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  • JUSTO JUICIO

    Juzgar con justo juicio viene a ser un indicativo de obediencia ante el Señor; no podemos mezclarnos con cualquiera para llamarlo hermano o para darle la bienvenida en forma espiritual. Predicamos el evangelio a toda criatura, nos relacionamos con todas las personas, pero en cuanto al Evangelio nos mostramos celosos para poder probar si han de ser reconocidos como hermanos aquellos que dicen venir en nombre del Señor. La razón básica de esa admonición dada por las Escrituras debe referirse a las maquinaciones de Satanás, el cual se disfraza junto a sus ministros como mensajeros de luz.

    Probad los espíritus, para ver si son de Dios, nos recomienda Juan. No hemos de creer a todo espíritu; esto no se refiere a que el creyente ha de ir a sesiones espiritistas para verificar si los espíritus son de Dios. Sabemos que en esos lugares ningún espíritu es del Señor, lo cual indica que la referencia de Juan se dirige a probar a las personas (espíritus) para ver qué doctrina traen. El dijo que si alguien se extraviaba mostraría su extravío por la doctrina que confiesa; aquella persona que no permanece en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo. Preguntamos: ¿cómo puede tener el Espíritu? La respuesta se muestra obvia: de ninguna manera.

    Jesús nos dijo que no juzguemos de acuerdo a las apariencias, por lo cual no hemos de ser ligeros en opinar si vemos a alguien en harapos, fumando un cigarro, tomando un trago, haciendo algo indebido. Tal vez nos encontremos con personas como el rey David antes de encontrarse con el profeta Natán, así que conviene ser reservados. No hemos de juzgar según lo que aparenta sino con justo juicio (Juan 7:24). Ese mismo Jesús nos dio un indicativo perfecto para realizar nuestro discernimiento. En Lucas 6:45 se hace referencia a lo enseñado por Jesucristo, en referencia a los frutos que se manifiestan como signos del árbol bueno y del árbol malo.

    En la parte final del discurso de Jesús en relación a los dos tipos de árboles, Lucas recoge el final definitivo que da luz absoluta al contenido del mensaje: porque de la abundancia del corazón habla la boca. Ese es el testigo del alma, la forma única de saber si el otro viene de parte del Señor o de Satanás. Allí no hay equívoco posible porque no juzgamos según lo aparente, sino según lo que el corazón del individuo tiene sembrado. Un falso maestro se delatará por su palabra, siempre que vayamos a la Escritura. Un hermano verdadero jamás confesará otro evangelio (Lucas 6:43 y Juan 10:1-5). De esta forma conviene tener en mente lo que es el Evangelio para poder detectar los falsos evangelios, los cuales son señalados como malditos (anatemas).

    Probar los espíritus puede ser una tarea fuerte pero fácil; fuerte por cuanto no nos gustaría detectar familiares y amigos como si fuesen árboles malos; fácil, por cuanto si tenemos el Espíritu de Dios él nos llevará a toda verdad, para que con las Escrituras probemos su veracidad. Examinar los espíritus (1 Juan 4:1) nos conviene para evitar los males o plagas que derivan del festín de la comunión con los falsos hermanos. Dios se muestra celoso del fuego extraño, por eso existe esta advertencia en el Nuevo Testamento. Han surgido muchos anticristos por el mundo, cada uno con sus propias doctrinas demoníacas. Ese espíritu del anticristo se manifiesta por sus enseñanzas, las cuales hemos de probar para verificar su error. Por supuesto, cabe la posibilidad de que en ese examen a los espíritus (personas) algunos salgan aprobados, ya que sin ser anticristos manifiestan la doctrina de Jesucristo.

    Hoy día muchas personas del ámbito religioso cristiano sostienen que basta con confesar que Jesucristo es el Hijo de Dios, que nació en un pesebre y creció sin pecado alguno, para enseñar su evangelio principalmente a sus discípulos. Agregan que murió y resucitó por el pecado del mundo, de manera que hizo posible la salvación para aquellos que la procuran. Como vemos por lo enunciado, si probamos con la Escritura cada idea emitida testificaremos de la existencia de errores doctrinales graves.

    Jesús murió por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), pero no murió por el mundo por el cual no rogó (Juan 17:9). Jesús enseñó (adoctrinó) que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere; dijo que todo lo que el Padre le da viene a él y no le echa fuera. Esas dos premisas universales nos dirigen a una conclusión igualmente universal: que los que no vienen a él no fueron jamás enviados por el Padre.

    De esta manera vamos mirando de cerca la doctrina de Jesucristo, para que conociéndola vivamos en ella; si alguien no milita en esta doctrina, Juan lo señala como quien no tiene ni al Padre ni al Hijo. A esa persona no podemos decirle bienvenido, en el sentido espiritual del término.

    Resulta más o menos fácil detectar si alguien no cree en la deidad de Jesucristo; de esa forma se puede señalar como un no creyente. Esto lo decimos en lo que toca a la persona de Jesucristo, el cual es Dios y hombre, participante de ambas naturalezas. Hay gente que dice no creer en esa doctrina de la persona de Cristo, por lo cual se detecta como un no creyente. Otros señalan que Jesucristo pecó como cualquier otro ser humano, asunto que también delata al que tal cosa afirma porque sabemos que el Cordero sin mancha no podía pecar, para cumplir su rol de ofrenda agradable al Padre.

    Algunas personas afirman que Jesús se les manifestó y les mostró otro evangelio diferente al de las Escrituras, como es el caso de los mormones; eso resulta obviamente falso y uno puede discernir por las Escrituras esa falsedad. Pese a ello, muchos se hacen mormones, pero nosotros sabemos que no son hermanos creyentes en Cristo Jesús. La razón de ello proviene de la Biblia, que dice que si aún un ángel del cielo viniere a nosotros con otro evangelio diferente al ya predicado (por los apóstoles), debe ser considerado anatema. Otros se han atrevido a dudar de la resurrección del Señor, lo cual constituye en un claro ataque a lo que el evangelio nos declara. Así que con la Escritura en la mano podemos ir refutando los engaños de los falsos maestros.

    Hasta acá nos hemos referido a ciertos puntos doctrinales que tocan la persona de Cristo y a su evangelio. ¿Pero qué podemos decir de la doctrina que habla de su obra? Su trabajo en la cruz (así como sus enseñanzas respectivas) envuelven un conjunto doctrinal digno de seguir y defender. Esa doctrina respecto al trabajo de Jesús debe ser también un punto de examen a la hora de probar los espíritus. Dijimos que a los demonios no debemos examinar, por cuanto sabemos que todos ellos provienen del pozo del abismo; en cambio, las personas deben ser examinadas respecto a sus creencias. Pero esas creencias doctrinales no tocan solamente la persona del Hijo de Dios sino también se refieren al trabajo operado en la cruz. El Señor murió en exclusiva por su pueblo, por los hijos que Dios le dio, por sus amigos, por la nación santa, el linaje escogido, su cuerpo que es la iglesia.

    Extender ese trabajo a todos, sin excepción, resulta una herejía. ¿Cree usted que la sangre de Cristo se derramó en vano por Esaú, por Caín, por el Faraón de Egipto, por aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo? ¿Asume usted el hecho de que Jesús haya sufrido y pagado por los pecados de los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación espera? Si eso es así, Jesús fracasó en la cruz, derramó su sangre inútilmente, pagó por los pecados de aquellas personas a quienes el Padre le vuelve a cobrar en la eternidad. Ese Jesús es uno que es falso, que ruega a las personas para que levante una mano y se salve, para que dé un paso al frente y reciba bendiciones. Ese Jesús no es el Dios soberano de las Escrituras, así que no podrá salvar ni una sola alma de las que se le allegan.

    César Paredes

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  • JESÚS ES EL CRISTO (1 JUAN 5:1)

    Una alegría sale del alma del creyente ingenuo y superfluo, al saber que miles o millones de personas sostienen su misma creencia: Jesús es el Cristo, por lo tanto se tiene vida eterna por haber sido nacido de Dios. Un freno surge de repente de la Escritura: los demonios creen y tiemblan. No todo el que me dice Señor, entrará en el reino de los cielos. Pero Señor, hemos hecho milagros en tu nombre, hemos echado fuera demonios…a ellos se les dirá: Nunca os conocí. Bien, con ese freno conviene mirar de cerca el significado de la palabra Jesús, del término Cristo y del acto de nacer de nuevo o de Dios.

    ¿Qué significa Jesús? Lo que el ángel le manifestó a José en su visión fue categórico: Pondrás el nombre del niño por nacer Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Jesús significa Jehová salva, así que ese nombre tenía un sentido muy profundo. La palabra Cristo significa ungido, el Mesías, por lo que ese era el hombre esperado por siglos, la promesa anunciada desde el Antiguo Testamento para el pueblo de Dios. No fue anunciado para el mundo pagano, sino que en su ministerio se abrió el horizonte de su gracia y ahora los gentiles tienen cabida por causa del endurecimiento de Israel.

    Eso está explicado en las Escrituras, por lo que nos inclinamos a exponer que aquellos que creen en Jesucristo no pueden simplemente decir que creen en ese nombre. Los mormones y los antiguos arrianos también creían que Jesús era el Cristo, pero le han dado ciertos matices por lo que su fe resulta vacía y hueca. Obviamente, Cristo no puede ser un vocablo vacío de significación sino uno que está cargado de un sentido teológico y doctrinal que expone las enseñanzas de su Padre. Su identidad permanece unida a su persona y a su obra, como un todo irresoluble.

