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  • COMO PARA EL SEÑOR

    Hacedlo todo, de hecho o de palabra, como para el Señor. Ese principio bíblico sostiene a cada creyente de las Escrituras; la razón descansa no en nuestra disposición sino en el solo hecho de que Dios es soberano, rey de reyes, creador de todo cuanto existe. En Él vivimos, nos movemos y somos; cuánto más nosotros, los que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz estamos en posición de vencedores. Más que vencedores, añade la Biblia, ya que Jehová produce en nosotros el querer como el hacer, por su buena voluntad. En el impío también Dios hace, como lo demostró con Caín, con el Faraón de Egipto, con Esaú, con Judas Iscariote, etc., pero no para bendición de ellos.

    El Dios que está presente y no está callado nos acompaña como una presencia que nos da descanso. A veces miramos mucho hacia los lados del mundo, pero cuando nos enfocamos en Jehová oramos y velamos para no desmayar. De inmediato nos llega el texto bíblico que nos recomienda a estar quietos y mirar que el Señor es Dios. Como en una obra que contemplamos, no la hacemos sino que la miramos y nos admiramos por su actor fundamental: El Dios de los ejércitos. No os venguéis vosotros mismos, sino dad lugar a la ira de Dios, el cual ha dicho: Mía es la venganza, yo pagaré. Terrible cosa es caer en manos del Dios vivo.

    Así que por un momento viene el tropiezo, por un instante la angustia, casi siempre por causa de nuestros pecados. Pero cuando Dios lo disponga, aún a nuestros enemigos hará estar en paz con nosotros. ¿Alguien conspira contra usted? Sepa que Jehová no lo secunda. Ha dicho: Ninguna arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá, dijo Jehová (Isaías 54:17).

    Por si no fuera suficiente, Jehová también ha dicho: Si alguno conspirare contra ti, lo hará sin mí; el que contra ti conspirare, delante de ti caerá (Isaías 54:15). Si creemos esos textos como veraces de parte de Jehová, por boca del profeta Isaías, entonces estemos seguros de que en sus manos reposamos. Jesús ha dicho que estamos en sus manos y en las manos de su Padre, el cual es mayor que todos. Jehová hace al herrero que sopla las ascuas en el fuego, y que saca la herramienta para su obra; Él ha creado al destruidor para destruir (Isaías 54:16).

    Dado que Jehová hace todo, debemos reconocer que si hizo al destruidor para destruir también ha hecho a quien conspira contra nosotros. Pero como Él no piensa destruir a sus hijos amados, de seguro esas armas no prosperarán. ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, quien además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:33-34).

    Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Selor servís (Colosenses 3:23-24). Tenemos que imaginar que el Señor anda con nosotros (imaginarlo como si estuviese físicamente, ya que no es imaginación el que él nos acompañe a diario). De la misma forma cuando oramos hemos de creer que Dios nos oye (que hay Dios), que recompensa a los que lo buscan. Si cada hora de nuestro tiempo la pasamos en el pensamiento de que Dios está con nosotros, no por eso se hará realidad; pero como es realidad que Él está con nosotros hasta el fin del mundo, la toma de conciencia de su presencia nos colma de esperanza.

    La esperanza en él no avergüenza, los días pasan y avanzamos con nuestras metas, llenos de gozo. Por nada hemos de estar afanosos, más bien hemos de agradecer al Señor por cada circunstancia de nuestras vidas, ya que ante cada problema surge una solución que para nosotros suele ser extraordinaria, cuando vemos al Dios que actúa. Estad quietos, se nos ha dicho, y conoced que Yo soy Dios (Salmo 46:10). Hemos de cesar las guerras en que nos metemos a diario, la contienda formada en nuestra mente, el continuo pensar en nuestro adversario. A eso se refiere cuando se nos conmina a estar quietos, a reposar de nuestro imaginario angustiado fustigado por el mundo que nos rodea.

    De inmediato, luego de la quietud, podemos darnos cuenta de la acción del Dios soberano, el que aparece con las provisiones necesarias para nuestras andanzas. Dios no cambia en sus propósitos, Él sabe los pensamientos que tiene acerca de sus hijos, pensamientos de paz y no de mal, para darnos el fin que esperamos.

    No en vano el salmista David escribió en el Salmo 20 unas palabras de maravilla para los hijos de Dios: Jehová te oiga en el día de conflicto; el nombre del Dios de Jacob te defienda. Te envíe ayuda desde el santuario…haga memoria de todas tus ofrendas, y acepte tu holocausto. Te dé conforme al deseo de tu corazón, y cumpla todo tu consejo (Salmo 20:1-4). Esas palabras son promesas para nosotros, deseos del salmista inspirado por el Espíritu de Dios al escribir su canto; ¿cómo hemos de estar tristes?

    Estamos confiados en que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el fin (Filipenses 1:6). Esa buena obra la es de gracia y de fe, el trabajo de la regeneración que hace el Espíritu, la santificación a la que nos conduce; si Dios la empezó la habrá de concluir, si quiso llevarnos hacia Cristo no querrá sacarnos de ese lugar. Pese a que continuamos pecando, nuestras vidas no se identifican con el pecado; no confesamos jamás un falso evangelio, una vez que hemos sido llamados a seguir al buen pastor (Juan 10:1-5).

    No hay un creyente que sea incrédulo, no hay un creyente con llamado eficaz que siga al extraño, no hay un creyente que no viva en la doctrina de Cristo. Por lo tanto, no habrá ningún creyente que establezca paz con los que asumen falsas doctrinas, ya que eso implicaría que estaría actuando contra Jesucristo. Si hacemos todo para el Señor, recibiremos la recompensa que nos tiene preservada desde la eternidad, por lo cual nos alejaremos del extraño y del maestro de mentiras, de los anunciadores de nuevas revelaciones, de los herejes que proclaman evangelios más benignos que el del Señor.

    Su evangelio fue dura palabra de oír, algo que ofendía a muchos; los maestros que engañan dicen paz, paz, cuando no la hay; ellos halagan los oídos de las muchedumbres como para que no se vayan, para ver multitudes. Quien así actúa no hace las cosas como para el Señor, por lo tanto tendrán una recompensa diferente: el Señor les dirá, nunca os conocí. Pero aquellos que sí hacen todo para el Señor, de hecho o de palabra, escucharán la voz que les dirá: Venid, benditos de mi Padre.

    César Paredes

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  • MILAGROS COMO EL MANÁ

    El Dios de las Escrituras hizo caer maná del cielo, para alimentar a su pueblo en el desierto. No se podía guardar sino comer lo necesario de él, de manera que el milagro aconteciera cada día. Separó las aguas del Mar Rojo para que Israel en forma sosegada caminara en su separación de Egipto, las cerró de nuevo para ahogar caballos y soldados del ejército del Faraón. Una nube calibraba el rayo solar para no sofocar a los transeúntes, un foco de fuego alumbraba en la noche; la tierra se abrió para tragar a los hijos de Coré junto a su rebelión.

    No olvidemos las plagas en Egipto, ni la salvación a los que tiñeron con sangre animal los dinteles de sus moradas. La vara de Moisés (de Aarón también) prevaleció como serpiente feroz sobre los poderes de los magos egipcios. Unas tablas escritas con el dedo de Dios sirvió de sello distintivo con enseñanzas éticas para su pueblo, lo que ha servido a la humanidad para provecho de su cultura y de su moral. Ese Dios de los milagros no tuvo la ocurrencia de crear el casete y el audiolibro, o tal vez un video juego en aquellos momentos históricos, lo cual habría resuelto el problema que suponía el aprender a leer para un pueblo recién salido de la esclavitud.

    ¿Por qué Dios no le entregó a Moisés un sistema windows para que su pueblo aprendiera más fácilmente su encomienda? No porque no haya podido hacerlo sino porque el Señor de las Escrituras es el Logos, como señala Juan en sus primeras líneas del Evangelio. En el principio era el Verbo (Logos), y el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios. El Dios que es la Palabra exige que su pueblo aprenda a leer y a escribir, en medio del desierto, para que copie en sus vestiduras y escriba en sus casas las cosas importantes que les dio por medio de Moisés.

    En una oportunidad, por causa de las picaduras de víboras, levantó una serpiente de bronce para que quien la mirara sanara de sus heridas venenosas. El pueblo se pervirtió poco a poco, por la imagen levantada que comenzó a adorar. El ser humano no se acostumbra a lo abstracto sino que quiere concretizar todo lo que imagina. El Dios invisible que se da a conocer por medio de las cosas invisibles, con su eterno poder y deidad no puede ser comparado a ninguna de sus criaturas: sean humanas o animales. Tampoco se puede asemejar a una piedra, a un árbol, a lo que se ha denominado las cosas inanimadas.

    Dios es Espíritu, pero se manifestó en carne a través de su Hijo; también envió mensajeros celestiales (el Hijo, inclusive) para instruir en ocasiones a sus escogidos. Nos sigue exigiendo la lectura y la escritura, como signos de lo que Él es: la palabra. No cualquier palabra, sino aquella que fue revelada por medio de los santos hombres de Dios siendo inspirados. Desde un principio vemos a ese Dios contra la idolatría, destruyendo la teología idolátrica de los que se dicen cercanos a su nombre, así como de aquellos que se declaran distantes de su presencia.

    La Escritura ha sido tomada como la autoridad final para la vida y para la relación con Dios. En ella se pone de manifiesto la voluntad del Señor, como la fuente de la verdad. El Evangelio, el Hijo, el concepto de justicia, la justificación, la creación, el reino de Dios, el cielo y el infierno, son algunos de los temas esenciales que despliega por medio de sus páginas. Como se trata de la Sola Scriptura, no se necesita suplementarla con nada: nada de imágenes, nada de esculturas, nada de vitrales, no más serpientes de bronce como si fuesen necesarios los estímulos pedagógicos a manera de recordatorios.

