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  • NACER DE NUEVO

    Todos los que recibieron a Jesús, los mismos que creen en su nombre, los que tuvieron la potestad de ser hechos sus hijos, no fueron engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1:12-13). Eso lo leemos del apóstol Juan, quien siguió de cerca al Señor y se enteró de sus enseñanzas que nos transmitió. En su mismo Evangelio, en el Capítulo 3, nos trae el escenario en el que Jesús habla con Nicodemo. Ese dirigente del Sanedrín, de los judíos religiosos, lo reconocía como a un maestro de Dios, porque sus señales daban evidencia de quién era el autor. Sin embargo, Jesús lo frenó de golpe, como quien le dice que andaba equivocado, ya que no bastaba con reconocerlo como un maestro enviado de Dios.

    Por esa razón Jesús le dijo a Nicodemo: que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios (Juan 3:3). Acá, el principal de los judíos trastabilló y se fue a la literalidad de la metáfora que le decía Cristo: ¿Cómo puedo yo siendo viejo entrar en el vientre de mi madre y nacer? Ya el Antiguo Testamento hablaba del cambio de corazón que hacía el Señor, quitando el de piedra y colocando uno de carne, junto con un espíritu nuevo que hiciera amar los estatutos de Altísimo (Ezequiel 36:26-28). Pero Nicodemo era maestro de la ley y no sabía lo más esencial de ella. Suele suceder con los religiosos, con los que fungen de académicos y cometen los errores de los principiantes.

    Lo que nace de la carne, carne es; pero lo que nace del Espíritu, espíritu es. He allí la diferencia, la oposición entre el corazón de piedra y el corazón con el espíritu nuevo que Dios coloca. Ya sabemos que no depende de voluntad de varón, sino de Dios; ahora Jesús enfatiza bajo ese criterio y compara al Espíritu con el viento, de quien oímos su sonido aunque no sepamos de dónde viene ni a dónde va: así es todo aquel nacido del Espíritu (Juan 3:8). ¿Quiénes nacen de nuevo? Los elegidos del Padre, aquellos que siendo enseñados por Dios, y habiendo aprendido, son enviados hacia el Hijo. En realidad, nadie puede ir a Jesucristo si no le fuere dado del Padre; todo lo que el Padre le da al Hijo irá al Hijo, y no será echado fuera jamás. También todo esto forma parte de las enseñanzas de Jesús recogidas por Juan (Capítulo 6).

    Nicodemo vino de noche a Jesús, por temor a sus colegas del Sanedrín. En otra oportunidad les previno a los del Sanedrín en relación a no juzgar a un hombre si primero no lo oía, para descubrir lo que había hecho (Juan 7:51). Obtuvo por respuesta una acusación irónica de parte de sus colegas: ¿Acaso eres tú también galileo? Por lo visto, ese maestro de la ley se mantuvo asombrado por Jesús, pero siempre anduvo en la periferia, amando más su reputación que el discipulado abierto con el Señor. Sabía que era un profeta enviado de Dios, en virtud de las señales que había comprobado, pero no tenía a Jesús como aquel profeta señalado por Moisés: Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis (Deuteronomio 18:15, 18).

    Nicodemo vino a la tumba de Jesús y trajo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras, en colaboración con los que acomodarían su cuerpo en lienzos, de acuerdo a las costumbres de la época (Juan 19:39). Pero todo su interés en el maestro que vino de Dios, su deseo de que se le oyera antes de juzgarlo, su aporte y colaboración generosa para el sepulcro del Señor, no testifican nada de un hombre que haya nacido de nuevo. ¿Nació de nuevo Nicodemo?

    La Biblia nada nos dice al respecto sino esos hechos puntuales de un hombre asombrado por las enseñanzas de un profeta especial. Si llegó a creer después, no lo sabemos; muy raro que hubiese creído y no se hubiera escrito algo en relación a su fe, pero hay cosas que nunca sabremos en esta tierra. Con la información dada podemos deducir que ese maestro de la ley, en esos momentos puntuales descritos en el Nuevo Testamento, permaneció en la ignorancia respecto a la justicia de Dios. Por lo demás, si creyó más adelante, sería una especulación no permitida.

    La gran estima que el ser humano pueda tenerle a Cristo no le rinde como fruto de justicia. Saber que fue un gran maestro acompañado de señales y prodigios no basta para decir que la persona haya nacido de nuevo. Así que el nuevo nacimiento lo conoce todo aquel que haya nacido del Espíritu, todo aquel que es habitado por el Espíritu de Dios, todo aquel que vive en la doctrina de Cristo. Nosotros los conocemos por sus frutos, lo que confiesan sus bocas y que abunda en sus corazones. No puede el árbol bueno dar un fruto malo, mientras que el árbol malo jamás dará un fruto bueno. ¿A qué fruto se refiere Jesucristo? No al pecado, pues todos pecamos aún habiendo creído en su nombre (Romanos 7). Se refiere a lo que la boca confiesa, al evangelio que se ha creído.

    El evangelio de los falsos maestros no puede ser tenido como un fruto del árbol bueno; el que no vive en la doctrina de Cristo camina extraviado sin perseverar en esas enseñanzas del Señor (2 Juan 1:9). Si Nicodemo era maestro de la ley, un fariseo y principal entre los judíos, conocía muchos textos del Antiguo Testamento y sabía manejarlos como un docto. Eso no le alcanzó para la fe en Cristo; de igual forma, hoy día muchos hablan de Cristo como el Hijo de Dios, como el que murió y resucitó, el que está a la diestra del Padre e intercede por su pueblo. Pero tienen una doctrina de la carne, una que no refleja el nuevo nacimiento.

    Estos son los que sagazmente creen que ellos han sido salvados por su fe, por su cometido, por sus obras, sumadas a la gracia de Dios. Ellos suponen que pueden añadir a la justicia de Cristo la suya propia: su comportamiento, su celo por Dios, el saberse algunas de las Escrituras de memoria. Pero su teología no se corresponde con la doctrina de Cristo sino que se muestra extraviada, siguiendo el camino idolátrico de su mente. Ya Cristo no vino a morir por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21), sino que muere por todo el mundo, sin excepción. Esto nos lleva a una interpretación privada de las Escrituras. De veras, si Cristo murió por todos, sin excepción, lo hizo por Judas Iscariote, por todos los réprobos en cuanto a fe, por los que no tienen sus nombres en el libro de la vida desde la fundación del mundo.

    Lo hizo igualmente por Esaú y por Caín, por los muertos en el diluvio, murió por los paganos de toda la historia humana. Entonces, habiendo pagado el rescate por sus vidas y lavado sus pecados, el Padre comete la terrible injusticia de juzgarlos dos veces por el mismo delito.

    Aquellos que yacen en el infierno de fuego demostrarían el fracaso de la cruz, solamente porque su voluntad fue débil y no aceptaron la oferta abierta que supuestamente Dios les envió. Sin embargo, acá todavía somos generosos al hablar de aceptar una oferta supuesta, porque muchos de los que murieron sin la fe de Cristo jamás oyeron una palabra del evangelio.

    Entonces: ¿de qué les aprovechó esa muerte de Jesucristo en su favor, si jamás escucharon hablar de esa providencia divina? Vemos la gran mentira que se monta con tan solo una sutileza del desliz doctrinal, de la interpretación privada de las Escrituras, al ampliar el rango de acción del propósito de la muerte del Señor por su pueblo (Juan 17:9). El nuevo nacimiento se opone al legalismo, a los que prefieren la letra de la ley antes que a su espíritu. El nuevo nacimiento desnuda al hombre desprovisto de capacidad para realizar tal acto, ya que no se puede auto-engendrar sino que necesita ser engendrado por el Espíritu de Dios.

    Dios justifica al impío, pero es un Dios justo; Él lo justifica basado en la justicia que es Cristo, el que pudo lavar los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), el que no rogó por el mundo (Juan 17:9) sino por los que el Padre le dio y le daría de acuerdo a los que Él escogió (Juan 17:20). Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Urge conocer las Escrituras, porque allí suponemos que se encuentra la vida eterna, y ellas son las que dan testimonio del Señor.

    Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar (Isaías 55:6-7). Los que han sido despertados y convencidos de pecado, de la maldad y desvío de sus caminos, serán bienaventurados si acuden a Jehová para el perdón de sus pecados. Los pensamientos errados de la religión, la justicia supuesta del impío, todo ello podrá ser removido por el poder del evangelio, de la doctrina de Cristo, del nuevo nacimiento que da el Espíritu de Dios.

    Pese a que ese es un acto propio del Espíritu Santo, no de voluntad humana, nos corresponde anunciar el evangelio a toda criatura. Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, el que fue antes anunciado (Hechos 3:19-20).

    César Paredes

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  • EL ESPÍRITU DE COBARDÍA (2 TIMOTEO 1:7-9)

    La Biblia trae a colación una forma de tratar con el temor neurótico, con la actitud cobarde y con el espíritu de cobardía. La contraposición al temor se presenta como el dominio propio, la capacidad para dominar nuestros pensamientos y emociones, incluso nuestras acciones. Este dominio propio viene como parte del fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5:22-23). Cuando existe ausencia de este fruto, somos conducidos a pecar por cobardía.

    Un espíritu pusilánime atestigua una propiedad que Dios no nos ha dado, sino más bien el diablo. Caminar con miedo hacia los seres humanos, o aún ante las potencias espirituales de maldad, no es propio de un creyente. Ese temor innecesario nos lleva al desánimo permanente, a un sinnúmero de razones circunstanciales para no hacer lo que debemos. El trabajo que nos ha encomendado el Señor es la predicación del Evangelio, pero si tememos a la vergüenza pública, al qué dirán los demás, a si voy a ser rechazado o humillado, de seguro el triunfo desaparece por causa del temor infundado.

    La promesa del Padre era que Jesucristo nos enviara el poder de lo alto: el Espíritu Santo (Lucas 24:49), lo que nos fortifica en medio de tribulaciones y persecuciones. Incluso, ese poder nos da la fuerza para resistir las tentaciones del maligno. El amor a Dios, el cual también nos ha sido dado por Él (le amamos a él porque él nos amó primero), el amor a su Hijo, a su cuerpo que es la iglesia, el interés por las almas con las que compartimos a diario, ahuyenta el temor que podamos sentir. El perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor lleva en sí castigo (1 Juan 4:18).

    También nos ha sido dado el dominio propio, una mente racional y adecuada a la realidad que nos circunda. Como Jesucristo cuando fue probado por Satanás en un monte, nosotros también hemos de imitar su conducta: no se lanzó de lo alto de la montaña porque Jehová enviaría a sus ángeles para que su pies no tropezasen en piedra. Él pudo distinguir la metáfora del texto y la locura de Satanás, como si tentar a Dios hiciese que Él actuara para honrar nuestra fe. No, Jesús tuvo la cordura que brinda la palabra que él mismo es y que él mismo inspiró, por medio del Espíritu Santo, para responderle a Satanás con la palabra divina.