    Si el evangelio tiene que ver con el hecho de que Cristo murió por nuestros pecados, de acuerdo a las Escrituras, tenemos que contemplar ciertos hechos que pintan a Jesús como alguien que sabía lo que hacía desde un principio. Jesús no rogó por el mundo, así que ese es otro freno a la hora de dibujar la expiación que hiciera en la cruz. No rogó por los réprobos en cuanto a fe, sino solamente por aquellos que el Padre le había dado hasta entonces y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de sus apóstoles (Juan 17:9 y 20). Ya vamos viendo que no basta con decir que Jesucristo nació y vivió en Israel, que predicó el sermón del monte, que dijo muchas bienaventuranzas, que sanó enfermos y echó fuera demonios. No basta con afirmar que murió martirizado en una cruz y que resucitó al tercer día. Eso también lo saben y creen los demonios, como dijera Santiago.

    El Dios hombre Mediador nos anuncia su eficaz trabajo logrado en la cruz del Calvario. Eso forma parte central de su obra, ya que se convirtió en el Mediador de su pueblo al amistarlo con el Padre. Ese pueblo fue el conjunto de personas que él representó en la cruz, todos los cuales por los que oró y rogó la noche previa a su martirio (Juan 17). Como buen pastor, puso su vida por las ovejas, no por los cabritos. Por lo tanto, anunciar que la expiación de Jesús fue un hecho de alcance universal en forma absoluta, sin exclusión de ninguna persona, lo denuncia como un fracasado que no alcanzó sus objetivos. Por el contrario, decir que Jesús murió en exclusiva por su pueblo, el mundo amado por el Padre, lo hace un trabajador eficaz en su totalidad. Esa es la razón por la cual pudo afirmar sin duda alguna que su obra había sido consumada.

    Esta palabra de la cruz que anunciamos es tenida como locura por los incrédulos, pero para los escogidos resulta el poder de Dios para salvación. Sabemos que no había otra forma de redención excepto la cruz del Señor en favor de todos sus escogidos. A nosotros se nos imputó su justicia y somos declarados justos, por medio de la fe de Jesucristo. El evangelio se nos anunció y el Espíritu operó el nuevo nacimiento, dándonos la fe necesaria para asumir todo el paquete de la gracia. Hay gente a la que este evangelio no le gusta, pero no es de todos la fe sino que ella es un regalo de Dios. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, el cual premia a los que nos acercamos a Él.

    Como siempre, gente iletrada en materia de las Escrituras ha asaltado el evangelio, apropiándoselo y maquillando sus palabras para hacerlas atractivas ante las masas. Trabajan muy bien el argumento de la piedad, de la misericordia, aunado al de cantidad. La mayoría parece que tiene la razón, resulta la premisa con la cual se mueven agitando a las congregaciones. Le dicen paz cuando no la hay ni la tienen, de manera que Jehová ha tenido que decirnos que no escuchemos sus palabras, las de los que intentan alimentarnos con vanas esperanzas. Ellos siempre tienen una visión de su propio corazón pero no de la boca del Señor. Anuncian muchas bienaventuranzas pero irritan a Jehová con sus engaños (Jeremías 23:16-17). El apóstol Pedro habla del carácter indocto o iletrado de tales personas (2 Pedro 3:16).

    El apóstol Juan nos advierte contra tales personajes, los que no viven en la doctrina de Jesucristo. Estas personas pueden decir que Jesucristo es el Hijo de Dios, pero eso no los acredita de ser nacidos de Dios, ya que caminan extraviados de la doctrina enseñada por Jesús. Recordemos el capítulo 6 del evangelio de Juan, cuando un grupo de discípulos que habían sido beneficiarios del milagro de los panes y los peces se escandalizaron por la doctrina de la soberanía de Dios en materia de salvación. Ellos se fueron murmurando y ofendidos, diciendo que nadie podía oír tales palabras.

    ¿Qué dice Jesús acerca de él mismo? Anuncia que la vida eterna consiste en comprender o conocer al Padre y a Jesucristo el enviado. Así que si alguien no lo conoce a él no puede tener vida eterna, por más que diga que Jesucristo es el Hijo de Dios (Juan 17:3). Sí, la gente perece por falta de conocimiento, los judíos tenían celo de Dios pero no conforme a ciencia (entendimiento). No resulta válido el dicho en el que muchos creen, que aman a Jesús con el corazón y que no lo entienden con la cabeza, porque lo más importante es el amor y no el entendimiento o la doctrina. Semejante falacia es condenada por las Escrituras: Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna (1 Juan 5:20).

    El evangelio parece estar escondido por el dios de este siglo, pero para aquellos que han de perderse. Lo leen, lo confiesan, pero su fe tiene una naturaleza espuria. Con ojos ciegos miran las tinieblas y no la distinguen de la luz, lo cual se traduce en que no pueden ver el brillo del evangelio de la gloria de Cristo. Sus palabras huecas las repiten, domingo a domingo, en sus asambleas donde honran de labios a su divinidad. El corazón de ellos permanece alejado del verdadero Dios porque no se ha operado el nuevo nacimiento. Si Dios no envía su Espíritu y no los enseña, no podrán aprender para ir a Cristo. Todo lo que harán será repetir una y otra vez que creen en ese esquema religioso aprendido en sus viejas escuelas religiosas. Se ofenderán cada vez que oyen las palabras duras del Señor, cuando agradece al Padre por su soberanía absoluta en materia de redención. Así, Padre, porque así te agradó.

    Ese Jesús anunciado en la Biblia aseguró que enviaría por parte del Padre al Espíritu de Verdad (el Espíritu Santo), para que testificara respecto a todo lo que él es (Juan 15:26). ¿Cree usted que ese Espíritu de Verdad va a guiar a uno de los suyos por un evangelio anatema, para después redimirlo en forma definitiva? Ese Espíritu de Verdad le recuerda a los suyos las palabras de Cristo, lo que dijo concerniente a su doctrina: que nadie podría venir a Cristo si el Padre no lo enviare, lo cual se traduce en que los que el Padre no envía al Hijo no podrán jamás ir a él como Mediador o Salvador. Esa doctrina de la soberanía de Dios en materia de redención la enseñó Jesucristo, por lo que el Espíritu de Verdad nos la recuerda con la palabra de Dios. Jamás nos la oculta, jamás nos va a decir créela tú pero no la repitas porque eso molesta a la gente. Jamás nos va a decir que Jesucristo no perdona pecados porque solo intercede por su pueblo, como si Esteban se hubiese equivocado cuando clamó al Señor para que no le imputara de pecado a los que lo apedreaban (para que los perdonara); o como si Juan se hubiese equivocado en su Primera Carta escrita, cuando en el Capítulo 1 dice que Jesús (él, como referente) es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados.

    El Espíritu de Verdad jamás nos hará habitar en un evangelio extraño, sino que cuando nos hace nacer de nuevo nos lleva a toda verdad; como Cristo dijo: Tu palabra es verdad, cuando hablaba con el Padre. Entonces, ese Espíritu de Verdad nos conduce por esa palabra del Padre, la misma doctrina enseñada por el Hijo. Así que el vocablo Jesús no puede ser jamás una palabra vacía, sino un término cargado de doctrina, que representa a la persona y a la obra del portador de ese nombre: Jesucristo, el justo.

    César Paredes

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  • POR CRISTO TENEMOS ACCESO AL PADRE POR EL ESPÍRITU (EFESIOS 2:18)

    Puede haber diversidad de operaciones, de ministerios y de dones, pero el Señor, el Espíritu y el Padre son el mismo. Son tres personas en un mismo Dios, con sus especificaciones separadas pero bajo un mismo propósito y una misma unidad. Si alguien rechaza esa concepción teológica de la Biblia, en preferencia de dos o de una sola persona, entonces anda en otro evangelio. El Padre perdona pecados pero el Hijo también lo hace, como lo asegura 1 Juan 1: 1-9, o como lo atestigua Esteban, el mártir que rogó al Señor (no al Padre sino al Hijo, Kurios en griego) para que no le tomara en cuenta el pecado de los que lo apedreaban (Hechos 7:59-60).

    La conjunción del Padre con el Hijo resulta inseparable, por cuanto dice el evangelio: Si alguien me ama, guardará mis palabras: y mi Padre lo amará y vendremos a él, para hacer morada junto a él (Juan 14:23). Si pecamos, entonces el Espíritu que está en nosotros se contrista (Efesios 4:30). También señala la Escritura el deseo apostólico: La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros (2 Corintios 13:14). Ese Dios en tres personas se manifiesta a lo largo de la Escritura, aún desde el Antiguo Testamento, el cual es llamado tres veces Santo, en la visión de Isaías. Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, dice el Génesis; vemos esa doctrina del Trino Dios en muchas partes de la Biblia. En Isaías 48:16 leemos: Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu.

    Los que se quejan de que en la Biblia no aparece la palabra Trinidad, no deberían leer la Biblia, ya que en ella no aparece la palabra Biblia. Nuestra fe, amor y obediencia al Dios en tres personas demuestran una forma particular de adoración a Dios. No hemos de honrarlo solo de labios, con el corazón alejado; más bien hemos de instrumentar la alabanza con actos de obediencia y misericordia, como el viejo ayuno enseñado por Isaías: dar de comer a los pobres. Desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, dejar en libertad a los quebrantados, que rompamos todo yugo viene a ser el ayuno escogido por Dios. Partir nuestro pan con el hambriento, albergar a los pobres errantes en la casa, cubrir al desnudo y no escondernos de nuestros hermanos (Isaías 58: 6-7).

    Pasaremos la vida eterna conociendo al Padre, el único Dios verdadero y a Jesucristo el enviado; pero tenemos la garantía de llegar al reino de los cielos porque el Espíritu mora en nosotros hasta el fin. Ese Padre ha testificado del Hijo, en quien tiene complacencia, en tanto el Espíritu descendía sobre el Hijo como paloma. Pero existen los que no le creen a Dios, al Padre que testifica del Hijo, los cuales no tienen vida eterna. No es posible creer solo en el Padre y negar la unidad de las tres personas, por lo cual la Biblia advierte para que el pueblo elegido no se vaya tras las herejías de los falsos maestros. El que sigue al extraño no ha nacido de nuevo (Juan 10:1-5), por lo tanto no puede seguir al buen pastor.

