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  • UN HOMBRE CIEGO

    La Biblia habla con claridad, pero la mente abstrusa de los seres humanos la vuelve incomprensible. Una síntesis se presenta en la Escritura en forma de entimema, un silogismo inconcluso, para que la razón humana lo complete. En esa actividad la mente busca la solución o completa el silogismo y fija el concepto, expresado en lo que consideramos la palabra de Dios. El texto síntesis dice de la siguiente manera: Y ustedes, estando muertos en en sus pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, han sido resucitados y perdonados en vuestros pecados (Colosenses 2:13). Eso se dice en referencia a los redimidos.

    Estos redimidos han sido elegidos desde antes de la fundación del mundo, sin mirar en sus obras buenas o malas. Sin embargo, como un producto de la elección, ellos han tenido que realizar dos actividades: arrepentirse y creer en el evangelio. El nuevo nacimiento que opera el Espíritu de Dios conduce al arrepentimiento y a la fe. De otra manera, el hombre ciego no vería jamás la medicina, por causa de la corrupción de su corazón. La maldad de los hombres ha llegado a mostrarse en forma muy elevada en la tierra, tan alta que Dios definió el corazón humano como continuamente con pensamientos de maldad (Génesis 6:5).

    Desde la juventud la imaginación del corazón del hombre se muestra mala, el mal se hace debajo del sol y el corazón humano se llena de él. La insensatez se vuelve su estandarte durante toda su vida, para después entregarse a la muerte (Eclesiastés 9:3). Acá aparece una consonancia con el corazón descrito por Jeremías, cuando habla del hombre caído: El corazón engañoso, más que todas las cosas, y perverso, ¿quién lo puede conocer? (Jeremías 17:9). Claro está, esa descripción refiere al hombre impío que jamás ha sido reconciliado con Dios, porque Ezequiel nos plantea el transplante de corazón que hace Dios en el hombre que regenera, para que pueda pensar con agrado en sus estatutos (Ezequiel 36: 26-28).

    Todavía existen los que separan el corazón de la mente, diciendo que aman a Cristo con todo su corazón pero que no entienden su doctrina, la cual es una tarea intelectual confusa. Se olvidan que Jesús dijo que del corazón de los hombres proceden sus malos pensamientos, sus adulterios y fornicaciones, así como sus asesinatos, hurtos, codicias, maldades, engaños, lascivias, ojos malignos, blasfemias, engaños y locuras o insensateces. Todas esas cosas provienen de adentro del hombre y lo contaminan (Mateo 7:21-23).

    En ese contexto de tanta maldad humana, viene la condenación. La luz vino a este mundo pero los hombres amaron más las tinieblas por causa de sus malas obras. El que hace el mal odia la luz, detesta la palabra de Dios que lo señala, la transforma o tuerce para su propia perdición. El que opera el mal tropieza con la Roca que es Cristo, se muestra ordenado para ese tropiezo, por lo cual detesta la verdad doctrinal y ama la mentira; en consecuencia, recibe el espíritu de estupor (insensibilidad, letargo, indiferencia, engaño) enviado de parte de Dios para que se termine de perder (2 Tesalonicenses 2:11-13).

    De lo dicho se demuestra que existe de parte de la mente carnal una enemistad manifiesta contra Dios, mente que no se puede sujetar a Dios. La gente camina en la vanidad de su intelecto, con el entendimiento entenebrecido, alienado de la vida de Dios gracias a la ignorancia que hay en ellos y en virtud de la ceguera de su corazón. Parece ser que una característica muy nombrada que distingue a esta gente caída es la lascivia. La lujuria exacerbada pasa a ser el tema de conversación permanente entre ricos y pobres, cultos e ignorantes, hombres y mujeres. La mente carnal agradece y recibe la lascivia como un ungüento que la aceita y le acelera sus pensamientos para que se exciten sus sentidos con las pasiones vergonzosas.

    La lascivia viene a ser un lugar común del hombre caído, del cual el creyente no queda excepto si se reúne con los que odian a Dios. Existe una contaminación inmediata cuando se oye una expresión de lujuria, sea en juego o en referencia directa a una actividad carnal que alguien esté contando. Hemos de huir de la pasión desenfrenada, así como tenemos que reprender esas obras tenebrosas del alma humana contaminada por los delitos y penados.

    Los creyentes somos luz en el mundo, por lo cual hemos de caminar como hijos de luz. Caminar en oscuridad implica decir malas palabras, vulgaridades, hablar banalidades, expresarse con maledicencias, tener conversaciones que giran en torno al pesimismo (pensamiento negativo), a la falta de fe en el Señor que nos hace más que vencedores. Cada vez que alguien comete pecado se convierte en un esclavo del pecado, así que como creyentes nos vemos en esa lucha contra la carne. Pablo descubrió una ley en sus miembros que lo llevaba cautivo al pecado. Esto habla de cada persona que ha nacido de nuevo, que aunque ya no posee el corazón descrito por Jeremías (totalmente perverso), y aunque tenga el corazón nuevo y de carne descrito por Ezequiel, continúa sometido al cuerpo de muerte que lo lleva cautivo al pecado. Esto hace miserable al creyente, el que ahora tiene conciencia del mal, el que odia el pecado pero sigue pecando, al hacer el mal que odia hacer y al dejar de hacer lo bueno que desea hacer (Romanos 7).

    Hay gente que sin duda es hija del diablo, que tiene anhelo de cumplir sus deseos. Son hijos del que ha sido homicida desde el principio, el que jamás ha vivido en la verdad. Ese diablo habla mentiras de sí mismo, se ha definido como un homicida de las almas de los seres humanos (Juan 8:44). Recordemos que nosotros éramos, en otro tiempo, insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, vivíamos en malicia y envidia, éramos aborrecibles y nos aborrecíamos unos a otros (Tito 3:3). Pero en nosotros se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, quien nos salvó no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia.

    El Señor operó en nosotros la regeneración, el lavamiento de esa regeneración, por medio de la renovación en el Espíritu Santo, derramado en nosotros en forma abundante. Ahora estamos justificados por su gracia, para heredar con esperanza la vida eterna. Los que creemos en Dios debemos ocuparnos de las buenas obras (Tito 3:6), cosas buenas y útiles para los seres humanos. Fuimos escogidos y no solamente llamados (Mateo 22:14), no conforme a nuestras obras sino por el que llama, a fin de que nadie se jacte en su presencia.

    Quiso Dios Jehová quebrantar a su Hijo, sujetándolo a padecimiento. Ese Cordero puso su vida por el pecado de su pueblo, para ver su linaje escogido, para que prosperara la voluntad de Jehová en sus manos. Ese Señor ha quedado satisfecho al ver el fruto de la aflicción de su alma, por lo que por su conocimiento él (el siervo justo) justificará a muchos, por llevar las iniquidades de ese pueblo que Dios le dio. Su nombre es Jesús, que en arameo significa Jehová salva, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

    La Biblia sigue siendo muy explícita, pero el ser humano continúa a tientas y en oscuras. El hombre ha sido cegado por la serpiente antigua, sus ojos tienen escarchas y no puede ver el camino que es Cristo. Sin embargo, aquellas ovejas señaladas como tales seguirán al buen pastor, una vez que él las llame con llamamiento eficaz, para no irse más nunca tras el extraño (Juan 10:1-5, 26).

    Jesús es el pan de vida, el que de él come no tendrá jamás hambre, el que en él cree no tendrá sed jamás. Pero muchos que lo veían, pese a que se beneficiaron del milagro de los panes y los peces, no creían en él, a pesar de ser sus discípulos. La razón de lo expuesto en las Escrituras (en Juan capítulo 6) se debe a que el Padre es quien envía hacia el Hijo todos aquellos que salvará definitivamente, de acuerdo a esa voluntad inquebrantable de Dios. La iglesia del Señor fue comprada con sangre, por eso el mundo nos odia porque el mundo no fue comprado.

    El mundo entero está bajo el maligno, como lo estuvo Caín que era del maligno. Caín mata a su hermano sin que mediara ninguna condición sociológica propia del crimen, sino solamente por una razón teológica. Entendió Caín que Abel había sido el mirado con gracia de parte del Señor, sintió rechazo ante esa dádiva divina para su hermano por lo cual se convirtió en el primer asesino de la historia. El odio espiritual se exhibe como ceguera, una razón para que los hijos de Dios velemos y oremos para buscar la protección del Señor contra esas personas inicuas que por naturaleza buscan hacernos daño.

    César Paredes

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  • SIN PLACER EN LA MALDAD

    Jehová afirma que Él no tiene placer en la maldad, tampoco se agrada de los insensatos. Él aborrece a todos los que hacen iniquidad. La Biblia nos asegura del amor de Dios por sus escogidos, a quienes tomó siendo sus enemigos, a pesar de nuestra muerte en delitos y pecados. Esa es la razón por la cual le amamos a Él, dado que nos amó primero. No hubo algo digno en nosotros para que nos tomase en cuenta, de la misma masa de barro formó vasos de honra y vasos de deshonra. De esa manera, la Escritura enfatiza en el hecho de que Dios ama y odia, pero lo hace en personas separadas.

