nuestro Mediador y Salvador.

    Dios no se lamenta, sino que todo cuanto quiso ha hecho. La Biblia nos dice que si alguno se lamenta, que lo haga por su pecado. Si recibimos el arrepentimiento para perdón de pecados, Él será amplio en perdonar (se arrepentirá, sin lamento alguno, para no condenarnos). Pero el que no cree, ya ha sido condenado (y Dios no se arrepentirá de la condenación reservada para los réprobos en cuanto a fe).

    César Paredes

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  • RECHAZAR EL PECADO

    RECHAZAR EL PECADO

    La Biblia habla contra el pecado, así como contra aquellos que no toman en cuenta a Dios. Dice la Escritura que Dios los entrega a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen. De esa manera se atestan de injusticia, de fornicación, perversidad y avaricia, de toda maldad. La gente se llena de envidia, contiende y engaña hasta llegar al homicidio. Pero existen también dentro de este enunciado de malignidad los que murmuran de todo y de todos, los que odian a Dios. Ni qué decir de la soberbia de los altivos, los cuales se la pasan inventando males y se tornan desobedientes a los padres o personas mayores. Esta gente se colma de deslealtad, pierde el afecto natural y se torna implacable sin un ápice de misericordia (Romanos 1).

    Si alguien tiene duda puede asistir a una reunión de políticos de cualquier país, o tal vez que visite una cárcel de no importa cuál nación. Pero también puede darse cuenta de estos males cuando mira la televisión o ve en el cine el mensaje que le envían bajo el pretexto del entretenimiento. La tierra sigue llenándose de violencia, pareciéndose cada vez más a la vieja Sodoma, a la época de Noé cuando construía el arca. David escribió un canto a Jehová en el que prometía andar en la integridad de su corazón. Decía que no iba a poner delante de sus ojos cosa injusta, que aborrecía la obra de los que se desvían, que iba a procurar que ninguno de ellos se acercara a él (Salmos 101).

    Existen los que solapadamente infaman a su prójimo; están los que trabajan en contra de la dignidad de una persona y la procuran difamar en forma oculta. Muestran su sonrisa amable pero por detrás preparan su daga. En especial aquellos altaneros y de corazón vanidoso. Empero los que ejercitan su lengua contra su prójimo, Dios los destruirá porque Él conoce los corazones de las personas. La lengua mentirosa será siempre un boomerang que regresará para golpear a quien lo lanza. El hombre de pecado relatado como profecía en las Escrituras, se levantará contra todo lo que se llame Dios, como un pequeño cuerno de poder y de prepotencia. Ese es el modelo de los jactanciosos, su inspirador y su héroe, al que sin conocerlo aguardan porque el corazón se ha equiparado al del adversario Satanás.

    Si el creyente huye de Babilonia, ¿para qué hacerla presente? Huyamos de las pasiones vergonzosas, pero pongamos límite a los medios que nos invaden. Me refiero a los audiovisuales, a aquellos mecanismos de entretenimiento que procuran traernos al hogar el espectáculo de lascivia, violencia e ignominia. ¿Eso agrada a Dios? Eso más bien nos ocasiona tropiezo, nos vuelve adictos y dependientes de la promiscuidad de otros. Eso equivale a sentarse en la mesa con los inicuos. Peor aún resulta el espectáculo en la iglesia, en pro de la pedagogía eclesiástica. Lo que trae es caos y pestilencia, con la imitación de los modelos del mundo, bajo el ánimo de predicar la palabra de Dios adaptada no al verbo sino a las actividades de representación.

    Jehová le envió su ley a Israel por medio de Moisés, se la escribió y no le hizo un show. La gente tuvo que aprender a leer para poder escribirla y comprenderla mejor, así que se esforzaron para crecer intelectualmente. A nosotros nos toca algo parecido, no la liviandad del entretenimiento sino la austeridad del estudio de la palabra.

    Los deseos de los ojos apuntan a la vanagloria de la vida, así que no nos inflamemos al mirar el fino espectáculo del mundo. David fue un artista de la poesía, pudo reconocer en cada canto al Dios Creador, al Señor Omnipotente que lo condujo en cada uno de sus pasos. Su canto no se infatuó cantando las bondades del hombre, sino elogiando la benevolencia de quien es el Hacedor de todo. El arte podemos cultivarlo, sin que nos desborde el ataque de altivez que suele poseer a los engreídos. Alejémonos de la vanidad, como nos hemos propuesto desde el momento en que hemos dado el paso al frente de nuestro bautismo. Hemos renunciado a la vida pomposa, a la obra de vanidad, al diablo mismo. ¿Vamos a recrearnos con las historias de villanos, con los ritos de los paganos, con los incestos o violaciones que nos traen los escenarios de películas y dramas? Eso equivale a invocar los ídolos de los que deambulan muertos en delitos y pecados.

