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  • ESFUERZOS PERSONALES

    Reconozcamos la inhabilidad del hombre para obtener salvación, sin que importe la cantidad de esfuerzo personal que procure. El propósito de Dios para su pueblo consiste en rescatar al ser humano de su culpa y de su esclavitud al pecado. Jesús es la vid y nosotros los pámpanos, por lo tanto llevaremos mucho fruto; separados de él nada podemos hacer (Juan 15:5). Por esa razón, nuestras acciones y esfuerzos (renunciación al mundo y dedicación a Dios) no garantizan la aceptación divina. Urge algo más que la tarea personal, lo que ha sido dado en la Escritura.

    Jesucristo vino como el Mediador entre Dios y los hombres (la verdadera vid). Nadie cumplió la ley en su totalidad, por lo tanto nadie fue justificado por medio de la ley. Aquellas personas que comprendieron que sus sacrificios se hacían como sombra de lo que había de venir, cubrieron sus pecados con justicia. Los que se dedicaron al ritual ordenado por la ley, sin mirar en lo que apuntaba, quedaron fuera de toda justicia. Nosotros nos apoyamos en el sacrificio de Cristo por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), por lo cual gozamos de la gracia. Esa gracia es la misma de la cual gozó Moisés, de la que gozaron Elías y Eliseo, Josué, Ezequiel, Daniel, Jeremías, Isaías y muchas otras personas.

    Jesucristo vino a morir por su pueblo, a entregar su vida por las ovejas y no por las cabras. De hecho no murió por el mundo por el cual no rogó (Juan 17:9) sino por el mundo amado por su Padre (Juan 3:16; Juan 17:20). En ese sentido podemos decir con Pablo que hemos sido salvos por gracia, por medio de la fe; que esta salvación, gracia y fe no depende de nosotros sino que nos vino como regalo de Dios. En síntesis, esas tres maravillas (la salvación, la gracia y la fe) no pueden jamás ser o parecer un resultado de obras nuestras, no vaya a ser que alguien se gloríe (Efesios 2:8-9).

    Pero esa salvación no nos puede conducir a lo que se ha conocido como el antinomianismo (contra la ley), como si los preceptos bíblicos nos parecieran irrelevantes para nosotros. De hecho Cristo no vino a abolir la ley sino a cumplirla. Los que practican las obras de la carne no heredarán el reino de los cielos; los mentirosos, los adúlteros y hechiceros, y un gran etcétera de malhechores, irán al fuego del infierno. Entonces no podemos decir que el antinomianismo nos viene de regalo divino por causa de la gracia conferida. No podemos descuidarnos con el pecado, más bien hemos de procurar matar las obras de la carne.

    Las consecuencias del pecado son pavorosas, pero la ira de Dios contra la injusticia se ve más terrible. Incluso se ha escrito que los hijos de desobediencia reciben esa ira, que el Señor a quien ama castiga y azota a todo el que tiene por hijo. ¿Vamos entonces a entregarnos al relajo moral por causa de asumir el antinomianismo? En ninguna manera, sin apegarnos a la letra de la ley (lo cual sería legalismo indebido) tenemos que procurar su espíritu y aferrarnos al mandato de Jesucristo. Él dijo que si le amábamos guardaríamos sus mandamientos.

    El Espíritu Santo opera en nosotros la regeneración, la justificación y la santificación. La justificación implica la aceptación de Dios hacia nosotros, la ruptura de la enemistad, pero la santificación trabaja en la separación del mundo y sus deseos. Pablo escribió acerca de los injustos que no heredarán el reino de Dios, para lo cual hace una breve enumeración de ellos: Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios (1 Corintios 6:9-10). Esos no son todos, porque en otra carta refiere a los que practican las obras de la carne y surgen otras categorías de pecadores, a los cuales se les agrega un gran etcétera bajo la expresión: y cosas semejantes a éstas.

    El trabajo del Espíritu Santo en la regeneración conduce al abandono de la práctica del pecado, a la conciencia de lo horrible de la infracción ante el Creador. Dios no hace acepción de personas, así que se cumple lo que dijo Jesucristo: No vine a buscar sanos sino enfermos. Es decir, Pablo continúa en la carta antes mencionada diciéndonos que bajo esa lista del oprobio estuvieron algunos de los nuevos creyentes. Y eso erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios (1 Corintios 6:11).

    Una maravilla resulta la conversión, la transformación operada en el nuevo nacimiento que hace el Espíritu Santo en los elegidos del Padre, una vez que oyen el llamamiento eficaz. Esa actividad exclusivamente divina nos demuestra la muerte espiritual de Adán y de sus herederos; como ya se ha dicho en la Escritura, en Adán todos mueren, pero en Cristo todos viven. ¿Y quiénes viven si el infierno recibe a diario a mucha gente? Viven aquellos que él representó en la cruz (su pueblo), los elegidos del Padre por el puro beneplácito de su voluntad (Efesios 1:11), las ovejas del buen pastor (Juan 10:26; 1-5).

    Los legalistas intentan operar el nuevo nacimiento por su propia cuenta, con el énfasis religioso y con la imitación a los verdaderos creyentes. Asumen códigos morales que provocarían la mirada de Dios, pero nada de eso acontece. No por obras, para que nadie se gloríe, grita la Biblia a voces. Los frutos vienen como consecuencia de estar arraigados en la vid verdadera. El fruto del corazón se demuestra por la confesión hecha en la boca del árbol bueno (o del árbol malo que dará un fruto malo). El verdadero evangelio que proviene de la doctrina de Jesucristo, se muestra como el fruto inequívoco del creyente nacido de nuevo. Jamás confesará un falso evangelio que pertenece al extraño (Juan 10:1-5).

    Cristo devino en sabiduría de Dios para nosotros, en la justicia, santificación y redención, como para que nos jactemos solamente en el Señor (1 Corintios 1:30-31). Busquemos la sabiduría de Dios, no la humana de la que el mundo se jacta. El principio de la sabiduría es el temor al Señor, reconozcamos que la salvación pertenece a Jehová. Inclinémonos con humildad ante su trono excelso y supliquemos su misericordia que no se agota. Cercano está el Señor a los quebrantados de espíritu, no dejará para siempre caído al justo. Justificados por la fe tenemos paz para con Dios; si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón.

    En la medida en que el individuo examina el Evangelio de la Biblia reconocerá su diferencia con las innumerables imitaciones propuestas por los maestros de mentiras. Hemos de reconocernos incapaces como seres humanos caídos, para poder acercarnos a Dios, a no ser que el Espíritu Santo opere en nosotros el nacimiento de lo alto. Nadie puede venir a Cristo si el Padre no lo envía; todo lo que el Padre le da al Hijo vendrá a él y no será echado fuera. Los que predican algo contrario a este evangelio, caminan por un sendero que parece de bien pero cuyo final es de muerte.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LAS SERPIENTES EGIPCIAS

    Moisés y Aarón frente al Faraón dieron la señal que Dios les indicó, por medio de una vara que se convirtió en serpiente. El enemigo de su pueblo tenía a unos hechiceros o magos que lograron convertir palos en serpientes, pero el reptil del libertador que Dios había enviado para sacar a su pueblo de Egipto venció a todas. Esa clara muestra de prevalencia de poder se convirtió en un relato para nuestro beneficio. Existe un ligamen entre ese acto sucedido miles de años atrás y nuestra fe dada por Jesucristo.

    En Éxodo 7:12 leemos que cada uno echó su vara, las cuales se volvieron culebras; mas la vara de Aarón devoró las varas de ellos. Por supuesto, el fracaso de los magos egipcios enfureció al Faraón hasta que su corazón quedó más duro que una roca, como Jehová lo había dicho. El Dios de la providencia en acción puede ser otra forma de narrar el acontecimiento mencionado; todas las cosas ayudan a bien a los que son llamados conforme al propósito de Dios. El poder del Señor nos hace erguir con temor reverente, hasta que nuestra alma entera se ocupe de esos asuntos de la grandeza divina. Por ese camino nuestra fe crece, como cuando se demostró frente a Goliat en aquel pequeño David.

    Ya David había luchado con leones y osos, había sido liberado de sus colmillos y garras; esos actos personales contra aquellas fieras estuvieron también dirigidos por Jehová. Poco importaba si el pastor de ovejas en aquel entonces había sido ungido o no, lo cierto es que nuestro Dios está en todo lo que nos acontece. Aún antes de haber sido llamados de las tinieblas a la luz, su amor eterno por los elegidos nos sostuvo de alguna manera, a pesar de que estábamos bajo su ira lo mismo que los demás. En la cruz de Cristo se demuestra, cuando el Padre se apartó y lo abandonó por unos momentos mientras le reflejaba su ira por el pecado que cargaba a cuestas. Nadie podrá decir sin locura que Dios dejó de amar a su Hijo.

    Jeremías recibió del Señor una frase que nosotros heredamos: Con amor eterno te he amado, por lo tanto te prolongué mi misericordia (Jeremías 31:3). Cuando el creyente se ocupa con su alma entera en el temor de Jehová, no queda espacio para el temor ante el hombre. Por eso se ha dicho que resulta preferible estar de rodillas ante Dios y no ante los hombres; de la misma forma se escribió que será maldito todo el que confía en el hombre, el que pone su confianza en la fuerza humana, mientras su corazón se aparta de Jehová. Ese no verá cuando viene el bien, sino que morará en sequedales en el desierto (Jeremías 17: 5-6).

    David y Moisés confiaron en Jehová, fueron benditos como árboles plantados junto a las aguas, echando sus raíces junto a hojas verdes. Siempre dieron fruto, aún en los años de sequía. Si tememos a Dios no tenemos por qué temer a los hombres ni a las circunstancias, pero si no tememos al Señor nadie nos podrá ayudar. Parece ser que el hombre de maldad se apropia de las palabras de la serpiente en el Edén, que seríamos como dioses. El inicuo anhela y trabaja para convertirse en un dios de sus semejantes; de esta manera los que temen a los hombres siguen como ciegos al guía que los lleva al abismo.