    Un profeta nos resalta esta idea: ¿De qué sirve la escultura que esculpió el que la hizo? ¿La estatua de fundición que enseña mentira, para que haciendo imágenes mudas confíe el hacedor de su obra? (Habacuc 2:18). Las imágenes de la Iglesia de Roma parecen contrariar las palabras del profeta, ya que las usa para adorar: figuras del Dios Trino, de Jesucristo, de la Virgen María, de ángeles y santos, cosas que no traen provecho alguno. Pablo argumenta que lo que las gentes sacrifican a sus ídolos a los demonios sacrifican (1 Corintios 10:20). Poco importa que se haga en nombre de la didáctica teológica, ya que debe destruirse todo aquello que confronta lo irrepresentable de la Divinidad. El único provecho existente resulta económico, el salario de los trabajadores de la arcilla o la madera, de los escultores, de los que venden amuletos, de los artistas que decoran los sitios de veneración. Esas estatuas de fundición ejercen el ministerio de la pedagogía de la mentira.

    Cruces, el niño en el pesebre, una virgen en su aposento junto a los animales del establo, nada de eso resulta útil sino de estorbo: a los demonios sacrifica, dice la Escritura. Ídolos mudos, con pies que no caminan, con ojos que no ven, ausentes de vida pero presentes para el reino de la oscuridad. Un atractivo y fuente de contacto en el reino de las tinieblas, donde habita el padre de la mentira. Claro, alguien traerá a colación los querubines del arca reseñados en Éxodo 28, pero se olvidan de que fueron para decoración y, además, instituidos por Dios. No fueron ordenados para que se les adorara o venerara, ni mucho menos para fungir como mediadores entre Dios y su pueblo.

    Precisamente, el Dios de los querubines reseña por igual al Dios del arte; no es un Dios que está contra la fotografía o el dibujo, ni contra la pintura o escultura, lo que sí es que nada de lo mencionado debería ser objeto de adoración o culto. Él lo dijo: No te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas ni debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni las honrarás (Éxodo 20:4-5). Aunque este mandamiento parece ser eliminado de algunas traducciones de las Biblias católicas, cabe recordar que en la Vulgata Latina aparece escrito, de manera que su propia Biblia asumida como la oficial lo contiene (a pesar de que algunas de sus traducciones también oficiales execra este mandamiento).

    La serpiente de bronce sirvió de emblema del Cristo que vendría, como lo confirma el Nuevo Testamento. Sin embargo, por causa de la perversión del pueblo hubo de ser destruida para evitar el paganismo de Israel en torno a dicha escultura. El concepto de Sola Scriptura nos enseña que las Escrituras deben gobernar sobre las tradiciones e interpretaciones de la iglesia que se considera sujeta a la Palabra de Dios. En ese concepto se encuentra el fundamento de la justificación por la fe de Cristo Jesús, lo cual nos libera de la justificación por Roma o por cualquier otro medio.

    Finalmente, recordemos con Josué la recomendación que Jehová le dio: Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien (Josué 1:8).

    César Paredes

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  • INEXCUSABLE

    El que juzga a otro pero hace aquello que juzga, se condena a sí mismo (Romanos 2:1). Esa premisa mayor se centra en ese capítulo de la Carta a los Romanos, así que podríamos ordenarla de la siguiente manera: 1) Todo aquel que juzga a otro haciendo lo mismo que juzga es culpable. La premisa menor podría ser ésta: 2) Fulano juzga en otro lo que él mismo hace. La síntesis inequívoca habrá de ser: 3) Fulano es culpable. La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad, contra los que detienen con injusticia la verdad.

    Esa verdad detenida se conoce por medio de la creación del mundo, por lo cual nadie puede tener excusa de sus maldades. La ley de Dios mora en los corazones humanos, para que sus conciencias les testifiquen; no obstante, esa ley moral y aún la ley escrita de Moisés no salvó a nadie. Existe ahora la ley de la fe (Romanos 3:27, pero ya Abraham había dado prueba de ello, ya que creyó y su fe le fue contada por justicia). La humanidad desde antiguo conoció a Dios por medio de su creación, pero supuso que ella se había hecho a ella misma. Se inventaron el mito de la evolución, para huir de la idea del Creador y de su revelación escrita. Poco a poco, el razonamiento humano se fue envaneciendo hasta que el corazón del hombre quedó completamente entenebrecido.

    De aquella sabiduría griega que resulta admirable también emanó la necedad: una multiplicidad de dioses inventados, como argumentos circunstanciales que obvian el enfrentamiento con el verdadero Dios. En su sabiduría, los griegos también se inventaron un monumento al dios no conocido. Lo querían abarcar todo pero por causa de que ellos (como el resto del universo pagano) se habían olvidado de la gloria del Dios incorruptible, la cambiaron por imágenes de aves, de cuadrúpedos, de reptiles o de hombres corruptibles divinizados.

    La falta de honra al Dios de la creación (el mismo de las Escrituras) hizo que Dios entregara a ese universo pagano a la inmundicia, hacia las concupiscencias de sus corazones. Por esta vía les llegó la deshonra de sus propios cuerpos. Hombres con hombres y mujeres con mujeres, encendidos todos en sus lascivias, como consecuencia de sustituir la verdad por la mentira. El hecho de que no tuvieron en cuenta a Dios hizo que Dios los entregara a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen (Romanos 1:28). El resultado fue un almacenamiento de fornicación, injusticia, perversiones, avaricia, maldad, envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades (Romanos 1:29).

    La lista de los daños continúa: se volvieron murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios (odiadores de Dios), injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia (Romanos 1:30-31). Por esta razón, el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según verdad. El solo hecho de vivir en medio de personas con las características descritas arriba genera malestar psíquico. Uno tiene que elevar las alertas para no andar en medio de estos escarnecedores, atestados de toda maldad. La trampa la colocan a nuestra espalda y doquier uno ande debe de estar atento, por lo cual también se nos dejó una clara advertencia y recomendación: velad y orad para que no entremos en tentación.

    Al creyente se le ha prometido la vida eterna en la perseverancia del bien hacer, a nosotros los que buscamos gloria, honra e inmortalidad. Estos valores positivos los otorga el Dios Creador, no la gloria del mundo, ni la honra de los príncipes y nobles, mucho menos la inmortalidad de los recuerdos por obras que hagamos. Dios otorga esos valores como parte de la vida que no acaba, el conocimiento de Dios como Ser verdadero y de Jesucristo el Hijo enviado. La contraparte la tienen los del conjunto entregado a sus vientres y lascivias: ira y enojo, tribulación y angustia por hacer lo malo. Al creyente también se le otorga paz, no la del mundo (porque el mundo tiene su paz, a su manera) sino la que sobrepasa todo entendimiento, la que cubre nuestros corazones y nos asegura el camino donde andamos. Es la paz de Dios por medio de Jesucristo.

    En esta humanidad descrita por las páginas de la Biblia, se añade que el resultado final es que no existe justo alguno, ni aun uno, no hay quien entienda ni quien busque a Dios. Todos se han desviado, haciéndose inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. La humanidad toda es como un sepulcro abierto dispuesta a engañar con su lengua, como si poseyera veneno de áspides bajo sus labios. La gente vive maldiciente, quejumbrosa y amargada, anda con pies apresurados para derramar sangre; están llenos de quebranto y desventura, sin conocimiento del camino de la paz (Romanos 3:10-17).

    Esta oscura descripción de la humanidad, desde la óptica del Creador, se da porque el ser humano perdió el temor de Dios delante de sus ojos. El hombre religioso que pretende que por sus buenas obras podrá escapar de la ira venidera, tiene una advertencia de inmediato: por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios; sino que por medio de la ley viene el conocimiento del pecado (Romanos 3: 20).

    La buena noticia lo es para el que cree en Jesucristo, pero no para el que cree por cuenta propia. Me explico: el Padre es quien envía al Hijo aquellos que tendrán vida eterna (Juan 6:44); el corral de las ovejas donde moran los hijos de Dios también tiene cabras infiltradas. Esto se da a menudo por culpa de los pastores asalariados que no cuidan la doctrina, sino que venden la idea de amar a Jesús con todo el corazón pero dejan a un lado la doctrina que separa. La doctrina que separa viene del Padre, enseñada por Jesucristo; es la doctrina descrita por los apóstoles y todos los escritores bíblicos. Esa doctrina conviene cuidar ya que quien se ocupa de ella puede salvarse y ayudar a salvar a otros.

    Así le expuso Pablo a Timoteo su amigo y hermano, que no se descuidara en los asuntos de la doctrina aprendida. Alguno querrá objetar el contenido del mensaje y dirá que la doctrina que salva sería una obra humana; pero la respuesta la da la Escritura: la salvación pertenece a Jehová. Sin embargo, Isaías lo dice: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Pablo lo ratifica: Tienen celo de Dios pero no conforme a ciencia (conocimiento) (Romanos 10:2). También es cierto que el hombre impío no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios porque le parecen una locura (1 Corintios 2:14).

    Entonces, ¿para qué ocuparse del conocimiento del siervo justo? ¿Para qué ocuparse de la doctrina? Vemos que la recomendación de Pablo a Timoteo se dirige a los creyentes, la de Isaías también habla a los que creemos. Así que no se le dice al impío que se ocupe de una doctrina que no puede entender, sino al que tiene el Espíritu Santo. En otras palabras, al que dice tener el Espíritu Santo, al que dice ser creyente, porque por medio de lo que confiese su boca, de acuerdo a lo que haya creído su corazón, se sabrá si es o no un árbol bueno. No puede el árbol malo dar fruto bueno, pero no puede el árbol bueno dar un fruto malo. Esas son palabras de Jesucristo, el mismo que aseguró que la oveja que le sigue (la que cree de verdad) no ser irá jamás tras el extraño (Juan 10:1-5).