    Así que el dominio propio nos lleva a controlar el coraje. No podemos temblar porque hemos de realizar una tarea que nos resulta peligrosa, pero tampoco podemos aventurarnos a realizar algo para lo cual no nos hemos preparado.

    Ese justo medio entre el poder y el dominio propio refleja la racionalidad del Verbo de Dios. Pablo escribió que todo lo podemos en Cristo que nos fortalece, como para que no nos dejemos dominar por la procrastinación ni por el terror hacia lo desconocido, para que no embargue el miedo que proviene de personas que no conocen a Dios. Si hemos de vivir en oración siempre, como si tuviésemos la actitud de orar a cada momento, sabremos que nuestro Dios nos acompaña en todo instante y nos puede indicar cómo actuar en cualquier circunstancia.

    Los que amamos a Cristo, a su evangelio, a su pueblo, no tenemos miedo de la gente; nos acompaña un espíritu de poder y de amor, junto al dominio propio -como ya señalamos antes. Ese espíritu resulta lo opuesto al espíritu de temor o terror, de miedo neurótico, por lo que se computa como excluyente la cobardía frente al espíritu de poder, amor y templanza que Dios nos ha dado. El temor trae sus propios tormentos y causa muchos impedimentos de éxito, de buenos hábitos, de acciones positivas. El temor nos deja exhaustos y sin descanso, en un servicio de esclavitud a los malos pensamientos que nos llegan a dominar.

    Cuando internalicemos por completo lo que significa que Jesucristo nos ha escogido a nosotros, y no nosotros a Jesucristo, sabremos que él nos ha ordenado para que llevemos buenos frutos y para que éstos permanezcan. Uno de esos frutos fue dicho por Jesús: cualquier cosa que pidamos al Padre en en nombre del Hijo, Él nos la dará (Juan 15:16). Así que tal vez convenga para el hombre timorato acercarse a Dios en oración y pedirle que le haga retomar el espíritu de poder, amor y dominio propio, pero que aleje por igual el espíritu de cobardía de nuestro seno. Hablo de creyentes que han sido invadidos por el terror, como producto de oír a gente que no confía en Dios y que vive bajo el control del padre de la mentira. Nosotros tenemos que ocuparnos de nuestra salvación, con temor y temblor (Filipenses 2:12-13).

    Esto lo dijo Pablo no porque supusiera que nosotros producimos por nuestra cuenta la espiritual y eterna salvación, lo cual sería contrario a las Escrituras, como si la muerte de Cristo hubiese sido en vano. Esto lo dijo el apóstol porque tenemos que ocuparnos de las cosas propias de esa salvación, con el respeto debido (temor reverente) a quien es el Redentor y nuestro Mediador. Hemos de someternos a las ordenanzas del Evangelio, sabiendo que Dios castiga y azota a todo el que tiene por hijo, así que más nos conviene vivir en santidad (la separación del mundo). Esa ocupación con temor y temblor es el negocio de nuestras vidas, no como si fuésemos esclavos del pecado, como quienes esperan la condenación final. Hay que trabajar nuestra salvación con temor a la condenación que sufren otros que jamás fueron llamados con llamamiento eficaz, lo cual nos hace ser más responsables de lo que en realidad somos. Sirvamos al Señor con temor, y alegrémonos con temblor (Salmos 2:11).

    Ese Dios a quien servimos es el que produce en nosotros el querer como el hacer, por su buena voluntad. Es el mismo que hace a sus ángeles sus ministros de fuego (Salmos 104:4), los cuales cumplen sus mandamientos. Es el Dios de poder que hizo hablar un asna ante un profeta desmedido, el que alimentó a Elías por medio de cuervos que le llevaban carne. El soberano Creador que le dio entendimiento a los animales para hacer lo que les conviene y lo que ha sido su tarea encomendada (Salmos 29:9; Jeremías 8:7; Ezequiel 32:4). Es el Dios que cerró la boca de los leones para que no hicieran daño a Daniel, su siervo (Daniel 6:22).

    Entonces, ¿por qué hemos de temer? Aunque brame el mar, aunque el rey de Asiria se exalte, aunque los soberbios griten a voz alta su altanería, nuestro Dios nos ama con amor eterno. Somos individuos ordenados para salvación, como dice la Escritura: Bienaventurado el que tú escogieres y atrajeres a ti, para que habite en tus atrios; seremos saciados del bien de tu casa, de tu santo templo (Salmos 65:4). Ni los falsos Cristos, ni sus falos profetas, a pesar de sus signos y prodigios, podrán engañar a uno solo de los escogidos de Dios (Mateo 24:24). Así que todo lo que el Padre le da al Hijo irá al Hijo, los tales jamás serán echados fuera sino que serán resucitados en el día postrero (Juan 6:37 y 44). ¿No has leído en la Biblia que tantos como Dios había escogido creyeron porque estaban ordenados para vida eterna? (Hechos 13:48). Así que todas las cosas operan para bien de los que amamos a Dios, esto es, a los que conforme a su propósito hemos sido llamados (Romanos 8:28-30).

    Tal vez alguien se considere muy por debajo del estrato social de otros, o con cierta incompetencia laboral porque no pudo recibir mejor educación, pero en todo caso Dios nos ha traído hasta acá. Lo necio del mundo, lo que no es, escogió Dios para deshacer a lo que es. De manera que pronto veremos recompensa aún en nuestro campo de trabajo, en cualquier ocupación que tengamos. Hemos sido creados para exaltar la gloria del Señor y su poder se perfecciona en nuestra debilidad. Si el poder de Dios se perfecciona en nuestra debilidad, confiemos en que seremos amparados en todo momento.

    ¿Para qué temerle a la vida? ¿Por qué angustiarse por los seres humanos? Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, expresemos y echemos nuestra ansiedad sobre el Dios Omnipotente para que la paz de Cristo nos embargue. Cada momento de temor innecesario presupone instantes de oración desperdiciados; en cada acto de plegaria con acción de gracias se suma poder. ¿Cómo estaremos en la presencia de Jehová, de acuerdo a la vida de Elías? Ese profeta era un hombre con pasiones semejantes a las nuestras, pero oraba y Dios le respondía. Una breve plegaria nos lleva a otra de nuevo; una meditación en la palabra de Dios nos alumbra como una antorcha.

    Cuando la cobardía asome a través de los irredentos, recordemos para nosotros que Dios no nos ha dado ese espíritu sino el de poder, de amor y de dominio propio. La templanza nos alienta para tener la buena actitud de gozo en la que debemos vivir. El cuidado de la lengua evitará que se incendien fuegos grandes. Si controlamos nuestros discursos, evitando la palabra corrompida, pronunciaremos aquella que se hace necesaria para la buena edificación. No solo el otro que nos oye se edifica o se derrumba por lo que hablamos, también nosotros mismos recibimos como un boomerang devuelto el latigazo o el estímulo de lo que hemos dicho.

    De los espías enviados por Moisés, unos cuantos regresaron asustados con lo que habían visto y por esa razón desanimaron al pueblo. El temor infundado de unos daña a los que los oyen desprevenidamente. Si recordamos las Escrituras, el escudo del Señor apagará los dardos de fuego que el maligno lanza bajo el concepto de la cobardía. David escribió: En el día que temo, yo en ti confío…En Dios he confiado; no temeré (Salmos 56:3-4). No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia. He aquí que todos los que se enojan contra ti serán avergonzados y confundidos; serán como nada y perecerán los que contienden contigo … Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo (Isaías 41:10-13).

    César Paredes

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  • NO ESTÉIS AFANOSOS (FILIPENSES 4:6-7)

    El afán cuenta como el pan nuestro de cada día, debido al estrés propio de estos tiempos finales. Poco importa el conjunto de bienes que se posea, existe un mecanismo mundial para presionar el intelecto y ocuparlo en nimiedades y en cosas importantes, pero bajo mucha presión. No podemos decir que se trata de algo nuevo, sino de algo acentuado; ya el profeta Elías estuvo bajo mucha presión como para pedirle a Dios que le quitara la vida. Un gran sueño y sustento alimenticio lo restauró para continuar con el cometido divino que tenía a su cargo.

    Pablo nos anima a plantearle al Señor todas las cosas, con acciones de gracias, para comprobar su benevolencia. Agrega que se nos añadirá una paz especial, que sobrepasa todo entendimiento, hasta controlar nuestros pensamientos y sentirnos más que vencedores. No resulta nada fácil el tener que contarle a un ser que no vemos físicamente las cosas que nos suceden en la mente. Nosotros llegamos a creer en lo que acontece en nuestro interior, pero el Dios que nos habita no lo percibimos en la misma manera en que captamos nuestros problemas. Por esa razón se escribió que quien se acerca a Dios debe creer que Él existe, que está allí y acá para escucharnos.

    Podemos afirmar que la fe nos sustenta, que sin fe no agradamos a Dios. Esto nos recuerda igualmente que Jesucristo es el autor y consumador de la fe, que no hay forma ni manera de que el impío tenga una fe que no le ha sido dada. Dice Efesios 2:8 que la fe, la salvación y la gracia son un don (regalo) de Dios. Dado que la fe se define como el sustento de aquello que no vemos, podemos recordar al que la soporta: Jesucristo, su autor, el que ha creado todas las cosas (Juan 1), para quien son todas las cosas que existen en la creación divina. ¿Habrá algo que sea difícil para Dios? (Jeremías 32:27).

    No existe algo imposible ni difícil, porque el Todopoderoso con el solo aliento de su voz creó los cielos y la tierra. Ha dicho sin mentira alguna que nos proveerá en todas nuestras carencias, pero desea que le pidamos. Resulta más fácil tener una cuenta abundante en un banco, para echar mano de ella cuando lo necesitemos; pero de mayor alegría resulta su carencia equilibrada y resuelta por nuestro Padre Celestial, quien tiene cuidado de nosotros. Dios siempre tiene una forma especial de resolver nuestros conflictos, así que como la mayoría de ellos se dan en nuestra mente y espíritu, también conviene tener en cuenta que Dios por igual ocupa nuestra mente y espíritu. Es más, el Espíritu Santo nos ha sido dado como el Parakletos, el Consolador, el que conoce la mente del Señor y nos recuerda su palabra. Él intercede por nosotros con gemidos indecibles, nos ayuda en nuestras oraciones a pedir como conviene.

