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  • UN DIOS QUE INCULPA

    El Dios de la Biblia inculpa de pecado, exonera a aquellos por los que el Hijo murió, pero anuncia a todos que existe el deber de arrepentirse y creer en el evangelio. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Esa interrogante se hace desde siempre, ya que al comprender la soberanía divina vemos que en todos lados Dios está. Estuvo con Adán cuando lo creó y lo formó de la tierra, cuando le ordenó no probar del árbol del conocimiento del bien y del mal. Estuvo por igual cuando Adán cayó y se escondió por temor a que se viera su desnudez. La Biblia también nos asegura que el Cordero de Dios fue ordenado desde antes de la fundación del mundo (antes de haber sido creado Adán) para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).

    Vemos con claridad que si el Hijo fue ordenado como Cordero antes de que Adán fuese formado, el pecado tenía que entrar en el mundo. Dios no actúa por contingencias, como si tuviese ases debajo de la manga; Él hace todo cierto y su palabra viene como cierta. Adán, en consecuencia, tenía que pecar; esto parece contrariar a muchos teólogos que suponen que el primer hombre sobre la tierra tenía igual de posibilidades para no pecar. Sin embargo, pese a que Adán no tenía opción su responsabilidad lo acompañó siempre y no fue exonerado del castigo. El punto fue que desobedeció, sin que cuente en su alegato el que no pudo abstenerse de pecar.

    Lo mismo puede decirse de Esaú, un hombre odiado por el Creador desde antes de nacer o de cometer alguna maldad. Dice la Biblia que antes de ser concebido o de hacer bien o mal ya había sido destinado como vaso de ira. Esto se asemeja a lo que le aconteció a Judas Iscariote, llamado diablo e hijo de perdición. Por estos casos y otros más como el del Faraón de Egipto, los objetores de Dios reclaman injusticia en su Hacedor, hasta el punto de negar al mismo Dios porque no sería digno de llamarse como tal. Esa injusticia divina fue tratada por el apóstol Pablo en su carta a los Romanos, pero bajo preguntas retóricas. Aunque una de ellas fue respondida por el mismo apóstol: En ninguna manera, dijo. Dios no es injusto sino soberano, con el derecho de alfarero sobre el barro que le pertenece, para hacer vasos de honra y vasos de deshonra.

    Esa respuesta no parece saciar el alma impía que se levanta contra el Creador, así que vano resulta dar respuesta para el alma inquisitiva e irredenta. Basta solo lo que la Escritura apunta: Dios no puede tenerse como injusto, sino que ¿el juez de toda la tierra no ha de ser justo? Una de las consecuencias de esta teología bíblica coloca al mal como problema. Dios hace lo malo, por lo tanto es un Dios malo. Como si Dios por hacer la vaca fuese tenido por vaca; a esto habrá que responder como el apóstol: En ninguna manera. Dios hizo al malo para el día malo, es llamado bueno por Jesucristo, sus hijos lo reconocemos como misericordioso y clemente, lento para la ira y grande en misericordia y verdad. Sus enemigos no piensan lo mismo y denigran de su carácter, lo que significa que detestan su soberanía.

    Una metáfora ha planteado el profeta Isaías en su libro, capítulo diez. Allí dice el escritor que el rey de Asiria se había vanagloriado por haber cortado naciones no pocas. Ese rey no sabía que Dios lo estaba usando para hacer su obra (verso 12), para después castigarlo por su soberbia, por la altivez de sus ojos. Ese rey suponía que había logrado su triunfo por el poder de sus manos, con su sabiduría y con sus estratagemas, por causa de su prudencia. En realidad había sido un imprudente con Jehová al achacarse la obra encomendada. Dios habla a través del profeta y compara al rey de Asiria con un hacha de trabajo, pero un hacha que se jacta contra el que con ella corta. Por supuesto, la manera de expresarlo fue a través de una pregunta retórica, esas preguntas que no merecen ser respondidas pero que cada lector debe responderse a sí mismo.

    ¿Se gloriará el hacha contra el que con ella corta? ¿Se ensoberbecerá la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el báculo levantase al que lo levanta; como si levantase la vara al que no es leño! (Isaías 10:15). En Génesis 20: 3-6 leemos que Dios restringió la mano de Abimelec sobre la mujer de Abraham (lo detuvo de pecar), pero eso lo hizo Dios mismo y no fue Abimelec quien restringió su propia mano. De la misma manera hemos de comprender el texto de Isaías, porque no fue el rey de Asiria el que ideó todo lo que realizó con éxito. No en vano Jesucristo nos enseñó en el Padrenuestro a pedirle a Dios que no nos metiera en tentación.

    Pero Dios inculpa lo que el hombre peca con soltura. Los actos oprobiosos acaecidos en torno a la crucifixión de Jesucristo fueron todos pecaminosos. Sin embargo, el planificador de esos hechos fue el mismo Creador, Dios del cielo y de la tierra. Esos hechos fueron profetizados y narrados en las Escrituras mucho antes de que se cumpliesen, así que no porque el Padre lo haya planeado de esa manera los pecadores fueron exonerados. Pilato se lavó sus manos, pero no con la sangre de Cristo sino con agua. Judas entregó con un beso al Hijo del Hombre, pero su castigo resultó eterno (aunque iba para que la Escritura se cumpliese). ¿Qué, pues, diremos? ¿Haremos culpable a Dios de nuestros vicios y errores? ¿Diremos que hagamos males para que vengan bienes?

    Jacob y Esaú estuvieron bajo la misma condición y situación, formados con los mismos genes (de la misma masa), pero uno fue amado y el otro fue odiado. Uno fue escogido y el otro rechazado, sin que el uno hubiese realizado una buena acción y el otro una mala actividad. Jacob no fue amado (escogido) por alguna buena obra que haría, ni Esaú fue odiado (rechazado) por alguna mala acción que fuese a cometer. En realidad, con este último, el plato de lentejas por el cual tasó su primogenitura fue consecuencia de no haber sido amado sino odiado. La doctrina de la predestinación se basa en el que hace la elección, sin importar su masa elegida: toda corrompida.

    Jacob no tuvo méritos propios para salir favorecido con la elección para vida eterna, pero Esaú no realizó mérito alguno para que se pensara otra cosa respecto de él. No podía actuar de otra manera porque su corrupción no le dejaba otro camino; pero la Biblia nos asegura que Dios tomó la decisión de formarlo como vaso de ira para mostrar su poder y enojo contra el pecado. Las obras buenas o malas no son el móvil de Dios para predestinar para salvación o para reprobar para condenación. Por eso surge la pregunta: ¿Habrá injusticia en Dios? La libertad la tiene el Creador, no la criatura, de manera que el propósito divino en relación con la elección pueda permanecer. No por obras, dice la Escritura (ya que nada puede ser más variable que la obra humana -como asegura Pablo cuando se describe en Romanos 7). Sí, el bien que el apóstol quería hacer no hacía, empero el mal que odiaba esto hacía.

    Pablo agradece a Dios por Jesucristo que lo puede librar de ese cuerpo de muerte que lo tiene azotado con el pecado (Romanos 7), lo cual corrobora que por gracia se es salvo. Solamente por medio de aquel que llama con llamamiento eficaz, el incambiable Jehová. ¿Qué haríamos si el Señor cambiara de parecer cada vez que mira nuestra iniquidad? Nos ve a través del Hijo, mira el acta de los decretos que nos era contraria clavada en la cruz y pasa por alto el castigo en nosotros. Pero eso no lo hace a expensas de su justicia, por cuanto es un Dios justo, sino en virtud de la justicia alcanzada por el Hijo. De allí que se haya escrito que Jesucristo es nuestra pascua, nuestra justicia, la justicia de Dios.

    Nosotros descansamos en que los dones y el llamamiento de Dios son sin arrepentimiento (Romanos 11:29). ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió…¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?…Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que no amó (Romanos 8:33-37). Ante ese Dios que inculpa de pecado, podemos decir con el salmista David lo siguiente: Feliz aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmo 32:1-2).

    César Paredes

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  • SUFICIENCIA DE LA ESCRITURA

    Suficiente para vivir bajo el conocimiento de Dios, abundante para la piedad, pero jamás para la interpretación privada sino pública. La publicidad de la Escritura acaba con el mito del subjetivismo, como si a unos hablara algo y a otros lo contrario. Puede ser que ella no produzca los mismos frutos en todos los que la leen o escuchan, porque a unos los llevará a Cristo pero en otros producirá mayor condenación. Sin embargo, toda la Escritura viene por inspiración divina, lo cual implica que no necesita suplemento que añada, ni censurador que le quite.

