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  • EL FALSO EVANGELIO

    Dios no se complace en la maldad, aborrece (odia)a todos los que hacen iniquidad, destruirá a todos los que hablan mentira (Salmo 5:4-6). Dado que Dios se ama a sí mismo, en tanto es amor, se desprende que odia a todo lo malvado porque le es ajeno. Estos hacedores del mal son personas a quienes Dios odia, de acuerdo al verbo griego MISEO. Así que olvidémonos desde ya de la famosa mentira teológica que dice que Dios odia el pecado pero ama al pecador; acá vemos claramente que Dios odia también al pecador.

    De verdad Dios nos amó con amor eterno, pero estuvimos bajo su ira -lo mismo que los demás- cuando anduvimos sin su evangelio. Otra mentira teológica ha sido enseñada en forma continua, la que dice que existen herejías pero no necesariamente éstas tienen herejes. Es decir, pareciera que una herejía aparece pero a quien la promulga o a quien la sigue por escucharla no se le tilda como hereje. Dentro de esa gran mentira, se trataría de personas engañadas, confundidas, que de igual forma aman al Señor y son amadas por Él. Nada más alejado de la verdad bíblica, porque la Escritura nos advierte contra la ignorancia y nos alienta a conocer al Siervo Justo que justificará a muchos.

    Si el Espíritu Santo es el Espíritu de la verdad, si él habita en nosotros como garantía de nuestra salvación final, él también nos recuerda las palabras del Señor. Una de sus misiones consiste en llevarnos a toda verdad, así que no puede haber un árbol bueno que dé un fruto malo. Una persona que haya creído el evangelio de Cristo no puede confesar otro evangelio, ya que estaría dando fe de que nunca creyó como una oveja lo hace: la que huye del extraño y sigue al buen pastor.

    Una de las mentiras más propagadas desde hace siglos ha sido la del objeto de la muerte de Cristo. Se nos ha dicho repetidamente que el Señor vino a poner su vida por todo el mundo, sin excepción. De esta manera murió tanto por Judas Iscariote como por Esaú, por el Faraón de Egipto, por todos los réprobos en cuanto a fe, por aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo. Se niega con tal afirmación lo que dijo Jesucristo: que no rogaría por el mundo, sino solamente por los que el Padre le dio (Juan 17).

    Esa gran mentira enseñada desde los púlpitos de las mal llamadas iglesias han convencido a multitudes, pero ellas no parecen ovejas sino cabras seguidoras del extraño (Juan 10:1-5). A estos engañados les parece bien gloriarse en su propia justicia, en sus haceres y no haceres. Por un lado aseguran que los salvó la gracia divina, pero por otro se atreven a asegurar que ellos creyeron porque su libre albedrío los condujo a esa realidad. Ellos aceptaron la oferta universal de Cristo como expiación y por ende fueron salvos. En realidad, ellos tienen de qué gloriarse, aparte de la cruz de Cristo. Ellos se glorían en su propia y personal decisión, como si su estado de pecadores no los hubiera afectado en forma absoluta, como si Dios cuando miró desde los cielos para ver si había algún sensato que lo siguiera los vio con sus corazones dispuestos.

    En realidad Jesucristo no murió por los que están en el infierno, como si hubiese pagado por sus pecados inútilmente. Jesús murió por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), por lo que cuando predicó entre los hombres pudo decir que ninguna persona podía venir a él si el Padre no lo trajere. Agregó que nunca echaría fuera a alguna persona enviada por el Padre, ya que eso corroboraba la profecía que decía que seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendríamos a él (Juan 6:44-45).

    Dado que Dios odia a todos los que operan o trabajan la iniquidad, debemos decir que igualmente odia a todos los que pervierten su doctrina. Todos aquellos que aseguran la mentira de la muerte universal de Jesús yacen bajo la ira continua de Dios. Pueden ser muy religiosos, con gran apariencia de piedad, con grandes obras humanas y religiosas, pero a ellos les será dicho Nunca os conocí. Aprendamos de Pablo lo siguiente: Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo (Gálatas 6:14).

    El evangelio es el único mecanismo para juzgarnos todos: Somos salvos por el poder de Dios. Asimismo, la justicia de Dios se pone de manifiesto en el evangelio, por medio de la fe y para fe, ya que el justo vivirá por la fe. El que cree en el evangelio será salvo, pero el que no cree será condenado. Así de simple, por lo cual conviene estar atentos a lo que es el evangelio de Cristo. No se le puede añadir ni quitar, ni una jota ni una tilde, ya que su anuncio no cambia con los siglos y sirve por igual para alcanzar las ovejas perdidas como para añadir mayor condenación a los incrédulos que lo rechazan.

    Recordemos siempre que por el Espíritu Santo el individuo nace de nuevo, pero no puede nacer de nuevo y seguir creyendo las doctrinas falsas que la religión ha pregonado. Eso sería un contrasentido, un testimonio de que sigue muerto en delitos y pecados y de que ha creído un evangelio diferente. Hoy día algunos teólogos de los estantes más vistosos han promulgado una expresión conciliadora en materia teológica; dicha expresión refiere a los que son felizmente inconsistentes.

    Esta feliz inconsistencia hace referencia a aquellos que a pesar de militar en doctrinas extrañas en realidad aman a Jesús como su Señor y Salvador personal. Poco les importa que se digan mentiras doctrinales como si fueran verdades de Jesucristo, lo que les interesa es nombrar a Jesús por encima de otros maestros o dioses. Por ejemplo: ¿Dices que eres salvo por la gracia de Dios, pero te glorías de tu sabia decisión? ¿Hablas por doquier de la soberanía divina, pero te sostienes con tu libre albedrío? Entonces, para esos teólogos de estantes vistosos, estás en un período de infeliz inconsistencia que no acarrea ningún problema. Esa es una gran mentira que debería cada quien refutar en interés de su pureza doctrinal, así como por causa del conocimiento del Siervo Justo (Isaías 53:11).

    Los que profesan el falso evangelio tienen todavía el entendimiento entenebrecido. Para ellos el evangelio permanece escondido y no les resplandece la luz del evangelio de la gloria de Cristo. Les resplandece la luz del falso evangelio, del extraño, de los maestros de mentiras, de los falsos profetas de antaño. Contra ellos nos advirtió Juan, para que no nos reunamos con esa gente en quienes no habita la doctrina de Cristo. Ellos no tienen ni al Padre ni al Hijo, son portadores de abundantes plagas y debemos mantenernos alejados de ellos para no sufrir sus castigos (2 Juan 1:9-10).

    Dios desea que el verdadero Jesús de las Escrituras sea el que nos dé el inmediato e inevitable brillo del rostro de Jesucristo, el fruto inequívoco del nuevo nacimiento operado por el Espíritu Santo. Jesucristo no está divorciado de su doctrina, como lo dijo: Yo vine a traer la doctrina de mi Padre. Doctrina se define como cuerpo de enseñanzas, así que conviene estudiar las Escrituras para no invocar una palabra vacía, aunque ésta sea ¨Jesús ¨. Lo que importa es conocer al Hijo (al Siervo Justo) para entender si fuimos o no justificados por él.

    César Paredes

    absolutasoberaniadedios.org

  • UN CORAZÓN COJO

    El corazón de Adán empezó a cojear a partir de su caída. Ya no caminaba como antes, su tropiezo se inició en su mente cuando se sintió desnudo. Observó que algo similar sucedía con Eva, su mujer, así que supuso que de aquel árbol prohibido había consumido el fruto de la desobediencia. La consecuencia general fue un legado de pecado para la muerte del cuerpo físico y del alma inmortal.

    Lo que el Creador hizo de inmediato fue un sacrificio animal para cubrir con pieles la desnudez del ser humano. Un anticipo de lo que vendría una vez cumplido el tiempo, cuando enviaría a su Hijo prometido como la Simiente de la mujer que heriría definitivamente la cabeza de la serpiente antigua. Cristo vino en carne humana, bajo la ley de Moisés, para redimir a todos los que estaban bajo la maldición de la ley. Ciertamente, la ley no pudo salvar a nadie, sino que aumentó el pecado, ya que cuando dice no codiciarás se aumenta la codicia. La prevaricación humana nos agita la mente y vamos rápidos tras sus huellas para consumar el pecado.

    Pablo habló de la ley del pecado que estaba en sus miembros, en confrontación con la ley de su mente. Esa ley de su mente es llamada la ley del Espíritu de Dios, el Consolador, el que en lengua griega se llama Parakletos. Este vocablo implica que estará junto a los creyentes, que intercederá por ellos ante el Padre, que nos ayuda a pedir como conviene. También significa el que habla y persuade, con la razón pura del Logos eterno e inmutable.

