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  • MÁS HEREJÍA

    El gran problema de muchas sinagogas que se denominan cristianas consiste en señalar la herejía y perdonar a los herejes. Al parecer, el error doctrinal que socava el fundamento de la fe puede ser visto como un simple desvío conceptual, un punto de vista diferente de la creencia. Rupturas van y vienen, separaciones y nombramientos de iglesias libres, como para despojarse de la vieja doctrina una vez dada a los santos. Llegan a creer que el hombre tiene que dar mucho de sí mismo en asuntos de salvación, que aporta su voluntad e inteligencia, humildad y astucia, lo que lo diferencia del incrédulo.

    En realidad ambos caen en el mismo hueco: el incrédulo y el creyente a medias. Como si el ciego pudiera guiar al que tampoco ve, como cuando se huye de un oso y lo muerde una serpiente. Los estudiosos de la teología de la gracia, los que se aferran a ella, suelen ver como hermanos en la fe a los que no traen esa doctrina de Cristo. Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Para qué predicar la gracia si la gente puede ser salva por medio de las obras? Ah, se cree que el de las obras está en un error, pero sería como los católicos hablan: un error venial. Para esos predicadores de la gracia que le dicen bienvenidos a los de las obras, pareciera que en vano dijo el apóstol Juan que el que no habita en la doctrina de Cristo no tiene a Dios (2 Juan 1:9-11).

    Las nuevas herejías copian siempre algo de las viejas; desde el antiguo Pelagio, pasamos por Arminio, el peón de Roma en las filas del protestantismo incipiente. Hoy día, la doctrina arminiana iza su bandera en casi todas las congregaciones evangélicas o reformadas. Los que quedan en referencia a la gracia han bajado la guardia porque los asusta el argumento de la cantidad, lo cual no es más que una falacia que grita a voces que la mayoría tiene la razón. Pero Jesucristo nos dijo que no temiéramos, porque aunque seamos la manada pequeña al Padre le ha placido darnos el reino. No se lo dará a la manada grande de cabras reunidas en torno a un falso Cristo: mitad gracia y mitad obras; o tal vez 90% gracia y 10% obras; o cualquier otra mezcla que se tenga a gusto.

    Sí, ahora se cree que el hombre no murió en delitos y pecados sino que simplemente se enfermó; que existe una elección condicionada en el hecho de que perseveremos, en que hagamos ciertas obras buenas; que Dios previó (mirando en el túnel del tiempo) y vio gente con corazón dispuesto a amarlo, que por esa razón escogió a tales personas. También se dice que Jesús murió en algún sentido por toda la humanidad, pero que su eficacia se aplica solamente en los escogidos. Como si todo el mundo en algún sentido hubiese sido salvado con la muerte de Cristo, pero no todo el mundo lo aprovecha. Se añade que la gracia salvadora es resistible, que el Espíritu Santo puede ser vencido por la testarudez humana, que Cristo está rogando por salvar alguna alma, que Dios hizo su parte y el diablo votó en contra, pero que usted decide su destino final.

    Todo tipo de persuasión es admisible, porque se trata de salvar un alma. Ah, poco importa que se traiga el rock a la congregación, o cualquier tipo de espectáculo, total, eso vale el mérito de rescatar un alma para Cristo. La honra del hombre primero, porque se trata de suavizar la doctrina en favor de su corazón, la honra de Dios que espere. Al revestir el evangelio con dramas, con símbolos religiosos (que en su mayoría comparte el paganismo), con cánticos para agradar a la congregación, se echa mano de la persuasión retórica con el ánimo de alcanzar un prosélito.

    Recordemos que la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, a nosotros, es poder de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos…Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación (1 Corintios 1:18-21).

    Continuamos anunciando el evangelio a toda criatura, con el mandato de arrepentimiento de parte de Dios, así como de creer esa buena noticia de salvación. Algunos dirán que eso es locura, como se lee en el texto enunciado de Corintios; otros serán llamados eficazmente y son de los que se salvan. No sabemos quiénes son los elegidos, pero cada oveja arrepentida y perdonada seguirá por siempre al buen pastor. Jamás esa oveja se irá tras el extraño, porque desconoce su voz (Juan 10:1-5).

    La herejía ha sido anunciada en la Biblia como una obra de la carne (Gálatas 5:20-21); también Pedro refiere a ella como algo destructivo y condenable (2 Pedro 2:1-3). Si el creyente no practica el pecado, se entiende que no practica la herejía. Practicar la herejía implica guiarse por principios contrarios a la palabra de Dios, por más que se esmere la persona en vivir una vida con apariencia de piedad. Se niega la eficacia de la piedad cuando se cree en un Cristo diferente al descrito en las Escrituras. Esa invención de la expiación universal, del libero arbitrio, del hombre enfermo en vez de muerto, de resistir la gracia (la cual es irrevocable e irresistible, según la Biblia), de oponerse eficazmente al Espíritu Santo como una de las Persona del Dios Trino, constituye un continuo herético.

    Los herejes van de la mano con los falsos maestros, pronuncian palabras que carcomen como la gangrena o el cáncer (2 Timoteo: 2:17). Sus cuentos y verbos son como la levadura que leuda toda la masa, hacen que las almas sean llevadas por todo viento doctrinal. La Biblia nos dice que nos guardemos de los perros, de los malos obreros, de los que mutilan el cuerpo, de los lobos que devoran la manada, de los engañadores que desestabilizan el alma (Hechos 20:29; Filipenses 3:2).

    La advertencia hecha por Jesús y por sus apóstoles contra las enseñanzas heréticas de los falsos maestros supone que esas doctrinas conllevan suficiente peligro para corromper el alma. La levadura de los fariseos (Marcos 8:15), los falsos profetas (Mateo 24:4-5), los perros y malhechores que arrastran al error de la iniquidad (2 Pedro 3:17), constituyen males de antes y de nuestro tiempo. Dentro del cristianismo y su historia se puede ver una inundación de herejías, como si fuera el plato preferido del Maligno, como si esa fuese su maquinación favorita. La oración junto al celo por la rectitud de la palabra de Dios, han ayudado a los creyentes a hacer frente a esas acechanzas del diablo.

    Babilonia se describe como la cárcel del alma humana, el lugar donde moran todavía muchos que pertenecen al pueblo de Dios. A ellos Jesús les dice que huyan de ese lugar, porque el alma vale mucho más que los tesoros de la tierra. ¿De qué aprovecha al hombre si ganare el mundo y perdiere su alma? Los mercaderes de la tierra hacen negocio con las almas humanas, como lo relata Apocalipsis 18:11-13. Estos maestros encubiertos que introducen herejías destructoras, para blasfemar el camino de la verdad, hacen mercadería de los feligreses. Sobre ellos la condenación no se tarda ni se duerme su perdición (2 Pedro 2:1-3).

    ¿Cómo se compra un alma? Con palabras falsas, con la palabra blanda del evangelio y no con la palabra dura de oír. El anuncio del herético permea hacia el fundamento, para procurar que el alma se separe de su raíz; por supuesto, esto tiene éxito en aquellos cuya raíz no es profunda, porque el fundamento que es Cristo no se trasvasa. La herejía corrompe el juicio y ya no se podrá juzgar con justo juicio, ni probar los espíritus para ver si son de Dios. El que vive en la herejía posee cataratas en los ojos de la fe, así que trastabilla y su desequilibrio anuncia a lo lejos que va en picada hacia la muerte eterna.

    Si el error del hereje corrompe la conciencia, ésta se encallece y se adormece. La sofistería lleva a la falacia, así que existe en esta última la intención de engañar. Eso hace el falso maestro, el que adultera la palabra de Dios. Si el Espíritu anunció que se levantarían esos perros rabiosos, esos lobos contra la manada, también dijo que en los postreros tiempos sería peor. La maldad sería aumentada, habría proliferación de falsos Cristos, de perniciosos maestros que intentarán engañar, si fuere posible (no lo es), aún a los escogidos.

    La errónea conciencia acerca de la palabra de Dios batalla de frente contra la verdad. Cuando el herético consume su herejía y la cree como verdad, pareciera que ha recibido el espíritu de estupor para terminarse de perder. Y es que el hereje no ama la verdad y tiene predilección por la mentira; con la conciencia carcomida no le queda otro camino que seguir al padre de la mentira guiado por el espíritu de estupor o engaño enviado por Dios mismo.

    La herejía va también de la mano con la impiedad. Por sus frutos se conoce al árbol malo, así como a los falsos maestros, a los pastores asalariados o a los mercaderes de ovejas. La verdad trabaja con la bondad, produce buenos frutos, en especial el fruto del árbol bueno, el que confiesa con la boca la abundante verdad doctrinal contenida en el corazón. Huid de Babilonia, pueblo mío (Apocalipsis 18:4).

    César Paredes

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  • LA HEREJÍA

    Una herejía es una escogencia que uno hace, del griego nos viene haíresis-escogencia, del verbo tomar o escoger. Una metáfora se abre con el verbo y nos lleva a la opinión privada sobre algún tema. El problema es que en materia de dogma cristiano, el término se usó para señalar la conducta interpretativa de los que prefieren caminar fuera de la norma bíblica. Se trata de la interpretación privada señalada por Pedro como conducta impropia, para perdición del hereje. Él dice que ninguna Escritura es de interpretación privada, así que debe haber una interpretación pública: igual para toda la cristiandad.

    De esta manera, las sectas o doctrinas que no son ortodoxas, pasan a ser una herejía que trae por fuerza la diairesis (una división) en el seno de la cristiandad. La inusual opinión se levanta contra el sentido común aceptado. Los judíos consideraban que la forma en que Pablo adoraba a Dios constituía una herejía. Sin embargo, lo que molesta es la falsa opinión que pretende dividir la verdad, a través de la disensión. El problema mayor llega cuando subvierte la fe por medio de la opinión teológica privada y contra la Escritura.

    Por todo lo dicho, tener una falsa opinión que sea hostil a la doctrina revelada en la Biblia, de acuerdo a la fe dada una vez a los santos, ataca la palabra de Dios que es útil para la salvación. Una errónea creencia, una frase que viaja contra la doctrina, se considera herejía dentro de la vida cristiana. Cometemos diversos errores pero eso no tiene que constituir herejías; no obstante, cuando socava la base de la doctrina enseñada en la Escritura se cataloga como herejía. Arrio fue un ejemplo de hereje, al predicar que el Hijo no era consubstancial con el Padre.

    La historia del cristianismo relata las veces en que se arremetió contra la persona de Cristo; hoy día, desde hace unos siglos, se arremete contra la obra de Jesucristo. Se dice que él murió en la cruz por toda la humanidad, sin excepción. Puede ser que se le reconozca como Dios hecho hombre, como el Hijo del Hombre, como el Verbo encarnado. No obstante, sutilmente se ataca al trabajo realizado en la cruz, dándole un valor y alcance no sostenido por las Escrituras.

    Se incurre en la falacia por división y composición, al predicar de él una obra relacionada con su divinidad. Si murió por los pecados de su pueblo, pudo morir por los pecados de todo el mundo, ya que el trabajo de Dios deber ser exhaustivo y misericordioso por fuerza. Pero la Escritura enfatiza en la doctrina del Padre, enseñada por el Hijo. El Señor dijo que nadie podía venir a él a no ser que el Padre lo trajere a la fuerza. Agregó también que todo lo que el Padre le da vendrá a él, y él no lo echará fuera. Vemos que la deducción lógica de esas dos premisas universales resulta en una derivada universal: Nadie puede ser salvo por su propia cuenta.