    Cristo lo dice, que hemos de creer en Dios y también en él (Juan 14:1); Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre (Juan 14:16). Pero el amor que tengamos por la Trinidad se anula si amamos al mundo: No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (1 Juan 2: 15-16). Si Jesús dijo que si creíamos en Dios creyésemos también en él, quiso dar a entender que él es igualmente Dios. Por eso también añadió que quien ha visto al Hijo ha visto al Padre, pero eso no indicaba que se trataba de una manifestación modal sino de una diversidad de personas como ya bien se ha señalado por textos anteriores.

    El mundo captura nuestros afectos, dado que nuestras almas andan sujetas y atraídas por cuanta alharaca lanzan los medios audiovisuales. El ojo se va tras la imagen hasta cegarse el espíritu, dominando al alma que se hace prisionera de la vanidad de la vida. Cuesta seguir a Cristo, cuesta mucho darse a la oración; no en vano se nos ha dicho que quien se acerca a Dios necesita saber que Él existe. Eso parecería obvio e innecesario decirlo, pero si la Escritura lo menciona debe haber alguna razón de peso. Pienso que como Dios es Espíritu a nosotros nos cuesta entender que al orar Dios también sigue allí, sin importar que nuestros ojos no lo vean. Estamos tan acostumbrados al contacto sensorial (vista y oído, por lo menos) que nos parece que hablamos al vacío cuando oramos. Tal vez por ese motivo no aguantamos sino unos pocos momentos en esa actividad, porque nos da fuerte trabajo el estar seguros de que somos oídos, de que en ese sitio también está Dios. Una recompensa especial se agrega a ese anuncio: que Dios galardona (premia) a los que se le acercan y le buscan.

    Jesús es el gran Yo soy (Juan 8:24), por lo cual resulta básico y necesario darle la debida honra al Hijo, así como se honra al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió (Juan 5:23). Pablo rogaba por el amor del Espíritu (Romanos 15:30), deseaba la comunión del Espíritu (2 Corintios 13:14) para todos los santos, lo cual nos conduce a entender que tenemos un deber de obediencia que incluye al Padre, al Hijo y al Espíritu. ¿Cómo podemos tener comunión con el Espíritu Santo si andamos en desobediencia y contristándolo? La misma desobediencia impide que honremos al Padre, al Hijo y al Espíritu; la misma alabanza incluye a las tres personas.

    Si el Espíritu mora en nosotros, también vivificará nuestros cuerpos mortales. Ese Espíritu es el que el Padre envió, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús (Romanos 8:11). El Espíritu ejerce una función pedagógica en los elegidos del Padre, una vez que los ha hecho nacer de nuevo: los conduce a toda verdad, lo cual significa que los aparta de toda herejía. Ni por un momento los mantiene en la mentira, ni en el engaño teológico de las falsas doctrinas. Si alguien es engañado por los falsos maestros, tiene el indicativo de no poseer el Espíritu de Dios. Y si alguno no tiene tal Espíritu, no es de Dios.

    En Apocalipsis 1:4-5 Juan nos menciona a las tres personas del Dios Trino; el Dios eterno es el mismo Padre, que siempre era, que habrá de venir como siempre ha sido, sin sombra de variación. Es el mismo Jehová que incluye una temporalidad pasada, presente y futura, el gran Yo Soy de siempre. Al Espíritu lo significa con la figura de los siete espíritus, en virtud de su perfección y plenitud, así como en relación a las siete iglesias (un signo de la totalidad de la iglesia) a quienes el Espíritu ha sido dado. Luego añade al Hijo, el testigo fiel de su Padre, el Primogénito entre muchos hermanos, el Príncipe de los reyes de la tierra, el que nos amó y nos lavó de nuestros delitos y pecados por su sangre derramada hasta la muerte.

    Somos llamados a tener una comunión con las tres personas de la Trinidad. No olvidemos jamás que el diablo busca generar confusión y duda respecto a las tres personas divinas, como si eso obedeciera a un asunto histórico de caprichos eclesiásticos. Fallar en una de ellas implica fallar en todas, porque constituyen una unidad. Justo viene a ser reivindicar la concepción del Dios Trino para andar en la salud de la teología y vivir en la plenitud de la verdad. El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente (Santiago 4:5).

    César Paredes

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  • UNIVERSALIDAD DEL PECADO

    Solamente cuando uno pasa a creer el Evangelio de Cristo puede comprender la dimensión del pecado. David decía de su horrendo pecado que estaba siempre delante de él, pero agregó que él había sido concebido en pecado. La naturaleza del hombre desde Adán está caída y la maldad en estos tiempos del fin está aumentada, de manera que vivimos a las puertas de Sodoma y como en los días de Noé. La tierra en ese entonces estuvo cargada de violencia, el mal hacía afligir el alma del justo, particularidades de los tiempos de esos dos personajes bíblicos: Lot y Noé. Como denominador común, en Sodoma había saciedad de pan, soberbia y falta de amor por el prójimo. El estado de corrupción moral llegó a tal grado que sus habitantes fueron entregados al pecado castigo: la deshonra de sus propios cuerpos.

    Los hombres se volcaron a la lascivia con otros hombres, mientras sus mujeres abandonaron el uso natural de sus cuerpos e hicieron lo mismo con otras mujeres. Otro denominador común de esa cultura del paganismo exacerbado fue el no tener en cuenta a Dios. Los religiosos de esa época se dieron a la libre interpretación teológica de lo que de Dios se conocía, haciendo ídolos de cualquier cosa para llamarlo Dios del cielo y de la tierra. Hasta los animales fueron el modelo de lo que concebían como Dios, aún sus materiales inanimados, por lo que se convirtieron también en panteístas y llegaron por esa vía al célebre politeísmo.

    La violencia en los días de Noé llevó al Creador a tomar la decisión de destruir la tierra con el diluvio, para salvar a ocho personas apenas. Dicen los expertos que había una población de mil millones de personas en aquella época, pero eso no fue impedimento para frenar la ira divina. Hoy día el tráfico de menores de edad se acrecienta en la medida en que la gente está dispuesta a convertirlo en el negocio más rentable, incluso que el tráfico de armas. ¿Qué está pasando en esta tierra que el ser humano está entretenido con sus juguetes electrónicos, y sacrifica hasta su vista en pro de sus adicciones a las redes sociales?

    La figura legendaria del sabio Diógenes en la antigua Grecia tiene su paralelo hoy día. Ese filósofo salió en pleno día con una lámpara para buscar a un verdadero hombre. Hoy podríamos salir los creyentes para buscar a un verdadero creyente, libre de las doctrinas de demonios y de la influencia del tele-evangelismo; solo que en nuestro caso usaríamos un reflector por la imposibilidad que tendríamos con una simple lámpara. La Biblia nos hablaba del aumento de la maldad, pero no imaginamos nunca que nos invadiría los hogares. Pensábamos que cada casa de creyentes estaría protegida bajo la custodia del liderazgo de los padres sobre los hijos, pero ahora es el Estado el promotor de una serie de leyes que animan al libertinaje en nombre de los Derechos Humanos. Los monumentos simbólicos de una civilización cristianizada vienen demoliéndose con el aval oficial de muchos gobiernos, pero en su lugar se levantan otros edificios en tributo a Lucifer. Dicen que se trata de una contracultura, pero en el fondo sabemos que existe un culto a la impiedad y se usa al diablo como su bandera.

    El pecado ha sido condenado en la Escritura, pero muchos creyentes caen de repente en ellos. El Señor nos advirtió acerca de arrebatar el reino de los cielos por parte de los valientes. Se necesita mucho valor para imponerse en medio de la Sodoma en que se ha convertido el mundo, con ciudades vecinas como Gomorra. Babilonia se ha tragado al mundo y a nosotros nos parece que vivimos a sus puertas, en el lamento por lo que vemos que acontece. Se nos ordena a andar en amor, como también Cristo nos amó. Se nos dice que no nombremos ni a la fornicación ni a ninguna inmundicia entre nosotros, que evitemos la avaricia, que los santos no hemos de andar ni siquiera nombrando esos asuntos.

    Se nos agrega que cuidemos nuestras bocas y labios, para no pronunciar ninguna palabra deshonesta, así como ninguna necedad. Pero uno va a un café y escucha lo que en alta voz la gente pronuncia sin tener el pudor que regía décadas atrás a los habitantes de una ciudad. Los juegos de doble sentido son el plato común en la jocosidad de una conversación, la invitación a la lascivia llega por forma natural de la conversación. La Biblia insiste en que ningún fornicario, ningún inmundo, o avaro, que es idolatría al dinero, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios (Efesios 5:3-5).

    La palabra inmundo es utilizada en este texto bajo la idea de estar imbuido de mundanalidad. La ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, para corregirnos en el día a día en que fallamos en estas recomendaciones. Lot supo de todo esto y afligía su alma a las puertas de Sodoma. Él había sucumbido yéndose a vivir en esas tierras que consideraba fértiles, así que el engaño de las riquezas lo condujo a esos lugares cuando se apartó de su pariente Abraham. La misericordia de Dios lo rescató en una emergencia, pero no le sucedió igual gracia a su mujer que miraba hacia atrás como si deseara volver adonde tenía su corazón.

    El creyente que peca tiene un último consuelo, la palabra de Dios que le dice que siete veces caerá el justo pero Jehová sostiene su mano. Así que volverá a levantarse; sin embargo, esa alegría viene acompañada del dolor de la caída. El Espíritu se contrista en nosotros los creyentes, cuando hacemos algún mal, por lo que estando ligado a nuestro espíritu la tristeza nos embarga por igual. Como Elías podríamos gritar al Señor para que nos quite la vida, diciéndole que ya no podemos continuar de esta manera. Sabemos cuál fue la respuesta de Dios a Elías, así que hemos de tomar fuerzas y seguir adelante en nuestra tarea encomendada.