    Ni nuevas revelaciones ni ninguna interpretación del Magisterio alumbrará el alma del creyente, pero sí que servirá al espíritu de estupor para terminar de perder al que no ama la verdad. ¿Le añades a la Escritura? Ella te reprenderá y te encontrará mentiroso (Proverbios 30:6). El que le añada o le quite no tendrá parte en el libro de la vida, sino que recibirá las plagas que relata el libro (Apocalipsis 22:18-19). Algo parecido a lo dicho por Juan en una de sus cartas, cuando se refería a los que le dicen bienvenido (espiritualmente) al que no trae la doctrina de Cristo.

    La Escritura nos ordena probar los espíritus, para ver si don de Dios. La razón que esgrime se basa en que han salido por el mundo muchos falos profetas o maestros de mentiras (1 Juan 4:1; Jeremías 23). El Continuacionismo se conoce como la estructura o concepto que engloba la idea de una revelación continuada. A ellos pertenecen los que agregan nuevas revelaciones, los que utilizan el viejo don de lenguas (uno de los dones especiales que cesaron con la llegada de lo perfecto: la Escritura completa), para dar rienda suelta a sus interpretaciones privadas. Dentro del Continuacionismo subyace el Magisterio romano o la tradición oral (interpretaciones expertas), pero que se extiende por igual a la corriente protestante.

    Pareciera que la Escritura no tuviese suficiencia, por lo que ahora los youtubers tienen trabajo en exceso y videntes a granel, ya que se dan a la tarea de reinterpretar para las masas bajo la unción del sofisma, con el ardid de las lenguas originales de la Biblia que a ellos les agrada pronunciar. El grupo de los judíos mesiánicos tiene experiencia en esa tarea, al igual que los que se vuelven a la ley, los que trabajan con una filología esotérica y dejan perpleja a la feligresía ya perdida en el espíritu de estupor. Ahora se guardan las viejas fiestas religiosas de la ley de Moisés, como si de esa manera se rectificara algo que la iglesia hubiese olvidado por siglos. Pablo les dio una admonición a los Gálatas llamándolos insensatos, porque se volvían a guardar los meses, los años y los días. De seguro el apóstol les hablaba de sus viejas costumbres paganas, bajo supersticiones innecesarias, tal vez la astrología, los rituales extraños propios del paganismo (días festivos de la ciudad o del país). Esa admonición pudiera servir por igual a los que diciéndose cristianos intentan completar con los rituales de los judíos lo que consideran insuficiente de la Escritura.

    Hay personas bajo la cultura cristiana que gustan de colocar al azar el dedo en algún texto bíblico, como para suponer que Dios les habla por ese medio. ¿Usted tiene alguna duda respecto a un acto a realizar? Entonces esa duda la despeja con lo que pudiera considerarse bibliomancia, adivinación por medio de la Escritura. Esa práctica no es apoyada por la Palabra Divina, más bien refutada se encuentra en múltiples pasajes del Antiguo Testamento, cuando Jehová habla de los que profetizan con sueños. También el Nuevo Testamento nos advierte a pedir al Señor para obtener la certeza de lo que pedimos, para descansar de todos nuestros pensamientos en torno a una preocupación. Jamás se nos sugiere la práctica esotérica con la Biblia o la interpretación privada de las Escrituras.

    Los que sugieren que una imagen puede ayudarles a inspirarse o a concentrarse en el Dios de la Biblia, deberían recordar que la Escritura habla en contra de ellas y advierte sobre su peligro. Incluso la antigua imagen de bronce o escultura en forma de serpiente, levantada en el desierto, tuvo que ser derribada por ser objeto de idolatría entre la gente de Israel. Los efesios conversos destruían las imágenes de Diana a quienes antes adoraban, lo cual da un indicio de que la imagen misma era un símbolo peligroso de su idolatría. No era solamente una evocación a la verdadera Diana sino que esa imagen o escultura de la diosa constituía en sí misma un grave peligro. De ello nos habla Pablo cuando advierte contra los ídolos.

    Lo que las gentes sacrifican a sus ídolos (imágenes de lo que creen les ayuda espiritualmente) a los demonios sacrifican (1 Corintios 10:20). Juan nos dice en Apocalipsis 9:20 que muchos no dejan de adorar a los demonios (con las imágenes de oro, plata, bronce, piedra y madera, que no pueden ver, ni oír, ni andar). Juan nos habla contra la idolatría, como un pecado grave ante el Señor. El sacrificio no va solo con el incienso que se les ofrece, también va con la veneración (darles un lugar de importancia), con el recuerdo (traerlos a la memoria para evocar a Dios) o con rendirles preponderancia como si fuesen un amuleto que ayuda a recordar a la divinidad.

    Todo aquello que sustituye a Dios mismo, aunque usted crea que ese objeto le permita acercarse al Dios verdadero, viene como ardid demoníaco y como trampa satánica para tropezar con los demonios. Todavía hay quienes sostienen que las imágenes ayudan a comprender las Escrituras a aquellos iletrados o analfabetas. Pero la Biblia nos recuerda que cuando Jehová le dio la ley a Moisés le ordenó al pueblo escribir los mandatos en sus túnicas y en los dinteles de las puertas. No le importó a Jehová la cantidad de analfabetas del pueblo, más bien aquel mandato fue un incentivo para que aprendieran a leer.

    Hay una tendencia en el hombre caído a cambiar la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles (Romanos 1:23). Nada sustituye a leer y predicar las Escrituras, además de que Dios condena cualquier práctica idolátrica, cualquier estatua de fundición que enseña mentira. El hacedor de imágenes mudas tiene un ¡ay! encima de él (Habacuc 2:19). Nada de lo que refiere al ejercicio idolátrico puede presumir de inocencia, sino que conlleva por sí una pedagogía de la mentira.

    La simplicidad de la Biblia asombra, no solo por su sencillez sino porque no puede ser aceptada por un gran número de personas que se llaman a sí mismas cristianas. Estas gentes necesitan vitrales, cruces, árboles de navidad, escenas de teatro, títeres o marionetas, shows de alabanza, cualquier pretexto para que sus mentes acepten que han creído en algo tangible. Se asemejan a los discípulos descritos en Juan 6, reprendidos por Jesucristo, los que habían acudido a él sin haber sido enseñados por Dios ni enviados por el Padre al Hijo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL CONOCIMIENTO DEL SEÑOR

    El conocimiento medio reprime el dominio de Dios sobre la supuesta libertad de los actos que ocurrirán. Esto por supuesto incluye al ser humano como objeto de esa libertad; se supone que la voluntad humana estimula el decreto. Visto así, Dios depende de la criatura para poder decretar o disponer algo. Una vez que la criatura esté determinada a acometer una conducta determinada, el ya no tan poderoso Señor puede mirar con certeza y apostar a esa conducta de la criatura voluble llevada por todo viento de doctrina. Supongamos que Dios ve que un fariseo deseaba la muerte de su Hijo lo antes posible, de manera que si viendo esa intención interviene para crear circunstancias disuasivas se demuestra que lo que vio tampoco era una certeza de algo que acontecería. Entonces, ¿para qué averiguar el futuro si lo puede cambiar a su antojo? Y si lo puede cambiar en realidad no vio nada ciertamente eficaz.

    Pero si Dos al ver el futuro puede cambiarlo en alguna manera, ese cambio debió haber sido parte de su decreto eterno e inmutable. Sin embargo, la Escritura no da pie para pensar que el conocimiento previo de Dios se debe a que mira el futuro como algo externo a su voluntad y a su decreto. Dios dice el final desde el principio porque Él hace todo cuanto existe: aún al malo para el día malo. No le dijo Jehová a Moisés que iba a cambiar las circunstancias del Faraón para endurecerlo, sino que lo endureció directamente en medio de cualquier circunstancia. El Señor no previó que a su palabra se crearían los cielos y la tierra, como si eso existiera en alguna medida y con su palabra lo haría manifiesto. Simplemente habló y fue formado el universo.

    Debemos decir que en materia de predestinación la Biblia nos asegura que fue su propósito lo que lo motivó a esa actividad (eudokian en griego), su buen parecer. Pero si Jacob y Esaú no habían aún nacido, ni siquiera habían sido concebidos (de acuerdo al término en griego bíblico) ¿cómo pudo Dios preverlos y cambiar sus circunstancias para que uno resultara salvado (amado) y el otro condenado (odiado). Los que veneran a Esaú cambian el texto y aseguran que Dios vio desde antes que Esaú amaría las lentejas más que la primogenitura, pero el texto no da para ese imaginario. Tampoco permite el escrito cambiar la semántica del verbo MISEO (odiar) como para asegurar que Dios no odió a Esaú sino que lo amó menos.

    En ese acto de predestinación que hiciera el Todopoderoso no medió ningún acto voluntario de los gemelos para labrar sus destinos, no intervino el conocimiento medio divino (como si Dios viera los distintos futuros de ambos y aprovechara algunas circunstancias para definir el futuro de ellos). La Biblia nos asegura que esto se hizo para que el propósito de Dios respecto a la elección descansara no en las obras sino en el que llama. Ese llamado no se hizo por conocimiento medio sino por el propósito eterno y por la buena voluntad de Dios, para ensalzar su justicia y su misericordia. El propósito del decreto de Dios no dependió de la voluntad de Esaú o de Jacob, sino que de su deseo eterno y propósito eterno tomó el Señor tal decisión.