    Cristo fue también un Consolador pero vino en la carne y estuvo sometido al espacio tiempo, como lo está toda carne. Más allá de que en ciertos momentos de sus milagros y prodigios demostrara que podía vencer los obstáculos de la física, su propósito fue otro muy distinto. Vino a dar cumplimiento a la tarea del Padre propuesta desde antes de la fundación del mundo. Así lo entiende Pedro en su epístola (1 Pedro 2:20). Si Cristo no se hubiese ido al cielo el Consolador no habría venido, por lo que fue necesario en la sintaxis de Dios que el Señor subiera a la diestra del Padre para que el Espíritu Santo descendiera.

    El mundo está más que cojo. No recuerda ya la imagen primigenia que tuvo Adán con Dios, no tiene en mente la pureza de la inocencia de sus primeros padres antes de la caída, sino que la transformación que hizo el diablo la tiene presente como el modelo humano. Si no existiese el nuevo nacimiento dado por el Espíritu, nosotros no podríamos vislumbrar la dimensión del pecado. Por ejemplo, ¿quién de los incrédulos puede siquiera asomarse a la idea de lo pecaminoso de la incredulidad? El Espíritu de Dios puede hacer posible que el individuo comprenda la vitalidad de la sangre de Cristo como principio de vida espiritual. Ese líquido de la vida viene por fe, única manera ofrecida para todos nosotros: la fe de Cristo.

    Precisamente, por la carencia de habilidades innatas para conseguir esa salvación tan grande, se escribió en la Biblia lo siguiente: No nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos (2 Timoteo 1:7-9).

    El creyente tiene una carrera por delante, pero es llamado a no fatigar su ánimo hasta el desmayo. La disciplina del Señor está cerca de todos aquellos a quienes toma como hijos, para que lo cojo no se salga del camino. La misericordia de Dios en la elección continúa como amor eterno, para que no desmayemos bajo el pensamiento de haber perdido la gracia redentora. Somos llamados a cuidar nuestra salvación con temor y temblor, por su precio impagable, por su valor inconmensurable. Esa conciencia del valor adquirido nos mueve a llevar una vida santa, apartada de toda vanidad y de los deseos de los ojos, porque el sitio adonde hemos de llegar no posee parangón alguno, no puede ser descrito por su inefabilidad natural.

    Nadie nos puede arrebatar de las manos del Padre junto a las del Hijo, nadie nos podrá separar del amor de Cristo Jesús, ¿quién acusará a los escogidos de Dios? ¿Quién nos apartará de su amor? Todas las cosas nos ayudan a bien a los que hemos sido llamados conforme a su propósito. Ninguna cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, así que el pecado mismo fue creado y no podrá alejarnos de la bondad del Creador en tanto Él nos redimió por medio de su Hijo. Somos pueblo santo, real sacerdocio, linaje escogido; esas son vestiduras que nos otorgaron para que nos sintamos alegres día tras día.

    César Paredes

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA LEY DEL PECADO

    El pecado que nos habita lo hace porque su esencia de ley lo exige. Pablo habla como Pablo, nunca como Saulo, pese a lo que algunos religiosos asustadizos dicen. En Romanos 7, el apóstol para los gentiles asegura que existe la ley del pecado que lo lleva a hacer el mal que no quiere, así como le impide realizar el bien que desea. La fuerza de la ley nos compele para caer una y otra vez, para abandonar el bien que anhelamos cumplir. Sería una ley moral retorcida de distintas formas sobre nuestra mente, para doblegar nuestra voluntad hacia las cosas prohibidas. Eso le aconteció a Pablo el apóstol, pero sucede en cada creyente por igual.

    Mientras Saulo perseguía a la iglesia, el que incluso participó en la muerte de Esteban mientras sostenía sus vestiduras, jamás tuvo remordimiento por el mal que hacía. Más bien suponía que su rol de fariseo perseguidor lo colocaba en buen sitial frente al Dios que había conocido con las Escrituras del Antiguo Testamento. Pero ahora que se convirtió en Pablo, el apóstol señala que reconoce lo malo que hace (y no solamente lo que hacía), que lamenta no hacer el bien que se propone, pero da cuenta de una ley a la que denomina la ley del pecado.

    Véase bien que Saulo de Tarso no mostró remordimiento alguno por el mal que realizaba, mientras Pablo el apóstol sí que lamentaba no hacer el bien deseado, pero mucho más el hacer el mal que no quería. Esta mirada a estos dos sujetos bastaría para comprobar que el autor de Romanos 7 hablaba como Pablo y se refería a su vida de creyente en Cristo. Veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros (Romanos 7:23).

    ¿Cuál es esa ley de su mente, tan diferente de la ley del pecado? No es otra que la ley del Espíritu de Dios, como lo declara unas líneas más adelante, de acuerdo a lo que aparece en Romanos 8:2: Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Esta ley del Espíritu no la tuvo Saulo de Tarso, hasta que Jesús se le apareció y lo derribó del caballo. El Evangelio cuando viene a ser una experiencia nos traduce toda su teoría con la práctica. Pablo supo que existía otra ley en sus miembros, pero ya no como un elemento teórico que hubiese escuchado de algún predicador sino por experiencia propia.

    Supo Pablo que él era carnal, vendido al pecado (Romanos 7:14). La norma del evangelio nos resalta lo horroroso del pecado (verso 13), para que comprendamos que no somos más que personas carnales vendidas al pecado (verso 14). Pablo llega a descubrir que no era él quien hacía ese mal sino el pecado que en él moraba (verso 17). El querer el bien lo habitaba pero no el hacerlo, por esa razón supo que si hacía lo que no quería se debía a una causa extraña a él mismo: el pecado que moraba en él (Romanos 7: 20). Dos normas parecen encontrarse en la vida de cada creyente: la ley del hombre interior, que se deleita en la ley de Dios, y la ley de sus miembros, que se rebela contra la ley de nuestra mente.

    Esa relación legal entre dos normas antagónicas nos conduce a la miseria emocional y espiritual, pero si damos gracias a Dios por Jesucristo significa que hemos comprendido todo lo relacionado con el trabajo del Señor en la cruz (verso 25). La gracia de Cristo nos obsequia una voluntad para el bien, para querer deshacer los negocios del pecado. En ese sentido Juan dice que el creyente no peca (1 Juan 3:9), ya que el creyente que ha nacido de Dios no se ocupa del negocio de pecar. No sirve más como esclavo del pecado, puesto que su semilla es Cristo.

    Tenemos perfección en Jesucristo, no en nuestras vidas; de la misma forma nuestra justicia es la de Jesucristo, no la que podamos generar por nuestro diario vivir. El hombre no regenerado vive en un continuo pecar, con placer y sin disgusto. En realidad, este individuo no tiene el Espíritu de Dios como arras de su salvación, ya que no ha sido regenerado. Las tentaciones de Satanás son su día a día, obedece a las corrupciones de la carne, a la concupiscencia de su corazón. Satanás lo conserva y el Espíritu de Dios no lo preserva, así vive la persona que no ha sido alcanzada por la gracia de Dios.

    El que ha nacido de Dios posee una voluntad para hacer el bien, una disposición continua hacia lo que considera espiritualmente santo. Su voluntad ahora se inclina hacia lo correcto, posee una tendencia hacia el amor de los estatutos divinos. Lo que antes le era intolerable para su mente, ahora se ha convertido en el placer de su existir. Eso no quiere decir que no caiga en el pecado, ya que la ley que gobierna sus miembros lo lleva a hacer lo que detesta hacer. Pero al tener un espíritu nuevo porque le ha sido dado, al haberse producido el cambio de corazón (el de piedra fue sustituido por uno de carne), indaga en otros tesoros diferentes a los propios del mundo. Esa es la razón de nuestra soledad en el mundo, de nuestra aflicción, ya que el mundo no nos ama porque no somos del mundo, y nosotros tampoco amamos estar en él.

    Elías vivió solo, perseguido por el rey Acab y por Jezabel su mujer; los profetas de Baal estuvieron enfurecidos contra el siervo de Jehová. Tuvo que vivir oculto en el monte, a veces fuera de su patria (en Sarepta), pero pese a su soledad fue confortado una y otra vez por la mano del Señor a quien amaba. Las buenas cosas le salían de los buenos tesoros del corazón transformado, como buenos frutos que testificaban del profeta.

    La ley del pecado parece ser la Constitución del Mundo, el instrumento jurídico por el cual se rigen los siervos de Satanás. Como estamos de tránsito por este mundo (porque no pertenecemos al mundo), sus leyes nos gobiernan en algún sentido. Tenemos, en cambio, una nueva Constitución en virtud de nuestro nuevo nacimiento. Somos llamados ciudadanos del reino de Dios, poseemos una patria celestial hacia la cual marchamos, anhelamos estar en las moradas eternas donde ya tenemos casa preparada.