    ¿Y quién es el extraño? El que predica falsas doctrinas, el que anuncia que la gracia se combina con las obras, el que asegura que Jesús vino a expiar todos los pecados de todo el mundo, sin excepción. Que eso lo crea el impío no hay problema, el impío siempre anda en la vanidad de su mente. Pero el que dice creer y habla como impío está dando fruto de árbol malo (Lucas 6:43-45). La Biblia dice que el nombre del niño por nacer debería ser Jesús (Jehová salva) porque él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Jesús lo dijo muchas veces: vino por las ovejas perdidas de la casa de Israel (Pablo nos asegura que nosotros somos el Israel de Dios); agregó el Señor que él pondría su vida por las ovejas (Juan 10), no por los cabritos que estarán fuera: y serán reunidas de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos (Mateo 25:32).

    Esas palabras duras de oír, predicadas por Jesús, espantaron a muchos de los que lo seguían como discípulos. Hoy día, los falsos pastores, los profetas de mentiras anuncian a un buen pastor que ama a todos por igual, que puso su vida en rescate no por muchos sino por todos, que espera que usted levante su mano, dé un paso al frente, acepte la oferta de salvación. Pero esas son palabras blandas para los oídos de los que aman las fábulas, que traen su veneno. La verdad es que la sangre de Jesucristo no fue derramada en vano, ni echada al azar, como si la descripción hecha por Dios de acuerdo a lo descrito en Romanos 3:10-31 fuese un invento. Si no hay quien busque a Dios, ¿cómo pudo Cristo morir por aquellos que jamás lo van a aceptar? El Señor murió por su pueblo, conforme a las Escrituras. A ese pueblo revive el Espíritu Santo en el día del poder de Dios, para hacerlo nacer de nuevo sin que medie voluntad de varón.

    El que no hable conforme a la ley y al testimonio es porque no le ha amanecido Cristo. El tal es un impostor y su fruto confesado revela que es un árbol malo. Pero sin duda, sigue siendo inexcusable.

    César Paredes

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  • UNA TORRE MUY ALTA

    El libre albedrío funge como bandera de todos aquellos que desean independencia del Creador. Como si fuese posible por el solo hecho de la promesa de la serpiente en el Edén, como si Dios se despojara de su soberanía por instantes para dar paso a la libertad de la criatura que previamente la ha colocado en un lugar neutro. Porque si el hombre murió en delitos y pecados, se hace necesario volver a nacer; y si los defensores del mito del libre albedrío pudieran nacer de nuevo por su cuenta para poder decidir, entonces también necesitarían del arbitrio divino para colocarlos en un lugar neutral.

    Pero no es así como la Biblia propone, no es así como enseña Jesucristo, el que ha dado su vida por todos los pecados de su pueblo. No murió el Mesías por los cabritos que pondrá a su izquierda para apartarlos hacia la condenación perpetua. Dios es soberano por siempre, a otro no dará su gloria; Dios ha tenido un plan que cumple a cabalidad, siendo sus promesas en Él un Sí y un Amén. De manera que si Dios no cambia, su inmutabilidad no puede sino servir como peso de hundimiento en aquellas almas que esperan confiadas en que su propia libertad los hará cambiar de actitud para un día decirle sí a Jesucristo.

    La Torre de Babel fue fundada con el fin de que el hombre se hiciera un nombre alto. De nuevo revoloteaba en el cerebro humano el sueño sembrado por el dragón, el de ser como Dios. La predestinación forma parte del plan providencial de Dios para sus escogidos. No hay otra forma de llegar al cielo sino por el Evangelio, pero nadie puede tener oídos para oírlo si no le son abiertos. De nuevo surge la pregunta en el hombre que objeta a Dios: ¿Por qué, pues, Dios inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad? Lo cierto es que a unos endurece Dios y a otros despierta para vida eterna, así que no depende del que quiere ni del que corra. ¿Por qué, entonces, predicar? Porque ha sido un mandato y esa es la única vía para conocer al Padre: Jesucristo alabó al Padre por los que le daría por medio de la palabra de sus antiguos discípulos (Juan 17:20).

    Esa palabra, asegura Pedro, es una semilla incorruptible. No puede ser una semilla contaminada, ya que el falso evangelio no ha podido salvar ni una sola alma; antes, el falso evangelio solamente corrobora que sus miembros, sus militantes, andan todavía extraviados de la verdad. Más allá de que repitan como loros los versos de la Biblia, Dios nos escogió desde antes de la fundación del mundo y antes de que hiciésemos bien o mal (Efesios 1:4; Romanos 9: 11-12; 2 Timoteo 1:9). Así que ninguna causa buena pudo haber en nosotros para que Dios nos haya escogido, sino simplemente el consejo de su voluntad inalterable. Ese es nuestro gozo, el de poder poseer algo que nadie puede obtener por méritos propios.

    Pero así como Abel fue envidiado por su hermano Caín, lo somos también por aquellos que llamándose hermanos entre ellos desprecian la verdad de la palabra de Dios. Ellos aman más la mentira, así que reciben de gratis y de buena gana el espíritu de estupor que Dios les ha enviado para que terminen de perderse. Ellos actúan y hablan como su hermano mayor el Faraón de Egipto: ¿Y quién es Jehová para que yo los deje ir? De igual forma aseguran que el Jehová en el cual ellos creen no se interesa mucho en la doctrina sino en el amor. De esa forma afirman que el amor une pero la doctrina destruye.

    Dios es el que justifica al impío, basado en la justicia imputada de Cristo, alcanzada en la cruz del Calvario (Romanos 3:21-26). Isaías nos habló de la importancia de conocer al siervo justo que justifica a muchos, de manera que el que ignora esa justicia de Dios cree de otra manera. Los que creen de otra manera asumen que la gracia proviene de Dios (lo cual es cierto), pero añaden un poquito de sabor al proceso o al acto de salvación: su libertad plena para poder decidir. De lo contrario, aseguran con su representante John Wesley que Dios sería un diablo, alguien peor que un tirano. De seguro coinciden con su padre Arminio (de la teología arminiana que profesan) en que ese asunto de la predestinación resulta repugnante. Para endulzar las palabras de la Biblia hacen malabares lingüísticos con el fin de autodemostrarse que odiar significa amar menos, cuando Dios refiere a su propio odio por Esaú (Romanos 9).

    La Torre de Babel, reseñada en Génesis 11, nos advierte contra la utopía humana: construir un mundo separado de Dios, distanciado de su ley, hacerse un nombre grande hasta los cielos. En materia política, económica y religiosa parece ser que se está logrando hoy día, como si fuese la gran meta de la humanidad. Un nuevo orden mundial, una nueva forma de pensar, con antivalores que pasarían a ser los nuevos valores: pedofilia, incesto, hechicería, guerra contra la Biblia en las escuelas y universidades, permisología para los matrimonios homosexuales, el tráfico de pequeños, todo ese estado de anomia imaginado en aquella vieja torre parece ser que se ha convertido en una cercana realidad. No en vano Jesucristo nos habló de su Segunda Venida, diciéndonos que habría unas señales similares a las mostradas en los días de Noé (cuando vino el diluvio), o en los días de Lot (frente a la vieja Sodoma).

    En lugar de obedecer el mandato de Dios de llenar la tierra, los habitantes de Babel pretendían construir una ciudad y una torre como marca de su autonomía. Pero eso sí, no una autonomía inocente (como si eso fuese posible) sino una que rivalizara con la soberanía de Dios. Eso tampoco puede ser posible, en el plano conceptual puro: Un Dios soberano no permite nada, sino que ordena o decreta que suceda lo que tiene pensado. El hecho de hacerse un nombre para ellos mismos implicaba un grito de orgullo por su propio trabajo, como si fuese la expresión mayor de su libre albedrío. Lo que nunca supieron, pero tal vez ahora lo sepan, es que para eso mismo fueron ordenados, como vasos de ira para exhibir la justicia de Dios contra el pecado.

    La pretensión de que la torre alcanzaría el cielo implica por fuerza el deseo de gobernar junto al Altísimo, pero bajo la vieja pretensión de Lucifer: subir a lo alto y ser semejante al Creador. El hombre mostró en Babel lo que ahora parece seguir exhibiendo con más fuerza por los medios audiovisuales: Hacerse un nombre para ellos mismos, mostrar su aparente independencia del Dios que los hizo. No en vano Nimrod fue un cazador contra Jehová o delante de Jehová, el cual gobernó en Babilonia (la ciudad Babel o confusión). Flavio Josefo narra en sus Antigüedades de los Judíos que Nimrod dijo que se vengaría de Dios (por el diluvio), en caso de que quisiera ahogar el mundo nuevamente, lo que lo lleva a construir una torre bien alta para que ni las aguas pudieran alcanzarla (Libro 1, Capítulo 4). Y si Nimrod no la hizo al menos sus seguidores lo pretendieron.

    La gente desea en su odio a Dios colocarse delante de Él (Génesis 10:9), enrostrarse ante el Señor. Por ese motivo la gente se rebela contra el Hacedor de todo, como lo hizo el Faraón de Egipto, como también sucedió con Caín al asesinar a su hermano Abel. Esaú luchaba contra Jacob en el vientre de la madre, como el niño Ismael de la esclava Agar batalló contra Isaac. De igual manera hacen los que son del mundo contra los que somos de Dios, simplemente no soportan nuestra quietud y nuestra palabra de fe.