    Si Dios vio distintos futuros como afirman los del Teísmo Abierto, para luego tomar por cierto el último futuro, el que se daría con certeza absoluta, en realidad esos distintos futuros previos serían absoluta vanidad. Una ilusión, una quimera, algo que no sucedería nunca, ya que dominaría el último futuro tomado por cierto y que cobra certeza al acontecer. Veríamos a un Dios mirando vanidad e incertidumbre, analizando situaciones inútiles -o perdiendo su tiempo y energía- en lo que no serviría de nada. Porque esos supuestos futuros son un entretenimiento para el alma humana que planifica y supone hacer tal o cual cosa, pero que estorbarían para el vidente especial que es Dios. En realidad, si así fuera el caso, lo que se intenta afirmar es que Dios no tiene nada que ver en nuestras acciones, simplemente se convierte en un relator de las mismas, al declararlas a sus profetas.

    Ese Dios no estaría en condiciones de prometer nada, dado que nada puede; solamente sería un oráculo como el de los griegos, que predice en base a la ventura (pero con mucha suerte, como se ha dicho en otras partes: el ser humano tan dado al cambio no cambió en ese su último futuro descubierto). Incluso ese último futuro visto pudo ser incierto, ya que múltiples variantes seguirían interviniendo y ni Dios podría detener las circunstancias inherentes al futuro mismo. No podría porque ya no sería tan Poderoso porque se ha limitado a mirar el futuro y no a hacerlo. Hemos llegado adonde ha querido la teología de la veneración a Esaú, a enjuiciar a Dios por injusto porque el pobre de Esaú no tuvo otra opción que vender su primogenitura. ¿Porqué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha podido resistir a su voluntad? Esa declaratoria del objetor levantado por Pablo en Romanos 9 nos coloca el argumento bajo supremo orden. Nadie podrá alegar exabruptos como el que odiar significa amar menos, como que Dios odia solamente el pecado pero ama al pecador, o como el que Dios ama a todo el mundo, sin excepción.

    Hemos de reconocer que esta teología bíblica parece antipática y contiene palabras duras de oír. Pero el Señor no ha cambiado su forma de hablar, antes enfatiza una vez más hasta preguntar si ustedes también se quieren retirar como aquellos discípulos descritos en Juan 6. Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere. Y yo lo resucitaré en el día postrero. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí. Escrito está en los profetas: y serán enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendrán a mí. Por eso os digo: ninguno puede venir a mí si no le fuere dado del Padre. El Señor enfatizó con repeticiones en esta doctrina del Padre que vino a exponer, lo hizo frente a la multitud que lo seguía por tierra y agua, muchos de los cuales se habían beneficiado de los panes y los peces. El Señor supo que murmuraban descontentos por sus duras palabras de oír.

    Pedro cuando fue preguntado, junto a los demás apóstoles, exclamó con profunda lógica: No tenemos adonde ir porque tú tienes palabras de vida eterna. El Señor no les agradeció porque no se fueran, más bien les recalcó con el colofón de su teología: ¿No los he escogido yo a ustedes doce y uno de ustedes es diablo? (Hablaba de Judas, el que le habría de entregar). El Señor no usa conocimiento medio, no averigua el futuro en el túnel del tiempo, como dicen los jesuitas en su eco católico-romano. El Señor ha creado el mundo y los que en él habitan y no le preguntó a nadie si quería nacer en esta tierra; sigue siendo soberano absoluto (el Despotes del Nuevo Testamento), declara el final desde el principio porque así lo ha ideado (no dice que así lo ha averiguado).

    Semejante Dios tiene demasiado poder como para echar el cuerpo y el alma en el infierno. No en vano dice la Escritura: Amístate ahora con Él y por eso te vendrá paz y bien. Buscad a Dios mientras puede ser hallado, llamadle mientras está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar (Isaías 55:7). La palabra que sale de la boca de Jehová no volverá a Él vacía, sino que hará lo que Él quiere, y será prosperada en aquello para que la envió (Isaías 55:11).

    César Paredes

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  • EL VENERABLE ESAÚ

    Odié a Esaú, y convertí sus montes en desolación, abandoné su heredad para los chacales del desierto. Si Edom dijere: volveremos a edificar lo arruinado, Jehová dice: ellos edificarán y yo destruiré, y les llamarán territorio de impiedad, y pueblo contra el cual Jehová está indignado para siempre (Malaquías 1:3-4). Esa promesa de Jehová en su acentuado odio contra Esaú no depende de circunstancias que Dios aprovecha. Por cierto, su aborrecimiento (miseo en griego) ocurrió sin mirar circunstancia alguna: antes de que hiciese bien o mal, antes de ser concebido (Romanos 9: 11-13).

    Venerable Esaú por cuanto tiene multitud de defensores, desde que Pablo levantara un objetor para demostrar retóricamente la oposición natural del hombre caído frente a su Hacedor (Romanos 9:19). Los negacionistas de la soberanía absoluta de Dios se abrazan a la serpiente del molinismo, pretendiendo recordar la escultura de bronce levantada en el desierto para sanar de heridas de reptiles. Para estos objetores Dios supo lo que haría Esaú con su primogenitura y por eso lo aborreció, pero no era para tanto. David pecó horriblemente tomando una mujer ajena y asesinando a su marido, con todo fue considerado un hombre conforme al corazón de Dios. Siguió escribiendo salmos, aparte del 51 (el de su arrepentimiento), y por si fuera poco de él vino la línea del Mesías.

    El molinismo es una teoría filosófica-teológica que intenta reconciliar la providencia divina con el inexistente libre albedrío humano. Para esta corriente Dios no causa ni el arrepentimiento ni la credulidad, sino que los pecadores cooperan libremente con el Altísimo. Esa reconciliación pasa por un conocimiento medio que Dios tendría de los eventos, como si supiera los posibles futuros que la criatura escogería dadas unas determinadas circunstancias. Dios no elegiría nuestros caminos sino que se confina a garantizar que las condiciones se den para que hagamos aquello que nos propusimos.

    Si Dios garantiza la libertad humana, cabe suponer que la criatura puede elegir entre varias posibilidades (de eso se trata la libertad de elección). Supongamos que Dios vio en el túnel del tiempo que unos judíos aguardaban un Mesías. Se propuso enviar a su Hijo bajo la garantía de lo que escogería la gente en la tierra, que no era sino solo posibilidades. Los judíos pudieron aplaudir sin crucificar al Mesías, en el combo de libertades que se supone tener bajo el libre albedrío. Dios no pudo estar seguro de que el Mesías sería crucificado, pero a fin de cuentas se arriesgó y corrió con suerte: aquello que previó se cumplió porque las circunstancias conspiraron a favor de su propósito. Por supuesto que el Sanedrín pudo escoger no juzgar a Jesús, que Pilato pudo liberarlo (ya que gozaba de poder suficiente para hacerlo). Sin embargo, más allá de la suerte divina veríamos a un Dios atado de manos y necesitado de aprobación humana para ligar que su plan (no originario, por cierto, sino copiado de la humanidad) se realizara sin obstáculo.

    En ese circuito azaroso todo pudo suceder, incluso el Hijo pudo pecar como una posibilidad abierta. Toda esta teología se haría en virtud del venerable Esaú, para defender su animosidad contra el mandato divino. Esaú se perdió de la misma forma que el Faraón, por testarudo e indisciplinado en materia divina. El propósito de Dios, su plan originario, no contaría porque estaría supeditado a la también venerable libertad humana. Sin libertad no habría culpabilidad, por lo tanto el juicio de Dios sería injusto. Eso fue lo que dijo el objetor de Romanos 9, que habría injusticia en Dios, que Él no debería inculpar al pobre de Esaú porque no se puede resistir a la voluntad de Dios.

    Con esa declaratoria bíblica se deja de lado la conjetura del libre albedrío. Pablo levanta ese objetor con el propósito de validar en forma fehaciente su argumento sobre la soberanía de Dios en materia de condenación. Lo que mueve la objeción surge como bandera de una larga fila de teólogos y filósofos bíblicos que rechazan el texto de la Biblia. Yo no creo en ese texto, decía Wollebius, teólogo protestante de los siglos XVI y XVII, mientras señalaba el verso de Romanos 9:18: al que quiere endurecer, endurece. Bien, al objetar la Escritura no solo se irrumpe contra un texto solamente sino contra una cadena semiótica de versos que anidan la teología del evangelio (Mateo 10:29-30; Génesis 50:20; Hechos 4:27-28; Efesios 1:11; Isaías 14:24-27; Job 42:1-2; Proverbios 19:21, etc.).

    Todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios, esto es: a los que conforme al propósito divino son llamados (Romanos 8:28). La palabra divina salida de la boca del Señor hará todo aquello para lo que fue enviado, no volverá a Él vacía, sino que cumplirá el propósito del Señor (Isaías 55:10-11). ¿Será qué hay algo que no pueda suceder porque el ser humano sirve de obstáculo para que ni Dios pueda conseguir su propósito? Porque si el libre albedrío existiese, dado que a Dios se tiene por Omnipotente pudiera ser que destronara la voluntad humana. Pero no, parece ser que Dios tiene un freno de mano que se activa al solo imaginar la libertad del ser humano.

    Claro, ese freno lo hace a Él un Caballero, como dicen algunos en los púlpitos. El freno de la libertad detiene al Todopoderoso, a la espera de una mano levantada que le permita entrar al corazón del hombre. Pero la Escritura dice que su pueblo será de buena voluntad en el día del poder de Dios; ese día llega primero y después viene la buena voluntad. Somos barro en manos del alfarero, de acuerdo a la imagen del apóstol Pablo, cuando hablaba de Esaú como objeto de la ira de Dios. Nos recuerda el apóstol que no tenemos la potestad de altercar con el Creador, pero esto nos lleva a comprender que aquellos que altercan con Dios han sido colocados para hacer tal actividad nefasta.

    Pedro también se refiere a aquellos que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Mientras tanto, sigue el sonido de la voz de Dios que dijo que no hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, ni quien busque al verdadero Dios; cada cual se apartó por su camino. Por esta razón Dios no puede ver a ningún alma capacitada para recibirlo cuando supuestamente mira por el túnel del tiempo; ¿cómo, pues, va a estar pidiendo permiso para resucitar a un muerto en delitos y pecados? Tal vez sean palabras duras de oír, pero el Señor no calla jamás. No temió que lo dejara solo aquella multitud de los panes y los peces, siguió diciéndoles que no podían venir a él si no le fuere dado del Padre. Hablaba de su soberanía en materia de elección y condenación.

    ¿Por qué tenía la Escritura que cumplirse respecto a Judas? ¿Acaso Judas sabía lo que haría y lo que le acontecería? Si Judas no supo lo que le esperaba mal pudo Dios averiguarlo en el túnel del tiempo, para después decírselo a sus profetas. El Dios del plagio puede ser por igual el Dios del molinismo. La veneración a Esaú ha generado teologías del oprobio, apartadas de la Escritura, con suficiente encanto para engañar a todos aquellos que no aman la verdad pero que están dispuestos a recibir el espíritu de estupor. He aquí pongo en Sion piedra de tropiezo y roca de caída; y el que creyere en él, no será avergonzado (Romanos 9: 33).

    César Paredes

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  • PREMISA ERRÓNEA

    Si la premisa de la cual se parte subyace en el error, su derivación resulta errónea. Poco importa que se invente un conocimiento medio en el intento de reconciliar con nuestro a priori lo que nos incomoda. Dios ha ordenado todo cuanto acontece, a menos que Dios tome en cuenta todos los parámetros de la voluntad humana para predecir el futuro. Son dos posiciones antagónicas, si bien la segunda se muestra más noble con el alma humana. A esta última se ha denominado el conocimiento medio, quizás en un préstamo del concepto del justo medio de Aristóteles.

    Incluso el Derecho recomienda en su doctrina el justo medio en el reparto: si alguien debe entregar un ganado a un acreedor, podría escoger lo mediado (ni las vacas más gordas ni las vacas más flacas). A partir de la Reforma Protestante salió a la palestra teológica lo que la Biblia dice respecto a la forma en que Dios gobierna el mundo. Con la Biblia represada en los púlpitos (literalmente encadenada), sujeta a interpretación de la denominada iglesia, la teología había permanecido escondida y mutilada. Con la Reforma surgen interpretaciones diversas de las Escrituras, en el intento de dilucidar lo que sus páginas dicen. Como parte de la Contrarreforma aparece la tesis jesuita de Luis de Molina, reconocida luego como Molinismo. Desde esa perspectiva se señala el punto medio, de manera que se tenga en cuenta no solo la voluntad divina sino también las acciones libres de los seres humanos.

    El concepto de predestinación manejado en las Escrituras salió a la luz pero Roma se enfadó. Su doctrina contraria (la teología de las obras) tenía que ser defendida, a como diera lugar. La teología romana penetró las filas del protestantismo con Jacobo Arminio, un protestante que defendía el molinismo. Dios no causaba que alguien se arrepintiera y creyera, sino que el pecador cooperaba con Dios para lograr la proposición graciosa de la salvación. La gracia de Dios pasa ahora a ser una promesa resistible, ya que Dios como Caballero no obliga a nadie a salvarse. Más bien, para el Molinismo, el Dios de las Escrituras se despoja por un momento de su soberanía absoluta y permite que la criatura en forma libre decida su destino final.

    Sabemos que esto agrada a los oídos de las iglesias, que esta teología molinista o arminiana se hace fácil de oír. Es el encuentro de dos trabajos, el divino y el humano (sinergia). Por esa razón también se entiende que Dios dirige los eventos del mundo a través de un conocimiento medio, una evaluación entre los actos de la criatura libre que escogerá de acuerdo a las circunstancias un destino determinado. Dios pasa a ver el futuro en una súper bola de cristal que le indica las acciones a tomar, muchas posibilidades de acuerdo a los muchos futuros abiertos. A esto se le conoce como teísmo abierto, corriente teológica que agrada al oído de muchos feligreses.

    No se estaría frente al Dios invasor de las Escrituras (Juan 6), sino ante un Dios reinterpretado por la tradición eclesiástica y sazonado con la filosofía griega (Aristóteles). Dado que ese Dios molinista-arminiano no causa que los seres humanos tomen decisiones, dicha divinidad se dedica a aprovechar las circunstancias por medio de su conocimiento medio de las cosas. Han llegado a decir que Dios preordena todas las cosas, incluso las libres escogencias de sus criaturas. La Biblia nos habla del Dios que hizo al malo para el día malo, que escogió a Judas como diablo, que odió a Esaú antes de que hiciera bien o mal. Algo no cuadra entre la Biblia y la visión molinista-arminiana, lo cual nos lleva a pensar que en esa visión se han separado de múltiples textos de la Escritura y del sentido general de ella, cuando la Escritura nos habla del Dios soberano que hace como quiere y que no tiene consejero. El corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina (es decir, Jehová no mira las circunstancias libres del rey, sino que actúa sobre su voluntad sin tomar en cuenta aquello que no existe: la libertad del rey).

    El Dios de la Biblia no se manifiesta como conocedor de las circunstancias para poder actuar en consecuencia; más bien Dios crea las circunstancias y no toma en cuenta la ficción del libre albedrío. En Juan 6 el Señor le dice a la multitud beneficiaria del milagro de los panes y los peces que ellos no pueden acudir a él si el Padre no los ha traído. Esto enfureció a la masa y esa gente se dio a la murmuración, profiriendo palabras acerca de esa teología: dijeron que las palabras de Jesús eran duras de oír. Nada distinto ocurre 2000 años después, por lo cual los púlpitos acomodan su verbo para que la gente no se les escape.

    El Dios de las Escrituras no necesita el conocimiento medio para poder predecir eventos. Pero los molinistas prefieren un dios que distinga lo posible de lo probable, y se sujete solamente a lo probable (por el resultado del análisis de las circunstancias que llevan al conocimiento medio). La Biblia, por su parte, declara que para Dios no hay nada imposible (sea posible o probable). Dios habló y la luz fue hecha, por su palabra creemos haber sido constituido el universo. Tememos a aquel que puede echar el cuerpo y el alma en el infierno, no a aquel que tiene que pedir permiso a la libertad humana para poder llevarse un alma al cielo.

    Si Dios actuara y conociera solamente de acuerdo a las circunstancias, sería un Dios con mucha suerte. Vio en el túnel del tiempo una serie de condiciones que permitirían enviar al Hijo Salvador para que lo crucificaran; como lo vio lo profetizó y para el beneficio de su reputación como Dios veraz la masa cumplió lo previsto. Pedro y Juan dijeron: Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera (Hechos 4: 27-28).

    Para los molinistas y arminianos, Dios determinó que sucediera aquello que Herodes y Poncio Pilato determinaron de antemano hacer. En otros términos, Dios depende del criterio humano para poder profetizar y se puede considerar un Ser con mucha suerte, ya que aquello que descubre en el corazón de la gente se realiza a pesar de lo voluble del alma humana. El conocimiento medio alegra el alma intelectual porque le deja respiro a su voluntad, ya que puede contemplar un Dios no invasivo sino comprensivo.