    En esta gran metáfora jurídica presentada por la Biblia, aparece el Acusador de los hermanos. Ese es el sustantivo con el cual nombra Juan a Lucifer, a la serpiente antigua, calificando su labor como la de un fiscal público. El diablo (diabalo -el que lanza cosas alrededor nuestro) funge como fiscal para que se cumpla el castigo de la ley; Dios en realidad es el Juez eterno e inmutable, así que urgía un abogado defensor. Ése es Jesucristo, el abogado que tenemos para con el Padre (1 Juan 2:1). Pablo, quien amaba las metáforas jurídicas, alegó en un escrito: ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:33-34).

    El Siervo Justo justificará a muchos (Isaías 53:11), un rey reinará con justicia (Isaías 32:1), Él reinará y practicará el derecho y la justicia en la tierra (Jeremías 23:5), juzgará al pobre con justicia, y fallará con equidad por los afligidos de la tierra (Isaías 11:4). En el evangelio la justicia de Dios se revela por la fe: Mas el justo por la fe vivirá (Romanos 1:17), somos hechos justicia de Dios en Él (Jesucristo) (2 Corintios 5:21), porque nuestra pascua, que es Cristo, fue sacrificada por nosotros (1 Corintios 5:7).

    Todo creyente verdadero ha pasado de la esclavitud del pecado a una vida plena fundamentada en el amor. Jesús asumió nuestras faltas, habiendo sufrido el castigo por ellas. De esa manera el Padre quedó satisfecho con su justicia, ya que no pasaría por alto ninguna de nuestras transgresiones. Pero el Hijo se hizo pecado para llevar todos los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras. Dios no va a castigar dos veces por la misma falta, así que habiendo sido casados nuestros pecados en Cristo ya no tenemos culpa que soportar. La paga del pecado es la muerte, pero la dádiva de Dios fue superior: vida eterna en Cristo Jesús para los creyentes, aquellos que el Padre eligió desde la eternidad para que sean conformes a la imagen de su Hijo (Efesios 1:3-11; Romanos 8:29), a los cuales llamó, justificó y glorificó (Romanos 8:29-30).

    César Paredes

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    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

  • NUESTRO REFUGIO

    El sitio de fuga, el lugar de escape, allí corremos los que desesperamos del mundo. ¿Cuál es ese sitio? El Señor no solo es el camino sino el lugar de refugio. El que ayuda en nuestros conflictos, el ayudante que aparece siempre en los relatos para dar sentido a la trama. Como en una narración donde existen sujetos perversos que rodean al justo, así aparece Jehová como el ángel de la guarda, como aquel que protege a los que son suyos. Pero al mismo tiempo se ve no solo como quien va a ayudar sino como el Dios quieto que semeja a una roca con una cueva para escondernos.

    Las fobias que nos consumen a diario pueden ser relevadas de nuestras almas, los miedos por viejas culpas, por la incertidumbre del momento, por aquello que el mundo se goza en anunciarnos calamidades como noticias. Nos alarmamos como lo hizo José con María, pero después de que el ángel en la visión le advirtiera al carpintero, José dejó de temer: No temas recibir a María tu mujer (Mateo 1:20). Ese mandato lo encontramos muchas veces en las Escrituras: No temas…porque yo estoy contigo para librarte (Jeremías 1:8); Soy yo, no teman (Juan 6:20); el salmista decía: Cuando tengo miedo, pongo en ti mi confianza (Salmo 56:3). No se inquieten por nada, porque yo soy el Señor, tu Dios, que sostiene tu mano derecha; el Señor está conmigo, y no tengo miedo. El amor perfecto echa fuera el temor; depositen en él toda ansiedad, porque él cuida de ustedes (1 Pedro 5:7).

    Dios no nos dio espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio (2 Timoteo 1:7). Jesús un día dijo: No tengan miedo, manada pequeña, porque es la buena voluntad del Padre el darles el reino (Lucas 12:32). Dios puede ser considerado como el Señor del intercambio: cambió nuestros pecados por la justicia de su Hijo, quita nuestra debilidad para otorgarnos su fortaleza. El miedo se desvanece en su poder y refugio, mientras nuestra prudencia cobra fuerza en su sabiduría.

    El Señor todavía gobierna el mundo y los que en él habitan, por lo tanto no hemos de vivir con temores. El impío huye sin que nadie lo persiga, pero nosotros hemos alcanzado la paz de la vida eterna. El llamado de la Escritura se hace constante: No temas ni te desanimes (Deuteronomio 31:8). Los enemigos del justo suelen presentarse en número, con poder y ánimo insolente. Sus agitaciones intentan socavar nuestro ánimo, pero sepamos siempre que la presencia del Señor va con nosotros para darnos descanso.

    El creyente conoce que si coloca su atención sobre los problemas, éstos llegan a ser el centro de su vida, merodean su mente y aplacan su fuerza. En cambio, cuando su foco apunta al Señor y su palabra, encontrará suficiente refugio para que el enemigo no lo alcance. Al mismo tiempo, podrá enfrentar con fuerza necesaria la calamidad que se le asoma. Consideremos este tránsito terrestre como un ejercicio del día a día, de nuestro Carpe Diem en Cristo. Vive el día con Cristo, sumergido en sus intereses, en el conocimiento del siervo justo para que su justicia brille en tu vida. Pero al mismo tiempo tenemos la certeza no solo del momento sino del futuro, así que hagamos a diario lo que el afán del día proponga. Basta a cada día su afán (eso es el Carpe Diem de la Biblia).

    Con lo ya dicho, sepamos también que nuestro deber supone que tratemos de vivir íntegramente, para evitar muchos males. Por ejemplo, el que no refrena su lengua sufrirá muchas desilusiones. En las muchas palabras no falta el pecado, mas el que refrena sus labios es prudente (Proverbios 10:19). El que ahorra sus palabras tiene sabiduría, dijo Salomón, el hombre entendido será de espíritu prudente. Incluso el necio, cuando calla, se cuenta por sabio, porque el que cierra sus labios resulta entendido. Como un pequeño fuego capaz de incendiar un bosque, así resulta la persona que no refrena su lengua. Una pequeña brida capaz de controlar la fuerza del caballo, o el timón que conduce un barco, así se compara el que refrena su lengua y coloca prudencia por sazón.

    No debemos colocar nuestra confianza en el brazo humano, en ninguna criatura fuerte, preponderante en la sociedad, triunfante en la política, aunque luzca encantadora su presencia. Maldito el hombre que confía en el hombre, y pone carne por su brazo y su corazón se aparta de Jehová (Jeremías 17: 5). Esa criatura no verá cuando viene el bien, sino que morará en los sequedales del desierto, en tierra despoblada y deshabitada. En cambio, será bendito el varón que confía en Jehová, cuya confianza es Jehová. Ese será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto (Jeremías 17: 7-8).

    No nos equivoquemos, los judíos de antaño confiaron en Moisés y en su ley, se jactaron de tenerla y de conocerla, pero no pudieron cumplirla. Ellos se sostenían en su propia justicia, despreciando a los demás pueblos y naciones pero llegó el Mesías y lo ignoraron. En realidad ellos no confiaron en Jehová sino en ellos mismos, en que eran descendientes biológicos de Abraham. Ellos no tuvieron en cuenta la simiente de la mujer, la cual era el Cristo que les sería dado por medio de Isaac. Hoy día existen millones de personas cristianizadas que confían en sus pastores, en sus líderes de turno, en sus religiosidades, hábitos y costumbres de religión que acometen con esmero. El Señor también dijo que a muchos les dirá un día que nunca los conoció. Así que si alguno se gloría, gloríese en conocer al Señor (Jeremías 9:24).

    Existe mucha gente que honra de labios al Señor, pero cuyo corazón permanece lejos de él. Su temor al Señor no es más que un mandamiento de hombre enseñado, como si tener en cuenta que Dios existe resultare suficiente, como si se le temiese de la boca para afuera pero con su carne se regodeara con el mundo. Por esa vía fatua la inteligencia se desvanece y los sabios serán contados como necios. El pueblo de Israel se acercaba a Dios en su aflicción, pero en momentos de tranquilidad lo deshonraba. Por esa razón Isaías habló de la honra de labios, y Jesús citó al profeta para llamar hipócrita a ese pueblo que en vano lo adoraba y enseñaba doctrinas de hombres (Mateo 15:7-8).