    Dios amó a Jeremías y le prolongó su misericordia, por cuanto el amor de Jehová se considera eterno. Odió a Esaú, sin que tuviese que mirar en sus malas o buenas obras, así como amó a Jacob no tomando en cuenta lo que hacía. Por supuesto, un Dios que odia la iniquidad no puede soportar al inicuo a su lado. Sin embargo, pese a no haber visto nada bueno en sus escogidos, los apartó en Cristo para dárselos como un legado, como el fruto del trabajo que haría. Cuando el Señor expiraba en la cruz pronunció una sentencia definitiva: Consumado es. ¿Qué era aquello que había terminado en forma perfecta?

    Se trataba del trabajo encomendado, salvar a todos los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la incorruptible palabra de aquellos primeros creyentes (apóstoles). De ellos se había perdido uno solo, pero tuvo que suceder por causa de la Escritura. Jesús fue enfático cuando oraba, habiendo dejado en forma explícita que no rogaba por el mundo. Ese mundo por el cual Cristo no rogó la noche previa a su crucifixión no era el mundo amado por el Padre, de acuerdo a lo que le había mostrado a Nicodemo. Así que en las propias palabras de Jesús vemos dos tipos de mundos: 1) el amado por el Padre (Juan 3:16), el cual incluía a judíos y gentiles, asunto que sorprendió al maestro de la ley que suponía que solamente los judíos serían los amados por Dios, 2) el no amado por el Padre, por el cual Jesucristo no iba a morir (Juan 17:9).

    Ese mundo por el cual Cristo no rogó engloba a Esaú, al Faraón de Egipto, a los que no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo, a los que adorarán a la bestia y se admirarán de su poder. Son los mismos que fueron ordenados para tropezar en la Roca que es Cristo, llamados también réprobos en cuanto a fe. A este grupo Dios odia de todo corazón, habiéndolos catalogado como hacedores de iniquidad. Por esa razón la Biblia nos dice que Dios está airado contra el impío todos los días.

    El odio de Dios por los impíos presupone por igual su odio por la impiedad. El acto inicuo de torcer las Escrituras para hacerla decir lo que ellas no pretenden, se considera una acción de iniquidad suprema. Hay maldición explícita para los que tal hacen, como las palabras de Jesús en el Apocalipsis: les serán añadidas las plagas de ese libro, por ejemplo. Pedro nos dice que quienes tuercen la palabra revelada se pierden, labrando para ellos mismos su extravío. Pablo maldice a los que son portadores o participantes de cualquier falso evangelio. A esta gente les cae el espíritu de estupor profetizado, por no amar la verdad sino entretenerse con la mentira.

    Mucho furor causa hablar del odio de Dios por algunas personas, molestias sin fin. En las mal llamadas iglesias, mejor denominadas Sinagogas de Satanás, como lo hace Juan en el Apocalipsis, se cierran las puertas a cualquiera que ose afirmar que Dios odia a alguien en particular. Todos se vuelcan a decir que Dios odia el pecado pero ama al pecador. Y ciertamente Dios ama al pecador (impío) que va a redimir, el que ha escogido desde antes de la fundación del mundo para entregárselo a su Hijo (Efesios 1:4,5,11). Pero a los vasos de ira preparados para hacer notorio su poder y justicia Dios odia, no los va a estar recordando con tristeza por el hecho de que vayan al infierno de eterna condenación.

    La Vulgata Latina lo expresa muy claramente, en especial para los que somos de habla hispana. Dice el Salmo 5:7 de la siguiente manera: Odisti omnes operantes iniquitatem. (Odias a todos los que hacen iniquidad). El verso 7 de la Vulgata tiene la numeración del 6 en la Reina Valera, vemos el sentido original del texto que ha sido traducido poco a poco de manera distinta. Dios odia a los que operan iniquidad, no dice que ama menos, que los ama a pesar de todo; no, dice que Jehová tiene odio por ciertas personas. Nosotros, los que hemos sido redimidos, fuimos hijos de la ira lo mismo que los demás, cuando estuvimos en la esclavitud de las tinieblas. Sin embargo, Dios nos tuvo ira pero nos amaba con amor eterno.

    El Hijo de Dios estuvo en la cruz pagando la condena de su pueblo; el Padre nunca lo odió, pero le mostró su ira por el pecado, lo castigó exhaustivamente, hasta el punto de abandonarlo, de acuerdo a la oración del Señor en la cruz. Dios va a destruir a los que hablan mentira, dice el texto del Salmo 5; fijémonos que los que tuercen las Escrituras dicen mentiras respecto de ella. Aquellas personas que niegan el infierno de fuego, porque les parece muy tortuoso, poco digno de un Dios de amor, tuercen las Escrituras (hablan mentiras contra Cristo, quien habló con énfasis sobre el tema). Los que universalizan la expiación del Señor, para hacerla más democrática y apetecible a las masas, tuercen las Escrituras porque ellas hablan de Jesús que moriría por todos los pecados de su pueblo. Los que dicen que el evangelio es una oferta de salvación abierta al mundo que lo desee, mienten contra la Biblia que asegura que nadie puede venir a Cristo si el Padre no lo envía. Los que aseguran que una vez que el redimido peca pierde la salvación, hablan mentira contra la Escritura que nos brinda la certeza de que Cristo no echará fuera a ninguno que el Padre le haya enviado.

    Aquellas personas que proponen que pueden militar en un evangelio diferente por un tiempo, aún después de haber creído de verdad en el evangelio de Cristo, hacen al Señor mentiroso cuando aseguró que ni una sola de sus ovejas se iría tras el extraño. Cuando la Biblia habla de salvación por gracia y no por obras, lo dice para que nadie pueda gloriarse de sí mismo. Pero hay muchos falsos creyentes que dan certeza de creer por cuenta propia, diciendo que ellos decidieron tal día a tal hora, que ellos le pidieron al Señor que los inscribiera en el libro de la vida. Tal vez, dicen ellos, el Señor los anotó desde antes de la fundación del mundo porque vio que ellos iban a creer. Por otro lado, existen los llamados cristianos que tienen comunión con los que se apartan de la doctrina de Cristo, diciéndoles bienvenidos a sus vidas en forma espiritual. Ellos comparten la misma fe, por cuanto ninguno de ellos ha creído en realidad en el verdadero evangelio del Señor.

    La doctrina de Cristo nos viene como parte del conocimiento del siervo justo que justificará a muchos. Ocuparse de la doctrina sirve a muchos, nos ayuda en el cultivo de nuestra salvación, viene como fruto obligado de poseer la verdad y del habitar del Espíritu en nuestras vidas. La doctrina no opera como un prerrequisito de salvación, porque eso sería salvación por obras de conocimiento, pero viene como inevitable consecuencia de la redención. No deja Dios en la ignorancia a su pueblo escogido, una vez que lo ha llamado en forma eficaz. El Espíritu nos lleva a toda verdad, no nos conduce de mentira en mentira para finalmente llevarnos al cielo.

    César Paredes

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  • JUAN SE MOVIÓ EN EL VIENTRE

    Elizabet era la madre de Juan el Bautista, esposa de Zacarías. Su criatura saltó en su vientre tan pronto como María embarazada la visita y saluda, por lo que la madre de Juan dijo: ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre… María respondió: Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues de aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones (Lucas 1:39-48).

    El Poderoso Dios hizo misericordia de generación en generación, esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones, quitó de los tronos a los poderosos, exaltó a los humildes. Entretanto, Elizabet da a luz y a los ocho días van a circuncidar al niño; le colocan el nombre de Juan, con el asentimiento de su padre Zacarías, quien estuvo mudo por un tiempo como reprimenda por su incredulidad, pensando que su mujer estaba muy anciana para concebir de acuerdo a las palabras del ángel (Lucas 1:21-24). Esto le aconteció a Zacarías en el oficio de su sacerdocio.

    Gabriel, el ángel, que visitó tanto a Zacarías como a María, le dijo a esta última: Porque nada hay imposible para Dios (Lucas 1:37). Esa es la firma de Jehová, el que es, el que hace posible todas las cosas. Los demás existimos por su causa, para su propósito eterno, en virtud de su voluntad inquebrantable, gracias a su soberanía absoluta. La alegría de Juan en el vientre de su madre se debió a que reconoció a su Señor, el Jesús que habría de nacer del vientre de María. La gran pregunta de muchos se abre ahora: ¿Puede un feto sentir y conocer a una persona determinada? Lo que se desprende de la Escritura es una afirmación rotunda.