    Recordemos esta recomendación bíblica, para ver si nos animamos a alejarnos a las caídas recurrentes: Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros anduvisteis en otro tiempo cuando vivías en ellas. Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno…Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad y mansedumbre, de paciencia, soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros (Colosenses 3:5-13).

    César Paredes

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  • UNIVERSALIDAD DE LA EXPIACIÓN (ISAÍAS 53:5)

    El anuncio de Isaías habla de Jesús herido por nuestras transgresiones, herido por nuestras iniquidades. Asegura que el castigo para obtener nuestra paz recayó en él, y que por sus heridas nosotros somos sanados. Estamos hablando de Cristo, nuestra pascua, del cuerpo de Cristo partido y molido por nuestros pecados, de su sangre derramada por muchos. Nos referimos al Padre que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (Romanos 8:32). Es Jesús, el justo que murió por los injustos (1 Pedro 3:18).

    Cualquiera puede engañarse fácilmente con esas aseveraciones de la Biblia, si no toma en cuenta el contexto. Sabemos que los autores bíblicos hablaban de la salvación alcanzada para el pueblo de Dios, como bien se expresa en forma sintética en Mateo 1:21. El Cristo había de padecer por causa de su pueblo, como él mismo lo enseñó de acuerdo a la doctrina del Padre. En Juan 6 se narra lo de los panes y los peces; una gran multitud seguía a Jesús y ellos se habían convertido en sus discípulos. Esos seguidores se incomodaron con la doctrina de la soberanía absoluta de Dios, con aquellas dos premisas universales emanadas de los labios del Señor.

    Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí…Ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre. La conclusión evidente de esas dos premisas tiene que ser por igual una conclusión universal: Los que no vienen a Cristo no fueron jamás enviados por el Padre. En otros términos, se enseña una universalidad relativa en materia de expiación. Es decir, el universo que compone los expiados de culpa e iniquidad es el mismo universo de los elegidos del Padre. Si el Padre no nos hubiese enseñado de forma que hubiésemos aprendido, no podríamos haber venido a Cristo (Juan 6:45).

    ¿Qué significa lo que Pedro dice en su Primera Carta a sus destinatarios? ¿Quiénes son ellos? Dice así el texto: A los expatriados de la dispersión…elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas (1 Pedro 1:1-2). Esos mismos destinatarios fueron redimidos con la preciosa sangre de Cristo (versos 18-19). La presciencia de Dios no significa que haya mirado en el corredor del tiempo para ver quién lo amaba y quién lo odiaba, porque lo único que Dios vio de nosotros fue un cementerio de personas fallecidas en delitos y pecados. Sin haber uno solo que lo buscara o deseara, cada cual se apartó por su camino. Es decir, no hubo justo ni aún uno, como para que Dios se fijara en nosotros. Entonces, la presciencia significa su conocimiento anticipado en tanto es Él quien hace el futuro.

    De lo contrario no hubiese habido necesidad de elección o de predestinación, ya que nosotros mismos en virtud de nuestras cualidades nos hubiésemos elegido a nosotros mismos. Y lo que es elegido por cuenta propia, ¿para qué elegirlo por cuenta de otro? Ese conocimiento previo de Dios está circundado de amor y afecto, tanto de Él como del Mediador. Dios escogió y ordenó al Hijo para que fuese nuestro Redentor, la cabeza de los escogidos, para que él fuera el Cordero de la expiación de nuestros pecados. Adán también conoció de nuevo a su mujer y por esa razón tuvieron otro hijo; Dios ha declarado que ha conocido solamente a Israel de entre todas las naciones, lo cual no indica que desconoce lo demás; simplemente que el conocimiento divino está vinculado al afecto de lo que el Altísimo quiere y ama.

    ¿Por qué fuimos comprados con la sangre de Cristo? (Hechos 20:28). Si se nos compró es porque pertenecíamos a otro acreedor, por lo cual se ha escrito que fuimos llamados de las tinieblas a la luz, rescatados de nuestra vana manera de vivir. Fuimos comprados por su sangre para Dios de entre todo linaje, lengua, pueblo y nación (Apocalipsis 5:9). La Biblia introduce un freno oportuno para que el universalismo expiatorio no se propague: en Mateo 1:21 se habla del Cordero que redimiría a su pueblo de sus pecados. Jesús introduce otro freno en su oración intercesora, aparecida en Juan 17. Él dijo que no rogaba por el mundo, sino por los que el Padre le había dado y le daría (Juan 17:9 y 20).

    Si Cristo nos redimió de la maldición de la ley (Gálatas 3:13), se entiende que a muchos no los redimió de ella porque siguen aferrados a sus obras de hacer y dejar de hacer. Ellos colocan su propia justicia junto a la de Cristo para ayudarse en el camino de la salvación. Eso implica insensatez o lo que es lo mismo un conocimiento no conforme a ciencia (Romanos 10:1-4). Nuestra redención ha venido porque Jesucristo fue el sustituto de todos aquellos que fueron escogidos por Dios desde antes de la fundación del mundo. Estos son los destinatarios del amor eterno del Padre, a quienes les prolongará su misericordia.

    Pero fue dicho que se levantarían falsos Cristos y falsos maestros, así que tenemos hoy día falsos evangelios. Esos evangelios son denominados por Pablo como evangelios malditos (anatemas), los cuales traen maldición a sus predicadores y a sus seguidores. En ellos se observa el énfasis del pregón de una expiación universal. Es decir, que Cristo murió por todos, sin excepción; de manera que los que se pierden lo hacen porque fueron renuentes a entrar en el redil de las ovejas. Se ve a un Jesús que sufre por todos aquellos que no entran por la puerta estrecha, que perdió su esfuerzo en la cruz por causa de todos esos réprobos en cuanto a fe.

    Eso no es más que una blasfemia grande pero disfrazada de dolor y bondad. En realidad se está negando todo lo dicho por Jesús como vocero de la doctrina de su Padre. Se amplía el rango doctrinal del Señor para que muchos entren, para que suenen sus palabras como suaves al oído y las multitudinarias asambleas no abandonen las bancas. Este evangelio de la expiación universal estalla contra el corazón del Evangelio: la redención del pueblo escogido de Dios. La expiación significa la cancelación, la purga, el pago total de la deuda del pecado que el hombre tenga ante Dios. Y si a todo el mundo se le canceló la deuda, nadie es deudor.

    No se trata de una expiación potencial, como si el Hijo sufriera en vano por los muchos que se condenan. Eso haría inútil su trabajo, su dolor y su sangre derramada por todo el mundo que va al infierno. Dios cobraría dos veces por la misma culpa: una vez en el Hijo y otra vez en el réprobo condenado. Eso no sería algo que haría el Juez Justo de toda la tierra.

    Por supuesto, tampoco parece justo que Dios haya amado a Jacob y odiado a Esaú antes de hacer bien o mal. Por esa razón se levanta la objeción en aquellos que pretenden decidir lo que es justo en el Todopoderoso. La respuesta a tal objeción la da la misma Escritura, al aminorar al ser humano y compararlo con un vaso de barro en manos del Alfarero. He allí el canto mayor a la soberanía absoluta de Dios, he allí el grado de dependencia de la criatura ante su Hacedor. Si el hombre fuese libre podría decidir qué vaso de barro quisiera ser, pero el Alfarero aparece libre y soberano para decidir con su arcilla lo que desea hacer.

    Los que proclaman la expiación universal por considerarla más justa, en realidad odian a Dios que no hizo tal expiación. Ellos se atribuyen una concepción de justicia superior a la del Todopoderoso, por lo cual lo señalan con el puño de sus manos. Por ese razonar habitan en la falacia de los redimidos que se condenan en el infierno de fuego, ya que una vez que sus pecados fueron cancelados ellos no sacaron provecho de tal cancelación. Olvidan, en su habitáculo falaz, que hay miles de personas que jamás han oído del beneficio de la cruz, de manera que no aprovecharon esa oferta de salvación tan aclamada por sus predicadores. Todo esto conlleva, sin duda alguna, a la blasfemia contra la sangre de Cristo, sangre que queda sin efecto en los que se condenan.

    Con ello se puede valorar el peso infernal de esa enseñanza de la expiación universal. Son millares de auto denominados cristianos que siguen esa doctrina de demonios, los cuales siempre han intentado callar el anuncio del Dios soberano. Incluso hay pastores que advierten a los predicadores para que no enuncien tal doctrina en sus templos, llegando a convenir que si se quiere creer que se haga en secreto. Esos son los que se pavonean con sus obras de buen hacer y con su imagen de que abandonaron por completo el pecado, pero su doctrina los denuncia como grandes pecadores no perdonados.

    César Paredes

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  • EL CONFORTADOR

    En Juan 16 vemos una promesa de Cristo a sus discípulos, extendida a cada creyente, respecto al Consolador. Es el Parakletos, el Espíritu que nos dirá todas las palabras de Jesús. Al mismo tiempo, una de sus misiones consiste en convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Verso 8). La razón de convencer al mundo de pecado es porque ese mundo no cree en Jesucristo, pero la razón por la cual lo convencerá de justicia se centra también en Cristo, en el hecho de que él iría al Padre y ya no sería visto por esos apóstoles. Esa justicia de Cristo hace referencia al antagonismo de los judíos, los cuales lo consideraron un blasfemo violador de la ley, por lo cual lo crucificaron. Se probó que Cristo era inocente, santo y justo, un hombre aprobado por Dios (porque Jesús fue tanto Dios como hombre). Llegó ante el Padre y fue bien recibido (está sentado a su diestra hasta que se coloquen a todos sus enemigos por estrado de sus pies). En resumen, Jesús no fue un impostor.