    !Cuánta médula existe en la doctrina de Cristo! De gran importancia resulta examinar las Escrituras, donde creemos que está la vida eterna. Asimismo, permanecer en la forma doctrinal enseñada por los apóstoles conviene al alma. Esa actividad implica un esfuerzo intelectual, un desarrollo verbal que se da con el entrenamiento del estudio de las Escrituras. Hemos de pensar en todo lo bueno, en lo que sea digno de alabanza, si existe virtud alguna en eso debemos pensar. Si habituamos a nuestro intelecto a ocuparse de los asuntos de la fe cristiana, evitaremos la corrupción del alma.

    El alma no se limpia con mística o misticismo, no se cura con actitudes religiosas, porque al alma la mueve el intelecto y necesita que la lógica la embargue. Jesús es el Logos eterno e inmutable, suficiente inteligencia existe en su mente y al parecer dice la Biblia que los verdaderos creyentes tenemos la mente de Cristo (1 Corintios 2:16). No hemos de ser participantes con los incrédulos en sus supersticiones, en sus creencias idolátricas; tampoco hemos de vivir en forma contraria a como exige el evangelio de Cristo.

    El creyente no ha de hacer provisión para la carne, ni hemos de conformarnos a este mundo. El acto de redimir bien el tiempo supone el acto de abstenerse de cualquier actitud de maldad. El espíritu cristiano repudia las profanas prácticas que dañan nuestra relación con Dios. La vida en la sabiduría del Señor nos exige alejarnos de las malas influencias mundanales, si es que en verdad somos guiados por el Espíritu de Dios. La templanza del creyente lo hace caminar por el sendero de la esperanza, no bajo el viejo espíritu de esclavitud de las pasiones de vergüenza.

    Vivamos conforme al fruto del Espíritu, en toda bondad y verdad, demostrando lo que agrada al Señor. No tengamos comunión con las obras infructuosas de las tinieblas, sino reprobémoslas (Efesios 5:11). Dios le dice al impío que él no tiene que tomar su palabra en su boca (Salmos 50: 16). Los que caminan bajo la profesión de la fe cristiana, pero andan conforme al espíritu del mundo, son reprendidos para que no tomen la palabra de Dios como pretexto. Los viejos fariseos y escribas lo supieron de la boca de Jesús, también lo comprendieron por las palabras de Juan el Bautista. Quisieron huir del infierno venidero pero fueron acechados para que continuaran en su desvarío.

    El malo es reprendido para que no tome la palabra de Dios como si le perteneciera por derecho, ya que él aborrece la corrección y echa a sus espaldas la palabra del Señor (Salmos 50:17). El malo corre tras el ladrón y tiene parte con el adúltero, mete su boca en el mal y con su lengua compone engaño. Sacrifica a Dios alabanza, y paga tus votos al Altísimo; e invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás… El que sacrifica alabanza me honrará; y al que ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios (Salmos 50: 14-15, 23).

    César Paredes

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  • RELIGIOSOS INÚTILES

    La vida dedicada a la religión y a la moralidad puede ser algo inútil, aunque se tenga conocimiento de las Escrituras. Después que el Señor llamó a Saulo para que lo siguiera, el transformado Pablo comprendió que su vida anterior de fariseo tenía que lanzarse a la basura. Pese a su formación a los pies de Gamaliel, el apóstol demostró que su antiguo celo por el Dios conocido no era conforme a ciencia. Supo Pablo que él estaba agregando algo más a la justicia de Dios, como si sus obras lo ayudaran a ser aceptado. Estuvo envuelto en una falsa religión, a pesar de conocer las antiguas Escrituras y de rendirle devoción al Dios de Israel.

    Sus colegas fariseos de su tiempo siguieron en su tradición de guardar la ley sin la comprensión de lo que significaba la justicia de Dios. Se comparaban con aquellos que tenían menor justicia que ellos y de esa manera sentían confort al pensar que Dios los valoraría en diferente y mejor manera. Pablo concluyó que aquellos que no tienen el conocimiento de la justicia de Dios están muertos, a pesar de su enorme celo por la divinidad (Romanos 10:1-4).

    La justicia de Dios se revela en el Evangelio (Romanos 1:17), lo cual trae la consecuencia de confesar un evangelio que no avergüenza. Dios es un Dios justo que justifica al impío, de manera que envió a su siervo justo (el Cristo) para que sea conocido y su pueblo pueda ser justificado. Cuando uno conoce a Jesucristo reconoce su doctrina, el cuerpo de enseñanzas que dictó en esta tierra. Su Evangelio fue conocido por los apóstoles para ser anunciado por ellos como palabra incorruptible. De esa primera mano arranca el conocimiento de las Escrituras, de la pluma de todos los santos hombres de Dios que fueron inspirados para legarnos sus maravillosos documentos.

    Conviene escudriñar la Biblia, ya que nos parece que allí está contenida la vida eterna. Si uno no conoce a Cristo no puede llegar a ser justificado (Isaías 53:11). Conocerlo a él implica entender lo que dijo respecto al Padre, a los elegidos para el reino de los cielos, así como al propósito de su muerte expiatoria en pro de sus ovejas. El buen pastor dio su vida por las ovejas, no por los cabritos; el buen pastor rogó por los que el Padre le había dado y le seguiría dando a través de la palabra expuesta por medio de aquellos primeros creyentes (los apóstoles o discípulos), pero no rogó por el mundo que no vino a salvar (Juan 17:9 y 20).