    La Biblia continúa categórica con el anuncio de un Dios Todopoderoso, cuyos propósitos no pueden ser torcidos (Job 42:1-2), sino que permanecen por siempre (Salmo 19:21). Si el Dios de los ejércitos planifica algo, ¿quién puede anularlo? Si su mano señala al frente, ¿quién la tornará atrás? (Isaías 14:25,27). El Dios infalible de las Escrituras no reposa en la fragilidad de la voluntad humana, sus decretos no se dictaron previendo lo que el ser humano decidiría. Al contrario, Esaú tomó el destino que le fue señalado, al igual que el Faraón de Egipto. Por esa razón se levanta la objeción contra le Hacedor de todo: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad?

    Esa objeción natural del alma caída abre el camino para que aparezca el molinismo-arminianismo, en el discurrir sobre la libertad del hombre para que Dios sea realmente justo al condenar. Le cuesta al hombre doblar su cerviz ante el Todopoderoso, pero Él ha prometido que toda rodilla se doblará ante su presencia. Lamentable para muchos que lo hagan cuando estén en el juicio final, no habiéndolo hecho antes. De todos modos, ya la Escritura se los dijo: Fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8).

    César Paredes

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  • PACTO DE REDENCIÓN

    Se ha llamado pacto de redención al pacto Inter-trinitario hecho en la eternidad. El Padre dibujó el plan de redención, el que el Hijo prometió llevarlo a cabo en la obra redentora. Por su parte, el Espíritu concuerda en aplicar los resultados de esa salvación en los elegidos. De esta forma, cada persona electa fue representada por Jesucristo en la cruz, mientras el Espíritu aplica esa salvación con el llamado y la santificación, por lo cual habita el corazón de cada redimido.

    Pablo bendice a Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo, por habernos bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales, según nos escogió en él desde antes de la fundación del mundo. La razón de esa escogencia apunta a que seamos santos y sin mancha delante de él, si bien la predestinación se hizo en amor, de manera que fuésemos hechos hijos adoptivos del Padre a través de Jesucristo, según el propósito de la voluntad divina (Efesios 1:3-5).

    Si Dios no bendice, nadie podrá hacerlo; así de simple. Nosotros merecíamos a tenor de la ley ser malditos, por el quebrantamiento de al menos uno de sus puntos. Sin embargo, el apóstol para los gentiles señala que el Padre nos bendijo con toda bendición espiritual. Por esa razón ya no hay temor del rechazo o de la maldición, y como dijera David: Maldigan ellos, pero bendice tú (Salmo 109:28). El hombre puede maldecir mil veces, pero si Jehová nos bendice lo demás no tiene fuerza ni sentido.

    Dios Padre escogió seres caídos como nosotros, pero lo hizo para considerarnos santos y sin mancha por el lavado que realizó el Hijo en la cruz. Ese conocimiento previo en la Biblia se refiere a la intimidad, como cuando la Escritura dice que Adán conoció de nuevo a su mujer y tuvieron otro hijo. Evidente resulta que Adán ya conocía a su mujer, pero dice la Escritura que la conoció de nuevo, para señalar la unión renovada que daría un fruto a la vida. Así es el conocimiento previo del Padre, no que Dios conoce de antemano todas las cosas -lo cual pasa por absolutamente cierto- sino que Dios tuvo comunión con nosotros, en lo más íntimo de su voluntad y nos escogió en Cristo.

    El amor de Dios por su pueblo se define como eterno, cuando también Cristo vino a ser la cabeza y representante de todos nosotros. Por esta vía, la Biblia nos da cuenta de que tenemos toda bendición en los cielos. Esta aseveración tiene su fundamento en la naturaleza de la eternidad de los decretos de Dios, siendo un Dios eterno todo lo tiene sin sombra de variación. Y ese sabio Dios no nos escogió porque no hubiésemos pecado, sino para tenernos por santos y sin mancha delante de Él. Asunto posible por el amor que nos tiene, por lo cual nos hace partícipes de la santificación por el Espíritu Santo, la separación del mundo.

    Esa santidad que Dios reclama para nosotros se hizo posible en la justicia de Cristo, por quien fuimos lavados en su sangre, para esperar con ansias la vida que viene sin pecado alguno. Sin mancha y sin arruga, libres del pecado definitivamente, los lugares celestiales nos aguardan. El amor de Dios se deja ver en la elección que hizo de nosotros, para que vivamos eternamente en santidad y felicidad. Dios nos predestinó en amor, lo cual significa que lo hizo para vida eterna; a otros, en cambio, los predestinó en ira, para condenación perpetua. Ejemplo de ello lo da la Escritura cuando refiere a la vida y destino de Jacob y Esaú (Romanos 9:11-13; Malaquías 1:1-5). Jesús oraba en Getsemaní y dejó en forma clara la relación de este pacto de redención: Glorifica a tu Hijo para que el Hijo pueda glorificarte a ti, ya que le has dado autoridad sobre toda carne, para darle vida eterna a todos los que tú le has dado a él (Juan 17:1-2). Los otros, los que el Padre no le dio al Hijo, son los Esaú del mundo, los que eligió para condenación perpetua y viven para siempre bajo su ira.

    Jesucristo cumplió con un pacto de obras necesario, para vencer la maldición de la ley. Lo que Adán no pudo cumplir en el Edén, por lo cual tuvo que morir, lo cumplió Jesucristo sin quebrantar la ley, ofreciendo su vida en rescate por muchos. Haz esto y vivirás, decía la ley; Jesús hizo todo lo que la ley mandaba y vivió por ella para nuestro beneficio. Al fracaso de Adán por no cumplir con la obra encomendada (no comer del fruto de un árbol), vino el triunfo del último Adán (Jesucristo: 1 Corintios 15:45). Ese cumplimiento genera gracia para aquellos que el Padre eligió en el Hijo, pues como ya se dijo, habiendo fracasado el primer Adán vino el triunfo del postrer Adán, Jesucristo, como cabeza federal de los redimidos. En el pacto de gracia Dios nos promete un premio de vida eterna, pero esa promesa la hace unilateralmente sin que dependa de nuestro asentimiento. Si por gracia, ya no es por obras, decía Pablo.

    Jesucristo sufrió la maldición por el pecado cuando expiró en la cruz del Calvario, habiendo sido abandonado por el Padre. De esa manera, el justo moría por los injustos, para conseguir la presea mejor a la que ser humano alguno haya podido aspirar. Ese triunfo lo saboreamos por gracia, gratuitamente por su sangre, sin que dependa de nosotros. El Espíritu Santo nos ha sido dado como garantía de la redención final, para que interceda por nosotros con gemidos indecibles, para que opere nuestra santificación (separación del mundo).

    Así como Jehová cubrió la desnudez del primer hombre con pieles de animales, Jesucristo nos ha cubierto con su sangre; de esta manera se ha hecho un pacto eterno con cada elegido del Padre para que vivamos saciados con las riquezas celestiales. Nosotros celebramos la Cena del Señor, conmemorando su muerte y resurrección, el nuevo pacto en su sangre, para traer a la mente la copa derramada por nosotros (copa de sangre que limpia el pecado y copa de gracia que nos lleva al cielo sin méritos nuestros). Por gracia sois salvos, por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios (Efesios 2:8).

    El pacto de redención nos vino por gracia, el pacto de obras lo pudo cumplir Jesucristo para nuestro beneficio, pero no existe ni un solo redimido en el cielo que no lo haya sido por gracia divina. Gratuitamente, sin merecimiento nuestro, vamos a la patria celestial amparados en la redención otorgada por el Padre, a través del Hijo y por la aplicación y operación del Espíritu Santo. Por esa razón se nos recomienda vivir bajo la santidad de Dios, apartados del mundo y sus tentaciones, procurando tener una conciencia limpia de obras muertas, conociendo el inmenso trabajo que hizo Jesucristo para que fuera posible la recepción de semejante regalo.

    César Paredes

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  • DIOS PROMETE Y CUMPLE

    Dios promete cosas y luego las da, Él posee la capacidad de hacer aquello que ha dicho que hará. Su poder sin límites no está sujeto a permiso humano, de manera que todo cuanto quiere hace. Esto conduce a muchas mentes a pensar que aunque puede cortar el mal de la tierra no desea hacerlo; pero es verdad que gobierna aún en medio de la impiedad humana. Hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Él ha dicho que ante Él se doblará toda rodilla (Isaías 45:23).

    Hay muchas personas que doblarán la rodilla en el día del juicio final, pero se manifiestan duras en este tiempo para inclinarse ante el Todopoderoso. Su rebeldía les asegura que Dios no existe, de lo contrario los castigaría en este momento. Pero no se han puesto a pensar que si Dios hizo al malo en realidad ellos han podido haber sido hechos para el día malo. Dios coloca en la mente de las personas el adorar a la bestia, para darle su loor y gobierno, de manera que se cumplan sus palabras (Apocalipsis 17:17). Sus profecías y promesas no tendrían sentido si no tuviese el poder y la oportunidad de cumplir lo que ha dicho.