    Por ende, Dios como Ser soberano muestra su misericordia a quien quiere mostrarla, pero endurece a quien quiere endurecer. Eso indica que Jesucristo no murió por todo el mundo, sin excepción, sino por todo su pueblo (Mateo 1:21). No podemos catalogar a cada pecado como una herejía, pero sí podemos afirmar que validar los pecados como algo que no ofende a la santidad de Dios resulta una herejía. ¿Por qué? Porque eso va contra la doctrina bíblica de la ofensa contra el Altísimo. El ser humano caído se volvió en una persona que odia a Dios, al verdadero Dios de las Escrituras.

    La herejía implica una creencia errónea en materia de fe; uno puede tener disensión en materia de fechas históricas, en cuanto a ciertos asuntos culturales relatados en la Biblia. Tal vez un poco de información precisa nos hace falta, con la ayuda de los expertos; pero si el nuevo nacimiento lo da el Espíritu Santo a los elegidos del Padre, sabemos que Jesucristo murió por ellos en exclusiva. La Biblia señala que ese nacer de lo alto no depende de voluntad humana alguna, sino de Dios. Entonces, mal podría atribuírsele al prospecto por nacer el aporte de su voluntad. La voluntad del creyente le viene como consecuencia de su nacimiento por medio del Espíritu (Tu pueblo lo será de buena voluntad en el día de tu poder). Serán todos (el conjunto de las ovejas) enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendrán a mí (Juan 6:45).

    Es de hacer notar que el Espíritu cumple entre tantas funciones la de llevarnos a toda verdad, junto a la de recordarnos las palabras de Jesús. De esta manera, no puede uno ni imaginarse la posibilidad de que alguien diga creer en Cristo si ignora lo que hizo Jesucristo. Recordemos a Isaías: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Ocúpate de la doctrina, le dice Pablo a Timoteo, porque te podrás salvar a ti mismo y ayudarás a salvar a otros; es decir, la doctrina viene como signo inequívoco de la criatura ya redimida.

    La consecuencia necesaria de la conversión es el conocimiento de la verdad; con ella seremos verdaderamente libres. El padre de la mentira es Satanás, el que cree una herejía está militando en la mentira, así que el Espíritu Santo no es su guía. Por otro lado, la Escritura nos dice que tenemos la mente de Cristo. Entonces, ¿a qué temerle a la doctrina? ¿Cómo puede alguien decir que eso es asunto de intelectuales y que prefiere amar a Cristo con el corazón? ¿Acaso el corazón no impone por igual los asuntos de la mente? La mayor parte de las veces la Escritura habla del corazón como un lugar de donde salen los malos pensamientos, así como las virtudes (amar a Dios con todo tu corazón es la mayor de las virtudes).

    Dios no está reñido con el conocimiento de su palabra, al contrario, nos manda a escudriñarla porque en ella nos parece que está la vida eterna. Así que cuando el error socava la fundación de la fe, no puede admitirse como una interpretación de la verdad que puede ser considerada como válida; en este caso, ese error ataca de frente la verdad bíblica. Negar la deidad de Jesucristo se contempla como herejía, subvierte la fe; hablar de que la salvación pertenece a Jesucristo, pero que él intentó salvar a toda la humanidad, sin excepción, socava el fundamento del trabajo hecho en la cruz (Mateo 1:21; Juan 10:26; Juan 17:9; Apocalipsis 13:8; 17:8 y 17:17).

    Al hablar de la satisfacción humana como el conjunto de obras que el hombre aporta para ayudarse con la justicia de Cristo, se imparte una herejía. La salvación es toda de gracia, no por obras para que nadie se gloríe. El hereje batalla con ciertas verdades, las confiesa como válidas, pero niega otras; la mentira casi siempre se acompaña de verdades a medias. Lo que la serpiente le dijo a Eva puede ser un ejemplo claro de lo que intentamos demostrar en cuanto a la mentira mezclada de verdades.

    Finalmente, queremos dejar en claro que no existe herejía sin hereje. Puede que alguien comparta una herejía sin ser su creador, en todo caso se trata por igual de un hereje. El ejemplo de Jesús lo aclara: criticó a los fariseos que recorrían la tierra en busca de un prosélito, para hacerlo doblemente merecedor del infierno de fuego. Acá Jesús no excusa al engañado, sino que lo fustiga doblemente. Al decir que Jesús intentó salvar a toda la humanidad, sin excepción, se está profiriendo una herejía porque eso niega la Escritura. Al mismo tiempo, denigra de la eficacia de la sangre de Cristo, así como se intenta acusar a Dios de injusto, por castigar en el Hijo los pecados de todo el mundo, sin excepción, para después volver a cobrar su castigo en el infierno.

    Negar la existencia del infierno que no se extingue y del castigo perenne, basado en que Dios es amor y justo, como hacen los adventistas y muchos otros que aún sin nombre creen en esa forma de fe, implica llamar mentiroso a Jesucristo quien tanto habló sobre el tema. En estos casos eso puede ser comprendido igualmente como herejía, así que hemos de tener cuidado con la interpretación privada, porque ello conduce a perdición de los intérpretes y de sus seguidores.

    César Paredes

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  • NUESTRA ELECCIÓN

    Pablo confesó que estaba limpio de la sangre de todos aquellos a quienes había predicado, porque no había rehuido el anunciar todo el consejo de Dios (Hechos 20:26-27). En otros términos, no solamente predicó a Cristo como el enviado de Dios para salvar lo que se había perdido, sino al Señor Dios soberano, el que hace como quiere, el que odió a Esaú pero amó a Jacob aún antes de que hiciesen bien o mal. Por más que sintió profundo dolor en su corazón por ese mensaje que debía entregar, lo hizo para que se aclarara ese consejo de Dios tan ocultado por escribas y fariseos, pero que sigue escondido bajo los púlpitos modernos porque alejan a las cabras que tienen en sus aposentos.

    Jesucristo predicaba la doctrina de su Padre, de manera que hace falta no solo conocer su persona sino también su trabajo. Él vino en exclusiva a poner su vida por las ovejas, no por los cabritos. El que no es oveja no puede venir a él (Juan 10:26), el que no es enseñado por el Padre y no ha aprendido de Él, no podrá venir a él (Juan 6:45). Ninguna persona puede venir a Cristo por cuenta propia, a no ser que el Padre lo traiga (lo arrastre, de acuerdo al verbo griego usado: ELKO), en tanto todo lo que el Padre le da al Hijo vendrá al Hijo, y no será jamás echado fuera (Juan 6:37 y 44). Y el Señor acortará los días finales por causa de los elegidos (Marcos 13:22). También se levantarán falsos Cristos y engañosos profetas, maestros de mentiras, haciendo señales y prodigios maravillosos, para seducir -si le fuere posible- aún a los elegidos (Marcos 13:27).

    Fijémonos en el futuro de subjuntivo que usó Jesús en esa frase. Eso indica una absoluta imposibilidad, de manera que los elegidos no seremos seducidos por esos falsos maestros que anuncian un Cristo de maravilla, ajustado a la talla de cada quien. Como un traje hecho por un sastre, así resulta el ídolo que cada quien se forja conforme a la medida de su mente, dando soltura a su imaginación respecto a lo que debería ser Dios. Ya en el final de todo, Dios enviará sus ángeles para reunir a sus elegidos, desde los cuatro vientos de la tierra (Marcos 13:27). El Señor vengará a sus elegidos, los que clamamos a él día y noche, no se tardará en responderles (Lucas 18:7).

    Vemos que la Biblia habla cantidad de veces acerca de los elegidos, de los escogidos, de los predestinados, de los ordenados para vida eterna. Esos son los mismos que el Padre conoció o amó. Recordemos que la Biblia dice que Adán conoció de nuevo a su mujer, y tuvieron otro hijo. También Jesús afirmó que al fin de los tiempos dirá a un grupo de personas, que hacían milagros en su nombre y echaban fuera demonios, que nunca los conoció. ¿Cómo puede el Dios Omnisciente -que conoce todas las cosas- afirmar que va a decir que no conoció a ese grupo de personas? ¿Cómo pudo decir, igualmente, a una nación o entidad territorial o grupo de gentes que a ellos solo conoció de entre todas las demás personas de la tierra? Sencillamente porque en la Biblia el verbo conocer no solo significa una actividad cognitiva, sino que también implica una comunión especial.

    El contexto de los textos define el término usado, de manera que así como el vocablo LOGOS en griego tiene más de diez sentidos distintos, desde escardilla hasta Verbo, estudio, entendimiento, lógica, etc., también muchos otros vocablos poseen sentidos diversos. ¿Cómo se hace para saber qué sentido empleó el escritor bíblico? Sencillamente el contexto ordena la rectitud interpretativa. Cuando Pablo en Romanos 8:29-30 habla de los que Dios antes conoció, dice de inmediato predestinó, llamó, justificó y glorificó. Se entiende que una persona predestinada lo fue porque alguien con capacidad soberana para actuar lo hizo. No vio Dios nada bueno en el hombre, cada cual se apartó por su camino, todos se desviaron, no hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios, todos están muertos en delitos y pecados. Entonces, dado todo ese contexto bíblico, ¿cómo pudo Dios escoger a alguien porque vio algo bueno en esa persona?

    Si Dios vio algo bueno en esa persona a escoger entonces esa persona escogida tendrá de qué gloriarse, dirá que su salvación depende del trabajo de Cristo en la cruz y de sí mismo, gracias a su voluntad y a ese algo bueno que hizo que Dios lo escogiera. Por esas razones, el texto de Romanos 8 ha de entenderse como el que hace referencia a aquellas personas que el Padre amó (conoció íntimamente, con amor eterno, de acuerdo al puro afecto de su voluntad). No podrá entenderse tampoco como que Dios miró en el túnel del tiempo y vio que alguien iba a amarlo a Él. Si tal cosa hizo, entonces Dios no es Omnisciente, no sabe todas las cosas, sino que tiene que averiguarlas para después actuar en consecuencia. Tal cosa creen los del teísmo abierto, los que suponen que Dios no sabe el futuro sino que lo va averiguando según las múltiples posibilidades que tiene la persona para actuar de una u otra manera.

    Pero el Dios de las Escrituras anuncia que Él declara el final desde el principio, porque Él hace el futuro, no lo descubre ni adivina. Si lo adivinara al mirar en los corazones humanos, sería un Dios que plagia las ideas humanas y las aprovecha para actuar en consecuencia, además de que dicta a sus profetas las cosas no propias sino las ideas que se robó en las mentes de los seres humanos. Así y aún más continúa la blasfemia de los que anuncian la herejía de la expiación universal.

    Haber sido elegido por Dios significa haber sido escogido para creer en Jesucristo, para ser semejante al Hijo de Dios, para heredar la vida eterna, para vivir en santidad y aguardar la glorificación final. La Biblia también habla de los ángeles elegidos (1 Timoteo 5:21), de los elegidos de acuerdo al conocimiento (amor) previo de Dios (1 Pedro 1:2). Por cierto, en esta carta de Pedro se ve claramente el destinatario de la misiva, así que cuando el apóstol menciona que Dios no quiere que nadie se pierda, sino que todos procedan a arrepentimiento, ya usted deberá saber -por ese contexto introductorio- de quiénes está hablando.

