Juzgar con justo juicio viene a ser un indicativo de obediencia ante el Señor; no podemos mezclarnos con cualquiera para llamarlo hermano o para darle la bienvenida en forma espiritual. Predicamos el evangelio a toda criatura, nos relacionamos con todas las personas, pero en cuanto al Evangelio nos mostramos celosos para poder probar si han de ser reconocidos como hermanos aquellos que dicen venir en nombre del Señor. La razón básica de esa admonición dada por las Escrituras debe referirse a las maquinaciones de Satanás, el cual se disfraza junto a sus ministros como mensajeros de luz.
Probad los espíritus, para ver si son de Dios, nos recomienda Juan. No hemos de creer a todo espíritu; esto no se refiere a que el creyente ha de ir a sesiones espiritistas para verificar si los espíritus son de Dios. Sabemos que en esos lugares ningún espíritu es del Señor, lo cual indica que la referencia de Juan se dirige a probar a las personas (espíritus) para ver qué doctrina traen. El dijo que si alguien se extraviaba mostraría su extravío por la doctrina que confiesa; aquella persona que no permanece en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo. Preguntamos: ¿cómo puede tener el Espíritu? La respuesta se muestra obvia: de ninguna manera.
Jesús nos dijo que no juzguemos de acuerdo a las apariencias, por lo cual no hemos de ser ligeros en opinar si vemos a alguien en harapos, fumando un cigarro, tomando un trago, haciendo algo indebido. Tal vez nos encontremos con personas como el rey David antes de encontrarse con el profeta Natán, así que conviene ser reservados. No hemos de juzgar según lo que aparenta sino con justo juicio (Juan 7:24). Ese mismo Jesús nos dio un indicativo perfecto para realizar nuestro discernimiento. En Lucas 6:45 se hace referencia a lo enseñado por Jesucristo, en referencia a los frutos que se manifiestan como signos del árbol bueno y del árbol malo.
En la parte final del discurso de Jesús en relación a los dos tipos de árboles, Lucas recoge el final definitivo que da luz absoluta al contenido del mensaje: porque de la abundancia del corazón habla la boca. Ese es el testigo del alma, la forma única de saber si el otro viene de parte del Señor o de Satanás. Allí no hay equívoco posible porque no juzgamos según lo aparente, sino según lo que el corazón del individuo tiene sembrado. Un falso maestro se delatará por su palabra, siempre que vayamos a la Escritura. Un hermano verdadero jamás confesará otro evangelio (Lucas 6:43 y Juan 10:1-5). De esta forma conviene tener en mente lo que es el Evangelio para poder detectar los falsos evangelios, los cuales son señalados como malditos (anatemas).
Probar los espíritus puede ser una tarea fuerte pero fácil; fuerte por cuanto no nos gustaría detectar familiares y amigos como si fuesen árboles malos; fácil, por cuanto si tenemos el Espíritu de Dios él nos llevará a toda verdad, para que con las Escrituras probemos su veracidad. Examinar los espíritus (1 Juan 4:1) nos conviene para evitar los males o plagas que derivan del festín de la comunión con los falsos hermanos. Dios se muestra celoso del fuego extraño, por eso existe esta advertencia en el Nuevo Testamento. Han surgido muchos anticristos por el mundo, cada uno con sus propias doctrinas demoníacas. Ese espíritu del anticristo se manifiesta por sus enseñanzas, las cuales hemos de probar para verificar su error. Por supuesto, cabe la posibilidad de que en ese examen a los espíritus (personas) algunos salgan aprobados, ya que sin ser anticristos manifiestan la doctrina de Jesucristo.
Hoy día muchas personas del ámbito religioso cristiano sostienen que basta con confesar que Jesucristo es el Hijo de Dios, que nació en un pesebre y creció sin pecado alguno, para enseñar su evangelio principalmente a sus discípulos. Agregan que murió y resucitó por el pecado del mundo, de manera que hizo posible la salvación para aquellos que la procuran. Como vemos por lo enunciado, si probamos con la Escritura cada idea emitida testificaremos de la existencia de errores doctrinales graves.