    A esa capacidad divina de cumplir sus promesas se ha denominado soberanía. Dios controla todas las cosas, todas las circunstancias, todas las personas, todos los ángeles buenos y malos. El hombre sigue siendo responsable de sus actos, más allá de que no sea libre soberanamente. ¿Quién desea altercar con el Creador de todo cuanto existe? Aún la suerte se echa en el regazo, pero de Jehová es la decisión de ella (Proverbios 16:33). Los que creen el evangelio de Cristo deben asumir que Dios es soberano absoluto, de lo contrario quedaría en suspenso cualquier cosa que haya prometido al respecto.

    El trabajo de Jesús en la cruz se consumó, de forma que no quedó nada más que agregar. Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). ¿Quiénes conforman el conglomerado de su pueblo? Todos los que el Padre le dio y le seguirá dando por medio de la palabra de aquellos apóstoles, todos aquellos que Jehová llamó en el período del Antiguo Testamento. Todas esas personas que son salvas lo son por la gracia divina, no por obra humana. La ley no salvó a nadie, más bien se introdujo para que abundara el pecado. Sin ley no podría haber reconocimiento del pecado, pero Pablo aseguró que la ley de Dios está escrita en los corazones humanos, de manera que la humanidad entera queda inexcusable (Carta a los Romanos).

    Dios le concedió un pueblo a su Hijo, (los hijos que Dios me dio: Hebreos 2:13), habiéndolos escogido desde antes de la fundación del mundo. Dios no escoge a nadie porque le vea méritos propios, ni persistencia ni voluntad; nos escogió desde la eternidad por el puro afecto de su voluntad. Si la predestinación hubiese estado adscrita a la voluntad humana, habría que reescribirla muy a menudo porque el corazón del hombre es cambiante. Dios ordena a unos para salvación (Hechos 13:48) y a otros para reprobación (Romanos 9:11-13). He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas, antes que salgan a la luz, yo os las haré notorias (Isaías 42:9). De la bestia dice la Biblia: Y la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo (Apocalipsis 13:8; véase Apocalipsis 17:8).

    El Dios que promete y cumple viene como Providencia, todas las cosas ha ordenado para el beneficio de sus elegidos. A los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien; esto es, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28). Esta aseveración del Espíritu, por medio del apóstol Pablo, viene como una promesa. Todo nos ayuda a bien, aún aquello que nos parece turbio; nuestra fe da para eso y para mucho más, porque ella viene en suficiente medida de acuerdo a su dador. Los escritos del Antiguo Testamento parecen historias amenas y fantásticas, pero traen teología para el alma del creyente. Unos gemelos que luchaban en el vientre de su madre, mostraban la voluntad eterna de Dios en la elección y reprobación. Abraham envía a uno de sus siervos a encontrar esposa para su hijo Isaac. El criado obedeció cada instrucción por medio de la cual se vio la providencia del Señor (Génesis 23 y 24).

    El poder de Satanás exhibe nuestra debilidad, la descubre, por lo que nos ayuda a bien. De esa manera, conscientes más de que dependemos del Señor, acudimos al que provee con eficacia. No cae a tierra ni un pájaro sin que el Padre Celestial lo ordene, incluso los cabellos de nuestras cabezas están contados. El que cree tiene todo como posible, dentro de la sensatez que el Espíritu nos trae. El Dios de orden hace ordenadamente todas las cosas, como se muestra en la narrativa de la Creación.

    Amar a Dios no se presupone una actividad natural en el hombre caído; en cambio, cuando Dios nos ha amado le amamos a Él en consecuencia. Por esa razón todas las cosas concurren, operan para bien nuestro. Claro está, el que ha sido beneficiado con la gracia divina tiene todo lo demás por añadidura.

    La historia del profeta Elías muestra en forma abundante al Dios que provee. Mientras oraba por lluvia su siervo se asomaba hacia el mar, pero el profeta seguía orando; a la séptima vez el criado exclamó que había visto una pequeña nube como la palma de la mano de un hombre. Eso fue suficiente para advertirle al rey Acab acerca del aguacero que se avecinaba (1 Reyes 18:42-44). Vemos al Dios de la providencia, el que controla los elementos de la naturaleza que creó. Dios es el Señor de toda carne, nada hay difícil para Él.

    Poder proveer para las necesidades de todos sus hijos implica tener poder absoluto en toda su creación y dominio. El que predestina el fin hace igual con los medios para alcanzar dicho fin. Con esto dicho podemos confiar plenamente en que llegaremos adonde Dios ha marcado que lleguemos. De allí que cada hijo suyo puede orar que se haga la voluntad de Dios, ya que eso es suficiente.

    César Paredes

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  • LOS PECADOS EN BABEL (GÉNESIS 11:4)

    Nimrod, el cazador contra Jehová, inicia Babel, la que por algo es llamada confusión. Su origen etimológico, según los expertos en lengua acadia, nos lleva al significado de Puerta del Dios o Puerta de los Dioses. Nimrod era bisnieto de Noé, como para indicarnos que no todo lo que proviene del rescate en el Arca nos vino como inicio de una creación sin pecado. El plan de Dios continuaba como en el principio, con Jesucristo como meta para recibir la gloria de Salvador, el Cordero ordenado desde antes de la fundación del mundo, para ser manifestado a favor de su pueblo en la era apostólica (1 Pedro 1:20).

    Babel ilustra con su torre la tendencia de la humanidad a engrandecerse. Lo que sucedió en aquella antigua época continúa por siempre en este mundo vendido al pecado. El deseo humano de independencia del Creador viaja en las venas de la humanidad, bajo el ánimo de rivalizar con todo lo que se parezca a Él. No en vano, los creyentes en el mundo estamos expuestos al odio natural de la descendencia de la serpiente. Dios había ordenado ciertos principios generales al hombre cuando lo creó, uno de ellos se refería a llenar la tierra. ¿Cuál fue la intención con Babel? Querían centralizar el poder y vigilar que los súbditos no se extendiesen fuera de sus fronteras, deseaban el control absoluto en manos del tirano Nimrod.

    La ciudad con su torre sería un símbolo del poder autónomo del ser humano contra el Creador. Una autonomía relativa por cuanto no existe casilla vacía: lo que pretendían liberar de la mano del Creador lo sometían a la tiranía del cazador contra Jehová. Hacerse un nombre pasa como deseo natural de aquellos que comienzan a despuntar en la vida, un nombre para su empresa que sobrepase a otras, para ejercer dominio sobre sus pares; un nombre que cultive el ego, un hábito en el ámbito intelectual de la humanidad. Escritores, poetas, autores diversos, escenógrafos, artistas de cine, actores de teatro, en fin, incluso los cantantes religiosos anhelan un nombre sobre todo nombre. Esto no es otra cosa que la exaltación del orgullo, como sucedió de acuerdo al relato de Génesis 11: Hagámonos un nombre.

    Cuántas personas no aspiran a controlar su propio destino, como si posible fuera. Aún los griegos antiguos conocieron que el Destino (Moira) dominaba incluso a los dioses, una fatalidad a la que cantaron con sus tragedias. El sentido trágico de la humanidad subyace en el destino que le es impuesto, su deseo de lucha y rebeldía la conducen por una serie de eventos donde aparece la paradoja de la vida. Surge la auto exaltación como principio activo para destacar sobre el otro, cosa que ahora llaman necesidad competitiva para el desarrollo de la sociedad. Babel nos enseña que el deseo de controlar su propio destino, en lugar de someterse a la voluntad de Dios, toma el orgullo como bandera y acarrea mucha enemistad con el Creador.

    Más allá de la estructura física, la torre constituyó un símbolo de lucha para rivalizar con Dios. Una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo (Génesis 11:4), van unidas al espíritu de hacerse un nombre, un claro desafío para imponer su propia autoridad ante el Creador. El ser humano lucha contra la soberanía de Dios, el que tenga duda puede mirar las páginas de los textos bíblicos. Verá que en muchos episodios se ve a la multitud o al individuo en cólera contra el designio divino. Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? Esas fueron las palabras por la inmediata reacción de la multitud que, habiendo sido beneficiada del milagro de los panes y los peces, lanzó contra las palabras del Señor. A esa muchedumbre no le gustó que se le dijera que ninguna persona puede ir a Cristo si el Padre no la envía. La gente quería que se le respetara su libertad de ir o de no ir, lo que se llama en teología una ficción: la del libre albedrío.

    Pablo en su carta a los romanos describe el dolor que siente al tener que dar una revelación divina en torno a la condenación y salvación eternas. Con profundo dolor en su corazón no se guardó para sí el conocimiento, sino que nos lo entregó a cada lector de su epístola (Capítulo 9). El apóstol levantó en forma retórica a un objetor, alguien que se rebela contra el designio de Dios, en especial contra la voluntad de condenar a Esaú sin mirar en sus obras buenas o malas. Lo mismo aconteció para con Jacob, solo que fue beneficiado con la vida eterna. Pablo nos describe la soberanía absoluta de Dios, como lo hiciera Jesucristo cuando hablaba con los beneficiarios de los panes y los peces (Juan 6).