    La práctica religiosa puede generar jactancia, en la medida en que comprendemos nuestros esfuerzos como más dignos que los de otros. Pero esa jactancia queda excluida en la justicia de Dios, anunciada por la ley y los profetas. Un denominador común nos iguala a todos los miembros de la raza humana: Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23). Sabemos que los que somos justificados lo somos gratuitamente por su gracia (Romanos 3:24). Esa redención vino a hacer Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre (Romanos 3:24).

    Propiciar es apaciguar, ganar la benevolencia de alguien; por fortuna, Jesucristo vino para ser el Mediador entre Dios y la raza humana, pero no todos forman parte de sus ovejas (Juan 10:26). De nuevo, uno vuelve a la ley y al testimonio, cuando mira el propósito de esa propiciación alcanzada. No puso Dios a su pueblo para ira, sino para misericordia; no todo el que le diga Señor, Señor, al Cristo, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad del Padre. Esa voluntad está expresada en el Evangelio de Juan, cuando dice: Y serán enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendrán a mí (Juan 6:45).

    Resulta indispensable ser instruidos por Dios, para poder ser enviados por el Padre al Hijo. De esa manera estamos seguros que quien a Cristo va no será echado fuera. Pero ese que va a Cristo sabe que el Señor dijo que nadie podía venir a él si no le fuere dado del Padre. Vemos por las Escrituras que el Faraón de Egipto no fue enviado por el Padre al Hijo, ni Esaú, ni ningún otro réprobo en cuanto a fe. Ese punto se torna decisivo a la hora de aceptar pacíficamente la doctrina de Jesucristo.

    Muchos de sus discípulos se volvieron atrás porque no soportaron las duras palabras del Señor. Ellos resultaron ofendidos con sus enseñanzas, como se relata en el Capítulo 6 del Evangelio de Juan. Pese a la estampida que se avecinaba el Señor no refrenó sus palabras sino que las reiteró, diciéndolas varias veces, así que su énfasis nos enseña que esa parte de su doctrina amerita ser aprendida y conocida.

    No podemos ser justificados sin el conocimiento del siervo justo, pues ¿cómo se invocará a aquel de quien no se ha oído? Si uno ignora la justicia de Dios (Jesucristo en su redención) se colocará la justicia propia como medio propiciatorio. Entonces, la suma de la justicia de Dios más la del hombre anulan por confusión la pureza de lo que Dios exige. Jesús dijo en la cruz que su trabajo había sido consumado, a lo cual debemos responder con la comprensión de que no podemos agregar nada de nuestra parte. No nos eligió el Padre porque vio algo bueno en nosotros, porque no hubo nunca alguien justo ni quien buscara al verdadero Dios.

    La diferencia entre Esaú y Jacob subyace en el que elige; es el Elector Supremo el que forma el barro para realizar un vaso para deshonra y otro para honra. A Jacob amé, pero a Esaú odié, antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos (Romanos 9:11-18). De allí que no puede haber jactancia, ya que vamos por la ley de la fe, sabiendo que esta fe es un regalo de Dios porque no es de todos la fe (Efesios 2:8; 2 Tesalonicenses 3:2). Por eso decimos una vez más que es el trabajo de Cristo solamente lo que redime a los escogidos del Padre.

    El arrepentimiento para perdón de pecados se obtiene como un regalo de Dios. Así que hemos de hacer como Pablo, el cual se arrepintió de su celo por Dios sin conocimiento de la justicia de ese Dios. Él consideró vana toda su religión anterior, la tuvo como pérdida por el amor al conocimiento de Cristo. Muchos dicen creer en la doctrina de la gracia enseñada por el Señor, pero jamás se arrepienten de su religión anterior porque piensan que como tenía el apellido de cristiana eso va bien. Incluso hay pastores que no bautizan a sus feligreses si antes fueron bautizados en una religión del Baal-Jesús. Sostienen que como se bautizaron en el nombre de Cristo (en tanto anticristo) viene a ser suficiente, con lo cual siguen en la ignorancia de la justicia de Dios.

    Creer en un sistema mixto de gracia con obras significa no creer en el Cristo de las Escrituras; los tales la han torcido para su propia perdición, dándose a la interpretación privada de ellas. El creyente se abraza al verdadero Evangelio de salvación que está condicionado solamente en el trabajo de Jesucristo. ¡Cuán importante resulta conocer lo que Cristo vino a hacer en la tierra! Vino a dar su vida en rescate por muchos, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21). Los que tuercen ese trabajo procurándolo para todos, sin excepción, permanecen en la ignorancia de la justicia de Cristo. Nuestro amor se manifiesta ante ellos en cuanto les decimos que así no hay paz, que eso no es bueno ni dulce. Ese sistema de creencias de gracia más obras forma parte de la doctrina del extraño, del evangelio anatema enseñado por los maestros de mentira.