    La batalla la dan los injustos contra los justificados por Dios, pero el mensaje es el mismo para todos: arrepentíos y creed en el Evangelio. Sabemos que creerán aquellos que fueron ordenados para vida eterna, desde antes de la fundación del mundo. Sabemos por igual que el diablo siembra cizaña junto al trigo, que las cabras corren solas al aprisco de las ovejas para maltratarlas, que existen pastores asalariados que dejan entrar el lobo al corral y huyen con su salario a cuestas. Nuestro deber sigue siendo juzgar con justo juicio, discriminar y examinar para ver qué espíritus son de Dios.

    Hay espíritus (personas) que no son de Dios, cuyo evangelio es el otro del extraño, el que ablanda las palabras de Jesús y transforma la doctrina del Padre para hacerla grata a los oídos de las masas. Existen pastores que ordenan a sus ovejas a silenciar el tema de la predestinación, incluso permiten que lo crean pero para ellos mismos, en silencio. Saben que eso los atormenta, que esa doctrina espanta a muchos en sus sinagogas, los cuales dejarán las bancas libres y las arcas un poco vacías. Hay otros pastores que aseguran que Dios es soberano, pero no tan soberano; al parecer todos ellos parecen ignorar el significado de la justicia de Dios. Tienen gran celo por Dios, pero no conforme a entendimiento (Romanos 10:1-4).

    En lugar de construir una torre muy alta hagamos un lugar en el suelo para nuestras rodillas, donde podamos inclinarnos ante el Todopoderoso que nos hizo. Ese mismo Dios asegura que hizo al malo para el día malo, que hace el bien y crea el mal, que mata y da vida, que no hay quien detenga su mano y le diga: ¡Epa!, ¿qué haces? En lugar de hacernos un nombre para nosotros, hablemos de la gloria del único sabio Dios, porque Dios honra a los que le honran. En lugar de luchar contra Jehová, amistémonos ahora con Él y por eso nos vendrá paz.

    César Paredes

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  • LAS SEÑALES DE MARCOS

    En Marcos 16 existe un pasaje controversial para algunos que se dedican al cultivo de la fe cristiana. Existe una pugna entre la cesación y la continuación de los dones especiales del Espíritu. Algunas personas sostienen que algunos versos de Marcos 16 son espurios, que fueron añadidos al texto de su autor. Pero el Principio de Preservación de las Escrituras no nos anima a señalar con claridad que eso fue de esa manera, ya que lo que tenemos hasta ahora se considera por materia de doctrina la palabra de Dios.

    Más allá de errores de traducción, o de malas intenciones en ellas, los textos más antiguos en cuanto al Nuevo Testamento señalan que se había incorporado en ellos esos versículos. Pero tampoco damos bandera blanca a los que aman la continuidad de esos dones especiales para el día de hoy. De verdad que cuando se indica allí que hablaríamos en nuevas lenguas, la gente tiende a entender que son lenguas novedosas, como si nadie las hubiera hablado antes. Sin embargo, una nueva lengua puede ser una lengua que uno ignoraba y que ahora la descubre. Pero esa novedad no implica que ella sea realmente nueva, en el sentido de que no existiera antes de que la descubriéramos o aprendiéramos; es nueva para el que la aprende o para quien la habla, si bien ya existía en una comunidad lingüística anterior.

    Cuando Pablo menciona en una de sus cartas que si él pudiera hablar en lenguas angelicales… no está afirmando que él hablaba por esa vía; además, cuando los ángeles (los mensajeros) de Dios hablaron con los humanos en la tierra lo hicieron siempre en las lenguas de los terrícolas. Pablo menciona un caso hipotético que muchos toman por literal y yerran en consecuencia.

    Jesús anuncia que a los que creen les seguirán unas señales particulares: en su nombre echarán fuera demonios, hablarán nuevas lenguas, tomarán en sus manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño, impondrán sus manos sobre los enfermos y sanarán (Marcos 16:17-18). Todas esas cosas sucedieron en el nacimiento de la iglesia, hasta que vino lo perfecto. Pablo fue mordido por una víbora pero nada malo le aconteció, él dijo de sí mismo que hablaba en lenguas, muchos apóstoles sanaron enfermos, Pedro y Juan sanaron a un cojo, cuando subían al templo para orar (Hechos 3). En la iglesia primitiva muchos hablaron en lenguas, como señala el apóstol en su carta a los Corintios.

    Pero también fue anunciado que los dones cesarían, cuando lo perfecto llegara. Vemos que aquel apóstol para los gentiles en quien moraba el don de sanidad, poco a poco le fue mermando esa capacidad especial. A unos hermanos en la fe tuvo que recomendarles medicina, hubo de dejarlos en algún lugar para su reposo, porque aquel don parecía abandonarlo poco a poco. Tal es el caso de su amado hermano Timoteo, a quien le recomienda que por causa de su estómago no bebiera agua sino vino. Erasto se quedó en Corinto, y a Trófimo dejé en Mileto enfermo (2 Timoteo 4:2).

    Los dones especiales aparecen en las Escrituras en tres grandes momentos. 1) En la época de Moisés, cuando sacaba al pueblo de Dios de la esclavitud egipcia, también Josué cuando instalaba al pueblo de Dios en la nueva tierra en tanto era su nuevo líder. Esos dones especiales autenticaban a los mensajeros de Dios. Los profetas descritos en las Escrituras vivieron el poder de Dios cuando hacía milagros, pero no poseían ellos mismos tal don. Isaías, por ejemplo, oyó la voz de Dios que le preguntaba a quién enviaría (Isaías 6:8), también recibió palabra de Jehová para el rey Ezequías: morirás y no vivirás. Después de la súplica de Ezequías ante Jehová, el profeta recibió palabra del Señor y le fueron añadidos a Ezequías 15 años (Isaías 38).

    Con el paganismo de Israel, vuelto a los Baales, aparece la segunda ocasión de las señales especiales. 2) Elías con dones especiales. Su palabra ordenaba acontecimientos excepcionales, para que el pueblo viera a quién servir: a Jehová o a los Baales. Su siervo Eliseo heredó ese talento de parte del Señor, porque todavía el pueblo necesitaba la prueba de los mensajeros para ver si eran o no de Dios. Pasan años y viene el siguiente momento: 3) Señor Jesucristo vino a la tierra, Dios hecho hombre, pero en él reposan los dones del Espíritu de Dios para testificar que era el enviado del Padre. Dijo que si no le creían en él deberían creer a sus obras prodigiosas (Juan 10:38). Sus apóstoles continuaron con esas señales especiales que los autenticaban como verdaderos enviados del Señor para su rebaño.

    Cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará (1 Corintios 13:10). El perfecto conocimiento de Dios se obtiene de las Escrituras (si bien pasaremos la vida eterna conociendo al Padre y a Jesucristo el enviado: Juan 17). Las diversas lenguas que el apóstol hablaba como parte de un don especial, permitían una información especial, no conocida. Teniendo la Escritura terminada, a la cual no se le puede agregar nuevas profecías ni eliminar ninguna de sus partes, no conviene darse a las supuestas revelaciones con lo ya revelado. Me explico, hay gente que dice hablar en lengua extranjera pero lo que pronuncia son sonidos no doblemente articulados, aunque con grande astucia se dan a la interpretación. Puede ser que esa misma persona que habla en la supuesta lengua extranjera interprete o que otra lo haba, pero lo que interpreta no es nada nuevo (porque nada se puede añadir). ¿Qué interpreta? Simplemente dice que el Señor ha dicho tal y cual cosa, que se corrobora con la Biblia.

    En otras palabras, una persona hablaría en lengua extranjera para luego traducir (interpretar) un texto de la Biblia, lo cual sería un absurdo. Si la Biblia lo dice, no se necesita repetirlo en una lengua extranjera para causar un impacto supuestamente sobrenatural en los oyentes. Si ya está en la Biblia, que se lea, no que se balbucee para luego traducir. Alguien dirá todavía que será posible para Dios darle un don de lengua extranjera a alguien que deba dar un mensaje particular a una persona que no habla su propia lengua. Bueno, para Dios no hay nada imposible, hasta la burra de Balaam reprendió al profeta (Números 22:28).

    Lo que se quiere resaltar acá es que los dones especiales existieron en momentos especiales en los que el Todopoderoso respaldaba a sus mensajeros. Si Él quiere sanar a un enfermo a través de la imposición de manos de un siervo suyo, lo puede hacer. ¿Quién se lo impide? Pero nadie puede reclamar para sí ese don, como si todavía existiera como tal en forma especial para autenticarse como mensajero. ¿Alguien desea añadir palabra de Dios, como nueva revelación? ¿Acaso no le basta con aprender lo enseñado en las Escrituras? La expresión de Pablo en su Carta a los Corintios, cuando venga lo perfecto, puede hacer referencia tanto a las Escrituras completadas como a cuando estemos cara a cara con el Señor. Pero no veo obstáculo alguno en tener esas dos posibilidades al mismo tiempo: ¿Acaso el Señor no es la Palabra, el Verbo de vida? ¿No es Él el autor de las Escrituras, a través de su inspiración por medio del Espíritu Santo? Estar frente a las Escrituras se hace semejante a estar en su presencia. Al igual, cuando estemos cara a cara con Él, estaremos recordando todo aquello que aprendimos en su palabra revelada por medio de los santos hombres de Dios que fueron inspirados.

    Busquemos la fe, la esperanza y el amor, como principales gracias del Espíritu de Dios. La fe que es dada por el Señor a sus escogidos (Efesios 2:8), en tanto su autor y su consumador, la que agrada a Dios (el que se acerca a Dios necesita saber que le hay). Dios no da ese don para quitárselo a sus hijos, esa fe no merma en nosotros, sino que perdura por los siglos de los siglos. Aunque cuando le veamos cara a cara, ya no necesitamos tener fe en lo que no vemos porque ya le veremos tal como es. La esperanza nos fue dada en la regeneración que hizo el Espíritu en nosotros, los elegidos del Padre. Esa esperanza no avergüenza, sino que nos hace disfrutar de las promesas divinas para los amados de Dios. Tenemos esperanza en las promesas del Señor, en su justicia y en que somos llamados justos por Aquel que justifica al pecador en virtud de la justicia de su Hijo.