    Estad quietos y conoced que yo soy Dios, dice uno de los Salmos de la Biblia. Esa quietud se nos pide como quien va a una obra musical clásica, para respetar al auditorio y a los músicos, de manera de no ser impertinentes. De esa manera escucharemos la obra y veremos cómo actúan. Asimismo veremos a Dios en una actuación especial, lo conoceremos cuando responda públicamente a nuestras oraciones secretas. También Él responde las oraciones públicas realizadas por los hermanos, por su iglesia.

    La paz de Dios guarda nuestros pensamientos y corazón en Cristo Jesús (Filipenses 4: 6-7). Hemos de cuidar nuestro cuerpo como el alma, procurar su salud por medio de una sana alimentación y una adecuada actividad física; hemos de mantener un alejamiento de las malas compañías, así como procurar la meditación de la palabra de Dios. Que su ley nos alumbre de día y de noche, que hablemos con vocablos útiles y virtuosos para añadir pureza en nuestras conversaciones. No hemos de exponernos a daños innecesarios, hemos de estar en paz con todos en cuanto dependa de nosotros. Si hacemos todo como para el Señor, el trabajo más hostil nos resultará grato.

    Apoyar la predicación del evangelio resulta bueno, pero predicarlo nosotros mismos nos produce alegría. Al alejar la negligencia de nosotros se obtiene productividad, al clamar con oración y súplica, con todo tipo de plegarias (mentales, con palabras pronunciadas, en forma pública o privada, en cualquier sitio en que nos encontremos) seguiremos en la presencia de Jehová. Elías era un hombre con pasiones semejantes a las nuestras, pero oró para no que no hubiera lluvia y no llovió; volvió a orar para que la lluvia volviera y llovió. Él detenía con fuego del cielo a los capitanes con sus cincuenta, él se enfrentó a los profetas de Baal, oró a Dios para que consumiera un holocausto húmedo y así aconteció.

    La plegaria puede tener que ver con cualquier situación que nos agobia o que nos alegra, pedirle a Dios por las buenas cosas que deseamos resulta de sumo provecho, suplicar contra los enemigos (sean diablos o personas que les sirven) hará que el Señor actúe de la manera que lo sabe hacer.

    Esas plegarias han de hacerse con acción de gracias, como si por fe las tuviéramos y por ende nos mostramos agradecidos. Se hará la voluntad de Dios, pero al ser partícipes de su ejecución por el hecho de haber orado nos alegraremos al ver al Dios vivo que se ocupa de nosotros. Hemos de llegar a decir por convicción, no solo por repetición, lo que decía el profeta Elías: Vive Jehová, en cuya presencia estoy. Para disfrutar de esa presencia no debemos contristar al Espíritu Santo, no debemos vivir en el pecado, simplemente debemos disfrutar de lo que Dios nos da día a día: la naturaleza con todos sus elementos, las circunstancias de vida en la multiplicidad de relaciones sociales, la vida interior en su construcción diaria.

    Nuestros requerimientos deben hacerse ante Dios, no ante los hombres. Alguien dijo una vez una verdad a granel: De rodillas ante Dios, no ante los hombres. ¿Quieres que eso sea realidad? Comienza a practicarlo y lo verás. Dios envía maldición al que confía en el hombre, pero trae bendición al que tiene su brazo como soporte. Dios ya sabe nuestras palabras desde antes de que las pronunciemos, pero se goza en que le pidamos porque eso cultiva nuestra fe, y sin fe es imposible agradarle. Hemos de acercarnos a Dios como sus amigos, reconociendo que por Jesucristo como único Mediador y Redentor tenemos abierta esa puerta tan importante.

    Al abrir nuestros labios en toda oración y ruego, al orar aunque sea mentalmente, será suficiente para aguardar la recompensa. No seremos despreciados por su magnánima presencia, porque no tratamos con un Dios arrogante sino de misericordia; un Dios amistado con nosotros por el sacrificio de su Hijo, un Dios que nos ama con amor eterno, un Dios que nos tiene como a la niña de sus ojos. Por esas razones nos invade la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, esa paz hecha por medio de la sangre del Cordero, publicada en el Evangelio de verdad.

    Ese texto de la Escritura nos promete a los santos de Dios que la descarga de nuestras aflicciones llega a su reposo, nos devuelve el regocijo del Señor, nos libera de la ansiedad por la que somos afligidos. La paz de Dios preserva a los santos; acá la palabra santo o santos refiere a los separados del mundo. Nosotros no somos del mundo, una razón por la que el mundo nos carga de ansiedad y angustia, nos mira con odio y con acusaciones. Su príncipe ha sido llamado el Acusador de los hermanos, así que no nos extrañe que sus seguidores operen bajo ese concepto de fiscales acusadores.

    No en vano Jesucristo es presentado en la Biblia como nuestro Abogado, el que nos defiende e intercede por nosotros. El mundo, Satanás, el pecado y los demonios pueden acusar a nuestras conciencias, pero si llevamos a Dios todo en oración comprenderemos que ya fuimos absueltos. Confesemos nuestros pecados porque Jesucristo es fiel y justo para perdonarnos; si decimos que no tenemos pecado le hacemos a él mentiroso y la verdad no está en nosotros. Pero si además de la confesión nosotros clamamos contra los que nos persiguen sin causa, de seguro tendremos una victoria que no podríamos lograr por nuestros medios. Mía es la venganza, dice el Señor; Yo daré el pago (Romanos 12:19).

    No nos pongamos de rodillas ante los hombres, no demos lugar a la venganza propia, más bien arrodillémonos ante Dios y demos lugar a la ejecución de sus juicios contra nuestros enemigos. También hemos de orar por los que nos maldicen y nos persiguen, pero cada quien será guiado por el Espíritu a pedir lo que conviene. Está escrito en Deuteronomio 32:35 que Jehová dará el pago, porque de Él depende la venganza o la recompensa. El día de la calamidad de los que nos hacen daño está a la mano: ¿Dónde estarán sus dioses en quienes se refugiaban como rocas y confiaban como sus soportes? (Deuteronomio 32: 37). Dios actuará por Sí mismo o por medio de quien quiera actuar, para lograr sus objetivos de juicio contra los que nos ofenden sin causa.

    César Paredes

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  • LAS COSAS DE DIOS

    Las cosas de Dios se han de discernir con el Espíritu de Dios, de lo contrario parecieran asuntos sin sentido. No las puede discernir el hombre caído, dice la Escritura, porque al hombre natural las cosas del evangelio le parecen una locura. Ahora bien, si una persona que dice creer ese Evangelio de Cristo no cree lo que la Biblia dice respecto a la fe de Cristo, el tal no tiene a Dios. Lo asegura Juan en su Segunda Carta, Capítulo 1 versos 9-11. De manera que si la persona dice creer las doctrinas de la gracia pero al mismo tiempo le da la bienvenida al que no trae tales doctrinas, el tal participa de muchos males.

    Tal vez alguien pregunte si habrá que creer todo eso de la salvación por gracia para poder ser salvo. Pero el punto lleva su trampa en sí mismo, ya que si afirmamos tal proposición estaríamos declarando una salvación por obras intelectuales. En realidad no puede ser de esa manera, ya que las cosas de Dios parecen una locura indiscernible para el hombre natural. Por ende, el hombre caído en delitos y pecados no puede asimilar las cosas de la soberanía de Dios. En cambio, el que tiene el Espíritu de Cristo tiene también su mente, así que es guiado a toda verdad. De esta forma se puede entender que las doctrinas de Cristo se aceptan y comprenden una vez que la persona ha pasado de muerte a vida.

    Es en ese estadio en el que el hombre natural ha pasado a ser un creyente nacido de nuevo por el Espíritu de Dios, por lo cual comprende la Escritura. La comprende en aquellos puntos que ahora le parece locura al hombre natural; al comprenderlas se entiende que es por mediación del Espíritu de Dios que habita en su corazón. Pero si al mismo tiempo dice que puede permanecer siguiendo al extraño a ratos, al momento que sigue al buen pastor, está contradiciendo a Jesucristo (Juan 10:1-5).

    Si estás en Cristo es porque has oído su voz, has confesado sus pecados y cree que él lavó sus pecados en la cruz, habiéndolo representado como uno de los elegidos del Padre. Todo lo demás que vaya por la periferia de la verdad de la Escritura es camino de vanidad. Ese es un evangelio roto, del extraño, del maestro de mentiras, del falso profeta, del engañador, del Maligno que opera desde el pozo del abismo.

    El Salmo 37 viene en nuestro auxilio para aclarar lo que acá decimos. La boca del justo habla sabiduría, y su lengua habla justicia. La ley de su Dios está en su corazón; por tanto, sus pies no resbalarán (Salmo 37:30-31). Este Salmo se refiere al justo, el cual a su vez habla justicia. ¿Quién es el justo acá? Es todo aquel que ha sido justificado por el siervo justo de Isaías (53:11): el que está justificado por la fe de Cristo, el que ha sido representado por él en el madero del Calvario, uno por los que el Hijo de Dios intercedió la noche previa a su martirio (Juan 17:9, 20).

    Ese Salmo habla de la boca del justo, así que podemos vincularlo con el árbol bueno que del buen tesoro de su corazón hace hablar a su boca. ¿Qué es lo que habla? Jesucristo afirmó que para conocer al árbol bueno (al redimido) basta con observar sus frutos. Pero no dijo que sus frutos consistían en una ética cristiana -lo cual no es malo-, sino que se evidenciaban de lo que hablaba con su boca. Si la boca del justo habla justicia, la boca del hombre redimido habla igualmente del Evangelio de Cristo, de él como justicia de Dios, de lo que alcanzó en la cruz para todo su pueblo (Mateo 1:21).

    Otro detalle del Salmo mencionado refiere a la sabiduría. Como afirma la Biblia, no saben aquellos que del madero confeccionan un ídolo y claman a un dios que no puede salvar. Los que sacrifican a un Cristo distinto al de la doctrina del Padre, están adorando a un dios que no salva. Ese es un dios impotente porque depende de la voluntad humana, muerta también en delitos y pecados. Ellos piensan que pueden guardar cierta ética cristiana, para cuidar la apariencia del testimonio, pero deambulan como errantes, ya que siguen al extraño (el otro evangelio, el anatema).

    Si la ley de Dios está en nuestro corazón, nuestros pies no resbalarán. No andaremos en vacilaciones de opinión ni con los conceptos cruzados, como quien un día dice que Dios es soberano y el otro día sostiene que lo es pero no tan soberano. La salvación es por gracia y no por obras, dice la Escritura: si por obras, entonces no por gracia. ¿Cómo se puede combinar gracia y obras? Son excluyentes, pero las buenas obras siguen a la gracia en tanto ellas son un fruto propio del redimido. Nunca las buenas obras ayudan a alcanzar la gracia.