    Hemos de alabar a Dios de acuerdo a lo que Él ha prescrito, para que podamos disfrutar del refugio que ofrece su presencia. Mi presencia irá contigo, y te daré descanso (Éxodo 33:14). Conoceremos que hemos hallado gracia en los ojos de Dios si Él anda con nosotros, en el hecho de que seamos verdaderamente sus hijos, ovejas de su prado que siguen al buen pastor. El eterno descanso de nuestras almas ha sido una promesa que creemos, de manera que pasaremos la vida eterna conociendo al Padre, y al Hijo el enviado, junto con el Espíritu Santo. Pero por igual en este tránsito terrestre recibiremos tranquilidad mental, liberación de nuestros miedos y temores, limpieza de nuestras culpas y errores.

    Con Dios como nuestro refugio todo resulta en ganancia. Sin desperdicio continuamos conscientes de que el mundo no puede creer a menos que le sea dado el regalo de la gracia salvadora. A menos de que Dios envíe arrepentimiento para perdón de pecados a la criatura afligida, no habrá redención posible ni refugio seguro. Por esa razón escribió el salmista: Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones (Salmo 46:1).

    César Paredes

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA VOLUNTAD HUMANA

    La voluntad humana a muchos les parece libre, pero de acuerdo a las Escrituras veremos varias características que nos harán meditar al respecto. Si el ser humano fue formado a semejanza e imagen del Creador, la criatura tuvo inocencia, inteligencia y voluntad. Pese a esa voluntad Dios le dio órdenes específicas, como la de llenar la tierra y sojuzgarla (Génesis 1:6). En síntesis, Dios hizo al hombre recto, pero la humanidad buscó la perversión (Eclesiastés 7:29).

    Ahora vemos que de una voluntad libre en principio apareció una voluntad atada. Existe una coerción contra la voluntad del hombre, una que lo dirige hacia el mal, como si estuviese atado a sus delitos y pecados. Esto aconteció inmediatamente después de la caída de los primeros padres, al creerles la mentira del diablo y al desobedecer en consecuencia al mandato del Señor. La serpiente le prometió a la mujer que no moriría si comiese del fruto prohibido en el centro del huerto. Le aseguró que al comerlo los ojos de ellos se abrirían y conocerían el bien y el mal, llegando a ser semejantes a Dios mismo.

    A partir del momento de la desobediencia el ser humano pasó de la inocencia a la depravación total, cayendo en la posteridad de Adán el peso del pecado junto con sus consecuencias. La paga del pecado es la muerte.

    La voluntad humana pasó a ser una cautiva más del mal, del pecado y del príncipe de las potestades del aire. Se observa un contraste entre la voluntad inicial del hombre en inocencia y la voluntad posterior del hombre caído. Uno se pregunta, ¿por qué razón la voluntad de los recién formados a imagen de Dios no prevaleció frente a la tentación de la serpiente antigua? La respuesta no puede soportarse sobre el azar, sobre la posibilidad del cincuenta por ciento, como si el hombre pudiera no haber pecado. Fijémonos en que el Cordero de Dios ya había sido ordenado desde antes de la fundación del mundo para la propiciación (1 Pedro 1:20).

    Nos damos cuenta de que aquella voluntad libre nunca fue independiente de la voluntad del Creador. Hubo un plan desde el principio, un propósito con la creación del hombre y con su intromisión en el pecado. Dios, como Autor de todo cuanto acontece, hizo conforme a sus planes y propósitos eternos. Quiso en su sabiduría y dominio glorificar con mayor gloria a Su Hijo, en tanto lo convertiría en el Salvador del mundo. Ese mundo que el Padre tanto amó como para entregarle al Hijo, de manera que todos los creyentes sean salvos por él.

    En realidad fuimos salvos en la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos (Tito 1:2). La Biblia nos presenta dos pueblos antagónicos, el mundo y los escogidos de Dios. Estos últimos estamos habitando el mundo, sintiendo su enemistad y odio, porque el mundo ama lo suyo pero odia a Cristo. Es normal por la enemistad que existe entre la simiente de la serpiente y la simiente de la mujer (Génesis 3:15). Así que el mundo tiene una voluntad atada al mal, pero nuestra vieja naturaleza continúa en nosotros batallando contra la nueva, para que no hagamos lo que queremos (Gálatas 5:17; Romanos 7:14).

    La voluntad humana, cautiva al pecado, está también cautiva a Dios. El propósito eterno lo ha determinado el Creador para realzar la gloria de su justicia y verdad. Dios decidió desde antes de la fundación del mundo el destino humano, amó a Jacob pero odió a Esaú. La gente de religión queda impactada con tal declaración, por lo que forma fila con el objetor de Romanos 9 para levantar su puño contra el Dios de la creación. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistir a su voluntad? Fijémonos en que el objetor reconoce su impotencia frente a la voluntad de Dios, ya que no puede oponer resistencia a lo que Dios decide y hace. En otras palabras, el objetor reconoce que su voluntad resulta inútil frente al arbitrio divino.

    Sin embargo, no conforme a esta realidad, ataca a Dios señalándolo de injusto. Dios no tiene derecho de culpar a Esaú si lo creó de una manera que lo hiciera permanecer en enemistad perpetua. La Biblia le responde al objetor de inmediato, diciéndole que en ninguna manera Dios es injusto (Romanos 9:14, 19-20). El protoevangelio lo vemos en el momento en que Dios hizo vestiduras con pieles de animales para Adán y su mujer, para cubrir su vergüenza (Génesis 3:21). De esa manera se anunciaba el derramamiento de sangre para perdón de pecados, como una prefiguración del Cristo que habría de venir.

    La Biblia nos habla de una voluntad hacia el mal, pero no podemos hacer lo que queremos. Ni siquiera el más impío de los hombres podrá por voluntad propia ser independiente de su Creador, ya que Dios ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Jehová controla los pensamientos del rey, a todo lo que quiere lo inclina; Dios hace justicia contra la impiedad de los hombres, pero soporta con paciencia los vasos de ira preparados para castigo eterno. Así que todo cuanto acontece está sujeto a su voluntad inmutable, con el propósito de reunir todas las cosas en Cristo.

    No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda ni quien busque al verdadero Dios. Cada cual se apartó por su camino, sin provecho alguno, sin que se encuentre quien haga lo bueno, ni siquiera uno solo (Romanos 3:12). La boca del hombre impío viene a ser como amargura y maldición, como si tuviese veneno de áspides bajo su lengua. Apartado del camino de la paz sus pies se apresuran para derramar sangre, para crear destrucción y miseria en sus pasos. El temor de Dios se ha apartado delante de los ojos de los hombres.

    La gran promesa fue que por la obediencia de uno solo muchos llegaríamos a ser justos. Así aconteció con el Cordero sin mancha al propiciar en favor de todos los penados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21). De esa manera los dos conjuntos de personas se distinguen por la carne o por el Espíritu. Los que vivimos de acuerdo al Espíritu, pensamos y nos ocupamos de las cosas del Espíritu (Romanos 8:5). La mente carnal resulta hostil hacia Dios, sus designios no se sujetan a la ley de Dios y tampoco pueden.

    No hay posibilidad de invocar a un Dios que no se conoce, así que hace falta anunciar el evangelio para que Dios pueda ser invocado. En la Biblia encontramos el anuncio del siervo justo al cual hemos de conocer para ser justificados (Isaías 53:11). Conocer a Cristo en relación a su persona y a su obra resulta vital para comprender lo que hizo por su pueblo. Decir que Cristo murió por toda la humanidad, sin excepción, habiéndola salvado en potencia, pero que ahora depende de los muertos zombies en delitos y pecados el aceptar ese sacrificio resulta en una herejía. Cristo murió por los injustos que su Padre le dio, aquellos por los que oró la noche previa a su crucifixión, pero no lo hizo por el mundo (Juan 17:9).

    Creer el verdadero evangelio será el signo de ser un buen árbol que da su buen fruto; porque de la abundancia del corazón habla la boca. No puede el árbol bueno dar un mal fruto, pero tampoco podrá el mal árbol (la cabra) dar un fruto bueno.

    César Paredes

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

  • LA RAZÓN HUMANA Y EL DADOR DE LA LEY

    La ley de no contradicción nos asegura que ésta debe ser universal. Pese a ello, muchos materialistas sostienen la existencia de un Dios universal, inmutable e inmaterial. Pero el sentido de la ley del deber ser (ley moral, tal vez) debería sustentarse en un dador de la ley. Una roca no será capaz de otorgar principios de vida, así que pareciera que la razón humana desvaría como dice la Escritura: Dios atrapa al sabio en su propia sabiduría (1 Corintios 3:19).