    ¿Qué tipo de personas escogió Dios para salvación? Muchos tipos de personas (como le dijo Pablo a Timoteo: 1 Timoteo 2:4); pero Dios salvará a quien Él quiere salvar, ya que no depende de voluntad de varón sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla. Por igual se ha escrito que Dios endurece a quien Él quiere endurecer, así que no depende de nosotros. El contexto en que Pablo le escribe a Timoteo sobre la voluntad de Dios en salvar a todos, nos habla de categorías de personas: en el verso 1 se nos dice que se exhorta a hacer ruegos (oraciones), intercesiones y acciones de gracias por todos los tipos de personas, los que están en autoridad (reyes, presidentes, magistrados, etc.), para que vivamos quieta y reposadamente. Entonces, tanto por amos como por esclavos, por ricos y pobres, por los que están en eminencia, por los asalariados, por los pobres de la tierra. En fin, ese conglomerado de personas que el Dios mismo escogió desde antes de la fundación del mundo para ser objetos de su gracia y amor continuo.

    En 1 Corintios 1:26-29, la Biblia compendia el conjunto de los redimidos: No sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte, y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Incluso este texto no está indicando que todos los necios de la tierra fueron escogidos para salvación, ni todos los débiles del mundo, ni todos los viles y menospreciados, sino que de entre ellos escogió Dios a algunos.

    Pablo añade que los injustos no heredarán el reino de Dios, ni los fornicación, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios (1 Corintios 6:9-11).

    Entonces, nuestra elección es perpetua, cae dentro del renglón de la profundidad de la sabiduría de Dios, dentro de lo inescrutable de sus juicios y caminos. ¿Quién entendió la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? El ladrón en la cruz nació de nuevo casi en el último instante de su vida, pero Juan el Bautista nació de nuevo desde el vientre de su madre. Dios hace como quiere, salvó a ese ladrón a su lado pero dejó que el otro descendiera al infierno. Redimió a Pedro, a pesar de haberlo negado varias veces, pero condenó a Judas que se amargó por su pecado. El Dios soberano no respeta los derechos supuestos de las personas, simplemente cada individuo le debe a Él un juicio de rendición de cuentas.

    César Paredes

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  • EL DIOS QUE DEJA HUELLA EN EL MAR (SALMO 77:19)

    Un predicador dijo una vez que había dos inseparables gemelos: la predestinación y la providencia. Esos son gemelos de la gracia admirable del Omnipotente Dios, el que nos predestinó según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria. Por lo tanto, fuimos sellados con el Espíritu Santo de la promesa. Para gobernar todas las cosas según el designio de su voluntad, se necesita tener todo el poder absoluto y ejercer el control de cada partícula del universo. Semejante Dios puede espantar a cualquiera, pero puede consolar a los que son suyos.

    Cuando nos referimos a la predestinación, hablamos de un acto soberano, eterno e inmutable, de acuerdo al propósito del Dios de la creación, quien ordenó todo cuanto sucede. Esto lo hizo según su propia voluntad y placer, para lo cual provee cada elemento necesario, en cada circunstancia posible y probable que vaya a utilizar. Acá ya empezamos a mirar la providencia divina, como el complemento forzoso para que se cumpla todo cuanto Dios ha querido. De esta manera, miramos a Dios en el tiempo, en la ejecución de lo que se propuso desde la eternidad.

    Vemos que el fin propuesto tiene una ejecución perfecta: el fin puede ser llamado predestinación, pero sus medios o ejecución pueden ser mencionados como su providencia, el uso de los mecanismos necesarios para lograr lo propuesto. Absalón tenía que seguir el consejo de Ahitofel, que era mejor que el de Husai, pero Jehová había ordenado lo contrario: que Absalón siguiera lo recomendado por Husai y desechara el mejor consejo de Ahitofel (2 Samuel 17:14). Esto lo hace el Señor porque Él controla aún los pensamientos del rey, a todo lo que quiere lo inclina. Él frustra el consejo de las naciones, coloca en los gobernantes y moradores de la tierra el dar el poder y dominio a la bestia (Apocalipsis 17:17).

    De acuerdo a la Escritura, nada en este mundo sucede por casualidad. Lo que llamamos azar lo es desde nuestra perspectiva, puesto que no dominamos todas las variables de lo que podría acontecer. Para Dios no hay azar, pero la Biblia habla desde nuestra perspectiva cuando nos dice que aún la suerte se echa en el regazo, pero de Jehová es su decisión. La decisión de algo no depende de ángeles o demonios, de ninguna persona, sino de Jehová que dirige el mundo hacia su final. Anunció caos para el tiempo del fin, y eso es lo que estamos viendo. Anunció un asesinato cruel para su Hijo, y eso nos lo narra la Biblia.

    La gloria del nombre de Dios, sumado al bien de los elegidos, se alcanzan por los medios providenciales del Todopoderoso. Lo dijo Pablo en forma enfática: a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien; esto es, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28). Hay bienes temporales y bienes espirituales, así como los bienes eternos. Nosotros buscamos más los temporales, conforme a nuestras necesidades que son dadas a conocer por medio de las oraciones al Señor. Aunque él ya conoce lo que necesitamos, se agrada en escucharnos y nosotros nos aliviamos en hablar con Él. La bendición de Jehová es la que añade riqueza sin tristeza (Proverbios 10:22).

    Los bienes espirituales lo son para el alma, el vivo ejercicio de la gracia en nosotros. Tenemos fe, confianza, salvación eterna, la presencia del Espíritu Santo en nosotros. Poseemos la garantía de la redención final, el fruto del Espíritu, la mente de Cristo, la unción del Santo. Los bienes eternos están relacionados con los espirituales y también con los temporales, en cuanto ellos nos conducen a la meta final: a conocer al Padre como único Dios verdadero y a Jesucristo el enviado (Juan 17:3). Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman (1 Corintios 2:9). Pablo subió al paraíso y oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar (2 Corintios 2:12); esas son algunas de los bienes eternos que nos aguardan.

    Recordemos siempre que cuando somos conducidos a la realización de una actividad determinada, un trabajo específico, una aventura en el campo o en las ciudades turísticas, un estudio de esfuerzo, un aprendizaje complicado, etc., cualquier cosa que hagamos ha sido ya ordenada. Pero también han sido ordenadas las circunstancias que rodean esas acciones a realizar. Por ejemplo, si usted tiene que dictar una conferencia ante un auditorio determinado, sepa que los que lo van a oír también han sido ordenados para oírlo. Eso nos da confianza en el Padre amado que conduce a sus hijos de triunfo en triunfo, pero que aún en las caídas nos sostiene con su mano firme y con su actitud de amor.

    Al nosotros saber que nada ocurre que no cumpla el propósito propuesto en la eternidad, que nada acontece sin que la soberanía de Dios provea sus medios, estemos seguros día a día, confiados en que donde estamos ha sido el deseo del Señor que estemos. Claro está, anhelamos cambiar de domicilio, solicitar otro trabajo, buscar otra diversión, pero todos esos deseos también son colocados por Aquél que provee para su realización. En suma, lo que Dios predestinó en el pasado y cumple su ejecución con su providencia, siempre resulta para el bien de sus elegidos y para la gloria de su nombre.

    ¿No ha hecho Jehová todas las cosas para sí mismo? ¿No hizo al malo para el día malo? (Proverbios 16:4). La ira del hombre te alabará, Dios reprimirá el resto de las iras (Salmo 76:10); Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que dijo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46:9-10). Por supuesto que existe una gran profundidad de las riquezas y de la sabiduría de Dios, que sus juicios son insondables, que sus caminos nos resultan inescrutables. ¿Quién entendió la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén (Romanos 11: 33-36).

    Estos textos mencionados, lo que se dijo antes, todo ello conduce al hecho de que todo trabaja para el beneficio de los escogidos de Dios. Si le amamos a él fue porque él nos amó primero; nadie le dio a él primero como para esperar recompensa. La soberanía de Dios hace todo posible, como para que vivamos repletos de gozo. El propósito de Dios es que todo trabaje o concurra para beneficio de sus hijos; eso lo sabemos por su palabra. En síntesis, hemos de vivir confiados, repletos de alegría, siempre de victoria en victoria porque somos más que vencedores. ¿Quién nos acusará o quién nos condenará? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?

    Esta reflexión sobre lo acá mencionado podría resumirse como una deliciosa persuasión de la benevolencia del Señor para con nosotros. Lo sabemos por la palabra de Dios, que no miente. Sol y escudo es Jehová Dios; gracia y gloria dará Jehová. No quitará el bien a los que andan en integridad (Salmo 84:11). La Biblia nos dice que: el que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente (Salmo 91:1). Yacemos en el corazón de Dios, en su seno, como si fuésemos la niña de sus ojos. Por esa razón también se dijo que el que hiciere daño a uno de los pequeños del Señor le vendría calamidad segura. Como Dios es amor, si vivimos en su seno amamos no solo a Dios sino a nuestros hermanos.

    Vivir bajo la sombra de sus alas, es reposar bajo el que puede hacer todo posible. Por eso se llama Jehová, el que es, el que hace todas las cosas posibles. ¿Habrá algo que sea difícil para Él? Por Jesucristo somos preservados de la ira de Dios, del calor enfurecido de su ley, así como de la ferocidad de los que nos persiguen sin causa. En esa roca que es Cristo vivimos protegidos de las inclemencias del temporal del mundo, del principado de este mundo, de sus tinieblas y de las maquinaciones de Satanás.

    Seremos librados del lazo del cazador (recordemos a Nimrod, cazador ante Jehová, gobernante de Babilonia, donde se construyó la Torre de Babel). Estaremos protegidos con su verdad, para que no temamos al terror nocturno, ni a ninguna flecha que venga a la ventura. Veremos la recompensa de los impíos, miraremos su lugar y ya no estarán. Ellos fueron consumidos de repente, cayeron y caerán en sus propios lazos. Ninguna arma forjada contra nosotros prosperará y condenaremos toda lengua que se levante en juicio contra nosotros. Todo esto acontece porque hemos puesto a Jehová como nuestra esperanza, al Altísimo por nuestra habitación. Como Elías deberíamos decir: Vive Jehová, en cuya presencia estoy.

    Ese Dios que ha dejado su huella en el mar resulta una maravilla para sus hijos. De día y de noche nos conduce, envía a sus ángeles para que nos guarden, para no tropezar con las piedras del camino. La poesía de los Salmos posee abundantes metáforas de lo que le acontece a cada hijo del Señor, a cada miembro de su iglesia, de su asamblea de justos, los cuales fuimos justificados por medio de la fe de Jesucristo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL DIOS QUE DEJA HUELLA EN EL MAR (SALMO 77:19)

    Un predicador dijo una vez que había dos inseparables gemelos: la predestinación y la providencia. Esos son gemelos de la gracia admirable del Omnipotente Dios, el que nos predestinó según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria, los que fuimos sellados con el Espíritu Santo de la promesa. Para gobernar todas las cosas según el designio de su voluntad, se necesita tener todo el poder absoluto y ejercer el control de cada partícula del universo. Semejante Dios puede espantar a cualquiera, pero puede consolar a los que son suyos.