    De hecho, hoy día, la neurociencia nos aporta datos de la formación fetal y de cómo esa persona por nacer (nasciturus) oye, piensa, percibe, de tal forma que la madre y su entorno físico, social, biológico, puede ayudar en gran manera a su cerebro. Pero más allá de lo que la ciencia aporte, el relato bíblico nos habla del poder de Dios: ¿Habrá algo que sea difícil para mí? (Jeremías 32:27), dicho por el Dios de toda carne. Si Dios le dio entendimiento a Juan el Bautista, aún siendo un feto, nos indica de su voluntad inquebrantable para cumplir sus objetivos. Él redime a quien quiere redimir, pero lo hace por su palabra, por el evangelio (las buenas nuevas de salvación). Ese evangelio continúa siendo el poder de Dios para salvación de los creyentes, de acuerdo también a las afirmaciones de María y de Elizabet en sus momentos recogidos en las Escrituras. Alababan al Señor y daban gracias por su presencia en sus vidas. El Espíritu Santo hizo posible el embarazo de María, quien no había conocido varón; al igual el Espíritu procuró por igual que Juan brincara en el vientre de su madre gracias a la alegría por la presencia del Señor en el vientre de María.

    María reconoció la bajeza que poseía como cualquier otra pecadora, porque Dios miró hacia la tierra y vio que todos se habían apartado, que no existía justo ni aún uno. María llamó a su hijo Señor y Salvador, porque estuvo perdida (como todo pecador) pero fue encontrada por el Señor que perdona y salva. Entonces, lo que Roma ha reclamado como doctrina no es otra cosa que su propio sofisma: una María sin pecado concebida. Con esa lógica, si seguimos sus aristas, llegaremos a una genealogía sin pecado concebida, dado que para que la madre de María la hubiese concebido sin pecado también la abuela de María y sus demás predecesores usufructarían igual concepción.

    Otro episodio interesante se da en el primer milagro del Señor: la conversión del agua en vino. María pedía a Jesús que hiciera algo porque el vino se había terminado. La respuesta del Señor fue contundente: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora (Juan 2:4). Otras versiones colocan: ¿Qué tengo yo contigo, mujer?, aunque en ambos casos se refleja el carácter independiente de Jesús frente a María, quien a pesar de respetarla no asumió su petición como si fuese una orden de alguien superior. Así que mucho cuidado con aquellos que pretenden nombrarla corredentora, intercesora ante el Señor en favor del pueblo. Desde un principio la Escritura nos advierte que Jesús no tiene nada con María, en cuanto a concederle favores por causa de haber sido la mamá en esta tierra, sino que él es su Mediador entre Dios y ella, como Mediador es entre Dios y los hombres pecadores.

    El diablo desea parecerse a Dios, como príncipe de las tinieblas se transforma a sí mismo en un ángel de luz, pero sigue siendo un Anticristo (alguien en lugar de Cristo y al mismo tiempo contra Cristo). La Gran Ramera mencionada en el Apocalipsis representa una sinagoga de Satanás, alguien que orquesta adulterio espiritual con toda la tierra (las muchas aguas en las que está asentada). El texto que nos habla de Juan el Bautista contento porque el Señor estaba cerca, nos dicta una cátedra en cuanto al que está por nacer. Es un ser humano, no un embrión inconsciente, no un pedazo de carne netamente biológica sino una persona. Lo mismo dejó dicho el Salmista: Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas (Salmo 139:16).

    Los ojos del Señor ven el embrión no como una masa de carne impersonal sino como un conjunto de elementos que constituyen una persona. Esto debiera frenar la práctica del aborto y tenerla como el asesinato de una persona.

    Decía el existencialista francés, Jean Paul Sartre, cuando se refería a la variedad de vida en el planeta tierra: Oh, cuántas formas inútiles de vida. Esta existencia nuestra es un rayo de luz en medio de dos eternidades de tinieblas. Por su parte, Nietzsche habla de un nihilismo pasivo: Como decadencia y retroceso del poder del espíritu. Asegura que la humanidad ha matado a Dios, que los seres humanos somos una cabuya sobre un abismo. Su desespero lo muestra alejado de su formación religiosa primaria, apartado por completo de la reconciliación con Dios. En síntesis, una buena parte de la filosofía humana nos dice que no sabemos por qué razón estamos en este planeta, que inquirirlo no nos da ventaja, que saber hacia dónde vamos resulta inútil. Somos solamente átomos, para qué angustiarnos por nosotros mismos si lo que nos rodea son millones de millones de átomos.

    El que Juan se moviera en el vientre de su madre desdice todo este argumento del nihilismo y del desespero. Por supuesto, esto toca el terreno de la fe para lo cual el hombre natural no se siente preparado. A él le parece una locura todas las cosas relativas al Espíritu de Dios, porque han de ser discernidas espiritualmente. Como la falsamente llamada ciencia arropa a la humanidad con sus medios de información, con la invasión de textos escolares, con la enseñanza universitaria, una gran parte de los que profesan el cristianismo como religión han asumido la hipótesis de la evolución, lo que nos sumerge por igual en una especie de seres sometidos al azar con un Dios mecanicista que se olvidó de nosotros. Dejó sus leyes naturales y nosotros apenas podemos vislumbrarlo con dudas bíblicas por causa de la disparidad entre el libro de la ciencia (falsamente llamada) y el libro de Dios.

    Juan moviéndose en el vientre de su madre, frente al Señor que estaba en el vientre de María, nos sigue hablando a los creyentes. Hay vida en el feto, hay personalidad en el feto, para tener cuidado con el aborto o asesinato de una persona. Nos habla también sobre los niños que el Espíritu Santo toca con la información debida para que reconozcan al Señor como Salvador de nuestras almas. Pero también nos dice que no todos los niños son tocados desde ese momento para que vayan a Cristo, así que de nuevo Dios en su soberanía da su evangelio a quien quiere dárselo.

    César Paredes

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  • LA FUNDACIÓN DE DIOS

    Los constructores de edificaciones del Medio Oriente tenían en mente la piedra del ángulo. Esa roca resultaba de gran relevancia cuando su construcción arqueada lo exigía. Consistía en la piedra central del arco, la que si se quitaba después de consolidado el edificio lo haría venir abajo. En otros contextos de ingeniería, también se estila la colocación de la piedra angular como la primera roca que marca el inicio de la edificación. Son variadas las maneras de su concepción, pero en todas destaca su utilidad y su primacía.

    Jesucristo ha venido a ser la piedra angular, la que muchos edificadores desecharon. Ha sido descrito como una roca que aplasta a quien ella le cae, pero quien cayere sobre ella será quebrantado (Mateo 21:44). Habrá esperanza para quien caiga en ella como la única salida para su alma, pero los que desprecian esa roca rechazan su utilidad. La Escritura ha dicho en forma explícita: El fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos (2 Timoteo 2:19).

    A Jeremías lo conoció el Señor por lo cual le dijo que lo había amado con amor eterno. A Jacob también Dios lo conoció, habiéndolo amado desde antes de ser concebido. Eso ha hecho con cada uno de los elegidos, aquellas personas que fueron su deleite desde que los destinó para ser objetos de su gracia y favor eterno. Jesús vino por las ovejas perdidas, no por las cabras que serán echadas fuera. Jesús aseguró que todo aquel a quien el Padre le envíe vendrá a él, y jamás será echado fuera.

    Aquella piedra angular, aquel fundamento sobre el cual debemos edificar, tiene un sello distintivo: el conocimiento del Señor de los que le pertenecen. Ese fundamento inamovible que es Jesucristo impide que los que le pertenecen sean removidos de la Roca. Están guardados en sus manos y en las de su Padre, con otro sello interno: el Espíritu Santo como garantía de la redención final. Esa exaltación nos debe motivar a la felicidad permanente, ya que ni la muerte, ni la vida, ni ninguna cosa creada, nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús.

    Los otros, aquellos que no poseen este sello tendrán que soportar cuando esa roca les caiga encima. Por ahora andan con desdén, nos miran con desprecio, como si ellos fueran algo muy importante y nosotros no fuésemos nadie. En realidad, lo necio del mundo escogió Dios para deshacer a lo que es, lo despreciado del mundo eligió el Señor como su pueblo. Además, todo se hizo por gracia para que nadie tenga de qué gloriarse, excepto en la cruz de Cristo.

    El que Dios nos haya conocido desde antes de la fundación del mundo sugiere un amor especial para nosotros. No pudo ver nada bueno o agradable, ya que por naturaleza éramos hijos de la ira, lo mismo que los demás. Por otro lado, estuvimos muertos en delitos y pecados, nos llamó cuando éramos sus enemigos, habiéndonos nosotros apartado con desprecio hacia nuestro Creador. Así que Dios no pudo ver santidad en ninguno de sus elegidos, ni soslayar si había algún interés de nuestra parte. Cada uno de nosotros andaba apartado por su camino, en injusticias, como airados con el Todopoderoso.

    Pero Dios nos escogió y nos selló: ese sello es su conocimiento de que le pertenecemos. Dado que Dios hace justicia, castigó en su Hijo todos los pecados de todo su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21). Esa razón nos basta para vivir confiados en que no recibiremos la pena eterna, ya que el Hijo logró que el Padre se amistara con nosotros. De ese modo Jesucristo ha sido llamado nuestra pascua, la justicia de Dios. Como consecuencia lógica de lo que hizo el Señor en la cruz, cada redimido cree el Evangelio de Cristo. El Espíritu que nos ha resucitado hace que vayamos a toda verdad, nos recuerda las palabras del Señor que no son otra cosa sino el compendio de su doctrina.