    Jesús fue el Mediador (todavía lo sigue siendo) entre Dios y los hombres, en el sentido en que también por su mediación se convierte en nuestro Salvador. Habiendo cumplido él la exigencia de la ley divina, su justicia nos fue impartida a cambio de nuestros pecados (de los pecados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras: Mateo 1:21). Por supuesto, esos que son predestinados por el Padre para ser semejantes a su Hijo, habrán de creer oportunamente el evangelio, en el día del poder de Dios.

    Por medio del Espíritu enviado comprendemos la revelación del Evangelio, obtenemos la fe en el dador de ella, en su consumador. En cambio, los que se apoyan en su propia justicia indican que no poseen ese Espíritu enviado por el Señor. Si el pecador es convencido de que por naturaleza está carente de justicia, lo que en consecuencia demanda juicio de Dios, entonces puede escapar del castigo eterno por medio de la justicia de Cristo. Si no es convencido -lo cual indica que el Espíritu no trató de convencerlo- ha sido dejado de lado, al menos por el momento, en su tránsito por el camino de la impiedad.

    El pecador impenitente rechaza la salvación afianzada solamente en la persona y en el trabajo de Jesucristo. Jamás entenderá a ciencia cierta que su única gloria posible lo sería en la cruz de Cristo, que no podrá jamás combinar gracia con obras. Pero su estado de condenación lo hace marchar en la ignorancia del evangelio. De estos hay por miles, en especial militando en las filas de las religiones denominadas cristianas. Estos son los que proponen obras propias porque consideran injusto que Dios haya predestinado a unos para vida eterna y a otros para muerte perpetua. Estos se escandalizan porque Dios haya odiado a Esaú aún antes de haber nacido, sin mirar en sus obras buenas o malas. Ellos aseguran que Dios miró en los corredores del tiempo y vio quiénes se iban a salvar y quiénes lo iban a rechazar, por lo tanto escogió bajo esa visión.

    Esta teología demuestra que esas personas no han sido visitadas por el Espíritu Santo como Consolador, sino que han sido colocados para el juicio de Dios. Esa doctrina de demonios supone que la justicia de Cristo no demanda vida eterna en el cielo sino que solamente habilita a toda la humanidad, sin excepción, para que cada quien decida conforme a su mítico libre albedrío. Esa doctrina engañosa se asemeja a la de aquellos judíos que colocaban su propia justicia al ignorar la justicia de Dios (Romanos 10:1-4). Todavía no han comprendido que el juicio le vino a Satanás para condenación, como lo aseguró Jesucristo, de manera que por su incomprensión lo escuchan en su mentira de la salvación condicionada en el pecador.

    Pero cada creyente verdadero conoce lo que el Espíritu le ha dicho en convencimiento. Sabe por igual que Dios es justo y justifica al injusto solamente bajo el parámetro del trabajo consumado de Jesucristo, para que el pecador quede excluido de cualquier gloria personal y se exhiba de esa manera la gloria prístina del Omnipotente Dios. Esa gran verdad la expone el Espíritu Santo a cada uno de los miembros de la familia escogida del Padre, de acuerdo a los planes eternos no contradictorios que han acordado: El Padre eligió a un pueblo para sí mismo, el Hijo rogó y murió por ese pueblo, el Espíritu hace nacer de nuevo con la verdad del evangelio a cada uno de los que son suyos. En virtud del nuevo nacimiento hemos sido sellados para el día de la redención final (1 Corintios 1:22). Lo que hace el Espíritu siempre será contrario a lo que realizan los falsos espíritus, los demonios que exponen sus doctrinas del abismo. Existen espíritus engañadores (1 Timoteo 4:1), como existen predicadores que anuncian a otro Jesús (2 Corintios 11:4). En síntesis, podemos diferenciar al Espíritu Santo de los espíritus demoníacos por la doctrina que exponen.

    El Espíritu nos hablará de lo que enseñó Jesucristo, pero los demonios predicarán alteraciones de esa verdad. El Espíritu Santo genera el nuevo nacimiento con poder, de Sí mismo, sin mediación de voluntad humana (Juan 3 y Juan 1:13). No existe ningún misticismo en la conversión que hace el Espíritu sobre la criatura escogida, no genera ningún disturbio como para que se den alaridos, gritos de angustia contra el pecado, estados de ánimo confundidos, ni agites corporales de posesión. El que alguna persona se agobie por su miseria espiritual no le indica el signo de la visita del Espíritu Santo. En el acto de conversión tampoco se manifiesta una lucha como si alguien pudiera resistirse a Dios.

    Al contrario, cuando el Espíritu Santo opera en un pecador la conversión, le da a la persona el conocimiento suficiente de la verdad de Jesucristo como la única garantía de la salvación definitiva. La persona redimida conoce que ya no posee más el corazón perverso, más que todas las cosas, sino que se la ha dado un corazón de carne para amar el andar en los estatutos del Señor.

    La doctrina del Señor viene a ser el habitáculo del creyente, el medio probatorio para conocer a sus hermanos. Si alguien no vive en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9-11). Si una persona no conoce que la sangre derramada del Cordero de Dios ha sido derramada solamente por el pueblo escogido de Dios, y que la justicia de Cristo ha sido impartida a quienes él representó en la cruz, quiere decir que continúa creyendo otro evangelio anatema. Sepa que el Espíritu Santo nos lleva a toda verdad, no a toda mentira. Dios asegura en su palabra que los que no creen el evangelio no han sido regenerados, así como los que ignoran la justicia de Dios (Marcos 16:16; Romanos 10:3).

    ¿Sabe usted de qué convence un falso espíritu? Convence a la persona de que tiene libre albedrío, de que posee algo de qué gloriarse, de que su libertad de decisión hizo eficaz la salvación potencial de Cristo en la cruz. También convence de que usted debe perseverar en sus propias fuerzas para ser salvado, negando que el Espíritu de Dios es quien preserva a los santos. También un falso espíritu puede decirle y convencer al irredento de que la expiación universal es una verdad teológica, que Cristo al morir por todos hizo posible la salvación, pero que usted debe votar a su favor para decidir su propio destino final. Eso hacen los demonios y los maestros de doctrinas de demonios.

    Una persona puede estar convencida por causa de influencias externas, pero la palabra de Dios impresa por el Espíritu Santo se graba en el alma. No confundamos el sentido de justicia que aterroriza al mundo con la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios. La palabra de Dios corta, penetra hasta abrir el alma, desnuda los pensamientos y los expone ante la justicia divina. El Espíritu Santo o el Consolador siempre usará las palabras del Señor, sin distorsión alguna; en cambio, los que tuercen las Escrituras son los falsos maestros influenciados por espíritus de engaño, para causar confusión y perdición en quienes los siguen.

    César Paredes

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  • EL PECADO CONTRA DIOS

    Se puede deducir que todo pecado contra Dios presupone un acto de desobediencia a su expresa voluntad. Quedó plasmado en el mandato de no comer del árbol prohibido, así que cualquiera que peca lo que hace es volver a comer de ese árbol, en alguna metafórica medida. Siempre que hay pecado existe una clara desobediencia a un mandato divino: No hagas esto (o haz aquello), pero se desobedece la orden. No en vano Jesús dijo que si lo amáramos a él guardaríamos sus mandamientos; de allí que el primer pecado consistió en no guardar su mandato.

    Esa desobediencia presupone por igual un acto de desamor del hombre para con Dios, aún en su estado de inocencia. Todo ello nos conduce a la sentencia de Juan en una de sus cartas: Si lo amamos a él fue porque él nos amó primero. Entonces, ¿amó Dios a Adán antes de pecar? Hubo un amor eterno que no se alteró, como en el caso expuesto al profeta Jeremías, pero en ese amor estuvo escondida también la ira de Dios, como se demuestra por el hecho de que estuvimos todos los creyentes expuestos al juicio por el pecado, como lo estuvo por igual el Hijo en la cruz. Jesús el Cristo fue sometido al abandono del Padre por causa del pecado de su pueblo, pero no por eso podríamos decir que el Padre le interrumpió su amor.

    El estándar de medición a la aceptabilidad de Dios sigue siendo su voluntad. De esta manera deducimos que cualquier actividad que marche contraria a la voluntad de Dios constituye pecado. A los gentiles dejó en la ignorancia de sus pensamientos, sin enviarles profetas o instrucciones especiales, soportando Dios con paciencia por igual la estupidez de sus razonamientos: que le hicieran esculturas de piedra, en forma de cuadrúpedos, de reptiles o de cualquier otra figura. Llegado el evangelio les anuncia que llegó el tiempo de arrepentimiento, en cumplimiento de lo que había anunciado antes respecto a la predicación a todas las naciones.

    Dios no les envió mensajeros por siglos, sino que los dejó al abandono de su locura y extravío. La orden de arrepentirse viene como por formato de la ley, en el deber ser de cada persona, sin que ese arrepentimiento conduzca por necesidad para perdón de pecados. No que Dios le dio gracia a cada gentil, sino que les informó de algunas de sus normas como aquello que ya tenía el pueblo de Israel. A algunos gentiles los incorporó a su pacto de gracia, dándoles el arrepentimiento para perdón de pecados, otorgándoles la fe por la cual se obtiene la salvación y la gracia.

    Pero los gentiles también desobedecen las normas enseñadas y son castigados en consecuencia. Tal vez antes eran dejados en sus disoluciones sin que distinguieran la ira de Dios por el pecado, pero ahora esa ira resulta notoria por la información del evangelio. Esto no quiere decir que Dios perdonó a los viejos gentiles que anduvieron en su ignorancia, ya que nadie puede ir al Padre excepto por el Hijo. De esa forma quedaron excluidos de la presencia de Dios todos aquellos que murieron en la ignorancia de la ley divina, por la necesidad de la expiación y ofrenda por el pecado. Son una gran parte de la humanidad, pero como pecaron sin ley sin ley también perecieron en el juicio que Dios les ha enviado.