    Cuando nos referimos a la predestinación, hablamos de un acto soberano, eterno e inmutable, de acuerdo al propósito del Dios de la creación, quien ordenó todo cuanto sucede. Esto lo hizo según su propia voluntad y placer, para lo cual provee cada elemento necesario, en cada circunstancia posible y probable que vaya a utilizar. Acá ya empezamos a mirar la providencia divina, como el complemento forzoso para que se cumpla todo cuanto Dios ha querido. De esta manera, miramos a Dios en el tiempo, en la ejecución de lo que se propuso desde la eternidad.

    Vemos que el fin propuesto tiene una ejecución perfecta: el fin puede ser llamado predestinación, pero sus medios o ejecución pueden ser mencionados como su providencia, el uso de los mecanismos necesarios para lograr lo propuesto. Absalón tenía que seguir el consejo de Ahitofel, que era mejor que el de Husai, pero Jehová había ordenado lo contrario: que Absalón siguiera lo recomendado por Husai y desechara el mejor consejo de Ahitofel (2 Samuel 17:14). Esto lo hace el Señor porque Él controla aún los pensamientos del rey, a todo lo que quiere lo inclina. Él frustra el consejo de las naciones, coloca en los gobernantes y moradores de la tierra el dar el poder y dominio a la bestia (Apocalipsis 17:17).

    De acuerdo a la Escritura, nada en este mundo sucede por casualidad. Lo que llamamos azar lo es desde nuestra perspectiva, puesto que no dominamos todas las variables de lo que podría acontecer. Para Dios no hay azar, pero la Biblia habla desde nuestra perspectiva cuando nos dice que aún la suerte se echa en el regazo, pero de Jehová es su decisión. La decisión de algo no depende de ángeles o demonios, de ninguna persona, sino de Jehová que dirige el mundo hacia su final. Anunció caos para el tiempo del fin, y eso es lo que estamos viendo. Anunció un asesinato cruel para su Hijo, y eso nos lo narra la Biblia.

    La gloria del nombre de Dios, sumado al bien de los elegidos, se alcanzan por los medios providenciales del Todopoderoso. Lo dijo Pablo en forma enfática: a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien; esto es, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28). Hay bienes temporales y bienes espirituales, así como los bienes eternos. Nosotros buscamos más los temporales, conforme a nuestras necesidades que son dadas a conocer por medio de las oraciones al Señor. Aunque él ya conoce lo que necesitamos, se agrada en escucharnos y nosotros nos aliviamos en hablar con Él. La bendición de Jehová es la que añade riqueza sin tristeza (Proverbios 10:22).

    Los bienes espirituales lo son para el alma, el vivo ejercicio de la gracia en nosotros. Tenemos fe, confianza, salvación eterna, la presencia del Espíritu Santo en nosotros. Poseemos la garantía de la redención final, el fruto del Espíritu, la mente de Cristo, la unción del Santo. Los bienes eternos están relacionados con los espirituales y también con los temporales, en cuanto ellos nos conducen a la meta final: a conocer al Padre como único Dios verdadero y a Jesucristo el enviado (Juan 17:3). Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman (1 Corintios 2:9). Pablo subió al paraíso y oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar (2 Corintios 2:12); esas son algunos de los bienes eternos que nos aguardan.

    Recordemos siempre que cuando somos conducidos a la realización de una actividad determinada, un trabajo específico, una aventura en el campo o en las ciudades turísticas, un estudio de esfuerzo, un aprendizaje complicado, etc., cualquier cosa que hagamos ha sido ya ordenada. Pero también han sido ordenadas las circunstancias que rodean esas acciones a realizar. Por ejemplo, si usted tiene que dictar una conferencia ante un auditorio determinado, sepa que los que lo van a oír también han sido ordenados para oírlo. Eso nos da confianza en el Padre amado que conduce a sus hijos de triunfo en triunfo, pero que aún en las caídas nos sostiene con su mano firme y con su actitud de amor.

    Al nosotros saber que nada ocurre que no cumpla el propósito propuesto en la eternidad, que nada acontece sin que la soberanía de Dios provea sus medios, estemos seguros día a día, confiados en que donde estamos ha sido el deseo del Señor que estemos. Claro está, anhelamos cambiar de domicilio, solicitar otro trabajo, buscar otra diversión, pero todos esos deseos también son colocados por Aquél que provee para su realización. En suma, lo que Dios predestinó en el pasado y cumple su ejecución con su providencia, siempre resulta para el bien de sus elegidos y para la gloria de su nombre.

    ¿No ha hecho Jehová todas las cosas para sí mismo? ¿No hizo al malo para el día malo? (Proverbios 16:4). La ira del hombre te alabará, Dios reprimirá el resto de las iras (Salmo 76:10); Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que dijo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46:9-10). Por supuesto que existe una gran profundidad de las riquezas y de la sabiduría de Dios, que sus juicios son insondables, que sus caminos nos resultan inescrutables. ¿Quién entendió la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén (Romanos 11: 33-36).

    Estos textos mencionados, lo que se dijo antes, todo ello conduce al hecho de que todo trabaja para el beneficio de los escogidos de Dios. Si le amamos a él fue porque él nos amó primero; nadie le dio a él primero como para esperar recompensa. La soberanía de Dios hace todo posible, como para que vivamos repletos de gozo. El propósito de Dios es que todo trabaje o concurra para beneficio de sus hijos; eso lo sabemos por su palabra. En síntesis, hemos de vivir confiados, repletos de alegría, siempre de victoria en victoria porque somos más que vencedores. ¿Quién nos acusará o quién nos condenará? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?

    Esta reflexión sobre lo acá mencionado podría resumirse como una deliciosa persuasión de la benevolencia del Señor para con nosotros. Lo sabemos por la palabra de Dios, que no miente. Sol y escudo es Jehová Dios; gracia y gloria dará Jehová. No quitará el bien a los que andan en integridad (Salmo 84:11). La Biblia nos dice que: el que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente (Salmo 91:1). Yacemos en el corazón de Dios, en su seno, como si fuésemos la niña de sus ojos. Por esa razón también se dijo que el que hiciere daño a uno de los pequeños del Señor le vendría calamidad segura. Como Dios es amor, si vivimos en su seno amamos no solo a Dios sino a nuestros hermanos.

    Vivir bajo la sombra de sus alas, es reposar bajo el que puede hacer todo posible. Por eso se llama Jehová, el que es, el que hace todas las cosas posibles. ¿Habrá algo que sea difícil para Él? Por Jesucristo somos preservados de la ira de Dios, del calor enfurecido de su ley, así como de la ferocidad de los que nos persiguen sin causa. En esa roca que es Cristo vivimos protegidos de las inclemencias del temporal del mundo, del principado de este mundo, de sus tinieblas y de las maquinaciones de Satanás.

    Seremos librados del lazo del cazador (recordemos a Nimrod, cazador ante Jehová, gobernante de Babilonia, donde se construyó la Torre de Babel). Estaremos protegidos con su verdad, para que no temamos al terror nocturno, ni a ninguna flecha que venga a la ventura. Veremos la recompensa de los impíos, miraremos su lugar y ya no estarán. Ellos fueron consumidos de repente, cayeron y caerán en sus propios lazos. Ninguna arma forjada contra nosotros prosperará y condenaremos toda lengua que se levante en juicio contra nosotros. Todo esto acontece porque hemos puesto a Jehová como nuestra esperanza, al Altísimo por nuestra habitación. Como Elías deberíamos decir: Vive Jehová, en cuya presencia estoy.

    Ese Dios que ha dejado su huella en el mar resulta una maravilla para sus hijos. De día y de noche nos conduce, envía a sus ángeles para que nos guarden, para no tropezar con las piedras del camino. La poesía de los Salmos posee abundantes metáforas de lo que le acontece a cada hijo del Señor, a cada miembro de su iglesia, de su asamblea de justos, los cuales fuimos justificados por medio de la fe de Jesucristo.

    César Paredes

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  • LA SOLEDAD DE ELÍAS

    LA SOLEDAD DE ELÍAS

    El profeta solitario, llamo yo a Elías, destinado a vivir cerca de un arroyo, a huir del rey Acab y de su esposa la reina pagana Jezabel. Además, fue alimentado por unos cuervos (animales inmundos), también vivió fuera de su nación en casa de una viuda pobre, alimentándose de aceite y harina. Una vez clamó a Jehová y le preguntó si solamente él había quedado. Dios le respondió que se había reservado de toda la nación tan solo a 7.000 hombres, pero no se los mostró al profeta. Si uno se viera rodeado de 7.000 hermanos estaría dichoso, pero Dios se los reservó para Sí mismo, lo que al parecer demuestra que Elías no los conoció.

    Sin embargo, un amigo ejemplar estuvo con él, el llamado profeta Eliseo. De él también se escribió en las Escrituras, dándonos a entender que esa pareja de hombres de Dios hicieron grandes señales y prodigios que autenticaron su envío especial de parte de Jehová para el Israel pagano. Si uno recuerda el censo hecho por David, había más o menos 1. 570.000 hombres, sin contar las mujeres ni los niños. Sabemos que había transcurrido cerca de 100 años entre David y Acab, así que podemos incrementar la población de Israel -ya dividido en dos reinos- quizás en unas cuatro o cinco veces, para sacar la cuenta de la proporción entre la totalidad de las personas en Israel y los que Jehová se reservó, para de esa manera asombrarnos de los pocos escogidos del Señor (1 Crónicas 21:5). Al Señor le preguntaron si eran pocos los que se salvaban, y respondió que lo que era imposible para los hombres era posible para Dios. También habló de la manada pequeña, de los pocos escogidos, de entrar por la puerta estrecha, del reino de los cielos que lo arrebataban los valientes, de andar por el camino angosto.

    Predicamos el evangelio para testificar ante los que están perdidos, por lo cual juzgamos con justo juicio quiénes necesitan la palabra de Dios. De entrada diremos que todos la necesitamos, pero hay un grupo de personas numeroso que no ha llegado a creer. A lo mejor no creerán nunca, pero puede ser -desde nuestra perspectiva- que por oír el evangelio lleguen a ser llamados eficazmente. Dios conoce a los que son suyos, a los cuales ha ordenado que huyan de Babilonia. Jesús dijo que seríamos enseñados por Dios y que habiendo aprendido iríamos a él. También afirmó que nadie viene a él si no le fuere dado del Padre, que todo lo que el Padre le da vendrá a él.

    Hay gente cuya condenación no se tarda. Por eso probamos los espíritus para ver si son de Dios. Están las personas cuyo orgullo los satisface por todos lados y no quieren enterarse de las buenas noticias de salvación. Por supuesto que si no se enteran es porque fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Están los falsos cristianos, aquellos que confiesan creer pero que introducen interpretaciones privadas de la Escritura para su propia perdición. Todas estas cosas juntas las sufrimos los escogidos de Dios una vez que hemos creído, por la sencilla razón de que tenemos que lidiar contra la mucha falsedad de cada día.