    Por muchos lados de las Escrituras sabemos que hasta que los ojos de los hombres no sean abiertos, ellos verán solamente enemigos a su alrededor. Cuando Jehová abre los ojos de sus elegidos, llegan a ver la providencia divina que sobreabunda: Dios con sus atributos. Incluso algunos llegaron a ver ángeles y fueron visitados por ellos. Es entonces que vemos que hay más de nuestro lado que en contra nuestra. Porque el Señor hace estar en paz con nosotros a nuestros enemigos, pero solamente cuando nuestros caminos sean agradables a Jehová (Proverbios 16:7). Antes de entregarnos al pecado deberíamos pensar en cuántas cosas amables podemos perder en un solo momento por carencia de cordura.

    Algunos escritores han hablado del ojo de la fe, como una metáfora que nos conforta. Si un niño se encuentra solo puede temer ante un peligro inminente, pero si está con sus padres o amigos su actitud será de mayor coraje. Nos sucede algo parecido, cuando miramos con los ojos de la fe y nos percatamos de que el Señor está con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. Él nos ha dicho que no temamos, porque al Padre le ha placido darnos el reino. Nos ha revelado en las Escritura que él es el autor y consumador de la fe, que aunque fuere como un grano de mostaza su tamaño será suficiente para mover montañas.

    Por medio de la fe el espíritu de Cristo Jesús se hace sentir en nuestras almas. En realidad él es el león de la tribu de Judá (Apocalipsis 5:5), el de mayor coraje y que no teme a nada. Cada creyente tiene su participación en ese espíritu de león feroz invencible, por lo tanto podemos recordar las Escrituras que señalan que Dios no nos ha dado espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. El Espíritu de Jehová está en Cristo ungiéndole, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová (Isaías 11:2). Pero además, la Escritura señala lo que el Señor declaró: que toda potestad le había sido entregada, tanto en el cielo como en la tierra. Entonces, podemos decir con certeza junto al salmista: Jehová está conmigo; no temeré lo que me pueda hacer el hombre. Jehová está conmigo entre los que me ayudan; por tanto, yo veré mi deseo en los que me aborrecen (Salmos 118: 6-7).

    Las serpientes de los magos egipcios sirvieron para honrar el poder del Faraón por unos instantes, para halagar la habilidad de los serviles hombres de Satanás, pero también fueron objetos importantes para exhibir la grandeza del poder divino. Ese suceso nos enseña que aunque el enemigo se muestre numeroso (porque los magos hicieron de sus varas muchas serpientes), basta una sola vara para que la obra de Satanás sucumba. Esa es la vara del varón que regirá con vara de hierro a las naciones, del Hijo de Dios que se mostró por medio de Moisés ante aquel vasto imperio humano.

    Moisés no mostró ningún temor ante el milagro de su enemigos, ante el número de los ofidios lanzados en frente de él. Su ojo no estuvo enfocado en la grandeza de los que no temen a Jehová, como harían aquellos 10 espías que te llenaron de temor. Su enfoque se centró en la promesa de Jehová cuando le encomendó esa misión. Fijémonos en que no hay nadie más miserable y timorato que aquel que confía en sus carros y caballos, el que anda con armas de fuego escondidas en sus ropas para salir al paso gritándole a cualquiera. Una persona de esta característica vive una existencia de temor, de lamento y temblor. Pero el creyente que echa mano de su fe, como lo hizo David frente al gigante, sabe que está en la presencia de Jehová. Su ansiedad se disipa, su incertidumbre desaparece porque conoce que todo momento y circunstancia de su vida ha sido predestinado desde antes de la fundación del mundo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LAS SERPIENTES EGIPCIAS

    Moisés y Aarón frente al Faraón dieron la señal que Dios les indicó, por medio de una vara que se convirtió en serpiente. El enemigo de su pueblo tenía a unos hechiceros o magos que lograron convertir palos en serpientes, pero el reptil del libertador que Dios había enviado para sacar a su pueblo de Egipto venció a todas. Esa clara muestra de prevalencia de poder se convirtió en un relato para nuestro beneficio. Existe un ligamen entre ese acto sucedido miles de años atrás y nuestra fe dada por Jesucristo.

    En Éxodo 7:12 leemos que cada uno echó su vara, las cuales se volvieron culebras; mas la vara de Aarón devoró las varas de ellos. Por supuesto, el fracaso de los magos egipcios enfureció al Faraón hasta que su corazón quedó más duro que una roca, como Jehová lo había dicho. El Dios de la providencia en acción puede ser otra forma de narrar el acontecimiento mencionado; todas las cosas ayudan a bien a los que son llamados conforme al propósito de Dios. El poder del Señor nos hace erguir con temor reverente, hasta que nuestra alma entera se ocupe de esos asuntos de la grandeza divina. Por ese camino nuestra fe crece, como cuando se demostró frente a Goliat en aquel pequeño David.

    Ya David había luchado con leones y osos, había sido liberado de sus colmillos y garras; esos actos personales contra aquellas fieras estuvieron también dirigidos por Jehová. Poco importaba si el pastor de ovejas en aquel entonces había sido ungido o no, lo cierto es que nuestro Dios está en todo lo que nos acontece. Aún antes de haber sido llamados de las tinieblas a la luz, su amor eterno por los elegidos nos sostuvo de alguna manera, a pesar de que estábamos bajo su ira lo mismo que los demás. En la cruz de Cristo se demuestra, cuando el Padre se apartó y lo abandonó por unos momentos mientras le reflejaba su ira por el pecado que cargaba a cuestas. Nadie podrá decir sin locura que Dios dejó de amar a su Hijo.

    Jeremías recibió del Señor una frase que nosotros heredamos: Con amor eterno te he amado, por lo tanto te prolongué mi misericordia (Jeremías 31:3). Cuando el creyente se ocupa con su alma entera en el temor de Jehová, no queda espacio para el temor ante el hombre. Por eso se ha dicho que resulta preferible estar de rodillas ante Dios y no ante los hombres; de la misma forma se escribió que será maldito todo el que confía en el hombre, el que pone su confianza en la fuerza humana, mientras su corazón se aparta de Jehová. Ese no verá cuando viene el bien, sino que morará en sequedales en el desierto (Jeremías 17: 5-6).

    David y Moisés confiaron en Jehová, fueron benditos como árboles plantados junto a las aguas, echando sus raíces junto a hojas verdes. Siempre dieron fruto, aún en los años de sequía. Si tememos a Dios no tenemos por qué temer a los hombres ni a las circunstancias, pero si no tememos al Señor nadie nos podrá ayudar. Parece ser que el hombre de maldad se apropia de las palabras de la serpiente en el Edén, que seríamos como dioses. El inicuo anhela y trabaja para convertirse en un dios de sus semejantes; de esta manera los que temen a los hombres siguen como ciegos al guía que los lleva al abismo.

    Por muchos lados de las Escrituras sabemos que hasta que los ojos de los hombres no sean abiertos, ellos verán solamente enemigos a su alrededor. Cuando Jehová abre los ojos de sus elegidos, llegan a ver la providencia divina que sobreabunda: Dios con sus atributos. Incluso algunos llegaron a ver ángeles y fueron visitados por ellos. Es entonces que vemos que hay más de nuestro lado que en contra nuestra. Porque el Señor hace estar en paz con nosotros a nuestros enemigos, pero solamente cuando nuestros caminos sean agradables a Jehová (Proverbios 16:7). Antes de entregarnos al pecado deberíamos pensar en cuántas cosas amables podemos perder en un solo momento por carencia de cordura.

    Algunos escritores han hablado del ojo de la fe, como una metáfora que nos conforta. Si un niño se encuentra solo puede temer ante un peligro inminente, pero si está con sus padres o amigos su actitud será de mayor coraje. Nos sucede algo parecido, cuando miramos con los ojos de la fe y nos percatamos de que el Señor está con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. Él nos ha dicho que no temamos, porque al Padre le ha placido darnos el reino. Nos ha revelado en las Escritura que él es el autor y consumador de la fe, que aunque fuere como un grano de mostaza su tamaño será suficiente para mover montañas.

    Por medio de la fe el espíritu de Cristo Jesús se hace sentir en nuestras almas. En realidad él es el león de la tribu de Judá (Apocalipsis 5:5), el de mayor coraje y que no teme a nada. Cada creyente tiene su participación en ese espíritu de león feroz invencible, por lo tanto podemos recordar las Escrituras que señalan que Dios no nos ha dado espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. El Espíritu de Jehová está en Cristo ungiéndole, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová (Isaías 11:2). Pero además, la Escritura señala lo que el Señor declaró: que toda potestad le había sido entregada, tanto en el cielo como en la tierra. Entonces, podemos decir con certeza junto al salmista: Jehová está conmigo; no temeré lo que me pueda hacer el hombre. Jehová está conmigo entre los que me ayudan; por tanto, yo veré mi deseo en los que me aborrecen (Salmos 118: 6-7).

    Las serpientes de los magos egipcios sirvieron para honrar el poder del Faraón por unos instantes, para halagar la habilidad de los serviles hombres de Satanás, pero también fueron objetos importantes para exhibir la grandeza del poder divino. Ese suceso nos enseña que aunque el enemigo se muestre numeroso (porque los magos hicieron de sus varas muchas serpientes), basta una sola vara para que la obra de Satanás sucumba. Esa es la vara del varón que regirá con vara de hierro a las naciones, del Hijo de Dios que se mostró por medio de Moisés ante aquel vasto imperio humano.

    Moisés no mostró ningún temor ante el milagro de su enemigos, ante el número de los ofidios lanzados en frente de él. Su ojo no estuvo enfocado en la grandeza de los que no temen a Jehová, como harían aquellos 10 espías que te llenaron de temor. Su enfoque se centró en la promesa de Jehová cuando le encomendó esa misión. Fijémonos en que no hay nadie más miserable y timorato que aquel que confía en sus carros y caballos, el que anda con armas de fuego escondidas en sus ropas para salir al paso gritándole a cualquiera. Una persona de esta característica vive una existencia de temor, de lamento y temblor. Pero el creyente que echa mano de su fe, como lo hizo David frente al gigante, sabe que está en la presencia de Jehová. Su ansiedad se disipa, su incertidumbre desaparece porque conoce que todo momento y circunstancia de su vida ha sido predestinado desde antes de la fundación del mundo.