    César Paredes

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  • EXAMINAOS PARA VER SI ESTÁIS EN LA FE

    Que cada uno se examine a sí mismo, de la manera como fue dicho que hemos de probar los espíritus para ver si son de Dios. Nosotros también hemos de evaluar nuestra fe, para ver si Cristo está en nosotros o si estamos reprobados (2 Corintios 13:5). ¿Cómo puede un falso creyente saber si está reprobado? De la manera que un impío cualquiera puede reconocer que Cristo está en nosotros, como aconteció en la relación de Caín y Abel. Uno de ellos entendió que el otro fue tenido en cualidad de hijo de Dios, por cuya causa lo asesinó. Caín, que era del maligno, supo que existía algo diferente en Abel. Los hermanos de José supieron por igual que había algo diferente en el hermano soñador, al que Jehová visitaba.

    ¡Cuánto más nosotros que decimos conocer la palabra también hemos de calificarnos para ver si estamos reprobados o si estamos firmes en la fe! El examen recomendado por Juan para detectar al que anda extraviado de la fe de Cristo, sirve para cada quien. La comparación no se hace en un plano místico, sino con el objetivo instrumento del evangelio. La referencia inmediata de la prueba descansa en la doctrina enseñada por Cristo. Así de simple; el que no vive en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo. Poco importa que venga en el nombre de la iglesia, de Dios, de algún creyente; basta con probar si su fe descansa en los parámetros de las enseñanzas de Jesús.

    Hemos de andar arraigados y sobreedificados en Cristo, de la manera como hemos sido enseñados (Colosenses 2:7). El texto que sigue advierte contra la filosofía engañosa y las huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo. De manera que ese examen que nos hemos de hacer tiene las respuestas dadas en esa plantilla que se llama la Escritura, para cotejar cuáles son nuestros aciertos o desaciertos. Todas las respuestas tienen que ver con la doctrina de Cristo, no con los elementos superficiales de la historia de Jesús. Me explico, el conocer que Jesús nació en un pesebre, que hizo milagros, que dio grandes discursos de esperanza, que murió por los pecados de su pueblo y resucitó al tercer día, que está a la diestra del Padre y que vendrá a la tierra para juicio, constituye una información relevante en cuanto a historia. Pero no todo ese conocimiento se incluye en el examen, ya que la Biblia refiere el tema del test en forma exclusiva al asunto doctrinal (2 Juan 1:9-11).

    Por lo tanto, hemos de evaluar quién fue Jesús como persona enviada por el Padre, su función como Cordero sin mancha. Asimismo, nos hemos de enfocar en la calidad de su trabajo que vino a hacer el cual declaró consumado. ¿Qué significa la expiación? ¿Qué quiere decir la pascua? ¿Por qué Pablo dice que Jesucristo es nuestra pascua? ¿Fue la muerte de Jesús un trabajo hecho a favor del mundo por el cual no rogó la noche antes de morir? (Juan 17:9). De igual forma, otras preguntas aparecen en relación a sus enseñanzas, como el concepto de justicia de Dios. El Señor se hizo pecado por causa de su pueblo, para impartirnos su justicia a cambio de tomar nuestras iniquidades y pagar con su sacrificio al recibir un castigo que nos correspondía.

    La herejía tiene que ver con la opinión propia en materia de fe y doctrina bíblica. Pedro informa que algunas personas se dan a la tarea de torcer las Escrituras, como si quisieran tener una interpretación privada. Es decir, lo que Jesús dijo puede resultar ofensivo, confuso para muchos por la dureza de sus palabras; pero dedicarse a suavizar lo que por naturaleza parece rígido se considera una interpretación privada (herejía), lo cual se hace para propia perdición de quien se adhiera a esa suposición. El ángel le indicó a José en una visión que el nombre del niño por nacer sería Jesús (Jehová salva) porque él salvaría a su pueblo de sus pecados. Hubo una restricción en materia de salvación, una referencia exclusiva al pueblo de Dios. No se incluyó al mundo por el cual Jesús no rogó (Juan 17:9; Mateo 1:21).

    Tenemos una referencia en el Antiguo Testamento, la cual nos da a entender que esa nueva Pascua sería similar a la primera pascua del pueblo de Israel. Aquella anterior se hizo en favor de todos los que se aferraron a la marca de la sangre del cordero colocada en sus dinteles, lo cual hace inferir que los que no tenían tal marca serían sometidos al juicio del ángel de la muerte. Jesús aseguró que pondría su vida por las ovejas, no lo hizo por los cabritos; a unas personas les dijo en forma directa que ellas no formaban parte de sus ovejas, por lo cual no creían y no venían a él. En otra ocasión dijo que ninguna persona podía venir por su cuenta a él, sino solamente aquellas enviadas por el Padre. Agregó que todo lo que el Padre le daba vendría a él y nunca sería echado fuera.