    Busquemos también el amor, el cual no acabará jamás; la fe y la esperanza no servirían de mucho si no tuviésemos amor. Ese es el más grande mandamiento, el que resume la ley y los profetas: amar a Dios por sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos. El que tal haga no andará indagando donde no debe, no se irá tras los vendedores de ilusiones, haciendo que practica lenguas extranjeras cuando en realidad son lenguas del extraño, peligrosas, que los maestros de mentiras promueven para probar que tienen a Dios a su lado. Cristo dijo que la oveja que le sigue no seguirá más al extraño (Juan 10:1-5). El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará, esa ciencia como el don sobrenatural de conocimiento (1 Corintios 13:8). Ya lo dijo Juan: Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas (1 Juan 2:20). Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él (1 Juan 2:27). Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53:11). Ese conocimiento no cesa nunca, se hace necesario siempre; lo que cesa es el don especial de conocimiento que fue dado en la época apostólica.

    César Paredes

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  • HEREJÍA ARMINIANA

    Jacobo Arminio fue un peón de Roma en las incipientes filas del protestantismo. Él llevaba a escondidas la tesis de los jesuitas, la expiación de Jesucristo por todo el mundo, sin excepción, como estímulo para la teología de las obras. El tema de la predestinación soberana de Dios lo concebía de acuerdo a la tesis del jesuita Luis de Molina, quien afirmaba que Dios suprimía su propia soberanía ante el libre albedrío humano, para no influir en ningún sentido la decisión del prospecto cristiano. Ese concepto estructural teológico ha sido empleado por incontables evangelistas, como se puede uno dar cuenta al estudiar un poco a John Wesley o a Billy Graham. Por supuesto, numerosos miembros del sonado calvinismo también fueron azotados con esta rama espinosa del viejo pelagianismo. Pelagio fue un monje que vivió entre los siglos IV y V de la era cristiana. Sostenía el libre albedrío como su teología, sumado a la ausencia de la herencia del pecado de Adán. Cristo no sería sino un ejemplo ético para nosotros. Pelagio se oponía a la idea de la condenación al infierno, por hacer algo que no se podía evitar: el pecado. Habló contra la predestinación considerándola mero fatalismo, ajena a la doctrina del libero arbitrio.

    Según el Pelagianismo, se considera que la persona alcanza la salvación por sus propios méritos. Después de la condena eclesiástica a las herejías de Pelagio, subsistió una combinación entre las ideas de la gracia y la doctrina de Pelagio, lo que resultó en el adagio de siglos posteriores de ayúdate que yo te ayudaré. En efecto, el pelagianismo creía que el hombre comienza la fe con su libre albedrío, y Dios lo ayuda como consecuencia de pura gracia. El Catolicismo bebe de esa fuente, pero intercambia los puntos básicos: dice que el comienzo de la fe obedece a un acto de libre albedrío, pero que la iniciativa proviene de Dios por igual para todo el mundo y se efectúa por colaboración humana.

    La Biblia enseña que la humanidad murió en sus delitos y pecados, que no hay quien busque a Dios, que no hay quien entienda. Sin haber justo ni aún uno, creer en el Hijo de Dios no puede ser una condición de salvación sino el fruto primordial e inevitable del nuevo nacimiento que da el Espíritu Santo. Se habla de creer en el Hijo para tener la potestad de ser hecho hijo de Dios, pero se habla por igual que nacer de nuevo no depende de voluntad humana sino de Dios. La predicación del evangelio es un mandato y necesidad para que las ovejas oigan la voz del buen pastor. Por esa razón Pablo escribió: siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3:24).

    Son incontables las iglesias protestantes arminianas, pero en esos lugares impera el espíritu de estupor. Cantan himnos hermosos (en algunas de ellas), hacen oraciones al cielo, leen la Biblia y la memorizan, dan diezmos y ofrendas, hacen labor social. En fin, obra más obra acumulan como prebendas, incluso llegan a decir a veces que también creen en las doctrinas de la gracia. Pero el arminianismo es un error teológico, una desviación intencionada de las Escrituras, por lo que se puede afirmar inequívocamente que es una herejía bíblica.

    Obvio resulta que el que cree una herejía demuestra que sigue al extraño y no al buen pastor. Si se cree una herejía se testifica de andar perdido en términos de fe, de caminar por el sendero que parece recto pero que lleva a un fin de perdición. Los que asumen herejías teológicas demuestran que no han sido regenerados por el Espíritu Santo, que continúan tras los maestros de mentiras. El problema para muchos consiste en la confusión que se genera al ver a muchas personas arminianas dedicadas a las labores de sus iglesias o sinagogas de Satanás. No les parece compatible la labor religiosa hecha con la herejía que asumen, por esa razón prefieren catalogarlos como una variante más de tipología del cristianismo, no como una asunción contraria a la teología cristiana bíblica. Se habla de una creencia en la gracia pero por igual de una creencia de gracia más libre albedrío. De esa forma intentan reconciliar al más viejo estilo jesuita (con Luis de Molina y su molinismo) el mitológico libre albedrío con la soberanía de Dios.

    Alguien le preguntó a Jesús si eran pocos los que se salvaban. La respuesta fue que era imposible para el hombre salvarse (para su supuesto libre albedrío) pero que para Dios no hay nada imposible. Pocos son los que entran por la puerta estrecha y caminan por el sendero angosto, muchos, en cambio, andan por las autopistas que llevan a la destrucción final. Decir esta verdad constituye una forma de amar al prójimo, negarle la verdad implica empujarlo a una eterna desolación. Las preciosas verdades de la Biblia son esenciales para la cristiandad.

    El hereje arminiano no es un creyente al que le falta un poquito de doctrina, como si viviese en una inconsistencia teológica feliz. No, simplemente no ha sido regenerado por el Espíritu de Dios. De lo contrario, hubiese sido llevado a toda verdad, porque el Espíritu Santo no conduce hacia la mentira ni es Espíritu de confusión. En cambio, el espíritu de estupor que Dios envía sí que habla mentiras, para que se condenen todos aquellos que no amaron la verdad. El arminiano que persiste en su engaño, ama la mentira y resiste la verdad. A él le llega también el espíritu de engaño enviado por Dios para que se pierda en forma definitiva.

    Todo cuanto sucede ha sido decretado por Dios, aún lo malo que acontece en la ciudad (Amós 3:6). Los arminianos no creen eso, sino que Dios permite el pecado, permite lo que otros intentan hacer en su contra; añaden que Dios ama a todo el mundo sin excepción, de lo contrario sería un tirano o un diablo. Bien, Romanos 9 señala que Dios odió a Esaú aún antes de ser concebido, antes de mirar en sus obras buenas o malas. Para soportar ese texto, el arminiano apunta que Dios amó menos a Esaú, pero que lo amó. En fin, el arminiano tuerce la Escritura para su propia perdición.

    Las decisiones tomadas por Dios no se basan en lo que el hombre hace, como se demuestra del texto de Romanos 9:11-13. El hombre cayó y murió espiritualmente con Adán, no fue solamente afectado con algún mal como para que extienda su mano en busca de la medicina para el alma. La Biblia ha dicho: Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento. Nadie hay que invoque tu nombre, que se despierte para apoyarse en ti; por lo cual escondiste de nosotros tu rostro, y nos dejaste marchitar en poder de nuestras maldades (Isaías 64:6-7). Jesucristo añade a esto: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:44).

    Esa imposibilidad humana resulta incompatible con su idílico libre albedrío. Somos criaturas dependientes del Creador, al igual que Satanás hecho para el día malo (Proverbios 16:4). ¿A dónde huiré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y asirá tu diestra…Lo mismo te son las tinieblas que la luz (Salmo 139:7-12).

    El que cree no puede sino habitar en la doctrina de Cristo, el que dice creer y no vive en la doctrina de Jesucristo no tiene al Padre ni al Hijo. El que le dice bienvenido al que no trae la doctrina del Señor, participa de las malas obras o plagas de los herejes. Por tanto, el Señor le dice a su pueblo que huya de Babilonia. Las cabras pueden vivir tranquilas en esa ciudad, pues su hora llegará cuando sean apartados los cabritos al lago de fuego eterno.

    César Paredes

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  • RESPONSABILIDAD HUMANA

    Jehová, el Dios de los hebreos, ha dicho: Yo te he puesto para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra (Éxodo 9:16). El Faraón tuvo que escuchar a Moisés con esa advertencia, pero por igual el Faraón siguió siendo responsable por no dejar ir al pueblo de Israel. La soberanía de Dios no elimina la responsabilidad humana, al contrario, la hace necesaria. El Todopoderoso del cual todo depende obliga a que el hombre le rinda un juicio de cuentas. La criatura tan ínfima suele infatuarse ante el Creador, como si en realidad se hubiese convertido en un dios.

    Jehová también despertó el espíritu de Ciro, rey de Persia, para que cumpliera Su palabra dicha por boca de Jeremías (2 Crónicas 36:22). A pesar de que el corazón del rey está en las manos de Jehová, no puede dejar de responder por sus actos. Dios muestra misericordia a quien quiere mostrarla, pero el ser humano solo puede recibirla si se la da. En ocasiones, los malignos operan iniquidad contra los justos, pero Dios tiene la intención de que ese supuesto mal se convierta en bien. En realidad, a los que a Dios aman todas las cosas les ayudan a bien, esto es: a los que conforme a su propósito son llamados.