    César Paredes

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  • NACIDO DE GRACIA

    Una persona puede poseer un gran conocimiento respecto a la letra de la Escritura, sin que entienda una jota en relación a las doctrinas de la gracia salvadora. La enseñanza respecto a la regeneración fue dada a lo largo del Antiguo Testamento, bajo el parámetro de la circuncisión del corazón, de la actividad de Dios al quitar el corazón de piedra para colocar uno de carne. El espíritu nuevo se daría para que se amara el andar en los estatutos del Señor. Nicodemo representa el ejemplo de lo que decimos, conocía las Escrituras pero no comprendía la gracia que salva.

    Amantes de la letra, los judíos olvidaban el espíritu de la ley de Moisés. De igual forma actúan hoy los religiosos cristianizados cuando memorizan textos fuera de contexto, para su pretexto doctrinal. Abundan los falsos maestros que egresan de seminarios donde la doctrina pasa por una cuestión problemática que separa, por lo cual prefieren darse a las emociones y lo que consideran un cristianismo positivo. De moda se ha puesto la tendencia de la Nueva Era, una importación del Oriente para las iglesias de la modernidad y posmodernidad.

    El orgullo intelectual de algunos que exhiben títulos académicos en materia religiosa, no les deja ver el árbol en medio del bosque. Unos se gradúan en Divinidad y se llaman Divinos, mientras a otros se les dice Reverendo (un título de Jehová). El Salmo 111:9 nos lo aclara: …Santo y Reverendo es su nombre (Versión KJ). En contraposición, la Biblia nos dice que Jehová encaminará al humilde por el juicio, y enseñará a los mansos su carrera (Salmo 25:9). En Mateo 23:9 el Señor nos deja una importante lección, diciéndonos que no llamemos padre nuestro a nadie en la tierra, porque uno es nuestro Padre, el que está en los cielos. Nos agrega que no seamos llamados maestros, porque uno es nuestro Maestro, el Cristo (Mateo 23:9-10).

    La ignorancia y el error no pueden sustentarse en el conocimiento del Señor. Nicodemo demostró su errático pensar al suponer que Cristo hablaba de volverse a meter al vientre de la madre para nacer de nuevo. Jesús le respondió que a no ser que se nazca del agua y del Espíritu, no podrá el individuo entrar al reino de Dios. El agua limpia y el Espíritu vivifica; esa agua es tenida por la palabra de Dios, según se demuestra de la misma Escritura. Nadie puede ser superior a la causa que lo origina, de manera que lo que es nacido de la carne (como causa) tendrá la consecuencia de ser carne. En cambio, lo que es nacido del Espíritu (como causa) tendrá la consecuencia de ser espíritu (vivo o vivificado, con el espíritu nuevo del cual hablara Ezequiel).

    El que creyere y fuere bautizado, será salvo; pero el que no creyere será condenado (Marcos 16:16). Fijémonos en que el Señor no dijo que el que no fuere bautizado será condenado, sino solamente el que no creyere. Muchos han sido salvos sin la necesidad u oportunidad de bautizarse con agua; el ladrón en la cruz demuestra un caso. La condenación se fundamenta en el hecho de no creer, no en la falta del bautismo con agua. El Espíritu no está atado al bautismo.

    Cuando Jesús le dice a Nicodemo que debe nacer de agua y del Espíritu, está hablando de dos cosas similares. La limpieza la da el Espíritu por medio de la palabra de Dios, por operación sobrenatural basado en el trabajo de Jesucristo y en la elección del Padre. Aunque Jesucristo no había muerto y resucitado todavía, él era el Cordero Pascual por el cual se sacrificaba en el Antiguo Testamento. Juan el Bautista hablaba sobre el bautismo con agua que él hacía, pero se refería a Jesucristo como el que bautizaría en Espíritu Santo y fuego (Mateo 3:11). Ese Espíritu trabaja refinando todo como lo hace el fuego con lo que encuentra, como el aventador que limpia la era (el campo limpio para trillar los cereales). De esa manera se quita la paja inútil para aprovechar mejor la cosecha.

    Al leer atentamente Isaías 44:3, probaremos a qué se refiere la Biblia con el agua y el Espíritu: Porque yo derramaré aguas sobre el sequedal, y ríos sobre la tierra árida; mi Espíritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos. Ezequiel 36:25 nos lo corrobora: Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. El verso siguiente habla del corazón de piedra y de carne, pero el 27 nos especifica que se nos dará el Espíritu de Jehová, para andar en sus estatutos y para que los pongamos por obra.

    De nuevo Isaías nos dice: En las alturas abriré ríos, y fuentes en medio de los valles; abriré en el desierto estanques de aguas, y manantiales de aguas en tierra seca…para que vean y conozcan, y adviertan y entiendan todos, que la mano de Jehová hace esto, y que el Santo de Israel lo creó (Isaías 41: 18 y 20). El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna (Juan 4:13-14). Resulta evidente que Jesús se refería a un metáfora del agua, no era agua del pozo de la mujer samaritana de lo que hablaba sino de su palabra que nos daría a cada creyente. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva (Juan 7:38). Cual ciervo jadeante en busca del agua, así te busca, oh Dios, todo mi ser (Salmo 42:1). Esposos, amen a sus esposas, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella para hacerla santa. Él la purificó, lavándola con agua mediante la palabra (Efesios 5:25-26).

    Que caiga mi enseñanza como lluvia y desciendan mis palabras como rocío, como aguacero sobre el pasto nuevo, como lluvia abundante sobre plantas tiernas (Deuteronomio 32:2). Este texto del Antiguo Testamento lo ignoraba Nicodemo, de lo contrario hubiese comprendido a qué se refería Jesús sobre el nacer de nuevo. Y es que el Señor nos guía junto a aguas tranquilas (Salmo 23:1-2). Que podamos decir que nuestras almas tienen sed del Señor, para buscarlo intensamente.

    Todos los hombres hemos nacido en carne, pero no todos nacen en gracia. Eso pertenece al Espíritu de Dios y no a la voluntad de varón. En realidad la gracia no se compra ni se adquiere por esfuerzo alguno, de lo contrario sería una obra para que el hombre tuviera de qué gloriarse. Hemos nacido por causa del primer Adán ya caído en el pecado, por lo tanto hemos muerto espiritualmente; necesitamos nacer del segundo Adán (Jesucristo) para poder vivir eternamente. Adán es la figura del que había de venir (Romanos 5:14); el primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo (1 Corintios 15:47).

    El segundo Adán representa a todos los hijos que Dios le dio; él tiene toda la potestad en los cielos y en la tierra, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados por los cuales murió en la cruz. Él derramó su sangre en favor de todo su pueblo (Mateo 1:21), él rogó por todos los que habían de creer por medio de la palabra de los apóstoles (Juan 17:9 y 20). De ese Jesús ya se hablaba en las Escrituras como muchos textos lo confirman. Por ejemplo, dice Proverbios 30:4: ¿Quién subió al cielo, y descendió? ¿Quién encerró los vientos en sus puños? ¿Quién ató las aguas en un paño? ¿Quién afirmó todos los términos de la tierra? ¿Cuál es su nombre, y el nombre de su hijo, si sabes?

    Es el autor de la gracia, es el autor y consumador de la fe; a él debemos honor y gloria, de él depende nuestro existir. Él es el que es, nosotros somos hechura suya. Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2).

    César Paredes

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  • EL EVANGELIO PURO Y SIMPLE

    Entender el evangelio de Jesucristo no lleva mucho tiempo, pasa por comprender una proposición del Creador en relación a Él mismo y a su Hijo, por medio del Espíritu Santo. En el principio Dios creó los cielos y la tierra, anuncia el Génesis; en el principio era el Verbo, escribió Juan. Ese principio presupone un comienzo desde la perspectiva humana, pero no indica que Dios haya tenido un comienzo. La eternidad de la Divinidad pasa como algo incomprensible en el plano de la limitación humana, pero tenemos el tiempo como medida y podemos valorar por éste la inmensidad del término eterno.

    La Biblia pone de manifiesto la pequeñez del hombre frente al universo, cuánto más frente al Hacedor de todo. La más mínima partícula que imaginemos, hemos de concebirla como controlada y ordenada por Dios, para que se cumpla de esa manera todo cuanto ha querido. La voluntad divina se nos muestra suprema, dominante, persuasiva, frente a la voluntad humana quebrantada, dirigida, dominada, pero que se exhibe como queriendo existir por cuenta propia.

    Dios ha querido que la humanidad sienta la libertad que no tiene por causa de ser una criatura, aunque exige responsabilidad a cada uno de nosotros. El hombre, corona de la creación, debe un juicio de rendición de cuentas ante su Hacedor. La Escritura afirma que se ha establecido para los hombres que mueran una sola vez, después de eso viene el juicio. La justicia divina tiene un parangón de elevación muy alta. Por medio de la ley vino el conocimiento del pecado, pero la ley se dio en dos formas: 1) en el corazón, la conciencia o la mente humana; 2) a través de las tablas de Moisés, en forma escrita y precisa.

    La ley no pudo salvar a nadie, se entiende que en ninguna de sus formas (ni en la conciencia ni en la forma de mandatos escritos). Donde abundó la ley abundó el pecado, pero la gracia de Dios creció y se manifestó a la humanidad por medio de Jesucristo. Claro está, dentro del plano de la soberanía divina, esa gracia se manifiesta a los que Dios ha querido manifestarla. Esto lo rechaza la mente humana, siempre irascible contra Dios. El hombre odia a Dios, declara en forma explícita la Escritura; existen los que odian a Dios, dado que la naturaleza humana corrompida continúa en enemistad contra el Creador.