    ¿Cómo juzgamos nosotros a los que creen o no creen? Por medio del evangelio: Nos vamos a la ley y al testimonio. Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido (Isaías 8:20). ¿Acaso no fue eso lo que Cristo quiso decir cuando habló de que de la abundancia del corazón habla la boca? Dime qué evangelio crees y te diré si eres mi hermano. No tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no salva (Isaías 45:20).

    Tal vez su dios no está esculpido en madera o bronce, poco importa; podría ser un dios esculpido en su imaginario, de acuerdo a sus propias concupiscencias. En otros términos, un dios ajeno al de las Escrituras, mezclado con lo que ella anuncia pero que llena todas las expectativas de lo que usted considera que debe ser un Dios. Aún así se trata de un ídolo, de una mentira, por cuya razón la Biblia advierte que los mentirosos no heredarán el reino de los cielos. Satanás es el padre de la mentira, saque usted su propia conclusión.

    El que no creyere será condenado (Marcos 16:16; así que es por medio de Jesucristo y su Evangelio que podemos llegar a creer, por aquella palabra sembrada por los primeros discípulos -Juan 17:20-: los que han de creer en mí por la palabra de ellos). Esa palabra no está corrompida, así que solamente se puede nacer de nuevo de una simiente incorruptible, mediante la palabra de Dios que vive y permanece (1 Pedro 1:23). El falso evangelio no ha salvado una sola alma, ya que proviene del padre de la mentira.

    Ni los apóstoles en su tiempo, ni los ángeles del cielo, que anuncien un evangelio diferente al que ha anunciado la Escritura podrá ser válido. Solo será para maldición (Gálatas 1:9). La Biblia nos dice que no creamos a todo espíritu (a toda persona), sino que hemos de probar los espíritus para saber si don de Dios, porque muchos falsos profetas y maestros han salido por el mundo (1 Juan 4:1). El que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error (1 Juan 4:6).

    Existen personas que mantienen una conducta aceptable para la sociedad, cuyo comportamiento religioso parece vestirse de piedad. Sin embargo, al no creer el Evangelio tal como lo anuncia la Escritura dan testimonio de que andan perdidos. A ellos se les dirá que nunca fueron conocidos por el Señor. El Señor conoce a los que son suyos. Nuestro juicio a los espíritus (personas) tiene que estar cimentado en el Evangelio que se profesa y que se cree. No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón (1 Samuel 16:7). Que éste sea nuestro criterio, para no dejarnos llevar por la apariencia de piedad, pues Satanás mismo se disfraza de ángel de luz (2 Corintios 11:14).

    Nadie puede tener paz si anda en la dureza de su corazón. No querrá Jehová perdonarlo, sino que entonces humeará la ira de Jehová y su celo sobre tal persona (Deuteronomio 29: 19-20). Cuando decimos bienvenido al que no trae la doctrina de Cristo estamos justificando al impío, siendo nosotros abominación a Jehová (Proverbios 17:15). ¿Vamos nosotros a decirle a lo malo bueno y a lo bueno malo? ¿Vamos a hacer de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz? ¿Vamos a poner lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo? ¡Ay de los sabios en sus propios ojos, y de los que son prudentes delante de sí mismos! (Isaías 5:20-21).

    Destrucción repentina les vendrá a aquellos que digan paz y seguridad, cuando no la tienen. El espíritu de estupor sale de parte del Señor para que los que no aman la verdad, sino que se complacen con la mentira, terminen de perderse. La mentira no es solo decir una mentira suave o dura, es también vivir en el engaño del falso evangelio, creer en una expiación universal que blasfema la sangre del Cordero que murió por los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21).

    La mentira doctrinal hace que la gente se pierda, en cambio el ocuparse de la doctrina nos puede salvar, como le dijo Pablo a Timoteo. Por supuesto, si la persona no es enseñada por Dios y no ha aprendido, no podrá ir a Cristo (Juan 6:45). Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Basta ya de decir que se puede amar a Jesús con el corazón, pero ignorar al mismo tiempo su doctrina porque eso es un asunto difícil o teológico. Toda persona que ha nacido de nuevo (del Espíritu) posee la mente de Cristo (1 Corintios 2:16), así que no hay excusa para vivir en la ignorancia, si es que el Espíritu Santo guía a toda verdad. Como en realidad Él guía a toda verdad, de seguro los que andan en la mentira doctrinal no han sido guiados por el Espíritu Santo, por lo tanto no han sido renovados para arrepentimiento y perdón de pecados. El tal sigue tan impío como Judas Iscariote o Esaú, el hermano gemelo de Jacob.

    La soledad de Elías habla a lo lejos, junto a la soledad de Isaías (Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?), junto a la soledad de Juan el Bautista, la voz que clamaba en el desierto. Somos miembros de la manada pequeña, seguimos al buen pastor, andamos por el camino angosto y hemos entrado por la puerta estrecha. Viva la soledad en Cristo, viva la compañía entre los hermanos; somos rechazados por el mundo porque el mundo ama lo suyo. Mucho consuelo hay en las Escrituras, las que dicen que el Señor despreciará el rostro de los impíos, que ellos serán consumidos de repente y que su herencia será para los justos.

    La soledad de Elías nos recuerda que él vivía en la presencia de Jehová, no se puede de otra manera. De ese lugar brota la esperanza, el renacimiento de cada día, la renovación de nuestro entendimiento. En ese entorno se nos asegura que no seremos avergonzados en la esperanza gloriosa en Cristo, y desde allí asumiremos con gozo cuando el mundo nos acuse mintiendo. El mundo buscará el mínimo pretexto para maldecirnos, pero nosotros clamamos con David: Maldigan ellos, pero bendice tú (Salmos 109:28).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

    Sin embargo, un amigo ejemplar estuvo con él, el llamado profeta Eliseo. De él también se escribió en las Escrituras, dándonos a entender que esa pareja de hombres de Dios hicieron grandes señales y prodigios que autenticaron su envío especial de parte de Jehová para el Israel pagano. Si uno recuerda el censo hecho por David, había más o menos 1. 570.000 hombres, sin contar las mujeres ni los niños. Sabemos que había transcurrido cerca de 100 años entre David y Acab, así que podemos incrementar la población de Israel -ya dividido en dos reinos- quizás en unas cuatro o cinco veces, para sacar la cuenta de la proporción entre la totalidad de las personas en Israel y los que Jehová se reservó, para de esa manera asombrarnos de los pocos escogidos del Señor (1 Crónicas 21:5). Al Señor le preguntaron si eran pocos los que se salvaban, y respondió que lo que era imposible para los hombres era posible para Dios. También habló de la manada pequeña, de los pocos escogidos, de entrar por la puerta estrecha, del reino de los cielos que lo arrebataban los valientes, de andar por el camino angosto.

    Predicamos el evangelio para testificar ante los que están perdidos, por lo cual juzgamos con justo juicio quiénes necesitan la palabra de Dios. De entrada diremos que todos la necesitamos, pero hay un grupo de personas numeroso que no ha llegado a creer. A lo mejor no creerán nunca, pero puede ser -desde nuestra perspectiva- que por oír el evangelio lleguen a ser llamados eficazmente. Dios conoce a los que son suyos, a los cuales ha ordenado que huyan de Babilonia. Jesús dijo que seríamos enseñados por Dios y que habiendo aprendido iríamos a él. También afirmó que nadie viene a él si no le fuere dado del Padre, que todo lo que el Padre le da vendrá a él.

    Hay gente cuya condenación no se tarda. Por eso probamos los espíritus para ver si son de Dios. Están las personas cuyo orgullo los satisface por todos lados y no quieren enterarse de las buenas noticias de salvación. Por supuesto que si no se enteran es porque fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Están los falsos cristianos, aquellos que confiesan creer pero que introducen interpretaciones privadas de la Escritura para su propia perdición. Todas estas cosas juntas las sufrimos los escogidos de Dios una vez que hemos creído, por la sencilla razón de que tenemos que lidiar contra la mucha falsedad de cada día.

    ¿Cómo juzgamos nosotros a los que creen o no creen? Por medio del evangelio: Nos vamos a la ley y al testimonio. Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido (Isaías 8:20). ¿Acaso no fue eso lo que Cristo quiso decir cuando habló de que de la abundancia del corazón habla la boca? Dime qué evangelio crees y te diré si eres mi hermano. No tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no salva (Isaías 45:20).

    Tal vez su dios no está esculpido en madera o bronce, poco importa; podría ser un dios esculpido en su imaginario, de acuerdo a sus propias concupiscencias. En otros términos, un dios ajeno al de las Escrituras, mezclado con lo que ella anuncia pero que llena todas las expectativas de lo que usted considera que debe ser un Dios. Aún así se trata de un ídolo, de una mentira, por cuya razón la Biblia advierte que los mentirosos no heredarán el reino de los cielos. Satanás es el padre de la mentira, saque usted su propia conclusión.

    El que no creyere será condenado (Marcos 16:16; así que es por medio de Jesucristo y su Evangelio que podemos llegar a creer, por aquella palabra sembrada por los primeros discípulos -Juan 17:20-: los que han de creer en mí por la palabra de ellos). Esa palabra no está corrompida, así que solamente se puede nacer de nuevo de una simiente incorruptible, mediante la palabra de Dios que vive y permanece (1 Pedro 1:23). El falso evangelio no ha salvado una sola alma, ya que proviene del padre de la mentira.

    Ni los apóstoles en su tiempo, ni los ángeles del cielo, que anuncien un evangelio diferente al que ha anunciado la Escritura podrá ser válido. Solo será para maldición (Gálatas 1:9). La Biblia nos dice que no creamos a todo espíritu (a toda persona), sino que hemos de probar los espíritus para saber si don de Dios, porque muchos falsos profetas y maestros han salido por el mundo (1 Juan 4:1). El que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error (1 Juan 4:6).

    Existen personas que mantienen una conducta aceptable para la sociedad, cuyo comportamiento religioso parece vestirse de piedad. Sin embargo, al no creer el Evangelio tal como lo anuncia la Escritura dan testimonio de que andan perdidos. A ellos se les dirá que nunca fueron conocidos por el Señor. El Señor conoce a los que son suyos. Nuestro juicio a los espíritus (personas) tiene que estar cimentado en el Evangelio que se profesa y que se cree. No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón (1 Samuel 16:7). Que éste sea nuestro criterio, para no dejarnos llevar por la apariencia de piedad, pues Satanás mismo se disfraza de ángel de luz (2 Corintios 11:14).

    Nadie puede tener paz si anda en la dureza de su corazón. No querrá Jehová perdonarlo, sino que entonces humeará la ira de Jehová y su celo sobre tal persona (Deuteronomio 29: 19-20). Cuando decimos bienvenido al que no trae la doctrina de Cristo estamos justificando al impío, siendo nosotros abominación a Jehová (Proverbios 17:15). ¿Vamos nosotros a decirle a lo malo bueno y a lo bueno malo? ¿Vamos a hacer de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz? ¿Vamos a poner lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo? ¡Ay de los sabios en sus propios ojos, y de los que son prudentes delante de sí mismos! (Isaías 5:20-21).