    Y de nuevo, aunque Jehová le dijo a Moisés desde un principio que endurecería el corazón del Faraón para que no dejara ir a su pueblo, el mandatario egipcio pagó con creces su maldad (Éxodo 4:21). Y Jehová endureció el corazón del Faraón, y el Faraón no escuchó a Moisés como Jehová se lo había dicho (Éxodo 9:12). La Biblia nos cuenta cosas que se callan en los púlpitos, como que Jehová ordenara que no se escuchara el consejo de Ahitofel para enviarle el mal que Jehová deseaba sobre Absalón (2 Samuel 17:14).

    En ocasiones padecemos por la maldad de los que nos rodean. A veces rompen nuestros corazones con las artimañas del diablo, hasta que llegamos a suponer que nos sucede la maldad por causa de nuestros pecados. Asaf tuvo un problema con el asunto del mal, al ver la prosperidad de los impíos que no tenían congojas por su muerte como los demás mortales. Al entrar en la presencia de Dios (el santuario de Dios) comprendió el fin de ellos: Dios los había colocado en resbaladeros para que cayeran a la ruina (Salmo 73:17-18). Pero esos malvados que serían despreciados por Jehová fueron responsables por la maldad causada.

    Conocemos la historia del rey de Asiria, báculo en las manos de Jehová para hacer tareas destructivas. Después de alcanzar lo planeado, Jehová castigó la soberbia de ese rey que pretendía hacer aquello por sí mismo. La ira de Jehová contra Judá y Jerusalén hizo que Sedequías se rebelara contra el rey de Babilonia, para sufrir después un sitio y un ataque que destruyó a muchos. Entre ellos a Sedequías, cautivo hacia Babilonia una vez que le sacaron los ojos y lo ataron con grillos, hasta que muriera en la cárcel (Jeremías 52:3-11).

    Ese rey Sedequías había hecho lo malo delante de Jehová, pero el pueblo también pagó porque al parecer nadie se rebeló contra los actos de profanación del rey. Jehová habla a través del profeta Habacuc, diciéndole que Él levantaría a los caldeos, nación cruel y presurosa…cuyos caballos serán más ligeros que leopardos, más feroces que lobos nocturnos…Luego (esa nación) pasará como el huracán, y ofenderá atribuyendo su fuerza a su dios (Habacuc 1:6-11).

    El texto anterior exhibe lo que Dios hace desde antes de que acontezca, planifica lo que habrá de venir sin importar si es obra buena o mala. En este caso, la nación caldea, absolutamente pagana, sería invocada por Jehová para castigar a parte de su pueblo. Esto fue planificado, incluso el hecho de que ofendiera a Jehová atribuyendo la fuerza caldea al dios de los caldeos. Visto el panorama bíblico, ¿quién todavía se atreve a invocar el libre albedrío como eje guía de la voluntad humana? Eso no es más que un mito religioso, una elaboración emanada del pozo del abismo, obra de Satanás para ensalzar al hombre caído, la promesa hecha por la serpiente antigua en el Edén cuando le dijo a la mujer que los hombres serían como dioses.

    La crucifixión y muerte de Jesucristo se hizo bajo la autoridad divina. Cristo le dijo a Pilato que él no tendría ninguna autoridad para crucificarlo, si no le fuese dada de arriba. Ah, pero Jesús agregó algo sobre la responsabilidad: Por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene (Juan 19:10-11). Muchos pecados fueron cometidos contra el Cristo, en especial el día de su entrega y crucifixión, pero todos ellos fueron planificados por Jehová, de acuerdo a lo que leemos a través de las profecías del Antiguo Testamento. ¿Fue responsable Judas Iscariote de haber sido escogido como diablo? ¿Fue su traición perdonada porque ella había sido predestinada? En ninguna manera, cada quien pagará por su pecado.

    Para los creyentes Cristo es precioso, pero para los que no creen ha venido a ser una piedra de tropiezo, una roca que hace caer. Estos tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron destinados también (1 Pedro 2:7-8). Tropezar en la palabra puede ser tenido como poner en duda algunas partes esenciales del Evangelio, tener por general lo que es particular en materia de expiación; de igual forma, suprimir alguna de las personas de la Trinidad, basado en razones carnales que impiden comprender lo que ha sido revelado, es también tropezar. Algunos objetan la deidad de Cristo, otros rechazan el infierno de fuego, inclinándose a la aniquilación final como prueba del amor de Dios. Hay quienes sostienen que cuando Dios odia en realidad ama menos, porque Él es amor; otros dicen que la predestinación existe porque Dios miró en el túnel del tiempo y supo quiénes eran los que iban a creer.

    Vemos que existen incontables formas de tropezar en aquella roca que es Cristo. Están los que siendo religiosos no comprenden o conocen al siervo justo que justifica a muchos, los que siendo celosos de Dios ignoran el significado de la justicia de Dios, con la consecuencia de colocar la suya propia (Romanos 10:1-4). En síntesis, a todos los que se rebelan a la palabra siendo desobedientes a ella, la palabra misma (Cristo el Logos) caerá como una roca sobre ellos. ¿Son responsables al torcer la palabra para su propia perdición? Por supuesto que lo son, así lo declara la Biblia. Incluso, por el hecho de ser Dios soberano en forma absoluta se presupone por necesidad la responsabilidad absoluta de la criatura humana ante su Creador. ¿Adónde huiré de tu presencia? (Salmo 139:7). Esa soberanía mencionada se contempla en el texto citado de Pedro, cuando leemos: siendo desobedientes, a lo cual fueron también destinados.

    Dios ha escogido y preordenado a algunos para creer en Cristo, a quienes el Señor les da la fe debida como regalo, a los cuales representó en la cruz cuando expiaba sus pecados; pero también ha ordenado a otros para que sean testigos de su ira por los siglos de los siglos, en un fuego que no se extingue, por causa de su infidelidad y desobediencia a la palabra de Cristo. Ambos grupos deben obediencia al Señor, ninguno de ellos goza del mítico libre albedrío, concepción tomada del paganismo religioso. En lugar de libre albedrío lo que tenemos es la tarea de ser responsables, más allá de que podamos o no cumplir con ese cometido.

    Nosotros, como generación escogida, pueblo de Dios en el sentido espiritual, hemos sido llamados por la misericordia divina, por medio de la semilla incorruptible de la palabra, somos llamados pueblo adquirido por Dios. Se nos llama real sacerdocio, nación santa, con el fin de anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. A nosotros se nos pide que nos abstengamos de los deseos carnales que batallan contra el alma (1 Pedro 2:11). ¿Es mucho pedir? ¿No tenemos la mente de Cristo, el Espíritu Santo en nosotros, el conocimiento de la palabra de Dios? Aunque hayamos sido vendidos al pecado, aunque la ley del pecado inunde nuestros miembros, hemos de dar gracias a Dios por Jesucristo porque seremos liberados de este cuerpo de muerte (Romanos 7).

    Tenemos la responsabilidad de huir de las pasiones juveniles, de resistir al diablo hasta que huya de nosotros, pero debemos huir de la tentación. Todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre sino del mundo (1 Juan 2:16). El mundo pasa y sus deleites, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. La vanagloria de la vida puede ser vista como el orgullo de la vida, la ambición de poseer honor, de hacerse un nombre como Nimrod, como los constructores de la vieja Torre de Babel. Lo mismo hicieron los escribas y fariseos, los denominados doctores de la ley, de igual manera procuran los que anhelan vivir en palacios, en casas de lujo, en la gula de una rica dieta, en edificios suntuosos. Conviene hacer un ejercicio escrito para colocar la extensa gama de variables que encierra esa sola frase: la vanagloria (el orgullo) de la vida.

    El vocablo griego usado por Juan para vanagloria es ἀλαζονεία (alazonéia), que significa falsa pretensión o impostura. Es la jactancia, el orgullo, la autoconfianza que desdeña a Dios como soporte. Esa impostura no viene del Padre Celestial sino del mundo, de sus hombres, de la carnalidad con que se vive a diario. Nada de lo que el mundo ofrece vale la pena adquirirlo, es la antítesis de lo que proviene de arriba. Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. Antes de la caída viene la altivez.

    César Paredes

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  • EL REGALO DE LA FE DE DIOS

    La fe es un don de Dios, asegura Pablo en la Carta a los Efesios (2:8). Por esa sola razón podemos estar ciertos de que no puede ser la fe un prerrequisito para la salvación. La fe, la gracia y la salvación vienen juntas, de acuerdo al texto citado; pero somos salvos por medio de la fe. Es decir, Dios nos da la fe para salvarnos, pero no nos pide fe como si pudiésemos producirla. Es más bien un instrumento en la salvación pero jamás un requisito previo. Aclarado este punto conviene lo que significa según la Biblia la fe: es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1).

    De acuerdo a la lengua griega, el término utilizado upóstasis ὑπόστασις (lo que soporta, lo que está debajo), la fe es la esperanza de lo que soporta aquello que uno espera. ¿Qué soporta todas las cosas? Cristo es el dador de esa fe, pero también por él fueron creadas todas las cosas, así que pudiera interpretarse la fe como la esperanza en Cristo. Esperanza en el que hizo la expiación por su pueblo, esperanza en que fuimos inscritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo. Esperamos por igual en la justificación hecha por Dios a través del sacrificio de su Hijo, para que apaciguara su ira con nosotros los creyentes.