    ¿Cómo puede un Dios justo justificar al impío? Ciertamente no por medio de un indulto sino a través de la aplicación de la justicia. En otros términos, el Hijo de Dios vino para cumplir toda la ley sin quebrantarla en ningún punto. De esa forma se convirtió en la justicia de Dios y en nuestra justificación. Gracias al trabajo de Cristo en la cruz, así como por su vida sin pecado, el Padre nos mira justificados por mediación de la fe en su Hijo. La Biblia asegura que ninguna persona puede venir a Jesucristo si el Padre no lo trae, pero añade que todo lo que el Padre le da al Hijo éste lo resucitará en el día postrero y no será echado fuera jamás.

    También podemos leer en las Escrituras que los creyentes estamos guardados en las manos del HIjo y en las del Padre, el cual es mayor que todos. Ni la muerte, ni la vida, ni lo ancho, ni lo profundo, ni ninguna cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús. En tal sentido se nos declara más que vencedores, poseedores de la mente de Cristo, templo del Espíritu Santo, herederos de la vida eterna. Se nos ha otorgado la promesa de concedernos todo lo que pidamos al Padre en el nombre del Hijo, para nuestra alegría y para la gloria del Señor.

    Hay gente que adora a Dios pero no tiene idea de quién es Él, sino que desconoce su justicia. Ese gran celo mostrado de nada le sirve (Romanos 10:1-4). Una vendedora de púrpura adoraba a Dios, cuando oía a Pablo no fue sino hasta que Dios abrió su corazón que pudo bautizarse (Hechos 16:14). Lázaro salió de la tumba cuando escuchó la orden del Señor, como cualquier ser humano muerto en delitos y pecados que oye la misma voz llamándolo a creer en Jesucristo como el Hijo de Dios, el que se convirtió en nuestra justicia.

    Existe un trabajo interno de conversión del corazón, pero esa actividad compete a Dios mientras sus objetos de cambio permanecemos pasivos. No depende de nosotros, ni de nuestro querer y hacer, sino de la buena voluntad de Dios en quienes Él quiere. Éramos como ovejas descarriadas, pero ahora hemos vuelto al Pastor y Obispo de nuestras almas (1 Pedro 2:25). Me azotaste, y fui castigado como novillo indómito, conviérteme, y seré convertido, porque tú eres Jehová mi Dios (Jeremías 31:18). Pero le sigue a este acto de conversión una actividad externa en la cual nos involucramos activamente: Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíamos en ellas (Colosenses 3:5-7).

    Dios puso enemistad entre la serpiente y la mujer (Eva), y entre la semilla del diablo y la de la mujer (Jesucristo); Él la heriría en la cabeza, pero la serpiente lo heriría en el talón (Génesis 3:15). Desde entonces vivimos en medio de un escenario de batalla espiritual con efectos en la historia humana, con la desolación del pecado heredado por la vía de Adán (porque en Adán todos mueren). En Cristo, en cambio, todos vivimos. Ese todos vivimos va referido a todos aquellos que el Padre amó desde la eternidad para dárselos a su Hijo como herencia.

    El Evangelio procede de una semilla incorruptible, fue dado como promesa a Abraham, por lo cual la Escritura afirma: En Isaac te será llamada la Semilla (la cual es Cristo: Gálatas 3:16). He allí el evangelio puro y simple que se nos ordenó anunciar al mundo. A partir de ese anuncio, todas las ovejas que sean llamadas eficazmente creerán y seguirán al buen pastor; habrá ovejas que todavía no serán llamadas sino más tarde, en cualquier momento de sus vidas, de acuerdo al plan de Dios. Las cabras no escucharán con gozo este mensaje, sino que se incorporarán al rebaño para molestar a las ovejas.

    Esas cabras traen los falsos anuncios de salvación, enturbian la fuente de agua limpia, tuercen la Escritura para su propia perdición. De ese sitio provienen los falsos maestros, los que enseñan mentiras como doctrinas de demonios, los que convierten la gracia en salvación por obras. Esas cabras suponen que fueron regeneradas por sus propios esfuerzos en combinación con la gracia de Dios, pero esa mezcla evidencia una palabra corrompida. En cambio, nosotros hemos sido regenerados, no de la corruptible semilla sino de la incorruptible, de la Palabra de Vida de Dios, la que permanece para siempre (1 Pedro 2:23).

    La semilla corruptible viene bajo maldición (Gálatas 1:8-9), por lo cual conviene tener en cuenta que no puede haber transición alguna entre lo corruptible y lo incorruptible. Los que hemos creído el evangelio puro y simple lo hemos hecho gracias a la incorruptible semilla que nos fue dada (Juan 17:20). Esa palabra de aquellos primeros apóstoles vino sin contaminación alguna, de forma que tenemos la seguridad de que jamás nos iremos tras el extraño (Juan 10:1-5).

    Los de la palabra corruptible o anatema irán siempre tras el extraño, con una doctrina diferente, llamarán Jesús a su falso Cristo, que no es el mismo de las Escrituras. Por esa razón confunden un poco a primera vista, pero cuanto probamos sus espíritus sabemos que no son de Dios. Satanás mismo junto a sus ministros se disfrazan de ángeles de luz. Los de la semilla incorruptible crecemos en gracia y conocimiento (2 Pedro 3:18); de cierto que este crecimiento viene como consecuencia de haber sido llamados de las tinieblas a la luz admirable (1 Pedro 2:9). El Espíritu de Cristo no llama a nadie de las tinieblas a las tinieblas, empero el espíritu del Anticristo sí que lo hace: su interés consiste en que sus esclavos continúen en la oscuridad doctrinal.

    En vista de lo acá dicho, llamamos a todos aquellos que han oído y seguido el evangelio de la gracia para que continúen con la verdad siempre. No puede ser de otra manera, la palabra dura de oír de Jesucristo espantó a muchos de sus discípulos (Juan 6), ya que cuando no se ha recibido el llamamiento eficaz la gente imita el seguir a Cristo, vive en una ilusión que los adormece más, hasta terminar definitivamente con el espíritu de estupor para perderse tras la mentira. La razón de ello, entre otras cosas, se debe a que no aman la verdad. En realidad ellos continúan siendo enemigos de Dios, dando el mal fruto de un mal árbol, el cabezazo de las cabras, aunque se cuelen a la fuerza en el rebaño de las ovejas.

    Los falsos pastores se llaman asalariados, buscan su propio vientre, huyen frente al lobo y no aman a las ovejas. No pueden amarlas porque no han sido amados por el buen pastor. Pero el Señor tiene todavía pueblo en Babilonia, así que le continúa diciendo que salga de allí, para que no continúe bajo sus plagas. Juan advierte a los creyentes para que no le den la bienvenida a los que no viven en la doctrina de Cristo, porque los que se extravían no tienen ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9-11).

    César Paredes

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  • NACER DE NUEVO

    Todos los que recibieron a Jesús, los mismos que creen en su nombre, los que tuvieron la potestad de ser hechos sus hijos, no fueron engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1:12-13). Eso lo leemos del apóstol Juan, quien siguió de cerca al Señor y se enteró de sus enseñanzas que nos transmitió. En su mismo Evangelio, en el Capítulo 3, nos trae el escenario en el que Jesús habla con Nicodemo. Ese dirigente del Sanedrín, de los judíos religiosos, lo reconocía como a un maestro de Dios, porque sus señales daban evidencia de quién era el autor. Sin embargo, Jesús lo frenó de golpe, como quien le dice que andaba equivocado, ya que no bastaba con reconocerlo como un maestro enviado de Dios.

    Por esa razón Jesús le dijo a Nicodemo: que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios (Juan 3:3). Acá, el principal de los judíos trastabilló y se fue a la literalidad de la metáfora que le decía Cristo: ¿Cómo puedo yo siendo viejo entrar en el vientre de mi madre y nacer? Ya el Antiguo Testamento hablaba del cambio de corazón que hacía el Señor, quitando el de piedra y colocando uno de carne, junto con un espíritu nuevo que hiciera amar los estatutos de Altísimo (Ezequiel 36:26-28). Pero Nicodemo era maestro de la ley y no sabía lo más esencial de ella. Suele suceder con los religiosos, con los que fungen de académicos y cometen los errores de los principiantes.

    Lo que nace de la carne, carne es; pero lo que nace del Espíritu, espíritu es. He allí la diferencia, la oposición entre el corazón de piedra y el corazón con el espíritu nuevo que Dios coloca. Ya sabemos que no depende de voluntad de varón, sino de Dios; ahora Jesús enfatiza bajo ese criterio y compara al Espíritu con el viento, de quien oímos su sonido aunque no sepamos de dónde viene ni a dónde va: así es todo aquel nacido del Espíritu (Juan 3:8). ¿Quiénes nacen de nuevo? Los elegidos del Padre, aquellos que siendo enseñados por Dios, y habiendo aprendido, son enviados hacia el Hijo. En realidad, nadie puede ir a Jesucristo si no le fuere dado del Padre; todo lo que el Padre le da al Hijo irá al Hijo, y no será echado fuera jamás. También todo esto forma parte de las enseñanzas de Jesús recogidas por Juan (Capítulo 6).

    Nicodemo vino de noche a Jesús, por temor a sus colegas del Sanedrín. En otra oportunidad les previno a los del Sanedrín en relación a no juzgar a un hombre si primero no lo oía, para descubrir lo que había hecho (Juan 7:51). Obtuvo por respuesta una acusación irónica de parte de sus colegas: ¿Acaso eres tú también galileo? Por lo visto, ese maestro de la ley se mantuvo asombrado por Jesús, pero siempre anduvo en la periferia, amando más su reputación que el discipulado abierto con el Señor. Sabía que era un profeta enviado de Dios, en virtud de las señales que había comprobado, pero no tenía a Jesús como aquel profeta señalado por Moisés: Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis (Deuteronomio 18:15, 18).

    Nicodemo vino a la tumba de Jesús y trajo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras, en colaboración con los que acomodarían su cuerpo en lienzos, de acuerdo a las costumbres de la época (Juan 19:39). Pero todo su interés en el maestro que vino de Dios, su deseo de que se le oyera antes de juzgarlo, su aporte y colaboración generosa para el sepulcro del Señor, no testifican nada de un hombre que haya nacido de nuevo. ¿Nació de nuevo Nicodemo?