    El ser humano no puede demostrar sapiencia para su salvación, ya que en principio sostiene que Dios puede ser un reflejo de la esencia humana. La sabiduría del hombre lo ha conducido hasta burlarse del Dios de la revelación, para mostrar una insensatez en cuanto a lo que debería ser Dios. De allí surge la idolatría, una innumerable cantidad de visiones acerca del Dios que se espera, pero un profundo rechazo al Dios que se hizo materia a través de su Hijo Jesucristo.

    ¿De dónde proviene el deseo de los derechos humanos? Pese a que muchos no creen en Dios, en la naturaleza humana aparece un grito de justicia. El que una persona no crea en el amor no lo hace incapaz de amar o de ser amado. Cosas que no se ven existen y son de gran utilidad. De esta manera decimos que pese a que muchos no creen en el Dios de las Escrituras, la invocación de la ley lógica y universal en pro de la dignidad humana no se detiene.

    En el estudio del Derecho se ha propuesto el Derecho Natural como un baluarte de la raza humana, para los asuntos de la justicia diaria. Este tipo de norma general y universal ha tenido dos ramales fundamentales: 1) Derecho natural que proviene de Dios; 2) Derecho natural que proviene de lo que la naturaleza dicta a los hombre a través de sus culturas. Ya el viejo Derecho Romano sostenía dos categorías de la manifestación de la ley: Ius y Fas. El Ius refiere al Derecho humano, social y legislativo de los pueblos; el Fas hace referencia a lo que la divinidad haya otorgado como principios generales de conducta.

    La creencia en el Dios de las Escrituras se ve como debilidad humana. Estamos bajo el imperio de la ciencia, a través de la química, física, biología y otras disciplinas más. En ese imperio se venera la razón, pero la lógica también enseña que muchas tesis de la ciencia no pueden corroborarse. Entonces, ¿por qué el científico no se considera a sí mismo un ser débil? Los seres que cohabitan bajo el paraguas de la ciencia piensan que la razón y lo evidente son los únicos caminos para comprender la realidad.

    Si Dios sale de la ecuación de la ciencia, y por ende de la humanidad, ¿cuál sería el sentido de la vida? ¿Dónde quedaría el propósito de la existencia? ¿Cómo se sostendría la ética absoluta, si todo pasa por circunstancial y relativo? No podría el ser humano demostrar la existencia del mal o del bien, ya que la relatividad de las cosas que viajan fuera de la ética del dador de la ley no permitirían una valoración objetiva.

    Una vía reductiva de las cosas que percibimos se yergue como el horizonte por donde habremos de transitar. La materia pasaría a ser la prueba de lo que nos interesa, mientras el Dios Invisible quedaría fuera de todo estudio lógico y científico. De esta forma la desolación existencial corre pareja, en las barracas de la conciencia de que seríamos simplemente un ser para la muerte. Esta horrible visión de la vida se refleja en gran medida en la tesis de Pablo que profirió: Si Cristo no resucitó, somos los más dignos de conmiseración (1 Corintios 15:14 y 19).

    Pero Cristo se levantó de los muertos, para darnos la esperanza de la vida eterna. Esto sí que cumple un propósito de la existencia, sin que neguemos el fruto de los principios científicos que tanto bien le han hecho a la humanidad. Además, la verdadera ciencia habla a gritos acerca de la grandeza del Dios que nos ha hecho. Lo que cada creyente impugna son los argumentos de la falsamente llamada ciencia (1 Timoteo 6:20).

    César Paredes

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

  • GRACIA EFICAZ

    La gran pregunta bíblica fue escrita en el libro de Job: ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia (Job 38:3). Si se puede responder a esta inquisitoria entonces no habrá duda en reconocer que la gracia resulta eficaz cuando ella es dada como regalo. En Efesios 2:8 Pablo dejó en forma explícita que la gracia, la salvación y la fe son un regalo de Dios. En otros términos, lo que viene de gratis no se paga, aunque eso no implique que no costó nada. A Dios le costó su Hijo y éste tuvo que pagar el precio por el pecado de su pueblo.

    Esa gracia que nos ha sido dada no nos convierte en robots, y si así fuese bienvenido sería que fuésemos como robots que van al cielo y no como libres al infierno. En realidad, el amor de Dios no exige libertad de albedrío, como si Él esperara que sus criaturas lo aceptaran libremente. En realidad, al leer el texto de Juan 6 vemos que hay un verbo griego utilizado por Jesús: ELKO, que quiere decir arrastrar, traer a la fuerza. Esa es la figura que usa Jesús cuando dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere (ELKO: arrastrara a la fuerza). Ese arrastre parece que dibuja el panorama en que nos encontrábamos: en enemistad con el Creador, en incredulidad acerca de las cosas del Espíritu de Dios.

    Una vez que hemos sido llevados por el Padre al Hijo nos convertimos en un pueblo de buena voluntad, porque a partir de ese momento hemos visto el poder de Dios. La gracia eficaz llega para producir la regeneración por el Espíritu, la conversión de las tinieblas a la luz, la restauración de lo que se había perdido. El que sea gratuito el don no implica que se ignore el evangelio, ya que la Biblia nos declara que nadie puede invocar a Jesús si no se le conoce. Al oír de Jesús por medio del evangelio, la persona que recibe la gracia soberana llega a creer con la fe de Jesucristo. Por supuesto, hay muchos que oyendo desobedecen el llamado general del Señor, porque para eso parecen haber sido destinados.

    ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Esa es otra de las interrogantes que muchos se plantean, pero que ya fue expuesta en las Escrituras. En Romanos 9 Pablo nos habla del objetor que eleva su puño contra el Creador, el que parece que supiera dónde estaba cuando Dios fundaba la tierra. El supone que vino por voluntad propia, que fue producto del azar, que si hubo un Dios tuvo que ser a semejanza humana. Por esa razón argumenta contra la decisión soberana de Dios frente a su obra de barro, cuando hizo vasos de honra y vasos de deshonra.

    Acá surge un interesante momento de reflexión. Todos estamos metidos en un asunto de conciencia sobre el bien y el mal; todos tenemos un llamado general (la ley de Dios en los corazones humanos) para lo cual estamos en posición de dar una respuesta. En realidad la única respuesta posible es la negativa, dada la enemistad propia entre la criatura y su Creador. Sin embargo, esa enemistad no anula el deber de la criatura. El deber ser continúa en nosotros todos los días, como la deuda que asumió Adán desde el momento de su desobediencia.

    Dios pasó por alto la enemistad que hubo en todo momento, por lo cual llama como buen pastor a sus ovejas. Las cabras jamás acudirán a su llamado, aunque sean atraídas en virtud del fruto de la pasión de los predicadores, de los evangelistas que desean número en sus actas. Las presuposiciones humanas en materia de teología no resultan comparables con las presunciones bíblicas. Mientras la Escritura nos viene como materia de autoridad, los presupuestos humanos apenas se asoman como proposiciones filosóficas de lo que debería ser la divinidad. La pregunta en Romanos 9 nos abre el abanico de posibilidades de lo que sería el Dios ideal para el ser humano, cuando cuestiona al Dios de la Biblia. Debería ser, primero que nada, un Dios justo (de acuerdo al criterio del que condena al Dios bíblico). ¿Hay injusticia en Dios? ¿Quién puede resistir a su voluntad? Entonces, ¿por qué inculpa a Esaú si fue odiado antes de ser concebido? (Romanos 9:13–19).

    Esas inquisitorias nos conducen de nuevo al plano de la gracia. Dios muestra su amor para con su pueblo, independientemente de la libertad de respuesta de su pueblo. A Dios no le preocupa la voluntad del elegido, como si lo hubiese escogido porque tenía cualidades morales superiores a los réprobos en cuanto a fe. Al contrario, ha dicho que lo necio del mundo escogió Dios para deshacer a lo que es (o se dice ser). Podríamos más bien preguntarnos: ¿Por qué razón Dios salvó a algunos de entre toda la humanidad? Esa pregunta surge porque resulta evidente que ha podido dejar a todo el mundo en el mismo pozo de la desesperación.

    Los que resultan molestos por el odio de Dios contra Esaú parece que miran con recelo el hecho de que Dios haya amado sin renuncia a Jacob. No hubo nada bueno en la masa de barro, ni nada malo -como lo asegura Pablo; Dios hizo de la misma masa vasos de honra y vasos de deshonra. Esto fue hecho para la alabanza de su gloria al exhibir su ira por el pecado, pero por igual para exaltar su gloria por la misericordia sobre los vasos de misericordia preparados para vida eterna.

    No somos robots, fuimos libres para el mal. Sin embargo, en la soberanía divina esos libres para el mal son controlados como lo hizo Dios con el Faraón de Egipto, con Caín, como lo hace con aquellos que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo. En realidad Dios hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4). No solo eso, aún el corazón del rey está en sus manos y a todo lo que Él quiere lo inclina (Proverbios 21:1). Dios está airado contra el impío todos los días (Salmo 7:11).