    Esta doctrina de la gracia, que incluye la predestinación y la soberanía absoluta de Dios, ofendió a muchos. Esa es la doctrina que debemos tener y en ella hemos de permanecer, de manera que quien no la traiga a casa no debe habitar como hermano entre nosotros. No debe ser bienvenido aquel que venga con una doctrina diferente. Por eso hemos de tener cuidado con los que andan enredados en filosofías y huecas tradiciones, como si la costumbre de una doctrina equivocada la hiciera aceptable. No puede el argumento falaz de cantidad validar la doctrina que la mayoría sigue, por el solo hecho de que la mayoría debe tener la razón. Somos llamados la manada pequeña, se nos habla de la soledad de Elías, de Isaías, de Juan el Bautista, del Señor que fue abandonado; se nos incita a entrar por la puerta angosta, a caminar por el camino estrecho, a huir del mundo y sus atractivos. Se nos dice por igual que en el mundo tendremos aflicción porque no pertenecemos al mundo donde tenemos que seguir por cierto tiempo.

    Cuando Pablo escribió a los de la iglesia de Roma, les habló de un grupo de personas que tenían celo de Dios pero no conforme a ciencia. Por ellos oraba, una demostración doble de su amor: 1) no les dijo paz, paz, cuando no la había, es decir, no los engañó para que continuaran en la mentira doctrinal; 2) oraba para su salvación, por si Dios los tenía en su lista. En otros términos, cuando uno ora por una persona demuestra amor hacia ella, ya que al estar en nuestros pensamientos lo conducimos en oración al Padre para ver si aquel también alcanzará misericordia como nosotros.

    Lo que hizo el apóstol Pablo por esos israelitas referidos en su carta a los romanos nos demuestra varios puntos interesantes. Hay gente en las congregaciones eclesiásticas que suponen amar a Dios, que manifiestan gran celo por su palabra, pero que desviados de la doctrina esencial del evangelio (la justicia de Dios que es Jesucristo) hacen inútil tal celo y trabajo. Ellos han demostrado por su errónea doctrina que están extraviados, que siguen reprobados. No se les habrá de engañar diciéndoles que no pasa nada, que por su buena conducta serán exonerados por Dios. No será así porque la salvación no es por obra, no vaya a ser que alguien se gloríe.

    Pablo les hizo ver su torcedura de pensamiento, les dijo que su creer resultaba anticientífico, contra la naturaleza de la fe de Cristo. Porque creemos en el Señor pero no en abstracto, como si fuera solo una figura histórica; si creemos en él es porque le conocemos (¿cómo se invocará a aquel de quien no se conoce?). Si creemos en él es porque conocemos sus enseñanzas, en especial la que se centra en el núcleo del Evangelio. La expiación que el Señor realizó en la cruz originó nuestra justicia, pero no porque fue una oferta libre para que cada quien la aceptara o la rechazara, sino que nos vino como la promesa de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados. Esa promesa ya está descrita en el Génesis y fue anunciada reiterativamente en muchos lugares de la Biblia.

    Se puede estar en la fe de las tradiciones humanas, en la fe subjetiva de lo que hemos mirado como Dios. Muchas veces la gente de religión se apega a un ídolo, una concepción de lo que debería ser Dios. Tal vez Dios debería haber amado a Esaú, o tal vez debería haberlo odiado en base a sus maldades (la venta de la primogenitura, por ejemplo). Tal vez resulte injusto la condena del Faraón, a quien Jehová levantó para gloriarse en toda la tierra. Jehová le había dicho a Moisés que endurecería el corazón del Faraón, para no dejar ir a su pueblo. De manera que eso nos puede parecer injusto.

    De esta manera, con el criterio de lo que debería ser justo que Dios haga vamos armando el ídolo, equipándolo con nuestra ideología. Pero al cotejar nuestros resultados con las Escrituras encontramos mucha disparidad. Por esa razón buscamos a los expertos en torcer la palabra divina para que ese Dios no aparezca tan ofensivo ante los demás. Allí ha surgido otro ídolo y a ese ídolo muchas personas que se llaman cristianas adoran. Como si adorasen a un Baal-Jesús. Pero ¿quién se engaña con esto? Solamente los que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo.

    No obstante, en esa gigantesca Babilonia que domina el mundo, todavía hay gente de Dios que se encuentra atrapada. Algunos ni siquiera lo saben, pero el llamado del Señor sigue siendo el mismo: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados (Apocalipsis 18:4). Examinarse a sí mismo para ver si se está en la fe, probar a los espíritus (personas) para ver si son de Dios, estar atento a los falsos maestros para denunciarlos y para alejarnos de ellos como mensajeros del evangelio extraño, son algunas de las tareas que competen a los creyentes de la fe de Cristo. Esta tarea forma parte de la carrera de la fe, de la batalla que hemos de pelear en el día a día, para que velando podamos orar con conciencia por asuntos específicos que conciernen a nuestra peregrinación en la tierra.