    La Biblia nada nos dice al respecto sino esos hechos puntuales de un hombre asombrado por las enseñanzas de un profeta especial. Si llegó a creer después, no lo sabemos; muy raro que hubiese creído y no se hubiera escrito algo en relación a su fe, pero hay cosas que nunca sabremos en esta tierra. Con la información dada podemos deducir que ese maestro de la ley, en esos momentos puntuales descritos en el Nuevo Testamento, permaneció en la ignorancia respecto a la justicia de Dios. Por lo demás, si creyó más adelante, sería una especulación no permitida.

    La gran estima que el ser humano pueda tenerle a Cristo no le rinde como fruto de justicia. Saber que fue un gran maestro acompañado de señales y prodigios no basta para decir que la persona haya nacido de nuevo. Así que el nuevo nacimiento lo conoce todo aquel que haya nacido del Espíritu, todo aquel que es habitado por el Espíritu de Dios, todo aquel que vive en la doctrina de Cristo. Nosotros los conocemos por sus frutos, lo que confiesan sus bocas y que abunda en sus corazones. No puede el árbol bueno dar un fruto malo, mientras que el árbol malo jamás dará un fruto bueno. ¿A qué fruto se refiere Jesucristo? No al pecado, pues todos pecamos aún habiendo creído en su nombre (Romanos 7). Se refiere a lo que la boca confiesa, al evangelio que se ha creído.

    El evangelio de los falsos maestros no puede ser tenido como un fruto del árbol bueno; el que no vive en la doctrina de Cristo camina extraviado sin perseverar en esas enseñanzas del Señor (2 Juan 1:9). Si Nicodemo era maestro de la ley, un fariseo y principal entre los judíos, conocía muchos textos del Antiguo Testamento y sabía manejarlos como un docto. Eso no le alcanzó para la fe en Cristo; de igual forma, hoy día muchos hablan de Cristo como el Hijo de Dios, como el que murió y resucitó, el que está a la diestra del Padre e intercede por su pueblo. Pero tienen una doctrina de la carne, una que no refleja el nuevo nacimiento.

    Estos son los que sagazmente creen que ellos han sido salvados por su fe, por su cometido, por sus obras, sumadas a la gracia de Dios. Ellos suponen que pueden añadir a la justicia de Cristo la suya propia: su comportamiento, su celo por Dios, el saberse algunas de las Escrituras de memoria. Pero su teología no se corresponde con la doctrina de Cristo sino que se muestra extraviada, siguiendo el camino idolátrico de su mente. Ya Cristo no vino a morir por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21), sino que muere por todo el mundo, sin excepción. Esto nos lleva a una interpretación privada de las Escrituras. De veras, si Cristo murió por todos, sin excepción, lo hizo por Judas Iscariote, por todos los réprobos en cuanto a fe, por los que no tienen sus nombres en el libro de la vida desde la fundación del mundo.

    Lo hizo igualmente por Esaú y por Caín, por los muertos en el diluvio, murió por los paganos de toda la historia humana. Entonces, habiendo pagado el rescate por sus vidas y lavado sus pecados, el Padre comete la terrible injusticia de juzgarlos dos veces por el mismo delito.

    Aquellos que yacen en el infierno de fuego demostrarían el fracaso de la cruz, solamente porque su voluntad fue débil y no aceptaron la oferta abierta que supuestamente Dios les envió. Sin embargo, acá todavía somos generosos al hablar de aceptar una oferta supuesta, porque muchos de los que murieron sin la fe de Cristo jamás oyeron una palabra del evangelio.

    Entonces: ¿de qué les aprovechó esa muerte de Jesucristo en su favor, si jamás escucharon hablar de esa providencia divina? Vemos la gran mentira que se monta con tan solo una sutileza del desliz doctrinal, de la interpretación privada de las Escrituras, al ampliar el rango de acción del propósito de la muerte del Señor por su pueblo (Juan 17:9). El nuevo nacimiento se opone al legalismo, a los que prefieren la letra de la ley antes que a su espíritu. El nuevo nacimiento desnuda al hombre desprovisto de capacidad para realizar tal acto, ya que no se puede auto-engendrar sino que necesita ser engendrado por el Espíritu de Dios.

    Dios justifica al impío, pero es un Dios justo; Él lo justifica basado en la justicia que es Cristo, el que pudo lavar los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), el que no rogó por el mundo (Juan 17:9) sino por los que el Padre le dio y le daría de acuerdo a los que Él escogió (Juan 17:20). Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Urge conocer las Escrituras, porque allí suponemos que se encuentra la vida eterna, y ellas son las que dan testimonio del Señor.

    Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar (Isaías 55:6-7). Los que han sido despertados y convencidos de pecado, de la maldad y desvío de sus caminos, serán bienaventurados si acuden a Jehová para el perdón de sus pecados. Los pensamientos errados de la religión, la justicia supuesta del impío, todo ello podrá ser removido por el poder del evangelio, de la doctrina de Cristo, del nuevo nacimiento que da el Espíritu de Dios.

    Pese a que ese es un acto propio del Espíritu Santo, no de voluntad humana, nos corresponde anunciar el evangelio a toda criatura. Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, el que fue antes anunciado (Hechos 3:19-20).

    César Paredes

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  • EL ESPÍRITU DE COBARDÍA (2 TIMOTEO 1:7-9)

    La Biblia trae a colación una forma de tratar con el temor neurótico, con la actitud cobarde y con el espíritu de cobardía. La contraposición al temor se presenta como el dominio propio, la capacidad para dominar nuestros pensamientos y emociones, incluso nuestras acciones. Este dominio propio viene como parte del fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5:22-23). Cuando existe ausencia de este fruto, somos conducidos a pecar por cobardía.

    Un espíritu pusilánime atestigua una propiedad que Dios no nos ha dado, sino más bien el diablo. Caminar con miedo hacia los seres humanos, o aún ante las potencias espirituales de maldad, no es propio de un creyente. Ese temor innecesario nos lleva al desánimo permanente, a un sinnúmero de razones circunstanciales para no hacer lo que debemos. El trabajo que nos ha encomendado el Señor es la predicación del Evangelio, pero si tememos a la vergüenza pública, al qué dirán los demás, a si voy a ser rechazado o humillado, de seguro el triunfo desaparece por causa del temor infundado.

    La promesa del Padre era que Jesucristo nos enviara el poder de lo alto: el Espíritu Santo (Lucas 24:49), lo que nos fortifica en medio de tribulaciones y persecuciones. Incluso, ese poder nos da la fuerza para resistir las tentaciones del maligno. El amor a Dios, el cual también nos ha sido dado por Él (le amamos a él porque él nos amó primero), el amor a su Hijo, a su cuerpo que es la iglesia, el interés por las almas con las que compartimos a diario, ahuyenta el temor que podamos sentir. El perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor lleva en sí castigo (1 Juan 4:18).

    También nos ha sido dado el dominio propio, una mente racional y adecuada a la realidad que nos circunda. Como Jesucristo cuando fue probado por Satanás en un monte, nosotros también hemos de imitar su conducta: no se lanzó de lo alto de la montaña porque Jehová enviaría a sus ángeles para que su pies no tropezasen en piedra. Él pudo distinguir la metáfora del texto y la locura de Satanás, como si tentar a Dios hiciese que Él actuara para honrar nuestra fe. No, Jesús tuvo la cordura que brinda la palabra que él mismo es y que él mismo inspiró, por medio del Espíritu Santo, para responderle a Satanás con la palabra divina.

    Así que el dominio propio nos lleva a controlar el coraje. No podemos temblar porque hemos de realizar una tarea que nos resulta peligrosa, pero tampoco podemos aventurarnos a realizar algo para lo cual no nos hemos preparado.

    Ese justo medio entre el poder y el dominio propio refleja la racionalidad del Verbo de Dios. Pablo escribió que todo lo podemos en Cristo que nos fortalece, como para que no nos dejemos dominar por la procrastinación ni por el terror hacia lo desconocido, para que no embargue el miedo que proviene de personas que no conocen a Dios. Si hemos de vivir en oración siempre, como si tuviésemos la actitud de orar a cada momento, sabremos que nuestro Dios nos acompaña en todo instante y nos puede indicar cómo actuar en cualquier circunstancia.

    Los que amamos a Cristo, a su evangelio, a su pueblo, no tenemos miedo de la gente; nos acompaña un espíritu de poder y de amor, junto al dominio propio -como ya señalamos antes. Ese espíritu resulta lo opuesto al espíritu de temor o terror, de miedo neurótico, por lo que se computa como excluyente la cobardía frente al espíritu de poder, amor y templanza que Dios nos ha dado. El temor trae sus propios tormentos y causa muchos impedimentos de éxito, de buenos hábitos, de acciones positivas. El temor nos deja exhaustos y sin descanso, en un servicio de esclavitud a los malos pensamientos que nos llegan a dominar.

    Cuando internalicemos por completo lo que significa que Jesucristo nos ha escogido a nosotros, y no nosotros a Jesucristo, sabremos que él nos ha ordenado para que llevemos buenos frutos y para que éstos permanezcan. Uno de esos frutos fue dicho por Jesús: cualquier cosa que pidamos al Padre en en nombre del Hijo, Él nos la dará (Juan 15:16). Así que tal vez convenga para el hombre timorato acercarse a Dios en oración y pedirle que le haga retomar el espíritu de poder, amor y dominio propio, pero que aleje por igual el espíritu de cobardía de nuestro seno. Hablo de creyentes que han sido invadidos por el terror, como producto de oír a gente que no confía en Dios y que vive bajo el control del padre de la mentira. Nosotros tenemos que ocuparnos de nuestra salvación, con temor y temblor (Filipenses 2:12-13).