    Alguien dirá que hay injusticia en Dios, pero no existe excusa alguna en virtud de la ley general declarada a través de la obra de la creación (Romanos 1). A ellos les daban testimonio sus conciencias, así que son inexcusables; hoy día la excusa se desvanece en forma más rápida por cuanto la información o conocimiento del evangelio se ha agrandado, por lo cual la gente lleva mayor condenación. Pero los que han sido perdonados disfrutan de una paz de conciencia y de la alegría que brinda el haber recibido el Espíritu Santo. El brillo del rostro de Dios se nota en nuestros corazones, al tiempo que nuestros cuerpos se soportan en mejor grado por mitigar su aflicción con la presencia del Señor.

    Como vamos de gloria en gloria, aguardamos el momento final cuando el Señor vuelva a esta tierra para buscar a su iglesia, para levantar a sus escogidos de los cuatro vientos. Esa gloriosa partida no será la última gloria que tengamos, pero sí una que nos separará por siempre del mundo, si bien otros se nos han adelantado con la muerte física y ya no padecen ninguna aflicción porque no siguen en el mundo. El mundo ama lo suyo pero nosotros somos sus aborrecidos, por causa del evangelio y porque Jesucristo no fue amado por el mundo. El principado de este mundo lo rige Satanás, aunque Jehová siga siendo el Rey de reyes. Sabemos que de acuerdo a sus planes eternos Dios ha querido que el diablo sea príncipe por el tiempo asignado, para que su daño lo veamos en la tierra. Esto nos sirve para valorar de qué personaje nos ha redimido el Señor, de qué cosas como el poder del enemigo, del pecado, de la ley que castiga y de la muerte eterna.

    La Biblia nos dice que Caín era del maligno, que Dios odió a Esaú aun antes de que hiciese bien o mal, antes se ser concebido. Nos habla de los réprobos en cuanto a fe, de aquellos que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo. Los que no tienen sus nombres en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo, adoran a la bestia y se gozan en ello (Apocalipsis 17:8). Jesús también afirmó que nadie puede venir a él si no le fuere dado del Padre; que todo lo que el Padre le envía viene a él, y no será jamás echado fuera. Uno puede inferir de esas dos premisas universales que la conclusión universal necesaria es que los que no vienen a Cristo jamás han sido enviados por el Padre.

    ¿Qué culpa tiene el impío, si Dios es el que ordena todo desde los siglos? Tiene la responsabilidad de criatura frente a su Hacedor, de la humildad frente al poder absoluto del Dios que la Biblia llama Despotes en el Nuevo Testamento (Carta de Pedro). Tiene la carga del pecado que comete desde siempre, de haber sido formado en maldad y se crecer desde el vientre de su madre en iniquidad. Por lo demás, la discusión entre el vaso de barro y su Alfarero resulta bizarra. Pero mayor calamidad muestra el que diciendo que cree y acepta la gracia soberana de Dios arguye a favor de un Cristo benevolente que murió y perdonó a todo el mundo, sin excepción, dejando al arbitrio humano su decisión final.

    El falso evangelio pulula en todos los escenarios humanos y religiosos. Muchos son los que caminan encantados por sus blandas palabras, olvidando el viejo adagio latino que asegura que la palabra blanda tiene su veneno (Blanda oratio habet venenum suum). Algunos discípulos de Jesús que habían presenciado el milagro de los panes y los peces se espantaron del verbo de Jesús, cuando les habló de la soberanía del Padre. En el relato de Juan 6 los vemos murmurando contra el Hijo, en razón de las palabras duras de oír que ellos percibían. Este discurso no gusta a la carne humana, por lo cual el individuo prefiere una transformación discursiva que le brinde protagonismo.

    Suena mejor decir que el Hijo de Dios sufrió por todos los pecadores del mundo, expió potencialmente sus culpas, pero aguarda con mirada suplicante y piadosa que alguno de ellos dé un paso al frente, se ponga a su lado, levante una mano de aceptación, grite un aleluya público y diga que él decide su destino en ese momento. Agrada más a las multitudes el refrán religioso benevolente que asegura que Dios ya hizo su parte en el Calvario, Satanás ha votado en contra suya de manera que de usted depende el voto final y decisivo. De esta forma la gente queda complacida y no se estremece como aquellos discípulos reseñados en Juan 6 que manifestaron repulsión por el verbo excluyente del Cristo. Sabemos que Jesucristo vino a morir solamente por todos los pecados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21); no rogó Jesús por el mundo que no vino a salvar (Juan 17:9) sino que pidió al Padre por los que le había dado y le daría por la palabra de sus primeros discípulos (Juan 17:20), los que en resumen son el mundo amado por el Padre (Juan 3:16).

    César Paredes

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  • CON LA FE COMO UN ESCUDO (EFESIOS 6:12)

    Con la fe evitamos el temor ante los hombres, así como ante los peligros y males que pueden sobrevenir por ataques diabólicos. La verdadera fe en el Dios de las Escrituras asume que a quien hay que temer es al Todopoderoso, pero ahora que le conocemos lo reverenciamos. No estamos puestos para ira sino para misericordia, por esa razón aparece nuestra reverencia en agradecimiento a quien nos libró de la maldición de la ley. El principio de la sabiduría es el temor a Jehová, por cuya razón tememos al Omnipotente, a su castigo de Padre, aunque no caeremos de nuevo bajo su ira.

    Preferible resulta temer al Señor que tenerle miedo a los seres humanos. Mucho mejor para el alma arrodillarnos ante Dios y no ante los hombres; el temor neurótico que embarga a muchos espíritus se da por ausencia del temor a Dios. El poder de la fe nos ayuda a sobreponernos a los diversos miedos que nos provienen de los otros seres humanos. La fe nos coloca en lugar seguro, al saber que nuestra alma está a salvo. Con la información de que estamos bajo el pacto de gracia, nos alcanza la consecuencia necesaria de ese convenio: la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento.

    Al saber que la eternidad está garantizada en aquel que tiene el poder para cumplir todas sus promesas, caminamos firmes en medio de los contratiempos del mundo. Hagamos el bien, decía Pedro, una vez que encomendemos nuestras almas a Dios (1 Pedro 4:19). Si nos ocupamos con acciones virtuosas, de seguro nuestra alma yacerá confiada. Esa confianza no viene garantizada por nuestras obras sino por haber encomendado nuestra alma al Todopoderoso, en tanto que por consecuencia la virtud nos sigue en aquello que hacemos.

    El diluvio vino y Noé y su familia reposaron en el arca, confiados en lo que el Señor les había indicado. Pero Noé actuó por fe, se focalizó en el Omnipotente y su palabra, haciendo caso omiso de los comentarios y burlas de quienes negaban la posibilidad de lluvias. Una vez consolidada la fe, vienen las acciones, el trabajo que sigue como consecuencia, la ocupación en lo que debemos realizar. Si miramos hacia arriba no tenemos que volver la mirada hacia las cosas de abajo, a lo terrenal. Mientras el mundo nos grita que no podemos, desde el cielo escuchamos la voz que nos dice no te dejaré ni te desampararé.

    Fue de esta manera que David venció a Goliat, trayendo a la memoria otras escenas en las que Dios le había dado la victoria: frente a leones y a las garras de los osos. Siempre hemos de acordarnos del camino por donde nos ha traído el Señor (Deuteronomio 8:2). La provisión de Dios en cada circunstancia pasada, la redención en medio de nuestros enemigos reales, incluso los castigos recibidos por parte de la mano del Padre que nos ama, todo ello viene como recuerdo para el alma que confía en su Señor. Cuando allí miramos nuestro espíritu se humilla ante el único que tiene poder.

    Isaías nos recuerda que Jehová hizo al destruidor, para que no temamos a quien destruye sino a quien mueve su mano. He aquí yo hice al herrero que sopla las ascuas en el fuego, y que saca la herramienta para su obra; y yo he creado al destruidor para destruir (Isaías 54:16). Si Jehová es quien nos levanta enemigos, temamos su nombre para que nos libre de ellos. Por esa razón dice enseguida el profeta, de parte de Dios: Ninguna arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá, dijo Jehová (Isaías 54:17).

    Cobra sentido lo que Dios había dicho momentos antes: Si alguno conspirare contra ti, lo hará sin mi; el que contra ti conspirare, delante de ti caerá (Isaías 54:15). Eso forma parte del amor de Dios para nosotros, el fracaso de los conspiradores. Eso significa Egipto entregado como precio de nuestro rescate, algo que el impío no puede comprender porque lo considera locura. Muchas calumnias se levantan contra los hijos de Dios, por parte de los que nos odian (recordemos que el mundo nos odia y ama lo suyo). Muchos nos acusan ante nuestras conciencias, nos injurian y denigran de nuestra teología, pero ellos caerán mientras nosotros desaprobamos sus acusaciones falsas. Somos servidores de Jesucristo, no del Anticristo; somos privilegiados por pertenecer a la heredad de Dios, bajo su gracia permanente. Los demás no son agraciados, sino que más bien parece que Dios se olvidó de ellos. Entonces, nuestra fe triunfa una vez más y nos da el valor contra la cobardía.

    Las llamas del infierno, el terror de una conciencia desaprobada, son signos de la época cuando vivíamos bajo la ira de Dios, lo mismo que los demás. Nosotros sabemos de la maldición de la ley, la que no pudo salvar una sola alma, nos mantenía en la esclavitud del pecado, por cuanto cuando la ley vino para que el pecado se mostrase. Ese terror propio del impío supera al terror que cualquier ser humano pueda infligirnos; pero ya fuimos liberados cuando nacimos de nuevo. Ahora un nuevo espíritu tenemos en el novísimo corazón de carne, sin que tengamos que poseer un instante más el corazón pedregoso que no funcionaba para las cosas propias del Espíritu de Dios.