    Constituye un gran pecado el no creer en Jesucristo, el autor y consumador de la fe de sus escogidos. No hay manera de evadir la responsabilidad que cada quien tiene de rendir un juicio ante Dios; conviene buscar a Dios mientras puede ser hallado. Tal vez dirá alguno que no puede hasta tanto no esté seguro de si es o no un elegido; esa manera de pensar no es bíblica. La Biblia no nos invita a examinar si somos o no elegidos, sino que nos habla de nuestra caída y de la ira de Dios sobre toda criatura no justificada. De esa manera nos incita a acudir a la misericordia de Dios, por medio de Jesucristo como Mediador. Es entonces que usted sabrá si ha sido o no escogido para salvación.

    La ley no ha redimido ni siquiera una sola alma, lo dice Pablo en el Nuevo Testamento. La justicia y la vida eterna subyacen en Jesucristo por medio de la fe, pero sabemos que no es de todos la fe. Ciertamente, la fe es también un regalo de Dios; Jesucristo es su autor y su consumador. Si el Señor te dice: Busca mi rostro, deberíamos decir Tu rostro buscaré. Hemos de presentarnos ante el Padre Celestial como desposeídos que no tenemos derechos, como quienes ruegan por clemencia.

    El Faraón de Egipto demostró su arrogancia ante Moisés, preguntándole en forma irónica quién era Jehová para dejar ir al pueblo de Israel. Su arrogancia heredada del padre de la mentira se pagó muy cara. Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes, si bien es cierto que aún la humildad la da Él a los que ha decidido dársela. Nos toca averiguar quiénes somos para Dios, si somos vasos de honra o vasos de deshonra, si somos vasos de misericordia o vasos de ira.

    No podemos aventurarnos a suponer cosas sin antes escudriñar las Escrituras. Nuestro deber es ser diligentes para hacer nuestro llamado y elección seguros (2 Pedro 1:10). El que cree en Cristo y acude a él para escapar de las cadenas del pecado y del pavor de su ira, demuestra su cercanía a Dios. Tal persona se computa como uno de los hermanos en la fe apostólica. Dios no nos va a decir al oído que nosotros somos escogidos, pero podemos verificar nuestra elección y llamado eficaz por medio de la diligencia, como menciona Pedro.

    A pesar de la apostasía de muchos que dicen creer en la fe de Cristo, nuestro llamado es a permanecer en la fe. Los otros serán ramas desgajadas del árbol, habrán desertado del camino de la justicia, pero nosotros debemos ser diligentes en la fe. Si procuramos hacer firme nuestra vocación y elección, no caeremos jamás. Así que el que dice estar firme mire que no caiga (de la fe). Recordemos que el pecado siempre nos visitará, como lo testificó Pablo en el Capítulo 7 de su Carta a los Romanos; empero él dio gracias a Dios por Jesucristo quien podría librarlo de esa ley del pecado y de su cuerpo de muerte.

    Pongamos toda diligencia para añadir a nuestra fe virtud, a la virtud conocimiento (por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos), al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. De esa manera dejaremos el ocio y daremos fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo (2 Pedro:1: 5-8). No habrá ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús, los que no caminan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús nos liberó de la ley del pecado y de la muerte.

    Lo que la ley no pudo hacer, por cuanto era débil por la carne, Dios, al enviar a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó el pecado en la carne, para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu (Romanos 8). De manera que el verdadero creyente ha huido de la ira de Dios contra el pecado y el pecador, hacia los brazos de Jesucristo, como el único Mediador entre Dios y los hombres, como el único Redentor. Así lo quiso Dios, quien justifica al impío y al que es de la fe de Cristo.

    El creyente batalla contra el pecado y procura hacer morir las obras de la carne, para vivir según el Espíritu. Esa es nuestra lucha en esta tierra, una vez que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. El mundo nos desprecia y nos humilla, nos odia, nos acusa y ama lo suyo, pero nosotros no nos hemos de impacientar por causa de los malignos ni por los que hacen iniquidad, porque ellos son como la hierba verde que se seca, que pasa y se acaba, y cuando uno mira atrás ve que ya no está. La ley del Espíritu es vida, la que nos ha hecho libres de la ley del pecado y de la muerte.

    César Paredes

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  • DOS GRANDES ERRORES

    El error moral conduce hacia abajo en cuanto al nivel ético enseñado en la Biblia; el error intelectual lleva a otro más grande, así que estos dos errores tienen vectores opuestos pero un final de muerte. Una opinión falsa en materia teológica conduce a otra igualmente falsa, para poder sustentar la primera; como el pecado que lleva a más pecado hasta encontrar la muerte eterna. Una herejía lleva a otra más grande, de tal forma que como la levadura leuda toda la masa. Resulta más útil para Satanás corromper intelectualmente a los de arriba, es decir, a una persona que esté en eminencia. Por ejemplo, un teólogo tiene influencia sobre sus lectores, sobre su auditorio general. Un pastor o un predicador, en virtud de su dominio sobre una masa de oyentes, puede ejercer mayor control sobre quienes lo siguen.

    Entonces, la herejía que lanza el de arriba genera mayor impacto como una piedra pesada que con fuerza se arroja en un lago. La onda expansiva es mayor dependiendo del impacto con que cae la roca; de igual forma será mayor el golpe a la conciencia adormecida si la verdad a medias, si la mentira descarada se escucha o se lee de la boca o de la pluma de una persona de gran influencia sobre su público. Los medios de comunicación de masas convierten en verdad las emisiones de voz de la serpiente antigua, el trato sin cuidado por el afán de predicar el evangelio abarata en ocasiones el mensaje central de la doctrina de Cristo.

    Grandes llamas surgen de pequeñas chispas lanzadas por lenguas descontroladas. La blasfemia contra el Dios de la creación, revelado doblemente en lo que hizo y en su ley dada a Moisés, aparece en gran parte por la conjetura herética salida de supuestos pensadores que pensaron mal. Un pequeño error interpretativo sirve de trampa para agigantarse y consumir como fuego las conciencias entenebrecidas de los que tímidamente se han acercado a las Escrituras.

    El arrianismo parece una simple opinión sobre la naturaleza de Cristo, pero su tejido produjo una tienda de campaña para múltiples herejías. Al negar la consustancialidad del Hijo con el Padre, se invoca la posibilidad de negar la divinidad en Jesús. Al mismo tiempo, da pie para seguir separando al Dios Trino y negar posteriormente la persona del Espíritu Santo. Por supuesto, esto último viene bajo otro nombre, pero siempre cimentado en una opinión privada anterior.

    Por ese camino de osadías del pensamiento, una herejía da a luz a otra más nueva. El gnosticismo pretende asegurar que un Dios puro no puede contaminarse con la carne, así que Jesús no vino en carne como la Biblia lo dice. Pelagio aseguraba que Cristo no producía salvación, pero que el libre albedrío humano hacía que uno pudiera imitar la conducta de Cristo o seguir la ley de Moisés. Después de ser condenado como hereje, vuelve arrepentido admitiendo que Cristo sí que producía salvación, pero él se sujetaba todavía al mito religioso del libre albedrío. La iglesia oficial de entonces toma como dogma la premisa herética de Pelagio sobre la libertad suprema del hombre.

    Hoy día esa idea del pelagianismo viaja cómoda gracias al peón de Roma, a Jacobo Arminio, un espía introducido por los jesuitas en las filas de los reformados que apenas habían aparecido en Europa. Muchos grupos protestantes se abrieron camino bajo esa inspiración pelagiana o semipelagiana, barnizados como arminianos, proclamando que la gracia del Dios soberano resulta repugnante si no se toma en cuenta el libre albedrío del ser humano.

    Por otro lado, a los que predicamos la gracia absoluta de Dios se nos tilda de calvinistas, como si siguiéramos a Calvino. Han llegado a decir (incluidos muchos calvinistas) que el calvinismo es el evangelio mismo. Pero resulta que Calvino también cometió errores graves, como decir que Jesucristo murió por todos, sin excepción, pero que su sangre resulta eficaz solamente en los elegidos. Además, dijo que Jesús le dio oportunidad a Judas Iscariote, cuando le lavaba los pies, para que se arrepintiera y no hiciera el trabajo ordenado desde los siglos por el Padre Eterno.

    Separados de todas las opiniones heréticas, seguimos como el profeta Elías en la soledad, como Juan el Bautista en el desierto, con la voz que proclama el evangelio de salvación como una promesa para los escogidos del Padre. Para el resto del mundo se anuncia el deber de cada quien de arrepentirse y creer en el evangelio, pero el que no lo crean no los excusa de su responsabilidad. Así lo anuncia una y otra vez las Escrituras, así lo repetiremos por siempre.

    Nos quedamos perplejos o desconcertados al sumar los errores doctrinales en los cuales militan los que hacen fila en la cristiandad. No en vano Jesús afirmó que a muchos les dirá al final que nunca los conoció. El Señor conoce a los que son suyos, no puede el árbol malo dar un fruto bueno, pero tampoco dará un fruto malo el árbol bueno. La oveja que ha sido rescatada de la boca del lobo, de las tinieblas como cárcel, camina siguiendo al buen pastor; jamás se irá tras el extraño porque desconoce su voz. De manera que el Espíritu Santo no deja en el error doctrinal a ninguna persona que haya nacido de nuevo. Los que se ufanan de confesar el evangelio pero de anunciar igualmente herejías viejas o nuevas, en realidad no cumplen con el principio enunciado por Jesús en Juan 10:1-5.

    La iglesia de Roma sirve de modelo para ver la transmutación de las herejías. Un error doctrinal da paso a mayores errores; si María es la madre de Dios, entonces tiene influencia sobre el Hijo. Si influye en su hijo porque le dio a amamantar, consigue favores especiales. Por esa vía simplista se transita a más errores de interpretación, hasta llamarla corredentora, cuasi mediadora, de forma que resulta más eficaz para el feligrés pedirle a la madre de Dios que a Dios mismo. Es como si Dios estuviera airado con la gente y su madre lo aplacara bajo su mirada que lo controla, hasta conseguir el favor que por cuenta propia no daría.

    Claro está, María para ser madre de Dios tuvo que haber sido sin pecado concebida. También resulta lógico que haya ascendido al cielo, que se aparezca como los ángeles que se enviaban en la época del Antiguo Testamento, dando declaraciones sobre el futuro de la humanidad y proclamando nuevas revelaciones. Lógico también se ve el que haya distintos nombres para ella, dada la diversidad cultural de la humanidad. Cuando se habla de no tener ídolos, de acuerdo a lo que la Biblia anuncia, se responde que no se idolatra sino que se venera. Bueno, ya vemos cómo trabaja la herejía, de la mano de Satanás como padre de la mentira.