    César Paredes

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  • LA REGENERACIÓN ARMINIANA

    Dentro del arminianismo el incrédulo carece de habilidades suficientes para acudir a Cristo, pero en lugar de ser Dios quien lo lleva al Hijo es la gracia preventiva quien lo ayuda. Ese invento surge de la mente de Luis de Molina, doctrina que se conoce como Molinismo. En el siglo XVI Arminio llevó a Ginebra esa semilla para que prosperase animosamente y consumiese el oxígeno del creyente protestante. La cizaña ha crecido y consume las almas a su alrededor para socavar los espacios de paz.

    La gracia preventiva viene a ser el momentum peculiar dado por Dios a todos los hombres, sin excepción. Se la dio a Esaú y al Faraón, a Judas y a cada réprobo en cuanto a fe, a aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8). Con esa gracia se hace suficiente el movimiento que pudiera dar el hombre hacia su Creador. Con esta fuerza inicial cada ser humano tendría la energía para cooperar, si quisiere, de manera que obtenga la salvación. Al parecer, la muerte en delitos y pecados no sería real sino una figura de lenguaje que denota la gravedad del alma humana. De esa forma resolvió Roma el problema que tenía con ciertas Escrituras y que había sido hecho público por la Reforma Protestante.

    Los evangélicos de hoy día, en un porcentaje muy alto, asumen esa doctrina como si viniera del Espíritu de Dios. Debemos advertir que esa es una auto-salvación, que la predestinación no tendría sentido porque ya el hombre se salvaría a sí mismo con una pequeña ayuda lanzada del cielo. El problema se acrecienta al preguntarse por qué razón no todos aprovechan esa ayuda. Los que la descuidan causan su propia destrucción final, pero los que la aprovechan se redimen con su esfuerzo. Es decir, la gloria de Dios queda por fuera de la redención, el Hijo quedaría expuesto a vituperio por cuanto hizo un esfuerzo inútil por aquellos que no aprovecharon la oferta general y auxilio de la gracia preventiva.

    Por otro lado, existe un sinnúmero de personas que han muerto en sus delitos y pecados y que no han oído jamás de esa gracia preventiva. Ni siquiera han escuchado el evangelio, así que para ellos falló no solo Cristo con su crucifixión y sangre derramada sino la doctrina de la gracia preventiva. Ellos no estuvieron al tanto por cuya razón se condenaron. Claro está, siempre surgirá alguien que intente resolver el problema, como lo hizo Billy Graham, promotor de la doctrina de Arminio. El aseguraba que Dios miraba en los corazones de esas personas que jamás han escuchado de Cristo y tomaría de ellos aquellos cuyos corazones buenos y suficientes los ayudarían a ser redimidos.

    Entonces, Cristo ya no sería necesario predicarlo del todo porque Dios va a salvar a los buenos, sin que el Señor sea la puerta de entrada para las ovejas. Entrarán al reposo de Dios sin que invoquen su nombre, sin conocer a quien debían invocar. Es allí donde se dan la mano ambas doctrinas: la protestante-arminiana y la católico-romana. ¿Por qué llamarnos diferentes? Razón habría en recibir el cliché que nos cataloga como los hermanos separados que no queremos la unión.

    El problema grave gira en torno a la eficacia de la muerte de Cristo. ¿Qué significa ser la propiciación por los pecados de su pueblo? ¿Por qué Cristo oró y rogó por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por la incorruptible palabra de sus apóstoles? ¿Cuál es la razón objetiva por la cual el Señor no rogó por el mundo, en su oración intercesora realizada en el Getsemaní la noche previa a su crucifixión? Muchos se extravían en la mira de la extensión de la expiación, queriéndola hacer llegar adonde no fue procurada. En realidad deberían mirar el foco de su eficacia, ya que aquellos que fueron representados por Cristo en la cruz fueron realmente redimidos. Y es que la expiación salva, ese es su significado; la declaratoria divina de que Cristo es la justicia de Dios para su pueblo nos justifica, como dijo Isaías (53:11). Vale la pena conocer a ese siervo justo, indagar en las Escrituras el significado de lo que hizo.

    No existe una gracia preventiva ni la llamada gracia común o genérica, simplemente existe la gracia salvadora, ya que si por gracia entonces no es por obras. ¿Cómo puede haber una gracia preventiva o común donde se le exija al individuo su propia obra, para que continúe con el impulso que supuestamente Dios le ha obsequiado? Dios no nos dio un toque para que nosotros se lo devolvamos. Cristo no murió por los no elegidos del Padre, no malgastó su sangre redimiendo potencialmente a los réprobos en cuanto a fe. Cristo no hizo posible la redención, simplemente salvó a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Por esa razón predicamos este evangelio, para que las ovejas escuchen la voz del buen pastor y sean llamadas eficazmente. Jesús afirmó lo siguiente: Nadie viene al Padre sino por mí…Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere…Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí, y el que a mí viene no le echo fuera.