    Por lo tanto, la fe de Cristo también nos libra de los temores, dándonos poder, amor y dominio propio. El poder de la fe extingue el fuego del terror; por fe sabemos que Dios hizo al devorador o destruidor, que el malo ha sido creado para el día malo; por la fe conocemos que hemos sido predestinados para ser conformes a la imagen del Hijo de Dios. No nos beberemos la copa de la furia de Dios, ni su sedimento; al contrario, el Señor nos convida a participar de sus bodas en el reino de los cielos.

    La fe que nos ha sido dada se presenta con una metáfora de un escudo que apaga los dardos de fuego del maligno. En esa figura de lenguaje se nos conmina a colocarnos a diario la armadura del Señor, para poder salir librados de las pruebas de cada día. El yelmo de la salvación merece una gran atención, porque va en la cabeza. Es allí, en el lugar donde suponemos está nuestra mente, donde debemos protegernos para que no penetren las ideas malignas de que no somos salvos, de que nos faltan obras, de que tal vez todo esto sea un mito religioso.

    Son muchos los demonios que en la tierra intentan molestar a los hijos de Dios, pero nos fue ofrecido el traje del guerrero o la armadura del cristiano. Ese yelmo de la salvación destruye el desaliento y el engaño, como el casco que protege al soldado de cualquier golpe dañino o mortal en la cabeza. Ese yelmo va en la cabeza, pero en nuestro frente tenemos el escudo de la fe, para detener los mensajes infernales lanzados por el maligno. Nuestra lucha no es contra los seres humanos, aunque ellos sean agentes satánicos; es contra un conjunto de principados, potestades y gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes (Efesios 6:12).

    La verdad se define como una coraza y va en nuestros lomos, junto a la justicia de Cristo que permanece como una coraza. Nuestro evangelio nos da una buena pisada, nos asegura el lugar donde pertenecemos y andamos: el apresto del evangelio. El fundamento de nuestro evangelio lo constituye la doctrina de Cristo, de donde tomaremos ánimo para batallar con la espada del Espíritu Santo (que es la palabra de Dios, cargada de la doctrina del Padre, del Hijo y de los apóstoles). Nuestro combate se describe en una estado de oración que se da en todo tiempo, en súplica en el Espíritu, luchando o velando también por toda la iglesia (todos los santos).

    Que tengamos palabra para exponer con denuedo el misterio del evangelio, del que somos embajadores y que nos honra en gran manera. Si esto hacemos, el miedo se esfumará y el gozo ocupará su lugar.

    César Paredes

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  • LA LUZ NATURAL

    La luz del hombre natural se hace insuficiente por sí misma para llevar al individuo a la convicción de pecado. El error (jamartía) ἁμαρτία denuncia una falta de juicio, lo que conlleva a la culpabilidad. Eso no quiere decir que a la persona natural la invada el sentimiento de culpa, a veces tal sentir y pesar se convierte en un asunto cultural. Tal vez el temor al castigo judicial y civil deja un peso inminente en la conciencia del que cometió el delito, pero no por ello hablamos del peso del pecado en el incrédulo. Hace falta el Espíritu de Dios para que señale la maldad inherente del pecado frente al Dios santo de la creación.

    El hombre natural conoce en algún sentido la ley de Dios colocada en sus conciencias, ya que lo que de Dios se conoce le fue manifiesto a través de la creación, de la naturaleza y sus leyes como obra divina. Así que bien conoce sus deberes, bien percibe lo que está bueno y lo que está malo. Son nociones comunes dejadas en el ser humano, las cuales han conducido a la humanidad hacia el ejercicio del derecho, más allá de que éste no haya sido perfecto. De esa manera se ha operado para que la humanidad se preserve y muestre un juicio suficiente para que vivamos quietamente las más de las veces.

    En casi la mayoría de las religiones más primitivas, la idea de un Dios que debe ser adorado se impone en la comunidad. Incluso existen acciones que la sociedad considera meritorias de castigo, incluida la pena de muerte. De esta forma la sociedad se gobierna bajo ligámenes morales que derivan de un estado de conciencia social respecto al bien y al mal. Pese a lo dicho, la luz natural no descubre la noción del pecado como una falta al Dios de la creación.

    Dadas esas condiciones naturales, persiste la enemistad del hombre con Dios, de acuerdo a lo que la Biblia denuncia. Una locura parece la norma divina o los asuntos del Espíritu, ya que parecen indiscernibles ante esa luz opaca e insuficiente. Esa tenue luz no descubre la raíz del pecado, no puede denunciar que existe una desobediencia mortal ante el Creador. La polución del alma humana no puede captarse con el brillo que da una vela, por lo cual el ser humano no es capaz de sentir el peso del pecado de Adán heredado por su raza.

    Se hizo necesaria la aparición de la revelación de lo alto para la denuncia del pecado. No dudamos de que ella fue inmediata, como lo relata el libro del Génesis; Dios habló con Adán y fue su luz para su culpa. Al mismo tiempo le mostró su proto-evangelio, al cubrirlo con las pieles de los primeros animales sacrificados por causa del pecado. Un símbolo se instauraba en el imaginario humano, el que conduciría a comprender que sin derramamiento de sangre no hay remisión del pecados. Aquellos momentos difíciles para Adán y su mujer señalaron hacia dónde apuntar, a la simiente de la mujer de donde vendría el Cristo.

    La humanidad fue creciendo y con ella la noción de redención; las naciones olvidaron poco a poco todo el discurso enseñado por el padre Adán, de forma que cada cual siguió por su camino en sus propias veredas y con sus propios juicios. La luz natural no permitió dar cuenta de la terrible malignidad humana, excepto por su efectos sociales o individuales en cuanto a la muerte por riñas, así como heridas por combates. Pero la noción de pecado no fue vista como un mal del espíritu del hombre, mucho menos su efecto en la relación con el Creador.

    Ciertamente, la naturaleza descubre algunos asuntos relacionados con Dios, algunas de sus leyes naturales, pero no señala todas sus perfecciones. De esta manera, la convicción de pecado se hizo cada vez más débil, ya que esa pequeña luz humana no funciona bien para demostrar su horror ante el Dios tres veces santo. Muchas de las obras del ser humano se exhiben como una abominación ante el Señor, pero lo sabemos gracias a la revelación divina que se conoce como su palabra. La polución interna del corazón humano genera serias consecuencias eternas.

    La mente del ser humano necesita una lumbre sobrenatural. Esa luz fue llegando con la dádiva de Dios a los judíos por medio de la ley dada a Moisés; sin embargo, los judíos no pudieron salvarse con esa ley a no ser que apuntaran al Salvador como el fin de la ley. Ese Salvador era la Simiente prometida que lucharía contra la serpiente antigua, venciéndola con su herida mortal en la cabeza. Pero Dios fue mostrando en su escenario las partes de aquello que agradaría a su gloria, lo que anunciaba la venida del Redentor de su pueblo escogido.

    El Capítulo 1 de la Carta a los Romanos nos reseña la perversión natural del hombre caído. La razón depravada de los mortales humanos creó una deformación de lo que percibían como el Creador: le dieron semejanza de obra creada, de animales, de piedra, habiendo olvidado la vieja gloria contada por sus padres más antiguos, de acuerdo a lo que uno entiende fue el relato de Adán a sus descendientes inmediatos. El pecado deforma la visión divina, de acuerdo a su propia monstruosidad. Se ve que el hombre en su naturaleza no se avergüenza de su pecado, sino que persiste en su fin de muerte (Romanos 6:21).

    La Escritura señala al hombre natural como muerto en delitos y pecados, por lo cual la teología cristiana nombra esa situación como la depravación total de la humanidad. En ese estado existe solo desgracia, abandono de Dios, con apenas una guía natural de acuerdo a las normas físicas necesarias para la existencia. Una gran parte de la multitud de israelitas que conocían la ley dada a Moisés resultó perdida como el más vil pagano. Eso no implica que haya habido un fracaso de la ley divina, sino que ella no se propuso salvar a nadie sino señalar el pecado para que abundara y así poder anunciar la gracia.

    La palabra de Dios corta más que una espada de dos filos, ella penetra hasta partir el alma. Cuando el ser humano se confronta con la palabra divina, suelen suceder cosas interesantes. En algunos, la muerte los acompañará eternamente por cuanto sirvió para mayor endurecimiento; en otros, resultará en un olor de vida para vida por cuanto ella redimió con su agua limpia y por medio de la sangre de Jesucristo. Para esto nadie es suficiente, por lo que lo que resulta imposible para el hombre para Dios es absolutamente posible. Vale la pena darse a la lectura y escrutinio de la Escritura, dado que se nos ha dicho que en ella subyace la vida eterna. Ella, además, viene como testimonio de Jesucristo, el único Mediador entre Dios y los hombres.

    El que cree tiene vida eterna, pero el que no cree ya ha sido condenado. Necesitamos que el Espíritu de Dios alumbre nuestras vidas, porque la lumbrera nuestra resulta insuficiente para la dimensión divina. Esa es la razón por la que cuando el hombre natural conoce a Dios un poco no lo glorifica como a Dios, sino que se da a las imaginaciones de su necio corazón (Romanos 1:21). Dado que el Espíritu de Dios es Omnisciente, su luz alumbrará el camino a seguir, denunciará el mal en nuestro espíritu, mostrará el gran daño que hemos sufrido pero nos podrá indicar el camino a seguir: Jesucristo, quien además de camino es la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por él.