    Podemos mirar otros errores en Roma, como la mezcla de las Escrituras con el Magisterium, con las Tradiciones, la invocación a los santos, la justificación por la fe y por las obras, el libre albedrío, los sacramentos, los pecados veniales frente a los mortales. El Apocalipsis menciona a la Gran Ramera, pero le añade que es madre de otras rameras. Así que el protestantismo también heredó de la corrupción herética el hábito de dar opiniones privadas, las que suman errores intelectuales en la interpretación bíblica. La ética de Jesús nos frena para no caer en los pecados más bajos que la moral humana anuncia, a los que el alma alejada de Dios se inclina (Romanos 1); la doctrina de Jesús sirve para la rectitud interpretativa de las Escrituras, de manera de evitar el gran incendio propagado por las interpretaciones privadas que llevan a la destrucción del alma.

    César Paredes

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  • MÁS HEREJÍA

    El gran problema de muchas sinagogas que se denominan cristianas consiste en señalar la herejía y perdonar a los herejes. Al parecer, el error doctrinal que socava el fundamento de la fe puede ser visto como un simple desvío conceptual, un punto de vista diferente de la creencia. Rupturas van y vienen, separaciones y nombramientos de iglesias libres, como para despojarse de la vieja doctrina una vez dada a los santos. Llegan a creer que el hombre tiene que dar mucho de sí mismo en asuntos de salvación, que aporta su voluntad e inteligencia, humildad y astucia, lo que lo diferencia del incrédulo.

    En realidad ambos caen en el mismo hueco: el incrédulo y el creyente a medias. Como si el ciego pudiera guiar al que tampoco ve, como cuando se huye de un oso y lo muerde una serpiente. Los estudiosos de la teología de la gracia, los que se aferran a ella, suelen ver como hermanos en la fe a los que no traen esa doctrina de Cristo. Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Para qué predicar la gracia si la gente puede ser salva por medio de las obras? Ah, se cree que el de las obras está en un error, pero sería como los católicos hablan: un error venial. Para esos predicadores de la gracia que le dicen bienvenidos a los de las obras, pareciera que en vano dijo el apóstol Juan que el que no habita en la doctrina de Cristo no tiene a Dios (2 Juan 1:9-11).

    Las nuevas herejías copian siempre algo de las viejas; desde el antiguo Pelagio, pasamos por Arminio, el peón de Roma en las filas del protestantismo incipiente. Hoy día, la doctrina arminiana iza su bandera en casi todas las congregaciones evangélicas o reformadas. Los que quedan en referencia a la gracia han bajado la guardia porque los asusta el argumento de la cantidad, lo cual no es más que una falacia que grita a voces que la mayoría tiene la razón. Pero Jesucristo nos dijo que no temiéramos, porque aunque seamos la manada pequeña al Padre le ha placido darnos el reino. No se lo dará a la manada grande de cabras reunidas en torno a un falso Cristo: mitad gracia y mitad obras; o tal vez 90% gracia y 10% obras; o cualquier otra mezcla que se tenga a gusto.

    Sí, ahora se cree que el hombre no murió en delitos y pecados sino que simplemente se enfermó; que existe una elección condicionada en el hecho de que perseveremos, en que hagamos ciertas obras buenas; que Dios previó (mirando en el túnel del tiempo) y vio gente con corazón dispuesto a amarlo, que por esa razón escogió a tales personas. También se dice que Jesús murió en algún sentido por toda la humanidad, pero que su eficacia se aplica solamente en los escogidos. Como si todo el mundo en algún sentido hubiese sido salvado con la muerte de Cristo, pero no todo el mundo lo aprovecha. Se añade que la gracia salvadora es resistible, que el Espíritu Santo puede ser vencido por la testarudez humana, que Cristo está rogando por salvar alguna alma, que Dios hizo su parte y el diablo votó en contra, pero que usted decide su destino final.

    Todo tipo de persuasión es admisible, porque se trata de salvar un alma. Ah, poco importa que se traiga el rock a la congregación, o cualquier tipo de espectáculo, total, eso vale el mérito de rescatar un alma para Cristo. La honra del hombre primero, porque se trata de suavizar la doctrina en favor de su corazón, la honra de Dios que espere. Al revestir el evangelio con dramas, con símbolos religiosos (que en su mayoría comparte el paganismo), con cánticos para agradar a la congregación, se echa mano de la persuasión retórica con el ánimo de alcanzar un prosélito.

    Recordemos que la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, a nosotros, es poder de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos…Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación (1 Corintios 1:18-21).

    Continuamos anunciando el evangelio a toda criatura, con el mandato de arrepentimiento de parte de Dios, así como de creer esa buena noticia de salvación. Algunos dirán que eso es locura, como se lee en el texto enunciado de Corintios; otros serán llamados eficazmente y son de los que se salvan. No sabemos quiénes son los elegidos, pero cada oveja arrepentida y perdonada seguirá por siempre al buen pastor. Jamás esa oveja se irá tras el extraño, porque desconoce su voz (Juan 10:1-5).

    La herejía ha sido anunciada en la Biblia como una obra de la carne (Gálatas 5:20-21); también Pedro refiere a ella como algo destructivo y condenable (2 Pedro 2:1-3). Si el creyente no practica el pecado, se entiende que no practica la herejía. Practicar la herejía implica guiarse por principios contrarios a la palabra de Dios, por más que se esmere la persona en vivir una vida con apariencia de piedad. Se niega la eficacia de la piedad cuando se cree en un Cristo diferente al descrito en las Escrituras. Esa invención de la expiación universal, del libero arbitrio, del hombre enfermo en vez de muerto, de resistir la gracia (la cual es irrevocable e irresistible, según la Biblia), de oponerse eficazmente al Espíritu Santo como una de las Persona del Dios Trino, constituye un continuo herético.

    Los herejes van de la mano con los falsos maestros, pronuncian palabras que carcomen como la gangrena o el cáncer (2 Timoteo: 2:17). Sus cuentos y verbos son como la levadura que leuda toda la masa, hacen que las almas sean llevadas por todo viento doctrinal. La Biblia nos dice que nos guardemos de los perros, de los malos obreros, de los que mutilan el cuerpo, de los lobos que devoran la manada, de los engañadores que desestabilizan el alma (Hechos 20:29; Filipenses 3:2).

    La advertencia hecha por Jesús y por sus apóstoles contra las enseñanzas heréticas de los falsos maestros supone que esas doctrinas conllevan suficiente peligro para corromper el alma. La levadura de los fariseos (Marcos 8:15), los falsos profetas (Mateo 24:4-5), los perros y malhechores que arrastran al error de la iniquidad (2 Pedro 3:17), constituyen males de antes y de nuestro tiempo. Dentro del cristianismo y su historia se puede ver una inundación de herejías, como si fuera el plato preferido del Maligno, como si esa fuese su maquinación favorita. La oración junto al celo por la rectitud de la palabra de Dios, han ayudado a los creyentes a hacer frente a esas acechanzas del diablo.

    Babilonia se describe como la cárcel del alma humana, el lugar donde moran todavía muchos que pertenecen al pueblo de Dios. A ellos Jesús les dice que huyan de ese lugar, porque el alma vale mucho más que los tesoros de la tierra. ¿De qué aprovecha al hombre si ganare el mundo y perdiere su alma? Los mercaderes de la tierra hacen negocio con las almas humanas, como lo relata Apocalipsis 18:11-13. Estos maestros encubiertos que introducen herejías destructoras, para blasfemar el camino de la verdad, hacen mercadería de los feligreses. Sobre ellos la condenación no se tarda ni se duerme su perdición (2 Pedro 2:1-3).

    ¿Cómo se compra un alma? Con palabras falsas, con la palabra blanda del evangelio y no con la palabra dura de oír. El anuncio del herético permea hacia el fundamento, para procurar que el alma se separe de su raíz; por supuesto, esto tiene éxito en aquellos cuya raíz no es profunda, porque el fundamento que es Cristo no se trasvasa. La herejía corrompe el juicio y ya no se podrá juzgar con justo juicio, ni probar los espíritus para ver si son de Dios. El que vive en la herejía posee cataratas en los ojos de la fe, así que trastabilla y su desequilibrio anuncia a lo lejos que va en picada hacia la muerte eterna.

    Si el error del hereje corrompe la conciencia, ésta se encallece y se adormece. La sofistería lleva a la falacia, así que existe en esta última la intención de engañar. Eso hace el falso maestro, el que adultera la palabra de Dios. Si el Espíritu anunció que se levantarían esos perros rabiosos, esos lobos contra la manada, también dijo que en los postreros tiempos sería peor. La maldad sería aumentada, habría proliferación de falsos Cristos, de perniciosos maestros que intentarán engañar, si fuere posible (no lo es), aún a los escogidos.

    La errónea conciencia acerca de la palabra de Dios batalla de frente contra la verdad. Cuando el herético consume su herejía y la cree como verdad, pareciera que ha recibido el espíritu de estupor para terminarse de perder. Y es que el hereje no ama la verdad y tiene predilección por la mentira; con la conciencia carcomida no le queda otro camino que seguir al padre de la mentira guiado por el espíritu de estupor o engaño enviado por Dios mismo.

    La herejía va también de la mano con la impiedad. Por sus frutos se conoce al árbol malo, así como a los falsos maestros, a los pastores asalariados o a los mercaderes de ovejas. La verdad trabaja con la bondad, produce buenos frutos, en especial el fruto del árbol bueno, el que confiesa con la boca la abundante verdad doctrinal contenida en el corazón. Huid de Babilonia, pueblo mío (Apocalipsis 18:4).

    César Paredes

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  • LA HEREJÍA

    Una herejía es una escogencia que uno hace, del griego nos viene haíresis-escogencia, del verbo tomar o escoger. Una metáfora se abre con el verbo y nos lleva a la opinión privada sobre algún tema. El problema es que en materia de dogma cristiano, el término se usó para señalar la conducta interpretativa de los que prefieren caminar fuera de la norma bíblica. Se trata de la interpretación privada señalada por Pedro como conducta impropia, para perdición del hereje. Él dice que ninguna Escritura es de interpretación privada, así que debe haber una interpretación pública: igual para toda la cristiandad.

    De esta manera, las sectas o doctrinas que no son ortodoxas, pasan a ser una herejía que trae por fuerza la diairesis (una división) en el seno de la cristiandad. La inusual opinión se levanta contra el sentido común aceptado. Los judíos consideraban que la forma en que Pablo adoraba a Dios constituía una herejía. Sin embargo, lo que molesta es la falsa opinión que pretende dividir la verdad, a través de la disensión. El problema mayor llega cuando subvierte la fe por medio de la opinión teológica privada y contra la Escritura.