    De allí que ninguna de las ovejas que siguen al buen pastor podrá irse tras doctrinas extrañas (Juan 10:1-5). Los que nunca creerán este evangelio son aquellas personas por las cuales Jesús no rogó la noche previa a su crucifixión (Juan 17:9). Cuando uno predica el evangelio del Señor, tal cómo está en las Escrituras, se cumple el propósito del Altísimo: rescatar a las ovejas perdidas y generar mayor condenación en los que no creerán jamás. Por supuesto, muchos resultan ofendidos con este evangelio, como resultaron con gran ofensa aquellos discípulos reseñados en Juan 6 (cuando el Señor les habló de la predestinación que el Padre había hecho).

    Rebelión y salvación son excluyentes, dos consecuencias del pecado (uno ya pagado en la cruz y otro jamás cancelado). La vida espiritual acarreada por el evangelio nos garantiza el entendimiento de esta única vía para la reconciliación con Dios. Los que se endurecen como consecuencia de la palabra predicada dan prueba de su obstinación. Cada persona que ha sido redimida, habiendo creído genera un agradable olor para Dios, por causa de Jesucristo (esto es en nosotros los redimidos). Nosotros generamos un olor de vida para vida, pero en los que se pierden también somos un grato olor mas olor de muerte para muerte (2 Corintios 2:15-16).

    La palabra de Dios condena a los irredentos, de manera que esa palabra que anunciamos genera por igual agradable olor para Dios. Poco importa que sea un olor de muerte para muerte, sigue siendo agradable al Señor por cuanto es su palabra la que ha salido y no volverá vacía. Ella cumplirá con el propósito del envío. De todas maneras, cada persona en la tierra, en cualquier época, ha tenido la información que Dios ha querido darle: por medio de la obra de la creación y por la conciencia que Dios ha instalado en los corazones de los humanos.

    La muerte de Cristo muchas veces es rechazada y despreciada por los mortales humanos, de manera que genera en ellos condenación. Sin embargo, en los ordenados para vida eterna, esa muerte de Cristo es aceptada como el más precioso don. Por esa vía obtenemos vida espiritual, riquezas celestiales, posicionamiento como herederos de Dios. Nosotros vivimos por fe (Romanos 1:17), con la cual no nos avergonzamos del evangelio, el poder de Dios para salvación.

    Ahora bien, ¿quién es suficiente para comprender este doble efecto del evangelio? Solamente el Dios soberano, en virtud de su voluntad suprema agradable y perfecta. En unos permanece escondido el evangelio pero en otros les es manifestado con simplicidad. Ninguna persona puede ser capaz para hacer exitosa la prédica del evangelio de Cristo, ya que solo Dios da el crecimiento. Pablo argumenta de inmediato que muchas personas predican un evangelio falso, como intentando decir que Dios quiere que todo el mundo sea salvo. Fijémonos en que el apóstol insiste en que los que medran o corrompen el evangelio aseguran con palabrerías y sofismas que Cristo murió por todos, sin excepción. De esa manera se garantizaría una salvación universal, pero que en definitiva quedaría sujeta al mitológico libre albedrío humano.

    Estos falsos predicadores mezclan el vino con agua, para hacer ganancias deshonestas. Ya la Escritura lo ha dicho: somos grato olor para Dios en Cristo, en los que se salvan y en los que se pierden. En unos, olor de vida para vida; en otros, olor de muerte para muerte. Esto deja explícita la voluntad divina en relación a la redención y a la condenación. Por eso la pregunta del apóstol: ¿Para esto quién es suficiente? Recordemos que aún la fe es un don de Dios (Efesios 2:8), que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), que sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). Los que obedecen al llamado de Dios y creen el evangelio, deberían agradecer siempre al Señor por haberlos hecho creer.

    César Paredes

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  • EN JEHOVÁ ESTÁ LA JUSTICIA Y LA FUERZA

    Tenemos completa rectitud en Él, por cuanto un valor espiritual que se comparte no lo hace más débil. Esa justicia se nos ha otorgado de gracia y para permanencia, como un regalo eterno a las ovejas de su prado. Jesucristo vino como nuestra pascua, ya que por su trabajo en la cruz el Padre pasó por alto el castigo en nosotros. La ira de Dios fue descargada en el Hijo, el que se hizo pecado por causa de su pueblo, de tal forma que no temamos más porque nuestro llamamiento ha sido eficaz. El mundo por el cual Jesús no rogó la noche antes de su crucifixión no goza de la redención provista, solamente su pueblo fue el objeto de su vida y muerte (Mateo 1:21; Juan 17:9).

    La salvación por obras nadie la puede alcanzar, así que su opuesto absoluto viene a ser la gracia. La fe nos es dada como algo útil, como una providencia para asir la gracia que nos ha sido otorgada; más bien la gracia nos trae la fe como instrumento de salvación (Efesios 2:8). Los que procuran por obra entrar al santuario sacrifican contra la sangre del Hijo, contra la gloria que Dios le dio. Ellos serán avergonzados, ya que serán convencidos de su imposibilidad y falta de atino. Los ídolos confundirán a los que buscan obra para ayudar a la gracia, como si la una no se opusiera a la otra. Si por obras, la gracia ya no sería gracia.

    El Israel de Dios (judíos y gentiles) será justificado en la justicia alcanzada por el Hijo de Dios. Cristo nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención (1 Corintios 1:30). ¿De qué hemos de gloriarnos, sino del Señor? Tantos como hemos recibido a Cristo hemos llegado a poseer el derecho de ser hijos de Dios, por ser creyentes en su nombre. ¿Quiénes somos esas personas? Los que hemos nacido de la voluntad de Dios y no de voluntad humana. Los asuntos religiosos son encantadores y pueden confundir a muchas personas, para que piensen que el oficio de los rituales agrega capacidad.

    La Biblia insiste en que no podemos añadir nada más al trabajo completo que Jesucristo realizó en la cruz. El que oye la palabra de Cristo y cree al que lo envió, tiene vida eterna y no vendrá a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida. El trabajo de Dios es que usted llegue a creer en aquel que Él ha enviado (Juan 6:29). Por las obras de la ley (de hacer y no hacer) ninguna carne será justificada, porque por medio de la ley viene el conocimiento del pecado. En cambio, la justicia de Dios se ha revelado a nosotros, por medio de la fe en Jesucristo.

    Todo e mundo ha pecado y por ello quedó destituido de la gloria de Dios, de manera que solamente podemos ser justificados por medio de la gracia. Dios es justo y justifica al que es de la fe de Jesús (Romanos 3:26). Estamos bajo la ley de la fe (Romanos 3:27) pero sabemos que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), sino que ella es un don de Dios (Efesios 2:8). La Biblia agrega que sin fe resulta imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). Incluso Agraham creyó a Dios y le fue contado por justicia (Romanos 4:3), de manera que no tuvo en qué gloriarse sino en el Señor.

    La Biblia dice que el ser humano ha muerto en sus delitos y pecados, que la paga del pecado es la muerte, pero añade que el regalo de Dios consiste en la vida eterna en Cristo Jesús. Dios da vida a los muertos y llama las cosas que no son, como si fuesen (Romanos 4:17). Abraham creyó contra toda esperanza, pero lo hizo con la esperanza de que llegaría a ser padre de muchas naciones. Abraham no tuvo ningún tipo de debilidad en la fe que Dios le otorgó, por lo que se sobrepuso a los hechos (como el de su viejo cuerpo y el de Sara su mujer). De esa manera su fe no solo le fue contada por justicia, sino que le permitió llegar a ser padre de multitudes. Se le llama el padre de la fe.

    La fe no puede ser creada por la voluntad humana, de manera que no podemos ponerle fe a las cosas para que sucedan. Más bien la fe viene como un regalo divino, la esperanza y certeza de aquello que Dios nos ha prometido, de que acontecerá de la manera como Él lo dijo. Dios cumple lo que promete porque le acompañan el poder absoluto de su soberanía y la fidelidad que lo distingue. Habiendo creído que Dios levantó a Cristo de entre los muertos, que lo entregó por nuestras culpas y pecados, hemos sido justificados por la fe y hemos alcanzado paz para con Dios.

    Estas declaraciones bíblicas nos conducen a otros textos de la Escritura que anuncian el mecanismo de salvación. No depende de aquel que quiera o corra sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla (Romanos 9:16). En el contexto desarrollado por Pablo cuando escribe a los romanos, vemos que habla de la elección. Las acciones de la vida del hombre no han motivado a Dios a elegir a quien ha elegido, más bien de la misma masa de barro configuró vasos de honra y vasos de deshonra. Sin mirar en las obras buenas o malas de la humanidad, amó a Jacob pero odió a Esaú. Lo que ellos hicieron después de la elección lo hicieron como consecuencia de esa elección.