    La Biblia nos asegura que no es de todos la fe, por cuya razón no todo el mundo será salvo. La fe se contrapone a las obras, así que la gracia triunfa junto a la fe. Eso sí, por medio de la fe hacemos obras que agradan a Dios, como frutos propios del que espera en el Señor. Ninguna persona puede capacitarse para cumplir a cabalidad la ley de Dios, de manera que el que quebranta un punto de la ley se hace culpable de todos. Ahora tenemos la ley de la fe (Romanos 3:27), la que nos permite tener paz para con Dios por haber sido justificados por ella, por medio de nuestro Señor Jesucristo (Romanos 5:1).

    El justo por la fe vivirá, pero todos los que se enardecen contra Jehová serán avergonzados (Romanos 1:17; Habacuc 2:4; Gálatas 3:11; Hebreos 10:38; Isaías 45:24). El que retrocediere en la fe no agradará al alma del Señor, pero éstos son los que profesan y se contagian de fe porque leen la palabra. Sin embargo, la fe auténtica la da el Señor a los suyos, en tanto es su autor y su consumador. El que posee ese regalo será guardado en las manos de Jesucristo y en las del Padre, para que nadie pueda arrebatarlo, sino que será resucitado en el día postrero.

    La palabra se anuncia para que el Espíritu vivifique a los que son de Cristo; de esta manera podemos decir que hemos recibido al Señor, creyendo en su nombre porque nos fue dada la potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1:12). Tenemos la justicia que es de Dios por la fe, esa justicia que es Jesucristo. Recordemos que él se hizo pecado y padeció en la cruz por causa de su pueblo (Mateo 1:21), por lo tanto agradó al Padre quien aceptó su holocausto en favor de todo su pueblo. El Padre nos ha dado un gran amor, para que nos llame sus hijos; pero tenemos una parte contraria a este regalo: el rechazo, odio y desconocimiento del mundo.

    Natural resulta que el mundo no posea la capacidad de amar. El amor viene de Dios pero Dios no ama a todo el mundo; la Escritura lo dice, que está airado contra el impío todos los días, que ha hecho vasos de ira para el día de la ira, que odió a Esaú, que los réprobos en cuanto a fe van hacia la condenación. Jesús mismo no rogó por el mundo (Juan 17:9) la noche antes de su expiación, por lo tanto no los representó en la cruz al día siguiente. Y si se ha escrito que nosotros amamos al Señor porque él nos amó primero, cabe destacar como conclusión que quien no ha sido amado por Dios no puede amarlo a Él y ¿cómo amará a su prójimo?

    Claro está, la mente trae la historia humana en este momento para decirnos que la humanidad ama. Bueno, el Faraón quiso a su primogénito, Goliat de seguro tuvo cariño por sus padres, Acab amaba a Jezabel, pero ese amor del mundo no tiene parangón con el amor de Dios y el de los creyentes. Lo que el mundo ofrece es amar lo suyo, proteger lo que le pertenece, ansiar más, pero a las primeras de cambio puede disolver ese amor por otro mejor. No así los creyentes, ya que la prueba de que le agradamos a Él consiste en el amor que le tengamos y que poseamos los unos por los otros. No amemos al mundo, se nos ha dicho, sino al Padre, a la iglesia (a la verdadera), incluso a nuestros enemigos. Esto último viene como un ejercicio de comprensión de que hemos de abandonar cualquier tipo de orgullo, como si fuésemos superiores a ellos. Nuestra distinción con ellos proviene de arriba, de lo que hizo Dios con su Hijo en nosotros.

    Por la fe otorgada guardamos los mandamientos de Dios, aunque a veces hacemos aquello que no queremos hacer. Cuando pecamos sabemos que nuestro corazón nos reprende pero por igual conocemos que mayor que nuestro corazón es Dios. Ese Dios sabe todas las cosas, además de que nos dejó su Espíritu en nosotros el cual se contrista cuando hacemos algo indebido. De allí procede la corrección, la disciplina del Señor porque a quien ama disciplina y azota a todo el que tiene por hijo. Esa corrección es horrible, pero eficaz.

    Una vez que hayamos sido disciplinados y corregidos, nuestro corazón no nos reprende y comenzamos a tener confianza en Dios. Lo sabemos porque cualquiera cosa que pidamos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él (1 Juan 3:19-22). Nuestra conciencia nos acusa por nuestros pecados, sabemos cuándo el Espíritu Santo se contrista en nosotros, pero Dios es mucho más grande que nuestra conciencia. Él tiene el poder para manejar esos asuntos que nos confunden, como supremo Juez conoce las pruebas que nos señalan pero como Dios de amor para sus elegidos trae dulzura ante nuestra conciencia.

    Por la fe dada soportamos la disciplina, el hecho de saber que Dios no oye nuestras oraciones. Esto pareciera duro e imposible, pero ha sido parte del castigo de Dios a su pueblo en el Antiguo Testamento, así como lo sugiere Juan en la epístola citada. Habla de la reprensión del corazón y de Dios que sabe todas las cosas. Esto nos lleva al arrepentimiento, a la confesión del pecado delante de Él; luego nos dice que si nuestro corazón no nos reprende (si estamos a cuentas con Él), tenemos confianza y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos las cosas que le agradan.

    Al arreglar las cuentas con el Señor, vuelve la confianza; al volver la confianza nos vuelve a oír en las oraciones y nos responde positivamente. Pero en ningún momento pensemos que aún en el pecado (como aquel hijo pródigo) el Señor no nos está aguardando. Seguimos en sus manos y en las manos de su Padre, aún con el Espíritu Santo dentro de nosotros (aunque contristado, por lo cual nos sentimos igualmente tristes por el mal que hacemos). Lo que sucede es que pasamos por un proceso de corrección y no nos agrada estar bajo su mano castigadora, pero será breve porque acudiremos a Él lo más rápido que podamos para suplicar perdón y alivio del castigo.

    Jehová, no me reprendas en tu furor, ni me castigues en tu ira (Salmo 38:1). Señor, delante de ti están todos mis deseos, y mi suspiro no te es oculto. Mi corazón está acongojado, me ha dejado mi vigor, y aun la luz de mis ojos me falta ya. Mis amigos y mis compañeros se mantienen lejos de mi plaga, y mis cercanos se han alejado…Por tanto, confesaré mi maldad, y me contristaré por mi pecado. Porque mis enemigos están vivos y fuertes, y se han aumentado los que me aborrecen sin causa…No me desampares, oh Jehová; Dios mío, no te alejes de mí. Apresúrate a ayudarme, oh Señor, mi salvación (Salmo 38).

    César Paredes

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  • HABILIDAD DE DIOS

    Jehová ama y guarda lo prometido a su pueblo, con poder sacó a Israel de la esclavitud en Egipto, del azote del Faraón. Dios es fiel para guardar el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, pero dará el pago a los que le aborrecen, destruyéndolos. No se demora Jehová con el que le odia, en persona le dará el pago (Deuteronomio 7:8-10). Agrega la Escritura que no faltó de todas las buenas promesas que Jehová había hecho a la casa de Israel, sino que todo se cumplió (Josué 21:45).

    Dios tiene habilidad suficiente para cumplir todas sus promesas, tanto las hechas a sus escogidos como las prometidas a los réprobos en cuanto a fe. A éstos llama sus enemigos, a quienes odia desde antes de la fundación del mundo. Éstos serán como espinos arrancados, los cuales nadie toma con la mano.

    Para el creyente existe un trato diferente de parte del Señor. Será bienaventurado y protegido por siempre, aunque sea castigado por sus desobediencias, azotado en virtud del amor del Padre que corrige. El creyente recibirá azotes por sus iniquidades (Salmo 89:32).

    El Dios soberano hace todo posible, Jehová es su nombre, el mismo que separó las aguas del mar para que su pueblo caminase en medio, el que lo cerró cuando sus enemigos entraron en persecución. Es el mismo Dios que guió por 40 años una travesía pedagógica para que se escribiera su gloria en cuanto hacía. El que hizo caer maná del cielo, el que destruía al enemigo de su nación escogida, de donde vendría la Simiente que es Cristo.

    Hablamos del Dios de la Biblia, no de los dioses que la gente se inventa. Si Dios se determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar? Su alma deseó e hizo (Job 23:13). Pensemos que es el Dios de la providencia, lo cual quiere decir que provee para cada ocasión. Por ejemplo, proveyó para que el Faraón fuese un rey, un mandatario de acuerdo a las costumbres de su pueblo. Lo dotó de poder, de tradiciones, con un entendimiento entenebrecido para que no comprendiera quién era el verdadero Dios. Todo esto cuenta como providencia.

    Lo mismo aconteció con Judas Iscariote, creado como diablo, como hijo de destrucción para que la Escritura se cumpliese. Judas no pudo morir cuando era un niño, porque tenía una misión que aún no conocía. Judas estudió a los pies de Jesucristo, tuvo que formar parte de los doce apóstoles para poder ejercer su rol de traidor. Así que no murió ahogado en un río o en medio de una tormenta marina, no se lo tragó un tiburón, ni fue asesinado por el movimiento zelote. Jehová proveyó para sus necesidades con la finalidad de que cumpliera el fin para el que había sido creado. Los medios seguidos por el Iscariote fueron igualmente medios escogidos por Dios, en tanto es el Dios de la providencia. El que hace el fin hace también los medios para ese fin.

    De esa forma, el Faraón glorificó a Jehová al recibir la ira por el pecado, por el endurecimiento de corazón al que había sido sometido por el mismo Jehová. Y Judas también padeció por sus pecados, todos los cuales fueron anunciados por los profetas de Dios, como para indicarnos quién es el soberano absoluto. En ese diablo también Jehová llevó la gloria de su soberanía, de su justicia, como el Dios que profetiza lo que habrá de acontecer.