    Por todo lo dicho, tener una falsa opinión que sea hostil a la doctrina revelada en la Biblia, de acuerdo a la fe dada una vez a los santos, ataca la palabra de Dios que es útil para la salvación. Una errónea creencia, una frase que viaja contra la doctrina, se considera herejía dentro de la vida cristiana. Cometemos diversos errores pero eso no tiene que constituir herejías; no obstante, cuando socava la base de la doctrina enseñada en la Escritura se cataloga como herejía. Arrio fue un ejemplo de hereje, al predicar que el Hijo no era consubstancial con el Padre.

    La historia del cristianismo relata las veces en que se arremetió contra la persona de Cristo; hoy día, desde hace unos siglos, se arremete contra la obra de Jesucristo. Se dice que él murió en la cruz por toda la humanidad, sin excepción. Puede ser que se le reconozca como Dios hecho hombre, como el Hijo del Hombre, como el Verbo encarnado. No obstante, sutilmente se ataca al trabajo realizado en la cruz, dándole un valor y alcance no sostenido por las Escrituras.

    Se incurre en la falacia por división y composición, al predicar de él una obra relacionada con su divinidad. Si murió por los pecados de su pueblo, pudo morir por los pecados de todo el mundo, ya que el trabajo de Dios deber ser exhaustivo y misericordioso por fuerza. Pero la Escritura enfatiza en la doctrina del Padre, enseñada por el Hijo. El Señor dijo que nadie podía venir a él a no ser que el Padre lo trajere a la fuerza. Agregó también que todo lo que el Padre le da vendrá a él, y él no lo echará fuera. Vemos que la deducción lógica de esas dos premisas universales resulta en una derivada universal: Nadie puede ser salvo por su propia cuenta.

    Por ende, Dios como Ser soberano muestra su misericordia a quien quiere mostrarla, pero endurece a quien quiere endurecer. Eso indica que Jesucristo no murió por todo el mundo, sin excepción, sino por todo su pueblo (Mateo 1:21). No podemos catalogar a cada pecado como una herejía, pero sí podemos afirmar que validar los pecados como algo que no ofende a la santidad de Dios resulta una herejía. ¿Por qué? Porque eso va contra la doctrina bíblica de la ofensa contra el Altísimo. El ser humano caído se volvió en una persona que odia a Dios, al verdadero Dios de las Escrituras.

    La herejía implica una creencia errónea en materia de fe; uno puede tener disensión en materia de fechas históricas, en cuanto a ciertos asuntos culturales relatados en la Biblia. Tal vez un poco de información precisa nos hace falta, con la ayuda de los expertos; pero si el nuevo nacimiento lo da el Espíritu Santo a los elegidos del Padre, sabemos que Jesucristo murió por ellos en exclusiva. La Biblia señala que ese nacer de lo alto no depende de voluntad humana alguna, sino de Dios. Entonces, mal podría atribuírsele al prospecto por nacer el aporte de su voluntad. La voluntad del creyente le viene como consecuencia de su nacimiento por medio del Espíritu (Tu pueblo lo será de buena voluntad en el día de tu poder). Serán todos (el conjunto de las ovejas) enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendrán a mí (Juan 6:45).

    Es de hacer notar que el Espíritu cumple entre tantas funciones la de llevarnos a toda verdad, junto a la de recordarnos las palabras de Jesús. De esta manera, no puede uno ni imaginarse la posibilidad de que alguien diga creer en Cristo si ignora lo que hizo Jesucristo. Recordemos a Isaías: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Ocúpate de la doctrina, le dice Pablo a Timoteo, porque te podrás salvar a ti mismo y ayudarás a salvar a otros; es decir, la doctrina viene como signo inequívoco de la criatura ya redimida.

    La consecuencia necesaria de la conversión es el conocimiento de la verdad; con ella seremos verdaderamente libres. El padre de la mentira es Satanás, el que cree una herejía está militando en la mentira, así que el Espíritu Santo no es su guía. Por otro lado, la Escritura nos dice que tenemos la mente de Cristo. Entonces, ¿a qué temerle a la doctrina? ¿Cómo puede alguien decir que eso es asunto de intelectuales y que prefiere amar a Cristo con el corazón? ¿Acaso el corazón no impone por igual los asuntos de la mente? La mayor parte de las veces la Escritura habla del corazón como un lugar de donde salen los malos pensamientos, así como las virtudes (amar a Dios con todo tu corazón es la mayor de las virtudes).

    Dios no está reñido con el conocimiento de su palabra, al contrario, nos manda a escudriñarla porque en ella nos parece que está la vida eterna. Así que cuando el error socava la fundación de la fe, no puede admitirse como una interpretación de la verdad que puede ser considerada como válida; en este caso, ese error ataca de frente la verdad bíblica. Negar la deidad de Jesucristo se contempla como herejía, subvierte la fe; hablar de que la salvación pertenece a Jesucristo, pero que él intentó salvar a toda la humanidad, sin excepción, socava el fundamento del trabajo hecho en la cruz (Mateo 1:21; Juan 10:26; Juan 17:9; Apocalipsis 13:8; 17:8 y 17:17).

    Al hablar de la satisfacción humana como el conjunto de obras que el hombre aporta para ayudarse con la justicia de Cristo, se imparte una herejía. La salvación es toda de gracia, no por obras para que nadie se gloríe. El hereje batalla con ciertas verdades, las confiesa como válidas, pero niega otras; la mentira casi siempre se acompaña de verdades a medias. Lo que la serpiente le dijo a Eva puede ser un ejemplo claro de lo que intentamos demostrar en cuanto a la mentira mezclada de verdades.

    Finalmente, queremos dejar en claro que no existe herejía sin hereje. Puede que alguien comparta una herejía sin ser su creador, en todo caso se trata por igual de un hereje. El ejemplo de Jesús lo aclara: criticó a los fariseos que recorrían la tierra en busca de un prosélito, para hacerlo doblemente merecedor del infierno de fuego. Acá Jesús no excusa al engañado, sino que lo fustiga doblemente. Al decir que Jesús intentó salvar a toda la humanidad, sin excepción, se está profiriendo una herejía porque eso niega la Escritura. Al mismo tiempo, denigra de la eficacia de la sangre de Cristo, así como se intenta acusar a Dios de injusto, por castigar en el Hijo los pecados de todo el mundo, sin excepción, para después volver a cobrar su castigo en el infierno.

    Negar la existencia del infierno que no se extingue y del castigo perenne, basado en que Dios es amor y justo, como hacen los adventistas y muchos otros que aún sin nombre creen en esa forma de fe, implica llamar mentiroso a Jesucristo quien tanto habló sobre el tema. En estos casos eso puede ser comprendido igualmente como herejía, así que hemos de tener cuidado con la interpretación privada, porque ello conduce a perdición de los intérpretes y de sus seguidores.

    César Paredes

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  • NUESTRA ELECCIÓN

    Pablo confesó que estaba limpio de la sangre de todos aquellos a quienes había predicado, porque no había rehuido el anunciar todo el consejo de Dios (Hechos 20:26-27). En otros términos, no solamente predicó a Cristo como el enviado de Dios para salvar lo que se había perdido, sino al Señor Dios soberano, el que hace como quiere, el que odió a Esaú pero amó a Jacob aún antes de que hiciesen bien o mal. Por más que sintió profundo dolor en su corazón por ese mensaje que debía entregar, lo hizo para que se aclarara ese consejo de Dios tan ocultado por escribas y fariseos, pero que sigue escondido bajo los púlpitos modernos porque alejan a las cabras que tienen en sus aposentos.

    Jesucristo predicaba la doctrina de su Padre, de manera que hace falta no solo conocer su persona sino también su trabajo. Él vino en exclusiva a poner su vida por las ovejas, no por los cabritos. El que no es oveja no puede venir a él (Juan 10:26), el que no es enseñado por el Padre y no ha aprendido de Él, no podrá venir a él (Juan 6:45). Ninguna persona puede venir a Cristo por cuenta propia, a no ser que el Padre lo traiga (lo arrastre, de acuerdo al verbo griego usado: ELKO), en tanto todo lo que el Padre le da al Hijo vendrá al Hijo, y no será jamás echado fuera (Juan 6:37 y 44). Y el Señor acortará los días finales por causa de los elegidos (Marcos 13:22). También se levantarán falsos Cristos y engañosos profetas, maestros de mentiras, haciendo señales y prodigios maravillosos, para seducir -si le fuere posible- aún a los elegidos (Marcos 13:27).

    Fijémonos en el futuro de subjuntivo que usó Jesús en esa frase. Eso indica una absoluta imposibilidad, de manera que los elegidos no seremos seducidos por esos falsos maestros que anuncian un Cristo de maravilla, ajustado a la talla de cada quien. Como un traje hecho por un sastre, así resulta el ídolo que cada quien se forja conforme a la medida de su mente, dando soltura a su imaginación respecto a lo que debería ser Dios. Ya en el final de todo, Dios enviará sus ángeles para reunir a sus elegidos, desde los cuatro vientos de la tierra (Marcos 13:27). El Señor vengará a sus elegidos, los que clamamos a él día y noche, no se tardará en responderles (Lucas 18:7).

    Vemos que la Biblia habla cantidad de veces acerca de los elegidos, de los escogidos, de los predestinados, de los ordenados para vida eterna. Esos son los mismos que el Padre conoció o amó. Recordemos que la Biblia dice que Adán conoció de nuevo a su mujer, y tuvieron otro hijo. También Jesús afirmó que al fin de los tiempos dirá a un grupo de personas, que hacían milagros en su nombre y echaban fuera demonios, que nunca los conoció. ¿Cómo puede el Dios Omnisciente -que conoce todas las cosas- afirmar que va a decir que no conoció a ese grupo de personas? ¿Cómo pudo decir, igualmente, a una nación o entidad territorial o grupo de gentes que a ellos solo conoció de entre todas las demás personas de la tierra? Sencillamente porque en la Biblia el verbo conocer no solo significa una actividad cognitiva, sino que también implica una comunión especial.

    El contexto de los textos define el término usado, de manera que así como el vocablo LOGOS en griego tiene más de diez sentidos distintos, desde escardilla hasta Verbo, estudio, entendimiento, lógica, etc., también muchos otros vocablos poseen sentidos diversos. ¿Cómo se hace para saber qué sentido empleó el escritor bíblico? Sencillamente el contexto ordena la rectitud interpretativa. Cuando Pablo en Romanos 8:29-30 habla de los que Dios antes conoció, dice de inmediato predestinó, llamó, justificó y glorificó. Se entiende que una persona predestinada lo fue porque alguien con capacidad soberana para actuar lo hizo. No vio Dios nada bueno en el hombre, cada cual se apartó por su camino, todos se desviaron, no hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios, todos están muertos en delitos y pecados. Entonces, dado todo ese contexto bíblico, ¿cómo pudo Dios escoger a alguien porque vio algo bueno en esa persona?