    El objetor se levanta de inmediato para disputar con Dios y le reclama por la tremenda injusticia cometida contra Esaú. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? ¿Será Dios injusto? Pablo responde de inmediato: En ninguna manera, mas antes oh hombre ¿quién eres tú para que alterques con tu Hacedor? ¿No tiene potestad el Alfarero para hacer con su barro lo que quiera? En síntesis, los que disputan con Dios sostienen su injusticia porque la gracia no fue dada a todos por igual, pero para calmar sus ánimos se han inventado una teología universalista, que habla de Dios como más bueno si Jesucristo murió por todos, sin excepción. No se dan cuenta de que de esta manera la obra humana sería la ganadora ante la gracia: la decisión humana se apropiaría de la salvación y la mala decisión humana condenaría al hombre por la eternidad.

    Pero si es por obras, la gracia ya no sería gracia; y si es por gracia, la obra ya no sería obra (Romanos 11: 6). Ningún hombre es justificado por las obras de la ley (del hacer o del no hacer), sino por la fe en Jesucristo. Faraón fue levantado con la dureza de su corazón que Dios le dio, para exhibir la justicia divina en toda la tierra. De la misma manera Dios puede endurecer cualquier corazón en esta tierra, para que el castigo por el pecado le otorgue más gloria. Dios sigue siendo soberano y eternamente justo, así que sirva toda esta lección de la Biblia para humillar nuestras almas ante aquel que es poderoso para salvar a quien Él quiere salvar o para condenar a quien tenga a bien condenarlo. Lo que también resulta cierto es que nadie podrá jactarse en la presencia del Altísimo y alegar su inocencia.

    César Paredes

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  • TRANSGRESORES DE LA DOCTRINA

    Cuando Dios llama de manera eficaz a uno de sus elegidos para vida eterna, no lo hace a expensas de su justicia o de la ignorancia del evangelio. De su justicia por cuanto ya Cristo pagó por esos pecados de su pueblo (sus elegidos, los hijos que Dios le dio, el fruto de su aflicción, su linaje), de la ignorancia porque por el conocimiento del siervo justo éste justificará a muchos. Ocúpate de la doctrina, le aconsejó Pablo a Timoteo, en tanto Jesús expresaba que venía a enseñar la doctrina de su Padre. ¿De dónde ha salido esa farsa acerca de que es más importante el corazón que el intelecto?

    Si Jesucristo fue descrito como el Logos (Juan 1:1), se sobreentiende que sus planteamientos fueron lógicos y que si, en consecuencia, tenemos la mente de Cristo, deberíamos pensar como él. El que una persona no sepa leer ni escribir no implica que no sepa razonar. El silogismo viene a ser una forma natural de razonamiento, de manera que no vale huir de la razón. Juan habla de los transgresores de la doctrina, los que no permanecen en la enseñanza de Cristo. Los acusa como los que no tienen a Dios y tampoco al Hijo. ¿Tendrán al Espíritu Santo? Desde luego que no, por cuanto no son de Cristo.

    Pero el apóstol agrega que el que reciba en su casa a cualquiera que no traiga la doctrina de Cristo se hace partícipe de sus plagas. Por supuesto, habla de aquellos que llamándose creyentes le dicen bienvenido a cualquier transgresor de la doctrina del Señor. Decir bienvenido a alguien significa participar con esa persona como si fuese un hermano en Cristo (2 Juan 1:9-10). Pero existen muchos religiosos que no desean quedarse solos en el mundo, de manera que se hacen acompañar por cuanto hombre de religión anuncia que es cristiano. En realidad, son más ecuménicos de lo que aparentan ser.

    Participar de sus malas obras implica recibir al príncipe de las potestades del aire, ya que la Escritura no da espacio para un término medio. O se es de Dios o se es de Satanás, o se comulga con la doctrina de Cristo o se participa de la doctrina de Satanás. Tanto se dice esto que Pablo habla abiertamente contra los ídolos. No tiene piedad alguna para aquellos que confeccionan ídolos, él sostiene que cualquier sacrifico que se le haga a un ídolo significa que se sacrifica a los demonios. Así de simple, no dejó el apóstol lugar para un ídolo vacío de significación, como si fuese una inocente obra de arte cualquiera.

    El que pervierte la doctrina de Cristo, o que la transforma negando alguno de sus puntos, no tiene comunión con el Padre Eterno sino con el padre de la mentira, llamado diablo o Satanás. Aquellos que niegan el infierno donde el fuego no se extingue ni el gusano muere, niegan parte de la doctrina de Cristo; los que niegan que Jesús murió en exclusiva por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21), desdicen de la doctrina de Cristo y se aferran a la enseñanza del diablo. Los que por igual niegan que Jesús es el único Mediador entre Dios y los hombres, asumen la mentira del diablo cuando sugiere que existen otros mediadores llamados santos o María su madre. Los que dudan de la encarnación de Dios, como los gnósticos que sostienen que un espíritu puro no puede habitar un cuerpo mortal, se sujetan a la doctrina del pozo del abismo. Los que dudan en cuanto a la resurrección de Jesús el Cristo también secundan la mentira del diablo, de manera que se convierten en transgresores de la doctrina del Señor.

    Muchas y variadas son la formas de transgredir las enseñanzas del Señor. Quizás la más común y considerada por los mentirosos como la menos nociva, o la más engañadora, sea la que sugiere el amor universal del Padre por todos los seres humanos. Ese amor enorme porque proviene de un Ser Eterno tiene que cubrir lo suficiente a cada criatura humana, para hacer más justo al Dios que condena. No sería justo Dios si condenara a Esaú sin basarse en las malas obras del gemelo de Jacob. Por igual sostienen que aunque Jacob no merecía redención alguna, se la ganó en su lucha con Jehová a quien no dejaba hasta que no lo bendijera, que su deseo por comprar la primogenitura agradó a Dios de tal manera que lo eligió para vida eterna.

    Estos transgresores exponen con una lógica retorcida, pero falazmente convincente, que Dios miró en los corredores del tiempo y vio a un grupo de gente que le deseaba. De esa manera los eligió para salvación eterna; esta doctrina sigue siendo satánica, por cuanto niega lo que Dios vio al mirar a la tierra: una humanidad muerta en delitos y pecados, que no lo buscaba a Él, apartada cada cual por su camino y sin justicia alguna.

    Al mismo tiempo se sugiere en esa doctrina falsa que Dios vio lo que acontecería y se lo dictó a sus profetas. En ese contexto, aquello que afirma ser su palabra no sería más que un plagio hecho a partir de lo que vio en los corazones humanos; como si hubiese visto por igual que en cierto momento de la historia algunas personas desearan un Mesías y por esa razón se le ocurrió enviarles al Cristo. Ya lo hemos dicho en otras oportunidades, semejante Dios ha corrido con mucha suerte: 1) porque la humanidad tan voluble se mantuvo firme en sus deseos y planes; 2) porque pudo llevar a cabo su propósito surgido del corazón humano.

    Transgredir la doctrina de Cristo implica también negar el propósito eterno de Dios de tener al Cordero ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), antes de que Adán pecara pero no por si acaso pecara sino porque Adán tenía que pecar. Se transgrede la doctrina de Cristo, cuando se presume que alguien puede acusar eficazmente a los elegidos de Dios, cuando ellos están guardados en las manos del Padre y del Hijo. Se transgrede cuando se duda del poder de esas manos y se asume que el hombre puede escaparse como si fuese un grillo que salta de esa custodia hacia el peligro de un animal feroz.

    Se transgrede cuando se afirma que ni un Buda puede dañar a nadie, ya que el ídolo es nada (lo cual es una verdad a medias, porque aún siendo nada representa al demonio). Se transgrede cuando se afirma que Cristo no perdona pecados, sino solamente el Padre (negando a 1 Juan 1:1-9). Las formas de transgredir la doctrina de Cristo es muy extensa, cada creyente puede examinar esos caminos largos por donde la impiedad suele invitar. Pero lo importante de este análisis será el que nos aferremos como Timoteo hizo de acuerdo al consejo de Pablo.

    De nuevo, por el conocimiento del siervo justo éste justificará a muchos. No hay justificación sin evangelio, no existe evangelio sin comprensión, Jesús no puede ser un vocablo vacío o una palabra mágica para redimir almas. Jesús significa Jehová salva, pero ese nombre fue dado en alusión a que salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Nos toca creer, pero una vez habiendo creído el Señor nos hará entender de inmediato sus enseñanzas. Él no ama la ignorancia porque no quiere que perezcamos.

    César Paredes

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  • LA LUZ EN LAS TINIEBLAS (2 Corintios 4:3-6).

    El evangelio encubierto subyace en los que se pierden, en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos. De esa manera, la luz del evangelio de la gloria de Cristo no llega a resplandecerles, por lo cual en ellos no se cumple el que la luz en las tinieblas resplandece. El evangelio de los falsos maestros no lleva luz en las tinieblas, solamente resplandece en la religiosidad del individuo que sigue al maestro de mentiras. La gloria de Cristo resplandece como luz en medio de tinieblas, aclara y educa; resulta imposible que el iluminado renacido por el Espíritu y por la Palabra de Dios continúe en la penumbra de las falsas doctrinas.