Jesús murió por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), pero no murió por el mundo por el cual no rogó (Juan 17:9). Jesús enseñó (adoctrinó) que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere; dijo que todo lo que el Padre le da viene a él y no le echa fuera. Esas dos premisas universales nos dirigen a una conclusión igualmente universal: que los que no vienen a él no fueron jamás enviados por el Padre.
De esta manera vamos mirando de cerca la doctrina de Jesucristo, para que conociéndola vivamos en ella; si alguien no milita en esta doctrina, Juan lo señala como quien no tiene ni al Padre ni al Hijo. A esa persona no podemos decirle bienvenido, en el sentido espiritual del término.
Resulta más o menos fácil detectar si alguien no cree en la deidad de Jesucristo; de esa forma se puede señalar como un no creyente. Esto lo decimos en lo que toca a la persona de Jesucristo, el cual es Dios y hombre, participante de ambas naturalezas. Hay gente que dice no creer en esa doctrina de la persona de Cristo, por lo cual se detecta como un no creyente. Otros señalan que Jesucristo pecó como cualquier otro ser humano, asunto que también delata al que tal cosa afirma porque sabemos que el Cordero sin mancha no podía pecar, para cumplir su rol de ofrenda agradable al Padre.
Algunas personas afirman que Jesús se les manifestó y les mostró otro evangelio diferente al de las Escrituras, como es el caso de los mormones; eso resulta obviamente falso y uno puede discernir por las Escrituras esa falsedad. Pese a ello, muchos se hacen mormones, pero nosotros sabemos que no son hermanos creyentes en Cristo Jesús. La razón de ello proviene de la Biblia, que dice que si aún un ángel del cielo viniere a nosotros con otro evangelio diferente al ya predicado (por los apóstoles), debe ser considerado anatema. Otros se han atrevido a dudar de la resurrección del Señor, lo cual constituye en un claro ataque a lo que el evangelio nos declara. Así que con la Escritura en la mano podemos ir refutando los engaños de los falsos maestros.
Hasta acá nos hemos referido a ciertos puntos doctrinales que tocan la persona de Cristo y a su evangelio. ¿Pero qué podemos decir de la doctrina que habla de su obra? Su trabajo en la cruz (así como sus enseñanzas respectivas) envuelven un conjunto doctrinal digno de seguir y defender. Esa doctrina respecto al trabajo de Jesús debe ser también un punto de examen a la hora de probar los espíritus. Dijimos que a los demonios no debemos examinar, por cuanto sabemos que todos ellos provienen del pozo del abismo; en cambio, las personas deben ser examinadas respecto a sus creencias. Pero esas creencias doctrinales no tocan solamente la persona del Hijo de Dios sino también se refieren al trabajo operado en la cruz. El Señor murió en exclusiva por su pueblo, por los hijos que Dios le dio, por sus amigos, por la nación santa, el linaje escogido, su cuerpo que es la iglesia.
Extender ese trabajo a todos, sin excepción, resulta una herejía. ¿Cree usted que la sangre de Cristo se derramó en vano por Esaú, por Caín, por el Faraón de Egipto, por aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo? ¿Asume usted el hecho de que Jesús haya sufrido y pagado por los pecados de los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación espera? Si eso es así, Jesús fracasó en la cruz, derramó su sangre inútilmente, pagó por los pecados de aquellas personas a quienes el Padre le vuelve a cobrar en la eternidad. Ese Jesús es uno que es falso, que ruega a las personas para que levante una mano y se salve, para que dé un paso al frente y reciba bendiciones. Ese Jesús no es el Dios soberano de las Escrituras, así que no podrá salvar ni una sola alma de las que se le allegan.
César Paredes