    Dios es un Dios justo y en su naturaleza no hay engaño; de esa forma puede estar enojado siempre contra el hombre pecaminoso. Puede ser que no todo el tiempo veamos el derrame de su ira, pero estará apuntando la iniquidad del impío para destruir al pecador. Aunque a veces parezca un Dios silencioso, su odio continúa contra el réprobo en cuanto a fe. Ahora bien, ese mismo Dios silente ama perpetuamente a los que ha escogido y llama su pueblo. Puede ser que parte de su pueblo todavía yazca bajo la ira de Dios -lo mismo que los demás- pero como son llamados a huir de Babilonia todas las ovejas acudirán al buen pastor en el día del poder de Dios. Ese es el día de su gracia manifiesta para la criatura que habrá de salvar.

    Precisamente, el amor de Dios se manifiesta en nosotros en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Estando nosotros muertos en delitos y pecados, Dios nos dio vida abundante en su Hijo. La paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro. El deseo de quien evangeliza apunta a que el mensaje sea recibido y acogido en buena tierra; ese terreno lo prepara el Padre para que la semilla lleve fruto y el Hijo reciba el galardón de los hijos que Dios le dio.

    César Paredes

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

  • UN DIOS EN TRES PERSONAS

    El cristianismo se diferencia de inmediato de muchas religiones, ya que arranca de la concepción de una Divinidad compuesta por tres personas. Muchos militantes de la fe cristiana llegan a aceptar la idea de la presencia de un Dios creador del universo, incluso han superado el escollo de si el Hijo es sempiterno con el Padre. Pero la presencia del Espíritu como persona turba a un gran grupo todavía hoy en día. Incluso hay quienes a pesar de asumir al Espíritu Santo como una persona presentan dudas repentinas, basados en el supuesto de que se trata de una doctrina de hace un poco más de 1.400 años, cuando hubo discusión al respecto.

    Pero más allá del fondo histórico, la Escritura habla por sí sola. Como dijera un teólogo contemporáneo: la doctrina de la Trinidad ha sido una revelación progresiva en las Escrituras. Es decir, no fue dada de una sola vez sino que a medida que los autores inspirados escribían la doctrina aparecía más clara. Pero la Biblia nos sorprende de nuevo, ya que encontramos muchos textos que hablan del tema. Ciertamente, hay quienes sostienen que algunos párrafos del Nuevo Testamento fueron añadidos en forma espuria, para poder bajo ese argumento refutar la tesis de la Trinidad.

    Pero se les podría regalar uno que otro texto de la Biblia basados en su argumentación, mas con eso no podrían anular la enorme información acerca del Espíritu como una de las Tres Personas del Dios Trino. Dios es el Alfa y la Omega, el principio y el fin; con ello se habla de la eternidad de las tres personas y no tan solo de una de ellas. Dios es uno, una afirmación que habla de la unidad de las mismas tres personas, como quedó demostrado en la coherencia exhibida en el bautismo de Jesús. Mientras Juan bautizaba al Señor se oyó una voz del cielo decir que ese Jesús era el Hijo amado en quien Jehová tenía complacencia. El hecho de referirse a Jesús como Hijo denota al Padre como el que habla; pero se añade de inmediato que el Espíritu Santo descendió sobre él como una paloma (Mateo 3:16-17).

    John Gill, en sus Comentarios de la Biblia, señala una referencia importante respecto al ave en relación. Dice que en la época del diluvio, cuando Noé vio volar a la paloma con un ramo de oliva en su pico, como un regalo de reconciliación y de paz del Dios creador. Asimismo, el Espíritu representaba la paloma en el bautizo lo que Jesús cumpliría con su ministerio: traer La paz para los redimidos. Lo cierto es que el Cristo recibió gloria sobre él con ese mensaje del Padre, a través del Espíritu, misma gloria que tenemos los creyentes al poseer el Espíritu Santo como arras de nuestra redención final.

    El hecho del Espíritu como Persona, y no como una fuerza divina, lo relata Pablo en la despedida planteada de una carta: La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén (2 Corintios 13:14). No se tiene comunión con un poder o con una fuerza, sino con una persona; así lo dijo Cristo: Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho (Juan 14:26). Decimos de igual forma que una fuerza no nos enseña y no nos recuerda lo dicho por Jesús, sino que lo hace una Persona.

    El Espíritu de Dios se movía sobre las aguas, dice el Génesis 1:1, mismo Espíritu que creó a Job: El Espíritu de Dios me hizo (Job 33:4). En Hechos 5 leemos el relato de Ananías y Safira, dos personajes que pecaron contra Dios. Pedro le dijo a Ananías que Satanás había llenado su corazón para mentir al Espíritu Santo, por lo que no había mentido a los hombres sino a Dios (Hechos 5: 3-4). Lo mismo le aconteció a Safira, su mujer, quien también expiró por haber tentado al Espíritu del Señor. Sabemos que pecar y tentar es posible contra una persona pero no contra una fuerza. Y si Ananías mintió al Espíritu Santo, mintió a Dios.

    Una fuerza tampoco nos consuela, pero sí que lo hace el Consolador enviado por Jesucristo para que habite en nosotros por siempre (Juan 14:16). Isaías 48:16 viene a ser un texto altamente probatorio del Antiguo Testamento, en referencia a esta doctrina de la Trinidad. Dice así el verso: Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto, desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu.

    Ese Señor que habló desde el principio refiere a Jesús, como lo atestigua Juan 18:20: Hablé abiertamente al mundo; siempre enseñé en la sinagoga y en el templo, y no dije nada en secreto. Ese Jesús existía desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), es el Creador de todo (Juan 1:1-3). Pablo habla de la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos (2 Timoteo 1:9). Es parte de la Trinidad del Génesis, cuando se dijo Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; pero lo es también el Espíritu y el Padre. Ese Dios Salvador tiene potencia y majestad, imperio y gloria, por todos los siglos (Judas 1:25). Ese Jesús que existió desde siempre fue enviado por Jehová el Señor, y por su Espíritu, para que en forma de carne predicara el Evangelio, cumpliera la ley, de manera que pudiera redimir con su crucifixión y resurrección a todo su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

    Jesucristo es el Hijo de Dios, el Mediador entre Jehová y los hombres, es también el que envió al Espíritu a su pueblo para que sea nuestro Consolador. Si Dios es nuestro Padre nosotros amaremos al Hijo, porque habríamos nacido del Espíritu y éste habitaría en nosotros. El Espíritu Santo nunca asumió la forma de un ser humano, pero es representado en la Biblia bajo muchas imágenes: luz, agua, viento, fuego y un ave (una paloma). Sin embargo, su carácter y su ministerio reflejan acciones propias de una Persona.

    Horrenda cosa es minimizar la personalidad del Espíritu Santo, ya que Jesús habló contra todo aquel que blasfeme contra el Espíritu. Fijémonos bien en esa sentencia del Señor, ya que no resulta posible que alguien blasfeme contra una fuerza impersonal, como también resulta ilógico que un poder impersonal nos enseñe, nos guíe a toda verdad, interceda por nosotros con gemidos indecibles, comprenda la mente del Señor y nos consuele y ayude a pedir como conviene.

    La controversia de Arrio generó la herejía del arrianismo, la cual sostenía que Jesús no era coeterno con el Padre. Poca mención se hizo en el Concilio de Nicea, en el año 325 de la era cristiana, al tema del Espíritu Santo. Sin embargo, una ampliación del mismo, ya por el 381, defendió la tesis del Espíritu Santo como Persona Divina. Hay quienes hoy día pretenden argumentar contra esta tesis por cuanto apenas tiene cerca de 1.400 años, como si fuese un invento de un Concilio. Sin embargo, si se critica el hecho del debate en aquella época, habrá que criticar por igual el debate sobre la consubstancialidad del Hijo con el Padre, el hecho de que en ese Concilio del 325 se defendiera que Jesucristo es coeterno con el Padre.

    Una cosa son los concilios para discutir asuntos teológicos, los cuales pueden aclarar dudas, execrar herejías o incluso defenderlas; pero otra cosa es considerar que la Biblia no contenga pruebas suficientes para demostrar el hecho de que Jesucristo como Hijo de Dios es coeterno con el Padre, o que no pruebe que el Espíritu Santo como enviado del Padre y del Hijo sea igualmente Dios eterno y forma parte del Dios Trino. Lo que se discute en los concilios tiene fuero histórico para la historicidad de la iglesia; puede ser algo positivo o negativo, pero lo que la Biblia dicta y expone no puede ser objeto de rechazo por el hecho de que algunos de sus aspectos hayan sido sometidos a discusión en los Sínodos o Concilios.