    Saulo de Tarso nos viene como ejemplo, por cuanto perseguidor de la iglesia, habiendo participado con furia en el asesinato de Esteban (sosteniendo sus vestiduras y aceptando semejante crueldad) fue llamado de las tinieblas a la luz. Su conversión fue un solo acto, del error pasó a la verdad, sin que mediara un proceso de mentiras y medias verdades. Las verdades a medias no salvan a nadie, solamente hacen religiosa a la persona. Una verdad a medias puede brindar apariencia de piedad a quien en ella milite, pero el militante continuará en la oscuridad del dios de este siglo.

    Con Cristo manifestado en la carne, la ceremonia legal ha quedado relevada para que se predique el evangelio a judíos y gentiles. En ese sentido el evangelio no se le esconde a nadie, pero sabido resulta que no todos lo asumen ni lo aceptan. Por esa forma continúa escondido, como obra del enemigo de las almas que ha cegado el entendimiento de los incrédulos. El conocimiento salvador (el conocimiento del siervo justo de Isaías 53:11) permanece escondido de aquellos que se aferran a la incredulidad. Pero en los que la luz alumbra la condenación eterna desaparece, ya que la fe otorgada por Dios se convierte en un útil para la gracia salvadora. En otros habrá perdición eterna, en los cuales el evangelio permanece todavía escondido.

    La mente reprobada, la ceguera espiritual, la tiniebla judicial, aparecen como signos del extraviado que continúa en oscuridad. Ellos están como ciegos ante el sol, no lo pueden mirar y se afianzan en su impiedad como sostén. Satanás pasa a ser definido como el príncipe de este mundo (Juan 12:31), el ser influyente sobre lo peor que pueda concebir el alma humana. Si el mundo yace bajo el maligno, no se puede esperar sino malevolencia a granel de la voluntad de los hombres caídos en delitos y pecados. Lucifer tiene tal influencia en los moradores del mundo que llega a cegarles el entendimiento, para que permanezcan en incredulidad.

    La figura bíblica nos muestra los ojos de la mente. Satanás se encuentra tan metido en las mentes de las personas que gobierna hasta la capacidad de ver, por lo que no en vano Juan escribiera su advertencia contra los deseos de los ojos, de la carne y de la vanagloria de la vida (1 Juan 2:16). Satanás influye para que la gente se burle del evangelio, para ridiculizar a los que lo predicamos, para que nos señalen como menos inteligentes por creer en el Dios de las Escrituras. El diablo sabe que para él no hay evangelio posible, que su condena eterna le ha caído encima, que tiene poco tiempo antes de ser enviado a su morada. Por esa razón busca el engaño como una manera de satisfacer su ego, ya que ha sido catalogado como el padre de la mentira.

    Cristo es la suma y sustancia del Evangelio, por lo tanto de la luz que alumbra en medio de las tinieblas. Jesucristo viene a ser el gran sujeto del Evangelio, la imagen del Dios viviente. Una de las formas en que Satanás oscurece la mente de los que moran en la tierra es haciéndoles pensar en un evangelio diferente. En ese sentido se ha dicho que el maligno pervierte la doctrina de Cristo, abarata su gracia salvadora, la universaliza en un estado de generalización que hace pisotear la sangre del Hijo de Dios. Su abaratamiento del evangelio de Cristo continúa cegando a multitudes enteras, conformados solamente con tener la religión como engaño. Han caído en la trampa de las falsas doctrinas, apartándose de la simpleza con que se expresa la Escritura.

    Cuando las pasiones de la carne destruyen el alma, deshonran por igual el cuerpo, causando un gran daño al carácter de la persona víctima del error. Los deseos de los ojos conducen al individuo a la intemperancia (el ojo no se satisface con ver ni el oído con oír -Eclesiastés 1:8). No en vano el salmista clamó a Dios para que apartara sus ojos de la vanidad (Salmo 119:37). El oro, la plata, las posesiones, las riquezas y la lujuria, todo junto se hilvanan como vanidad para que el hombre desee y su corazón se incline a la carne antes que al Espíritu de Dios. Existe un amor particular hacia la fama, para tomar los primeros lugares de cualquier sitio, al encumbramiento, hoy día muy predicado por los habladores de la Nueva Era. Un llamado continuo a ser uno mismo, al auto amor, como si la autoestima fuese la solución a los problemas del alma. El Predicador de Eclesiastés nos lo dice, que no se abstuvo de nada y descubrió por igual que todo es vanidad y aflicción de espíritu. Ese conjunto de elementos reseñados por Juan en su Carta provienen del mundo. Los que no somos del mundo no debemos amar esas cosas, sino huir de ellas como se huye de la tentación.

    Una clara oposición se desprende del texto que nos habla de la luz en las tinieblas. Ya no solamente luz frente a oscuridad se contraponen, sino el Evangelio frente al otro evangelio considerado anatema, así como en carácter del verdadero Dios frente a la mala compostura de Satanás, en tanto dios o príncipe de este mundo. El Dios creador ordenó que fuera la luz y así se hizo, habiendo separado la luz de las tinieblas; ese mismo Dios a través del Hijo ha hecho resplandecer su luz ante las tinieblas de Satanás. Esto lo hace por medio del Evangelio de Cristo, junto a toda su doctrina, habiéndonos recomendado que conozcamos al siervo justo. De igual manera, el Hijo nos recordó lo dicho por los profetas: Que seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido iríamos a él (Juan 6:45).

    Vemos que ese conocimiento de Cristo entra en el incrédulo una vez que ha sido transformado o renacido por el Espíritu de Dios, de lo contrario siempre será una locura indiscernible. El hombre natural no puede discernir las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura y no puede entenderlas. Así que las tinieblas que ciegan al individuo incrédulo no lo dejan ver ni dónde está la medicina para su alma. Pero Dios que es soberano actúa con su poder para acercar a aquellas ovejas extraviadas que serán llamadas eficazmente para que sigan al buen pastor.

    Predicamos el evangelio de Cristo para que el hombre se arrepienta y crea ese evangelio, pero sabemos que continúa siendo una locura en los que cegados no pueden discernir el llamado de Dios. Sin embargo, en aquellos ordenados para vida eterna habrá arrepentimiento para perdón de pecados, de manera que creerán la verdad para ser libres y dejar de seguir de inmediato al extraño (Juan 10:1-5).

    César Paredes

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  • DIOS ES Y PROMETE

    El que se acerca a Dios necesita saber que Él es, al mismo tiempo sabrá que promete una gran recompensa. Con ese principio bíblico veamos quiénes pueden yacer cerca del Altísimo, sin que medie temor o vergüenza, bajo el manto de su gracia. La doctrina del evangelio contiene en su esencia la idea del Dios que es (Jehová, Yo soy el que soy), aquel que hace todas las cosas posibles. Una de sus propias definiciones desafía a la humanidad con la siguiente interrogante: ¿Habrá algo que sea difícil para mí?

    Los antiguos griegos erigieron un monumento al Dios no conocido, porque para ellos tan sumergidos en su politeísmo les era natural que hubiese alguna otra divinidad que no conocieran. Pablo aprovecha esa coyuntura histórica en su visita a Atenas, cuando en el Areópago expuso a ese Dios no conocido. Ilustró su mensaje con citas de algunos poetas griegos: En Él vivimos, nos movemos y somos; linaje suyo somos. Pero ese Dios no conocido continúa escondido si no se procura conocerlo por medio de dos manifestaciones particulares: 1) por la creación misma (la obra de Dios ha manifestado a Dios); 2) por la revelación escrita (en un primer momento el Antiguo Testamento, hoy día también por el Nuevo Testamento).

    Muchos han leído las Escrituras y manifiestan creer en el Dios que allí se menciona. Pero saber de su existencia es una cosa y entender sobre sus promesas es otra. Por medio de la promesa primordial el ser humano puede comprender que el evangelio se ha convertido en una muy buena noticia. El Dios capaz de realizar lo que prometió tiene que ser un ser Todopoderoso. Queda por fuera aquella divinidad que dependa de la voluntad humana para poder alcanzar sus objetivos. La Biblia lo deja en claro: Maldito el hombre que confía en el hombre, así que mal puede Jehová confiar en el ser humano cuando éste ha manifestado siempre una voluntad voluble, una enemistad manifiesta contra el Creador, un descarrío supremo por causa de sus delitos y pecados.

    Urge una transformación del ser humano, pero éste no muestra capacidad natural. De esa manera queda en total dependencia no solo de la energía divina para transformar su corazón, sino también de la voluntad divina para que haga el milagro. Ese Dios ha declarado que ese asunto del nuevo nacimiento no depende de hombre, ni de voluntad de varón, ni del que quiera ni del que corra. Ha dicho que depende solamente de Él el tener misericordia de quien quiera tenerla.