    César Paredes

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  • AMAR Y CONOCER, ORDO SALUTIS

    Dios ama a quien conoce, pero conoce a quien ama; esto forma parte del orden de la salvación, muy bien especificado en Romanos 8. El verbo amar en hebreo viene de un vocablo llamado YADA, el cual indica también una actividad íntima de la pareja. Por ejemplo, Adán conoció de nuevo a su mujer y tuvieron otro hijo. También dice que Adán conoció a su mujer y ella dio a luz a Caín. Pero ese Caín conoció a su mujer y ella dio a luz a Enoc (Génesis 4:17). Por otro lado, Dios dijo que había conocido solamente a un grupo de personas de toda la tierra (Amós 3:2), pero si Él es Omnisciente debería conocer todas las cosas y a todas las personas. He allí el detalle, el verbo conocer en la Biblia refiere a dos sentidos: 1) el acto cognoscitivo propio de tener conciencia y referencia respecto a que algo es y de cómo funciona, lo que sería un acto de SABER; 2) el acto de comunión íntima como el del amor eterno del Padre. En este sentido, en Mateo 1:25 se lee que José no conoció a María su mujer hasta que dio a luz a su hijo primogénito, llamado Jesús (no la conoció, pero ya la tenía por esposa y la guió en un asno, así que sabía quién era ella).

    Pero no se dice que Dios haya conocido a Esaú por el hecho de haberlo odiado, sino que aún antes de que hiciese bien o mal fue escogido como vaso de ira. Eso implica que Dios sabía quién era Esaú, aunque la Escritura no usa el verbo conocer en ese caso; la razón descansa en que Dios no amó jamás a Esaú, de tal forma que no se habla de conocer para evitar la confusión con la semántica del verbo. Lo que sí se puede afirmar en ese caso es que Dios jamás conoció a Esaú, en el sentido de tener la comunión íntima del amor eterno. El arrepentimiento para perdón de pecados, junto con la fe para salvación vienen como un regalo divino en el mismo paquete de la gracia. El Espíritu lleva a toda verdad al creyente, así que ninguno que crea puede vivir en la ignorancia del amor eterno del Padre.

    Queda excluida toda la jactancia que presupone el asumir que Dios miró en el túnel del tiempo y vio algo bueno en nosotros para escogernos. Quien así piensa no tiene la mente de Cristo y parece que el Espíritu de Dios no lo ha visitado. Una oveja llamada por el buen pastor lo sigue, jamás se irá tras el extraño (Juan 10:1-5). ¿Quién es el extraño? El que predica mentiras, el que anuncia que tenemos de qué gloriarnos (en nuestro interés por Cristo, en nuestra sabia decisión de seguirlo, en la idea de que estuvimos enfermos pero no muertos). Por otro lado, Dios no necesita mirar el futuro para llegar a conocer cognoscitivamente, ya que Él anuncia cosas nuevas antes de que salgan a luz (Isaías 42:9). ¿Y quién proclamará lo venidero, lo declarará, y lo pondrá en orden delante de mí, como hago yo desde que establecí el pueblo antiguo? (Isaías 44:7). 

    Lo que acontece en el futuro es solamente lo que Dios ha ordenado previamente que suceda. Aún los cabellos de la cabeza están todos contados, Dios se ocupa hasta de que un pájaro caiga a tierra, sus ojos nos miran y asisten al justo, pero al inicuo le aguarda su gran ira. A Jeremías le dijo que antes de que Él lo formara en el vientre de su madre ya lo conocía, es decir, ya lo había escogido como su profeta, como a un ser amado en quien prolongaría la misericordia. Ya lo había dado como profeta a las naciones, así como ha hecho con cada uno de sus elegidos: nos ha señalado el camino por donde hemos de andar. 

    Tal vez algún escéptico sugiera que esto se dice acá porque buscamos una licencia para pecar, por cuanto tenemos el camino al cielo asegurado. Bueno, la realidad es totalmente distinta pues la Biblia anuncia que fuimos predestinados para ser conformes a la imagen de su Hijo (Romanos 8:29). David fue hecho conforme al corazón de Dios, pero pecó estrepitosamente; Pablo fue predestinado para ser conforme al corazón de Cristo, pero pecaba en aquello que no quería hacer y hacía (Romanos 7). El ser conformes a Cristo no significa que dejemos de pecar, sino que ya no practicamos el pecado. 

    Nuestra naturaleza vieja nos asalta, se somete voluntariamente a la ley del pecado en nuestros miembros, pero damos gracias a Dios por Jesucristo que nos librará de este cuerpo de muerte (el cuerpo del pecado, no el cuerpo biológico). Entonces, se concluye que no tenemos licencia para pecar, sino que a pesar de nuestros pecados somos perdonados y el Espíritu nos forja a la medida de Jesucristo. No hay tal cosa como una alegría por el pecado, ya que eso desfigura nuestra imagen que se asemeja a Cristo; lo que sí es cierto es que somos felices porque nuestras transgresiones han sido perdonadas y nuestros pecados cubiertos (Salmo 32). El que nos acusa de querer practicar el pecado y nos dice que esa es la razón por la que hablamos de la seguridad de la salvación, en virtud de que el Padre nos predestinó para ser semejantes a su Hijo, en realidad tiene de qué gloriarse. Esa persona acusadora cree que su virtud en los intentos por no pecar lo hace digno del reino de los cielos, así que colabora con la obra de Cristo que parece no terminada en la cruz.

    Esa persona acusadora muy probablemente estará en aquel grupo a quien Jesús le dirá en el día final que nunca los conoció (Mateo 7:23). Sí, a pesar de que Jesús sabe todas las cosas dirá que no conoció a esos hacedores de maldad, jactanciosos que nos señalan de promover el mal para que abunde la gracia. Con Pablo hicieron lo mismo: hagamos males para que vengan bienes, decían que sugería el apóstol (Romanos 3:8). Jesús sabe de cada una de sus calumnias, de sus pecados de omisión, de comisión, de su incredulidad de corazón, de su fariseísmo religioso con apariencia de piedad; sabe de su jactancia al presumir que su decisión personal y libre fue lo que hizo la diferencia entre cielo e infierno. Sabe también que ese impío considera injusto a Dios por odiar a Esaú sin mirar en sus malas obras, sabe que se escandaliza porque Dios no debería endurecer a quien quisiera endurecer sino tener misericordia de todos.

    Así predican, anunciando la persona de Jesucristo pero cambiando ligeramente su obra en la cruz; de una expiación hecha por su pueblo la hacen extensiva a todos, sin excepción. Por esta vía blasfeman de la sangre del Hijo, la pisotean como dice el autor de Hebreos, teniéndola por poca cosa, ya que aquellos por los que murió Jesús irán al infierno de fuego. Claro que irán, dicen ellos, porque no aceptaron el sacrificio hecho por el Señor en favor de todo el mundo, sin excepción. El Faraón de Egipto se endureció a sí mismo solo, sin que mediara voluntad de Dios, porque Dios no quiere la muerte del impío sino que todos los hombres sean salvos. Pero con los textos fuera de contexto niegan las Escrituras que dicen que Jehová está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3). Ellos niegan a un Dios tranquilo y lo colocan sufriente, frustrado porque quiso la salvación del impío y no pudo con ciertas voluntades humanas.

    El Señor conoce a los que son suyos, las ovejas del buen pastor lo conocen a él (Juan 10:14). Por esas ovejas el buen pastor puso su vida, no por los cabritos; entonces, ¿no era cierto que Jesús había muerto por todos, sin excepción? Una gran mentira de los que lo afirman, pero sería igual mentira si los que aseguran que murió solo por su pueblo consideran que ese pueblo se formó solo. Es decir, que la voluntad humana contribuyó de buena gana, gracias al mítico libre albedrío del hombre muerto en delitos y pecados, para que Dios lo eligiera como parte de su pueblo. Tal Dios que promueven los extraños es un plagiario, alguien que mira el futuro en los corazones humanos y después de copiado el guion se lo dicta a sus profetas para que digan que Jehová hizo todo eso. 

    Por cierto, los que piensan tan torcidamente pueden afirmar por las mismas razones que Dios vio que un grupo de personas iban a crucificar a Cristo, de forma que aprovechó esas circunstancias públicas y envió a su Hijo para que sucediera aquello que la gente había previsto. No que Dios lo previera, sino el entronizado hombre, ya que a Dios solo se le permite mirar en el futuro para ver lo que acontece y de allí deriva su accionar en su universo. Deberían mirar lo que dijo Juan que Cristo afirmaba respecto a los que no creían en él: vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas (Juan 10:26). Si hubiesen sido ovejas, lo habrían oído y lo habrían seguido porque él las conocía (Juan 10:27).

    Dios nos escogió a pesar de lo que éramos y de cómo estábamos nosotros (bajo la ira de Dios, lo mismo que los demás), pese a odiar a Dios, cuando estuvimos muertos en delitos y pecados. Sin embargo, por haber sido predestinados para salvación, para ser semejantes a Cristo, resulta irrevocable e inalterable el hecho de que creamos en aquel que nos llamó de las tinieblas a las luz. El Acusador de los hermanos tendrá su parte en el lago de fuego, al igual que sus ministros que se disfrazan de ángeles de luz. Ellos visten el atuendo de los predicadores, sonríen como los evangelistas, dan la mano como los falsos profetas que son, aplauden la teología desviada, giran o tuercen de a poco la palabra de Dios para que no se vea demasiada desviación. Algunos de ellos se hacen llamar reverendos (un nombre dado a Dios), otros se dicen apóstoles (cuando ya ellos se extinguieron, como bien lo asegura Pablo al decir de él mismo que era el último de ellos: 1 Corintios 15:5-8). Debe ser que estos nuevos apóstoles han visto a Jesús y él les ha declarado nuevas profecías. 

    Aquellas personas que no comprenden la proposición sencilla del evangelio, buscarán con desespero el apoyo del misticismo, de las nuevas lenguas, de los nuevos profetas que inventan fábulas, de los intérpretes novedosos de las Escrituras, de los que decretan para que suceda algo que el Señor no mandó. Ellos no tienen la mente de Cristo por cuanto no poseen el Espíritu de Dios, por lo tanto no son de Cristo. En realidad no les ha amanecido el Señor a quien dicen seguir en su culto extraño. Buscan señales para autenticar la fe espuria en el dios inventado que se les presenta como otro ídolo.

    César Paredes

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