    Esto lo dijo Pablo no porque supusiera que nosotros producimos por nuestra cuenta la espiritual y eterna salvación, lo cual sería contrario a las Escrituras, como si la muerte de Cristo hubiese sido en vano. Esto lo dijo el apóstol porque tenemos que ocuparnos de las cosas propias de esa salvación, con el respeto debido (temor reverente) a quien es el Redentor y nuestro Mediador. Hemos de someternos a las ordenanzas del Evangelio, sabiendo que Dios castiga y azota a todo el que tiene por hijo, así que más nos conviene vivir en santidad (la separación del mundo). Esa ocupación con temor y temblor es el negocio de nuestras vidas, no como si fuésemos esclavos del pecado, como quienes esperan la condenación final. Hay que trabajar nuestra salvación con temor a la condenación que sufren otros que jamás fueron llamados con llamamiento eficaz, lo cual nos hace ser más responsables de lo que en realidad somos. Sirvamos al Señor con temor, y alegrémonos con temblor (Salmos 2:11).

    Ese Dios a quien servimos es el que produce en nosotros el querer como el hacer, por su buena voluntad. Es el mismo que hace a sus ángeles sus ministros de fuego (Salmos 104:4), los cuales cumplen sus mandamientos. Es el Dios de poder que hizo hablar un asna ante un profeta desmedido, el que alimentó a Elías por medio de cuervos que le llevaban carne. El soberano Creador que le dio entendimiento a los animales para hacer lo que les conviene y lo que ha sido su tarea encomendada (Salmos 29:9; Jeremías 8:7; Ezequiel 32:4). Es el Dios que cerró la boca de los leones para que no hicieran daño a Daniel, su siervo (Daniel 6:22).

    Entonces, ¿por qué hemos de temer? Aunque brame el mar, aunque el rey de Asiria se exalte, aunque los soberbios griten a voz alta su altanería, nuestro Dios nos ama con amor eterno. Somos individuos ordenados para salvación, como dice la Escritura: Bienaventurado el que tú escogieres y atrajeres a ti, para que habite en tus atrios; seremos saciados del bien de tu casa, de tu santo templo (Salmos 65:4). Ni los falsos Cristos, ni sus falos profetas, a pesar de sus signos y prodigios, podrán engañar a uno solo de los escogidos de Dios (Mateo 24:24). Así que todo lo que el Padre le da al Hijo irá al Hijo, los tales jamás serán echados fuera sino que serán resucitados en el día postrero (Juan 6:37 y 44). ¿No has leído en la Biblia que tantos como Dios había escogido creyeron porque estaban ordenados para vida eterna? (Hechos 13:48). Así que todas las cosas operan para bien de los que amamos a Dios, esto es, a los que conforme a su propósito hemos sido llamados (Romanos 8:28-30).

    Tal vez alguien se considere muy por debajo del estrato social de otros, o con cierta incompetencia laboral porque no pudo recibir mejor educación, pero en todo caso Dios nos ha traído hasta acá. Lo necio del mundo, lo que no es, escogió Dios para deshacer a lo que es. De manera que pronto veremos recompensa aún en nuestro campo de trabajo, en cualquier ocupación que tengamos. Hemos sido creados para exaltar la gloria del Señor y su poder se perfecciona en nuestra debilidad. Si el poder de Dios se perfecciona en nuestra debilidad, confiemos en que seremos amparados en todo momento.

    ¿Para qué temerle a la vida? ¿Por qué angustiarse por los seres humanos? Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, expresemos y echemos nuestra ansiedad sobre el Dios Omnipotente para que la paz de Cristo nos embargue. Cada momento de temor innecesario presupone instantes de oración desperdiciados; en cada acto de plegaria con acción de gracias se suma poder. ¿Cómo estaremos en la presencia de Jehová, de acuerdo a la vida de Elías? Ese profeta era un hombre con pasiones semejantes a las nuestras, pero oraba y Dios le respondía. Una breve plegaria nos lleva a otra de nuevo; una meditación en la palabra de Dios nos alumbra como una antorcha.

    Cuando la cobardía asome a través de los irredentos, recordemos para nosotros que Dios no nos ha dado ese espíritu sino el de poder, de amor y de dominio propio. La templanza nos alienta para tener la buena actitud de gozo en la que debemos vivir. El cuidado de la lengua evitará que se incendien fuegos grandes. Si controlamos nuestros discursos, evitando la palabra corrompida, pronunciaremos aquella que se hace necesaria para la buena edificación. No solo el otro que nos oye se edifica o se derrumba por lo que hablamos, también nosotros mismos recibimos como un boomerang devuelto el latigazo o el estímulo de lo que hemos dicho.

    De los espías enviados por Moisés, unos cuantos regresaron asustados con lo que habían visto y por esa razón desanimaron al pueblo. El temor infundado de unos daña a los que los oyen desprevenidamente. Si recordamos las Escrituras, el escudo del Señor apagará los dardos de fuego que el maligno lanza bajo el concepto de la cobardía. David escribió: En el día que temo, yo en ti confío…En Dios he confiado; no temeré (Salmos 56:3-4). No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia. He aquí que todos los que se enojan contra ti serán avergonzados y confundidos; serán como nada y perecerán los que contienden contigo … Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo (Isaías 41:10-13).

    César Paredes

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  • NO ESTÉIS AFANOSOS (FILIPENSES 4:6-7)

    El afán cuenta como el pan nuestro de cada día, debido al estrés propio de estos tiempos finales. Poco importa el conjunto de bienes que se posea, existe un mecanismo mundial para presionar el intelecto y ocuparlo en nimiedades y en cosas importantes, pero bajo mucha presión. No podemos decir que se trata de algo nuevo, sino de algo acentuado; ya el profeta Elías estuvo bajo mucha presión como para pedirle a Dios que le quitara la vida. Un gran sueño y sustento alimenticio lo restauró para continuar con el cometido divino que tenía a su cargo.

    Pablo nos anima a plantearle al Señor todas las cosas, con acciones de gracias, para comprobar su benevolencia. Agrega que se nos añadirá una paz especial, que sobrepasa todo entendimiento, hasta controlar nuestros pensamientos y sentirnos más que vencedores. No resulta nada fácil el tener que contarle a un ser que no vemos físicamente las cosas que nos suceden en la mente. Nosotros llegamos a creer en lo que acontece en nuestro interior, pero el Dios que nos habita no lo percibimos en la misma manera en que captamos nuestros problemas. Por esa razón se escribió que quien se acerca a Dios debe creer que Él existe, que está allí y acá para escucharnos.

    Podemos afirmar que la fe nos sustenta, que sin fe no agradamos a Dios. Esto nos recuerda igualmente que Jesucristo es el autor y consumador de la fe, que no hay forma ni manera de que el impío tenga una fe que no le ha sido dada. Dice Efesios 2:8 que la fe, la salvación y la gracia son un don (regalo) de Dios. Dado que la fe se define como el sustento de aquello que no vemos, podemos recordar al que la soporta: Jesucristo, su autor, el que ha creado todas las cosas (Juan 1), para quien son todas las cosas que existen en la creación divina. ¿Habrá algo que sea difícil para Dios? (Jeremías 32:27).

    No existe algo imposible ni difícil, porque el Todopoderoso con el solo aliento de su voz creó los cielos y la tierra. Ha dicho sin mentira alguna que nos proveerá en todas nuestras carencias, pero desea que le pidamos. Resulta más fácil tener una cuenta abundante en un banco, para echar mano de ella cuando lo necesitemos; pero de mayor alegría resulta su carencia equilibrada y resuelta por nuestro Padre Celestial, quien tiene cuidado de nosotros. Dios siempre tiene una forma especial de resolver nuestros conflictos, así que como la mayoría de ellos se dan en nuestra mente y espíritu, también conviene tener en cuenta que Dios por igual ocupa nuestra mente y espíritu. Es más, el Espíritu Santo nos ha sido dado como el Parakletos, el Consolador, el que conoce la mente del Señor y nos recuerda su palabra. Él intercede por nosotros con gemidos indecibles, nos ayuda en nuestras oraciones a pedir como conviene.

    Estad quietos y conoced que yo soy Dios, dice uno de los Salmos de la Biblia. Esa quietud se nos pide como quien va a una obra musical clásica, para respetar al auditorio y a los músicos, de manera de no ser impertinentes. De esa manera escucharemos la obra y veremos cómo actúan. Asimismo veremos a Dios en una actuación especial, lo conoceremos cuando responda públicamente a nuestras oraciones secretas. También Él responde las oraciones públicas realizadas por los hermanos, por su iglesia.

    La paz de Dios guarda nuestros pensamientos y corazón en Cristo Jesús (Filipenses 4: 6-7). Hemos de cuidar nuestro cuerpo como el alma, procurar su salud por medio de una sana alimentación y una adecuada actividad física; hemos de mantener un alejamiento de las malas compañías, así como procurar la meditación de la palabra de Dios. Que su ley nos alumbre de día y de noche, que hablemos con vocablos útiles y virtuosos para añadir pureza en nuestras conversaciones. No hemos de exponernos a daños innecesarios, hemos de estar en paz con todos en cuanto dependa de nosotros. Si hacemos todo como para el Señor, el trabajo más hostil nos resultará grato.

    Apoyar la predicación del evangelio resulta bueno, pero predicarlo nosotros mismos nos produce alegría. Al alejar la negligencia de nosotros se obtiene productividad, al clamar con oración y súplica, con todo tipo de plegarias (mentales, con palabras pronunciadas, en forma pública o privada, en cualquier sitio en que nos encontremos) seguiremos en la presencia de Jehová. Elías era un hombre con pasiones semejantes a las nuestras, pero oró para no que no hubiera lluvia y no llovió; volvió a orar para que la lluvia volviera y llovió. Él detenía con fuego del cielo a los capitanes con sus cincuenta, él se enfrentó a los profetas de Baal, oró a Dios para que consumiera un holocausto húmedo y así aconteció.

    La plegaria puede tener que ver con cualquier situación que nos agobia o que nos alegra, pedirle a Dios por las buenas cosas que deseamos resulta de sumo provecho, suplicar contra los enemigos (sean diablos o personas que les sirven) hará que el Señor actúe de la manera que lo sabe hacer.

