Fuimos reconciliados en el cuerpo de la carne de Cristo, a través de la muerte, para ser presentados santos y sin mancha e irreprensibles ante Él; si en verdad permanecemos fundados y firmes en la fe, y sin movernos de la esperanza del evangelio que hemos creído, del cual Pablo fue hecho ministro (Colosenses 1:21-23). Permanecer fundados y firmes en la fe tiene su garantía en si esa fe nos fue dada por el Señor (fe como don de Dios, de acuerdo a Efesios 2: 8). La fe que nosotros construimos con pensamiento positivo, con visualizaciones y en base al subconsciente no es la misma fe de Cristo para creer.
Hay gente que le pone fe a las cosas, pero eso no tiene relación con la fe de Cristo. En Hechos 13:48 leemos que creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna, no se habla de gente que quiso creer por cuenta propia, o que combinó la gracia con obras ni que asumió parte de la verdad del evangelio. Esos que creyeron fueron predestinados por Dios para recibir la salvación, al escuchar el mensaje del evangelio. El que tengamos parte en la historia no implica que saquemos al Dios sobrenatural del guión de salvación.
Una cosa es la predicación de la palabra incorruptible (Juan 17:20), y otra cosa es que solamente los ordenados para vida eterna creerán ese evangelio. El esfuerzo de muchos predicadores religiosos, atormentados en sus almas, por llamar al arrepentimiento, no ha salvado una sola alma. Es cierto que aunque las piedras hablen ellas no son salvas, es decir, muchos al leer las Escrituras abren la perspectiva del evangelio para aquellos que están ordenados para ser salvos. Ese hecho no garantiza que el pregonador de la palabra tenga que ser creyente de verdad.
Hagan lo que ellos dicen, no lo que ellos hacen, dijo Jesús en torno a una realidad parecida referida a la vida y palabra de los fariseos. Hoy podríamos añadir que debemos tener mucho cuidado no solo de lo que hacen sino de lo que los predicadores dicen. Muchos falsos profetas y falsos Cristos aparecen por los medios de comunicación masiva, cada cual da su historia para atraer seguidores. Por eso la Escritura ha dicho que muchos se amontonarán par buscar maestros que les digan lo que sus oídos se mueren por oír (2 Timoteo 4:3). Esta gente da la espalda a la verdad y se vuelcan a toda clase de cuentos religiosos, místicos y de sus congregaciones.
Existe una enemistad natural entre Dios y el hombre caído, ya que también de nosotros como creyentes regenerados se ha dicho que anteriormente estuvimos como extraños y enemigos en nuestra mente, haciendo malas obras (Colosenses 1:21). Asimismo se ha afirmado que nosotros éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás. Pese a ello, ahora somos justificados por la fe de Jesucristo, por medio de su sangre, como pueblo santo y sin mancha. ¿Cómo es eso posible, si todavía seguimos pecando?
Pablo llegó a decir que debíamos ser imitadores de él, así como él lo fue de Cristo; ese apóstol que se erigió como modelo de discípulo también escribió en Romanos 7 que se sentía miserable por hacer el mal que no quería y por no hacer el bien que anhelaba. Descubrió una ley en sus miembros, que se rebelaba contra la ley de su mente, la cual lo llevaba cautivo a la ley del pecado en sus miembros. Sin embargo, el apóstol no se quedó en ese sufrimiento sino que dio gracias a Dios por Jesucristo, quien lo libraría de ese cuerpo de muerte y siguió sirviendo a Jesucristo con su mente.
El Salmo 32:2 dice algo pertinente para los creyentes regenerados: Bendito el hombre a quien Jehová no imputa de pecado, en cuyo espíritu no hay engaño. Veamos bien la relación de la gracia con las obras, para que entendamos la verdad completamente. Al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; pero al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia (Romanos 4:4-5). No es la única vez que el apóstol deja por fuera a las obras, no vaya a ser que alguien se gloríe, sino que en muchos otros momentos se ha referido a lo mismo.
Claro está, aún nuestras buenas obras han sido preparadas de antemano para andar en ellas (Efesios 2:10). Las obras vienen como consecuencia de la redención, pero en el impío lo que hace le es contado como iniquidad. La salvación o la justificación ante Dios no se obtiene por méritos propios, sino por la gracia divina a través de la fe en Jesucristo. ¿Qué hemos de creer de Jesucristo? No solamente lo que se nos ha revelado de su Persona sino también lo que aparece en las Escritura sobre su obra. Jesús vino a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21).
En vista de la legalidad de Dios, cuando Adán pecó traspasó su culpa a toda su heredad. Nosotros cargamos con las consecuencias de ese primer pecado, por lo cual seguimos sumando culpa por el incremento de nuestras desviaciones. El pecado es una violación de la ley de Dios, así que nuestra restauración vendrá por la vía legal igualmente. En este momento entra la doctrina de la justificación, la apelación a la justicia perfecta de Jesucristo, la cual ha sido imputada a todos los miembros de su pueblo, por el cual murió.
Recordemos que la noche precia a su crucifixión el Señor oraba con gran pasión; dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9) sino por los que el Padre le había dado. Añadió, de acuerdo al versículo 20 que rogaba igualmente por los que habían de creer en él por la palabra de esos primeros discípulos. Esos discípulos transmitieron la palabra incorruptible, de la cual Pedro también refirió. No es la palabra corrompida del falso evangelio la que hace creer, sino la palabra incorruptible: siendo renacidos, no de simiente incorruptible sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre (1 Pedro 1:23). Esa palabra de Dios también es incorruptible, como la semilla que nos hizo renacer.
Jesucristo sufrió la justa ira de Dios, ya que todos los pecados de su pueblo le fueron imputados. El Justo pagó por los injustos, pero no por todos los injustos del mundo sino por los que el Padre le dio. Por eso creyeron los que estaban ordenados para vida eterna, por esa razón Judas Iscariote no fue regenerado porque era un hijo de perdición. De nada le valió la religión, ni la cercanía a las palabras de Jesús, ni el hacer milagros, ni el participar en la cena, ya que era del maligno, lo mismo que Caín o el Faraón o Esaú.
Como dijo Isaías, por su conocimiento justificará mi Siervo Justo a muchos (Isaías 53:11). Una vez que la justicia de Jesucristo nos ha sido imputada en nuestra cuenta, nuestros pecados no atraerán de nuevo la ira de Dios. Solamente que Dios al que ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. Por esa razón no debemos vivir aún en el pecado, sino que debemos soportar con paciencia la disciplina del Señor. La justificación no es un cambio interno en nuestra alma, como si ahora dejásemos de pecar (recordemos Romanos 7 y a Pablo considerándose miserable). Lo que ha ocurrido ha sido una sentencia legal a nuestro favor, en virtud de la imputación que Dios nos ha otorgado respecto a la justicia de Cristo. Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios. Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia (Romanos 4:5).
César Paredes