    Si Dios vio algo bueno en esa persona a escoger entonces esa persona escogida tendrá de qué gloriarse, dirá que su salvación depende del trabajo de Cristo en la cruz y de sí mismo, gracias a su voluntad y a ese algo bueno que hizo que Dios lo escogiera. Por esas razones, el texto de Romanos 8 ha de entenderse como el que hace referencia a aquellas personas que el Padre amó (conoció íntimamente, con amor eterno, de acuerdo al puro afecto de su voluntad). No podrá entenderse tampoco como que Dios miró en el túnel del tiempo y vio que alguien iba a amarlo a Él. Si tal cosa hizo, entonces Dios no es Omnisciente, no sabe todas las cosas, sino que tiene que averiguarlas para después actuar en consecuencia. Tal cosa creen los del teísmo abierto, los que suponen que Dios no sabe el futuro sino que lo va averiguando según las múltiples posibilidades que tiene la persona para actuar de una u otra manera.

    Pero el Dios de las Escrituras anuncia que Él declara el final desde el principio, porque Él hace el futuro, no lo descubre ni adivina. Si lo adivinara al mirar en los corazones humanos, sería un Dios que plagia las ideas humanas y las aprovecha para actuar en consecuencia, además de que dicta a sus profetas las cosas no propias sino las ideas que se robó en las mentes de los seres humanos. Así y aún más continúa la blasfemia de los que anuncian la herejía de la expiación universal.

    Haber sido elegido por Dios significa haber sido escogido para creer en Jesucristo, para ser semejante al Hijo de Dios, para heredar la vida eterna, para vivir en santidad y aguardar la glorificación final. La Biblia también habla de los ángeles elegidos (1 Timoteo 5:21), de los elegidos de acuerdo al conocimiento (amor) previo de Dios (1 Pedro 1:2). Por cierto, en esta carta de Pedro se ve claramente el destinatario de la misiva, así que cuando el apóstol menciona que Dios no quiere que nadie se pierda, sino que todos procedan a arrepentimiento, ya usted deberá saber -por ese contexto introductorio- de quiénes está hablando.

    ¿Qué tipo de personas escogió Dios para salvación? Muchos tipos de personas (como le dijo Pablo a Timoteo: 1 Timoteo 2:4); pero Dios salvará a quien Él quiere salvar, ya que no depende de voluntad de varón sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla. Por igual se ha escrito que Dios endurece a quien Él quiere endurecer, así que no depende de nosotros. El contexto en que Pablo le escribe a Timoteo sobre la voluntad de Dios en salvar a todos, nos habla de categorías de personas: en el verso 1 se nos dice que se exhorta a hacer ruegos (oraciones), intercesiones y acciones de gracias por todos los tipos de personas, los que están en autoridad (reyes, presidentes, magistrados, etc.), para que vivamos quieta y reposadamente. Entonces, tanto por amos como por esclavos, por ricos y pobres, por los que están en eminencia, por los asalariados, por los pobres de la tierra. En fin, ese conglomerado de personas que el Dios mismo escogió desde antes de la fundación del mundo para ser objetos de su gracia y amor continuo.

    En 1 Corintios 1:26-29, la Biblia compendia el conjunto de los redimidos: No sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte, y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Incluso este texto no está indicando que todos los necios de la tierra fueron escogidos para salvación, ni todos los débiles del mundo, ni todos los viles y menospreciados, sino que de entre ellos escogió Dios a algunos.

    Pablo añade que los injustos no heredarán el reino de Dios, ni los fornicación, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios (1 Corintios 6:9-11).

    Entonces, nuestra elección es perpetua, cae dentro del renglón de la profundidad de la sabiduría de Dios, dentro de lo inescrutable de sus juicios y caminos. ¿Quién entendió la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? El ladrón en la cruz nació de nuevo casi en el último instante de su vida, pero Juan el Bautista nació de nuevo desde el vientre de su madre. Dios hace como quiere, salvó a ese ladrón a su lado pero dejó que el otro descendiera al infierno. Redimió a Pedro, a pesar de haberlo negado varias veces, pero condenó a Judas que se amargó por su pecado. El Dios soberano no respeta los derechos supuestos de las personas, simplemente cada individuo le debe a Él un juicio de rendición de cuentas.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL DIOS QUE DEJA HUELLA EN EL MAR (SALMO 77:19)

    Un predicador dijo una vez que había dos inseparables gemelos: la predestinación y la providencia. Esos son gemelos de la gracia admirable del Omnipotente Dios, el que nos predestinó según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria. Por lo tanto, fuimos sellados con el Espíritu Santo de la promesa. Para gobernar todas las cosas según el designio de su voluntad, se necesita tener todo el poder absoluto y ejercer el control de cada partícula del universo. Semejante Dios puede espantar a cualquiera, pero puede consolar a los que son suyos.

    Cuando nos referimos a la predestinación, hablamos de un acto soberano, eterno e inmutable, de acuerdo al propósito del Dios de la creación, quien ordenó todo cuanto sucede. Esto lo hizo según su propia voluntad y placer, para lo cual provee cada elemento necesario, en cada circunstancia posible y probable que vaya a utilizar. Acá ya empezamos a mirar la providencia divina, como el complemento forzoso para que se cumpla todo cuanto Dios ha querido. De esta manera, miramos a Dios en el tiempo, en la ejecución de lo que se propuso desde la eternidad.

    Vemos que el fin propuesto tiene una ejecución perfecta: el fin puede ser llamado predestinación, pero sus medios o ejecución pueden ser mencionados como su providencia, el uso de los mecanismos necesarios para lograr lo propuesto. Absalón tenía que seguir el consejo de Ahitofel, que era mejor que el de Husai, pero Jehová había ordenado lo contrario: que Absalón siguiera lo recomendado por Husai y desechara el mejor consejo de Ahitofel (2 Samuel 17:14). Esto lo hace el Señor porque Él controla aún los pensamientos del rey, a todo lo que quiere lo inclina. Él frustra el consejo de las naciones, coloca en los gobernantes y moradores de la tierra el dar el poder y dominio a la bestia (Apocalipsis 17:17).

    De acuerdo a la Escritura, nada en este mundo sucede por casualidad. Lo que llamamos azar lo es desde nuestra perspectiva, puesto que no dominamos todas las variables de lo que podría acontecer. Para Dios no hay azar, pero la Biblia habla desde nuestra perspectiva cuando nos dice que aún la suerte se echa en el regazo, pero de Jehová es su decisión. La decisión de algo no depende de ángeles o demonios, de ninguna persona, sino de Jehová que dirige el mundo hacia su final. Anunció caos para el tiempo del fin, y eso es lo que estamos viendo. Anunció un asesinato cruel para su Hijo, y eso nos lo narra la Biblia.

    La gloria del nombre de Dios, sumado al bien de los elegidos, se alcanzan por los medios providenciales del Todopoderoso. Lo dijo Pablo en forma enfática: a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien; esto es, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28). Hay bienes temporales y bienes espirituales, así como los bienes eternos. Nosotros buscamos más los temporales, conforme a nuestras necesidades que son dadas a conocer por medio de las oraciones al Señor. Aunque él ya conoce lo que necesitamos, se agrada en escucharnos y nosotros nos aliviamos en hablar con Él. La bendición de Jehová es la que añade riqueza sin tristeza (Proverbios 10:22).

    Los bienes espirituales lo son para el alma, el vivo ejercicio de la gracia en nosotros. Tenemos fe, confianza, salvación eterna, la presencia del Espíritu Santo en nosotros. Poseemos la garantía de la redención final, el fruto del Espíritu, la mente de Cristo, la unción del Santo. Los bienes eternos están relacionados con los espirituales y también con los temporales, en cuanto ellos nos conducen a la meta final: a conocer al Padre como único Dios verdadero y a Jesucristo el enviado (Juan 17:3). Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman (1 Corintios 2:9). Pablo subió al paraíso y oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar (2 Corintios 2:12); esas son algunas de los bienes eternos que nos aguardan.

    Recordemos siempre que cuando somos conducidos a la realización de una actividad determinada, un trabajo específico, una aventura en el campo o en las ciudades turísticas, un estudio de esfuerzo, un aprendizaje complicado, etc., cualquier cosa que hagamos ha sido ya ordenada. Pero también han sido ordenadas las circunstancias que rodean esas acciones a realizar. Por ejemplo, si usted tiene que dictar una conferencia ante un auditorio determinado, sepa que los que lo van a oír también han sido ordenados para oírlo. Eso nos da confianza en el Padre amado que conduce a sus hijos de triunfo en triunfo, pero que aún en las caídas nos sostiene con su mano firme y con su actitud de amor.

    Al nosotros saber que nada ocurre que no cumpla el propósito propuesto en la eternidad, que nada acontece sin que la soberanía de Dios provea sus medios, estemos seguros día a día, confiados en que donde estamos ha sido el deseo del Señor que estemos. Claro está, anhelamos cambiar de domicilio, solicitar otro trabajo, buscar otra diversión, pero todos esos deseos también son colocados por Aquél que provee para su realización. En suma, lo que Dios predestinó en el pasado y cumple su ejecución con su providencia, siempre resulta para el bien de sus elegidos y para la gloria de su nombre.

    ¿No ha hecho Jehová todas las cosas para sí mismo? ¿No hizo al malo para el día malo? (Proverbios 16:4). La ira del hombre te alabará, Dios reprimirá el resto de las iras (Salmo 76:10); Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que dijo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46:9-10). Por supuesto que existe una gran profundidad de las riquezas y de la sabiduría de Dios, que sus juicios son insondables, que sus caminos nos resultan inescrutables. ¿Quién entendió la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén (Romanos 11: 33-36).

    Estos textos mencionados, lo que se dijo antes, todo ello conduce al hecho de que todo trabaja para el beneficio de los escogidos de Dios. Si le amamos a él fue porque él nos amó primero; nadie le dio a él primero como para esperar recompensa. La soberanía de Dios hace todo posible, como para que vivamos repletos de gozo. El propósito de Dios es que todo trabaje o concurra para beneficio de sus hijos; eso lo sabemos por su palabra. En síntesis, hemos de vivir confiados, repletos de alegría, siempre de victoria en victoria porque somos más que vencedores. ¿Quién nos acusará o quién nos condenará? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?