    César Paredes

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

  • EN EL PRINCIPIO DIOS

    Esas primeras palabras de la Escritura nos dan cuenta de la eternidad del Dios creador. El principio lo es para nosotros, pero en ese momento ya Dios existía. El mundo creado no se hizo por voluntad propia sino por mediación de la voluntad divina. Dios hizo la materia con la cual formó al hombre a su imagen y semejanza, así que la materia no siempre estuvo ahí sino que también fue creada. El Génesis 1:1 nos habla de la magnitud del Creador y de la pequeñez del hombre que no existía en ese principio. Fue poco después que apareció la criatura humana formada del polvo de la tierra (Génesis 2:7).

    Existe una revelación natural en cada criatura humana, en relación a la existencia de ese Dios Creador. Las culturas lo demuestran a lo largo de la historia, aunque hoy día se pretenda negar esa gestión del alma humana. Pero la manifestación de la gloria de Dios por su creación solamente ha hecho responsable al hombre ante su Creador. Sin embargo, el pecado humano impidió el reconocimiento de la criatura y ésta prefirió dar culto a lo creado antes que al Creador mismo. Dios nos dio otra revelación, la inspirada por su Espíritu, a través de la agencia humana. A estas personas la Escritura los llama: los santos hombres de Dios.

    El evangelio de Juan comienza con la misma idea del inicio de todo: En el principio era el Verbo (Juan 1:1). Juan desarrolla el concepto del Verbo creador, del Jesús que hizo todas las cosas y para quien todas las cosas son hechas. Ese Verbo era Dios mismo, aunque sea el Hijo que vino a morir por todos los pecados de su pueblo.

    Pese a la inspiración divina de las Escrituras, la Biblia no apunta a inspirar o a alumbrar a sus lectores. Ella queda como testimonio de la revelación que Dios quiso darnos para que conozcamos su voluntad. Hay cosas secretas de Dios que no fueron reveladas (Deuteronomio 29:29). Aquellos santos hombres de Dios tuvieron el privilegio de que el Señor les confiara la palabra. Ellos fueron inspirados por el Espíritu Santo y hablaron de parte de Dios, de allí que ella sea suficiente maná para nosotros en el desierto de la vida. La suficiencia de la Escritura deja por fuera cualquier otra revelación que pretenda añadirse o aclarar la Escritura, ya que el Espíritu es quien nos guía y jamás se contradice. Esa palabra fue refrendada como verdad por Jesucristo, cuando oraba en el Getsemaní: Tu palabra es verdad (Juan 17:17). La Escritura ha salido de la boca de Dios (Mateo 4:4), por lo que no puede ser quebrantada (Juan 14:26). Por lo tanto, toda la Escritura ha sido inspirada por Dios y resulta en gran utilidad para el hombre de Dios (2 Timoteo 3:16).

    La Biblia nos pone de manifiesto la ley divina, un peso que se inclina sobre nuestra cabeza, que nos acusa de nuestros fracasos. La ley nos educa por igual, pero su ideología intrínseca enseña que nadie puede cumplirla en todos sus puntos. De allí que hiciera falta la expiación anunciada en el Antiguo Testamento, modelo de lo que habría de venir. También la Biblia nos habla del evangelio, ya anunciado en las primeras páginas del Génesis. Cuando Dios cubrió al hombre con pieles de animales, anunciaba la expiación por derramamiento de sangre. De inmediato se hizo una promesa, la simiente de la mujer le daría por la cabeza a la simiente de Satanás. Esa simiente prometida es el Cristo, como lo asegura Pablo en una de sus cartas; por esa razón se hacían sacrificios en la época Veterotestamentaria y, llegado el tiempo, el Mesías daría su vida en expiación por los muchos que el Padre le dio.

    La ley divina sigue como espada de Damocles, continúa por siempre en esta tierra de gente caída. Ella recuerda la paga por el pecado, que es la muerte; pero hay una muerte peor, la muerte eterna, el apartamiento por siempre de la gracia de Dios. En ese lugar será el lloro y crujir de dientes, donde el gusano no muere (la conciencia, por ejemplo), donde el fuego no se extingue. Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo. Así que también esta ley acusatoria forma parte del Evangelio anunciado, para que resalte la gracia de Dios que nos viene como regalo. La Escritura nos habla de la redención que hizo Jesucristo, de acuerdo a los planes eternos del Padre. Ya el Cordero de Dios estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo, como se relata en 1 Pedro 1:20.

    Con la muerte de Jesucristo el Padre eliminó la enemistad entre Él y su pueblo escogido. Ahora tenemos una nueva justicia, la que es perfecta, la cual se llama Jesucristo, nuestra pascua. Jesús oró en el Getsemaní por todo su pueblo la noche previa a su martirio, pero dejó de lado al mundo que no fue escogido desde antes de la fundación del universo. Ese mundo comprende los Esaú, los Faraones, los Caínes, cualquier otro réprobo en cuanto a fe, los mismos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del cosmos (Apocalipsis 13:8; 17:8). Esa oración de Jesús presupone que al día siguiente fue a morir en la cruz por los beneficiarios de su ruego al Padre, de tal manera que llevó nuestros pecados y nos impartió su justicia.

    La salvación nos viene de pura gracia y no por obra alguna que hagamos. Ni siquiera el conocimiento teológico hace falta para llegar a ser redimido, aunque necesitamos todos de la predicación del evangelio. El conocimiento del siervo justo justificará a muchos (Isaías 53:11), por lo cual conviene averiguar quién es el Cristo y qué hizo. Pero el hombre natural no puede comprender las cosas del Espíritu de Dios porque le parece que son una locura. Habiendo quedado imposibilitado para el conocimiento del siervo justo, resta el nuevo nacimiento pendiente. Si el hombre no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios.

    Ese nuevo nacimiento opera por obra del Espíritu Santo, sin mediación humana alguna. Una vez que el individuo nace de lo alto, el Espíritu habita en él y lo lleva a toda verdad. Es de esa manera que dará el fruto bueno de la confesión de aquello que tiene en su corazón. Es decir, que el que ha creído de verdad tiene vida eterna, posee por igual el conocimiento del siervo justo y sabe a ciencia cierta quién es Jesucristo y cuál es su obra. No pensará jamás que Cristo expió los pecados de todo el mundo (incluido el mundo por el cual no rogó), sino que entenderá que Cristo murió por los que el Padre le dio, de acuerdo a las Escrituras (Juan 17, por ejemplo).

    El Hijo del Hombre vino a poner su vida en rescate por muchos (Marcos 10:45). De esta forma queda descartada la idea de que puso su vida por todo el mundo, sin excepción. Cuando Juan habla de Cristo como expiación de los pecados de todo el mundo, se refiere al mundo judío y al mundo gentil. Pero dentro de ese macro conjunto se entiende que está su pueblo escogido. También los fariseos aseguraban que todo el mundo se iba tras Jesús, pero ellos no lo siguieron. Tampoco lo siguieron los saduceos (los cuales negaban la resurrección de los muertos), ni lo hicieron los del Imperio Romano ni un gran etcétera de personas. En otras palabras, no siempre que la Biblia habla de todo el mundo se refiere a cada persona en particular, más bien se refiere a conjunto de personas de distinta índole.

    En el principio del mundo ya estaba el Cordero de Dios preparado para su pueblo. Ese es el buen pastor que conoce a sus ovejas, a quien también nosotros conocemos. Ese pastor puso su vida por las ovejas -judías y las de otro redil, los gentiles. El Padre amó a Jesucristo porque puso su vida para volverla a tomar (Juan 10:14-18). Más adelante, Jesús habla con unas personas y les dice que ellos no creen en él porque no forman parte de sus ovejas (Juan 10:26). Las ovejas del Señor no se van jamás tras el extraño, sino que siguen al buen pastor porque desconocen la voz del extraño.

    La condición de ser oveja precede a la condición de creer. Los cabritos no creerán jamás, pero las ovejas pueden deambular perdidas y serán buscadas y halladas, serán conducidas al redil y oirán la voz del Señor. Esa es la predestinación de Dios, tan anunciada a lo largo de todos los libros de la Escritura. Mucho gozo produce saber que Dios haya pensado en nosotros, desde antes de la fundación del mundo. En Juan 6:37, el Señor predica la predestinación y la soberanía de Dios, pero muchos no creyeron porque se ofendieron por sus palabras. En Juan 10: 26 el Señor reafirma su tesis frente a un grupo de personas turbadas en su alma porque no podían creer. Ellos insistían en pruebas especiales (señales y prodigios) para evaluarlas y sopesar si deberían o no creer en él. El Señor les dijo que él ya les había anunciado que era el Cristo, pero que ellos no creían; las obras o prodigios que hacía las hacía en nombre de su Padre, para que fuesen un testimonio de él.