    El Dios de la Biblia está en control de todas las cosas. Él creó todas las cosas y las ha ordenado, incluso cualquier átomo del universo continúa bajo la supervisión del que hace todas las cosas para su propia gloria. La Biblia dice algo que debe conducirnos a reflexión: Nuestro Dios está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho (Salmo 115:3). El Dios satisfecho no se siente frustrado un instante, nada se le opone, porque aún los malos que hablan en su contra y hacen maldades, todos ellos fueron creados para el día malo (Proverbios 16:4).

    La habilidad de Dios se muestra porque crea la luz y hace las tinieblas, hace la paz y crea la adversidad; tiene al corazón del gobernante en sus manos, a todo lo que quiere lo inclina; la suerte misma puede ser lanzada en los dados o por cualquier otro medio, pero Jehová decide su destino. Sin la idea del Dios soberano no puede haber un Evangelio seguro, no podría existir la certeza del cumplimiento de lo que Dios ha prometido hacer.

    Jehová el grande, el Señor de todo cuanto existe, anuncia cosas antes de que salgan a la luz, y las hace notorias (Isaías 42:9). Jesucristo iba conforme a lo que había sido determinado, pero dio un ay contra el que lo entregaría (contra Judas, el hijo de perdición, el que iba conforme a las Escrituras). Vemos absoluta predestinación en esta declaratoria de Jesús. Pedro, en su primer discurso, habló del Señor diciéndonos que había sido entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendido y matado por manos de inicuos, crucificándole (Hechos 2:23). Más adelante, en el libro de los Hechos, capítulo 4, versos 27 y 28, nos resume la soberanía de Dios en la crucifixión del Hijo. Los gentiles, el pueblo de Israel, junto a Herodes y Poncio Pilato, se unieron para hacer cuanto la mano y el consejo de Dios habían antes determinado que sucediera.

    El peor evento en la historia, la crucifixión del siervo justo, del Hijo de Dios, el que no había cometido pecado, fue planificado, anunciado a los profetas y ejecutado en el tiempo previsto, de acuerdo a los designios específicos de Dios mismo. ¿Habrá algo que sea difícil para Él? ¿No es Jehová Dios de toda carne? De Él es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan. Lo más hermoso es que nada falta a los que le temen.

    César Paredes

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  • EL PAN QUE DESCENDIÓ DEL CIELO

    En el Evangelio de Juan, Capítulo 6, leemos acerca del milagro de los panes y los peces. Una multitud cerca de 5.000 personas seguía a Jesús, pero estas personas tenían hambre y no había mucho que comer. Después de leído ese relato, el lector puede ver una cadena de eventos que se relacionan estrechamente con la misma gente. Muy posible que los 5.000 en su totalidad no siguieron a Jesús por mar y tierra, como sí lo hicieron muchos entre ellos. Pero una vez que lo encontraron en Capernaum comenzaron a dialogar. Jesús les advirtió que lo seguían no por el milagro visto sino por la comida que los había saciado.

    Muchos siguen a Jesús por el interés económico, pensando que les irá bien si Jesús les provee cosas especiales. Otros lo hacen porque saben de las maravillas que puede hacer, pero no existe garantía alguna de formar parte de su pueblo si se cumplen tales prodigios. Muchos de los que hacen milagros y echan fuera demonios oirán en el día final que no fueron conocidos por Jesús. Claro que Jesús conoce a los que son suyos, y por ende a los que no lo son; pero en el sentido bíblico del término conocer se refiere a tener comunión íntima. Esa comunión va en exclusiva para con los hijos que Dios le dio, llamados también sus amigos, sus hermanos, su pueblo, su iglesia.

    Aquella multitud quería conocer más sobre la doctrina de Jesús. ¿Cuál era ese pan que permanece a vida eterna? Era el pan que el Hijo del Hombre les daría, porque a éste el Padre lo había señalado como su mensajero. Ellos le dijeron que deseaban hacer lo que fuera para poner en práctica las obras de Dios. Eso sucede a menudo cuando un interesado en la palabra de Dios intenta estar cerca de esa fuente de poder que es el Dios Creador de todo cuanto existe. Pero la respuesta simple no satisface, sólo tenían que creer en el enviado del Padre.

    El problema de creer es que va más allá de alguna actividad intelectual netamente humana. Se requiere una fe que es otorgada por Dios (Efesios 2:8), no es de todos la fe sino que ella la da Jesucristo, su autor y consumador. Sin esa fe resulta imposible agradar a Dios. Pedían alguna señal especial para poder creerle, no les bastaba con el milagro de los panes y los peces. Se refirieron al maná caído del cielo, a lo que el Señor les respondió sobre que él era el verdadero pan del cielo, no el pan que les había dado Moisés.

    Jesús les añadió que el que a él viene nunca tendrá hambre, y el que en él cree no tendrá sed jamás. Pero ellos no creían a pesar de haberlo visto, pese a que habían comido de los panes y los peces en una manera milagrosa. Fue en ese instante en que Jesús enfatiza su doctrina de la soberanía absoluta de Dios. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37). La voluntad del que me envió es que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero (Juan 6:39). El que ve al Hijo, y cree en él, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:40). Pedro se refirió en una de sus cartas a nosotros, los que creemos sin haberlo visto, por lo tanto también tenemos esa vida eterna.

    Pero frente a esa doctrina enseñada, donde se enfatizaba en que solamente los enviados del Padre creerían para vida eterna, aquellos seguidores de Jesús (llamados alumnos o discípulos) comenzaron a murmurar. Ahora se enfadaron porque había dicho que él era el pan que descendió del cielo, siendo el hijo de José y de María. Jesús les recriminó su murmuración y les agregó algo que enfatizaba lo anterior: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:44). Se refirió a los profetas que había escrito acerca de Dios enseñando a los que irían a Jesús, una vez que hubiesen aprendido.

    Los judíos que lo seguían quedaron confundidos sin entender la metáfora del pan de vida, de la carne que debían comer. Pensaron literalmente y tal vez se imaginaron algún acto de canibalismo. Ahora se trataba de beber su sangre y comer su carne, ya no solamente de comer el pan que cayó del cielo. Por esa razón, por el conjunto de enseñanzas dictadas a la multitud, muchos de sus discípulos exclamaron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír? (Juan 6: 60). Como Jesús sabía de lo que murmuraban les preguntó: ¿Esto os ofende? (Juan 6:61).

    Dado que Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían (y quién le había de entregar), les repitió la línea especial de su doctrina: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). La consecuencia inmediata frente a esta declaración repetida fue que desde ese instante muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él (Juan 6: 66). Lo que sigue del relato nos dice mucho; aquellos que han creído que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, son los que el Padre envió al Hijo. Los que no se van del lado de Jesús son los que el Padre educó y envió, los que no se espantan por su doctrina, los que no murmuran acerca de si es justo o injusto el que el Padre no envíe a todo el mundo hacia su Hijo, sino que solamente lo hace con los escogidos (los predestinados desde antes de la fundación del mundo, los que son llamados su pueblo por el cual el Señor vino a morir, de acuerdo a Mateo 1:21).

    Juan escribió sobre esa doctrina, como lo vemos en una de sus cartas. Él dijo que aquella persona que no habita en esa enseñanza se convierte en un transgresor, por consiguiente no tiene ni al Padre ni al Hijo. Prohibió rotundamente darle la bienvenida a los que son ajenos a tal enseñanza de Jesús, ya que se considera el centro del Evangelio. La expiación del Señor se hizo en favor de su pueblo, no del mundo por el cual no rogó. Solamente el mundo amado por el Padre fue el objeto del sacrificio expiatorio del Hijo. Esto molesta a muchos discípulos de hoy, es decir, a muchos llamados creyentes o cristianos. Al igual que hace siglos, la gente se ofende por estas palabras del Señor, pos sus enseñanzas. Se dan a la murmuración e igualmente exclaman: Dura es esta palabra de oír.

    A la gente no le interesa este pan de vida, prefieren el otro, el que viene acompañado de peces. De esa manera claman por abundancia, por el Jesús de la prosperidad, el de las señales y prodigios (lenguas, profecías y milagros de sanidad) aunque tengan que forjarlos y sean una imitación de la verdad. Se parecen a los hechiceros de Egipto que sacaban serpientes de sus varas delante de Moisés, para impactar al Faraón y mantenerlo en la mentira. Pero ese era el propósito de Jehová, como lo es hoy en día con el envío del espíritu de estupor (error, confusión) para aquellos que no aman la verdad.

    ¿Qué es no amar la verdad? Una vez que la conocen o se les dice la rechazan, les parece dura de oír. Por esa razón el espíritu de estupor llega enviado por Dios, para que sigan en la mentira y terminen de perderse. No obstante, Isaías clama: El que oiga su voz que escuche, el que pueda llamar a Dios que lo haga mientras está cercano. Dios sigue anunciando este Evangelio de Jesucristo, la buena noticia de salvación por la palabra de aquellos primeros discípulos. No hay salvación posible a través del evangelio del extraño. La oveja que sigue al buen pastor no se irá jamás tras el extraño, porque desconoce su voz. Y solamente llegan a creer las ovejas (Juan 10:26).

    Todo lo dicho acá forma parte de la doctrina de la absoluta soberanía de Dios. Hay mucho más en las Escrituras que refiere al mismo tema. Pero el que se motiva con lo acá dicho puede ir leyendo más y más en la Biblia y se dará cuenta de que ese es el tema central de todas sus páginas. Venid y estemos a cuenta, dice el Señor. No hay Dios fuera de mí, y fuera de mí no hay quien salve. No saben nada los que claman a un madero, al ídolo que forjaron sus manos, al dios que no puede salvar. Un ídolo es también un dios formado a imagen y semejanza del criterio humano, de la opinión propia de lo que debe ser un dios (herejía).

    Que Dios añada la bendición adecuada para todos aquellos que han de creer por medio de esta palabra de verdad.

    César Paredes

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