    Esta reflexión sobre lo acá mencionado podría resumirse como una deliciosa persuasión de la benevolencia del Señor para con nosotros. Lo sabemos por la palabra de Dios, que no miente. Sol y escudo es Jehová Dios; gracia y gloria dará Jehová. No quitará el bien a los que andan en integridad (Salmo 84:11). La Biblia nos dice que: el que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente (Salmo 91:1). Yacemos en el corazón de Dios, en su seno, como si fuésemos la niña de sus ojos. Por esa razón también se dijo que el que hiciere daño a uno de los pequeños del Señor le vendría calamidad segura. Como Dios es amor, si vivimos en su seno amamos no solo a Dios sino a nuestros hermanos.

    Vivir bajo la sombra de sus alas, es reposar bajo el que puede hacer todo posible. Por eso se llama Jehová, el que es, el que hace todas las cosas posibles. ¿Habrá algo que sea difícil para Él? Por Jesucristo somos preservados de la ira de Dios, del calor enfurecido de su ley, así como de la ferocidad de los que nos persiguen sin causa. En esa roca que es Cristo vivimos protegidos de las inclemencias del temporal del mundo, del principado de este mundo, de sus tinieblas y de las maquinaciones de Satanás.

    Seremos librados del lazo del cazador (recordemos a Nimrod, cazador ante Jehová, gobernante de Babilonia, donde se construyó la Torre de Babel). Estaremos protegidos con su verdad, para que no temamos al terror nocturno, ni a ninguna flecha que venga a la ventura. Veremos la recompensa de los impíos, miraremos su lugar y ya no estarán. Ellos fueron consumidos de repente, cayeron y caerán en sus propios lazos. Ninguna arma forjada contra nosotros prosperará y condenaremos toda lengua que se levante en juicio contra nosotros. Todo esto acontece porque hemos puesto a Jehová como nuestra esperanza, al Altísimo por nuestra habitación. Como Elías deberíamos decir: Vive Jehová, en cuya presencia estoy.

    Ese Dios que ha dejado su huella en el mar resulta una maravilla para sus hijos. De día y de noche nos conduce, envía a sus ángeles para que nos guarden, para no tropezar con las piedras del camino. La poesía de los Salmos posee abundantes metáforas de lo que le acontece a cada hijo del Señor, a cada miembro de su iglesia, de su asamblea de justos, los cuales fuimos justificados por medio de la fe de Jesucristo.

    César Paredes

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  • EL DIOS QUE DEJA HUELLA EN EL MAR (SALMO 77:19)

    Un predicador dijo una vez que había dos inseparables gemelos: la predestinación y la providencia. Esos son gemelos de la gracia admirable del Omnipotente Dios, el que nos predestinó según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria, los que fuimos sellados con el Espíritu Santo de la promesa. Para gobernar todas las cosas según el designio de su voluntad, se necesita tener todo el poder absoluto y ejercer el control de cada partícula del universo. Semejante Dios puede espantar a cualquiera, pero puede consolar a los que son suyos.

    Cuando nos referimos a la predestinación, hablamos de un acto soberano, eterno e inmutable, de acuerdo al propósito del Dios de la creación, quien ordenó todo cuanto sucede. Esto lo hizo según su propia voluntad y placer, para lo cual provee cada elemento necesario, en cada circunstancia posible y probable que vaya a utilizar. Acá ya empezamos a mirar la providencia divina, como el complemento forzoso para que se cumpla todo cuanto Dios ha querido. De esta manera, miramos a Dios en el tiempo, en la ejecución de lo que se propuso desde la eternidad.

    Vemos que el fin propuesto tiene una ejecución perfecta: el fin puede ser llamado predestinación, pero sus medios o ejecución pueden ser mencionados como su providencia, el uso de los mecanismos necesarios para lograr lo propuesto. Absalón tenía que seguir el consejo de Ahitofel, que era mejor que el de Husai, pero Jehová había ordenado lo contrario: que Absalón siguiera lo recomendado por Husai y desechara el mejor consejo de Ahitofel (2 Samuel 17:14). Esto lo hace el Señor porque Él controla aún los pensamientos del rey, a todo lo que quiere lo inclina. Él frustra el consejo de las naciones, coloca en los gobernantes y moradores de la tierra el dar el poder y dominio a la bestia (Apocalipsis 17:17).

    De acuerdo a la Escritura, nada en este mundo sucede por casualidad. Lo que llamamos azar lo es desde nuestra perspectiva, puesto que no dominamos todas las variables de lo que podría acontecer. Para Dios no hay azar, pero la Biblia habla desde nuestra perspectiva cuando nos dice que aún la suerte se echa en el regazo, pero de Jehová es su decisión. La decisión de algo no depende de ángeles o demonios, de ninguna persona, sino de Jehová que dirige el mundo hacia su final. Anunció caos para el tiempo del fin, y eso es lo que estamos viendo. Anunció un asesinato cruel para su Hijo, y eso nos lo narra la Biblia.

    La gloria del nombre de Dios, sumado al bien de los elegidos, se alcanzan por los medios providenciales del Todopoderoso. Lo dijo Pablo en forma enfática: a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien; esto es, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28). Hay bienes temporales y bienes espirituales, así como los bienes eternos. Nosotros buscamos más los temporales, conforme a nuestras necesidades que son dadas a conocer por medio de las oraciones al Señor. Aunque él ya conoce lo que necesitamos, se agrada en escucharnos y nosotros nos aliviamos en hablar con Él. La bendición de Jehová es la que añade riqueza sin tristeza (Proverbios 10:22).

    Los bienes espirituales lo son para el alma, el vivo ejercicio de la gracia en nosotros. Tenemos fe, confianza, salvación eterna, la presencia del Espíritu Santo en nosotros. Poseemos la garantía de la redención final, el fruto del Espíritu, la mente de Cristo, la unción del Santo. Los bienes eternos están relacionados con los espirituales y también con los temporales, en cuanto ellos nos conducen a la meta final: a conocer al Padre como único Dios verdadero y a Jesucristo el enviado (Juan 17:3). Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman (1 Corintios 2:9). Pablo subió al paraíso y oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar (2 Corintios 2:12); esas son algunos de los bienes eternos que nos aguardan.

    Recordemos siempre que cuando somos conducidos a la realización de una actividad determinada, un trabajo específico, una aventura en el campo o en las ciudades turísticas, un estudio de esfuerzo, un aprendizaje complicado, etc., cualquier cosa que hagamos ha sido ya ordenada. Pero también han sido ordenadas las circunstancias que rodean esas acciones a realizar. Por ejemplo, si usted tiene que dictar una conferencia ante un auditorio determinado, sepa que los que lo van a oír también han sido ordenados para oírlo. Eso nos da confianza en el Padre amado que conduce a sus hijos de triunfo en triunfo, pero que aún en las caídas nos sostiene con su mano firme y con su actitud de amor.

    Al nosotros saber que nada ocurre que no cumpla el propósito propuesto en la eternidad, que nada acontece sin que la soberanía de Dios provea sus medios, estemos seguros día a día, confiados en que donde estamos ha sido el deseo del Señor que estemos. Claro está, anhelamos cambiar de domicilio, solicitar otro trabajo, buscar otra diversión, pero todos esos deseos también son colocados por Aquél que provee para su realización. En suma, lo que Dios predestinó en el pasado y cumple su ejecución con su providencia, siempre resulta para el bien de sus elegidos y para la gloria de su nombre.

    ¿No ha hecho Jehová todas las cosas para sí mismo? ¿No hizo al malo para el día malo? (Proverbios 16:4). La ira del hombre te alabará, Dios reprimirá el resto de las iras (Salmo 76:10); Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que dijo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46:9-10). Por supuesto que existe una gran profundidad de las riquezas y de la sabiduría de Dios, que sus juicios son insondables, que sus caminos nos resultan inescrutables. ¿Quién entendió la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén (Romanos 11: 33-36).

    Estos textos mencionados, lo que se dijo antes, todo ello conduce al hecho de que todo trabaja para el beneficio de los escogidos de Dios. Si le amamos a él fue porque él nos amó primero; nadie le dio a él primero como para esperar recompensa. La soberanía de Dios hace todo posible, como para que vivamos repletos de gozo. El propósito de Dios es que todo trabaje o concurra para beneficio de sus hijos; eso lo sabemos por su palabra. En síntesis, hemos de vivir confiados, repletos de alegría, siempre de victoria en victoria porque somos más que vencedores. ¿Quién nos acusará o quién nos condenará? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?

    Esta reflexión sobre lo acá mencionado podría resumirse como una deliciosa persuasión de la benevolencia del Señor para con nosotros. Lo sabemos por la palabra de Dios, que no miente. Sol y escudo es Jehová Dios; gracia y gloria dará Jehová. No quitará el bien a los que andan en integridad (Salmo 84:11). La Biblia nos dice que: el que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente (Salmo 91:1). Yacemos en el corazón de Dios, en su seno, como si fuésemos la niña de sus ojos. Por esa razón también se dijo que el que hiciere daño a uno de los pequeños del Señor le vendría calamidad segura. Como Dios es amor, si vivimos en su seno amamos no solo a Dios sino a nuestros hermanos.

    Vivir bajo la sombra de sus alas, es reposar bajo el que puede hacer todo posible. Por eso se llama Jehová, el que es, el que hace todas las cosas posibles. ¿Habrá algo que sea difícil para Él? Por Jesucristo somos preservados de la ira de Dios, del calor enfurecido de su ley, así como de la ferocidad de los que nos persiguen sin causa. En esa roca que es Cristo vivimos protegidos de las inclemencias del temporal del mundo, del principado de este mundo, de sus tinieblas y de las maquinaciones de Satanás.

    Seremos librados del lazo del cazador (recordemos a Nimrod, cazador ante Jehová, gobernante de Babilonia, donde se construyó la Torre de Babel). Estaremos protegidos con su verdad, para que no temamos al terror nocturno, ni a ninguna flecha que venga a la ventura. Veremos la recompensa de los impíos, miraremos su lugar y ya no estarán. Ellos fueron consumidos de repente, cayeron y caerán en sus propios lazos. Ninguna arma forjada contra nosotros prosperará y condenaremos toda lengua que se levante en juicio contra nosotros. Todo esto acontece porque hemos puesto a Jehová como nuestra esperanza, al Altísimo por nuestra habitación. Como Elías deberíamos decir: Vive Jehová, en cuya presencia estoy.

    Ese Dios que ha dejado su huella en el mar resulta una maravilla para sus hijos. De día y de noche nos conduce, envía a sus ángeles para que nos guarden, para no tropezar con las piedras del camino. La poesía de los Salmos posee abundantes metáforas de lo que le acontece a cada hijo del Señor, a cada miembro de su iglesia, de su asamblea de justos, los cuales fuimos justificados por medio de la fe de Jesucristo.

    César Paredes

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