    Destrucción repentina les vendrá a aquellos que digan paz y seguridad, cuando no la tienen. El espíritu de estupor sale de parte del Señor para que los que no aman la verdad, sino que se complacen con la mentira, terminen de perderse. La mentira no es solo decir una mentira suave o dura, es también vivir en el engaño del falso evangelio, creer en una expiación universal que blasfema la sangre del Cordero que murió por los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21).

    La mentira doctrinal hace que la gente se pierda, en cambio el ocuparse de la doctrina nos puede salvar, como le dijo Pablo a Timoteo. Por supuesto, si la persona no es enseñada por Dios y no ha aprendido, no podrá ir a Cristo (Juan 6:45). Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Basta ya de decir que se puede amar a Jesús con el corazón, pero ignorar al mismo tiempo su doctrina porque eso es un asunto difícil o teológico. Toda persona que ha nacido de nuevo (del Espíritu) posee la mente de Cristo (1 Corintios 2:16), así que no hay excusa para vivir en la ignorancia, si es que el Espíritu Santo guía a toda verdad. Como en realidad Él guía a toda verdad, de seguro los que andan en la mentira doctrinal no han sido guiados por el Espíritu Santo, por lo tanto no han sido renovados para arrepentimiento y perdón de pecados. El tal sigue tan impío como Judas Iscariote o Esaú, el hermano gemelo de Jacob.

    La soledad de Elías habla a lo lejos, junto a la soledad de Isaías (Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?), junto a la soledad de Juan el Bautista, la voz que clamaba en el desierto. Somos miembros de la manada pequeña, seguimos al buen pastor, andamos por el camino angosto y hemos entrado por la puerta estrecha. Viva la soledad en Cristo, viva la compañía entre los hermanos; somos rechazados por el mundo porque el mundo ama lo suyo. Mucho consuelo hay en las Escrituras, las que dicen que el Señor despreciará el rostro de los impíos, que ellos serán consumidos de repente y que su herencia será para los justos.

    La soledad de Elías nos recuerda que él vivía en la presencia de Jehová, no se puede de otra manera. De ese lugar brota la esperanza, el renacimiento de cada día, la renovación de nuestro entendimiento. En ese entorno se nos asegura que no seremos avergonzados en la esperanza gloriosa en Cristo, y desde allí asumiremos con gozo cuando el mundo nos acuse mintiendo. El mundo buscará el mínimo pretexto para maldecirnos, pero nosotros clamamos con David: Maldigan ellos, pero bendice tú (Salmos 109:28).

    César Paredes

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  • OSCURECER LA GLORIA DE LA FE EN CRISTO

    Por épocas en la historia de la era cristiana, la humanidad ha embestido contra la doctrina de Cristo. En un momento estuvo de moda ser arriano, si bien todavía algunos persisten en su desvarío. El libre albedrío ha sido otro caballo de Troya, regalado a la iglesia protestante como presente romano. Una vieja herencia de Pelagio, el expulsado por sus herejías pero vuelto a recibir porque se arrepintió de una de ellas. Las demás pasaron bajo la mesa papal, la iglesia oficial que ya comerciaba como Estado en los asuntos del pueblo.

    El movimiento herético posee diferentes vientos, pero todos inspirados en el pozo del abismo, como bien dijera el apóstol Pedro: para propia perdición (del hereje o del que tuerce la Escritura). El arminianismo se practica hasta desconociendo su origen o sin saber a quién se debe su nombre (a Jacobo Arminio, peón de Roma en las filas de la Reforma). Su semilla brotó como la hierba mala que no muere fácilmente, se propagó para causar intoxicación en el mundo cristianizado. Por supuesto, las cabras comen de esa hierba y su natural digestión la toleran, pero las ovejas que revueltas viven con esos animales reciben males sin número.

    El gozo de la soberanía de Dios se ve nublado por efecto de la droga perniciosa del arminianismo. El Cristo que murió por su pueblo ahora ha pasado a morir por todas las personas, sin excepción, asunto que la muchedumbre aplaude motivada por sus pastores. La salvación ha dado un viraje de la monergia hacia el trabajo conjunto entre Dios y el hombre (sinergia). Dios ama ahora a todos sin excepción, sufre por Judas y Faraón, lo mismo que por Caín, porque se han perdido a pesar de su esfuerzo. Quiso salvar a Esaú pero él no se dejó, así que frustrado el Hijo de Dios ve que su sangre constituyó un fracaso en la cruz.

    Eso forma parte de la doctrina implícita de Jacobo Arminio, la herejía predominante de hoy día. Claro está, dentro del catolicismo romano esa también es su teología, la de las obras para la redención. No en vano se han inventado un adagio que atribuyen como palabra de Dios: ayúdate que yo te ayudaré. Las nubes del arminianismo contienen la lluvia de la teología romana, la que en innumerables templos se canta y se celebra en forma triunfal, para maltrato del pueblo de Dios que pudiera haber en esos sitios. A ese pueblo Dios le dice: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas (Apocalipsis 18: 4).

    Se oscurece la gloria de la fe cristiana, cada vez que uno se encuentra con un arminiano que declara la expiación universal, la suficiencia de Cristo por todos (dado que es Todopoderoso), el sufrimiento en la cruz al mirar a a toda la humanidad, bajo la aspiración de subsumir a toda ella en su alma. Nada más lejos de la realidad bíblica, esos intentos de los arminianos que se disfrazan de creyentes porque memorizan textos de la Biblia.

    Jesús dijo que él era el buen pastor que ponía su vida por las ovejas (no por los cabritos, a los cuales dirá en el día final: apartaos al lago de fuego). Jesús declaró abiertamente que los que no son ovejas no pueden acudir a él (Juan 10:26). Jesús enseñó en forma pública que ninguna persona puede venir a él si no le fuere dado del Padre. Que todo lo que el Padre le envía a él vendrá a él, y nunca será echado fuera. Así que se deduce que los que no vienen a él (las miríadas de réprobos en cuanto a fe) jamás han sido enviados por el Padre al Hijo. Esos son los que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo, los que no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo.

    ¿Por qué se anuncia este evangelio, si no todo el mundo lo puede aceptar? Porque fue ordenado por Dios el hacerlo, porque es la única manera de que los escogidos desde la eternidad para redención puedan llegar a creer. Porque de esta manera se incrementa la condenación en los que rechazan abiertamente a Jesucristo. Todo esto lleva gloria a Dios, de manera que celebramos la justicia divina: a los creyentes, Cristo los ha justificado; a los réprobos, Dios les cobrará de acuerdo a sus malas acciones.

    De igual forma, somos grato olor a Dios en Cristo, tanto en los que creen como en los que se pierden. En los que creen, olor de vida para vida; en los que se pierden, olor de muerte para muerte, pero de todas formas somos grato olor para Dios. ¿Quién es suficiente para estas cosas? (2 Corintios 2: 15-16).

    A Jesús un día le preguntaron si eran pocos los que se salvaban. Respondió que lo que era imposible para los hombres era posible para Dios. Con esto queda sellado el hecho ya anunciado por Jonás: La salvación pertenece a Jehová (Jonás 2:9). Una carta de 1628, encontrada en posesión del arzobispo de Canterbury, relacionada con el superior de los Jesuitas, que residía en Bruselas, decía de la siguiente manera: ´…Tenemos ahora algunas cuerdas de nuestro arco. Hemos plantado la soberana droga del Arminianismo, la cual esperamos purgará a los Protestantes de sus herejías; y ha de florecer y dar fruto en su tiempo…Estoy siendo llevado con felicidad, para ver cuán felizmente todos los instrumentos y medios, sean grandes o pequeños, cooperarán para nuestros propósitos…Nuestra fundación es el Arminianismo.’ (Augusto Toplady. Arminianism: The Road to Rome -Monergism, internet).

    Los que asumen la doctrina arminiana como válida no son creyentes a los cuales les falta un poco de teología. No, ellos no han nacido de nuevo porque el Espíritu Santo, que nos conduce a toda verdad, jamás permitirá que confesemos dos evangelios. No se trata de que aman a Cristo con el corazón pero se desentienden del intelecto doctrinal, sino de que ese Cristo que profesan es un dios débil que intentó salvar a todos por igual, pero algunas personas no lo permitieron. Además, el arminiano odia la verdad y profesa la mentira, por lo cual tarde o temprano recibirá el espíritu de estupor enviado por Dios mismo para que termine de perderse.

    Como Pablo dijo de algunos judíos, en su Carta a los Romanos, su oración para con ese Israel era para salvación. Ellos andaban perdidos a pesar de su enorme celo por Dios, pero al ignorar la justicia de Dios que es Jesucristo colocaban sus propias obras por justicia. Eso hacen los seguidores de Arminio, y poco importa si usted sabía quién ha sido Arminio. Basta con seguir la falsa doctrina que anuncian para saber que no tienen la justicia de Dios. Jesús no rogó por todo el mundo, sino que dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9); murió solamente por el mundo amado por el Padre (Juan 3:16).

    Nuestro Dios es soberano y hace como quiere, al que desea endurecer endurece y tiene misericordia de quien quiere tenerla. ¿Será injusto Dios que actúa de esa forma? En ninguna manera, ya que su soberanía se lo autoriza; además es un Dios justo que justifica al impío, ese es el Dios que puede salvar. Por el conocimiento sobre el siervo justo éste justificará a muchos (Isaías 53:11).

    Hagamos brillar la gloria de nuestra fe en Cristo a través de la ocupación en la doctrina de Cristo. Esto lleva honra, así que quien no vive en esa doctrina es un transgresor que no tiene a Dios (2 Juan 1:9-11).

    César Paredes

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  • PERECER EN LA IGNORANCIA

    La gran tragedia humana le viene como destino al hombre, un peso de pecado con el que fue concebido, una carga que no puede botar por cuenta propia. Muchos ignoran el significado de la justicia de Dios, así que pretenden colocar la suya propia para justificar sus acciones. El Ser Supremo, absolutamente Santo, condena la iniquidad con paga eterna por la razón de que no se puede saldar la deuda cometida contra un Ser eterno. La paga del pecado es la muerte, todos los que pecan quedan destituidos de la gloria de Dios. Dos axiomas que generan la consecuencia nefasta de la tragedia de la humanidad.

    Mientras la vida sigue, el hombre se entrega al pecado: cualquier licencia para alejarse de su Creador; los más religiosos, los que se leyeron por fuera la tapa de un libro, suponen que sus rituales les brindan cierta protección, que el Dios del cielo por ser definido como Amor no los enviará a un juicio de condenación perpetua. Pero lo que de Dios se conoce queda manifiesto por medio de la obra de la creación que testifica ante nosotros, aunque existe una revelación escrita que también manifiesta el plan de Dios para los seres humanos.

    En la Biblia, conocida como la palabra del Dios viviente, se anuncia el arrepentimiento para perdón de pecados, el creer el evangelio para vida eterna, pero se condiciona ese creer y ese arrepentirse al trabajo que hizo Jesucristo en la cruz del Calvario. Si se ignora esa justicia de Dios, se tiende a establecer la justicia propia de cada quien, lo cual presupone una ignorancia mortal, la cual hace perecer el alma humana. ¿Cuál es ese conocimiento crucial que la gente ha ignorado?