    Al parecer todavía hay quienes pretenden asegurar que Cristo hizo posible que todos vinieran al Padre, o que trabajó para que aquellos a quienes el Padre no le envía tengan la posibilidad de venir por cuenta propia. Esto lo piensan y sostienen los que todavía odian a Dios y deshonran al Hijo, al malbaratar la preciosa expiación alcanzada en la cruz. Cristo no cargó con los pecados de los réprobos en cuanto a fe, de aquellos a quienes Dios odió desde antes de ser formados, como lo hizo con Esaú (Romanos 9:11-14). Y si no llevó sus pecados tampoco murió en alguna forma por ellos.

    Una acotación final ha de hacerse, que Dios no miró en los corredores del tiempo para escoger a quienes iba a predestinar para salvación. Sería incongruente con la naturaleza de la expiación y con la elección del Padre, como incongruente también se vería el que un muerto en delitos y pecados pudiera tener buena voluntad para con Dios (Romanos 3:10).

    Los que se aferran a esa incongruencia de la gracia que previene o de gracia común, abogan por una expiación universal o general. Ellos trabajan su teología como agentes de Satanás con la intención de destruir el evangelio. El Evangelio es la promesa de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados, por eso en él se revela la justicia de Dios y viene a constituirse en el poder de Dios para salvación. No pretendió Dios salvar a Esaú, ni al rey de Asiria, ni al Faraón, ni a Judas Iscariote, ni a ningún otro réprobo en cuanto a fe destinado para tropezar en la roca que es Cristo. Por lo tanto, atribuirle a la expiación una eficacia para esos réprobos implica extralimitarse en los propósitos divinos, en cuanto a la gloria propia que tendría el Hijo como Redentor de su pueblo.

    La regeneración arminiana viene como una ilusión, un subproducto del evangelio anatema enseñado por los falsos maestros, seguido por los ciegos guiados por otros ciegos. Su meta final consiste en la caída hacia el pozo del abismo, para perjuicio de los hombres de religión que no escudriñaron las Escrituras. La regeneración potencial que promueve el arminianismo no justifica a ninguna persona, mucho menos el hecho de que alguien pretenda hacer su parte como si con ello completara el esfuerzo del Señor.

    En cambio, el sufrimiento y la muerte de Cristo no fue a causa de alguna culpa que el Señor haya tenido, sino que fue producto de cargar con todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Su trabajo consumado en la cruz apaciguó la ira de Dios que había en contra de todos los que representó en el madero. El Señor murió y pagó el precio exigido en favor de la liberación de todos aquellos que le fueron encomendados por el Padre. Esta salvación reposa garantizada en la cualidad de su nombre, por efecto de sus méritos, yace en sus manos y en las manos del Padre.

    César Paredes

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  • TOLERAR PARA SER TOLERADO

    Suena bien el título, como si fuese una premisa trascendente para la vida. Tolerar para ser tolerado, como si uno tuviese que aceptar la maldad doctrinal de otros para ser aceptado con la maldad doctrinal que tengamos. Así razonan los que aún conociendo la Escritura en relación a la gracia y soberanía absoluta de Dios, se apasionan por sus hermanos de fe espuria. No juzgan con justo juicio, no prueban los espíritus para ver si son de Dios, no se separan de aquellos que no viven en la doctrina de Cristo.

    En Jeremías 6:14 leemos: Y curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz, y no hay paz. Entonces, aceptando la herejía de otros suponen que ellos también serán aceptados al extenderles las manos a los que profesan otro evangelio. Son más las similitudes que lo que nos diferencia de ellos, afirman con denuedo. De esa manera desobedecen explícitamente el exhorto de Juan a la iglesia: el que recibe al que no trae la doctrina de Cristo, participa de sus malas obras (2 Juan 1:9-11).

    Abundan los que creen en el falso evangelio considerado anatema por las Escrituras, pero suponen que ellos son salvos a pesar de su errónea doctrina. Otros que son más avezados sostienen la buena doctrina de la gracia pero tropiezan en la solidaridad afectiva. De esa manera afirman que aunque alguien no haya creído el verdadero evangelio de Jesucristo lo creerá en el reino de los cielos si fuere un predestinado. Con ese razonamiento se están quitando el velo que los escondía, para mostrarse públicamente como lobos rapaces.

    Para ese tipo de creyentes de la mentira basta con que se pronuncie el nombre de Jesús, que se crea en el Cristo de la Biblia pero al cual se le ha maquillado en cuanto a lo que vino a hacer. De una expiación particular en pro de sus escogidos se pasa a una expiación universal o general, para beneficio de toda la comunidad religiosa. Con ello pretenden salir del escollo en que se encuentran algunos textos de la Escritura, según su propia opinión. Piensan que de esa manera reconciliarán su mítico libre albedrío o capacidad para resistir a Dios con la soberanía divina.

    Para ese tipo de religioso le resulta antipático el Dios de las Escrituras, porque lo consideran demasiado soberano. Deben bajarle un poco al grado de soberanía para hacerlo más humanizado y de esa manera puedan meterle mano para moldearlo a imagen y semejanza del hombre caído. Dios no odió a Esaú antes de que hiciese bien o mal, sino que Esaú se perdió porque vendió su primogenitura. Ese es el razonar equívoco que hacen para su propia perdición y para extravío de todos los que reciben el eco de sus pensamientos.