    Esa objeción retórica continúa latente hoy día, ya que no son pocos los que se preguntan: ¿Hay injusticia en Dios? ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistir a su voluntad? El ser humano se molesta con el yugo de Dios, no desea ninguna brida para su boca, para su lengua, anhela libertad en medio del caos. Esto fue también lo que les ocurrió a aquellos edificadores de la ciudad y la torre.

    El deseo de hacerse un nombre grande conlleva implícito el anhelo de opacar el nombre de Dios. Pero el Señor ha dicho que no compartirá su gloria con nadie. La salvación le pertenece, viene de gracia y no por obra humana alguna, ni por obra de ángeles, así que incluso la fe se nos otorga como regalo. Pero de nuevo la Biblia nos habla de la autonomía de Dios: No es de todos la fe; sin fe es imposible agradar a Dios. El ser humano caído en delitos y pecados anhela los beneficios espirituales pero sin el benefactor. Desea tener la vida pero sin el Dios que la dio; anhela convertirse en su sacerdote para hilvanar teorías sofisticadas acerca de lo que es Dios y de cómo se comporta. En realidad trabaja para confeccionar un ídolo, una imagen mental de lo que debería ser Dios.

    La humanidad continúa su viaje hacia la torre. Un nuevo orden mundial se avecina y pretende congregar las religiones bajo un solo nombre; ya hay intentos globalizantes en nombre de la cercanía espiritual de los hombres. Dios es el mismo en cada religión, solo que tiene diferentes nombres y ha sido percibido de diferentes maneras. De esa forma y con ese criterio muchos se convencen bajo el argumento de cantidad, ya que la mayoría no puede estar equivocada. El sueño de Nimrod lo alcanzará alguien que funja como tirano, bajo un gobierno mundial, tal como la Biblia que tanto rechazan ha anunciado desde hace siglos.

    Así tiene que suceder, porque el destino ha sido escrito. El hombre acelera sus pasos para su propia destrucción, bajo la creencia de que se independiza del Creador y se hace un gran nombre para sí mismo. Su tragedia ha sido escrita y le anuncia lo que inequívocamente hará, a pesar de que desprecie las palabras del oráculo divino. Porque Dios ha puesto en sus corazones el ejecutar lo que él quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17).

    César Paredes

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  • NATURALEZA PECAMINOSA

    Pecamos porque somos pecadores, no nos hacemos pecadores por pecar. Interesante premisa para demarcar la frontera entre la santidad divina y la pecaminosidad humana. Adán fue colocado en el huerto como modelo para la humanidad que vendría, de tal forma que no se convirtiera en el padre Adán por quien estuviésemos agradecidos siempre. Al contrario, sabemos por las Escrituras que Adán tenía que pecar (1 Pedro 1:20), ya que el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo, destinado para manifestarse en los postreros tiempos apostólicos.

    Dios tenía un plan cargado de decretos, uno de ellos decía que el Cordero se manifestaría oportunamente. Por esa razón Adán no pudo permanecer sin pecado, ya que el plan de Dios lo exigía. Dirán algunos, eso no parece justo, ¿por qué, pues, Dios inculpa a la humanidad? Esa idéntica forma de razonar la posee el objetor de Romanos 9, a quien se le dio respuesta tajante: ¿Y tú quién eres, sino un miserable vaso de barro en manos del Alfarero? Puede ser que seas un agradable herético cristiano, pero no podrás declararte felizmente inconsistente en materia de doctrina bíblica.

    El sistema binario de Dios se ha manifestado desde siempre: Todo o nada, oveja o cabra, trigo o cizaña, elegido o reprobado. Hubo herejes en la época del recién nacido cristianismo, como los hubo en el período de la ley de Moisés, en medio de los viejos profetas. Están los que negaban y niegan la esencia divina del Cristo, los hay también de los que niegan el objeto de su trabajo. En este último renglón parece que la humanidad se ha enredado más fácilmente, ya que un argumento falaz de ad misericordiam los ha tomado por sorpresa con su veneno portable en la blanda palabra.

    La palabra blanda trae su veneno, de manera que la teología tolerante también la posee, la que viene como espíritu de estupor para engañar a los que no se gozan de la verdad sino de la mentira. Blanda palabra por cuanto se cubre de textos bíblicos, con argumentos circunstanciales para descontextualizar las enseñanzas de Jesús y sus discípulos. ¿Quién cree hoy día que el arminianismo como sistema teológico es una herejía? Casi todos los que se consideran creyentes cristianos profesan su teología, bajo el parámetro de la bandera mitológica de la religión: el libre albedrío.

    Esta gente asegura que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, para que las masas estén atentas y gustosas con el ruego de Dios. De esa forma, cada quien aportaría un pequeño esfuerzo en el proceso de salvación en el cual Dios hizo su parte y ahora cada quien debe hacer la suya.

    Esa palabra blanda no parece áspera como aquella usada por Jesús, de acuerdo a lo que muestra Juan 6. La palabra dura de oír que expuso Jesucristo hizo perder a miles de personas ya ganadas con el milagro de los panes y los peces, pero los hizo perder como adeptos discípulos de Jesús. Al Señor no le importó nada ese hecho, al punto en que se volvió a los doce desafiante para increparles si ellos querían irse también. La enseñanza de Jesús respecto a la soberanía divina fue tajante, sin doblez, simple y aguerrida, para que la gente reaccionara de una vez y tomara partido en el asunto.

    Ninguno puede venir a Cristo si el Padre no lo trajere; el que a Cristo viene no es echado fuera jamás, sino que será resucitado en el día postrero. Esa afirmación de Jesús (Juan 6) marca la diferencia entre el evangelio mentiroso predicado a las masas y el evangelio apostólico enseñado por el Cristo. Se desprende de la afirmación de Jesús que los que no vienen a él no lo hacen porque no los envía el Padre. Por igual se deduce que aquellos que vienen por cuenta propia, o por mediación de los falsos creyentes, serán rechazados en el día final cuando les diga: Nunca os conocí.

    Poco importa que ellos proclamen en su defensa que hicieron milagros, que predicaron por doquier, que alabaron el nombre de Dios. La expresión será la misma: Nunca os conocí. El Señor conoce a los que son suyos, tiene comunión con ellos solamente. Pero en los desconocidos el evangelio permanece escondido, de tal forma que el dios de este siglo les cegó el entendimiento para que no les resplandezca el brillo del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. Dios hace que brille el conocimiento de la redención de Jesucristo en los que redime, como un fruto natural e inmediato del Espíritu cuando regenera a una persona. ¿Cree usted que la gloria de Dios permitirá que permanezcan las tinieblas en el redimido? Al contrario, la Biblia enseña que Dios es quien dice que de las tinieblas resplandecerá la luz, para que brille en nuestros corazones la luz del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo (2 Corintios 4:3-6).

    Ciertamente, esa gloria divina se manifiesta con el verdadero Jesús de las Escrituras, no con los falsos Cristos que han venido a este mundo camuflados en textos bíblicos manipulados por los maestros de mentiras. Si la Escritura nos encomienda a examinar los espíritus para ver si son de Dios, hemos de ser capaces de hacerlo. Esto resulta posible porque hemos sido redimidos, porque tenemos el Espíritu de Dios y porque la palabra de Dios se ha convertido en nuestra lámpara. Si juzgamos a los espíritus (a las personas) para ver si son de Dios, lo hacemos por medio de la palabra como rasero espiritual y de autoridad. Al mismo tiempo, nos hacemos un favor para evitar sus trampas y contaminación espiritual; por otro lado, quitamos de la doctrina cristiana cualquier adhesión interpolada sagazmente por los que se disfrazan de ángeles de luz. Si juzgamos con justo juicio lo hacemos por medio del verdadero evangelio de Cristo.

    El pecado aparta al hombre de Dios, hace que Dios esté airado contra el impío todos los días. El infierno viene como irremediable destino de los pecadores irredentos, para aquellos a quienes la vida les vino como tragedia. Mejor les hubiera sido no haber nacido, pero el destino que el Padre fijó para cada quien obedece al plan decretado por Él como Dios inamovible. El lloro y el crujir de dientes no son una metáfora, el fuego que no se extingue y el gusano que no muere tampoco lo son. Pero si lo fueran, lo serían por igual de algo de terrible tormento, por los siglos de los siglos. Esa descripción de la muerte eterna debería hacernos correr de inmediato ante el trono de la gracia, a los pies del Todopoderoso. Sin embargo, la gente se burla, miles de ¨cristianos¨ dejaron de creer en la verdad de las palabras bíblicas respecto al infierno, otros nos hablan de que fue una invención religiosa para mantener adeptos en los templos.