    Dios se define como fiel, el que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos. Pero esos que le aman lo hacen porque primero fueron amados por Él (1 Juan 4:9-10). Si guardamos sus mandamientos lo hacemos porque Dios ha declarado que en el día de su poder nosotros lo haríamos de buena voluntad (Salmo 110:3). El amor de Dios antecede al amor que su pueblo le tiene a Él, pero mientras el creyente fue un incrédulo caminaba como cualquier otro inicuo, como un enemigo del Creador en su mente. En ese espacio figurado no puede caber el amor, no puede haber posibilidad alguna para que el individuo ame a quien considera su peor enemigo (Dios). Una vez que Dios lo ha visitado, en virtud del amor que Él le haya manifestado, el individuo comienza a amar a Dios, al Dios que comprende y conoce. Ese amor se manifiesta en el hecho de que el Padre envió al Hijo como propiciación (ofrenda) por el pecado, para darnos vida eterna y felicidad perpetua. Cristo satisfizo la justicia de Dios, removió por ello nuestros pecados que fueron castigados en su cuerpo y alma. De esa manera quitó el obstáculo que había entre Dios y el hombre caído.

    Pero vemos que no todos creen, como tampoco creyó Judas Iscariote. Bueno, hay una razón por la cual Judas no creyó: era hijo de perdición, para cumplir de esa manera la Escritura.

    Esaú tampoco creyó (porque fue odiado por Dios desde antes de su concepción); tampoco lo hizo el Faraón de Egipto, por cuanto Dios lo endureció para glorificarse en él en toda la tierra. Ningún réprobo en cuanto a fe podrá creer, porque todos ellos han sido ordenados para tropezar en la roca que es Cristo; de igual manera se demuestra que todos aquellos que no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida (desde la fundación del mundo) no podrán creer (Apocalipsis 13:8;17:8).

    Los que trastabillan con la roca del evangelio, o contra Cristo, fueron ordenados para ese tropiezo (1 Pedro 2:8). Existe una desobediencia e infidelidad natural que conduce al hombre a perdición total; pero en eso también se manifiesta el orden divino, la ordenanza para eterna perdición. De repente alguien se levanta y dice: ¿Pero por qué razón Dios inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad? Esa interrogante se hizo antaño y Pablo respondió diciéndonos que Dios es soberano y hace como quiere. Él es el Alfarero y hace con su barro como prefiera: crea unos vasos para honra y vida eterna y otros vasos para deshonra, ira y destrucción perpetua.

    La promesa de salvación que trae el evangelio, en tanto buena noticia, se ha hecho para el pueblo escogido de Dios. Se predica a todo el mundo, pero lo aceptan y asumen los que fueron ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). ¿Cómo creyeron esos reseñados en el libro de los Hecho de los Apóstoles? Creyeron una vez que unos apóstoles les predicaron la palabra con denuedo, en tanto ellos habían sido puestos por luz hasta lo último de la tierra. Ese evangelio anunciamos por igual, de manera que los que el Espíritu conduce a nacer de nuevo serán convertidos en forma absoluta.

    Dios muestra a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, por lo cual interpuso juramento, con lo cual es imposible que Dios mienta. Esto nos trae un fortísimo consuelo, los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros, la segura y firme ancla del alma (Hebreos 6:13-20). Dios posee la capacidad para cumplir con lo que se propuso desde los siglos, conduce a cada persona por el camino en que tiene previsto que ande, de manera que todos sus planes se realicen en la forma más natural posible.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • EL CORAZÓN DEL REY (PROVERBIOS 21:1)

    El corazón del rey pasa a ser una metáfora por analogía de lo que le acontece a cada ser humano. El argumento de mayor a menor está en juego: el que puede lo más puede lo menos. Dios puede con el corazón del rey al punto de tenerlo en sus manos, para moverlo a todo lo que Él quiere. Sigue que si Dios pudo lo más, ahora también puede lo menos: con las multitudes que no son reyes, con cada criatura humana que Él ha creado. De esta manera queda sentado el principio de soberanía divina, de acuerdo a las Escrituras. Por ese sendero se llega a reconocer que el Señor se muestra capaz para cumplir con todas sus promesas.

    Toda la profecía se cumple sin fallo alguno, por cuanto existe la capacidad en el que creó el designio. El Dios de toda carne se pregunta: ¿Habrá algo que sea difícil para mí? (Jeremías 32:27). No hay nada oculto ante Jehová, solamente que los que se comportan como sus enemigos lo hacen porque su destino también les ha sido trazado. Dios continúa fiel con los que le aman, pero da el pago en persona al que le aborrece (Deuteronomio 7:8-10).

    La enseñanza de la soberanía de Dios nos conduce a la seguridad como creyentes, ya que la salvación toda pertenece al Señor: desde el principio hasta el final. No nos salvamos por perfecta obediencia a su ley, sino en virtud de su capacidad para cumplir sus promesas. La naturaleza humana prefiere un dios débil, que permita al hombre ser el centro del universo. El hombre así será la medida de todas las cosas, pasando a decidir su futuro en base a sus buenas obras. La gracia aparecería en esta doctrina extraña como una ayuda general que conviene aceptarla. El soberano Dios se convierte por fuerza en un sujeto pasivo, alguien que hace un favor general pero que aguarda la buena intención de los zombies producidos en delito y en pecado.

    La Biblia sigue con el testimonio de un Dios que escoge y atrae hacia Sí a quien quiere. Amó a Jacob, sin que mediara obra alguna, aún antes de ser concebido. Feliz aquella persona a quien Jehová no culpa de iniquidad, cantaba el salmista. La razón de esa felicidad se encuentra en el trabajo de Jesucristo al morir por los pecados de su pueblo. Cristo no rogó por el mundo (Juan 17:9), así como el Padre odió a Esaú sin que mediara obra alguna, antes de ser concebido (Romanos 9:11). La Escritura enfatiza en la soberanía de Dios en todos los renglones de la vida humana, por lo cual declara que Jesucristo vino como una Roca para que los que son ordenados para destrucción tropiecen con ella. Entonces, no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia (Romanos 9: 16).

    ¿Qué diremos de la responsabilidad humana? ¿Acaso queda disminuida porque el hombre carece de habilidad para cumplir el mandato divino? En ninguna manera, la criatura continúa bajo el régimen de responsabilidad por cuanto su impotencia le impide la independencia del Creador. Los que pecaron sin ley perecen sin ley, los que pecaron con la ley, con la ley también perecerán (Romanos 2:12). Existe la obligación moral de obedecer el mandato del Creador, ya que esa ley de Dios fue escrita en los corazones de los hombres (Romanos 2:15: Romanos 1:19:21).

    Mientras más soberano sea Dios, más obligado queda el ser humano ante Él. Dado que la soberanía divina resulta absoluta, el ser humano debe en forma absoluta un juicio de rendición de cuentas. He allí la causa por la que la teología del falso evangelio se esmera en disminuir la soberanía de Dios, dejándola al arbitrio humano. Menos soberano el Dios de las Escrituras, mayor libertad para la criatura humana. De esa manera el hombre pretende escabullirse de la presencia del Todopoderoso, como si pudiera huir de esa realidad del Dios envolvente. El corazón del rey sigue en las manos de Jehová, inclinado a todo lo que Dios ha ordenado. Un ejemplo claro de lo dicho se encuentra en Apocalipsis 17:17.

    ¿Quién puede ir hacia Cristo? Todos los que Dios educa y envía, de acuerdo a las Escrituras (Juan 6:44-45). Predicamos a Cristo crucificado, para que se cumpla el testimonio encomendado, pero las ovejas oirán al buen pastor y le seguirán. El Espíritu Santo no lo puede resistir el prospecto que habrá de creer, ya que los los dones y el llamamiento de Dios son irrenunciables como irresistibles. La gente puede resistir al Espíritu Santo en cuanto recusa la palabra general propuesta en la Biblia, por causa de su enemistad contra Dios. No que Dios batalle contra el hombre y salga frustrado, porque como ya sabemos el corazón del rey sigue en las manos de Jehová.

    Se resiste al Espíritu Santo en el mandato general de arrepentirse y creer en el evangelio, pero los escogidos actuarán de voluntad en el día del poder de Dios. El viento de donde quiere sopla, así todo aquel que es nacido de nuevo ha sido atraído por el poder del Espíritu para que quede patente la voluntad de Dios respecto a los que están ordenados para vida eterna.

    El Dios soberano sigue haciendo como quiere y no tiene consejero. En Él vivimos, nos movemos y somos; Él produce en nosotros -sus hijos- tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad. Somos considerados más que vencedores ya que nadie nos podrá acusar, habiendo Dios justificado a todos los que su Hijo representó en la cruz (Mateo 1:21; Juan 17:9). La prevalencia del poder de Dios, de su voluntad respecto a sus escogidos, nos brinda la confianza para continuar en el reposo del Señor.

    Si el corazón del rey está en las manos del Señor, nuestros temores se desvanecen. Las malas acciones de los hombres cumplen el propósito divino para que sus profecías se realicen (Dios ha creado al malo para el día malo), el Señor ha colocado en los corazones de los que moran en la tierra el dar el poder y gobierno a la bestia, para ejecutar lo que Él se propuso desde el principio. No nos confabulamos con la mentira, la denunciamos y nos enfrentamos a la indolencia del mundo frente a la necesidad del simple; pero no llevamos nuestras almas a la desesperación por cuanto sabemos que el Señor inclina cada corazón hacia lo que desea que haga.