    Esas plegarias han de hacerse con acción de gracias, como si por fe las tuviéramos y por ende nos mostramos agradecidos. Se hará la voluntad de Dios, pero al ser partícipes de su ejecución por el hecho de haber orado nos alegraremos al ver al Dios vivo que se ocupa de nosotros. Hemos de llegar a decir por convicción, no solo por repetición, lo que decía el profeta Elías: Vive Jehová, en cuya presencia estoy. Para disfrutar de esa presencia no debemos contristar al Espíritu Santo, no debemos vivir en el pecado, simplemente debemos disfrutar de lo que Dios nos da día a día: la naturaleza con todos sus elementos, las circunstancias de vida en la multiplicidad de relaciones sociales, la vida interior en su construcción diaria.

    Nuestros requerimientos deben hacerse ante Dios, no ante los hombres. Alguien dijo una vez una verdad a granel: De rodillas ante Dios, no ante los hombres. ¿Quieres que eso sea realidad? Comienza a practicarlo y lo verás. Dios envía maldición al que confía en el hombre, pero trae bendición al que tiene su brazo como soporte. Dios ya sabe nuestras palabras desde antes de que las pronunciemos, pero se goza en que le pidamos porque eso cultiva nuestra fe, y sin fe es imposible agradarle. Hemos de acercarnos a Dios como sus amigos, reconociendo que por Jesucristo como único Mediador y Redentor tenemos abierta esa puerta tan importante.

    Al abrir nuestros labios en toda oración y ruego, al orar aunque sea mentalmente, será suficiente para aguardar la recompensa. No seremos despreciados por su magnánima presencia, porque no tratamos con un Dios arrogante sino de misericordia; un Dios amistado con nosotros por el sacrificio de su Hijo, un Dios que nos ama con amor eterno, un Dios que nos tiene como a la niña de sus ojos. Por esas razones nos invade la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, esa paz hecha por medio de la sangre del Cordero, publicada en el Evangelio de verdad.

    Ese texto de la Escritura nos promete a los santos de Dios que la descarga de nuestras aflicciones llega a su reposo, nos devuelve el regocijo del Señor, nos libera de la ansiedad por la que somos afligidos. La paz de Dios preserva a los santos; acá la palabra santo o santos refiere a los separados del mundo. Nosotros no somos del mundo, una razón por la que el mundo nos carga de ansiedad y angustia, nos mira con odio y con acusaciones. Su príncipe ha sido llamado el Acusador de los hermanos, así que no nos extrañe que sus seguidores operen bajo ese concepto de fiscales acusadores.

    No en vano Jesucristo es presentado en la Biblia como nuestro Abogado, el que nos defiende e intercede por nosotros. El mundo, Satanás, el pecado y los demonios pueden acusar a nuestras conciencias, pero si llevamos a Dios todo en oración comprenderemos que ya fuimos absueltos. Confesemos nuestros pecados porque Jesucristo es fiel y justo para perdonarnos; si decimos que no tenemos pecado le hacemos a él mentiroso y la verdad no está en nosotros. Pero si además de la confesión nosotros clamamos contra los que nos persiguen sin causa, de seguro tendremos una victoria que no podríamos lograr por nuestros medios. Mía es la venganza, dice el Señor; Yo daré el pago (Romanos 12:19).

    No nos pongamos de rodillas ante los hombres, no demos lugar a la venganza propia, más bien arrodillémonos ante Dios y demos lugar a la ejecución de sus juicios contra nuestros enemigos. También hemos de orar por los que nos maldicen y nos persiguen, pero cada quien será guiado por el Espíritu a pedir lo que conviene. Está escrito en Deuteronomio 32:35 que Jehová dará el pago, porque de Él depende la venganza o la recompensa. El día de la calamidad de los que nos hacen daño está a la mano: ¿Dónde estarán sus dioses en quienes se refugiaban como rocas y confiaban como sus soportes? (Deuteronomio 32: 37). Dios actuará por Sí mismo o por medio de quien quiera actuar, para lograr sus objetivos de juicio contra los que nos ofenden sin causa.

    César Paredes

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  • LAS COSAS DE DIOS

    Las cosas de Dios se han de discernir con el Espíritu de Dios, de lo contrario parecieran asuntos sin sentido. No las puede discernir el hombre caído, dice la Escritura, porque al hombre natural las cosas del evangelio le parecen una locura. Ahora bien, si una persona que dice creer ese Evangelio de Cristo no cree lo que la Biblia dice respecto a la fe de Cristo, el tal no tiene a Dios. Lo asegura Juan en su Segunda Carta, Capítulo 1 versos 9-11. De manera que si la persona dice creer las doctrinas de la gracia pero al mismo tiempo le da la bienvenida al que no trae tales doctrinas, el tal participa de muchos males.

    Tal vez alguien pregunte si habrá que creer todo eso de la salvación por gracia para poder ser salvo. Pero el punto lleva su trampa en sí mismo, ya que si afirmamos tal proposición estaríamos declarando una salvación por obras intelectuales. En realidad no puede ser de esa manera, ya que las cosas de Dios parecen una locura indiscernible para el hombre natural. Por ende, el hombre caído en delitos y pecados no puede asimilar las cosas de la soberanía de Dios. En cambio, el que tiene el Espíritu de Cristo tiene también su mente, así que es guiado a toda verdad. De esta forma se puede entender que las doctrinas de Cristo se aceptan y comprenden una vez que la persona ha pasado de muerte a vida.

    Es en ese estadio en el que el hombre natural ha pasado a ser un creyente nacido de nuevo por el Espíritu de Dios, por lo cual comprende la Escritura. La comprende en aquellos puntos que ahora le parece locura al hombre natural; al comprenderlas se entiende que es por mediación del Espíritu de Dios que habita en su corazón. Pero si al mismo tiempo dice que puede permanecer siguiendo al extraño a ratos, al momento que sigue al buen pastor, está contradiciendo a Jesucristo (Juan 10:1-5).

    Si estás en Cristo es porque has oído su voz, has confesado sus pecados y cree que él lavó sus pecados en la cruz, habiéndolo representado como uno de los elegidos del Padre. Todo lo demás que vaya por la periferia de la verdad de la Escritura es camino de vanidad. Ese es un evangelio roto, del extraño, del maestro de mentiras, del falso profeta, del engañador, del Maligno que opera desde el pozo del abismo.

    El Salmo 37 viene en nuestro auxilio para aclarar lo que acá decimos. La boca del justo habla sabiduría, y su lengua habla justicia. La ley de su Dios está en su corazón; por tanto, sus pies no resbalarán (Salmo 37:30-31). Este Salmo se refiere al justo, el cual a su vez habla justicia. ¿Quién es el justo acá? Es todo aquel que ha sido justificado por el siervo justo de Isaías (53:11): el que está justificado por la fe de Cristo, el que ha sido representado por él en el madero del Calvario, uno por los que el Hijo de Dios intercedió la noche previa a su martirio (Juan 17:9, 20).

    Ese Salmo habla de la boca del justo, así que podemos vincularlo con el árbol bueno que del buen tesoro de su corazón hace hablar a su boca. ¿Qué es lo que habla? Jesucristo afirmó que para conocer al árbol bueno (al redimido) basta con observar sus frutos. Pero no dijo que sus frutos consistían en una ética cristiana -lo cual no es malo-, sino que se evidenciaban de lo que hablaba con su boca. Si la boca del justo habla justicia, la boca del hombre redimido habla igualmente del Evangelio de Cristo, de él como justicia de Dios, de lo que alcanzó en la cruz para todo su pueblo (Mateo 1:21).

    Otro detalle del Salmo mencionado refiere a la sabiduría. Como afirma la Biblia, no saben aquellos que del madero confeccionan un ídolo y claman a un dios que no puede salvar. Los que sacrifican a un Cristo distinto al de la doctrina del Padre, están adorando a un dios que no salva. Ese es un dios impotente porque depende de la voluntad humana, muerta también en delitos y pecados. Ellos piensan que pueden guardar cierta ética cristiana, para cuidar la apariencia del testimonio, pero deambulan como errantes, ya que siguen al extraño (el otro evangelio, el anatema).

    Si la ley de Dios está en nuestro corazón, nuestros pies no resbalarán. No andaremos en vacilaciones de opinión ni con los conceptos cruzados, como quien un día dice que Dios es soberano y el otro día sostiene que lo es pero no tan soberano. La salvación es por gracia y no por obras, dice la Escritura: si por obras, entonces no por gracia. ¿Cómo se puede combinar gracia y obras? Son excluyentes, pero las buenas obras siguen a la gracia en tanto ellas son un fruto propio del redimido. Nunca las buenas obras ayudan a alcanzar la gracia.

    Constituye un gran pecado el no creer en Jesucristo, el autor y consumador de la fe de sus escogidos. No hay manera de evadir la responsabilidad que cada quien tiene de rendir un juicio ante Dios; conviene buscar a Dios mientras puede ser hallado. Tal vez dirá alguno que no puede hasta tanto no esté seguro de si es o no un elegido; esa manera de pensar no es bíblica. La Biblia no nos invita a examinar si somos o no elegidos, sino que nos habla de nuestra caída y de la ira de Dios sobre toda criatura no justificada. De esa manera nos incita a acudir a la misericordia de Dios, por medio de Jesucristo como Mediador. Es entonces que usted sabrá si ha sido o no escogido para salvación.

    La ley no ha redimido ni siquiera una sola alma, lo dice Pablo en el Nuevo Testamento. La justicia y la vida eterna subyacen en Jesucristo por medio de la fe, pero sabemos que no es de todos la fe. Ciertamente, la fe es también un regalo de Dios; Jesucristo es su autor y su consumador. Si el Señor te dice: Busca mi rostro, deberíamos decir Tu rostro buscaré. Hemos de presentarnos ante el Padre Celestial como desposeídos que no tenemos derechos, como quienes ruegan por clemencia.

    El Faraón de Egipto demostró su arrogancia ante Moisés, preguntándole en forma irónica quién era Jehová para dejar ir al pueblo de Israel. Su arrogancia heredada del padre de la mentira se pagó muy cara. Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes, si bien es cierto que aún la humildad la da Él a los que ha decidido dársela. Nos toca averiguar quiénes somos para Dios, si somos vasos de honra o vasos de deshonra, si somos vasos de misericordia o vasos de ira.