    El sentido de la justicia de Dios es ese conocimiento descuidado; la Escritura nos dice que esa justicia de Dios es el mismo Jesucristo (Jeremías 23:6; 1 Corintios 1:30). Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21). Fijémonos en el destinatario de esa justicia de Dios: Pablo habla a los hermanos en Corinto, así que usa el nosotros como un colectivo que engloba a los creyentes en Cristo. No dice que Dios hizo pecado a su Hijo para beneficio de todo el mundo, sin excepción, pues si así dijera todo el mundo hubiese sido salvo, sin excepción.

    Acá vemos el núcleo del asunto. La justicia de Dios justifica y redime al impío, de tal forma que ninguno de los redimidos tiene algo de qué gloriarse, sino en la cruz de Cristo. Si Dios hubiese declarado su justicia en alguna persona porque vio que esa persona tenía unas cualidades especiales de humildad y mansedumbre, de inteligencia y prontitud, entonces la obra de esa persona haría gloriar al ser humano.

    El evangelio no nos avergüenza ya que es el poder de Dios para salvación del creyente, en ese evangelio se muestra o revela la justicia de Dios (Romanos 1:16-17). Esto pertenece al ámbito de las declaraciones forenses o judiciales, sin que se fundamente en ningún acto del pecador. Dios es justo y justifica al impío que pertenece a la fe de Jesús, así que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley (Romanos 3:21-28). Alguno dirá que es la fe la que lo justifica, pero la fe es un regalo de Dios, no es de todos la fe. Entonces la fe no es la que justifica sino un medio por el cual el individuo recibe la gracia divina. Así que tanto la gracia, como la salvación y la fe son todas obra de Dios, un regalo del Señor (Efesios 2:8).

    ¿Qué hizo que Dios se fijara en mí, siendo yo tan pecador? Somos todos formados de la misma masa, dijo Pablo en su Carta a los Romanos, Capítulo 9. No tenemos de qué gloriarnos. Tenemos un ejemplo de la ejemplar soberanía de Dios en materia de salvación que debe dejar claro el asunto. A Jacob amé y a Esaú odié, antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos (Romanos 9:13). Desde la eternidad Dios escogió a quién salvar y a quién condenar, para que sea por la elección y no por las obras.

    ¿Parece eso injusto? En ninguna manera, sino que Dios en su soberanía hace como quiere. Este peso trágico tuvo Judas Iscariote en su existir, lo mismo que sufrió Caín o el Faraón de Egipto. De igual forma lo poseen todos aquellos destinados para tropezar en la roca que es Cristo, que forman parte del conglomerado de réprobos en cuanto a fe, en los cuales Dios demostrará su poder y su ira, y hará notorio su poder. A éstos, Dios los soporta con mucha paciencia en tanto vasos de ira preparados para destrucción (Romanos 9:22).

    Por contraste, Dios quiso en su soberanía mostrar notoriamente las riquezas de su gloria, para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, llamando pueblo suyo al que no era su pueblo. Pues solamente el remanente será salvo por gracia, por medio de la fe, como un don de Dios: no por obras, para que nadie se gloríe.

    Así que es la cruz del Señor la que establece la diferencia entre el réprobo y el elegido para salvación. Pero para eso hubo un ordenamiento eterno (1 Pedro 1:20), una elección antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4), una predestinación para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:5). No hubo nada bueno en nosotros sino solamente la elección descansó en el puro afecto de la voluntad de Dios, para alabanza de la gloria de su gracia. El que no logra entender, esto le indica que no ha creído todavía el evangelio de Jesucristo. Esa persona anda perdida, en la suposición de su vanagloria, descansando en sus buenas obras, teniendo su propia justicia como baluarte de vanidad.

    No se trata de entender primero para ser salvo después, porque también sería una obra intelectual como mecanismo de salvación, lo cual no es bíblico. Se trata de que una vez que hemos sido nacidos de nuevo, por medio del Espíritu Santo, la verdad nace en nosotros. Tenemos la mente de Cristo, por lo tanto su conocimiento no nos resulta ajeno. En cambio, la doctrina que viene del pozo del abismo pulula en aquellas personas que dicen creer en la gracia de Dios, pero suponen que pueden vivir en la ignorancia de ese conocimiento una vez que supuestamente han nacido de nuevo.

    La persona que se gloría en su entendimiento, en sus obras de cualquier tipo, en su pequeñísima justicia, queda excluida de la gloria de Dios. La diferencia entre cielo e infierno yace en la cruz de Cristo, en su trabajo en exclusiva por su pueblo (Mateo 1:21), un trabajo que no hizo por el mundo no amado por el Padre (Compárese Juan 3:16 con Juan 17:9). La perversa doctrina de la expiación universal, la cual pregonan el catolicismo, el arminianismo evangélico y otros grupos, conlleva a una autoexaltación. Se supone que Cristo hizo lo mismo por todo el mundo, sin excepción, pero el que va al cielo hizo su pequeña parte de voluntad propia, con su mítico libre albedrío. En cambio, el que va al infierno no supo aprovechar la oportunidad otorgada. Allí hay mérito propio, algo de qué gloriarse y por lo tanto se comparte su gloria con la de Dios, mezcla su propia justicia con la de Cristo.

    Si el trabajo de Cristo se hizo en forma idéntica por los salvados como por los condenados, resulta evidente que el esfuerzo del pecador constituyó el factor decisorio entre cielo e infierno. Esto no es más que un falso evangelio pregonado por los profetas de mentiras, por los que dicen paz cuando no la hay, por los que se escandalizan de la absoluta soberanía de Dios. Estos son los mismo que denuncian a Dios como alguien peor que un diablo o como un tirano (John Wesley, por ejemplo). Estos son de los que dicen que Dios condenó a Esaú por vender la primogenitura, nunca a priori a sus malas obras (Spurgeon, por ejemplo, en su célebre sermón Jacob y Esaú).

    El falso evangelio que se fundamenta en el pecador, en sus obras muertas, en sus delitos y pecados, no ha salvado ni una sola alma. Muchos dirán en el día final: Señor, en tu nombre hicimos milagros, echamos fuera demonios; en tu nombre evangelizamos (como los viejos fariseos), recorrimos la tierra en busca de un prosélito. En tu nombre fuimos domingo a domingo a la iglesia, cantamos y dimos ofrendas, oramos, suplicamos y ayunamos. Pero ya el Señor lo ha declarado: el que no vive en la doctrina de Cristo, no tiene al Padre ni al Hijo; nosotros preguntamos: ¿cómo puede tener al Espíritu Santo? En realidad a quien tienen es al espíritu del anticristo. Por esa razón el Señor les dirá en aquel día: Nunca os conocí.

    Nos queda por decir que el dios de la expiación universal envía al infierno a aquellos que supuestamente les fueron perdonados sus pecados en la cruz; porque muchos no creen y por lo tanto perecen en sus pecados. ¿Cómo pueden haber sido borrados sus pecados en la cruz y después de haber sido castigados esos pecados en Jesucristo tienen que ir al infierno de fuego? Eso no sería propio de un Dios justo que justifica al impío, sino de un ídolo que llaman Jesús o Jehová, pero que no es sino una elaboración imaginada al calco de la carne humana. La ignorancia hace perecer el alma, conocer al siervo justo viene como signo de la justificación (Isaías 53:11).

    César Paredes

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  • LA JUSTIFICACIÓN COMO REGALO

    Jesús fue entregado por nuestras transgresiones, resucitado para nuestra justificación, de manera que nuestra fe en el Señor nos es contada por justicia. Pero la justificación opera como regalo de Dios para su pueblo escogido, el cual será llamado eficazmente en el día de su poder. Desde entonces demostramos la buena voluntad de nuestro corazón de carne, no ya más el corazón de piedra endurecido por el pecado no perdonado. Por más ferviente que usted sea en sus plegarias, aunque se dirija al Dios del cielo, al Cristo que ha aprendido leyendo la Biblia, aunque sea un celoso de Dios, si no ha sido justificado, su alabanza se dirige a un ídolo.

    Puede ser que la idea de lo que usted tenga de Dios haya sido una concepción ajena a lo que la Escritura enseña, ya que si no le ha amanecido Cristo su fe es vana. La salvación pertenece a Jehová, el Señor solo vino a salvar a los suyos, a los hijos que Dios le dio, a aquellos que el Padre enseña para que habiendo aprendido sean enviados hacia el Hijo. No vino Jesús a morir por el mundo no amado por el Padre, sino por los que Dios amó con amor eterno (Juan 17:9; 20; Juan 3:16).

    De manera que los ganadores de almas adoctrinan a sus vasallos, como pupilos fanáticos para que alaben siembre a su mentor. Los viejos fariseos nos enseñaron sus malos modales teológicos; se jactaron de tener las Escrituras, de saberlas leer e interpretar. Se hicieron doctos en la ley de Moisés, se apegaron a su letra olvidando su espíritu; ellos aprendieron el nombre del Señor, lo llamaron de muchas maneras: Elohim, El Shaddai, Jehová, Adonai, etc., pero bajo esos nombres construyeron un ídolo al cual servían. No toleraron la palabra incorruptible, porque si lo hubiesen hecho no habrían asesinado al Dios que los visitó en Jerusalén.

    Dios nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo (Tito 3:5). Los fariseos y sus acólitos amaban el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres (Mateo 6:5), mostraban celos por las buenas obras: diezmaban la menta y el eneldo y el comino, pero dejaban la justicia, la misericordia y la fe (Mateo 23: 23). Fijémonos que su fe la dejaron porque en realidad no tuvieron la verdadera, de lo contrario hubiesen creído en el Señor. Sin fe es imposible agradar a Dios, pero la fe es un regalo de Dios, no es de todos la fe. De manera que al que no se le ha regalado la fe no puede llegar a creer, todo lo que hace es imitación, una imagen aparente de lo que verdaderamente es real.

    Los fariseos tenían prosélitos, muchos seguidores, pero ambos fueron llamados por Jesús hijos del infierno. Los evangelistas del otro evangelio se parecen en gran medida a los viejos fariseos, recorren el mundo en busca de un seguidor, pero una vez alcanzado lo hacen doblemente merecedor del infierno: dos veces más hijo del infierno que ellos (Mateo 23:15). ¿Cómo es eso que el prosélito es doblemente merecedor del infierno que el fariseo o evangelista del otro evangelio? Porque si ya estaba perdido (merecía el infierno) ahora no solo está perdido sino que sigue a otro que anda igual que él. En realidad nunca ha complacido a Dios, sino que su carne se complace en las obras que la sociedad considera de bondad y piensan que por ello añaden su propia justicia a la de Cristo. A lo mejor Dios vio algo bueno en ellos y por eso los predestinó, aseguran en su desvarío.

    El Dios de toda la creación envía un poder engañoso, para que estos falsos creyentes crean la mentira (que ya habían asumido como cierta). La razón viene por partida doble: 1) a fin de que sean condenados todos ellos; 2) porque no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia (2 Tesalonicenses 2:11-12). Se la pasan leyendo las Escrituras y hasta la saben de memoria, cantan alabanzas a lo que ellos consideran ser Dios, dan ofrendas y aún los viejos diezmos de la ley, visitan a los enfermos y a los presos de la cárcel, anuncian al Cristo que suponen hizo una salvación posible para todo el que la quiere aceptar. Esos son indicativos de que no aman la verdad doctrinal de Jesucristo, de que se espantan con el Dios que odió a Esaú antes de que hiciese bien o mal; aborrecen al Dios que les parece un tirano o peor que un diablo, porque predestinó sin mirar en las acciones de los hombres.