    En ese sentido descansamos seguros de que todas las cosas nos ayudan a bien, sea para los asuntos temporales como para las cosas espirituales o eternas. Desde el pecado original con la caída de Adán, junto con los agravantes del pecado en general, todo conspira para bien de los que hemos sido llamados conforme al propósito de Dios. Jehová sostuvo el corazón del Faraón para que fuese endurecido y no dejara ir a su pueblo al primer mandato; así lo profetizó a Moisés, su enviado. El resultado fue la Pascua que todavía conmemoramos en función de Jesucristo. Es más, Jesucristo pasó a ser nuestra pascua, como lo atestigua Pablo.

    En aquel momento histórico no se podía entender en forma clara la manera en que aquellas terribles cosas que sucedían en Egipto operarían para nuestro bien. Hoy día sucede algo parecido con el mundo donde estamos de paso, no comprendemos sus eventos trágicos y lo suponemos fuera de control. Sin embargo, al mirar aquellas cosas escritas por causa de nosotros comprendemos que nos ayudará a bien el conjunto de cosas que acontecen. Y los que nos insultan y conspiran contra nosotros, serán señalados por el Altísimo para que sus rostros avergonzados ya no estén más cuanto volteemos a mirarlos. Si el corazón del rey está en las manos de Jehová, somos más que vencedores.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    soberaniaabsolutadedios.org

  • OBRAS MUERTAS

    La obra muerta más célebre ha de ser ignorar el evangelio. Una persona puede parecer religiosa si vive metida en una iglesia, dedicando tiempo a la lectura de la Biblia y bajo el oficio de alguna actividad eclesiástica. Pero cuántos de ellos no hay que ignoran el evangelio de Cristo, a los que el Señor dirá en el día final: Nunca os conocí. La obra muerta apesta por su degradación natural, semeja al sepulcro blanqueado con lo que se comparaba a los viejos fariseos. Fruto para muerte da todo árbol malo, cuya naturaleza continúa todavía en enemistad contra Dios.

    Para que la obra se convierta en un buen fruto el corazón debe transformarse por medio de la regeneración del Espíritu de Dios. Lo primero que acontece en una persona que ha de creer es la regeneración de su mente (corazón), una operación que compete en exclusiva al Espíritu Santo. Ezequiel lo llama el trasplante de corazón, la sustitución del corazón de piedra por el de carne, con un espíritu sensible que ame el andar en los estatutos del Señor. El Deuteronomio lo señala como la circuncisión del corazón, concepto que el gran maestro de la ley Nicodemo desconocía cuando Jesús hablaba con él.

    Hablamos del nuevo nacimiento, la manifestación de la gracia divina sobre el pecador perdido, un acto de resurrección espiritual. El muerto en el espíritu pasa a vivir en espíritu, como si fuese una nueva creación. Ya no será más una persona depravada en forma total, sino que deja la esclavitud al pecado para servir a Dios. El Espíritu Santo resulta irresistible para la persona en quien opera la regeneración, sin que medie condiciones humanas de ningún tipo.

    Pablo describe esta nueva forma de vivir como el nuevo régimen del Espíritu, en contraposición con el viejo régimen de la letra (de la ley) (Romanos 7:6). Cuando la Biblia nos dice que hemos sido salvos por gracia, añade que no por obras, para que nadie se gloríe. Este punto resulta crucial para la identificación del creyente, ya que aquella persona que supone la posibilidad de añadir su propia obra al trabajo de Cristo resulta tan perdida como lo atestigua su obra muerta de la confesión incorrecta del evangelio. Si la persona posee un nuevo corazón, lo tiene para que conozca a Dios (Jeremías 24:7).

    Conocer a Dios implica saber lo que su Hijo hizo en la cruz, su trabajo terminado en forma absoluta. El Espíritu nos fue dado como garantía de la redención final, para llevarnos a toda verdad. El evangelio da gloria a Dios, así que mal puede el Espíritu conducir a una persona a creer y confesar un falso evangelio, ya que eso no glorifica a Dios. La obra muerta no la realiza el Espíritu sino el hombre caído y muerto en delitos y pecados. Pero el hombre religioso se llena de Biblia y versículos sueltos, para concatenar una teología humanista que le brinde esperanzas y lo presente ante el mundo como algo atractivo para las masas.

    La religión impropia hace que la Biblia diga lo contrario a su doctrina. Vemos a un Jesús sufriente, que clama por las almas del mundo para que levanten una mano y lo acepten. Se predica a un Jesús que hizo una expiación universal, donde su sangre no vale nada si la persona no acepta el sacrifico hecho en forma potencial por cada criatura humana. En ese falso evangelio la criatura tiene la última palabra, la sangre de Cristo no sirve en absoluto para aquellos por la que supuestamente fue derramada para salvación porque ahora yacen bajo condena. Ese evangelio intenta excusar a Dios del odio contra Esaú y contra cualquier réprobo en cuanto a fe, ya que Dios pasa a amar menos a unos que a otros, mientras Esaú se condenó por sus actos. En otras palabras, forzar la Escritura se hace para perdición de los que en esa obra muerta trabajan. La Biblia ha sido clara y simple cuando expresa que Dios amó a Jacob pero odió a Esaú, sin mediación de obras buenas o malas, antes de su concepción (Romanos 9:11).

    La regeneración precede a la conversión. Resulta natural este orden, ya que la criatura muerta en delitos y pecados, enemistada con Dios, incapaz de discernir las cosas del Espíritu de Dios, no puede poseer cualidad alguna (ni siquiera su voluntad muerta) para nacer de nuevo. La conversión, por lo tanto, sigue como primer fruto de la regeneración, porque por haber nacido de nuevo el individuo se arrepiente de sus obras muertas. El regenerado recibe el conocimiento por el Espíritu para que entienda el evangelio de Jesucristo, condicionado en forma exclusiva a su obra en el cruz. Ese creer conlleva a una primera obra viva del creyente: la confesión con su boca de lo que posee en su corazón, como buen árbol que produce siempre el buen fruto.

    Por lo antes dicho, se entiende que los que confiesan un falso evangelio no han sido regenerados por el Espíritu de Dios. Ellos son reformados por sus iglesias, por sus costumbres religiosas, por su austeridad en materia bíblica, pero son de los que aparentan ir a Jesucristo sin haber sido enseñados por Dios y sin haber aprendido de Él (Juan 6:45). Creer en un falso evangelio pasa por síntoma inequívoco de no haber sido regenerado por el Espíritu de Dios. Estos son los que por mediación de ateísmo o de su religiosidad producen obras muertas como fruto para muerte.

    Dios no tiene consejero, pero Él es nuestro Consejero: a través de la Escritura y por medio del Espíritu Santo que habita a cada creyente (los regenerados). A lo largo de nuestra existencia como creyentes, el Espíritu Santo nos conduce por la vida de Cristo, nos ayuda aún en nuestras oraciones a pedir lo que conviene. Al ser el Espíritu una de las Tres Personas se entiende su racionalidad. El Logos resulta una marca para el Trino Dios, porque toda doctrina de la Escritura pasa por la razón. Existe la falsamente llamada ciencia, la que nos acusa de irracionales por creer en Dios; pero Dios dijo que había trastocado la ciencia humana (al deshacer lo que es). En la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, por lo que agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Lo insensato de Dios es más sabio que lo sabio de los hombres. Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte. Asimismo hizo con lo vil del mundo y lo menospreciado, lo que no es, para deshacer lo que es (1 Corintios 1:25-29).

    Y Dios hizo así las cosas a fin de que nadie se jacte en su presencia. Por igual, daremos fruto de obra viva, mientras llegamos a ser más y más como Jesús. Fuimos adoptados como sus hijos, por medio de Jesucristo, por el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado. Tenemos en consecuencia: redención por su sangre, el perdón de pecados y las riquezas generales de toda su gracia (como coherederos). Ahora conocemos el misterio de su voluntad, de reunir todas las cosas en Cristo, habiéndonos predestinado de acuerdo a su beneplácito y voluntad suprema. Hemos sido sellados con el Espíritu Santo de la promesa, como una garantía de nuestra redención final.

    La Biblia abunda en textos que recurren al concepto de la soberanía de Dios. El Dios que hizo todas las cosas sin consultar al hombre, el Dios que hizo al malo para el día malo. Ese mismo Dios preparó a su Hijo como Cordero, desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20) para beneficio de sus elegidos. Los que se resisten a esta doctrina, los que se avergüenzan de un Dios que odia al réprobo en cuanto a fe preparado para ira y vergüenza, caminan por el sendero del otro evangelio. Ese es el evangelio maldito que produce obra de muerte para muerte. El que ha nacido de nuevo, no puede confesar otro evangelio. Al creyente le ha sido mostrado para que sepa que Jehová es Dios, y no hay otro fuera de él (Deuteronomio 4:35).

    César Paredes

    absolutasoberaniadedios.org

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org