    No podemos aventurarnos a suponer cosas sin antes escudriñar las Escrituras. Nuestro deber es ser diligentes para hacer nuestro llamado y elección seguros (2 Pedro 1:10). El que cree en Cristo y acude a él para escapar de las cadenas del pecado y del pavor de su ira, demuestra su cercanía a Dios. Tal persona se computa como uno de los hermanos en la fe apostólica. Dios no nos va a decir al oído que nosotros somos escogidos, pero podemos verificar nuestra elección y llamado eficaz por medio de la diligencia, como menciona Pedro.

    A pesar de la apostasía de muchos que dicen creer en la fe de Cristo, nuestro llamado es a permanecer en la fe. Los otros serán ramas desgajadas del árbol, habrán desertado del camino de la justicia, pero nosotros debemos ser diligentes en la fe. Si procuramos hacer firme nuestra vocación y elección, no caeremos jamás. Así que el que dice estar firme mire que no caiga (de la fe). Recordemos que el pecado siempre nos visitará, como lo testificó Pablo en el Capítulo 7 de su Carta a los Romanos; empero él dio gracias a Dios por Jesucristo quien podría librarlo de esa ley del pecado y de su cuerpo de muerte.

    Pongamos toda diligencia para añadir a nuestra fe virtud, a la virtud conocimiento (por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos), al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. De esa manera dejaremos el ocio y daremos fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo (2 Pedro:1: 5-8). No habrá ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús, los que no caminan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús nos liberó de la ley del pecado y de la muerte.

    Lo que la ley no pudo hacer, por cuanto era débil por la carne, Dios, al enviar a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó el pecado en la carne, para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu (Romanos 8). De manera que el verdadero creyente ha huido de la ira de Dios contra el pecado y el pecador, hacia los brazos de Jesucristo, como el único Mediador entre Dios y los hombres, como el único Redentor. Así lo quiso Dios, quien justifica al impío y al que es de la fe de Cristo.

    El creyente batalla contra el pecado y procura hacer morir las obras de la carne, para vivir según el Espíritu. Esa es nuestra lucha en esta tierra, una vez que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. El mundo nos desprecia y nos humilla, nos odia, nos acusa y ama lo suyo, pero nosotros no nos hemos de impacientar por causa de los malignos ni por los que hacen iniquidad, porque ellos son como la hierba verde que se seca, que pasa y se acaba, y cuando uno mira atrás ve que ya no está. La ley del Espíritu es vida, la que nos ha hecho libres de la ley del pecado y de la muerte.

    César Paredes

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  • DOS GRANDES ERRORES

    El error moral conduce hacia abajo en cuanto al nivel ético enseñado en la Biblia; el error intelectual lleva a otro más grande, así que estos dos errores tienen vectores opuestos pero un final de muerte. Una opinión falsa en materia teológica conduce a otra igualmente falsa, para poder sustentar la primera; como el pecado que lleva a más pecado hasta encontrar la muerte eterna. Una herejía lleva a otra más grande, de tal forma que como la levadura leuda toda la masa. Resulta más útil para Satanás corromper intelectualmente a los de arriba, es decir, a una persona que esté en eminencia. Por ejemplo, un teólogo tiene influencia sobre sus lectores, sobre su auditorio general. Un pastor o un predicador, en virtud de su dominio sobre una masa de oyentes, puede ejercer mayor control sobre quienes lo siguen.

    Entonces, la herejía que lanza el de arriba genera mayor impacto como una piedra pesada que con fuerza se arroja en un lago. La onda expansiva es mayor dependiendo del impacto con que cae la roca; de igual forma será mayor el golpe a la conciencia adormecida si la verdad a medias, si la mentira descarada se escucha o se lee de la boca o de la pluma de una persona de gran influencia sobre su público. Los medios de comunicación de masas convierten en verdad las emisiones de voz de la serpiente antigua, el trato sin cuidado por el afán de predicar el evangelio abarata en ocasiones el mensaje central de la doctrina de Cristo.

    Grandes llamas surgen de pequeñas chispas lanzadas por lenguas descontroladas. La blasfemia contra el Dios de la creación, revelado doblemente en lo que hizo y en su ley dada a Moisés, aparece en gran parte por la conjetura herética salida de supuestos pensadores que pensaron mal. Un pequeño error interpretativo sirve de trampa para agigantarse y consumir como fuego las conciencias entenebrecidas de los que tímidamente se han acercado a las Escrituras.

    El arrianismo parece una simple opinión sobre la naturaleza de Cristo, pero su tejido produjo una tienda de campaña para múltiples herejías. Al negar la consustancialidad del Hijo con el Padre, se invoca la posibilidad de negar la divinidad en Jesús. Al mismo tiempo, da pie para seguir separando al Dios Trino y negar posteriormente la persona del Espíritu Santo. Por supuesto, esto último viene bajo otro nombre, pero siempre cimentado en una opinión privada anterior.

    Por ese camino de osadías del pensamiento, una herejía da a luz a otra más nueva. El gnosticismo pretende asegurar que un Dios puro no puede contaminarse con la carne, así que Jesús no vino en carne como la Biblia lo dice. Pelagio aseguraba que Cristo no producía salvación, pero que el libre albedrío humano hacía que uno pudiera imitar la conducta de Cristo o seguir la ley de Moisés. Después de ser condenado como hereje, vuelve arrepentido admitiendo que Cristo sí que producía salvación, pero él se sujetaba todavía al mito religioso del libre albedrío. La iglesia oficial de entonces toma como dogma la premisa herética de Pelagio sobre la libertad suprema del hombre.

    Hoy día esa idea del pelagianismo viaja cómoda gracias al peón de Roma, a Jacobo Arminio, un espía introducido por los jesuitas en las filas de los reformados que apenas habían aparecido en Europa. Muchos grupos protestantes se abrieron camino bajo esa inspiración pelagiana o semipelagiana, barnizados como arminianos, proclamando que la gracia del Dios soberano resulta repugnante si no se toma en cuenta el libre albedrío del ser humano.

    Por otro lado, a los que predicamos la gracia absoluta de Dios se nos tilda de calvinistas, como si siguiéramos a Calvino. Han llegado a decir (incluidos muchos calvinistas) que el calvinismo es el evangelio mismo. Pero resulta que Calvino también cometió errores graves, como decir que Jesucristo murió por todos, sin excepción, pero que su sangre resulta eficaz solamente en los elegidos. Además, dijo que Jesús le dio oportunidad a Judas Iscariote, cuando le lavaba los pies, para que se arrepintiera y no hiciera el trabajo ordenado desde los siglos por el Padre Eterno.

    Separados de todas las opiniones heréticas, seguimos como el profeta Elías en la soledad, como Juan el Bautista en el desierto, con la voz que proclama el evangelio de salvación como una promesa para los escogidos del Padre. Para el resto del mundo se anuncia el deber de cada quien de arrepentirse y creer en el evangelio, pero el que no lo crean no los excusa de su responsabilidad. Así lo anuncia una y otra vez las Escrituras, así lo repetiremos por siempre.

    Nos quedamos perplejos o desconcertados al sumar los errores doctrinales en los cuales militan los que hacen fila en la cristiandad. No en vano Jesús afirmó que a muchos les dirá al final que nunca los conoció. El Señor conoce a los que son suyos, no puede el árbol malo dar un fruto bueno, pero tampoco dará un fruto malo el árbol bueno. La oveja que ha sido rescatada de la boca del lobo, de las tinieblas como cárcel, camina siguiendo al buen pastor; jamás se irá tras el extraño porque desconoce su voz. De manera que el Espíritu Santo no deja en el error doctrinal a ninguna persona que haya nacido de nuevo. Los que se ufanan de confesar el evangelio pero de anunciar igualmente herejías viejas o nuevas, en realidad no cumplen con el principio enunciado por Jesús en Juan 10:1-5.

    La iglesia de Roma sirve de modelo para ver la transmutación de las herejías. Un error doctrinal da paso a mayores errores; si María es la madre de Dios, entonces tiene influencia sobre el Hijo. Si influye en su hijo porque le dio a amamantar, consigue favores especiales. Por esa vía simplista se transita a más errores de interpretación, hasta llamarla corredentora, cuasi mediadora, de forma que resulta más eficaz para el feligrés pedirle a la madre de Dios que a Dios mismo. Es como si Dios estuviera airado con la gente y su madre lo aplacara bajo su mirada que lo controla, hasta conseguir el favor que por cuenta propia no daría.

    Claro está, María para ser madre de Dios tuvo que haber sido sin pecado concebida. También resulta lógico que haya ascendido al cielo, que se aparezca como los ángeles que se enviaban en la época del Antiguo Testamento, dando declaraciones sobre el futuro de la humanidad y proclamando nuevas revelaciones. Lógico también se ve el que haya distintos nombres para ella, dada la diversidad cultural de la humanidad. Cuando se habla de no tener ídolos, de acuerdo a lo que la Biblia anuncia, se responde que no se idolatra sino que se venera. Bueno, ya vemos cómo trabaja la herejía, de la mano de Satanás como padre de la mentira.

    Podemos mirar otros errores en Roma, como la mezcla de las Escrituras con el Magisterium, con las Tradiciones, la invocación a los santos, la justificación por la fe y por las obras, el libre albedrío, los sacramentos, los pecados veniales frente a los mortales. El Apocalipsis menciona a la Gran Ramera, pero le añade que es madre de otras rameras. Así que el protestantismo también heredó de la corrupción herética el hábito de dar opiniones privadas, las que suman errores intelectuales en la interpretación bíblica. La ética de Jesús nos frena para no caer en los pecados más bajos que la moral humana anuncia, a los que el alma alejada de Dios se inclina (Romanos 1); la doctrina de Jesús sirve para la rectitud interpretativa de las Escrituras, de manera de evitar el gran incendio propagado por las interpretaciones privadas que llevan a la destrucción del alma.

    César Paredes

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