    De esa manera se desvían tras la mentira, hacia la obra de sus manos: han confeccionado un ídolo, pero esta vez no de madera ni de metal, más bien un constructo intelectual de lo que debería ser Dios. Un Dios más democrático, que respeta como Caballero la voluntad humana, que no se entromete en el corazón libre de los hombres porque espera de ellos que libremente acepten una oferta general de salvación. Es el evangelio para las multitudes, el que parece bien recibido, el que se congracia con la gente, con lo que llaman pueblo, para que de esa manera participen del ministerio de la religión universal. Así les opera el espíritu de estupor, de mentira o engaño enviado por el Dios de la creación para aquellos que se complacen en la mentira teológica.

    Un pastor un día le dice a un feligrés que predicaba sobre la soberanía absoluta de Dios que se calle ese mensaje, que lo crea para él solo pero que no lo anuncie. Otro día anuncia que Cristo no perdona pecados sino solo el Padre, en otra oportunidad asegura que Dios nos da conforme a nuestras riquezas en gloria. Esos errores, uno a uno sumados, anuncian el extravío por causa del amor a la mentira y odio a la verdad. Porque quien ama la mentira tiene que odiar la verdad, o quien no ama la verdad tiene que amar la mentira. Ambas son excluyentes, aunque el mentiroso use parte de la verdad para encubrir su engaño. El que ha sido redimido ama la verdad, porque conoce que sin ella estuviese perdido; pero el que no ha sido justificado tiene por fuerza que seguir el rastro de la mentira, para que se adentre en su tragedia de vida: el apartarse de Dios por siempre, cuando escuche el nunca os conocí que les dirá Jesucristo.

    Pero la mentira que predican la asumen como verdad; piensan que Dios amó menos a Esaú que a Jacob, pero que finalmente lo amó porque Dios es amor. Siguen falacia a falacia, para alcanzar rápidamente el camino de la perdición final. Interpretan que el texto que anuncia el odio de Dios por Esaú se refiere a dos naciones, pero no a personas particulares. Al final se consuelan con el vientre, con ver gente aglomerada en sus sinagogas, con la alegría de las ofrendas recibidas. La ofrenda no solo puede ser económica, también es el cúmulo de personas que lideran, que le siguen como a los viejos fariseos: los prosélitos que se le suman.

    El Espíritu Santo no deja en la mentira a ninguna persona que ha hecho nacer de nuevo. El es el Espíritu de verdad, nos guía a toda verdad, nos recuerda las palabras del Señor. ¿Cómo va a sugerir que callemos el tema de la soberanía absoluta de Dios, aún en materia de salvación? ¿A qué espíritu oyen y siguen cuando se atreven a silenciar este discurso? No lo soportan, por lo cual o lo condenan o lo transmutan, para que el eclecticismo triunfe como sabiduría humana. Pero Dios debe odiarlos tanto que les ha enviado el espíritu de estupor para que crean la mentira que pregonan y sean condenados prontamente, o tal vez todavía no los ha llamado de las tinieblas a la luz.

    Estos operadores religiosos odian la verdad, no se trata de que malinterpretaron el evangelio. Ellos se han rebelado contra ese Dios de las Escrituras porque no toleran que solo Noé junto a su familia hallara gracia ante los ojos del Señor; ellos no aceptan que Jesucristo haya venido a morir en exclusiva por todos los pecados de su pueblo; no desean que se les diga que Cristo no murió por los que el Padre no le dio; no toleran escuchar siquiera que Dios eligió desde la eternidad quiénes habrían de ser salvos, para añadirlos a la iglesia; jamás aceptarán que Dios no haya mirado en los corredores del tiempo para escoger a los que salvaría, porque eso implicaría negar que hay algo bueno en la criatura a salvar. Por esa razón todavía se preguntan: ¿qué será lo que Dios vio en mí para que me predestinara? En realidad no terminan de comprender que parecen ser ordenados para tropezar en la roca que es Cristo.

    No podemos tener comunión con los que no tienen la justificación como regalo, ya que al parecer son miembros de la iglesia apóstata, de la gran ramera. Si todavía existe pueblo de Dios en ella la voz del Señor les anuncia que salgan de allí (Apocalipsis 18:4). Si participamos con ellos en materia espiritual, participaremos de sus plagas. El que se extravía y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios…el que no trae esa doctrina no debe ser bienvenido (2 Juan 1:9-10). No de balde nos advirtió el Señor que él no vino a traer la paz sino la espada, a dividir a familias, para que demostremos que le amamos a él por sobre todas las cosas y personas.

    Hablemos la verdad en amor, como lo recomienda Pablo (Efesios 4:15), pero no nos engañemos a nosotros mismos participando en comunión con los que no viven en esta doctrina de Cristo. La Biblia lo dice muy claramente, por el amor al prójimo debemos hablar verdad siempre para que vean el error en el cual andan. Si no creen, nos retiramos y que nuestra paz nos siga, pero a ellos les será tomado en cuenta en mayor forma su pecado de rechazar la verdad y de preferir la mentira. Feliz aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmo 32: 1-2).

    César Paredes

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  • FALSIFICAR LA PALABRA DE DIOS

    Los herejes tuercen para su propia perdición la palabra de Dios, pero los que se dicen cristianos -sin realmente serlos- los llaman sus hermanos. Algunos que tienen por cierta la doctrina de Cristo consideran que los otros que no la tienen pertenecen a una categoría inferior. Como si ellos hubiesen alcanzado por mérito propio el barniz cultural teológico que los encumbra sobre aquellos. Todos siguen tan perdidos como el más acérrimo ateo.

    Pablo agradece a Dios porque lo lleva de triunfo en triunfo en Cristo Jesús, ya que el conocimiento divino se manifiesta por medio de él, como también por medio de cada creyente verdadero. Afirma el apóstol que para Dios somos grato olor de Cristo, como cartas abiertas escritas con sangre que la gente puede leer. En realidad, nos llega a la memoria el relato del Señor respecto al árbol bueno y al árbol malo. Dice Jesús que no puede el árbol bueno dar un fruto malo, ni el árbol malo jamás podrá dar un fruto bueno. Así que nosotros, como árboles buenos, expelemos ese olor grato ante Dios.

    Pero están los que prosperan al falsificar la palabra de Dios, los que con mentiras engañan a las masas que siguen al maestro de mentiras. Los falsos apóstoles y engañosos maestros son muchos (1 Juan 2:18), ellos corrompen la palabra de Dios. Al corromper nos dejan la tarea de restaurar, de componer aquello que han deteriorado. Los enredos intelectuales se muestran variados, así que nos dejan la tarea de la investigación para oponernos a sus argumentos.

    La palabra de Dios, viva y eficaz, lleva gloria a su Autor, pero también trae beneficio a los creyentes. La mezcla de enseñanzas humanas con doctrinas bíblicas ocasiona malestar en los elegidos de Dios, pero sirven para terminar de condenar a los que se gozan en la mentira. En realidad, la herejía misma forma parte del arsenal de armas que posee el falso maestro, de acuerdo al espíritu de estupor enviado por Dios para que los que no aman la verdad se pierdan perennemente.

    Una de las formas preferidas de trabajar los falsos maestros consiste en hablar de gracia común o gracia general. Les encanta alegar que la muerte de Cristo se hizo en favor de todo el mundo sin excepción, por lo que la gracia sale de la cruz como un río hacia las diferentes tierras del planeta. Otros, más austeros con la doctrina, se ciñen a parte de la verdad: que Cristo murió por su pueblo, pero que del Calvario brota la gracia en favor de todos, sin excepción. ¿Y cómo es ese galimatías? Sencillamente afirman que la muerte del Señor fue suficiente para limpiar los pecados de todo el mundo, pero que fue eficaz solamente en los escogidos.

    La suficiencia y eficacia se convierten ahora en términos sutiles para decirle a los condenados que de alguna manera Cristo murió por ellos. Se esconde una blasfemia contra el Señor, al pisotear su sangre y abaratar el evangelio. La Biblia enseña que Jesús moriría por su pueblo (Mateo 1:21), que solamente los que el Padre envía al Hijo serán salvos (Juan 6:44). De esta manera deja claro que no existe ninguna gracia común o general que beneficie a toda la humanidad, sin excepción. Saquemos algunas cuentas: ¿En qué benefició a Judas Iscariote el andar con el Señor poco más de tres años? ¿Cuál fue la gracia mostrada al Faraón de Egipto a través del enviado Moisés? ¿O de qué gracia puede hablarse con respecto a los que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo? ¿Será que aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo, se les otorgó la gracia de Dios? (Apocalipsis 13:8; 17:8).

    Vemos que esa pedagogía resulta monstruosa, pero que se utiliza por los que se avergüenzan del evangelio. Sí, tienen vergüenza de presentar al Dios de las Escrituras tal como ellas lo anuncian. El Dios que hace el mal y el bien, el que mata y da vida, el que ha hecho todas las cosas para Sí mismo, aún al malo para el día malo. Es el mismo Dios que tuvo preparado y ordenado al Cordero desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20).

    Anunciado el diluvio universal Jehová derramó su ira sobre la humanidad creada, pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová (Génesis 6:8). ¿Es que el resto de la humanidad percibió alguna gracia genérica, universal? No, lo que hubo fue un diluvio universal pero no una gracia semejante, simplemente Noé junto a los suyos fueron los rescatados en el arca. Ana también halló gracia ante los ojos del Señor, cuando se le concedió la petición de tener un hijo (Samuel) cuando oraba largamente delante de Jehová. A María se le dijo que había hallado gracia a los ojos de Dios (Lucas 1:30). Cristo Jesús gustó la muerte por todos (todo su pueblo) por la gracia de Dios (Hebreos 2:9). Pablo les desea gracia y paz a los santos y fieles hermanos en Cristo, por haber oído la verdadera palabra del evangelio, desde el día en que oímos y conocimos la gracia de Dios en verdad (Colosenses 1: 2 y 6). Dios nos predestinó para alabanza de la gloria de su gracia (Efesios 1: 5-6). No nos puso Dios para ira sino para gracia, así que existe una gran diferencia entre un concepto y el otro. La posición del ser humano en esos dos conceptos es absolutamente excluyente: el árbol malo dará siempre un fruto malo, de la abundancia de su corazón hablará su boca (confesará un evangelio falso); el árbol bueno siempre dará un fruto bueno (de la abundancia de su corazón hablará su boca confesando el evangelio de verdad). Uno ha sido creado para ira, como vaso de deshonra y destrucción perpetua, sumido en la tragedia como Esaú, mientras el otro ha sido creado para alabanza de la gloria de la gracia de Dios, como vaso de honra y gozo perpetuo.

    Muchos medran (prosperan) falsificando la palabra de Dios (2 Corintios 2:17), pero su fin será de muerte eterna. El creyente que no falsifica la palabra de Cristo es un grato olor de Cristo, tanto en los que se salvan como en los que se pierden. A unos, olor de vida para vida, pero a otros olor de muerte para muerte. Esa es la voluntad del Señor (2 Corintios 2: 15-17).

    César Paredes

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