    La gente que ignora el Evangelio de Cristo posee mucha influencia en el mundo, dentro del principado de Satanás. La estrategia infernal gana adeptos, ya que ahora se confunde más por haber plagiado el nombre de Jesús. Es decir, en época de Elías frente al rey Acab, Israel merodeaba entre los Baales y Jehová. Había al menos una distinción del nombre de la divinidad, pero hoy día aún los herejes dicen adorar a Jesucristo. Eso confunde a la gente, pero no al que tiene el Espíritu Santo como guía y como arras de la salvación final.

    Pablo reconoció que cuando perseguía a la iglesia él fue un blasfemo, un hombre injurioso que aprobó el asesinato de Esteban. Pero eso lo hizo por la ignorancia propia que le acompañaba como incrédulo. Hoy día hay quienes ignoran menos de lo que Saulo ignoraba, pero por igual siguen injuriando a los redimidos de Dios. Los acusan de promover en exceso el evangelio de la gracia, de persistir en la doctrina que causa separación. Esa doctrina separó por igual a Jesús de aquellos discípulos a quienes les enseñaba diciéndoles que ninguno podía venir a él si no le fuere dado del Padre. En Juan 6 leemos sobre la doctrina de Cristo, acerca de la reacción de esa multitud que lo seguía admirada por el milagro de los panes y los peces.

    El Señor no sacrificó la doctrina del Padre en beneficio de su popularidad y aceptación. Al contrario, siguió hablando enérgicamente, con reiteración de todo aquello que ofendía a las masas. La murmuración no se hizo esperar y aquella gente se retiró para siempre. En la medida en que seamos contundentes con la exposición del Evangelio de Cristo, empezaremos a ver gente que se retira de las asambleas, otros que murmuran contra nosotros, aún aquellos que habían gustado de ciertos sabores de la gracia. El corazón no redimido, aunque sea religioso, siempre buscará el eclecticismo como vía de encuentro.

    Elías se sintió solo al ver que su gente seguía a los Baales, por lo que le preguntó al Señor si solamente él había quedado en el bando del Señor. La divina respuesta nos señala que Dios se había reservado para Sí mismo a 7.000 personas que no doblaron sus rodillas delante de Baal. Si uno compara con el censo hecho anteriormente por David, puede cotejar el ínfimo número reservado por el Señor, en relación a la abrumadora cantidad de personas perdidas en Israel. Al respecto, Pablo nos resalta que todavía queda un remanente de acuerdo a la elección por gracia; al mismo tiempo nos subraya que si por gracia ya no es por obras. Nos dice que son excluyentes las obras y la gracia, o es por obras o es por gracia, pero no por ambas (Romanos 11:1-6).

    El viejo pueblo de Israel andaba en dos predicamentos, por lo que Elías el profeta los exhortó a dejar la cavilación. Ellos debían tomar una posición acerca de quién era Dios. Elías pensó que nadie más estaba con él, pero el Señor tenía su remanente que el profeta no veía en ese momento. Nos sucede a menudo, predicamos esta doctrina de la gracia y no vemos respuesta. Al contrario, vemos la multitud enardecida diciéndonos que somos rompedores de la paz de la asamblea, que nos presentamos como separatistas.

    Reconocemos con las Escrituras que Dios tiene un remanente (y nosotros formamos parte de ese remanente). Sabemos que el hombre natural tiene preferencia por cualquier tipo de redención basado en las obras; el individuo necesita hacer algo para ver expiados sus pecados. En cambio, la Escritura nos anuncia que no puede la humanidad caída hacer nada porque anda muerta en sus delitos y pecados. Dios hace la obra que nosotros anunciamos, pero cuando redime a alguien lo cambia como hizo con Saulo de Tarso. En un instante cayó del caballo, en un instante fue su conversión; Pablo tuvo como pérdida todo ese tiempo de fariseo cuando militaba en una doctrina errónea, con mucho celo de Dios pero no conforme a ciencia.

    La anti doctrina de Cristo no se tolera, aunque se respeta cualquier disensión sin persecución. Sin embargo, justo es aclarar que no podemos contar como hermanos a aquellos que no viven en la doctrina del Señor. No hemos de reunirnos como si fuésemos un mismo cuerpo espiritual, de acuerdo al consejo de Juan. Acoto lo siguiente: Aquellos que claman que fueron salvados o regenerados a pesar de creer en un falso evangelio de salvación condicionado en el pecador (Gálatas 1:8-9) no juzgarán como que están perdidos a aquellos que creen en un similar falso evangelio. Más bien, ellos los juzgarán como personas salvadas y alegarán como razón la humildad y la caridad; exhibirán un espíritu sin censura y muy generoso como si eso también equivaliera a la razón. Esto, en realidad, es tan solo un artificio de autodefensa, una defensa de la MENTIRA (https://agrammatos.org/2019/08/27/an-artifice-for-self-defense/)…Cita de Chris Duncan.

    César Paredes

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