    Deberíamos pensar de qué vino a salvarnos Jesucristo. Nos vino a salvar del pecado y de la muerte eterna, de la condenación perpetua, para llevarnos al sitio donde mora el Padre. Nos amistó con Dios, habiéndonos reconciliado por su sangre en la cruz, de acuerdo a las Escrituras que dictaban que Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados. El Señor lanzará al fuego eterno a sus enemigos, a los malvados a quienes les pagará conforme a sus obras, con el lloro y el crujir de dientes. Habrá fuego eterno y castigo eterno, como paga para todos los que han cometido pecado y que no han sido perdonados. Cualquiera que no fue hallado en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego, donde el humo de su tormento asciende por los siglos de los siglos, sin tener descanso noche y día.

    Vuélvete ahora en amistad con él, y tendrás paz; y por ello te vendrá bien. Toma ahora la ley de su boca, y pon sus palabras en tu corazón. Si te volvieres al Omnipotente, serás edificado; alejarás de tu tienda la aflicción (Job 22:21-23).

    César Paredes

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  • EL ANUNCIO

    El anuncio del evangelio pasa por un recorrido de personas a través de los siglos. En un primer momento, cuando se comenzó la comunicación acerca de Jesucristo como Hijo de Dios, algunos aseguraron que lo habían visto, aún después de la muerte, por causa de su resurrección. Otros que no lo vieron, fueron objetos de sus milagros, deleitados con la manifestación del Espíritu en los días en que los dones especiales estuvieron vigentes. Después de cerrado el libro de la profecía final (Apocalipsis), después de todos los eventos predichos como profecías por los apóstoles y demás escritores del Nuevo Testamento, nos queda la doctrina expuesta como el manjar para el alma y como la ocupación para beneficio de nuestra salvación.

    Ese anuncio vino como enseñanza, como la doctrina que el Padre le dio al Hijo. En ese conjunto didáctico encontramos un balance entre ética y teología, al mismo tiempo en que miramos el carácter de Dios a través de su posición soberana sobre su creación. El Señor Jesús se esmeró en anunciar en muchas oportunidades ese carácter del Padre, pero sabemos que hablaba también de sí mismo, porque él y el Padre eran uno. No que eran la misma persona, como se desprende de sus oraciones, de su bautismo y de sus muchas enseñanzas, sino que eran uno porque no disentían el uno del otro, como el Espíritu tampoco contradice la palabra de Cristo ni se contrapone a los designios del Padre.

    ¿Quién ha entendido ese anuncio? Esa pregunta la hizo Isaías, pero él se incluyó junto a Dios como si el anuncio fuera de ambos. Y lo era, como también sigue siendo el nuestro. Estamos comprometidos con la predicación del evangelio, pero debemos definirlo para evitar confusiones con los distintos evangelios predicados. No que haya varios sino que existen distorsiones del verdadero. El evangelio viene a ser la promesa de liberación que hace Dios para con su pueblo. Es el anuncio de que Cristo murió por todos los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras.

    El evangelio no viene como súplica al hombre muerto en delitos y pecados, enemistado con Dios, indispuesto en su entendimiento para discernir las cosas de su Espíritu. El evangelio viene como testimonio de lo que hace Dios ante las naciones, para endurecer a los réprobos en cuanto a fe y para rescatar a los elegidos del Padre. Las ovejas perdidas son llamadas al redil con el llamamiento eficaz del Señor, para que lo sigan y jamás se vuelvan tras el extraño. Las cabras son como el árbol malo: jamás darán el fruto bueno de la confesión del verdadero evangelio. Siempre estarán en la duda acerca de la soberanía de Dios, sostendrán que existe injusticia en Dios por haber odiado a Esaú antes de que hiciera bien o mal.

    Ha habido teólogos cristianos, como todavía los hay, que dicen explícitamente que no creen en los textos referidos a la condenación divina, en la forma en que se escribió en la Biblia. Los hay quienes un poco menos atrevidos a la negación trastocan el texto para obligarlo a decir algo inesperado: Dios amó menos a Esaú, pero lo amó. Los hay quienes sugieren y pregonan que los amados de Dios lo son porque Él vio en el túnel del tiempo quiénes lo iban a amar y por eso los predestinó.

    El anuncio tal cual está en las Escrituras sigue ignorado por muchos. Esa es la razón por la cual Isaías se preguntaba quién había creído el anuncio dado por él y por el Señor. Cristo murió y resucitó de acuerdo a las Escrituras (1 Corintios 15:3-4). En ese texto, Pablo habla de la muerte de Cristo en favor de nosotros (los creyentes, la iglesia), no en favor del mundo por el cual Jesús no rogó la noche previa a su muerte (Juan 17:9). Por esta razón sabemos que una persona que ha sido regenerada por el Espíritu de Dios no puede vivir en la ignorancia del Evangelio. No podrá decir que Cristo murió por cada uno en particular, incluso por aquellos que no vino a salvar. Esa posición de error echa por tierra la declaración de Jesucristo recogida en Juan 10:1-5, que dice que sus ovejas que lo siguen no se van más tras el extraño. El extraño es el profeta o maestro de mentiras, como señala Jeremías, el que dice paz cuando no la hay, el que comulga con doctrinas de demonios para suavizar la dura doctrina de Jesucristo.

    El que ignora el evangelio da visos de que anda perdido, de que no ha sido llamado eficazmente. Existe una condición supuesta en el ofrecimiento del evangelio, como si se tratase de un mercadeo. El evangelista ofrece el producto de la salvación condicionada tanto en la gracia de Cristo como en la disposición del prospecto, de manera que se establezca un contrato bilateral. Le dice que Dios hizo ya su parte, que ahora usted tiene que hacer la suya. Una serie de métodos persuasivos caen sobre el auditorio para manipular a los futuros creyentes, de tal forma que sean conducidos a una forma de piedad externa (apariencia de piedad sin eficacia). El evangelista se ve triunfante porque ha rescatado un alma del infierno, pero olvida que ha condicionado en la criatura la salvación que anunciaba por gracia.

    Cristo vino a ser la justicia de su pueblo en tanto el Padre lo hizo pecado por nuestra causa (al Hijo que no conoció pecado), para que lleguemos a ser la justicia de Dios en él (en Cristo). Quiere decir que la justicia de Cristo se nos imputa a cada creyente (2 Corintios 5:21), pero creen solamente los ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Jesús dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere, que seríamos enseñados por Dios para que habiendo aprendido pudiéramos ir a él. Aseguró que esos enviados del Padre nunca los echaría fuera, sino que los resucitaría en el día postrero. Dijo, además, que estamos guardados en sus manos y en las manos de su Padre, el cual es mayor; por otro lado, la Escritura nos dice que tenemos el Espíritu Santo como una garantía de la redención final.

    El evangelio de Cristo no gustó a muchos de sus discípulos que se fueron dando murmuraciones contra la dura palabra, la que nadie podía oír (Juan 6:60-66). Ellos preferían el falso evangelio que condiciona la salvación bajo la premisa de que tomarían en cuenta su voluntad libre para la decisión. Consideraron dura aquella palabra por cuanto los dejaba por fuera en cuanto a su albedrío, como si el Padre necesitara de su aprobación para poder salvarlos. Además, frente a la duda de no ser electo decidieron precipitarse a su abismo, a las doctrinas de demonios, dando pie a sus cavilaciones sobre la excesiva dureza de la teología de la soberanía absoluta de Dios.

    Queda claro en el Nuevo Testamento que Jesús en ningún momento intentó suavizar la doctrina del Padre, más bien increpó a los doce discípulos (apóstoles) para que se fueran en caso de que así lo desearan. Por otro lado, Pedro le respondió que no tenían a quién ir, que sabían que él era el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Jesús todavía les añadió que él los había escogido a los doce, pero que uno de ellos era diablo (Judas Iscariote, el que le había de entregar para que la Escritura se cumpliese). Vemos a lo largo de Juan 6 que Jesús no se esconde en palabras para simular una vergüenza en torno a la doctrina del Padre, más bien la avienta de frente y en forma desafiante. Incluso el hijo de perdición había sido destinado para tal fin, de quien fue dicho que mejor le hubiera sido no nacer.

    El Dios soberano de las Escrituras no necesita nuestra compañía, simplemente ha creado este universo y nos colocó acá para despliegue de su gloria. Gloria como Creador de todo cuanto existe, aún de los malos para el día malo, gloria como el que despliega su justicia y su ira contra el pecado, gloria de Salvador para mostrar misericordia en los que quiere mostrarla. Por supuesto, todo este anuncio deja por fuera la voluntad muerta del ser humano caído y perdido en sus delitos y pecados. Nuestra buena voluntad (Salmo 110:3) podrá serla en el día del poder de Dios, el día en que su Espíritu nos vivifica y nos dispone para amar el andar en sus estatutos (Ezequiel 36:26-27).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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