    El problema con esa gente que veía señales y no podían creer, pero insistían en preguntar e indagar si Jesús era el Cristo, era que no formaban parte del redil de ovejas elegidas por el Padre. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que a mí viene no lo echo fuera (Juan 6:37). Queda entendido que aquellas personas de Juan 10:26 no habían sido enviadas a Jesús por el Padre, razón por la cual no podían creer. En resumen, en el principio creó Dios los cielos y la tierra; en el principio era el Verbo y el Verbo era Dios. Ese Verbo habitó entre nosotros, vino para darnos ejemplo de vida y la confianza de la redención eterna.

    César Paredes

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

  • NOS HAN MENTIDO

    Nos han mentido una y otra vez, con el cuento de la evolución de las especies. En el siglo XIX se promovió a Darwin para destruir la infalibilidad de la Biblia, de tal forma que pudieran los políticos cercenar las bases de la monarquía impuesta por Dios. Esa también fue otra ilusión, la de aceptar cualquier despotismo monárquico como si hubiese de aceptarse la injusticia sin crítica alguna. Pero más allá de lo político, quedó como un baluarte biológico la tesis de la evolución, dándose por verdad probada la cercanía entre el ADN humano y el de los chimpancés.

    La tesis de la evolución asegura que todos los seres en la tierra evolucionaron a partir de un ancestro común. Además, añaden que la evolución de los seres vivos se ve impulsada por procesos naturales. Se habla del estado de necesidad, en la medida en que el medio ambiente exige el desarrollo de una habilidad el ser vivo la desarrolla aunque tenga que proceder a rediseñar la forma de un órgano, o la aparición del mismo. Acá cabe preguntarse quién le dio a la ameba (organismo microscópico unicelular) la idea de la necesidad del ojo, porque si no veía no sabía que le era necesario ver.

    La idea de que Dios concibió a todas las criaturas del planeta fue una voz casi universal, hasta la tesis de Charles Darwin. Una ideología atea se ha erguido detrás de la tesis de la evolución, otorgándole amparo para que diga en alta voz que Dios no tuvo nada que ver con el relato de la creación. Pero de igual manera aparece una contraideología, la que ataca a la ciencia como si fuese una gran mentira que está en enemistad contra Dios. Recordemos oportunamente al apóstol Pablo, quien nos hablara de la falsamente llamada ciencia. Así que ciencia es conocimiento, pero la falsa ciencia resulta un engaño en todo sentido.

    Los que desean reconciliar la Biblia con la Teoría de la Evolución de las Especies señalan el aspecto lírico del relato de la creación. En cambio, apuntan, la ciencia tiene un método diferente para exponer los hechos. Surge el Diseño Inteligente como una postura de los hombres de fe, un Dios diseñador, un Ser Inteligente que ideó todo cuanto acontece. Tal vez el relato del Génesis expone un conjunto de metáforas que no necesitan estar contra la ciencia, ya que ésta tiene un punto narrativo distinto. Nos encontramos con el principio religioso de un Dios organizador frente a la teoría de la selección natural. ¿Pueden ambas tesis pretender reconciliarse?

    Esta confrontación reconciliada supone partir de la Biblia como una lírica que al igual que el arte pretende dar sentido a la vida; en cambio, la ciencia daría cuenta del origen de lo que existe. Sin embargo, el creacionista se pregunta cómo apareció el pecado en la tierra y cuáles fueron sus consecuencias. Al parecer, la Biblia asegura que la muerte no entró al mundo sino por el pecado; en otros términos, el cristiano debería escoger si los parámetros de la teoría evolutiva son suficientes para opacar el hecho del pecado y la muerte como consecuencia.

    La tesis de la evolución plantea ensayo y error en los procesos naturales, con la aparición de múltiples fósiles que probaron muerte, desde hace millones de años. Pero la Biblia data la aparición del hombre apenas 6.000 años atrás. ¿Qué pasó con esos restos humanos que testifican de la muerte antes de que entrara el pecado en el mundo? Al parecer resulta irreconciliable una tesis con la otra, a no ser que el eclecticismo nos conduzca a la aventura de la asimilación de las dos posturas.

    El antagonismo de la Biblia con la evolución se despliega en sus páginas. Dice el necio en su corazón: No hay Dios (Salmo 14:1). Asegura la Escritura que las cosas invisibles de Él (Dios), su eterno poder y deidad, se hacen visibles en forma clara desde la Creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas (Romanos 1:20). Dios como Creador de todo cuanto existe viene a ser el objeto de las páginas bíblicas, para demostrar la gloria del Altísimo. Puede haber inteligencia en los científicos, pero su necedad al negar al Creador los delata como no sabios (Proverbios 1:7). Sí, vale la pena colocar el texto: El principio de la sabiduría es el temor de Jehová. Los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza.

    La historia nos ha demostrado que pese a la negación de ciertos eventos relatados en la Biblia, con el paso del tiempo la arqueología ha encontrado pruebas de la veracidad de sus páginas. Así sucedió con los Hititas, con la destrucción de Sodoma y Gomorra, ciertos episodios narrados en el libro de Jeremías, para mencionar algunos pocos. Así que la arqueología bíblica ha probado datos históricos descritos en el relato de la Escritura, de los que en tiempos anteriores se dudaba (por ejemplo, el Túnel de Ezequías, el estanque de Siloé, el Gólgota, etc.).

    De igual forma algunos físicos han expuesto sus investigaciones que apuntan a una coherencia del relato bíblico. Por ejemplo, un físico de la extinta Unión Soviética llegó a la conclusión de que la tierra no podría tener más de 20.000 años de edad. Su síntesis se basó en los datos de medición de la radiación que el planeta recibe a diario y en la radiación que expele. Si se computa la radiación restante, en un período mayor a 20.000 años hacia atrás, la cantidad de radiación acumulada en el tiempo implicaría una explosión en partículas hasta la extinción del planeta. Esa interesante aseveración no tiene eco en los medios de comunicación controlados por las fuerzas de los Estados interesados en la negación de la palabra de Dios.

    De igual forma la medición del carbono 14 resulta un hecho curioso. Tal vez sea un ´reloj´ que permita medir correctamente dentro de un espectro de tiempo, pero no lo haría convenientemente en un período de tiempo mayor. Hay pruebas de radiación aumentada después de la explosión de la bomba atómica en 1945, así como de otros ensayos atómicos posteriores. Tal vez el planeta se vio sometido a influencia radioactiva por cataclismos que alteraron la medición de este prestigioso reloj científico.

    En fIn, confiemos en la palabra de Dios antes que en la falsamente llamada ciencia. Ciertamente, la ciencia verdadera es obra de Dios, debemos usarla y aplicarla en todo momento. Ella no está reñida con la lógica que el Creador nos ha dado, ya que Él mismo es el Logos eterno. En el principio era el Logos (el Verbo), dice Juan en su evangelio, por él fueron creadas todas las cosas. Ese es nuestro axioma de fe, no lo vamos a desechar por hipótesis surgidas que pretenden arrebatarnos la esperanza. Sí hemos de creer en la ciencia, porque todo conocimiento proviene de Jehová, sí debemos tener un espíritu científico, ya que los que tienen celo de Dios pero no conforme a ciencia (no científicamente) colocan su propia justicia y no la de Dios (Romanos 10: 1-4). Tenemos que evitar las profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia (1 Timoteo 6:20-21).

    La historia nos demuestra con creces como en algunos períodos humanos se creían cosas como verdaderas pero resultaron falsedad. La alquimia hablaba de la transmutación de los metales en oro; la abiogénesis pretendía que los organismos vivos se generan espontáneamente; la metempsicosis se mostraba como una verdad acerca de la transmigración de las almas. Esos son algunas muestras de creencias de la falsamente llamada ciencia, al lado de supuestas pruebas fósiles de la evolución de las especies. Por cierto, se han hallado fósiles de peces distintos, que no podrían cohabitar porque uno sería el antecedente del otro en la cadena evolutiva. De esos errores de la ciencia los científicos muchas veces callan, pero se animan en tildarnos de subinteligentes a los que tenemos la fe de Jesucristo.

    Ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza. Permanece en ellas para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren (1 Timoteo 4:13-16). Ay de los que dicen verdadero a lo falso y falso a lo que es verdad; ay de los profetas de mentiras. Nos han mentido, pero seguirán mintiendo. La oveja que sigue al buen pastor huye de los extraños (mentirosos) porque no lo conoce.